Actualidad

La asesina del vudú

  • La penosa vida de la ‘asesina’ del vudú

    La asesina del vudú
    16/05/2018

    La asesina del vudú

    «Estuve en una secta en la que se invocaban espíritus y se hacían orgías sexuales», cuenta la acusada de asestar 23 cuchilladas a otra mujer. (más…)

    Juliángela Queiroz (36 años) y Sabrina Oliveira (29) supieron durante una cena en un conocido restaurante de Madrid, en junio de 2011, que compartían «director espiritual» y una misma devoción: la magia negra, el vudú. Las dos eran brasileñas y atractivas; Sabrina tenía su propio BMW, un dúplex en Alcorcón (Madrid) con todo tipo de lujos y cuatro perros a los que paseaba todos los días por el barrio. Una hermana de Sabrina, compañera de club de Juliángela, las había presentado. Las dos se gustaron y decidieron tener sexo. Sabrina estaba casada desde 2006, pero su marido se hallaba en la cárcel por tráfico de drogas. La noche de la cena bebieron con profusión hasta las 2.45 en un restaurante cercano al Senado. Habían planeado alojarse en un hotel de la capital, pero terminaron la noche en el dúplex de Alcorcón, donde Sabrina dijo tener un santuario para rituales. El domicilio, al que llegaron en el coche de Sabrina, estaba repleto de estampitas y velas. Allí, al alcohol ingerido durante la cena sumaron dos potentes drogas: cocaína y ketamina. Sabrina, inmersa en una vida de lujos, era conocida en el barrio por sus largos paseos en compañía de sus mascotas y por frecuentar el gimnasio para mantenerse en forma. Juliángela, nacida en Belém (Brasil), aborrecía a los hombres, la habían «humillado y vejado». «Acabé haciéndome lesbiana», confesaría más tarde a los psicólogos oficiales de los juzgados de Madrid que han tratado de escudriñar qué extraños pensamientos turbaron su mente aquella noche en el dúplex. ¿Qué pasó y por qué? Tras o durante el encuentro sexual, Sabrina recibió 23 cuchilladas la madrugada del 11 de junio de 2011. Tuvo una terrible agonía, según reveló la autopsia: seis minutos recibiendo cuchilladas, después de que alguien le rompiera una botella de tequila en la cabeza. El impacto inicial la dejó casi inconsciente y mermó su capacidad de defensa. Aparentemente, la única persona que estuvo en casa de Sabrina esa noche fue Juliángela, pero ella asegura que no sabe con certeza lo que sucedió ni el motivo. Juliángela ha contado esta semana al jurado popular que la enjuicia por asesinato en la Audiencia Provincial de Madrid que, tras la última raya de cocaína en casa de Sabrina, se mareó. Que, cuando recobró la conciencia, tumbada bocarriba y semidesnuda, vio a Sabrina encima de ella, con sangre en las manos y blandiendo un enorme cuchillo mientras le hacía vudú. Y que los cortes en sus manos fueron fruto de sus intentos de defensa ante las embestidas de Sabrina. Solo recuerda que cuando pudo auparse y arrebatarle el arma a Sabrina, recibió un botellazo en la cabeza que le hizo perder la conciencia de nuevo. Al despertar por segunda vez, asegura que vio a Sabrina en medio de un charco de sangre en el pasillo que conduce a la puerta de salida. Había manchas de sangre en las paredes. Solo Juliángela, y quizás ni ella, sabe lo que ocurrió en ese dúplex. A la mañana siguiente fue la empleada del hogar quien halló sin vida a la propietaria de la vivienda. Bajó corriendo y avisó al conserje, que alertó a la Policía Nacional. Cuando los agentes llegaron al dúplex, la cama estaba deshecha y el cuerpo sin vida de Sabrina se encontraba tendido bocarriba en el pasillo, rodeado de sangre. Vestía un pantalón vaquero desabrochado y una camiseta blanca. La agresión debió comenzar en el salón, donde se halló la botella rota, y continuó en el pasillo. Hay una pista de lo que pudo suceder esa noche que apunta a la autoría de Juliángela. Hacia las 2.45 de la madrugada, Sabrina telefoneó a un santero de Madrid al que solía acudir. Este señaló en el juicio que estaba charlando con Sabrina y que de pronto oyó a esta gritar: «Vete de mi casa, estás loca, vete de mi casa...». Le siguieron unos insultos en portugués. El teléfono quedó descolgado y ya no volvió a oírla. Juliángela ha contado al tribunal que no sabe lo que sucedió, aunque la tesis inicial de su abogada es que, al despertar y ver a Sabrina encima de ella, logró quitarle el cuchillo y se defendió acuchillándola a ella. Solo recuerda que, al verla tendida en el pasillo, salió de casa y se dirigió hacia el BMW de Sabrina, pero no logró arrancarlo y telefoneó a un amigo para que la recogiera. Horas después se subió a un avión de British Airways en Barajas, hizo escala en Londres y desde allí huyó a Brasil.