El crimen de Gádor, uno de los crímenes más atroces que se puedan relatar

El crimen de Gádor

A principios del siglo XX, a España le costó asimilar uno de los crímenes más atroces que se puedan relatar, fruto de una sucesión encadenada de mentes perversas sin límites para el mal.

Para curar los ahogos del tísico Francisco Ortega, alias «El Moruno», la curandera Agustina Rodríguez y el barbero del pueblo, Francisco Leona, decidieron que había que abrir en canal a un niño y, manteniéndolo vivo, beber la sangre caliente y untarse el pecho con las entrañas.

En el crimen también participaron el marido y los hijos de Agustina, Pedro, Julio «El Tonto» y José con su esposa Elena. La víctima, Bernardo González Parra, de siete años.

«El Moruno» y Agustina fueron ejecutados a garrote vil, la misma condena que Leona pero éste murió en la cárcel. A los hermanos José y Julio les sentenciaron a diecisiete años de prisión y a pena de muerte respectivamente, pero el segundo fue indultado por su demencia.

«El Moruno» se despertó agarrado a los ahogos que le condenaban su tísica vida. Apenas había amanecido. Su mujer, Antonia, removía un perol de achicoria en la cocina. Al verlo aparecer con medio cigarrillo pendiendo de la boca le dijo lo de siempre, «ya estamos otra vez, si no dejas de fumar no curarás nunca».

El hombre arrancó a toser con tal fuerza que cayó desmadejado sobre una mecedora. «Ahora mismo arreglamos esto», le dijo Antonia mientras se cubría la cabeza con un pañuelo oscuro que anudó en la garganta, «sube a la mula que nos vamos a ver a la Agustina».

La curandera Agustina Rodríguez vivía en un pequeño y modesto cortijo a las fueras de Gádor, un pueblo de apenas ochocientos habitantes, a quince kilómetros de Almería. Aún dormía cuando llegaron. Les recibió Pedro, el marido. Antes de entrar, Antonia le asestó un manotazo en la boca a su hombre para que tirara el cigarro.

–¿Qué pasó, «Moruno», que traes tan mala cara? –Agustina acababa de aparecer envuelta en una manta vieja y despeinada.

–Que parece que está pá morirse –respondió Antonia.

–Si quieres conservar la vida que te quede, que ni treinta años tienes –sentenció la curandera–, has de encomendarte a la única persona que puede curarte…

Fue así como se iba enredando aquel 28 de junio de 1910 que apenas comenzaba, en el que la demencia de unos llamaba a encadenarse a la de otros.