El crimen de Los Tilos

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El crimen de Los Tilos

El parricidio de Los Tilos

  • Classification: ¿Parricidio?
  • Characteristics: Parricidio - Mató en la creencia de que la víctima era un vampiro y estaba dominada por el Demonio
  • Number of victims: 1
  • Date of murder: 4 de abril de 1988
  • Date of arrest: 4 de abril de 1988
  • Victims profile: Genoveva Ferreiro Antelo, de 30 años, fisioterapeuta, mujer de carácter fuerte, militante activa de un partido nacionalista radical, casada con Miguel Martínez desde hacía 5 años (1983), con quien tiene 2 hijas: Catarina (4 años) y Andrea (1 año)
  • Method of murder: Arma blanca (cuchillo)
  • Location: Los Tilos, Teo, A Coruña, España
  • Status: La Audiencia Provincial de la Coruña absolvió a Miguel Martínez Martínez por enajenación mental y ordenó su internamiento en un psiquiátrico el 7 de abril de 1989. Aproximadamente 10 años después, los médicos consideraron que estaba recuperado y fue puesto en libertad
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El crimen de Los Tilos: «Dominio diabólico» y «Satanismo» en Los Tilos

Carlos Fernández
29 de enero de 2018

En un esquizofrénico predominan las ideas más delirantes, extrañas y absurdas. El sujeto cree que le acosan para matarle, de ahí que llegue a negarse a comer por temor a ser envenenado. Son temas objeto de delirio esquizofrénico, entre otros, el complot político, las catástrofes cósmicas, las alucinaciones pseudoperceptivas y las posesiones diabólicas. Respecto a este último delirio, hay que destacar el caso del joven cordobés Álvaro Rafael Bustos, antiguo integrante de un conjunto musical, quien en enero de 1987 decidió acabar con la vida de su padre, convencido de que éste estaba poseído por el diablo y llevaba el mal en su cuerpo. Provisto de una barra que sostenía unas cortinas, a la que había sacado punta con una lima, embadurnándola con ajos y sal, para después clavarla en el corazón de su padre, esparciendo sal sobre su cadáver. A continuación, le cortó los tendones de Aquiles para evitar que volviese a andar en caso de una reencarnación. Álvaro fue internado en la sección de agudos del Hospital Psiquiátrico de Córdoba, al estimar los médicos que podía padecer una psicopatía de tipo esquizoide.

Y Galicia, que tantos tristes ejemplos ha dado recientemente en la crónica negra, no podía ser menos en este tipo de asesinatos. En Santiago ocurrieron los hechos y esta es su pequeña historia.

La esquizofrenia o demencia precoz suele iniciarse antes de los cuarenta y cinco años, concretamente durante la adolescencia o el inicio de la edad adulta. Así ocurrió con Miguel Martínez Martínez, profesor de EGB, natural de Orense, que desde 1974, cuando tenía 22 años, comenzó a presentar una personalidad psicopática compulsiva que le ocasionaba periódicos episodios distímicos seguidos de fugaces fases de hiperactividad, no detestables por sus compañeros, pero que requirió atención psiquiátrica. A consecuencia de ello, tendría varias bajas por enfermedad. Hace el servicio militar en las milicias universitarias y no se le detecta nada anormal, siendo licenciado con el grado de sargento.

En 1979, Miguel conoce en Orense a Genoveva Ferreiro Antelo, de 30 años, fisioterapeuta, dos años mayor que él, con la que mantiene un noviazgo de cuatro años, durante el cual la relación será normal, excepto algunos períodos en que él sintió necesidad de estar solo y se ausentaba, a pesar de lo cual la reconciliación fue siempre mutua.

Genoveva, mujer de carácter fuerte, militante activa de un partido nacionalista radical, de superior inteligencia a su novio, hizo que éste siempre le tuviese respeto, latiendo, más o menos veladamente, el inevitable complejo de inferioridad.

En abril de 1983, Miguel y Genoveva contraen matrimonio y se van a vivir a un piso del polígono Los Tilos, en Santiago, bloque 16, tercero B. Van a tener dos hijos, Catarina, nacida en 1984, y Andrea, en 1987.

A finales de 1987, Miguel entra nuevamente en una fase depresiva, estando en tratamiento con el doctor González Fernández, quien señala al paciente que necesita un tratamiento psicoterapéutico nocturno, el cual comienza a dárselo, pero Miguel lo abandona coincidiendo con las Navidades. Desde entonces, el médico no le volverá a ver.

La tragedia va incubándose, pues Miguel comienza a «observar» que su suegro ejerce un dominio total sobre su mujer y esta intentaba dominar a su vez a su hija mayor Catarina. Y en esta cadena de dominios diabólicos, su hija está en poder de su prima Araceli, que está pasando unos días en casa del matrimonio. En cambio, la hija pequeña, Andrea, no puede ser poseída por nadie «gracias a su nombre».

Asimismo, Miguel «observa» durante uno de sus trabajos docentes que los renacuajos orientados hacia un conocido meigo se mueren y los otros viven y que mientras su sobrina musita, su hija mayor habla, pensando que aquella habla a través de Catarina. Todo esto pretende conjurarlo con música clásica emitida por un aparato de radio, pero al cortarse la emisión lo atribuye a los poderes diabólicos de Araceli.

Dominio maléfico

Sospechando cada vez más de que su mujer, Genoveva, está interviniendo intensamente en la «confabulación diabólica», Miguel decide en la mañana del 4 de abril de 1988 ir a casa de sus suegros para explicar el caso a su madre política, pero no se decide a contárselo ante la presencia de su suegro, diciendo que vendrá por la tarde.

Miguel regresa a su casa y después de comer y una vez que se marcha una cuñada que allí estaba, su mujer le dice que puede lavar a la niña mayor mientras ella sube al trastero para poner a secar una ropa.

Es el momento que Miguel aprovecha para «purificar» a Catarina y romper el «dominio maléfico» que su mujer ejercía sobre la niña. Para ello derrama por todo el baño, aseo y cocina, colonia, champú y jabón, elementos necesarios para la «purificación». Al mismo tiempo, Miguel invoca a los arcángeles (parece ser que fueron San Miguel, San Gabriel y San Rafael) y a los druidas celtas para que expulsasen al Diablo y no le dejasen entrar en el cuerpo de su hija.

Aunque Miguel no tenía miedo a Genoveva, sí quiso limpiar cocina y aseo para que no se enterase de la operación purificadora para cuando esta bajase del trastero. Sin embargo, en plena limpieza aparece su esposa.

–Que fixeches, Miguel? [¿Qué hacías, Miguel?]–le dice.

Miguel tiene los ojos desencajados. Genoveva coge miedo y se dirige hacia el teléfono con la intención de llamar a sus padres.

Miguel, que cree que sus suegros también poseen poderes diabólicos, se dirige corriendo hacia Genoveva y antes de que llegue al teléfono, la detiene, forcejeando con ella y arrastrándola hacia la cocina en donde le asesta varias cuchilladas con un cuchillo que había cogido con anterioridad, causándole gravísimas heridas que le causan la muerte.

Los vecinos, alarmados ante los desgarradores gritos de la mujer, salieron de las viviendas y comenzaron a dar golpes en el piso de Miguel, gritando «¿Qué está pasando ahí?», advirtiendo que van a llamar a la Policía, cosa que hacen. Miguel pasa el cerrojo de la puerta de entrada y vuelve a su «faena».

Coloca el cadáver en posición decúbito supino, con las piernas extendidas y juntas, y los brazos a los lados, algo separados del cuerpo.

Convencido de que su mujer está muerta, procede Miguel a abrirle el pecho, seccionándole el bronquio principal izquierdo y las estructuras del hilio, extrayéndole el pulmón al confundirlo con el corazón, colocándolo en el lado izquierdo del cuello, dándole diversos golpes al cuchillo con una tabla de cocina a modo de martillo como si su esposa fuese el conde Drácula u otro vampiro. Extrañado Miguel de que Genoveva tuviese sangre, pues él esperaba que arrojase por la boca un líquido verde viscoso, le extrajo el corazón que le extrañó que poseyera, al ser una poseída del Diablo, y lo colocó al otro lado del cuello.

A continuación, y en plena orgía carnicera, le secciona un pecho, creyendo que tenía un líquido amarillento con el que había pretendido envenenar a su hija pequeña, vaciándole seguidamente los ojos para que no la siguiese poseyendo a través de ellos. Finalmente, realiza una serie de cortes e incisiones en el cuerpo, poniendo la tabla de cortar carne en la mano izquierda y un tenedor y la cafetera a la altura de la cabeza, mientras el cuchillo lo apoyaba sobre el pecho, prolongando la cruz que había realizado sobre el abdomen.

Es entonces cuando Miguel se da cuenta de que su hija Catarina ha estado observando la «operación».

Entristecido, aunque con los mismos ojos de alucinado, con las ropas completamente chorreando sangre, Miguel se dirige hacia la puerta y les dice a dos guardias civiles que habían acudido a las llamadas de los vecinos: «Póname as esposas. Fixen o que tiña que facer» [«Pónganme las esposas. Hice lo que tenía que hacer»]. Eran las tres y media de la tarde. Poco más de veinticinco minutos había durado uno de los más horripilantes asesinatos de la crónica negra de Galicia.

Detenido y recluido en el depósito municipal de Santiago, se inició en Miguel Martínez una reacción paranoide que motivó su ingreso en el sanatorio psiquiátrico de Conxo.

Allí Miguel manifestaría a los médicos que lo atendieron que «es mejor que mis hijas estén huérfanas antes que poseídas por una madre endemoniada». Tres días después se le suspendería la medicación.

Miguel estaba horrorizado por la imagen final del cuerpo de su esposa, que calificaba como «ciertamente dantesca», como si él no hubiese tenido nada que ver en el asunto.

El juicio

El martes 4 de abril de 1989, un año exactamente después de haberse cometido el crimen, se celebra en la sección segunda de la Audiencia Provincial de La Coruña la vista oral de la causa seguida contra Miguel Martínez.

Preside el Tribunal Julio Tasende Calvo, a quien acompañan los magistrados Benigno López González y Francisco Javier Cambón García.

Actúa como fiscal el de la Audiencia, señor Couceiro Tovar, ejerciendo la defensa la letrada María Luz Canal y la acusación particular Evaristo Nogueira.

Asiste numeroso público, ávido de presenciar emociones fuertes, aunque a tenor de lo ocurrido van a ser más fuertes de lo previsto, y la exigencia ya era mucha.

En las conclusiones provisionales, el fiscal considera los hechos como un delito de parricidio por el que pide 15 años de prisión; el acusador lo considera asesinato con agravante de parentesco, pide treinta años, y el defensor la absolución y su internamiento en un centro psiquiátrica para curarlo.

Comienza a continuación el interrogatorio del acusado. Miguel, que se expresaba siempre en gallego, contó su versión de los hechos y que no figuraba todavía en el sumario.

Tras relatar su vida: dónde hizo la «mili», cuándo ganó las oposiciones de profesor de EGB, cómo conoció a su esposa Genoveva, cuándo sufrió las crisis depresivas que motivaron varias bajas médicas en su profesión, Miguel pasó a relatar la carnicería que fue el asesinato de su mujer, para él siempre «operación purificadora».

El único momento de duda que mostraría Miguel en todo el interrogatorio fue cuando se le preguntó si no se dio cuenta tras el asesinato de su esposa que estaba ensangrentado. Primero dijo que no, pero luego rectificó señalando que «nunca pensé que tuviera tanta sangre, yo creí que iba a salir líquido verde, pero salió rojo». Creyó que los vampiros, como su mujer, tenían líquido de ese color.

Explicó Miguel con gran detenimiento cómo descuartizó a su mujer. Primero hizo una cruz con el cuchillo en el abdomen. A continuación, le seccionó un pecho porque «vi cómo cuando le daba el pecho a mi hija pequeña del mismo no salía leche, sino un líquido venenoso». Le arrancó un pulmón, «pero eso –dijo – fue por error. Lo confundí con el corazón». Pero también le extrajo el corazón, pues quería saber «si ese tipo de personas tenían corazón».

Justifica Miguel el arrancamiento de los ojos porque «era a través de la mirada como dominaba a mi hija».

Explicó también Miguel cómo sospechó que su sobrina Araceli estaba poseyendo a su hija Catarina. Tres días antes del crimen, estando los tres en una habitación, observó cómo Araceli movía los labios sin decir nada y Catarina comenzaba a hablar, enseguida él pensó que Araceli estaba hablando por boca de su hija. También cuando estaba oyendo música por la radio, se paró la música y comenzó a oír risas detrás del aparato.

Araceli, según Miguel, también dominó a su mujer y él lo descubrió aquella mañana cuando entró en el dormitorio tarareando algo y él comprobó que era la mujer la que movía los labios.

Pero ni Araceli ni su mujer pudieron con su hijita Andrea, que aún era amamantada por su madre. Andrea sostenía la mirada de Araceli y resistía el líquido venenoso con el que, en vez de leche, la mantenía la madre. Miguel achacaba la victoria de la más pequeña a su nombre, pues mientras Catarina significa «inocente», Andrea es «viril, fuerte».

Miguel afirma:

–Mi mujer estaba dominada por el demonio.

El fiscal le pregunta por las razones por las que no se había manifestado así en el sumario, a lo que añadió Miguel:

–Me di cuenta de que los hechos y los motivos fueron así una noche del mes de mayo, cuando estaba en la celda de la prisión. Al observar la luna y la luz que despedía y atravesaba los barrotes, recordé lo que había pasado.

Allí, en una pared de la celda, dejó marcada la fecha de cuando rememora los hechos.

Los testigos citados, vecinos del matrimonio en su mayoría, afirmaron que Miguel se comportó siempre con normalidad, sin que se le conocieran altercados fuertes o desavenencias con su mujer. Las palabras exactas que dijo Miguel al abrir la puerta de su vivienda tras cometer los asesinatos fue: «Ponedme las esposas, que estoy algo nervioso. Tuve que hacerlo por el bien de mis hijas».

Hora y media dura la intervención de los cinco médicos que actúan en calidad de peritos. El doctor González Fernández, que trató a Miguel antes del parricidio; el doctor Tortajada, que fue el primero que lo atendió después de cometido el crimen y lo observó durante un mes en el Psiquiátrico de Conxo; Suárez del Fresno, forense de Santiago, que realizó la autopsia, la doctora Meilán Ramos, forense de La Coruña, que exploró al procesado en la Prisión Provincial, y el también forense Prieto Trastoy, que lo examinó a petición de la defensa.

Las preguntas se centran especialmente sobre los doctores González Fernández y Tortajada. Ambos señalan que en el estado mental del procesado no se había detectado una esquizofrenia, ni antes ni después del crimen. No obstante, consideraron que psiquiátricamente era posible y en ello estuvieron todos los demás de acuerdo, que se hubiese producido un episodio esquizofrénico agudo, justo en el momento en que estaban produciéndose los hechos.

En resumen, que todos los doctores consideran que Miguel Martínez era una persona totalmente enajenada y carente de responsabilidad, recomendando su internamiento, porque estando sin control no saben si puede volver a surgir en cualquier momento otro brote esquizofrénico agudo que le pueda llevar a cometer otro hecho similar. Consideran los doctores que, como mínimo, debiera de permanecer cinco años en observación y bajo tratamiento psicoterapeuta. Señalaron que el caso de Miguel no es «típico de libro», sino que podría considerarse un caso mixto e incluso atípico.

El doctor Tortajada manifestó que Miguel dijo la verdad antes, hace un año y ahora durante el juicio, aunque la historia no tenga que ver una con otra. Lo aclaró al manifestar que cuando lo exploró en Conxo, el procesado tenía una amnesia que le producía un bloqueo mental y por tanto no recordaba lo que había pasado en aquella media hora. Según Tortajada, la historia que contó ayer podía ser cierta, desde el punto de vista psiquiátrico.

Ala vista de todo lo expuesto, el fiscal señor Couceito Tovar, modificó las conclusiones en cuanto a la petición de pena. Asegura que, si bien es claro el delito de parricidio y la autoría de Miguel Martínez, no es menos cierto que actuó bajo un episodio esquizofrénico agudo al que no es ajeno ningún otro ciudadano sin antecedentes psiquiátricos. El cuidado de los detalles demostrado por el procesado en su llamado «rito purificador» es acorde, además, con la simbología ritual difundida reiteradamente en películas de terror y, por lo tanto, bien conocida por Miguel.

Libre absolución

Por todo ello, el fiscal dijo que es aplicable la eximente completa de enajenación mental transitoria, por lo que solicitó la libre absolución de Miguel Martínez y su internamiento en un centro psiquiátrico penitenciario por tiempo indefinido «hasta que el tribunal considere que está curado y pueda reincorporarse a la vida ordinaria».

Justificando su petición, el señor Couceiro se basa en la posibilidad de que el recuerdo de su acción produzca en el procesado una esquizofrenia crónica ya que, internado en la prisión de La Coruña durante los meses que antecedieron a la vista, comprendió las dimensiones de su crimen.

La defensa está de acuerdo con la rectificación del fiscal y se ratifica en su petición de absolución de su patrocinado y su internamiento en un hospital psiquiátrico para corregirle su enfermedad.

A pesar de la rectificación del fiscal, la acusación privada, que ejerce la familia de la víctima, exige 30 años de prisión para Manuel Martínez, así como una indemnización de 20 millones para cada una de las hijas de la víctima. Los hechos siguen siendo calificados como un delito de asesinato con las agravantes de alevosía, premeditación y familiaridad.

No obstante, solicita del Tribunal también que, caso de aceptar la petición fiscal, el internamiento de Miguel Martínez sea de por vida para evitar que hechos tan horribles como los producidos en Los Tilos puedan volver a repetirse.

El caso queda visto para sentencia tras cinco horas de reunión.

El viernes 7 de abril de 1989 la Sala Segunda de la Audiencia Provincial de La Coruña hace pública la sentencia por la que se absuelve a Miguel Martínez Martínez del delito de parricidio, del que lo considera responsable, atendiendo a la eximente de enajenación «al haber realizado el hecho con sus facultades intelectivas y volitivas totalmente anuladas por el episodio esquizofrénico que sufría».

La Sala, asimismo, decreta el internamiento de Miguel Martínez en un centro psiquiátrico penitenciario, dada su peligrosidad, del que no podrá salir sin autorización del Tribunal. No obstante lo cual, le condena al pago de una indemnización de cinco millones de pesetas a sus dos hijas.

El Tribunal admite como «hechos probados» la versión de los mismos que el procesado contó durante la vista oral.

La enajenación mental prevista en el artículo 8 del Código Penal establece que «cuando el enajenado cometa un delito, el Tribunal decretará su internamiento en un centro psiquiátrico, del cual no podrá salir sin previa autorización del mismo tribunal». La doctrina del Tribunal Constitucional tiende a exigir que, además de la enfermedad mental, concurra una profunda perturbación de la conciencia o de la voluntad. Se trata de una medida de seguridad de índole curativa fundamentada en la peligrosidad del sujeto.

Igualmente, en el mismo artículo se dispone que «cuando el tribunal lo estime procedente, a la vista de los informes de los facultativos que asisten al enajenado, podrá suspender el internamiento, desde un principio o durante el tratamiento», exigiendo mientras tanto «la presentación mensual o quincenal del enfermo ante el Juzgado o la persona que legalmente tenga atribuida su guardia o custodia».

De todas maneras, la experiencia aconseja que Miguel Martínez permanezca por largo tiempo en un hospital psiquiátrico. Podría repetirse el caso de Jalisco y la profecía de Iglesias Corral al final del juicio: «Enciérresele en la cárcel o en un centro psiquiátrico, pero no se le ponga en la calle pues podría volver a matar de nuevo».

La responsabilidad está en manos de los médicos y de los jueces. Por medio está la repetición de una carnicería con satanismo sin parangón en la crónica negra reciente de Galicia.


El crimen de Los Tilos

El otro lado de la realidad
27/12/2013

Es un caso de la crónica negra de España, y no es apto para corazones sensibles ya que lo que vamos a contar puede dañar la sensibilidad. Demasiado duro, pero ocurrió.
Gente normal y conocida por toda la zona, que de repente, esta armonía se quiebra y se rompe.
El lugar de los hechos quedó durante mucho tiempo maldecido,la vecindad no quería bajo ningún concepto adquirir esa vivienda.

Este caso impactó de una manera brutal a toda la sociedad, especialmente a Galicia. Hablamos de un hombre que practicó la bidisección en su víctima, esto es, una disección en vida. Lo llamaron “el crimen de Los Tilos” y, por su brutalidad o lo incomprensible que encierra este comportamiento humano, ha sido oscurecido, pero nunca se olvidará y permanecerá en el consciente colectivo. Queremos reabrir esta brutalidad que, desgradaciadamente, es auténtica.

El 4 de abril de 1988, un crimen espantoso ocurrió en una urbanización de Los Tilos, en la mítica Santiago.
Nunca se vivió algo semejante, y muchos vecinos del homicida decidieron mudarse,tratando de huir de aquellos gritos desesperados y de aquella horrible escena.

Miguel Martínez, un profesor de Ciencias Naturales que tenía muy buena relación con sus alumnos, y la víctima, Genoveva Ferreiro Antelo, una ATS (asisenta técnico sanitaria) en un ambulatorio de aquella ciudad, formaban un matrimonio, conocidos por todos y nadie esperaba lo que sucedió.
A las 14:00 de aquel día, estalla una discusión entre la pareja, y la mujer parece atemorizada. De pronto se impone un grito aterrorizador. El profesor clava, en una escena horripilante, y asesina a puñaladas a su mujer en su propia casa.
Cuando la Policía llega a la vivienda, ésta se encuentra en silencio. Los agentes llaman a la puerta y Miguel Martínez tranquilamente contesta diciendo: “Un momento, todavía no terminé”.
Con sangre fría, el asesino se entrega más a su macabra tarea. Pasados unos minutos el homicida abre la puerta y los agentes se encuentran con una auténtica carnicería.
Genoveva yace en el suelo cosida a puñaladas; su marido le ha sacado los ojos y la ha abierto el pecho, estallándola el corazón y los pulmones.
En el interrogatorio, Miguel se muestra sereno. Los investigadores se temen de que se tratase de un crimen ritual, pero cuando le preguntaron por qué tardó tanto tiempo en despedazar a su mujer si convivía tranquilamente con ella desde hace tiempo, el homicida contesta: “Quería separarme de mis hijas.”
Hay un detonante que cambia sus órdenes mentales y que lo llevan a cometer el asesinato a sangre fría.
Miguel Martínez fue recluido en un centro psiquiátrico a las afueras, la propia administarción se encargó de apartarlo de la sociedad lo máximo posible.
El piso permaneció sin vender durante muchos años, y el coche de la víctima se halló bastante tiempo en el garaje de la urbanización donde se cometió la atrocidad.
El móvil del sangriento crimen nunca se esclareció del todo. Tal vez asesinara a su esposa en un arrebato de locura. Pero, ¿ por qué se ensañó de aquella manera con el cadáver? Nunca se sabrá. Lo único de que se tiene conciencia según los rumores que aún circulan en las sombras de los habitantes de Santiago,  es que aquello sólo pudo ser obra del diablo.

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