El crimen de la calle del Calvario, la desesperada historia de un acoso mortal

El crimen de la calle del Calvario

Jamás sabremos si el asesinato de doña Carmen Alonso, de cuarenta y dos años, viuda de un próspero empresario del Rastro madrileño, se debió a asuntos de amores no correspondidos o a la ambición desmedida de su verdugo, Tiburcio Zarzuelo del Pozo, alias “El Hojalata”.

El relato de los hechos, desde luego, refleja un acoso que ni siquiera la justicia pudo detener. Antes de acabar con su vida en plena calle del Calvario le hizo pasar por el doloroso trance de contemplar cómo apuñalaba mortalmente a su hija Remedios, de veinte años. Tras el crimen se dio a la fuga y apareció ahorcado en Villaverde tres días más tarde.

El hombre soltó sobre la barra de la taberna de José García una caja de madera con las herramientas de su oficio de vidriero y plomero. Tenía considerable altura, cabello muy oscuro y bigote espeso que apenas se le movía debido al rictus severo de su rostro. Se llamaba Tiburcio Zarzuelo del Pozo. Nombre rotundo, tremendo, que oscilaba entre la mofa y un negro destino en el que quedar fijado para la eternidad.

La taberna se hallaba situada justo enfrente de la casa de doña Carmen Alonso, en el número diez de la calle de Lavapiés. Pidió el tercer vino, como cada día desde hacía cuatro años, cuando murió don José Nadal, su patrón y esposo del objeto de su deseo:«su Carmen».

Desde el mismo día del funeral, Tiburcio se propuso casarse con ella. Sólo pensaba en eso. «Qué desagradecido, con todo lo que esta familia ha hecho por él», se desahogaba Carmen con su hija Remedios a los pocos días de enviudar, que ya entonces empezó la persecución, y eso que hacía muy poco que Tiburcio había sido contratado para recomponer los objetos que llegaban al negocio de Nadal para ponerlos a la venta a buen precio. Era uno de los puestos más prósperos y de mayor clientela del Rastro.

Al fallecer el patrón le mantuvieron el trabajo, a pesar de su mal carácter. Tiburcio, un tipo sumamente antipático y pendenciero, era conocido en el barrio como «El Hojalata» por sus turbios trapicheos. Veintiocho años de vida, de los cuales más de la mitad se los había pasado enfrascado en broncas y bebida.