William Heirens

Atrás Nueva búsqueda
William Heirens

El asesino del pintalabios

  • Clasificación: Homicida
  • Características: Menor de edad (16) - Robos - Secuestro
  • Número de víctimas: 3
  • Periodo de actividad: 1945 - 1946
  • Fecha de detención: 26 de junio de 1946
  • Fecha de nacimiento: 15 de noviembre de 1928
  • Perfil de las víctimas: Josephine Ross, de 45 años / Francis Brown, de 34 / Suzanne Degnan (6)
  • Método de matar: Puñaladas con un cuchillo - Estrangulación
  • Localización: Chicago, Estados Unidos (Illinois)
  • Estado: Fue condenado a cadena perpetua el 5 de septiembre de 1946. Murió en prisión el 5 de marzo de 2012
Leer más

William Heirens

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Otro asesino sexual que afirmó haber sido influenciado por un alter ego fue un joven estudiante de medicina, que justo al término de la segunda guerra mundial mató a tres personas en Chicago. Mientras Matuschka dijo haber sido controlado por “León”, el joven norteamericano afirmó que todos sus delitos – fue acusado de veintinueve casos de asalto y robo, además de los asesinatos -, en realidad, habían sido cometidos por un “otro yo”, el cual se hacía llamar “George”.

Este joven, un estudiante brillante de la Universidad de Chicago, que en el momento de ser detenido tenía 18 años, se llamaba William Heirens. La captura se debi6 al excesivo ruido que hizo al robar un departamento de una familia que estaba fuera de la ciudad. Los policías, llamados por los vecinos, se sorprendieron un poco por la tremenda resistencia que opuso Heirens cuando trataron de llevarlo bajo custodia. La explicación de este intento de quedar en libertad vino del departamento de huellas digitales del FBI en Washington: las huellas de Heirens coincidían con las de un asesino no identificado hasta ese momento que era buscado dese hacía seis meses.

En enero de 1946, una niña de seis años llamada Suzanne Degnan que dormía apaciblemente en su cama en un departamento de Chicago fue secuestrada por un intruso que la llevó a un sótano cercano donde la violó y la asesinó. El cuerpo de la niña fue desmembrado y los pedazos tirados a desagües y alcantarillas. Los padres de la víctima recibieron una nota pidiendo veinte mil dólares de rescate, con instrucciones que no fueron seguidas hasta el fin por quien la escribió. Las claras huellas que quedaron en esta nota coincidieron con las de Heirens, el ladrón.

Las mismas huellas fueron encontradas en el cuarto de una enfermera, que en octubre de 1975 había llegado a su departamento en el momento en que se encontraba un intruso. Se había recuperado admirablemente a pesar de haber quedado con el cráneo fracturado por el golpe de una barra de hierro.

Heirens fue acusado de¡ asesinato de Suzanne y de la agresión a la enfermera. Mientras estaba detenido le fue suministrada una “droga de la verdad” y bajo su influencia confesó dos asesinatos más.

A principios de 1945 se había introducido al departamento de Josephine Ross, una viuda de cuarenta y tres años. La apuñaló en la garganta y la estranguló anudándole su camisón de dormir alrededor del cuello. En diciembre del mismo año mató a Frances Brown, miembro del cuerpo femenino de la marina norteamericana, de treinta y cuatro años. La mujer fue encontrada muerta en la cama, violada y mutilada. Garabateado un cuerpo en la pared con lápiz de labios, estaban las palabras: “Por Dios, atrápenme antes de que mate nuevamente. No me puedo controlar.”

Heirens no hizo intentos de negar los asesinatos o alguno de los asaltos. En septiembre de 1946 recibió condena perpetua.

Los crímenes representaron la culminación de una vida de delitos iniciada a los doce años. A los trece años, Heirens se había introducido ya cuando menos a una docena de casas o departamentos y robado una gran cantidad de propiedades, la mayoría de las cuales había tirado inmediatamente después. Fue mandado a una correccional y ahí se portó tan bien que regresó a su casa antes de un año. En unas semanas más cometió otros robos y fue pronto capturado. En esta ocasión estuvo en otra escuela correccional, durante 18 meses. La primera vez que recurrió a la violencia fue al atacar a una enfermera. Desde ese punto avanzó rápidamente hasta el asesinato.

Heirens dijo a los médicos que todos sus delitos partieron del descubrimiento de que podía obtener satisfacción sexual al ponerse pantaletas femeninas. Había robado pantaletas para este pr6posito desde que tenía alrededor de once años y había pasado de tomarlas en tendederos de ropa a meterse a casas para robarlas. Los oficiales de la policía que registraron su casa encontraron cuarenta pantaletas escondidas en una buhardilla.

Para Heirens pronto fue necesario entrar a casas para experimentar orgasmos y algunas veces la vista de una ventana abierta era suficiente para excitarle. Insistió que había tratado desesperadamente de vencer esa tendencia, pero que sufría violentos dolores de cabeza cuando resistía un impulso de robo.

Heirens era hijo de padres católicos romanos y tenía antecedentes muy religiosos. Aunque siempre había sido más bien antisociable nunca cabía sido tímido o nervioso. Los psiquiatras que lo examinaron determinaron que tenía una inteligencia superior a la normal y que no sufría de ninguna psicosis.

Es muy probable que Heirens haya quedado impresionado con lo que tuvo que ver como estudiante médico y que los horrores quirúrgicos hayan permanecido en su mente asociados a una tendencia destructivo preexistente.

El asesinato y desmembramiento de una niña de seis años sugieren que sintió que estaba atacando a una joven hermana – el otro bebé de su mamá -. Parece que pensaba que las mujeres debían ser muertas y que la señora Ross probablemente vino a tomar el papel de la madre.

El uso de las pantaletas femeninas hace pensar que quería quedar “dentro” de la mujer y convertirse en ella. El hecho de introducirse en las casas parece haber sido muy importante. “George”, sea quien fuere a quien haya representado, era la figura asesina separada que estaba dentro de la mente de William y que de tiempo en tiempo debía entrar en acción.


William Heirens

Última actualización: 7 de abril de 2015

Desde temprana edad encontró irresistible el suave contacto de la ropa interior de mujer, sobre todo si la había robado. Muy pronto el simple hecho de entrar a robar en casa de un extraño le bastaba para satisfacer la excitación sexual. Este extraño personaje merodeaba por las calles de Chicago en plena noche buscando una ventana o una puerta entreabierta.

FETICHISTA – Pasión por el robo

Con tan sólo dieciséis años, Bill Heirens estaba dominado por la necesidad de robar, y este acto le proporcionaba también un perverso placer. Un día de junio, al ser sorprendido con las manos en la masa, cometió el primer asesinato.

Los días de verano en Chicago resultan largos y calurosos, y la mañana del 5 de junio de 1945, cuando el joven de dieciséis años Bill Heirens salió de su casa camino del trabajo, prometía ser uno de esos días. Bill había aceptado un trabajo aprovechando las vacaciones de verano en el instituto.

Tomó el metro para ir al centro de la ciudad, pero no había recorrido aún mucho camino, cuando sintió una sensación que ya le era familiar: la urgente necesidad de cometer un robo.

Había estado robando casas desde los nueve años. Al principio robaba en los sótanos del vecindario. No buscaba dinero, sino prendas de vestir. Por entonces no sabía nada sobre el sexo, solo conocía el placer que la ropa de mujer le proporcionaba.

Heirens bajó en la primera parada y empezó a buscar un lugar en el que poder entrar. No le atraía tanto la idea de robar ropa interior como la acción misma de entrar a robar. Incluso, a veces tenía que robar en tres o cuatro sitios diferentes hasta tranquilizarse.

En este día de junio eligió su presa al azar. Primero probó en dos sitios, en los que no pudo entrar. Eran cerca de las 9,30 la mañana cuando entró en el portal de un bloque de apartamentos de ocho pisos el 4108 de Kenmore Avenue, a una o dos manzanas de la estación. Cruzó el vestíbulo sin que nadie le viera, entró en el ascensor y pulsó un botón.

En el último piso no encontró ninguna puerta abierta, así que bajó al siguiente. A medida que descendía de piso en piso su excitación iba en aumento, hasta que encontró lo que estaba buscando: la puerta del apartamento 510 del quinto piso estaba entreabierta.

Asómo la cabeza. No parecía haber nadie en el interior del apartamento. Entró en el salón y de ahí pasó a uno de los dormitorios.

Una mujer dormía en la cama. A los pies de ésta había un perro, que ladró al ver entrar a Heirens en la habitación. La mujer se despertó con los ladridos y gritó al verle. El ladrón sacó del bolsillo el cuchillo que usaba para forzar las cerraduras de las ventanas.

A la una del mediodía Jacqueline Ross, que trabajaba en una tienda de la zona, volvió a comer al apartamento que compartía con su madre, Josephine, y su hermana mayor. Nada más entrar advirtió que algo raro pasaba al ver que el bull terrier de la familia, en lugar de venir correteando, como siempre, a su encuentro, se escondía, gimoteando, bajo el sofá del salón. Además, la habitación estaba desordenada.

Jacqueline encontró el cadáver de su madre, completamente desnudo, sobre la cama. Le habían atado una falda roja y una media alrededor del cuello. Tenía fuertes golpes en la cabeza y se había desangrado hasta morir por las puñaladas que le habían asestado en el cuello y en la garganta.

Se había defendido con todas sus fuerzas ya que tenía cortes en las manos, y en los puños cerrados, entre los dedos, encontraron mechones de pelo oscuro.

El cadáver estaba limpio, pero la cama se encontraba empapada de sangre; el asesino había hecho una cosa muy extraña: había llevado el cadáver al cuarto de baño para lavarlo, luego lo había vuelto a dejar sobre la cama y le había puesto esparadrapo sobre algunos cortes. La hora de la muerte de Josephine Ross se fijó a las 10,30 de la mañana.

Aunque habían encontrado el cadáver desnudo y el asesinato podía inducir a sospechar que se trataba de un crimen sexual, el juez de Instrucción no encontró ninguna señal de violación.

Llamaron a expertos en huellas dactilares, pero no pudieron encontrar nada, ya que el intruso había barrido Y limpiado el apartamento. Incluso se había tomado la molestia de limpiar el marco de la puerta y los zócalos.

Cuando los investigadores descubrieron que faltaban del apartamento dos anillos de diamantes, algunas pieles, tres papeletas de empeño y doce libras esterlinas, la policía llegó a la conclusión de que la señora Ross había sido asesinada simplemente por haberse encontrado cara a cara con el ladrón.

PRIMEROS PASOS – La época de la depresión

Bill logró sobrevivir a una infancia traumática. Pero, en la adolescencia, sus violentos deseos le condujeron al crimen.

William George Heirens nació en Chicago el 15 de noviembre de 1928. Su madre, Margaret, tuvo problemas en el embarazo -a los dos meses estuvo a punto de abortar- y también en el parto. Su primer hijo nació tras sesenta y dos horas de parto y con ayuda de fórceps.

También tuvo problemas para criarle. Empezó a darle biberones al mes de su nacimiento, pero el bebé se pasó los dos meses siguientes vomitando y perdiendo peso, hasta que encontraron la fórmula más adecuada para alimentarle. Desde ese momento empezó a crecer normalmente, a pesar de una serie de accidentes que sufrió, como cuando a los siete meses se cayó por unas escaleras.

El primer hogar de Heirens fue un estrecho apartamento de un solo dormitorio que se hallaba detrás de la floristería que tenía su padre, George, y el bebé durmió en el cuarto de sus padres hasta que nació su hermano Jere en 1932.

En 1934 su madre tuvo un aborto, lo que le provocó una depresión nerviosa. Al año siguiente el negocio de George Heirens, que había marchado bien durante los años de la Depresión, se hundió por completo. La familia se cambió de barrio y el padre comenzó a trabajar como encargado de un vivero.

Bill Heirens creció en un ambiente de incertidumbre económica, y estuvo trabajando desde los seis años en la tienda de sus padres. Era un chico tranquilo y soñador al que le gustaba ir a pescar con su padre y hacer manualidades.

Tenia muchos compañeros de juegos, pero ningún amigo.

Sus padres sufrieron un verdadero choque cuando el 13 de junio de 1942 Bill fue arrestado al salir de un edificio con una pistola en la mano. El chico alegó que había sentido el impulso de cometer un robo, pero la policía le relacionó con un botín de cosas robadas, entre las que había varias pistolas y ropa de mujer, que habían encontrado en el tejado de un edificio vecino. Al ser interrogado sobre ella, el chico explicó que las usaba para cubrir las armas.

La policía le preguntó sobre cincuenta casos de robo -algunos con incendio premeditado- de los que Bíll confesó haber cometido once. La única explicación que dio fue que lo encontraba muy excitante.

El oficial que visitó a los Heirens para hablar del historial criminal de su hijo se quedó sorprendido por lo que a él le pareció una familia afectuosa y un perfecto hogar. El psiquiatra del Tribunal llegó a la conclusión de que «los actos delictivos de Heirens entran en la categoría de los delitos de un neurótico», y recomendó que le trataran; pero el chico nunca recibió ayuda de ningún tipo.

El juez consideró la posibilidad de enviar a Bill a la institución para jóvenes del Estado, pero después de escuchar las súplicas de su madre, le dejó en libertad condicional. El 27 de agosto de 1942 le mandaron a Gibault, una especie de correccional católico en Indiana; a pesar de las dificultades económicas, sus padres pagaban treinta libras mensuales.

Durante el año que pasó en Gíbault, el comportamiento de Bill fue excelente y también terminó bien los estudios. Aprovechando su ausencia, sus padres se cambiaron de casa a fin de evitar que su hijo volviera a sentir tentaciones de robar en el viejo barrio cuando volviera a pasar las vacaciones de verano.

Pero este plan no funcionó. El 8 de agosto de 1943 fue arrestado tras haberle visto merodear por el hotel Rogers Park. Tenía en los bolsillos las llaves de nueve apartamentos diferentes, todos ellos robados varias semanas antes. No confesó hasta que llamaron a s madre y ésta habló con él; Bill les dijo dónde podrían encontrar las cosas robadas.

Esta vez se presentó ante otro juez, que aceptó la propuesta de la señora Heirens de dejar a su hijo en libertad condicional para que asistiera al internado católico de St. Bede, en Perú, Indiana, que aunque no era un correccional, gozaba de muy buena reputación.

El ladronzuelo se portó bien en el nuevo colegio. Las notas fueron buenas y era un deportista entusiasta al que le gustaba el boxeo y la lucha libre. La libertad condicional finalizó en enero de 1945, la incógnita era si se había reformado.

Mamá y papá

Los Heirens procedían de Luxemburgo, pero los padres de Bill se criaron en Rogers Park, Chicago. Se casaron en 1927, cuando George tenía 23 años y Margaret 20.

George era un hombre alto y corpulento, muy educado y sensible. Su padre y su abuelo habían sido floristas, y a él también le encantaban las flores. Siempre fue muy trabajador, y desde 1943 alternó el trabajo como guardia de seguridad en una fábrica de acero durante el día con el de policía por la noche.

Margaret era la mayor de ocho hermanos. Con un carácter mucho más fuerte que su marido, era siempre la que luchaba por el bienestar de su familia. Pesar de las frecuentes enfermedades nerviosas, también trabajaba mucho en el negocio familiar y como dependienta en una tienda.

Gibault

Gibault, llamado así en honor a su fundador, era un colegio católico para jóvenes delincuentes que se encontraba en el campo, cerca de Terre Haute, en Indiana, a unos 120 kilómetros de Chicago. Lo dirigían los Hermanos Cristianos gracias a la caridad de grupos católicos como los Caballeros de Colón, Los padres también contribuían con dinero si se lo podían permitir.

En Gibault, Heirens conoció a otros jóvenes ladrones, y pasaba mucho tiempo libre ideando planes para futuros robos, actividad que encontraba casi tan estimulante como el llevarlos a cabo.

EL MENSAJE – La pintada en la pared

Intentó resistirse, pero la tentación era demasiado fuerte. El deseo de robar le llevó a salir de noche en busca de la extraña excitación que le producía el entrar a robar en las casas. En una ocasión, tras cometer un asesinato, dejó escrito un mensaje en la pared pidiendo ayuda.

Con sólo dieciséis años, Heirens se benefició dé un programa experimental que permitía a los menores de edad la entrada en la Universidad a fin de poder tener la posibilidad de acceder, tras un examen previo, a un curso de cuatro años en la Universidad de Chicago.

En septiembre aún no había recibido ninguna contestación, así que, convencido de que había suspendido el examen, volvió al internado de St. Bede. No llevaba allí una semana cuando su padre le telefoneó para decirle que había conseguido una plaza en la Universidad.

Bill regresó entusiasmado a Chicago. Durante los fines de semana y las vacaciones se quedaba en la casa que sus padres tenían en el 4175 de Tuohy Avenue, donde compartía un dormitorio en el ático con su hermano pequeño, Jere. Entre semana vivía en la residencia Snell del campus.

Le gustaba la vida universitaria. Aprendió a bailar, se hizo socio de Pistol and Rifle y pasaba dos o tres tardes a la semana en el club social Calvert.

Una ventaja de no vivir en casa de sus padres era que le resultaba mucho más fácil hacer alguna escapada nocturna para visitar los lugares que solía robar en el norte de la ciudad. Algunas veces intentaba resistirse a la tentación, pero entonces le empezaba a doler tanto la cabeza que se daba por vencido y entraba a robar en donde fuera.

Una o dos veces guardó toda su ropa en un armario, lo cerró con llave y escondió ésta en los servicios, a fin de evitar caer en la tentación. Pero el plan no funcionó. Salía de todas maneras en bata y zapatillas a recorrer silenciosamente las calles nevadas. No sentía frío. Había aprendido a no expresar sus emociones hasta el punto de que no parecía capaz de sentir nada físico.

Durante el primer trimestre en la Universidad empezó a hacer cada vez mas escapadas nocturnas. Y, aún peor, sus actividades delictivas no se limitaron al hurto, sino que pronto tomaron un nuevo giro.

El 1 de octubre, Verónica Hudzinski, de diecinueve años, se hallaba escribiendo una carta cuando le pareció oír que alguien intentaba entrar en la casa por la ventana, un cuarto piso en North Winthrop Avenue. Cuando se asomó a ver qué pasaba, Heirens sacó una pistola y le disparó dos veces a través de la ventana, hiriéndole en el hombro. Luego tiró el arma y huyó.

Cuatro días más tarde entró en un ático que se hallaba cerca del campus de la Universidad, donde se encontró con una mujer que dormía en la cama: una enfermera del ejército ya retirada, la lugarteniente Evelyn Peterson. La golpeó en la cabeza con una barra de metal y esto le produjo una gran satisfacción sexual. Poco después abandonó el apartamento.

Cuando la lugarteniente Peterson volvió en sí, se encontró atada de pies y manos con un cable eléctrico. Se desató y descubrió que le habían robado 150 libras del monedero.

Antes de que tuviera tiempo de llamar a la policía, alguien llamó a la puerta. Abrió y se encontró con un joven de pelo negro a quien nunca antes había visto, pero que inmediatamente se preocupó por su estado de salud al ver que tenía sangre en la cara. Era Bill Heirens. Le dijo que iba a llamar a un médico, salió al pasillo, informó al encargado de los apartamentos de que la enfermera no se sentía bien, y abandonó el edificio.

Cuando la policía llegó, descubrieron que el intruso había borrado todas sus huellas del apartamento después de haber cometido el robo.

La noche del 10 de diciembre de 1945, Heirens subió por la escalera de incendios de Pine Crest, un hotel residencia de Pine Grove Avenue. Buscaba una entrada y en el sexto piso encontró una ventana entreabierta.

Desde la escalera de incendios echó una ojeada al interior del apartamento. La luz estaba encendida y la cama abierta, pero no había nadie.

De un salto pasó de la escalera al alféizar de la ventana. Eso no era nada para él, que se movía con la agilidad de un gato y que además no le temía a las alturas.

Empujó la ventana y entró. La radio estaba encendida. Se puso a registrar los cajones cuando de repente se abrió la puerta del cuarto de baño y la huésped, Frances Brown, apareció en medio de la habitación en pijama.

La mujer gritó, y el ladrón la golpeó en la cabeza con una pistola. Ella siguió gritando y entonces él la golpeó tres veces más con la culata. Luego la disparó dos veces y la víctima cayó sobre la cama.

La camarera del hotel encontró el cadáver a la mañana siguiente, y bajó corriendo y gritando los seis tramos de escaleras hasta llegar al vestíbulo. El cuerpo desnudo de la señorita Brown estaba en el cuarto de baño con la cabeza metida en un cubo de agua y la chaqueta del pijama atada alrededor del cuello. La policía descubrió que la habían apuñalado en el cuello justo debajo de la oreja izquierda, con un cuchillo de cortar pan. Y lo habían hecho con tanta fuerza que el cuchillo la había atravesado de oreja a oreja.

También presentaba cortes en las manos, entre el pulgar y el índice, como si la víctima hubiera intentado agarrar el cuchillo, y heridas de bala en la cabeza y en un brazo.

Existían muchas similitudes entre este asesinato y el de Josephine Ross. Los dos cadáveres estaban desangrados y en el suelo había varias toallas manchadas de sangre. Tampoco esta vez encontraron ninguna señal de violación.

Habían limpiado cuidadosamente el apartamento, pero al asesino se le olvidó borrar una huella: la de su índice derecho en la jamba de la puerta del baño.

También había arañazos en el alféizar de la ventana del dormitorio que, aunque estaba cerrada, se podía abrir desde fuera. Estaba claro que el ladrón había saltado hacia el interior desde la escalera de incendios.

Lo único que diferenciaba este crimen del caso Ross era que el asesino había cogido una barra de labios roja del bolso de la víctima con la que había escrito con letras mayúsculas un mensaje en la pared. Es decía: «Por amor de Dios, atrápenme antes de que vuelva a matar. No puedo controlarme.»

La universidad te necesita

Durante la Segunda Guerra Mundial, la asistencia a la Universidad descendió alarmantemente en América. Aunque a los estudiantes se les concedía la exención del servicio militar, muchos jóvenes preferían ir a la guerra.

A consecuencia de esto se hicieron programas experimentales para estudiantes más jóvenes. Para estudiar en Chicago en 1945 un alumno sólo tenía que haber completado dos años de los cuatro que normalmente se pasaban en el instituto de segunda enseñanza y pasar un examen. Como Heirens iba adelantado un año en el colegio, entró en la Universidad a los dieciséis, en lugar de a los dieciocho o diecinueve, que es lo normal. Sin embargo, su inmadurez emocional no le ayudó mucho; se saltaba muchas clases y sus notas eran bajas.

DEBATE ABIERTO – Objetos de deseo

Botas cadenas, seda o cuero; hay un montón de cosas que se convierten en objeto de culto de los fetichistas, y una vez hecha la elección, será ese objeto el que más les excite.

El fetichismo, por lo menos en su versión más moderada, es una de las perversiones sexuales mas comunes entre los hombres. Las mujeres raramente lo practican. El fetichista siente una incontrolada atracción sexual por algo distinto a los órganos sexuales -normalmente hacia el pelo, las manos o los pies, la ropa interior, las medias, las botas o los zapatos.

A veces el fetichista se siente atraído por un material en particular, como el caucho, la goma, el cuero, la seda o la piel, atracción que entonces se extiende a todo tipo de ropa hecha con ese material, incluidas las prendas elaboradas especialmente para este tipo de personas. En los casos más extremos, el fetiche tiene tanta importancia que sin él el fetichista se vuelve impotente.

Este experimenta placer sexual al manipular, tocar, llevar o simplemente contemplar el objeto deseado, aunque hay una diferencia entre el «fetichismo parcial», en donde una sola parte del cuerpo es el centro del placer sexual, y el «verdadero» fetichismo. Este último se divide entre los que se estimulan con los materiales, que se conocen como «instrumentos fetichistas», y los que prefieren determinadas prendas de vestir, que se conocen como «formas fetichistas».

El fetichismo raramente conduce al crimen, aunque en el caso de Heirens le llevó a violar la ley, y a veces se combina con el sadismo, lo que puede conducir a ataques violentos contra las mujeres.

Con frecuencia tiene su origen en una experiencia de la infancia, cuando el objeto fetiche se asocia íntimamente al despertar de la sexualidad del niño. En el caso de Bill Heirens esto no estaba claro, ya que o había olvidado realmente por qué se había originado su interés fetichista por la ropa interior o simplemente no podía hablar de ello.

Cuando le preguntaron por qué robaba ropa interior femenina, contestó simplemente que le gustaban mucho esas prendas.

La policía encontró en el ático de la casa de su abuela una caja que contenía más de cuá. renta pares de medías de seda que él había escondido allí hacía muchos años.

Aunque Heirens era incapaz de explicar sus deseos sexuales a los psiquiatras, parecía que hacía un esfuerzo por entenderlo y analizarlo él mismo. Uno de los libros que encontraron en su habitación de la Universidad después del arresto era el libro de Richard von Krafft-Ebing, Psychopathia Sexualis. Cuando los psiquiatras que le examinaban le preguntaron acerca de este libro, les dijo que sentía un gran interés por estudiar el tema del sexo, en general, y por el sadomasoquismo, la flagelación y el fetichismo, en particular.

En el libro que Lucy Freeman escribió sobre Heirens, Antes de que vuelva a matar, la autora sugiere que el origen de la obsesión adolescente de Bill puede hallarse en el complejo de Edipo; tal vez el muchacho había asociado con la ropa sus deseos incestuosos hacia su madre, o quizá se la ponía para atenuar su propia masculinidad. Y su obsesión se fue haciendo cada vez más extrema, a medida que se iba haciendo mayor e intentaba mitigar sus frustrados deseos sexuales.

El caso de Bill Heirens, que robaba para satisfacer su obsesión por la ropa interior femenina, no es un caso inusual. Krafft-Ebing enumera varios casos similares.

Lo que diferencia a Heirens es que al final el mero hecho de entrar en las casas le proporcionaba un gran placer sexual.

Krafft-Ebing

Al célebre doctor Krafft-Ebing (1840-1902) se le debe el primer trabajo en el campo del comportamiento sexual. Elaboró un estudio sistemático sobre problemas como el «sadismo» y el «masoquismo». De hecho, Krafft-Ebing fue la primera persona en acuñar estos términos que había sacado del mundo de la literatura y que introdujo en el mundo del análisis psicológico.

Trabajó como profesor de psiquiatría y enfermedades nerviosas en las universidades de Viena, Estrasburgo y Graz.

Su trabajo más célebre, Psychopathia Sexualis, que contiene doscientos treinta y siete casos, se publicó por primera vez en 1886, y desde entonces se ha venido reeditando constantemente. El libro ayudó a cambiar ciertas actitudes, incluso legales, con respecto a la sexualidad anormal.

Aun cuando algunas de sus ideas no tienen todo el refrendo científico, y por tanto, no se quedan más que al nivel de la opinión.

VIOLENCIA – El visitante nocturno

El secuestro de una niña pequeña en plena noche conmociona y enfurece a toda la ciudad de Chicago. Sin embargo, todavía quedaba por oír lo peor: el ladrón Bill Heirens habla cortado el cadáver en pedazos y se deshizo de ellos tirándolos en las alcantarillas.

Heirens pasó la tarde del 6 de enero de 1946, el domingo anterior al primer día del nuevo trimestre, bebiendo whisky con Joe Costello, su vecino en Snell Hall. No estaba acostumbrado a beber, y se sentía mareado cuando regresó a su habitación alrededor de la medianoche.

Estaba a punto de acostarse cuando sintió la necesidad de salir. Ni siquiera intentó vencer la tentación; se lanzó a la calle en medio de una noche helada y tomó el metro hacia el norte.

Se durmió durante el trayecto y se despertó en Thorndale, la zona residencial más elegante, muy cerca del lago Michigan. Se bajó y comenzó a merodear por las calles desiertas en busca de un lugar en el que poder entrar.

En un garaje vio una pequeña escalera con un peldaño roto y la cogió. Pero ni con la escalera consiguió llegar a las ventanas del primer edificio al que intento trepar.

Siguió andando hasta llegar al 5943 de Kenmore Avenue, un edificio de tres pisos. Tenía una terraza desde la que se veía el lago, escalones de piedra y un gran jardín que llegaba hasta la calle. Heirens dio la vuelta al edificio sigilosamente en busca de una ventana en la que no hubiera luz.

El edificio albergaba dos viviendas, y el actual propietario, el abogado Louis Flynn, ocupaba los dos pisos superiores junto a su familia.

El piso de la planta baja, que contaba con siete habitaciones, lo tenía alquilado un funcionario, James Degnan, que se había trasladado a Chicago en el mes de septiembre junto con su mujer y sus dos hijas, Suzanne, de seis años, y Elizabeth, de diez, cuando consiguió un trabajo en la oficina de la Price Administration.

Bill encontró una ventana entreabierta a unos dos metros del suelo. Normalmente trepaba hasta el alféizar y entraba sin la menor dificultad, pero todavía estaba un poco bebido y subió con la escalera.

Abrió la ventana con facilidad y entró. Estaba en el dormitorio de Suzanne Degnan y al acercarse a la cama, la pequeña se despertó y comenzó a hablar con voz somnolienta. Heirens encendió la linterna y vio la cara regordete y los ojos azules y asustados de una niña. No la dio tiempo a gritar.

La sacó de la cama asiéndola por la garganta y apretó hasta que la pequeña dejó de moverse.

Luego Heirens le colocó un pañuelo en la boca, por si volvía en sí, la cogió en brazos, salió por la ventana y bajó por la escalera a la calle. Dejó a la pequeña en el suelo y se fue en busca de una vivienda próxima que tuviera una ventana abierta en el sótano.

Encontró una justo en la esquina de Winthrop Avenue; volvió a recoger el cadáver de la niña, lo metió dentro del sótano y lo dejó en la carbonera mientras se iba a inspeccionar.

En el sótano había cuatro tinas de lavar la ropa. Arrastró el pequeño cadáver hasta uno de los barreños y le quitó el pijama. Sacó su cuchillo de caza y comenzó a descuartizarlo. Primero, le quitó la cabeza; luego, los brazos, las piernas, y el tronco en dos; lavó cuidadosamente las partes.

Cuando terminó, lavó y limpió el cuchillo y lo utilizó para forzar un armario, en el que encontró algunas bolsas y ropa. Envolvió los trozos del cadáver y los metió en las bolsas; después salió del sótano.

Anduvo de un lado a otro buscando bocas de alcantarilla. Cada vez que encontraba una, levantaba la tapa y tiraba una parte del pequeño cadáver, una en cada alcantarilla que encontraba, hasta que se deshizo de todas. Dejando a un lado lo execrable de esta acción, no fue un trabajo fácil: la noche era muy fría y las tapas de las alcantarillas estaban heladas.

De vuelta en el sótano pasó media hora fregando la tina de lavar la ropa, así como la carbonera, a fin de borrar todo rastro de sangre. En el bolsillo del abrigo encontró un trozo de papel arrugado y un lápiz. Apoyando el papel contra la puerta del armario que había forzado, escribió una nota a la luz de la linterna.

Por un lado escribió: «Consiga 20.000 dólares en billetes de cinco y diez y espere noticias. No llame a la policía ni al FBI”. Por el otro garabateó: «Queme esto si no quiere que le pase nada a la niña.»

Preocupado por si había dejado sus huellas dactilares sobre la puerta del armario al escribir la nota del rescate, echó gasolina encima.

Volvió a casa de los Degnan, donde todavía estaba la escalera apoyada bajo la ventana abierta. Dobló el papel y lo lanzó dentro; luego cargó con la escalera y la abandonó en una callejuela.

Se deshizo del cuchillo tirándolo a la vía del metro más cercana; luego se dio cuenta de que tenía una mancha de sangre en uno de los puños del abrigo, así que de vuelta en la calle, lo tiró al suelo y le prendió fuego.

Vestido únicamente con un jersey en medio de una madrugada heladora, fue a un viejo café nocturno que conocía en Granville Avenue, en donde pidió un café y donuts. Ya más reanimado, tomó el tren de vuelta a la Universidad, en cuya cafetería tomó otro desayuno más energético. A las 10 de la mañana asistió a la conferencia sobre derechos humanos que se celebraba en su clase.

James Degnan entró a despertar a su hija Suzanne a las 7,30 de la mañana del lunes 7 de enero. Era el primer día del nuevo trimestre escolar en el Sacred Heart Convent School. Encontró la puerta del dormitorio cerrada, y no entreabierta, tal y como él la había dejado, ya que a la pequeña no le gustaba que la cerraran del todo. Entró y se encontró con que la ventana estaba abierta, la cama vacía y las sábanas cuidadosamente dobladas, cosa que Suzanne no hacía nunca.

Le embargó un cierto temor que pronto se convirtió en pánico al comprobar que su hija no estaba ni debajo de la cama, ni en los armarios, ni en el cuarto de baño. Levantó a su mujer y a su hija Elizabeth, y los tres buscaron por toda la casa antes de llamar a la policía.

El detective Otto Kreuzer, de la comisaría de policía de Summerdale, llegó a la casa y encontró en el suelo la nota del rescate. El equipo forense que acudió poco tiempo después no encontró nada de interés.

La policía interrogó a la doncella de los Flynn, que dormía en la habitación que se hallaba justo encima de la de Suzanne, y ésta recordó que había oído un ruido en el piso de abajo, justo después de las 12,30 de la noche. La señora Degnan recordó haber oído la voz de su hija y también a los perros del vecino de arriba ladrando poco después de meterse en la cama, pero al no oír nada más se había quedado dormida.

James Degnan gravó varios mensajes que se leyeron en la radio, en los que pedía a los secuestradores que cuidaran de su hijita y que la abrigaran bien. Prometía que iba a intentar reunir el dinero, aunque no poseía una gran fortuna.

Cerca de cien policías, bajo el mando de Walter Storms, el jefe de detectives de Chicago, rastrearon toda la zona, desde la casa de los Degnan hasta las calles adyacentes, en busca de alguna pista. Storms tenía el p resentimiento de que Suzanne estaba muerta y pensaba que probablemente se habían deshecho del cadáver dejándolo por los alrededores.

A las cinco de la tarde ya había oscurecido cuando los detectives Lee O’Rourke y Harry Benoit advirtieron que la tapa de la alcantarilla de una calle diagonal al 5943 de Kenmore Avenue había sido levantada.

Tiraron de la tapa e iluminaron el interior con las linternas. Una cabeza rubia, con los cabellos aún sujetos con el mismo lazo azul que llevaba en la cama, se agitaba en la viscosa oscuridad. Al mismo tiempo que sacaban la cabeza de Suzanne, se podía oír en la radio de un coche aparcado cerca de allí la voz implorante de su padre pidiendo a los secuestradores que cuidaran de su hijita.

La policía centró la búsqueda en las alcantarillas y a las 10 menos cuarto encontraron la pierna izquierda y a las 10,20 desenterraron una bolsa de la compra en la que se hallaba la pierna derecha, cuidadosamente envuelta. Poco después encontraron las dos partes del torso de la pequeña víctima. Pasaron seis semanas hasta que encontraron los brazos.

El análisis del estómago reveló que la pequeña había muerto alrededor de la una de la madrugada.

Los detalles del crimen sacudieron a toda la ciudad -una ciudad que estaba acostumbrada a la violencia y en la que el asesinato era algo que estaba a la orden del día-. Los padres reaccionaron poniendo barricadas en sus casas, y las perreras se quedaron vacías al lanzarse a comprar perros con el fin de proteger a sus hijos y sus hogares.

Los periódicos y el Ayuntamiento ofrecieron recompensas de 41.000 dólares por la captura del asesino de la pequeña Suzanne Degnan. El alcalde de la ciudad, Edward Keliy, puso a trabajar a mil policías más en el cuerpo; y se encargó a setenta y cinco detectives la tarea exclusiva de trabajar en el caso.

La policía llegó a la conclusión de que era alguien del lugar, ya que conocía las alcantarillas y. que se trataba de un trabajador, tras examinar la nota del rescate.

Las partículas de carbón que encontraron en el pelo de la niña les llevó a registrar los sótanos de los alrededores. El 8 de enero un detective encontró rastros de sangre en una de las tinas del 5901 de Winthrop Avenue.

En el tubo de desagüe había restos de carne humana y pelo rubio. También hallaron pequeñas manchas de sangre en un armario forzado y, al retirar las veinte toneladas de carbón que se habían entregado esa misma mañana, encontraron manchas de sangre en el fondo de la carbonera.

La policía interrogó a los inquilinos del edificio. Varios de ellos habían oído correr el agua y otro tipo de ruidos entre las 2,30 y las 3,30 de la madrugada del día en que había tenido lugar el asesinato.

El portero del edificio, Hector Verburgh, de sesenta y cinco años, fue arrestado. Le soltaron poco después, pero le habían sometido a un interrogatorio tan severo que, tras acusar a la policía de arresto ilegal y brutalidad, se le indemnizó con 20.000 dólares.

Los periódicos no hacían más que especular con la identidad del asesino, incluso uno de ellos parecía convencido de que James Degnan había descuartizado a su propia hija, pero la policía continuaba buscando pruebas más sólidas.

Enviaron la nota del rescate a los laboratorios del FBI de Washington y allí encontraron la huella de un meñique izquierdo y parte de la huella de la palma de una mano. Pero no correspondían con ninguna de las huellas que tenían en sus archivos criminales; Heirens había sufrido condena siendo menor de edad, así que no le habían tomado las huellas.

El tiempo pasaba y las investigaciones no avanzaban. En marzo, la reunión diaria que sostenían los oficiales para discutir el avance de las investigaciones se vio reducida a dos veces por semana y luego a una.

Hacia finales del mes de junio de 1946 todavía había treinta detectives trabajando exclusivamente en el caso Degnan. Habían interrogado a ochocientas personas, comparado la escritura de siete mil sospechosos con la de la nota del rescate, investigado cuatro confesiones que luego resultaron ser falsas y habían recibido cinco mil cartas relativas al caso, tres mil de las cuales les animaban a seguir con las investigaciones.

Mientras los detectives seguían trabajando intensamente en el caso, Heirens fue detenido por llevar una pistola sin registrar e intentar esconderla de la policía. Sin embargo, nadie le relacionó con el asesinato; creyeron en las explicaciones que dio y le soltaron.

La investigación ya había costado 150.000 dólares, y sin embargo, no parecía conducir a ninguna parte.

La nota del rescate

Aunque una huella dactilar justo arriba de la palabra “waite” y la huella borrosa de la palma de una mano eran las pruebas más importantes de la nota del rescate, había en ellas otras cosas interesantes para la policía. Tres palabras con falta de ortografía revelaban que se trataba de una persona madio analfabeta o de alguien que intentaba ocultar su verdadera educación.

La letra, extraña y confusa, era muy peculiar, y muy pronto la policía la comparó con el mensaje escrito con barra de labios en la pared del hotel Pine Crest, en el que Frances Brown fue asesinada.

La nota fue reproducida en todos los periódicos de Cichago y, aunque mucha gente dijo reconocer la letra, no se llegó a ninguna conclusión.

Falsa confesión

El 25 de junio de 1946 un ex presidiario llamado Richard Russen Thomas confesó haber asesinado a Suzanne. En ese momento se hallaba en su ciudad natal, Phoenix, Arizona, a la espera de que se celebrara el juicio.

Cuando los detectives de Chicago fueron a interrogarle, llegaron a la conclusión de que la confesión era falsa. Thomas lo habla hecho con la esperanza de que le llevaran a Illinois, donde podría luego retractarse y ser puesto en libertad. De esta forma habría evitado los cargos morales que pendían en su contra en Arizona, cargos por los que más tarde fue sentenciado a diecisiete años de prisión.

DEBATE ABIERTO – Ladrones asesinos

Aunque son raros los casos de psicópatas que comienzan robando y terminan convirtiéndose en asesinos, todavía se recuerdan algunos. Sin embargo, éste es un caso único de obtener placer sexual tras cometer un asesinato sin motivo.

El caso de William Heirens es único en los anales del crimen. El que en el transcurso de un robo se cometa un asesinato es algo relativamente raro; la mayoría de los ladrones hace uso del ingenio y de la habilidad para llevar a cabo sus fines; y si se les pilla in fraganti más bien se dan a la fuga antes de plantar cara. El caso de Heirens, un ladrón que asesinó en tres ocasiones distintas, es bastante excepcional. Ya es excepcional de por sí el hecho de que obtuviera placer sexual simplemente por entrar a robar en una casa.

Cuando los ladrones cometen un asesinato, la víctima suele ser el policía que intenta en ese momento arrestarles. El famoso criminal de la época victoriana, Charles Peace, era un ladrón consumado, amén de un hombre fuerte, vigoroso y todo un maestro del disfraz.

Violinista de profesión, solía esconder los útiles con los que robaba en una vieja funda de violín.

Peace era un ladrón poco común, ya que llevaba pistola. La usó para matar al policía Nicholas Cook, en Manchester, cuando éste intentaba atraparle tras salir de una casa en la que acababa de robar; y poco después intentó matar a Edward Robinson, el policía que le arrestó en Blackheath en 1878. Con anterioridad había matado a un vecino durante una disputa; y fue colgado por este crimen en 1879.

Los ladrones jóvenes e inexpertos suelen ser los que cometen asesinato para evitar ser capturados. Tbomas Orrock, de dieciocho años, mató a un policía en Londres en 1882 después de ser arrestado cuando llevaba a cabo su primer robo, mientras que el joven Christopher Craig, de dieciséis años, mató a un policía en 1952 durante el transcurso de un robo fallido en una pastelería.

Hubo bastantes casos similares a éstos tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se podían adquirir armas con mucha facilidad y había muchos jóvenes desesperados, la mayor parte desertores del ejército, preparados para usarlas. Uno de ellos era Donald Thomas, que en febrero de 1948 mató al policia que le interrogaba sobre una serie de robos.

Cuando le arrestaron, junto a su novia, encontraron en su habitación 17 kilos de municiones. Se libró de la horca gracias a que el Parlamento debatía por entonces la abolición de la pena de muerte.

Dos jóvenes ladrones asesinos hicieron época en 1905. Los hermanos Alfred y Albert Stratton entraron a robar en una tienda de Londres y mataron a golpes al viejo propietario y a su mujer antes de huir con todo el dinero. Sin embargo, Alfred dejó la huella de un pulgar en la caja registradora, y los hermanos se convirtieron en los primeros criminales ejecutados en Gran Bretaña por sus huellas dactilares.

Aunque el caso de Heirens es único en el sentido de que robaba para obtener una satisfacción sexual, existen otros casos en los que también se da una relación entre el robo y el crimen sexual.

Los violadores suelen tener un historial criminal como ladrones más que como otra cosa. Es cierto que la violación es, junto con el robo, el móvil más común en robos con allanamiento de morada.

Un ejemplo claro es el caso de Albert De Salvo, el estrangulador de Boston, que contaba con un largo historial como ladrón de casas antes de convertirse en un asesino.

Un caso muy raro de ladrón asesino lo constituye aquel que encuentra una sensación muy gratificante en el acto mismo del asesinato.

Un ejemplo de ello es el caso del australiano Eric Cooke. Tras cometer un asesinato en 1959 durante uno de los robos, descubrió que le atraía más el crimen por la sensación de poder que le otorgaba. Intentó vencer la tentación en varias ocasiones, pero volvió a cometer cuatro asesinatos en Perth, en 1963. Dos de las víctimas murieron por los disparos realizados con un rifle del calibre 22 cuando fueron a abrirle la puerta; a los otros dos les mató mientras dormían.

Métodos asesinos

Todas las víctimas de Heirens eran mujeres, pero no había ninguna otra semejanza entre ellas: no se sabe si alguna vez algún hombre le sorprendió robando y entonces se limitó a huir, o si asesinó a las tres víctimas porque ellas hicieron ruido y dio la casualidad de que las tres eran mujeres. Los métodos que empleó en cada asesinato fueron distintos: a Josephine Ross la apuñaló hasta morir, a Frances Brown la disparó y a Suzanne Degnan la estranguló. Está claro que Heirens no se proponía asesinar, y las distintas formas de matar parecen sugerir que no había planeado ninguno de los crímenes.

LA CAPTURA – En manos de la ley

Después de una persecución en un bloque de apartamentos donde recibió un golpe en la cabeza, el sospechoso se encontró en manos de la policía. Sin embargo, el vecindario no tenía ninguna razón para sospechar que se tratara de algo más que de un vulgar ladrón.

Mientras la investigación sobre el asesinato de Suzanne Degnan seguía su curso, Heirens continuó robando allí donde podía y siempre que se sentía impulsado a ello, aunque no volvió a cometer más crímenes.

En mayo, Bill Heirens y Joe Costello -su amigo y vecino en Snell Hall- se trasladaron a una habitación mucho más grande en Gates Hall. Sin embargo, el hecho de compartir la habitación no le impidió a Heirens seguir robando. Justo antes de las seis de la tarde del 26 de junio de 1946, cuando comenzaba a atardecer, entró en los apartamentos Wayne Manor, un bloque de viviendas que se hallaba en su zona favorita, al norte de Chicago.

Recorrió los pasillos buscando una puerta abierta y encontró una en el tercer piso, donde la señora Pera se hallaba cocinando. Acababa de regresar de la calle con su bebé después de haber pasado el día en el lago, y se había olvidado cerrar la puerta al entrar.

El vecino de enfrente, Richard O’Gornian, vio a un extraño rondando por el piso.

Su mujer salió a comprobar si todo iba bien, y se dio de bruces con Heirens cuando éste salía.

La señora O’Gorman gritó socorro y el extraño empezó a correr hacia las escaleras. Su marido salió detrás de él mientras ella llamaba al vestíbulo para hablar con el encargado de los apartamentos, el señor

Dick, quien a su vez llamó a la policía y envió al portero, Francis Hanley, a investigar qué ocurría. Cuando éste abrió la puerta que daba acceso al vestíbulo, se dio de bruces con un joven de aspecto salvaje que bajaba corriendo las escaleras.

Heirens sacó una pistola del bolsillo trasero del pantalón y apuntó con ella al portero, mientras le decía: «Déjame salir o te meto una bala en los intestinos, te lo juro.» Hanley se hizo a un lado prudentemente, y luego, junto a O’Gorman, salió detrás del ladrón cuando éste atravesaba corriendo el vestíbulo hacia la puerta de salida.

Un policía, Abner Cunningham, que se dirigía a su casa después de disfrutar de un día libre en el lago con su familia, les vio salir. Vestido únicamente con un bañador y una camiseta, alcanzó a Hanley, quien le dijo que estaban persiguiendo a un hombre armado.

Heirens había cruzado corriendo la calle, luego giró en la esquina y se metió en una callejuela estrecha entre dos casas. Allí saltó una valla y se introdujo en el jardín trasero del número 1320 de Farwell Avenue; subió las escaleras de piedra que conducían a la puerta trasera del apartamento del primer piso y llamó insistentemente a la puerta.

Frances Willett, la esposa de un policía, salió a abrirle. El joven, sofocado y jadeante, le pidió un vaso de agua, diciéndole que se encontraba enfermo y que quería descansar un momento.

La señora Willett le pidió que esperara afuera, en el balcón, y volvió dentro, cerrando la puerta con cuidado tras de sí. Abrió el grifo y dejó correr el agua mientras llamaba a la comisaría de policía. El sargento que atendió la llamada le dijo que intentara retener al hombre todo lo que pudiera hasta que llegara la patrulla.

Llenó un vaso de agua y se lo tendió a Heirens, que se sentó temblando en una silla de mimbre. Frances Willett le dejó descansando y entró en la casa.

Mientras, el policía Cunningham registraba los sótanos de Farwell Avenue, en compañía de Hanley y O’Gorman vigilaba la entrada al callejón por el que creían que había escapado el joven.

Dos detectives, Tiffin P. Constant y William Owens, fueron los primeros en llegar en respuesta a la llamada de la señora Willett e inmediatamente se separaron para registrar el edificio.

Constant oyó el grito de una mujer: «Está aquí arriba, en el porche trasero», y empezó a subir las escaleras. Heirens se levantó de su escondite detrás del balcón y apuntó con la pistola al detective, que se hallaba a pocos pasos de él. Apretó el gatillo dos veces, pero el arma no disparó. El policía, cogido por sorpresa, disparó tres tiros que fueron a parar al balcón.

Heirens lanzó la pistola contra la cabeza de Constant, pero falló; entonces se tiró encima suyo, haciéndole rodar por el suelo. Al detective se le cayó su pistola y los dos hombres lucharon por hacerse con ella.

Abner Cunningham oyó los tiros e inmediatamente pensó que los había disparado el joven al que perseguían. Así que subió corriendo las escaleras y se encontró a Constant forcejeando con el joven. Al subir había cogido un tiesto lleno de geranios marchitos con el que golpeó a Heirens en la cabeza tres veces, rompiendo el tiesto en pedazos.

El detective gritó: «¡Ya basta!», al ver al joven tendido en el suelo. Se lo llevaron, todavía inconsciente, al hospital Edgewater para que le curaran las heridas. Luego le trasladaron al hospital de la cárcel, donde le ataron a la cama.

En los bolsillos del detenido la policía encontró una cartera en la que guardaba el carnet de la Universidad y la dirección de la casa de sus padres, un billete de un dólar robado en el apartamento de los Pera, dos cheques de quinientos dólares y una carta mecanografiada firmada «George M», que parecía sugerir que formaba parte de una banda de ladrones.

Llevaron todas sus pertenencias a la comisaría de Rogers Park, en donde se le registró. El capitán, Michael Ahem, recordaba el nombre de Heirens; él mismo se había encargado del caso, tres años antes, cuando el joven fue arrestado en el hotel Rogers Park.

En la comisaría examinaron la pistola del detenido. No la habían usado desde hacía años, y al joven le habían fallado dos balas. Sin embargo, había otra bala en la recámara. Si Heirens hubiera apretado el gatillo por tercera vez, hubiera matado a Constant.

Aunque no tenían ninguna orden, la policía registró la habitación que Heirens ocupaba en Gates Hall, donde encontraron dos maletas llenas de joyas y relojes, varias pistolas y 1.800 dólares en bonos de guerra. El valor total de todas las cosas robadas que había en la habitación ascendía a 80.000 dólares. Interrogaron a Joe Costello, pero la policía en seguida se dio cuenta de que no sabía nada en absoluto sobre las actividades de su amigo.

Mientras tanto, en el hospital, Bill Heirens había recobrado el conocimiento una vez que le hubieron suturado las heridas, pero no parecía darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Mantenía los ojos cerrados o se quedaba mirando al vacío.

No hablaba una palabra con nadie. No quiso decirle nada ni a su padre, que había acudido junto a él tras ser informado en la fábrica de acero en la que trabajaba, ni a ninguno de los oficiales. Los doctores temian que se hubiera fracturado la cabeza y que su cerebro estuviera dañado, pero cuando le quisieron llevar a la sala de rayos-X, se puso tan violento, dando golpes a diestro y siniestro y rasgando las sábanas d la cama, que se necesitó la ayuda de nueve celadores para dominarle.

Como una cuestión de rutina, le tomaron las huellas dactilares y se las enviaron al sargento Thomas Laffey de la Oficina de Identificación de la policía. Laffey había pasado cinco o seis meses comparando la huella dactilar encontrada en la nota de rescate de Suzanne Degnan con más de siete mil huellas de los archivos, de modo que tenía el dibujo de esa huella perfectamente grabado en la memoria, y nada más verla reconoció la del dedo meñique izquierdo que le acababan de enviar.

Lo comprobó varias veces, y a las seis de la tarde del 2 7 de junio llamó al jefe Stonns para comunicarle lo que había encontrado. El joven que se hallaba bajo vigilancia policial en el hospital Bridewell saltó a las primeras páginas de todos los periódicos.

Una carta falsa

La carta que encontraron en el bolsillo de Bill Heirens tenía la fecha del 17 de mayo. En un estilo vulgar, «George» escribió: «Siento que estés en la cárcel -se supone que se refiere al arresto de Heirens el 30 de abril-; menos mal que la policía no registró tu escondite. Si lo hubieran hecho probablemente yo también estaría en chirona.» También hablaba de otras personas que supuestamente tenían relación con el joven -“Howey, Johnny y Carl pronto saldrán del ejército con nuevas ideas… Si esto no sale, la banda podría disolverse.»

La policía no se tomó esta carta en serio. Estaba claro que era producto de su fantasía. Si el pretendido «estilo de ladrones» no había sido suficiente para clasificar la carta de falsa, el hecho de que Heirens la hubiera llevado consigo durante más de cinco semanas lo vino a confirmar.

MENTE ASESINA – Emociones reprimidas

A su madre le gustaba mantener el orden y la disciplina en el hogar, y no era muy dada a las demostraciones de cariño. Heirens aprendió a controlar sus emociones, pero no sus desordenadas pasiones.

Los psiquiatras que examinaron a William Heirens creían que estaba en su sano juicio, pero que sufría de histeria; es decir, de un grave e intenso conflicto emocional que sólo podría expresarse a través de la violencia.

Al principio sólo quería robar. El informe psiquiátrico que se le hizo después del arresto decía que robaba «porque lo encontraba divertido y excitante», y aunque luego no le sacaba mucho partido a las cosas que sustraía, ya que o las guardaba o las tiraba directamente, le seguía pereciendo muy excitante.

Más tarde no le bastó con entrar a robar en las casas. Aun según el propio Heirens, cada asesinato que cometía respondía al hecho de evitar ser descubierto, lo cierto es que el que llevara armas y cuchillos consigo sugiere que la violencia había entrado a formar parte del juego.

Refiriéndose a los tres asesinatos, contó que sentía una sensación de «despertarse» después de lo ocurrido, de darse cuenta de que había cometido un asesinato sin poder recordar los detalles de cómo lo había llevado a cabo.

Cuándo le preguntaron qué le parecía más repugnante, el sexo, el robo o el asesinato, contestó que «el sexo y el asesinato», luego le volvieron a preguntar si el sexo era peor que el asesinato, contestó que «no», aunque asintió con la cabeza. Parecía bastante significativo el hecho de que las experiencias sexuales que había tenido sólo le hablan hecho llorar y sentirse mal, mientras que, por el contrario, tras descuartizar a Suzanne Degnan, sintió grandes deseos de pegarse una comilona

El informe psiquiátrico señalaba que «el joven es increíblemente egocéntrico. A pesar de sus continuos fracasos por autocontrolar su conducta criminal, no siente miedo ni falta de confianza en sí mismo».

Leía a filósofos como Nietzsche, Schopenhauer y Spinoza, y en su habitación tenía fotos de Hitler, Goering, Goebbels y otros nazis.

Declaró que de niño nunca le habían maltratado, aunque su madre le pegaba con un cepillo. Su padre, un hombre de carácter débil, nunca le golpeaba, y era su madre la que gobernaba la casa. A ella le obsesionaban la limpieza y el orden, Y no le gustaban las manifestaciones de tipo afectivo.

Continuó diciendo que en casa sentía claustrofobia -la mayoría de los hogares eran más bien pequeños-, y con respecto a las necesidades que sentía se expresaba en los mismos términos: «Me sentía mareado y necesitaba salir. Me sentía como si las paredes me presionaran. Nunca me gustó quedarme en casa.» La represión que sentía en su hogar no le dejaba dar salida: al miedo y la ira.

Cuando tenía nueve años se rompió un brazo. Ignorando el dolor que sentía, pasó media hora intentando poner el hueso en su sitio, porque sabía que era caro que se lo enyesaran y tampoco quería suscitar la ira de su madre.

No se quejó ni lloró en aquel momento y finalmente se volvió absolutamente insensible al dolor, lo que de por sí ya es un síntoma de histeria.

Había desarrollado de tal manera el autocontrol que apenas hubiera notado nada si le hubieran metido agujas bajo las uñas.

Este autocontrol era una respuesta simbólica a la represión del miedo y la ira que venía impuesta por un profundo sentimiento de hallarse solo y de no ser amado. Se hallaba atrapado en un círculo familiar vicioso; sentía que si dejaba expresar su ira, o incluso alguna otra emoción, perdería el amor de sus padres lo que le haría sentirse culpable. La culpabilidad se convertiría luego en resentimiento, y ese resentimiento se expresaría en una ira aún mayor, que por consiguiente tenía que reprimir.

Era una bomba a punto de estallar. En los tres asesinatos que cometió el detonante fue el mismo: una mujer en camisón le sorprendía en un estado de excitación sexual, aunque Heirens dijo que «era el ruido que ellas hacían lo que verdaderamente me excitaba. Debía estar en un estado de tensión tal que el más pequeño ruido me hubiera exaltado.»

El hecho de que sus víctimas fueran mujeres sugiere que era su madre la que le inspiraba esa gran tensión y ese conflicto emocional. Él anhelaba su amor y odiaba la forma que ella tenía de negárselo. Se sentía culpable por querer llamar su atención y por desear su amor, y al mismo tiempo odiaba que ella le hiciera sentirse culpable por ello.

Esta tensión emocional también tenía un carácter sexual; los asesinatos comenzaron cuando fisiológicamente lo tuvo desarrollado y tras haber pasado un año en un colegio de chicos. Además, sentía la urgente necesidad de hacer algo por sí mismo, de ser independiente y de lograr destacar por sus notas en el colegio, como un modo de justificarse a sí mismo.

Cuando una mujer le impedía aliviar la tensión que le embargaba, mediante el robo, la asesinaba.

La histeria

La histeria es un estado neurótico caracterizado por un grave conflicto emocional que se debate entre el querer satisfacer un deseo y el temor de que una persona que simbolice la autoridad, ya sea uno de los padres, un ideal o incluso la sociedad en general desapruebe ese deseo.

Los sentimientos desagradables o prohibidos se hallan hasta tal punto reprimidos que llegan a separarse del resto de la personalidad y se convierten en identidades independientes. La mente consciente no reconoce en absoluto estas identidades, ya que ellas dan lugar a períodos de amnesia,

Los histéricos padecen varios síntomas físicos, como una insensibilidad general al dolor, periodos de parálisis, ceguera o sordera.

Estos enfermos también sufren bruscos cambios de humor, y así pueden mostrarse repentinamente temperamentales o irritables, o por el contrario, extrañamente emotivos y necesitados de afecto.

CONFESIONES – Lo que hizo George

“George” era un chico malo, y era el culpable de atroces crímenes. El sospechoso se negaba a aceptar que “George” y Bill fueran la misma persona. ¿Por qué? ¡Si ni siquiera “George” se le parecía físicamente!

A petición del fiscal del Estado, William Tuohy, Bill Heirens fue trasladado a una habitación individual del hospital y puesto bajo vigilancia policial. Tuohy se había hecho cargo del caso Degnan desde el día de la desaparición de la niña cuando la señora Flynn le llamó.

Heirens accedió finalmente a que le hicieran varias placas de rayos-X, que demostraron que no tenía ninguna fractura en la cabeza. Dos neurólogos, Willi Haines y Frances Gerty, le examinaron y llegaron a la conclusión de que su insensibilidad era fingida. Para demostrarlo, Gerty le sugirió al fiscal que se le administrara al paciente sodio pentatol, la denominada droga de la verdad.

Tuohy sabía que lo que Heirens dijera bajo la influencia de la droga no podría ser utilizado en un tribunal, pero estuvo de acuerdo en que se llevara a cabo el experimento a fin de descubrir si el detenido estaba fingiendo.

El 29 de junio, a las seis de la tarde, el doctor Haines y el doctor Roy Grinker, un experto en la utilización del sodio pentotal, pusieron una inyección a Heirens, mientras que Tuohy y Storms contemplaban la escena tras una pantalla.

El doctor Grinker empezó a hacerle preguntas y al ver que Heirens le contestaba de forma coherente -cosa que no había hecho desde el arresto- le preguntó directamente: «¿Mataste a Suzanne Degnan?»

“George la descuartizó», contestó el presunto asesino.

A lo largo de todo el interrogatorio Heirens mantuvo que George -el autor de la carta que encontraron en su bolsillo cuando le arrestaron- era el responsable de la muerte de Suzanne.

También dijo que había intentado reformarle: «George es un mal chico. Yo intenté cambiarle y que fuera una buena persona… Quería que fuera a la iglesia.»

Contó que le había conocido en Gibault, que había vuelto a verle tras regresar a Chicago. Describió a George como a un chico de veintidós años, más alto y delgado que él, y con el pelo liso.

Al día siguiente, Heirens dejó de fingir que se hallaba semiinconsciente y aceptó someterse a un detector de mentiras. Pero una vez que le ataron a la máquina se negó a contestar a ninguna pregunta.

Ese mismo día preguntó por el capitán Ahern, y dijo que a él se lo contaría todo, ya que se había portado muy bien con cuando le arrestaron siendo aún menor de edad. Ahern se reunió con William Tuohy, con el ayudante de éste, William Crowlev, y con una taquígrafa, y Bill Heirens habló con ellos durante cinco horas.

Comenzó contándoles dónde podrían encontrar una bolsa con 7.335 dólares en bonos robados, luego siguió diciendo que no había querido hablar para no descubrir a George -cuyo apellido dijo que era Murman-, ya que éste había dejado las cosas robadas en su cuarto.

Insistió en que él no tenía nada que ver con el secuestro de Suzanne Degnan; y cuando le dijeron que habían encontrado sus huellas dactilares en la nota del rescate, lo explicó diciendo que George le había cogido papel de una de las agendas que tenía en su cuarto de Snell Hall. George tenía la culpa de todo.

Antes de marcharse le entregaron papel y lápiz, y le pidieron que escribiera la nota del rescate, dictándosela de memoria dos veces, y luego palabra por palabra, una vez que consiguieron una copia de la oficina del fiscal.

Las tres veces Heirens escribió: «waite» y «safty» (lo correcto es «wait» y «safety») como en el original. Cuando le señalaron esta coincidencia, Heirens, enfadado, dijo que estaban intentando confundirle.

A pesar de que no creían que George existiera fuera de la imaginación de Heirens, lo cierto es que la policía tuvo que tomarse en serio la posibilidad de que fuera un sujeto real. Pero tras hacer varias investigaciones se confirmó que tal persona no existía.

Mientras tanto, las pruebas contra Heirens se iban amontonando. Las huellas encontradas en la jamba de la puerta del apartamento de Frances Brown eran las suyas. Le tomaron las huellas de las palmas de las manos y eran las mismas que habían encontrado en la nota del rescate.

Expertos en balística relacionaron la pistola que encontraron en su habitación con el asesinato de Marion Galdwell, un caso aún no resuelto, mientras que un testigo le identificó como al hombre que había visto llevando una bolsa de la compra la noche en que murió Suzanne Degnan.

Un experto en grafología, Herbert Walter, examinó la nota del rescate, el mensaje escrito con barra de labios en la pared del apartamento de Frances Brown, y la fecha y firma de la carta de «George», y llegó a la conclusión de que todas tenían la misma letra: la de Heirens.

El 9 de julio Heirens fue acusado de veintidós robos, cuatro asaltos con intento de asesinato y tres asesinatos, y se fijó el juicio para comienzos de septiembre. La fianza se estimó en 270.000 dólares y Heirens permaneció en prisión.

Los abogados de su familia, Roland Towle y Alvin Hansen, se pusieron en contacto con tres abogados criminalistas, bajo la dirección de John Coghlan. En un primer encuentro, Heirens le confesó a éste que tenía algo que ver con el asesinato de Degnan, pero no le dijo nada más.

Sin embargo, pocos días después, Heirens le confesó a John Coghlan voluntariamente que él era el autor de los tres asesinatos. El abogado le aconsejó que repitiera esta confesión ante sus padres, y Heirens así lo hizo.

Coghlan tenía que verse antes del juicio con el abogado de la acusación, William Crowley, y descubrió que éste estaba plenamente convencido de la culpabilidad de su defendido y que además tenía pruebas más que suficientes para demostrarlo.

Los psiquiatras a los que consultó la defensa dijeron que Heirens, aunque era un joven evidentemente anormal, no podía ser tachado de loco. Así que no le quedó más remedio que decirles a los padres que la única manera de salvarle la vida a su hijo era persuadirle de que colaborara con la acusación y de que se declarara culpable.

Heirens hizo una confesión en la que admitía todos los cargos que se le imputahan, y en la que intentó recordar todos los detalles de cómo había llevado a cabo los crímenes, así como el móvil sexual que le incitaba a robar. John Coghlan preparó una declaración a partir de esta confesión, y el 26 de julio Heirens y sus padres la firmaron.

Con esta confesión, Coghlan intentó llegar a un acuerdo con el fiscal Tuohy; si Heirens se confesaba culpable recibiría tres condenas a cadena perpetua en lugar de enviarle a la silla eléctrica.

Acordaron que el acusado haría una confesión formal en la oficina del fiscal el 30 de julio. Se invitó a la prensa, así como a las figuras más destacadas que tuvieron relación con el caso. Sin embargo, cuando Heirens entró en la oficina, contestó: «No me acuerdo» a todas las preguntas que le hicieron. A pesar de que había mantenido una larga conversación con sus padres y sus abogados, se negó a cooperar y le llevaron de vuelta a la cárcel.

Por lo que respecta a Tuohy, creía que Heirens encontraba «un sádico deleite en desconcertar a los oficiales encargados de hacer cumplir la ley», y afirmó que ya no habría más tratos.

Ese mismo día, poco más tarde, un trabajador del metro entregó el cuchillo que el asesino había utilizado para descuartizar a Suzanne Degnan. Lo había encontrado en la vía al día siguiente del crimen, pero fue más tarde cuando se dio cuenta de la Importancia que tenía. El cuchillo lo había robado Heirens junto con dos pistolas que encontraron en su habitación. Con esto, las acusaciones en contra suya se hicieron aún más firmes. De nuevo Coghlan intentó llegar a un acuerdo para salvar la vida de su cliente. El único trato que el fiscal estaba dispuesto a discutir era el de que Heirens recibiera tres condenas a cadena perpetua, una por cada asesinato.

La droga de la verdad

La droga sodio pentatol es conocida como «la droga de la verdad», porque, efectivamente, bloquea la mente consciente dejando al subconsciente libre de decir lo que quiera.

Una dosis moderada puede dejar a alguien en un estado de hipnotismo (es decir, un estado entre el sueño y la vigilia); el sujeto puede hablar y responder a las preguntas que se le hagan, pero encuentra muy difícil mentir convincentemente.

El sodio pentatol se descubrió como droga de la verdad entre las dos guerras mundiales, pero muy pronto se la rechazó, como ocurrió con el detector de mentiras, por no ser muy fiable y no poder hacer uso de los tribunales. William permitió que la emplearan con Heirens para aclarar si sus fantasías procedían de su subconsciente, o si se había inventado toda la historia para engañar a la policía.

El que Heirens, bajo la influencia de la droga de la verdad, dijera que fue George el que cometió los asesinatos, parece atestiguar la profunda naturaleza de sus fantasías. Sin embargo, siendo estudiante, probó estas drogas varias veces como un experimento, de modo que tal vez pudo haber desarrollado cierta tolerancia a ella.

Fechas clave

  • 9/45 – Comienza sus estudios en la Universidad de Chicago.
  • 1/10/45 – Dispara a Verónica Hudzinski.
  • 5/10/45 – Roba y ataca a Evelyn Peterson.
  • 10/12/45 – Golpea y asesina a Frances Brown.
  • 7/1/46 – La policía encuentra en las alcantarillas los restos de Suzanne Degnan.
  • 8/1/46 – La policía encuentra restos de pelo, carne y sangre en el lavadero de un sótano.
  • 30/4/46 – Heirens arrestado por llevar una pistola no registrada. Puesto en libertad después de declararse inocente y alegar que regresaba de unas prácticas de tiro.
  • 25/6/46 – Richard Thomas realiza una confesión falsa.
  • 26/6/46 – Se descubre a Heirens merodeando por los apartamentos Wayne Manor. Detenido.
  • 27/6/46 – Un chequeo rutinario revela que las huellas de la nota de rescate son las de Heirens.
  • 9/7/46 – Se acusa a Heirens de tres asesinatos.

 


MÁS INFORMACIÓN EN INGLÉS


Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR