William Cumbajín Bautista

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El asesino de Los Matorrales

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violación - Tortura - Mutilación
  • Número de víctimas: 9
  • Periodo de actividad: 2002 - 2003
  • Fecha de detención: 18 de agosto de 2003
  • Fecha de nacimiento: 1971
  • Perfil de las víctimas: Mujeres (indigentes y vendedoras ambulantes)
  • Método de matar: Estrangulamiento
  • Localización: Quito, Ecuador
  • Estado: Condenado a 25 años en prisión en mayo de 2004
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William Cumbajín mutilaba a sus víctimas

Telegrafo.com.ec

1 de agosto de 2014

En 2002 asesinó a la primera mujer. En 2004, un Tribunal de Pichincha lo condenó a 25 años de reclusión.

A los 32 años William Cumbajín inició su trajín como asesino, a pesar de que sufría una relativa parálisis que le impedía mover con facilidad la mitad de su cuerpo, ocasionado, supuestamente, por los múltiples maltratos físicos que recibió de niño por su madre, adicta al alcohol. Su estilo de matar lo convirtió en uno de los criminales seriales más sádicos que se haya conocido en Quito.

En 2002 asesinó a su primera víctima y no paró hasta mediados de 2003 que fue finalmente detenido por la Policía, después de 9 asesinatos que causaron el temor de los habitantes de la ciudad, especialmente entre las mujeres indigentes que acostumbraban a pedir limosna en el sector del Centro Histórico de la capital, las que se convirtieron en sus principales víctimas.

El 28 de febrero de 2002, estudiantes de la Facultad de Educación Física de la Universidad Central, en el noroccidente de la ciudad, reportaron a las autoridades que había un cuerpo tendido entre los matorrales aledaños, al llegar los gendarmes descubrieron que se trataba de una mujer, de más de 40 años, de 1,40 de estatura, quien jamás fue identificada, pero concluyeron que podría tratarse de una indigente.

Según el informe de autopsia, la víctima fue estrangulada y presentaba violación con desgarres en la zona anal y vaginal, múltiples heridas cortantes en el rostro, garganta, pecho y abdomen.

Las autoridades policiales iniciaron las investigaciones, al principio no había mayores pistas pero la preocupación de la aparición de un sádico asesino en la urbe aumentó cuando 2 semanas después hallaron el cuerpo de otra fémina.

Esta vez, la víctima fue identificada como Mélida Corella Tamayo, de aproximadamente 50 años, de 1,50 de estatura, quien según los vecinos del sector SanRoque, en el centro de Quito, era una indigente que solía caminar por el lugar.

El examen médico legal determinó que la muerte fue, posiblemente, por estrangulamiento con una cuerda, y presentaba signos de violación, cortes profundos en la zona vaginal, múltiples heridas cortantes en el rostro.

El hallazgo confirmó que se trataba del mismo asesino, lo cual se ratificó el 23 de abril del mismo año al encontrarse el tercer cadáver en el sector Collacoto, en el centro sur de Quito; la víctima fue identificada como Evelin Morales, de 22 años, y 1,50 de estatura.

La autopsia nuevamente confirmó que la causa de la muerte fue por estrangulamiento. También, presentaba huellas de violación y cortes profundos en la zona vaginal, además el asesino mostró su sadismo al extraer los genitales y vísceras abdominales.

Para cometer el crimen, Cumbajín ató a la mujer con las piernas abiertas a los matorrales de la quebrada hasta donde la había conducido.

Cuatro meses después la siguiente víctima fue identificada como BettyRea, una mujer de raza negra que sufría de epilepsia, quien fue interceptada por el criminal cuando caminaba por el centro junto a su sobrino Jeferson.

El hombre convenció a la mujer de que lo acompañara y la llevó hasta el mismo sector en el que asesinó a la anterior víctima.

Una vez en el lugar, la amarró a unos matorrales con las piernas abiertas y la violó, luego la estranguló al igual que al pequeño niño.

En septiembre y noviembre de 2002 nuevamente atacó a otras 2 indigentes, una de ellas fue identificada como Yadira Rosero, de 30 años, quien pedía caridad, su cuerpo fue encontrado cerca del río Machángara, en la zona céntrica de la capital, amarrada, ultrajada y estrangulada con una cuerda.

Cerca del lugar, la Policía descubrió el cadáver de otra indigente de aproximadamente 45 años, que no fue identificada, quien fue mutilada de la misma manera que las otras 8 mujeres.

El 26 de septiembre de 2002 Ana, de 12 años, fue la siguiente víctima, los investigadores señalaron que la menor tenía retraso mental y era sordomuda. La hallaron atada en posición de extrema abducción de sus piernas.

El criminal no volvió a actuar hasta después de varios meses, lo cual desconcertó a los detectives que le seguían la pista, hasta que el 6 de julio de 2003 descubrieron el cuerpo de María Ortega, de 53 años, de 1,45 de estatura, igualmente estrangulada en el sector Itchimbía, en el centro de la ciudad, estaba atada y no tenía los ovarios ni el útero.

Esto obligó a los miembros policiales a extremar la búsqueda y varios agentes se disfrazaron de indigentes para infiltrarse en el mundo de los mendigos, con el objetivo de acorralar al asesino.

En unas semanas, los detectives ubicaron a William Cumbajín, quien se reunía a diario con los alcohólicos y viciosos de la zona, y para ganarse la vida se dedicaba a vender caramelos y flores por el Centro Histórico.

Por versiones de algunas personas, los uniformados conocieron que el hombre era llamado con el alias de ‘Perro loco”, ya que se acercaba a las mujeres que pedían caridad y les ofrecía flores, caramelos y dinero a cambio de mantener relaciones sexuales.

Los agentes detuvieron a Cumbajín como sospechoso de los crímenes. Posteriormente, el individuo declaró con lujo de detalles cómo asesinó a las mujeres.

El detenido se encargó de conducir a los agentes policiales a todos los sitios donde mató a sus víctimas y describió la forma como las amarraba y violaba.

“Aquí traje a mi otra víctima, porque estaba bien bonita”, declaró el asesino durante una de las diligencia de reconocimiento del lugar. También, reveló que sintió placer cuando estrangulaba a las mujeres hasta su muerte.

Los agentes también determinaron que el hombre tenía un amplio prontuario delictivo, ya que había sido detenido en 4 ocasiones, acusado de robo a mano armada.

Lo que también llamó la atención de los investigadores es que en todos los casos el asesino confeso nunca trató de esconder sus crímenes, ya que abandonó los cuerpos mutilados sin ningún remordimiento.

Sicológicamente fue considerado inteligente aunque su capacidad de raciocinio era primitiva. En todos sus actos actuó con engaño.

En mayo de 2004, el Tribunal Tercero de lo Penal de Pichincha lo condenó a 25 años de reclusión.


William Cumbajín – El Asesino de Los Matorrales

Asesinos-en-serie.com

30 de agosto de 2013

William Wladimir Cumbajín Bautista, llamado el “Asesino de los Matorrales”, fue un brutal asesino de mendigas, que ataba a sus víctimas para después violarlas, torturarlas, extirparles los genitales y dejarlas tiradas en sitios apartados.

Nacido el año 1971 en Quito, en el seno de un hogar pobre, desestructurado y disfuncional, William perdió a su padre siendo poco más que un bebé, y fue maltratado durante sus primeros años por su madre parapléjica, pero alcohólica y drogadicta. Recibió una escolarización elemental e incompleta, sufrió abandono posteriormente y, a causa de ello, se vio obligado a vivir en las calles, donde mendigaba o vendía caramelos y flores en las plazas y portales del centro de Quito.

Pero allí la vida no era nada sencilla: tenía que dormir en construcciones abandonadas y túneles de las avenidas del sur de Quito, y juntarse con otros jóvenes para sobrevivir a los ataques de abusadores, aunque sus pares eran malas compañías que terminaron por hacerlo caer en las drogas, la violencia, el alcohol y la delincuencia ocasional, al punto de que casi todas las cosas que tenía eran robadas, y por ello, antes de que empezara sus asesinatos, tenía cuatro detenciones por robo a mano armada…

Los escenarios del crimen

William tenía como espacio delictivo al centro y al sur de Quito, zonas ambas de gran concurrencia, flujo turístico y actividad comercial; pero, por la noche, espacios propicios para la delincuencia menor, siendo habituales los robos de carteras y otros bienes personales.

Por otro lado, de noche también el centro y sur de Quito solían llenarse de mendigos, que formaban parte del paisaje habitual nocturno y podían verse tirados junto a los monumentos históricos, durmiendo en cartones o buscando alguna cosa para comer en medio de los tachos de basura…

Pero aquellos no eran los únicos espacios en que William se movía, pues cerca de las mencionadas zonas yacían, cerca de poco transitadas autopistas, quebradas no iluminadas y terrenos baldíos con espeso follaje y altos matorrales, en los que casi nadie se adentraba, y mendigos y drogadictos empleaban para pernoctar y delinquir.

Todos esos espacios William los conocía desde muy temprana edad, y los dominaba a la perfección, sabiéndose no solamente las rutas más propicias para escapar en caso de que la Policía se aproximase, sino los movimientos habituales de la poca gente que por allí moraba u ocasionalmente pasaba.

Las víctimas

William buscaba a sus víctimas entre las indigentes y vendedoras ambulantes de Quito. Estas eran mujeres desvalidas que por lo general padecían problemas de salud física o mental, tenían entre 20 y 30 años (exceptuando dos víctimas), poseían muy escasa higiene, educación nula o casi nula, baja estatura (por ser casi todas de raza aborigen) y, pese a su desconfianza hacia cualquiera que no fuera de su condición social (incluso tratándose de gente del gobierno o de instituciones de caridad), guardaban una potencial ingenuidad hacia aquellos con quienes podían sentirse identificadas en virtud de una compartida miseria material.

Según se ve en las reconstrucciones criminalísticas, este era el tipo de mujeres que le conocían, se fiaban de su falsa amabilidad y sus tentadoras propuestas, y accedían a seguirlo a espacios aislados donde eran violadas, torturadas y asesinadas, en la forma en que más adelante se detallará. A estas mujeres William les hacía conversa, las seducía (a una incluso le dio una flor), les ofrecía mantenerlas económicamente o alguna otra cosa a cambio de que accedan a tener sexo con él en algún lugar apartado.

Con muchas de las víctimas el asesino comió antes de matarlas y, misteriosamente según se supo tras los interrogatorios, el asesino decía que casi todas sus víctimas se llamaban “Blanca” y tenían 27 años. Aquí debe tenerse en cuenta que él fingía estar loco y poseído por espíritus, de modo que lo de “Blanca” de 27 años debía ser parte de sus jugadas de manipulación; pero, como bien señalaron los psiquiatras, en el fondo era un dato importante porque, aunque fuese algo surgido en el marco de la mentira deliberada, indicaba asociaciones inconscientes que señalaban la búsqueda de una víctima arquetipica y simbólica en sus víctimas reales y concretas.

En cuanto al modus operandi del asesino, éste, después de ganarse la confianza de la víctima y hacerle ofrecimientos (seguridad, comida, estabilidad económica) a cambio de favores carnales, se iba a un lugar apartado con la víctima y allí, presa de sus impulsos sádicos y su ansiedad sexual, la agredia, la dominaba, le ataba las piernas a la altura de los tobillos y contra los matorrales, la colocaba en posición ginecológica, la violaba y, usualmente la torturaba y mutilaba (a algunas les extrajo los genitales…) antes de acabar matándola con sus propias manos, con cuerdas, ropa de la víctima o alguna otra cosa que improvisadamente pudiera emplear como elemento para la ejecución.

Era un verdadero sádico, que describió aquellos momentos de crueldad como “algo magnificente e indescriptible”. Y es que, al igual que el inteligente y complejo Harold Shipman, este primitivo asesino de inteligencia mediocre, gozaba también del sentimiento de poder que le inspiraba tener en sus manos la vida de la víctima, por lo que afirmó: “era un placer que no tiene explicación, mi poder, tener en mis manos la víctima”…

Según diagnosticaron los psiquiatras, a nivel interno, durante la consecución de los crímenes el asesino se mostraba primeramente lúcido y consciente, pero con cierto temor, ofuscación, y ansiosa y violenta búsqueda de la satisfacción de la pulsión sexual, cosas estas que después iban cediendo paso a una disminución paulatina de la conciencia, causada por el aumento del arrebato emocional, la excitación y el deseo por dominar, someter, y torturar, pulsiones estas que alcanzaban su cúspide en el momento en que el asesino, extrayendo manualmente los genitales de las víctimas, sentía el latir de la carne y el calor y la humedad de la sangre en sus manos, llegando a experimentar lo que los especialistas denominaron un “paroxismo con sentimientos místicos y de poder sobre la vida”.

De ese modo, tras acabar sus atrocidades, William, siguiendo el patrón del asesino desorganizado, dejaba los cadáveres allí, sin preocuparse por borrar evidencias o sacar de escena al cadáver, tomando las únicas precauciones de asesinar en lugares apartados y a horas poco concurridas. Bajo ese patrón, dejó cuerpos en lugares donde luego, con la llegada del día, sus crímenes se harían visibles. Es decir que, pese a que deseaba evitar ser capturado al cometer sus crímenes de noche, a la vez deseaba dar a conocer sus crímenes, al menos según la opinión del criminalista Carlos Echeverría y el psicólogo Bruno Stornaido. Por esa actitud, los cadáveres aparecieron cerca de la Universidad Central, en San Roque, en la quebrada del Río Machángara y en el bosque de Oyacoto.

Primera víctima

El cadáver de esta mendiga (se desconoce su identidad), de más de 40 años y 1.40 m de estatura, fue encontrado el 28 de febrero del 2002 cerca de la Facultad de Educación Física de la Universidad de Quito. William le quitó la vida estrangulándola, pero antes la violó y la sodomizó tan salvajemente que le causó desgarros, y además, para torturarla, le hizo cortes en el rostro, la garganta, el pecho y el abdomen.

Segunda víctima

El cadáver de la indigente Melida Corella Tamayo, de más de 50 años de edad y apenas 1.50 m de estatura, fue encontrado el 12 de marzo del 2002 en San Roque, zona del centro de Quito. William la había violado, le había cortado el rostro, le había hecho cortes en la zona vaginal para extraerle partes, y, tras estrangularla con un lazo, la había metido en un saco de nylon.

Tercera víctima

El 23 de abril del 2002, Evelin Morales, una mujer pobre y alcohólica de 22 años y 1.50 metros de estatura, fue encontrada muerta en el centro-sur de Quito, en el sector de Collacoto. Evilin había sido violada y el asesino no solo le había hecho cortes profundos en la vagina, sino que además le había quitado vísceras abdominales (que estaban junto al cadáver) después de estrangularla con un lazo.

Cuarta y quinta víctimas

Betty Rea era una mujer de raza negra, de 25 años de edad y 1.55 metros de estatura. Betty sufría de epilepsia, y andaba con su sobrino Jefferson Rea de un año y ocho meses. A ella y al niño, el monstruo los llevó al sector de Collacoto, donde estranguló a Jefferson, ató a Betty, la violó y le realizó profundos cortes en la zona vaginal, dejándola tirada en una extensa agonía que acabó cuando Betty por fin murió desangrada… Poco después, el 24 de agosto del 2002, los cadáveres de Betty y Jefferson fueron encontrados.

Sexta víctima

El cadáver de Yadira Rosero, una indigente de treinta y pico años y 1.65 metros de estatura, fue encontrado el 15 de septiembre del 2002 en las inmediaciones del río Machángara, en el centro-sur de Quito. Yadira, al igual que las otras víctimas, había sido atada, violada, y le habían hecho cortes tanto en la zona vaginal como anal, siendo su muerte por causa de estrangulamiento.

Séptima víctima

Este fue el más abominable crimen del Asesino de Los Matorrales. Ana era una niña de apenas 12 años y 1.38 metros de estatura, especialmente vulnerable por su condición de sordomuda y retrasada mental, cosas de las que el asesino aprovechó para llevarla a las orillas del Río Machángara, donde la ató, la violó, le desgarró la vagina y la estranguló con un lazo… Su pequeño cadáver fue encontrado el 26 de septiembre del 2002, a orillas del Machángara.

Octava víctima

El 25 de noviembre del 2002, el cadáver de una mujer de poco más de 45 años, 1.50 metros de estatura e identidad desconocida, fue encontrado cerca del Río Machángara. La mujer había sido atada por William, quien la violó y le desgarró la zona vaginal, ejecutándola con ahorcamiento a través de un lazo.

Novena víctima

El cadáver de María Ortega, la última víctima de William, fue encontrado un 06 de julio del 2003 en el sector de Itchimbía, al centro-sur de Quito. María, indigente de 53 años, fue atada, violada (esto se presume, porque desapareció la zona en que pudo quedar huella de la violación) y estrangulada. A diferencia de otras víctimas, el asesino le quitó a María los ovarios y también el útero y otras zonas anexas.

Perfil del asesino

Según los estudios de los especialistas, este primitivo pero peligroso asesino serial presentaba los siguientes rasgos:

Desprecio y violación de los derechos de los demás, que comenzó desde la infancia o el principio de la adolescencia y continua en la edad adulta;

Intelectualmente

  • Inteligencia promedio
  • Educación extremadamente pobre
  • Capacidad racional “mediocre y primitiva”
  • Pensamiento concreto
  • Ausencia de alucinaciones
  • Normalidad en los procesos de memoria y atención
  • Leve presencia de ideas delirantes, estando estas vinculadas al tema de la tecnología

Emocional y socialmente

  • Engaño y manipulación como características centrales
  • Ausencia de culpa y de remordimiento
  • Falta de empatía
  • Engreimiento, egocentrismo
  • Cierto “encanto superficial”
  • Trastorno Antisocial de la Personalidad
  • Rasgos esquizoides
  • Impulsividad
  • Desequilibrio emocional
  • Ausencia de lazos afectivos, aislamiento afectivo
  • Actuaciones y emociones determinadas principalmente por la búsqueda de satisfacción de necesidades básicas, instintivas
  • Evasividad
  • Socialización “superficial, primitiva y no comprometida”

A nivel sexual

  • Sadismo
  • Voyerismo
  • Cierta tendencia pedofílica (la víctima de 12 años)

Operativo de captura

A mediados del año 2002, personal policial de la unidad de Homicidios de Quito, determinó que estaban lidiando con algo que hace mucho tiempo no encontraban. En efecto, desde los terroríficos tiempos de Daniel Camargo Barbosa y el Monstruo de los Andes, por la Sierra Ecuatoriana no había pasado un criminal al que le pudieran poner la siguiente etiqueta: asesino serial.

Esta vez debían actuar con ingenio y eficiencia, porque ya la Prensa había catapultado a la fama al “Asesino de los Matorrales”, que era como lo llamaban los distintos diarios.

Finalmente la detención pudo darse a finales del 2003, gracias a agentes policiales que hicieron una eficiente labor de inteligencia en el centro de Quito, al disfrazarse de mendigos para poder monitorear los movimientos del asesino, quien tras ser apresado llevó a periodistas y policías a los lugares en que cometió sus atrocidades.

 


VÍDEO: LA CAPTURA DE WILLIAM CUMBAJÍN BAUTISTA


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