Wayne Bertram Williams

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Wayne Williams

Los niños asesinados de Atlanta

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Muchos aspectos del caso continúan siendo un misterio
  • Número de víctimas: 2 - 24 +
  • Periodo de actividad: 1979 - 1981
  • Fecha de detención: 21 de junio de 1981
  • Fecha de nacimiento: 27 de mayo de 1958
  • Perfil de las víctimas: Nathaniel Cater, 28 / Jimmy Ray Payne, 21 / La Policía le atribuye también las siguientes muertes: Alfred Evans, 13 / Yusef Bell, 9 / Eric Middlebrooks, 14 / Christopher Richardson, 12 / Aaron Wyche, 10 / Anthony Carter, 9 / Earl Terrell, 11 / Clifford Jones, 13 / Charles Stephens, 12 / Aaron Jackson, 9 / Patrick Rogers, 16 / Lubie Geter, 14 / Terry Pue, 15 / Patrick Baltazar, 11 / Curtis Walker, 13 / Jo Jo Bell, 15 / Timothy Hill, 13 / Eddie Duncan, 21 / Larry Rogers, 20 / Michael McIntosh, 23 / John Porter, 28 / William Barrett, 17
  • Método de matar: Estrangulación - Sofocación
  • Localización: Atlanta, Estados Unidos (Georgia)
  • Estado: Condenado a dos cadenas perpetuas el 27 de febrero de 1982
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Wayne Williams – Doble cadena perpetua para el joven acusado de asesinar en Atlanta a dos muchachos negros

Ramon Vilaro – Elpais.com

2 de marzo de 1982

Wayne Williams, joven negro de veintitrés años de edad, fue condenado a dos cadenas perpetuas por el tribunal del condado de Fulton, en Atlanta (Georgia), por el asesinato de dos jóvenes negros, en el contexto de una serie de veintiocho muertes de adolescentes y jóvenes negros que, durante casi dos años, conmovieron a la población de la ciudad de Atlanta y causaron una gran sensación de temor en el vecindario.

«Soy inocente», dijo Williams con voz apagada al pronunciar la sentencia el juez Clearence Cooper, de acuerdo con el veredicto del jurado, integrado por ocho negros y cuatro blancos, que escuchó y reflexionó sobre las tesis de la defensa y la acusación a lo largo de dos meses.

Momentos después de pronunciar la sentencia, a primera hora de la tarde del pasado sábado, el diario The Atlanta Constitution titulaba a toda plana que Williams podría ser juzgado nuevamente por el presunto asesinato de otras veintidós víctimas de la trágica cadena de crímenes contra jóvenes negros. Si Williams fuera condenado a una tercera pena a vida, automáticamente significaría la pena de muerte, según las leyes del Estado de Georgia, en el sureste de Estados Unidos.

Un centenar de policías, entre ellos cuarenta agentes del FBI, constituyeron el núcleo de los testimonios de la acusación, en un polémico juicio que parece dejar muchas incógnitas en el aire, en opinión de ciudadanos de Atlanta que vivieron traumatizados durante dos años por las seguidas desapariciones de niños y jóvenes de raza negra. «No se puede condenar a una persona con simples pruebas de fibras textiles», dijo una de las asistentes al juicio.

«Es un error judicial», replicó, bajo el choque emocional de la sentencia, Homer Williams, padre del joven condenado a perpetuidad. «La defensa demostró su inocencia. Hay que investigar hacia otros caminos», añadió Camille Bell, madre de un niño de nueve años asesinado.

Dos años tardó la policía en detener al primer presunto culpable de la serie de cadáveres que aparecían regularmente en las orillas del río Chattahooche, en el sur de la ciudad de Atlanta. Entre tanto, habían circulado todo tipo de especulaciones por la ciudad sureña, sin faltar las que atribuían los asesinatos a una operación del grupo racista Ku-Klux-Klan, en plena recuperación de identidad y actividad en Estados Unidos.

Tras la detención de Williams, los crímenes cesaron. El último de la serie fue Nathaniel Cater, de veintisiete años de edad, asesinado por él. Williams ha sido condenado por esta muerte y la de otro joven de veintiún años de edad, Jimmy Ray Payne.

Una serie de fibras textiles pertenecientes a ropas de las víctimas, encontradas junto con otras dieciocho fibras diferentes en la tapicería del automóvil de Williams, constituyó la prueba principal que decidió el veredicto del jurado popular, integrado por ocho mujeres y tres hombres.

Pero en Atlanta mucha gente cree que Wayne Williams es la víctima número veintinueve de la red de misteriosos crímenes. Si Williams no es acusado una tercera vez, con la continuidad del proceso, que deja por aclarar los casos de veintidós asesinatos pendientes, dentro de siete años podrá solicitar una revisión de las actuales condenas, que disminuirán su permanencia en la cárcel.


Wayne Bertram Williams – «El caso de los niños asesinados de Atlanta»

Grotesqueandarabesque.blogspot.com

10 de abril de 2015

Cuando tenía quince años, tomé una de las famosas revistas Reader’s Digest que juntaba mi madre. Era mayo de 1996. Una de ellas, en particular, llamó poderosamente mi atención. Había una nota que se titulaba «Al acecho del mal», escrita por John Douglas. Mi madre, asidua lectora, me recomendó dicho artículo insinuando que sería de mi interés. Sabía que me gustaban las novelas de terror y policíacas… pero la verdad es que ese sería mi primer acercamiento real a la criminología de forma seria.

Por aquel entonces, no tenía idea de quién era ese tal John Douglas, ni tampoco de qué trataba dicho artículo en realidad. Lo más parecido que yo conocía a un «asesino en serie», era Hannibal Lecter, del «Silencio de los Corderos» [El silencio de los corderos] o John Doe, de la película Seven.

Pues bien, John Douglas, junto a Robert Ressler, son dos de los más importantes investigadores de asesinos en serie del FBI. Ambos han trabajado juntos trazando cientos de perfiles de criminales violentos, violadores y asesinos seriales. Douglas no duda en reconocer a Ressler como su «mentor». En el extracto, John Douglas cuenta su vida como investigador del FBI y algunos de los casos en los que tuvo que entrevistarse, cara a cara, con algunos de los más peligrosos criminales de Estados Unidos.

Junto a un pequeño departamento, a mediados de los años setenta, Douglas y Ressler estaban convencidos de que se podían elaborar perfiles psicológicos de asesinos y violadores recurrentes, con el fin de ayudar a la policía a la identificación de aquellos sujetos que no podían ser atrapados tan fácilmente. Estos perfiles, por aquellos años, no eran tomados muy en serio por el FBI ni la policía; así que la pugna por validar el trabajo de estos hombres, y su real aporte, fue bastante difícil.

Douglas y Ressler comenzaron entrevistando a Ed Kemper, uno de los asesinos seriales norteamericanos más célebres e intimidantes. Cuando conocí la historia de Kemper, la cual describe con lujo de detalles en la nota, quedé perplejo. Lo espeluznante del caso y la curiosa personalidad de aquel homicida múltiple, definitivamente despertaron mi curiosidad… y así ha sido hasta el día de hoy.

En la nota, Douglas describe las características de un criminal violento desde su infancia hasta la adultez, hace mención de la «triada homicida» y algunos de los rasgos más comunes en los asesinos seriales.

Al mismo tiempo, revela datos anecdóticos de las investigaciones más importantes en las cuales participó, además de mencionar las acertadas apreciaciones que «predecían», junto a Ressler, sobre los casos más complejos, a pesar de no ser escuchados por la policía en un principio. Era obvio que sus estudios y realización de perfiles criminales serían de gran ayuda, y ambos se daban cuenta de que su trabajo daría frutos tarde o temprano. Pero en uno de los apartados titulado «Los asesinatos de Atlanta», queda en evidencia de que el aporte de Douglas fue realmente determinante en ese caso.

En 1979, la ciudad de Atlanta, Georgia, se encontraba sumamente consternada por diversos hechos violentos vinculados con el racismo. Con un 66% de población de raza negra, y varios grupos activos de los Ku Klux Klan realizando reuniones secretas en los sectores más acomodados de la ciudad, la sensación de inseguridad, injusticia e impotencia de los afroamericanos era tremenda.

Por su parte, la comunidad negra decía que las autoridades los discriminaban por su color de piel y los altos indices de pobreza que representaba el sector. Al parecer, solo los hombres blancos podían acceder a cargos más valoreados [valorados] y mejor remunerados en las empresas y entidades públicas.

También la represión policial era especialmente dura con este segmento más vulnerable. Pero lo que disparó realmente las alarmas, fueron las constantes desapariciones y asesinatos de niños y adolescentes negros en la ciudad.

Para 1980, Bufalo, Oklahoma, Indianapolis, Cincinnati y Lake City, habían sido el escenario de once asesinatos no resueltos y cuatro desapariciones. Todas las víctimas eran niños y jóvenes afroamericanos. Algunos habían sido baleados y apuñalados; pero la mayoría habían sido estrangulados.

La polémica noticia dio la vuelta al mundo rápidamente. «Los asesinatos de niños de Atlanta» fue un titular que se mantuvo durante muchos meses en los más importantes periódicos no solo de Estados Unidos, sino que de todo el mundo. Era como si la policía no se esforzara lo suficiente por esclarecer dichos asesinatos y secuestros que, según los ciudadanos, se trataban de crímenes raciales.

Para colmo de males, en octubre de 1980, una estación de gas explotó en un barrio popular, provocando la muerte de cuatro niños y un maestro, todos de raza negra. Era tal la paranoia, que la opinión publica pensó que se trataba de un atentado provocado por los misteriosos asesinos de niños. Las autoridades tuvieron que presentar un centenar de pruebas (muy convincentes) para demostrar que se había tratado de un trágico accidente, sin la intervención de terceros.

El departamento de policía, estaba literalmente de cabeza tratando de resolver el complejo puzzle policial que representaba el asesinato de niños en Atlanta. El mismo alcalde, Maynard Jackson, quien solía aparecer frente a las cámaras prometiendo hacer todo lo posible por esclarecer aquel misterio, solicitó ayuda a la Casa Blanca y al FBI para lidiar con lo que consideraban un caso tremendamente complejo. La ciudadanía seguía ejercía presión debido al aparente desdén con el que algunos policías habían tratado, inicialmente, a los familiares de las víctimas cuando denunciaron las desapariciones.

Los medios de comunicación, se proporcionaban un verdadero festín al rescatar las descargas de miles de personas que salían a manifestar su preocupación y descontento a las calles. El exboxeador y campeón olímpico, Mohamed Ali, no dudó en hacerse presente ofreciendo una astronómica suma de dinero, a modo de recompensa, para aquella persona que diera alguna pista que ayudara a detener a el o los asesinos.

Ali, además de ser considerado el mejor boxeador de todos los tiempos, era un personaje mediático y figura social tremendamente influyente y activa. Siempre involucrado en las causas políticas y humanitarias a favor de los afrodescendientes, su presencia en Atlanta no pasó desapercibida. Ali, y el alcalde Jackson, aparecieron en televisión mostrando un enorme montón de fajos de billetes, difundiendo así la noticia de que había una recompensa.

Pero la mediatización del caso no quedó allí. Frank Sinatra, Sammy Davis Jr. y otros afamados artistas, ofrecieron conciertos a beneficio de las familias de las víctimas, lo que sirvió para masificar, aun más, la situación en Atlanta. Se formó una fundación para el caso, que llegó a reunir una suma de 150.000 dólares para la persona que ayudara a desenmascarar al asesino.

El político Ronald Reagan (quien sería presidente de los Estados Unidos en 1981) reunió otros dos millones de dólares para ayudar a la investigación y concedió varias conferencias de prensa, mostrando así su preocupación por los terribles sucesos que atormentaban a las familias de Atlanta… pero nada ocurrió.

Por otro lado, los agentes seguían sin dar con alguna pista que les ayudara a resolver los distintos casos de asesinato y secuestro que tenían sobre las espaldas. Y lo que era peor: se habían confirmado el hallazgo de un total de 16 cuerpos.

John Douglas visitó varias de las escenas de los crímenes; pero sus conclusiones fueron duramente criticadas. Para empezar, descubrió que varios de los asesinatos (no todos; pero la gran mayoría), habían sido cometidos por un solo individuo, a pesar de que los cuerpos mostraban lesiones distintas.

Esto no correspondía a lo que se suponía hacía un asesino en serie al imponer su modus operandi o su firma criminal, lo que despertó cierta incredulidad en la policía. Douglas aseguró que no se trataban de crímenes raciales, pues los cuerpos habían sido dejados o lanzados en parajes inhóspitos, quizá con la intención de que nunca fuesen encontrados.

Douglas, creía que si el homicida hubiese decidido lanzarse en una loca cruzada asesina que buscara amedrentar a la población afroamericana de Atlanta, habría dejado los cadáveres más expuestos, en lugares donde cualquiera podría haberlos encontrado.

Además, las víctimas habían sido abusadas sexualmente, lo que descartaba la posibilidad de que la motivación del asesino fuese imperiosamente racial. Es más, aseguró que el asesino era un sujeto de entre 25 y 29 años… de raza negra.

Esta afirmación, dividió a varios investigadores y también a las autoridades. Muchos creían que si se manifestaba públicamente que el sospechoso probablemente fuese un afroamericano, se les tildaría, nuevamente, de racistas y acrecentarían la impopularidad del departamento de policía.

Otros, en cambio, creían que las conclusiones de Douglas tenían bastante asidero, puesto que los chicos habían sido raptados antes de ser asesinados, y dichos secuestros habían ocurrido en los barrios más pobres de la comunidad negra, bajo sus propias narices. Un hombre blanco jamás habría pasado desapercibido por aquellas calles, lo que confirmaba la teoría del inspector del FBI.

De pronto, los peores temores de las autoridades se concretaron. Tras varios análisis microscópicos, se determinó que al menos cinco de las víctimas encontradas, mostraban fibras idénticas adheridas a sus ropas. Esto significaba que estos cinco asesinatos estaban vinculados.

Las fibras halladas podían pertenecer a una manta o alfombra, además de algunos pelos de origen animal. Probablemente los de un perro. John Douglas, en su perfil del asesino, había advertido que era probable que el sospechoso tuviera de mascota un doberman o un pastor alemán.

Según él, muchos asesinos en serie admiran a los policías debido a que imponen autoridad. No es extraño que se dejen bigotes grandes, ocupen gafas oscuras, ocupen vehículos parecidos a los de los patrulleros, tengan por mascotas perros policiales o, incluso, hayan intentado formar parte de la policía en algún momento de sus vidas. El psicópata siempre busca el poder.

La noticia se filtró nuevamente en los noticieros. Se difundió el hallazgo de las fibras que vinculaban a cinco de las víctimas y, con ello, se confirmó la presencia de un asesino en serie suelto en la ciudad. Fue, entonces, cuando los cuerpos comenzaron a aparecer semidesnudos y flotando en el río Chattahoochee, lo que hizo pensar a los investigadores que el homicida estaba cambiando su patrón, con el fin de despistar a la policía y no dejar evidencias, como en este caso eran las fibras.

La población negra estaba furiosa. Ellos mismos formaron patrullas ciudadanas llamadas «bat patrolls», las cuales recorrían la ciudad (con bates de beisbol en mano), tratando de encontrar al asesino. Pero los crímenes continuaron.

Otro de los problemas que tenían las autoridades, era que les resultaba dificultoso identificar los cadáveres. Varios de ellos eran encontrados en avanzado estado de descomposición, y la nueva manía del asesino de lanzar los cuerpos al agua, no hacía más que complicar la situación. La cantidad de asesinatos ya alcanzaba la alarmante cifra de 24. Fue entonces cuando John Douglas recomendó que la policía hiciera turnos sobre los puentes que pasaban sobre el río, pues supuso que el asesino lanzaba desde allí los cadáveres.

Era el 22 de mayo de 1981. Habían pasado dos semanas desde que los patrulleros hacían largos turnos en los puentes que pasaban sobre el río Chattahoochee, como había recomendado Douglas, sin resultados. Era tal la decepción, que ese sería el último día que estarían ubicados en aquellos lugares «estratégicos», y el turno que duraba hasta las 6 de la mañana, sería el último, cerrando así esta infructuosa operación.

Pero algo ocurrió ese día, a las 2:30 de la mañana. Un joven policía que estaba de turno, oculto dentro de su vehículo, escuchó un ruido en el agua… como si hubiesen lanzado un bulto bastante pesado. Notó que un vehículo estaba estacionado en el puente y no tardó en detenerlo.

El conductor era Wayne Bertram Williams, un joven afroamericano de 23 años de edad. El sujeto entregó sus documentos al policía tranquilamente. Aseguró ser fotógrafo y promotor musical, y que una chica le había dado su dirección para reunirse con él; pero que no encontraba el domicilio. Como tenía su número telefónico, quería llamarla para corroborar los datos; pero no encontró ninguna cabina cercana. Tanto la dirección como el número telefónico resultaron ser falsos.

El policía registró el vehículo y no encontró nada especialmente sospechoso. También miró desde el puente hacia el río; pero estaba tan oscuro que no pudo vislumbrar nada. Como no podía retenerlo por más tiempo, tomó los datos de su licencia de conducir y la patente del vehículo, y lo dejó ir; aunque llamó inmediatamente a la estación de policía para notificar el suceso.

Pocas horas más tarde, varios agentes se dedicaron a revisar el río en busca de algún cadáver; pero tampoco encontraron nada. Sin embargo, la policía estaba segura de que Williams podía ser su hombre. No habían más pistas y creían en las sospechas del joven agente que había realizado la llamada.

Dos días más tarde, y tras una ardua búsqueda, el cuerpo semidesnudo de un joven de 27 años, identificado como Nathaniel Carter, fue encontrado río abajo por la policía. La autopsia reveló que Carter «parecía» haber sido estrangulado, y su cadáver pudo haber sido lanzado al agua perfectamente el 22 de mayo.

Cuando se revisaron los antecedentes de Williams, no encontraron nada, a excepción de una curiosa detención que había sufrido, años atrás, al haberse hecho pasar por un agente de la ley. Aquello llamó de inmediato la atención de los investigadores, que habían escuchado decir a John Douglas la admiración que despertaba, en este tipo de criminales, los mismos policías. Todo coincidía. Wayne Williams pasó a ser el sospechoso número uno.

La policía se presentó en casa de Wayne Bertram Williams con una orden de registro. Este, que vivía con sus padres, accedió de mala gana a la petición de los investigadores, que sacaron inmediatamente muestras de alfombras y frazadas, con el fin de vincularlas a las fibras textiles halladas en la ropa de algunos de los cadáveres. Varios policías se acordaron nuevamente de las «predicciones» de John Douglas al corroborar que Wayne tenía por mascota un pastor alemán que solía recostarse en la cama matrimonial de la casa.

Con las pruebas bajo el brazo, los policías se retiraron convencidos de que encontrarían algo. Y así fue. Tras varias pruebas microscópicas, se llegó a la conclusión de que las muestras de alfombra y una de las frazadas de la casa de Wayne Williams, eran sumamente similares a las halladas en varios de los cuerpos. También coincidían con los pelos del pastor alemán que habían sido encontrados en la ropa de algunos de los cadáveres. Todo indicaba que estas personas habían estado en casa de Williams antes, durante o después de haber sido asesinados.

La coartada del sospechoso, el día que fue detenido en el puente después de que el agente escuchara el ruido de un objeto pesado cayendo al agua, tampoco era creíble. Los datos de la supuesta chica que buscaba Williams eran falsos y pudo haberlos inventado y escrito en la hoja de papel que le mostró al policía, segundos antes de ser detenido. Sin embargo, había un detalle que despertaba escepticismo, y era que Wayne Williams era el prototipo más alejado que habían visto de un asesino serial.

Era sumamente bajo, cegatón, de manos pequeñas y delicadas, cubierto de acné, un tanto afeminado y sumamente parlanchín. Además, tenía 23 años. Demasiado joven para haberse cargado casi 24 víctimas, según algunos. Pero Douglas y Ressler sabían que esto no era un impedimento.

Ed Kemper fue capturado a esa misma edad después de haber matado a ocho mujeres de formas brutales. La diferencia era que Williams era realmente un alfeñique rechoncho, y no un gigante de más de dos metros, como Kemper. Se suponía que había estrangulado, con esas pequeñas manos, a niños y jóvenes de entre 8 y 30 años. Aquello supondría un verdadero problema a la hora de presentar una acusación.

Pero algo increíble ocurrió. Wayne Williams sorprendió a todo el mundo, citando a varios medios de comunicación a su casa para ofrecer una rueda de prensa, en donde declaró que la policía quería inculparlo de los asesinatos de Atlanta.

Reclamó ser inocente, y víctima de una manipulación con matices raciales para exonerar al verdadero culpable, el que probablemente fuese un hombre blanco o miembros del Ku Klux Klan. Esto, sumado al hecho de que alguien declaró haber visto a Williams lavar y limpiar cuidadosamente el automóvil en el que fue detenido por primera vez, llevó a la policía a tomar la decisión de emitir una orden de aprehensión en su contra.

Parecía que quería llamar la atención, y si hablaba de más, era muy probable que cometiera algún error. Así, el 21 de junio de 1981, bajo la atenta mirada de cientos de periodistas y camarógrafos, Wayne Williams fue arrestado en su propia casa y llevado al departamento de policía.

La noticia causó revuelo en la comunidad. Pocos se esperaban que el principal sospechoso fuese un sujeto de raza negra. Hasta el momento, todos creían que se trataba de crímenes raciales… y, obviamente, la apariencia del inculpado resultaba casi ridícula. A su vez, Williams no perdía ocasión para dirigirse a la prensa, victimizandose y alegando su inocencia.

A pesar de que la policía y el FBI estaban seguros de que Wayne Bertram Williams era culpable de un total de 27 asesinatos, solo pudieron presentar pruebas suficientes para imputarle 12 de los crímenes, ya que tampoco se habían encontrado las armas homicidas utilizadas en los casos de apuñalamiento y ejecución con arma de fuego.

Pero las pruebas vinculadas y sustentadas netamente en los análisis de fibras, fueron desestimadas por el juez, y solo se procedió a empezar una acusación contra Williams por dos cargos asesinato. Aquello dejó consternada tanto a la policía como a la opinión pública, y el juicio comenzó el 28 de diciembre de 1981, compuesto por un jurado de ocho personas negras y cuatro blancas.

¿Era o no, Wayne Williams, el monstruo que tenía en vilo a la ciudad de Atlanta, o un simple chivo expiatorio por parte de la policía? Desde un comienzo, ya habían opiniones divididas.

Wayne Bertram Williams nació el 27 de mayo de 1958, en Atlanta. Tenía apariencia de bobo; pero en realidad era un chico bastante listo y ambicioso. Desde la adolescencia, había acariciado el sueño de ser un caza talentos y hacer millones de dólares. Deseaba encontrar, entre la multitud de artistas emergentes de Atlanta, a los próximos Jackson Five o al siguiente Stevie Wonder. Partió formando parte de una radio local junto a algunos amigos. Luego, consiguió que sus padres le dieran algo de dinero para financiar las grabaciones de algunos chicos del barrio que, según él, podían llegar a ser grandes músicos… pero no tuvo éxito.

Este fracaso llevó a Wayne a complementar sus actividades como productor musical, con la fotografía. Pero, al parecer, los intereses de Williams eran más diversos. Consiguió un radio que interfería las llamadas policiales, el cual estaba en su automóvil. De esta forma, sabía dónde y cuándo se producían accidentes o asesinatos en la ciudad de Atlanta, y corría a fotografiar los hechos. Está de más decir que estuvo en todas las escenas del crimen relacionadas con los asesinatos de los cuales estaba siendo acusado, tomando fotografías entre los curiosos y los periodistas.

Los expertos tuvieron una dura pugna por demostrar, ante el juez, la responsabilidad de Williams en los dos asesinatos por los cuales estaba siendo enjuiciado. Si bien el análisis de las fibras encontradas en los cuerpos de las dos víctimas eran idénticas a las muestras tomadas en el casa del acusado, era cierto que una de ellas era bastante común y la víctima podría haberla cogido en cualquier otro lugar.

Ahora, lo complejo e improbable era que, justamente, se reunieran las mismas fibras en todos los casos y que no tuvieran alguna relación con el acusado o el hecho de haber estado en su casa. Aquello parecía una coincidencia demasiado grande, sobre todo si se tomaba en cuenta que habían otros diez casos de asesinato en los cuales se presentaban las mismas características.

Aun así, las pruebas seguían siendo meramente circunstanciales, y si bien se podía asumir que las dos víctimas estaban conectadas con Williams, nada aseguraba que él los hubiese asesinado.

Por su parte, la defensa se aprovechó de la apariencia inocente de su defendido, insinuando que era prácticamente imposible que un joven tan pequeño e indefenso pudiese asesinar, y menos aun, estrangular a un hombre. El abogado pidió a Wayne que le mostrara sus manos al jurado, preguntando en voz alta si ellos creían que un sujeto de sus dimensiones era capaz de estrangular a alguien.

John Douglas estaba agotado con el caso. Poco antes, había recibido una carta de amonestación debido a unas declaraciones que, supuestamente, había dado a un periodista, culpando a Williams de ser un asesino serial antes de que se hubiese iniciado el juicio. Que alguien del FBI hiciera una acusación tan grave, era motivo incluso de despido en la unidad. Todo el trabajo que había realizado estaba siendo correspondido de la peor forma.

Dogulas le había dicho a un periodista, de forma muy cautelosa, que si Williams resultaba ser un asesino múltiple, era «muy posible que fuera el autor de una buena parte de los crímenes». Pero la noticia que apareció en los diarios, al día siguiente, decía «Williams podría ser un asesino múltiple, asegura agente del FBI». Aquello casi hace colapsar a Douglas, quien aun estaba detrás de la acusación del sospechoso y debía orientar las preguntas del fiscal para inculpar, definitivamente, a Wayne Williams.

El acusado, sin embargo, parecía tentar su suerte. Constantemente interrumpía y pedía la palabra para exponer su punto de vista, algo innecesario en un juicio, sobre todo si se cuenta con un abogado. Al parecer, Williams era un sujeto extremadamente narcisista y le gustaba llamar la atención.

Douglas lo observaba con cuidado, y supuso que era alguien inseguro, rígido y reprimido… que no resistiría mucha presión ante preguntas insidiosas, y que este podría ser su talón de aquiles. Habló con el fiscal del distrito, Jack Mallard, y le recomendó hacer preguntas intrascendentes al acusado, con el fin de hostigarlo. Luego, repentinamente, debía preguntarle si había sentido pánico al estrangular a aquellos chicos… ojalá muy cerca, mirándolo a los ojos y cogiéndole uno de sus hombros.

Mallard siguió el plan tal cual lo habían tramado. Atosigó a Williams con preguntas que no parecían venir al caso, hasta que en cierto momento, se le acercó, lo cogió del hombro y le dijo «¿Qué sentiste al sujetar a tus víctimas por el cuello? ¿Te horrorizaste?» Williams respondió «No», con voz casi inaudible. En seguida se dio cuenta de lo que había hecho, y se levantó para apuntar con el dedo a John Douglas y gritar: «Usted pretende hacerme coincidir con ese perfil del FBI, pero yo no voy a ayudarlo!»

El acusado gritaba, vociferaba y chillaba, tratando a los policías de «gorilas» y a los fiscales de «ineptos», en un arrebato de furia incontrolable y que dejó boquiabiertos a todos los presentes. Aquel sujeto pequeño, pacífico y aparentemente indefenso, en realidad tenía una cara oculta que quedó al descubierto en todo su esplendor. El jurado quedó sorprendido al ver, por primera vez en todo el proceso, a un Wayne Williams descontrolado, violento y alterado. Este sería uno de los momentos decisivos del juicio.

En otra ocasión, Williams se refirió a los homosexuales y la gente más pobre, con un epíteto bastante despectivo, lo que tampoco lo ayudó mucho. Era fácil sentir antipatía por aquel sujeto cuando hablaba. La defensa trataba de mantenerlo callado. Hasta antes del ataque de histeria que había protagonizado en el interrogatorio del fiscal Mallard, había cumplido muy bien con su papel de chico inocente. Ahora, el panorama había cambiado radicalmente.

La fiscalía presentó, entonces, a un testigo sorpresa que identificó a Williams como el sujeto que iba tomado de la mano de Nathaniel Carter, en un concurrido centro comercial de la ciudad, pocas horas antes de que Williams fuese detenido por el agente de policía en el puente. Esta declaración terminó por hundir la defensa del acusado.

El 27 de febrero de 1982, y luego de 11 horas de deliberación, Williams fue declarado culpable de los dos asesinatos y condenado a dos cadenas perpetuas. Aun así, no se podía decir que todo fue un triunfo.

Muchos de los familiares de las víctimas sentían que no se había hecho justicia. Después de todo, Williams había sido condenado por solamente 2 de los 27 asesinatos que se habían cometido en Atlanta entre 1979 y 1981. ¿Qué pasaba, entonces, con los casos que no se le habían adjudicado? ¿Había sido Williams el asesino de todos esos chicos?

Lo cierto es que después de la detención de Wayne Williams, no volvió a desaparecer ningún niño, ni tampoco aparecieron más cadáveres en el río. Por supuesto que en Atlanta los crímenes continuaron; pero ninguno con las características de este caso. Para muchos el caso había sido resuelto, a pesar de que el asesino no había pagado por todos sus crímenes, al menos no volvería a salir en libertad. Pero, para otros, Williams solo era una víctima demasiado estúpida para defenderse.

Actualmente, Wayne Williams sigue asegurando que es inocente de todos los cargos que se le imputan. En una entrevista cedida recientemente para un canal de televisión norteamericano, Williams volvió a pedir una revisión de su caso. Según él, nadie, jamás, lo vio cometer ningún acto violento ni ningún asesinato. No hay pruebas en su contra… nada realmente comprometedor, lo que hasta cierto punto es cierto. De hecho, aseguró que ni siquiera tiene comportamientos homosexuales. Jamás ha tenido pareja ni relaciones con otros hombres, por lo que era estúpido que lo acusaran de violar y matar a jóvenes y niños.

El reportaje repasó todos los eventos más importantes del caso, y la periodista y presentadora del programa, descubrió algo muy curioso. Un documento escrito y firmado por el mismo Williams, en 1992, en donde aseguraba haber accedido a un programa secreto de la CIA cuando solo contaba con 17 años. En este programa, él y otros muchachos de Atlanta, fueron llevados a una isla cercana en donde fueron instruidos en el uso de armas de fuego, bombas, cuchillos y defensa personal.

El hallazgo de dicho documento tomó por sorpresa a Williams, que abrió de par en par sus pequeños ojos. La entrevistadora le dijo que, al verlo por primera vez, jamás hubiese imaginado que fuese capaz de estrangular a una persona… pero en vista de que aseguraba haber recibido entrenamiento militar y defensa personal, su apreciación obviamente había cambiado radicalmente.

Esto podía explicar que fuese tan eficaz a la hora de matar, a pesar de su corta estatura. Williams se incomodó enormemente con el descubrimiento de su entrevistadora, y no quería responder nada más. La mujer insistía «¿Puedes estrangular a alguien?» Williams solo decía «Sin comentarios» esbozando una sonrisa algo sardónica.

Cierto o no, Wayne Williams sigue sembrando la duda. Quizá sea una manía suya de inventar cosas para llamar la atención y alimentar sus propias fantasías, como cuando trató de hacerse pasar por un agente de la ley. O, tal vez, sí había aprendido maniobras mortales, gracias al supuesto entrenamiento de la CIA, para estrangular a sus víctimas con mayor facilidad. Difícilmente lo sabremos.

Hasta el día de hoy, las opiniones respecto al caso son sumamente variadas. Incluso varios familiares de las víctimas no están convencidos de que Williams haya sido el hombre que le quitó la vida a sus hijos o hermanos. Siguen pensando que no se ha hecho justicia, y que las pruebas no son concluyentes para adjudicar todos estos asesinatos a un solo sujeto. Incluso creen que Williams ha sido una víctima de su propia estupidez, hablando de más y mintiendo porque sí.

Hay quienes aseguran que Williams es culpable solo de los dos asesinatos que se le imputaron, y que el resto de los casos no le corresponden.

Por otro lado, la mayoría de los estadounidenses están seguros de que Wayne Williams es un hábil depredador sexual y asesino serial que casi se salió con la suya.

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