Thomas Neill Cream

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Thomas Neill Cream

El envenenador de Lambeth

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Envenenador
  • Número de víctimas: 5 +
  • Periodo de actividad: 1881 / 1891-1892
  • Fecha de detención: 13 de julio de 1892
  • Fecha de nacimiento: 27 de mayo de 1850
  • Perfil de las víctimas: Daniel Scott / Ellen "Nellie" Donworth, de 19 años - Matilda Clover, de 27 - Alice Marsh, de 21 y Emma Shrivell, de 18 (prostitutas)
  • Método de matar: Envenenamiento (estricnina)
  • Localización: Varias, Estados Unidos (Illinois), Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca el 15 de noviembre de 1892
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Thomas Neill Cream

Última actualización: 21 de abril de 2015

Criminal de la época victoriana, nacido en Glasgow en 1850; sus padres, ambos escoceses, habían emigrado al Canadá en 1863, donde Cream se doctoró en medicina en la Universidad McGill.

Desde su juventud, tuvo constantes encuentros con la policía a causa de ciertos delitos, como fraudes, abortos, chantajes y robos de poca importancia. Sin embargo, la primera vez que fue sometido a juicio fue en 1881, y acusado de un asesinato. Cream vivía entonces en Chicago, donde tenía relaciones amorosas con una tal Mrs. Stott, esposa de un anciano epiléptico que demostró siempre una gran fe en la habilidad profesional del joven doctor. Un día, veinte minutos después de haber tomado una dosis de un medicamento preparado por Cream, Mr. Stott murió repentinamente, no sin que antes su solícito doctor hubiera tomado la precaución de hacerle un seguro de vida.

Sin embargo, nadie hubiera sospechado nada si el mismo Cream no hubiera mandado sendas cartas al fiscal del distrito y al «coroner» aconsejando la exhumación del cuerpo. Este modo de proceder responde a una curiosa faceta de la psicología de Neill Cream: su evidente placer por el asesinato y sus consecuencias.

La autopsia reveló la existencia de estricnina en el cadáver. Cream fue declarado culpable del crimen y condenado a cadena perpetua.

Conducido a la prisión de Joliet, fue puesto en libertad inexplicablemente en julio de 1891, poco después de haber heredado de su padre la suma de 5.000 libras esterlinas.

En octubre de 1891, Neill Cream se trasladó a Londres y el 13 de aquel mismo mes una prostituta de 19 años, Ellen Donworth, caía al suelo inconsciente en Waterloo Road; murió cuando la llevaban al hospital, después de haber murmurado algunas palabras sobre que «un caballero muy alto» le había dado a beber de una botella que contenía un líquido blanco. La muchacha había sido envenenada con estricnina.

El «coroner» recibió una carta firmada por un tal «A. O’Brien, detective», que ofrecía revelar el nombre del criminal a cambio de la suma de 300.00ó libras, al mismo tiempo que una nota del propietario de una papelería del Strand, mister W. H. Smith, identificando al asesino como uno de sus empleados.

El 20 de octubre, otra prostituta, de 27 años, Matilda Clover, fue hallada agonizante en su habitación de Lambeth Road; declaró que un hombre llamado «Fred» le había dado unas píldoras. Una de sus amigas, Lucy Rose, declaró a la policía haber visto de lejos en una ocasión a «Fred», dando la descripción de un hombre alto vestido con capa negra y chistera.

Según las apariencias, Matilda Clover había muerto alcoholizada, pero pocas semanas después, el doctor Broadbent, un médico de moda de Portman Square, que en su vida había oído siquiera el nombre de la prostituta, recibió una carta firmada por un tal Mr. Malone en que se le acusaba de haber asesinado a Matilda envenenándole con estricnina y se le garantizaba absoluto silencio a cambio de 2.500 libras. El doctor citó a Mr. Malone en su consulta, pero le esperó en vano. Por otra parte, la condesa Russell, que pasaba unos días en Londres en el «Savoy Hotel», recibió una nota en que se acusaba a su marido de la muerte de la prostituta.

En noviembre, Cream fue a Estados Unidos y, antes de volver a Londres, en abril de 1892, realizó una visita al Canadá. En Quebec se hizo imprimir quinientas circulares, que nunca utilizó y cuyo texto decía:

«SOBRE LA MUERTE DE ELLEN DONWORTH

A los huéspedes del hotel Metropole

Señoras y señores: Les notifico que la persona que envenenó a Ellen Donworth el día 31 de octubre del pasado año es hoy un empleado de este hotel. Mientras ustedes permanezcan en este establecimiento, sus vidas están en peligro.

Respetuosamente,

W. H. MURRAY

Londres, abril 1892.»

A fines del mismo mes, otras dos prostitutas, Emma Shrivell, de 18 años, y Alice Marsh, de 20, fueron halladas en sus alojamientos de Waterloo Road en grave estado; trasladadas al hospital murieron poco después. Ambas habían sido envenenadas con estricnina y se habían referido también a un tal «Fred» que las había administrado unas píldoras ovaladas. Las autoridades, sospechando que la muerte de Matilda Clover no había sido causada por alcoholismo, exhumaron su cadáver; la autopsia reveló que había sido otra víctima del maníaco asesino.

Cream fue arrestado gracias a su afán exhibicionista, que le llevó a presentarse al sargento McIntyre de Scotland Yard para quejarse de ser seguido continuamente por un policía que intentaba hacerle unas preguntas sobre los crímenes, mencionando durante la entrevista a un tal Dr. Harper, quien había avisado por carta a Matilda Clover y a otra supuesta víctima, Louise Harvey, de la muerte que les esperaba.

Esta última era otra prostituta que Cream había conocido en el «Alhambra Theatre», con la que había pasado la noche del 26 de octubre en un hotel de Berwick Street. A la tarde siguiente volvieron a encontrarse y el doctor había intentado hacerla tomar las habituales píldoras; la muchacha declaró durante el proceso: «Hice como que las tomaba, llevándome la mano a la boca y aparentando tragarlas… En realidad, las tiré al suelo…, él se marchó…. me dio cinco chelines para que me fuera al «Oxford Music-Hall», prometiendo ir a buscarme allí a las once en punto. Le esperé, pero no vino… Era un hombre elegante…, llevaba traje de etiqueta y gafas con montura de oro…, tenía bigote y era algo bizco…, hablaba con acento extranjero… »

Acusado y convicto de la muerte de Matilda Clover, Cream fue ejecutado el 15 de noviembre de 1892 sin haber confesado su crimen. Dada su afición a escribir cartas melodramáticas, podría suponerse que sus asesinatos no eran más que la obra de un foliculario frustrado.


El caso del Dr. Thomas Neill Cream

Crónicas del Crimen 5 – “Errores judiciales” – Barcelona, 1968.

Las noches de niebla eran sus preferidas. Con sombrero de copa en la cabeza y elegante capa negra sobre el frac solía deambular a través de las estrechas callejuelas, anegadas en la densa niebla que ascendía del Támesis, espiando sigilosamente a las mujeres de vida airada. Sus ojos, profundamente hundidos, miraban con siniestro estrabismo.

Era médico de profesión. En sus paseos nocturnos llevaba consigo unas pequeñas cápsulas que regalaba generosamente a las mujeres que eran, de su agrado, como remedio infalible contra toda suerte de dolencias. Las cápsulas eran agradables de tomar, y por su aspecto se diría que eran inofensivas. Pero aquellas cápsulas contenían una dosis mortal de estricnina.

En la zona del East End londinense, en las equívocas callejuelas de Lambeth encontraba sus víctimas. Fue ejecutado el día 15 de noviembre de 1892 y su nombre era Thomas Neill Cream.

Por la perversidad y crueldad de que hizo gala, el doctor Cream ocupa por derecho propio el primer lugar en la galería de criminales ingleses, delante incluso de Jack el Destripador y de John Cristie.

En el espacio de seis meses envenenó a cuatro mujeres. Nunca estuvo presente en los momentos de la agonía de sus víctimas. Le bastaba con imaginarse sus horribles sufrimientos, desde aquella primera sensación de angustia, preludio de la asfixia y los vómitos -cuando la estricnina dejaba sentir todos sus efectos  hasta las contracciones espasmódicas de los músculos que desgarraban el cuerpo para convertirlo en una mole pesada, apoyada sobre la cabeza y los pies, con la columna vertebral tensa, rígida como un arco. La agonía duraba siempre varias horas y las desdichadas mujeres aullaban de dolor en pleno uso de sus facultades mentales, aferrándose frenéticamente a una vida que se les escapaba irremisiblemente.

En el tiempo en que frecuentaba la compañía de las prostitutas de Lambeth, el doctor Cream contaba cuarenta y dos años y no era precisamente un principiante en lo que se refería a mujeres, veneno y crímenes.

No es ciertamente mucho lo que se conoce de su primera juventud. Se sabe que nació en Glasgow y que era el mayor de siete hermanos. La familia emigró al Canadá cuando Thomas era todavía un niño. Su padre tomó la dirección de una compañía naviera y, más tarde, se estableció por su cuenta, llegando a ser un importante y respetado comerciante de maderas.

A los veintidós años Thomas Neill Cream ingresó en la universidad de Montreal como estudiante de medicina. Sus padres le proveían generosamente de dinero, y el joven estudiante llevaba una vida mundana y lujosa. Tenía su coche propio de caballos, se vestía en los mejores sastres y poseía un abundante surtido de anillos y joyas. Contra lo que podría pensarse de semejante estudiante, Cream no descuidaba sus estudios. Escribió una tesis sobre el cloroformo, que mereció encendidos elogios, y se licenció con mención honorífica.

A pesar de la liberalidad de sus padres, Cream había gastado más dinero del que podía y, en consecuencia, antes de abandonar Montreal tuvo que hacer frente a una serie de deudas que había contraído.

Para ello se sirvió de una estafa. Teniendo en cuenta su futuro historial, no cabe aquí la excusa de que se trató de una calaverada de la juventud. Era su natural disposición para el crimen que afloraba a la superficie tan pronto como se producían las primeras dificultades en su vida. Contrató una póliza de seguro contra incendios, por un importe de mil dólares, y dos semanas después provocó un pequeño incendio en su casa. La compañía de seguros sospecha desde el primer momento de que el incendio ha sido provocado por el propio Cream y, en consecuencia, se niega a pagar. Éste ha valorado los daños en 978’40 dólares, pero después de un largo forcejeo con la compañía aseguradora habrá de conformarse con 350 dólares.

Más tarde da un segundo paso, más radical que el primero, fijando así definitivamente la orientación criminal de su vida. Tiempo atrás había conocido a una joven llamada Flora Brooks, hija de un acaudalado hotelero de la ciudad. De acuerdo con los principios morales de la época Thomas y Flora rezaban oficialmente como prometidos, pues habían sido vistos juntos con reiterada frecuencia. Si bien la señorita Flora iba siempre acompañada de una señora de compañía, como correspondía a su condición social, parece ser que el astuto estudiante logró esquivar su vigilancia en alguna ocasión.

En contra de lo que él mismo había acordado, Cream no se presentó a la ceremonia en que tenía que pedir oficialmente la mano de la señorita Flora Brooks. Ésta enfermó súbitamente, aquejada de una extraña y elevada fiebre. El médico de la familia, llamado con toda urgencia aquella misma noche, se ve en la obligación moral de informar a los padres de que a su hija le ha sido practicada una operación de aborto. El padre de Flora amenaza de muerte a Cream, quien ahora se verá forzado a casarse con la joven.

Se celebró la boda, pero ya al día siguiente Cream hizo las maletas y dijo a su suegro que marchaba a Inglaterra para completar sus estudios de medicina. A su esposa, que murió poco tiempo después, no la volvería a ver.

Cream contaba veintiséis años cuando volvió a Inglaterra. Una fotografía de la época nos lo muestra como hombre joven y apuesto, vestido elegantemente, de acuerdo con la moda de aquel tiempo; rasgos característicos son las cejas, densamente pobladas; la frente ancha y despejada, y la barba cuidadosamente estilizada, enmarcando unas mejillas voluminosas y redondas, Lo único que llama la atención en aquel rostro de facciones convencionales y equilibradas es la mirada penetrante de los ojos profundamente hundidos en sus cavernas.

El hospital de Santo Tomás era a finales del siglo pasado el más célebre de Londres. Estaba situado a la orilla del Támesis frente a los palacios reales y las bellas e imponentes calles se extendían a la otra parte del río. Esta servía de radical línea divisoria entre la suntuosidad y la miseria, entre la opulencia y el hambre, entre el elegante y distinguido Westminster, con sus barrios residenciales, y el bajo Lambeth con sus antros y tugurios. De un lado se veían numerosos palacios, rodeados de bellos y bien cuidados prados y jardines, y coches lujosos, tirados por troncos de soberbios caballos. La burguesía competía con la aristocracia. Se bebía, se comía y se dialogaba discretamente en la sobremesa. Los muebles, ricamente tapizados, lucían borlas y flecos de vistosos colores. En las iglesias las damas elegantes de aquella ciudad dejaban caer sonoramente con gesto displicente en la bandeja de las limosnas áureos soberanos que sus esposos habían ganado o heredado. Inglaterra era en aquel tiempo la nación más rica de la tierra.

Pero Londres tenía dos caras. Del otro lado del río, donde se levantaba el hospital de Santo Tomás, comenzaban las callejuelas sucias, cubiertas de imnundicias, que se entrecruzaban como una densa y oscura red. Aquí vivían obreros y malhechores ocasionales, pequeños industriales, prostitutas, rufianes y la gente caminaba descalza o con chanclos de madera; era sucio, inmundo y miserable. Cada tres o cuatro casas había una taberna, donde el vaso de aguardiente costaba solamente un penique. A veces se veían incluso niños, completamente borrachos, tendidos en el suelo.

En este barrio miserable, concretamente en Lambeth Palace Road -elegida más tarde para sus siniestros paseos nocturnos- encontró Cream hospedaje. Le quedaba cerca del hospital donde se había inscrito en los cursos de obstetricia y cirujano. No era muy apreciado por sus compañeros, quienes le consideraban como un provinciano charlatán y pertinaz presuntuoso de galantes aventuras.

Poco a poco Cream empezó a frecuentar tabernas y tugurios, entablando amistad con numerosas prostitutas. Asistía con bastante frecuencia a conciertos, pues era un enamorado de la música, al mismo tiempo que mostraba total despreocupación por su trabajo en el hospital. En la primavera de 1877 tuvo su primer examen, siendo suspendido en Anatomía y Fisiología.

En vista de este primer fracaso, Cream decide marchar a Edimburgo. La Facultad de Medicina de la capital escocesa era por aquel entonces tanto o más exigente que la de Londres. Sin embargo, parece ser que Cream puso allí más interés en sus estudios pues un año después obtuvo su diploma extendido por el Royal College of Physicians and Surgeons. Se trataba de un documento de gran importancia, en el que implícitamente se certificaba que el titulado estaba al corriente de los últimos adelantos en medicina y cirugía.

El doctor Cream con su flamante título en el bolsillo embarca para el Canadá, convencido de que allí podrá labrarse un brillante porvenir. Evita intencionadamente las ciudades de Quebec y Montreal, donde es sobradamente conocido, y va a instalarse a una modesta localidad llamada London, en la provincia de Ontario. Su porte orgulloso y su desmedida afición a contar historietas de mal gusto encontrarán pronto la repulsa de la pequeña localidad, si bien se le reconocen su capacidad y conocimientos profesionales.

Muy probablemente todo hubiera ido sobre ruedas para el doctor Cream si cierto día no se hubiera encontrado el cadáver de una linda joven en el lavabo que había en el patio posterior de su casa. La muchacha se llamaba Kate Rutchinson-Gardener y trabajaba como camarera en un hotel de la localidad. Su rostro aparecía abrasado, especialmente alrededor de los labios y del mentón, por un ácido corrosivo. Más tarde, la autopsia reveló que había muerto por envenenamiento con cloroformo.

En el curso de la indagatoria policial se supo que era conocida del doctor Cream, a quien había visitado últimamente para pedir que le practicara una operación de aborto. El interesado no desmiente este último extremo, pero al mismo tiempo insiste en que no ha practicado intervención quirúrgica alguna. Dice asimismo que no tiene la menor idea acerca de cómo la muchacha pudo conseguir el cloroformo y por qué se había refugiado en aquel lugar.

Pero Cream no se limita a defenderse, sino que inmediatamente pasa a la ofensiva acusando a un conocido y acaudalado comerciante de la localidad de haber sido el causante del embarazo de la joven, así como de haber impulsado a ésta al suicidio. Crece el escándalo cuando el comerciante declara no haber conocido a la joven y, por lo tanto, no haber tenido ninguna clase de relaciones con ella. El comerciante declara asimismo que, desde que se encontró el cadáver de la joven, ha venido recibiendo constantemente cartas amenazadoras del doctor Cream en las que éste trataba de coaccionarle para sacarle dinero.

Los médicos, requeridos por las autoridades locales para examinar el cadáver, dictaminan unánimemente que no hubo suicidio. Las quemaduras en el rostro demuestran que Kate Hutchinson-Gardener fue muerta violentamente por mano desconocida. En consecuencia el veredicto médico definitivo rezará: muerte por envenenamiento con cloroformo, producida por persona o personas desconocidas.

Si bien es cierto que en esta ocasión no se acusó oficialmente al doctor Cream, nadie tuvo la menor duda de su culpabilidad. Su carrera en aquella pequeña localidad había quedado definitivamente arruinada. En vista de las circunstancias decide marcharse para aparecer al cabo de algún tiempo en Chicago.

Aquí nadie le conoce; nadie sabe de su pasado; nadie está enterado de que el doctor Cream ha publicado un tratado sobre el empleo del cloroformo ni de que en una pequeña localidad de la provincia de Ontario, donde él había residido, había muerto una joven, conocida suya, precisamente con este narcótico.

La gran ciudad, con su variedad de diversiones, ofrecía mayores alicientes que la pequeña localidad de la provincia de Ontario. Sin embargo aquí la competencia profesional es mucho más dura y no resulta fácil encontrar pacientes cada día. En estas circunstancias, el doctor Cream trata de abrirse camino trabajando en su especialidad y pronto será del dominio de colegas y vecinos que el doctor Cream vive casi exclusivamente de operaciones quirúrgicas prohibidas.

El día 23 de agosto de 1880 es detenido bajo la acusación de haber provocado un aborto a una jovencita llamada Julia Faulkner, en el curso del cual ésta encontró la muerte. El cadáver fue hallado en la cabaña de una mujer de raza negra, la cual no se atrevió a declarar contra él, por lo que fue puesto en libertad por falta de pruebas.

En diciembre del mismo año muere una señorita, llamada Stack, después de haber ingerido un medicamento que le había prescrito el doctor Cream. La muerte de la señorita Stack es considerada, pese a su temprana edad, como completamente natura. Pero también en esta ocasión se repetirá lo ocurrido anteriormente en London, de Ontario, con ocasión de la muerte de Kate Hutchinson-Gardener, y que, según se irá comprobando, constituirá, con ligeras variaciones, constante característica en todo el modo de hacer y actuar del doctor Cream. Este toma papel y pluma y acusa al farmacéutico de haber causado la muerte a la paciente por haberle entregado una dosis excesiva del medicamento prescrito. Resulta curioso observar cómo todos los envenenamientos, llevados a cabo por él mismo, irán seguidos de misivas coactivas. Ellas constituían el distintivo y, a la postre, la prueba delatora. Cabe pensar que de no haber tenido esta manía nunca hubiera sido descubierto y hubiera pasado a la historia como una siniestra figura sin rostro y sin nombre, lo mismo que Jack el Destripador.

El farmacéutico que había preparado el medicamento para la señorita Stack no prestó mayor atención a la carta del doctor Cream y el asunto pareció quedar olvidado por algún tiempo.

A principios del año 1881 Cream comenzó a insertar anuncios recomendando un medicamento de su creación para combatir los ataques epilépticos.

En Garden Prairie, cerca de Chicago, vivía un ferroviario de sesenta y un años de edad, llamado Daniel Scott, que padecía tales trastornos. Fue al consultorio del doctor Cream, acompañado de su esposa, mujer atractiva y fogosa, que acababa de cumplir treinta años. La pasión surgió a la primera entrevista. Días más tarde, Julia -que así se llamaba la mujer del ferroviario- visitó sola al doctor, con quien llevó a cabo lo que más tarde sería declarado por el fiscal como una grosera ruptura de la fidelidad conyugal. A partir de aquel día Julia asistía regularmente al consultorio con el pretexto de recoger píldoras para su marido. Comoquiera que éste no abrigaba la menor sospecha y, por lo tanto, no constituía obstáculo para sus relaciones, el idilio hubiera durado sin duda largo tiempo. Pero la verdad es que tuvo un trágico e imprevisto final.

Aquella primavera, precisamente cuando se encontraba en el cenit de su pasión amorosa, Cream tenía serias dificultades económicas. Se quejaba constantemente de que los pocos clientes que tenía pagaban poco y mal o no pagaban nunca. Uno de estos clientes morosos en pagar era el guarnicionero Joseph Martin, de quien Cream pretendía cobrar veinte dólares que, según él, le adeudaba. Martin juraba y perjuraba que ya se los había pagado. Entonces el doctor escribió a Martin varias tarjetas llenas de expresiones obscenas y de amenazas, afirmando que él -Martin- había contagiado a su esposa y a sus hijos con una maligna enfermedad venérea, que, en caso de que insistiera en no pagarle, daría a conocer.

Martin, en lugar de pagar, fue a la policía.

El uso de los servicios de correos para fines ilícitos podía ser castigado con multas de hasta 500 dólares o con diez años de cárcel. El envío de tarjetas postales con expresiones obscenas y amenazas graves caía de lleno dentro de los casos previstos por la ley.

En consecuencia se abrió proceso contra Cream, fijándose la vista de la causa para el día 19 de julio. Se acercaba la fecha del juicio y la situación de Cream se hacía cada vez más angustiosa. Entonces aconsejó a su amante que concertar un seguro de vida para su esposo.

El día 14 de julio Daniel Scott ingirió un medicamento, y veinte minutos más tarde moría entre horribles espasmos y convulsiones. Como padecía ataques epilépticos, todo el mundo suponía que moriría en uno de estos ataques, por lo que, en consecuencia, su muerte no despertó la mínima sospecha. Su viuda y su hija, Anny, de diez años de edad, acompañadas por todos los vecinos, acompañaron al pobre Daniel al cementerio, donde fue enterrado dignamente. La hierba hubiera crecido plácidamente sobre su tumba si Cream no hubiera sucumbido una vez más a su inveterada manía de escribir cartas.

Comenzó enviando una al boticario. acusándole de haber causado la muerte a Scott por haberle suministrado una dosis excesiva de estricnina. Acto seguido le denunció ante el fiscal del Distrito, a quien intentó convencer de que Daniel Scott no había muerto de un ataque epiléptico, sino a causa de una dosis excesiva de estricnina que el farmacéutico había incluido equivocadamente en el medicamento que el doctor Cream le había dado. Al mismo tiempo escribió a su amante, Julia, sugiriéndole que le otorgara plenos poderes para proceder contra el farmacéutico al objeto de conseguir de él una indemnización por vía legal. Y finalmente escribió una carta al fiscal del Estado en la que pedía se procediera a la exhumación del cadáver para comprobar si, efectivamente, contenía estricnina.

Esta última petición fue atendida al momento y el fiscal del distrito ordenó la reapertura de la tumba. El estómago de Daniel Scott fue enviado, al laboratorio del doctor Walter Haines, en Chicago, para su análisis. Casualmente pudo encontrarse la botella que había contenido el medicamento.

Si bien las indagaciones en torno a su proceso se llevaban a cabo secretamente, su nombre apareció en los periódicos de Chicago el día 19 de junio, junto con la siguiente noticia:

«El doctor Cream que ya en anteriores ocasiones había comparecido ante los tribunales acusado de llevar a cabo abortos ilícitos, y que había sido absuelto por falta de pruebas, se ha enfrentado nuevamente con la Ley. En esta ocasión se le acusa de haber enviado a uno de sus pacientes diversas tarjetas postales con expresiones insultantes y obscenas. Después de breves declaraciones por parte de los testigos la causa quedó aplazada hasta pasado mañana. El doctor Cream ha quedado en libertad provisional bajo fianza de mil doscientos dólares.»

La situación económica del doctor era insostenible. Una semana antes había tenido que pedir prestados 25 centavos a un vecino. No obstante, depositó los mil doscientos dólares, exigidos para la fianza, después de haber convencido a una señora llamada May McCIellan, de que aquel importe le sería devuelto a los tres días. Todo había sido un fraude. Cream no acudió a la vista de la causa y la fianza se perdió. El inculpado había optado por la fuga.

Más tarde, al ser detenido, asegurará que el motivo de su huida había sido exclusivamente el proceso por las postales y en ningún caso las indagaciones llevadas a cabo por la policía, también en aquellos momentos, en torno a la muerte de Daniel Scott.

La indagatoria en el caso Scott había prosperado con gran rapidez. En el estómago del muerto se había encontrado una cantidad de estricnina capaz para causar la muerte a varias personas.

Mientras tanto, Cream había huido al Canadá, pasando durante algunos días de una ciudad a otra, pero la orden de detención había ido más rápida que él y el día 27 de junio fue detenido en Belle River. A. Janies, sheriff de Boone County, lo condujo esposado hasta Belvidem. Cream y su amante fueron acusados oficialmente de asesinato.

El día 18 de septiembre comenzó la vista de la causa. La acusación estaba basada en indicios y, en consecuencia, las pruebas no ofrecían gran consistencia. La única prueba irrefutable se basaba en el hecho de que sólo el autor mismo podía saber que la víctima había sucumbido a causa de una dosis excesiva de estricnina. Todas las demás pruebas recogidas por el fiscal -dificultades económicas, posibles celos, conocimientos farmacológicos y ocasión para mezclar el veneno con el medicamento-, si bien hablaban de la culpabilidad del acusado, eran sólo indicios, no pruebas concluyentes. Tampoco se pudo demostrar si Julia Scott había intervenido directamente o sólo como cómplice en el asesinato de su esposo.

El corresponsal del periódico Chicago Tribune, que había calificado el proceso «como el más sensacional que ha tenido lugar en nuestro país hasta hoy en día», se limitaba a ofrecer una crónica sorprendentemente escueta y fría, si la comparamos con las que nos ofrecen los periódicos de ahora.

Belvidere, Illinois, 20 de septiembre de 1881

Con fecha de ayer se inició la vista de la causa por asesinato en la persona de Daniel Scott, residente en vida en Garden Prairie.

El doctor Cream es defendido por D.W.Munn, de Chicago. Los fiscales R.W. Coon, el senador Fuller y A. Coon representan a la acusación. A las tres de la tarde quedaron elegidos los miembros del jurado y, a continuación, el fiscal R.W. Coon, que abría la sesión, inició su intervención, acusando al doctor Cream en los siguientes puntos:

El doctor Cream había sido el médico de Daniel Scott; la señora Julia Scott había acudido con frecuencia al consultorio del doctor Cream con el pretexto de recoger medicinas para su esposo; dicha señora Scott había sostenido relaciones íntimas con el doctor Cream, con cuya colaboración había roto la fidelidad debida a su esposa; la misma señora Scott había visitado el consultorio del doctor Cream el día 11 de junio de 1881 con objeto de recoger un medicamento para su esposo; con este motivo el doctor Cream le entregó una receta y le encargó de manera explícita que se dirigiera a la farmacia Buck & Rayner para que allí se la prepararan; la señora Scott así lo hizo, volviendo luego con la medicina a casa del doctor Cream, quien, en presencia de la señora Scott y aprovechando un momento en que creyó no ser observado, vertió en ella unos polvos blancos; la señora Scott y el doctor Cream permanecieron luego en el consultorio hasta la hora de tomar el tren de las 10.15; el doctor Cream acompañó entonces a la señora Scott hasta la estación; ella regresó a su casa de Garden Prairie y dio el medicamento a su esposo; el día 14 de junio muere Daniel Scott, esposo de Julia, minutos después de haber ingerido el medicamento recetado por el doctor Cream; después del entierro, el doctor Cream escribe al fiscal de Boone County, informándole de que Daniel Scott había muerto envenenado con estricnina.

El fiscal R. W. Coon continúa su discurso dando cuenta del resultado de las investigaciones llevadas a cabo hasta el momento a través de las cuales se había podido comprobar los siguientes extremos: un perro, al cual se había dado una pequeña del mismo medicamento, había muerto a los quince minutos, el estómago del fallecido Daniel Scott, así como la botella del medicamento, habían sido analizados por el profesor Haines, del Rush Medical College de Chicago; en ellos se había encontrado tal cantidad de estricnina que no podía caber la menor duda acerca del propósito criminal; el doctor Cream se encontraba en aquellos momentos en graves dificultades económicas y había llegado incluso a pedir a la señora Scott que le concediera poderes para proceder contra el farmacéutico. En los días que siguieron a la apertura del juicio hubo un desfile de testigos, comenzado por el sheriff que detuvo a Cream, pasando por el doctor Haines y terminando con el farmacéutico que había preparado el medicamento.

Entonces le tocó el turno a Julia Scott. Su presencia y sus declaraciones constituyeron la gran sensación del proceso. Avanzó bella y distinguida, vestida de negro y cubriendo el rostro con un velo de viuda. Interrogada por los tres fiscales y luego por el abogado defensor del doctor Cream, Julia Scott formuló su declaración sin perder la serenidad ni un solo instante y sin contradecirse, en ninguna de sus afirmaciones, al duro asedio a que fue sometida durante el interrogatorio.

«Julia Scott -escribiría luego el corresponsal de Chicago Tribune- es una delicada aparición, atractiva, de treinta y cuatro años de edad, aunque todo el mundo la creerá bastante más joven,.»

Declaró que, efectivamente, había recibido la receta de Cream que por encargo explícito de éste fue a la farmacia Buck & Ravner para que se la prepararan. Dijo asimismo haber visto con sus propios ojos cómo el doctor Cream vertía unos polvos blancos en el frasco del medicamento que ella había traído de la farmacia. Terminó su declaración diciendo que su marido había muerto el día 14 de julio, aproximadamente veinte minutos después de haber ingerido el medicamento prescrito por el doctor Cream. Describió la agonía de su esposo como una horrible lucha en medio de torturadoras y angustiosas convulsiones, y confesó haber sido la amante del doctor Cream desde la primera vez que le visitó sola.

Merced a estas declaraciones, Julia Scott se había convertido en la testigo de cargo más importante del proceso.

Diversas personas que habían visto a la Señora Scott en compañía del doctor Cream confirmaron la existencia de un idilio amoroso entre ambos. Asimismo la hija de la señora Scott, Anny, de diez años de edad, afirmó:

-El doctor Cream me ha dicho que quiere mucho a mi mamá y que desearía tenerla para él solo.

Más tarde, en las largas horas de soledad en la cárcel, Cream hablará con nostalgia de las bellas horas pasadas en compañía de Julia Scott.

Un importante testigo de cargo fue la Señora Mary que había entregado a Cream los mil doscientos dólares para la fianza. En su declaración dijo:

-El día en que murió Daniel Scott, o sea, el 14 de junio, el doctor Cream estuvo por la tarde en mi casa. Me dijo que tarde o temprano llegaría la noticia de la muerte de Daniel Scott. Entonces le pregunté qué quería decir con aquellas palabras, a lo cual me respondió que él estaba seguro de que Daniel Scott moriría envenenado.

Cream escuchó con gesto imperturbable a todos y cada uno de los testigos de la acusación. Luego, como primer testigo de la defensa, tomó la palabra.

Informaciones de los periódicos de la época nos describen al acusado que contaba entonces treinta y un años, como «hombre alto y corpulento, con aspecto de persona cultivada e inteligente, su aspecto exterior se veía un tanto afectado por el estrabismo nerviosos que padecían sus ojos.»

Con voz reposada y segura, sin dar rodeos, bizqueando sólo en algún momento de excitación, el doctor Cream, declaró:

«El día 18 de junio hube de comparecer ante el Tribunal simplemente por haber amenazado a un cliente mío de que lo iba a denunciar. Aquel mismo día fui puesto en libertad bajo fianza de mil doscientos dólares. Antes de que tuviera lugar la vista de la causa me marché al Canadá.

»Conocía muy bien a Daniel Scott, a quien había tratado por espacio de cinco a seis meses de ataques epilépticos. El día 11 de junio entregué en mi consultorio a la señora Scott una receta para su esposo. No es cierto que yo hubiera dicho a la señora Scott a qué farmacia debía ir para que le fuera despachada la receta, como tampoco es cierto que yo hubiera tenido en mis manos la botella conteniendo el medicamento, una vez que ella lo hubo recogido en la farmacia. Cierto es tan sólo que el señor Scott había mejorado sensiblemente bajo mis cuidados. Por eso al enterarme de su muerte en seguida me asaltó una sospecha.

Cream continúa:

«Mi sospecha iba dirigida contra la señora Scott a quien suponía autora del envenenamiento de su marido. Hablaban en favor de esta hipótesis los siguientes hechos: tiempo atrás la señora Scott me había pedido una receta de estricnina. Me declaró que quería dársela a su marido para terminar con él; no se me notificó la muerte del señor Scott hasta días después de su entierro; la señora Scott se había expresado en diversas ocasiones con palabras insultantes y amenazadoras para su esposo. Éstos son los motivos que tuve para pensar que había habido un asesinato y por eso escribí inmediatamente al fiscal de Boone County recomendándole ordenara la exhumación del cadáver. Nunca tuve relaciones íntimas con la señora Scott y jamás llevé a cabo acto alguno que supusiera un quebrantamiento de la fidelidad conyugal.»

El abogado defensor, señor Munn, expone en su discurso que, efectivamente, ha habido asesinato pero que desgraciadamente se había acusado a una persona que nada tenía que ver con el crimen.

El día 23 de septiembre el Jurado dio a conocer su veredicto de culpabilidad, pero entendiendo que se había tratado de un asesinato de segundo grado. Cream había escapado a la pena capital y era condenado a cadena perpetua.

Un Periódico de la época describe los últimos incidentes del proceso en los siguientes términos:

«El acusado escuchó la sentencia con aire reposado y tranquilo. Será trasladado al presidio de Joliet, donde cumplirá su condena. Julia Scott, amante del doctor Cream y viuda del asesinado, continúa en prisión, por cuanto la vista de la causa contra ella, por complicidad en la muerte de su esposo, no tendrá lugar hasta la próxima sesión de los tribunales.»

Pero lo cierto es que Julia Scott no volverá a comparecer ante los Tribunales. Poco tiempo después del proceso fue puesta en libertad y desapareció discretamente. Ella, que había sido el principal testigo de cargo, había comprado su libertad con sus declaraciones.

Si bien es cierto que Julia Scott intervino en la conspiración del delito, no cabe la menor duda de que el doctor Cream era el verdadero culpable y de que, en consecuencia, fue condenado con toda justicia, Aquel asesinato llevaba la impronta de sus manos, hasta en los más pequeños detalles. Se trataba de una técnica que él mismo había empleado en anteriores ocasiones y que, desgraciadamente, aún tendría oportunidad de volver a emplear en el futuro con harta frecuencia.

El día primero de noviembre de 1881 es trasladado al presidio de Joliet, donde, de acuerdo con la sentencia, deberá permanecer el resto de su vida. El doctor Thomas Neill Cream se había convertido en el recluso número 4.374.

Voces autorizadas sostienen que un recluso puede organizar de nuevo su vida después de haber cumplido una condena de un máximo de seis a siete años, pero que toda pena de mayor duración hace a estos hombres totalmente ineptos para vivir en sociedad.

Cream llevaba ya seis años y medio en prisión, habiendo alcanzado por lo tanto el punto crítico, cuando ocurrió un acontecimiento totalmente inesperado que le dio nuevos impulsos y energías para luchar por su libertad. Su padre había muerto, dejándole una herencia de dieciséis mil dólares.

A partir de este momento Cream pondrá en movimiento todos los resortes de que dispone para conseguir un indulto. Desde su celda comenzó una ininterrumpida batalla contra “la injusta sentencia” del Tribunal. De sus manos empezaron a salir torrentes de cartas para todo el mundo. Incluso encargó a la célebre agencia de detectives, “Pinkerton”, la misión de averiguar el paradero de Julia Scott, pues quería convencerla para que se retractara de sus acusaciones. Pero ni aún la célebre agencia “Pinkerton” pudo encontrar a Julia Scott de la que no se había vuelto a saber desde el día de su partida.

No obstante, le fue posible a Cream conseguir su objetivo, aún sin contar con su apoyo.

Ya en su día, al no recaer sobre él la pena de muerte, se dijo que influyentes personalidades habían intervenido en su favor. Ahora se decía que aquellas mismas personalidades habían intervenido nuevamente, por razones de prestigio, para conseguir su indulto.

Sea como fuere, lo cierto es que la sentencia de cadena perpetua, dictada en junio de 1881, fue rebajada a una pena de 17 años de prisión. De este modo a Cream le quedaban ahora solamente siete años y medio de condena, pero cuatro semanas más tarde fue puesto en libertad gracias a la declaración oficial extendida en atención a su buen comportamiento.

La forma sorprendente y rápida en que a un tiempo se le abrieron todas las puertas del presidio de Joliet para el recluso 4.374 obligan a pensar que tal vez el dinero jugó en ello una baza importante.

Thomas Neill Cream abandonó el presidio y se trasladó inmediatamente a Quebec.

Allí vivían sus hermanos quienes no le habían vuelto a ver desde antes de su condena. A ellos les sorprendía el comportamiento extraño de Thomas, que ahora parecía tomar caracteres alarmantes. Se recreaba contando historias fantásticas y pasaba verticalmente de estados de euforia a otros de honda depresión de ánimo. Sus hermanos empezaron a preguntarse si no tendría perturbadas sus facultades mentales.

Se sabe que Cream era ya entonces morfinómano. También tomaba opio y otras drogas. Lo que no se ha podido precisar es cuándo empezó a ingerir estupefacientes.

Los hermanos, deseosos de quitarse aquel molesto huésped de delante, le entregaron parte de su herencia y le aconsejaron que volviera a Inglaterra y que allí se preocupara de su salud.

Cream se encuentra de nuevo en Inglaterra. Ahora con dinero abundante. Ciertamente había en Inglaterra cantidad de balnearios cuyo benigno clima y tranquilo ambiente hubieran proporcionado alivio a su quebrantada salud. Pero sus impulsos le guiaban por otros derroteros y no precisamente de reposo. Nada significaban para él los manantiales de Bath, la armonía del paisaje de Brightan y la belleza de Torquay. Cream volvía a los barrios miserables de Londres, donde se había propuesto vivir y disfrutar.

Se hospedó en un hotel de la Flect Street, inscribiéndose en el registro de viajeros como Thomas Neill, doctor en medicina. En el futuro este será su nombre definitivo y el que usará generalmente, menos en sus andanzas nocturnas, durante las cuales se hará llamar escuetamente Fred.

El misma día de su llegada cruzó el puente sobre el Támesis dirigiéndose a Lambeth. Las casas se hablan vuelto más ruinosas, sólo la suciedad parecía ser la misma. Al igual que antaño había una taberna en cada esquina y, junto a ella, la inevitable tienda de un prestamista con las tres bolas doradas, colgadas sobre la puerta.

Un par de sórdidos teatruchos de «varietés» habían abierto sus puertas. Los nombres de las artistas aparecían escritos en colores chillones en grandes carteles, colocados en la fachada. Del interior de tabernas y tugurios se escapaba una música carraspeante mientras las viejas se solazaban ante un buen vaso de ginebra. No había noche sin riñas y sangrientas refriegas dirimidas a puñetazos y a cuchilladas. Pero esto parecía no molestar a nadie, se consideraba como propio del ambiente y del lugar, exactamente igual que la basura que cubría el suelo y la densa niebla que ascendía del río. Allí estaban las prostitutas montando guardia, cada una en su sitio, y moviendo provocativamente las caderas.

Cream marchó con una de ellas, llamada Elisabeth Masters, que vivía en Hércules Road. Más tarde la invitó a visitar el salón de «varietés», «Gatti». En el bar se les unió Elisabeth May, compañera de habitación y de oficio de aquélla, y los tres estuvieron bebiendo varias copas. Cream les explicó que, años atrás, cuando terminó sus estudios de medicina, había trabajado en el hospital de Santo Tomás y que si ahora había vuelto a Londres había sido para hacer valer sus derechos sobre unas propiedades en litigio. Al despedirse les prometió que volvería tan pronto como estuviera definitivamente aposentado.

Al día siguiente, 6 de octubre, Cream alquiló una habitación ventana a la calle en casa de una tal señora Sleaper. La casa ocupaba el número 103 de la Lambeth Palace Road. Era, pues, la misma calle en que vivió en sus tiempos de estudiante. El día 12 de octubre Cream se dirigió a una farmacia en Parliament Street diciendo al dependiente, John Kirby, que trabajaba como médico en el Hospital de Santo Tomás y que deseaba comprar una buena cantidad de nux vomica. Por tratarse un medicamento con abundante contenido de estricnina extendió la correspondiente receta, firmándola y anotando su dirección.

Hasta en el propio Lambeth, donde las muchachas no podían presumir precisamente de elegantes o de distinguidas sino que iban pobremente vestidas, Nellie Donworthl, de 19 años de edad, estaba considerada como un miserable pingajo humano. Y de acuerdo con su aspecto y persona era la clientela. Nunca cobró de un hombre más de un chelín e, incluso, cuando empezaba a escasear la demanda, se veía obligada a rebajar la tarifa. Acostumbraba a merodear por delante de las tabernas pero nunca quiso a un borracho como cliente.

Pero también para ella, que parecía no haber tenido suerte en toda su vida, llegó la gran oportunidad. Una noche del mes de octubre se dirigió a ella un caballero. Era un auténtico gentleman pues iba vestido de frac, con una elegante capa negra sobre los hombros y el sombrero de copa de seda brillante en la cabeza. Salió de entre la niebla, la estuvo contemplando unos momentos y luego le preguntó su nombre y dirección.

Un pretendiente como jamás podría haber soñado. Todo un caballero… pero con muchas prisas. Antes de marcharse se había anotado su dirección y luego se quitó el sombrero al despedirse. No importaba gran cosa que fuera calvo y que bizqueara un poco. Llevaba gafas esmeriladas. En su espeso bigote parecía como si la niebla hubiera formado diminutas y brillantes perlas. Su cara era muy pálida.

Había surgido de entre la niebla como una sombra y como una sombra desapareció.

Al día siguiente Nellie Donworth le contaba maravillada a la mujer de la limpieza, Annie Clemens, su amiga y confidente:

-Se sacó el sombrero para saludarme. Me dijo que en aquel momento no disponía de más tiempo, pero me prometió que me escribiría.

-No te hagas muchas ilusiones. Seguro que no aparece más por aquí. Sin duda que te quiso gastar una broma -le contesta su interlocutora.

Pero Annie Clemens se equivocaba en sus pronósticos porque Nellie Donworth recibió una carta en la que el caballero la citaba para el día 13 de octubre frente al Hotel York, en Waterloo Road, y le pedía al mismo tiempo que llevara la carta «como prueba de su identidad». Naturalmente Nellie Donworth -o Nellie Linnell, como otras veces hacía llamarse- acudió puntualmente a la cita, no sin antes haberle leído la carta a su incrédula amiga.

En Waterloo Road, y poco antes de las siete, encontró casualmente a una amiga, llamada Cosntance Linfield, a quien contó igualmente que estaba citada con un caballero frente al Hotel York. La Linfield la acompañó durante un tramo de calle y pudo ver como Nellie era saludada por un caballero alto, de espaldas anchas, que bizqueaba un poco.

Más tarde Nellie fue vista por el portero James Styles. Hallándose éste frente a una taberna, hacia las ocho de la noche, observó cómo en la acera de enfrente una mujer joven se apoyaba pesadamente contra el muro y luego caía desplomada al suelo. Rápidamente corrió hasta ella y la ayudó a levantarse. Todo su cuerpo temblaba y su rostro se contraía haciendo horribles muecas de dolor, pero pudo murmurar su dirección y el portero, ayudado por un transeúnte, la llevó a su casa.

Apenas su patrona, ayudada por algunas vecinas, la había acostado, se volvieron a repetir los dolores y la muchacha comenzó a gritar desgarradoramente. Su cuerpo se iba poniendo rígido mientras que la columna vertebral se curvaba como un arco. Fueron necesarias varias personas para mantenerla sujeta.

En un momento de reposo entre los ataques pudo balbucear: -El caballero del sombrero de copa me dio de beber dos veces de una botella que llevaba consigo.

Se llamó a un médico y se avisó a la policía. El inspector Harvey y el doctor Johnstone, del South London Medical Institute, llegaron casi al mismo tiempo. El médico diagnosticó envenenamiento con estricnina. En vano intentaron los dos conseguir de la desgraciada el nombre del criminal. Entre horribles dolores y convulsiones no acertaba sino a balbucear:

-Es un tipo bizco.

Nada quedaba ya del caballero, del gentleman que la había cortejado. Todo había terminado. La pobre Nellie Donworth, alias Nellie Linnell, había muerto al ser trasladada al hospital.

En Londres sobrevino entonces una ola de pánico. Hacía apenas tres años que Jack el Destripador había aterrorizado a los habitantes de East End. ¿Habría surgido un nuevo monstruo?

Los periódicos publicaron con enormes titulares relatos de lo que dieron en llamar «El misterio de Lambeth». De Nellie Donworth se dijo que había sido una infeliz, no tanto por su horrible muerte cuanto por su indigna profesión.

Para Scotland Yard esta muerte constituía un misterio. El laboratorio había comprobado la presencia de una fuerte dosis de estricnina, mezclada con morfina. La moribunda había descrito al asesino como «un caballero con sombrero de copa». También se contaba con la declaración de la mujer de la limpieza, Annie Clemens, y con la de Cosntance Linfield, quien se presentó igualmente a declarar, pero aquello no bastaba para dar con el asesino.

No cabe duda de que se hubiera podido ampliar la investigación, interrogando a las prostitutas de Lambeth por si habían visto a un individuo que bizqueaba, visitando todas las farmacias en busca de alguien que hubiera adquirido estricnina en los últimos tiempos, pero la verdad era que para todo ello se hubiera necesitado más personal del que Scotland Yard disponía en aquellos momentos. Por otra parte se pensaba que muy probablemente había sido un acto de celos o de venganza pues se sabía que los asesinos maniáticos no se conforman con una sola muerte. en los días siguientes no ocurrió ningún caso parecido.

La teoría de Scotland Yard de que un asesino maniático nunca se conforma con una sola muerte era correcta. El único error había consistido en sentar como segunda premisa que a la muerte de Nellie Donworth no había seguido ningún otro crimen de igual naturaleza y características.

El día 20 de octubre, o sea, una semana después de la muerte de Nellie Donworth, fallecía la prostituta Matilde Clover entre horribles dolores y espasmos. En el certificado de defunción se podía leer: Delirium tremens. Más tarde se podrá demostrar que el verdadero causante de su muerte había sido un tal Fred, alias Thomas Neill Cream, doctor en medicina.

El martes, día seis de octubre, Cream había festejado su llegada Londres en compañía de su amiga Elisabeth Masters uniéndoseles luego Elisabeth May. Al despedirse prometió dar pronto noticias suyas y, efectivamente, el día 9 de octubre, Elisabeth Masters recibió una carta en la que Cream le comunicaba que pasaría por su casa entre las tres y las cinco de la tarde. Le rogaba que guardara la carta porque deseaba recuperarla. Elisabeth Masters mostró la carta a su amiga Elisabeth May y por la tarde se sentaron juntas a la ventana esperando la visita del galán.

De pronto vieron en la calle a una conocida de ellas, llamada Matilde Clover. Era una muchacha joven, alegre, de ojos castaños, que también se ganaba la vida en las aceras. Solía llegar a casa muy de madrugada, completamente borracha. Ahora, por la tarde, todavía estaba serena. Iba caminando por la acera con su cesta de la compra bajo el brazo. De cuando en cuando se volvía y sonreía a un caballero que la venía siguiendo.

Las dos amigas habían contemplado la escena y en un momento quedaron mudas de asombro. El caballero que seguía a Matilde era el mismo que había anunciado su visita para aquel mismo día a Elisabeth Masters. No cabía la menor duda. Era la misma persona. Iba caminando con su sombrero de copa en la cabeza y la capa ondulando al viento. Las dos amigas bajaron rápidamente las escaleras y se lanzaron en su seguimiento.

Delante caminaba la Clover; detrás de ella, el doctor Cream y luego las dos amigas siguiéndole a una distancia prudencial. De este modo siguió la procesión a lo largo de Hércules Road hasta doblar la esquina de Lambeth Road. Cuando Matilde Clover se disponía a abrir la puerta de la casa número 27 de la misma calle, el caballero se dirigió a ella, luego hablaron unos instantes y juntos entraron en la casa. Las dos amigas guardaron a la puerta por espacio de una media hora, hasta que finalmente, viendo que el caballero no volvía a salir, regresaron a casa.

Así es cómo terminó este incidente, al menos para Elisabeth Masters y para su amiga. Las dos guardaron el recuerdo del desaire. Al parecer, aquel caballero se había encontrado más a gusto en la Lambeth Road que en su casa de Hércules Road. No volvieron a saber nada más de él. Y un buen día Elisabeth Masters arrojó la carta con la postdata en la que el caballero expresaba su deseo de recuperarla.

Aquel 9 de octubre, cuando Cream pisó por primera vez la casa de Lambeth Road, todavía no se había procurado veneno. Y no lo consiguió hasta el día 12.

El día 15 de octubre, o sea, dos días después de la muerte de Nellie Donworth, Cream se presentó, nuevamente en la farmacia de Parliament Street para adquirir nuevamente nux vomica. Pidió asimismo un determinado número de cápsulas, ya usadas en América en aquel tiempo pero que en Inglaterra eran aún poco conocidas. En esta ocasión fue atendido por el propietario, señor Priest, quien le mostró los tipos de que disponía, pero el doctor los rechazó diciendo que eran demasiado grandes. Las deseaba más pequeñas, delgadas y que fueran fáciles de tragar. El farmacéutico encargó entonces una caja entera de cápsulas de aquellas características y se la entregó a aquel médico del Hospital de Santo Tomás.

Nellie Donworth había bebido un líquido blancuzco de una botella pero la estricnina que ingirió Matilde Clover el día 20 de octubre había sido preparada en una pequeña cápsula de aspecto inofensivo.

Matilde Clover vivía con su hijo natural, de dos años, como realquilada en casa de una señora, llamada Phillips, aunque en realidad era conocida por señora Vowles porque vivía con un cochero que así se llamaba. La familia se completaba con la sirvienta, Lucy Rose, de veintiún años de edad. No molestaba a nadie que Matilde trajera hombres a casa a cualquier hora del día o de la noche y tampoco que fuera una alcohólica empedernida. En Lambeth estos casos eran muy frecuentes. Matilde visitaba al doctor Graham para tratarse del alcoholismo. El día 19 de octubre fue por última vez a su consultorio. El doctor Graham le recetó entonces bromuro de calcio.

Mientras Matilde Clover había ido al médico, la criada de casa, Lucy Rose, limpió la habitación de aquélla y encontró sobre la mesa una carta que decía:

“Miss Clover, le ruego tenga la amabilidad de esperarme a las 7,30 de la tarde frente al teatro Canterbury Varieté. Por favor, venga usted serena. ¿Recuerda cuando le compré aquellos zapatos tan bonitos? Entonces estaba usted tan bebida que apenas podía hablar. Le ruego que traiga esta carta con su sobre.

Su Fred.”

Lucy Rose sabía que el niño de la Clover era hijo de un hombre llamado Fred. Pero éste nunca se hubiera dirigido a ella llamándola “Miss Clover”, y, además, hacía ya varias semanas que se habían peleado y separado. Pero el nombre de Fred y la alusión a los zapatitos, que ella misma había visto a Matilde, fueron detalles que más tarde le ayudaron a recordar el contenido íntegro de la carta. Ésta continuo durante todo el día siguiente sobre la mesa y sólo por la noche, cuando se marchó Matilde, desapareció de allí.

Lucy Rose era por naturaleza muy curiosa. Cuando una hora más tarde oyó rechinar la llave en la cerradura, corrió inmediatamente a abrir la puerta y, a la luz de la entrada, pudo ver perfectamente que el acompañante de Matilde en esta ocasión era «un caballero alto, ancho de espaldas, con sombrero de copa y elegante abrigo negro.»

El caballero entró con Matilde en la habitación, situada en el segundo piso. Al cabo de algún tiempo salió Matilde, según dijo a Lucy, para ir a comprar cerveza. La habitación de ésta estaba situada en el primer piso y entreabriendo ligeramente la puerta podía ver perfectamente todo lo que pasaba en la escalera. Lucy oyó como Matilde regresaba a su habitación y cómo, al cabo de algún tiempo, acompañaba al caballero hasta la puerta de la casa, diciéndole al despedirle, “buenas noches, Fred”. Acto seguido la Clover volvió a su habitación.

Pero no se quedó mucho tiempo en casa. Poco antes de las diez de la noche fue a la habitación de Lucy, que ya estaba acostumbrada, rogándole que tuviera cuidado de su niño si se despertaba. Ella tenía que salir un momento y estaría de vuelta antes de media hora. Matilde Clover regresó entre las once y once y media, pero, a juzgar por sus pasos vacilantes, completamente embriagada. Ésta había sido en cualquier caso la impresión que le había producido a la señora Vowles que la vio entrar en casa.

A las tres de la mañana la señora Vowles y Lucy Rose oyeron unos gritos desgarradores que, al parecer, procedían de la habitación de Matilde. Suben precipitadamente las escaleras y encuentran a Matilde tendida en el sentido del ancho de la cama, con la cabeza echada violentamente hacia atrás, de tal forma que le había quedado aprisionada entre la pared y el larguero de la cama. El cuerpo se levantaba, sacudido por violentos espasmos. Cuando éstos aminoraron la pobre se quejó de que le faltaba aire, de que no podía respirar porque tenía algo en la garganta que se lo impedía y luego dijo: «Ese Fred me ha envenenado; él me dio unas cápsulas con un medicamento. Las mujeres le obligaron a ingerir té y leche, pero lo devolvió todo y pronto volvieron las convulsiones. La señora Vowles, que había acudido en camisón de dormir se vistió rápidamente y corrió a avisar al doctor Graham, pero éste no quiso escucharla. Avisó luego a algunos otros médicos pero ninguno quiso venir a atender a la enferma, hasta que, finalmente, el doctor M’Carthy, de Westminster Bridge Road, consintió en enviar a su practicante.

El practicante, llamado Francis Coppin, llegó a las siete de la mañana a casa de la enferma. No era ningún licenciado en medicina, pero tenía algunos conocimientos de la materia. Durante su visita, la paciente tuvo un nuevo acceso con convulsiones, mientras el pulso se iba debilitando ostensiblemente. Las mujeres le informaron que Matilde Clover era una bebedora empedernida y el practicante sacó la conclusión de que las convulsiones eran debidas a un ataque de alcoholismo agudo. Prescribió una receta y se fue. Matilde Clover entró en la agonía y a las nueve de la mañana dejó de sufrir.

El doctor Graham -sin abandonar su consultorio- extendió inmediatamente el certificado de defunción. Como aquella mujer había estado en tratamiento por alcoholismo contumaz, él supuso entonces que había muerto durante un ataque de delirium tremens. Matilde Clover fue enterrada en la fosa común del cementerio de Tooting.

Las actas no dicen qué fue entonces de su hijito de dos años ni quién calzó entonces los bonitos zapatos que Fred le había comprado.

Entretanto, Cream no había permanecido ocioso. Al igual que en anteriores ocasiones, cuando la muerte de sus víctimas Kate Hutchinson-Gardener, la señorita Stack y Daniel Scott, también ahora comenzará una grotesca correspondencia.

Al día siguiente de la muerte de Matilde Clover el fiscal George Percival Wyatt, que había presidido la investigación en el caso Donworth, recibió una carta firmada por «A. O’Brian, detective.» En ella el pretendido detective le comunica que poseía pruebas concluyentes con las cuales podía demostrar quién era el asesino de Ellen Donwort, alias Nellie Linnell, y que las pondría a su disposición siempre que el Gobierno estuviera dispuesto a recompensar sus servicios con 300.000 libras esterlinas.

El fiscal consideró la carta como obra de algún loco pero la entregó a la policía, con lo que dio por concluido el asunto.

El día 6 de noviembre, el señor Frederick Smith, propietario de la importante firma “W. H. Smith & Son”, recibió la siguiente carta:

«Distinguido señor:

»El martes día 13 de octubre, por la mañana, fue envenenada con estricnina una muchacha llamada Ellen Donworth, que algunas veces también se hacía llamar Nellie Linnell, y que vivía en el número 8 de Duke Street. A su muerte se encontraron entre sus actos personales dos cartas, que demuestran la culpabilidad de usted y que, si fueran dadas a la publicidad, conducirían con toda seguridad a su condena. He incluido en la presente una copia de una de las cartas, que dicha muchacha recibió en la mañana del 13 de octubre. Le ruego se sirva leerla y podrá juzgar usted mismo si tiene alguna probabilidad de poder huir de la policía cuando ésta se halle en posesión de las cartas. Piense usted en la vergüenza e infamia que recaerá sobre su familia si es usted detenido y llevado a la cárcel por este delito.

»El motivo de este escrito, es preguntarle si está usted dispuesto a contratar mis servicios como abogado suyo y como consejero legal. Si usted lo hace así inmediatamente, yo le salvaré, pero si espera a ser detenido para requerir mis servicios, entonces ni yo ni ningún otro abogado podrá hacer nada por usted pues las cartas estarán en poder de la policía.

»En caso de decidirse a contratar mis servicios escriba sobre un papel el siguiente mensaje: “El señor Fred Smith, desea entrevistarse inmediatamente con el abogado señor Bayne”, y cuélguelo de una de las ventanas de su oficina. Tan pronto como lo haya leído pasaré a hacerle una visita para tratar de este asunto personalmente.

Atentamente,

H.Bayne”.

A esta carta se adjuntaba la siguiente “copia”:

“Miss Ellen Linnell:

En alguna otra ocasión le he escrito para prevenirle de que Frederick Smith, copropietario de la firma “W. H. Smith & Son”, quiere envenenarle. Vuelvo a hacerlo ahora, advirtiéndole que morirá si toma el medicamento que él le ha dado para normalizar sus períodos. He podido observar cómo Frederick preparaba el medicamento y cómo vertía en él una cantidad de estricnina que hubiera sido suficiente para matar a un caballo. Puede estar segura que si la prueba morirá.

H.M.B.”

Frederick Smith, que jamás había visto a Ellen Donworth, acudió a la policía, quien le aconsejó que pusiera el mensaje en la puerta, tal como se le pedía en la carta.

Tal vez H. Bayne leyó la nota, pero lo cierto es que no acudió a la oficina para la entrevista, que de este modo había quedado concertada, y para la que le esperaba el señor Smith acompañado de un funcionario de la policía.

El día 16 de noviembre, Horace Smith, primer funcionario de la Magistratura de Clerkenwell recibió un escrito anónimo, en el que el remitente le informaba estar en posesión de pruebas suficientes para demostrar que el señor Smith, copropietario de la firma «W. H. Smith & Son», había envenenado a la prostituta Ellen Donworth. El anónimo terminaba con esta amenaza: «Si no procede usted con toda urgencia, la policía se verá en serias dificultades.»

Parece como si Cream tuviera una necesidad imperiosa de escribir cartas. Como si no pudiera por menos de dar pábulo a su extraña vanidad de asesino psicópata. Curioso es cómo Cream echa mano del veneno con la misma facilidad que de la pluma y el papel. Sería fácil imaginársele sentado en su habitación, calvo, pálido, miope, escribiendo aquellos siniestros mensajes, producto de su imaginación febril, excitada por las drogas.

Después de haberse recreado en la muerte de Ellen Donworth -de hecho y por escrito-, Cream se dispone a buscar su segunda víctima.

El doctor William Henry Broadbent, un distinguido y prestigioso médico que residía en uno de los barrios más elegantes de Londres y a quien ni por su vida privada ni por su profesión cabía imaginar como cliente de los slums del East End, recibió el día 30 de noviembre de 1891 la siguiente carta:

«Distinguido señor:

»Miss Clover, que vivió hasta hace poco tiempo en la Lambeth Road, nº 27, murió envenenada con estricnina el día 20 de octubre pasado. Después de su muerte fueron registrados sus objetos personales, entre los cuales se encontraron pruebas no sólo de que usted le había proporcionado la medicina venenosa sino también de que había sido contratado para envenenarla. Esas pruebas obran ahora en poder de nuestros detectives, quienes están dispuestos a ponerlas a disposición de la policía o de usted. Puede imaginarse que si dichas pruebas son entregadas a la policía, usted habrá quedado desacreditado y arruinado para toda la vida.

»Caso de que esté usted dispuesto a adquirir las pruebas condenatorias por el precio de 2.500 libras esterlinas, inserte un anuncio en el periódico Daily Chronicle haciendo constar que desea recompensar a Malone por sus servicios. Tan pronto como haya aparecido el anuncio le enviaré a una persona que cuidará de arreglar el asunto. Me permito encarecerle que reflexione bien antes de tomar una decisión, pues usted debe elegir ahora entre las 2.500 libras o afrontar la ruina y la difamación. Puede creerme que no exagero en lo más mínimo. Dispongo de pruebas suficientes por su peso para arruinarle, para el resto de su vida.

M. MALONE.»

El doctor Broadbent envió esta carta a la policía, anotando al mismo tiempo que no merecía la pena preocuparse por ella.

Resulta sorprendente que a la policía no se le ocurriera investigar las circunstancias y detalles que habían concurrido en la muerte de miss Clover. No obstante, se preparó una trampa al remitente de la carta. El día 4 de diciembre apareció en el Daily Chronicle un anuncio en el que se rogaba al señor Malone se personara inmediatamente en el domicilio del doctor Broadbent. Pero al igual que anteriormente con motivo de la carta al abogado Bayne, tampoco en esta ocasión Malone dio señales de vida.

A mediados de diciembre la condesa Rusell, que se alojaba en el Hotel Savoy, recibió una carta en la que se acusaba a su marido de haber envenenado a su amante, una prostituta callejera llamada Matilde Clover, con unas cápsulas de estricnina.

En aquella época, en que Cream se dedicaba afanosamente a escribir cartas anónimas, hizo amistad con una persona que ciertamente no encuadraba dentro del círculo de sus acostumbradas relaciones. Se trataba de un señorita, ya de alguna edad pero no totalmente desprovista de encanto, hija de una familia burguesa, llamada Laura Sabbatini. Vivía con su madre, viuda, en Berkhamstead, no lejos de Londres. Juntas solían venir a la capital para asistir a algún concierto, y así un buen día trabaron relación con Cream que también amaba la música.

Cream las visitaba ocasionalmente durante los fines de semana, mostrando interés por asuntos religiosos y acompañando a miss Laura a la iglesia de Berkhamstead e, incluso, llegó a pedir que pusieran un biblia en su habitación.

Cream se presentaba ahora como un pretendiente serio bajo el nombre de Thomas Neill, doctor en medicina, y alegaba que estaba pendiente de solucionar un asunto de una herencia que tenía pendiente en el Canadá para casarse con Laura.

A finales del mes de noviembre de 1891 se prometieron y algunas semanas más tarde, Cream dijo a su novia que tenía que marchar urgentemente para el Canadá con objeto de arreglar definitivamente el asunto de la herencia. En presencia de madre e hija escribe su testamento, en el que legaba todas sus propiedades a la señorita Sabbatini. El día 7 de enero de 1892, Cream embarcó en Liverpool a bordo del vapor Sarnia rumbo al Canadá.

El día 20 de aquel mismo mes llegó a Quebec, alojándose en el Hotel Blanchard. Inmediatamente se puso en contacto con diversos representantes de productos farmacéuticos, entre ellos con el de una firma de Saratoga Springs (N. Y.) que tenía una representación en Quebec. Encargó 500 gramos de estricnina en píldoras, que pronto le fueron remitidos al hotel. Más tarde se dirigió personalmente a la casa central ofreciéndose como representante para Londres y encargando al mismo tiempo más píldoras de la droga, así como opio, arsénico y cocaína, amén de algunas medicinas inofensivas y una considerable cantidad de cápsulas de estricnina.

Se le sirvió el pedido al mismo tiempo que se rechazó su ofrecimiento como representante para Inglaterra. No obstante, se le prometió una fuerte comisión en todas las ventas que se efectuaran en Inglaterra por mediación suya, pero en el bien entendido de que la mercancía sería girada previo pago de su importe.

A la vista de estos prometedores proyectos comerciales de Cream, sus hermanos accedieron a entregarle otros 1.400 dólares de su herencia.

Por lo demás, parecía como si la propia familia tratara de evitar todo contacto con él. Cream hacía vida en el hotel, donde comía y pasaba las veladas, invitando ocasionalmente a alguien cuyos gastos cubría con esplendidez.

Su invitado más asiduo era un tal John M’Cullen, representante de café y especias, que se alojaba en el mismo hotel y quien, antes de que hubiera transcurrido un año, hubo de marchar desde su ciudad natal de Ottawa a Londres para dar testimonio ante el jurado de que Cream había adquirido grandes cantidades de estricnina. Pero antes de que M’Culfon tuviera que prestar tan grave testimonio habrían de transcurrir siete meses, durante los cuales Cream tuvo tiempo para empaquetar cuidadosamente aquellos preparados mortíferos en su habitación del Hotel Blanchard. Con ello Cream había alcanzado plenamente el objetivo de su viaje a Quebec, que no era otro que agenciarse veneno y dinero. Antes de su marcha encargó en una imprenta de la ciudad quinientas circulares con el texto siguiente:

LA MUERTE DE NELLIE DONWORTH

A los huéspedes del Hotel Metropole

«Señoras y caballeros:

»Por la presente pongo en su conocimiento que la persona que el día 13 de octubre del año pasado envenenó a Nellie Donworth trabaja ahora en el Hotel Metropole. Mientras continúen ustedes en este hotel sus vidas estarán en grave peligro.

»Atentamente,

W. H. MURRAY.»

Resulta un misterio saber que pretendía Cream con estas circulares. En cualquier caso debieron ser muy importantes para él pues cuando llegó el día de su partida y todavía no estaban terminadas dio instrucciones para que le fueran remitidas a Inglaterra. Recibió el paquete el día 1 de abril en Liverpool, apresurándose a acusar recibo en una extensa carta rebosante de agradecimiento. Las circulares nunca fueron utilizadas.

A su llegada a Inglaterra, Cream marchó a visitar a su novia en Berkhamstead, permaneciendo allí una semana, para volver luego a su antigua habitación de Lambeth Palace Road.

Alice Marsh, de veintiún años, y Emma Shriwell, de dieciocho, habían venido de Bristol a Londres para probar fortuna en la gran ciudad. Todo lo que estas dos pobres muchachas encontraron fue una muerte conjunta, cruel y horrible.

Vivían en la Stamford Street, una callejuela estrecha y de mala reputación. Se ganaban la vida en la forma habitual en Lambeth.

En la noche del 11 de abril de 1892, aproximadamente a la una y cuarto de la madrugada, el agente George Cumley marchó por la calle Stamford siguiendo el itinerario de su ronda. Cuando se encontraba a pocos pasos de la casa, marcada con el número 118, vio cómo una mujer joven se disponía a abrir la puerta a un hombre que evidentemente quería salir de la casa. Si bien esto constituía un espectáculo normal y corriente en aquella parte de la ciudad, el agente, tal vez por la fuerza de la costumbre, echó una ojeada a la pareja. La muchacha, como pudo comprobar más tarde, era Emma Shriwell, en tanto que el hombre, de unos cuarenta y cinco años de edad, parecía pertenecer a la clase acomodada pues iba elegantemente vestido. La calle era oscura pero precisamente ante la casa número 118 había una farola.

Según un posterior informe del agente Cumley «cuando el caballero se disponía a abandonar el umbral de la casa pude ver a la luz de la farola, comprobando que llevaba gafas y tenía bigote. Marchó con paso rápido en dirección a Waterloo Road, que me hubiera sorprendido su premura, pues la noche era muy fría».

Después de esto el agente continuó su ronda y una hora más tarde se encontraba de nuevo ante la casa de Stamford Street. Pronto oyó unos trallazos e inmediatamente el ruido de un carruaje cuyos caballos venían a todo correr para luego pararse ante él, frente a la casa número 118. De su interior saltó rápidamente el agente William Everfield, seguido de un hombre, visiblemente asustado. El agente Cumley corrió hacia ellos y su compañero gritó al verle:

-¡Pronto, ven y échame una mano!

Las ventanas de la casa aparecían iluminadas, la puerta abierta de par en par, y en el umbral, la patrona, Charlotte Vogt con el rostro desencajado.

Los acontecimientos se habían desarrollado de la forma siguiente:

A la una y media de la madrugada -mientras el agente Cumley hacía su ronda por otras calles- los esposos George y Charlotte Vogt fueron despertados por desgarradores gritos de dolor. Inmediatamente salieron al corredor donde encontraron a Alice Marsh en camisón de dormir, quien, arrastrándose, había bajado del piso superior y se revolcaba ahora en el suelo, gritando de dolor. La señora Vogt envió a su marido a avisar a la policía, mientras ella se quedaba para auxiliar a la infeliz que evidentemente estaba agonizando. En este momento volvió a oír grandes gritos, procedentes de la habitación de Emma Shriwell, en el piso de arriba.

La señora Vogt subió entonces escaleras arriba y encontró a Emma, igualmente tendida en el suelo y aullando de dolor. Emma estaba completamente vestida pero sus prendas aparecían manchadas por los continuos vómitos que sufría. Sobre la mesa se veían restos de comida, vasos, botellas de cerveza y una lata, vacía, de pescado en conserva.

Cuando Cumley entró en la casa siguiendo a su compañero Everfield le dijeron que la indisposición había sido causada seguramente por el pescado en conserva.

Los dos agentes se esforzaron en prestar los primeros auxilios a las pobres muchachas, forzándolas a ingerir una pócima a base de mostaza y agua para provocar vómitos.

Mientras Alice Marsh luchaba en los estertores de la agonía, Emma Shriwell pudo aún explicar que habían recibido la visita de un desconocido que se hacía llamar Fred y era médico de profesión. Habían estado cenando con él y luego les había dado a cada una de ellas tres cápsulas pequeñas y alargadas.

-¿Para qué? – preguntó en seguida Cumley.

Emma guardó silencio.

¿Era el hombre con gafas a quien abriste la puerta hacia la una y cuarto? -preguntó nuevamente el policía.

Sí, ése era -contestó Emma.

El vómito no mejoró el estado de las muchachas y en vista de que su estado empeoraba por momentos, los agentes decidieron llevarlas al hospital. Alice murió por el camino; Emma se debatía aún entre la vida y la muerte y pese a los horribles dolores conservaba el conocimiento y pudo repetir los detalles del caballero que les había visitado. Ingresó en el Hospital de Santo Tomás donde murió a las ocho del a mañana, a pesar de los esfuerzos de los médicos para salvar su vida.

La autopsia demostró que las dos muchachas no habían muerto por envenenamiento de pescado de conserva sino por haber ingerido una fuerte dosis de estricnina.

Cumley era un agente endurecido por varios años de servicio en aquel sector de la ciudad, pero jamás pudo olvidar la horrible muerte de aquellas dos muchachas, con sus gritos y convulsiones, como tampoco la cara y la figura del hombre que había visto salir de la casa y que estaba seguro volvería a encontrar el día menos pensado por aquel barrio.

Las típicas cartas, plagadas de amenazas, que seguían inexorablemente a cada asesinato, eran como la orgullosa rúbrica que coronaban las hazañas del doctor Cream. Parecía como si con ellas quisiera dar testimonio de sus fechorías.

No se trataba de conseguir dinero, pues, como se irá viendo, nunca intentó cobrar las cantidades que pedía y su situación económica por aquel tiempo no era precisamente precaria. El único objetivo era satisfacer su sádico instinto intimidando a personas inocentes. Y a buen seguro que también hubiera podido alcanzar este objetivo con sólo aprovechar cualquiera de los muchos delitos que entonces se cometían en Londres. Pero Cream escribía sólo cuando era él quien había matado.

Los asesinos acostumbran a creerse superiores a aquellas personas que forman el medio ambiente en que viven y por eso se esfuerzan en que sea reconocida su superioridad y se les admire. Cream necesitaba cada vez pruebas más elocuentes con que satisfacer su desmedida vanidad. Ya no le bastaban las cartas: ahora empezaba a hablar.

Como un loco -y posiblemente lo era- tejía febrilmente aquella macabra red, en la que a la postre había de quedar preso.

El día 11 de abril había envenenado a Marsh y a Shriwell.

El día 17 del mismo mes pidió prestada -según tenía por costumbre- la revista dominical Lloyds Weekly News a la hija de su patrona, señorita Sleaper, para leer el detallado informe que en ella venía sobre el doble asesinato.

Al día siguiente, mientras la señorita Sleaper arreglaba una habitación en el piso superior, Cream pasó casualmente por allí y, viendo la puerta abierta, se paró y, después de dar los buenos días a miss Sleaper, cambió algunas palabras con ella. Cream le contó entonces que se había cruzado en las escaleras con el huésped que dormía en aquella habitación. La señorita Sleaper le informó entonces que se trataba de un estudiante de medicina, llamado Walter Harper, joven muy correcto que ahora, en vísperas de los exámenes, estaba haciendo prácticas en el Hospital de Santo Tomás. Le dijo asimismo que el padre de Walter, el doctor Joseph Harper, estaba establecido en Barnstaple.

Cream pareció prestar mucha atención a las palabras de la señorita Sleaper y luego, quedándose durante breves momentos pensativo, de pronto dijo súbitamente:

-Seguro que ese muchacho es quien envenenó a las dos chicas llamadas Marsh y Shriwell que vivían en la calle Stamford. Ellas habían recibido varias cartas en las que se les advertía que no debían tomar ninguna medicina que se les ofreciera. ¡No irá muy lejos, pues la policía anda tras él!

La señorita creyó que se trataba de una broma, un tanto pesada por cierto, pero no concedió gran importancia a sus palabras.

El día 26 de abril el doctor Joseph Harper recibió la consabida carta amenazadora en la cual un tal «W. H. Murray», pedía la suma de 1.500 libras. Caso contrario, comunicaría a la policía que su hijo era quien había asesinado a las dos muchachas de la calle Stamford. Adjuntaba a la carta un recorte de un antiguo ejemplar de revista Lloyds Weekly News con una reseña del asesinato de Nellie Donworth.

El día 30 de abril estando Cream en casa de su novia, la señorita Laura Sabbatini, rogó a ésta le tomará al dictado algunas cartas que quería escribir a las autoridades que intervenían en el caso Marsh-Shriwell, así como otra para un detective privado, llamado Clarke, en las cuales acusaba oficialmente a Walter Harper. Mientras en las cartas dirigidas a las autoridades recomendaba detener inmediatamente al acusado, al detective le comunicaba que próximamente le enviaría pruebas que deberían quedar a su custodia. Todas estas cartas iban también firmadas por «W. H. Murray».

Así es como miss Sabbatini supo que su novio jugaba un extraño papel en aquel crimen que había atraído poderosamente la atención de la opinión pública inglesa. Sirviéndose de este ardid había conseguido que en las cartas no figurara su dirección sino la de ella, miss Sabbatini. Por otra parte la vanidad de Cream rayaba en un exhibicionismo que habría de resultar mortal para él.

Al círculo de amistades de Cream pertenecía un fotógrafo, llamado William Armistead, que vivía en Westminster Road. Éste le había presentado a principios de abril a John Haynes, que vivía como realquilado en su casa, y al sargento de policía M’Intyre.

Su amistad con el fotógrafo era relativamente profunda en tanto que su relación con los otros dos era meramente formal y muy superficial.

No obstante, Cream, aprovechando la primera oportunidad que se le presentó, mostró al sargento -sin tan siquiera decirle como había llegado a sus manos- una carta dirigida a las dos muchachas de la calle Stamford en la cual se les recomendaba se guardaran muy bien de Walter Harper, quien estaba dispuesto a hacer con ellas lo que antes había hecho con Matilde Clover y con Lou Harvey.

M’Intyre no había oído nunca estos nombres que, asímismo, eran desconocidos para Scotland Yard. Hasta entonces no había sabido de tres víctimas.

A partir de este momento el interés de la policía se centrará no sólo en el caso Matilde Clover -para cuya exhumación había habido necesidad de retirar primero dieciséis féretros, apilados en la fosa de los pobres- y en la desconocida Lou Harvey -cuya acta de defunción no pudo ser encontrada- sino también en el misterioso doctor Thomas Neill.

Las investigaciones en torno al caso, Clover habían traído a luz gran cantidad de detalles de sumo interés.

La señora Vowles repitió en su declaración las palabras de la moribunda Matilde:

El caballero me dio unas cápsulas con un medicamento. Él me ha envenenado.

Lucy Rose dio cuenta de la carta que había encontrado sobre la mesa en la habitación de ésta y que ella misma había leído. Las dos Elisabeth informaron a la policía de aquel desgraciado día en que el caballero no sólo no acudió a la cita sino que se había marchado con una competidora.

Al igual que un mural va tomando contorno y relieves definidos a medida que se van colocando uno a uno los pequeños mosaicos, la figura del misterioso caballero tocado con sombrero de copa y elegante capa negra iba tomando por momentos cuerpo y figura reales.

Su parecido con el hombre que había asesinado a Nellie Donworth era sorprendente. Ahora un incidente fortuito ayudará a la policía a comprobar la relación existente entre estos asesinatos con estricnina y los otros dos de la calle Stamford.

El día 12 de mayo, entre las 7 y las 8 de la tarde, el agente Cumley vio surgir súbitamente la figura del hombre a quien viera aquella noche de abril a la luz de una farola y a quien desde entonces andaba buscando.

Iba muy deprisa en dirección a Lambeth Palace Road y desapareció antes de que hubiera podido darle alcance. Pero media hora más tarde el agente, que apenas daba crédito a sus ojos, vio nuevamente al sospechosos caballero. Cumley, acompañado por un compañero de servicio, observó entonces cómo el desconocido se paraba delante de una taberna para luego abordar a una prostituta. Subió con ella a un alojamiento y poco tiempo después volvió a salir con la muchacha, de quien luego se despidió.

Cumley siguió entonces a su hombre, quien finalmente entró en la casa, número 103 de Lambeth Place Road, donde al parecer tenía su domicilio, mientras su compañero interrogaba a la muchacha. Ésta no tenía grandes cosas que contar, Dijo sencillamente que el caballero se había comportado como un cliente más; que no le había ofrecido ningún medicamento y, que según le había confesado, vivía sólo y exclusivamente para las mujeres.

Desde aquel momento Cream era continuamente vigilado.

Pero, entretanto, Violet Beverly, también prostituta, había escapado por puro milagro a una muerte horrible. Cream, le había contado que era representante de una casa de productos farmacéuticos y le había mostrado una pequeña maleta que llevaba consigo, al tiempo que le decía:

-Con el contenido de una de estas cápsulas tu ginebra se convertirá en un delicioso “cooktail” americano. -Al decir esto, comenzó a mezclar y a agitar la bebida, instándole luego para que bebiera. Ella se negó rotundamente incluso, a acercar el vaso a los labios, pues pensó que el cliente le habría preparado un somnífero para luego marcharse sin pagar.

A mediados de mayo, Cream empezó a darse cuenta de que era vigilado continuamente. La verdad era que él había puesto los medios a su alcance para atraer la atención de la policía sobre su persona y ahora había de cargar con las consecuencias no previstas en sus descabellados planes. No obstante, un buen día se dirigió al sargento M’Intyre, diciéndole:

-¡La policía me está confundiendo con Walter Harper, que antes vivía en la misma casa que yo!

Harper, que entretanto había hecho su doctorado, se había puesto a ejercer en una población situada a algunos kilómetros de Londres.

-No estoy dispuesto a tolerar que se me vigile constantemente -protestaba Cream ante el sargento M’Intyre-. Presentaré una denuncia por ello.

Finalmente le dijo:

-Tampoco me fío ni un pelo de usted. Sé positivamente que usted es el culpable de que se me espíe.

Cuando la señorita Sleaper limpiaba su habitación y encontraba restos de velas encima de la mesita de noche, Cream le decía que padecía una sensación de angustia que le impedía dormir con la luz apagada.

El día 26 de mayo, Cream dirigió un escrito, por mediación de los abogados Waters y Bryan, al jefe superior de policía sir Edward Bradford, en el que se lamentaba de ser continuamente espiado y seguido por varios detectives y, en particular, por el sargento M’Intyre y, al mismo tiempo, protestaba por lo que él consideraba un flagrante atropello en su libertad personal.

Aquel mismo día el inspector Tunbridge, encargado de las investigaciones en el caso de los envenenamientos con estricnina, fue a visitar a Cream o, más exactamente, al doctor Thomas Neill en Lambeth Palace Road, número 103. Precisamente en aquellos momentos se encontraba allí la señorita Sabbatini. En su presencia Cream informó al inspector de su profesión y luego le mostró la “caja de muestras” en la cual había también cápsulas con estricnina. Con gran soltura explicó que aquellas medicinas estaban destinadas exclusivamente para la venta a farmacias y médicos. Dijo estar perfectamente al corriente de que se le venía vigilando desde hacía algún tiempo y que, precisamente por aquel motivo, había presentado una protesta al jefe superior de policía. Lo que Cream se guardó muy bien de decir fue que, días antes, había encargado su pasaje para América y que tenía pensado embarcar en la primera semana de junio.

Pero la policía de Scotland Yard estaba al corriente de sus planes y se disponía a actuar con toda rapidez antes de que el doctor Thomas Neill tuviera tiempo de atravesar el Atlántico y perderse para siempre. El único problema existente consistía en que, a juicio de la policía, no existían pruebas suficientes para proceder a su detención bajo la acusación de asesinato. Por este motivo se recurrió a la siguiente estratagema:

El día 3 de junio el inspector Tunbridge se personó de nuevo en Lambeth Palace Road, pero ahora provisto de un mandamiento de prisión por intento de chantaje al doctor Joseph Harper.

De este modo el sospechosos ya no podrá huir. Como primera medida es confrontado con las amigas Elisabeth Masters y Elisabeth May, quienes desde el primer momento le identificaron como el individuo que les había dicho llamarse Fred y que en el pasado mes de octubre había seguido por la calle a Matilde Clover, con quien luego entró en la casa número 27, de Lambeth Road.

A partir de este momento todo será cada vez más fácil para la policía. La prensa informó de que Scotland Yard estaba tratando de determinar la relación que pudiera haber entre un médico americano y la muerte de Matilde Clover.

A esta primera y escueta noticia pronto siguieron columnas enteras dando cuenta de los dramáticos pormenores concernientes a las muertes de Ellen Donworth, Elisabeth Marsh y Emma Shriwell, así como del hallazgo de cápsulas de estricnina en casa del doctor Thomas Neill.

La prensa dedicaba cada día mayor espacio a este asunto, en tanto que en los salones de té y en las tabernas comenzaron a circular rumores -que luego tardarían decenios en desaparecer- de que Thomas Neill y Jack el Destripador eran una misma persona.

Por aquel entonces se cernía aún sobre la ciudad la sombra siniestra de Jack el Destripador, y existía el convencimiento general de que era médico y también había ido a buscar sus víctimas entre las prostitutas de East End londinense. No es, pues, de extrañar que todo el mundo viera en aquel médico americano la figura siniestra de Jack el Destripador.

Estos rumores no cesaron cuando, más tarde, se supo que durante la época en que Jack el Destripador cometía sus crímenes matando y descuartizando prostitutas en Whitechapel, el doctor Neill estaba recluido en un presidio en América.

El día 22 de junio de 1892 cuando Thomas Neill compareció a declarar en el juicio preliminar, una muchedumbre se apretujaba ante el Vestry Hall, en Tooting. En el juicio preliminar o inquest la policía presenta el detenido al fiscal y a un jurado, quienes, después de estudiar las pruebas presentadas por la policía y de tomar declaración a los testigos, deberán decidir si existe materia suficiente para proceder contra él judicialmente.

En el curso del juicio preliminar, aplazado al cuarto día y que duró una semana y media, compareció a declarar la señorita Sabbatini en relación con diversas cartas amenazadoras, atribuidas a Cream. La señorita Sabbatini debía identificar su firma.

El día 28 de junio, una vez que la señorita Sabbatini hubo prestado su primera declaración, Cream le dirigió la carta siguiente procurando en todo momento disimular su escritura habitual:

«Nada pudieron probar hasta que tú declaraste contra mí. Bien sabes, querida, que jamás has visto escritura mía alguna. No entiendo, pues, cómo pudiste declarar bajo juramento que el testamento y las cartas que entregaste a las autoridades habían sido escritas por mí mano. Querida Laura, debes rectificar tu declaración. La próxima vez deberás decir que no conoces mi letra, que nunca me viste escribir y, en consecuencia, que no sabrías identificar mi escritura. Si lo haces me ayudarás a salvarme. Mi abogado te informará de lo que debes hacer para reparar todo el mal que me has hecho. Si te preguntaran, contesta que no sabes nada, que no te acuerdas de nada. Si te presentaran algún manuscrito y te preguntaran si era acaso mi escritura, contesta que no lo sabes, Y, por lo que más quieras, quema rápidamente todos los escritos míos que tengas. Si ahora me pones en dificultades, si ahora, en mis momentos de dolor, me haces daño, correrás un grave peligro del que yo no te podré salvar. Mi abogado y yo te protegeremos en tanto que continúes a mi lado. Me veré obligado a pedirte un préstamo hasta que reciba dinero de América. Si no lo tuvieras, pídelo prestado, pues yo te lo devolveré. Hazme saber, querida, el mínimo que necesitas para vivir confortablemente hasta que me vea libre de este desagradable asunto, pues no quiero que pases estrecheces económicas».

Esta carta constituye no sólo una descarada coacción al perjurio, mediante aquella fraseología típica en Cream, sino también un ejemplo elocuente de su personalidad patológica y contradictoria.

Por lo visto, para él resulta completamente natural pedir dinero prestado e inmediatamente después, en la frase siguiente, alardear de que quiere asegurar el futuro económico de su novia. A su entender es perfectamente lógico que su abogado esté dispuesto a prestar su ayuda en un perjurio y no cree que exista dificultad alguna en hacer desaparecer sus cartas y su testamento.

Su táctica se basa en amenazar primero y en brindar protección después. El tono categórico de sus palabras hace pensar que. efectivamente, él está convencido de que sus instrucciones serán cumplidas. En esta carta se pone, una vez más de manifiesto aquella rara ingenuidad y aquel absoluto desconocimiento de las relaciones humanas con que, en otra ocasión, se enfrentó al sargento M’Intyre.

El día 4 de julio volvió a escribir a la señorita Sabbatini, informándola en los siguientes términos:

«Todavía están intentando reunir pruebas contra mí; de ahí el aplazamiento. Como no pueden demostrar mi culpabilidad en los asesinatos y en las cartas de chantaje, ahora, cuando ya no ven qué hacer, han enviado detectives a América para que busquen allí pruebas contra mi..»

El día 13 de julio se dio por concluido el juicio preliminar con el siguiente veredicto del jurado:

«Declaramos unánimemente que Matilde Clover murió por envenenamiento con estricnina y que este veneno le fue suministrado por Thomas Neill con el evidente propósito de provocar su muerte. En consecuencia, declaramos a Thomas Neill culpable de este acto.»

El juicio preliminar había cumplido su misión. El 18 de julio Cream fue acusado oficialmente de asesinato en la persona de Matilde Clover. Cuatro días más tarde se extendía la acusación a los asesinatos de Ellen Donworth, Alice Marsh, y Emma Slirlwell, así como a intenso de asesinato en la persona de Louisa Harris.

Louisa Harris era la Lou Harvey que la policía había tratado de localizar inútilmente en los registros de defunciones. Louisa Harris vivía todavía. Como no acostumbraba a leer los periódicos no apareció hasta el último momento. No obstante el 19 de julio cayó casualmente en sus manos el Daily Telegraph e inmediatamente se apresuró a escribir a la policía, dándole cuenta de su interesante aventura:

«El señor Neill pasó una noche conmigo, pero dijo llamarse Fred. Recuerdo perfectamente que llevaba frac y sombrero de copa y que tenía una mirada muy extraña.»

El día 17 de octubre se inició la vista de la causa en Old Bailey. El proceso despertó enorme expectación. Cada día cuando aún no había amanecido, una gran muchedumbre aguardaba pacientemente ante el viejo edificio, en medio de la oscuridad y del frío, en la esperanza de poder entrar en la sala.

Las damas de la alta sociedad, que gracias a sus buenas relaciones habían conseguido tarjetas de entrada de favor, acudían en elegantes coches y subían las escaleras, que sus enaguas rozaban levemente. Estudiantes y juristas se agolpaban en la sala. El abogado defensor Mr. Geoghegan era considerado como un brillante orador. Todo el mundo quería ver la cara del asesino.

Era casi completamente calvo y vestía un traje oscuro. Allí estaba sentado, inmóvil; sólo sus manos se movían incesantemente. Su rostro tenía la palidez de la muerte.

Cuando apareció el juez en la sala todo el mundo se puso en pie. Vestido de rojo escarlata, la blanca peluca sobre la cabeza, se encaminó pausadamente hacia su sitial de alto respaldo, llevando en las manos un ramillete de flores.

Un detalle curioso en este proceso «Regina versus Thomas Neill» era que el acusado estaba siendo juzgado bajo un seudónimo y no bajo su nombre verdadero, si bien éste era de sobras conocido.

Los testigos fueron desfilando en una sucesión casi interminable. Las prostitutas y las patronas de las casas de lenocinio acudían desde las sombrías callejuelas de Lambeth para declarar contra el hombre que estaba en el banquillo. Ponían su mano sobre la Biblia y levantaban los dedos en señal de juramento.

Comparecieron el farmacéutico Priest, su ayudante, John Kirkby, el portero James Styles, los médicos que habían asistido a las víctimas en los últimos momentos y el agente Cumley que había dicho: «Jamás podré olvidar los sufrimientos y los gritos de aquellas pobres muchachas».

Cada testigo aportaba nuevas pruebas.

Una de las sesiones más importantes fue aquella en que comparecieron para prestar declaración Lou Harvey y su chulo. Ella había sido la única superviviente y, por lo tanto, la única persona que podía informar exactamente cómo procedía el asesino. En su declaración dijo:

«Mi nombre es Louise Harvey y resido en Brighton, en Upper North Street. En el mes de octubre del año pasado vivía en Londres con mi amigo y protector Charles Harvey, concretamente en Townshend, donde era conocida por Lou Harvey.

»En cierta ocasión, entre el 20 y 25 de octubre, fui abordada por el acusado frente al restaurante St. James. Me dijo que era médico y que trabajaba en el hospital de Santo Tomás. Me dijo, asímismo que acababa de llegar de América, cosa que le creí pues tenía pronunciación de extranjero. Fui con él al hotel Berwick, en Oxford Street, donde nos quedamos hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Le dije que era sirvienta. Me hizo una observación acerca de unos granitos en la frente, diciéndome que me daría un medicamento para hacer que desaparecieran. Me preguntó la dirección y le respondí que vivía en Town Road, pero dándole un número falso. No sabría decir por qué lo hice, pero no me inspiró confianza.

Al despedirse me dijo:

»-Ven esta noche al muelle del Támesis, delante mismo de la estación Charing Cross e iremos al teatro de variedades.

»Cuando me empezó a hablar de medicamentos tuve miedo y, tan pronto regresé a casa, se lo conté todo a mi Charles. Convinimos en que, cuando yo acudiera a la cita, él me iría siguiendo de cerca. Me acompañó hasta la estación y desde allí avancé sola mientras Charles me seguía a pocos pasos de distancia.

»Fred, como él decía llamarse, me estaba esperando. En seguida me dijo que no podría acompañarme a las variedades porque tenía trabajo en el hospital, y luego añadió:

-Te he traído las píldoras, pero antes de tomarlas tendrías que beber un vaso de vino.

Entonces fuimos a una taberna que había allí cerca, mientras Charles nos venía siguiendo. Estuvimos bebiendo vino y más tarde entró una mujer vendiendo flores. En seguida le dije a Fred:

-Cómprame unas flores.

-De acuerdo. Tus deseos serán satisfechos -me respondió.

Yo llamé a la señora y cogí una rosa y me la puse en el pelo. Entonces volvimos al muelle y allí Fred, sacando de un bolsillo del chaleco dos cápsulas delgadas y alargadas, me las entregó diciéndome:

-No las muerdas, trágalas enteras.

Yo tenía miedo y por eso cuando me puso las cápsulas en la mano derecha las pasé rápidamente a la izquierda y las dejé caer al suelo. Entonces me llevé la mano derecha a la boca e hice ver como que las estaba tragando. Fred quiso ver entonces mis manos. Yo se las mostré y cuando se cercioró de que estaban realmente vacías pareció quedar satisfecho.

Antes de marcharse me dio cinco chelines para que pudiera tomar un coche y comprara una entrada para el teatro de variedades. Me dijo que tenía que marchar urgentemente al hospital pero que a las once me esperaría a la salida del teatro, frente a la entrada que da a la calle Oxford.

Cuando ya se había marchado Fred, Charles vino a mi encuentro. Él lo había visto todo. Yo marché al teatro y a la salida estuve esperando a Fred, que no apareció.

Unas tres semanas más tarde le encontré una noche en Picadilly Circus. Iba vestido como de costumbre, con sombrero de copa, capa de esclavina, frac y chaleco blanco. Me dirigí a él, pero tuve la impresión de que no me reconocía. Fuimos a una taberna en Air Street, donde estuvimos bebiendo. Quiso saber si podía esperarle un poco más tarde, frente al restaurante St. James. Entonces le pregunté:

»-¿Pero de veras que no te acuerdas de mi?

»-No. -me contestó secamente.

»-Pero si nos encontramos en cierta ocasión frente al mismo restaurante St. James -le dije en tono festivo.

»-¿No te acuerdas que estuvimos juntos en el hotel Bewick y que al día siguiente no viniste a la cita que habíamos concertado frente al teatro de variedades?

»Entonces me miró fijamente y luego me preguntó: »¿Cómo te llamas?

»Cuando le dije que Lou Harvey dio media vuelta y desapareció inmediatamente. Aquella fue la última vez que hablé con él.»

Luego fue requerido Charles Harvey, amigo y protector de Lou quien confirmó todos los pormenores y acontecimientos de aquella noche de octubre en que acompañó y protegió a su pupila.

El caballero del frac con inmaculado chaleco blanco y las cápsulas de estricnina, el médico que empleara su ciencia y sus conocimientos en asesinar a pobres y degradadas prostitutas haciéndolas morir entre horribles sufrimientos y espantosos dolores había despertado una morbosa fascinación entre la burguesía inglesa.

Su Señoría, el juez Hawkins, recibió cierto día la siguiente carta anónima:

«El hombre que tenéis bajo vuestro poder, el doctor Neill, es tan inocente como puede serlo Su Señoría. Como quiera que yo lo conocía de vista, me las arreglé para disfrazarme hasta el punto de que le confundieron conmigo. La señorita Louise Harvey fue más inteligente de lo que supuse en un principio, pero a pesar de ello no logrará escapar, lo mismo que tampoco Charles Harvey. Yo fui quien dio las píldoras a las muchachas para liberarlas de sus miserables vidas. Dejen en libertad a Neill, cuya inocencia se demostrará tarde o temprano.

»Atentamente,

JOHN POLLEN
alias Jack el Destripador.»

¡Tengan mucho cuidado todos! Yo sólo aviso una vez.

La vista continuó su procedimiento. La fiscalía había hecho venir desde Otawa al representante John M’Culloch, quien contestando a las preguntas del fiscal, declaró:

“Durante mi estancia en Quebec me alojé en el hotel Blanchard, exactamente desde la tarde del 29 de febrero hasta el mediodía del 8 de marzo. Allí trabé amistad con el acusado, cuya habitación lindaba con la mía. Uno o dos días después de mi llegada me sentí indispuesto y el doctor Cream, pues este es su nombre de familia y bajo el cual era conocido en Quebec, me rogó que fuera a su habitación donde me estuvo auscultando y luego me entregó unas pastillas contra los dolores de estómago. Las pastillas estaban en un frasco que sacó de un cajón. Al día siguiente, durante la sobremesa, estuvimos hablando de negocios. A raíz de esta conversación me pidió que le mostrara mis cajas de muestrarios. Después me llevó a su habitación y me estuvo enseñando píldoras y medicamentos que había adquirido en los Estados Unidos. Todo estaba en frascos, de los cuales debería tener unos dieciocho o veinte. Luego abrió una caja de metal de la cual sacó una cajita en la que había un frasco de cuello ancho. El frasco estaba lleno de cristales blancos, y el doctor Cream me preguntó entonces si imaginaba qué era aquello. Por supuesto que yo no tenía idea.

»-Esto es veneno -me dijo.

»-¿Y qué hace usted con ello? -le pregunté.

»-Esto es para las mujeres que desean evitar el embarazo.

»-¿Y cómo se administra este medicamento?

»-Pues se lo doy en cápsulas -me respondió, al mismo tiempo que me mostraba una caja con cápsulas vacías, de forma alargada y estrecha.

De otra maleta extrajo una barba postiza y yo, muy sorprendido le pregunté en seguida:

»-¿Para qué quiere usted una barba postiza?

»-Pues para que no me reconozcan -me contestó.

»Me contó de su vida y aventuras en Londres y de cómo se había divertido con las mujeres. Recuerdo que dijo que se administraba a si mismo pequeñas dosis de arsénico y cocaína para aumentar la potencia sexual. Me aseguró que algunas veces había llegado a tener hasta tres mujeres durante una misma noche, concretamente entre las diez de la noche y las tres de la madrugada, y que a cada una le había dado sólo un chelín, que era el precio habitual.

»El seis de marzo, mientras paseábamos por la ciudad, me señaló las casas donde vivían sus hermanos y hermanas. Me dijo que él había venido a Quebec para arreglar el asunto de su herencia, con motivo de la muerte de su padre.

»Más tarde me mostró una fotografía de una señorita que, según me dijo, se llamaba Laura Sabbatini y era su prometida, y en otra ocasión una colección de postales pornográficas.»

Contestando a las preguntas del abogado defensor, Mr. Geoghegan, empeñado ahora en quitar importancia a estas declaraciones, M’Culloch volvió a repetir que su relación con el doctor Cream en el hotel Blanchard había sido meramente casual y que estuvo con él durante unos ocho días, aproximadamente. El abogado siguió entonces preguntando con aire al parecer ingenuo:

-¿Salieron ustedes juntos con frecuencia?

-Solamente salimos juntos una vez -contestó rápidamente M’Culloch.

-¿Gastaba mucho dinero el doctor Cream? Sí, gastaba cantidades de dinero.

-¿En su compañía? -volvió a preguntar el defensor. M’Culloch había captado al momento la intención oculta en aquella pregunta y, tal vez por eso, contestó en tono mesurado:

-No sólo en mi compañía sino en compañía de cualquier persona.

-Pero usted continuaba frecuentando su compañía a pesar de que sabía que suministraba abortivos y que se dedicaba a otros manejos menos ilícitos.

-Yo no estaba siempre con él. Solíamos coincidir a las horas de las comidas y pasábamos las veladas juntos. Además, al principio no tomé en serio sus palabras acerca de los abortos. Fue dos días después de haberme mostrado su colección de frascos cuando intentó hablarme de nuevo de aquel asunto, que quedé completamente convencido.

-¿Y a pesar de que estaba usted convencido de ello continuó brindándole compañía? -continuó insistiendo el abogado.

-En el hotel había sólo un salón -contestó M’Culloch, evidentemente molesto -¿Dónde quería usted que estuviera? ¿Tal vez en la puerta de la calle? Me sentaba en el mismo salón que él y lógicamente tenía que hablarle.

Merced a este sagaz interrogatorio el jurado se percató en seguida de que M’Culloch no era precisamente una persona con escrúpulos de conciencia. con todo, el abogado defensor no se dio por satisfecho con esta victoria y continuó su ataque:

-En consecuencia, hemos de entender que usted mantuvo buenas relaciones con el doctor Cream hasta el momento de la despedida, ¿no es así?

Esta pregunta, que constituía una repetición aparentemente innecesaria, habría de producir el efecto de una bomba, pues M’Culloch contestó entonces:

-No es cierto que hubiera mantenido con él buenas relaciones hasta el momento de su marcha. ¡Hacía tiempo que me había apartado de él seriamente decepcionado! Y fue precisamente a raíz de la llegada de un huésped americano que estuvo un par de días en el hotel y alardeaba continuamente de tener mucho dinero. El doctor Cream me dijo entonces que para él sería un verdadero juego de niños apoderarse del dinero del americano. sin darle mucha importancia le pregunté entonces cómo podía conseguirlo. A lo cual me contestó:

-Le daría una de mis píldoras y moriría rápidamente. Luego le quitaría el dinero.

Yo quedé desagradablemente impresionado al oír aquella respuesta y sin poderme contener le dije:

-¿De manera que usted mataría a un hombre sólo por apoderarse de un puñado de miles de dólares?

-Tal vez. Y hasta creo que debí haberlo hecho -me contestó.

Desde aquel momento me aparté definitivamente de él.

Ahora el abogado defensor tratará de salvar lo que humanamente pueda y por eso orienta su interrogatorio en otro sentido:

-¿Vio usted en alguna ocasión al doctor Cream ingerir píldoras de morfina?

-Sí, las tomó en mi presencia, y me dijo que eran contra el dolor de cabeza. A veces tenía el aspecto de un loco o de un poseído y me permití aconsejarle que no tomara tantas.

-¿Y qué más le dijo acerca de su cabeza?

-Decía que le dolía tanto que no podía dormir y que por eso tomaba morfina, para aliviar su cerebro.

Sin que mediara pregunta alguna por parte del abogado defensor M’Culloch continuó diciendo que Cream solía tomar también opio para sus dolores de cabeza y volvió a insistir, con evidente ironía, en el motivo por el cual Cream tomaba asimismo arsénico y cocaína.

-¿Y cómo es que recuerda usted con tanta precisión todos los detalles? ¿Llevaba usted acaso un diario? -preguntó el defensor.

-No, pero tengo una buena memoria -fue su última respuesta.

Con semblante inmutable escuchó Cream las declaraciones de los testigos y de los expertos. Sólo el movimiento nervioso de sus manos delataba su angustia interior. Siguió con la misma atención todas las sesiones de la vista, desde el primero al último día. Cuando Lucy Rose y la señora Linnfield declararon que si bien creían reconocerle, no se atrevían a jurarlo, Cream tuvo por un momento la seguridad de que sería absuelto. Aquella misma noche dijo a sus guardianes:

-El juez está contra mi. Pero puede estar seguro que cuando salga de aquí le voy a ajustar las cuentas.

Pero Cream no volvió a salir de allí. El jurado hubo de deliberar escasamente diez minutos para encontrarlo culpable. El juez Hawkins cubrió su blanca peluca con un pañuelo negro de seda y pronunció la pena de muerte. El capellán del tribunal siguiendo el ritual contestó: «Amén».

Cuando Cream, luego de haber escuchado la sentencia, fue devuelto a su celda, gritó:

-¡A mí no me podréis colgar!

Fue vigilado día y noche para evitar que intentara suicidarse. Pronto volvió a recuperar el buen humor, charlaba con los guardianes y se mostraba muy seguro de sí mismo.

La defensa hizo un último intento tratando de reunir pruebas desde los Estados Unidos y Canadá para demostrar que Cream no estaba en su sano juicio. El Ministro del Interior, a cuya consideración fueron sometidos los atestados y declaraciones, los rechazó por insuficientes y decidió que la justicia debía seguir su curso.

El doctor Thomas Neill Cream, antiguo recluso nº. 4374, fue ahorcado en la madrugada del día 15 de noviembre de 1892 en la ciudad de Londres.

Miles de personas se habían congregado a las puertas de la cárcel y cuando fue izada la bandera negra en señal de que se había cumplido la sentencia, estalló una salva de aplausos y de histérica alegría entre la muchedumbre.

 


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