Theodore Robert Bundy

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Ted Bundy

Ted Bundy

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador
  • Número de víctimas: 14 +
  • Periodo de actividad: 1973 - 1978
  • Fecha de detención: 15 de febrero de 1978
  • Fecha de nacimiento: 24 de noviembre de 1946
  • Perfil de las víctimas: Mujeres jóvenes
  • Método de matar: Golpes con una barra de metal - Estrangulación
  • Localización: Varios lugares, Estados Unidos (Colorado), Estados Unidos (Florida), Estados Unidos (Idaho), Estados Unidos (Oregón), Estados Unidos (Utah), Estados Unidos (Washington)
  • Estado: Fue ejecutado en la silla eléctrica el 24 de enero de 1989
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Ted Bundy

Última actualización: 6 de abril de 2015

Tenía una «colección» ilimitada de jóvenes estudiantes a las que cautivaba fácilmente con su ingenio y su apariencia física. Atravesó América para escapar de la Policía, pero nunca pudo escapar de su necesidad de matar. Nadie conoce el verdadero número de víctimas, Bundy se llevó ese secreto consigo a la silla eléctrica.

Las desapariciones

En un caluroso día de verano de 1974, un hombre paseaba por un concurrido parque de Seattle, sedujo a dos chicas y las mató. No era la primera vez que atacaba, pero era la primera vez que el asesino había sido visto y oído por una multitud de testigos.

Seattle es una ciudad agradable de la costa oeste americana, con alamedas, vastas extensiones de agua, y una atmósfera relajada y tolerante. En relación con la mayoría de las ciudades de tamaño comparable en los EE.UU., su índice de criminalidad es bajo. Sin embargo, uno de los mayores problemas con el que se enfrenta la policía, es el alto porcentaje de asaltos sexuales.

Sus calles están llenas de guapas universitarias, muchas de las cuales viven juntas en viejas casas con una seguridad mínima. Pero el crimen sexual que tuvo lugar el 4 de enero de 1974, sorprendió a los agentes que lo investigaban por su singularidad.

Sharon Clarke compartía una casa con otras estudiantes. Cuando el 5 de enero no apareció a media tarde, sus amigas bajaron a su dormitorio para ver si aún dormía. La encontraron inconsciente, con la cara cubierta de sangre. La habían golpeado la cabeza con un instrumento contundente, una barra de metal, que había sido arrancada del bastidor de la cama. No había sido violada, pero si forzada sexualmente con una barra de hierro.

Después de una semana en coma, Sharon se recuperó, pero fue incapaz de dar a la policía ninguna información útil. El ataque la había producido una lesión cerebral.

La policía se imaginó que el atacante vio a Sharon desvistiéndose a través de la ventana, y al encontrar una puerta sin cerrojo. se introdujo en el dormitorio.

Cuatro semanas después, una compañera de piso de Lynda Ann Healy de 21 años, entró en la habitación para ver por qué el despertador continuaba sonando a las ocho y media de la mañana. Lynda era una estudiante de Psicología en la Universidad de Washington. También trabajaba en la radio local donde daba la información sobre esquí, en el programa de la primera hora. Para esto, tenía que levantarse a las 5:30 de la mañana. Cuando su compañera vio que la cama había sido hecha cuidadosamente, pensó que había salido hacia la emisora. No fue hasta esa noche, cuando los padres de Lynda llegaron a cenar, alguien retiró la ropa de cama y vio que las sábanas y las fundas de las almohadas estaban teñidas de sangre. En el armario de la ropa, su camisón también estaba manchado de sangre, colgado en una percha. Pero no había rastro de ella.

Parecía como si el atacante, después de penetrar por el sótano, la hubiera golpeado dejándola inconsciente, y tras quitarla el camisón, probablemente para vestirla, hubiera hecho la cama. Si la intención hubiese sido simplemente la violación, lo podría haber hecho allí en ese momento. Lo que hacía suponer que este hombre quería tomarse el tiempo necesario, para disfrutar el placer de la posesión.

Unos pocos días después, un hombre que no se identificó llamó a la policía, y les dijo que el atacante de Sharon Clarke era la misma persona que había raptado a Lynda Ann Healey. Según el comunicante, el mismo sujeto había sido visto fuera de las dos casas. La policía nunca tuvo el menor indicio de quién había realizado la llamada.

Dos semanas después, la joven de 19 años Donna Manson dejó su dormitorio del campus de Evergreen, al suroeste de Olympia, para ir a un concierto de jazz. Nunca regresó. Tampoco regresaron Susan Rancourt, Roberta Kathleen Parks, Brenda Ball o Georgann Hawkins. Hacia mediados de junio de 1974, eran ya seis chicas las que se encontraban en paradero desconocido . La última de ellas había desaparecido durante el corto paseo de 90 metros, que era el espacio existente entre la residencia de estudiantes de su novio a la suya.

A primeros de julio, la policía de Seattle se preguntaba dónde estarían las siete víctimas.

La respuesta llegó de una manera que provocó grandes titulares en la prensa a escala nacional. El 14 de julio de 1974, dos chicas desaparecieron del parque Lake Sammaish State. Pero esta vez varios testigos habían visto al secuestrador.

Dicho parque, situado a 10 km. al este de Seattle, resultaba ser un lugar ideal para pasear los días de fiesta. Este era un día caluroso y había mucha gente. Alrededor del mediodía, se acercó a Doris Grayling un hombre de pelo ondulado con un brazo en cabestrillo. Le preguntó si podía ayudarle a subir el bote al coche. Ella le acompañó hasta el automóvil, un Volkswagen marrón, pero una vez allí, él la dijo que el bote estaba más allá, subiendo una colina. Con pocas ganas de alejarse más con un extraño, ella buscó una excusa y se marchó.

En menos de una hora repitió el intento con una rubia guapa llamada Janice Ott, que estaba sentada sola a la orilla del lago. Cuando él la pidió ayuda para cargar el bote, ella le invitó a sentarse y charlar. La gente que estaba sentada unos pocos metros más allá, oyó que se presentaba como Ted, y notaron que hablaba con un acento que podría ser canadiense o británico. Hablaron de vela alrededor de diez minutos y, al comentario de ella de que «la vela debe ser divertida, nunca he sabido navegar», él se ofreció a enseñarla. Se fueron juntos. Ella nunca volvió a la orilla del lago.

Sólo un par de horas más tarde, Denise Naslund, de 18 años, dejó a sus amigos, entre los que se encontraba su novio, y se fue al servicio de señoras. Cuando vieron que no volvía, supusieron que se habría parado a hablar con algún conocido. Después de cuatro horas denunciaron su desaparición a un guarda del parque.

La policía que investigaba el caso descubrió al día siguiente que el joven con el brazo en cabestrillo se había acercado a varias mujeres con la misma excusa de necesitar ayuda con su bote. Una chica a la que había hablado le rechazó sólo unos minutos antes de que Denise Naslund desapareciera.

Como Ted había sido visto y oído por tanta gente, los periódicos de Seattle pudieron publicar descripciones y dibujos del sospechoso. La policía recibió numerosas llamadas informándoles de que ese hombre se parecía a un estudiante de la Universidad de Washington, Ted Bundy. Una de estas llamadas fue de una vieja amiga suya, la reportera criminalista Ann Rule; otra fue de Meg Andrews, que había sido su novia durante cuatro años.

Pero Bundy sólo era uno entre cientos de sospechosos, el número ascendía a 3.500, y en principio él parecía ser el menos probable. Aparentemente era un hombre joven, decente y amistoso que había sido agente electoral y que había trabajado para la Comisión Contra el Crimen y para el Departamento de Planificación de Justicia. Además de todo esto, parecía muy improbable que un hombre que pensaba secuestrar a su víctima utilizara su nombre real delante de tanta gente. Consecuentemente, la carpeta de Bundy pronto fue a parar debajo de una larga lista de sospechosos.

El 6 de septiembre de 1974, unos cazadores encontraron algunos huesos humanos dos kilómetros y medio al este del parque del lago Sammamish, entre la maleza. Las piezas dentales fueron identificadas como las de Janice Ott y Denise Naslund. También había un hueso de un muslo que pertenecía a una tercera persona, pero éste no se pudo identificar.

Con el transcurrir de los meses, pareció que los asesinos de Seattle habían terminado. Por una extraña coincidencia, una serie similar de asesinatos estaba a punto de comenzar en Salt Lake City. Ted Bundy se había trasladado allí para estudiar Derecho en la Universidad de Utah.

Amiga y biógrafa: Ann Rule

En 1974, a Ann Rule, una divorciada de 42 años, se le encargó escribir un libro sobre una serie de asesinatos no resueltos que habían tenido lugar en Seattle. Ella era una ex-policía que se había convertido en una reportera criminalista que trabajaba en los casos de Sharon Clarke y Lynda Healy.

Había conocido a Ted Bundy en 1971, cuando ambos trabajaban en la Crisis Clinic (una versión americana de los Samaritanos), y había desarrollado un «amor de madre» hacia él. En su libro «Un extraño junto a mí», Ann Rule describe su primer encuentro con Bundy: «Me miró y sonrió. Entonces tenía 24 años, pero parecía más joven… Me gustó inmediatamente. Hubiera sido difícil que no me gustara…»

«Teníamos pacientes que muchas veces perdían la consciencia a causa de sobredosis, pero nosotros siempre nos las arreglábamos para mantener una actitud abierta».

«Si, como mucha gente piensa hoy, Ted Bundy quitó vidas, también salvó vidas. Sé que fue así porque yo estaba con él cuando lo hizo».

Sólo fue después de la doble desaparición del lago Sammamish en julio de 1974, cuando Ann Rule tuvo la horrible sospecha de que el presunto asesino se parecía extrañamente a su viejo amigo Ted Bundy. El sospechoso sin embargo, había conducido un Volkswagen y por lo que ella sabía, Bundy no tenía coche. Decidió preguntar a un amigo policía, para que éste lo investigara en su lugar. Así lo hizo. Parecía que Bundy conducía un automóvil de color bronce. De repente, Ann se dio cuenta de que sus sospechas sobre él estaban bien fundadas.

Seducidas hasta la muerte: las víctimas

Después del ataque a sus dos primeras víctimas, el asesino necesitaba encontrar un medio más fácil y seguro para tender la trampa a las jóvenes que el de entrar a sus casas.

Sharon Clarke, sobrevivió, sorprendentemente, al ataque que ocurrió en su habitación. Habiendo hecho el primer ataque, le dominaba el deseo de hacer el segundo. A Lynda Healy la mató despiadadamente. Probablemente fue después del primer asesinato cuando se dio cuenta de que esto era una parte esencial en el acto sexual que él deseaba ardientemente.

Donna Manson en una lluviosa noche, un martes del mes de marzo. Seis días antes la policía había sido avisada, pero por entonces la investigación no ofrecía ninguna pista.

El nuevo método de ataque del asaltante había tenido éxito, y lo puso rápidamente en práctica otra vez. La policía obtuvo una primera pista cuando una estudiante relató un peculiar incidente que había ocurrido 5 días antes de que Susan Rancourt desapareciera. Un hombre alto, bien parecido, con un brazo en cabestrillo, dejó caer algunos libros, y había preguntado a la chica si podría ayudarle a llevarlos a su coche, un Volkswagen de color tostado, aparcado a unos 90 metros de allí. Él la pidió que cerrara la puerta del coche y que se metiera dentro, pero ella se negó y echó a correr.

Tres días más tarde intentó la misma técnica con otra jovencita. Ella también se negó a meterse en el coche. Unos momentos más tarde, Susan Rancourt, una estudiante de Psicología, dejó una reunión y fue al encuentro de una amiga que la esperaba en el cine. Él debió salir a su encuentro y utilizó la misma artimaña para persuadirla de que se metiera en el coche. Le hundió el cráneo con una barra de hierro, luego la secuestró, la violó y la mató antes de abandonar su cadáver en el bosque.

Menos de tres semanas después, el 6 de mayo de 1974, Roberta Kathleen Parks, desapareció cuando iba a encontrarse con unos amigos en el sindicato de estudiantes de Oregón. El asesino, sin duda alguna había viajado 300 kilómetros desde Seattle en un intento de cometer un crimen que no fuera relacionado con los otros.

Amigos de Brenda Ball la habían visto por última vez hablando con un hombre guapo que llevaba el brazo en cabestrillo, a la salida de un bar cerca del aeropuerto de Seattle. El método de secuestro, fue utilizado una y otra vez, introduciendo sutiles variaciones.

Algunos estudiantes describieron a un extraño con muletas, que llevaba una cartera, en la zona de los alrededores de la Residencia Beta House Hall donde Georgann Hawkins había desaparecido. Una chica vio al hombre dejando caer la cartera varias veces y ella le ofreció su ayuda. Pero primero tenía que hacer una llamada a una de las residentes. Cuando volvió a salir, el hombre se había ido.

Dos meses después, el hombre necesitado de ayuda que llevaba el brazo en cabestrillo, había secuestrado a dos chicas, Janice Ott y Denise Naslund, del parque Lake Sammamish.

El asaltante era selectivo con sus víctimas. Todas ellas eran de un tipo parecido, de 17, 18, 19 o veintipocos años, atractivas, con pelo largo y generalmente morenas, con raya en medio.

Era como si el asesino con su apariencia física y sus maneras encantadoras quisiera demostrar que podía seducir a las chicas más brillantes y atractivas, hasta la propia muerte.

En septiembre de 1974, los restos de Janice Ott, Denise Naslund y de un tercer cadáver no identificado, fueron encontrados a 2,5 kilómetros al este del parque Lake Sammamish. Seis meses más tarde, 14 kilómetros más lejos, un estudiante de ciencia forestal encontró el cráneo de Brenda Hall. Una investigación por la zona descubrió los restos de Susan Rancourt, Roberta Parks y Lynda Healy. Los cadáveres de Manson y Wawkkins todavía hoy no se han encontrado.

PRIMEROS PASOS – Deseo de ser diferente

La infancia de Bundy no estuvo marcada por una personalidad sobresaliente. Era tímido e inmaduro con sus amistades y de tendencia conservadora.

Theodore Robert Bundy era el hijo ilegítimo de una joven secretaria respetable, Louise Cowell. Nació en una casa para madres solteras cerca de Filadelfia el 24 de noviembre de 1946. La madre eligió este nombre, Theodore, porque significa «regalo de Dios». La identidad de su padre se desconoce, y Louise siempre se negó a hablar de ello.

Continuó viviendo en su casa, y sus abuelos contaron a los vecinos que Ted era su hijo adoptado. Estos en realidad siempre le trataron como si fuera su propio hijo. El niño creció creyendo que Louise era su hermana y que él era un «hijo tardío». Su abuelo, un hortelano retirado que trabajaba en un supermercado, tenía un temperamento tiránico, y aterrorizaba a todos los miembros de la casa. Hasta 1969, cuando Ted fue a Vermont a por su certificado de nacimiento, no descubrió su verdadero parentesco.

Cuando tenía 4 años, su madre decidió empezar de nuevo y se fue a vivir con unos parientes de Tacoma (una ciudad cerca de Seattle). En una comunidad religiosa, conoció a un sureño, de temperamento suave y fácil de llevar, John Bundy, que acababa de abandonar la armada, con el que se casó. Encontró trabajo como cocinero en un hospital para veteranos, y conservó dicho empleo el resto de su vida. Ted encontraba a su nuevo padre torpe y sin cultura, pero no demostró resentimiento contra él ni contra los hermanastros y hermanastras que nacieron después.

Ted era un niño hipersensible y consciente que tenía los sueños comunes de dinero y fama. Fantaseaba sobre la posibilidad de ser adoptado por el cowboy estrella, Roy Rogers, y en realidad, le pidió a su tío Jack, profesor de música en Tacoma, que le adoptase. En una fase inicial se convirtió en un ladrón y en un mentiroso habitual. Sacó buenas notas en el colegio, se hizo un scout entusiasta y tenía un don natural para el deporte. Más adelante se convirtió en un excelente esquiador, a pesar de que el caro equipo que usaba era, casi seguro, robado.

En su primer año como estudiante, era solitario, callado y tímido. El deseo de ser diferente le llevó a estudiar chino. Al final de su adolescencia, se enamoró locamente de una compañera de estudios, Stephanie Brooks. Era guapa, sofisticada, y procedía de una acaudalada familia. Por entonces Ted ya había desarrollado algo de ese «encanto» y aire de sofisticación que le hacía atractivo para las mujeres, y se hicieron novios.

Para impresionar a Stephanie y su familia, Ted fue a la Universidad de Standford para estudiar chino. Allí estaba solo, emocionalmente inmaduro y sus calificaciones fueron pobres. «Me encontré pensando en unas expectativas de éxito que no parecía que fuera a cumplir», comentó. La chica finalmente se cansó de su inmadurez y rompió con él. Se quedó destrozado y lleno de profundos resentimientos. Su hermano Glenn comentó: «Stephanie le estropeó… nunca le había viste así antes».

Ted se empleó en un trabajo servil en el comedor de un hotel, y se hizo amigo de un drogadicto. Una noche entraron en una casa abandonada en un acantilado y robaron todo lo que pudieron llevarse consigo. Encontró esta experiencia extrañamente excitante y empezó a robar en tiendas y en otros sitios sólo por lo emocionante que le parecía. En una ocasión entró abiertamente en un invernadero, arrancó una palmera de 2 metros y medio y condujo con ella sobresaliendo por el techo del coche.

También se convirtió en un activista voluntario por la causa de Art Fletcher, el candidato negro republicano a vicegobernador. Disfrutaba de la sensación de ser «alguien» y de mezclarse con gente interesante. En 1972, trabajó en una «Crisis Clinic» como consejero psiquiátrico. Más tarde, empezó a trabajar para la Comisión Contra el Crimen y para el Departamento de Planificación de Justicia. En 1973 empezó a estudiar Derecho en la Universidad de Puget Sound en Tacoma.

Cuando Stephanie Brooks se lo volvió a encontrar, siete años después de que se hubieran separado, se quedó fuertemente impresionada por el nuevo y «poderoso» Ted. Hablaron otra vez de matrimonio y pasaron juntos las Navidades de 1973.

Una vez finalizadas las fiestas, la abandonó, imitando lo que ella había hecho con él. Cuando le telefoneó para preguntarle porqué no había contactado con ella desde ese fin de semana, él la dijo fríamente: «No tengo ni idea de lo que estás hablando», y cortó la comunicación. Unas pocas semanas más tarde, como si su venganza, de alguna manera hubiera roto un dique en su interior y le hubiera inspirado un sentimiento de poder y de confianza, se convirtió en un violador y en un asesino.

La transformación de Bundy

Cuando Ted Bundy decidió completar su formación con un curso en la universidad de Washington en el verano de 1970, sus viejos amigos se sorprendieron por el cambio que se había producido en él. «No le había visto desde el Instituto» dijo uno de ellos «y me sorprendió mucho. Andaba con aire de seguridad… Recuerdo que pensé: Caramba, ese chico sabe realmente dónde va».

Los profesores estaban igualmente sorprendidos. Uno escribió más tarde, «se comporta más como un joven profesional que como un estudiante. Le situaría en el lugar más elevado del 1% de los estudiantes no graduados con los que he tenido contacto.»

La señora Louise Bundy

Cuando en una entrevista se le pidió que describiera el tipo de hijo que Ted Bundy fue, la Sra. Bundy contestó: «Ted ha sido siempre el mejor hijo del mundo». Sus palabras fueron pronunciadas con entusiasmo mientras apoyaba sus manos unidas sobre su regazo. «Siempre fue una persona muy atenta. A veces me preguntaba si con un plan de vida tan ocupado, olvidaría el día de la madre, pero siempre aparecía con un regalo». Recordó su interés por las leyes, «Él siempre quiso ser policía o abogado».

Muerte en Utah

La comunidad mormona en la ciudad de Salt Lake, en Utah, está situada a casi 60 km. al sudeste de Seattle. Seis chicas desaparecieron en el otoño de 1974, pero otra escapó, ella fue la única que vivió para contarlo.

Era una noche húmeda de noviembre de 1974, Carol DaRonch, una joven atractiva de 17 años, estaba en el centro comercial Murray, mirando el escaparate de una tienda cuando un hombre se presentó como agente de policía. Le preguntó si había dejado su coche en el aparcamiento de los almacenes y ella contestó afirmativamente.

Después de pedir y anotar el número de matrícula, explicó que él y su compañero habían detenido a un hombre que estaba forzando la puerta. La pidió que le acompañara para ver si faltaba alguna cosa.

El aparcamiento estaba algo lejos y mientras iban hacia allí a través de la llovizna, Carol advirtió que el agente de policía la dejaba ir en primer lugar y le pidió que se identificara. Él sacó una cartera del bolsillo y la abrió. En la semioscuridad, ella pudo ver algo que parecía una insignia de policía.

La joven se quedó sorprendida al ver que el coche no parecía sufrir daño alguno y estaba bien cerrado. Abrió la puerta del conductor y comentó que no faltaba nada. Cuando el hombre dio la vuelta para comprobar la otra puerta, ella se fijó en que llevaba un par de brillantes esposas en el bolsillo de su chaqueta de sport.

Él le explicó que su compañero había trasladado al sospechoso a la oficina en el otro lado de la alameda, y le preguntó si no le importaba ir allí con él a hacer una declaración.

El falso policía, que tenía como 10 años más que Carol, parecía tan serio y seguro de sí mismo que ella se confió y no hizo más preguntas. Se acercaron a un pequeño edificio, que el hombre identificó como la oficina; Carol desconocía que se trataba, en realidad, de una lavandería automática. El hombre intentó abrir la puerta y al no poder, anunció que su compañero debía haberse llevado al sospechoso al Cuartel de la Policía y sugirió ir allí en coche para presentar la denuncia.

Mientras se acercaban a un viejo Volkswagen con aspecto decrépito, la chica le preguntó su nombre y él se identificó como el agente Roseland del departamento de Murray.

Ciertamente el coche no parecía ser un vehículo de policía. Estaba abollado y arañado, y cuando se montó, vio que el asiento trasero estaba roto.

Al estar en un sitio cerrado, Carol pudo darse cuenta de que olía a alcohol. El falso agente puso el coche en marcha y se dirigió en sentido contrario a la Comisaría. El efecto fue inmediatamente y ella pasó de sentir una vaga ansiedad a un profundo terror.

Unos minutos más tarde, giraban hacia una oscura calle lateral, donde el automóvil derrapó en una parada de autobús, a la salida de un colegio, quedando la rueda delantera sobre la acera.

A Carol, le llevó tiempo darse cuenta de que había sido secuestrada, pero en cuanto lo hizo, intentó coger el tirador de la puerta y abrirla. A una velocidad escalofriante el hombre le cogió de la muñeca y le puso una esposa.

Mientras intentaba agarrarle la otra muñeca, ella gritó, él se puso nervioso, lo que hizo que se equivocara, cerrando ambas esposas en la misma muñeca. Entonces sacó un revólver, apuntó a su cabeza y la amenazó con volarle los sesos si hacía otro movimiento.

Demasiado aterrorizada para que sus palabras hicieran efecto, Carol abrió la puerta de nuevo y se tiró. El hombre la seguía con una barra de metal en las manos, cuando fueron iluminados por las luces de un coche que se aproximaba. Mientras Carol corría hacia él gritando, el falso policía aceleró y se fue.

Media hora después, la chica asustada contó la historia a un sargento en las dependencias policiales. El policía reparó en unas manchas de sangre que había en la piel blanca de su abrigo, que provenía de los arañazos que Carol le había hecho en la cara a su supuesto secuestrador, y las recogió para ser examinadas.

En la Escuela Superior de Viewmont, unos cuantos kilómetros al norte de Murray, un público formado por estudiantes y sus familiares se preparaban para ver una comedia llamada «The Redhead», representada por el grupo de teatro del colegio. La profesora de arte dramático, Jean Graham, se parecía físicamente a Carol DaRonch, alta, guapa, con pelo largo de color castaño y raya en medio. Antes de levantar el telón Jean se dirigía a los vestuarios, cuando se le acercó un joven alto y guapo pidiéndola que le acompañara al parking para identificar un coche.

Jean Graham iba con prisa, así que le dijo al joven que no tenía tiempo. Pero tomó buena nota de él, y observó que tenía el cabello castaño ondulado y bigote, y que llevaba una chaqueta de buen corte, pantalones de vestir y zapatos de piel.

En el primer intermedio, todavía estaba allí y media hora después volvió a pedirla que fuera con él al aparcamiento. «Solo será un segundo» dijo. Pero ella volvió a rehusar alegando el estreno. 

Esa noche, entre el público, se encontraba Debbie Kent, una estudiante de 17 años, junto con sus padres. Debbie no estaba de buen humor. Había dejado a su hermano Blair en una pista de patinaje sobre hielo prometiéndole volver a buscarle cuando terminara la obra. Pero esta se alargaba y el niño estaría preocupado con la tardanza. Su padre estaba recuperándose de un ataque al corazón y ella no quería preocuparle… Así que media hora antes de terminar la representación decidió perderse el resto e ir a buscar a su hermano.

Jean Graham estaba sentada en la última fila, contenta de como estaba resultando la puesta en escena, cuando la puerta se abrió y entró de nuevo el mismo hombre que se fue a sentar en la butaca delantera. Respiraba de forma entrecortada, como si hubiera estado corriendo, y la gente alrededor le miraba irritada. Cuando finalmente cayó el telón, se levantó y salió apresuradamente.

Los padres de Debbie esperaron nerviosos a que volviera. Finalmente, decidieron ir andando a casa de unos amigos que vivían cerca. Mientras cruzaban el aparcamiento, se dieron cuenta de que su coche estaba todavía allí, y que su hija no había ido a la pista de patinaje.

A la mañana siguiente, la Policía que investigaba la desaparición de Debbie rastreó los alrededores de la escuela y en la puerta principal encontraron la llave de unas esposas. Los inquilinos de un bloque de apartamentos cercano dijeron que habían oído unos gritos desgarradores que provenían del aparcamiento la noche anterior, algo después de las diez. Empezaron a sospechar lo que había pasado cuando la Policía descubrió que la llave de las esposas correspondían a las de las muñecas de Carol DaRonch.

La descripción de ésta, del falso Policía y la de Jean Graham del joven persistente, eran demasiado parecidas para ser una coincidencia. Después de fallar con Carol, lo intentó de nuevo. Debbie Kent había sido secuestrada en el aparcamiento. Tuvo tiempo de gritar antes de que la dejara inconsciente con la barra de hierro. ¿Por qué volvió su atacante al auditorio? Probablemente porque sabía que sus gritos habrían sido oídos y no quería que le vieran en su, fácilmente identificable, coche. Si se quedaba donde estaba, cualquier persona que le hubiese visto desde los apartamentos perdería interés. Así que volvió al colegio, esperó a que la obra terminara y entonces se fue con su víctima inconsciente. Todo esto demostraba una frialdad excepcional.

Debbie Kent era la cuarta chica que había desaparecido del área de Salt Lake City en cinco semanas. La primera había sido la animadora de la escuela secundaria, Nancy Willox, de 16 años. Nancy había discutido con sus padres el 2 de octubre, y aceptó montar en el siniestro Volkswagen. Desde entonces no se la había vuelto a ver. La noche del 18, Melissa Smith, de 17 años, hija del jefe de Policía de Midvale, abandonó una pizzería con la intención de hacer autostop hasta su casa. Pero nunca llegó. Nueve días después, su cuerpo desnudo fue encontrado en Summit Park, había sido violada y estrangulada, su rostro estaba tan desfigurado que incluso su padre, al principio, no la identificó.

El 31 de octubre, otra adolescente, Laura Aime, que medía 1,82 y tenía fama de saber cuidarse sola, acudió alrededor de la media noche a una fiesta de Halloween y parece que aceptó que la llevaran. Su cuerpo, golpeado y violado, apareció en las montañas cuatro semanas más tarde, el 27 de noviembre de 1974.

En la madrugada del sábado 16 de agosto de 1975, el sargento Bob Hayward conducía despacio por el tranquilo vecindario de Salt Lake City, haciendo su ronda. Al llegar a la calle Brock encendió las luces largas iluminando a un vehículo aparcado. Este arrancó y se marchó velozmente. Hayward le siguió encendiendo la sirena. Después de saltarse dos semáforos, el conductor viendo que no podría escapar de la Policía, se dirigió a una gasolinera vacía. 

Un joven alto y bien parecido salió del automóvil y caminó hacia el coche patrulla. Hayward le pidió la documentación y el hombre le enseñó su carnet de conducir que le identificaba como Theodore Robert Bundy del 565 de la Primera Avenida.

El agente le preguntó por qué había tratado de escapar y la respuesta fue inverosímil: no se había dado cuenta de que le perseguía. Volvía de pasar la tarde, dijo, viendo una película, The Towering inferno, en el autocine de Valley View, Hayward recordó haber pasado aquella tarde por allí y que ponían tres westerns. Le pidió a Bundy que le dejara mirar dentro del coche.

No estaba el copiloto, y al lado, en el suelo, había una bolsa abierta que contenía un pasamontañas de lana de color marrón y una máscara hecha con medias de mujer, con dos agujeros para los ojos. En el suelo yacía una barra de metal y en el maletero un par de esposas. Hayward se volvió y poniendo las esposas en las muñecas del joven, dijo «Está detenido».

El asesinato de Colorado

El 11 de enero de 1975 Karyn Campbell, una enfermera de 23 años y su prometido el doctor Raymond Gadowsky, un divorciado y sus dos hijos, se registraron en el hotel Wilwood Inn en Snowmass Village, Colorado. Karyn llevó a los niños a esquiar mientras Gadowsky asistía a un simposio de cardiología. La noche siguiente salieron a cenar con otro médico. De regreso al hotel, ella y este doctor discutieron sobre su preferencia entre dos revistas. Veinte minutos más tarde Gadowsky dijo, «vamos, niños, vamos a ver qué es lo que la retiene». Pero la habitación estaba vacía. Karyn Campbell había desaparecido.

El 17 de febrero, los frenéticos graznidos de los grajos llamaron la atención de un conductor. Vio el cuerpo desnudo de una mujer tirado boca abajo sobre la nieve derretida. Karyn Campbell había sido violada y asesinada a golpes en la cabeza con una barra de hierro.

Características criminales

En 1961, dos psicólogos americanos, Samuel Yochelson y Stanton D. Samenow, comenzaron un programa para estudiar a criminales en el Hospital St. Elizabeth, en Washington DC. Los dos eran liberales que creían que los criminales eran realmente «víctimas» de la sociedad, gente con «profundos problemas psicológicos». Las conclusiones a las que llegaron desconcertaron a ambos.

En su libro «La personalidad criminal», admiten que las principales características del criminal son la debilidad, inmadurez, vanidad y autoengaño. Los asesinos carecían de autodisciplina y eran a menudo cobardes. Por ejemplo, preferían dejar que se les cayeran los dientes antes de enfrentarse con las herramientas del dentista. También dicen que «el mayor miedo era que los demás pudiesen ver algún signo de debilidad en ellos. Eran hipersensibles a todo lo que se les dijera, y reaccionaban mal ante el hecho de que se anotara lo que decían». El libro escrito una década antes de que Bundy fuera capturado ofrece un exacto sorprendente retrato de su personalidad. Él se encontraba a si mismo incapaz de hacer frente a los desafíos normales de la vida. El rechazo y la humillación le condujeron a la obsesión.

Verdaderos amigos

Cuando Ted Bundy se trasladó a Salt Lake City en septiembre de 1974, rápidamente se encontró en la habitación de una casa llena de chicas estudiantes. Con sus encantadores modales, enseguida consiguió un amplio círculo de amigos y también comenzó una serie de aventuras amorosas. Dos de sus amigos eran misioneros mormones. Unas pocas semanas después de su arresto, realizado por Bob Hayward en agosto de 1975, Bundy fue bautizado como mormón y se convirtió en un profesor de la escuela dominical. Cuando sus amigos se enteraron de su arresto se enfadaron, estaban convencidos de que Ted había sido engañado por el policía. Él les contó que el agente había encontrado en su coche un pasamontañas y una palanca, pero no mencionó las medias y las esposas.

La novia de Bundy

Después del arresto de Bundy en la ciudad de Salt Lake, los detectives fueron a ver a su novia Meg Anders. Ella había contactado con la Policía después de los asesinatos de Lake Sammamish, para contar su sospecha de que él podría ser Ted. Ahora ella dio sus razones. Había encontrado muletas en su habitación y yeso blanco en los cajones. También, Meg había visto algunos artículos de ropa de mujer guardados en su habitación, y a menudo salía en mitad de la noche, y nunca estaba con ella las noches en que las mujeres desaparecían.

Además la insistía para practicar el sadomasoquismo y ella se negaba a hacerlo después de una ocasión en que Bundy la medio estranguló mientras ella permanecía atada.

Pero lo que más le preocupó fue que después de que Bundy se hubo trasladado a Utah, un amigo de la ciudad de Salt Lake le había contado que una serie de casos similares se habían dado allí. En la primavera de 1973, Ted fue nombrado ayudante del director del comité central republicano del estado de Washington. Decepcionaba a Meg el que con tan buen trabajo Ted continuara todavía robando. Un día en una tienda de ordenadores, él se puso a recoger herramientas y a meterlas en una caja. Ella le dijo: «No vas a robarlas, ¿verdad?»

«Claro que no», contestó él. Pero unos días más tarde ella vio la caja de herramientas en su coche.

Huida hacia la libertad

Era increíble que Bundy, el prototipo de chico americano, pudiera ser un sádico asesino sexual. O se había producido una serie de increíbles coincidencias, como pensaban sus amigos, o tenía una habilidad extraordinaria para vivir una mentira.

Tres días después del arresto en Salt Lake, el 16 de agosto de 1975, un grupo de detectives estaban reunidos, como siempre los jueves por la mañana, en el Palacio de Justicia. Los agentes que llevaban el asesinato de la hija del Jefe de Policía, Melissa Smith, no informaron de ningún progreso, a diferencia de los que investigaban la desaparición de Debbie Kent de su escuela, durante una representación de teatro.

El detective Daryl Ondrak describió entonces el arresto de Bundy el sábado anterior y enseñó las medias y la barra de hierro. El detenido había sido puesto en libertad tras pagar la fianza, pero todos estuvieron de acuerdo en conjeturar que iba camino de cometer un atraco. El detective de homicidios Jerry Thompson frunció el ceño cuando oyó el nombre de Bundy. Le sonaba familiar.

De regreso a su oficina, abrió el fichero de sospechosos, y encontró lo que buscaba, una carpeta delgada con el nombre de Bundy. Un detective de Seattle, Bob Keppel, le había dado la información. El personaje era sospechoso de «dos asesinatos de Ted» ocurridos el año anterior y ahora parecía probable el traslado a Salt Lake City. Bod Keppel no creyó que un estudiante de Derecho, trabajador y licenciado en Psicología por la Universidad de Washington, encajara en el perfil de un maníaco sexual.

Ahora la barra de hierro, las esposas y las medias hacían dudar del diagnóstico. Al mismo tiempo, Thompson recordó algo más: el intento de secuestro de Carol DaRonch. También había sido esposada y amenazada con una barra de hierro, y su secuestrador, como Bundy, conducía un Volkswagen.

Cuando éste fue de nuevo arrestado cinco días después, no pareció importarle. Conocía suficientemente la ley como para saber que un cargo por tener un arma para robar era sólo una falta que no podría hacer que le retuvieran.

Durante el interrogatorio, demostró la misma sangre fría y la despreocupada seguridad que se haría familiar a los detectives que intentaban acusarle de asesinato. El pasamontañas lo utilizaba cuando esquiaba para calentarse la cara, había encontrado las esposas en un cubo de basura, el punzón y la barra de hierro eran parte de las herramientas del coche. En cuanto al registro de su apartamento, dio permiso voluntariamente.

Naturalmente, la Policía no encontró nada sospechoso; había tenido casi una semana para recogerlo todo. Pero cuando Thompson encontró unos cuantos folletos de viajes de Colorado, recordó que varias chicas desaparecieron allí el año anterior. Le preguntaron si conocía Colorado y Bundy lo negó categóricamente. Los folletos y el mapa los olvidó un amigo en su apartamento. En un cajón, el policía encontró un montón de resguardos de tarjetas de crédito y se guardó uno en el bolsillo. De vuelta en su oficina, Thompson habló con la Policía de Colorado sobre las desapariciones que habían ocurrido allí. El mapa, les dijo, parecía nuevo y sin usar. Pero uno de los folletos de esquí estaba marcado cerca de un hotel llamado el Wildwood Inn en Snowmass.

Se oyó una exclamación al otro lado del teléfono. «Una chica llamada Caryn Campbell desapareció de aquí en enero. Su cuerpo se encontró un mes después. Fue forzada y golpeada hasta morir».

De pronto todo parecía mucho más prometedor. Y si Carol DaRonch identificaba a Bundy como su secuestrador, tendrían el caso resuelto. Pero Thompson se encontró con un revés inesperado. La joven estaba tan mal emocionalmente, por su experiencia, que su memoria fallaba. Mirando un montón de fotografías admitió que la de Bundy se parecía un poco a la de su secuestrador, pero no podía afirmar nada. Cuando la llevaron a ver el Volkswagen descubrieron que estaba recientemente pintado de nuevo.

El 1 de octubre, la suerte del detective empezó a mejorar. Bundy fue llevado ante el tribunal de justicia para una identificación. Las mujeres que debían identificarle eran Carol DaRonch, Jean Graham y una estudiante de la escuela de Viewmont.

A pesar de que Bundy se había afeitado el bigote, cortado el pelo y cambiado la raya del pelo, las tres le identificaron. Ese día por la tarde, el juez Cowans firmó una resolución acusándole de secuestro e intento de asesinato. En 24 horas, el nombre de Ted Bundy se hizo conocido para todos los periodistas a lo largo de los EE.UU. Por entonces, los huesos de cuatro víctimas más de Seattle, Lynda Healey, Susan Rancourt, Kathy Parks y Brenda Ball, se habían descubierto en Taylor Mountain, a 25 kilómetros de la ciudad.

Las conclusiones fueron terribles. El secuestrador podía haber tenido sólo un propósito al llevarlas allí: tomarse el tiempo que quisiera en sus asaltos sexuales antes de estrangularlas o golpearlas hasta la muerte. Las deducciones de la doble desaparición del lago Sammamish Park eran igual de malas. No se espera que un hombre que secuestra a una chica lo haga otra vez pocas horas después. Ted habría querido experimentar el placer de violar a dos chicas al mismo tiempo, posiblemente enfrente una de otra.

Era algo más que un asesino sexual corriente, era casi un monstruo inhumano. Esta fue la razón por la que las noticias de que Bundy había sido arrestado aparecieron en titulares en todo el país.

Pero en ocho semanas estaba en libertad bajo fianza (su madre había pedido prestado el dinero). Por supuesto, estaba convencida de la inocencia de su hijo, al igual que sus amigos estudiantes de Salt Lake City.

Estos estaban convencidos de que la Policía trataba de engañarle haciéndolo culpable. Dos ex-novias suyas estaban menos seguras.

Durante cinco años, había estado más o menos comprometido con una chica de Seattle. Pero ella había empezado a desconfiar al ver las fotos de «Ted» en el periódico. Unos días después encontró yeso blanco en un cajón y telefoneó a la Policía para revelar sus sospechas. Una novia de Ted, más reciente, describió cómo le gustaba atarla con medias de nylon antes de estar con ella.

Tal comportamiento no probaba que fuera un asesino. Lo que parecía más prometedor era el hecho de que el grupo sanguíneo de Bundy era el mismo de la sangre encontrada en la ropa de Carol DaRonch.

También el pelo que se encontró en su coche era virtualmente idéntico al de Carol DaRonch y Melissa Smith. Una década más tarde, después del descubrimiento de las huellas dactilares genéticas, sólo con la sangre de Bundy se hubiese probado su culpabilidad o inocencia. Pero en 1975, ni las pruebas sanguíneas ni las del pelo, eran concluyentes, de cargo. Tampoco lo era el hecho de que los resguardos de las tarjetas de crédito probaran que el sospechoso había estado en Colorado en las fechas en que las chicas habían desaparecido.

Cuando finalmente Bundy compareció ante el tribunal de Salt Lake City el 23 de febrero de 1976, otra cosa se hizo inmediatamente evidente, la mayoría de los espectadores asumieron que la Policía se había equivocado. Este hombre de apariencia decente, pulcro y culto, no podía ser el culpable de esa serie de asesinatos; parecía ser, más bien, un joven ejecutivo. A pesar de la identificación de Carol DaRonch, el caso contra Bundy parecía dispersarse y ser incidental. Esta fue la argumentación básica de la defensa: era la víctima de una serie de increíbles coincidencias.

El caso de Bundy seguía pareciendo dudoso, inseguro hasta que el cuarto día subió al estrado. No se trataba de la forma en que se presentó a sí mismo, era sólo que parecía demasiado convincente, demasiado listo. Al explicar la razón por la que esquivó a la Policía, adujo ante el tribunal haber estado fumando marihuana y haberla tirado fuera del coche mientras huía.

Resultaba demasiado astuto y confiado para ser inocente. En su argumentación final, el fiscal admitió que las pruebas eran circunstanciales. Pero cuando continuó señalando lo extraño que era el que tantas pruebas recayeran sobre la misma persona erróneamente, todo el mundo en la sala reconoció el poder de este argumento. A pesar de ello, el fiscal creía que el veredicto iría probablemente en su contra.

No supo que había ganado hasta el lunes siguiente, cuando el juez Stewart Hanson declaró «encuentro a Theodore Robert Bundy culpable de secuestro». El acusado, sollozando suplicó que no le mandaran a la cárcel. El juez no se conmovió y le condenó de 1 a 15 años de prisión. 

Una cosa parecía evidente, si él era el hombre que había raptado a Carol DaRonch, también era entonces el hombre que había secuestrado a Debbie Kent de la escuela de Viewmont. Lo que a su vez significaba que era el primer sospechoso de los otros secuestros ocurridos en Salt Lake City y como los resguardos de sus tarjetas de crédito revelaban que había estado varias veces en Colorado, en 1975 (cuando cinco mujeres habían desaparecido) parecía bastante probable que Ted Bundy fuera un asesino sexual. 

En enero de 1977, fue encarcelado en Aspen, Colorado. Las autoridades locales empezaron a trabajar sobre la hipótesis bastante convincente de que él era también responsable del secuestro de Caryn Campbell. 

Un hombre que respondía a la descripción de Bundy fue visto en el hotel la tarde antes de la desaparición de la chica. También un tercer manojo de pelo encontrado en su coche coincidía con el de Caryn Campbell, y la palanca encontrada en el mismo correspondía a la huella, hallada en la calavera de Caryn. Un resguardo de la tarjeta de crédito demostraba su estancia en la zona. La desaparición de una chica llamada Julie Cunningham y la descripción y posterior reconocimiento de Bundy por un empleado de la gasolinera, aportó a el caso bastante más convicción que el anterior en Salt Lake City.

En la prisión de Colorado, Bundy era un preso popular. Su encanto, inteligencia y sentido del humor hizo pensar a muchos de sus compañeros en su inocencia. Había decidido actuar como su propio abogado defensor, y fue esto lo que le permitió acudir al juicio sin esposas. El fiscal del Distrito Franck Tucker le describió como «la persona más arrogante que he visto jamás». Pero Bundy, sin lugar a dudas, a medida que se acercaba el juicio se volvía cada vez más amargo, agresivo y desanimado.

Compareció ante el Tribunal de Aspen el 7 de junio de 1977. Escuchó el informe del Defensor Público contra la pena de muerte. Durante la hora de la comida, se fue al segundo piso a dar una vuelta por la biblioteca. Unos minutos después, una mujer vio como un hombre saltaba sobre el césped y se iba cojeando calle abajo. Preguntó al policía, «¿es normal que la gente de por aquí salte por las ventanas?» El policía maldiciendo, salió corriendo hacia la biblioteca. Bundy ya no estaba allí.

Se encontraba cerca de la garganta del río, en camiseta y shorts para hacerse pasar por un excursionista, con las ropas escondidas bajo el suéter. Se puso a andar por la carretera que va a Aspen Mountain.

En lo alto de la montaña, encontró refugio en una cabaña deshabitada, donde permaneció durante dos días. Pero cuando volvió a salir, regresó sobre sus pasos y estuvo vagando en círculo. Después de robar un Cadillac, fue localizado por la Policía y arrestado de nuevo a unas manzanas del lugar donde se había escapado ocho días antes.

Durante los siguientes seis meses los argumentos legales se lucieron interminables. El fiscal quería aportar pruebas sobre las otras chicas que habían desaparecido en Utah. Bundy se defendía, utilizando interminables tácticas dilatorias.

El 31 de diciembre de 1977, a las 7 de la mañana, un guardia de la prisión de Garfield County dejó la bandeja del desayuno en la puerta de la celda del preso, y vio una figura que dormía en la cama. A la hora de la comida la bandeja seguía allí. La figura no era más que una pila de libros y almohadas. Un agujero en el techo demostraba que se había escapado por segunda vez con la ayuda de un cuchillo de sierra. Cuando se dio la voz de alarma, ya estaba en Chicago.

La ruta de huida de Bundy

Después de que Bundy escapara de la prisión de Garfield County el 30 de diciembre de 1977, transcurrieron cuatro horas buscando un coche para robar y finalmente encontró un MG en muy mal estado, que pronto se averió en plena ventisca. Se las arregló para que le llevaran hasta Vail, y desde allí tomó un autobús a Denver. Llegaba a tiempo para coger el vuelo de la TWA a Chicago a las 8.55 de la mañana del sábado, 31 de diciembre. Fue directamente a la estación y tomó un tren a Ann Arbor en Michigan, a donde llegó justo antes de la medianoche, y se registró en el YMCA.

Al día siguiente, se afeitó la tupida barba que se había dejado crecer en prisión.

El lunes 2 de enero entró en un bar a ver a su equipo de fútbol de la Universidad, el Washington, que jugaba contra el Michigan. Bebió cerveza mientras veía el partido y estaba tan borracho en la segunda mitad del partido que el barman le amenazó con llamar a la Policía.

Decidió abandonar Ann Arbor y el miércoles robó un coche y se dirigió hacia el sur. Abandonó el automóvil en Atlanta, se fue a ver una película, The Sting. Luego tomó el autobús a Tallahassee, a donde llegó el viernes 6 de enero.

La pista de la tarjeta de crédito

La prueba que primero señaló a Bundy como el múltiple asesino sexual fue una serie de recibos de una tarjeta de crédito. Bundy declaró a los detectives de la ciudad de Salt Lake que él nunca habla estado en Colorado. Pero el recibo de la tarjeta de crédito que el agente Jerry Thompson recogió de su habitación era por comprar gasolina en Glenwood Springs, en Colorado, el 12 de enero de 1975, sólo a unas pocas millas de Snowmass Village, donde Caryn Campbell desapareció ese mismo día.

El 15 de marzo, Bundy puso gasolina en Golden, Colorado, muy cerca de Vail, donde la joven Julie Cunningham de 26 años fue secuestrada en la misma fecha. El dueño de la estación de servicio identificó una fotografía de Bundy. Con una prueba tan clara, la Policía de Colorado estaba segura de una condena. Pero Bundy les sorprendió al escapar.

Una corazonada

Bob Keppel, el detective de Seattle (King Country) dedicó cinco años al caso de Bundy. Empezó a investigar las desapariciones del lago Sammamish en julio de 1974 y fue el primero en esbozar el retrato del desconocido Ted. Cuando Bundy fue arrestado en la ciudad de Salt Lake en agosto de 1975, tuvo la fuerte corazonada de que se trataba del «Ted» que él había estado buscando.

Una de las personas a las que interrogó fue al primo de Bundy, Alan Scott, que le contó que él y Bundy habían estado de excursión «por esa zona de Colorado, cerca de Noth Bend». Aquí se encontraba Taylor Mountain, donde fueron hallados cuatro esqueletos.

Scott no tenía intención de decirle a la Policía donde había ido, pero cuando fue requerido a comparecer no tuvo otra elección. La información del primo reveló que Bundy conocía esa zona. Fue gracias al tesón del detective que Bundy finalmente rompió su silencio antes de la ejecución y admitió que era el asesino. El acusado le dijo dónde buscar los cuerpos de algunas de sus víctimas que todavía no habían sido descubiertos. También le contó que había tres víctimas más, aún desconocidas. El detective esperó la confesión de Bundy durante catorce años. «Está continua y totalmente obsesionado por el asesinato», comentó Keppel.

Crimen y pornografía

Cuando Bundy fue arrestado, admitió haber utilizado pornografía dura como preludio a sus crímenes. Muchos violadores también confiesan haber hecho uso de ella. La relación entre la pornografía y el crimen sexual es difícil de precisar.

Uno de los argumentos de Ted Bundy mientras estaba en prisión era que la pornografía de la que hacía uso tenía una gran influencia sobre él y le incitaba a cometer asaltos sexuales violentos. Los lazos entre el crimen y la pornografía, son, de cualquier forma, cuestionables y aún no han sido probados.

Los criminólogos, sin embargo, deben distinguir entre pruebas e indicios. Las pruebas que relacionan la pornografía con los crímenes sexuales son similares a las que establecen una relación entre el colesterol y los ataques cardíacos. No hay un lazo fijo, pero, a pesar de ello, hay indicios razonables para darse cuenta de que existe una conexión entre los dos.

La pornografía blanda, fácilmente disponible en todo el mundo occidental es de esa clase que se encuentra en los estantes de los kioskos de periódicos y en las revistas de las estaciones de servicio, como son Mayfair, Playboy y Penthouse. Tienen una gran difusión entre el público, no hay descripciones del sexo y las fotografías de las modelos tienen un enfoque que las difumina.

La llamada dura, sin embargo, es muy diferente, y el término abarca casi toda la clase de pornografía distinta a la del tipo Playboy. Esto incluye cualquier cosa desde las llamadas revistas que se encuentran en las sex shops inglesas hasta las revistas y vídeos que tratan sobre bestialismo, paidofilia y material sadomasoquista extremadamente violento.

La última categoría incluye lo que se llama películas «snuff» en las que el sadismo es genuino y no actuado, las mujeres son mutiladas de verdad, se inflingen heridas terribles y en las más caras se cometen asesinatos reales en escena.

La pornografía más dura que es ilegal en Inglaterra, está en cambio, fácilmente disponible en América. Es en ésta en la que se centra el complejo debate sobre las influencias que conducen a los crímenes sexuales.

La pornografía de este tipo, el más ofensivo de pornografía dura, permitiría a las mujeres cambiar la idea de un número de consumidores del porno en el sentido de que ellas son meros objetos sexuales.

Nancy Steele, una asistente social de prisiones, que trata directamente con violadores convictos, ha dicho: «Ciertos tipo de asesinos sexuales viven en un mundo de fantasía, aislados de las verdaderas relaciones humanas».

Es una característica reconocida de los criminales sexuales que sus vidas emocionales están vacías y que tienen dificultad para crear relaciones amorosas, confundiendo el sexo que ven en la pornografía, con el amor.

No hay vínculo definitivo en la censura de pornografía dura y la creciente aparición de crímenes sexuales. Aun en algunos países, siguiendo a la liberalización de las leyes sobre la censura, ha habido una disminución en el nivel de crímenes sexuales. Se cree que este descenso se debe al hecho de esa fácil disponibilidad de la pornografía disminuye la urgencia de cometer crímenes sexuales al proporcionar una «liberación» menos dañina a la excitación sexual.

Sin embargo, la mayoría de los sociólogos y psicólogos de prisiones refutan esta teoría, y consideran la pornografía como una incitación peligrosa a la violencia sexual. Lejos de estar satisfechos con fotografías o con escenas en la televisión, los violadores en potencia con la distorsionada imagen de las mujeres que se muestran en la pornografía dura, quieren probar en la realidad lo que ven.

Muchos violadores, incluyendo a Bundy, han admitido que utilizaron la pornografía como espuela para cometer sus crímenes. Una escritora feminista ha, incluso, llamado a la pornografía «violación sin castigo».

Es imposible decir cuál es la verdadera influencia en la pornografía sobre los criminales del sexo, a causa de la complejidad de la mente. Lo que es cierto es que el 80-90 por ciento de criminales del sexo emplean la pornografía como incentivo para el crimen.

Las leyes

Suecia, Noruega y Dinamarca son bien conocidas por sus actitudes liberales respecto a la pornografía. En estos países, hay un menor número de asaltos sexuales que en Gran Bretaña. El alegato a favor de la restricción de la pornografía significa poco al lado de las estadísticas de violaciones de los países escandinavos.

Dinamarca revocó la ley que combatía la pornografía escrita en 1967, y la ley de la ilustrada en 1969. Estos acontecimientos tuvieron efectos dramáticos en las estadísticas nacionales sobre violaciones.

Desde el final de la segunda guerra mundial hasta 1967, los asaltos sexuales denunciados en Dinamarca se han mantenido alrededor de los 85 casos por cada 100.000 habitantes cada año. En 1967, estas estadísticas bajaron y se han mantenido alrededor de unos 40.

En los años 1967 y 1969, los años de la liberalización, hubo una disminución de denuncias por violación en la capital, Copenhague. Después de un rápido crecimiento durante tres años hasta 1972, dichas denuncias disminuyeron hasta el nivel existente antes de la liberalización.

Esto sugiere que, la pornografía, cuanto más se expone, resulta más inaceptable como una parte de la naturaleza humana. Sin embargo, el efecto real de ella en los crímenes sexuales es difícil de evaluar.

Los asesinatos de la residencia Chi Omega

En la calurosa Florida, Tallahassee, parecía un mundo aparte de Washington o Utah. Poca gente había oído hablar de Ted Bundy, el asesino culpable que se había fugado. No era probable que se advirtiera la presencia de este hombre en la ciudad, pero sólo se mantendría oculto mientras pudiera controlar su necesidad de asesinar.

Tallhassee, capital de Florida, se encuentra a unos 3.300 kilómetros de Seattle, en el extremo sureste de los EE.UU. A pesar de la distancia, Tallahassee y Florida compartían la misma atmósfera relajada de un agradable campus universitario.

Habían pasado dos semanas desde que Bundy escapara de Colorado, pero las noticias apenas habían llegado tan al sur. En la residencia para estudiantes conocida como Los Oaks, nadie prestó mucha atención al nuevo residente, Chris Hagen, que había alquilado una habitación pequeña y sucia por 80 dólares al mes. Los pocos que habían hablado con él le encontraron inteligente y encantador, pero parecía que prefería estar solo. Lo que ninguno adivinó fue que Chris Hagen no tenía apenas dinero y que lo robaba para sobrevivir en los supermercados.

A las 3 de la mañana del domingo 15 de enero de 1978, Nita Neary dio las buenas noches a su novio y se metió en la residencia de estudiantes, en una esquina del campus. Alguien había dejado las luces encendidas, y las apagó. Entonces oyó ruido de pisadas en las escaleras y vio a un hombre que corría hacia la entrada principal. Mientras ella la abría, vio que llevaba una gorra de lana negra y algo parecido a un palo de madera.

Lo primero que supuso fue que alguna de las estudiantes había metido a un hombre en su habitación. Pero había algo de furtivo en la presencia de ese hombre que empezó a preocuparla. Subió las escaleras corriendo y despertó a su compañera de habitación; luego las dos fueron a llamar a la directora de la residencia. Mientras hablaban, se abrió una puerta y una chica salió tambaleándose, agarrándose la cabeza. Reconocieron a Karen Chandler, y un momento después vieron que tenía el pelo empapado de sangre. Corrieron a su habitación que compartía con Kathy Kleiner, y encontraron a esta sentada en la cama inconsciente, con la cara ensangrentada. 

La policía se presentó en unos minutos. Rápidamente descubrieron que dos chicas más, Margaret Bowman y Lisa Levy, habían sido atacadas. La primera estaba muerta, estrangulada con una media y la segunda murió camino del hospital. Los shorts de Margaret Bowman habían sido arrancados con tal violencia que tenía rozaduras en la piel. Lisa Levy tenía diversas heridas en el pecho y sangraba por los orificios inferiores de su cuerpo. El examen médico descubrió la marca de un mordisco en la nalga izquierda.

Una hora y media después, en una casa pequeña sólo a seis manzanas de allí, Debbie Cicarelli se despertó por unos golpes fuertes que, aparentemente, venían de la habitación de al lado, ocupada por Cheryl Thomas. Pocos minutos después oyó sollozos. Levantó a su compañera de cuarto, y las dos escucharon los ruidos. Debbie marcó el número de teléfono de Cheryl. Mientras el teléfono sonaba se oyó un golpe fuerte y ruidos de pisadas corriendo. Poco después, la casa estaba abarrotada de policías que habían llegado a toda prisa desde la residencia Chi Omega.

Cheryl Thomas estaba semiinconsciente, y las sábanas, que estaban manchadas de sangre, fueron retiradas de la cama. Se encontró cerca un palo de madera tirado en el suelo. Cheryl, como Karen y Kathy, sobrevivieron al asalto brutal, después de haber estado cerca de la muerte.

Los asesinatos de Chi Omega salieron en todos los titulares de prensa del país.

A pesar de ello, nadie sugirió que Bundy pudiera estar en Florida. En Los Oaks, Chris Hagen continuaba manteniéndose aparte. A menudo por las noches parecía estar borracho.

De hecho, ahora vivía del robo de tarjetas de crédito y de artículos del supermercado. También se estaba convirtiendo en un experto en sustraer bolsos a las mujeres. El 5 de febrero de 1978 se apoderó de una furgoneta blanca de un aparcamiento y se dirigió a Jacksonville.

Dos días después, el miércoles 8 de febrero, un hombre vestido con desafino y con una barba de dos días se acercó a Leslie Parmenter, de 14 años, en una calle de Jacksonville y trató de entablar una conversación, pero parecía confuso e inseguro de sí mismo. En ese momento su hermano de 20 años se acercó, con intención de llevarla a casa, y preguntó al extraño qué quería. El hombre masculló algo y se fue hacia su furgoneta blanca.

Danny Parmenter le siguió y anotó el número de matrícula.

A la mañana siguiente, Chris Hagen dejó la habitación en Hollyday Inn sin pagar y estuvo dando vueltas con el coche hasta que se encontró cerca del lago City Junior de la High School.

Unos minutos después de haber comenzado su clase de gimnasia, Kimberly Leach, de 12 años, se dio cuenta de que se había dejado su bolsa de deportes en otra dependencia, y preguntó si podía ir a por ella. Pero no fue hasta las 2 de la tarde cuando alguien se dio cuenta de su ausencia y telefoneó a su madre.

Al atardecer, Chris Hagen estaba de vuelta en Tallahassee. La noche siguiente invitó a una chica a cenar, utilizando una tarjeta de crédito robada, y se comportó impecablemente. Un poco más tarde, esa misma noche, después de que un policía hubiese estado mirando minuciosamente la furgoneta robada, dejó el apartamento por la salida de incendios, y robó un Volkswagen naranja en el que el propietario se había dejado las llaves, y se dirigió al oeste hacia Pensacola.

En la madrugada del miércoles 15 de febrero de 1978, el agente David Lee vio un coche naranja que vagaba errando por un callejón. Comunicó por la radio el número de matrícula y minutos después le dijeron que era robado. El policía puso las luces largas. Por un momento el conductor aceleró, y luego frenó en seco.

Lee ordenó al ocupante que saliera y se echase al suelo.

El sospechoso dio un puntapié al policía y huyó a toda prisa. El agente sacó su pistola y disparó; el hombre cayó sobre la acera. Pero al inclinarse sobre él, el hombre le golpeó en la mandíbula. Pelearon durante unos instantes, y Lee finalmente se las arregló para ponerle las esposas.

Mientras se dirigían hacia la comisaría, el hombre esposado dijo tristemente: «Ojalá me hubieras matado».

En las dependencias policiales, el sospechoso insistió en que su nombre era Kenneth Misner, y apoyaba su historia con diversos carnets y un certificado de nacimiento. Pero el agente pronto se dio cuenta de que los carnets habían sido robados al interesado en Tallahassee.

A primeras horas de la mañana, el detenido, desmoralizado y exhausto, habló ante una grabadora. Su objetivo, explicó, era hacer comprender a los que lo interrogaban cuál era su problema. Todo empezó, dijo, en el momento en que vi a una chica conduciendo una bicicleta, «supe que debía tenerla». Ella escapó, pero ahora su futuro estaba determinado.

Dos meses después, el 7 de abril de 1978, un policía de la autopista escudriñó en un viejo cobertizo cerca del parque Suwannee River State, y vio un pie calzado con un zapato de lona. Era el cuerpo desnudo y en descomposición de Kimberly Leach. Las heridas en la región pélvica sugerían un ataque sexual. La causa de la muerte era «violencia homicida en la región del cuello». Un abogado, fuertemente impresionado, dijo: «Vamos a enviar a ese Bundy a la silla eléctrica».

Pero el momento de debilidad de Bundy había pasado. Estaba de nuevo insistiendo en su total inocencia, y en que su aparente conexión con una cadena de asesinatos sexuales era pura coincidencia.

El poder de la posesión

Parecía un hombre encantador, pero bajo esa superficie latía un impulso sexual irresistible y una fuerte rabia hacia las mujeres.

Bundy es un ejemplo de lo que se conocía en la pasada década como «asesino en serie», una forma de violencia que ha crecido firmemente en años recientes, particularmente en América. Jack el Destripador, en 1888, es probablemente el primer ejemplo moderno, con cinco víctimas en un periodo de diez semanas. El «asesino en serie» es una persona en la que la normal inhibición respecto a quitar vidas humanas ha desaparecido, y el motivo en la mayoría de los casos es el sexo. Para tal persona, asesinar se ha convertido en una mala costumbre.

El día anterior a su ejecución, Bundy habló francamente con Dorothy Lewis, una psiquiatra de Nueva York, y algunos aspectos importantes salieron a la luz. Su abuelo, era un hombre de temperamento violento que algunas veces daba palizas a su paciente y dulce esposa, pero le colmó de afecto durante su infancia y fue el único «padre» verdadero que conoció.

El mismo Bundy tenía un temperamento violento, y pensó desde pequeño que los accesos de cólera estaban justificados. Nunca pudo entender por qué tenía tanta rabia, mucha de la cual estaba dirigida contra su madre, con quién admitió, tener una relación muy superficial. Al ser un adolescente altamente inteligente, se sentía como un extraño en una casa de gente obrera, con un padrastro analfabeto y una madre reprimida.

Otro impulso básico en el caso de Bundy era el anhelo de ser famoso. Pero un fondo de autocompasión, el sentimiento de que «el mundo estaba contra él» le impidió hacer la clase de esfuerzo que le hubiera proporcionado el éxito.

Asesinar mujeres y burlarse de la ley le proporcionaban el sentimiento de haber triunfado. También disfrutaba del desafio de conducir a la muerte a las estudiantes más guapas y elegantes.

La clave definitiva está en la poderosa sexualidad de Bundy. Desde temprana edad era un obseso de la pornografía sádica. Admitió fantasear sobre la necrofilia. La que fue su novia durante largo tiempo, Meg Anders, describió como él acostumbraba a atarla con medias antes de estar con ella.

Tales actos no podían satisfacer su deseo de tener un control total de la compañera. Esto se fue convirtiendo gradualmente en un anhelo de violencia. Más tarde admitió que a menudo estranguló a la víctima durante el acto sexual.

Algunos de los cuerpos, aunque en parte descompuestos, tenían el pelo lavado y el maquillaje cuidado, lo cual quiere decir que las había guardado para actos de necrofilia.

Una de las cosas más difíciles de entender es la habilidad de este hombre para pasar de ser un conversador encantador a un asesino sin sentimientos.

El autor de uno de los libros que se publicaron sobre el caso, Stephen Michaud, le preguntó si conversaba mucho con sus víctimas. «Algo…» contestó. «Como la chica… representaba no un persona sino una imagen, o algo deseable, lo último que esperábamos de él es que quisiese personalizar a esa persona».

La clase de dureza interior y de crueldad requerida para tratar a una joven como a un desperdicio debe haber estado presente en Bundy desde edad muy temprana, posiblemente poco después de su nacimiento.

Científicos que experimentan sobre conductas animales, saben ahora que, si un animal es privado del amor de su madre, en los primeros días de su vida, se hace permanentemente incapaz de formar lazos de afecto. Después del nacimiento de Ted Bundy, durante dos meses permaneció en una clínica sin su madre mientras sus abuelos decidían darle o no en adopción. Este puede ser el periodo que determinó su carrera como asesino.

Quizás la observación más turbadora es la que hizo Bundy a Stephen Michaud: «alguien que fuera verdaderamente astuto, con poco dinero, podría con seguridad evitar su detención indefinidamente. Siempre ha sido mi teoría que por cada persona arrestada y acusada de múltiple homicidio, hay probablemente unas cinco más ahí fuera».

Las palabras de un asesino

En 1978 dos escritores, Stephen Michaud y Hugh Aynesworth, fueron requeridos por Bundy para escribir un libro que empezaría con la asunción de su inocencia. Pero cuanto más estudiaban el caso, más evidente se volvía que era un asesino.

Encontraron que los principales rasgos de Bundy eran la inmadurez emocional y una aparentemente capacidad infinita para la autodecepción. «Su infantilismo era tan extremo que sus súplicas de inocencia eran de un carácter muy similar a la de un niño pequeño que negara estar haciendo algo malo, incluso siendo evidente todo lo contrario», así fue como Michaud y Aynesworth describieron a Bundy.

Este demostró ser un verdadero maestro de la mentira, de los rodeos para no comprometerse, de la autojustificación y de la falta de memoria. Pero gradualmente alcanzó la decisión de «especular libremente» sobre los motivos y la personalidad del asesino. Se lanzó tan entusiásticamente a una especulación ambigua que habló durante horas ante una grabadora.

Lo que aparece en el libro «El único testigo vivo» (1983) es la historia de un «solitario» que se volvió completamente obsesionado por el sexo (era un ávido lector de pornografía y un cleptómano consumado). Hay muchas descripciones gráficas en el libro de cómo los hechos aislados en la vida de Bundy se convirtieron gradualmente en un deseo abrumador de imponer sus fantasías a las mujeres. La violencia y el voyerismo marcan fuertemente al individuo y lo convierten en un ser rechazado.

Un día, que estaba bebido, siguió a una chica desde un bar y se dio prisa en adelantarla para buscar un grueso trozo de madera con el que atacarla, pero ella entró en una casa antes de llegar al lugar donde él la estaba esperando. En otra ocasión se acercó y esperó detrás de una mujer que estaba metiendo la llave en una puerta y la golpeó con un trozo de madera. Cuando ella gritó, él huyó corriendo y juró no volver a hacerlo nunca más. Pero un frustrado «love affair» con una chica que era «superior socialmente» le amargó y un nuevo elemento de venganza se sumó a sus ansias sexuales.

Un día, después de ver a una chica desnudándose a través de una ventana iluminada, encontró el camino de su habitación y la atacó, ella gritó y él huyó corriendo. Pero la siguiente vez que entró en una habitación, la de Sharon Clarke, la golpeó hasta dejarla inconsciente. Más tarde, en el mismo mes, secuestró a Lynda Healy, la llevó en coche hasta Taylor Mountain, la violó y la agredió hasta matarla.

Bundy admitió más tarde que al principio tenía que luchar con su conciencia para violar y asesinar a sus víctimas pero pronto se autoconvenció de que podía tratarlas como si fueran basura. Estaba convencido de que podría dejar de actuar en cuanto le apeteciera. Lo que parecía claro en «El único testigo» es que se dio cuenta de que esto era imposible. Estaba atrapado por una abrumadora obsesión, parecida a la ansiedad de un drogadicto, lo que le llevaba a salir una y otra vez a buscar víctimas.

Según Bundy, «él no encontraba ningún placer por herir o causar dolor a la persona a la que atacaba… no recibía absolutamente ninguna gratificación. Hizo todo lo posible racionalmente para no torturar a estas mujeres innecesariamente, no físicamente».

Después de los crímenes se sintió trastornado y lleno de remordimientos e igualmente horrorizado por todos los riesgos que había corrido.

Una y otra vez, la necesidad de tener control total sobre sus víctimas se volvió todopoderosa. Explicó que, en el momento en que cometía cada violación, sentía que poseía a la víctima, «como uno podría poseer una maceta, un cuadro, o un Porsche. Así las poseía».

Después de cada agresión sexual sabía que tenía que asesinar para eludir el riesgo de ser capturado y entonces llevaba el cadáver a algún remoto lugar. Cuando se trasladó a Salt Lake City era consciente de que nunca sería capaz de dejar de cometer crímenes.

Su propia defensa

La silla eléctrica se utilizaba de forma regular en Florida, «el cinturón de la muerte de América». Bundy podía o bien negociar la forma de sobrevivir, o bien jugársela y arriesgarse insistiendo en su inocencia.

Bundy tenía razón en una cosa. Todas las pruebas en su contra eran circunstanciales todas, sin duda, excepto la del mordisco en el pecho de Lisa Levy.

Tres semanas después de que se encontrara el cuerpo de Kimberly Leach, la policía le detuvo y tomó una impresión de sus dientes. Esta prueba le acusaría finalmente del asesinato de Lisa Levy.

Una vez más, Bundy había decidido actuar como su propio abogado defensor, y sus tácticas dilatorias tuvieron éxito al conseguir que el juicio fuera retrasado de octubre de 1978 a junio de 1979. En un momento dado, cambió de opinión, y decidió aceptar el equipo defensor de la Oficina Pública de Abogados. Pero cuando le aclararon que lo que querían era «obtener clemencia», admitiendo declararse culpable por los asesinatos de Lisa Levy, Margaret Bowman y Kimberly Leach a cambio de la garantía de que no sería sentenciado a muerte, Bundy prescindió de ellos.

Fue la tercera equivocación de su carrera criminal. Las dos primeras habían sido las faltas sin importancia que había cometido con el coche y que le habían llevado a dos arrestos. Este tercer error vendría a ser, finalmente, el más grave de los tres.

El juicio comenzó el 25 de junio de 1979, y Bundy se apuntó un triunfo inicial cuando consiguió que éste se trasladara de Tallahassee a Miami, basándose en que el jurado local no sería imparcial. Pero a partir de entonces, se hizo evidente que perdía terreno con rapidez. Las pruebas en contra suya eran irrecusables. Estaba la chica, Nita Neary, que le vio abandonar la residencia femenina de estudiantes, la media encontrada en la habitación de Cheryl Thomas, que era virtualmente idéntica a la encontrada con anterioridad en su coche.

Además de eso, las marcas de mordiscos encontradas en el cuerpo de Lisa Levy, de acuerdo con el testimonio de expertos odontólogos, eran las huellas de sus dientes.

Bundy se apuntó un tanto cuando el juez decretó que las cintas de sus confesiones a la policía de Pensacola eran inadmisibles porque su abogado no estaba presente. Pero mientras el acusado pensaba que lo estaba haciendo bien, nadie en la sala dudaba de que la acusación contra él era aplastante. La abogada de oficio Margaret Good hizo un poderoso discurso en su defensa, subrayando cualquier posible duda.

El 23 de julio de 1979, el jurado sólo deliberó siete horas que fueron suficientes para encontrarlo culpable de una larga lista de acusaciones. Cuando se le preguntó si tenía algo que decir, Bundy hizo otra de sus exhibiciones como hombre inocente ofendido, y contestó con lágrimas en los ojos: «Encuentro absurdo tener que suplicar por algo que no hice».

El juez Edward D. Cowart sentenció a Bundy a morir electrocutado, concluyendo: «No le tengo ninguna animosidad, créame. Pero fue por el mal camino, compañero. Cuídese».

El primero de varios libros que se publicaron sobre el caso terminaba con estas mismas palabras. Pero sin lugar a dudas la historia de Bundy había terminado. Desde la penitenciaría de Raiford, donde se le situó en el «Pasillo de la Muerte», continuó luchando por su vida. El 7 de enero de 1980, fue juzgado en Orlando por el asesinato de Kimberly Leach.

Se mostraron diapositivas en color del cadáver y las pruebas forenses parecían indicar que la chica había sido violada en la furgoneta, vestida de nuevo, y conducida a la cabaña, azotada y posiblemente sodomizada. El 7 de febrero de 1980, el acusado fue encontrado culpable otra vez. Una vez más, rompió a llorar. Dos días después se casó con una chica llamada Carole Boone, una divorciada con un hijo adolescente. La había conocido algunos años antes y ella se había fijado en él después de que Meg Anders le hubiera abandonado. Ella continuó creyendo en su inocencia.

La defensa

Bundy casi hizo imposible que su defensa pudiera salvarle la vida, y sin lugar a dudas fue su intervención lo que finalmente le llevó a la silla eléctrica.

Mientras estaba encarcelado en Colorado, decidió ponerse en contacto con el famoso abogado Millard Farmer, el fundador de la «Team Defense», una organización que ayuda a los asesinos sentenciados a muerte a hacer frente a la pena. Bundy y Farmer se lucieron amigos. Cuando se enteró de que había sido arrestado en Florida, Farmer gimió «se ha dejado arrestar en “el cinturón de la muerte de América”. Y Florida es su hebilla». Bundy se enfureció porque a Farmer no se le permitió defenderle en Florida; su fama de actuar teatralmente en los juicios influyó sobre el juez en contra del abogado. Pero fue éste el que negoció un trato con el fiscal: si Bundy se declaraba culpable de tres asesinatos, no habría pena de muerte. El acusado aceptó de mala gana, pero en el último momento cambió de opinión y despidió a todos sus abogados, haciéndose cargo de la labor él mismo, jugándose todo a «doble o nada». A pesar del brillante discurso final de la defensora pública, Margaret Good, perdió la partida.

La acusación

El equipo de la acusación en el juicio de Bundy en Miami estaba formado por dos abogados jóvenes y brillantes, Larry Simpson y Dan Mckeever. A pesar de que Bundy solo estaba acusado de los ataques de Tallahassee, Simpson se dio cuenta de que el caso era muy complejo, por lo que llevó una pizarra a la sala para poder explicar lo que había pasado haciendo uso de un diagrama. La defensa luchó para excluir tres testimonios: Nita Neary, la testigo que había visto al atacante, la media encontrada en el coche de Ted en Salt Lake City, y la confesión grabada del acusado hecha en Pensacola inmediatamente después de ser arrestado.

El juez permitió testificar a Nita Neary y ella señaló a Bundy como el hombre que había visto. Pero cuando el juez determinó que la media y las cintas de Pnsacola eran inadmisibles como pruebas parecía que el presunto asesino, después de todo, podía ganar.

Pero el fiscal tenía todavía una carta que jugar. Llamó a William Gunter, un experto en huellas dactilares, para testificar sobre su búsqueda en el apartamento de Bundy en Tallahassee. Este admitió que «no pudieron encontrar ni una sola huella. La habitación entera había sido limpiada, incluso la bombilla de la lámpara». Por las caras del jurado se podía ver que habían comprendido la cuestión. ¿qué hombre inocente limpia sus huellas dactilares de su habitación? Mientras ganaba su partida para la acusación, Larry Simpson supo que, a pesar de todos los obstáculos, había convencido al jurado de la culpabilidad de Bundy.

Conclusiones

Para Bundy finalmente se agotó el tiempo el 24 de enero de 1989. Su última apelación había sido desestimada y se fijó la fecha de su ejecución. Para salvar su vida intentó negociar un indulto a cambio de las confesiones.

El intento de «negociar con los cadáveres de las víctimas» produjo una violenta hostilidad entre los funcionarios de la ley. Las revelaciones apenas causaron compasión. Contó que Georgann Hawkins se había ofrecido a ayudarle a llevar su cartera cuando él andaba con muletas y que al inclinarse a dejarla en el suelo cogió una barra de hierro y la golpeó hasta dejarla inconsciente, y la metió en el coche.

A las 7 de la mañana del 24 de enero de 1989 fue conducido a la cámara de ejecuciones de la prisión de Starke, en Florida. Detrás de la mampara de plástico, un grupo de invitados formado por 48 personas esperaba para testificar su muerte. La cabeza del condenado ya había sido rapada. Cuando le sujetaban los brazos a la silla eléctrica reconoció al abogado entre los asistentes e hizo un gesto con la cabeza. Le colocaron las correas alrededor del pecho y sobre la boca, y un casco de acero con tornillos atado a la cabeza.

A las siete en punto de la mañana el verdugo accionó la palanca y el cuerpo de Bundy se estremeció violentamente en la silla. Un minuto más tarde se apagó la corriente y se declaró su muerte. Fuera, una multitud con pancartas que decían «freír a Bundy», gritó de alegría cuando se anunció su ejecución.

Fechas clave

  • 4-I-74 – Sharon Clarke es atacada en su habitación.
  • 31-I-74 – Lynda Haley, secuestrada.
  • 12-III-74 – Donna Gail Manson, desaparecida.
  • 17-IV-74 – Susan Rancourt, desaparecida.
  • 6-V-74 – Roberta Kathleen Parks, desaparecida.
  • 1-VI-74 – Brenda Ball, desaparecida.
  • 10-VI-74 – Georgann Hawkins, desaparecida.
  • 14-VII-74 – Janice Ott y Denise Naslund, desaparecidas del parque Lake Sammamish.
  • 6-IX-74 – Descubiertos los cadáveres de Ott y Naslund.
  • 2-X-74 – Nancy Wilcox desaparecida.
  • 18-X-74 – Melissa Smith, secuestrada.
  • 31-X-74 – Laura Aime, secuestrada.
  • 8-XI-74 – Carol DaRonch, secuestrada.
  • 8-XI-74 – Debbie Kent, desaparecida.
  • 12-I-75 – Caryn Campbell, desaparecida.
  • 16-VIII-75 – Bundy arrestado.
  • 16-VIII-75 – Bundy excarcelado.
  • 21-VIII-75 – Bundy arrestado.
  • 1-X-75 – Rueda de identificación.
  • 20-XI-75 – Bundy libre bajo fianza.
  • 23-XI-76 – Empieza el juicio en la ciudad de Salt Lake.
  • 27-XII-76 – Bundy encontrado culpable de secuestro con agravante.
  • 7-VI-77 – Bundy escapa desde la biblioteca del juzgado, en Aspen.
  • 13-VI-77 – Bundy es capturado de nuevo.
  • 13-XII-77 – Bundy escapa de la prisión de Garfield County, Colorado.
  • 25-I-78 – Los asesinatos de la residencia de estudiantes Chi Omega y Cheryl Thomas es atacada.
  • 5-II-78 – Bundy roba una furgoneta blanca.
  • 8-II-78 – Bundy aborda a Leslie Parmenter.
  • 15-II-78 – Bundy es capturado de nuevo.
  • 7-IV-78 – Descubierto el cadáver de Kim Leach.
  • 25-VI-79 – Comienza el juicio en Florida.
  • 23-VII-79 – Bundy declarado culpable de asesinato y sentenciado a muerte.
  • 7-I-80 – Comienza el juicio de Orlando.
  • 7-II-80 – Bundy declarado culpable del asesinato de Kim Leach.
  • 24-I-89 – Bundy es ejecutado en la prisión de Starke, Florida.

 


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