Sylvestre Matuschka

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Sylvestre Matuschka
  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Descarrilamiento de varios trenes - Los accidentes fueron causados con el fin de obtener satisfacción sexual
  • Número de víctimas: 22
  • Periodo de actividad: 12 de septiembre de 1931
  • Fecha de detención: 10 de octubre de 1931
  • Fecha de nacimiento: 24 de enero de 1892
  • Perfil de las víctimas: Hombres, mujeres y niños (pasajeros del expreso Budapest-Viena)
  • Método de matar: Explosivos
  • Localización: Bia-Torgaby, Hungría
  • Estado: Fue condenado a muerte en 1934, aunque la pena fue conmutada por la de cadena perpetua. Posteriormente consiguió escapar de la cárcel en 1944 y desapareció para siempre
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Sylvestre Matuschka

Última actualización: 6 de abril de 2015

LA MATANZA – El descarrilador de trenes

Una serie de bombas instaladas en trenes culminaron con un desastre en el que fallecieron veintidós pasajeros. Al culpable aquellas explosiones le proporcionaban nuevas emociones sexuales.

Los trenes ejercen una extraña fascinación sobre muchas personas; pero en el caso de este húngaro se convirtieron no en algo obsesivo, sino en una auténtica perversión. Durante el día, Sylvestre Matuschka era un ciudadano respetable. Pero por la noche se dedicaba a merodear por los bajos fondos en compañía de prostitutas y a planear la destrucción de trenes, cuya contemplación tanto perverso placer le proporcionaba. Matuschka llegó a reconocer que el simple recuerdo de la explosión de un tren le producía una intensa excitación sexual.

Durante el juicio se descubrió que le había comprado a su hijo un tren eléctrico con el que pasaba jugando la mayor parte de su tiempo libre, por lo que se le apodó «el hombre que jugaba con los trenes».

El 8 de agosto de 1931, en Jüterbog, a pocos kilómetros de distancia de su destino final, explotó una bomba en el expreso que hacía el recorrido entre Basilea y Berlín. Milagrosamente nadie resultó muerto, pero un centenar de pasajeros sufrieron diversas heridas, algunas de consideración.

El incidente hizo recordar dos intentos de descarrilar sendos trenes llevados a cabo en el mes de enero anterior en Ansbach, Austria. Con Europa convulsionada por una constante agitación política, la policía sospechaba que los tres ataques tenían una motivación política y eran obra del mismo hombre. En los postes de telégrafos cercanos se hallaron pintadas varias esvásticas.

Un mes después de la explosión de Jüterbog, a las 11,30 de la noche del sábado 12 de septiembre de 1931, el célebre Orient Express salía de Budapest, capital de Hungría, en su habitual recorrido desde Estambul hasta Viena y París. Poco después de la medianoche el tren descarriló en el momento en que atravesaba un viaducto en la población de Bia-Torbagy, a unos treinta kilómetros al oeste de Budapest.

La locomotora y nueve de los once vagones se precipitaron por un desfiladero de treinta metros matando a veintidós personas entre pasajeros y tripulación e hiriendo a ciento veinte más. Alguien había instalado en el viaducto una bomba que explotó al ser pisada por las ruedas del tren. La dinamita, conectada a una batería, se hallaba oculta dentro de una bolsa.

El gobierno fascista de Hungría reaccionó inmediatamente culpando del desastre al «terrorismo comunista». Los altos funcionarios del Estado informaron acerca de un pedazo de papel que -según dijeron- se había encontrado atado a una piedra junto a la vía y que decía así: «¡Hermanos proletarios! Si el Estado capitalista no nos da trabajo, lo buscaremos de cualquier otro modo. Contamos con explosivos y con mucha gasolina.» La nota iba firmada por «El Traductor».

La policía del Estado y varios miembros del servicio secreto húngaro reunieron a algunos obreros de los ferrocarriles para interrogarlos. El regente húngaro, almirante Horthy, ofreció una importante recompensa a cambio del arresto de «los terroristas revolucionarios».

Para el gobierno de Budapest, el desastre supuso un importante problema político a causa del gran número de extranjeros que se contaban entre los muertos y heridos. Entre otros, el señor Jean Renard, director de las líneas aéreas nacionales de Bélgica, y su esposa, quienes viajaban de regreso a Bruselas tras asistir a un congreso de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo. Otras de las víctimas eran pasajeros austríacos, franceses, americanos y británicos. Un miembro del gabinete húngaro había saltado del tren en marcha en el momento de la explosión para salvar la vida.

Un joven reportero del periódico vienés Morning Post, Hans Habe, emprendió el viaje aquella misma noche para ser uno de los primeros periodistas presentes en el escenario de la tragedia. En medio de aquella carnicería -de algunas víctimas no quedaban más que pedazos-, un hombre bajito y robusto con un corte de pelo militar abordó a Habe. Se trataba de Sylvestre Matuschka, quien se presentó a sí mismo como un hombre de negocios húngaro y explicó que él también viajaba en el tren, aunque consiguió escapar milagrosamente.

A Hans Habe le causó buena impresión la amistosa actitud de Matuschka y lo citó en su reportaje. Más tarde el periodista llevó al hombre de negocios de regreso a Viena en su coche y se citó con él al día siguiente en un café para escribir la continuación de su artículo. Cuando Habe llegó al lugar de la cita, se quedó atónito al encontrar a Matuschka sentado en medio de un fascinado gentío que le escuchaba describir el desastre con todo lujo de detalles.

Mientras tanto, las autoridades húngaras se dedicaban a organizar una redada de «conspiradores y asesinos comunistas» para interrogarles acerca del atentado de Bia-Torbagy. La policía de Budapest comunicó que se habían presentado más de doscientos informadores que decían conocer la identidad del terrorista. Sylvestre Matuschka, por su parte, continuaba en Viena relatando el atentado a diestro y siniestro.

El editor de Hans Habe estaba encantado con la primicia del joven reportero. Pero Habe no se sentía tan a gusto. Encontraba bastante inverosímil la historia de Matuschka, quien no parecía demasiado conmocionado después de haber sobrevivido al descarrilamiento de un tren; y confió sus sospechas al inspector Schweinitzer, de la policía de Viena; éste interrogó a todos los supervivientes austríacos, pero ninguno de ellos recordaba a Matuschka como pasajero del tren accidentado.

Entonces un taxista de Budapest recordó haber llevado en su coche a un hombre de pelo muy corto a dos fábricas de municiones para comprar dinamita. Aquello fue más que suficiente para el inspector Schweinitzer. El 10 de octubre, un mes después del atentado, Sylvestre Matuschka era arrestado.

Schweinitzer pronto se dio cuenta de que aquel húngaro bajito que se pavoneaba jovialmente de un lado a otro de su celda en la principal comisaría de Viena, era un hombre de carácter extravagante y pintoresco. Dijo tener treinta y nueve años y ser un ex oficial del ejército húngaro. Ahora -declaró- formaba parte de la Liga de la Cruz Flechada, una organización similar a las Camisas Negras de Mussolini o a las fuerzas de asalto de Hitler, que utilizaba como emblema una variante de la esvástica a base de flechas.

El sospechoso confesó inmediatamente sus tentativas de volar varios trenes, incluidos dos o tres en Austria, y admitió ser el responsable del atentado perpetrado en Jüterborg contra el expreso de Basilea-Berlin. También declaró, lleno de orgullo, haber instalado la bomba en el viaducto de Bia-Torbagy.

A guisa de explicación dijo que el Espíritu Santo se le había aparecido en una visión y que los tres arcángeles -San Miguel, San Gabriel y San Rafael- le dieron instrucciones para que emprendiera una campaña de sabotaje en los ferrocarriles «con el fin de castigar a los ateos que viajaban en trenes de lujo y liberar al mundo del comunismo». Schweinitzer, creyendo que el prisionero sufría una «manía religiosa», ordenó que le examinaran varios médicos. Pero los más prestigiosos psiquiatras austríacos dictaminaron que Sylvestre Matuschka fingía paranoia y que era responsable de sus crímenes.

Después de confesar ser el autor del sabotaje contra el Orient Express en Bia-Torbagy, Matuschka relató cómo se las había ingeniado para hacerse pasar por un superviviente de la tragedia. Tomó el tren en Budapest y se bajó en la siguiente estación, donde contrató a un taxista para que lo llevara a toda velocidad al viaducto con el tiempo justo para contemplar la explosión, y «disfrutar» con la desgracia.

Los psiquiatras confirmaron que se trataba de un sádico, y declararon que era un hombre sexualmente incontrolable que durante sus viajes de negocios dormía cada noche con una prostituta diferente.

El gobierno austríaco se ofreció a extraditar a Matuschka para que éste fuera juzgado en Hungría por el atentado de Bia-Torbagy. Pero las autoridades de Budapest parecieron resistirse, preocupadas por el hecho de que el terrorista, en lugar de ser un revolucionario comunista, apoyaba con ardor el régimen de Horthy.

Así que Matuschka se quedó en su celda de Viena, ideando cientos de inventos «en bien de la humanidad», entre los que se incluían un proyecto para navegar por las cataratas del Niágara y un plan para reducir la inflación mundial a base de la fabricación de oro artificial. Sylvestre Matuschka presentó además una reclamación para que parte de la recompensa ofrecida por su captura le fuera concedida a su propia familia.

El juicio contra el terrorista, celebrado en junio de 1932, no fue menos extravagante. Como el tribunal austríaco carecía de jurisdicción sobre los delitos cometidos en la vecina Hungría, solamente se le acusó de los atentados con bomba perpetrados en Ansbach. A lo largo del juicio, Matuschka, se postró de rodillas varias veces para explicar que se había dedicado a descarrilar trenes en un acto de venganza por el abandono al que el mundo estaba sometiendo a Dios.

De rodillas en el estrado, el inculpado gritó: «Pido a Dios que me diga qué debo hacer. Una noche un espíritu vestido de blanco se apareció ante mí y me dijo que tenía que redimir el mundo mediante una reorganización del sistema ferroviario. El único modo de obedecer sus órdenes era acabar con todos los trenes.» Matuschka confinuó. explicando que el espíritu -llamado Leole- ordenó volar el viaducto de Bia-Torbagy. «Yo no quería matar a nadie… pero Leo me dijo que era mi deber.»

Una estrella que logró sobrevivir

Entre los pasajeros que sobrevivieron al descarrilamiento de tren de Bia-Torbagy se hallaba la cantante y bailarina de cabaret Josephine Baker, nacida en Missouri, quien regresaba de una gira por Europa. Aunque no tenía más que veintiséis años, era una estrella mundial célebre por su exótica belleza. Al parecer intentó calmar a los pasajeros, presas de pánico, que viajaban en los coches-cama entonando una de sus canciones más famosas: “J’ai deuz amours, mon pays et París…”

Durante el juicio en Viena en 1932 Sylvestre Matuschka desempeñó un papel histriónico, gritando y gesticulando de modo salvaje. Lo declararon culpable y lo sentenciaron a seis años de trabajos forzados, pero en 1933 fue extraditado a Hungría para que lo juzgaran por el atentado de Bia-Torbagy. Al subir al tren con destino a Budapest iba firmemente encadenado. El final de su vida continúa siendo un misterio.

Inspiración para una novela

Es probable que la historia del descarrilador de trenes Sylvestre Matuscha sirviera de base al novelista belga Georges Simenon para uno de sus libros, L’homme qui regardait passer les trains (El hombre que veía pasar los trenes), publicado en 1938.

El personaje Kees Popinga es un ciudadano modelo de treinta y tantos años, padre y esposo, amante y -como Matuschka- un jugador de ajedrez incansable. Popinga es el director de una compañía naviera que se vuelve loco cuando la firma cae en bancarrota. Entonces viola y asesina a la amante de su ex jefe y escapa en tren a París, donde se dedica a jugar al escondite con la policía. Popinga termina sus días alegremente en un manicomio holandés. El libro -descrito por uno de los biógrafos de Simenon como “un puro ejercicio de fantasía macabra”- sería llevado al cine más tarde con gran éxito.

Fechas clave

  • 01/01/31 – Intentan descarrilar el tren Viena-París en Ansbach.
  • 08/08/31 – Atentado con bomba cerca Jüteborg contra el expreso Basilea-Berlín.
  • 12/09/31 – El expreso Budapest-Viena descarrila en Bia-Torgaby (Hungría). Mueren 22 personas.
  • 10/10/31 – Arresto de Sylvestre Matuschka.
  • 17/06/32 – Matuschka condenado a seis años de cárcel por el atentado de Ansbach.
  • 20/11/34 – Matuschka, condenado a muerte por el descarrilamiento del tren en Bia-Torgaby.

El destructor de trenes

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Los psiquiatras saben – y la gente en general está aprendiendo rápidamente mediante las obras de teatro, películas y libros nada inhibidos ahora – que los métodos mediante los que es posible obtener alivio o gratificación sexual son múltiples. Otros capítulos del libro tratan de lo que, a falta de una mejor frase, debe ser descrito como desviaciones de la norma. Sin embargo, difícilmente puede dudarse de que la perversión más compleja – y en sus efectos la más trágica – fue la practicada por un sadista cuyos crímenes conmovieron a todas las naciones de Europa hace cuarenta años.

La historia comienza en la noche de año nuevo de 1930. Un intento fue hecho, entonces, de descarrilar el expreso Viena-Passau cerca de la estación de Anzbach, a 35 kilómetros de Viena. Cuando faltaban minutos para que pasara el tren se descubrió que una sección de la vía había sido dañada y que habían sido puestos obstáculos en el camino. Afortunadamente el maquinista fue avisado a tiempo y pudo detener el tren a unos metros de distancia.

Un mes después, el 30 de enero de 1931, hubo un segundo intento de descarrilamiento en el mismo lugar; esta vez mediante la sujeción de una barra de acero a la vía. En esta ocasión el aviso llegó demasiado tarde como para que el maquinista pudiera detenerse antes de llegar al obstáculo, pero a tiempo para permitir accionar el freno. Aunque la máquina se descarriló, los vagones no se voltearon y los pasajeros escaparon temblorosos.

Los incidentes recibieron por el momento poca atención fuera de Austria, hasta que siete meses más tarde, el 8 de agosto, el expreso de la tarde, de Basle, Suiza, que corría hacia Berlín se estrelló en Juterbog, a 65 kilómetros de la capital alemana. Siete vagones y el carro comedor salieron de las vías y volcaron sobre un terraplén de 10 metros. Milagrosamente nadie murió; sin embargo, más de cien pasajeros quedaron heridos, muchos de ellos de gravedad.

La causa del desastre quedó en claro: bombas hechas en casa, puestas en línea, habían sido detonadas mediante un sistema de espoletas y pilas desde un áspero escondite cerca de la escena del descarrilamiento.

Aunque tanto la policía austríaca como la alemana pensaron que era probable que el choque fuera la obra de la persona que había hecho los intentos previos cerca de Viena, las más intensas indagaciones y varias semanas de investigación no produjeron ninguna pista útil.

Se elaboraron cuatro teorías como posibles motivos: en una época de gran inquietud política en Europa el destructor podía ser un instrumento comunista que intentaba provocar problemas; podría ser un hombre con un rencor real o imaginario en contra de los ferrocarriles que buscaba vengarse; el hombre podía haber tenido como blanco mortal a una persona y haber concebido el diabólico plan de destruir cualquier tren en el que supiera que viajaba la víctima buscada; podía ser un maniático con un ansia de sangre que sólo podía satisfacer con un desastre masivo.

Toda posibilidad debía examinarse. La única evidencia tangible, aquélla del equipo encontrado en el escondite cercano a Juterbog, llevó a la policía a una caza infructuosa que condujo al arresto de un hombre inocente.

Este desafortunado hombre fue un irlandés que había servido en el Cuerpo Real del Aire durante la primera guerra mundial y que se ganaba la vida confortablemente en Berlín como traductor y profesor de inglés. Cierto día se encontraba en un café cuando se le acercó un hombre bien vestido que dijo ser un barón alemán que tenía una fábrica grande en Viena. El irlandés, pensando que el extraño podía ser un cliente potencial, dio su nombre y todos los datos sobre sí mismo.

No volvió a pensar en este encuentro hasta tres días después del choque de Juterbog cuando oficiales de la policía fueron a su casa y le dijeron que estaba arrestado por el atentado al tren.

Se había descubierto que parte del equipo detonante había sido comprado en una tienda de Berlín en la que el propietario había dado a la policía una descripción completa del comprador: un ex oficial irlandés que cortésmente proporcionó su nombre y dirección y bastante más información sobre sí mismo.

Afortunadamente, el irlandés pudo proporcionar una coartada absolutamente confiable para la noche del choque. El comerciante, al ser confrontado con el hombre arrestado, no tuvo ninguna duda.

– Este no es, definitivamente, el hombre que compró el equipo – dijo.

Quedó claro para los furiosos detectives que el “barón” era el destructor de trenes y que había previsto la posibilidad de que su equipo llevara a la fuente mediante la selección de una víctima conveniente cuya identidad pudiera asumir. La artimaña tuvo un éxito completo: para el momento en que quedó establecida la inocencia del irlandés el rastro se había perdido y el destructor había desaparecido.

Tanto en Austria como en Alemania se ofrecieron recompensas por información que llevara a la captura de este peligroso hombre. La policía quedó convencida que el estado mental del hombre era tal que continuaría provocando choques de trenes hasta ser detenido. Aunque se aumentó la vigilancia de las vías de los trenes, evidentemente era imposible que la policía protegiera cada kilómetro en ambos países. Y aunque esto hubiera sido hecho de nada habría servido, ya que el siguiente choque no fue en Austria ni en Alemania sino en Hungría, cerca de la frontera.

A las 11:30 de la noche del sábado 13 de septiembre de 1931 – cinco semanas después del choque de Juterbog -, al acercarse el expreso Budapest-Ostend al viaducto del Biatorbagy entre Budapest y Viena se produjo de pronto un destello vívido y una tremenda explosión. La máquina se elevó por los aires antes de estrellarse 25 metros abajo del puente, en el valle, llevándose consigo los primeros cinco vagones y dejando al resto balanceándose de manera precaria al borde del terraplén.

Veinticinco personas murieron instantáneamente y otras ciento veinte quedaron seriamente heridas. Muchos perdieron extremidades y otros quedaron tan mutilados que no sobrevivieron mucho tiempo después del atentado. Entre las víctimas había algunos británicos, inclusive un grupo de estudiantes. Dos de los muertos en el primer vagón fueron la señorita Hilda Fowlds, directora de la escuela de mujeres de Gibbs, de Faversham, Kent, y el señor Harry Clements, un hombre de negocios londinense, que vivía en la avenida Links, Gidea Park, Essex.

No tomó mucho tiempo a la policía y a los expertos en ferrocarriles descubrir las causas de la explosión: 16 cartuchos de dinamita, empleados ajustadamente dentro de tubos de hierro, habían sido atados a los rieles. Cerca de ahí había remanentes de un cable eléctrico que llevaba a un escondite entre unos arbustos.

Después de una semana, la policía – esta vez de tres países – estaba tan confundida como en las ocasiones anteriores. Y podrían haber permanecido en la frustración y la ignorancia de no haber sido por un empleado del Ministerio de Ferrocarriles de Budapest que notó algo extraño en una de las muchas demandas por daños que fueron recibidas después del suceso.

Esta solicitud de compensaci6n venía de un húngaro de cuarenta años, Sylvestre Matuschka, que vivía en Hofgasse 9, Viena, y se refería a heridas faciales y a pérdida de equipaje. Una solicitud perfectamente normal excepto por el hecho de que Matuschka afirmaba que había estado en el primer vagón del tren. El investigador de los ferrocarriles que sabía que todos los ocupantes de ese carro habían muerto pasó la demanda a la policía.

Matuschka ya había llamado la atención, la noche de la tragedia, con sus gritos a los grupos de salvamento en solicitud de atención médica a pesar de no tener más que rasguños superficiales en la cara. Fue tratado con cierta brusquedad por parte de aquellos que lo atendieron en vista de las necesidades de los heridos graves. Más tarde, en una posada cercana, dijo a oficiales de los ferrocarriles que él había sido sacado de entre las ruinas de un vagón en el frente de tren.

Inicialmente se pensó que era un exhibicionista o un estafador que trataba de obtener una compensación a la que no tenia derecho. Sin embargo, las investigaciones de rutina sobre sus antecedentes revelaron algunos hechos interesantes.

Matuschka era un hombre que tenía muchos intereses de negocios que incluía una constructora, una empresa de materiales para la construcción, otra de compraventa de cereales y un delicatessen. Viajaba mucho por Europa, pero rara vez decía a Irene, su esposa, a dónde iba o la naturaleza de sus viajes. Quedó en claro que había estado ausente de casa en, las noches de los dos atentados de Anzbach y que había estado en Berlín en la fecha del choque de Juterbog.

En su agradable casa suburbana, donde vivía tranquilamente y en apariencia feliz con su esposa y su hija de trece años, los detectives encontraron un mapa en el que había ciertos puntos marcados con fechas en tinta roja. El destructor evidentemente había planeado un atentado por mes, en sitios selectos que incluían lugares cerca de Amsterdam, París, Marsella y Ventimiglia (ltalia).

Se supo que cada detalle de sus actividades había sido planeado con el mayor cuidado. Había llegado a comprar una cantera de piedra cerca de Viena en la cual probaba el poder explosivo de sus bombas hechas en casa.

Fue puesto bajo custodia, y durante diez días persistió en negativas vehementes. Entonces, de pronto, admitió todo.

– Atenté contra los trenes porque me gusta ver morir a la gente – dijo a los detectives -. Me gusta verlos gritar. Me gusta verlos sufrir.

En su primer juicio en Viena fue sentenciado a seis años de prisión por el intento de destruir dos trenes. Un psiquiatra lo definió como un sadista con un ansia de poder y de sensación, pero no como un demente. Otros médicos que lo examinaron consideraron que la única forma mediante la cual podía obtener una satisfacción sexual completa era viendo la destrucción de trenes y que esta necesidad irresistible era lo que lo había llevado a cometer los atentados. Matuschka afirmó que, cuando muchacho, había sido pervertido por un hipnotizador de feria que le había sugerido desastres ferroviarios.

No intentó negar sus crímenes en su juicio de Viena o más adelante en el de Budapest, en donde fue acusado de cada uno de los muertos de Biatorbagy. Admitió haber colocado la dinamita en los rieles y haber observado la explosión desde unos arbustos después de haber pasado una tarde alegre con dos chicas inglesas en Budapest. Se había rasguñado la cara con un cortaplumas para dar la impresión de haber quedado herido en el incidente.

Este asesino descomunal, condecorado en la primera guerra mundial por valentía como oficial de la Armada, hizo todo lo posible por confundir a ambos tribunales en lo que respecta a sus motivos. En Viena dijo ser extremadamente devoto – sin duda frecuentaba la iglesia – y querer salvar al mundo del ateísmo.

También había sido motivado, dijo, por el deseo de llamar la atención del mundo sobre sus muchos inventos, todos los cuales habrían de beneficiar a la humanidad. Habló de un proyecto para hacer las cataratas del Niágara navegables y otro para equilibrar el presupuesto adverso de los ferrocarriles austríacos; habló de aliviar la crisis mundial mediante una “inflación del oro” y de un aditamento que haría los viajes por ferrocarril absolutamente seguros.

Fue sentenciado en Viena, en junio de 1932, y después de purgar más de un año de prisión fue extraditado a Hungría para ser juzgado en Budapest por el cargo de mayor importancia.

Aquí se declaró culpable aunque aclaró que había actuado bajo la influencia irresistible de un espíritu llamado León.

– León nunca me ha dejado en paz – dijo -. Toda mi vida he querido luchar contra el mal pero siempre ha habido un León que me lo ha impedido.

Habló de cinco personas llamadas León que lo habían influenciado. Uno le había impedido obtener beneficios de sus inventos al anticipársele con las patentes, otro lo había hipnotizado y un tercero había utilizado su influencia perversa para impedirle realizar su ambición de convertirse en sacerdote. El único León que lo había influenciado de manera positiva había sido el papa León XIII.

– El espíritu de León me recriminó – dijo al juez – por haber fracasado en mis intentos de descarrilar los trenes de Austria. Traté de matarme pero León atrapó las balas y me dijo que debería seguir viviendo para volar trenes. Siempre estaba conmigo en mis viajes y me dijo que me observaría durante toda mi empresa.

Matuschka hizo todo lo posible para convencer al jurado de que era un demente. Cuando se le preguntó su profesión dijo:

– Soy un destructor profesional de trenes expresos. Cuando se le preguntó dónde había nacido respondió:

– En un par de pantalones.

El juez estaba enfurecido.

-¡Basta ya de estos disparates! – gritó.

-¡Qué vergüenza que un juez húngaro utilice expresiones tan bajas! – dijo Matuschka, mientras oscilaba un dedo hacia el juez -. ¡Verdaderamente no puedo permitir que esto continúe!

En otro momento del juicio, mientras el juez interrogaba a Matuschka entró a la sala una reportera bonita. El acusado se volvió a ella para guiñarle un ojo y hacerle señales con la mano.

– Mientras yo le hablo a usted, usted coquetea con mujeres. Esto es intolerable – dijo el juez y ordenó que Matuschka fuera llevado a una celda hasta que se “apaciguara”.

Después del juicio que se prolongó por semanas, Sylvestre Matuschka fue sentenciado a muerte, sentencia que más tarde fue confirmada por la Suprema Corte de Hungría. Matuschka, sin embargo, no fue ejecutado. Debido a que el arresto había sido hecho en territorio austríaco, país en el que se había abolido la pena capital, la sentencia fue conmutada por el regente de Hungría por la de trabajos forzados a perpetuidad. De hecho, había sido extraditado únicamente a condición de que no recibiera la pena capital.

En 1935 – cuatro años después de su mayor desastre ferroviario – Matuschka comenzó a purgar su sentencia de muerte. Diez años después, cuando aún no terminaba la segunda guerra mundial aprovechó la confusión general en Europa para escapar de la prisión. Nunca fue aprendido y no se ha oído de él desde entonces.

No hay duda de que Matuschka era un megalomaniaco más que un perverso si bien el patrón repetitivo de sus delitos puede ser asociado con una recurrente sexualización-sadista de la destructividad.

La característica esencial de sus crímenes era la destrucción de trenes que llevaban gente. Su deseo de ser considerado como una de las víctimas indica que su acción asesina megalomaniaca pudo haberle servido para dirigir los deseos asesinos de si mismo hacia otros.

Por lo tanto, en cierta medida el asesinato en masa podría ser considerado como parte de una necesidad de auto-conservación. Es posible suponer que la gente que iba en los trenes eran para él, en su mayor parte o en su totalidad, desconocidos. Para una parte infantil de él, esta gente que tomaba parte de una actividad apasionante, era blanco de sus ataques determinados por la envidia.

Parece ser que hubo una profunda división psíquica entre el hombre de familia que tenía una hija adolescente y el despiadado asesino que ejecutaba a sus víctimas en masa con una precisión obsesiva.

Matuschka explicó con suficiente claridad la manera como cambiaba. El “amigo” León hacía una propuesta de hacerse cargo y subvertía temporalmente toda su energía para dirigirla hacia un propósito puramente destructivo. El León malo parece haber sido el aspecto negativo del padre, que aparecía en forma polarizada. El papa León XIII también tenía un buen aspecto.

Matuschka se adelantó un poco a su tiempo: una década más tarde podría haber expresado el mismo tipo de destructividad en los campos de muerte nazi o aun en la guerra y haber sido aclamado por ello.

Los criminólogos han seguido fascinados con los argumentos sobre su cordura o demencia y sobre los motivos por los que buscó su terrible ocupación. Muy posiblemente el mismo Matuschka llegó cerca de la verdad cuando, al final del juicio, se santiguó y murmuró:

-Siento haberlo hecho, pero actué bajo alguna influencia irresistible.

 


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