Styllou Christofi

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Styllou Christofi
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Parricida
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 1925 / 1954
  • Fecha de detención: 29 de julio de 1954
  • Fecha de nacimiento: 1900
  • Perfil de las víctimas: Su suegra y su nuera
  • Método de matar: Asfixia con tea ardiendo / Estrangulación
  • Localización: Varios lugares, Chipre, Gran Bretaña
  • Estado: Ejecutada en la horca el 15 de diciembre de 1954
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Mrs. Styllou Christofi

Última actualización: 18 de marzo de 2015

Ejecutada en Hampstead, en 1954, convicta de la muerte de su nuera.

En 1925, Styllou Christofi, de origen chipriota, fue sometida a juicio por haber asesinado a su suegra introduciendo en su garganta una antorcha encendida. En aquella ocasión se la declaró inocente del crimen. En 1953 se trasladó a South Hill Park, Hampstead, a casa de su hijo, camarero de un restaurante del «West End» y casado con una alemana. Desde el primer momento Hella y Styllou Christofi no se llevaron bien. La primera decidió ir a pasar a Alemania unas vacaciones llevándose a sus hijos, acordándose de que a su vuelta Styllou Christofi partiría para Chipre.

La noche del 29 de julio de 1954, a la una de la madrugada, Styllou Christofi acudía a pedir ayuda a Mr. y Mrs. Burstoff, sentados en el interior de su coche aparcado cerca de la estación de Hampstead, intentando hacerse entender (hablaba muy mal inglés) aludiendo constantemente a un fuego. La policía encontró el cadáver de Hella Christofi, casi desnudo, yaciendo en el suelo junto a la ventana. El cuerpo estaba parcialmente quemado y olía a gasolina. Aunque presentaba fractura de cráneo, la muerte se debía a estrangulamiento.

Un vecino de los Christofi declaró que hacia las 11,45 de la noche del crimen había visto el cuerpo de Hella (que entonces confundió con un maniquí) rodeado de llamas y a Mrs. Christofi atizando el fuego.

Fue arrestada y sometida a proceso. Presidió el Tribunal el juez mister Devlin y actuó como fiscal Mr. Christmas Humphreys. Se encargó de defender a la acusada Mr. David Weitzman. El médico de la prisión de Holloway afirmó que se trataba de una deficiente mental, pero Styllou Christofi se negó a permitir a su abogado que basara su defensa en este diagnóstico.

Fue sentenciada a muerte en octubre de 1954. Hizo una apelación, que fue rechazada, y después de haber sido reconocida por tres doctores, que coincidieron en afirmar la normalidad de su estado mental, fue ejecutada. Posiblemente no se conmutó la sentencia por haber sido Styllou Christofi acusada de otro crimen en 1925. Los móviles del asesinato fueron, sin duda, celos maternales.


Un maniquí humano

Última actualización: 18 de marzo de 2015

Corre el año 1954. Un vecino de Hampstead observa que en un patio cercano están ardiendo lo que parecen ser unos trapos. Después la realidad demostró que se trataba del cuerpo de una mujer joven, nuera de una terrible matriarca griega que llevaba un pasado de violencia a sus espaldas.

El miércoles 28 de julio de 1954, a las 11,45 de la noche, John Young advirtió el olor y el resplandor procedentes de un incendio en el patio de South Hill Park, en Hampstead, al norte de Londres. Las llamaradas surgían a un par de casas de su vivienda, así que decidió echar un vistazo para asegurarse de que no había peligro de que el fuego se extendiera.

Mirando por encima de la valla se encontró con el extraordinario espectáculo de un torso femenino que yacía sobre una fogata de periódicos. Lo primero que se figuró fue que alguien estaba tratando de quemar el maniquí de algún escaparate.

«Pude ver desde los muslos hasta abajo. Tenía doblados los codos, tal y como se los ponen a los maniquíes de los escaparates, y desprendía un extraordinario olor a cera.»

John Young sabía que la vivienda que daba al patio estaba ocupada por una encantadora pareja que vivía en ella con sus tres hijos. Stavros Christofi era un grecochipriota que tenía un buen empleo como encargado de bodega en el Café de París, en el West-End de Londres. Hella, su mujer, alemana, trabajaba en una tienda de modas. Desde el año anterior, Styllou Christofi, la madre de Stavros, vivía con ellos.

Styllou Christofi era una mujer pendenciera que soltaba grandes andanadas en griego a su hijo y a su nuera. Maldecía, insultaba, vociferaba y hacía la vida imposible en aquella reducida vivienda. En vista de su desaforado proceder, Stavros trató en dos ocasiones de buscarle otros alojamientos, pero la expulsaron de todos ellos a causa de sus intemperancias. Su nuera, finalmente, planteó un ultimátum. Dijo a su marido que se marchaba con los niños para pasar unas vacaciones con su familia en Alemania. A su vuelta, Styllou Christofi tenía que haber regresado a Chipre.

Como continuaba mirando por encima de la valla, John Young pudo ver a Styllou salir al patio por el ventanal y agacharse para atizar el fuego. John se volvió a casa tranquilizado por la creencia de que la vieja señora Christofi estaba quemando basura y no había por lo tanto peligro de incendio.

Una hora después, poco antes de la una, Styllou Christofi, que contaba 53 años, aunque representaba muchos más, salió corriendo a la calle gritando y agitando los brazos. Un tal señor Burstoff, que llevaba a su mujer a casa después de cerrar su restaurante, tuvo que clavar el coche de un frenazo para no atropellar a la mujer. Esta, en un inglés difícilmente comprensible, chillaba: «¡Venga, por favor! ¡Fuego ardiendo! ¡Niños durmiendo!»

Los Burstoff salieron del coche apresuradamente e intentaron calmar a la mujer acompañándola a cruzar la verja y atravesar el patio. Cuando entraron en la casa ya no salían llamas del rescoldo humeante.

Sin embargo, el señor Burstoff no se hacía muchas ilusiones sobre el cuerpo achicharrado semejante a un maniquí abandonado. Encontró el teléfono y llamó a la policía. Llegaron a la casa al mismo tiempo que el fatigado Stavros regresaba del trabajo.

Las primeras informaciones de la prensa, aparecidas el viernes 30 de julio, describían cómo la anciana señora Styllou Christofi había descubierto el cuerpo de su nuera. Erróneamente atribuían a Styllou la edad de setenta años. Averiguaron también que un vecino ciego de setenta y cinco años aseguraba que en una ocasión oyó a dos individuos hablando en voz baja en el jardín de los Christofi a eso de la medianoche.

El mismo día la policía acusó a Styllou Christofi del asesinato de su nuera, Hella Christofi, de treinta y seis años. Tuvieron que repetir la acusación en griego. A través de un intérprete, la mujer dio una entrecortada explicación del olor a fuel-oil que invadía el patio y el interior de la casa.

«Yo no usé ningún petróleo -dijo- pero unos días antes se derramó un poco por el suelo. Yo no hice caso. Seguramente al pisarlo se extendió el olor. No sé nada más sobre esta historia.»

La autopsia demostró que Hella Christofi había sufrido una feroz agresión. No sólo tenía fracturado el cráneo a causa de un golpe brutal con un objeto pesado, sino que la infortunada joven había fallecido por asfixia, estrangulada con una especie de echarpe. Las quemaduras del cuerpo habían sido producidas después de su muerte como resultado del intento zafio, aunque calculado, de Styllou Christofi por incinerarla para hacer desaparecer las huellas del crimen.

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Emigrar por dinero

Stavros Christofi, el hijo de Styllou, siguió el mismo camino que muchos de sus compatriotas y abandonó Chipre para trabajar en Gran Bretaña. Sin embargo, rompió con la tradición de la isla al contraer matrimonio con una mujer que no era griega y al orientar su vida lejos de la comunidad grecochipriota londinense, dedicada fundamentalmente a la industria de la alimentación y a la del vestido.

Muchas mujeres griegas, y también sus maridos, trabajaban en el extranjero durante muchos años con objeto de ahorrar dinero o conseguir una jubilación que les permitiera una vejez tranquila en su pueblo natal. Este era el propósito de Styllou Christofi cuando se trasladó a Londres.

Como era tradicional, se daba por supuesto que Stavros se encargaría de mantener a sus padres cuando se hicieran viejos. Sin embargo, no parecía tener la intención de volver a su desolada aldea chipriota.

Styllou Christofi se dio cuenta de que Stavros y su mujer habían optado por una vida acorde con los valores «modernos» y a ella no le quedaba más solución que volver a su pobreza con las manos vacías. Styllou regresaba de su exilio voluntario sin nada positivo; la humillación que sentía ante su situación contribuyó a aquel odio violento que costó la vida a su nuera Hella y a ella misma.

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Un código de venganza

La violencia era un aspecto más de la vida en el entorno de Styllou Christofi. La cruenta contienda entre turcos y griegos se había desarrollado dentro y fuera de Chipre durante siglos. Ambas comunidades tenían un código familiar que consideraba una deshonra no vengar cualquier supuesta afrenta con la muerte del otro.

Styllou Christofi mostró una personalidad extremadamente violenta aun dentro de su propio ambiente. En 1925, y como consecuencia de un agravio familiar, mató a su suegra introduciéndole en la boca, que dos campesinas mantenían abierta, una tea ardiendo. El mismo férreo código de silencio le aseguraba la absolución de su crimen.

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PRIMEROS PASOS – La madre campesina

Los orígenes campesinos de los chipriotas Christofi se reflejaban en su obsesión por el poder materno. Cuando éste se discutía, el castigo era la muerte.

Styllou Christofi procedía de una sociedad que no tenía nada que ver con la que iba a ahorcarla. Entonces, como ahora, Chipre estaba dividido en turcos y griegos. A diferencia de los peninsulares, los grecochipriotas mostraban grandes influencias turcas en sus costumbres y en su cultura.

Las familias griegas son frecuentemente matriarcales y las abuelas despliegan un considerable poder dentro de ellas. Entre los musulmanes turcos el hombre es el amo del cotarro, pero la mujer de más edad ejerce una gran autoridad sobre las más jóvenes.

Nacida en una pequeña aldea, Styllou Christofi mostraba en sus comportamientos y en sus criterios el resultado de la mezcla de estos hábitos culturales. Siempre se consideraba en posesión de la verdad y no permitía que le llevaran la contraria.

Realmente las aldeas pobres de Chipre son muy pobres. La tierra es muy estéril y llena de guijarros, lo que obliga a sus gentes a una lucha constante por la supervivencia. Muchos jóvenes optaron por cambiar su suerte y su modo de vida emigrando a las ciudades.

En 1942, Stavros dio un salto audaz y definitivo; dejando atrás la pobreza y el estilo feudal de vida de la isla, optó por dirigirse a un Londres ensombrecido por la guerra. Se trasladó en primer lugar a Nicosia, la capital de Chipre, donde trabajó como camarero para ahorrar el dinero suficiente que le permitiera pagarse el pasaje del barco.

Stavros huía no sólo de los ásperos rigores de la vida campesina, sino de las agobiantes tensiones de una vida familiar dominada por la torva personalidad de su madre.

El joven prosperó en Londres, donde en seguida consiguió un buen empleo en el Café de París.

Se casó con Hella y tuvieron tres hijos encantadores. Ocupaban una vivienda modesta en un cómodo barrio londinense, cerca de Hampstead Heath. Chipre y su secular conflicto entre griegos y turcos, siempre a punto de ignición, parecía estar a millones de kilómetros de distancia. Entonces, como un fantasma que surgiera del pasado, apareció su madre.

Stavros no podía negarse a acogerla en su hogar. Después de todo, ella no conocía a sus nietos ni a su nuera y él era hijo único.

El plan era que Styllou Christofi se quedara con ellos hasta encontrar un trabajo que le permitiera ahorrar algún dinero para comprarse un terreno en Chipre. Los agotados olivos del pueblo eran improductivos. La vida consistía en una lucha encarnizada por la supervivencia y su marido era un inútil, incapaz de procurar el sustento de su mujer.

Stavros y Hella se esforzaron en hacerle agradable la estancia, pero la suerte actuaba en contra de la pareja. Después de la alegría inicial por ver a Stavros y a los niños, Styllou Christofi empezó a mostrar un patente resentimiento en contra de Hella, culpándola de sus problemas de comunicación y de las frustraciones de la vida en la gran ciudad.

Para una persona como Styllou Christofi, el complejo y liberal estilo de vida de aquel suburbio del opulento Londres resultaba un misterio constante. Estaba acostumbrada a resolver los problemas por la acción directa. Hella representaba un obstáculo entre ella y el apoyo y afecto naturales de su único hijo. Según su código, aquello era un crimen subrayado por la tozudez de una nuera que trataba de rebajar su autoridad matriarcal.

Empezaron a aflorar sus celos y el resentimiento que sentía hacia Hella. No estaba de acuerdo con nada. Odiaba la casa, le molestaba el aspecto moderno de su nuera y consideraba que estaba malcriando a los niños.

Hella aparecía ahora como un obstáculo entre Styllou Christofi y la vida de felicidad y confort que podría compartir con su hijo. Seguramente la idea de tener que volver al pueblo con su marido agriaba aún más aquel sentimiento. Es improbable que tuviera previsto algún plan. El 28 de julio por la noche Stavros se fue a trabajar; los niños estaban en la cama. Cuando las dos mujeres se quedaron solas en la cocina, Styllou Christofi aprovechó la ocasión.

*****

La prenda del juego

Aunque era un monstruo, Styllou Christofi tenía en contra algo más que su carácter o sus crímenes. Fue una ficha importante empleada por los partidos políticos para ganar puntos a sus rivales.

Los juicios por asesinato son acontecimientos públicos que atraen el interés de los medios de comunicación; y, lo que es inevitable, presiones políticas. Estas inciden en los procesos y en las sentencias, aunque los principales protagonistas nunca lo admitirán. En el juicio y ejecución de Styllou Christofi hubo dos asuntos políticos que pudieron influir en el resultado. El primero fue su nacionalidad: era chipriota.

El caso Styllou Christofi coincidió con el comienzo de un resurgimiento del nacionalismo en Chipre que rápidamente condujo a una sangrienta guerra civil, a la intervención de las tropas británicas y, por último, a la independencia de la isla.

Al tiempo que se acercaba el final del mandato de un maduro Winston Churchill, los días de poder del imperio estaban contados. La década siguiente sería testigo de su hundimiento y el alzamiento chipriota de 1950 fue el aviso de la tormenta que se avecinaba.

Durante la vista preliminar del caso Styllou Christofi, los grecochipriotas emprendieron violentas acciones en contra del poderío colonial, luchando por la Enosis, la unión con Grecia. El día 28 de agosto, The Times informaba que un grupo de oficiales griegos del destacamento de tierra se dirigía a Atenas llevando dos frascos llenos de su propia sangre, como demostración de que «estaban dispuestos a dar sus vidas, si era necesario, por la liberación de Chipre».

Después de un triunfal recibimiento en Atenas, los oficiales manifestantes donaron uno de los frascos de sangre a la iglesia de Chipre y el otro se lo enviaron a sir Winston Churchill.

Esos acontecimientos podrían no haber afectado directamente al caso, pero sí impidieron los intentos de un grupo de parlamentarios laboristas por crear un ambiente de comprensión a favor de Styllou. Uno de ellos era su asesor en el tribunal criminal, David Weitzman, diputado por Stoke Newington y Hackney North. El grupo que solicitaba la revisión de la condena de muerte iba encabezado por Sydney Silverman y sir Leslie Plummer.

El grupo laborista que se oponía a la horca solamente conseguía publicidad cuando iba a llevarse a cabo una ejecución. Los argumentos conmovedores eran eficaces, pero en el caso de Styllou Christofi el personaje resultaba profundamente antipático al público. No sólo era claramente culpable de un asesinato salvaje, sino que aparecía como el estereotipo de la primitiva isleña grecochipriota, desagradecida a los favores de la civilización colonial e indigna de clemencia.

La campaña en contra de la pena capital era un punto del programa de la generalmente débil oposición laborista a la poderosa administración tory. Sin embargo, el ministro del Interior Major Lloyd George estudió el recurso de Styllou Christofi.

El argumento de los laboristas se basaba en que Styllou Christofi, a pesar de sus protestas, era una enferma mental. Los diputados laboristas presentaron ante el ministro del Interior los informes del doctor de la prisión de Holloway que indicaban síntomas de locura.

El ministro del Interior informó de los diagnósticos que había solicitado personalmente. En la respuesta escrita a una moción planteada después de la ejecución, en la que le criticaban por no haber solicitado nuevas pruebas, Major Lloyd George decía: «Si se presentan ante el Ministerio del Interior pruebas razonables de la locura de un condenado a muerte, el Ministerio debe solicitar dos o más informes médicos legalmente cualificados que examinan al prisionero dictaminando sobre su salud mental tal y como lo exige la sección 2 (4) de la Ley de Criminales Lunáticos de 1884.

»A la vista del informe del médico oficial de la prisión de Holloway sobre la señora Christofi designé a tres prestigiosos y expertos doctores para realizar una investigación en profundidad de acuerdo con el procedimiento establecido. Los tres doctores diagnosticaron que, desde su punto de vista, la prisionera no era una enferma mental, y añadieron también que no padecía ninguna anormalidad que justificara la recomendación de un indulto.»

El caso Christofi se convirtió en un verdadero peón de la batalla entre el sistema y los que deseaban reformar la ley sobre la pena capital.

*****

EL JUICIO CHRISTOFI – Tragedia griega

Las pruebas de la culpabilidad de Christofi eran abrumadoras y fue condenada a muerte. Como la orgullosa campesina que era, se negó a alegar una enfermedad mental que podría haberla salvado de la horca.

El juicio comenzó el 25 de octubre en el Tribunal Criminal de Londres. Cuando le leyeron los cargos, Styllou Christofi sacudió enérgicamente la cabeza al tiempo que exclamaba: «¡No!» Fue una de sus escasas declaraciones en inglés. Su abogado la amplió, alegando: me declaro inocente y me reservo mi defensa.

Un alegato inicial de locura podría haber solucionado rápidamente el caso. La exposición de su pasado de violencia en Chipre, el relato comprobado de sus explosiones de cólera en el piso de Hampstead, así como su truculento carácter «extranjero» habrían sido factores decisivos. Sin embargo, Styllou reaccionó agraviada ante la simple mención de una enfermedad mental. «Soy una pobre mujer sin educación, pero no estoy loca. Jamás, jamás, jamás.»

La versión de los sucesos de aquella noche fatal del 28 de julio que el defensor presentó al tribunal era muy falsa. Styllou declaró que se había ido a la cama antes que su nuera, que aún estaba lavándose. La despertó el olor del humo, se levantó y vio abierta la puerta de la calle. Entonces fue a buscar a Hella, pero no estaba en su cuarto. Se precipitó escaleras abajo y, a través de la puerta de la cocina, vio fuego en el patio.

El cuerpo de su nuera yacía entre las llamas con el rostro cubierto de sangre. Styllou declaró que intentó reavivar a Hella rociándola con agua. Entonces se lanzó a la calle y detuvo el coche de los Burstoff . La acusada insistió obstinadamente en su increíble historia durante todo el juicio, a pesar de que todas las pruebas actuaban en su contra.

Durante la investigación preliminar, el director del Laboratorio de la Policía Metropolitana del New Scotland Yard declaró que había huellas patentes de los intentos de limpiar grandes manchas de sangre en la cocina de la vivienda. Las patas de la mesa y el linólium del suelo mostraban rastros de sangre humana, aunque habían tratado de hacerlas desaparecer.

El segundo día del juicio propiamente dicho, en octubre de 1954, el jurado en pleno, a petición del abogado de la Defensa, se trasladó en autobús a Hampstead para visitar la escena del crimen durante la noche. Sin embargo, este intento destinado a contradecir la declaración de John Young no obtuvo resultado.

La prueba material, especialmente el anillo de boda escondido debajo de un adorno del dormitorio de Styllou, puso en un aprieto a la defensa cuando la acusación expuso su versión de los hechos acaecidos en aquella fatídica noche del 28 de julio.

A causa de una vida de duro trabajo físico a sus espaldas, Styllou era una mujer forzuda, fuerza multiplicada por el odio feroz que sentía hacia Hella. Primero derribó a su desprevenida nuera con el pesado recogedor de la ceniza de la cocina, que era de hierro fundido. Y la golpeó de nuevo, insistiendo una y otra vez en su acción.

Según el forense, tenía fracturada la base del cráneo, heridas en la cara, destrozos en la oreja derecha y desgarros en el cuero cabelludo. Todas las heridas, excepto las desgarraduras del cuero cabelludo, fueron causadas con un instrumento romo. La de la base del cráneo se debió a una caída. El recogedor de la ceniza de la caldera de la cocina estaba manchado de sangre.

Después de dejar a Hella inconsciente con el golpe, Styllou Christofi la remató rodeándole el cuello con un echarpe y apretando con tal saña que posteriormente, y con objeto de disimular la causa real de la muerte, tuvo que cortarlo para poderlo retirar del cuerpo medio quemado de su nuera.

Acto seguido, Styllou Christofi intentó quemar el cuerpo con papeles y petróleo. Sin embargo, un cuerpo humano no arde fácilmente y la parafina y los papeles no eran adecuados para semejante tarea.

En el transcurso de sus siniestros esfuerzos, Styllou Christofi vio la alianza de boda de Hella. O bien porque simbolizaba el poder del enemigo, o bien porque su naturaleza campesina no toleraba la pérdida de algo valioso, Styllou sacó la alianza del dedo de su nuera. Al registrar su cuarto, los agentes de policía descubrieron el anillo envuelto en un papel y oculto tras un adorno.

Declaró que lo había encontrado en la escalera y lo había guardado creyendo que era una anilla de cortina. Durante el juicio, Stavros, a preguntas de la acusación, manifestó que el anillo le quedaba muy ajustado a su esposa y que no se le podía haber deslizado del dedo accidentalmente.

El 29 de octubre, exactamente a los cuatro días de iniciarse el juicio, el jurado se retiró a deliberar. Al cabo de dos horas, emitió su veredicto, según el cual declaraba a la señora Styllou Christofi culpable del asesinato de su nuera Hella en la noche del 28 de julio. Fue sentenciada a la horca.

El 30 de noviembre el Tribunal de Apelación de lo Penal denegó el recurso contra la sentencia. En el último momento, un grupo de miembros antihorca del Parlamento intentó convencer al Ministerio del Interior para que impidiera la ejecución, basándose en la enfermedad mental de la acusada. Este intento fracasó. El miércoles 15 de diciembre de 1954, Styllou Christofi murió ahorcada en la prisión de Holloway.

Por una siniestra casualidad, otra asesina, Ruth Ellis, mató a su amante en la misma calle de Hampstead donde Styllou Christofi asesinó a su nuera.

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Decisión implacable

Las pruebas del caso Styllou Christofi indicaban que el acto había sido cometido espontáneamente sin que mediara un plan previamente estudiado. El arma asesina era el primer instrumento al alcance de la mano de Styllou Christofi en el momento en que se le presentó la oportunidad del crimen.

Las huellas de sangre halladas en el pesado recogedor de hierro que usaban para sacar la ceniza de la estufa probaron que fue el arma del crimen. Se suponía que la víctima llevaba puesto al cuello el pañuelo empleado para estrangularla. Los métodos que empleó Styllou Christofi para ocultar sus huellas rozaban el límite de la estupidez. La agresión inicial había dejado la cocina cubierta con la sangre de Hella. Los intentos de fregarla resultaron enormemente chapuceros.

La investigación policial descubrió rastros de sangre en las patas de la mesa de la cocina y sangre parcialmente disuelta en el linólium. Styllou Christofi tuvo que cortar el pañuelo con el que había estrangulado a Hella, pero lo dejó a la vista. Y fue patético su fallido intento de ocultar las consecuencias de su crimen tratando de quemar el cuerpo de su nuera.

Styllou Christofi regó el lugar con petróleo. El olor invadía toda la casa, el mismo olor a «cera» que detectó John Young, el primer testigo. La prueba del anillo de boda tan torpemente escondido se añadía a las demás y apuntaba a un crimen cometido impulsivamente. Este dato podía ser el fundamento de un alegato de locura, pero el extraviado orgullo campesino de la acusada negándose a presentarlo fue la causa de su última y fatal actuación.

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MENTE ASESINA – No la ira, sino un odio infernal

Borden, Christofi, Parker y Hulme se sentían frustradas. Sus casas se convirtieron en invernaderos de odio en los que los miembros de la familia aparecían como obstáculos humanos que había que eliminar.

Con independencia del hecho de que Lizzie Borden, Styllou Christofi y Parker y Hulme eran todas mujeres, los tres casos tienen algo en común (a pesar de que Lizzie Borden fue exonerada). Todas las asesinas mataron a personas de su familia. Todas lo hicieron con el propósito de eliminar los obstáculos que se oponían a sus propósitos. Todas actuaron con frenética violencia.

Aunque en los casos de Styllou Christofi y de Parker y Hulme se adujo el tema de la locura, en ambos casos aparecían fuertes motivaciones. Todos los asesinatos, castigados o no, habían sido el resultado final de su empeño.

Styllou Christofi pensó que, asesinando a su nuera, podría crear un «hueco» para sí misma en el cariño y en los proyectos de su hijo.

Parker y Hulme creían que la señora Parker se interponía entre ellas y su felicidad. Aquella proyectada felicidad no era exclusivamente sexual, sino que incluía la libertad de ser creativas, de estimular mutuamente sus inteligencias.

Lizzie Borden consideraba el amor de su padre hacia su madrastra como una amenaza directa para la futura herencia de la riqueza familiar en perjuicio de su hermana y de ella misma. Al matar a su padre y a su madrastra, despejaba el camino de la herencia, que de este modo no tendrían que compartir con un elemento «extraño» a la familia.

Este componente «lógico», aunque tergiversado, aparece con mayor frecuencia entre los asesinos del género femenino. La violencia en los varones suele ser de naturaleza sexual; a esa violencia los empujan sentimientos de competición para obtener los favores de una mujer o la defensa de su terreno sexual. El asesinato cometido por hombres resulta ser con frecuencia el resultado accidental de dicha violencia.

La comparación de las estadísticas demuestra que las mujeres asesinas son relativamente escasas. En el año 1982 la proporción en Gran Bretaña era de 176 hombres por ocho mujeres; Christofi, Parker y Lizzie Borden luchaban por conseguir lo que consideraban sus derechos.

En algunos casos, la violencia que emplean estas asesinas es aterradora. Styllou Christofi golpeó una y otra vez a su nuera con el recogedor y terminó por estrangularla. Las quinceañeras neozelandesas hirieron repetidamente a su víctima, hasta que ésta dejó de resistirse, con un ladrillo envuelto en un calcetín. Lízzie Borden asestó sus hachazos una y otra vez hasta que estuvo segura de haber logrado su propósito.

El hecho de que estos asesinatos se hayan cometido dentro del contexto familiar es una manifestación de las limitaciones físicas y culturales de las mujeres en cuestión. Para ellas el mundo se reducía a su familia.

Los hombres se desenvuelven en dos ámbitos, el del hogar y el del trabajo. Y pueden cometer un crimen tanto en el uno como en el otro. A finales del puritano siglo XIX no había más horizontes para una mujer que las obligaciones familiares, tanto si vivía en el convencional suburbio de Christchurch como en el cerrado mundo campesino de la isla de Chipre. Lizzie Borden, Styllou Christofi y Pauline Parker y Juliet Hulme amaban, odiaban y llegaron al crimen dentro de aquellos límites, con objeto de proteger lo que consideraban sus derechos.

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Fechas clave

  • 25/10/54 – Comienza el juicio. Styllou Christofi se declara inocente.
  • 26/10/54 – El jurado en pleno visita el escenario del crimen.
  • 29/10/54 – Styllou Christofi, declarada culpable, es sentenciada a muerte.
  • 30/11/54 – Denegado el recurso contra la sentencia.
  • 14/12/54 – El Ministerio del Interior decide no aplazar la ejecución. El grupo parlamentario laborista intenta detener dicha ejecución hasta el último momento.
  • 15/12/54 – Styllou Christofi muere ahorcada en la cárcel de Holloway.

 

 


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