Stefan Atzler

El Descuartizador de Férez

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Descuartizamiento - ¿Canibalismo?
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: Ene. / Feb. 2006
  • Fecha de detención: 15 de febrero de 2006
  • Fecha de nacimiento: 1980
  • Perfil de las víctimas: Timoteo Navarro, de 62 años / José Suárez Palacios, de 66
  • Método de matar: Apuñalamiento
  • Localización: Murcia / Albacete, España
  • Estado: Condenado a 24 años de prisión el 18 de diciembre de 2007
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Stefan Atzler – El ADN inculpa por el crimen de Los Alberciales a un preso alemán

La Verdad

21 de octubre de 2006

Se trata de un joven de 25 años que está en prisión preventiva en Albacete por otro asesinato.

Al mejor estilo CSI y con el resultado -siempre positivo- de aclarar una muerte violenta. Agentes de la Guardia Civil de Murcia han identificado a un preso alemán de 25 años que responde a las iniciales S.A. como supuesto autor del asesinato de Timoteo Navarro, cometido el pasado 14 de enero en su finca, en el extrarradio de Jumilla.

El cadáver de Timoteo, de 62 años, fue encontrado apuñalado en su finca, en el paraje de Los Alberciales. Cuando le encontraron, tenía la cartera y el reloj, por lo que en principio se descartó el móvil del robo para el caso, que fue el primer homicidio registrado en la Región este año.

Al preso se le imputa también este crimen después de que el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses analizase todas las pruebas remitidas en torno al caso jumillano, y realizase las pruebas de ADN del ingresado, según las cuales coincide la identidad genética como la del autor del asesinato ocurrido en Jumilla.

Según informó un portavoz de la Policía Judicial de Murcia, ambos casos tienen el mismo modus operandi, ya que fueron realizados «con el mismo tipo de arma blanca y con el mismo ensañamiento». Las muestras de ADN fueron recogidas de las dos navajas de unos 7 centímetros de hoja con las que supuestamente se cometieron ambos crímenes, así como de varias prendas de la víctima.

Los agentes encargados de la investigación fueron comisionados por la autoridad judicial el pasado miércoles para trasladarse hasta el centro penitenciario de Albacete, donde está en prisión preventiva, e imputar al interno como supuesto autor del asesinato cometido en enero.


Hoy arranca el juicio al acusado de descuartizar a un hombre en Férez

Josechu Guillamón – La Verdad

30 de noviembre de 2007

En esta primera sesión declararán el imputado y los principales testigos del caso. El procesado se enfrenta a 29 años de cárcel por asesinato e intento de homicidio.

Tras el aplazamiento del pasado día 22, el hombre acusado de matar a un agricultor en Férez y descuartizarlo después, se sentará hoy a las diez, en el banquillo de los acusados, en la primera sesión del juicio que acogerá la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Albacete.

Esta primera sesión, será probablemente la más interesante del juicio, ya que en ella están llamados a declarar el acusado, Stefan Atzler, de 25 años de edad y nacionalidad alemana, y los principales testigos del caso; dejando para la sesión del próximo 5 de diciembre, la declaración de los peritos y forenses y las conclusiones finales del juicio, que previsiblemente quedará visto para sentencia ese día.

El acusado se enfrenta a 17 años de prisión por un delito de asesinato, diez por un delito de asesinato en grado de tentativa y dos años más por atentado contra los agentes de la autoridad, lo que suma un total de 29 años de cárcel. Además la fiscalía también solicita una indemnización de 196.854 euros para la viuda y los hijos de Jesús Juárez Palacios presuntamente asesinado por el procesado.

Por su parte, la acusación particular solicita 23 años de cárcel por el asesinato de Jesús Juárez Palacios y una indemnización de 300.000 euros para la viuda y 100.000 euros para cada uno de los hijos.

El crimen

Los hechos por los que se le juzga, se remontan al 15 de febrero de 2006, cuando Jesús Juárez Palacios, de 65 años de edad y natural de Socovos, llegó con su furgoneta al denominado Cortijo del Tío Murciano, en el término municipal de Férez, donde se encontraba el acusado, que había llegado a la zona (por la que vagabundeaba desde hacía días), desde su país, tras atravesar Francia e Italia.

Entre las 8:30 y las 9:30, Stefan, que según el escrito de la fiscalía, padece un trastorno de la personalidad, que no limita su conciencia, ni su voluntad, abordó al recién llegado agrediéndole reiteradamente con una navaja, con la que le asestó 26 puñaladas, una de ellas en el cráneo, con tal fuerza, que fracturó la navaja.

Tras esto arrastró el cuerpo hasta una nave de la finca, donde lo descuartizó, introduciéndolo después en bolsas de basura, para ocultarlo con mayor facilidad. Utilizando la furgoneta del fallecido, Stefan se trasladó, sobre las doce y media del mediodía, a la finca El Cerezo, portando en el vehículo (cuya rueda quedó atascada entre dos piedras), la cabeza y el brazo izquierdo del cadáver.

Asesinato fallido

El acusado aprovechó para dormir un poco, hasta que sobre las 13:25, un trabajador de la finca, Avelino García Sánchez le pidió que abandonara el lugar. Tras cerciorarse de que el acusado llevaba sangre en las manos, Avelino telefoneó a la policía, llamada que no pasó desapercibida a Stefan, que se acercó hacia él ocultando una mano, en la que escondía una navaja, con la que intentó matarle, sin lograrlo, aunque resultó herido en una mano.

Continuando con el relato de los hechos realizado por el fiscal, Stefan sustrajo el Land Rover de Avelino, con el que intentó atropellarle. En la huida, el acusado se encontró con el agente avisado por Avelino, que le siguió hasta la conocida como la recta de La Errada, donde el acusado sufrió un accidente al perder el control del vehículo, momento en el que fue detenido.

Ya en el cuartel de la policía, en Hellín y tras hacerse pasar por inglés arremetió contra el intérprete, golpeándole en la cabeza y en el hombro.

El 17 de febrero, en los calabozos de la Comandancia de la Guardia Civil, golpeó a un agente al que le rompió las gafas e intentó agredir a otro, que esquivó el golpe.

En la actualidad, la policía investiga también la posible implicación del acusado con otro asesinato similar, que tuvo lugar en Jumilla (Murcia), unos meses antes. El procesado permanece privado de libertad desde el 15 de febrero de 2006.


El fiscal incrementa hasta 32 años la petición de pena de cárcel para el «Descuartizador de Férez»

La Verdad

6 de diciembre de 2007

El presunto asesino está acusado de matar a un agricultor en Jumilla días antes del crimen que cometió en Albacete.

Como si de un puzzle se tratara, su cuerpo quedó reducido a trozos que, al unirse, a duras penas recordaban a él. El frío acero de un cuchillo y la brutalidad de su asesino acabaron cruelmente con su vida, que quedó totalmente descuartizada. Con este agrio final, José Juárez se suma a la lista de víctimas de Stefan Atzler, quien ya permanecía acusado por el crimen, realizado días antes, de otro agricultor de Jumilla.

Ayer, el fiscal aumentó a 32 años de cárcel la pena de 29 años solicitada inicialmente para el joven alemán, Stefan Atzler, acusado de la descuartización del agricultor en Férez (Albacete) en febrero de 2006 y que actuó sabiendo lo que hacía, pese a tener un trastorno esquizoide de personalidad, según coincidieron los peritos.

En el juicio oral que ayer quedó visto para sentencia en la Audiencia de Albacete, el fiscal agravó su petición de condena para Stefan Atzler, de 25 años de edad, al introducir los agravantes de ensañamiento y alevosía tras escuchar los informes periciales.

En la vista oral, los peritos fueron unánimes en declarar que el trastorno esquizoide de personalidad del acusado no condicionó su conciencia ni su voluntad el día del crimen, al atacar por la espalda a la víctima, el agricultor José Juárez, de 56 años, al que propinó 26 puñaladas antes de descuartizarle en diez trozos.

Además, el acusado -que llegó a esta pequeña localidad de la sierra albacetense en su vagabundear por distintos países europeos- trató de matar a otro vecino, Avelino García Sánchez después del crimen de José, agredió a un guardia civil durante su detención en los calabozos y a un intérprete cuando éste le dijo que le acusaban de asesinato.

Ocho piezas del cadáver se encontraron en la nave en la que escondió el cuerpo de José, mientras que la cabeza de la víctima y su brazo izquierdo fueron encontrados en el vehículo del acusado, quién había estado ingresado en centros psiquiátricos en su país.

Además, en una fiambrera que llevaba el acusado en su mochila se encontraron restos del biceps y el triceps de uno de los brazos.

La forense que examinó el cadáver señaló ante la sala que de todos los navajazos ninguno pudo producir la muerte inmediata, y aunque no estaba consciente por la pérdida de sangre, es difícil determinar si vivía cuando fue descuartizado, indicó.

La defensa mantuvo que el acusado ingirió grandes dosis de alcohol que alteraron su enfermedad mental en el momento de los hechos, pero los peritos no lo entendieron así porque alegaron que actuó de forma muy minuciosa para descuartizar el cadáver, operación difícil de realizar en estado de embriaguez.

Antes de quedar visto para sentencia, el acusado hizo uso de la palabra y dijo que lo que ocurrió «no fue mi voluntad que sucediera».


24 años de cárcel e indemnización de 259.580 euros para el alemán que descuartizó a un agricultor en Ferez

Europa Press

19 de diciembre de 2007

La Sección Primera de la Audiencia Provincial de Albacete ha condenado a un total de 24 años de prisión al alemán Stefan Atzler como autor del asesinato de José Juárez Palacios, por un delito de atentado contra la autoridad y por un delito de tentativa de homicidio contra Avelino García.

Además, se le ha impuesto una multa de 6 euros diarios durante once meses e indemnizaciones por un total de 259.580 euros a la viuda de José Juárez Palacios, a los hijos, a Avelino García y al Guardia Civil agredido.

En concreto, la sentencia, a la que ha tenido acceso Europa Press, recoge una pena de 18 años de prisión e inhabilitación absoluta por el delito de asesinato contra José Juárez Palacios, 9 meses de multa con 6 euros diarios por un delito continuado de hurto, de uso de vehículo a motor, 5 años de prisión e inhabilitación por un delito de homicidio en grado de tentativa contra Avelino García, multa de 6 euros diarios durante un mes por la falta de lesiones contra Carlos B.

El juez le ha impuesto también un año de prisión e inhabilitación por un delito de atentado contra agentes de la autoridad, multa de un mes con seis euros diarios por una falta de lesiones y las siguientes indemnizaciones: 150.000 euros a Concepción C.B., viuda de José Juárez, 17.000 euros para cada uno de sus hijos José, Jesús y Ángel Francisco, 20.000 euros para su hijo Antonio y 25.000 para su hijo Carlos; 9.180 euros para Avelino García por los días de baja derivados por el accidente y otros 4.000 por el valor de su Land Rover y al guardia civil agredido 150 euros por las lesiones sufridas y 250 por los daños en las gafas.

Una pena que se le impone después de que el Fiscal solicitara en sus calificaciones 32 años de cárcel para este joven alemán acusado de asesinar y después descuartizar al agricultor de Férez, José Juárez.

Los hechos

Los hechos por los que se le juzga, se remontan al 15 de febrero de 2006, cuando José Juárez, de 65 años de edad y natural de Socovos, llegó con su furgoneta al denominado Cortijo del Tío Murciano, en el término municipal de Férez, donde se encontraba el condenado, que había llegado a la zona por la que vagabundeaba desde hacía días, desde su país, tras atravesar Francia e Italia.

Entre las 8.30 y las 9.30, Stefan abordó al recién llegado agrediéndole reiteradamente con una navaja, con la que le asestó 26 puñaladas, una de ellas en el cráneo, con tal fuerza, que fracturó la navaja.

Tras esto arrastró el cuerpo hasta una nave de la finca, donde lo descuartizó, introduciéndolo después en bolsas de basura, para ocultarlo con mayor facilidad. Utilizando la furgoneta del fallecido, Stefan se trasladó, sobre las doce y media del mediodía, a la finca El Cerezo, portando en el vehículo (cuya rueda quedó atascada entre dos piedras), la cabeza y el brazo izquierdo del cadáver.

Sobre las 13.25, un trabajador de la finca, Avelino García, le vio y le pidió que abandonara el lugar. Al ver que el acusado llevaba sangre en las manos, Avelino telefoneó a la policía, por lo que Stefan se acercó hacia él con una navaja, con la que intentó matarle, sin lograrlo, aunque resultó herido en una mano.

Continuando con el relato de los hechos realizado por el fiscal, Stefan sustrajo el Land Rover de Avelino, con el que intentó atropellarle. En la huida, el condenado se encontró con el agente avisado por Avelino, que le siguió hasta la conocida como la recta de La Errada, donde el Stefan sufrió un accidente al perder el control del vehículo, momento en el que fue detenido.

Ya en el cuartel de la policía, en Hellín y tras hacerse pasar por inglés arremetió contra el interprete, golpeándole en la cabeza y en el hombro.

El 17 de febrero, en los calabozos de la Comandancia de la Guardia Civil, golpeó a un agente al que le rompió las gafas e intentó agredir a otro, que esquivó el golpe.


Stefan Atzler, el último salvaje

Ricardo Fernández – Blogs.laverdad.es

3 de noviembre de 2008

No puedo dejar de confesar que la historia de Stefan Atzler me cautivó desde que comencé a obtener los primeros datos sobre su persona: cuando conocí que había descuartizado a un agricultor en la localidad albaceteña de Férez y que había sido detenido llevando encima una tartera con tres trozos de carne humana que previsiblemente iban a servirle de alimento; más tarde, cuando conocí que se le vinculaba al asesinato de otro agricultor en Jumilla, y, finalmente, cuando un amigo forense me hizo saber que al presunto homicida se le había intervenido un diario repleto de espectaculares y estremecedores dibujos, así como de poesías y relatos en los que se entremezclaban lo onírico y lo real.

Me ha llevado más de un año de gestiones hacerme con el sumario judicial y con el citado diario. Pero el esfuerzo me ha sido compensado con creces. El primer fruto de ese trabajo lo ofrecí este domingo, en un reportaje a doble página que ofreció La Verdad. Me consta que quienes lo leyeron no se sintieron decepcionados, aunque quizás sí impresionados en exceso, en algunos casos, por la dureza del contenido.

No quiero dejar de ofrecer a los lectores de este Blackblog el relato sobre las andanzas y la fascinante, contradictoria y aterradora personalidad de ese joven alemán, que hoy cumple condena de 24 años por el asesinato de Férez y que espera a ser juzgado por otros crímenes. Son dos documentos, bastante extensos, que animo a leer de forma reposada, con tiempo por delante. Merece la pena.

«Con vino negro del cuerpo muerto»

La investigación judicial permite desentrañar la personalidad de Stefan Atzler, un joven alemán tan sensible como violento, que mató a un agricultor en Jumilla y desmembró a otro en Albacete.

De alguna manera familiar / en el sueño en casa / un cadáver viejo y gordo. / Matanza debajo del árbol de Navidad. / La luna pálida se refracta en la luz de la sierra. / Mira al péndulo. / Son las cuatro y pico, / y Freddy Kruger está conmigo. / Conversamos sobre temas serios, / con vino negro del cuerpo muerto / y problemas del alma, bien grandes. / Quiero que me enseñe la verdad / que vino sobre mí cuando estaba durmiendo. / También me enseñó tu cara / ¿o era la mía? ¿o la de ella? / Estaba en la niebla, muy triste, / muy sola, / no era la Madre de Dios… / Y alrededor de mi corazón se cierran / cuatro cuchillas oxidadas, / todo en una luz roja de carne y sufrimiento».

Sangra, más que escribe, cada verso. Lo hace en alemán, su lengua nativa, el cuaderno apenas iluminado por la tenue luz de la luna. Borracho, como cada noche. «El whiski quema la masa blanda que se ha establecido en mis circunvoluciones cerebrales y me hace indiferente». Junto a él, ovillado sobre la tierra desnuda, gruñe en sueños Chucky, su perro lobo, fiel y despiadado como la misma Muerte. «Mi pequeño ángel negro», le llama. Nada, sino el animal, le une ya a este mundo. Nada. Ni su madre, ni su hermano, que ni siquiera intuyen por dónde andan sus pasos.

Ambos, pobres monos bípedos desnudos pálidos blandos, son parte de ese engendro de la naturaleza, de ese imperdonable error del Sumo Hacedor que es la especie humana. «La humanidad -ha dejado escrito, inspirado por el alcohol, la rabia y el odio- es algo parecido a un chiste malo de la creación, una metedura de pata, un golpe bajo para la naturaleza, un golpe que la evolución se podía haber ahorrado, excepto los pueblos primitivos. ¡Verdad!».

Así aspira a vivir: como un salvaje. Su compromiso es firme, auténtico. Vaga por los campos sin otra compañía que su fiero can, sin más defensas que una larga vara y dos afiladas navajas y sin más rumbo que su instinto. Duerme al raso. Se baña y bebe en los arroyos. Come lo que encuentra: saltamontes vivos que unta en mayonesa, conejos y liebres atropellados por los automóviles cuyos cuerpos destrozados encuentra en las cunetas. «He partido la liebre en trozos, he pasado una hora quitando la carne y los cartílagos de los huesos tan delgados. Y en un momento, cuando yo, el idiota, no había prestado atención, vino Chucky y ya tenía el espinazo en el hocico».

Todo lo comparte con el animal: alimentos, sueños, calor, lecho, dolor, destino. Perro y hombre, hombre y perro. Ambos son uno. Son uno y son lo mismo: un ser puro, fiel, salvaje, sensible, violento, desalmado, sanguinario y letal como sólo puede serlo, todo ello de una vez, la naturaleza. «De todo corazón deseo vivir lejos de los hombres, con Chucky en la naturaleza, en libertad. La esperanza está muy, muy lejos. Estoy triste y desanimado».

Se sabe tierra y sólo tierra quiere ser algún día. Ningún rastro dejar sobre el sufriente planeta, salvo el ajado diario, repleto de frases y versos sueltos y de dibujos a carbón de sobrecogedora e inquietante belleza y perfección, que porta en su mochila.

Una mochila grande y negra en la que, además del cuaderno, lleva un carné de conducir alemán, un llavero con Cristo crucificado sobre fondo rojo, un reloj Casio de plástico, dos navajas con la hoja hoy manchada de sangre y una fiambrera con tres grandes trozos de carne. Tres solomillos humanos.

La Finca del Tío Murciano

Es 15 de febrero del año 2006. Ha matado a un hombre. Lo ha sorprendido en una finca de Férez (Albacete), conocida como El Tío Murciano. Lo ha tumbado en un huerto de almendros. Lo ha cazado mientras estaba trabajando, ajeno a la muerte que, tan cercana, planeaba sobre él como un milano. Le ha asestado tantos navajazos que sólo el forense, horas después, podrá enumerarlos con cierto rigor: «Dieciocho en el plano anterior del tórax, tres en la zona posterior inferior del tronco, tres en el plano posterior del tórax, una en el brazo izquierdo y otra en el cráneo, ésta última con tal fuerza que se fracturó la navaja y quedó clavada la punta en la zona calota craneal».

El ataque ha sido tan salvaje e implacable que el tribunal dejará constancia en su sentencia, casi dos años después, de que infirió «un sufrimiento inhumano» a su víctima, a José Suárez Palacios, vecino de Socovos, de 66 años.

Después ha arrastrado el cuerpo hasta un almacén cercano y allí, en la penumbra, ha empuñado una sierra de arco, de las de cortar gruesos troncos, y lo ha desmembrado. La escena es tan brutal que ni siquiera el lenguaje frío y funcionarial que utiliza el secretario del Juzgado de Instrucción número 1 de Hellín, al redactar la diligencia de levantamiento de cadáver, puede enmascarar el insondable horror que encierra.

No apto para almas sensibles

«Desde la puerta de entrada se observa una gran mancha de sangre», recoge el citado documento, incluido en el sumario sobre el crimen, que está en poder de este diario. «Podemos ver también parte de un tórax separado del resto del cuerpo, las dos piernas cortadas y separadas, el brazo derecho también seccionado debajo de una bolsa de plástico. La otra parte del tórax está dentro de una bolsa de basura negra, junto a un trozo de oreja».

«Cerca del cadáver -prosigue el secretario judicial- se encuentra una sierra metálica con mango azul, manchada de sangre y otros restos. No se encuentra el brazo izquierdo ni la cabeza del cadáver».

El misterio se resuelve pronto. Durante la práctica de esa diligencia, un guardia civil informa a Su Señoría de que en el Cortijo El Cerezo se ha encontrado abandonada la furgoneta Ford Courier de la víctima. Abandonada, muy probablemente por el asesino. La comisión judicial se desplaza al lugar.

«Personados en el cortijo se observa la citada furgoneta, con la rueda trasera derecha atrapada entre dos piedras. En el maletero del vehículo se encuentra una bolsa de basura negra, la cual contiene una cabeza de hombre, ensangrentada, a la cual le falta la oreja derecha. En una bolsa del mismo tipo hallamos el brazo izquierdo ensangrentado. También encontramos en el maletero un serrucho metálico, con mango de madera, con sangre y restos».

Horas después hallarán la mochila y, en ella, la fiambrera con los tres filetes de carne humana.

En el suelo y esposado

El asesino, el descuartizador, el aparente caníbal, está tendido en el suelo, boca abajo, en un huerto de almendros. Tiene los brazos a la espalda, inmovilizados por unas esposas, y la boca de una pistola apuntando a su cabeza. Un policía local de Férez ha logrado poner fin a su truculenta correría.

No ha sido fácil atraparlo. De hecho, se ha tenido que jugar el tipo. Ya había intuido que sería así cuando su vecino Avelino García le ha telefoneado y, entre jadeos, mientras corría para salvar su vida, le ha explicado que un extranjero «con mala pinta y aspecto de vagabundo» acababa de atacarle y herirle con una navaja en la finca El Cerezo, a la que había acudido esa misma y sangrienta mañana del 15 de febrero a echarle de comer a las cabras y a los caballos.

«¡Corre! ¡Ponte a salvo, que enseguida subo!», le había gritado antes de saltar al coche patrulla y encaminarse a toda velocidad hacia ese paraje rural. Llegó todavía a tiempo de observar cómo Avelino desplegaba sus apresuradas zancadas por el camino, seguido muy de cerca por un todoterreno al volante del cual iba un joven sucio, flaco y de mirada enloquecida. Avelino luchaba por su vida y si logró salvarla fue lanzándose de cabeza a la cuneta cuando ya el motor del vehículo le resollaba en la espalda.

El agente inició entonces una larga persecución que sólo acabó cuando el chico se comió una curva y fue a empotrarse con el Land Rover contra un almendro. Allí, sobre los terrones, le puso las esposas. Sólo comenzó a ser consciente de que había hecho el servicio de su vida cuando, unos minutos después, el amigo Avelino, todavía temblando, le llamó para decirle que en la finca en la que había estado a punto de morir había una Ford Courier, AB-8218-M, abandonada.

Los datos del vehículo llevaron al policía a identificar al propietario, le llevaron hasta sus familiares y acabaron llevándolo hasta la Finca del Tío Murciano, en la que le esperaba el cadáver descuartizado de un hombre. El cuerpo desmembrado de José Juárez Palacios.

«Derribé la puerta del almacén a patadas y observé que había en el suelo restos de ropa, un charco de sangre y como restos de un cuerpo humano desnudo», declaró horas después ante la Guardia Civil. «La mujer y los familiares del señor Juárez, al ver que tiraba al suelo la puerta del garaje y entraba en el mismo -continuó su relato-, comenzaron a gritar y a ponerse histéricos». Intuyendo ya que lo que el policía local acababa de encontrar no iba a ser bueno.

«Váyanse de aquí. Márchense a casa», les rogó el agente. No hacían falta más palabras. Bastaba con verle el rostro. Obedecieron.

No habló él; habló el ADN

Se negó a declarar. Se negó a que le extrajesen sangre. Se negó a entregar una muestra de su saliva. Hubo que tomárselas con una orden judicial por delante. Se negó incluso a ofrecer su verdadera filiación y aseguró llamarse Andrew Martin, nacido en Plymouth (Inglaterra).

Pero tampoco su colaboración fue necesaria. Sus huellas dactilares y su ADN desvelaron su identidad: Stefan Atzler, de 25 años, nacido en Donauworth (Alemania). Le señalaron como el autor de la muerte y descuartizamiento de José Juárez. Y aún habrían de deparar dos grandes sorpresas: le vincularon con el intento de asesinato de un indigente de 44 años, acuchillado el 19 de septiembre del 2005 en Amberg (Alemania); y le señalaron además como presunto autor del asesinato de un agricultor de Jumilla, Timoteo Navarro, de 62 años, cuyo cuerpo cosido a navajazos había sido hallado el 14 de enero
del 2006 en el paraje de los Alberciales.

Durante semanas, la Guardia Civil había errado, a ciegas, en pos de una pista que le ayudase a resolver este crimen incomprensible. Había barajado las hipótesis del robo, de la venganza por asuntos de tierras, de antiguas rencillas, incluso de faldas… Nada de eso existía. Sólo la acción irracional y bárbara de un joven alemán que había optado por vivir como un salvaje. Ya sólo permanece cubierta de misterio la razón por la cual no lo descuartizó y lo convirtió también en filetes. Quizás se creyó sorprendido y eso le hizo huir. O quizá una luz penetró durante un instante en su conciencia y le hizo desistir.

Apenas una semana antes del crimen había escrito en su diario: «Seguimos hasta Yecla. El paisaje es cada vez más brutal (…). En el oeste hay molinos negros. El paisaje rocoso me parece diabólico y como una pesadilla. (…) Estábamos en el castillo y hacía muchísimo frío. Llevamos ya una semana en Los Minas. (…) Chucky es mi pequeño ángel negro, mi lobo. Es hora de que nos vayamos de aquí a otro sitio». Hasta ahí llega su relato. Luego se topó con Timoteo y, días más tarde, con Jesús. Ninguno de ellos sobrevivió al encuentro.

Hoy, condenado a 24 años de prisión por el crimen de Férez, aguarda entre rejas el momento de ser juzgado por el asesinato de Jumilla. «¿Qué es mejor? ¿Vivir en una prisión con la visión de la libertad o vivir en libertad con la ilusión de una prisión? Al fin y al cabo, todo es ilusión. La verdad de cada uno está dormida en el propio corazón», había dejado escrito.

Si lo que buscaba era una respuesta, a buen seguro ya la tiene.

«Veo a un guerrero demoníaco que mata a una madre preñada»

«Chucky intentó cagar la liebre digerida, sin éxito. Se formó una bola de uñas y piel, mierda y esquirlas de huesos. Todo esto hizo que su ano se pusiera rojo e inflamado, para explotar casi. Pero en algún momento consiguió cagar, con un estallido y un aullido asustado. Y ahora el pobre sangra del intestino. ¡Mierda! ¡Está sangrando por todos los orificios!».

Es domingo, 10 de julio de 2005. Sus pasos, los del hombre y los del perro, todavía vagan por tierras germanas. Stefan ha comenzado a escribir su diario. Un documento impactante y estremecedor que, en el momento de ser detenido y encausado como presunto autor de dos asesinatos y de otros dos homicidios frustrados, habrá alcanzado las 87 páginas. Todas ellas repletas de frases, versos y dibujos, que permiten reconstruir la inquietante y contradictoria personalidad del homicida y los universos onírico y real entre los cuales se desenvolvía y entremezclaba su existencia.

Un documento impagable para intentar comprender las razones, si es que puede existir tal cosa, por las que un joven alemán bien parecido, ilustrado y sensible, aunque también afectado por un trastorno de personalidad que no le afectaba a su capacidad de entender ni discernir lo bueno de lo malo.

Sensible y romántico: «Ella estaba allí, delante del sol poniente, con su pelo dorado movido por el viento, su cuerpo en el reflejo de la luz. Tierna, como un soplo de otro mundo, como una princesa de hadas…».

Violento: «La veterinaria le ha diagnosticado a Chucky diarrea con sangre (¡23,20 euros!). Si alguna noche me encuentro con esa chapucera en un callejón, entonces ha llegado su última hora».

Amante de la naturaleza y constructor de un mundo a su medida: «Hoy hemos pescado nuestro primer pez; creo que es un pez joven. Quiero zumbar en una libélula de color verde esmeralda a un país lejano en el cual no hay máquinas ni hombres, solamente seres vivos que viven en armonía con la naturaleza. Y espíritus malignos, semihombres y elfos».

Perseguido por las pesadillas: «Había soñado que me había roto la mano derecha; estaba inflamada e hinchada de líquido. La situación empeoraba hasta que todo mi brazo era como un globo. Hice un orificio y entonces salió el líquido, pero la carne quedó blanda. Podía ver mis tendones y articulaciones moverse».

Atormentado, pero dispuesto a reinventarse: «No voy a darme por satisfecho hasta que haya terminado una lucha contra uno o más adversarios. He sido un cobarde toda mi vida, por una razón u otra. Siempre el miedo de que los otros se podrían reír de mí, que podría ser vergonzoso, que podría dolerme o que me humillarían. ¡Y ese miedo empeoraba todo!».

Consciente de su insignificancia frente al universo, a la poderosa naturaleza: «El viento sopla por los campos, y yo estoy muy solo y muy pequeño. Ya viene la tormenta. ¿Me romperá el cuello tal y como dobla la hierba?».

Visionario enloquecido y sanguinario: «Tengo una idea, una visión de un guerrero demoníaco con una armadura hecha de huesos, carne y cuerno. Lleva una ballesta, también hecha de cartílagos y carne roja; también la cuerda es orgánica. El virote es de hueso. Es el que con la conciencia tranquila mata a una madre preñada, la abre y sin escrúpulos termina con la vida de niños cuya vida ni siquiera había empezado. (…) Un guerrero de carne y hueso, sangre roja, cartílagos y tendones y una piel blanca como leche».

Un hombre sin control sobre sí mismo: «Cuanto más entiendo más tengo que resignarme, pero no me puedo excluir de ese concepto. Soy una parte, como un androide biomecánico, una marioneta con mando a distancia».

Un escritor a lo McCarthy: «El cielo brilla en la luz de la tarde con un brillo glorioso de sangre que se rompe ardiendo en los ríos. El viento se mezcla con el polvo de los huesos y sopla profundamente a las ascuas de color rojo oscuro».


«¿Qué poco nos faltó para no contarlo!»

Ricardo Fernández – Laverdad.es

4 de noviembre de 2008

El pastor de Férez atacado por el descuartizador y el agente que logró arrestarlo recuerdan la sangrienta jornada.

Avelino mata jabalíes. Y los mata a cuchillo. Le gusta salir al monte los fines de semana, acompañado por un buen amigo y por su zagal de quince años, y comenzar a seguir el rastro marcado por sus fieros perros que, al olor del marrano, pronto violan con sus ladridos el virginal y frío aire de la sierra albaceteña. Es, pues, un tipo bragado, duro, de los que no se arrugan ante el peligro, y además se sostiene sobre unas piernas ágiles como las de los venados y recias como los mismos troncos de las encinas.

Si hoy sigue vivo, si vive para contarlo, es por ese carácter y por ese par de piernas.

«Esa mañana -rememora- subí ya tarde a la finca. Le eché de comer a los dos caballos y luego me fui a donde las cabras para arreglarlas». Era 15 de febrero del año 2006. Fue al retornar por el camino cuando observó la presencia de una furgoneta Ford Courier, de color blanca, a una cierta distancia. «Sabía que conocía al dueño, pero en ese momento no me acordaba de quién se trataba. Me fui acercando y vi que la puerta del conductor estaba abierta y que había un joven con muy mala pinta durmiendo en los asientos. Me puse en tensión porque me dio mala espina. Y estuve a punto de irme sin decirle nada. Pero luego pensé: ¿Y si hace algo por la finca? Entonces me acerqué y le pregunté qué estaba haciendo allí».

Avelino García Sánchez, pastor, de 44 años de edad, se habría largado a la carrera de saber que el interpelado era un alemán de 25 años llamado Stefan Atzler y que la furgoneta en la que dormitaba pertenecía a un agricultor de Socovos, Jesús Juárez Palacios, de 66 años, a quien el primero había asesinado apenas unas horas antes, asestándole una veintena de cuchilladas, y después había descuartizado en un cobertizo.

Avelino habría escapado como alma que lleva el Diablo, con cada pelo de su cuerpo erizado, con el corazón paralizado de horror, de haber sabido que en el vehículo viajaban dos bolsas conteniendo la cabeza del labriego y su brazo izquierdo, y una tartera con tres filetes de carne humana.

Pero todo ello lo ignoraba. «El tío no me contestaba. ¿Es que estás borracho?, le dije, pues no haber bebido tanto. Y borracho o no, ya te estás largando de aquí, ¿me oyes?».

Fue entonces cuando el vagabundo se movió. «Empezó a hablarme en un idioma que yo no conocía. Se incorporó y vi que tenía las manos y la cara manchadas de sangre. Como cuando la sangre se lava y, sin embargo, no termina de irse. Ahí ya empecé a ponerme malo. Le dije, ya cabreado: ¿A quién le has quitado el coche? Salió del coche y se le cayó una navaja. Yo bajé el tono: A ver si te vas a hacer daño…».

Se apartó unos metros y telefoneó a Manuel Pérez, el único policía local de Férez. «Sube a mi finca en cuanto puedas, que aquí hay un tipo que no me gusta nada», le pidió. Pero el agente estaba solo en el Ayuntamiento. «Ahora no puedo. Pero llamo ya mismo a la Guardia Civil», le respondió.

Cuando Avelino colgó el teléfono y se giró sobre sus piernas vio con temor cómo el joven se dirigía hacia él. «Llevaba una mano escondida a la espalda y venía en plan vacilón, hablando a lo chulo, aunque yo seguía sin entenderlo. Tampoco me hacía falta saber lo que estaba diciendo, porque ya veía de lo que iba. Supe que el asunto era serio y me agaché y cogí dos piedras bien gordas. Si sigue andando le sacó los sesos de una “pedrá”, me dije».

Luchar por tu vida

No se detuvo. Siguió caminando, la alta figura balanceándose como una víbora, retador, amenazante. «Menos mal que no me dejé llevar por el miedo, que no me aturullé. Me cabreé muchísimo. Y le lancé las piedras a la cabeza. Si lo engancho de lleno lo dejo en el sitio, porque las piedras las tiro bien, ¿sabes?, como pastor que soy. Lo que pasa es que el tío se giró para esquivarlas y le di las dos veces en el hombro. Ni se inmutó».

En un instante se vio luchando a muerte por su vida, con las manos desnudas frente a un chico joven, que le sacaba dos palmos de estatura y que empuñaba una afilada navaja con la que ya había matado a otro hombre. «Alcancé a darle un puñetazo en la cara, pero él me tiraba una cuchillada detrás de otra. Con una de ellas me hizo un corte en la mano. Yo veía que no iba a aguantar mucho tiempo. Entonces pensé que si lograba echar a correr ladera abajo, seguramente no me cogería. No todos saben correr a toda leche por el campo sin caerse».

De un empujón logró quitarse de encima al alemán, antes de que éste llegase a herirle de gravedad, y se lanzó pendiente abajo como un jabalí acosado. «Venía pegado a mí, a menos de un metro, lanzándome navajazos, y yo tenía que hurtarle los riñones, como hacen los recortadores de toros, para que no me la clavase. Al final conseguí sacarle dos o tres metros de distancia y se paró, porque se dio cuenta de que a correr no me ganaba».

Sin dejar de correr, Avelino empuñó el teléfono móvil y volvió a telefonear al policía local. «¿Ven corriendo, que me está atacando con una navaja!, le dije. Y él me contestó: ¿Voy a buscarte! ¿Tú corre, corre! Le respondí: ¿Es que te parece que estoy corriendo poco?».

«Iba el coche echando chispas»

El agente subió al coche patrulla de un salto y enfiló el camino de la finca a toda velocidad. «Iba el coche echando chispas. Se tardan cuatro o cinco minutos en llegar allí y no tardé ni uno. Cuando entré por el camino vi a Avelino corriendo y al joven, que le había quitado el todoterreno, persiguiéndolo para atropellarlo. No lo mató porque, cuando ya lo iba a alcanzar, Avelino se lanzó al campo y lo esquivó», cuenta ahora Manuel, el policía.

Comprobó que su amigo estaba bien y salió en persecución del alemán. Fueron once kilómetros de improvisado rally por las sinuosas carreteras que unen Férez y Socovos. Stefan Atzler perdió la carrera al salirse de la calzada y chocar con un olivo. Con ello perdió también su libertad por muchos años. «Le dije que se tirara al suelo, pero no me hizo caso. Se vino hacia mí y saqué la pistola. Entonces intentó huir. Lo derribé de una patada y lo esposé».

Manuel Pérez acababa de hacer, sin siquiera imaginarlo, el servicio de su vida. Había detenido a un asesino, al descuartizador de un vecino de Socovos, al presunto homicida de un agricultor de Jumilla y al supuesto autor del apuñalamiento de un indigente en Alemania. Un servicio por el que, meses después, la Guardia Civil acabaría otorgándole la Medalla al Mérito.

Pero la jornada le deparaba todavía sorpresas más contundentes. Vivencias nada gratas. No tardó en enterarse de que la Ford Courier que el delincuente había dejado abandonada en el campo pertenecía a un hombre llamado Jesús Juárez. Tampoco le llevó mucho localizar a la mujer y comprobar que no había aparecido por casa.

«Me dirigí hacia el Cortijo del Tío Murciano, al que Jesús había ido a trabajar esa mañana. Me seguía la mujer y tres sobrinas suyas en otro coche. Al llegar a la finca vi un rastro de sangre, como el de un cadáver al ser arrastrado, que iba desde unos almendros hasta un almacén. Entonces llamé a la Guardia Civil y les dije que iba a entrar. Tiré abajo una puerta, a patadas, y al asomarme observé el cuerpo troceado en el suelo. El tronco por aquí, un brazo y una pierna debajo de un saco. ¿Impresionado? No demasiado. Mi única preocupación en ese momento era conseguir que la mujer y las sobrinas no viesen ese espectáculo. Lloraban y gritaban, histéricas, y querían entrar a la vivienda. Logré que se marcharan a casa».

Ahora, después de la experiencia que ambos pudieron haber pagado con sus vidas, entre Avelino y Manuel ha surgido una estrecha amistad. «Cada vez que nos vemos nos damos un abrazo. Nos decimos: Qué poco faltó ese día para no contarlo. Y nos sonreímos».

«Si llego a coger el bastón…»

Avelino lo ha pasado mal. «Tenía pesadillas y apenas podía dormir». Y su familia, peor aún. Ha tenido, además, que dejar las cabras. «Cada vez que iba allí, mi mujer y mi hijo no hacían otra cosa que llamarme por teléfono para ver si estaba bien. Yo les decía: Tranquilos, que no todos los días va a aparecer un tío de ésos en la finca. Pero lo cierto es que una cosa de éstas no se olvida. Pero una cosa te digo: si ese día consigo coger, no ya el cuchillo que uso con los jabalíes, sino el bastón que llevo en el todoterreno, ese cabrón se queda en el sitio. Porque las piedras las tiro bien, pero al bastón le doy un giro que ni te cuento…»

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