Simone Weber

La Diablesa de Nancy

  • Clasificación: Asesina
  • Características: ¿Envenenadora? - Descuartizamiento
  • Número de víctimas: 1 - 2
  • Periodo de actividad: 1980 / 1985
  • Fecha de detención: 8 de noviembre de 1985
  • Fecha de nacimiento: 28 de octubre de 1930
  • Perfil de las víctimas: Su marido y su amante
  • Método de matar: ¿Veneno? - Arma de fuego
  • Localización: Nancy, Francia
  • Estado: Condenada a 20 años de prisión el 28 de febrero de 1991. Fue puesta en libertad el 17 de noviembre de 1999
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Simone Weber

Última actualización: 20 de marzo de 2015

Un tronco humano putrefacto dentro de la maleta de un hombre desaparecido, una sierra mecánica limpiada con esmero, un certificado de matrimonio falsificado y una exhumación llena de dramatismo, eran algunos de los ingredientes del caso de Simone Weber.

Acosada por la policía francesa, finalmente fue desenmascarada como una asesina.

FEMME FATALE – La sirena del vecindario

Bajo el atildado aspecto de señora hogareña chapada a la antigua latía el corazón de una mujer celosa, apasionada y sin escrúpulos que ejercía un extraño poder sobre los crédulos hombres en que clavaba sus garras.

En la noche del 22 de junio de 1985 nadie podía pegar ojo en el inmueble situado en la avenida de Estrasburgo, nº 158, de Nancy. El ruido de lo que parecía ser un aspirador estropeado retumbaba en todo el edificio.

A Marie Haag -la anciana de ochenta años que ocupaba el piso bajo y tenía a todos los inquilinos «bien vigilados»- le pareció que el estruendo venía del apartamento de arriba. Allí vivía una viuda de sesenta años, Simone Weber. Le había dicho a Marie esa tarde que tenía un terrible dolor de cabeza. Y precisamente por eso la «espía» Haag estaba tan intrigada. A media tarde, Simone bajó a pedirle un favor: su cuchillo eléctrico no funcionaba y quería que le echase un vistazo. Las dos mujeres no se llevaban nada bien… Por lo tanto… ¿Qué demonios estaba tramando la Weber?

El sordo zumbido continuó traspasando el techo. Era como si el aspirador se hubiera clavado en el suelo de la habitación del piso superior. Justo antes de la medianoche, Marie escuchó un fuerte golpe sobre su cabeza. Claro… La vecina… ¿Se habría caído al suelo? Pero no, si resulta que Simone Weber no estaba sola… Marie recordó verla entrar en la casa alrededor de las siete acompañada de un hombre de pelo gris.

Finalmente la larga vigilancia dio sus frutos. La anciana oyó el golpeteo de un cubo metálico en el descansillo y se apresuró a pegar el ojo a la mirilla de la puerta. Era Simone bajando por la escalera. Arrastraba tras de sí un saco de basura de plástico oscuro. En la mano libre sostenía un cubo que parecía estar vacío.

A estas alturas Marie Haag estaba totalmente absorta en su excitante «aventura». Corrió a la ventana y vio a su vecina cargar el cubo y la bolsa de basura -aparentemente muy pesada- en su coche. Después lo puso en marcha y arrancó en dirección al centro de la ciudad.

Simone regresó a las dos de la mañana. Pero no se quedó en la casa. Al cabo de tres horas volvió a salir. Y aún faltaba un montón de tiempo para que pasara el camión de la basura. Además, antes de arrancar de nuevo, subió y bajó de su piso ocho veces cargada con más bolsas de basura. Del hombre de pelo gris… ni rastro. La «espía» Haag se preguntó por qué no estaría ayudando a Simone.

A las nueve de la mañana, Weber reapareció. Esta vez cogió quince bolsas de supermercado y las dejó apoyadas en uno de los árboles del jardín de la casa. Marie convenció a su marido para que fuera a echar un vistazo al contenido; estaban llenas de botellas vacías y basura.

Durante los días siguientes la anciana metomentodo siguió de cerca los movimientos de su vecina. Y es que el comportamiento de Simone era de lo más raro. Se dedicó a fregar con esmero la escalera del edificio y lavó los cubrecamas y las sábanas del apartamento a pesar de pertenecer a su hermana, ya que ella vivía normalmente en la casa que tenía a las afueras de Nancy.

La señora Haag se fijó en que junto al tendedero siempre había una bolsa de basura azul bien cerrada. Se atrevió a abrirla: estaba llena de trozos rotos de toallas manchados de sangre que despedían un olor agrio y fétido… Todo aquel asunto le dio miedo, y corrió a contárselo a un vecino. Pero éste le dijo que se ocupara de sus propios asuntos. Entretanto, Simone había vuelto a salir. La bolsa y el Renault azul del hombre del pelo gris también habían desaparecido.

Simone Weber regresó a su chalet de la afueras de Nancy, en Rosiéres-aux-Salines, una casa que hacía cinco años había «heredado». De hecho, había pertenecido a Marcel Fixard, un militar retirado de ochenta años, con una familia compuesta por veinticinco sobrinas y sobrinos.

Le cuidaba una ama de llaves y el venerable anciano pasaba su vejez ocupándose del huerto en el patio trasero. Sin embargo, no dejaba de pensar que le faltaba algo en su vida de jubilado y puso un anuncio en un club de corazones solitarios en busca de esposa. A partir de este momento su pacífica vida iba a sufrir un cambio espectacular.

Marcel no quería una jovencita sin seso, más bien buscaba una mujer de su edad sin hijos. En 1977 contestó a una supuesta catedrática de filosofía cuyo aspecto era extremadamente juvenil para tener más de setenta años, pelo blanco y penetrantes ojos azules. Se llamaba Monique Thuot -al menos ese fue el nombre que le dio al anciano-, y él se sintió muy complacido. Se trataba de Simone Weber, que por entonces acababa de cumplir los cincuenta y cinco. Su aspecto avejentado se debía a un hábil disfraz y Thuot era el apellido de su primer marido. Hacía años que se habían separado.

Durante tres meses, Marcel le escribió cartas a Monique -su «querida Monique»- contándole sus penas, su soledad y sus esperanzas de disfrutar un futuro compartido. Weber le contestó que sus palabras eran como «rayos de sol» en su monótona existencia y el anciano se enamoró. Viajaba a Estrasburgo con la máxima frecuencia posible para pasar un rato al lado de su nueva compañera. Estaba encantado y no paraba de hablar de matrimonio. Con su anterior mujer había pasado cincuenta años felices de casado y estaba impaciente por repetir la experiencia, seguro de que resultaría tan bien como la primera vez…

En el verano de 1977, «Monique» accedió a vivir con él en Rosiéres-aux-Salines. Pero la convivencia se deterioró con rapidez. La pegajosa actitud de Marcel exasperaba a Simone y su conciencia tampoco la dejaba tranquila. Ella sabía que su «novio» no se casaría con una mujer con familia, sobre todo si averiguaba que tenía cuatro hijos (los gemelos Philippe y François, Danielle y Brigitte). Respecto a tres de ellos no había gran problema dado que casi nunca visitaban a su madre; pero su preferido, François, era harina de otro costal. Para «protegerse», Simone fingió que se trataba del hijo de su hermana Madeleine.

La farsa se desarrolló según lo previsto hasta el 8 de octubre de 1977. Madeleine se presentó en Rosiéres, pálida y con los ojos enrojecidos. Philippe Thuot, el hermano de François, se había suicidado en Alemania para no tener que cumplir el servicio militar en Francia.

«Monique» quedó conmocionada. Necesitaba tiempo para recuperarse del tremendo golpe, y regresó a su casa de Estrasburgo. Los vecinos de Marcel se preguntaron qué le había ocurrido a «Madame Monique», y Fixard explicó que estaba muy apenada por la muerte de su «sobrino».

Poco después, Simone sorprendió al anciano en compañía de otra mujer. Se sintió traicionada y cesó de referirse al tema del matrimonio. No obstante, a las pocas semanas Marcel volvía a implorarle que se casara con él y que volviera a Rosiéres. Y así ocurrió, aunque, en principio, sin boda. Ella se irritaba con facilidad por la manía de Fixard de mezclar sus respectivas medicinas. Él se empezó a cansar de la mala salud de Monique y de sus innumerables visitas a los doctores de Estrasburgo.

Marcel era un hombre robusto y avispado; por lo menos hasta que Simone empezó a inyectarle un «tónico reconstituyente». El anciano empezó a sentir miedo conforme iba debilitándose. Su ama de llaves -y confidente- le contaría más tarde a la policía que Weber siempre solía llevar encima una pistola. Asimismo, declaró haber encontrado una bala incrustada en el techo del segundo piso.

A pesar de su aparente «malestar», Fixard insistía en la idea del matrimonio. Se estaba volviendo impaciente y recurrió a un truquito: «pinchar» a Monique flirteando de mentirijillas con otras «candidatas viudas»; sin saber que la pega de la novia era que, a pesar de llevar separada de Thuot dieciocho largos años, seguía legalmente casada.

En noviembre de 1978 obtuvo el divorcio. Pero se llevó un chasco: Marcel había cambiado de opinión, ya no quería casarse. Sus sobrinos notaban la animosidad existente y se daban cuenta de que la pareja no paraba de reñir. Su tío parecía estar muy intimidado por la irascible señora Thuot. El anciano incluso cambió su testamento dejando como heredero universal a su sobrino favorito, Marcel Retourna.

No obstante, el matrimonio terminó celebrándose en el Ayuntamiento de Estrasburgo el 22 de abril de 1980. No fue una boda muy normal, sobre todo si tenemos en cuenta que uno de sus protagonistas no tuvo conocimiento de la celebración. El «novio» fue en verdad un médico jubilado llamado Georges Hesling, al cual Simone convenció para que «interpretase» el papel de Fixard. El viejo doctor pronunció las fatídicas palabras «Sí, quiero» durante la ceremonia. Y antes de la misma pasó el reconocimiento médico preceptivo según la ley francesa.

El mismo hombre acompañó posteriormente a Simone al despacho de un notario y firmó -en falso, claro está- una escritura de venta de la casa de Marcel Fixard y un nuevo testamento en el que la heredera principal resultaba ser «Monique».

A los nueve días de su vuelta de Estrasburgo, la pícara Weber consiguió dos paquetes de «Digitalis» mediante una receta falsa. Dicha medicina puede causar la muerte si se toma en dosis masivas, ya que disminuye la rapidez del latido del corazón y tiene efectos nocivos si se administra a personas de edad avanzada. A diferencia del arsénico, no deja rastros en el cuerpo tras la muerte de la víctima.

La salud de Marcel empeoró a ojos vista en los días siguientes. Marcel Retourna coincidió con su tío en un funeral el 13 de mayo de 1980 y creyó que el anciano había empinado el codo, articulaba mal las palabras e incluso llegó a trastabillarse y caer al suelo. Tras pensarlo con detenimiento, el sobrino empezó a preocuparse; llamó a Monique y le pidió que llevase a su tío a un hospital. Ella se negó y al día siguiente, justo tres semanas después de la falsa «boda», Fixard falleció de una crisis cardíaca fulminante.

La beneficiaria del testamento resolvió, acto seguido, todas sus dificultades económicas. Simone Weber estaba endeudada hasta las cejas y tenía que reembolsar a un médico de Estrasburgo una gran cantidad de dinero antes de finales de junio. De manera que la herencia llegó en el momento más necesario. La casa de Rosiéres-aux-Salines -supuestamente comprada a Marcel- ahora le pertenecía sólo a ella.

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Loca por los medicamentos

Simone Weber estaba obsesionada por las drogas y los medicamentos. En enero de 1980 visitó a cinco doctores diferentes pretextando varias enfermedades. Cada uno de ellos le recetó variados fármacos, entre los que figuraban «Rohypnol» y «Mogadon», empleados en el tratamiento del insomnio, y «Tranxene» y «Theralene», antidepresivo y sedante, respectivamente. Pero el más peligroso de todos era el llamado «Digitalis», un medicamento empleado para regular y rebajar el ritmo cardiaco, que podía resultar mortal si se administraba en grandes cantidades.

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LA VÍCTIMA – Un corazón solitario

Marcel Fixard se quedó viudo tras cincuenta años de feliz matrimonio. Vivía una vida confortable aunque algo solitaria, y tuvo la mala suerte de tropezarse con Simone Weber.

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PRIMEROS PASOS – Desconfianza innata

Los padres de Simone Weber frustraron los primeros años de su vida; después, un tormentoso matrimonio y su mala salud la convirtieron en una mujer resentida y posesiva.

Simone Weber, la segunda de cinco hermanos. Nació el 28 de octubre de 1930 en Ancerville, Meuse, Francia. Sus padres se separaban con frecuencia, y en cada una de estas ocasiones se repartían a los hijos en sus respectivas casas.

A los doce años Simone contrajo una pleuresía; la enfermedad condicionó toda su vida futura y la elección de su carrera universitaria. Esta mengua de sus oportunidades contribuyó en gran medida a su amargura.

La familia se trasladó a un entorno más saludable, la región montañesa de los alpes de Saboya. Aun así, los padres de la pequeña se separaron definitivamente cuando George, el padre, decidió unirse a una nueva «amiga», Suzanne Thuot.

A los veintitrés, Simone conoció a Jacques Thuot, el hermano menor de la amante de su padre. Otro de los hermanos, Michel Thuot, era el novio de su hermana Madeleine. Es decir, que las dos familias estaban íntimamente ligadas.

Simone era muy posesiva; hasta el punto de que hizo seguir a Jacques, convencida de que dormía «por ahí».

En 1953 nació su primera hija, Cathérine; al año siguiente vino al mundo Danielle y acto seguido se casó con Jacques. Otros pequeños vinieron a engrosar la familia: los gemelos Philippe y François, y Brigitte.

Desafortunadamente los celos de Simone siguieron minando la felicidad del matrimonio, hasta que un día echó a su marido de casa con cajas destempladas. Seria decisión, dado que compartían el piso con el hermano de Jacques, Michel, y con la madre y hermana de Simone.

En diciembre de 1968 se produjo la primera de una serie de tragedias en la vida de la celosa madre. Cathérine murió en circunstancias misteriosas en la enfermería del Lycée Beauregard, de Nancy. Esa misma tarde se había sentido indispuesta en la escuela.

La respuesta que dio a este golpe fue violenta y combativa: acusó al personal de la enfermería de negligencia y exigió la realización de una autopsia. Se llevó a cabo cuatro meses más tarde y el resultado confirmó el informe forense preliminar: suicidio.

Cathérine había estado anteriormente bajo tratamiento anti-depresivo y durante el mismo se le administraron medicamentos muy fuertes. Simone se rebeló contra la autopsia y mantuvo que su hija no había tomado la medicación el día de su muerte. El asunto nunca se esclareció satisfactoriamente.

La familia volvió a trasladarse, esta vez a Guertwiller, un pueblo pequeño de la frontera alemana. Estando allí compró en Turín una pistola Beretta 22 LR y le dijo a los aduaneros que necesitaba la pistola para proteger a su familia tras recibir llamadas de teléfono injuriosas. Y añadió, con voz siniestra: «Las hace la nueva “fulana” de mi marido.»

Los Thuot permanecieron dos años en su nueva residencia y Simone tuvo que luchar duro para alimentar a su prole. Su estado de ánimo cambió, se volvió más depresiva. La muerte de su hija no se le iba de la cabeza.

Terminaron echando a la familia de la casa y su nuevo destino fue Estrasburgo.

Una nueva ciudad, un nuevo hombre. Simone conoció a Augustin Tabary, de cincuenta años, divorciado. Él tenía la esperanza de poder iniciar una nueva vida matrimonial y había puesto un anuncio en una agencia. El resultado fue el encuentro con Simone Weber, que se presentó bajo el nombre de Monique Thuot. «Monique» le contó que estaba divorciada -lo que era mentira-, pero Augustin descubrió el engaño y la tachó inmediatamente de su lista. Al poco tiempo contraía matrimonio con otra mujer y Simone recurrió a todo tipo de artimañas para intentar destruir la felicidad de la pareja.

Estaba tan inmersa en sus tejemanejes, que se fue transformando poco a poco en una persona con la que cada vez era más difícil convivir. Su hijo Philippe abandonó el hogar materno y con el único que siguió manteniendo buenas relaciones fue con François. En 1975 desheredó a todos sus hijos, excepto a él.

En 1977, la compañía para la que trabajaba François le destinó a Irán. Era el último de sus hijos que abandonaba la casa. De pronto estaba sola. Pero no le duró mucho la pena; aquel mismo año Simone Weber iba a conocer a Marcel Fixard.

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LA OBSESIÓN – Muerte de un mujeriego

Tras la muerte de Fixard, Simone pagó sus deudas y se retiró a disfrutar de la vida tranquila y apacible en su chalet. Quizá nadie hubiera sospechado de ella si no se hubiese topado con un antiguo amigo, Bernard Hettier.

Un año después de la muerte de Marcel, Simone estaba curioseando en una tienda de jardinería cuando se tropezó con un antiguo conocido, Bernard Hettier. No se habían visto desde hacía trece años. Charlaron un buen rato: su matrimonio había fracasado, Marcel había muerto y ella planeaba desalojar su actual domicilio dentro de unos días. Él se había separado de Marthe Speicher, una vieja compañera de Simone que los había presentado en 1968.

Bernard insistió en echar una mano en la mudanza. Poco a poco la pareja se volvió inseparable y decidieron empezar a vivir bajo el mismo techo.

Simone estaba totalmente colada por Bernard, pero también estaba decidida a averiguar algo más de su pasado. Sabía que trabajaba de operador mecánico en una industria química desde 1963. Más sorprendente resultó que antes hubiera probado suerte como enfermero en un centro de psicoterapia y como chófer. ¡Qué tranquilidad si su vida amorosa hubiera discurrido por un camino igual de sencillo y transparente!

Bernard llevaba a cuestas dos divorcios, once años de vida matrimonial con una tal Nicole y otro largo lapso de tiempo con su última conquista, Marthe Speicher. Incluso había jugado con la idea de casarse con ella. Sin embargo, Simone creía que aún había tenido más «amigas». Su insaciable «curiosidad» la indujo a buscar otras pruebas, números de teléfono, etc. Nicole seguía llevándose bien con Bernard, y también su madre. Poco después descubrió dos amantes más, Natalie y Colette. En la vida de Bemard Hettier había demasiadas mujeres, demasiadas. A Simone no le divirtió nada esta serie de amoríos.

Durante la semana Bernard vivía con Simone, pero los fines de semana los pasaba con Natalie, una mujer dieciséis años más joven que él. Justificaba sus ausencias diciendo que «prefería un estilo de vida más ordenado». Sin embargo, Simone sabía muy bien lo que estaba pasando. Había encontrado cartas de Natalie entre las cosas de Bernard y entre otras cosas, la mujer le agradecía su apoyo económico.

La relación Weber-Hettier se fue agriando cada vez más. Simone hizo seguir a su «amorcito» por un sobrino chocho y borrachín, pero a principios de 1983, Bernard se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y regresó a su propio piso de la calle St. Barbe, en Nancy. Poco tiempo después falleció su madre. Simone seguía prendada de su apolo y accedió a dejar de lado sus rencores. La tormentosa pareja reinició la vida en común. Pero al cabo de seis meses, en octubre de 1983, ella descubrió que él la volvía a traicionar. Comprobó el cuentakilómetros de su coche, le preguntó dónde pasaba el tiempo fuera de casa y le echó por las buenas.

La gota que colmó el vaso fue la nueva amiguita que Bernard se había buscado, Monique Nus. ¡Una nueva mujer en su vida! Simone le confesó a su hermana Madeleine que «ya no tenía ganas de vivir». Se lo dejaría todo a ella y a su hijo predilecto, François.

No obstante, este impulso suicida fue remitiendo con el paso del tiempo. El comportamiento de la mujer se fue haciendo más y más raro. Se dedicó a practicar obsesivamente la firma de su amante y le contó a todo el mundo que él planeaba matarla.

Entretanto, la salud de Bernard Hettier había empeorado. Sufría de repentinos mareos y pérdida de memoria desde su ruptura con la posesiva señora Weber. Decía que le habían robado las llaves de su casa y se dedicó a buscarlas por todas partes. Asimismo, mantenía que habían registrado su vivienda mientras estaba en el trabajo y sabía quién era la culpable: Simone Weber. También se había apoderado de su talonario de cheques, de su correo y de cierta herramientas de jardinería hurtadas de su coche.

Bernard Hettier terminó literalmente hasta las narices de la mujer a la que él llamaba en tono despectivo «La Weber-Thuotxard». Pero nunca se envalentonó lo suficiente para enfrentarse a ella e impedir que le persiguiera, aunque sospechaba que le estaba envenenando lentamente. A pesar de ser una pareja destructiva parecían estar ligados por una fuerza sobrenatural, extraña y misteriosa…

La señora Weber mantuvo su incansable vigilancia de Bemard y Monique. A ella la llamaba por teléfono para insultarla de forma anónima.

Colette, la amiga de Hettier, le sugirió que pusiese los hechos en conocimiento de la policía. Él se negó reiteradamente, aunque la razón no la sabremos nunca. Sin embargo, sí que pensó que lo más prudente sería cambiar todos los cerrojos de su casa. No sólo estaba cansado de su anterior amante, sino que además estaba más que harto de sus continuos «robos». Para colmo, se sentía cada vez peor y sus lapsus de memoria iban en aumento.

En la primavera de 1985, Simone respondió con la misma moneda: cambió todas las cerraduras de sus dos casas de Nancy.

A pesar de esta situación paranoica, los dos siguieron viéndose. A las 5,30 de la mañana del 22 de junio de 1985, Bernard salió de su trabajo y condujo hasta casa de Colette. Estaba aterrado. Simone le esperaba frente a su puerta pistola en mano. Colette le calmó y el hombre consiguió dormirse. Se despertó a las 9,00, y a la media hora se despidió con el pretexto de que tenía que llevar la camioneta de la compañía a su casa. Su amiga le hizo prometer que no bebería ni comería nada en presencia de la harpía Simone Weber.

Bernard Hettier encontró a Simone esperando ante la casa. Él estaba tenso y comentó con unos vecinos: «Más vale que entre en casa, si no se avecina una buena tormenta … » Ella le siguió hasta el interior del edificio.

Al poco rato los dos volvieron a salir y se dirigieron a sus respectivos coches. Fue la última vez que se vio con vida a Bernard Hettier en la calle Sainte Barbe.

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Cartas de amor

No cabe duda de que Simone estaba perdidamente enamorada de Bernard y sus infidelidades le producían dolorosas angustias. Las cartas que ella le escribió y que fueron leídas durante el juicio atestiguan esta afirmación: «Mi rey, mi canalla, mi amor… ¿No te avergúenzas de haberme abandonado? Cuando cuelgas el teléfono enfurecido, siento como si me azotaran con un látigo. Los dos hemos sufrido, estamos destrozados por lo ocurrido en nuestras vidas. ¿No te parece estúpido que nos maltratemos así?» Después se preguntaba: «¿Es que mi corazón ha de terminar siempre hecho pedazos?»

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DEBATE ABIERTO – El juicio de las chismosas

Treinta años antes de que el proceso de Simone Weber copase los titulares de todos los periódicos, el caso de Marie Besnard, acusada de envenenar a trece familiares, despertó todo tipo de pasiones en la Francia provinciana. Pero queda la duda de si estas dos mujeres no fueron más que las víctimas de malintencionadas habladurías.

Treinta años antes de que Simone Weber -«La Bonne Dame de Nancy»- declarara ante el juez, le tocó el turno a «La Bonne Dame de Loudun», llamada Marie Besnard. La denunció a la policía otro vecino entrometido y fue acusada de envenenar a trece familiares

El marido se había quejado de que su esposa le estaba envenenando y, poco después, los miembros de la familia empezaron a morir como moscas.

Pero… ¿y si estas dos mujeres no hubieran sido más que la presa favorita de chismosas escandalosas y metomentodo? Las dos acusadas poseen algunas características comunes. Ambas tenían una voluntad de hierro y eran rechazadas en sus respectivas comunidades. Marie Besnard era granjera, no tenia hijos y se sentía independiente. La impopularidad de que gozaba en una vecindad pequeña y cerrada la convertía en el blanco perfecto para un jugoso escándalo criminal.

Por su parte, Simone Weber se había granjeado la animosidad de todos los que la habían conocido, y aunque no le caía bien a nadie, tampoco la compadecían, porque su fuerza interior y su determinación siempre la permitieron superar las situaciones más difíciles, hasta el extremo de mostrarse como un ser totalmente falto de escrúpulos. En 1984 montó un negocio de venta de coches de segunda mano que resultó ser de dudosa honestidad profesional: repintaba y ponía a punto viejos cacharros para el día de la transacción y se ganaba la consiguiente mala reputación cuando el cliente se percataba de que le había estafado. No obstante, la pulcra viuda siempre dio la impresión de ser una ciudadana honrada y decente.

Weber era asimismo una terrible «snob» que, de hecho, despreciaba a la «clase trabajadora» (este sentimiento era recíproco). Esta pretensión de «diferenciarse» y el hecho de estar involucrada en delitos de poca monta quizás expliquen por qué tanta gente deseaba creer que era una asesina, incluso antes de iniciarse el juicio. El plantel de abogados de la defensa trató de sacar provecho de este sentimiento de animosidad y desde el primer día del juicio sostuvo la imposibilidad de garantizar un proceso justo.

A Marie Besnard también la describieron como una víctima de esa «mentalidad colectiva de linchamiento». Y eso que, a diferencia de Simone Weber, ella no contaba con un historial delictivo que lo justificase.

Sin embargo, existen más similitudes entre ambos casos. Una investigación policial que duró tres años puso de manifiesto que en seis de los trece cuerpos exhumados se encontraron grandes cantidades de arsénico. El resultado sorprendió a todo el mundo dado que se esperaba que la cantidad fuese mucho menor. Pero la explicación era sencilla, ya que el terreno en donde se enterraron los cadáveres estaba fuertemente impregnado con arsénico. El juicio de Marie fue suspendido y ella salió en libertad condicional. En esta situación permaneció ocho largos años, y al cabo de otros tres, en 1961, fue declarada inocente.

El asunto Besnard tuvo importantes consecuencias en el ámbito legislativo y también en el científico. A partir de ese momento fue posible exhumar los cadáveres de supuestas víctimas de envenenamiento y analizar los restos y la tierra donde habían descansado. En 1961, los acusados conquistaron el derecho de presentar sus propios peritos ante tribunal. Los cuerpos del pueblecito francés de Loudun, y el de Marcel Fixard, no constituyeron una prueba concluyente de que se habían cometido auténticos asesinatos.

Cuando el juez de instrucción forense, Gilbert Thiel, supo que había aparecido el tronco humano, debió pensar que la acusada estaba prácticamente sentenciada, Bien, pues a pesar de todas las técnicas actuales, las únicas similitudes encontradas entre el tronco y Bernard Hettier se limitaron a defectos óseos de menor importancia.

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BAJO VIGILANCIA – Volveré

La desaparición de Hettier puso a trabajar las lenguas de las cotillas. Todos sospechaban de Simone Weber, pero ella parecía tener respuesta a todas las preguntas. Lo que el juez de instrucción, Gilbert Thiel, necesitaba eran pruebas concluyentes, pruebas en forma de cadáver.

Todo el mundo creía que Simone tenía algo que ver con la desaparición de Hettier y la policía no era una excepción. Pero la sospechosa tenía una explicación convincente para su último encuentro con él, simplemente le había pedido ayuda para desatrancar un lavabo. Admitió haberle esperado hasta el término de su turno de trabajo a las 5,30 de la mañana, pero negó una y mil veces que llevara una pistola.

El ex amante se mostró reacio a echarle una mano, ya que estaba muy ocupado preparando el viaje del día siguiente a Hagueneau que pensaba realizar con su nueva «amiga», Monique Nus. Tras mucho insistir, el hombre cedió y le prometió que se pasaría «más tarde» por su casa. Los dos se dirigieron a una oficina de Correos donde él recogió una carta certificada. Después, a las 11,50, se despidieron. Fue la última vez que Simone vio a Bernard.

La llamada esperada por Monique en la tarde del 22 de junio de 1985 no se produjo. Hacia las siete de la tarde un tal «Robert», del cual nunca había oído hablar, llamó para decir que Hettier había cancelado el viaje a Hagueneau debido a un problema surgido en su casa de campo de los Vosgos. Monique Nus no comprendía por qué no la había llamado el propio Bernard, de manera que envió inmediatamente a su hijo, Didier, a echar un vistazo en casa de los Weber.

A principios de julio de 1985 otra persona empezó a preocuparse también por el desaparecido: su hija Patricia, de veinticinco años. Nadie en la familia sabía dónde se había metido y la joven denunció su desaparición en una comisaría de Nancy. Al principio la policía no se lo tomó muy en serio. Pero al aparecer un certificado médico falsificado, la cosa cambió de aspecto.

Mientras la familia Hettier buscaba desesperadamente a Bernard, Simone Weber se había marchado a visitar a su hija Brigitte Lamoureux a Epinay-sur-Seine, muy cerca de París. Allí le pidió a su yerno, Pascal, que se hiciera pasar por Bernard Hettier para obtener un certificado médico que justificara la ausencia de éste al trabajo.

Brigitte llevaba años sin saber nada de su madre, pero colaboró en el plan enviando el certificado a los Servicios Sociales. Aunque cometieron una pequeiía equivocación: la dirección y el número de la Seguridad Social del «paciente» no eran los correctos y los funcionarios del servicio lo pusieron en conocimiento de la policía.

La investigación se inició en julio de 1985 bajo el mando del juez instructor Gilbert Thiel, el cual puso a las hermanas Weber bajo vigilancia policial y autorizó las pertinentes escuchas telefónicas y la toma de fotografías secretas. El juez Thiel ordenó incluso el drenaje del canal que rodeaba la casa Rosiéres-aux-Salines y la realización de catas en los jardines. Asimismo, se buscó en el cementerio de la ciudad. Pero las pruebas concluyentes se resistían a aparecer.

Entretanto, Simone pernoctaba en casa de su hermana Madeleine, en Cannes, y en sus conversaciones había un tema recurrente: encontrar «una nueva escuela para Bernadette». Los policías que estaban a la escucha no salían de su desconcierto. Finalmente, los hombres de Thiel forzaron la entrada en un garaje que Simone había alquilado bajo el nombre de señora Chevalier y encontraron el Renault de Hettier con las placas de la matrícula cambiadas, y la explicación del críptico mensaje de la supuesta asesina. La «escuela» era el garaje y «Bernadette» era el seudónimo con el que se referían al coche del desdichado Bemard.

El subsiguiente registro del apartamento resultó muy comprometedor para las hermanas Weber. Aparecieron las llaves del automóvil y el carnet de identidad del desaparecido. Un registro simultáneo en la calle de Cronstadt, en Nancy, también dio sus frutos: la policía halló un rifle Voere Kufstein LR 22, un casquillo de bala, un silenciador, una escopeta de aire comprimido marca Marksman y gran cantidad de munición. La escopeta de aire comprimido estaba estropeada, pero no así el rifle; el silenciador encajaba a la perfección en el cañón del arma.

No obstante, aún quedaba el botín estrella, el del apartamento situado en el 158 de la Avenue de Estrasburgo, también en Nancy, que asimismo pertenecía a Madeleine pero lo utilizaba Simone; en su interior había: un rifle Marocchi LR 22 del Ejército de Tierra encasquillado, equipado con un silenciador, y dos pequeñas pistolas y un casquillo en el suelo del dormitorio. Y otra cosa más: tres barras de dinamita.

En una olla a presión la policía encontró treinta sellos oficiales de caucho pertenecientes a varios ayuntamientos, consultas de doctores y compañías para las que la señora Weber había trabajado. La última prueba incriminatoria apareció escondida en uno de sus automóviles, se trataba de una sierra mecánica circular que Simone había alquilado el 21 de junio y que después había denunciado como robada.

A pesar de todo, el juez Thiel seguía sin tener la más mínima idea de dónde podía encontrarse el cuerpo del desaparecido señor Hettier.

No obstante, ordenó a la policía de Cannes y de Nancy que detuviese a las dos hermanas para mantenerlas en prisión preventiva. Madeleine Thuot fue acusada de complicidad en robo, encubrimiento y ocultación de documentos decisivos para demostrar la comisión de un crimen; y se la trasladó a una celda de la prisión de Metz. Entretanto, Simone Weber regresó a su apartamento de la calle Cronstadt, en Nancy.

Las acusaciones contra ella fueron mucho más graves: homicidio voluntario, robo, empleo de placas falsas de matrícula y posesión ilegal de armas de fuego y explosivos. Mientras la conducían esposada al coche celular le gritó a sus vecinos: «¡No os preocupéis, volveré! ¡Enseguida estaré libre de nuevo!»

La verdad era que el juez Thiel carecía de pruebas incriminatorias irrefutables, de manera que, en febrero de 1986, ordenó la exhumación de los restos mortales de Michel Fixard. Tenía la esperanza de descubrir algún rastro de Digitalis, un veneno muy poderoso que Weber había obtenido mediante una receta robada. Sin embargo, a diferencia del arsénico, este fármaco desaparece sin dejar rastro del cadáver dos o tres años después del fallecimiento.

Entonces apareció otro cuerpo, o mejor dicho, lo que quedaba de él. A finales de junio llegó a oídos del juez Thiel que dos pescadores aficionados habían capturado en septiembre de 1985 una extraña presa en el Marne. Rescataron de las frías aguas del río una maleta lastrada con el cepo de un yunque. Contenía los restos de un torso humano. Cabeza, brazos y piernas habían sido seccionadas con ayuda de algún tipo de herramienta mecánica. Para el juez de instrucción las piezas del rompecabezas encajaban a la perfección… ¿Pero podría demostrar que ése era el torso de Bernard Hettier?

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Desaparecer en Francia

Cuando la hija de Hettier denunció su desaparición, la policía francesa se mostró escéptica. Había una buena razón para ello: por aquellas fechas, en Francia desaparecían anualmente más de quince mil personas. Muchas reaparecían al cabo de pocos días, pero de más de la mitad no se volvía a saber nada. En 1945 se fundó la Unión Nacional de Familias Asociadas para ayudar a los familiares de personas desaparecidas. Esta organización colaboraba con la policía y era capaz de localizar al 50 por 100 de las mujeres y al 37 por 100 de los hombres.

Su paradero sólo se podía desvelar si la persona afectada por el rastreo lo autorizaba. El 50 por 100 prefería permanecer en el anonimato. A diferencia de Gran Bretaña, la policía francesa sólo investigaba en los casos en que la desaparición era comunicada por un familiar. Por ejemplo, si a alguien se le ocurría denunciar la desaparición de un amigo, la policía no movía un dedo hasta que se presentara un pariente para confirmar la denuncia. Las estadísticas referentes a niños eran más optimistas; el 68 por 100 regresaba a sus hogares al cabo de veinticuatro horas, y al 91 por 100 se les localizaba en un plazo inferior a los quince días.

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El descuartizamiento

El juez Thiel estaba empecinado en demostrar que una mujer pequeña, no especialmente robusta y de mediana edad era capaz de desmembrar el cadáver de un hombre corpulento.

Para probarlo organizó, en diciembre de 1988, un peculiar experimento; para la demostración empleó una sierra mecánica circular similar a la alquilada por Simone Weber poco antes de la desaparición de Hettier y descuartizó medio buey. Sólo tardó unos minutos en seccionar las pezuñas y la zona del omoplato; pero lo más importante es que apenas salió sangre.

El profesor Janot, uno de los peritos médicos que asistieron al experimento, testificó posteriormente que las células sanguíneas de un cadáver tardan a lo sumo una hora en coagularse a partir del momento de la muerte, y que, por lo tanto, el cuerpo de Hettier, al igual que el del buey, apenas hubiera sangrado. Además de esto, la hoja de la sierra (que, por cierto, nunca apareció) habría cauterizado al instante las heridas de los cortes debido a la velocidad de giro y a la potencia. Un ligero olor a «cerdo quemado» es lo único que hubiera podido levantar sospechas.

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DEBATE ABIERTO – El largo brazo de la ley

La ley francesa concedía amplios poderes al juez Thiel. Investigó el pasado de Simone Weber, «pinchó» su teléfono y la mantuvo bajo custodia durante cinco años.

Un juez instructor francés hace el papel de un detective y reúne la información que constituirá la base del proceso. Posteriormente, también decide si dejar o no en libertad bajo fianza a un sospechoso de haber cometido un delito. Por tanto, el juez Thiel gozaba de amplios poderes.

Durante el caso Weber se produjo un intenso debate en los medios de comunicación; se trataba de dilucidar si el juez había interpretado la ley de forma excesivamente laxa al mantener a la sospechosa encarcelada, sin juicio, durante el tiempo récord de cinco años.

Gilbert Thiel fue nombrado juez instructor el 9 de julio de 1985, después que se denunciara la desaparición del amante de Simone, Bernard Hettier, de su vehículo y de su documentación.

Autorizó la escucha del teléfono de la sospechosa, y gracias a una de las conversaciones que mantuvo con una de sus hermanas, el juez averiguó el paradero del coche. El 8 de noviembre dictó la orden de arresto de las hermanas Weber.

En febrero de 1986, Thiel procedió a la exhumación del cadáver del segundo «marido» de Simone, Marcel Fixard y poco después se recuperó una maleta de Hettier de un río. En su interior había un tronco humano y el juez Thiel creyó tener por fin la prueba que esperaba.

Las veintiuna solicitudes de libertad bajo fianza de Simone fueron denegadas, así como sus diecisiete intentos para que el Tribunal de Apelaciones revocara la orden de prisión.

La búsqueda de pistas:

El «enérgico» y «obsesivo» juez Thiel, -calificativos que mereció de la prensa-, consiguió reunir dieciocho mil documentos referidos al caso.

Tras encontrar la maleta de Hettier con un tronco humano dentro, la policía registró la casa de Simone y la de Fixard y de ambas retiró numerosos objetos para someterlos a examen forense.

Una de las claves de la investigación consistió en la exhumación del cadáver del primer «marido» de la sospechosa, Marcel Fixard, que se llevó a cabo en el cementerio de Estrasburgo.

Weber contrató y despidió a más de veinte abogados, incluyendo a Jacques Vergès, quien defendió al criminal de guerra nazi Klaus Barbie, más conocido como «El Carnicero de Lyon».

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EL JUICIO – Un demonio en el banquillo

Cientos de espectadores asediaron los juzgados de Nancy para escuchar la sangrienta y terrible historia. Y no quedaron defraudados, desde el principio, la regordeta ama de casa sesentona interrumpió el procedimiento increpando a los testigos y a los abogados. El público asistente, ese «atajo de linchadores», tampoco se salvó de sus imprecaciones.

El juicio de Simone Weber, acusada de la muerte de su marido y de su amante, comenzó el 17 de enero de 1991, y los periódicos la bautizaron como «La Diablesa de Nancy».

Simone estaba acusada de homicidio premeditado de su amante Bernard Hettier, con el agravante de primero haberlo sedado y luego asesinado de un tiro, y posteriormente descuartizar el cadáver y deshacerse del tronco de la víctima metiéndolo en una maleta que tiró al río. Por otra parte estaba el matrimonio fraudulento con el señor Marcel Fixard, al cual asesinó mediante una dosis masiva de medicamentos que le produjeron un paro cardiaco.

Las pesquisas policiales duraron cinco años y durante todo ese tiempo Simone permaneció en prisión preventiva (el período más largo en toda la historia judicial francesa). Nunca dejó de proclamar su inocencia y solicitó la puesta en libertad bajo fianza en veinte ocasiones, pero sus peticiones fueron rechazadas una y otra vez.

Un gran gentío -público, periodistas, fotógrafos, cámaras de cine y televisión esperaba con impaciencia el inicio del proceso. Por la sala iban a desfilar más de cien peritos y sesenta testigos. Era un verdadero acontecimiento que nadie quería perderse.

El primer día, Simone Weber llegó a las 10,40 de la mañana vestida con una chaqueta de punto blanca y una blusa de seda del mismo color. Su hermana, Madeleine, se sentó a su lado, acusada de falsificación de documentos.

Las dos pasaron los primeros días del juicio escuchando el relato de la acusación. Anne-Lyse Bloch, representante de la acusación particular, puso la nota melodramática: «Basta con mirarla para saber que si el demonio existe, usted le ha vendido su alma.» La señora Weber refunfuñó en el banquillo.

Su anterior marido, Jacques Thuot, y dos antiguos amigos siguieron echando leña al fuego al describirla como una mujer «celosa», «posesiva» y una «mentirosa empedernida».

El público asistente pudo entrever lo que iba a ser el proceso cuando el ex marido, Jacques Thuot, soltó sus enconados rencores contra la acusada. Durante el interrogatorio declaró que Simone había intentado, en 1958, internarle en un asilo para dementes. (Un «pequeño» detalle que no había mencionado en los dos interrogatorios policiales previos.)

Simone no se amilanó: «Todo lo que diga mi marido es una pura mentira. Llevaba una vida salvaje, desordenada. Una vez espachurró a un gato de un golpe contra la pared. Le pegaba a los niños. En ese estado necesitaba tratamiento psiquiátrico … »

«¡Calla tu bocaza, Simone!», fue la airada respuesta de él. La sala se llenó de sonrisas burlonas. La pareja no se recataba; todos los trapos sucios salían a la luz.

Después le tocó el tumo al psicólogo Francis Scherrer, el cual informó de su sorpresa ante la facilidad con que la acusada era capaz de cambiar de estado de ánimo.

«¡Eso huele a podrido!», chilló Simone desde el banquillo. Acto seguido, soltó una retahíla de imprecaciones furiosas contra la forma de llevar adelante la vista. En el momento álgido, se puso de pie y le gritó al juez: «¡Todo está lleno de errores! ¡Es deshonesto! Me han impedido hablar durante cinco años.» Pero lo único que consiguió hacerla callar fue la promesa de que más adelante podría exponer sus razones ante el Tribunal.

La acusación encontró importantes dificultades desde el inicio del juicio, ya que carecía de pruebas irrefutables. No se encontró una sola mancha de sangre en la casa de campo de la señora Weber. La maleta pertenecía efectivamente a Bernard Hettier, pero el tronco que había en su interior no pudo ser identificado como el suyo.

La exhumación de Fixard fue un fracaso, pues no se encontró ni rastro de veneno. El juez Thiel no disponía más que de pruebas circunstanciales para conseguir impresionar al jurado.

La defensa podía resumir su actuación a una palabra: pruébenlo. El equipo de abogados que luchaba por Simone se dedicó a desbaratar los argumentos de la acusación y a enfrentarse con el público. En un momento especialmente conflictivo, el defensor Henri-René Garaud se volvió hacia los espectadores y gritó: «¡Cállense la boca! No les vamos a poner en bandeja a Simone para que la linchen.»

El presidente del Tribunal insistió en este punto: «No asisten ustedes a una función de circo, sino a un juicio.» La gente se calmó tras escuchar la advertencia.

Pero no por mucho tiempo. La atmósfera de la sala permaneció electrizada. Las fotografías del tronco humano hallado en la maleta hicieron subir la temperatura emocional de los asistentes. La acusación intentó demostrar que la maleta y el tronco pertenecían al desgraciado Hettier, pero recibió un golpe bajo por sorpresa al anunciar el Tribunal que el principal perito, un catedrático, estaba inmovilizado en su casa con un ataque de lumbago. En su lugar declaró un inspector de policía que realizó una confusa descripción de la autopsia.

«Yo entendí que el profesor dijo que el tronco pertenecía a un hombre de raza negra», comentó el improvisado testigo. «¿Negra?», preguntó en voz baja el presidente del Tribunal, el cual insistió: «¿Negro o muy moreno?» «No soy el experto, señor presidente … », fue todo lo que el pobre policía supo responder.

Finalmente se llegó a la sierra eléctrica circular. Era el aparato con el que Simone Weber había cortado supuestamente en pedazos el cuerpo de Bernard y la tensión se mascaba en la sala. Los peritos declararon que había sido desmontada, meticulosamente limpiada y recompuesta. Pero, no obstante, habían encontrado rastros de tejidos humanos.

Acto seguido testificó la señora Haag, la vecina chismosa, la cual declaró haber oído un ruido extraño, como mecánico, la noche de los hechos, y poco después, continuó diciendo, vio cómo la acusada acarreaba escaleras abajo numerosas bolsas de plástico.

Las hermanas de Bernard Hettier declararon que cuando visitaron el piso de Simone Weber buscando a su hermano, el suelo de toda la casa estaba, literalmente, empapado de agua.

La acusada se sentía ultrajada: «¡Mentiras, mierda, porquería! ¡Cuando acabe todo esto, cojo el primer avión y me voy de este país … ! ¡Ni siquiera a Hitler se le ocurrió cortar en rodajas a un hombre de esa manera!»

El octavo día del juicio se analizó el testamento falsificado de Fixard. El juez Pacaud le preguntó a la señora Weber: «¿El testamento del 10 de mayo se redactó en su presencia?» Y ésta le contestó que el 13 de mayo ella y Marcel Fixard decidieron actualizar sus respectivos testamentos, pero que él murió al día siguiente y no pudieron hacerlo.

De hecho, admitió vagamente haber falsificado el último documento: «Cambié la fecha de enero de 1979 a mayo de 1980. Pero no soy culpable de robo porque eso era exactamente lo que hubiera deseado Marcel.»

Durante la instrucción del caso por parte del juez Thiel, Simone Weber había admitido libremente haber participado en la falsificación de la firma de Fixard en el acta matrimonial y en el contrato de venta de la casa.

También había admitido ser la autora del robo del coche de Bernard Hettier, de su talonario de cheques y de sus documentos personales. Pero durante los cinco años que permaneció encarcelada nunca habló de ser responsable de ningún homicidio, es más, sostenía que compró el medicamento «Digitalis» para ella misma, dado que sufría molestias cardiacas; aunque cinco de sus médicos de cabecera insistieron en que no padecía ninguna enfermedad del corazón.

El siguiente testigo que subió al banquillo fue el doctor De Ren. Había llevado a cabo el examen de los órganos internos de Fixard y su conclusión era que «la posibilidad de un envenenamiento no podía ser afirmada ni excluida categóricamente».

A lo largo del juicio, los testigos y los peritos declararon en contra de la acusada empeorando su suerte, pero, a pesar de eso, la acusación no fue capaz de zanjar el caso con una prueba indiscutible.

Parte de las inculpaciones básicas se debieron, siempre según el punto de vista de la acusación, a Roger Lapierre, el primo de Simone. Este le contó al Tribunal que ella le había pedido que realizase tres llamadas telefónicas entre el 22 y el 23 de junio de 1985. La primera, haciéndose pasar por un amigo de Hettier, a Monique Nus, diciéndole que Bérnard tenía problemas en su casa de los Vosgos y que no podrían efectuar el viaje a Hagueneau.

La segunda y la tercera las efectuó al día siguiente, una a Monique para decirle que las llaves de la furgoneta de la compañía para la que trabajaba Bernard estaban en el asiento del conductor y la otra a una tercera persona que le tomó por Hettier cuando le dijo que no podía acudir al trabajo por motivos de salud.

El testimonio de Pascal Lamoureux, el marido de una de las hijas de la señora Weber, Brigitte, resultó igualmente dañino. La pareja decidió ayudar a su madre tras la desaparición de Bernard. Pascal, fingiendo ser Hettier, visitó la consulta de un médico simulando fuertes molestias en el estómago; después, Brigitte envió el certificado médico a la oficina de Servicios Sociales. Pero cometió un error: se equivocó de número de cartilla y puso mal la dirección.

Anteriormente también Brigitte había declarado ante la policía que su madre estaba en posesión del talonario de Bernard. El presidente del Tribunal, el juez Pacaud, se centró en este punto hacia el final del juicio e interrogó a la acusada sobre el tema, pero ella le contestó que estaba visitando a su hermana Patricia, en Cannes, a principios de agosto. Pacaud insistió: «Pero usted hizo efectivo un cheque en Nancy el 6 de agosto mientras iba de compras.» Mas no obtuvo respuesta.

El final del proceso se acercaba y la acusación había conseguido poner de manifiesto múltiples anomalías de este tipo, otras tantas inconsistencias y un montón de mentiras descaradas. El conjunto melló la credibilidad de Simone Weber. ¿Pero sería suficiente para convencer al jurado de que debía condenarla por dos cargos de asesinato?

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Un caso de asesinato

El 15 de septiembre de 1985, Marcel Rabeau y un amigo estaban pescando en el río Marne, al este de Paris, cuando les llamó la atención una maleta marrón que flotaba río arriba. Los pescadores se acercaron e izaron la maleta al bote, pero despedía un olor fétido y nauseabundo que les disuadió de abrirla. Rabeau se apeó de la barca y corrió a una casa cercana para llamar a la policía. Los gendarmes se encontraron con que la maleta había sido lastrada con un peso atado a la manilla con un cinturón. La peste se hizo todavía más intensa cuando la abrieron y en su interior encontraron una bolsa de plástico para basura. Al abrirla apareció un tronco humano masculino sin cabeza ni extremidades que alguna vez había pertenecido a un hombre… Pero, ¿a qué hombre?

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¿Mentiras o sobornos?

El decimotercer día del juicio se sentó en el banquillo una de las compañeras de celda de Simone. Anne-Marie, de veinticinco años, que estaba a punto de salir de la cárcel cuando conoció a Weber. Ante una sala atestada de público afirmó que la acusada le había ofrecido dinero a cambio de que llamara al periódico Républicain Lorraine diciendo que había visto a Bernard Hettier. También declaró que cuando su compañera se enteró de que la policía no había encontrado ningún rastro de sangre en la sierra eléctrica bailó de alegría, gritando: «¡No hay sangre, pues no hay prueba!» Otra presa testificó que Simone Weber había hablado en sueños de maleta. Esto ya pasaba de castaño oscuro: «¡Son un atajo de mentirosas! ¡Lo vilipendian todo!», exclamó la acusada a grito pelado.

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MENTE ASESINA – Maestra del engaño

Simone Weber sufrió enormes perdidas en su vida, dos de sus hijos murieron y asistió al derrumbe del matrimonio de sus padres. Nunca tuvo buena salud, pero sacó adelante a cinco críos estirando un sueldo escaso. Hacia la mitad de su vida se había transformado en una mujer amargada y vengativa.

El principio del proceso, uno de sus antiguos amigos la describió como una mujer «celosa, posesiva, astuta, decidida, mentirosa empedernida y una verdadera “actriz”». La respuesta no se hizo esperar: «No soy una “actriz”. Oculto mi pesar con dignidad. Muchas veces me han dicho que no he derramado suficientes lágrimas … »

Es indudable que durante su vida Simone tuvo muchas ocasiones para llorar. Su permanente mala salud frustró sus estudios; la lucha para sacar adelante a sus cinco retoños con medios muy modestos aumentó su sensación de desengaño y el rechazo que experimentó tras la separación de sus padres quizá nos explique por qué era tan celosa y posesiva.

A los veintidós años se había acostumbrado a vigilar a sus novios, ya que estaba convencida de que dormían con otras mujeres, aunque aun no pensaba en el asesinato. Pero la persona que comenzó un romance con Bernard Hettier era muy diferente. Él tenía fama de mujeriego y ella acababa de cumplir los cincuenta y cinco.

En esos treinta y tres años ocurrió, probablemente, el hecho más dramático de toda su vida: en 1968 murió Cathérine, su hija de 16 años, (se suicidó con veneno) lo que hizo que se sumergiera en un mundo espiritual donde ganó un profundo significado la noción de «poder del destino». ¿Fue este el momento en el que cruzó la frontera del mundo real para entrar en el de sus propias fantasías?

Decía que hablaba con su hija en el más allá y que tenía una carta escrita por Cathérine en la que le describía su felicidad en «un lugar lejano». Es posible que una profunda sensación de culpa la empujase hacia un mundo de fantasías. Está claro que ella misma se consideraba una «mujer respetable de clase media»; pero también cabe afirmar con la misma seguridad que era una delincuente reincidente de poca monta, una falsificadora, una ladrona y una mentirosa.

Empleó toda su astucia para echar de casa a sus hermanos y hermanas. Admitía sin ningún rubor la falsificación de ciertos documentos. Mostró la misma duplicidad en el trato que tuvo con el infortunado Marcel Fixard.

El supuesto envenenamiento del oficial del ejército parece ser la culminación de su constante fijación con las medicinas. Nueve años después de la muerte de Cathérine, Simone perdió a otro de sus hijos en trágicas circunstancias: Philippe se pegó un tiro durante el servicio militar en Alemania. La madre regresó a Estrasburgo y pasó los meses siguientes en completa soledad.

Tras su arresto, no admitió nunca tener nada que ver con cualquiera de los dos asesinatos. Pero si los cometió, los motivos fueron muy diferentes: Fixard se sentía asqueado por la codicia de su nueva «mujer», y el pobre Hettier fue la víctima de los celos enfermizos de su amante.

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EL VEREDICTO – Una sombra de duda

El caso contra Weber parecía sólido, pero la acusación sabía muy bien que presentaba algunos puntos débiles. Había pruebas a mansalva, aunque sólo fueran circunstanciales. Los abogados de la defensa se dirigieron al jurado: ¿Cómo podía haber cometido unos actos tan macabros una anciana de aspecto tan frágil?

El resumen de la causa contra Simone Weber se prolongó durante tres días. La acusada siguió las alocuciones finales de los abogados con mucha atención sentada en el banquillo de los acusados, tomando notas con las gafas puestas y levantando de vez en cuando la cabeza para observar al orador de turno.

El fiscal, Paul Lombard, afirmó con tono solemne: «Detesta usted la mediocridad y le gustaría tener la oportunidad de amar. La codicia la empujó a matar a un marido engorroso. Yo afirmo que fueron la pasión y el deseo las que la empujaron a deshacerse de Bemard Hettier.» Lombard no albergaba ninguna duda sobre el hecho de que Simone había estado locamente enamorada de Hettier y continuó diciendo que si la acusada hubiera confesado el homicidio, todo el asunto hubiera recibido un tratamiento diferente, el de un crimen pasional.

Nadie se sorprenderá de que Simone quisiera, a toda costa, tomar la palabra. Pidió permiso para hablar antes de que su plantel de abogados expusiera sus conclusiones finales. El presidente, Nicholas Pacaud, le advirtió que «moderase su lenguaje» y ella esgrimió una gran sonrisa y prometió «comportarse». «He venido ante este Tribunal confiada, sobre todo desde que le vi a usted, señor presidente, en la prisión…», comenzó con voz suave y tono seguro.

Después mantuvo que era víctima de una conspiración y que los testigos habían sido inducidos a testificar en su contra. Denunció las «deficiencias» de las declaraciones de algunos testigos. Por ejemplo, Marie Haag, su vecina chismosa, había declarado que vio a un hombre bajo y corpulento entrando en su apartamento el 22 de junio de 1985. Sin embargo, Hettier era alto y delgado.

Después enfiló en otra dirección y empezó a atacar a la familia Hettier. Pero el ultimo bombazo lo reservó para la policía y Gilbert Thiel, el juez de instrucción: «Todo el mundo habla del juicio del siglo, de una vista fuera de lo común… Entretanto, el asesino de Bernard está libre. Eso es un claro error judicial.»

Sus abogados, Behr y Robinet, repitieron el relato de los hechos de los casos Hettier y Fixard. Intentaron por todos los medios crear una profunda duda en la mente del jurado: «Sí, las actas del proceso y los expedientes sumaban más de dieciocho mil páginas, pero en ellas no existía ninguna prueba concluyente.»

Behr explicó que se trataba de un asesinato sin cadáver y de un envenenamiento sin veneno, y más tarde Robinet se preguntó en voz alta: «¿Pero cómo es siquiera posible imaginarse a esta mujer endeble cortando en pedazos el cuerpo de un hombre? Resulta física y humanamente imposible (…) No existe tampoco un motivo, y todos los testimonios escuchados apuntan hacia un error judicial. No pueden declarar a esta mujer porque no tienen una prueba incontestable de su culpabilidad.»

Liliane Glock, otra abogada defensora, criticó la forma en que la acusación había descrito a su cliente, como si fuera la mismísima encarnación del mal. «Una se pregunta si estamos en un juicio del siglo XIX, en un exorcismo o en una película policiaca.»

El último día del juicio Simone no tenía tan buen aspecto como en las sesiones anteriores. A las once de la mañana sufrió una lipotimia en el banquillo y la llevaron al hospital general de Nancy, desde donde sus abogados anunciaron que se encontraba físicamente agotada. Entrada la tarde, se envió un comunicado al Tribunal afirmando que estaría en condiciones de escuchar el veredicto en unas pocas horas.

A las nueve de la mañana un agitado gentío se peleaba a empujones a las afueras del Tribunal para conseguir ver a la acusada. Weber llegó pálida y macilenta; entró en el edificio con paso cansino y en cuanto pisó el banquillo de los acusados sufrió una segunda lipotimia. La vista se pospuso media hora. La confusión era tan grande, que la escolta policial no entendió las órdenes del magistrado y bajaron del banquillo a Simone Weber a pesar de no poder tenerse en pie. Se desmayó por tercera vez.

A las diez de la noche, cuando el jurado llevaba once horas deliberando, anunció que estaba listo para emitir un veredicto. La acusada se encontraba de nuevo en el hospital y tuvieron que enviar a un funcionario del juzgado para que leyera oficialmente la sentencia. Su hermana Madeleine y los cuatro abogados de Simone esperaban al pie de la cama de la enferma. Madeleine Weber fue condenada a dieciocho meses de prisión por complicidad y destrucción del pasaporte de Hettier.

El jurado consideró a Simone Weber inocente del envenenamiento de Marcel Fixard y culpable en el caso de Bernard Hettier, aunque con circunstancias atenuantes. Pese a esto, la condenaron a veinte años de cárcel. Sin embargo, la tenaz mujer no se dio por vencida y aseguró que apelaría. Con su habitual bravuconería, afirmó: «¡Escribiré a François Mitterand!»

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Ambiente de linchamiento

El proceso de Simone Weber se celebró en medio de un ambiente apasionado y electrizado. Despertaba tales sentimientos y emociones que le robó espacio a la Guerra del Golfo en casi todos los medios de comunicación (la guerra y el juicio comenzaron el mismo día). Muchos espectadores acudieron a la sala de vista con un criterio formado: la Weber era culpable… Algunos se dedicaron a armar tanto jaleo que los magistrados tuvieron que amonestarles diciéndoles que aquello no era un circo. El estallido de indignación más violento se produjo cuando el abogado Henri-René Garaud se volvió hacia la masa y espetó: «Cállense la boca. No les vamos a servir en bandeja a Simone Weber para que la linchen». El presidente Pacaud llamó en varias ocasiones la atención a los asistentes: «Señores, no están asistiendo ustedes a un espectáculo, sino a un juicio».

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Conclusiones

Simone Weber quedó en libertad el 17 de noviembre de 1999 y desde entonces vive con su hermana en Cannes.

El juez Thiel fue nombrado fiscal en el Tribunal de Apelación de Metz.

Marcel Retourna terminó heredando la casa de su tío en Rosiéres-aux-Salines, dado que Simone sí fue considerada culpable de falso matrimonio y alteración fraudulenta del testamento de Fixard. Retourna procuró olvidar su relación con «La Diablesa de Nancy».

La última vez que se vio a Patricia Hettier, en junio de 1991, estaba vendiendo chocolate suizo en la Feria Anual de Nancy.

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Fechas clave

  • 7/77 – Weber se muda a la casa de Marcel Fixard.
  • 11/78 – Simone consigue divorciarse de su anterior marido, Jacques Thuot.
  • 1/79 – Fixard y Weber redactan testamentos nombrándose respectivamente herederos universales.
  • 2/79 – Marcel modifica en secreto su testamento; deshereda a Simone y nombra heredero a su ahijado, Marcel Retourna.
  • 4/80 – Falso matrimonio. Nuevo testamento y escritura de venta de la casa de Fixard con firmas falsas.
  • 5/80 – Muerte de Marcel. Simone presenta el testamento falsificado y hereda la casa.
  • 9/81 – Simone Weber se encuentra por casualidad con Bernard Hettier, un antiguo amigo.
  • 21/6/85 – Weber alquila una sierra circular eléctrica.
  • 22/6/85 – Simone espera a su ex amante a la salida del trabajo y en la puerta de su casa. Bernard desaparece.
  • 22/6/85 – Hettier no acude a la cita en casa de Monique Nus. Un tal «Robert», del que Nus jamás había oído hablar, llama para dejar un mensaje de parte de Bernard.
  • 7/85 – La policía inicia sus pesquisas. El juez Gilbert Thiel pone a Simone bajo vigilancia policial.
  • 9/85 – En el río Marne aparece una maleta con un torso masculino en su interior.

 


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