Sidney Harry Fox

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Sidney Fox
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Parricidio - Para cobrar el seguro
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 23 de octubre de 1929
  • Fecha de detención: 3 de noviembre de 1929
  • Fecha de nacimiento: 1898
  • Perfil de las víctimas: Su madre, Rosaline Fox, de 63 años
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Margate, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca en la prisión de Maidstone el 8 de abril de 1930
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Sidney Fox

Última actualización: 6 de abril de 2015

EL FUEGO – Con paso firme

Juntos hicieron pequeños viajes por el país y parecían quererse mucho. Su elegancia engañaba de tal forma que las vacaciones terminaban saliéndoles gratis. Sin embargo, el incendio de uno de los hoteles puso fin a sus fraudulentas visitas turísticas.

El personal del hotel Metropole de Margate estaba encantado con uno de sus huéspedes, Sidney Fox, el joven que con su madre era tan solícito como cariñoso. No sabían que detrás de esa afectuosa máscara presentada por ambos se escondía una historia de fraudes y engaños.

Sidney y Rosaline Fox adoptaron la actitud y el estilo propios de una acaudalada y tranquila pareja, pero, en realidad, sus «ingresos personales» apenas ascendían a dieciocho chelines semanales, cifra que incluía la pensión de la madre y la de invalidez de guerra del hijo. Aun así, contaban con sus modales refinados para conseguir hospedarse en lujosos hoteles en los que no se privaban de nada durante unos días y de los que se marchaban después sin pagar la cuenta.

Cierto es que el director del Metropole se quedó un poco intranquilo con la llegada de la pareja cuando firmaron en el libro de registros, el 16 de octubre de 1929. Fox no enseñó en ningún momento dinero en efectivo, pero le pidió al recepcionista que le guardara bajo llave un paquete de color marrón e insinuó que contenía dinero y varios objetos de valor.

Este truco solía funcionar con los empleados de los hoteles, pero en esta ocasión, Joseph Harding, el director, no se quedó del todo convencido de que aquel paquete contuviera algo realmente valioso.

Sin embargo, se sintió conmovido por la preocupación que Fox demostraba por su madre inválida y lo organizó todo para que les dieran habitaciones comunicadas (las números 66 y 67); de este modo, el joven podría mantener estrechamente vigilada a la anciana enferma. También se encargó de que la habitación de la señora tuviera una estufa de gas para mantener una buena temperatura.

Sidney y Rosaline sentían auténtica devoción el uno por el otro. Ella había hecho testamento y se disponía a dejárselo todo a él, olvidándose por completo de su otro hijo. No tenía demasiado que legarle, es cierto, pero él era lo suficientemente listo como para incrementar su herencia con pólizas de seguros que cubrían a su progenitora en caso de lesión, accidente o muerte.

Nunca tuvo el dinero necesario para pagar una póliza regular a largo plazo, así que desarrolló la curiosa costumbre de firmar pólizas de viaje a corto plazo en nombre de su madre. En el breve viaje que realizaron a Francia poco antes de inscribirse en el Metropole, Rosaline estaba asegurada en cuatro mil libras, y cuando expiró el plazo inscrito, el 18 de octubre de 1929, Sidney firmó un nuevo seguro por valor de mil libras que cubría también la posibilidad de una muerte accidental.

El 22 de octubre, Fox dejó a su madre al cuidado del personal del hotel mientras atendía unos asuntos en Londres. Fue a la Compañía de Seguros Cornhill y volvió a asegurar la vida de su progenitora, esta vez en dos mil libras, e incrementó el valor de la póliza comprada en Pickfords, dándose la casualidad de que ambas vencían el 23 de octubre a las doce de la noche.

Durante el tiempo que estuvo en Londres, llamó al hotel dos veces para preguntar por su madre; también realizó una llamada anónima a una pensión de King’s Cross para dejarse un auto mensaje avisando de que su madre estaba gravemente enferma. Poco después, telefoneó de nuevo y habló con la patrona, la señora Platt, para reservar una habitación para esa noche. Entonces ella le dio el recado del mal estado en que se encontraba un miembro de su familia, él canceló inmediatamente la reserva y la informó de que debía regresar a Margate.

El personal del hotel, que nada sabía de estas actividades, seguía impresionado por los cuidados que el joven le brindaba a su madre. En una ocasión, requirió la presencia de Harding porque Rosaline acababa de sufrir un desvanecimiento y éste llamó a un doctor local, Cecil Austin, quien prescribió un tónico, pero después Sidney le dijo al barman y al recepcionista que dicha receta era peligrosa. Les contó que le había pedido al farmacéutico de Woolls que la diluyera. No mencionó que le había pagado con un cheque sin fondos.

La tarde del 23 de octubre, hacia las 6,30 de la tarde, bajó a tomar algo al bar del hotel. Una camarera se interesó por la paciente y él le respondió que se encontraba mucho mejor.

“Mamá y yo hemos hecho un simulacro de combate -dijo sonriendo-, lo cual demuestra que ya está bien”. La señora Wager quedó muy sorprendida ante tan extraña expresión, ya que no se imaginaba a una mujer de la edad de Rosaline luchando en broma con aquel joven. El huésped añadió que abandonarían el hotel por la mañana.

Cuando terminó la bebida, subió a ver a su madre. La camarera Louise Bickniore vio que estaban juntos en la habitación; la anciana leía el periódico en una butaca frente a la estufa. Poco después, el hijo la acompañó hasta el comedor. La señora Fox cenó bien aquella noche y acompañó la comida con una jarra de cerveza; después, con la ayuda de Sidney, volvió a su habitación y éste regresó a por media botella de Oporto para su madre. Pasó el resto del día en el bar del hotel.

Se retiró a las 10,30, y una hora más tarde, aproximadamente, volvió a bajar gritando aterrorizado; sólo llevaba puesta la camisa. A esa hora, el hotel estaba muy tranquilo, a excepción de la sala de billar, en la que unos viajantes de comercio conversaban animadamente con unos marineros. Samuel Hopkins, un viajante londinense, describió su aspecto.

«Hacia las 11,40 vi que Fox bajaba las escaleras corriendo, vestido con algo parecido a una camisa. Dijo ‘¿Dónde está el conserje? Creo que hay fuego. Hay un fuego. ¿Dónde está el conserje?’ Entonces, di la alarma y le seguí al piso de arriba.»

El conserje nocturno no estaba en su oficina, y cuatro viajantes de comercio, incluido Reginald Reed, siguieron a Hopkins. Sidney, que no llevaba pantalones, iba delante. «No parecían entender lo que sucedía -comentó posteriormente-. Pensé que creían que estaba bromeando o dormido; que no iban a ayudarme y tendría que arreglármelas solo.»

En el pasillo nada parecía indicar que hubiese fuego. Sidney abrió la puerta de su habitación y vieron mucho humo. Entonces, el joven señaló el cuarto contiguo y dijo: «Mi madre está ahí dentro.»

Cuando Hopkins abrió la puerta de la número 66, el humo era tan denso que, incluso tapándose la boca con un pañuelo, apenas pudo avanzar unos pasos. Podía entrever unas llamas a lo lejos, pero no estaba seguro de si procedían de la estufa de gas. Al cabo de un momento, se dio cuenta de que, desde el suelo, había una franja de unos 15 centímetros de aire respirable. Se agachó e intentó llegar hasta la anciana arrastrándose poco a poco.

El humo procedía de la butaca, cuya tapicería ardía lentamente. Cuando llegó Reginald Reed, intentó abrir desde el cuarto de Fox la puerta que comunicaba ambas habitaciones, pero estaba cerrada. Consiguió abrirla de un empujón y la corriente de aire limpio que entró con él le permitió llegar hasta el sillón y tirar de él hasta sacarlo al pasillo.

Mientras tanto, Hopkins había logrado llegar hasta la cama y, tanteando entre la humareda, topó con los pies descalzos de la mujer. Se puso en pie de un salto y la cogió de las axilas. Alguien le ayudó a sacarla al pasillo. Como no llevaba puesta más que una mugrienta camiseta, el viajante la cubrió con su abrigo.

El hijo permanecía quieto, como si fuera un espectador más. Hopkins diría posteriormente que «no participó en el rescate de su madre». Cuando la arrastraban para sacarla de la habitación, Sidney gritó: «Cuidado, se está rozando los pies.» Uno de los presentes contó que al verla en el pasillo sollozó: «iiMami!!», pero él lo negó rotundamente diciendo: «No soy un crío.»

El agente George Bray fue el primer policía en llegar al lugar de los hechos. Cuatro hombres le ayudaron a llevar a Rosaline hasta el pie de la escalera, donde trató de reanimarla practicándole la respiración artificial hasta que llegó el doctor Austin.

Este sólo pudo certificar su defunción como consecuencia del pánico y la asfixia. También acudió un segundo médico, Robert Nicholl, que se mostró de acuerdo con el diagnóstico de su colega. Posteriormente describió el aspecto de la anciana: su cuerpo no mostraba signos de violencia y estaba bastante pálida. No se realizó autopsia alguna.

Mientras tanto, la señora Harding, la esposa del director del hotel, consolaba a Fox. El doctor Nicholl le comunicó la muerte de su madre y testificó que al recibir la noticia se «retorció» de dolor y dijo que quería verla. Cuando la tuvo delante cayó al suelo de rodillas y tocó su cuerpo por última vez. Al levantarse de nuevo, tenía los ojos llenos de lágrimas.

Sidney estaba casi histérico cuando le comunicó al personal del hotel lo que había ocurrido. Tras beberse con su madre aquella media botella de Oporto, la dejó sentada junto a la estufa leyendo el periódico. Tomó algo en el bar del hotel y después se fue directo a la cama. Algo más tarde olió el humo y, al abrir la puerta que comunicaba sus habitaciones, vio que había fuego en el cuarto contiguo. Bajó a buscar ayuda inmediatamente.

El Tribunal de Primera Instancia aceptó esta versión de los hechos, declarando que Rosaline Fox había muerto accidentalmente veinte minutos antes de la medianoche.

Sin embargo, no todo el mundo aceptó este veredicto. La señora Harding tenía sus dudas, ya que la noche del incendio mientras consolaba a Sidney le acarició el pelo y después notó que en los dedos había quedado un olor extraño. «Ese chico tiene el pelo totalmente ahumado -le comentó a su marido-. ¡Y él dice que no ha llegado a entrar en la habitación!»

PRIMEROS PASOS – Un comienzo fraudulento

Hasta el nacimiento estuvo rodeado de engaños. La madre siempre fomentó la innata tendencia al fraude de su hijo.

Rosaline tuvo tres hijos de su marido, pero el nacimiento del cuarto, Sidney, se vio rodeado de sospechas sobre la verdadera paternidad del pequeño. Se rumoreaba que su padre era un amante adúltero de Rose.

El pequeño de los Fox, con sus grandes ojos azules y el bonito pelo rizado, embaucaba y engañaba desde los primeros años de vida. A los once, cuando aún era un estudiante en el Great Fransbam de Norfolk, lugar en que nació, iba de puerta en puerta recolectando dinero para una organización benéfica y anotaba cada contribución en un libro. Un día unió con pegamento dos hojas del libro y se quedó con los ingresos registrados en ellas. Sin embargo, alguien de la oficina benéfica se dio cuenta de que las páginas de uno de los libros eran sospechosamente gruesas y llamó a la policía, quienes se encargaron de reprender al pequeño timador.

Poco después entró al servicio de sir John y lady Constance Leslie de Manchester Square, en Londres, como chico de los recados. Se entregó por completo a la pareja y ellos le pusieron el cariñoso apodo de «Cupido». Sus compañeros, el resto del personal, le conocían mejor. Era un muchacho mentiroso que robaba la plata de los señores y que le había timado a una anciana sirvienta los ahorros de toda su vida. Cuando los tolerantes jefes se enteraron de lo sucedido, decidieron despedirle y dejarle marchar en lugar de presentar cargos contra él.

Entonces entró a trabajar en un banco, donde descubrieron que falsificaba lo que quería. Le dieron a elegir entre la cárcel o el servicio militar en plena Primera Guerra Mundial. Así fue como ingresó como cadete en las Reales Fuerzas Aéreas, y como comenzó a hacerse pasar por el teniente Sidney Fox.

Se inventó un pasado ficticio que incluía una fábrica de harina familiar en Norfolk, una educación en la escuela pública y la pertenencia al Royal Automobile Club.

Se marchó a Brighton y fue a visitar a una antigua amiga de lady Constance Leslie haciéndose pasar por un nieto suyo que llevaba mucho tiempo fuera. Después de contarle algunos chismorreos auténticos sobre la familia Leslie, le cambió un cheque sin fondos de cinco libras por dinero en efectivo.

Cuando se notificó el delito, el incidente llamó la atención de un policía militar y de un detective aficionado que estaba en Brighton en aquella época. El capitán Glynes Bruty descubrió que el antiguo chico de los recados de lady Constance podía ser el sospechoso. De vuelta en Londres, siguió la pista de Sidney hasta el Royal Automobile Club, donde recibía cartas dirigidas al «honorable S. H. Fox».

Bruty decidió abrir una de las cartas y se encontró con que el joven estaba utilizando el club para entablar relaciones homosexuales. Posteriormente, el joven timador tuvo que responder de aquella correspondencia y declaró que el remitente era un viejo oficial, que fue degradado inmediatamente. A él sólo le encontraron en posesión de un talonario de cheques robado y le condenaron a tres meses de trabajos forzados.

De los veinte a los treinta años ingresó en prisión por fraude con frecuencia. Cuando no estaba en la cárcel, viajaba con su madre dándose la gran vida en hoteles de los que luego se marchaban sin pagar.

En 1927, Rosaline y su hijo compartieron un apartamento en Southsea con una rica australiana llamada Morse. El joven la persuadió para que hiciera testamento a su favor y aseguró su vida en tres mil libras. Una noche ella se despertó de repente y se encontró con que su habitación olía muchísimo a gas. Al parecer, una llave de gas que no se utilizaba jamás, porque estaba detrás de una cómoda, se había abierto «accidentalmente.»

Poco después de este incidente, los Fox se trasladaron a otro alojamiento, pero la ley siguió sus pasos y arrestaron a Sidney por robo. Le condenaron a quince meses de prisión por apropiación de algunas joyas de la señora Morse. Esta revocó el testamento y regresó a Australia, donde su marido se divorció de ella citando al joven ladrón como amante.

Mientras el hijo cumplía condena, las autoridades obligaron a Rosaline a ingresar en la enfermería de un asilo de Portsmouth, y en marzo de 1929 Sidney la sacó de allí y juntos prosiguieron sus fraudulentas carreras como viajeros independientes.

Falsas pretensiones

Rosaline y Sidney Fox eran, en realidad, tremendamente pobres. La anciana no tenía un hogar, su única posesión era el vestuario -dos vestidos de punto que solía ponerse a la vez para no pasar frío-. Utilizaba un pañuelo para lavarse la cara y tanto ella como su hijo carecían de prendas para dormir. Sidney tenía un traje, una navaja y un cepillo de dientes. (hasta los educados comentaristas de la época se vieron obligados a cuestionar los hábitos higiénicos de los Fox). Cuando llegaron al Metropole no llevaban más que una destartalada caja envuelta en papel marrón.

Al registrarse en el hotel dijeron al personal que sólo permanecerían allí una noche. Para ganarse la confianza de los directores de los establecimientos en los que se alojaban, solían depositar en la caja fuerte un sobre cerrado con “valiosos documentos”. Este era el típico truco empleado por los clientes que tenían la intención de marcharse sin pagar, y Joseph Harding tomó la precaución de mandar la factura a la habitación diariamente, en vista de lo cual Sidney decía que se quedarían un día más, debido a que su anciana madre estaba demasiado enferma para viajar. El poco dinero que poseía lo gastaba en dar propinas para ganarse la simpatía del personal del hotel.

LA DISPUTA – Un misterio candente

La causa del incendio fue motivo de grandes disputas y los forenses discutieron acaloradamente sobre las magulladuras que presentaba el cadáver. La anciana estaba enferma y su hijo la atendía solícito. ¿Fue su muerte un accidente o un asesinato?

Cuando se sacó de la habitación número 66 el sillón ardiendo, el bolso de Rosaline estaba en el asiento. Las llamas lo habían medio consumido y parte del contenido se perdió en el desastre. El desconsolado hijo aseguró que entre las cosas desaparecidas se encontraban las veinticuatro libras que guardaban para pagar la cuenta del hotel.

Como se había convertido en un hombre con buenas expectativas económicas, el día posterior a la investigación pidió prestadas veinticinco libras a un abogado de Margate, confiando en cobrar pronto la herencia de su madre y las pólizas de seguros. Empleó el dinero en viajar hasta Great Fransham, cerca de Norwich donde Rosaline recibió sepultura el 29 de octubre. La cuenta del hotel Metropole seguía pendiente.

El afligido Fox no había despertado en Joseph Harding simpatía suficiente como para que éste ignorara la deuda, e informó a la policía de Margate de que aquel hombre era un estafador. El encargado del hotel Pabellón Real, en Folkestone, le había contado que también allí debía mucho dinero. Además, la farmacia Woolls tenía en su poder un cheque sin fondos de dos libras firmado por Sidney Fox.

Los acreedores no tardaron en enterarse de que el sujeto era insolvente y había cumplido varias condenas en prisión. La policía le arrestó en Norwich el 3 de noviembre y le llevó de vuelta a Margate para hacer frente a seis acusaciones de obtener créditos de modo fraudulento.

Las compañías de seguros comenzaron a mostrarse reticentes en pagar lo convenido en las pólizas de Rosaline y una de ellas envió un investigador a Margate, quien puso poco después un telegrama dirigido a la oficina central de la aseguradora: «Este asunto huele a chamusquina.» El breve mensaje bastó para que las compañías le pidieran a Scotland Yard que investigara la muerte de Rosaline Fox. El inspector jefe Walter Hambrook, que en una ocasión había arrestado al estafador en Londres, llegó a Margate el 9 de noviembre y Fox fingió no conocerle.

Con el joven bajo custodia, el inspector se propuso descubrir la causa del incendio y comenzó a trabajar con el jefe de la Brigada de Incendios, Harry Hammond. Era evidente que la estufa de gas había sido el origen de las primeras llamas, pero entre este punto de calor y el lugar en que empezó a arder el sillón había una franja de alfombra intacta de unos quince centímetros de ancho.

Todo parecía indicar que el fuego había comenzado debajo de la butaca, lugar en que se encontraron un montón de periódicos chamuscados. Uno de estos ejemplares era francés, lo cual sugería que Sidney debió de guardarlo en su último viaje aunque ni él ni Rosaline podían leer en dicho idioma. Hammond llegó a la conclusión de que el fuego se inició deliberadamente.

Walter Hambrook se marchó a Great Fransham para exhumar el cuerpo de la anciana en compañía del prestigioso forense sir Bernard Spilsbury, quien llevó a cabo la autopsia que no se realizó en su día.

El científico descubrió dos cosas muy importantes: no había hollín en la garganta de la víctima y la sangre no presentaba indicios de haber recogido el venenoso monóxido de carbono que suele quedar en ella cuando se inhala humo. La ausencia de ambos factores sólo podía significar que la señora Fox dejó de respirar antes de que la habitación se llenara de humo. El forense se dio cuenta de que el incendio no fue el causante de la muerte de la anciana.

Sin embargo, no le fue fácil determinar el motivo de la defunción. No había restos de veneno en el estómago, ni señal alguna en la parte externa del cuerpo. Tenía síntomas de haber sufrido alguna dolencia del corazón, pero nada suficientemente grave como para acabar con su vida. En la parte posterior de la laringe Spilsbury descubrió una pequeña magulladura del tamaño, aproximadamente, de una moneda de cincuenta peniques, y un diminuto cardenal, de un centímetro de diámetro, en la lengua, a la altura de la garganta.

El forense declaró que la magulladura de la laringe era el resultado de la presión ejercida por los pulgares de la persona que estranguló a la víctima. La misma presión desplazó hacia atrás la mandíbula, haciendo que la dentadura postiza de la anciana presionara la lengua.

Un estrangulamiento que no dejara signos externos era algo casi inaudito, pero Spilsbury estaba dispuesto a declarar que ésa había sido la causa de la muerte. El 9 de enero de 1930 Sidney fue acusado del asesinato de su madre. Los magistrados de Margate le remitieron a juicio en el Tribunal Provincial de Lewes y él se declaró inocente.

La autoridad del prestigioso forense no se puso en duda en el Juzgado de Paz, pero cuando el caso llegó al Tribunal Provincial, a nadie le sorprendió que el abogado defensor, J. D. Cassels, le sometiera a un cuidadoso examen.

El primer médico que expuso un punto de vista diferente respecto a la causa de la muerte fue un cardiólogo, el doctor H. D. Weir. Tras analizar el corazón de la señora Fox en el laboratorio de Spilsbury, llegó a la conclusión de que había muerto de un fallo cardíaco, y no por estrangulamiento. Pero reconoció que la impresión sufrida por un intento de estrangulamiento pudo haber producido el paro cardíaco.

Esta disputa técnica prosiguió con las opiniones del profesor Smith, de la Universidad de Edimburgo, y del doctor Bronte, antiguo forense de la Corona para Irlanda. Testigos de la defensa mantenían que el choque fatal se produjo cuando Rosaline se despertó y se encontró con el incendio, con lo cual se negaban a aceptar la teoría del estrangulamiento que mantenía Spilsbury.

Desafiaron sus conclusiones respecto a tres puntos concretos. Le pidieron que explicara el estado en que se encontraba el frágil hueso de la garganta que siempre se fracciona durante la agresión. El hueso estaba intacto.

Spilsbury no pudo explicar por qué no había cardenales en la parte externa del cuello, ni por qué los doctores Austin y Nichol no vieron indicio alguno de estrangulamiento la noche del incendio. Pero a pesar de estas cuestiones, la opinión del prestigioso patólogo era inflexible.

El testimonio del forense también contradecía los ofrecidos por otros testigos de la acusación. El fiscal general, sir William Jowitt, mantenía que Sidney había estrangulado a su madre mientras ésta dormía en la cama, pero Spilsbury afirmaba que las magulladuras que la víctima presentaba en la lengua eran consecuencia de la presión ejercida por la dentadura postiza durante el asesinato. Rosaline, como la mayoría de las personas que utilizan este tipo de prótesis, jamás dormía con ella puesta, y de hecho, no la llevaba cuando la encontraron en la cama y la arrastraron fuera de la habitación; apareció posteriormente en el lavabo.

Jowitt sostenía que la víctima se quedó dormida con la prótesis puesta después de que su hijo la embriagara con oporto. Entonces la asesinó, tomando después la precaución de sacarle la dentadura de la boca y dejarla en el lavabo. Esta hipótesis se veía confirmada por la posición de una silla tapizada, que indicaba que Sidney había estado en la habitación 66 después de que su madre muriera.

La defensa llamó a declarar al acusado y éste admitió libremente una larga historia de fraudes y, a menudo, mentiras para «impresionar a la gente». La sala se enteró también de que, tras su última estancia en prisión, había sacado a su madre de un asilo de Portsmouth. El hecho de que su otro hijo se hubiera negado a cuidar de ella realzó la impresión general de que Sidney era un vástago afectuoso y responsable.

Los testimonios del personal de varios hoteles describieron al joven Fox como un personaje simpático, si bien poco fiable, que siempre demostraba la mayor consideración hacia su inválida progenitora. La expresión «simulacro de combate» que el acusado había empleado en el transcurso una conversación mantenida con una camarera el día del incendio fue calificada de siniestra y grotesca por la acusación. Esta imagen quedó contrarrestada con la aclaración de unos viejos conocidos de los Fox que aseguraron que madre e hijo solían jugar a echar pulsos, actividad del todo inofensiva.

Después, el tema se centró en los beneficios económicos que iba a obtener el beneficiario de las pólizas de seguros de Rosaline. Cassels señaló que Sidney no tenía por qué haber esperado a matar a su madre por tres mil libras cuando, sólo unos días antes, su vida estuvo valorada en cuatro mil.

El fiscal rebatió esta teoría sugiriendo que el joven no había tenido el coraje suficiente hasta que la situación financiera no fue desesperada, ya que se comprometió a abandonar el hotel el 24 de octubre aunque no disponía de medios para pagar la cuenta.

Tanto el abogado defensor como el juez Rowlatt advirtieron al jurado que debían distinguir entre la mentalidad de un estafador habitual y la de un asesino.

Pero a los miembros del jurado no les impresionó el acusado, y, al final, le condenaron por su explicación de cómo reaccionó cuando descubrió el incendio. Sidney declaró que abrió la puerta de comunicación de las habitaciones, vio el humo y corrió inmediatamente en busca de ayuda.

Sin embargo, cuando Reginald Reed llegó al lugar de los hechos, dicha puerta estaba cerrada. Cassels le preguntó por qué la dejó cerrada en lugar de permitir que entrara el aire en la habitación, a lo que respondió que creía que fue presa de un ataque de pánico, lo cual daba a entender que no pudo pensar lo que hacía con claridad. Pero el fiscal le presionó para que precisara más, y Sidney admitió lo que iba a ser su perdición: «Creo que pensé que el humo no debía extenderse por todo el hotel.»

Según un comentarista presente, cuando el acusado dijo esto: «La abarrotada sala ahogó un grito. Todos los presentes dejaron escapar un suspiro de horror.»

La acusación fue fulminante: «¿Prefirió que su madre se asfixiara antes de dejar que el humo se expandiera por el hotel?» El joven respondió: «Por supuesto que no, señor.» El jurado jamás le perdonó que actuara de modo tan insensible, y tan sólo necesitaron una hora y diez minutos para declararle culpable. Cuando el juez le decretó la pena capital, Fox dijo: «Señoría, yo no he matado a mi madre.»

Hubo un aspecto insólito en el caso: Sidney no apeló contra la sentencia, y aún en la víspera de la ejecución, seguía diciendo: «Puedo enfrentarme a mi madre sin albergar temor en el corazón y con la conciencia tranquila.» Fue ahorcado por parricidio en la prisión Maidstone, en Kent, el 8 de abril de 1930.

La fatídica silla

Cerca de la estufa de la habitación 66 aparecieron un par de prendas de ropa interior. Fox le dijo al jefe de bomberos Hammond que su madre solía airear su ropa colocándola en una silla cerca del fuego. Al principio, Hammond supuso que la ropa se había prendido y que las llamas se extendieron al sillón, lo cual explicaba el que la alfombra que había enfrente de la estufa no se hubiera quemado.

El asiento y una pata de la butaca estaban chamuscados, pero la parte superior estaba en perfecto estado. Los investigadores se extrañaron de encontrar la silla tan cerca de la ventana y tan lejos del fuego, por lo que Sidney sugirió que tal vez alguien la hubiera movido durante la confusión reinante en la operación de rescate. Pero todos los implicados negaron tajantemente haberlo hecho; además, los daños sufridos por la silla eran tan insignificantes como para pensar que alguien pudiera haberla retirado del fuego deliberadamente.

El fiscal insistió en que este detalle demostraba que Fox había iniciado el fuego, decidiendo, posteriormente, retirar la fatídica silla. Para dar peso a la teoría, insinuó que el acusado se había inspirado en una historia aparecida en un periódico que describía la muerte de Walburga, lady Paget, al quedarse dormida en una silla cerca de la estufa y prenderse fuego la ropa.

DEBATE ABIERTO – El precio de una vida

Los seguros ponen precio a la vida de una persona. Pague ahora y su familia cobrará cuando usted muera. Pero, en algunas ocasiones, los seres queridos pueden necesitar el dinero mucho más de lo que necesitan al asegurado.

Los seguros de vida han hecho aflorar a menudo lo peor de la naturaleza humana. En el siglo XVIII, cualquier ciudadano británico podía asegurar la vida de otra persona sin decírselo, o incluso, sin conocerle de nada. El público aseguraba en grandes sumas las vidas de exploradores o militares famosos y cualquier observador podía comprobar cómo se deprimían personas enfermas al «leer en el periódico que la gente de la calle invertía en su muerte». La ley del juego de 1774 decretó que el beneficiario de una póliza debía de ser un sujeto dependiente de la persona asegurada.

El seguro de vida se desarrolló en los primeros años del imperio británico como un modo de proteger el cargamento y la tripulación de los barcos, pero los archivos de fraudes navales de la Compañía Lloyds ponen de manifiesto una larga historia de engaños e ingeniosas estafas protagonizadas por gente sin escrúpulos que intentaban timar a las aseguradoras.

En 1977, un buque de carga llamado Lucano naufragó en el océano Índico tras sufrir una explosión que costó la vida de seis marineros. Udo Proksch, un eminente hombre de negocios vienés, fue acusado de organizar el desastre por el cobro de un seguro de veinticinco millones de libras. Destacados miembros del Gobierno austríaco dimitieron durante el escándalo.

La industria americana del seguro de vida es el mayor negocio del mundo. Las primas reunidas por los vendedores más persuasivos en poco tiempo impulsaron un sistema de inversiones que proporciona a las compañías de seguros americanas unos doscientos millones de dólares al año, cifra que convenció a muchas personas de que valía la pena convertirse en codiciosos criminales.

Son varios los beneficiarios de pólizas de seguros de vida que han cometido asesinato.

Robert Marshall, de Toms River, en Nueva Jersey, era un alto ejecutivo y uno de los mejores vendedores de una compañía de seguros. El 6 de septiembre de 1984, mientras circulaba por una carretera acompañado de su mujer, Maria, se detuvo en un lugar de descanso para revisar una de las ruedas. Dos desconocidos aparecieron en un coche sin luces y asaltaron a la pareja. A él le dejaron sin conocimiento, pero cuando despertó vio que los agresores habían matado a su esposa.

Pronto se descubrió que el ejecutivo acababa de asegurar a su esposa en un millón y medio de dólares. Como ella ni siquiera ganaba un salario, los investigadores le pidieron explicaciones sobre tan impresionante suma y él alegó que se trataba de un truco del que se servía para vender seguros. A menudo, los clientes se convencían de la conveniencia de asegurar a sus esposas cuando les hablaba de la astronómico cifra en que estaba valorada la suya.

La verdad era mucho más sencilla. Había contraído deudas por un valor de trescientos mil dólares y quería dejar a su mujer por una amante. Cuidando la respetable posición social que disfrutaba, contrató a dos hombres para que llevaran a cabo el asalto simulado y asesinaran a Maria. Se acusó a Richar Dew y a Ferlin L’Hereux, pero ambos hicieron un trato legal y testificaron contra Robert Marshall para reducir las sentencias. Le acusaron de asesinato y le declararon culpable el 5 de marzo de 1985.

En 1984, en Florida, tuvo lugar un caso de ambición mucho más grotesco. Judi Buenoano, un ama de casa de cuarenta años, fue condenada por asesinar a su hijo, Michael, por el «dinero ensangrentado» de una póliza. Judi sabía que probablemente viviría más que él, pero la codicia y la impaciencia trastocaron sus instintos maternales. En mayo de 1980, le llevó a dar un paseo en canoa y le empujó por la borda.

Esto no significa que deban suprimiese los seguros de vida porque puedan llevar al crimen, ya que son pocas las personas que asesinan a sus seres queridos para obtener beneficios económicos.

Investigadores privados

Las compañías de seguros se dieron cuenta rápidamente de que no todos los ciudadanos que eran lo suficientemente precavidos como para asegurarse ante la adversidad, eran tan honestos como para desear que ésta no les llegara jamás.

Las aseguradoras empezaron a contratar a gente para comprobar la validez de las pólizas reclamadas. Hoy en día los investigadores suelen ser ex policías, aunque algunas compañías se sirven de un detective privado en aquellas ocasiones en que sospechan de la legitimidad de una reclamación específica.

Aunque un investigador debe comunicar a la policía cualquier descubrimiento que revele indicios de una posible actividad delictiva, no significa necesariamente que la aseguradora haya de finalizar sus pesquisas privadas. En realidad, suelen cooperar estrechamente con la policía.

MENTE ASESINA – Madres e hijos

Sidney Fox era un farsante patético, pero adoraba a su madre. La idea de que Rosaline Fox hubiera consentido su propio asesinato fue muy difundida en la prensa popular de aquella época.

La anciana padecía la enfermedad de Parkinson y hubiera podido manipular fácilmente a su hijo para que le hiciera el “favor” de acabar con tanto sufrimiento. Pero quizá la realidad se basaba en el hecho de que Sidney creciera con un fuerte resentimiento hacia la constante presencia y dominio de su madre. No veía la forma de eludir esta exigente carga a la que amaba demasiado para abandonarla. Lo único que podía hacer era deshacerse de ella, así que la estranguló.

Fechas clave

  • 21-04-29 – Rosaline Fox hace testamento en favor de su hijo Sidney
  • 01-08-29 – Sidney Fox asegura a su madre por primera vez
  • 16-10-29 – Sidney y Rosaline se registran en el hotel Metropole de Margate
  • 22-10-29 – Fox incrementa el valor de las pólizas que vencían al día siguiente
  • 23-10-29 – Rosaline Fox muere en un incendio en la habitación del hotel
  • 24-10-29 – Tras la investigación preliminar se dicta veredicto de muerte accidental
  • 29-10-29 – Entierro de Rosaline Fox en Great Fransham, Norfolk.
  • 03-11-29 – Arresto de Sidney Fox por fraude y estafa.
  • 09-11-29 – El médico forense, sir Bernard Spilsbury exhuma el cadáver de Rosaline.
  • 09-01-30 – Sidney Fox es acusado de asesinato.
  • 21-03-30 – El juez le declara culpable en el Tribunal Provincial de Lewes.
  • 08-04-30 – Sidney Fox muere ahorcado en la prisión de Maidstone.

 


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