Santiago Sanjosé Pardo

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Santiago Sanjosé Pardo

Los crímenes del «Lobo Feroz»

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Emparedó los cadáveres en un mesón
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: Agosto - Octubre 1987
  • Fecha de detención: Marzo 1989
  • Fecha de nacimiento: 25 de julio de 1956
  • Perfil de las víctimas: Mari Luz Varela Alonso, 22 / Una mujer nunca identificada
  • Método de matar: Apuñalamiento con un cuchillo jamonero
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Condenado a 72 años y seis meses de prisión el 28 de enero de 1991. Puesto en libertad en 2004
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Santiago Sanjosé Pardo – Los crímenes del mesón del «Lobo Feroz»

Angel Kolodro

Madrid, 28 de enero de 1991. Santiago Sanjosé Pardo, el ex legionario que en 1987 asesinó y emparedó a dos prostitutas en el sótano del castizo mesón del «Lobo Feroz» e intentó hacer lo mismo con una tercera que se libró de la muerte en el último momento, ha sido condenado por la Audiencia Provincial a penas que suman 72 años y seis meses de prisión a pesar de haberle sido aplicado la atenuante analógica de enajenación mental. El «emparedador», que aseguró no recordar los hechos por estar bajo los efectos del alcohol, manifestó a los psiquiatras que le atendieron que no desea salir de momento de la cárcel, donde está ampliando sus estudios.

Cuando Santiago Sanjosé se sentó en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial de Madrid para responder de sus crímenes, parecía un hombre solitario. Hasta su abogado era de oficio y ni siquiera su madre se presentó para declarar a favor de su hijo.

Mientras todos en la sala lo miraban como tratando de profundizar en su mente para escudriñar lo que podría estar pensando aquel hombrecillo que se enfrentaba a una larga estancia en prisión, yo no podía dejar de evocar aquella primera noticia del caso que, a su vez, me hizo recordar los crímenes del Madrid tremebundo. «Aparecen los esqueletos emparedados de dos mujeres en el mesón del “Lobo Feroz”», decían machaconamente las radios aquella fría mañana del 23 de enero de 1989, que me empujó a dirigirme hacia el lugar y empezar a conocer el caso.

Situado en la castiza calle de Lucientes, detrás del mercado de la Cebada, no hacía mucho tiempo que había estado en el mismo barrio. Concretamente, en la denominada «casa de los curas» de la calle Abades donde fueron hallados los cadáveres semimomificados de una pareja de recién nacidos en el hueco de una escalera. Fue entonces cuando me contaron que, también cerca, durante la guerra, los nacionales quisieron bombardear desde el aire el ateneo libertario de Lavapiés y derribaron un convento entre cuyas paredes aparecieron decenas de fetos, igualmente semimomificados.

Y es que, efectivamente, el emparedamiento fue el sistema que durante muchos años se usó para ocultar deshonras de carne y hueso; pero también, de vez en cuando, por algunos asesinos para esconder los delatores restos de su víctima. Algo parecido a lo que ocurrió con el crimen del capitán Sánchez, uno de los casos criminológicos de principios de siglo más relevantes de la crónica negra madrileña.

El subcomisario Morales

Al llegar al mesón, estaba cerrado a cal y canto por orden judicial. Por fuera parecía como un típico local madrileño de tapas, uno de esos que tienen la base de piedra, el resto de ladrillo y una gruesa puerta de madera con pesado cerrojo de hierro. Lo que más me sorprendió fue el rótulo comercial del local, que no pegaba ni con cola. Era un pequeño luminoso en bandera con un dibujo del Lobo Feroz de Walt Disney. Justo debajo, unas vecinas me dijeron que el local era de un antiguo subcomisario de Policía ya fallecido, Cándido Morales, y que su viuda vivía en una calle cercana.

Cuando fui a verla, la anciana mujer no dudó en contarme en su mesa camilla las miserias de su relación con el policía que, sin embargo, sí aclaraban algunas claves del caso.

Según me informó, el local había sido con anterioridad una verdulería que sus dueños traspasaron a mitad de siglo al subcomisario, destinado desde entonces y hasta su muerte en la comisaría de Arganzuela, y conocido entre las putas más veteranas de Madrid con el apodo de «el Lobo Feroz», por las redadas contra la prostitución que dirigía. «¡Que viene el lobo feroz!», se avisaban unas a otras a modo de contraseña cuando iniciaba una redada. «Fue por esto por lo que le puso ese nombre al mesón», aseguró la mujer.

El policía alquiló el local a una «madame» de los barrios bajos, quien lo explotó como club de alterne hasta que se jubiló. Después, permaneció cerrado un tiempo hasta que el subcomisario se lo dejó al hijo de la mujer con la que convivió hasta su muerte a causa de una cirrosis, quien lo reabrió como mesón.

Se trataba de Santiago Sanjosé, un chico difícil al que todo le había salido mal. Siendo aún adolescente probó suerte en la legión pero, tras reengancharse, fue licenciado por padecer esquizofrenia después de pasar una larga estancia en un hospital militar. En la vida civil había trabajado como delineante en una importante empresa de construcción, pero acabó en la calle por su desmesurada afición a la bebida.

El mesón fue la solución hasta que encontró un nuevo empleo y después lo cerró, estado en el que había permanecido hasta aquella fría mañana de enero en que los albañiles contratados por el nuevo inquilino comenzaron unas obras de reforma y encontraron las osamentas de las dos mujeres. Se encontraban en el interior de una especie de nichos hechos en el sótano del local a base de cajas de cerveza, y aún conservaban algunas prendas y baratijas a su alrededor.

El caso no era difícil de aclarar. El análisis de los restos aportaría el dato de la fecha aproximada de las muertes y sólo había de preguntar o bien a la «madame», o bien al hijo de la «querida» del subcomisario.

Tan sólo unos días después del hallazgo, el jefe del grupo de homicidios, Dionisio Navas, informó de la detención de Sanjosé, quien no dudó en confesar a los inspectores lo que había hecho, «porque sentía un impulso irrefrenable». El informe antropológico forense desveló que las mujeres habían muerto de una certera puñalada en el corazón propinada con un cuchillo jamonero.

El jefe de Homicidios también aseguró que una de las víctimas no había sido identificada, que la otra era una prostituta de la calle La Cruz y que había una tercera que también había sido atacada por el «emparedador», pero que había logrado sobrevivir milagrosamente.

Esta última era Araceli Fernández Regadera. Cuando la entrevisté, la Policía aún no la había localizado. Sus manifestaciones me hicieron comprender la trágica experiencia a la que había sobrevivido. Frases como: «Yo trataba de huir pero me escurría en mi propia sangre. Mientras él enderezaba el cuchillo contra la pared», o «… es que se le abrían los ojos, y hasta se le inyectaban de sangre, cuando venía con el cuchillo…», no se me podrán olvidar nunca por el realismo con el que las oí.

Feliz entre rejas

Durante el juicio, «el legionario» reconoció implícitamente los hechos, aunque no los recordaba con exactitud por haber ingerido grandes dosis de alcohol. «Al día siguiente me las encontraba allí y no sabía qué hacer», testificó, para añadir que en uno de los casos dejó a su víctima muerta en el bar hasta regresar de un viaje para ir a la boda de su hermano. Hasta entonces no la emparedó.

Según dio a entender, desde que falleciera su padre, cuando tenía catorce años, se sentía solo. «Él me llevaba al fútbol todos los domingos…», aseguró a la Sala como si de un niño bueno se tratara.

Durante todo el tiempo que duró el juicio parecía como si estuviera ausente. Como si no le importara lo que le pudiera pasar; ni que le condenaran, como de hecho ocurrió. Sanjosé aseguró que estaba estudiando en la cárcel y a aquellos psiquiatras que le trataron durante el proceso les confesó que no le importaba pasar una larga temporada en prisión, «donde he dejado de beber», declaró en el juicio con orgullo.

En la vista, los psiquiatras forenses dejaron claro que el procesado tenía una personalidad psicopática, que su fuerte afición a la bebida le producía impotencia y que era en estos momentos cuando cometía el crimen. «La acción de enderezar en la pared el cuchillo para después clavarlo en el cuerpo de su víctima, era en su inconsciente como lo que deseaba hacer con su órgano sexual y no podía», manifestó el doctor Royo Villanova que como casi todos los expertos que trataron al procesado no llegaron a encontrar respuesta a la pregunta: «¿En crímenes tan sistemáticos, no habrá otras víctimas sin descubrir?»

Perdidas en las esquinas

El juicio por los crímenes del mesón del «Lobo Feroz» también contó con una magistral lección de antropología forense por parte del profesor José Manuel Reverte Coma, quien transformó durante un largo rato la Sala en una de exhibición de diapositivas, en las que magistrados y público se ilustraron sobre las técnicas de reconstrucción por medio de ordenador de retratos robots partiendo de un simple cráneo.

Sin embargo, las eternas olvidadas fueron las víctimas: las prostitutas. En la sentencia, la indemnización que los jueces dictaminaron para Araceli Fernández fue ridícula en comparación a los 18 años que por su asesinato frustrado le impusieron a Sanjosé. Tan sólo 18.000 pesetas por haber sido marcada para siempre a cuchillo y estar a punto de morir, que demuestran lo poco en que los jueces valoraron la vida de una mujer que, por la razón que sea, pero seguro que no por gusto, se vio abocada a ganarse la vida con el alquiler de su cuerpo.

A Araceli tampoco le había hecho caso la Policía cuando fue asaltada por el «emparedador» en el mesón y se la tuvieron que llevar malherida al hospital. Creyeron más a Sanjosé cuando les dijo entonces a los funcionarios policiales que se encargaron del caso que había sido la muchacha quien le había intentado robar y él simplemente lo que había hecho era defenderse con un cuchillo. Hay que pensar que el fantasma del subcomisario Morales pesaba más en la Policía que la palabra de una vulgar prostituta callejera.

Pero el problema es que en España no hay ni una ni dos mujeres que se dedican a este oficio. Si el nivel de desarrollo de un país se midiera por el número de prostitutas en activo, España ni siquiera figuraría en el «ranking» ya que no se sabe cuántas hay. Y esto a pesar de que tras la promulgación de la Constitución esta actividad no se considera delictiva, aunque sí su favorecimiento por lo que las redadas policiales se dirigen a los proxenetas que regentan casas de «ocupaciones».

Según datos aproximados, pero los únicos fiables, se calcula que son entre 600.000 y 800.000 las mujeres que ejercen de una forma u otra la prostitución, la mayoría iniciadas antes de los 25 años. Aunque en los últimos años han surgido voces y asociaciones que propugnan la regulación de este «sector económico», hasta el momento han chocado fundamentalmente con la opinión contraria, o al menos la indiferencia de los feministas que prefieren pasar por alto el caso y no profundizar en lo que podría constituir una de sus más serias contradicciones. Sin embargo, el hecho estadístico comprobado de que tres de cada cuatro prostitutas ejercientes consumen habitualmente algún tipo de sustancia psico-activa, bien sea alcohol u otras drogas de carácter estupefaciente, y el temor al SIDA encienden cada vez con más viveza la llama de la polémica.


Los asesinatos del Lobo Feroz

Jesús Duva – Elpais.com

1 de agosto de 2010

En enero de 1989, unos albañiles hallaron los cuerpos de dos meretrices en el sótano de un mesón de Madrid. El homicida fue condenado a 72 años de cárcel. Solo cumplió 15. Libre ya, ha trabajado de guarda de seguridad en Málaga.

«Te doy cinco mil pesetas y te pago el taxi de vuelta». Fue lo único que necesitó aquel hombre para convencer a Araceli Fernández Regadera de que le acompañara hasta su bar. Araceli, una joven de veintipocos años, llevaba media vida prostituyéndose en la calle de la Cruz, a dos pasos de la Puerta del Sol madrileña. Aquella madrugada del 22 de diciembre de 1987, vísperas de Navidad, era fría y había pocos clientes. Ante el señuelo de las cinco mil pesetas, no dudó en echar a andar tras aquel hombre. Él era Santiago San José Pardo, de 31 años, bigotudo, ex legionario y con aspecto de ser un tipo hosco.

Santiago y Araceli se encaminaron a la calle de Luciente, una rúa estrecha próxima al mercado de la Cebada. Entraron en un portal. Él introdujo una llave en una puerta y accedieron al interior de un local con una barra de bar y unas cuantas mesas y sillas. En el exterior, sobre la puerta de entrada de dos hojas, había un rótulo con letras góticas: Mesón del Lobo Feroz. Santiago había alquilado el inmueble -que originariamente había sido un club de alterne y descorche- a un subcomisario de policía amigo de su madre.

Para caldear el encuentro, la pareja se echó al coleto un par de pelotazos de ron con limón. Después, Araceli fue hacia la zona del comedor y se quitó los pantalones, dispuesta a satisfacer el deseo sexual del cliente. ¿A qué andar con remilgos si ella sabía a lo que había ido a aquel lugar?

-Aguarda un momento, que voy a coger una cosa.

Araceli se sentó mientras Santiago iba hacia la barra del bar en busca de esa cosa. En un abrir y cerrar de ojos, el tipo bigotudo de cara ancha y mirada desafiante volvió sobre sus pasos empuñando un cuchillo jamonero. Araceli, asustada, se levantó como un resorte y logró agarrar el filo del arma evitando que le atravesara el pecho.

-¡Puta! ¡No grites porque no te va oír nadie!, gruñó el enfurecido sujeto, que siguió lanzando cuchilladas a la prostituta.

Sacando fuerzas de flaqueza, medio aturdida por la hemorragia de sus manos y de su cara, la mujer dio un empujón que hizo caer al agresor, momento en que ella echó a correr sin resuello hacia la puerta. El atacante volvió a lanzarse contra Araceli, que logró desarmarle a costa de llevarse otra cuchillada que le rajó la palma de la mano. Pese a eso, el ex legionario le apretó el cuello tratando de estrangularla.

El griterío y la fiereza de la pelea alertaron a una vecina del local, que telefoneó a la policía. Los agentes llegaron justo en el momento en que Araceli estaba acorralada. Justo en el instante en que el furibundo mesonero le proponía un trato: «Devuélveme las cinco mil pesetas y te marchas… Y no digas nada a nadie».

El ulular de sirenas quebró el silencio de la noche. Los bomberos tuvieron que derribar la puerta porque Santiago se negaba a abrir. Cuando al fin los policías le tuvieron cara a cara, le colocaron los grilletes y se lo llevaron preso a la comisaría.

El juez que se ocupó del caso ordenó su ingreso en prisión, pero el agresor no permaneció allí demasiado tiempo. Al salir libre, ya no volvió al mesón, sino que trabajó de agente judicial interino en Mejorada del Campo (Madrid), después de portero de una finca y más tarde de delineante.

Trece meses después de la agónica agresión sufrida por Araceli, unos albañiles que reformaban el mesón del Lobo Feroz hicieron un macabro descubrimiento: los cadáveres de dos mujeres, momificados y emparedados en el sótano. Si Araceli no hubiera presentado la feroz resistencia que presentó, es muy probable que sus huesos habrían acabado sepultados junto a los de esas otras dos infelices.

Los restos estaban en tan mal estado que el juez determinó que fuesen enviados a una eminencia de la antropología forense: el doctor José Manuel Reverte Coma. Este, un apasionado del estudio de los huesos, concluyó que ambas chicas habían sido asesinadas cuando estaban desnudas solo de cintura para abajo y que las dos habían muerto atravesadas por el filo de un jamonero de 25 centímetros. Y, además, trazó un perfil psicológico del asesino: tenía que ser un hombre con complejo de Edipo, con odio hacia su madre, alcohólico, sádico, impotente sexual y con algún tipo de adiestramiento militar (a tenor de cómo manejaba el cuchillo).

Una de las dos emparedadas resultó ser Mari Luz Varela Alonso, una prostituta de 22 años, madre dos hijos, a la que el ex legionario había contratado el 22 de agosto de 1987 en la misma calle de la Cruz. Su madre, Angelines, había presentado una denuncia por desaparición seis días después. El cotejo de huellas dactilares permitió identificarla con seguridad y rapidez.

La segunda mujer emparedada era otra meretriz que también hacía la calle en la misma zona de Madrid. Unas prostitutas la conocían por Josefa. Otras por Teresa. A saber cuál era su nombre verdadero. Jamás ha sido identificada. Lo único que aclaró la policía es que la víctima fue asesinada el 12 de octubre de 1987 (dos meses después que Mari Luz y dos meses antes de que Araceli estuviera a punto de engrosar el sórdido cementerio creado por Santiago San José en el sótano del mesón).

En marzo de 1989, la Brigada de Policía Judicial de Madrid detuvo a Santiago San José como presunto autor del doble homicidio. Confesó los crímenes y admitió que había emparedado a las víctimas usando arpillera y yeso que había comprado en un almacén de la calle del Humilladero.

En enero de 1991, la Sección Sexta de la Audiencia de Madrid sentenció al homicida a 72 años de prisión por el doble asesinato y la salvaje agresión sufrida por Araceli Fernández. Los magistrados respaldaron la opinión que había expresado el fiscal antes de concluir el juicio: «Es verdad que es un psicópata y un bebedor, pero su psicopatía no disminuye su responsabilidad penal».

A la vista de la severa sentencia -dura lex, sed lex- el abogado del condenado, Manuel Boto Escamilla, presentó un recurso ante el Tribunal Supremo basándose en que su cliente había actuado de forma tan sanguinaria por tener las facultades mentales anuladas a causa del alcoholismo. Pero unos meses después, este decidió asumir su culpa y dejar las cosas como estaban.

En aquellas fechas, Santiago estaba preso en Herrera de la Mancha (Ciudad Real). Había decidido estudiar BUP y trabajar en la biblioteca del penal, lo que le iba a permitir reducir buena parte de su condena.

La efímera fama de Santiago se apagó con el fin del proceso judicial. Desde entonces, jamás volvió a saberse nada del asesino del Lobo Feroz. Ni siquiera mereció unas líneas en la prensa su puesta en libertad, en el año 2004, tras haber extinguido su pena, según fuentes penitenciarias. Los asesinatos del mesón del Lobo Feroz forman parte de la historia negra de Madrid, igual que los crímenes del señorito calavera José María Jarabo, que mató a dos hombres y dos mujeres en 1958 cerca del Retiro, o el crimen de la calle de Fuencarral acaecido en el año 1888.

El local que antes fue el mesón del Lobo Feroz lo ocupa hoy un taller de confección, vestuario, pasarela y alta costura, cuyas empleadas ignoran -o hacen como que ignoran- que allí fueron asesinadas y emparedas dos mujeres hace 22 años.

¿Y qué fue de Santiago San José? Es un hombre libre, que ha pagado su culpa con la sociedad y que nunca más ha vuelto a delinquir. Después de haber vivido hasta hace cinco años en una vieja casa que hoy es parte del Museo del Vidrio y el Cristal de Málaga, actualmente reside en una barriada obrera de esta ciudad.

Pocos saben en qué se ocupa hoy quien hace dos décadas acaparó muchas páginas de la prensa. Hace un par de años trabajó de vigilante de seguridad en un establecimiento de electrónica del centro comercial Larios, junto a la estación de ferrocarril malagueña. Dicen que hasta fue felicitado por sus jefes tras haber sorprendido a un ladrón en el comercio. Todo apunta, pues, a que está rehabilitado. El lobo se ha convertido en cordero.


Los crímenes del Lobo Feroz

Francisco Pérez Abellán

Nunca consiguió una relación normal con una mujer. Su primer crimen lo cometió en la persona de una prostituta que acababa de arrearse un «chute». Su arma era un cuchillo jamonero y siempre actuaba cuando se quitaban la ropa. Convirtió su mesón en un cementerio.

Santiago San José Pardo a sus treinta y un años era un hombre solitario, con rostro ceñudo y cara de pocos amigos, reconcentrado sobre sí mismo, con una larga experiencia de fracasos laborales y personales que le habían apartado de los demás.

Era como un animal solitario y peligroso. Abusaba de la bebida, apenas tenía amistades y su relación con las mujeres resultaba muy difícil. Había pasado unos meses en la Legión en la que se alistó para huir de los problemas de su vida, pero no pudo resistirlo. La Legión se reveló demasiado dura para su forma de ser. Por eso fingió una enfermedad mental que le licenció de forma anticipada.

A la luz de lo que protagonizó después, no debió de costarle demasiado fingir problemas mentales para obtener la baja, porque su forma de actuar estaba al borde de la locura. De su paso de catorce meses por el Ejército le quedó el apodo de «el Legionario».

En el verano de 1987 se daba la casualidad de que tenía arrendado el mesón del Lobo Feroz en el centro de Madrid, cerca de la Plaza de Oriente, en la calle Lucientes, pero además él mismo era un auténtico lobo feroz.

Había arrendado el negocio de hostelería gracias a la insistencia de su madre que tenía una buena relación con el propietario, el subcomisario de policía Cándido Morales. Desde el 1 de junio de 1986 junto con su hermano Fernando se había hecho cargo del negocio como un intento más de enderezar su vida. Pero ya hacía meses que Santiago San José llevaba el mesón solo. Era poco negocio, la verdad, pero daba para ir tirando.

Lo peor era que Santiago, que se había transformado en un bebedor habitual, pasaba prácticamente todo el día entre botellas. Con la angustia de la escasez de clientes y las largas horas tras la barra se sucedían los «cubatas» que Santiago bebía con ansiedad. El alcohol exacerbaba sus problemas. El peor de todos, con ser grave no haber encontrado un oficio que le sirviera para independizarse de su madre, con la que compartía la vivienda, era su complejo con las mujeres. Probablemente nunca tuvo una relación sentimental satisfactoria. Ni siquiera con su madre.

Santiago nació escaso de afecto. Vino al mundo el 25 de julio de 1956 en un parto dificultoso por el que necesitó asistencia para oxigenar su cerebro. El padre no le acogió con cariño porque esperaba una niña. Su situación en la familia, en la que sufría el agravio comparativo con su hermano mayor, el preferido de los padres, se agravó con el tiempo.

Fue en su segundo empleo, tras haber sido botones, cuando tuvo un poco de suerte en la vida y encontró un trabajo con porvenir: de mozo en una tienda de reproducción de planos. Sus jefes le tomaron afecto y gracias a su buena disposición para aprender las tareas de delineación se ganó un destino en Asturias, donde la casa matriz de reprografía abrió una sucursal.

En Oviedo pasó la etapa más estable de su existencia, se echó novia y todo parecía ir viento en popa. Pero le llegó la edad de hacer la «mil¡» y aquello le partió por la mitad. A su regreso, lo que parecía un negocio con porvenir se había transformado en una empresa al borde de la quiebra. Al poco tiempo cerró y Santiago se quedó sin saber qué hacer. Hasta se embarcó ensayando el oficio de marino. Pero finalmente dejó el mar, se olvidó de su novia asturiana y regresó a Madrid con su madre. Desde ese momento nada volvería a salirle bien.

Sin trabajo, creciendo en su interior el enorme complejo que siente por las mujeres y cada vez más tirantes las relaciones con su madre, Santiago se da a la bebida. Consecuencia de su aislamiento, de la mala situación familiar y su nula fuerza de voluntad para salir del pozo en el que se está hundiendo, se alista desesperado a la Legión. Lo que tampoco soluciona nada.

Al enfrentarse con las duras tareas y la disciplina se las ingenia para volver a Madrid, donde, otra vez con la madre, emprende su antigua vida sin rumbo empedrada de borracheras. Cumple algunos trabajos ocasionales: es camarero y bodeguero. Quizá este último empleo le pone en el camino del arriendo del mesón del Lobo Feroz, que será el final de su carrera y la tumba de sus víctimas.

A finales de agosto de 1987, Santiago San José culmina su triste historia con las mujeres. Dado que es incapaz de mantener una relación normal se ha aficionado a las prostitutas y los burdeles. Con un problema añadido: además de su deficiente predisposición al contacto sexual por sus desarreglos emocionales, la bebida le ha convertido casi en impotente.

Así que Santiago contrata a las prostitutas y llegado el momento de satisfacer su deseo, como no le es posible consumarlo, se niega a pagar, con lo que protagoniza constantes incidentes y broncas en los lugares de prostitución hasta que terminan por negarle la entrada en muchos de ellos.

Aquel 22 de agosto, Santiago había empezado la mañana con algunas copas de coñac, a la hora del aperitivo ingirió más alcohol y prosiguió durante la comida, como era habitual en él, con abundante vino. Al terminar bebió más coñac. En el mesón, desde las siete de la tarde, estuvo «dándole» al «cubalibre». Entre los vapores del abundante alcohol, cerró temprano el negocio porque sufría una ansiedad particular que le empujaba. Sentía la necesidad de buscar a una mujer entre el miedo antiguo de quedarse como siempre frustrado y la esperanza de obtener al fin una satisfacción completa. Se animó con el enésimo «cubata» y después de echar el cierre se dirigió andando, Lucientes a la derecha, a la calle de la Cruz, una de las vías madrileñas tradicionalmente ocupadas por prostitutas. El «lobo» estaba al acecho.

Se acercó a una de las mujeres, Mari Luz Varela, que trataba de mantenerse tiesa en un portal tras arrimarse un «chute» de heroína. El «lobo» le pidió un trabajito fino y la ingenua «lumi» le acompañó a su guarida, al mesón de las muertes.

Allí hubo una larga escena mientras Santiago trataba de abrir en medio de la enorme «tajada» que llevaba esa noche. Por fin entró y consiguió dar la luz cerrando la puerta a sus espaldas. Ya en el interior, Mari Luz, que tenía prisa por volver a la faena, puesto que veía que se le iba la noche con un solo cliente, empezó rápida a quitarse la ropa. Santiago, que se había preparado otra copa, bebió con ansia antes de acercarse.

De creer su versión del crimen, al principio todo se desarrolló como otras veces: incapaz de conseguir una respuesta sexual adecuada. Por eso empezó a pegar e insultar a Mari Luz. La mujer apenas se defendía, incluso parecía aceptar de una forma masoquista y resignada los golpes.

El furor del «lobo» fue en aumento, y excitado por la violencia, mientras sentía una punta de morboso placer, echó mano del cuchillo jamonero que hundió una y otra vez en el cuerpo de su víctima sin que sus quejidos alertaran a los vecinos hartos de los ruidos del mesón. En un momento de su crimen, cuando ya la prostituta ni siquiera se estremecía al entrar el cuchillo, Santiago, ebrio y loco de excitación, perdió la consciencia.

Al despertar se encontró bañado en sangre. Sin querer darse cuenta de lo que había pasado, se quitó como pudo las manchas, se bebió un último «cubata» y se marchó a dormir a su casa. Al día siguiente regresó y mantuvo el local cerrado al público mientras limpiaba y se deshacía del cuerpo. Había sangre en abundancia y un hedor a muerte casi insoportable. Santiago bajó el cuerpo al sótano y lo enterró envuelto en plástico bajo una capa de yeso. Para disimular el enterramiento colocó encima una tela de arpillera y unas cajas de cerveza vacías.

Su cabeza estaba abotargada y sus sentimientos embotados, pero aun así se sintió incapaz de ponerse a trabajar como si no hubiera sucedido nada. Se sentía aturdido, asqueado, pero en el fondo alentaba una oscura excitación. En ese estado confuso, adelantó su marcha a la boda de su hermano que se casaba en Elche y no volvió hasta el 5 de septiembre.

El 12 de octubre, fiesta de El Pilar, Santiago volvió a sacar al «lobo» a pasear. Cometió un nuevo crimen. Volvió a la calle de la Cruz y volvió a contratar a una prostituta. Esta vez a una morena cuarentona que gastaba el nombre de guerra de «Teresa». El procedimiento fue el mismo: en cuanto empezó a desvestirse, el cuchillo jamonero se hundió en la carne de aquella «lumi» desconocida, a la que transcurrido el tiempo no se le encontraría identidad ni familia. Nadie reclamaría su cadáver. Ese cadáver que Santiago emparedó con unas losetas debajo del hueco de la escalera, dejándolo herméticamente cerrado. Llevaba camino de convertirse en un excelente enterrador.

Pero el 23 de diciembre, en su ronda como «lobo» por la calle de la Cruz, contrató los servicios de una tercera prostituta, Araceli Fernández, que una vez en el mesón se resistió a morir y consiguió desviar el cuchillo jamonero. La chica armó tal trifulca que apareció la policía. Sin embargo, la actuación de los agentes no estuvo acertada y acabaron creyendo la versión de Santiago que les convenció de que la chica había entrado a robar.

Con el final del año, Santiago le devolvió el negocio a su dueño que lo mantuvo cerrado hasta que lo vendió, a finales de 1988. Fue durante las obras de reforma cuando un albañil que trabajaba debajo de la escalera del sótano descubrió el cadáver momificado de «Teresa». Poco después apareció el de Mari Luz. La policía rastreó a los inquilinos del local hasta dar con Santiago, «el Legionario». No tardaron mucho en hacerle confesar. Sus sangrientos recuerdos no le dejaban en paz. En el juicio que se siguió contra él fue condenado a setenta y dos años de cárcel por tres asesinatos, uno de ellos, en grado de frustración.

 


AUDIO: LA ESPAÑA NEGRA – LOS ASESINATOS DEL MESÓN DEL LOBO FEROZ


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