Ruth Snyder

La Mujer de Granito

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Intereses económicos
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 20 de marzo de 1927
  • Fecha de detención: 20 de marzo de 1927
  • Fecha de nacimiento: 1895
  • Perfil de las víctimas: Albert Snyder, de 44 años (su marido)
  • Método de matar: Golpes con una pesa de gimnasia - Estrangulación con un alambre
  • Localización: Nueva York, Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Fue ejecutada en la silla eléctrica el 12 de enero de 1928
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Ruth Snyder y Judd Gray – La pareja de la muerte

Última actualización: 9 de abril de 2015

Dos amantes adúlteros que cometieron un brutal asesinato movidos por el dinero y la pasión.

Un cadáver maltratado

Pocos casos de la historia criminal de América han atraído sobre sí tanto interés como el asesinato de Albert Snyder, llevado a cabo por su esposa Ruth y por el amante de ésta, Judd Gray. Ni el crimen ni el juicio desaparecieron de los titulares de los prensa entre 1927-28 y los periódicos dedicaron abundantes líneas a “la Mujer de Granito” y al “Hombre de Barro”. Pero ¿era Judd Gray tan sólo un peón para los siniestros planes de Ruth Snyder?

EL HALLAZGO – Sensación en los suburbios

Una niña corría sollozando por la calle. Algo terrible había sucedido en su casa. Sus vecinos se precipitaron hacia allí y quedaron horrorizados al hallar a la madre atada de pies y manos y el cadáver ensangrentado del padre.

La mañana del 20 de marzo de 1927 Lorraine Snyder, una niña de nueve años, dormía plácidamente en su domicilio familiar del distrito de Queens, en Nueva York. Estaba cansada, ya que la noche anterior se había acostado tarde, por eso, cuando alrededor de las 7,45 de la mañana oyó que llamaban a su puerta, no hizo caso alguno e intentó volver a dormirse. El sonido, sin embargo, se hizo cada vez más insistente, y, decidiendo investigar, se levantó algo preocupada, abrió la puerta con cuidado y echó una mirada precavida fuera de la habitación.

Su madre, Ruth, yacía en medio del pasillo atada de pies y manos, con la boca amordazada por una venda, gimiendo e implorando la ayuda de su hija. Aterrada, Lorraine no se detuvo siquiera a desatarla v cruzó la calle en dirección al hogar de los Mulhauser, unos amigos de sus padres que vivían en frente. A los pocos minutos estaba de vuelta en compañía de Harriet Malhauser.

Por entonces, Ruth ya se las había arreglado para aflojar un tanto sus ataduras. La venda que cubriera su boca se hallaba en el suelo y Ruth, histérica, farfullaba que alguien le había golpeado en la cabeza y atacado a Albert, su marido. Mientras Harriet le limpiaba la cabeza, Lorraine avisó a la policía. Unos minutos después llegó Louis, el marido de Harriet. Inducido por las insistentes afirmaciones de Ruth de que habían atacado a su marido, se dirigió al dormitorio de Albert Snyder.

Lo primero que vio al entrar fue un montón de sábanas revueltas encima de la cama. Al levantarlas descubrió a Albert, quien yacía boca abajo en el lecho, muerto sin lugar a dudas. A la derecha del cadáver había un revólver y a ambos lados del cuello asomaban los extremos de un alambre que parecía rodearle la garganta. Tenía heridas en la cabeza y la boca llena de trozos de algodón.

Visiblemente agitado, Mulhauser salió de la habitación y susurró a su esposa que Albert estaba muerto. Tras una breve deliberación, ambos decidieron ocultarle la noticia a Ruth, dado el estado en que ésta se encontraba.

Aunque los Mulhauser se hallaban profundamente trastornados por la tragedia, no estaban apenas sorprendidos. Una semana antes el propio Louis había visto a un desconocido de aspecto siniestro merodeando por el vecindario y atisbando a través de la ventana de la cocina. Pensando que se trataba de un ladrón que calibraba las posibilidades de dar un golpe, avisó a sus amigos del suceso. Los pesimistas temores de Mulhauser se habían hecho ahora realidad. El merodeador se había introducido en casa con la intención de robar, quizá había entrado por error en el dormitorio de Albert y, llevado por el pánico, le había asesinado.

Los oficiales Robert J. Tucker y Edmund Schulteis, que llegaron hacia las ocho de la mañana, se inclinaron a pensar lo mismo. El rápido examen de la casa parecía indicar un caso evidente de robo. No sólo se echaba en falta el dinero de la cartera de Snyder, sino que todo el mobiliario se hallaba desordenado, y tanto los almohadones como el contenido de algunos armarios y cajones, arrojados por el suelo. En el dormitorio de Snyder se encontró un periódico italiano que, sin duda, se les había caído a los intrusos.

La noticia se difundió rápidamente y al cabo de unos minutos el hogar de los Snyder, en el número 9327 de la calle 222, se encontraba repleto de expertos en huellas dactilares, fotógrafos de la policía y periodistas. Los coches de la policía rodearon el edificio y hacia el mediodía se habían reunido en la escena del crimen más de sesenta personas.

El comisario de policía George V. McLaughlin, a cargo de la investigación, comenzó a interrogar a Ruth sobre lo sucedido en presencia de unos cuantos oficiales. Esta dijo que ella, Albert y Lorraine habían asistido a la fiesta de unos amigos, los Fidgeon, que vivían cerca.

Salieron de allí hacia las dos de la madrugada, hora en que su marido las llevó en coche de vuelta a casa. Mientras él aparcaba el automóvil, Ruth y Lorraine subieron al piso de arriba. Ruth ayudó a su hija a acostarse y luego se metió en la cama. Poco después oyó pasos en el corredor. Creyendo que a la niña le había sentado algo mal, se levantó para ver qué ocurría.

Al acercarse a la habitación que ocupaba normalmente su madre, la señora Brown (quien en aquel momento se encontraba ausente), un desconocido apareció en la puerta y la arrojó violentamente sobre la cama. Después, dijo, «perdí el conocimiento y no sé nada de lo que pasó hasta el amanecer; fue entonces cuando me desperté en medio del pasillo».

Ruth no podía proporcionarles ningún otro detalle. Cuando la interrogaron acerca del asaltante, la única descripción que fue capaz de darles era que tenía el pelo moreno, llevaba bigote y parecía extranjero. Al preguntarle qué idioma hablaba, contestó: «Me pareció italiano»; diciendo aquello intentaba desviar su atención hacia el periódico italiano hallado en el cuarto de su marido.

Mientras continuaba su declaración, los detectives se dispersaron por toda la casa en busca de alguna prueba que corroborara o contradijera el relato, de cuya veracidad ya comenzaban a dudar. Un médico, avisado en secreto por un vecino para que acudiera al lugar del crimen, no halló ninguna contusión en la cabeza de la presunta víctima -algo completamente anormal después de un ataque-. También les sorprendió bastante el hecho de que hubiera ordenado a su hija que acudiera directamente a los vecinos en lugar de llamar primero a su marido… y para ello Ruth no dio ninguna explicación satisfactoria.

Estas primeras sospechas pronto se iban a confirmar del todo. Un registro efectuado en la casa reveló cierto número de pruebas en clara contradicción con la versión que diera Ruth de los acontecimientos; entre otras, el hecho de que no hubiera señales de haber forzado la entrada. Eran tantas, además, las contradicciones, que la policía se convenció en seguida de que la historia del intruso no era más que una invención; que el crimen constituía un trabajo interno llevado a cabo con la ayuda de un cómplice; y que dicho cómplice sería probablemente un hombre.

La pista para identificarlo pareció proporcionarla el descubrimiento de un alfiler de corbata con las iniciales J. G. Cuando interrogaron a Ruth acerca de su propietario, ésta contestó rápidamente que correspondían a una ex novia fallecida de su marido, Jessie Guishard.

Pero a la policía no le convenció esta respuesta; y cuando otro detective, el lugarteniente Gallagher, encontró una agenda con los nombres y direcciones de veintiocho personas -una de las cuales era Judd Gray-, se dio cuenta rápidamente de la relación existente entre las iniciales de ambos nombres.

Intrigado por esta coincidencia, Gallagher intentó un burdo, pero eficaz, experimento «detector de mentiras». Pasó revista en voz alta, uno por uno, a aquellos nombres, haciéndole a Ruth algunas preguntas sobre ellos. En cuanto se mencionó el de Gray, Ruth fue incapaz de disimular el temblor de su voz ni el súbito cambio de expresión y de comportamiento. La policía estaba segura de que Judd Gray era su hombre.

Quedaba por resolver el asunto del móvil, pero también en esto el trabajo del detective resultó un éxito. Se encontró una póliza de seguro de vida a nombre de Albert Snyder en la que se establecía que, en el momento de su muerte, su esposa heredaría una fuerte suma de dinero. Ahora sí que el rompecabezas estaba completo. Ruth fue sometida a un interrogatorio de doce horas llevado a cabo por un turno de policías, pero insistió obstinadamente en su relato original con una actitud de hosco resentimiento.

En la tarde del 20 de marzo Ruth Snyder fue conducida a la comisaría de policía del distrito de Jamaica, donde, tras un nuevo interrogatorio, acabó cayendo en una vieja trampa policial. Los detectives le dijeron que habían localizado a Judd Gray, quien lo había confesado todo. Aunque se trataba de una mentira, la detenida les creyó; y a la siguiente pregunta de McLaughlin (muy inteligentemente planteada).: «¿La ayudó Gray a asesinar a su marido?», ella se limitó a contestar: «Sí.»

Una vez admitida su culpabilidad en el crimen, McLaughlin envió a Ruth al fiscal del distrito de Long Island. Allí dos de sus ayudantes transcribieron la nueva versión del asesinato, en la que reconocía haber ayudado a Gray a planear el crimen, aunque negaba su participación activa en el mismo. Ruth insistió en que había intentado disuadir a su amigo de su propósito hasta el último momento.

Después de implicar en el crimen a Judd Gray, comunicó al policía que el asesino había tomado el tren de las 8,45 de la mañana con destino a Siracusa (a unos trescientos kilómetros de distancia) y que probablemente se habría detenido en el hotel Onondaga. Cada vez más deseosa de ayudar, les proporcionó una fotografía de Gray, con el fin de que lo pudieran identificar fácilmente.

Aquella misma noche, un insignificante hombrecillo con gafas, ignorante de los dramáticos acontecimientos que se desarrollaban en Long Island, se dirigía al hotel Onondaga después de haber pasado la tarde en compañía de un amigo. A las 12,30 del mediodía acababa de regresar a su habitación cuando tres detectives se introdujeron en ella y le preguntaron si era Judd Gray. Al contestar afirmativamente, los agentes le condujeron a la comisaría de Siracusa, donde fue intensamente interrogado por varios oficiales de policía.

Cuando le preguntaron sobre sus actividades durante la noche del crimen, él declaró haberla pasado en su habitación del Onondaga redactando algunas cartas. Había colgado de la puerta el cartel de «no molestar» y se había acostado temprano, alrededor de las 7,30.

Gray pasó la noche en una celda. A la mañana siguiente se reinició el interrogatorio y por la tarde dos detectives, los lugartenientes Brown y McDermott, le condujeron esposado en un coche celular hasta la estación de Siracusa; allí tomaron el tren de las 5,30 a Nueva York. Aunque Gray insistió constantemente en el mismo relato; según los detectives que le acompañaban, se comportó de modo despreocupado y hasta chistoso.

En cuanto se vieron en el compartimento privado del tren, Brown y McDermott siguieron con el interrogatorio.

En Albany se unieron a ellos varios representantes de la oficina del fiscal del distrito y algunos detectives más; eran seis en total, incluyendo a Gray. Este se declaró inocente durante todo el viaje, pero McDermott y Brown no cesaron de interrogarle cortésmente; de cuando en cuando hacían algunos comentarios sutiles, dando a entender que sabían perfectamente que estaba mintiendo.

Hubo un momento en que McDemortt comentó que la policía había encontrado cierta prueba incriminatoria en la papelera de su habitación del Onondaga. Aquello pareció afectar a Gray, quien preguntó: «Mac, ¿qué fue lo que encontraron en la papelera?» Pero el detective esquivó al respuesta y volvió a involucrarle en la conversación general.

Al poco rato, los oficiales de policía le mostraron los titulares de los periódicos que recogían la confesión de Ruth y su declaración en tomo a la complicidad de Judd. Por fin, McDermott se sacó su último as de la manga al decir: «¿Sabe, Judd, que hemos encontrado su billete de vuelta?»

De este modo el policía dejaba claro que sabía que Judd no había estado en Siracusa la noche del crimen. Creyendo destruida su coartada, Gray se vino abajo y, tras unos breves momentos de silencio, dijo con calma: «Bien, caballeros; estuve en la casa aquella noche.»

Luego comenzó a contar lo ocurrido. Habló sin hacer una sola pausa, como si estuviera deseando desahogarse.

De hecho, habló tanto que tuvieron que callarlo, pero no antes de que lo hubiera confesado todo, incluido el dato de que era Ruth quien le había instigado a asesinar a Snyder.

Cuando el tren se detuvo en la calle 125, metieron al detenido en el coche que le estaba esperando y lo mandaron directamente a Long Island; allí, y en presencia del fiscal del distrito, Richard Newcombe, Judd Gray puso por escrito todo su relato.

El 23 de marzo de 1927 -tres días después de la muerte de Albert Snyder-, Ruth Snyder y Judd Gray fueron acusados de asesinato en primer grado. Ellos se declararon inocentes y se les trasladó a prisión del condado de Queens hasta que se celebrara el juicio, fijado para el 18 de abril ante el Tribunal Supremo.

Un hombre hogareño

Trece años mayor que Ruth, Albert Snyder la conoció en septiembre de 1914 cuando trabajaba como editor artístico de la revista “Motor Boating”, donde estaba considerado como un empleado trabajador y concienzudo. Se casaron a los diez meses.

Aunque las mujeres generalmente le creían atractivo, Snyder no era un mujeriego, sino más bien un hombre reservado y silencioso, amante de la intimidad y paz hogareñas. A pesar de su ocasional arrogancia e irascibilidad, y de su temperamento completamente opuesto al de su mujer, Snyder no era, contrariamente a la descripción de su esposa, ni violento ni cruel con su familia.

Pistas descartadas

El contenido de la papelera de Judd en la hotel Onondaga se iba a convertir en un asunto conflictivo. Según el lugarteniente McDermott, en el viaje de vuelta a Nueva York Judd había adoptado una actitud bastante impertinente, como si el interrogatorio no fuera más que una broma. Pero tan pronto como el policía mencionó el contenido de la papelera, el comportamiento del detenido cambió por completo y se fue poniendo cada vez más serio y nervioso.

A raíz de la siguiente declaración de McDermott (la de que los detectives habían hallado el billete adquirido por Judd para volver a Siracusa, lo cual destruía su coartada de que se encontraba allí la noche del crimen), Judd Gray confesó el delito.

Evidentemente, Judd se había dado cuenta de las implicaciones del billete encontrado en la papelera, aunque durante el juicio el lugarteniente negaría haber hallado en ella nada de importancia. La explicación más plausible es que McDermott estaba probando al sospechoso para ver si éste mostraba algún signo revelador de culpabilidad, y el crédulo Judd cayó inmediatamente en la trampa.

Pruebas vitales que cambian el panorama

Las investigaciones policíacas llevadas a cabo en el domicilio de los Snyder sacaron a la luz una serie de pruebas que se contradecían con el relato de Ruth acerca de un misterioso intruso:

– Aunque había desaparecido el contenido de la cartera de Snyder, encontraron las joyas de Ruth debajo de un colchón y su abrigo de piel colgado en el armario.

– Los detectives descubrieron que la funda de almohada de la cama contigua a la de Snyder se había cambiado recientemente. También hallaron otra funda de almohada ensangrentada en el cesto de la ropa sucia.

– Sobre la cama de Snyder había una pistola y algunos cartuchos vacíos. Unos ladrones no habrían dejado jamás semejante prueba incriminatoria.

– Las ataduras de Ruth eran demasiado flojas como para ser obra de profesionales.

– En la caja de herramientas encontraron un contrapeso con manchas de sangre fresca.

– El médico forense del distrito de Queens, el doctor Howard Neail, no halló contusión alguna en el lugar donde Ruth decía que la habían golpeado. Explicó también que no existía precedente médico de que alguien hubiera permanecido inconsciente durante varias horas, tal y como ella declaraba, sin haber recibido heridas de gravedad.

– Tampoco existía señal alguna de que la entrada de la casa hubiera sido forzada, lo cual sugería que o bien al asesino se le había permitido la entrada, o bien contaba con una llave. Un ladrón profesional habría evitado a toda costa cometer un asesinato. Y, en caso de verse obligado a matar a Snyder, no habría utilizado tal variedad de métodos.

PRIMEROS PASOS – Vidas sin brillo

Ruth y Judd provenían de familias pobres. Ambos llevaban una monótona vida matrimonial y anhelaban que algo transformara la asfixiante rutina.

Los Brown vivían en un piso de cuatro habitaciones situado en la esquina de la calle 125 con la avenida Morningside, donde Ruth y Andrew, su hermano mayor, pasarían toda la infancia. La niña, que tenía una salud delicada, sufrió una operación intestinal a la edad de seis años; más tarde fue operada de apendicitis, lo que le provocaría constantes trastornos gástricos.

No obstante, ambos disfrutaron de una infancia relativamente feliz. Aunque los ingresos obtenidos por Harry Brown en su negocio de carpintería no eran demasiado abundantes, los niños no se vieron privados de nada. Y su madre fue tan afectuosa con ellos como excesivamente indulgente.

Sin embargo, Ruth dejó la escuela a los trece años, forzada por las circunstancias familiares, y obtuvo varios empleos. Sus padres eran metodistas practicantes y ella les acompañaba a la iglesia de forma regular. Incluso tomaba parte en las clases bíblicas dominicales, aunque más tarde confesaría que nunca había profesado firmes creencias religiosas.

En 1914, cuando trabajaba como telefonista en los Estudios Tiffany, uno de los empleados le pidió que llamara a cierto número; pero ella, por error, comunicó con un hombre que le colgó el teléfono furioso. Al poco rato el mismo hombre volvió a llamarla, se disculpó y se presentó a sí mismo como Albert Snyder, editor artístico de la revista Motor Boating. Fascinado por su voz, le ofreció realizar una entrevista para un nuevo trabajo, que ella aceptó.

Muy pronto Snyder comenzó a pedirle que saliera con él. A Ruth, que contaba por entonces diecinueve años, le atraía bastante Albert, trece años mayor que ella, quien la llevaba a sitios adonde jamás hubiera soñado ir: restaurantes caros, teatros y salas de fiesta. La primera cita tuvo lugar en septiembre. Poco después de Navidad, Snyder le pidió que se casara con él y ella accedió, más convencida por la sortija que le regaló que porque albergara auténticos sentimientos hacia él.

Se casaron el 24 de julio de 1915, pero pronto resultó evidente que la pareja se había equivocado. A Albert le encantaba la vida doméstica; y a Ruth le gustaba salir, y especialmente ir a bailar. Él era ahorrador; ella, derrochadora.

El nacimiento de su hija Lorraine, en noviembre de 1917, no contribuyó a solucionar los problemas. Albert no quería hijos -mucho menos una niña-, aunque se resignó a ejercer la paternidad y, a medida que la pequeña iba creciendo, fue aumentando su cariño hacia ella.

En 1923 Albert había conseguido ahorrar suficiente dinero para comprar una casa nueva en el número 9327 de la calle 2221 en Queens Village. La madre de Ruth, Josephine -que vivía sola-, se fue a vivir con ellos y ayudaba en las tareas de la casa.

Durante la semana Albert trabajaba de ocho de la mañana a seis de la tarde; y Ruth tenía tiempo más que suficiente para dar rienda suelta a sus fantasías. En cuanto su marido se iba, ella aprovechaba para trasladarse a Nueva York con sus amigas. Por eso aceptó encantada cuando una de ellas, Karin Kaufman, le sugirió ir de compras a Nueva York y comer en un pequeño restaurante llamado Henry’s. Fue allí donde, en junio de 1925, conoció a Judd Gray.

Judd Gray nació en Cortland, Nueva York, el 8 de julio de 1892; su familia pronto se trasladó a Nueva Jersey, donde pasó la mayor parte de su vida. Había muchas semejanzas entre su pasado y el de Ruth. Como ésta, Judd no gozó de buena salud durante la infancia: un ataque de neumonía le había debilitado considerablemente.

Y, también como Ruth, contó con una educación estricta, inculcada principalmente por su madre, Margaret, una mujer dominante cuya personalidad afectaría a todas las relaciones mantenidas por Judd de adulto, en especial las femeninas.

Acudió a la escuela dominical presbiteriana y todos los domingos asistía al servicio religioso. Aunque era de natural amable y honrado, acabó rebelándose contra eso, pero la influencia de su madre le impidió tener el coraje suficiente para decir lo que pensaba al respecto.

Luego asistió a la Escuela Superior Barringer de Newark. Cuando acabó sus estudios quiso estudiar Medicina, pero, como en el caso de Ruth, las necesidades de la familia le obligaron a buscar trabajo. Un conocido le ofreció un empleo como viajante de comercio para la Empire Corset Company de McGraw, en Nueva York. Desde allí se cambiaría varias veces de trabajo para acabar finalmente en Benjamin and Johnes, conocida también como la Compañía Bien Jolie Corset.

En noviembre de 1915 se casó con Isabel Kalembach, una joven a la que conoció en la montaña durante unas vacaciones de verano; antes del matrimonio, Gray la convirtió a la fe episcopaliana. Luego se trasladaron a East Orange, en Nueva Jersey, donde al cabo de un año nació su hija Jane.

Isabel, aunque virtuosa y respetable, era una mujer falta de imaginación e incapaz de disfrutar de la vida. Al tiempo que su marido se iba hundiendo más y más en su monótona y respetable existencia, aumentaba su descontento. Estos sentimientos, dormidos durante años, despertaron al encontrarse con Ruth Snyder un día fatal de junio de 1925.

Josephine Brown

De soltera Josephine Amelia Anderson, la madre de Ruth, era una inmigrante sueca de Nueva York. Mujer activa y charlatana, se volcó en atenciones hacia sus dos hijos. Desde los primeros días en que los Brown, se instalaron en el Bronx, trabajó sin descanso como enfermera particular.

Cuando Ruth y su marido se mudaron a la casa de Queens, Josephine se fue a vivir con ellos; allí continuó ocupándose de la casa y cuidando de su nieta, Lorraine. En los últimos años fue testigo de muchas y ácidas discusiones entre Ruth y su marido y actuaba a menudo como amortiguador del mal humor de Albert. Siempre le preocupó el evidente fracaso del matrimonio de su hija; y, cuando Judd Gray comenzó a visitar la casa, no dudó en manifestar su desaprobación, aunque con escaso o ningún resultado.

EL ASUNTO – Una aventura en Nueva York

Dos personas desgraciadas en su matrimonio se conocieron en una comida y descubrieron en el otro la respuesta a todos sus sueños. Se embarcaron en una apasionada aventura adúltera que terminó en asesinato.

En junio de 1925, dos años antes del asesinato, Ruth Snyder estaba comiendo en el restaurante Henry’s, de Nueva York, en compañía de sus amigos Karin Kaufman y Harry Folsom, cuando un hombre de escasa estatura y gafas de concha se acercó a ellos. «Ruth, dijo Harry Folsom, te presento a Judd Gray.» El recién llegado tomó asiento junto a ella y, en cuanto Folsom y Kaufman empezaron a hablar entre ellos, él entabló conversación con Ruth.

La atracción entre estos dos seres tan opuestos se produjo desde el primer momento. Ella, de veintiocho años, era una rubia atractiva y exuberante, amante de las fiestas y de las relaciones sociales. Dotada de una fuerte personalidad, le encantaba flirtear con los hombres e incluso dominarlos; y buscaba experiencias excitantes de cualquier tipo. Por el contrario, él, que contaba treinta y uno, era tímido y de carácter débil.

También anhelaba vivir alguna aventura, pero carecía del coraje necesario para emprenderla. Al cabo de unos minutos la pareja se hallaba tan enfrascada en la conversación que apenas se dieron cuenta cuando Folsom y Kaufrnan, entre risas, les presentaron sus excusas y se fueron dejándolos solos.

Pidieron que les trajeran algunas bebidas más y la conversación fluyó abiertamente a medida que se iban conociendo el uno al otro. Ruth le contó a Judd que estaba casada, que tenía una hija y que vivía en Queens. Tras proporcionarle algunas pistas más que evidentes acerca de su insatisfacción matrimonial, le explicó cuánto le había agradado acompañar a Karin a Manhattan mientras su esposo, Albert, se encontraba ausente de vacaciones. También Judd estaba casado y tenía una hija, pero vivía en East Orange, Nueva Jersey. Trabajaba como representante de lencería femenina para la compañía Benjamín and Johnes, conocida con el nombre de Bien Jolie Corset. Y también a él le encantaba viajar a Nueva York en cuanto tenía oportunidad.

Las tres horas siguientes pasaron a toda velocidad y a última hora de la tarde, al despedirse, ambos comprendieron que habían encontrado lo que buscaban desde hacía tiempo: Judd, una forma de escapar de su monótona existencia, una aventura llena de pasión en la cual podría ser dirigido y dominado por alguien; Ruth, un hombre al que poder controlar de modo absoluto. Desde el primer encuentro quedó bien claro el rumbo de sus relaciones.

No volvieron a verse hasta el mes de agosto. El 14 de julio el matrimonio Snyder se fue de vacaciones con su hija, Lorraine. Durante dos semanas Ruth y Albert no pararon de pelearse y ella acabó dejándole solo y volviéndose a Nueva York con la niña. La tarde de su regreso, el 4 de agosto, Gray la llamó por teléfono y le pidió que saliera a cenar con él y con Harry Folsom. Después de dejar a Lorraine al cuidado de su madre, Ruth salió a reunirse con él.

Así pues, se encontraron de nuevo para cenar en el restaurante Henry’s. Folsom les dejó de pronto, murmurando al despedirse que Judd deseaba regalarle a Ruth un corsé de la Compañía para la que trabajaba. Judd sugirió que pasaran un momento por su oficina.

Cuando llegaron al edificio, en la esquina de la calle 34 con la Quinta Avenida, era ya tarde. Gray abrió la puerta con su llave y entró en la sala de muestras para coger el corsé. A su regreso encontró a Ruth -bastante cargada de copas- anegada en llanto y diciendo que era muy desgraciada en su matrimonio. Mientras él, también borracho, la consolaba, ambos se abrazaron. En tales ordinarias, patéticas y casi absurdas circunstancias comenzó la aventura entre Snyder y Gray.

En septiembre, Ruth y Judd pasaron su primera noche juntos en un hotel, algo que se repetiría a menudo durante los siguientes dieciocho meses. (Un lugar especialmente frecuentado por ambos sería el confortable hotel Waldorf-Astoria, donde Judd solía hospedarse cuando estaba en viaje de negocios.) Ruth le decía a su marido que iba a pasar un rato con sus amigas y, a pesar de que sus visitas se hicieron insólitamente frecuentes, Albert, al parecer, no sospechaba nada.

Algunas veces, cuando a ella no le era posible salir por la noche, pasaba la tarde en el hotel de él. Incluso llegó a llevarse con ella a su hija como coartada y la dejaba sentada en el vestíbulo mientras ella estaba en la habitación de Judd. A lo largo de la aventura, la pareja estuvo en constante comunicación, reflejada en su correspondencia. Ruth firmaba sus cartas con el nombre de «Momie» o «Momsie» (apodos con los que Judd la llamaba a ella); y él lo hacía simplemente como «Bud».

A medida que avanzaban sus relaciones, Ruth se volvía cada vez más dominante y Judd más atontado. Este llegó incluso a visitar a Ruth en su domicilio, con la desaprobación de Josephine Brown, la madre de Ruth, que vivía con los Snyder. Temerosa de que Albert se enterara del asunto, suplicó a su madre que no le mencionara a su marido las visitas de su amante; y éste, siempre complaciente y con la esperanza de ganársela, le suministraba los corsés con descuento.

Desde el principio, Ruth le había declarado abiertamente a su amante que no era feliz en su matrimonio. Después, jugando con la debilidad de Judd, y con el fin de tenderle una trampa, aludió repetidamente a la crueldad de Albert, acusándole de pegarla e inflingirle humillaciones. Una causa constante de irritación para Ruth era la obsesión de Albert con Jessie Guishard, una antigua novia fallecida.

En cuanto su marido discutía con ella, la comparaba invariablemente, y de modo desfavorable, con Jessie. Ella se lo contaba a Judd y también le comentaba lo maravillosa que sería la vida si ambos fueran libres.

Todavía Ruth no había insinuado su intención de matar a su esposo, pero la idea del asesinato ya rondaba su mente. En septiembre -después de un misterioso incidente durante el cual Albert estuvo a punto de ser asesinado en el garaje-, se puso en contacto con Leroy Ashfield, agente de la Compañía Prudential Life Insurance, para tratar sobre una póliza de seguro de vida para su marido.

Ruth engañó a Albert haciéndole firmar tres pólizas -mucho más de lo que él tenía intención de hacer, y más de lo que necesitaba- y pagó las primas iniciales sin que él se enterara. Y, en lo que pareció una extraña muestra de celo excesivo, tomó la precaución de dar instrucciones al cartero para que le entregara a ella personalmente todos los sobres con el membrete de la Prudential.

La póliza más elevada, que ascendía a 45.000 dólares, contenía una cláusula de «doble indemnización» que multiplicaba por dos el pago en el caso de que el asegurado muriera en un accidente o bien de muerte violenta. Así pues, Ruth podía ganar 96.000 dólares por el fallecimiento de su marido. Durante los seis meses siguientes se dedicó a «trabajar» a su amante, confesándole que desearía verse definitivamente libre de su marido e incluso deslizando algunas tentadoras referencias al método que podría utilizarse para ello.

En junio de 1926, durante una de las citas en la habitación del hotel, Ruth llevó consigo dos botellas de whisky de centeno y un paquete de polvos blanquecinos que le pidió a Judd que probara. Este bebió una de las botellas de whisky y se tomó los polvos. Pasó inconsciente quince horas. Poco después, en el transcurso de otra de sus citas en el Waldorf-Astoria, le dijo a Judd: «Voy a quitar de en medio al viejo.»

Él intentó disuadiría con este comentario: «Deberías ir a ver a un médico.» Pero se hallaba, no obstante, lleno de curiosidad y fascinado por la idea, así que le preguntó cómo lo iba a hacer. «Con gas», contestó ella al principio; y luego: «Con los polvos somníferos que te di el otro día.» Después admitió que, de hecho, ya lo había intentado con los polvos -metidos en un batido de ciruelas-, pero que no habían surtido efecto.

No fue esta la única vez en que alardeó ante Judd de sus tentativas de asesinar a Albert: en realidad, lo hizo con frecuencia a lo largo de la aventura con su amante. En una ocasión le contó cómo había intentado matarlo utilizando gas. En otra le dijo que había tratado de envenenarle el whisky mientras él estaba en el garaje arreglando el coche.

En octubre, la pareja realizó un viaje diez días. A la vuelta se citaron en el restaurante Henry’s. Allí, por primera vez, ella apeló descaradamente a su amante, pidiéndole sin indirectas su ayuda para asesinar a Albert. Cuando Judd comentó: «Estás loca alimentando semejantes ideas», ella insistió de nuevo y le preguntó si había oído hablar de ciertas gotas que dejaban sin conocimiento.

Al contestar que nada sabía de tales asuntos, ella insistió otra vez y dijo: «¿Podrías conseguirme algo de ese estilo?» «Definitivamente, no», fue la cortante respuesta. A Judd todavía le echaba para atrás la idea de cometer él mismo el asesinato, aunque se hallaba más que deseoso de dejarla hablar sobre ello.

Mientras tanto, Ruth continuó minando su resistencia. En diciembre, le dijo que Albert había comprado una pistola y que su vida se hallaba en constante peligro. Se quejó también del comportamiento de su marido hacia Lorraine, diciendo que la golpeaba y abofeteaba sin cesar.

Cuando Judd, débilmente, le demostró su comprensión, ella le preguntó repentinamente si sabía cómo disparar un revólver. A pesar de que él le contestó que no, Ruth le suplicó que la ayudara a matar a Snyder. Judd se negó y observó: «Nunca en mi vida he disparado contra un hombre y no estoy dispuesto a empezar con un asesinato.»

Entonces Ruth le hizo saber que, en ese caso, ella misma mataría a su marido y le preguntó si tenía alguna sugerencia sobre cómo hacerlo. Gray se negó enérgicamente a verse involucrado en el crimen y le dijo: «Tendrás que hacerlo tú sola.»

Las constantes zalamerías de ella surtieron finalmente su efecto y en febrero de 1927 la resistencia del amante se había venido abajo por completo. Mientras pasaban una noche en el Waldorf-Astoria, Ruth le contó su plan de dejar a Albert inconsciente para luego matarlo a golpes. Suplicó a Judd que la ayudara, aunque en este punto fue muy precavida, pues se olvidó de mencionar que era él quien debía asesinarlo. Loco de pasión, Judd se encontró a sí mismo aceptando. «Me introdujo en tal torbellino que ni yo sabía dónde estaba», explicaría más tarde.

A primeros de marzo, después de acordar con Ruth que él se encargaría de adquirir las herramientas necesarias para el crimen, acudió a comer a casa de su amante para discutir el plan con detalle. Por aquel entonces ella se había decidido por el cloroformo, al que seguiría algún objeto contundente, como un martillo. Judd, aunque continuaba rehusando tomar parte activa en el crimen, se inclinaba por un contrapeso.

Dos días más tarde, al pasar por Kingston, Nueva York, compró un frasco de cloroformo en una farmacia. Unas puertas más adelante, en la misma calle, entró en una ferretería y adquirió un contrapeso que medía alrededor de treinta centímetros.

A su regreso a Nueva York, Ruth le llamó a la oficina y quedaron en encontrarse al día siguiente en el restaurante Henry’s. Allí Judd le entregó un envoltorio que contenía el cloroformo y el peso. La mujer había acudido a la cita acompañada de su hija, pero no se dejó desanimar por esta circunstancia y continuó discutiendo los detalles del asesinato del padre de Lorraine garabateando algunos mensajes en unos cuantos pedazos de papel.

En la cita siguiente, celebrada dos días más tarde, Ruth se quejó ante su amante de que había estado practicando con el contrapeso, pero que no era lo suficientemente fuerte como para manejarlo con eficacia. Él tendría que ayudarla.

En una extraordinaria muestra de asentimiento, Judd le dijo: «Yo no puedo hacerlo solo. Y, si tengo que hacerlo, tendrás que ayudarme tú.» Ya se habían vuelto las tornas: ahora era él quien participaría activamente en el crimen, mientras que ella sería el cómplice pasivo.

Por fin acordaron que el 7 de marzo Judd iría a casa de los Snyder para cometer el asesinato. El día fijado la madre de Ruth, la señora Brown, estaría ausente, como hacía a menudo, cuidando a algún enfermo. En cuanto Albert estuviera dormido, Ruth encendería una luz en la ventana de la habitación de su madre para indicarle que no había peligro alguno.

El día señalado Judd llegó a la casa a las nueve de la noche. Había tenido que tomarse un buen trago de whisky con el fin de armarse de valor para acudir a la cita. Pasó bajo las ventanas de los Snyder y miró hacia el dormitorio de la señora Brown, pero no vio ninguna luz.

Durante dos horas y media recorrió la calle arriba y abajo una y otra vez. Por fin, Ruth salió de la casa para decirle que Albert estaba despierto. Judd perdió los nervios. Se volvió a Nueva York y a la mañana siguiente tomó el tren para Búffalo, donde debía asistir a una entrevista.

Durante su ausencia, Ruth le envió nada menos que nueve cartas y un telegrama exhortándole a acudir a su casa el 19 de marzo sin olvidar llevar una cuerda. Ella, Albert y Lorraine estarían en una fiesta y su madre también habría salido. Dejaría la puerta lateral abierta.

El viernes 18 de marzo Judd regresó a Siracusa, en el Estado de Nueva York, y se registró en el hotel Onondaga. Durante su estancia allí, se encontró con Haddon Gray, un viejo amigo suyo. En lo que parecía ser una auténtica inspiración, decidió utilizar a su ignorante amigo como coartada para la noche del crimen.

Hablando con él «de hombre a hombre», pidió a Haddon que revolviera las sábanas de su habitación y colgara el cartel de «no molestar» en su puerta. Asuntos del corazón, le explicó. Él se iba a encontrar con «Momie» el sábado por la noche y quería disipar cualquier sospecha por parte de su esposa. Haddon prometió ayudarle.

Tras arreglar de este modo la coartada (y sentar también la premeditación del asesinato para el momento del juicio), Judd tomó el tren para Nueva York.

Antiguo amor

Una antigua novia de Albert Snyder, Jessie Guishard, se convirtió en constante motivo de disputa para el matrimonio Snyder. Había estado comprometida con él diez años antes de conocer a Ruth; su muerte a causa de una neumonía destruyó sus planes de matrimonio. Albert tenía distribuidas por toda la casa varias fotografías suyas.

Durante las muchas peleas mantenidas con su marido, éste comparaba siempre a su esposa con Jessie, y desfavorablemente. En una ocasión se compró una motora y, ante el enojo de Ruth, la bautizó con el nombre de Jessie G., aunque más tarde se vería obligado a cambiarlo por el de Ruth.

Mala suerte

En el transcurso de sus relaciones, Ruth admitió ante Judd, tanto de palabra como en sus cartas, que había atentado al menos en cuatro ocasiones contra la vida de su marido. La primera tentativa se produjo en agosto de 1925, cuando le dio un whisky drogado mientras él se hallaba en el garaje arreglando el coche. Cerró las puertas del garaje con la intención de asfixiarlo, pero Albert logró escapar milagrosamente.

Casi un año después dejó el gas encendido mientras él estaba durmiendo en el sofá del salón, pero se despertó a tiempo. En enero de 1927 intentó envenenarle con cloruro de mercurio, disfrazado de bismuto como tratamiento para curar el hipo; y, por fin, una semana más tarde, intentó de nuevo matarle con gas mientras dormía.

Más tarde, Ruth negó haber llevado a cabo tales tentativas y se sugirió que quizá había presumido de ellas como un medio de incitar a su amante a que cumpliera sus deseos. En casa de los Snyder se encontró una botella de whisky en el que se habían disuelto unas veinte tabletas de cloruro de mercurio, aunque no existían pruebas de que el infortunado Albert hubiera bebido alguna vez de ella.

Asuntos de dinero

En noviembre de 1925 Ruth Snyder comenzó a tratar con Leroy Ashfield, agente de la Compañía Prudential Insurance, el asunto de la póliza de seguros de su marido. Ashfield se estaba ocupando ya de un seguro industrial para Albert y durante una de sus rutinarias visitas mensuales Ruth sacó a relucir el tema de la póliza para su esposo, sugiriéndole que volviera al cabo de unos días para discutirlo con él. Al poco tiempo, Albert accedió a contratar una póliza por la escasa suma de mil dólares.

Animado por la indicación de Ruth de que ella podría conseguir algo mejor, Ashfield le entregó tres formularios en blanco: uno por mil dólares, otro por cinco mil y un tercero por cuarenta y cinco mil. Este último incluía una cláusula de «doble indemnización» por la cual en el caso de que la muerte de Snyder se produjera en determinadas circunstancias su viuda recibiría el doble de la cifra asegurada.

El agente no volvió a la casa, pero a los pocos días, la compañía recibió los tres formularios firmados por Albert. Probablemente Ruth taparía las pólizas más elevadas con la de mil dólares, dejando que aparecieran solamente los espacios para firmar, de modo que su marido creyera que estaba firmando el mismo documento por triplicado. Y es posible que tomara la idea de una trampa semejante urdida en alguna película.

La culpabilidad de Ruth en este tema resultaba evidente. Pagó las primas de su propio bolsillo sin que Albert se enterara, mantuvo las pólizas en una caja de seguridad a nombre de Ruth Brown y le pidió al cartero que le entregara a ella personalmente todos los sobres con el membrete de la Prudential.

El propio Ashfield fue sometido durante el juicio a un intenso interrogatorio, pues existía la posibilidad de que de alguna manera, hubiera cometido irregularidades. Aunque era inocente, el error de no entregarle a Albert Snyder personalmente las tres pólizas le costó el puesto de trabajo.

MENTE ASESINA – Ilusiones mortales

Ruth estaba llena de fantasías de amor y lujo. Pero necesitaba un hombre que las hiciera realidad.

En el debate de “Ruth contra Judd”, que hizo furor en la prensa y en toda la opinión pública, ella fue casi siempre considerada como la parte culpable: la mujer fatal que había instigado el asesinato de su marido, manejando luego a su amante a su antojo para el hecho concreto del crimen.

Esta visión nació en parte de su propio comportamiento ante el tribunal, donde negó su implicación en el crimen, contestando fríamente a la preguntas y sin ningún remordimiento, aparte de no mostrar demasiado pesar por lo ocurrido -postura que le valió títulos tan variados en la prensa nacional como la Dama de Hierro, La Mujer de Granito o La viuda de Hierro-. Cuando se vino abajo y comenzó a sollozar, como de hecho ocurrió durante el juicio, sus lágrimas provocaron los insultos y la hilaridad de los espectadores.

La declaración de Ruth contenía varias inexactitudes que se contradecían con las pruebas materiales. A la impresión que produjo en el tribunal no ayudó precisamente el hecho de que cambiara constantemente de opinión respecto a lo que sucedió realmente. Judd, por el contrario, quien admitió su culpabilidad y proporcionó un testimonio consistente y exacto de los hechos, sí se hizo creíble.

Durante las semanas previas al juicio, ambos acusados fueron examinados por varios psiquiatras que buscaban pruebas de su locura, pero no hallaron ninguna. Para muchos psicólogos, no obstante, y para entender el cómo y el porqué del crimen, había que estudiar la dinámica de las relaciones entre ambos amantes. A Ruth se la consideraba excitante, apasionada y manipuladora. A su lado Judd aparecía como un hombre tímido y de voluntad débil. La supuesta devoción manifestada hacia Ruth hacía que a ésta le hubiera sido relativamente fácil persuadirle para que se convirtiera en su cómplice.

El móvil de Ruth era evidentemente económico: el dinero procedente de la póliza de seguros de Albert. Su niñez se había desarrollado en medio de una relativa pobreza. Aunque nunca careció de alimento, calor o vestido, siempre fue consciente de que cualquier lujo se hallaba fuera de las posibilidades de sus padres. Cuando la realidad se le hizo demasiado dura como para enfrentarse a ella, se sumió un mundo de fantasía, envolviéndose en constantes ilusiones. Albert Snyder le proporcionó una vía de escape. Comenzó a llevarla a teatros y restaurantes caros y por algún tiempo le pareció la respuesta a sus sueños juveniles. Cuando él la pidió en matrimonio, no dudó en aceptar.

Pero al deteriorarse la vida matrimonial, Ruth llegó a odiar a aquel hombre, mayor que ella, que -según decía- poseía un temperamento violento y un estricto punto de vista sobre el modo de llevar una casa. Aquel odio hizo que Ruth volviera a sumergirse en un fantástico mundo, hasta el punto de que sus sueños de quitar a Albert de en medio y quedarse con todo el dinero acabaron convirtiéndose en una obsesión. Por fin la tenue línea que separaba la fantasía de la realidad terminó desapareciendo.

Cuando fallaron las repetidas tentativas de ella de asesinar a su marido, comenzó a pensar que necesitaba un ayudante. El arma más poderosa de que disponía -y de la que se hizo cada vez más consciente a medida que cumplía años- era su atractivo sexual. A Ruth, físicamente atrayente, con sus cabellos rubios y sus ojos azules, le encantaba flirtear con los hombres; y, según Judd Gray, podía ser una “mujer encantadora” con un agudo sentido del humor. Poseía también una voz ronca y seductora: mucho antes de su primera cita Albert Snyder se vio cautivado por su modo de hablar por teléfono.

El particular magnetismo de Ruth quedó fuera de toda duda. Durante el juicio recibió cerca de ciento sesenta propuestas de matrimonio y uno de los reporteros que cubría el caso le dijo a un amigo: “Si no estuviera procesada, yo mismo intentaría conquistarla”. Sabedora del poder que ejercía sobre los hombres, se dedicó a explotarlo.

Judd Gray estaba, por muchas razones, perfectamente cualificado para convertirse en su pelele particular. Había crecido al amparo de una madre fuerte y dominante y durante años pareció desarrollar el clásico “complejo de Edipo”, intentando encontrar su sustituto materno en todas sus relaciones con las mujeres. Débil, tímido y bastante crédulo, quedó rápidamente prendado del encanto de Ruth y probablemente ésta asumió en su vida el papel de “madre” dominante. Los apodos que Judd le puso, “Momsie” o “Momie”, indican la verosimilitud de esta teoría.

Ruth disfrutaba con el poder que ejercía sobre Judd. Le causaba un enorme placer separarle lo más posible de su esposa y atormentarle con la mención de sus amantes. Una vez que hubo conseguido un poder absoluto sobre él, no le resultó difícil persuadirle de que la ayudara a asesinar a su marido.

Tanto la acusación como los abogados de Judd se dieron cuenta en seguida del carácter manipulador de Ruth y se refirieron a ella varias veces como a “una serpiente humana”, “un demonio humano disfrazado de mujer”. Tales emotivas acusaciones eran duras y quizá parciales y, desde luego, imposibles de demostrar más allá de toda duda.

Naturalmente, la defensa de Ruth argumentó persuasivamente durante todo el juicio que fue Judd el principal planificador del asesinato. Declaró que contaba con una educación mejor que la de Ruth y que conocía más mundo. Intentó presentarle como un amante manipulador que había obligado a la joven a tomar parte en el crimen.

La verdad acerca de lo que condujo a Ruth Snyder y a Judd Gray a cometer el asesinato nunca ha podido saberse con certeza. Pero si al parecer fue ella quien proporcionó el impulso emocional para el asesinato a través de sus ilusiones de verse repentinamente libre de la represiva presencia de su marido, para entregarse a una vida fácil con la ayuda del seguro de vida, quizá fue Judd quien descubrió la forma práctica de hacer realidad sus sueños.

El frasco de bismuto

Durante el juicio, tanto la acusación como los abogados de Judd se refirieron varias veces a las tentativas de asesinato llevadas a cabo por Ruth contra su esposo, tentativas que ella negaría más tarde. Pero se probó que al menos una de ellas era real. El 25 de enero de 1927 Albert sufrió un violento ataque de hipo que al parecer su mujer trató de aliviar con bismuto. Después el desgraciado Albert estuvo seriamente enfermo durante veinticuatro horas.

Aunque en el juicio Judd citó una carta de su amante en la que ésta presumía de haberle dado a Albert en aquella ocasión cloruro de mercurio, Ruth lo negó y dijo que se trataba simplemente de bismuto. Fuera o no cierto, el caso es que los detectives encontraron en el sótano de los Snyder una botella que fue enviada al laboratorio de un toxicólogo, el doctor Alexander O. Gettler, el cual llevó a cabo la prueba habitualmente utilizada para el cloruro, consistente en calentar un alambre de cobre, bañarlo luego en ácido clorhídrico e introducirlo en el líquido objeto de análisis. Si hay cloruro, aparece en el cobre un precipitado de mercurio, detectable generalmente sólo a través del microscopio.

Cuando sacaron el alambre del frasco de bismuto de Ruth, el precipitado de mercurio era tan abundante que el alambre apareció completamente plateado. El doctor Gettler afirmó que “en el frasco había suficiente cloruro de mercurio como para matar a cualquier hombre que tomara un solo trago de él…”

Aunque no se encontraron rastros de cloruro en el estómago de la víctima, el hecho de que Ruth estuviera en posesión del veneno indicaba su intención de utilizarlo en algún momento.

EL ASESINATO – Un viaje fatídico

Judd Gray hizo el viaje en tren con bastante miedo y aún más whisky. Pero ni siquiera en los peores momentos fue capaz de prever la pesadilla de pánico y culpabilidad que acabaría arruinando su común anhelo de amor.

Judd Gray llegó a la estación Grand Central de Nueva York a las 10,20 de la noche. Después de hacer una breve parada ante una ventanilla para comprar el billete de vuelta a Siracusa en el tren de la mañana, salió a la calle 42. Era una noche lluviosa, pero fue a pie hasta el lugar de destino; llegó a Queens poco después de la medianoche. Continuó hasta casa de los Snyder deteniéndose de vez en cuando para beber un trago de una petaca para calmar los nervios.

Al llegar al número 9327 de la calle 222, halló abierta la puerta lateral, tal y como Ruth le había dicho, y se metió en la casa. Sobre la mesa de la cocina encontró un paquete de cigarrillos, la señal convenida con su amante para comunicarle que «todo iba bien».

Pero en la confusión olvidó momentáneamente el significado y esperó en medio de la oscuridad unos diez o quince minutos antes de meterse el tabaco en el bolsillo y subir, de acuerdo con lo planeado, al dormitorio de la señora Brown, situado junto al de los Snyder.

Con los guantes de ante puestos, se quitó el sombrero y el abrigo y los guardó en el armario. Después se precipitó a mirar debajo de la almohada, donde Ruth le había dicho que dejaría el contrapeso, una botella de whisky y un par de alicates (para cortar los cables del teléfono). Todo se hallaba allí de acuerdo con lo planeado.

Judd bebió en abundancia de la botella de whisky, se quitó la americana y la colocó encima de la cama; después se sentó en el suelo unos minutos: la cabeza le daba vueltas a causa de la bebida. Al cuarto de hora, abrió el maletín y echó el contenido encima de la cama. Había traído consigo dos rollos de alambre, un frasco pequeño de cloroformo, varios pedazos de algodón, un trozo de estopilla, un pañuelo y, a última hora, un periódico italiano que había encontrado en el tren. Luego se sentó a esperar.

Poco antes de las ocho los Snyder habían salido a una fiesta que ofrecían unos amigos, el señor Milton Fidgeon y su esposa, quienes vivían en el Bulevar Hollis Court -a unos pocos minutos en coche-. Cuando llegaron, la bebida corría en abundancia y Ruth, pretextando no encontrarse bien, no bebió una sola gota, pasándole a su marido todas las copas. Al recoger a su hija para abandonar la fiesta, Albert, poco habituado al alcohol, estaba prácticamente borracho.

Eran las dos de la madrugada. Intranquilo a causa del whisky, Judd no lograba estarse quieto y comenzaba a bajar las escaleras cuando oyó que el coche de los Snyder se detenía junto a la casa. A toda prisa volvió a subir al piso de arriba y para calmar los nervios bebió unos cuantos tragos más de otra botella de whisky.

Oyó pasos en las escaleras y dedujo por las voces que se trataba de Lorraine y de Ruth. Oyó entrar a la niña en su dormitorio y, al poco rato, Ruth irrumpía en la habitación en que se encontraba Judd y decía: «¿Estás ahí, querido?» Él le contestó y ella dijo entonces: «Espera aquí en silencio; volveré dentro de un momento.»

La mujer entró en su cuarto y se puso el camisón; después se dirigió a la habitación de su hija. Simultáneamente Albert Snyder, que había estado aparcando el coche, entró en la casa y subió a su dormitorio. Mientras se aseaba en el cuarto de baño Ruth se reunió con Judd, y así continuó un buen rato, deslizándose constantemente de la habitación de su marido al cuarto donde su cómplice esperaba.

Por fin Albert se metió en la cama y, abotargado por los efectos del alcohol, se quedó dormido inmediatamente. Ruth salió del cuarto y se dirigió al dormitorio de su madre, donde encontró a Gray sentado en el suelo y bebiendo whisky. «Lo vas a hacer esta noche, ¿verdad?», le preguntó. Él le contestó: «No sé si podré. Lo voy a intentar.» Ambos se sentaron en la habitación esperando el momento oportuno. Finalmente, a eso de las tres, ella entró en el dormitorio de su marido y volvió a aparecer a los pocos minutos. «Ahora», dijo.

Judd se quitó los guantes de ante y los cambió por otros de goma. Se quitó también las gafas y agarró el contrapeso; a Ruth le entregó el cloroformo, un rollo de alambre, el pañuelo y varios trozos de algodón. Ella le cogió de la mano y le condujo hasta la habitación donde dormía su marido. Judd tomó el contrapeso con las dos manos con la intención de estrellarlo contra la cabeza de la víctima, pero falló en el momento crucial. El contrapeso fue a dar contra el cabecero de la cama provocando un gran estruendo y causando nada más que una ligera herida en la cabeza de Albert.

Albert, completamente despierto, se sentó en la cama y comenzó a repartir puñetazos a diestro y siniestro. Judd le golpeó de nuevo; luego se subió encima de él e intentó taparle la boca con las sábanas para ahogar sus gritos. Para ello dejó caer el contrapeso. Albert agarró con las manos la garganta de su asaltante y entonces Judd comenzó a gritar: ¡Momie, Momie! ¡Por el amor de Dios, ayúdame!»

Rápidamente Ruth tiró sobre la almohada el frasco de cloroformo, el pañuelo, el alambre y todo lo demás, cogió el contrapeso y golpeó con él repetidamente la cabeza de su marido. Aunque Snyder ya estaba muerto, Judd, presa del pánico, continuaba sentado a horcajadas encima del cadáver apretando con la mano derecha su garganta y tapándole la boca con la otra.

Cuando se dio cuenta de que la lucha había llegado a su fin, Judd se bajó de la cama. Ruth ató las manos del muerto con una toalla del cuarto de baño y le llenó la boca de pedazos de algodón. Luego juntos le ataron los pies con una corbata y se metieron en el cuarto de baño.

Mientras Gray se lavaba la sangre de las manos, Ruth notó que la camisa de su cómplice y su camisón estaban empapados de sangre. Le dijo que se quitara la prenda y, cuando lo hizo, ella volvió al dormitorio de su marido, donde cogió una de sus camisas, que le dio a Gray para que se la pusiera. Luego fue ella quien se cambió de ropa.

En aquel punto Ruth y Judd se hallaban exhaustos. Volvieron al salón y se pusieron a hablar en le sofá. Entonces ella le recordó que habían convenido revolver toda la casa para dar la impresión de que se trataba de un robo. Subieron de nuevo juntos al piso de arriba y entraron en la escena del crimen.

Ruth, aterrada y pensando que tal vez su marido aún estuviera vivo, preguntó «¿Está muerto?… Tiene que estarlo. Tiene que ser así… o esto será mi ruina.» Entonces le pidió a Gray que rodeara el cuello de Albert con el alambre. Él lo intentó, pero sus nervios, destrozados, no lo pudieron soportar; y salió de la habitación en busca de más alcohol. Cuando volvió, el alambre estaba firmemente enrollado al cuello de la víctima.

Mientras la ayudaba a desordenar los muebles y a derramar por el suelo el contenido de vario cajones, Judd, vencido por la culpabilidad, gritó: «He acabado contigo y con todo». En su confusión, la pareja volvió la casa patas arriba, tal y como imaginaban que haría un ladrón en busca de algo de valor.

Ruth vació la cartera de su esposo y metió los billetes -70 dólares en total- en el bolsillo de su cómplice. Le pidió que se llevara todas sus joyas, pero, por alguna inexplicable razón, él se negó, mientras murmuraba un comentario sorprendentemente ingenuo: «Escóndelas en cualquier parte; probablemente nadie se acordará de ellas».

En un intento, igualmente cándido, de destruir pruebas, Ruth bajó al sótano, quemó en la estufa el camisón y la camisa manchados de sangre y ocultó el contrapeso en la caja de herramientas. Luego ambos subieron de nuevo al dormitorio. Ella se dio cuenta de que la funda de almohada estaba salpicada de sangre y la cambió, echando la sucia en la cesta de la ropa. Le dio a Judd una botella de wkisky, diciéndole que probablemente la necesitaría en el tren, y por fin le pidió que la dejara inconsciente de un golpe, de modo que pareciera que también ella había sufrido el ataque del ladrón.

Judd fue incapaz de hacer tal cosa, pero sí que le ató las manos y los pies con un poco de estopilla. Después de colocar en un lugar prominente el periódico italiano que recogiera en el tren, dejó a la mujer atada y amordazada, tendida en la cama de su madre. «Pueden pasar dos meses, o un año… o puede quizá que nunca vuelvas a verme.» Con estas valientes palabras Judd se precipitó escaleras abajo.

Estaba casi amaneciendo cuando Judd Gray abandonó el escenario de aquel horrible y chapucero asesinato. Aquella misma mañana volvió a Siracusa cometiendo una serie de errores que acabarían destruyendo su coartada. Por la noche cenó con su amigo Haddon Gray y le contó que cuando estaba en casa de Ruth dos intrusos habían irrumpido en ella y asesinado a su esposo.

Después que se hubieron ido, él se inclinó sobre el cuerpo de Albert, manchándose la ropa de sangre. Tras manifestar su preocupación ante la posibilidad de ser arrestado por el asesinato, Judd le pidió ayuda a Haddon. Este, que le creía inocente de cualquier crimen, le ayudó a hacer desaparecer la camisa y el abrigo ensangrentados.

Mientras tanto, Ruth se quedó tumbada en la cama unas cuantas horas, esperando el momento oportuno para hacer el siguiente movimiento. Poco antes de las 7,45 de la mañana se arrastró hasta el dormitorio de su hija y llamó a la puerta.

Un amigo de verdad

Haddon Gray (sin relación de parentesco con el asesino) fue el amigo que accedió rápidamente a proporcionarle a Judd Gray una coartada para la noche del crimen. Creía que Judd se traía entre manos una aventura amorosa y se quedó horrorizado al enterarse de la verdad. Cuando le visitó en su celda de la prisión, Haddon prorrumpió en lágrimas y le preguntó: «¿Tú hiciste eso?», Judd le contestó: «Sí, Had.» Haddon prestó declaración en el juicio de parte de la acusación. A pesar de que su comportamiento fue severamente criticado, se hizo simpático al jurado.

Errores fatales

Después de abandonar el escenario del crimen, Judd Gray (con los nervios destrozados y físicamente aniquilado por el alcohol) cometió una serie de errores fatales que destruirían por completo su coartada. Al salir de casa de Ruth se dirigió a la parada de autobús más cercana; mientras esperaba que éste llegara, entabló conversación con un caballero de edad llamado Nathaniel Willis, quien más tarde le identificaría ante el tribunal.

En un acto de ingenuidad y estupidez increíbles, se puso luego a hablar con un policía, el oficial Charles Smith, haciendo algunas observaciones que se grabarían en la mente del policía. Finalmente, tomó un taxi hacia el centro de Nueva York. La carrera le costó tres dólares y medio y Judd le dio al conductor una ínfima propina de cinco centavos -algo que no olvidaría-. El atraer sobre si tanta atención, de modo tan llamativo y en un momento tan inoportuno, fue prueba de la absoluta ineptitud de Judd como criminal.

DEBATE ABIERTO – Los políticos de la muerte

En Estados Unidos las cifras de asesinatos son elevadas, y mucha gente ha adoptado una actitud bastante frívola hacia la ejecución de delincuentes. En contraste con la solemnidad de los juicios capitales de Gran Bretaña, en América los juicios por asesinato se han convertido en algo así como un espectáculo circense y una manifestación de las ansias de venganza colectiva.

El juicio de Snyder y Gray acabó de hecho descendiendo a este nivel y, a medida que avanzaba, la publicidad que lo rodeó alcanzaba cotas de un gusto deplorable. Los revendedores voceaban sus existencias de entradas falsificadas para asistir a la sala del juicio, mientras algunos mercachifles emprendedores vendían, a diez centavos la unidad, insignias de solapa con la forma de un contrapeso en miniatura. Incluso la misma ejecución se vio distinguida por titulares de los periódicos que se regodeaban con frases como «Ruth se fríe» y por la infamante fotografía de la condenada sentada en la silla eléctrica.

En 1967 un poco menos de la mitad del pueblo americano estaba a favor de la pena de muerte. El Tribunal Supremo de Estados Unidos comenzó entonces a atacar la pena de muerte basándose en que se trataba de «un castigo cruel y excepcional» y, por lo tanto, contrario a la Constitución americana.

En 1976, los jueces del Tribunal Supremo que aplicaron estas decisiones de no castigar con la pena capital habían muerto o bien estaban retirados, así que Gary Gilmore, convicto por doble asesinato, sabiendo que la balanza del pueblo y de la opinión legal se inclinaba a favor de la pena de muerte, defendió su derecho a morir. Desde ese momento, la opinión pública estuvo aún más de acuerdo con la pena capital. A finales de los 80, el 72 por 100 de los americanos se hallaba favor de ella.

La media de crímenes en América es quince veces mayor que en Gran Bretaña, debido principalmente a la fácil adquisición de armas de fuego. Estas cifras podrían desalentar a quienes sostienen la necesidad de la pena de muerte, pero los políticos estadounidenses nunca han defendido con más fervor el mantenimiento de la sanción capital; hacer lo contrario supondría un auténtico suicidio político.

La inflexibilidad ante el crimen y el apoyo entusiasta a la pena de muerte se convirtieron en el eje principal de las campañas electorales en América.

Incluso el alcalde demócrata de Atlanta, Andrew Young, decidió cambiar su postura en relación con este tema al presentarse a gobernador de Georgia. «El Estado debe tener el derecho de matar a los perros rabiosos», dijo en uno de sus discursos electorales. Cosa que no convenció a la población de Georgia, quien, recordando su previa oposición a la pena capital, votó a los republicanos.

Durante las elecciones presidenciales de 1988 las posibilidades de ganar del candidato demócrata Michael Dukakis se vieron seriamente mermadas por las acusaciones que se le hicieron de mostrarse demasiado suave con los criminales, aunque muchos observadores condenaron también la campaña de Bush, al considerar que éste parecía complacerse en sus anhelos de venganza. No obstante, la línea dura mantenida por Bush en relación con la ley y el orden se acreditó con su victoria en las presidenciales.

EL JUICIO – Una defensa desesperada

Los abogados de Snyder y Gray no lograron obtener para sus clientes juicios separados. En su lugar, los dos equipos de defensa debían intentar convencer al jurado de que el otro defendido era el auténtico villano del drama.

El juicio de Snyder y Gray se inició en el Tribunal Supremo del Condado, en Long Island, el 18 de abril de 1927 en medio de una explosión de publicidad. Presidía el tribunal el juez Townsend Scudder; como representante del Estado, el fiscal del distrito del Condado de Queens, Richard S. Newcombe.

Para la defensa de los acusados había dos equipos de abogados, contratado cada uno de ellos por las fieles madres de los defendidos. Para Ruth Snyder trabajaban Dana Wallace, ex fiscal del distrito del Condado de Queens, y Edgar J. Hazelton, un abogado cuyo mayor orgullo consistía en no haber perdido jamás un caso de asesinato. Judd Gray contaba con dos experimentados criminalistas: Samuel L. Miller y William J. Millard.

El juicio duró dieciocho días. El principal punto sobre el que había de decidir el jurado era si ambos acusados debían ser considerados culpables del asesinato premeditado de Albert Snyder. Para la acusación, el asunto era relativamente sencillo. Ambos estuvieron en la casa la noche del crimen y tomaron parte en él: estos dos hechos quedaban fuera de toda duda.

Tanto Snyder como Gray habían confesado y existía un buen número de testigos dispuestos a declarar sobre cuestiones tales como la naturaleza de sus relaciones, el desgraciado matrimonio de Ruth y la contratación de las pólizas de seguros.

Para la defensa, sin embargo, existía un factor bastante complicado, y era éste: que Ruth, retractándose de parte de su confesión original, negaba ahora su participación en el crimen y acusaba a su amante de haberlo planeado y llevado a cabo él solo. Judd, por su parte, mantenía, como desde el primer momento, que fue ella quien proyectó el asesinato y a él lo manejó a su antojo.

Basándose en estas diferencias de opinión, ambos equipos de abogados intentaron obtener juicios separados, pues un juicio conjunto perjudicaría a sus respectivos clientes.

El juez Scudder denegó la solicitud, pero a lo largo de todo el juicio se tomó escrupulosamente la molestia de advertir al jurado que las declaraciones hechas en nombre de una de las partes no debían considerarse vinculantes para la otra. Este asunto, sin embargo, era esencial y constituía el núcleo del juicio, que inevitablemente pasó de ser «del Estado contra Snyder» a convertirse en el juicio «de Ruth Snyder contra Judd Gray» -una opinión que la prensa se dedicó a explotar con fruición.

Después de una semana para constituir el jurado -se descartaron trescientos noventa posibles miembros del mismo-, Richard Newcombe abrió el caso en nombre de la acusación explicando cómo Ruth y Judd habían planeado y participado conjuntamente en el crimen.

Su labor continuó durante cuatro días con una serie de pruebas irrecusables para demostrar su tesis y una serie igualmente irrecusable de testigos, entre los que se incluía a Leroy Ashfield, cuyo testimonio probó con toda evidencia que Ruth había engañado a su esposo con la firma de la póliza de seguro, y a Haddon Gray.

El día undécimo del juicio Edgar Hazelton dio inicio a su defensa de Ruth Snyder, declarando que ésta había sido una buena esposa y madre, destrozada por la prensa; una mujer que amaba a su esposo, pero que fue maltratada y abandonada por éste. «En ese… hogar sin amor -exclamó Hazelton-, Judd Gray encontró una víctima complaciente para sus nefandos propósitos e intenciones.»

Admitiendo que, en efecto, la acusada había cometido adulterio, señaló que no estaba siendo juzgada por eso y continuó presentando a Judd como al socio dominante en aquel crimen, que había asesinado a Snyder por la póliza de seguros. La intención de éste, afirmó, era la de hacer recaer la culpabilidad sobre Ruth para quedarse con el dinero de las pólizas de su marido.

El señor Miller inició la defensa de Judd Gray sin negar la culpabilidad de su cliente, pero intentó ganarse la simpatía del jurado hacia su defendido describiendo a Ruth como «una mujer intrigante, fatídica, carente de conciencia y anormal, una serpiente humana, un demonio humano disfrazado de mujer», que consiguió dominar a Judd con una fuerza imposible de combatir. El defensor, declaró, «presentará el drama más desgarrador, desgraciado y triste de la impotencia, dominación y error humanos.»

Luego Ruth Snyder subió al estrado. Vestida de negro y con un rosario y un crucifijo alrededor del cuello, testificó durante dos horas con las mismas frases, monótonas y repetitivas. No consiguió, sin embargo, convencer al jurado y su defensa se vino abajo por completo acosada por el hábil interrogatorio de la acusación y de los abogados de Judd Gray. En una ocasión le preguntaron: «¿Y en esa carta él (Judd) también le decía que iba a acabar con el viejo?», y ella contestó: «Sí.» Unos minutos después, a la pregunta «¿Y durante todo este tiempo usted sabía que él iba a matar al viejo?», Ruth respondió: «No, no lo sabía.» El público asistente comenzó a reírse de sus contradicciones e incoherencias; se encontró atrapada y admitió de varios modos su culpabilidad.

Poco después le tocó el turno a Judd Gray. Al contrario que Ruth, no se defendió ni se retractó de su confesión de culpabilidad, sino que procedió a explicar los hechos en su contra de tal forma que ni la acusación lo hubiera hecho mejor. Y de este modo destruyó el testimonio de Ruth aún con mayor eficacia que ella misma.

Como si se hallara en una urgente y desesperada necesidad de liberarse de la culpa por medio de una confesión pública, habló de las repetidas tentativas de ella para asesinar a Snyder y de cómo le atosigaba constantemente para que fuera él quien cometiera el asesinato. El interrogatorio llevado a cabo por los abogados de Ruth no consiguió hacer vacilar su declaración ni su testimonio, completamente consecuentes con los hechos.

El 9 de mayo la acusación y la defensa procedieron a sus respectivas conclusiones y el juez Townsend Scudder, al resumen de los hechos dirigido al jurado. Les instruyó acerca de la ley explicándoles los distintos veredictos que podían pronunciar y subrayó una vez más los hechos fundamentales del caso juzgado.

La acusación contra Snyder y Gray era la de asesinato en primer grado. Esto, explicó, no significaba más que el asesinato deliberado y premeditado de un ser humano. Un veredicto de menor gravedad podría ser el de asesinato en segundo grado (en el caso de que hubiera habido intención de matar, pero no premeditación).

El jurado se ausentó a las 5,20 de la tarde y regresó a las 7,00. Solicitado su veredicto, el portavoz respondió: «El jurado considera a los acusados, señora Ruth Snyder y señor Henry Judd Gray, culpables de asesinato en primer grado.» A esto siguió la solicitud de que la sentencia fuera aplazada, por lo que se les convocó de nuevo para el 13 de mayo.

Ruth, que estaba de pie para escuchar el veredicto, se cubrió el rostro con las manos y luego se derrumbó en la silla. Judd se sentó, extrajo de su bolsillo un libro de oraciones y se puso a leerlo. Los guardas condujeron a los prisioneros a sus celdas. Durante el trayecto, Ruth pasó junto al capellán de la prisión, el padre Patrick, y le manifestó su deseo de convertirse al catolicismo; cosa que sucedió a los pocos minutos de conocer su triste futuro.

A las diez de la mañana del viernes 13 de mayo, tras desestimar una serie de solicitudes por parte de la defensa para que el veredicto fuera anulado, la sentencia se hizo firme. Ambos serían ejecutados en la silla eléctrica.

Tres días más tarde, Ruth Snyder y Judd Gray, esposados y en vehículos separados, fueron conducidos desde la prisión del Condado de Queens hasta la prisión de Sing Sing, en Nueva York. La multitud que se apiñaba a lo largo del camino profería insultos contra los prisioneros. Se hizo precisa una fuerte escolta policial para evitar que las masas enfurecidas se abalanzaran sobre los automóviles.

Isabel Gray

Isabel Gray, esposa de Judd durante doce años, permaneció en un segundo plano durante el asunto Snyder y Gray. Ignorante de la aventura de su marido con Ruth, se enteró por primera vez de ella a través de los titulares de la prensa nacional. Durante una entrevista mantenida con su esposo antes del juicio en una sala privada de la oficina del fiscal del distrito, habló con él acerca de la aventura amorosa y del asesinato. Judd lo admitió todo y ella prometió volver a verle; pero de hecho fue la última vez que le visitó.

A los pocos días se hizo público que ni Isabel ni su hija de doce años, Jane, testificarían a favor de Judd, y ambas desaparecieron misteriosamente. Los que la conocían declararon que lo que motivó su abandono fue más el hecho de las relaciones de su esposo con Ruth que la acusación de asesinato que pesaba contra él.

Un buen católico

La repentina conversión de Ruth Snyder al catolicismo después del juicio no estuvo motivada por sus creencias religiosas, sino más bien por un descarado oportunismo. El gobernador del Estado de Nueva York, Alfred E. Smith, que estaba a punto de presentarse a la presidencia de los Estados Unidos, era un católico declarado.

Mientras estuvo en el cargo ninguna mujer había sufrido la pena de muerte, ya que él se inclinaba más bien a conmutarla. Evidentemente, Ruth pensaba que si se convertía lograría salvarse, pues el gobernador no estaría dispuesto a ejecutar a un fiel católico.

Sin embargo, la estratagema no dio el fruto deseado, Por ironías del destino, Smith confesó más tarde que había estado a punto de conmutar la sentencia de Ruth, pero que su conversión le impidió hacerlo, pues ello le habría acarreado una critica muy perjudicial desde el punto de vista político: la de favorecer y proteger a los miembros de su misma fe.

PUNTO DE MIRA – La última foto

Una pequeña cámara oculta posibilitó el que un periodista tomara una sensacional fotografía de la ejecución de Ruth Snyder. Mucha gente pensó que aquello constituía una violación del decoro personal.

La controvertida fotografía tomada de Ruth en la la silla eléctrica provocó un debate sobre la ética periodística que duraría varios años. Esta foto fue realizada por Thomas Howard, un fotógrafo de Pacific and Atlantic Photos, que trabajaba para el periódico neoyorquino Daily News.

Howard, contratado por Harvey Deuell, redactor del Daily News, se hizo pasar por un reportero, pues a los fotógrafos les fue prohibida la entrada en la cámara.

A primeros de diciembre, una vez fijada la fecha exacta de la ejecución de Ruth, Deuell, el encargado de la sección gráfica y George Schmiat, director del laboratorio fotográfico, se reunieron para discutir el modo de hacer la foto. Se decidieron por una pequeña cámara Georz que medía cinco centímetros de ancho, 7,5 de largo y 7,5 de grosor, cámara que los reporteros del Daily News ya habían usado en varias ocasiones durante los últimos años.

Hasta el momento de la ejecución, Howard y el equipo gráfico del Daily News practicaron con ella todas las noches.

El principal problema consistía en introducir la cámara en la prisión de Sing Sing. Al principio, pensaron en atarla al pecho del fotógrafo, pero tras varios intentos tuvieron que descartar el plan, pues descubrieron que los latidos del corazón empujaban la cámara hacia fuera.

Por fin, la colocaron en el tobillo de Howard con una tobillera de aluminio que fijaron a la cámara con tornillos; luego se la sujetaron con una hebilla y unas trabillas. Un cable recorría la pernera del pantalón del fotógrafo hasta el bolsillo izquierdo, desde el cual se activaba el disparador con un conmutador.

LA EJECUCIÓN – El terror y el coraje

La prensa los llamó “La Mujer de Granito” y “El Hombre de Barro”. Sin embargo, al enfrentarse con la silla eléctrica, fue Ruth Snyder quien se derrumbó por completo, mientras que Judd Gray no perdió la calma.

Inmediatamente después de que la sentencia fuera hecha firme, los abogados de uno y otro acusado presentaron sus respectivas apelaciones. En un intento de probar la demencia de Ruth, Hazelton y Wallace la sometieron al examen de un psiquiatra, pero los médicos no hallaron ningún indicio de ello.

Mientras tanto, Hazelton y Wallace contrataron los servicios de Joseph Lonardo, un abogado experto en apelaciones. Entre todos proporcionaron una serie de argumentos que, en su opinión, negaban la participación de su defendida en el crimen. Uno de ellos consistía en el hecho de que la confesión inicial había sido obtenida «por medio de métodos policiales incorrectos» y que el testimonio que diera en el estrado era el verdadero, y falso el de Judd Gray. También dijeron que el juicio conjunto y la publicidad que rodeó el caso habían perjudicado gravemente a su cliente.

Por su parte, también los abogados de Judd trabajaron duro para presentar su apelación. Al igual que la de Ruth, la suya se basaba en los perjudiciales efectos del juicio conjunto. Miller y Millard consideraban, además, que las cantidades de alcohol ingeridas por su cliente y el estado emocional previo al asesinato excluían el elemento de premeditación necesario para ser declarado convicto de asesinato en primer grado.

La apelación de Ruth Snyder se presentó el 27 de mayo; la de Judd, el 10 de junio. El 23 de noviembre ambas fueron rechazadas y se mantuvo firme la decisión del juez Scudder. Se fijó la fecha de la ejecución para la noche del 12 de enero de 1928.

Al fracasar la apelación, Ruth se enfadó con sus abogados. Ahora que se habían agotado todos los medios legales de conseguir el perdón, se dedicó a dirigir emotivas llamadas a la opinión pública, escribiendo lacrimógenas cartas de despedida a su hija y dictando una autobiografía, Mi verdadera historia: ¡Dios mío, ayúdame!, obra editada por la cadena de periódicos Hearst Newspaper y vendida más tarde en los quioscos en forma de panfleto a veinticinco centavos. Con una audacia increíble, entabló una acción judicial contra la Compañía Prudential Life Insurance por los noventa y seis mil dólares de la muerte de Albert, que no llegó a percibir.

Ruth Snyder, siempre vanidosa, no dejó de cuidar durante todo este tiempo su apariencia externa, tiñéndose el pelo y dejándoselo crecer. Pidió que le dieran una pelota de tenis para hacerla botar en el patio con el fin de perder peso. Le gustaba que la visitaran tanto su madre, Josephine Brown, como su hermano Andrew; y en ocasiones llegó incluso a demostrar cierto sentido del humor ante la situación.

Una vez comentó con el reportero Jack Lait: «Siempre deseé tener un calentador eléctrico, pero mi marido era demasiado tacaño para regalármelo. Creo que ahora por fin lo voy a conseguir.» Pero se sintió aterrada ante la perspectiva de la ejecución y por las noches se la oía sollozar en su celda.

Judd Gray, por el contrario, se mantuvo tranquilo y pareció desinteresarse completamente de los esfuerzos realizados por los abogados para salvarle. Había querido que lo declararan culpable y ahora daba la bienvenida a su próxima muerte, que suponía la única reparación posible para su delito.

Se pasó los días escribiendo a su esposa, Isabel (quien le había abandonado), a su madre y a sus antiguos amigos. También una docena de cartas dirigidas a su hija, Jane, de doce años, con instrucciones de ir abriéndolas en los sucesivos cumpleaños. Y cuando no se hallaba ocupado en la correspondencia, leía la Biblia o entablaba discusiones religiosas con el capellán protestante de Sing Sing.

La ejecución estaba fijada para la noche del 12 de enero de 1928. La solicitud de indulto presentada unas semanas antes ante el gobernador, Alfred Smith, no prosperó. No obstante, y en previsión de que el perdón llegara en el último momento, se había instalado una línea telefónica directa entre su suite del hotel Bilmore y la oficina de Warden Lewis E. Lawes, cuya oposición a la pena capital era de sobra conocida.

Mientras los reos se despedían de sus familias, se llevaron a cabo los preparativos para la ejecución. A Ruth la sacaron de la celda -situada a unos nueve metros de distancia de la cámara de ejecución- a las 7,20 de la tarde; y a Judd de la suya -a unos 300 metros- a las 8,30.

Poco antes de la cena los abogados de Ruth visitaron a ésta por última vez. Como más tarde comentaría Hazelton, su estado era lamentable: «Había llegado demasiado lejos como para darse cuenta de lo que hacía. Nunca he visto nada tan horrible. No puedo describir su agonía, su miseria, su terror. Llegué a morir mil veces durante los quince minutos que permanecimos con ella. Fue espantoso. Cuando le dijo: ¿Le ha pedido a Dios que la perdone?, Ruth contestó: «Sí, lo he hecho, y me ha perdonado. Espero que el mundo haga lo mismo.»

Joseph Lonardo, que la dejó sola a las 9,15, dijo: «Está tranquila y preparada para acabar. Le pregunté si tenía algún último mensaje para el mundo. Quedó en silencio unos momentos. Luego señaló un reloj que estaba delante y que marcaba las 9,05. «Me quedan una hora y 25 minutos de vida», dijo. «Lo siento, lo siento mucho. He pecado y ahora lo estoy pagando con creces. Sólo espero que mi vida -la que estoy a punto de abandonar ahora- le sirva al mundo de lección.»

Cuando poco después se dirigió a Warden Lawes, parecía tranquila. «Estoy mejor preparada para morir ahora -le dijo- que si hubiera continuado con la vida que llevaba.» Luego se confesó.

A Judd también le visitó su abogado, Samuel Miller, quien estuvo junto a él hasta pocos minutos después de las nueve. «Está absolutamente resignado y muestra mucho valor -comentó Miller-. No ha cedido a la autocompasión. Se da perfecta cuenta de la magnitud de sus actos.»

Cuando le preguntaron algo acerca de Ruth, Judd contestó: «Ambos hemos pecado. No tengo nada que decir contra ella.» Warden Lawes manifestó su admiración hacia la filosofía y tranquilidad de Gray con estas palabras: «Nunca he visto a un hombre más resignado.» Cuando le dije que ya no le quedaban más oportunidades, me contestó: «Si esa es la voluntad de Dios, estoy preparado.»

Después de la última cena, visitó a Gray el barbero de la prisión, quien le afeitó la cabeza por completo para ser ejecutado en la silla eléctrica. Lo mismo hizo con Ruth una de las carceleras de la prisión.

Pocos minutos antes de la ejecución, veinticuatro testigos -de los cuales veinte eran periodistas- fueron conducidos dentro de la cámara de la muerte y tomaron asiento frente a la silla eléctrica. Uno de ellos, Thomas Howard, un joven fotógrafo que trabajaba para el periódico neoyorquino Daily News, ocupaba su asiento en primera fila. Aunque se había prohibido el uso de cámaras; Howard se las había arreglado para introducir una pequeña «cámara tobillera» oculta por la pernera del pantalón.

A las 11 de la noche no se había recibido noticia alguna del gobernador Smith, por lo que Ruth, de treinta y tres años de edad, fue trasladada por dos carceleras desde su celda hasta la cámara de la muerte. Mientras le ataban el cuerpo y los brazos a la silla, dijo entre sollozos: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.»

A una señal de Warden Lawes el verdugo de la prisión, Robert Elliott, encendió la corriente. Howard accionó el conmutador de su cámara en el momento en que la corriente electrocutaba el cuerpo de Ruth, recogiendo así fotográficamente la ejecución. A las 11,07 el cadáver de Ruth Snyder fue empujado hasta la contigua sala de autopsias. Después, a la señora Brown se le permitió trasladar sus restos y enterrarlos en privado.

A las 11,10 hacía su entrada en la cámara de la muerte Judd Gray, completamente tranquilo. Iba seguido de un sacerdote. Gray y el pastor protestante repetían las bienaventuranzas de las Sagradas Escrituras. Incluso después de que le ajustaran la máscara, seguía con los ojos fijos en el pastor y continuaba rezando. Una vez colocados los cinturones y electrodos, el verdugo encendió la corriente. Cuatro minutos más tarde Judd Gray estaba muerto.

La resurrección de Ruth

Tres días después de la ejecución de Ruth, el New York Times publicaba los detalles de una estrafalaria estratagema para resucitarla con una inyección de adrenalina. El proyecto se debió inicialmente a Joseph Lonardo, el abogado de Ruth durante la apelación, quien se inspiró en un relato periodístico acerca de la célebre resurrección de John H. Scott, funcionario del condado de Montclair, en Nueva Jersey, quien, a las siete horas de morir, revivió gracias a una inyección de adrenalina en el corazón.

El plan consistía en trasladar el cadáver de Ruth Snyder después de la ejecución, con el consentimiento de su familia, a un sanatorio privado, donde un doctor no identificado lo estaría esperando para inyectarle la adrenalina.

Con la esperanza de poder llevar a cabo el proyecto, Lonardo le entregó a Warden en los últimos momentos un documento firmado por Ruth en el que se prohibía su autopsia basándose en que ésta no se hallaba legalmente exigida por el examen “post-mortem”. Pero el plan acabó viniéndose abajo: dos horas antes de la ejecución Lawes mostró el documento a sus consejeros legales, quienes lo declararon inválido y afirmaron que la ley establecía la obligatoriedad de la autopsia.

Más tarde Lonardo contaría que ni la madre ni el hermano tenían conocimiento del proyecto. Si se lo había dicho, sin embargo, a Ruth, quien comentó sonriendo: “Oh, si, pero de todas formas esa silla te mata”.

Conclusiones

Después del juicio, Josephine Brown se mudó del número 9327 de la calle 222 al Bronx, donde vivió con un nombre falso en compañía de Lorraine, cuya custodia consiguió tras un largo conflicto con la familia Snyder.

Isabel Gray y su hija, Jane, que habían abandonado a Judd en el transcurso del juicio, dejaron su domicilio y a sus amigos de East Orange, en Nueva Jersey.

En 1943 el novelista americano J. M. Cain, autor de El cartero siempre llama dos veces, escribió una novela basada en el caso Snyder y Gray titulada Doble indemnización, sobre la cual se harían más tarde dos películas. Cain encontró escasas posibilidades literarias en la personalidad de Judd, el vendedor de corsés, e hizo de un imaginario agente de seguros el cómplice de la esposa en el crimen.

En 1944, un año después de la publicación de la novela de Cain, el director americano Billy Wilder realizó la primera versión del caso. Partiendo del libro de Cain, la película se tituló también Doble indemnización; el guión era obra de Raymond Chandler. La protagonizaron Barbara Stanwyck en el papel de Phyllis Dietrichson, personaje basado en Ruth Snyder, y Fred MacMurray como el agente de seguros Walter Neff, cómplice de la protagonista. Otra de las diferencias existentes con los hechos reales consistía en que la acción de la película se situaba en Los Angeles y no en Nueva York.

En 1981 se hizo una segunda versión del caso con la película Fuego en el cuerpo, protagonizada por William Hurt y Kathleen Tumer.

 


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