Ruth Ellis
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Celos - Despecho
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 10 de abril de 1955
  • Fecha de detención: El mismo día (se entrega)
  • Fecha de nacimiento: 9 de octubre de 1926
  • Perfil de las víctimas: David Blakely, de 26 años (su amante)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Ejecutada en la horca el 21 de julio de 1955
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Ruth Ellis

Gorgas.gob.pa

Encargada de un «club» nocturno, divorciada, de 28 años, convicta de la muerte de su amante, el corredor automovilista de 25 años, David Moffat Drummond Blakely.

El 10 de abril de 1955, domingo de Pascua, Ruth Ellis disparó seis tiros contra David Blakely a la puerta de una taberna de Hampstead, en Londres. Dos de ellos fallaron (atravesando uno la mano de un transeúnte), pero los otros cuatro alcanzaron a David en la espalda, muslos y brazo izquierdo, causándole la muerte instantánea. Ruth Ellis fue conducida al puesto de policía de Hampstead sin oponer ninguna resistencia: «Soy culpable. Estoy desconcertada.»

David y Ruth habían sido amantes durante dos años, aunque durante todo este tiempo ninguno de los dos había mostrado una fidelidad particular, recibiendo ella numerosos amigos en su departamento, situado encima de «El Pequeño Club», establecimiento que administraba. Sin embargo, en febrero de 1955 la pareja se estableció en un piso de Egerton Gardens, Kensington. Finalmente, Blakely, no pudiendo soportar por más tiempo las continuas peleas que provocaba su amante, la abandonó.

A primeros de abril de 1955 Ruth sufrió un aborto y el 8 del mismo mes, Viernes Santo, sabiendo que David pasaba el fin de semana en casa de unos amigos de Hampstead, acudió allí y golpeó la puerta de la casa, obteniendo como respuesta que su amante telefonease a la policía para quejarse del escándalo.

El domingo por la noche volvió a intentar verle; de la casa salía ruido de música y voces y esperó junto a la puerta. A las nueve en punto salió David acompañado de un amigo, con el que entró en una taberna de las cercanías, «La Magnolia». Alan Thompson, agente de policía que se encontraba en el establecimiento, declaró más tarde: «… mientras la pareja estaba bebiendo, se me ocurrió mirar hacia una ventana y vi a una mujer que se asomaba desde la calle. Cuando salió Blakely, sonaron seis disparos».

Durante la vista del juicio, Ruth Ellis mostró una gran calma y serenidad; al oír la sentencia de muerte, murmuró: «Gracias.» Fue ejecutada el 21 de julio de 1955.


Ruth Ellis

Leonard Gribble – Mujeres asesinas

Ruth Ellis se llamó de soltera Ruth Neilson y nació en el pueblecito galés de Rhyl, situado junto al mar. Su padre era músico y su madre de nacionalidad belga. Sus años infantiles transcurrieron bajo la constante amenaza de las bombas alemanas lanzadas sobre Londres y el resto de Inglaterra. A los catorce años era camarera de un café, y cuando se le presentó la oportunidad, se dirigió a Londres donde conoció a un simpático canadiense casado, aunque este detalle no lo mencionó ante la rubia muchacha de grandes ojos, que pasó a ocupar el puesto que legalmente correspondía a otra mujer.

Ruth Neilson maduró rápidamente. Dio a luz a una criatura y tuvo que trabajar duramente para mantenerse ella y el niño. Ocupó diversos empleos y por fin entró de camarera en algunos clubs a los que acudían los hombres con permiso y ansiosos de distracción. En uno de estos clubs conoció a un dentista al que fascinó con su sonrisa y le propuso contraer matrimonio.

Ruth Neilson se convirtió en Ruth Ellis, se fue a vivir a Tonbridge y poco después el dentista era padre de una hermosa niña.

El matrimonio resultó un desastre y debido a este fracaso, Ruth se creyó amargada. Tras esta amarga experiencia, Ruth regresó al mundo de refulgentes luces bajo el cual se ocultaba otro de sombras donde en apartados rincones surgían proposiciones de todo genero. De vuelta a él comprendió que ése era su mundo donde el camarero le servía su bebida favorita, «Pernod», y donde los hombres con dinero podían encontrarla fácilmente. Fue a la deriva de un club a otro, se convirtió en una modelo de cabello rubio platino, logró reunir suficiente dinero para amueblar cómodamente un piso en Kensington y cuando se metía sola en la cama, únicamente lo hacía con el convencimiento de que aquello era lo mejor para la pequeña Ruthie.

Un buen día colocó sus brazos alrededor del cuello de un joven alto, moreno, de cabello rizado y agradable sonrisa. Se dirigieron a la sala de baile. Cuando salió de allí continuaba con él mientras infinidad de campanillas resonaban en sus oídos junto al rubio cabello.

Éste era el verdadero amor. Llegó a su vida algo más tarde que a la de Kitty Byron, y ya había tenido tiempo de conocer a otros hombres. Más, al igual que Kitty Byron comprendió que estaba enamorada, cuando el corazón comenzó a latirle apresuradamente. Para Ruth Ellis lo que sentía hacia David Blakely, demasiado amigo de las mujeres y de los coches de carreras, era amor. Ruth se lo dijo y él la creyó o por lo menos fingió creerlo.

Era tres años mayor que este hombre apasionado por las carreras de Le Mans y Goodwood y que un invierno participara en el Rally de Montecarlo. Procedía de buena familia, disponía de dinero y algunos de sus hermanos eran como él pilotos de coches deportivos. Su padrastro había amasado una fortuna considerable con sus fábricas de productos textiles.

Pero en aquella apetitosa manzana que Ruth Ellis no pensaba dejar, había un gusano. Blakely estaba prometido a una joven de familia y posición análogas a la suya. Como a muchos hombres apasionados, a David Blakely le gustaba tener su pastel y comerlo conforme lo establecido; como este apetito era compatible con Ruth Ellis, no resultaba nada desagradable.

Así, empleando manzanas y pasteles y otros epítetos más propios de una merienda campestre, Blakely y Ruth Ellis dejaron que la pasión anulase su sentido común y marcase el ritmo de sus vidas. Era muy alentador. Mariposeaban uno en torno al otro en medio del placer y de una romántica pantomima que conseguía que los días pasasen tan velozmente como los árboles por la ventanilla de un tren expreso.

A pesar de que la casa de Blakely se hallaba enclavada en Bukinghamshire, durante los primeros meses de su unión permanecía la mayor parte del tiempo junto a ella, cuando parecía que tenían tantas y tantas cosas que decirse. Aparentemente ninguno de los dos comprendió que una vela que arde por ambos extremos se consume más rápidamente. Para ella Blakely era toda su vida; para él Ruth Ellis era parte de su vida y no más. Siempre había otro mundo, el de los amigos y las carreras automovilísticas, que aguardaba a David Blakely. Podía regresar a él en cualquier momento con solo descolgar el teléfono.

Andando el tiempo, ése fue el mundo que más lo atrajo. El de Ruth Ellis, pasión rápidamente saciada con grandes intervalos entre sus entrevistas, un mundo falso y relumbrante, le pareció súbitamente vacío. Para David Blakely siempre había una carrera de coches en su imaginación y sus sentidos se sentían más estimulados por el olor de los lubricantes que por el del perfume francés.

Si Ruth Ellis comprendió lo que sucedía, no lo demostró y no quiso aceptarlo. Cometió la equivocación de combatirlo tratando de competir con la pasión automovilística de Blakely.

Sus divergencias degeneraron de simples enfados a violentas disputas. Blakely odiaba las lágrimas. Encontraba, al igual que les había sucedido a muchos hombres antes que a él, que enfriaban rápidamente su ardor. Esto no hubiese sucedido si hubiera estado realmente enamorado de Ruth, ella hubiera sido la compañera de su vida. No era así. Ruth era una distracción, una entre tantas, como le dijo, ya que nunca le había prometido que sería la única mujer de su vida.

Ruth no tardó en comprender que no lo era.

Así, pocos días antes de Pascua del año 1955, Ruth Ellis no sólo se sintió fracasada, sino completamente sola y frente a la inminencia de una ruptura. Supo que Blakely intentaba dejarla aunque jurase y perjurase que seguía queriéndola como siempre. Decidió que no podían continuar así. Habían sido felices viviendo juntos y no estaba dispuesta a que él cerrara la puerta dando un portazo y la dejase plantada.

Le obligó a prometerle que se verían después de Pascua. Él dijo que lo intentaría, pero ella sabía que acudiría a una carrera el domingo de resurrección en Goodwood donde volvería a encontrarse con sus antiguos amigos. Conduciría un «Emperor H.R.G.». Cuanto más pensaba en él comprendía mejor que no podía aguardar hasta después de la carrera, tenía que enterarse dónde se hallaba Blakely antes de la celebración de la carrera.

Ella estuvo fuera durante la primera semana de abril. Cuando regresó el Viernes Santo, ocho de abril, sus nervios estaban desquiciados. Para tranquilizarse descorchó una botella de «Pernod» y la vació antes de salir a la calle.

Descolgó el teléfono de su piso de Egerton Gardens y marcó un número. Continuó llamando periódicamente y siempre le respondían que Blakely se hallaba ausente. La voz masculina que respondía a su llamada se impacientaba cada vez más. Al volver a llamar por enésima vez comprendió que habían descolgado el teléfono: Blakely estaba dispuesto a perderla de vista. No quería saber nada de ella.

Estas fueron las peores horas de su vida. Intentó comprenderse a sí misma, esperando oír la llamada que Blakely le prometiera.

Gritó y lloró sintiendo que se le desgarraba el corazón. Después, decidida, se dirigió al cajón donde guardaba la pistola. Era una de las innumerables pistolas americanas enviadas a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Un hombre que formó parte de su vida durante un corto tiempo y luego desapareció sin dejar rastro se la entregó en pago de una deuda. Nunca había descargado el arma. Antaño la pistola había llevado un número impreso, pero no podía leerlo ya que lo habían borrado, lo que permitía suponer que alguien se había interesado en que aquella pistola se diese en el futuro por perdida.

Bien, mientras Ruth Ellis la tuvo en el cajón diósela por perdida, pero no después. Durante el juicio que se celebró en Old Bailey, un experto en armas de fuego de Scotland Yard, tras poner el arma bajo su microscopio, descubrió que su número era el 9.915.

La mujer que sostenía el arma en su mano derecha en el piso de Egerton Gardens aquel Viernes Santo, no estaba interesada en conocer los antecedentes del arma. Cuando volvió a dejarla en el cajón supo que pronto la metería en su bolso y que luego ya no tendría fuerzas para sacarla de él. No deseaba llevarla consigo, ya que sabía que si lo hacía nunca regresaría. Deseaba terminar con esta vida intolerable, y la mejor manera de hacerlo era matar a David Blakely.

Cuando pensó en ello sintió frío, aunque no repugnancia o miedo.

Este paso significaba destruirse a sí misma, pero había estado repitiéndose constantemente que no merecía la pena vivir sin David Blakely. Deseaba ardientemente que terminase aquel día y no hay razón para suponer que fuese una mujer inconstante.

Se torturó a sí misma nuevamente intentando hablar con Blakely por teléfono. La señal que emitía el teléfono al estar ocupada la línea le pareció una burla.

Salió de aquella habitación comprendiendo que debía actuar. Cogió su bolso y abandonó el piso de Egerton Gardens. Se dirigió rápidamente a otro piso. Conocía bien la dirección: se hallaba situado en la calle Tanza del distrito de Hampstead. El teléfono de dicho piso comunicaba constantemente. Sabía con tanta seguridad como si pudiese ver a través de los ladrillos que David Blakely se hallaba allí, olvidándola por completo.

Llegó hasta la puerta del piso y llamó. Nadie contestó. Tocó el timbre y obtuvo idéntico resultado. Se apartó un poco y gritó. Estaba furiosa y dolida y se puso a gritar como una pescatera.

Si su cerebro hubiese funcionado normalmente, la ironía del caso no hubiese dejado de divertirle. Se hallaba dispuesta a terminar su vida, a perjudicarse con tal de matar a un hombre. Si él continuaba negándose a verla, lo mataría.

Aunque salió del edificio de la calle Tanza no se ausentó mucho tiempo. Ahora no necesitaba otro trago de «Pernod». Necesitaba ver a Blakely antes de que fuese demasiado tarde y sólo pudiera disparar.

Las ideas giraban locamente en su cerebro atormentándole. Volvió al piso y llamó. La puerta permaneció cerrada. A través de ella llegaba el murmullo de voces y risas. Deshecha, salió a la calle y aguardó junto al «Vanguard» de Blakely aparcado allí. En aquel coche ella había sido inmensamente feliz. Se alejó de allí apretando el bolso fuertemente. La luz de las ventanas se reflejaban en el suelo. Marchó a su casa.

El sábado fue un día atroz, Blakely no la llamó y ella no logró localizarlo.

El domingo bebió más «Pernod» que de costumbre. Por la tarde se dirigió al cajón que contenía la pistola, la sacó y la guardó en su bolso. Se encontraba insensible pero resuelta. No estaba dispuesta a vivir otros días tan angustiosos como los anteriores, consumida por los celos, mordiéndose los labios hasta sangrar. Blakely había prometido ponerse en contacto con ella y esta promesa carecía de valor para él. Estaba profundamente arrepentida del escándalo que provocara el Viernes Santo, pero un hombre que quiere a una mujer, sabe comprenderlo. Blakely podía comprender lo que la impulsó a ir a la calle Tanza, tenía que saber lo que la obligó a ir allí.

Ya no había tiempo de hacérselo entender. Esto era más importante que beber en compañía de sus amigos o correr el lunes de Pascua en las carreras de Goodwood.

Se dirigió a la calle Tanza.

Permaneció en la acera mirando la casa. La noche era tibia y las ventanas del piso estaban abiertas. Desde allí salían risas y voces. Siguió aguardando en la calle. Todavía se encontraba en el mismo lugar cuando Blakely y algunos de sus amigos salieron. Blakely dijo por encima del hombro:

-Compremos algunas botellas y regresemos.

Se enteró del lugar en que proyectaban comprarlas: en la taberna de Magdala de South Hill Park de Hampstead.

Ruth se dirigió allí por su propio pie; miró por una de las ventanas del bar y vio a Blakely riéndose. Instantes después él y un amigo salían a la calle. Inmediatamente se produjeron unos disparos.

Alan Thompson, un policía que estaba fuera de servicio en el bar bebiendo un jarro de cerveza, salió corriendo al oír los disparos. Pudo ver a un hombre que yacía en el suelo no lejos de un coche. Una mujer de cabellos rubios se hallaba inclinada sobre él. En su mano aparecía una pistola vacía. Dejó que Thompson se la quitase y con voz apenas audible, murmuró:

-Avise a la policía.

Fue juzgada en el tribunal de Old Bailey ante el juez Havens. El punto crucial del juicio llegó cuando el fiscal, Christmas Humphreys, preguntó al doctor Duncan Whittaker, conocido psiquiatra:

-En su opinión ¿padeció algún desequilibrio nervioso durante el fin de semana que la predispusiera a cometer semejante crimen?

-Sí -afirmó el psiquiatra.

-En su opinión y según la definición de la ley inglesa sobre ambas palabras ¿estaba cuerda o loca?

-Cuerda. Responsable de sus actos.

No hubo permutación de pena en el caso de Ruth Ellis, como lo había habido en el de Kitty Byron. Nadie se prestó a remplazarla en el patíbulo aunque se enviaron al Parlamento diversas peticiones solicitando clemencia. Fue ahorcada el miércoles 13 de julio de 1955.


Ruth Ellis

Última actualización: 19 de marzo de 2015

Ruth Ellis y David Blakely mantuvieron una relación llena de pasión y celos que finalizó trágicamente en el exterior de un popular pub de Hampstead durante el Domingo de Resurrección de 1955.

Ruth Ellis dispara contra su amante

El Domingo de Resurrección, 10 de abril, a las 9 de la noche, las dos barras del Magdala Tavern, un pub situado al final de South Hill Park en el suburbio de Hampstead, al norte de Londres, estaban completamente atestadas por los clientes habituales y por cuantos estaban disfrutando de la festividad.

Dos jóvenes se abrían paso entre la alegre concurrencia para comprar unas cervezas. Estaban celebrando una fiesta en la casa de Carol y Anthony Findlater, a poca distancia de allí. No tardaron en localizar el ocupadísimo propietario ya que conocían el lugar perfectamente.

Los dos amigos eran grandes amantes de los coches. Blakely era conductor de competición «amateur» y Gunnell era un vendedor de coches que solía trabajar como mecánico. Era tal su afición, que optaron por ir en coche hasta el pub.

Aparecieron riéndose. Blakely tenía una cerveza en una mano y las llaves de su flamante coche verde y gris en la otra. No se fijó en la delgada figura de una mujer que se ocultaba en la sombra, apoyando su espalda contra la pared. Ruth Ellis llevaba puesto un traje de chaqueta gris con un jersey de color verde. Sus ojos rasgados se ocultaban tras unas gafas oscuras.

Ruth estaba consumida por un ataque de celos, que había ido en aumento desde que su enamorado no quiso citarse con ella el día anterior y eludió todas sus llamadas. Sus pequeñas y temblorosas manos sostenían un revólver del calibre 38. Mientras levantaba el arma pronunció su nombre: «David».

Él la ignoró y comenzó a juguetear con las llaves del coche. Clive Gunnell estaba en la puerta del pub pero, horrorizado, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Ella, completamente desesperada, volvió a llamarle: «David».

Se volvió hacia ella con un gesto de aburrimiento que daba a entender que esperaba la discusión habitual. Entonces, vio el revólver apuntando a su corazón. Retrocedió asustado y huyó corriendo hacia el coche, pero antes de llegar a él se oyeron dos disparos. Llegó tambaleándose hasta su coche y cayó al suelo gritando: «iClive!».

Blakely consiguió ponerse en pie, pero Ellis estaba dispuesta a terminar lo que había empezado. Mientras iba a su encuentro advirtió a Gunnell: «Fuera de mi camino, Clive.» El joven herido se tambaleaba por la calle. Ruth disparó tres veces más, pero él se derrumbó tras el primer disparo y el último lo recibió a quemarropa. Ante la mirada atónita de Gunnell, se llevó la pistola a la sien y apretó el gatillo, pero no sucedió nada. Actuando como si fuera una autómata, bajó lentamente el brazo y disparó contra el suelo. Esta bala rebotó e hirió en el pulgar a un transeúnte totalmente ajeno a la espantosa tragedia.

Los clientes del Magdala gritaban y se empujaban tratando de abrirse camino para salir por la estrecha puerta del pub. El policía Alan Thompson era uno de ellos. Unos minutos después, Ellis se volvía hacia él diciendo: «Llamen a la Policía».

«Yo soy policía», contestó mientras retiraba suavemente la pistola de sus manos.

Sin embargo, alguien había avisado ya y, a lo lejos, se oían las sirenas de los coches de Policía y de una ambulancia. Ruth Ellis esperaba postrada junto al cuerpo de su amante. Su triste destino iba a ser el de convertirse en la última mujer ejecutada de toda Inglaterra.

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La víctima

David Blakely nació el 17 de junio de 1929 en Sheffield; era el cuarto hijo de un doctor escocés, John Blakely. Antes de que existiera la Seguridad Social, el doctor John, así le llamaban, trataba a sus pacientes pobres cuando lo necesitaban. Incluso cuando no podían pagarle. Ellos recompensaron su generosidad cuando éste se vio implicado en la muerte de una camarera, Phyllis Staton, con la que había tenido una aventura. Ella murió tras tomar una droga para provocar un aborto. Quedó absuelto de todos los cargos y este incidente no tuvo ningún efecto negativo en el ejercicio de su profesión. Sin embargo, los efectos de su matrimonio fueron devastadores.

En 1940, los Blakely se divorcian y la señora Blakely obtuvo la custodia de sus hijos. David, que quería muchísimo a su padre, estuvo tremendamente deprimido. Poco tiempo después, su madre se casó con Humphrey Cook, un piloto de carreras muy conocido. Fue Cook quien fomentó el interés de Blakely por los coches de carreras.

Tras su carrera académica en Shrewsbury, Blakely hizo su servicio militar como oficial de un regimiento de infantería ligera escocesa. Cuando se licenció, Cook le proporcionó un apartamento a compartir con su hermano en Culross Street, en el West End londinense y le encontró un trabajo en el prestigioso Hotel Hyde Park.

El trabajo era agotador y el sueldo mínimo, pero le permitió establecer relaciones lucrativas con las adineradas y, en ocasiones, maduras mujeres que acudían a la ciudad para pasar unos días de compras.

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PRIMEROS PASOS – Chica de vida alegre

Provenía de una familia sin domicilio fijo y con graves problemas económicos. Ruth Ellis dejó el colegio a los 15 años y fue madre soltera a los 17. La necesidad de dinero y las ganas de diversión la llevaron al mundillo de los clubs nocturnos del West End londinense.

Cuando nació, la llamaron Ruth Neilson. Fue la cuarta hija de un músico profesional, Arthur Neilson, y su esposa Bertha, una refugiada belga que llegó a Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial.

Pese a ser judía, Bertha fue educada en un convento católico y se mantuvo siempre inquebrantable en su nueva fe. Neilson fue el nombre artístico que adoptó toda la familia cuando Arthur Hornby cambió su verdadero nombre.

Cuando nació Ruth, el 9 de octubre de 1926, la familia vivía en Ryhl, al norte de Gales, cerca de Liverpool y de los transatlánticos en los que Arthur trabajaba cuando no ejercía su profesión. Sin embargo, la caída de la compañía naviera, la llegada de las películas sonoras (el cine mudo era una lucrativa fuente de ingresos para los músicos) y la amenaza de otra guerra lucieron que el trabajo escaseara. Tuvieron que trasladarse a Basingstoke, Hampshire, donde el cabeza de familia encontró un nuevo empleo y donde Ruth pasaría la mayor parte de su infancia.

En 1941 la familia se mudó a Southwark, situado en el sur de Londres.

A los 15 años, Ruth comenzó a trabajar en una fábrica local de Oxo pero al poco tiempo contrajo fiebres reumáticas y estuvo un año convaleciente. Para su regocijo, el baile fue el ejercicio de rehabilitación recomendado por los médicos. A los 17 años, su trabajo como ayudante de fotógrafo la llevó hasta las salas de baile que tan populares eran entre los soldados canadienses y americanos que estaban de permiso. En una de estas salas se enamoró de un soldado franco-canadiense llamado Clare.

Cuando se quedó embarazada, él le propuso el matrimonio. Sin embargo, la madre de la joven descubrió que el soldado ya estaba casado y tenía familia. Le destinaron a Canadá, y unos meses más tarde, el 15 de septiembre de 1944, Ruth dio al luz a su hijo Andria Clare.

Su madre y su hermana Muriel, ya casada, compartían el cuidado del pequeño mientras la joven buscaba trabajo desesperadamente para poder abrirse camino y, en el mejor de los casos, salir del gris y mediocre mundo de la zona sur de Londres. Contestó a un anuncio en el que se pedían modelos para el Camera Club. Comenzó entonces su vida de degeneración, pues en más de una ocasión posó desnuda.

Cuando tenía 19 años conoció al famoso Morris Conley, «el rey del vicio» (así le llamaba la prensa). Era propietario de un laboratorio fotográfico y de un club en el West End londinense, además de proxeneta. Fue entonces cuando Ruth descubrió que podía ganar 20 libras semanales, casi 10 veces más que el sueldo medio nacional manteniendo, simplemente, una actitud provocativa sentada en el taburete de un bar e incitando a la clientela masculina a gastar alegremente su dinero en champán a un precio desorbitado. Pronto se convirtió en una anfitriona muy popular: «la rubia explosiva» del club de Conley en Duke Street, cerca de Marble Arch. Tenía tanto éxito con los hombres que durante años los Neilson vivieron bastante bien.

En aquella época Ruth conoció a George Johnston Ellis, un dentista de 41 años más dedicado a beber y derrochar dinero que a su propia profesión. Hacía muy poco que se había divorciado y ya era el pelmazo habitual del club que pasaba el día revoloteando alrededor de la joven para conseguir una cita.

Ella se dio cuenta de que Ellis podía proporcionarle seguridad económica, un nombre para su hijo y estatus social que tanto anhelaba; así que se esmeró en su relación animándole constantemente para que consiguiera un buen trabajo y dejara de beber.

Vivieron juntos durante una temporada y se casaron en 1950. Se mudaron a una zona respetable de Southampton en la que George encontró trabajo como socio de una clínica dental.

Su relación degeneró rápidamente. Ellis era incapaz de dejar la bebida y ella comenzó a criticarle y a discutir por cualquier motivo. Se convirtió en una mujer celosa y posesiva; además los dos empleaban la violencia a menudo. Estando así las cosas, en la época en que nació su hija Georgina, en octubre de 1951, el matrimonio estaba irremediablemente acabado.

Un poco más tarde Ruth vio desvanecerse la respetabilidad que tanto apreciaba y decidió intentar restablecer su relación. Pero, para entonces, su marido no quiso dar marcha atrás y siguió adelante con los trámites del divorcio. Ella volvió a Londres destrozada y con dos hijos a los que mantener.

No tardó en adaptarse al mundo que ya conocía. Conley la recibió con los brazos abiertos y le ofreció trabajo en el club, llamado ahora Carroll’s. Gran parte de la nueva clientela del local eran jóvenes pilotos de carreras del Steering Wheel Club de Brick Street, cerca de Hyde Park Corner. Fue allí donde Ruth Ellis se cruzó por primera vez con los dos hombres que terminarían su destino: Desmond Cussen y David Blakely.

El 9 de octubre de 1953, el día de su cumpleaños, Conley la hizo directora del Little Club, en Brompton Road, Knightsbridge. Cobraba 15 libras semanales, propinas y comisiones aparte, y tenía una concesión de 10 libras para organizar fiestas, espectáculos, etc. También le permitió vivir gratuitamente en un apartamento de dos habitaciones que había encima del local.

Entre los primeros clientes de Ellis en este club se encontraban Cussen y Blakely. Tan sólo dos meses después este último estaba viviendo con ella.

*****

EL ROMANCE DE ELLIS – Una relación mortal

Siempre era el centro de atención de su club de Knightsbridge y necesitaba recibir todo tipo de halagos y atenciones. Al formar el triángulo amoroso firmó su propia sentencia de muerte.

Desmond Cussen se enamoró desesperadamente de ella tras su primer encuentro en el Little Club de Knigtsbridge. Era el hombre ideal para quien, como Ruth, estuviera buscando estabilidad, dinero, estatus social y un buen hogar para sus hijos. Tenía 32 años, era director de un negocio familiar, rico y soltero sin compromiso. Estaba incluso dispuesto a aceptar a su hijo Andria (Georgina estaba en trámites de adopción).

Pero fue David Blakely por quien ella se sintió fatalmente atraída. Era el típico joven inmaduro obsesionado con su flamante coche de carreras, el Emperador. Estaba totalmente encantado con su fama de «playboy» y su emocionante modo de vida. Sin embargo, en realidad tenía poco de vividor, era incapaz de soportar el alcohol y solía mostrarse estúpido, arrogante y ofensivo cuando estaba borracho.

Aunque discutieron en su primer encuentro y el segundo fue algo frío, a las pocas semanas de conocerse, Blakely se instaló en el apartamento de su amante. Todo ello a pesar de tener dos casas de su propiedad y novia formal, Linda Dawson, heredera del imperio textil de Halifax. Aunque nunca llegaron a comprenderse, vivieron, sin embargo, una aventura muy especial durante dos años. El sentimiento predominante en esta relación fue, sin duda alguna, la pasión. Al ser así, sólo encontró esta pareja en tan interesada relación, un mundo de despreciable lascivia y de tremenda violencia, e incluso, llegaban a mezclarse en ocasiones ambas experiencias como si fueran distintas manifestaciones de un mismo sentimiento.

Tan pronto él le juraba amor eterno como se quejaba ante sus amigos de que ella era extremadamente posesiva y nunca le dejaría marchar. Los dos eran insana e irracionalmente celosos. Él, de los «clientes» que revoloteaban alrededor de Ruth y del insistente y leal Cussen; ella, de su pasión por las mujeres.

A pesar de tener un trabajo bien remunerado, una pensión de su padrastro y una sustanciosa herencia de 7.000 libras de su verdadero padre, Blakely exprimía sin ningún reparo a Ruth, vivía sin pagar el alquiler y disfrutaba de «barra libre» en el Little Club.

La conducta escandalosa e infantil de David ahuyentó a muchos clientes del club hasta que, finalmente, ella perdió el trabajo que tan duramente había conseguido. Discutió con el propietario, Maurice Cordey, y éste la despidió. Sin embargo, en aquellos terribles momentos no fue su amante quien la ayudó, sino, una vez más, Desmond Cussen.

Se llevó a Ruth y a su hijo a su apartamento, en Devonshire Place, cerca de Baker Street. Siempre se mostró dispuesto a ayudarla y tuvo ocasión de hacerlo financiando la educación de su hijo, pagando su alquiler, unas clases de francés y un curso de aprendizaje para modelos. Permitió incluso que siguiera viéndose con Blakely en su apartamento hasta que llegó un momento en que se puso a su disposición hasta el punto de llevarla a todas horas, ya fuera de día o de noche, por los alrededores de Hampstead y Buckinghamshire para satisfacer su demente y furioso propósito de perseguir y encontrar al golfo de su amante. En realidad, fue Cussen quien la llevó en su coche hasta el pub Magdala Tavem aquel fatídico 10 de abril de 1955.

Ellis y Blakely continuaron su relación en el apartamento de quien tan bien se había portado con ella y en numerosos hoteles de Kesington. Durante el verano de 1954, él rompió con Linda Dawson. Ruth estaba entusiasmada con la idea de ser el motivo de tal ruptura, pero esto no era del todo cierto.

Tres semanas después, ella se dio cuenta de que él había vuelto a las andadas. Le echó de casa sin pensárselo dos veces, pero no tardó en volver. Un tiempo después la pareja entraba, una vez más, en un círculo vicioso de traiciones, reproches y breves reconciliaciones.

En enero de 1955, Ruth alquiló un apartamento (íntegramente pagado por el complaciente Cussen) en el número 44 de Egerton Gardens, en Kensington. Cuando Blakely la visitaba, ella le presentaba como el señor Ellis. En aquella época, descubrió que estaba embarazada pero, cuando se lo contó a su compañero, éste no mostró intención alguna de casarse con ella. Unos días después de darle la noticia la golpeó con fuerza en el vientre y le provocó un aborto; sin embargo, al día siguiente le envió un ramo de rosas rojas con una nota que decía: «Lo siento, cariño.» Este era su modo de arreglar las cosas y en Semana Santa volvían a estar juntos como si nada hubiera sucedido.

El Viernes Santo, 7 de abril, después de pasar la que sería su última noche juntos, David se marchó de su apartamento prometiendo que volvería a recogerla esa misma tarde para salir con sus amigos, el matrimonio Findlater. Nunca cumplió su promesa.

El mismo hombre que le había entregado una fotografía suya firmada y que aquella misma mañana le juró amor eterno, se encontraba en el Magdala contándoles a sus amigos lo mucho que deseaba separarse de ella y el miedo que tenía a hacerlo.

Los Findlater le ofrecieron consuelo y su hogar como refugio. Habían dejado a su hijita de un año con una niñera y se disponían a pasar unas horas en la feria de Hampstead antes de acudir a una fiesta en su casa. Blakely se olvidó completamente de sus planes con Ruth y se marchó con ellos.

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El mundo de las carreras

A principios de los años 50, muchos jóvenes se sintieron irresistiblemente atraídos por el esplendor de los coches de carreras. Blakely estaba completamente maravillado con las carreras de velocidad.

En aquella época, las carreras consistían en hacer un buen tiempo en las clasificaciones. No había ninguna diferencia entre profesionales y aficionados. Todo lo que se necesitaba para competir era tener dinero.

Blakely invirtió mucho tiempo y dinero en su pasión por las carreras. Gastó hasta el último penique de su renta y de la herencia de su tío, 7.000 libras, en la construcción de su propio prototipo de coche, «El Emperador». Corrió en los circuitos más conocidos, incluido el de Le Mans, en Francia, pero, aunque otros pilotos reconocieron que tenía grandes posibilidades, nunca logró clasificarse entre los primeros.

Ruth Ellis encontró irresistible el mundo de las carreras por todo lo que representaba: juventud, encanto, champán, lugares exóticos y un cierto estatus social.

Cuando no estaban en los circuitos, los jóvenes pilotos solían salir juntos a divertirse por los clubs del West End. Uno de sus favoritos era el «Streering Wheel», en Mayfair, donde Ruth y Blakely se conocieron. El líder del grupo era el extravagante Mike Hawthorn, quien compitió con su Jaguar, en 1958, en el circuito de Guilford. Stirling Moss era otro miembro del grupo.

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Los Findlater

Anthony «Ant» y Carole Findlater fueron amigos de David Blakely durante muchos años. Se conocieron en 1951 durante la subasta de un modelo Alfa Romeo. Un poco después, cuando David estaba buscando un mecánico que compartiera con él la desdichada aventura del «Emperador», se puso en contacto con Findlater,

Carole y David fueron amantes. Ella consideró la posibilidad de fugarse con él, pero al final prevaleció el sentido común y le contó a su marido lo sucedido. Cuando Blakely se enteró, lo único que le dijo fue: «Estúpida zorra, ¿quién me pondrá a punto el coche después de lo que has hecho?»

Sin embargo, la profesionalidad y la pasión de Ant Findlater por el coche de David tuvieron más peso que sus sentimientos de marido ultrajado; por este motivo, siguieron siendo grandes amigos. Al matrimonio nunca le gustó Ruth Ellis; la veían como una persona extraña que perseguía sin piedad a un amante poco dispuesto.

La víspera del asesinato, Ruth les llamó por teléfono varias veces preguntando por su compañero, pero ellos le mintieron, le ignoraron y, finalmente, colgaron. Cuando se presentó en su casa, no la dejaron entrar. Involuntariamente, alimentaron su obsesión enfermiza. Estaba convencida de que intentaban alejarla de Blakely.

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El sórdido mundo de los clubes

En la Inglaterra de la postguerra, los clubs eran bares-burdeles que surgieron para entretener a los héroes de la guerra.

Los clubs que caracterizaron el final de la década de los 40 y principios de los 50 eran una respuesta a las frustraciones de los veteranos de guerra que volvieron con vida. El heroico regreso de estos hombres se transformó en una vida monótona y depresiva que hacía muy duro el contraste entre sus experiencias en el frente y las que pudieran tener en tiempo de paz.

Esta marea de jóvenes a la deriva con los bolsillos repletos de dinero y unas ganas locas de divertirse era una mina para individuos como Maurice Conley. Al comprobar que había una gran carencia de lugares de diversión, comenzó a dar publicidad a sus pequeños clubs, en los que servían bebidas fuera del horario habitual mientras que atractivas jovencitas sacaban el dinero a los jóvenes héroes adulándoles con una delicadeza exquisita.

La mayoría de estos clubs eran sórdidos y desagradables, pero el Little Club, en manos de la experta Ruth Ellis, era un establecimiento que atraía a la gente adinerada mediante las apuestas o las carreras y que producía unos ingresos sustanciosos.

Hombres como Conley proporcionaban el lugar ideal para que los jugadores pudieran encontrar chicas de compañía. Este, por supuesto, llevaba una parte de comisión en las ganancias de estos «servidos». Vivir de ganancias inmorales era también ilegal, pero este individuo pagaba a sus chicas unos sueldos tan generosos que éstas jamás pensaban en delatarle.

Aquella fue, en definitiva, una época de repugnante lascivia y brutalidad ocultas entre lujosos trajes de etiqueta y cocteleras repletas de champán.

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El juicio de Ellis

No fue necesaria ninguna identificación tras el arresto de Ruth; se entregó ella misma en el lugar de los hechos. A pesar de los esfuerzos de la defensa, el juicio fue uno de los más breves.

Clive Gunnell y muchos otros vieron cómo Ruth Ellis disparaba y mataba a Blakely a sangre fría. Después, exhausta, entregó la pistola al policía Thompson y contempló cómo se alejaba la ambulancia que transportaba el cuerpo de David. (La víctima murió antes de llegar al hospital de New End. Dos de las balas le causaron heridas mortales, pero las causas de su defunción fueron el shock y las hemorragias). Ellis fue en silencio y pacíficamente hasta la comisaría de policía de Hampstead.

Cuando el detective superintendente Leonard Crawford habló con ella, se limitó a decir: «Soy culpable. Me siento bastante confusa.» A continuación hizo una declaración completa de toda la historia.

Desde el principio se mostró tranquila y distante. Decía no recordar nada de lo que hizo el domingo tras su última llamada telefónica a Ant Findlater. Pero recordaba haber tomado un taxi hasta Tanza Road y haber caminado desde allí hasta el pub Magdala con la pistola en el bolso. Cuando le preguntaron cuál era su intención entonces, respondió: «Intentaba encontrar a David y dispararle».

Pero la procedencia de aquella pistola era un misterio, entre otros motivos, por el hecho de que Thompson borró todas las huellas dactilares, incluidas las más recientes, cuando cogió el arma. Ruth afirmó que la guardaba desde que, hacía tres años, un cliente se la había dejado como garantía de un pago que nunca realizó. La policía creyó esta historia porque el revólver Smith and Wesson del calibre 38 era un arma frecuente durante la postguerra. Ellis mantuvo esta versión hasta el día anterior a su ejecución.

Durante el juicio ella fue el centro de atracción de muchas polémicas y, al mismo tiempo, el principal motivo de desesperación de sus abogados (John Bickford y después Victor Mshcon) y del equipo de la defensa (Melford Stevenson, Sebag Shaw y Peter Rawlinson). Ella se consideraba inexorablemente culpable. Quería morir, pero antes tenía que hacer ver al mundo el tratamiento tan despreciable que había recibido de su amante y lo culpables que eran los Findlater de todo lo sucedido. La joven escribió una carta al respecto para la madre de Blakely.

El 11 de mayo de 1955, la acusada compareció ante el juez Barrie en el Juzgado Criminal Central. El equipo de la defensa solicitó un aplazamiento. Pretendían ganar tiempo para encontrar algún precedente gracias al cual Ruth pudiera declararse culpable de un homicidio sin premeditación motivado por los celos. El juez concedió el aplazamiento, añadiendo así 40 días a la estancia de Ellis en la prisión de Holloway.

Los visitantes, impresionados, comentaban que durante esos 40 días lo único que parecía preocuparla realmente era que comenzaban a aparecer raíces oscuras en su pelo rubio platino.

El 20 de junio, al comenzar el juicio, la defensa, que no logró encontrar ningún precedente, recomendó que se declarara no culpable para poder basar el caso en el comportamiento de Blakely y su inestabilidad mental. Mientras tanto, el doctor Charity Taylor, alcaide de la prisión de Holloway, se compadeció de la reclusa y permitió que ésta se aclarara el cabello. Cuando apareció en el juzgado al día siguiente, su pelo resplandecía y llevaba puesto un elegante traje negro adornado con astracán. Parecía una estrella de cine en lugar de una asesina arrepentida por la locura a la que la llevó su pasión. Sus abogados pensaban que había puesto en su contra a la mitad del jurado antes, incluso, de que comenzara el juicio.

La defensa de Ruth Ellis apenas logró alguno de sus propósitos. Melford Stevenson hizo todo lo que pudo, pero no consiguió que la acusada admitiera que aquel fin de semana de Pascua no estaba deprimida, sino desquiciada por los celos. Tampoco consiguió que Ant Findlater reconociera que Ruth llamó muchas veces a su casa o que su conducta en el exterior de su apartamento fuera, de alguna forma, extraña. El jurado tenía pocas opciones. Al día siguiente, el 21 de junio, sólo necesitó reunirse durante 23 minutos para emitir el veredicto de «culpable» sin posibilidad de clemencia. Ruth Ellis fue sentenciada a la horca el 13 de julio.

Cuando volvió a Holloway, tras el juicio, rechazó todas las recomendaciones de apelación. Sin su permiso, sus abogados escribieron al ministro del Interior, Gwylim Lloyd George, pidiendo el indulto. Mientras tanto, la joven rogaba a su hermano, Granville, que la consiguiera una droga letal para poder suicidarse. Él se negó, pero inició, sin embargo, una tremenda investigación para dar con el paradero del propietario de la pistola y averiguar qué hizo exactamente su hermana durante aquel Domingo de Resurrección.

El 12 de julio, el día anterior a su ejecución, Ruth decidió poner fin a su silencio y contó a sus abogados lo que realmente había sucedido. Pero, para entonces ya era demasiado tarde. A pesar de los trágicos esfuerzos finales de su hermano y de los abogados, fue colgada el 13 de julio a las 9 de la mañana.

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El cómplice silencioso

La verdad de lo que sucedió aquel Domingo de Resurrección se descubrió después de que Ruth Ellis fuera colgada y su certificado de defunción se hiciera público. El arma homicida, la pistola, se la había dado Desmond Cussen.

Durante su declaración, hecha el día anterior a la ejecución, ella contó que había estado con Cussen en su apartamento bebiendo Pernod. Cuando ella le habló del insufrible trato que recibió de Blakely él le facilitó una pistola cargada. Ruth salió precipitadamente del apartamento, y cuando regresó le pidió que la llevara a Tam Road, a lo que él accedió. Gran parte del trayecto hasta el pub Magdala lo hizo en su coche, no en taxi.

También mencionó, de pasada, que antes había estado con él y con Andria haciendo prácticas de tiro en Epping Forel.

¿Fue todo un plan de Cussen para asesinar a su rival? Ruth en una obsesión para él, quería cuidar de ella y de su hijo, casarse de una vez, pero Blakely siempre se interponía en su camino. ¿Le ofreció la pistola a Ruth en el momento crítico en que sentía una ira homicida hacia su amante? ¿Pensó que, en caso de matarle, sería absuelta por haber actuado en su estado de locura producido por los celos? De ser cierto, no contó con la decisión de la propia Ruth de pagar por su crimen. ¿O es que estaba tan obsesionado con ella para hacer lo que le pidiera, proporcionarle la pistola, enseñarle a usarla, llevarle hasta Hampstead y aceptar el riesgo de quedar implicado en el caso?

Hasta que se pronunció el veredicto de culpabilidad, Cussen la visitaba asiduamente llevándole flores y regalos, pero a partir de entonces desapareció de su vida totalmente.

Tal vez, hicieron un trato mediante el cual ella guardaba silencio sobre su implicación en la tragedia si él cuidaba de su hijo Andria desde el momento de su inminente ejecución. Quizá guardó silencio para recompensarle por su ayuda al facilitarle la pistola. Puede que ni siquiera supiera que él quedaría en una situación legal muy precaria como «cómplice instigador». Después de todo, era ella la que quería matar a Blakely. Cussen sólo le proporcionó los medios.

Nunca admitió haber facilitado el arma homicida y nunca se demostró ante un tribunal. Desde el momento en que Ellis fue condenada, la Policía ya tenía a su asesino. La justicia estaba satisfecha. A pesar de la declaración de Ruth Ellis sobre la procedencia de la pistola, no se realizaron investigaciones posteriores.

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Reacción pública

El ministro del Interior debía decidir si Ruth Ellis sería colgada o no. Uno de los factores concluyentes en esta decisión fue el hecho de que una de las balas hiriera levemente a un transeúnte, Gladys Kensington Yule. Si la responsable no fuera castigada parecería que nadie podría andar por la calle sintiéndose seguro.

Sin embargo, el veredicto no fue popular. En enero de 1956, la Mass Observation, S.A. llevó a cabo una encuesta para el Daily Telegraph. Los resultados fueron los siguientes: el 24 por 100 de la población desaprobaba la ejecución; un 8 por 100 se mostró a favor y, un 43 por 100 estaba en contra de la pena capital en cualquier caso y el resto no se definía al respecto.

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El último verdugo

Albert Pierrepoint fue el último verdugo británico. Su vocación venía de familia: su padre y su tío también fueron verdugos. Tom Pierrepoint, su tío, fue uno de los que colgaron a Frederick Bywaters. Cuando no desempeñaba servicios judiciales a 15 guineas cada uno, Albert trabajaba como tabernero en el norte de Inglaterra. Describió a Ruth Ellis como «la mujer más valiente que jamás he colgado». Subió al patíbulo con calma y dignidad.

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El debate de la horca

Ruth Ellis tuvo el dudoso honor de ser la última mujer ahorcada en Inglaterra. Inevitablemente, su caso evocó la ejecución de Edith Thompson, 32 años antes. Parece claro que fue castigada, no tanto por el asesinato de su marido como por su adulterio. El sentimiento general era que Ruth estaba siendo castigada, en gran medida, por ser una desvergonzada anfitriona de club.

La pena de muerte se veía, cada vez más, como un método brutal de castigo para el criminal y su familia que no lograba restituir a la persona asesinada. La abolición estaba en el aire.

La ejecución de Ruth Ellis contribuyó materialmente a anticipar la abolición. Miles de personas firmaron en contra de la sentencia y cientos más iniciaron polémicos debates en los periódicos. Entre ellos destacaban celebridades como Raymond Chandler, el popular escritor de novelas policíacas, y Victor Gollanez, editor.

Gracias a este fervor, la campaña para la abolición de la pena de muerte, liderada por la formidable Violet Van Der Elst, se puso en marcha tan sólo un mes después de la ejecución de Ruth Ellis. Van Der Elst, acaudalada propietaria de una fábrica de productos químicos, organizó manifestaciones y peticiones de indulto. (Entre las numerosas peticiones en favor de Ruth Ellis había una que contenía nada menos que 50.000 firmas.)

En febrero de 1956 se presentó, con una rapidez encomiable, un proyecto de ley en el Parlamento, pero fue rechazado por la Cámara de los Lores. Un año después, el Parlamento introdujo la ley de Homicidios, que restringía la pena capital a ciertos tipos de asesinatos y que admitía una defensa basada en responsabilidad disminuida. En noviembre de 1965, la pena de muerte fue suspendida por cinco años pero no fue totalmente abolida hasta diciembre de 1969.

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Conclusiones

El cuerpo de Ruth Ellis yace en una tumba en el cementerio de Santa María, en Buckinghamshire. Quizás escogieron el verdadero apellido de su padre, Hornby, para la lápida con la intención de preservar su anonimato en este silencioso camposanto que se encuentra a tan sólo un kilómetro de la de su amante en el panteón familiar de Penn. Sus restos fueron trasladados a Santa María el 1 de abril de 1971, tras la abolición de la pena de muerte. En aquella época, el Ministerio del Interior decretó que los familiares de las personas que hubieran muerto ahorcadas podían exhumar los cadáveres para volver a enterrarlos donde creyeran conveniente.

La muerte de Ruth dejó un sabor amargo en un país cada vez más inquieto por este tipo de ejecuciones, especialmente cuando la ahorcada iba a ser una mujer. A partir del 13 de julio de 1955, se multiplicaron las manifestaciones en contra de la pena capital. Tuvieron que transcurrir 14 años hasta conseguir su abolición, pero no hay ninguna duda de que Ellis contribuyó directa y fatalmente para que se aprobara la Ley de Homicidios (1957). Esta recomendaba clemencia si el acusado o la acusada podía probar (no más allá de la duda razonable sino en un balance de probabilidades) que en el momento del crimen sufría un desequilibrio mental tal que pudiera haber afectado a su discernimiento ético.

En aquella época, mucha gente importante defendió a Ruth: «Casandra» (William Connor) escribió un influyente y apasionado artículo en el Daily Mail; el escritor de novelas policíacas Raymond Chandler protestó contra la muerte en la horca en el Eveníng Standard; el mismo camino y las mismas intenciones siguió el editor Victor Gollancz.

La tragedia Ellis/Blakely no ha sido olvidada. Uno de los muchos libros que se publicaron sobre el tema es el de Robert Hancock («Ruth Ellis: La última mujer ahorcada») reeditado en 1989. El argumento ficticio de «Yield to the night», la película protagonizada por la fallecida Diana Dors, se basó en la vida de esta singular mujer. Recientemente, en «Dance with a stranger» (Bailar con un extraño), Miranda Richardson y Rupert Everett interpretaron las turbulentas relaciones de la pareja.

 


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