Rudolf Pleil

El Fabricante de Muertos

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador - Robos
  • Número de víctimas: 10 - 25
  • Periodo de actividad: 1946 - 1947
  • Fecha de detención: 16 de abril de 1947
  • Fecha de nacimiento: 7 de julio de 1924
  • Perfil de las víctimas: Un hombre y nueve mujeres
  • Método de matar: Golpes en la cabeza con diferentes objetos
  • Localización: Varios lugares, Alemania
  • Estado: Condenado a cadena perpetua en 1950. Se suicida ahorcándose en prisión el 18 de febrero de 1958
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Rudolf Pleil

Última actualización: 25 de marzo de 2015

Criminal sexual alemán que murió suicidándose en su celda en febrero de 1958. Pleil era un delincuente común, atracador entre otras cosas, que comenzó a asaltar mujeres para robarlas (llevando también a cabo su violación). Admitió haber matado desde 1945 más de cincuenta. Era un hombre de baja estatura, rechoncho y de expresión agradable, aunque su frente huidiza le proporcionaba cierta apariencia simiesca.

Como Kürten, se complacía en sus crímenes y se refería frecuentemente a si mismo como «der beste Totmacher» («el mejor asesino»). Parece ser que utilizaba (también como Kürten) diferentes armas, piedras, cuchillos, hachas y martillos, para matar y mutilar a sus víctimas.

En la prisión, solía escribir cartas a las autoridades ofreciendo revelar el paradero de otras víctimas; con ello conseguía salir algunos ratos de la cárcel. En una ocasión dirigió una nota al alcalde de la ciudad brindándole sus servicios como verdugo, añadiendo que si quería comprobar qué aptitudes reunía para el puesto no tenía más que asomarse a un pozo que encontraría en un lugar determinado de las afueras de la villa; allí fue encontrado un cuerpo estrangulado.

Pleil era hombre vanidoso, a quien parecía halagar el horror que despertaba, y se describía a si mismo como «un verdadero mozalbete». Se afirma que dijo en una ocasión: «Cada uno tiene sus aficiones. A muchos les gusta jugar a las cartas; yo prefiero asesinar».


Rudolf Pleil

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Rudolf Pleil afirmó que era un asesino sexual más grande que el notorio asesino británico Jack el Destripador. Estaba ansioso de que el título que se había dado a sí mismo, “el mejor productor de muertes de Alemania”, fuera incluido en los registros oficiales de la corte. Su nombre era Rudolf Pleil y había sido marinero, camarero, soldado del ejército de Hitler y policía de la Alemania Occidental posterior a la guerra. En 1947 recibió una sentencia de doce años de cárcel acusado de homicidio involuntario por haber matado a un vendedor con una hacha.

Estando en la cárcel escribió un diario que tituló Mein Kampf (Mi lucha) por imitación a su antiguo Führer. En el caso de Pleil, sin embargo, el libro era en gran medida un recuento de asesinatos sexuales que decía haber cometido. Firmó el diario como “Rudolf Pleil, negociante en muertes (retirado)” y se encargó de que se vendieran en alrededor de 30 pesos por página para pagar su defensa una vez que fuera acusado de una enorme cantidad de asesinatos.

Buena parte de los testimonios fueron filmados durante el juicio de nueve días que se llevó a cabo en Brunswick en noviembre de 1950. Leuttich, presidente de la Suprema Corte de Justicia, decidió excluir al público “por razones morales”. Pleil, un hombre rechoncho, pequeño, de cara redonda y amigable, de 26 años, fue acusado del asesinato de nueve mujeres. En repetidas ocasiones, al oír el número de sus víctimas, Pleil interrumpió los procedimientos de la corte.

-¡Fueron veinticinco -gritaba-. Las víctimas fueron veinticinco, aunque sólo se hayan encontrado nueve cuerpos…! Ustedes me menosprecian. Yo soy el mayor asesino de Alemania. Yo oscurezco a los demás, tanto aquí como en el extranjero.

Todos los crímenes de que se le acusó fueron cometidos en 1946 y principios de 1947. Las víctimas fueron mujeres refugiadas que trataban de cruzar solas de Alemania del Este a la zona occidental. Pleil se apostaba en espera de ellas y obtenía su confianza ofreciéndoles, como policía, escoltarlas hacia un lugar seguro. Era entonces cuando las violaba, robaba y finalmente mataba utilizando hachas, martillos, piedras o cuchillos. La identidad de cinco de las mujeres permaneció sin ser descubierta.

Una de las mujeres atacadas, frau Lydia Schmidt, de cuarenta y cinco años, fue suficientemente afortunada como para vivir y contar la historia.

– Pleil me golpeó en la cabeza y me hizo cosas indescriptibles – dijo en la corte -. Me fingí muerta y una vez que él se había ido pude alejarme arrastrándome.

Pleil dijo al juez mientras escudriñaba con benignidad a través de sus lentes de armazón de acero que su ansia de matar era algo que había sentido desde los siete años al torturar y matar a un gato. Afirmó que la primera vez que mató a un ser humano fue de manera accidental, pero que sintió una gran satisfacción. Su primera víctima escogida fue una mujer de treinta y siete años llamada Eva Miehe, a quien mató en marzo de 1946.

– Me acerqué por detrás con una hacha y la maté de un sólo tajo – dijo -. No la robé. Simplemente encontré la acción muy satisfactoria. Arrojé el cuerpo a un canal.

“Nunca maté para obtener ganancias materiales… era algo necesario para mi satisfacción sexual.”

Pleil describió con detalle la manera como violó y mató a cada una de las veinticinco mujeres que afirmó eran sus víctimas y continuó protestando vehementemente cada vez que el fiscal o el juez mencionaba los nueve cargos del proceso.

-¡No, no son nueve, son veinticinco! – insistía -. Recuerden que entre los productores de muertes yo soy el campeón. Yo estoy autorizado a matar porque mi conciencia me lo ordena. Lo que yo hice no es un daño tan terrible, con todo este exceso de mujeres de hoy en día. De cualquier manera lo pasé bien.

En su diario, Pleil afirmó que había buscado convertirse en un verdugo profesional y quedó demostrado que había escrito a la policía de la zona soviética pidiendo el empleo de ejecutor. En su carta decía que si ellos querían pruebas de su capacidad deberían buscar en cierto pozo. Cuando se buscó en el pozo se encontró un cuerpo que había sido estrangulado.

Volviendo a la historia del proceso, este engañoso hombrecito de apariencia querúbica, dijo que su mayor satisfacción sexual la había obtenido no mediante alguna violación hecha, sino ante la vista de varios cuerpos muertos.

– Hacia el final de la guerra – dijo -, pasó cerca del lugar donde yo trabajaba, en Saxony, un tren con presos de campo de concentración. El tren se detuvo durante algunas horas. Aquellos que habían muerto de hambre durante las últimas etapas del viaje fueron desnudados por la Gestapo y arrojados a un vagón especial. Esa fue mi experiencia sexual más plena.

El doctor Gottfried Jungmichel, el especialista en psicología de la corte, dijo que el factor decisivo en la vida de Pleil había sido el hecho de que a la edad de catorce años había fracasado repetidas veces en sus intentos por tener relaciones sexuales con una camarera. Otros testigos médicos afirmaron que el acusado era anormal desde el punto de vista sexual.

El mismo Pleil dijo que había cometido los crímenes mientras estaba en un estado de semi-conciencia epiléptica, pero el alegato fue rechazado por incompatible con las descripciones detalladas que había dado sobre la forma en que había cometido los asesinatos.

Con Pleil también estaban en el banquillo de los acusados dos cómplices. Uno de ellos, Karl Hoffman, un hombre de treinta y seis años negó haber ayudado a consumar seis de los asesinatos. El otro, Konrad Schuessier, de veintidós años, admitió haber participado en dos de los asesinatos y en un intento de asesinato.

Pleil dijo que se distanció de Hoffman porque este último había insistido en cercenar la cabeza de una de las víctimas.

– Le dije que era una práctica repugnante y me negué a tener algo que ver con tal comportamiento – afirmó -. De cualquier modo, Hoffman y Schuessler no tienen derecho de matar. Yo puedo hacerlo porque es un dictado de mis sentimientos más íntimos.

Los tres hombres fueron encontrados culpables y sentenciados a prisión perpetua.

– Han actuado como bestias – dijo el juez -. Ustedes se salvan de la horca únicamente debido a que no tengo la facultad de dictar la sentencia de muerte.

Pleil se mostró arrogante al final.

– Estas leyes estúpidas me quieren detrás de las rejas durante el resto de mi vida. No voy a consentir en ello. Algún día me he de ahorcar.

Cumplió su palabra. Fue encontrado ahorcado en su celda de la prisión en febrero de 1958.


El Fabricante de Muertos

Crónicas del Crimen

El caso de Rudolf Pleil y sus cómplices

Entre los años 1946 y 1947, los crímenes cometidos en la «zona de nadie», entre las fronteras de las Zonas Oriental y Occidental de Alemania alcanzaron una cifra verdaderamente alarmante. Las víctimas eran, en su mayor parte, personas que trataban de pasar de una a otra zona; generalmente gentes que residían en la parte de Alemania ocupada por los comunistas que deseaban buscar la libertad en las administradas por las potencias aliadas; pero también otras que, residiendo en Occidente, querían visitar a sus parientes separados de ellos por la línea fronteriza.

En esa región se desarrolló un nuevo tipo de delito: el guía falso y de intenciones criminales que se ofrecía a pasar al otro lado a la engañada futura víctima, mediante el pago de una cantidad y que no contento con ella cometía un asesinato brutal para despojar a la engañada persona de todo lo que llevaba encima. Decían conocer a la perfección el territorio y buscaban los lugares más recónditos, no para evitar las patrullas de control sino para cometer su crimen con la mayor impunidad.

Desde marzo de 1946 a abril de 1947, es decir, durante poco más de un año, se logró descubrir la existencia de una serie de crímenes que debido al lugar donde eran cometidos y al método, dejaban presumir que se trataba de la obra de un mismo y exclusivo autor. Todas las víctimas presentaban las mismas mortales lesiones, brutales, en la cabeza. El asesino a la vista de que su forma de matar le daba el mejor resultado, nunca cambió de sistema.

Flotando sobre las marismas de Roklum, en Mattierzoll, a finales de marzo de 1946, se encontró el cadáver de una mujer de edad media. Tenía distintas lesiones en el cráneo causadas por un instrumento pesado, seguramente un pedrusco, que le originaron la muerte inmediata. Todas las averiguaciones resultaron inútiles.

Cuatro meses después, entre Walkenkried y Ellrich, se encontró otro cadáver. En esta ocasión se trataba de una mujer de entre 25 y 30 años que fue golpeada en la cabeza con un martillo. El arma del crimen se encontró junto a la víctima. La cabeza destrozada estaba cubierta con una manta gris.

En agosto, es decir, dos meses más tarde, en la estación de mercancías de Hof, ciudad situada en la frontera interzonal, se encontraron huellas de sangre y un zapato de mujer. A unos veinte metros de distancia, en una fuente muy profunda, que estaba cubierta con una tapa, se encontró, otro cadáver. El de una mujer joven. El reconocimiento médico descubrió fuertes golpes, causados con un instrumento contundente, en la cabeza. En esta ocasión, la víctima también tenía cortes en la cara y uno muy grande que le rebanaba el cuello, llegando hasta las vértebras cervicales. Uno de los dedos de la víctima le fue cortado después de muerta.

Pasó un mes más y se descubrió un nuevo crimen. En Buchholz, en la carretera que va de Kuartzau a Clenze, se encontró el cuerpo sin vida de una joven, el día 4 de septiembre. Se trataba de Irene H., de 25 años de edad, que residía con sus padres, propietarios de una casa de huéspedes y restaurante en dicha carretera, a unos 1.500 metros del lugar del crimen. El cadáver mostraba señales de golpes causados con un instrumento irregular y pesado. En el lugar del crimen se encontró una piedra cubierta de sangre que indudablemente fue el arma con la que se cometió el homicidio.

En noviembre del mismo año, en la frontera interzonal de Trappstadt, se encontró un cadáver en avanzado estado de corrupción. El resultado del reconocimiento fue el siguiente: se trataba, otra vez, de una mujer joven. Una de sus piernas, la derecha, había sido devorada por los animales salvajes. Junto a la muerta se encontró una hoja del periódico Schwaebischen Tageszeitung, de fecha 10 de septiembre.

Al siguiente mes, en diciembre, el día 12, una viuda de cincuenta y cinco años, llamada Lydia Sch., recobró el conocimiento unas horas después de haber sido asaltada y golpeada. Estaba cubierta de sangre y tumbada sobre el suelo en un bosque. Todo su equipaje le había sido robado. La encontraron unos campesinos que la llevaron a Ilfeld, donde recibió los primeros auxilios médicos. Tenía cuatro heridas en la cabeza causadas por golpes con un instrumento contundente y heridas en la mano derecha, que debió causárselas al intentar defenderse de la agresión. La señora Sch. fue internada en el Hospital de Neustadt, en Nordhausen. Después de siete semanas de tratamiento médico pudo regresar a su lugar de residencia en Holstein.

Ese mismo mes de diciembre se hallaron otros dos cadáveres, en un pozo de unos ocho metros de profundidad, próximo al apeadero número 25 cerca de Vienenburg. Se trataba también de dos mujeres, una de ellas de unos treinta y siete años de edad y otra de cuarenta y cuatro. La primera había sido golpeada violentamente en la sien izquierda hasta el punto de que tenía completamente destrozado el parietal. La segunda presentaba una herida en el cráneo, que maceraba una superficie de seis por siete centímetros.

En el arroyo de Ecker, que transcurre por el bosque junto a Abbenrode, unas semanas más tarde, en enero de 1947, se encontró el cuerpo de una joven de 20 años, flotando en sus aguas. Había sido asesinada a golpes en la cabeza. Presentaba varias fracturas del cráneo y la mitad izquierda de su cerebro estaba totalmente destrozada.

Con espantosa puntualidad, exactamente al cabo del mismo tiempo que medió entre el anterior asesinato y el que lo precedió, a mediados de febrero de 1947 se halló una nueva víctima. Se encontraba bajo unas ramas en el bosque del partido municipal de Dudersleben, donde fue escondido. Se trataba de una mujer de cuarenta y nueve años. Presentaba igualmente varias fracturas en el cráneo, por encima del ojo izquierdo. Junto al cadáver había una barra de hierro de unos tres centímetros de diámetro.

No lejos de la zona fronteriza en Harz, cerca de Zorge, se encontró un cráneo humano que presentaba un agujero del tamaño de un huevo de gallina. Como el resto del cuerpo no fue hallado no pudo hacerse averiguación alguna para descubrir el posible crimen. Se pensó que era posible que la calavera hubiera sido sacada del próximo cementerio por los jabalíes, muy abundantes en esa zona.

Pero también ese cráneo había sido golpeado dos o tres veces con un instrumento duro y, como la mayoría de las víctimas anteriormente halladas, se trataba de una mujer joven. Esa calavera jugaría un macabro y grotesco papel en el transcurso del juicio que habría de llevarse a cabo en Braunschweig.

Hasta la primavera de 1947, la policía no encontró rastros ni indicios que pudieran llevarla a la identificación del culpable; tampoco existían testigos que ayudaran a la policía a aclarar los hechos y detener al homicida.

En abril de 1947, un hombre se presentó al comerciante B. de Hamburgo, comprometiéndose a pasarlo ilegalmente a la Zona Soviética. Pero el guía se emborrachó después de haber recibido el dinero pedido por sus servicios y perdió el camino. El comerciante, al encontrarse extraviado en medio de un espeso bosque de abetos, que no permitía la menor orientación le hizo duros reproches.

El guía fue víctima de un ataque de rabia al verse amonestado y golpeó al comerciante con el canto de un hacha. Después le dio algunos golpes más hasta dejarlo muerto en el suelo. El asesino despojó a la víctima de todo el dinero y objetos de valor que llevaba encima y desapareció en dirección a la Alemania Central. Unos días después el asesino volvió al lugar del crimen. Como tantos otros criminales, no pudo dejar de obedecer «ese instinto desconocido que mueve al criminal a volver al lugar del crimen».

Fue detenido. Se trataba de un camarero, que por entonces tenía 22 años, llamado Rudolf Pleil. Tras siete meses de detención preventiva, mientras se llevaba a cabo el proceso, el detenido fue juzgado por la Audiencia de Braunsweig, y condenado por robo con homicidio a doce años y tres meses de prisión mayor. Además, debido a su estado psíquico, se ordenó que fuera encerrado en una casa de salud. La condena establecía, también, la pérdida de todos sus derechos civiles por diez años.

Durante uno de los reconocimientos a que fue sometido para determinar su estado mental, en la clínica para enfermedades nerviosas y psíquicas de la ciudad de Goettingen, en el mes de julio de 1949, Pleil dijo que conocía detalles sobre otro crimen cometido tres años antes en Mattierzoll.

Pleil tomó notas sobre el crimen y guardó el papel cosido en el forro de su chaqueta. Era una confesión que debía ser publicada, según dijo, después de su muerte. Reconocía en ella ser el asesino. Continuaron las investigaciones, que la policía debió interrumpir por falta de resultados en 1946, y con ello se llegó a aclarar once asesinatos hasta entonces misteriosos. Pleil confesó que había llevado a cabo todos esos delitos en compañía de sus dos cómplices Karl Hoffmann y Konrad Schuessler.

Hoffmann fue detenido en la Zona Oriental y entregado a las autoridades de la República Federal. La detención de Schuessler se efectuó también en ese mismo año de 1950 en Hamburgo. El juicio tuvo lugar ante la Audiencia de Braunschweig y duró diez días.

Fue un juicio con jurado. Presidió el Tribunal el magistrado-jefe Luettig. La acusación se le encomendó al fiscal Fuhrmann. G. H. Mostar tomó parte en el más horroroso de los juicios de la postguerra e informó sobre los autores, su educación y los móviles de la serie de crímenes.

En la monstruosa figura del «fabricante de muertos» Rudolf Pleil culminan todos los extravíos, las distracciones, las perversiones, la confusión y la podredumbre espiritual. Durante la guerra fue enseñado a matar y después se convirtió en asesino por placer, porque encontraba satisfacción en el mero hecho de matar. Fue una especie de monstruo que tenía que ser combatido con las armas adecuadas, como los dragones de las fábulas. Pero también los dragones de las leyendas se transforman a veces y encantan a los seres humanos. Y el «héroe» que ha de vencerlo no puede acabar con él si no es descubriendo su punto débil, después de conocerlo a fondo.

Desde el principio, pesaron profundas sombras sobre la vida de Rudolf Peil, comenzada cerca de la frontera. La casa de sus padres estaba en territorio de Sajonia, a pocos kilómetros de Checoslovaquia. Rudolf tenía siete años cuando los nazis llegaron al poder y expulsaron de allí a su familia porque era parcialmente de origen checo.

En territorio de Checoslovaquia, pero a pocos kilómetros de Sajonia, se levantó la nueva casa de los padres de Rudolf, que pudo ser construida gracias a las ganancias producidas por ese negocio tan típico de las zonas fronterizas que es el contrabando. Tanto el padre como la madre enseñaron al pequeño los trucos del negocio, pues nadie puede cruzar mejor la frontera que los niños. Cientos de veces Rudolf Pleil pasó de Alemania a Checoslovaquia.

Ya de niño fue castigado tres veces. Pero al cabo de tres años había conseguido con el contrabando que sus padres pudieran abrir una pequeña tienda. Ya no era necesario cruzar la frontera. Rudolf podía conseguir fácilmente un poco de dinero con sólo robarlo de la caja del negocio. La madre se dio cuenta varias veces de esos hurtos pero siempre se calló. Cuando el padre lo notaba, que eran las menos veces, lo castigaba duramente.

Pero estos castigos eran poco frecuentes, pues el señor Pleil bastante tenía con sus borracheras, pues hacía tiempo se había convertido en un hombre dado a la bebida. El joven Rudolf, a sus catorce años, robaba inducido por un amigo mayor que él y para entregarle el dinero a una muchacha que se vendía. Pero ese episodio no se repitió y parece no haber influido en su vida psíquica posterior.

Los avatares de la existencia llevaron a Rudolf Pleil de nuevo a Alemania. Encontró varios trabajos, pero no duró mucho tiempo en ninguno de ellos; no estaba acostumbrado a vivir de un trabajo real y positivo, que produce, además, poco dinero. En Leipzig, la policía lo detuvo por indocumentado, pero en realidad fue bienvenido, pues en aquellos tiempos los nazis necesitaban testigos de las «persecuciones» checas que obligaban a huir a los «alemanes». Fue declarado refugiado y se le facilitó documentación. Al cabo de doce años, seguía manteniendo los mismos ideales. «Los checos eran en aquel entonces muy agresivos», declaró ante el Tribunal de Braunschweig.

Rudolf se embarcó como grumete en los buques fluviales del Elba y el Oder. En invierno, cuando los hielos impiden la navegación, se quedó sin trabajo. Tenía catorce años cuando pasó su primera Navidad sin casa ni familia en un albergue para gentes sin hogar en Stettin. Cuando recordó esa Navidad, ante el jurado, se puso triste. Después, se embarcó pero en buques marítimos. Con quince y dieciséis años conocía el Mediterráneo, los Grandes Océanos.

Al estallar la guerra pronto tuvo sobre su pecho, todavía de niño, la medalla que se concedía a los marinos mercantes que rompían el bloqueo naval. Dos o tres veces su buque fue hundido y siempre volvió a embarcarse. No porque fuera muy valiente y buscara el peligro. Lo que deseaba era las ventajas de ese peligro: la posibilidad de conseguir trajes, relojes y otros objetos que decía haber perdido en el naufragio y que le eran indemnizados o sustituidos, aunque nunca los poseyó anteriormente.

Una vez más fueron las fronteras las que jugaron un papel importante en su vida, aunque en esa ocasión fueran las inmensas e incontrolables fronteras del mar. Como buen marino tenía chicas esperándole en muchos puertos. Y de una de ellas un hijo que se criaba con su hermana, a la que definió lleno de orgullo como «una muchacha valerosa». Cuando, ante los jurados, hablaba de ella, como cuando se refería a las cartas tan cariñosas de sus padres, las lágrimas asomaban a sus ojos, y hacía una larga y silenciosa pausa antes de poder seguir hablando de «su otra vida». ¿En realidad, cuál de estas dos vidas era la auténtica?

La otra vida, la que habría de llevarle ante un jurado de doce hombres justos, comenzó con el trágico acento que le da un ataque epiléptico que lo obligó a guardar cama durante bastante tiempo. Ese ataque, trajo como consecuencia que se descubriera un robo de ropa y una ausencia sin permiso de su buque. Después, ese mismo ataque sirvió como justificación oficial que fuera declarado inútil para la Marina. Los mares y los ríos le quedaban cerrados a su afán de aventuras.

Su despedida de la Marina, fue un Consejo de Guerra a bordo del buque en el que fue condena o a un año de presidio que tuvo en él desastrosas consecuencias. Se refirió a esa condena con orgullo, con el mismo Orgullo que después en Braunschweig, ante el Tribunal, miraba a los periodistas e informadores que abarrotaban los bancos destinados a la Prensa. Allí, en la cárcel, se le enseñó un extraño código de honor, que entre otras cosas le pedía estar siempre en el punto central de la atención general, al precio que fuera.

Cuando abandonó la cárcel, la guerra estaba a punto de concluir y él acababa de cumplir 20 años. Cayó en manos de los servicios de Sanidad de los nazis, que decidieron debían esterilizarlo, puesto que era epiléptico. Una de sus hermanas, también epiléptica, lo había sido ya anteriormente.

Le debe a los bombarderos americanos, que dañaron seriamente las salas de operaciones de los hospitales de Dresde y Chemitz, el haberse librado de la operación. Seguidamente pasó al campo de trabajadores extranjeros «Gelobtland» en calidad de vigilante. Aquello fue en realidad su tierra de promisión (1). Su voz temblaba de emoción al declarar ante el Tribunal sobre esta parte de su vida. Había raciones para doscientos hombres, pese a que sólo habitaban allí ciento cincuenta. Se bebía de noche y de día. «¡Qué borracheras pescábamos!», dijo con el rostro lleno de una expresión de satisfacción sólo al recordarlo.

En ese estado de ánimo ayudó, en los últimos días de la guerra, a los hombres de las SS a efectuar un transporte de prisioneros de los campos de concentración hasta Dachau. Cientos de prisioneros morían de hambre, sobre todo las mujeres. Se les quitaba los últimos harapos que cubrían sus cuerpos y se amontonaban los cadáveres antes de ser quemados. Desde las ventanas de su barraca veía los montones de cadáveres de las desgraciadas mujeres.

Se pasaba horas mirándolos, sin querer abandonar su puesto junto a la ventana, casi sin poder hacerlo, como sugestionado por una fuerza extraña. A nosotros nos puede parecer que aquí se da el símbolo de un sistema, que se presentó con toda su crueldad ante los ojos de un joven, casi un muchacho, influyendo en él como en toda su generación: un montón de cadáveres desnudos. Pero él, Rudolf Pleil, no parecía sentir una extraña atracción por esas crueldades, un encanto contra el cual no se rebeló voluntariamente en ningún momento, que no apartó de su conocimiento y que arrastraba a su cuerpo, físicamente, sin que pudiera defenderse. Cinco años después, en el Diario que llevaba mientras estaba en la cárcel, esperando ser juzgado, escribió: «En esos momentos supe que yo estaba llamado a convertirme en asesino, en “fabricante de muertos”.»

Para el contrabandista, el cruzador de fronteras, se presentaba aquí una nueva frontera que pasar… la decisiva. La frontera de su espíritu, de su ser interno.

Con la marcha de la muerte de los prisioneros hacia Dachau, terminó la guerra para Pleil. Pocos días después llegó la rendición incondicional, la derrota… el fin de aquello que para muchos se había convertido en un hábito y casi un placer, la aniquilación humana en masa. Pero para Rudolf Pleil no significó eso. Se encontró con una nueva posibilidad de seguir siendo lo que siempre fue, lo que deseaba ser. Había fronteras, nuevas fronteras que cruzar clandestinamente. Y sobre todo una frontera muy peculiar: la frontera interzonal, algo hasta entonces desconocido para el pueblo alemán dividido.

Para Pleil, que ya de niño fue contrabandista, eso significaba la vuelta a la juventud, a las aventuras, a los negocios fáciles. Como un animal que siente el olor de algo que le atrae irremisiblemente. Y siguió la insoslayable llamada de la frontera. De nuevo volvió a cruzar docenas de veces una demarcación. Tan pronto estaba en un lado como en el otro. De nuevo pudo hacer dinero con la miseria y necesidad de los demás. De nuevo vendía en la Zona Occidental lo que compraba en la Oriental y viceversa. Pero ahora, además, se le ofrecía algo hasta entonces inédito. No tenía que pasar sólo mercancías de contrabando, sino también podía «contrabandear» seres humanos, millares de seres humanos.

Ya no era un niño, sino un hombre; se había casado y encontró un empleo como auxiliar de la policía. Mas eso no le bastaba, no podía bastarle desde el momento en que vio aquellos montones de cadáveres desnudos frente a la ventana de su barraca en el campo de concentración. En una ocasión disparó contra un extranjero por descuido y lo hirió. Mientras vendaba al hombre, que se quejaba y se desangraba, sintió de nuevo aquel enigmático encanto, esa atracción misteriosa que entonces no sabía que acabaría por convertirlo en homicida múltiple, pero sentía una especie de premonición que le decía que llegaría a serlo.

¿Cómo podía llegar a serlo? Las mujeres no le dieron la respuesta. Lo evitaban, lo huían, como si presintieran en él al lobo sanguinario vengativo. Era desgraciado. Finalmente conoció a un hombre mayor que fue el que le dio la respuesta:

-Puedes tener todas las mujeres que quieras. Basta con que antes las hagas perder el sentido -le dijo-. Yo te ayudaré.

Así comenzaron esa serie de crímenes en la zona fronteriza interzonal, la obra del «Fabricante de muertos».

Había muchas mujeres que querían pasar del Este al Oeste, del Oeste al Este, para reunirse con sus esposos, con sus padres, con sus hijos o, simplemente, en busca de la libertad. Generalmente era el amigo de Pleil, a quien éste llamaba el «Diplomático», quien buscaba los primeros contactos. A veces también le facilitaba el arma del crimen, un hacha o una navaja. Otras bastaba con una piedra cogida rápidamente del suelo. Muchas ocasiones era el amigo quien golpeaba, otras el propio Pleil.

Siempre su cómplice se llevaba el botín, generalmente abundante, que después era repartido. Pero las mujeres eran de Pleil, le pertenecían a él. Algunos crímenes Pleil se atrevió a cometerlos solo. En una ocasión, borracho y al mismo tiempo en pleno ataque de epilepsia, se encontró con una herradura en la mano y una muchacha vestida con traje de esquiar junto a él, muerta. En otra ocasión una mujer le dijo:

-¡No tengo ninguna gana de vivir…

Y Rudolf le contestó:

-En ese caso yo puedo matarla…

La mujer empezó a sonreír… y sonreía cuando recibió el primer martillazo en la cabeza.

-La atracción era demasiado fuerte -dijo Pleil cuando se le tomó declaración y después ante los jueces.

Y como no se le creyera la historia y se dijera que él no era el asesino, pidió que se le presentara el martillo con el que se había cometido el crimen, entre otros varios, y él sería capaz de reconocerlo con los ojos cerrados. Se hizo así y entre siete, él eligió, sin la menor vacilación, el arma del crimen.

-Pero -aclaró Pleil- yo lo hice porque no tenía más remedio. Porque me impulsaba una fuerza incontenible. El otro sólo quería robarla y fue mucho más cruel. Yo nunca. Él le cortó la cabeza con una navaja de paracaidista. No pude verlo, no podía resistirlo. Aun hoy sueño. con ello. Por eso me separé de él. No quería relaciones de ningún tipo con una persona como él.

Con estas palabras, Pleil se refería a Karl Hoffmann, de treinta y siete años de edad y nacido, como el propio Pleil, en la frontera de Sajonia con Checoslovaquia. Pero Hoffmann, no mucho más alto, pero sí más fuerte que el gordo Pleil, se presentó ante el jurado con aire enérgico y negó todo como estuvo haciendo durante toda la instrucción del proceso y durante los casi dos años que duró su prisión preventiva.

Era cierto que había conocido a Pleil y también era verdad que en ocasiones viajaron juntos, cuando ambos eran representantes de comercio y celebraron juntos una Navidad en casa de Pleil. Pero jamás, ni solo ni en compañía de él, había cometido un crimen. Jamás estuvo en Hof, donde de acuerdo con las declaraciones de Pleil, ocurrió el hecho que se le imputaba. Se produjo una especie de duelo díaléctico entre él y el presidente.

-En un principio -dijo el magistrado-, Pleil no lo mencionó a usted. Se hizo responsable de crímenes que no pudo haber llevado a cabo solo.

-En ese caso -respondió Hoffmann-, debió ser otro el que le ayudara, pero no yo.

-Usted fue visto en Hof por cinco testigos que lo han reconocido, y que afirman estaba allí la víspera del día del crimen.

-Los testigos deben estar, confundidos -dijo.

-Usted ofreció a uno de ellos su puñal de paracaidista que quería vender y, a otro, el reloj de la víctima.

-Jamás tuve un cuchillo de ese tipo -dijo Hoffmann-, pese a que en Italia estuve en el mismo, campamento que una unidad de paracaidistas y, por lo tanto, conozco esos puñales. En cuanto al reloj en cuestión, nunca lo vi.

-Según la declaración de uno de sus compañeros de celda, usted gritó en sueños: “¡Rudolf!” ¿por qué me has traicionado?»

-Ese hombre miente.

El presidente se encogió de hombros e interrumpió el inútil diálogo.

-Es un cerdo -dijo Pleil-, pero Schuessler es una persona decente.

Dirigió una mirada amistosa, cariñosa casi, hacia el tercero de los acusados, el benjamín del trío diabólico, Konrad Schuessler.

Éste tenía dieciocho años cuando Pleil lo conoció en algún camino. Cuando se celebró el juicio tenía 22 años y dos de ellos los había pasado en la Legión Extranjera francesa, con lo que se había endurecido. Era un hombre robusto, con el rostro pequeño y agraciado, nariz larga y ojos pequeños y claros. Su frente estrecha y falta de expresión, bajo el pelo negro y brillante, demostraba escasez de inteligencia. Antes, a los dieciocho años, debió tener un aspecto más delicado y bello, un tipo sin voluntad propia, pero que suele gustar a las mujeres.

Estas dos cualidades fueron las que impulsaron a Pleil, según su afirmación ante el Tribunal, a buscar su amistad y «tenerlo en sus manos». Por aquel entonces, Pleil trataba de desprenderse del fuerte y endurecido, del violento y seductor Hoffmann, y buscaba un compañero «menos cruel», pero igualmente seductor con las mujeres. Una especie de niño guapo y travieso. Aun en aquellos momentos, ante el jurado, Pleil seguía llamando a Schuessler, «el Seductor».

El primer delito de éste fue el robo de un abrigo que le valió nueve meses de arresto, cuando tenía dieciocho años. Sólo dieciocho años y tras él la infancia dura del hijo ¡legitimo, la educación militar Htleriana, el frente en los últimos y difíciles días de la guerra, el campo de prisioneros, los trabajos de desmontaje de las fábricas y en las minas.

Pleil contaba los días que su amigo tenía que estar en la cárcel y cuando salió estaba en la puerta esperándolo. Ahora lo tenía «en sus manos», según dijo y lo pensaba en aquel entonces. Lo convenció de que no podía volver a su casa a pasar las Navidades sin llevar «alguna cosa». Esto podía conseguirlo atacando y robando a los que pretendían pasar la frontera interzonal, cosa que no ofrecía demasiadas dificultades.

La casualidad fue lo que hizo que cometiera su primer crimen en una especie de ensayo general de su nueva actividad. Pleil golpeó en una ocasión con una gorra a una mujer anciana en la cabeza. Schuessler la oyó gritar y la golpeó también para reducirla al silencio. Ambos robaron a la mujer, que debía ser la única que quedó con vida de todas las asaltadas por Pleil y, por lo tanto, la única testigo presencial y al mismo tiempo víctima personal de uno de los atracos. Ambos la tomaron por muerta.

Posteriormente, en compañía de Schuessler, cometería Pleil los dos delitos más perfectos y «artísticos», por decirlo así, de su carrera. Dos crímenes que más bien parecen fruto de la mente de un escritor imaginativo que de la auténtica realidad.

No lejos de Vienenburg, ambos cómplices descubrieron la caseta abandonada de un apeadero de ferrocarril. Faltaba un cristal de la ventana y el pestillo de la puerta. Con los marcos de la ventana y una de las columnas de la puerta encendieron fuego en el interior de la caseta. El fuego era visible desde muy lejos y atrajo a dos mujeres que intentaban pasar la frontera clandestinamente, en aquellas noches frías de invierno. Una de ellas llegó ya la primera noche; la otra dos noches después.

El guapo Schuessler se ganó en seguida la confianza de la recién llegada y la acompañó dentro, donde seguidamente Pleil la golpeó con una pesada barra de hierro. Lo mismo se hizo con la otra, dos días después. Ambas resultaron muertas en seguida. Pero, sin embargo, le entregó el arma a Schuessler que golpeó también a las dos mujeres, quizá por miedo, por temor, por obediencia o para probarse a sí mismo que también era capaz de hacerlo. Después robaron a las dos mujeres todo lo que tenían y las arrojaron a un pozo próximo. Lo que Pleil hizo con las mujeres, no lo vio Schuessler, que debía esperar fuera para que nadie llegara inadvertidamente.

Mientras Pleil seguía asesinando, Schuessler se fue a la Legión Extranjera francesa. Llegó a Marruecos, de allí a Orán; más tarde luchó en Indochina y se enteró por su madre que era buscado por la policía acusado de homicidio. Afirmó que las autoridades francesas no lo hubieran entregado nunca y que en la Legión le propusieron que cambiara su nombre y se volviera a alistar como paracaidista legionario. Pero prefirió escapar, desertar y, en medio de múltiples aventuras 1 emprendió el viaje de vuelta a Hamburgg. Allí fue detenido. Negó su participación en los crímenes… y no confesó hasta que no fue careado con Pleil, el cual le dijo:

-¡Puedes decir la verdad, Konrad!

Ante el Tribunal mantuvo su confesión, aunque dijo que ahora no podía comprender cómo había sido capaz de acciones tan repugnantes. Desde que cometió aquellos crímenes no había estado tranquilo, pero no podía negar que lo había hecho. Al igual que Pleil, él también odiaba a Hoffmann.

Lo que estaba bien claro era que Pleil sentía un gran afecto por Schuessler. Nunca se cansaba de intentar disculparlo, de probar que él era el auténtico culpable, el inductor, y que el otro sólo lo había obedecido. ¿Era Hoffmann aquello que Pleil temía llegara ser, y, por el contrario, Schuessler aquello que Pleil hubiera querido ser, el guapo, el orgulloso joven que atrae a las mujeres y las consigue sin necesidad de violencia?

-Después de aquella noche -declaró Pleil- nos dimos la mano y juramos que jamás nos delataríamos, en ningún caso. Hoffmann también me hizo la misma promesa. Schuessler la cumplió, pero no Hoffmann.

Una vez más se evidenciaba con toda claridad cuál era el «código de honor» de Pleil, que continuó diciendo:

-Lo que yo hice era porque no tenía más remedio que hacerlo y cada hombre tiene derecho a ser como es. Pero Hoffmann no debió hacerlo nunca ni tampoco Schuessler. Pero Hoffmann fue quien me indujo a mí a cometer esos delitos del mismo modo que yo, después, induje a Schuesler. Hoffmann es culpable conmigo, como yo lo soy con relación a Schuessler.

Dentro de su crueldad, este «código de honor», no dejaba de ser, en cierto modo, lógico si uno se pone al otro lado de la ley, es decir al lado de Pleil. Lo que lo hacía más cruel era el modo como Pleil lo definía y, más todavía, que fuera aquel hombre de aspecto más bien cómico quien lo defendiera. Visto así, el gordito Pleil parecía un buen camarada, un joven entusiasta obligado a decir la verdad. No cabe duda que el jurado, en ciertas ocasiones, se sintió influido en ese sentido.

Cuando hablaba de su madre, de su niñez, de sus fiestas Navideñas, lo hacía lleno de emoción y sentimientos; cuando se refería a sus crímenes, hablaba fríamente, a veces, incluso, riéndose y siempre con las expresiones más ordinarias; sobre la cuestión «del honor» se expresaba con calor y entusiasmo, con decisión y una emoción no del todo fingida. Esa triplicidad de su carácter inspiraba más horror que sus propios crímenes, con toda su desmedida monstruosidad: el horror que produce una época en la que hombres como éste, auténticos lobos feroces, no eran excepción y sus crímenes sólo unos casos más entre muchos otros igualmente terribles.

Pocas veces lloró Pleil durante las tres semanas del proceso. Y una vez se rió. Su llanto fue largo y silencioso. Su risa, corta y amenazadora.

Lloró cuando una testigo empezó a hablar de su hogar y de su niñez. Cuando se refirió a su padre, siempre borracho, al que el muchacho que entonces tenía sólo doce años iba a buscar a la taberna dos veces por semana para llevarlo a casa en un carro. Allí el hombre se espabilaba, pero no para nada bueno sino para pegar a la esposa; la madre siempre suave y amable, que trataba de disimular los pequeños hurtos y demás travesuras de su hijo.

La testigo habló también del muchacho que se gastaba a manos llenas el dinero que robaba a su madre, espléndidamente, entre los amigos; que siempre trataba de ser el jefe y conductor en las travesuras y que, cuando alguien no se doblegaba a él, como le ocurrió a uno de sus camaradas, no vaciló en abrirle un agujero en la cabeza de una pedrada… Pero si se dejaba arrastrar por el genio, también su enfado se le pasaba rápidamente, de igual modo, y no le importaba cargar con las responsabilidades y las culpas de los demás, para reparar su acción.

Lloró al oír esta declaración, pensando tal vez que en un tiempo fue niño y todavía puro; o quizás, al contrario, porque en ese pequeño Rudi, no demasiado malo, un muchacho como tantos otros de la preguerra, ya estaban los caracteres fundamentales del más cruel de los criminales de la postguerra, el asesino Pleil… Y, tal vez, porque se daba cuenta de que no había tenido la posibilidad de escapar a su destino.

Se rió cuando un compañero de celda, retrasado mental, fue llamado a declarar ante los funcionarios que instruían el proceso. Al principio se sospechaba de que Pleil hubiese cometido, también, una docena de asesinatos más, de los que era inocente. Ha que tener en cuenta que sólo en la zona fronteriza interzonal de la Baja Sajona desaparecieron en aquellos años de locura más de doscientas cincuenta personas, que no han vuelto a aparecer hasta nuestros días. En los interrogatorios Pleil conoció algunos detalles de nueve de esos asesinatos que se le querían achacar y se los explicó a su compañero de celda, al que no cabe calificar de otro modo que como un retrasado mental, al tiempo que le decía:

-Preséntate a declarar -le aconsejó-, una vez allí confiésate autor de esos crímenes. Te darán cigarrillos, que después nos repartiremos. Pero, lo más importante, es que nos divertiremos viendo cómo se mueve la policía.

Pleil logró su propósito y cuando en el juicio se tomó declaración al compañero de celda y salió a relucir el suceso, se rió hasta que las lágrimas le brotaron a los ojos. Le gustaban mucho las bromas y no comprendió que en esa ocasión la suya era demasiado pesada y peligrosa. Por otra parte, no tenía sentido del horror. Cuando se leyeron los espeluznantes resultados de los reconocimientos forenses de sus víctimas, aceptó o corrigió los detalles del crimen con la serenidad de un técnico y no sin cierto placer.

Cuando los familiares de sus víctimas lloraron, inclinó la cabeza, pero sólo porque era natural que lo hiciera así y eso podía causar buena impresión. Cuando se mencionó la seguridad con que había vuelto a identificar los lugares en los que cometió sus crímenes, no pudo menos que sonreír satisfecho y orgulloso. No, no tenía sentido del horror, pero sí del humor.

En cierta ocasión fue arrojado de una taberna en la que no se le quería dar de beber. Se puso una barba postiza, se cambió de ropa y volvió al local y estuvo tomando una copa con el mismo policía que lo había echado. Y se alegró y divirtió como un chiquillo al ver que no era reconocido.

Cuando el fiscal lo expulsó de la sala de interrogatorios por una grosería que se atrevió a decirle, al volver a la cárcel, logró hacerse con unas flores que le envió al fiscal, con la siguiente dedicatoria: «Hagamos las paces; dejemos hablar a las flores.»

Sí, tenía sentido del humor y sabía gastar bromas, aunque a veces un tanto pesadas. Pero ninguno de los testigos fue capaz de creer que aquel joven regordito, corto de piernas y de aspecto bonachón, fuera capaz de haber cometido ni siquiera uno solo de esos crímenes; el que sí tenía toda la apariencia de un asesino de película era su compañero Hoffmann, un auténtico tipo «duro», de presencia arrogante, de voz chillona y agresiva y el aspecto típico del criminal al que se ve una vez y no se olvida nunca. Ante un Tribunal la peor cosa que le puede suceder a un acusado es tener mal aspecto y, sobre todo, personalidad.

Pleil no tenía personalidad aparente. En un principio nadie lo reconoció ni estaba seguro de poderlo identificar. Después, muchos lo recordaron por sus cuidadas ropas y su limpieza, y sobre todo por su amabilidad y su buen humor. Para asistir al juicio, cada día se ponía una corbata distinta. Sus compañeros de miseria de aquellos días. los que poblaban las plazas de las estaciones, recién terminada la guerra, tenían necesidad de humor y amabilidad. Unos eran refugiados del país de los Sudetes y tenían que alimentar a sus familias con el mercado negro; otros, guías de fronteras; y los terceros esperaban un transporte de prisioneros para unirse a él y poder comer porque no tenían trabajo.

Hoy, esa gente tienen empleos y son honrados precisamente porque hallaron la posibilidad de trabajar. Pero casi todos siguen llevando aún la marca de la guerra y de aquellos tiempos de desorden que la precedieron. Una marca no menos perceptible que la inscripción en el Registro de antecedentes penales, o el dolor de la perdida de un familiar, a veces ese recuerdo de la guerra se une a otro más visible como la pérdida de una pierna, de una mano, o un tic nervioso causado por el «organillo de Stalin» o por abomba.

Pleil, que en aquellos tiempos los divirtió o quizá se divirtió con ellonunca más se regeneró. Permaneció abajo y cada vez se fue hundiendo más; tanto, que puede decirse que nadie cayó tan hondo, a un infierno de horrores tan profundo como el suyo. Pleil causó más sufrimientos, más dolores que ninguno de ellos y, sin embargo, seguía siendo el hombre de buen humor, el bromista y chistoso de siempre. Un payaso manchado de sangre y, al mismo tiempo, un enigma que nadie se veía con capacidad de descifrar.

Cuando lloraba o reía con sinceridad, era como si uno contemplara una máscara; más todavía, como si tuviera ante los ojos el rostro pintado de un clown de circo… Pero un clown que no golpeaba a sus compañeros de actuación en broma, sino que era capaz de matarlos. Su rostro era el rostro de quien ha perdido la conciencia… Así era Pleil… Un clown asesino.

¿Cómo fueron posibles esos crímenes? Uno de aquellos múltiples episodios, que casi no puede creerse, nos sirve de ejemplo de las cosas que podían ocurrir en aquellos tiempos.

El asunto se refiere a un policía, destinado en el aparentemente tranquilo y cómodo pueblo de Zorge, en el Harz, que pasaba el tiempo libre de servicio en la taberna de su suegro, donde no sólo invitaba a sus superiores, sino que en cierta ocasión le pagó una cerveza al presuntuoso asesino Pleil, lo que no debió decirse en el juicio.

Fue ese mismo policía al que se le comunicó el hallazgo de la cabeza de una mujer, cerca de la zona fronteriza. El policía cumplió su deber y acudió al lugar del hallazgo; cumplió también su deber no tocando en nada en el lugar del supuesto crimen; y también en cumplimiento de su deber, se marchó a un viaje de servicio que duró más tiempo de lo que había supuesto. Cuando regresó y fue a buscar la calavera ya no estaba allí. Poco antes se había llegado a un acuerdo con la policía de la Zona oriental, para un encuentro, pues ellos hallaron un cuerpo decapitado.

No sabemos por qué la policía oriental no se presentó con el cuerpo, pero sí sabemos por qué no pudo ser presentada a tiempo la calavera. Unos chiquillos la encontraron y la clavaron sobre un palo; jugaron con ella, hasta que se cansaron y la tiraron al río Zorge. Finalmente la encontró un guardabosques, aficionado a disecar animales, el cual la limpió, la preparó y la estuvo utilizando como pisapapeles… He aquí, verdaderamente, un símbolo trágico de aquellos tiempos en la Zona fronteriza, en la tierra de nadie. ¡Niños que juegan con la prueba de un crimen, con el «corpus delicti»!

Dos especialistas trataron de aclarar la personalidad y responsabilidad de Pleil: el primero, una eminencia de la psiquiatría; el segundo, un talento de la medicina forense. El psiquiatra encontró en Pleil cuatro componentes que al unirse entre sí motivaron su personalidad y originaron sus crímenes: su epilepsia leve; su inclinación por el alcohol; su tendencia al sadismo, y… ¡la época! La época de guerra en la que creció y se educó; aquellos duros días de la postguerra en los que asesinó.

En casos como éste, en los que esos componentes se unen, es decir, cuando se comete un crimen en un ataque de epilepsia, bajo la influencia del alcohol, cegado por la pasión sexual o influido por las circunstancias externas del ambiente que nos rodea, la Ley exime de la responsabilidad criminal, porque se obró arrastrado por pasiones o sentimientos que disminuyen la capacidad de raciocinio. Pero si falta uno solo de esos componentes, sobre todo si el motivo del crimen es el robo, falta la eximente en sentido legal y sólo pueden ser considerados algunos atenuantes.

Podemos comparar el encuentro, la confluencia de estos cuatro componentes como un huracán formado por cuatro vientos procedentes de distintas direcciones que concurren en un punto, donde giran violentamente, causando la muerte y la destrucción. Así confluyeron en el alma de Pleil el triste destino de sus años juveniles, desarraigado, y que más tarde lo impulsaron a buscar consuelo en el alcohol; la herencia epiléptica a causa del padre borracho; la tendencia hacia la violencia sexual…

Todo esto en el alma de un hombre situado en ese mundo de pasiones humanas, de desorden y miseria de la postguerra, entre gentes de las más diversas procedencias y tendencias… Sí, todo eso desató un huracán, como el que recorría la zona fronteriza desde Baviera hasta la Baja Sajonia, destruyendo tantas y tantas vidas humanas. Ese huracán arrastró a Pleil.

El forense veía las cosas de otro modo. Pleil era un hombre de elevada inteligencia, dijo, y tenía la capacidad suficiente para distinguir lo que había de malo en sus actos, así como también la voluntad suficiente para no cometerlos. Por lo tanto era completamente responsable. Sin embargo, Pleil no era normal en sus sentimientos, es más, tenía cierta incapacidad para sentir. Eso era completamente auténtico.

Pocas veces, en el transcurso de los diez días que duró el proceso, trató Rudolf Pleil de demostrar piedad o compasión por sus víctimas, aun cuando fuera fingida. Pese a que era muy capaz de hacer comedia, como lo demostró en otros aspectos, aquí falló de modo tan rotundo, que pronto desistió de fingir lo que no sentía ni podía sentir. Simplemente no le era posible comprender la compasión o la misericordia.

Un hombre a quien le falta la capacidad de sentir hasta ese extremo, ¿puede entender lo que hay de sagrado en la vida humana? No, pues en su más profundo significado esto no es otra cosa que un sentimiento humano. Aquí está la anomalía de Pleil, dijo el especialista. Y lleno de profundo horror, uno puede hacerse la pregunta: ¿No era ese asesino la más pura representación del hombre, del hombre en sí, como fue en un principio, nacido para la lucha a muerte por la existencia y la reproducción, unido, sólo un poco, a sí mismo y a sus familiares? Porque Pleil amaba a su madre y a sus hijos.

Sus crímenes pudieron ser muestra de un atavismo, pero, precisamente por eso, algo en cierto modo normal. Y surge, igualmente, otra escalofriante pregunta, cuya respuesta nos hace sentir el mayor orgullo, por todo lo que la cultura, la religión y la ciencia han hecho a lo largo de milenios, de esa bestia primitiva y cruel que fue el hombre.

El proceso terminó con la misma condena para Pleil, Hoffmann y Schuessler. Tres hombres jóvenes que cometieron terribles crímenes por los cuales debían pasar el resto de su vida tras los muros y las rejas del presidio. Los crímenes no podían remediarse ya.

En cuanto al castigo, nunca podría considerarse suficiente, pues las posibilidades del crimen siempre son mayores que las posibilidades humanas de castigarlo. Eso no podemos olvidarlo y siempre, por el contrario, tomarlo en consideración. Ni siquiera castigos tan duros como la hoguera y los tormentos de la Edad Media pudieron ni podrán evitar el crimen.

Nunca seres inhumanos como Pleil podrán ser asustados, atemorizados o contenidos en sus pasiones por medios humanos de castigo. Quizá ni siquiera puedan ser mejorados. Lo único que puede hacerse, es conseguir un ambiente, un mundo para todos en el que no se dé esa necesidad; en el que las gentes como Pleil puedan resistir a sus tentaciones e inclinaciones; una época y un ambiente en el que no haya miseria, ni la oportunidad fácil de conseguir víctimas. Y más que nada no permitir que los jóvenes puedan ser envenenados, deformados por una falsa educación. Eso difícilmente puede lograrse en este mundo. No hay ningún juez humano capaz de imponerlo. ¡Sólo el Alto y Divino poder de Dios que juzga a todos los hombres de la tierra!

Debe decirse algo aquí sobre la extraña y quizá poco justa igualdad de las penas impuestas a los tres condenados. Seguramente que a quien menos le afectaría la sentencia sería al «fabricante de muertos», al impasible asesino de masas, mientras que sin duda sería mucho, más dura para el joven que él arrastró al delito y que en la época en que colaboró con Pleil en la comisión de los tres asesinatos sólo tenía dieciocho años.

Para éste todavía era posible la regeneración. Podía conseguirse que, arrepentido, hallara de nuevo su puesto en un mundo libre y honrado, del que Pleil, desde el primer día de su nacimiento, parecía hallarse excluido. Pero dos homicidios y un intento de homicidio son «más que suficiente» para una condena a cadena perpetua. Tampoco aquí la Ley pudo hacer nada más.

Rudolf Pleil se hizo justicia a sí mismo el día 18 de febrero de 1958 en la cárcel de Celle. Se le encontró ahorcado en su celda. Los demás dijeron:

-¡Ha sabido liberarse a sí mismo!

 


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