Ricardo Silvio Caputo

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Ricardo Caputo

Lady Killer

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: «Veía imágenes, escuchaba voces y sentía ganas de matar»
  • Número de víctimas: 4 +
  • Periodo de actividad: 1971 - 1977
  • Fecha de detención: 18 de enero de 1994 (se entrega)
  • Fecha de nacimiento: 1949
  • Perfil de las víctimas: Nathalie Brown, de 19 años / Judith Becker, de 26 / Barbara Ann Taylor, de 28 / Laura Gomez, de 23
  • Método de matar: Estrangulación / Apuñalamiento / Golpes
  • Localización: Varias, Estados Unidos (California), Estados Unidos (Nueva York), México
  • Estado: Condenado a 25 años de prisión en Nueva York en 1995. Muere en prisión en octubre de 1997
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Ricardo Caputo – Murió en la cárcel el argentino que no podía dejar de matar

Marina Aizen – Clarin.com

6 de abril de 1998

Ricardo Caputo estaba jugando al básquet en la prisión y sufrió un ataque cardíaco. Había matado al menos a cuatro mujeres, pero creen que también fue responsable de otros crímenes terribles.

Seducía a sus víctimas como un encantador de serpientes y luego las mataba de la forma más tortuosa y brutal. Pero Ricardo Silvio Caputo -que supo ser el asesino serial más buscado de los Estados Unidos- tuvo un final abrupto e indoloro. En octubre, el argentino murió de un ataque cardíaco, mientras jugaba al básquet en una cárcel, según confirmó Clarín en fuentes del sistema penal de justicia.

Caputo, de 48 años, había matado, al menos, a cuatro mujeres.

No se sabe si alguien lloró por su muerte. Su hermano, Alberto Caputo, un acaudalado empresario que vive en Riverdale (la zona más rica del Bronx), retiró su cuerpo de la cárcel y, según contó a Clarín, todavía hoy mantiene sus cenizas en una urna funeraria en su casa.

La noticia de la muerte de Caputo pasó prácticamente inadvertida para los medios de prensa, al revés de lo ocurrido en marzo de 1994, cuando el hombre se entregó a la Justicia de los Estados Unidos, después de huir durante 20 años.

En ese momento, el caso del argentino -que asesinó a dos mujeres en el estado de Nueva York, a otra en California y a la última en la ciudad de México- ocupó la tapa de todos los diarios y los principales espacios de televisión.

Claro que esto no significaba que se hubieran olvidado de él: hace poco en los Estados Unidos se publicó un libro de investigación sobre la extensa carrera criminal de Caputo, titulado Ámame hasta la muerte (Love me to death).

La autora, Linda Wolfe (periodista dedicada a temas policiales), sospecha que el argentino pudo haber cometido otros dos asesinatos: el de su amiga, la escritora Jacqueline Bernard, y el de Devon Green, una moza de restaurante.

Pero, hasta su muerte, Caputo sólo admitió cuatro asesinatos. El primero, ocurrido en 1971, fue el de Natalie Brown, una joven que trabajaba de cajera en un banco. Él planeaba casarse con ella. A Brown la mató clavándole varias veces un cuchillo de cocina. Luego llamó a la policía y simplemente les dijo: Acabo de matar a mi novia. Terminó internado en un hospital psiquiátrico, donde conoció a su segunda víctima: Judith Becker.

Becker se había recibido de psicóloga, pero igual cayó bajo la trampa psicópata que le tendió su paciente argentino. Se convirtieron en amantes, a pesar de que la mujer sabía del pasado asesino de Caputo.

Un día, tras una discusión feroz, el criminal la ahogó con una media de nylon, y la dejó desnuda, tirada en la cama. Se escapó en un ómnibus hacia San Francisco, cruzando el país de punta a punta. En un bar encontró a su tercera víctima.

Barbara Taylor trabajaba en cine, era una mujer independiente que se preparaba para conquistar al mundo. Caputo la sedujo haciéndole un retrato a lápiz. La primera noche ella lo invitó a su departamento y comenzaron a vivir juntos.

Pero poco a poco la relación se fue enturbiando. Él le pidió que le comprara un pasaje a Hawaii; ella lo hizo para sacárselo de encima. Cuando volvió de las islas, diciendo que la amaba perdidamente, lo fue a esperar al aeropuerto.

Poco después la asesinó brutalmente, usando como arma el taco de una bota texana. Su cara quedó destrozada. Caputo se escapó a México, donde volvió a matar, esta vez a Laura Gómez, estudiante universitaria de familia rica y poderosa.

Resulta escalofriante leer lo que Caputo dijo de las víctimas en una de las conversaciones con Wolfe. Yo amaba a Natalie. ¿Por qué habría querido matarla? Amé también a Laura. A Bárbara no la quería, pero era mi amiga. La única a la que no amé o que no me gustaba era Judith. Con ella era una cuestión de necesidad. Yo la necesitaba, contó.

Luego, sobre Laura Gómez insistió con que la mató porque quería poner fin a su sufrimiento. Ella me amaba y quería casarse conmigo. Pero yo era un asesino y no podía decírselo. Nunca lo hubiese entendido. Entonces no podía casarme con ella. Pero cuando le dije esto se puso triste. Yo quise aliviar su dolor. Caputo la mató con una barra de hierro. El golpe fue tan fuerte que se le desprendieron todos los dientes. La chica tenía 19 años.

En su larga fuga, Caputo usó 17 alias diferentes, y entró y salió de los Estados Unidos cuantas veces quiso, a pesar de ser uno de los hombres más buscados.

En medio de todo eso se casó con dos mujeres, con las que tuvo en total cinco hijos. La primera, Felicia Fernández, era una refugiada cubana. Literalmente, desapareció del mapa: no se sabe si Caputo la mató o se escapó para salvar su vida. La otra es Susana Elizondo, quien, en declaraciones a la televisión norteamericana, dijo que su marido era incapaz de matar a una mosca.

Pero Caputo nunca conoció el valor de la verdad; o bien porque era un enfermo o, simplemente, un frío asesino. Por lo tanto, todo lo que dijo sobre sus víctimas entra en el terreno de la duda.

Como Wolfe, los investigadores en Estados Unidos creen que pudo haber asesinado a más personas, incluso a hombres. Hay testigos que afirmaron que el argentino también vendió su cuerpo como un homosexual y después asaltó a sus parejas ocasionales.

No es fácil saber cuándo Caputo dejó de matar. Después de declararse culpable por los asesinatos de Brown y Becker, la Justicia de los Estados Unidos desistió de la investigación de otras posibles víctimas. La historia de sus crímenes quedará inconclusa para siempre.

El prontuario carcelario de Caputo dice sólo que murió por causas naturales. Hoy sólo quedan sus cenizas y el relato del terrible sufrimiento de sus inocentes víctimas.


«Lady Killer», el serial argentino que mató en Estados Unidos

Paulo Kablan – Diarioveloz.com

14 de diciembre de 2013

Fue el argentino que más salió en la portada de los diarios de EE.UU. Era mendocino. Es considerado uno de los criminales más extraños y violentos.

«Me entregué a las autoridades, su señoría, para evitar más muertes», dijo en perfecto inglés el reo antes de escuchar la sentencia a 25 años de cárcel en un Tribunal de los Estados Unidos. Ese hombre, que por entonces tenía 45 años y era un homicida serial al que se lo identificaba como «Lady Killer» (asesino de damas).

Ricardo Silvio Caputo, a quien le decían Caíto, había nacido en la ciudad de Mendoza y tenía dos hermanos, Alberto y Alicia. En la Argentina vivió hasta los 19 años, cuando decidió viajar a los Estados Unidos a trabajar, como tantos otros jóvenes, allá por el año ’70. Nadie pudo explicar por qué, ese muchacho simpático y mujeriego se convertiría en un brutal asesino en serie. Fue, quizás, uno de los argentinos más mencionados en las tapas de los diarios estadounidenses.

A Estados Unidos ingresó como turista, pero se quedó a vivir. Consiguió dos trabajos, en un hotel y en una pensión de Nueva York, donde conoció a quien sería su primera víctima: Natalie Brown, de 19 años.

En julio de 1971, Natalie ya no quería seguir la relación con Ricardo. En la casa de ella, Caputo, tal como él mismo lo contaría más de dos décadas después, comenzó a ver imágenes de colores, escuchar voces y sentir ganas de matar. A la chica la acuchilló y la estranguló. Luego del crimen, fue hasta un local cercano y llamó a la Policía: «acabo de matar a mi novia».

En ese primer juicio, lo declararon inimputable. Dijeron que era esquizofrénico, aunque en el segundo juicio la conclusión sería otra: un psicópata manipulador que podía simular ser un enfermo psiquiátrico. Pero en 1971 dijeron que estaba loco, y lo enviaron a un hospital, en la ciudad de Beacon, donde estuvo hasta 1973 cuando una joven psicóloga llamada Judith Becker (26) consiguió que lo trasladaran a otro centro con un régimen más flexible.

Judith quedó atrapada con ese muchacho latino. La psicóloga y Ricardo comenzaron a salir, eran amantes. Ella, incluso, lo llevó a su casa y le presentó a sus padres, a quienes no les contó que era su paciente.

En el juicio que se realizaría 20 años después, Caputo confesaría que Judy «no me quería, me daba cuenta». En octubre de 1974, el mendocino fue a la casa de su novia y, luego de darle una brutal paliza, la ahorcó con una media. Se trataba de la segunda víctima inocente de un despiadado asesino que mataba a mujeres a las que, poco antes, les juraba amor eterno.

Tras el crimen, que por entonces tuvo una importante cobertura en los diarios estadounidenses, Caputo tomó un colectivo y viajó a California, en la costa Oeste, y se radicó en San Francisco. Vivía en una pensión y se ganaba la vida en la calle haciendo retratos con lápiz. Allí consiguió documentación falsa y se hacía llamar Ricardo Donoguier. Se determinó que usó 17 identidades falsas.

Ricardo conoció a Bárbara Taylor, que era documentalista. La conquistó y se fueron a vivir juntos. Pero un año después, la relación comenzó a resquebrajarse, por lo que él se marchó, con la ayuda de su novia, a trabajar un tiempo en Hawai. Fue mozo de un bar de Honolulu. Conoció a varias chicas, a quienes conquistaba con simpatía y cultura.

Pero en marzo de 1975 tuvo que huir de la isla. Habría intentado matar a una joven, quien se salvó pese a recibir una brutal golpiza. Caputo, con identidad falsa, regresó a California y fue a buscar nuevamente a Bárbara.

Bárbara Taylor tuvo una muerte horrorosa. Le destrozó la cabeza con el taco de una bota texana. «Lady Killer» había vuelto a atacar y, una vez más, los diarios informaban sobre el serial que para entonces buscaba el FBI y era considerado uno de los prófugos más peligrosos de los Estados Unidos.

Ricardo Martínez Díaz fue el nombre que utilizó Caputo cuando escapó a México. En el DF tuvo varios romances, hasta que conoció a Laura Gómez, una joven estudiante de 23 años hija de un poderoso empresario del transporte.

En junio de 1977, Laura tenía los días contados. Ella quería casarse con Ricardo, quien años después le contaría a una escritora estadounidense que publicó un libro sobre el caso que «no podía decirle que era un asesino, no podía casarme con ella». El cadáver de la joven fue encontrado con huellas [de] haber sido quemada con cigarrillos y de haber recibido tremendos golpes de puño. Luego de la tortura, el homicida le destrozó el cráneo con un hierro. En la autopsia se descubriría que Laura estaba embarazada.

Caputo, para escapar de un encierro seguro, ingresó nuevamente a los Estados Unidos y, con otro nombre, se radicó en Los Angeles. Conquistó a una cubana llamada Felicia, con quien se casó, tuvo dos hijos y vivió hasta 1984. La mujer, misteriosamente, desapareció. Se sospechó, aunque nunca se pudo probar, que pudo haber sido otra víctima del serial.

Roberto Domínguez fue el nombre que utilizó a partir de ese momento. La historia cuenta que se mudó a Guadalajara, en México, donde conoció a Susana, una joven estudiante con la que se casó y se marchó a Chicago. Con esa mujer tuvo otros cuatro hijos y fue la única que nunca fue agredida por Caputo, según ella misma declaró. Tampoco sabía la verdad hasta que, en 1994, Ricardo regresó a Mendoza, le contó a sus familiares lo que había hecho y acordó entregarse en los Estados Unidos para pagar sus culpas. Decía que había vuelto a sentir ganas de matar.

En marzo de 1994, Caputo llegó a Nueva York. Allí relató su historia al canal ABC, para luego quedar inmediatamente detenido. Confesó haber matado a sus cuatro novias, negó haber tenido alguna relación con la desaparición de su exmujer y no reconoció haber asesinado a otras dos mujeres más, tal como hasta hoy se sospecha.

Condenado, Caputo fue enviado a la cárcel de Attica, cerca de la frontera con Canadá, donde falleció de un ataque cardíaco cuando jugaba un partido de básquet. Fue en 1997, cuando tenía 48 años.


Emigró a los 20 y se hizo asesino serial en EE.UU.

Rolando López – Losandesinternet.com.ar

17 de julio de 2011

La poco difundida historia de Ricardo Caputo, el mendocino que en los ‘70 asesinó a 4 mujeres. Después llevó adelante una vida «normal» y tuvo 17 identidades diferentes. Luego de 20 años prófugo regresó a Mendoza para entregarse en 1994. Su caso, desmenuzado en tres entregas, desde su barrio del Centro hasta su muerte en una cárcel norteamericana.

A principios de 1994, después de 24 años de ausencia, Ricardo Silvio Caputo regresaba a su Mendoza natal. Lo hizo en colectivo luego de que un avión proveniente de México lo depositara en el aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires. Apenas un día estuvo en la capital argentina Ricardo o «Caíto», como lo llamaba su madre Alicia quien no lo veía desde 1970. Ese año, Ricardo, su hijo del medio, partió a Estados Unidos para hacerse la América.

En la Terminal de Ómnibus de Mendoza, Ricardo esperó a su madre quien llegó junto en auto con su pareja, Silvio Pintos. Más allá del paso del tiempo, madre e hijo no tardaron en reconocerse entre la mucha gente de la Terminal: se abrazaron fuertemente y ninguno de los dos pudo evitar las lágrimas; al lado, Pintos resguardaba el equipaje del hijo de su esposa.

La mujer, de haber estado al tanto sobre cómo terminaron muchas de las mujeres que su hijo abrazó, tal vez no hubiera hecho tan prolongada aquella demostración de afecto. Al cabo de las palabras propias de quienes llevan casi un cuarto de siglo sin verse (más si se trata de madre e hijo), los tres salieron de la Terminal con rumbo a la casa de Alicia ubicada en la calle Jujuy al 700 de la Cuarta Sección.

Sentados en la parte trasera del auto, Ricardo volvió a abrazar a su madre y, en medio de sollozos, le dijo: «Creía que habías muerto, mamá…»

Según cuenta el escritor Hernán Iglesias Illa, en una extenso artículo para la revista Gatopardo, unos días después, por la tarde, y en la cocina de la casa de la Cuarta Sección, Ricardo le dijo a su madre que tenía que confesarle algo: «Maté a cuatro chicas en Estados Unidos y me buscan desde hace 21 años; me quiero entregar».

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Ricardo Silvio Caputo nació en Mendoza Capital, en 1949. Era el segundo de tres hijos que tuvo el matrimonio compuesto por Alberto Caputo y Alicia Díaz. Su infancia la pasó en una casa pequeña de calle Salta al 1400, en pleno Centro de Mendoza, una ciudad a la que nunca quiso: «Nací en la somnolienta Ciudad de Mendoza», le describió una vez a Linda Wolfe, una periodista americana que biografió su vida en el libro Te amaré hasta matarte.

Los pocos vecinos que aún viven en esa cuadra de calle Salta entre Entre Ríos y Buenos Aires, lo traen a colación como un chico «simpático, entrador y buen mozo», según una mujer que prefirió no dar a conocer su identidad (como la mayoría de las personas consultadas para este trabajo).

«Era un pícaro -confiesa la señora entre risas- siempre recuerdo que cuando tenía entre 16 y 17 años, a fines de la década del ’60 ya era amante de una mujer mayor que lo pasaba a buscar en un auto con chofer, se lo llevaba y después lo traía. “¿Vieron?” Nos decía cuando lo volvían a dejar en la cuadra. Caíto era un loco; su hermano, Alberto, un talentoso. De Alicia, su hermana menor, la verdad es que tengo pocos recuerdos», según recuerda la mujer.

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A la edad de 19 años, como muchos jóvenes de finales de la década del 60 en Argentina, Ricardo Caputo viajó a Estados Unidos «para trabajar de lo que fuera». Lo hizo solo pero debió regresar al año siguiente ya que le tocaba el servicio militar obligatorio. «Le tocó en la Cuarta Brigada Aérea y cuando terminó de inmediato volvió a Estados Unidos», se puede leer en el artículo de Iglesias Illa.

En su vuelta a Estados Unidos, Caputo se instaló en Nueva York y consiguió dos trabajos: en el Hotel Plaza (frente al Central Park), de día; mientras, por las noches lo hacía en el hotel para mujeres Barbizón: una ocupación ideal para él, un mujeriego ilimitado. Por esos días conoció a su primera víctima, Natalie Brown, una joven de 19 años que trabajaba de cajera en un banco.

Natalie cayó rápidamente ante los encantos de Ricardo y al cabo de un mes el mendocino ya era su novio oficial. Los biógrafos de Caputo definieron a Natalie como una chica tímida con cierto parecido físico a Linda Blair (la protagonista de la película El Exorcista, estrenada por aquellos días en Estados Unidos).

«Estuvimos varios meses juntos. Era mi novia. A veces me quedaba a dormir -en camas separadas- en la casa de sus padres», le indicó Ricardo a su biógrafa, la periodista Linda Wolfe, una vez en la cárcel. Incluso llegaron a viajar por Miami, Los Ángeles y San Francisco. Pero Caputo era ilegal y quería casarse con su chica. Al parecer, ella no.

El viernes 30 de julio de 1971, Ricardo llegó hasta la casa de los padres de Natalie, en Flower Hill. Para entonces, Caputo había comenzado a sospechar que su chica ya no lo amaba. El sábado siguiente a la noche, cuando se quedaron solos, el mendocino quiso hacer el amor y ella lo rechazó. Natalie bajó corriendo del segundo piso y Ricardo la siguió. La alcanzó en la cocina y ella, un poco cansada le dijo «fuckin spic» (algo así como tratar a alguien de latino de un modo despectivo).

Entonces algunas voces comenzaron a sonar en la cabeza del mendocino: de acuerdo con los informes forenses, Caputo tomó de los brazos a su chica y luego agarró un cuchillo de cocina, Natalie volvió a escapar y se refugió debajo de la pileta de la cocina. El mendocino dejó el cuchillo, se puso en cuclillas al lado de ella, la tomó del cuello y comenzó a presionar «hasta que su cuerpo dejó de temblar», según reconstruyó Iglesias Illa.

Ricardo dejó el cadáver en ese sitio, salió de la casa y caminó hasta una estación de servicios cercana, tomó un teléfono público y marcó el 911: «Acabo de matar a mi novia», dijo en inglés. Lo detuvieron a los pocos minutos.

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«Hay dos tipos de sonrisas que tienen las mujeres y que te dan la pauta de que están muertas con vos. Una, es la sonrisa de la boca, del gesto de la boca; la otra es cuando se ríen con los ojos, cuando te están mirando y escuchando y sus ojos se iluminan. Cuando esas dos sonrisas se juntan, en ese momento único es cuando le tenés que dar el beso. Es el momento de las dos sonrisas: la de la boca y la de los ojos…»

«Nunca me olvidé cuando Ricardo, que por entonces debe haber tenido 17 años, me dijo eso: era un galán y además sabía de mujeres», lo recuerda Guido, hoy empresario y uno de sus amigos en la etapa adolescente de Caputo.

Alberto Caputo, su hermano -hoy un magnate en Estados Unidos- en la nota que dio a la revista Gatopardo, recordaba que en Mendoza las relaciones con las mujeres eran muy complicadas: «Allá (por Mendoza), tenías que salir con una chica como ocho meses para ver si pasaba algo. El pueblo tiene toda esa cosa católica recalcitrante; acá (por Nueva York), todo era mucho más sencillo. Lo que recuerdo era ir de putas en la Cuarta Sección. Siempre íbamos con mi hermano».

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Antes del juicio por el crimen de Natalie Brown, uno de los fiscales solicitó que Caputo fuera analizado por un grupo de psiquiatras: el mendocino, que ya tenía experiencia en tests psiquiátricos que le habían hecho en el hospital El Sauce, de Mendoza, contó ante los pesquisas que hablaba mucho con Natalie y también con su padre, que ya había muerto. Según el escritor Iglesias Illa, Caputo estaba al tanto de los beneficios de ser declarado demente: «Sabía que si eso pasaba no iría a una cárcel sino a un neuropsiquiátrico».

Los profesionales le diagnosticaron «una grave enfermedad mental, posiblemente esquizofrenia» y el juez no lo llevó a juicio sino que lo confinó a un hospital psiquiátrico de un pueblo llamado Beacon. Allí estuvo dos años rodeado de dementes peligrosos. «En Beacon no la pasé bien; me costaba distinguir cuando estaba fingiendo mi locura o cuando realmente perdía el control», contó en prisión, muchos años más tarde. Los médicos del hospital escribieron sobre él: «…el paciente exhibe tendencias manipuladoras…»

En setiembre de 1973, Caputo conoció a Judy Becker, una psicóloga de 26 años que trabajaba en el hospital y quien notó con rapidez que el mendocino era uno de los más lúcidos de sus pacientes. «Ritchie» -como ella lo llamaba- se dedicaba a hacer retratos de sus compañeros de encierro y a escribir poemas. Ella puso especial interés en él y al cabo de unos meses logró -por medio de sus informes- que Ritchie fuera trasladado a un psiquiátrico mucho menos riguroso en Wards Island, una pequeña isla entre Manhattan y Queens.

En ese hospital, Caputo mejoró su técnica con los dibujos a tal punto que comenzó a venderlos. Entretanto, Judy logró que su paciente predilecto accediera a salidas transitorias bajo su guarda y, cuando podía, se lo llevaba con él a comer a Manhattan. En una de esas reuniones, calculan los historiadores, debe haber sido que el mendocino notó las dos sonrisas en la psicóloga y enseguida la besó.

El romance duró más de un año. De hecho, la psicóloga lo llevó a conocer a sus padres pero lo presentó como un compañero de trabajo, no como un paciente que había asesinado a su novia y del que se había enamorado. Al final, las cosas comenzaron a andar mal y Caputo lo percibió. «Ella ya no me quería, me daba cuenta», dijo después, en el juicio.

El 18 de octubre de 1974, el mendocino escapó del hospital hasta el banco de donde sacó 1.500 dólares producto de la venta de sus dibujos. Partió hacia la casa de Judy, que quedaba en Yonkers. Hacia la noche, los vecinos de la psicóloga escucharon ruidos y gritos antes de un silencio total. De un momento a otro, Ritchie comenzó a golpear a su novia a puñetazos hasta romperle la nariz; luego tomó una media de nylon de ella con la que la ahorcó hasta el final.

Judy quedó tendida y Caputo tomó algo de dinero de su billetera («en eso fui un animal», recordaría años después durante una entrevista), las llaves del auto de su novia muerta y escapó hasta la Terminal de autobuses de Manhattan donde abordó un colectivo en el cual cruzó los Estados Unidos de este a oeste: a los tres días, llegaba a California: ya estaba considerado prófugo y era buscado por homicidio calificado: el FBI iba por él.

«No tengo recuerdos claros de aquella noche; sólo el escuchar voces en mi cabeza y ver rayas de colores blancos, rojos y azules…», le confesaría Caputo al psiquiatra mendocino Fernando Linares, casi veinte años más tarde.


Las enamoraba, las asesinaba y escapaba

Rolando López – Losandesinternet.com.ar

24 de julio de 2011

Hacia 1974, con dos homicidios de mujeres en su haber, el mendocino Ricardo Caputo llegaba a San Francisco donde conseguía otra identidad. En esa ciudad aniquiló a su tercera víctima y la prensa le colocó el mote de «lady-killer» (asesino de mujeres). Con otra identidad falsa, huyó a México y conoció a la hija de un millonario que terminó siendo la cuarta mujer que mataría. Fueron sus crímenes más sangrientos.

Alicia Caputo -hermana menor de Ricardo- es una mujer de mediana edad, de estatura baja y pelo castaño claro que pronuncia cada palabra con una sonrisa en la cara y con un tono de voz calmo y tranquilo.

Ella -como la gran mayoría de la gente consultada para este trabajo- se negó a comentar demasiado acerca de la historia de su hermano: «La verdad es que de eso no voy a decir mucho…», soltó la semana pasada tras las rejas de la casa de calle Jujuy en la Cuarta Sección, la última que habitó el asesino serial de mujeres antes de entregarse, en marzo de 1994.

«Mi hermano era una persona muy inteligente pero estaba enfermo. Creo que no hay que agrandar ni empequeñecer lo que hizo: como digo, era una persona enferma. Un periodista de Mendoza (al que identifica como Alberto Atienza) hizo una nota hace años que estaba alejada de la verdad. No hay que minimizar las cosas pero tampoco agrandarlas como lo hizo él (por Atienza)».

Alicia Caputo no cree que alguien en la provincia tenga datos certeros de la vida de Ricardo ya que cuando él se fue al Estados Unidos tenía 18 años y «dudo que alguien que lo haya conocido antes de su viaje todavía viva en Mendoza». No fue mucho más lo que dijo la mujer que nunca utiliza el nombre “Ricardo” sino que se refiere a él como «mi hermano».

«Mi nombre es Alicia Caputo», fueron las últimas palabras antes de que cerrara la puerta de su casa.

*****

Cuando salió a la luz que el brutal asesinato de Judy Becker era obra del argentino Caputo, los diarios sensacionalistas de Nueva York cargaron duro contra el gobierno por haber relajado demasiado el régimen de detención del hombre que desde entonces comenzaron a identificar como un «lady-killer» («asesino de mujeres»).

Mucha policía se puso tras los pasos de Caputo. Pero el buscado se instaló en San Francisco: «Un sitio ideal para un prófugo: lleno de gente y sobre todo de turistas», escribió la biógrafa de Caputo, Linda Wolfe, en su libro Te amaré hasta matarte. En San Francisco, Caputo cambió radicalmente su fisonomía: se cortó el pelo, se afeitó el bigote y hasta aumentó de peso deliberadamente. En el mercado negro, se las rebuscó para conseguir papeles falsos y obtuvo la primera identificación falsa de las 17 que tendría en su vida: en 1974, Ricardo Caputo era un uruguayo llamado Ricardo Donoguier y llevaba una vida tranquila.

En San Francisco, Ricardo comenzó a trabajar como retratista de lápiz en la calle mientras vivía en un pequeño flophouse (lo que sería una pensión). Los turistas eran sus clientes pero cada tanto se las arreglaba para retratar a una mujer, no cobrarle nada y lograr que lo llevara a su casa y le pagara una comida decente.

En una de esas noches conoció a Barbara Taylor, a quien el escritor Hernán Iglesias definió como «una mujer grandota, linda, de ojos azules y pelo negro». La chica trabajaba como documentalista y después de un dibujo del mendocino comenzó una charla que derivaría en una relación sentimental.

En sus conversaciones -ya en calidad de preso- con la periodista Wolfe, el mendocino definió así su relación: «Barbara se enamoró rápidamente de mí. Me llevaba a su trabajo y a comidas con sus amigos. También me fui a vivir con ella y por las noches fumábamos marihuana».

Igualmente, las cosas no anduvieron bien y en la Navidad de 1974, Caputo se fue a vivir a Hawai con un dinero que le había dado su chica. En Honolulu consiguió trabajo de mesero mediodía. El resto de la jornada la dedicaba a seducir turistas y llevarlas hasta el departamento que alquilaba con un amigo.

En marzo de 1975 conoció a una chica viajera llamada Mary O’Neill a quien -de acuerdo con la reconstrucción criminal de la vida de Caputo- no llegó a matar de casualidad: «Cuando él (por Caputo) la estaba golpeando apareció el chico que compartía departamento y le pidió que parara. Mary agarró sus cosas y escapó corriendo. Un tiempo después se enteraría que estuvo a punto de ser asesinada por un matador serial de mujeres», escribieron en el diario Clarín en 1994.

Por esa situación, el mendocino tuvo que huir de Hawai. Tomó un avión y regresó a San Francisco. Lo primero que hizo fue llamar a Barbara desde el aeropuerto: «He vuelto, me quiero casar contigo», le dijo. La chica lo fue a buscar y lo llevó a su casa esa noche. Como ya estaba saliendo con otro hombre, la mujer le avisó a su actual pareja que no se podían ver porque había llegado uno de sus ex y se lo iba a sacar de encima.

Para la noche del Viernes Santo de 1976, Caputo ya era un novio despedido. Anduvo todo el día dando vueltas por la ciudad hasta que al atardecer volvió a la casa de Barbara: en su cabeza comenzaban a sonar las voces que pedían sangre.

Al día siguiente, la policía halló el cadáver desnudo de Bárbara en ese departamento: pocas veces habían visto algo así. De acuerdo con los forenses, Caputo terminó con su novia a golpes: «La cara de la chica estaba desfigurada; en sus muslos, brazos y manos se podían ver los hematomas hechos a partir de los golpes de una pierna que usaba las mismas botas de texanas que al sospechoso le había regalado su novia. En la nuca de la víctima los puntapiés fueron de tal magnitud que presentaba la piel abierta hasta el hueso», indicaron los detectives forenses.

Cuatro días más tarde, el mendocino -ya con tres homicidios en su haber- logró pasar a México donde cambió su nombre por el de Ricardo Martínez Díaz. Su cara volvió a salir en las portadas de muchos diarios de Estados Unidos: «The lady-killer did it again» (El asesino de mujeres lo hizo de nuevo), publicó el diario Daily Mail.

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En 1994, luego de que Caputo se entregara a las autoridades norteamericanas, Nathaniel Nash, periodista del New York Times, entrevistó en Mendoza al psiquiatra local Fernando Linares. El profesional atendió al «lady-killer» en más de una ocasión entre enero y marzo de aquel año.

«Él (por Caputo) me dijo que se volvía violento cuando las mujeres con quien había tenido una relación íntima demandaban más de él; eso provocaba que lo cansaran y que quisiera terminar la relación».

Para Linares, lo de Caputo era esquizofrenia y «no múltiples personalidades» como habían dicho en Estados Unidos. «Su personalidad era psicopática; era alguien que pretendía simular estar loco».

*****

En el DF, Caputo comenzó a dar cursos de karate (deporte que había aprendido en el hospital psiquiátrico) por las mañanas, mientras que por las tardes se dedicaba a vender libros para Time Life. Por aquellos años (1975-77) se le registran algunos romances pero su máxima conquista llegaría cuando conoció a Laura Gómez, una joven de 23 años, que había estudiado en California.

Laura, además de hermosa, era hija del magnate mejicano Fidel Gómez Martínez, propietario de la flotilla de camiones más importantes del país por esa época. La familia de Laura vivía en Polanco, en una casa que ocupaba toda una manzana. El garaje albergaba once autos; uno de ellos pertenecía a Laura.

En su declaración ante el fiscal del condado de Nassau durante el juicio en 1994, Caputo explicó por qué, para él, una chica preciosa, millonaria y feliz se había fijado en él, un perfecto Don Nadie: «A pesar de su belleza y de su sofisticación, Laura tenía la autoestima baja: en el fondo creía que sus padres preferían a su hermana; es decir, que ella era como yo: dos almas gemelas, solitarias y heridas».

Gracias a la familia de Laura, el mendocino consiguió trabajo de gerente en la subsidiaria de Atlas, una empresa norteamericana dedicada al acero. Caputo vivía un sueño: en pareja con una chica estupenda, con dinero en su cuenta bancaria y con una identidad falsa que lo convertía en un ser impune.

Igual, las voces internas que despertaban su ira criminal volvieron a sonar en su cabeza. En junio de 1977, Caputo pasó a buscar a Laura Gómez por su casa para que lo acompañara a una exhibición de karate, pero antes el mendocino le pidió que fueran a su departamento un rato. El rato fue fatal.

Esa noche, Laura le pidió casamiento a Caputo y el hombre la notó tan triste que quiso apaciguar su dolor; pero lo hizo a los golpes. «No sé, de nuevo comencé a ver de nuevo las figuras de colores y a escuchar las voces. La veía sufrir», contaría después, ya en la cárcel.

Aquella noche Caputo desnudó a su novia, la arrastró de una habitación a otra, quemó su cuerpo con cigarrillos, golpeó la cara y la cabeza de Laura con sus puños.

Luego tomó una barra de hierro y la golpeó en la cabeza en diez oportunidades: le hundió la frente y el cráneo. La policía encontró dos piezas dentales de la chica a doce metros del cuerpo. Y un día más tarde, luego de la necropsia, salió a la luz que Laura tenía un embarazo de dos semanas.


Prefirió entregarse antes que volver a asesinar

Rolando López – Losandes.com.ar

31 de julio de 2011

Después de más de 14 años en los que aparentemente dejó de matar mujeres, el mendocino Ricardo Caputo decidió entregarse por propia voluntad: llevaba 22 años prófugo, se había casado dos veces y era padre de seis hijos.

En 1966, a la edad de 17 años, un adolescente Ricardo Caputo se acercó por decisión propia al hospital psiquiátrico El Sauce de Guaymallén, Mendoza.

Por aquellos años, el joven ya había abandonado el colegio secundario Don Bosco y, según consigna Iglesias Illa en su crónica para la revista Gatopardo, «les dije a los médicos que estaba deprimido pero no me creyeron. Sí me dijeron que era un chico muy manipulador. Les contesté que venía de dormir en la calle y que vivía de hacer favores sexuales a maricones ricos que me daban dinero o me compraban ropa cara. Les dije que cuando tenía siete años un hombre, vecino de la vuelta de casa, me había violado y que la actual pareja de mi madre me maltrataba».

«Años más tarde, el psiquiatra mendocino, Fernando Linares, se acordaba bien de mí. Le dijo a la escritora Linda Wolfe que yo no tenía ética, que le echaba la culpa de todo a mi familia y que no me hacía responsable de nada. Su diagnóstico para conmigo fue: trastorno de personalidad antisocial».

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Días después de asesinar a la mexicana Laura Gómez, Caputo logró escapar de México y regresó a Estados Unidos. En una suerte de diario íntimo que el asesino le escribió al abogado Mario Lúquez en Mendoza cuando decidió entregarse en 1994 y que fue reproducido por el The New York Times, escribió lo siguiente: «No me acuerdo cómo crucé la frontera. Sentí que me había convertido en un fantasma».

Caputo estuvo cinco meses en Salt Lake City (capital del Estado de Utah) para después recalar en Los Ángeles donde trabajó como mesero en el restaurante Scadia. Allí conoció a Felicia Fernández, una cubana refugiada con la que se casó en 1979. En 1981 tuvo a su primer hijo y en abril de 1984, cuando su mujer tuvo a la nena, Caputo desapareció. Su mujer también: nunca más la hallaron y muchos piensan que el mendocino la mató aunque él jamás confesó ese crimen.

Ese año, Ricardo volvió a México con el nombre falso de Roberto Domínguez. Se instaló en la ciudad de Guadalajara donde consiguió un empleo como profesor de inglés. Entre sus alumnas estaba Susana Elizalde, una adolescente que acababa de ganar un concurso de belleza y uno de los premios era, justamente, el curso de inglés.

Caputo tenía entonces 36 años y Susana 17: se enamoraron y en 1984 se casaron y se mudaron a Chicago. Allí el mendocino -bajo la identidad de Francisco Porras- volvió a trabajar de mesero. Entre 1984 y 1994, Caputo tuvo cuatro hijos con Susana. Entre 1974 y 1994 jamás habló con su hermano Alberto ni con su madre.

El matrimonio con Susana fue, según las palabras del mismo Caputo, la mejor época de su vida. Los últimos años los pasaron en Guadalajara -en Chicago se había quedado sin trabajo- y su mujer -mientras duró la pareja- nunca supo que su esposo y el padre de sus cuatro hijos era en realidad un asesino serial de chicas: «La verdad es que no tengo nada malo que decir: siempre fue un excelente padre y esposo. Nunca sospeché de él», le contó a la escritora Linda Wolfe.

La mañana del 16 de enero de 1994, después de un confuso episodio (algunos historiadores y periódicos indican que a Caputo lo quisieron secuestrar en el DF y otros que escapaba de la policía mexicana), el mendocino regresó a su tierra. Se comunicó con su madre y, después de confesarle los cuatro crímenes, le pidió ayuda para entregarse.

«He vuelto a escuchar las voces que me piden que mate, mamá». Su madre lo conectó con el abogado Lúquez y con el psiquiatra Linares. Lúquez dijo al diario Los Andes que Caputo era «cultísimo, muy sereno, casi un gentleman». Al psiquiatra, el mendocino le contó que no recordaba con nitidez sus crímenes cometidos veinte años atrás pero que tenía miedo de reincidir, que por eso quería entregarse. «Prefiero tener el cuerpo encerrado y mi cabeza libre que vivir en libertad pero con mi cabeza presa», soltó.

Lúquez conectó a Caputo con un colega de Nueva York llamado Michael Kennedy (abogado de Ivana Trump y vocero de los sandinistas de Nicaragua en Estados Unidos) y acordaron que el mendocino se entregaría por su propia voluntad el miércoles 9 de marzo de 1994. Kennedy necesitaba de unos días para vender por TV la entrega de su cliente. Y eso hizo: cuando Caputo llegó a Nueva York, antes de ser apresado pasó por un estudio de TV de la cadena ABC donde un periodista habló con él en una entrevista exclusiva que se pautó en unos cien mil dólares.

En la nota de la revista Gatopardo se reprodujo la conversación para el programa de televisión Primetime Life:

– ¿Mató usted a Natalie Brown? – preguntó el periodista que se llamaba Chris Wallace.

– Sí, señor – respondió Caputo

– ¿Mató a Judith Becker?

– Sí, señor.

– ¿Mató a Bárbara Taylor?

– Sí, señor.

– ¿Mató a Laura Gómez?

– Sí, señor.

– ¿Por qué las mató?

– Creo que fue por mi niñez.

– ¿Recuerda el día que mató a Natalie Brown?

– Sí, me acuerdo que fue un sábado. Agarré un cuchillo, pero no sabía lo que iba a hacer. La oía gritar y la veía borrosamente. Veía líneas blancas, rojas y azules y muchos puntos. Había puntos por todos lados.

– ¿Era consciente de que la estaba acuchillando?

– No. Sabía que estaba haciendo algo malo, pero no sabía qué estaba haciendo.

– ¿Sabe por qué mató a Judith Becker?

– No, estaba mentalmente enfermo.

– Hay mucha gente que piensa que usted es un asesino frío.

– No, señor. ¿Por qué habría de matarlas? ¿Para qué? No tendría sentido. Sólo estando loco podría haber hecho esto.

– ¿Cuál era su nombre cuando estaba con Laura Gómez?

– Ricardo Martínez.

– ¿Sabía que ella estaba embarazada?

– No. ¿Estaba embarazada? No…

Durante días, Caputo fue el tema del momento en los medios americanos. El diario The New York Times mandó enviados especiales a Mendoza para reconstruir la vida del «Lady-killer»; o «El asesino serial más buscado de los últimos 20 años», tal como lo definían.

En Argentina, el diario Clarín tituló, en su edición del 11 de marzo de 1994, «Un argentino se entregó en Nueva York porque dice que no puede dejar de matar». Un día más tarde, llevó el tema a la portada con un «Exclusivo: toda la historia del argentino que mataba mujeres», acompañada por una foto de perfil de Caputo ingresando a una Corte de Nueva York.

En el juicio oral, Caputo repitió ante los jueces lo que había dicho ante las cámaras de televisión: se hizo cargo de los crímenes de Judy Becker y Bárbara Taylor (el de Brown ya lo había confesado en 1971) ocurridos en Estados Unidos y el de Laura Gómez, ocurrido en México. Nunca se hizo cargo de las muertes de otras dos mujeres (la escritora Jackie Bernard y la mesera Devon Grenn, ocurridas en la década del 80), ni de la desaparición de su primera esposa, Felicia Fernández.

El último día del debate, después de los alegatos del abogado Kennedy, el juez dio la palabra a Caputo, quien aceptó hablar y en su perfecto inglés soltó: «Me entregué a las autoridades, su señoría, para evitar más muertes. Quiero decir a los familiares de las víctimas que estoy muy arrepentido de lo que hice. Estaba enfermo y espero que ahora, en la cárcel, pueda curarme».

La sentencia fue a 25 años de prisión y lo enviaron a la cárcel de Attica, muy cerca de la frontera con Canadá y las Cataratas del Niágara. En esa penitenciaría Caputo experimentó una leve mejoría: de a poco le sacaron las medicaciones y comenzó a integrarse con los demás presos a los que les enseñaba español; también reparaba televisores y se anotó en el campeonato de básquet para presidiarios. Su esposa Susana volvió a Guadalajara junto con sus cuatro hijos y se sabe que nunca dejó de escribirle. Su hermano Alberto lo visitaba cada vez que podía.

Una tarde de octubre de 1997, en pleno partido de básquet en la cancha de la cárcel, Caputo sintió un fuerte dolor en el pecho y cayó al piso. Cuando los médicos llegaron ya había muerto: «ataque cardíaco», salía en su certificado de defunción.

«La muerte de Caputo, uno de los asesinos seriales más importantes de Estados Unidos, pasó casi inadvertida para los medios locales; todo lo contrario a lo que sucedió el día en que se entregó después de pasar veinte años prófugo y de haber tenido 17 identidades diferentes», escribió para Clarín la periodista Marina Aizen.

Por decisión de su hermano Alberto, el cuerpo del lady-killer más famoso de la historia criminal de Estados Unidos fue cremado. Sus cenizas se dividieron en tres cofres: uno está en la casa de Alberto, en Nueva York; otro en la de su última esposa, en Guadalajara y el tercero acá en Mendoza, en la casa de la calle Jujuy, de la Cuarta Sección.

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