El regicidio de Carlos I de Portugal

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Regicidio de Carlos I de Portugal

El Regicidio de Lisboa

  • Clasificación: Magnicidio
  • Características: Los asesinos eran dos activistas republicanos simpatizantes de la Carbonería, una sociedad secreta fundada en Italia vinculada a la masonería
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 1 de febrero de 1908
  • Perfil de las víctimas: El rey Carlos I de Portugal, de 44 años, y su heredero, el príncipe Luis Felipe, de 20
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Lisboa, Portugal
  • Estado: Los asesinos, Alfredo Costa, de 28 años, y Manuel Buiça, de 32, cayeron abatidos durante el ataque a la familia real
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El regicidio de Carlos I de Portugal

José María Ollé Romeu – Un siglo de magnicidios (1964)

Rey de Portugal (1 de febrero de 1908)

A principios del siglo XIX se impone en el mundo la Europa liberal y capitalista. El extraordinario progreso de Europa la convierte en la fábrica del mundo, lo que le permite ejercer la función de árbitro de las finanzas mundiales. Esta hegemonía del hombre europeo parece aceptada por los pueblos subordinados. Pero esta ola de prosperidad industrial no afectó a toda Europa: países como Portugal fueron extraños a ella.

Portugal, Estado pequeño y pobre, vivió al margen de la corriente de riqueza que el capitalismo acumulaba en Europa. Este país, por hallarse sin industria, con una agricultura retrasada incapaz para alimentar a su propia población, estaba completamente sometido a la tutela económica de Gran Bretaña.

El reinado de Carlos I muestra la decadencia del Portugal tradicional frente a una Europa en pleno desarrollo. El país se empobrecía ante una crisis económica y financiera que ocasionaba malestar entre las clases trabajadoras. En la administración y la política predominaban la inmoralidad y el soborno.

Carlos I intentó varias veces detener la progresiva decadencia del país. Pero sus métodos no fueron lo suficientemente enérgicos para cambiar el signo de la coyuntura. Durante su reinado se esforzó por recuperar el rango de gran potencia colonial. Pero Alemania e Inglaterra se opusieron a sus proyectos, y Portugal tuvo que claudicar, al no tener fuerza suficiente para enfrentarse a las grandes potencias.

Si en el reparto colonial de África le correspondieron algunos territorios, se debió al interés británico: de esta manera Gran Bretaña podía controlar económicamente, por medio de Portugal, aquellas extensas zonas, sin despertar excesivos recelos entre las otras potencias imperialistas.

Carlos I también intentó reorganizar la vida política del país, incapaz de amoldarse al régimen parlamentario debido a sus anticuadas estructuras sociales. Pero no llevó a cabo ningún plan de reformas estructurales que permitieran adaptar a Portugal los principios económicos e ideológicos que triunfaban en Europa.

Ante la incapacidad de los partidos políticos de gobernar el país, Carlos I buscó en el régimen dictatorial la solución de la crisis endémica que perturbaba a la nación. La fórmula monárquica cesarista la encarnó Joao Franco, que colaboró íntimamente con el rey.

La dictadura de Franco se caracterizó por la supresión de partidos políticos, la ejecución de obras públicas y la introducción de medidas sociales, tales como el descanso dominical y la Caja de Invalidez. Pero la dictadura, implantada en 1906, no realizó las reformas profundas que exigían las circunstancias.

Franco se limitó a no malgastar el presupuesto y a purificar la administración de elementos corrompidos. La dictadura se redujo a un autoritarismo paternal, sin ideas reformadoras. Por tal motivo Franco se hizo impopular a las izquierdas revolucionarias y a los ultras; y también por su ineficacia, consistente en anunciar un programa progresista y en realidad no seguirlo. Esta falta de apoyo de la dictadura no sólo fue la causa del derrocamiento, sino también del asesinato de Carlos I.

En febrero de 1908 fue preparado un atentado contra el dictador, por elementos republicanos. Mas, al no aparecer éste en el lugar en que le esperaban los conjurados atentaron contra el rey.

El día 1º de febrero la familia real regresó a Lisboa después de unos días de descanso en Villaviciosa. Desembarcaron del vapor, y en un landó descubierto atravesaron la capital. En el coche se habían instalado el rey Carlos, la reina Amelia, el príncipe heredero y el infante don Manuel.

Cuando el landó dejaba la Plaza del Comercio para entrar en la calle del Arsenal, varios hombres armados de carabinas irrumpieron en escena y dispararon contra el rey y el príncipe heredero. Ambos cayeron mortalmente heridos, y aunque fueron rápidamente trasladados al Arsenal para intentar su salvación, fallecieron poco después.

En el lugar mismo del atentado la policía mató a tres de los regicidas, cuyos cadáveres fueron conducidos al depósito de la Casa Consistorial. La reina no sufrió ninguna herida, pero el infante Manuel resultó ligeramente herido en un brazo.

Los monárquicos portugueses se agruparon en torno al nuevo rey, Manuel II. Éste restableció el sistema constitucional, anulando la dictadura. Mas los partidos republicanos le obligaron a dimitir en el año 1910. A partir de esta fecha Portugal intentó una nueva solución política, la republicana, para adecuar la nación a las corrientes progresistas que imperaban en Europa.


El increíble regicidio de Carlos I de Portugal

José María Zavala – Larazon.es

La historia de Portugal cambió para siempre el fatídico sábado 1 de febrero de 1908. La familia real había regresado a Lisboa aquella tarde, procedente de Villaviciosa. Un enorme gentío se agolpaba, mucho antes de la hora señalada, en la plaza del Comercio y en todas las calles adyacentes al Palacio de las Necesidades, en espera de que el rey Carlos de Braganza y Saboya, la reina Amelia de Orleáns y el príncipe heredero, Luis Felipe, desembarcasen de su falúa y subiesen al carruaje real.

Cuando el conde de Figueiró confirmó que todo estaba listo, el rey preguntó al presidente del Gobierno, Joao Franco, como si en ese momento tuviese una extraña corazonada:

-¿Es seguro cruzar toda la ciudad para llegar a Palacio?

-Por supuesto, Majestad -asintió el dictador.

Pero desde el principio, las cosas fueron de mal en peor. No había más que un coche descubierto, en lugar de los dos que exigían la etiqueta y la elemental prudencia.

La familia real subió, pues, al mismo vehículo, mientras el duque de Oporto montó junto a la portezuela. El monarca tomó asiento en la parte posterior del coche descubierto, a la izquierda de su esposa; los príncipes se acomodaron en el testero: Luis Felipe, frente al rey, y don Manuel, frente a la reina.

La comitiva se puso en marcha lentamente, mientras el numeroso público que ocupaba la plaza del Comercio aclamaba con estruendo a los reyes. Detrás del landó real iban los coches de la Casa Civil, de los dignatarios de servicio.

Cuando el carruaje llegó casi al centro de la plaza, algunos distinguieron a unos hombres embozados en sus capas que apuntaban con sus carabinas a la familia real y hacían fuego sobre ella. Lo que sucedió en aquel instante fue casi indescriptible. Los testigos que pudieron contarlo luego aseguran que se oyó un grito espantoso, seguido del alarido de la multitud y de un caos generalizado.

La gente echó a correr sin rumbo, atropellándose. Todo el mundo pidió auxilio desesperadamente. Mujeres y niños fueron pisoteados, heridos por todo aquel gentío que, preso del pánico, intentó abandonar la plaza como si huyese de un gigantesco barco a punto de hundirse en el océano.

Poco antes, un muchacho logró romper el cordón de curiosos, avanzó rápidamente y, con un pie en el estribo del coche real, disparó su pistola sobre el rey. El príncipe sacó su revólver y la reina trató de rechazar al asesino con su inofensivo ramo de flores. Entre tanto, un hombre de larga barba y ancho capote consiguió aproximarse también; con la rodilla hincada en tierra, apuntando al príncipe con su carabina, le derribó de un tiro.

Instantes después, el rey y su heredero yacían en el suelo del carruaje, víctimas de los disparos. El infante don Manuel había recibido otro impacto de bala en un brazo. También el cochero resultó alcanzado, y lanzó los caballos al galope.

El terrorista se dispuso a rematar al infante don Manuel; cuando reparó en la presencia de uno de los escoltas, la espada providencial de éste atravesó su cuerpo con el mismo ímpetu que un gladiador romano. Los cadáveres de los asesinos yacían todavía en el suelo empedrado de la plaza cuando el regio landó entró, a galope tendido, en el Arsenal de la Marina, el edificio público más próximo a la plaza del Comercio.

El terror de Amelia

Un cadáver agujereado y otro cuerpo agonizante, por los que manaba la sangre a borbotones, habían sido zarandeados en el interior del carruaje durante todo el trayecto, igual que dos monigotes de trapo. El médico de servicio certificó sus muertes.

La reina Amelia de Orleáns, hija de la condesa de París, grabó desde aquel día, en su alma herida, el cuadro horroroso de la muerte. Noches interminables, en las que ella se despertaba sobresaltada, sudando y queriendo ver a toda costa a su esposo y a su primogénito destrozados por las balas. Alguien la escuchó decir: «A los otros no los conozco, pero aquella cara del hombre de las barbas nunca más se me aparta de los ojos».

El misterioso hombre resultó ser Manuel dos Reis da Silva Buissa. ¿Quién habría sospechado que aquel maestro de escuela celoso de su deber, que hacía de la enseñanza casi un sacerdocio, iba a ser capaz de asesinar vilmente a todo un príncipe de Portugal? La policía identificó también al asesino del rey: Alfredo Luis da Costa, de veintitrés años y representante de una casa comercial en Lisboa.

Pero no por ello las horribles pesadillas de la reina cesaron.


Regicidio de Carlos I de Portugal

Wikipedia

El Regicidio de Lisboa ocurrió el 1 de febrero de 1908 en el Terreiro do Paço, una plaza pública en la capital portuguesa, Lisboa. Se trataba del asesinato de Carlos I de Portugal y su heredero, el príncipe Luis Filipe, por asesinos con simpatías republicanas.

Causas

Hubo una serie de motivos del crimen que se cometió aquella tarde de febrero:

Influencias francesas jacobinas

Inspirados en el establecimiento de la Tercera República Francesa en 1870, los políticos idealistas portugueses se interesaron en tener un régimen similar en Portugal. Los escritos de Léon Gambetta (y otros) fueron leídos y admirados, sobre todo por estudiantes de la Universidad de Coimbra.

Tras el periodo de revanchismo monarquista en Francia había menguado, y el servicio de trenes Sud Express entre Lisboa y París se estableció en 1887, la influencia izquierdista jacobina francesa se hizo más fuerte en Portugal, sobre todo porque esto contrarió la humillación nacional causada por el ultimátum británico de 1890.

El ultimátum británico

El Ultimátum Británico, que era un golpe amargo al orgullo portugués, fue hecho en el segundo año del reinado de Rey Carlos I. Esto causó pérdidas enormes del territorio del África Portuguesa: para ser específicos, las áreas del autoproclamado mapa rosa que yace entre Angola y Mozambique, a saber, la actual Zambia, Zimbabue, y Malaui. Esto condujo a un ultraje público, que fue agarrado por los republicanos y jacobinos como una oportunidad de atacar la monarquía.

El problema surgió, no debido a las acciones del rey, sino como una consecuencia de la política expansionista del gobierno portugués. Henrique de Barros Gomes, que sostuvo la carpeta como el Ministro de la Marina y en el Extranjero en el gobierno de José Luciano de Castro, confabuló con Alemania, para crear «un nuevo Brasil en África», pero estos sueños coloniales sufrieron un colapso cuando se obligó a que Portugal accediera al ultimátum británico.

Carlos I inmediatamente trató de atajar la amenaza para los intereses internacionales de Portugal, y él era moderadamente acertado ejerciendo sus habilidades diplomáticas considerables, instigadas por parentescos tanto con la realeza británica como con la alemana.

Política republicana

Para 1907 había un fuerte y creciente presencia republicana en las ciudades de Lisboa y Porto, donde el Partido Republicano Portugués había ganado ya elecciones locales y había tenido la intención de promover un gobierno republicano a nivel nacional.

Como los republicanos eran implícitamente antimonárquicos, el Rey Carlos disolvió el parlamento y aprobó a João Franco, ya Primer Ministro de Portugal desde 1906, para gobernar mediante dictadura parlamentaria hasta que se pueda restaurar el orden. Este era el método portugués de gobernar durante períodos de crisis, y fue usado por primera vez en 1833, cuando los partidos principales no podían convenir en el establecimiento de un gobierno.

Carlos I y el primer ministro pretendieron consolidar el poder del nuevo partido de João Franco, el Liberal Regenerador, con el fin de que pueda gobernar solo, sin socios de la coalición republicana en el Parlamento. Sin embargo, esta medida aumentó la tensión política.

Los dos principales partidos monárquicos, Partido Regenerador y el Partido Progresista, estaban acostumbrados a compartir el poder, en una rotación informal. En reacción a la acción a favor de la facción de Carlos Franco, que unieron sus fuerzas con el Partido Republicano Português, para resistir a Franco y sus secuaces.

El resultado provisional

En enero de 1908, muchos de los políticos prominentes de la nación se comprometieron con las intenciones revolucionarias del Partido Republicano, fueron detenidos, entre ellos varios miembros del Partido Progresista, aparentemente monarquista. Fueron juzgados y condenados a la esclavitud en las colonias. Las elecciones generales fueron fijadas para el mes de abril, y la victoria del nuevo partido de João Franco estaba asegurada cuando las demás partes no pudieron ponerse de acuerdo sobre el reparto del poder.

El regicidio

El 1 de febrero de 1908, la familia real regresa a Lisboa desde el palacio de Vila Viçosa en la región de Alentejo, centro de Portugal. Después de cruzar el río Tajo en barco de vapor, viajaban en un coche abierto para la parte final de su viaje hasta el Palacio de las Necesidades.

Cuando el coche real cruzó el Terreiro do Paço, dos activistas republicanos, Alfredo Costa y Manuel Buiça, dispararon contra la familia. Buiça, que era un sargento del ejército y ex francotirador, realizó los disparos mortales desde un rifle escondido bajo su largo abrigo.

Carlos I murió instantáneamente y el Príncipe Real Luís Filipe sólo sobrevivió veinte minutos más. La Reina Amelia fue la única en salir ilesa. Ella intentó defender a su hijo menor, el príncipe Manuel, utilizando su ramo de flores para golpear el brazo del asesino, mientras gritaba, «¡¡infames, infames!!».

El príncipe Manuel fue herido en el brazo. Buiça disparó dos tiros más, hiriendo a un oficial y a un soldado que se acercaban a él. Los dos asesinos fueron asesinados por la policía y guardaespaldas, quienes también mataron en la confusión a un espectador inocente.

Varios días más tarde, el Príncipe Manuel fue aclamado rey de Portugal, el último de la Casa de Braganza Sajonia-Coburgo y Gotha. Mientras tanto, las noticias del regicidio de Lisboa fueron recibidas con el horror casi universal por la población portuguesa y el mundo libre.

En cierto modo, los asesinatos precipitaron la Revolución Republicana de 1910 que se tradujo en el final de la monarquía portuguesa y lanzó la Primera República Portuguesa. El regicidio también apresuró los proyectos del heredero portugués, Manuel II, para su matrimonio con la princesa Patricia de Connaught, nieta de la reina Victoria del Reino Unido, un matrimonio del que habían hablado el rey Carlos I y el rey Eduardo VII del Reino Unido. (Realmente el matrimonio nunca se formalizó; él (el príncipe) se casó en 1913, con una princesa de Suabia, y ella en 1919, con un plebeyo, hijo menor de un conde.)

El regicidio extinguió la influencia del rey de Portugal en los asuntos políticos de Europa, que había sido significativa en el mantenimiento de las colonias portuguesas ante la oposición de los gobiernos de Gran Bretaña y Alemania.

Además, esto terminó con la influencia que el rey tenía sobre el ejército portugués, ya que Manuel II, de temperamento artístico y literario, sin afinidad con los militares, no tenía ningún interés en tales asuntos. Sólo dos años más tarde, la revolución que condujo a la proclamación de la Primera República Portuguesa se encontró sin la oposición del Estado Mayor de Portugal.

Los asesinos

Alfredo Costa y Manuel Buiça cayeron abatidos durante el ataque a la familia real. Después de 1910, el gobierno republicano liderado por el Primer Ministro Afonso Costa discontinuó la investigación judicial de los asesinatos y terminó el caso ni con condena ni con conclusión.

Ambos asesinos fueron objeto de publicidad continua, y muchos fueron a visitar sus tumbas en el cementerio de Alto de São João durante el reinado de Manuel II y la Primera República Portuguesa que siguió. El Partido Republicano Portugués se hizo cargo de los funerales y el costo de sus tumbas.

Centenario

Los asesinatos siguen siendo polémicos en Portugal. En 2008, el gobierno socialista de la Tercera República Portuguesa rechazó conmemorar el centenario del regicidio de Lisboa, prohibiendo cualquier participación oficial por personal militar o funcionarios del gobierno. El jefe de la Casa de Braganza, Duarte Pio, Duque de Braganza, condujo las ceremonias en conmemoración de la Familia Real asesinada.

Durante el año de centenario, se produjeron muchos acontecimientos artísticos, culturales, e históricos en honor al Rey Carlos I y la familia real, y se publicaron varios libros.


Carlos I de Portugal

Wikipedia

Carlos I de Portugal (Lisboa, 28 de septiembre de 1863 – id., 1 de febrero de 1908), su nombre completo era Carlos Fernando Luis María Víctor Miguel Rafael Gabriel Gonzaga Javier Francisco de Asís José Simón de Braganza Saboya Borbón y Sajonia-Coburgo-Gotha. Fue el penúltimo rey de Portugal. Era hijo del rey Luis I de Portugal y la princesa María Pía de Saboya, hija de Víctor Manuel II, rey de Italia.

Subió al trono el 10 de octubre de 1889, con 26 años de edad. Fue apodado el Diplomático (debido a las múltiples visitas que hizo a Madrid, París y Londres, contestadas con las visitas a Lisboa de los reyes Alfonso XIII, Eduardo VII, del káiser Guillermo II y el presidente de la República Francesa Émile Loubet), también fue llamado el Martirizado, o el Mártir (al haber muerto asesinado), y el Oceanógrafo (por su pasión por la oceanografía, compartida con su padre y el príncipe Alberto I de Mónaco, amigo personal del rey).

Hombre inteligente según sus contemporáneos pero también propenso a la extravagancia según ellos mismos, las políticas erráticas, despilfarros, y amoríos extramaritales de Carlos sellaron el destino de la monarquía portuguesa, siendo que el grave debilitamiento de la posición política de Portugal en Europa también redujo su popularidad.

Los tratados coloniales con el Reino Unido como resultado del «conflicto del mapa rosado» (uno firmado en agosto de 1890 que definió sus fronteras africanas a lo largo del Zambeze y el Congo y otros firmados el 14 de octubre de 1899 que confirmaban los tratados coloniales del siglo XVII) estabilizaron la situación política de los imperios coloniales europeos en África, aunque generaron un amargo resentimiento en Portugal por las grandes concesiones reconocidas al Reino Unido y el nulo apoyo recibido de otras potencias europeas (como Alemania) para contrarrestar las presiones británicas.

Domésticamente, Portugal fue declarado en bancarrota dos veces debido a que el tamaño de la deuda pública superaba las riquezas nacionales -el 14 de junio de 1892, y nuevamente el 10 de mayo de 1902- causando disturbios industriales, antagonismo con socialistas y republicanos y la crítica de la prensa contra la monarquía.

El sistema electoral portugués, a semejanza del practicado en España, otorgaba preeminencia a dos partidos políticos: regeneradores y progresistas, que se turnaban en el poder mientras el derecho a voto era reducido a varones alfabetizados y con cierta renta mínima, lo cual generaba conflictos con dos nuevos grupos políticos: republicanos y socialistas.

La fuerte humillación resultante del ultimátum británico de 1890 y el descontento con el régimen político auspiciado por la monarquía causaron turbulencia política en Portugal durante los primeros años del siglo XX. El rey Carlos respondió al nombrar a João Franco como primer ministro y subsecuentemente aceptando la disolución del Parlamento, transformando el régimen en una virtual dictadura apoyada por el rey, que sólo aumentó el rechazo de los republicanos.

Este apoyo a una dictadura no era bien visto ni siquiera por las personas más próximas al rey como la reina madre María Pía, la reina Amalia, el príncipe heredero Luis Felipe de Braganza, y el infante Alfonso, hermano menor del rey. No obstante, Franco era defendido por el secretario particular del rey. La inquietud política hacía que la animosidad personal contra la Casa de Braganza Sajonia-Coburgo y Gotha creciera masivamente.

A pesar de la controversia, existía un objetivo preciso que el mismo rey afirma en una misiva a su amigo, Alberto I de Mónaco en febrero de 1907:

«Considerando que las cosas aquí no iban bien, y viendo los ejemplos de toda la Europa, donde tampoco van mejor, decidí hacer una revolución completa en todos los procedimentos del gobierno de aquí, una revolución desde arriba, creando un gobierno de libertad y de honestidad, con ideas modernas, para que no me hagan una revolución desde abajo, lo que supondría la ruina a mi país.»

En esa misma carta, el rey habla de sus miedos, que se harían realidad tras su muerte:

«Hasta ahora, he tenido éxito, y todo va bien, incluso mejor de lo que creía posible. Pero para eso, necesito estar constantemente en guardia y no puedo abandonar el mando ni un minuto, porque conozco mi mundo y si la idea de continuidad se perdiera por falta de dirección, todo volvería inmediatamente para atrás, y entonces sería peor que al principio.»

El 1 de febrero de 1908, la familia real regresaba del palacio de Vila Viçosa a Lisboa. Viajaban en coche hacia Almada y a continuación tomaron un barco para cruzar el río Tajo y desembarcaron en Cais do Sodré, en el centro de Lisboa.

En su camino hacia el palacio real, el carruaje con Carlos I y su familia pasó por la avenida del Terreiro do Paço. Mientras cruzaban la plaza, fueron disparados varios tiros desde la multitud por al menos dos hombres: Alfredo Costa y Manuel Buiça. El rey murió inmediatamente, su heredero Luis Felipe fue mortalmente herido, y el príncipe Manuel fue alcanzado en un brazo.

Los asesinos fueron muertos a tiros en el lugar por guardaespaldas y posteriormente reconocidos como miembros del Partido Republicano. Aproximadamente veinte minutos después, el príncipe Luis Felipe murió y días más tarde su hermano menor, Manuel fue proclamado rey de Portugal, el último de la dinastía de los Braganza Sajonia-Coburgo y Gotha.

Carlos se casó con la princesa Amélie de Orléans en 1886. Ella era hija de Philippe, conde de París y de Marie Isabelle d’Orléans. Sus hijos fueron: Luis Felipe (21 de marzo de 1887), María Ana (21 de marzo de 1887), y Manuel (19 de marzo de 1889).

Problema sucesorio

Después de la muerte del último rey, Manuel II de Portugal, María Pía de Sajonia-Coburgo-Gotha y Braganza alegó ser la hija bastarda legitimada del rey Carlos I (habiendo sido su madre la brasileña María Amélia Laredó y Murça), reivindicando los títulos de Princesa Real de Portugal y de Duquesa de Braganza, aunque muy contestada como miembro de la Casa de Braganza Sajonia-Coburgo y Gotha.

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