Ramón Ortega Sanchís

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Ramón Ortega Sanchís

El Semo

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Robo
  • Número de víctimas: 3
  • Periodo de actividad: 7 de noviembre de 1954
  • Fecha de detención: 19 de abril de 1955
  • Fecha de nacimiento: 1900
  • Perfil de las víctimas: Pascual Gramaje Alvarez, de 68 años; su esposa, María Santacreu Prach, de 66; y la hija de ambos, María Gramaje Santacreu, de 33
  • Método de matar: Golpes con un hacha y un azadón - Estrangulación con ligadura
  • Localización: Alcudia de Carlet, Valencia, España
  • Estado: Ejecutado en el garrote vil el 4 de octubre de 1956
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Ramón Ortega Sanchís – El triple asesinato de Alcudia de Carlet

Pedro Ortiz

María Gramaje Santacreu, 33 años, soltera, había aparecido muerta fuera de la casa, cerca del fregadero exterior. La boca del cadáver se hallaba llena de tierra mezclada con la sangre ya seca que le había brotado de la cabeza. Las faldas estaban levantadas hacia la cintura y en la cara interna de los muslos se le apreciaban unos hematomas longitudinales.

Pascual Gramaje Alvarez, 68 años, casado, padre de la anterior, agricultor, también estaba muerto junto a la pared opuesta a aquélla en donde había sido hallado el cadáver de su hija. Presentaba heridas en diversas partes del cuerpo y, como María Gramaje, tenía la cabeza destrozada, probablemente como consecuencia de los golpes recibidos por algún objeto contundente y afilado al mismo tiempo.

María Santacreu Prach, 66 años, madre y esposa, respectivamente, de los dos citados en primer lugar, paralítica desde hacía años, fue encontrada estrangulada en su cama en la que yacía habitualmente debido a su enfermedad. Como su hija, tenía las faldas levantadas y enrolladas en torno a la cadera.

Pascual Gramaje Santacreu, conocido por «Pascualet», hermano de Maria Gramaje e hijo de Pascual Gramaje y María Santacreu, fue quien con su esposa descubrió los cadáveres de los miembros de su familia y dio parte del atroz hallazgo a la Guardia Civil del pueblo. Las contradicciones de Pascualet y de su esposa en las declaraciones a la benemérita, pronto hicieron sospechar a los investigadores que se ocupaban del caso, que Pascual Gramaje era el triple asesino, el triple parricida. Una posible herencia y una necesidad perentoria en el cobro de ésta hubiera podido ser el móvil. Pascualet fue detenido; si se confirmaba su culpabilidad iría directo al garrote vil.

Un matrimonio y sus dos hijos, forman el entramado principal de esta trágica historia que a mediados de la década de los cincuenta tuvo lugar en Alcudia de Carlet. La policía valenciana, habituada al crimen y a la tragedia, no duda en afirmar aún hoy que el triple asesinato de Alcudia de Carlet constituye uno de los hechos delictivos más espeluznantes ocurridos nunca en la región. Más de treinta años han transcurrido desde entonces y todavía ahora en toda la comarca, tanto los ancianos como los más jóvenes, que han oído contar la historia, comentan el hecho. La masía de Pascualet, allá en la Paridera, cerca del barranco de Matamoro.

Primeras horas de la mañana de un 7 de noviembre de 1954. Los meses de octubre y noviembre de 1954 se caracterizaron en la provincia de Valencia por las constantes restricciones de luz. El mes de noviembre precisamente comenzó con un servicio de alumbrado y fuerza que sólo se daba un día a la semana, hasta el punto de que el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Diego Salas Pombo, recabó de la autoridad eclesiástica, del arzobispo Marcelino Olaechea, la debida autorización de dispensa del trabajo dominical con el fin de aprovechar los pocos días de luz.

Pero en la masía de Pascualet, a tres kilómetros aproximadamente de Alcudia de Carlet, no les preocupaban ni poco ni mucho estas restricciones, porque la casa no estaba provista de fluido eléctrico. En ella moraban María Santacreu, Pascual Gramaje y María Gramaje, la hija. No obstante, casi todos los días recibían la visita de Pascualet, otro hijo ya casado que residía en Guadasuar y que acostumbraba a acercarse a la Paridera a ver qué tal iban las cosas, como cualquier hijo se acerca de cuando en cuando a casa de sus padres. En la tarde del día 6 de noviembre había estado allí con su mujer, y también con su esposa volvió a primeras horas de la mañana del día 7.

Fue cuando descubrió, horrorizado, los tres cadáveres. Sus padres y su hermana, en lugares distintos de la casa y aledaños, presentaban los cuerpos reventados por heridas asesinas. Pascualet se abrazó a su esposa, gritó, gritaron … Volvieron al pueblo y dieron aviso a la Guardia Civil. Pronto la comarca entera y aun toda Valencia y España supieron de los horrorosos crímenes de Alcudia. Los periódicos hablaban del triple asesinato y se preguntaban de los motivos que habrían guiado al asesino para masacrar a una familia tan humilde.

La Guardia Civil, que fue la primera en encargarse de las investigaciones, se encontraba ante un caso muy difícil, aunque no tardaría en resolverlo.

Pascualet declaró en el cuartel, que había estado con sus padres y hermana en la tarde anterior a la del día en el que fue descubierto el crimen. A la mañana siguiente y en compañía de su esposa, Pascualet volvió a la Paridera. Fue cuando encontró los cadáveres de sus familiares.

-Más despacio, por partes…

Entró directamente al interior de la masía sin apercibirse de los cuerpos sin vida de su hermana y padre y fue hacia la habitación donde siempre estaba su madre, impedida. Encontró el cadáver y pensó que sus otros dos familiares se habían ausentado para solicitar auxilio o la ayuda de un médico. Sí, vio la sangre en la cara de su madre, pero en principio no se extrañó, precisamente por esa enfermedad tan prolongada en el tiempo que sufría María Santacreu. Intentó limpiarle la cara pero no lo consiguió, porque la sangre ya se le había solidificado; después cogió los brazos de la difunta y cruzó sus manos «com se les posa als morts». Su mujer lo acompañaba cuando hizo todas estas operaciones.

Fue al salir al exterior cuando descubrió que su hermana y su padre se hallaban muertos y no precisamente de enfermedad natural. No lo podía creer. Los dos cónyuges corrieron hacia el pueblo para avisar a la Guardia Civil.

Pocos eran los datos con los que contaba la benemérita para encauzar la investigación. Sólo la declaración de Pascualet y el resultado de la autopsia. Esta revelaba que las tres víctimas habían encontrado la muerte entre las seis de la tarde de¡ día 6 y las seis de la mañana del día 7, o lo que es lo mismo, entre el momento en que Pascualet abandonó a sus padres el día 6 y el momento en el que descubrió sus cadáveres el día 7. Por lo demás, los hematomas que presentaba la hija indicaban que el asesino había intentado abusar sexualmente de ella. Probablemente fuese descubierto por el padre y acabó con la vida de los dos. Por último quedaba justificar el asesinato de la madre paralítica, ya que ésta desde su cama y su cuarto no podía ver nada de cuanto ocurría fuera de la casa. Sólo tenía una explicación: el asesino temía ser reconocido por su voz y eliminó a la anciana.

Todo concordaba así. El culpable empieza por un intento de violación, mata a su víctima, que se ha resistido, y posteriormente a los posibles testigos. La hija tenía las bragas puestas, lo que indicaba que el criminal no había conseguido su inicial propósito. Pero había más: la paralítica también aparece con las faldas subidas ¿se trataba de un obseso el autor? Por último, el detalle de que apareciese un arcón revuelto y una cartera de cuero destrozada era tomado como un intento por parte del triple asesino de desviar las investigaciones en torno a un posible robo que no se cometió, porque ni en ese arcón ni en esa cartera había dinero. La familia Gramaje, disponía en aquel momento de 80.000 pesetas, una gran cantidad, pero a buen recaudo en el banco.

En realidad había otro detalle más: unos zapatos viejos y roidos. Pronto se habló de aquellos zapatos y se les atribuyeron, entre la población, circunstancias que les hacían aparecer como elementos claves en la solución del misterio. Incluso se hablaba -y se habla- de que la posición que ocupaban, en el exterior de la casa, indicaba la dirección de huida que había tomado el asesino.

Lo cierto es que pocos días después de los asesinatos, la Guardia Civil detiene a una persona: Esteban Benítez Malo. Nunca se han aclarado debidamente los pormenores que condujeron a la detención de este hombre, aunque parece ser que la Guardia Civil se basó en testimonios. El guarda forestal de la Paridera y un leñador decían haberlo visto por los alrededores la tarde anterior a la del hallazgo de los cadáveres.
Fue definitivo el testimonio del leñador, Ramón Ortega Sanchís, quien asimismo trabajaba por el barranco de Matamoro a la búsqueda de leña que posteriormente vendía en el pueblo; él era precisamente quien servía el combustible de la estufa del cuartel y conocía y era conocido por la mayoría de los guardias civiles.

Sin embargo, Esteban Benítez tenía coartadas perfectas y además parecía de todo punto inocente. Efectivamente, había estado desarrollando faenas agrícolas en las inmediaciones de la casa aquella tarde, pero volvió al pueblo antes de las seis y no salió de su casa hasta después de las seis de la madrugada. Matemáticamente era imposible que él hubiera cometido los crímenes. No tardó en ser puesto en libertad.

Había transcurrido ya casi un mes y la Guardia Civil se encontraba casi como al principio. El comandante del puesto no cesaba de darle vueltas y más vueltas a la cabeza rumiando todos los detalles del caso. Recordó sus estudios. Veamos, en todo crimen se beneficia una persona, ¿quién ha resultado beneficiado de éstos? Nadie, sólo un obseso sexual que se ha visto libre de testigos. Y Pascualet, claro, que a fin de cuentas ha heredado las 80.000 pesetas de sus padres. ¿Por qué no interrogarlo de nuevo?

Esa misma noche, Pascualet y su mujer se hallaban de nuevo en el cuartel recordando, una vez más, a la Guardia Civil cómo habían descubierto los cadáveres. En esta ocasión se usó más la técnica policial y se decidió interrogar a los cónyuges por separado.

La mujer de Pascualet ratificó todo lo que había dicho su marido excepto al llegar a un punto importante: no recordaba a Pascualet intentando enjugar la sangre del rostro de su madre, como tampoco lo recordaba cruzándole las manos sobre el pecho. ¡Dos contradicciones claves! El hijo de las víctimas había afirmado que su mujer estaba presente cuando realizó aquellas dos operaciones, y ésta, que también sostenía que no se separó de su marido en ningún momento, no recordaba nada de aquello.

¡Y aún más! Si el propio Pascualet reconocía que no pudo limpiar la sangre de la cara de su madre porque se hallaba solificada, era porque había transcurrido ya bastante tiempo desde que ocurrieran las muertes, ¿cómo entonces consiguió cruzar las manos al cadáver? !el «rigor mortis» debería haber aparecido¡

Nuevos detalles contribuyeron a que las sospechas contra Pascualet fueran más firmes. Tenía testigos que afirmaban que habían visto al joven cuando regresaba de casa de sus padres al pueblo antes de las seis de la tarde; sin embargo, nadie lo vio cuando hizo el camino inverso a la mañana siguiente. Incluso cabía la posibilidad de que Pascualet hubiese asesinado a sus padres y hermana en la madrugada. Por último, se acababa de saber que del interior del pozo de la masía habían rescatado el cuerpo sin vida de un pequeño perro que perteneció a la familia de los Gramaje; todo indicaba que el chucho había sido arrojado al pozo por el asesino, ante el temor de que el animal lo descubriera en cualquier ocasión. Pero alguien que coge a un perro para arrojarlo a un pozo, debe ser conocido por éste, porque si no el can se daría a la huida. Cada una de estas coincidencias no constituía ninguna prueba para detener a Pascualet, pero todas juntas eran más que indicativas. Pascualet quedó en el cuartelillo. Era el 5 de enero de 1955 y habían transcurrido dos meses desde que se cometieran los asesinatos.

Sin embargo, a pesar de la evidencia, a pesar de los numerosos y no precisamente humanos interrogatorios, Pascualet no confesaba sus crímenes. Y había una razón fundamental para mantener la boca callada: el miedo a ser condenado a la pena de muerte, castigo que sin duda caería sobre él en cuanto firmase la declaración de culpabilidad.

Vicente Luis Ripollés era entonces un joven inspector de policía adscrito a la comisaría de Alcira. A finales de marzo de 1 955 -tres meses después de la detención de Pascualet y cinco desde que se cometieran los crímenes en Alcudia- el jefe superior de policía de Valencia, entonces Eustaquio Pardo, visitó las mencionadas dependencias policiales. Tras los habituales actos oficiales, el jefe superior mantuvo una conversación relajada con los funcionarios de la comisaría, conversación en la que lógicamente salió a relucir el triple asesinato de Alcudia de Carlet, cuyos ecos sociales habían llegado a través de la prensa a toda España. Al cabo de los cinco meses, las investigaciones de la Guardia Civil parecían centradas únicamente en conseguir que Pascualet se declarara culpable. Y Pascualet seguía sin hablar.

En la distendida conversación entre policías salieron a relucir también los llamados «sueros de la verdad». De Europa llegaban noticias de que la policía utilizaba unas drogas, el Nembutal y el Pentotal, que adormecían al detenido y en un estado de hipnosis confesaba la verdad de los hechos sobre los que se le preguntaba. ¿No se acabaría de una vez por todas con el asunto de la Paridera de Alcudia aplicando los «sueros de la verdad» a Pascualet?

El joven inspector Luis Ripollés, que acababa de resolver con acierto el asesinato de Guadasuar en el que apenas había pistas que seguir, confiaba en sus fuerzas y se atrevió a aventurar al jefe superior que no eran necesarios los fármacos. Una diligente, paciente y científica investigación que tuviese en cuenta hasta el más mínimo detalle no tardaría en descubrir si Pascualet era culpable, sin necesidad de esperar su confesión.

El jefe superior le tomó la palabra e inmediatamente lo dejó encargado de¡ caso. Luis Ripollés no se amilanó. Por el contrario, puso manos a la tarea y de forma metódica fue cubriendo distintas etapas investigadoras que le llevarían a descubrir la verdad.

«Una investigación policial -cuenta ahora Ripollés- debe tener en cuenta diversos elementos, tanto físicos como psicológicos. Las huellas, los indicios aunque sean mínimos, la posición de los cadáveres es importante, pero también lo es un gesto del presunto culpable, sus antecedentes familiares, el ambiente donde vive, etc.»

Comenzó por los hechos. Se trataba de reconstruir, al cabo de cinco meses, la escena de la masía de Pascualet como si los luctuosos sucesos acabaran de ocurrir. Leyó los informes de la Guardia Civil, pero también se personó en la casa -que afortunadamente había permanecido cerrada todo el tiempo- y tomó datos en su libreta que anteriormente no habían sido tenidos en cuenta en otras investigaciones.

A muy pocos metros del lugar donde se encontraba el cadáver de la muchacha se hallaba, como se ha dicho, el fregadero. Sobre él permanecía, ahora y cuando fue descubierto el asesinato, una sartén con un estropajo en su interior. Dentro de la casa, Luis Ripollés vio el arcón que había sido revuelto por el asesino; del baúl habían extraído una cartera que ahora estaba en el suelo totalmente destrozada. También en el suelo y asimismo rota, el inspector se fijó en una botella que, a tenor del olor que aún desprendía, había contenido flit del que se emplea para matar las moscas. Fueron los primeros detalles en los que se fijaron los ojos del policía.

En su inspección ocular, Luis Ripollés fue mucho más allá y se percató de unas cortinas que estaban demasiado manchadas y de un jarrón de miel con una tapa de papel la cual tenía un agujero en el centro, agujero que se había hecho de fuera hacia el interior del recipiente probablemente con un dedo; por las apariencias se descartaba la posibilidad de que fuera utilizado para servir la miel del jarro. El inspector también supo que cuando fueron hallados los cadáveres, las gallinas pertenecientes a la familia permanecían sueltas por los alrededores de la casa.

Tras estos primeros datos «físicos», el policía quiso hablar con Pascualet, el presunto culpable, detenido desde hacía tres meses. «En la primera conversación que mantuve con él, hube de desechar todas mis dudas: Pascualet no era el asesino. Fue una opinión subjetiva, pero basada en un hecho: reconstruyendo el caso, Pascualet habló de «ma germaneta» y noté que pronunciaba esas palabras con tristeza y lleno de cariño; al mismo tiempo me fijé en su brazo e imperceptiblemente vi cómo el vello se le erizaba, lo que demostraba que no fingía. Pero también existían datos objetivos: Pascualet se acercaba a la casa de sus padres casi todos los días; si lo que pretendía era cobrar la herencia, hubiese elegido otra forma de asesinato menos cruel y al mismo tiempo menos sospechosa; por ejemplo, el envenenamiento. Si Pascualet realmente hubiera sido el culpable de los asesinatos, habría que olvidar la causa de la herencia y pensar en otra razón, como podría haber sido una discusión; sólo así se comprendería el método que utilizó para dar muerte a sus familiares. Pero es que en este caso ya fallaban los hechos porque Pascualet, según la teoría de la Guardia Civil, habría vuelto de nuevo a casa de sus padres en la madrugada o ya de mañana, con lo que hubiera mediado un lapso de tiempo demasiado grande para conservar el odio suficiente que le diese fuerzas para asesinar a su familia en la forma que lo hizo.»

Ardua la tarea con la que se enfrentaba el inspector Ripollés si quería demostrar lo que su conversación con Pascualet le había revelado. Primero tenía que probar que Pascualet era inocente y después descubrir al culpable, si bien, lo uno acarrearía lo otro con toda probabilidad.

Había dos detalles que le permitieron establecer de forma muy aproximada la hora en la que habían tenido lugar las muertes. De un lado, el hallazgo en el fregadero exterior de la casa de la sartén y el estropajo. Fácil era suponer que la muchacha fue atacada por el asesino cuando se hallaba fregando, labor que ella debía efectuar antes de ponerse el sol, ya que de no ser así, la oscuridad sería total.

De otro lado, el que las gallinas estuvieran sueltas. La familia Gramaje tenía la costumbre de encerrar en el corral a las gallinas todas las noches, mientras que por el día los animales permanecían en libertad por los alrededores de la casa. Sin duda, el asesino había llegado antes de que se efectuara esta diaria operación.

Los dos caminos conducen a una conclusión: los asesinatos se cometieron antes de la puesta del sol. Y esta conclusión, a la ratificación de lo que sólo había sido una creencia sin pruebas del inspector: Pascualet no era el asesino. Al hijo no le habría dado tiempo a regresar desde Guadasuar, donde vivía, hasta la casa de sus padres antes de que anocheciese, ya que había sido visto unos minutos antes en el pueblo donde residía.

De todas formas, aún quedaban por dilucidar algunas cuestiones trascendentes. La más comprometedora para Pascualet fue su declaración de haber movido las manos de su madre para cruzarlas sobre el pecho. El forense de Carlet y la Guardia Civil habían creído de todo punto imposible este hecho debido a que se suponía que en el cuerpo sin vida de la mujer ya habría aparecido el «rigor mortis»; Pascualet solamente podría haber realizado esta operación en el caso de que la madre hubiera muerto muy pocos minutos antes.

Luis Ripollés quiso confirmar estos extremos y para ello se entrevista con la máxima autoridad valenciana en la materia: el catedrático de Medicina Legal de la Universidad, Leopoldo López, Gracias a la entrevista, el inspector supo que, efectivamente, el «rigor mortis» aparecía de forma habitual a las pocas horas de producirse la muerte, pero como en todas las reglas, en ésta también había excepciones y además bastante frecuentes. Dependía del estado de deshidratación del cuerpo, de la temperatura del lugar y de otros factores a tener en cuenta. No era infrecuente, fue la conclusión que obtuvo el inspector Ripollés, que el «rigor mortis» tardase muchas horas en aparecer. Era otra circunstancia que culpaba a Pascualet y que también podía soslayarse.

Los restantes puntos que acusaban a Pascualet no tenían tanta consistencia: la contradicción en las declaraciones de él y su mujer eran de todo punto banales y no había que darles mayor importancia de la que en realidad tenían. Pero es que además, si algo demostraba esta contradicción es que Pascualet no era culpable porque en el caso contrario, los dos cónyuges se hubieran puesto de acuerdo a la hora de declarar en los interrogatorios de la Guardia Civil, ya que ambos se beneficiaban de la herencia.

No casaba tampoco, analizado fríamente, el hecho de que el propio Pascualet, el asesino, después de haber matado a sus padres y hermana por la noche, regresara a primeras horas de la mañana siguiente a la casa para «descubrir» los cadáveres; le hubiera resultado mucho más fácil y menos trágico el esperar tranquilamente la noticia en Guadasuar y fingir desconocimiento, sorpresa y abatimiento doloroso. Sin embargo, fue él quien se acercó a temprana hora a la Paridera.

Por último, quedaba el perro. Efectivamente, esta circunstancia indicaba que el asesino era alguien conocido por los propietarios de la masía y conocido también por el animal de la casa. Cuando el cuerpo muerto del can fue rescatado del pozo, se apreció que no tenía heridas ni señales de haber recibido golpe en el cuerpo. En realidad se trataba de un animal muy pequeño que, ante alguna probable amenaza, hubiera huido. Indicaban pues los hechos, y en esto sí que tenía buen obrar la Guardia Civil, que el chucho conocía al asesino. Pero no era Pascualet el único amigo del animal.

Descartado por Luis Ripollés el hermano e hijo de las víctimas como asesino y por tanto descartada la herencia como objetivo principal del triple crimen, había que ir pensando en otra motivación que guiase los pasos del aún desconocido criminal. Por ejemplo, la agresión sexual, aquel motivo que ya guiase los primeros pasos de las investigaciones de la Guardia Civil. No hay que olvidar que tanto la hija como la madre, fueron halladas con las faldas levantadas e incluso la primera mostraba unos hematomas en la cara interna de los muslos, aunque seguía con las bragas puestas, cualquiera hubiera podido pensar que el asesino se acercó a la masía con la intención de violar a la muchacha; ésta se resistió y comenzó una enconada lucha con el hombre al tiempo que gritaba. El criminal ahogó sus gritos tapándole la boca con un puñado de tierra y golpeándola hasta el punto de hacerla morir. El padre de la muchacha, que sin duda se hallaba en un lugar cercano -probablemente en un campo de patatas situado en la parte trasera de la vivienda- oyó los gritos y fue a ver qué ocurría, encontrándose directamente con el asesino que igualmente lo mató. Había utilizado un objeto contundente y cortante: un hacha, un machete, un cuchillo, una piedra… En cualquier caso, el arma homicida no había aparecido. Después, el asesino se dirigió al interior de la casa, donde encontró a la madre en la cama. La ahogó con un pañuelo. Pero la mujer paralítica también tenía las faldas levantadas…

Datos que, indirectamente, indicaban que el asesino era un maníaco sexual, pero que Luis Ripollés no interpretó al pie de la letra, no dejándose llevar por las primeras impresiones. Incluso llegó a descartar las motivaciones sexuales como móvil del triple crimen. ¿Por qué no el robo? El inspector ordenó sus investigaciones.

La evidencia más palpable era la situación de la muchacha: faldas levantadas, hematomas en los mulos, la boca llena de tierra… En rigor, esta última circunstancia no tenía mucho que ver con un atropello sexual, porque igualmente el asesino podría haberla atacado de esta forma cuando aquélla se defendía de la agresión que dio con ella en la tumba. Faldas levantadas que también hubieran podido levantarse en el fragor de la pelea y hematomas longitudinales en los muslos. En el caso de las violaciones suelen aparecer estos hematomas, ¡pero de forma transversal y no longitudinal como en los muslos de María Gramaje! Las moraduras muy bien Pudieron deberse a sendos golpes. Por último, el que la muchacha hubieras muerto con las bragas puestas era el principal indicio de que no había sido violada.

Luis Ripollés estableció su propia hipótesis: el asesino fue a la casa con ánimo de robar. Y el inspector comenzó a basar su teoría en los indicios que hasta entonces no habían sido tenidos en cuenta o al menos en demasía: el arcón revuelto, la cartera destrozada, el jarrón de miel con el agujero producido por un dedo ¡como si alguien hubiera querido saber qué ocultaba en su interior! Y había más: la mujer paralítica tenía, sí, las faldas subidas, pero plegadas hacia adentro. El ladrón no buscaba tanto la satisfacción sexual como la realización de un registro por si aquella paralítica fuera la encargada de esconder entre sus ropas el dinero que supuestamente tenía en la casa la familia Gramaje. ¿Por qué fue asesinada si el ladrón hubiera podido hacer el registro igualmente sin acabar con su vida? Se volvía a aquella conclusión que ya se había obtenido analizando los hechos que ocurrieron en torno al perro: el triple asesino era un conocido de la familia y no quería dejar por medio testigos que después podrían declarar en su contra.

Había que trabajar de firme a la búsqueda de amigos de la familia: agricultores, leñadores, guardas forestales… Mucha gente podría estar relacionada con los Gramaje. En la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos, Luis Ripollés, pidió una lista de las personas que tuvieran fincas cercanas a la masía de Pascualet o que de alguna forma desarrollaran su trabajo por aquellos lares. Una vez con los nombres en su poder, tuvo la paciencia de ir entrevistándose uno por uno con ellos.

Dos eran las personas que de forma habitual pasaban el día en el barranco de Matamoro: el guarda forestal y el leñador, anteriormente citados. Muchos de los entrevistados coincidieron en señalar que estas dos personas habían sido vistas en las cercanías de la masía en la tarde en la que ocurrieron los hechos. Pero aún se supo más: pocos días antes de someterse los crímenes hubo una fuerte tormenta.

Según contaba Ramón Ortega Sanchis, el leñador conocido con el mote de «El Semo», el guarda y él se habían refugiado de la lluvia en casa de los Gramaje; en la conversación que mantuvieron con los moradores de la casa, Pascual Gramaje había dicho que tenía pensado vender la masía de la Paridera para acercarse a vivir al pueblo. Incluso tenía previsto cuál era la casa que iba a comprar en Alcudia, por la que le pedían 80.000 pesetas. Un día de estos iría al banco a retirar el dinero para pagar. Y el 6 de noviembre, el mismo día en el que tuvieron lugar los crímenes, Pascual Gramaje estuvo efectivamente en el pueblo. ¿Pensó el guarda que había ido por el dinero?

El guarda, empero, quedó descartado como sospechoso en el primer interrogatorio: tenía coartadas perfectas y había sido visto en el pueblo cuando debieron de ocurrir los crímenes. En el caso, pues, de que las afirmaciones de El Semo fueran ciertas, sólo una persona podía ser el asesino !el propio leñador!

Ramón Ortega también había sido visto en la tarde del triple asesinato en los alrededores de la masía y reunía dos circunstancias que obligaron a que las sospechas recayeran sobre él. De un lado, las herramientas que utilizaba para su trabajo y que habitualmente llevaba consigo, un hacha y un azadón, podrían haber sido las armas homicidas; de otro lado, sus sospechas sobre el guarda sólo habían surgido ahora, cinco meses después de los asesinatos, manteniéndose callado hasta entonces. No hay que olvidar, en fin, que su acusación contra el guarda era la segunda que hacía contra determinada persona, como si tuviera prisa porque siempre hubiera un sospechoso detenido.

El inspector se interesó más en la figura de El Semo, 55 años, soltero, vivía en Alcudia de Carlet con su madre, muy anciana, y un hermano paralítico. El dinero que ganaba con su oficio no le daba para mucho.

El Semo, ya se ha dicho varias veces, era leñador de profesión. La profesión le había llevado a esas grandes manos y a la costumbre de permanecer siempre solo en el campo buscando, arrancando y cortando leña. Servía el material para las estufas y los fuegos a buena parte de la población de Alcudia y entre ellos al mismísimo cuartel de la Guardia Civil. Incluso se había permitido en ciertas ocasiones comentar con los guardias algo sobre el triple asesinato ocurrido en la masía, lamentándose siempre porque conocía a las tres víctimas y abominando de Pascualet al que él también decía suponer culpable.

-¡Huy, menudo es ese Pascualet!

El Semo fue detenido por el propio inspector y no tardó, al verse acorralado, en confesar su triple crimen.

Los hechos debieron ocurrir más o menos de la siguiente forma: hacia las seis de la tarde del día 6 de noviembre, El Semo se dirigió a la masía de Pascualet con la intención de apropiarse de las 80.000 pesetas. Descubrió a la hija e intentó matarla ayudándose con sus herramientas y con una piedra. Como quiera que ella gritaba, introdujo un puñado de tierra en su boca hasta ahogarla; sin embargo sus gritos fueron oídos por el padre de la víctima que, como se ha dicho, se hallaba en un campo de patatas situado en la parte posterior de la finca y se aproximó al lugar. También fue sorprendido por El Semo, que acabó con su vida.

Seguidamente, el criminal penetró en la vivienda y temiendo que la mujer hubiera oído sus voces cogió un trapo, lo ciñó al cuello de la paralítica y apretó hasta que la mujer murió. Aun así, quiso asegurarse y la golpeó con furia.

Sin ningún estorbo ni testigo, El Semo abrió el arcón de la casa registrándolo y consiguiendo poco más de trescientas pesetas. En el mismo arcón encontró la cartera de cuero que destrozó con el hacha, sin que hallara en su interior nada de valor. Pero seguía suponiendo que las 80.000 pesetas se hallaban en el domicilio y miró hasta en la alacena y en la jarra de miel. Por último, remangó las faldas de la mujer, por ver si el dinero se hallaba entre los pliegues de la ropa.

Tras esta infructuosa búsqueda se fijó en que tenía las manos llenas de sangre. Se apropió de una botella y se lavó las manos con el líquido que contenía; se las secó en una de las cortinas. La botella era de flit.

Cuando salió de la casa vio cómo el perro de la familia lo seguía. Lo llamó y el chucho obedeció sus órdenes porque efectivamente se trataba de una persona conocida por el animal. Después lo agarró y lo arrojó al pozo.

Apenas quince minutos más tarde, El Semo se acercaba a un bar del pueblo para fumarse un cigarrillo y tomarse un vaso de vino. A la mañana siguiente, el hijo y hermano de las víctimas descubrió los cadáveres.

En el juicio, no obstante, el abogado desvió la causa de los asesinatos a un móvil sexual. Como tercera teoría para establecer el móvil queda la misma declaración de El Semo a la policía. Según el asesino, aquella misma tarde había sido sorprendido por Pascual Gramaje cortando leña en unos árboles que pertenecían a este último. Pascual le gritó enfadado e incluso llegó a insultarle y a amenazarle con una hoz. En un primer momento El Semo no hizo caso a los insultos, pero después, una vez que Pascual se había ido, recapacitó y decidió volver en dirección a la casa para pedir explicaciones. Al llegar, sólo vio a la hija y preso de una gran excitación nerviosa fue a matarla. El resto de la historia sigue siendo similar. En cualquier caso, ni ambas son incompatibles, ni ninguna le libró de la pena de muerte. La mayor razón dada por el fiscal para su aplicación fue el asesinato de una mujer indefensa, paralítica y postrada en cama. El Semo murió ejecutado por el garrote vil el 4 de octubre de 1956.

Luis Ripollés también recuerda perfectamente aquel 19 de abril de 1955, día en el que se produjo la detención de El Semo.

«El comisario y yo nos dirigimos a su casa para proceder a la detención. La puerta de la vivienda estaba abierta y el leñador se hallaba en el portal.»

-Ramón, te tienes que venir con nosotros -le dije.

«No contestó. Estaba fumando un cigarrillo y continuó con su tarea sin inmutarse, mientras que yo me acercaba poco a poco a él.»

-¿Me dejáis que me cambie de ropa? -habló por fin.

-No, te tienes que venir ya.

«Después, en el interrogatorio, me confesó que tenía el hacha preparada detrás de la puerta para descargarla contra quien fuese a detenerlo… si se le permitía cambiarse de ropa».

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