Ramón Oliva Márquez

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Ramón Oliva Márquez

El Monchito

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Robo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 11 de enero de 1951
  • Fecha de detención: 20 de enero de 1951
  • Fecha de nacimiento: 1928
  • Perfil de las víctimas: Juana Arribas García, de 47 años
  • Método de matar: Tres cuchilladas en el cuello
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Ejecutado en el garrote vil en la madrileña cárcel de Carabanchel el 17 de marzo de 1952
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Ramón Oliva Márquez, el Monchito

Francisco Pérez Abellán

El recadero con un mensaje urgente. Una casa con teléfono. La mujer estaba sola. En el armario guardaba más de setenta mil pesetas. Después del crimen, el asesino se comió un bocadillo de jamón. Adelantó la fecha de su boda. Fue incapaz de ir por su propio pie al patíbulo.

Madrid, jueves, 11 de enero de 1951. Las 7,30 de la tarde. La señora estaba planchando en una habitación interior habilitada como comedorcito. Aquel día tenía varías preocupaciones que no eran usuales. Últimamente su esposo estaba especialmente sobrepasado por el trabajo y lo pagaba con ella. Algún día la cosa no iba a terminar bien porque algo estallaría.

Hasta ahora aguantaba porque lo primero era el hijo que ya era mayor y tenía derecho a hacer su propia vida. Aunque la existencia que llevaba tendría que cambiar. Al fin y al cabo el marido lo ganaba bien y problemas había en todas las casas, en todos los matrimonios desde que el mundo es mundo. Ella se limitaba a estar allí para lo que hiciera falta, desde limpiar hasta hacer la comida, como había hecho siempre. Aunque quizá ya había llegado el momento de contratar a alguien que la ayudara porque tampoco se trataba de ser la más rica del cementerio.

Las tareas de la casa daban mucho trabajo y mucho agobio, por eso había llegado el momento de descansar. Su marido no se daba cuenta de lo que ella bregaba para que se lo encontrara todo a punto. Estaba demasiado metido en las necesidades de su negocio. Pero ella tendría que plantear el problema aunque se uniera a todos los problemas que tienen los matrimonios, a las malas rachas que se sufren, a las discusiones y a las peleas.

Que menos mal que al final todo son momentos malos que pasan y después se van. Pero ella llevaba muchos años al pie del cañón y ahora que su marido estaba ganando un fortunón, que bien lo sabía ella porque podía contar los billetes que se acumulaban en el armario, era el momento de disfrutar de lo bueno, que luego el tiempo se pasa y cuando uno quiere las cosas agradables que tiene este mundo ve que el tiempo se le ha acabado.

La señora oyó ruido en la puerta y se sintió contrariada. Pensó que podía ser el pesado de antes, al que no le había abierto aunque venía preguntando por su marido. Normalmente no abría a nadie nunca y, si le traían algo, pedía que lo dejaran en la portería hasta que pasara a recogerlo o lo subieran su marido o su hijo. Estando sola prefería no atender llamadas de ningún tipo.

Pero aquella le picó la curiosidad. Dejó la plancha y salió a ver qué querían. Al otro lado el mismo hombre de antes dijo que tenía que localizar a su marido, que era urgente, que le dejara usar el teléfono: traía un mensaje que no podía esperar. Ella dudó. Había algo que la llenaba de desconfianza. No le gustaba la voz del que estaba pidiéndole que le dejara entrar, ni le gustaba que trajera un recado o un mensaje urgente. Tampoco le gustaba que viniera a buscar a su marido. No obstante la voz era suplicante, insistente. Recordaba esa voz. Tal vez fuera cierto que traía algo que no podía esperar.

Poniendo a prueba sus nervios se decidió a abrir la puerta. Inmediatamente entró un hombre bajo, vestido con una gabardina, que le pidió que le llevara hasta el teléfono, dándole mientras conversación sobre su hijo y la fecha en la que pensaba éste contraer matrimonio.

Hasta que de repente cambió de actitud y la apartó a un lado empujándola hacia el fondo sin darle tiempo a nada y sin ninguna consideración. Ella gritó, pero fue en vano. El hombre la llevó hasta el comedorcito donde estaba la plancha. Ella volvió a gritar. Pero el hombre, despiadado, la golpeó en la cabeza con un objeto contundente que llevaba abriéndole una tremenda herida. Trató de golpearla también en el vientre, pero la mujer consiguió evitarlo a la vez que se deshacía en gritos de socorro e iniciaba la huida hacia la calle.

Los gritos de la infeliz fueron oídos por unos pintores que realizaban trabajos de reparación en el piso inferior, así como por la inquilina del superior, Jovita Vian Gómez, que se asomaron a las ventanas del patio, pero que no consideraron el hecho lo suficientemente fuera de lo normal para ir a ver qué pasaba. O tal vez tuvieron miedo de lo que pudieran encontrarse. El caso es que no dieron la voz de alarma.

El criminal la alcanzó en el pasillo y de un certero tajo le cortó el cuello, seccionándole la yugular. Cayó al suelo en el pasillo prácticamente muerta. El asesino llevó a cabo un detenido registro de la vivienda y se apoderó de setenta mil trescientas pesetas, en billetes, que estaban guardados en el armario ropero de la alcoba conyugal y también de mil trescientas pesetas que estaban en la cartera del hijo del matrimonio, en uno de los bolsillos de una americana colocada en una silla del cuarto donde planchaba la señora.

Los policías identificaron a la víctima como Juana Arribas García, de cuarenta y siete años, ama de casa, natural de Bailén. El crimen no fue descubierto hasta las once menos veinte de la noche. El cuerpo fue encontrado por el hijo de la víctima, Julio Caballero Arribas, al regresar a casa. Como tenía llave de la vivienda, la introdujo en la cerradura y al intentar abrir la puerta observó que aunque cedía, una vez entreabierta tropezaba con algún impedimento extraño que obstruía la entrada. Era el cadáver de su madre.

El asesino sabía que la víctima se encontraba sola. Sabía que las personas que convivían con ella, el marido, Rafael Caballero Quiroga y el hijo, Julio, habían salido de su domicilio a las tres y media de la tarde hacia su trabajo, en el taller mecánico que el primero tenía en la calle de Andrés Mellado, 88, dato del que se había asegurado por medio de un niño que jugaba en el portal y que les había visto salir. Convencida por la insistencia del supuesto recadero y su tono apremiante, la mujer abrió la puerta.

Las investigaciones policiales se orientaron desde el primer momento al descubrimiento del posible autor del hecho entre los miembros de la familia, las amistades de ésta y el personal del taller mecánico propiedad del marido. Las pesquisas policiales empezaron a ir por buen camino cuando los agentes tuvieron conocimiento de que en el taller había trabajado un joven que no figuraba en las listas de empleados y que ayudaba en las faenas de pintura de los automóviles.

Este crimen es uno de los que mayor impresión causaron en su época. Lo cometió un joven de veintidós años, Ramón Oliva Márquez, a quien apodaban el Monchito. Era un hombre que necesitaba urgentemente dinero «porque quería casarse pronto» y que no había vuelto a tener un empleo decente desde que abandonara el trabajo ocasional que desempeñó en el taller mecánico del marido de la víctima.

Suponía que su antiguo patrono tenía dinero guardado en casa, por lo que pudo llegar a saber mientras estuvo a sus órdenes, y por eso se presentó en la calle Écija, 6, 2º B. El propósito era el robo y no dejar testigos que pudieran reconocerle, así que atacó a la mujer que se defendió con uñas y dientes dejándole la cara marcada y resistiéndose con desesperación.

Pero finalmente sucumbió a la juventud del Monchito, aunque este era pequeño y no demasiado fuerte. Una vez la mujer caída en el suelo, se apoderó del dinero y las joyas. Incluso tuvo tiempo para retirar del fuego de la cocina un cazo con leche que estaba a punto de derramarse. El criminal dejó también huellas de sangre en el grifo de la cocina.

Efectuado un registro en el domicilio del presunto asesino mediante un mandamiento judicial, fue encontrada una bolsita que contenía un reloj, una pulsera de oro y dos plumas estilográficas, objetos reconocidos como propiedad de la víctima. La policía encontró también cincuenta y una mil pesetas en billetes, y asimismo, detrás de un armario, una gabardina con rastros de sangre. También fue hallado un traje que había sido sometido a una cuidadosa limpieza.

El presunto asesino fue detenido poco después en el domicilio de su novia. Serían las tres y media de la tarde del sábado, 20 de enero, cuando lo encontraron en el patio de la vivienda donde se dejó prender sin oponer resistencia. En aquel hogar humildísimo fueron halladas ropas y sábanas de ajuar por valor de ocho mil pesetas que Monchito había regalado a su novia.

Ante tales pruebas, el acusado confesó su crimen. El traje que llevaba puesto durante el crimen lo había limpiado su propio padre, Ricardo Oliva Álvarez, de cincuenta y ocho años, que había trabajado en una tintorería. Los funcionarios policiales detuvieron a los padres del Monchito, Ricardo y Rosa Márquez Cubella, a su novia, Elisa Alba Mejía, de veinte años, y al padre de esta, Vicente Alba Carpio.

Entonces se supo que aquel día, después del crimen, Monchito se fue para la casa de la novia a pie y comiéndose un bocadillo de jamón que había comprado en un bar. Al llegar no pudo disimular un gran hematoma en la cara y varios arañazos, lesiones que le había causado la víctima al tratar de defenderse, por lo que inventó una historia: que se había peleado con su patrón para conseguir cobrar unos atrasos. Después del crimen fijó precipitadamente la fecha de la boda para el 22 de julio siguiente y así lo dejó marcado en una hoja de calendario. También se compró un acordeón, instrumento que siempre había querido poseer.

A Ramón Oliva, el Monchito, algunos le tenían por retrasado mental, pero el tribunal que lo juzgó lo encontró imputable del crimen que se le atribuye y fue condenado a la pena máxima.

Monchito comentó a uno de los policías que lo custodiaban que «si me indultan no volveré a matar, porque ahora sé que se puede robar sin matar». A pesar de tan buenos propósitos fue ejecutado en la prisión provincial de Madrid la madrugada del 21 de marzo de 1952, teniendo que ser transportado hasta el palo en volandas, desfallecido y medio muerto de miedo. Su ejecución causó una inolvidable impresión en la memoria de las gentes.


Ramón Oliva Márquez, el Monchito – Un tonto para el patíbulo

Francisco Hernández Castanedo – El Madrid Tremebundo

La malhechoría es la profesión de los torpes por antonomasia: media vida en la cárcel y la otra medio huyendo de caer entre rejas. Algunos, los más cretinos, se pasan y dan trabajo al verdugo, o se buscan una perpetua, según los casos y el Código de Justicia entrado en juego.

Sin temor a pecar de hiperbólico, cualquiera podría afirmar categóricamente que el noventa y nueve por ciento de los malhechores son torpes, y buena parte de ellos, rematadamente torpes, y no pocos, tan definitivamente estúpidos que ellos mismos se ponen la cuerda al cuello: el caso del Monchito resulta un buen ejemplo de la última afirmación.

¡Las tonterías que se escriben a veces, Santo Dios! Sobre Monchito, sobre el Monchito, que todos decían, publicó cierto narrador de su aventura trágica: «Había sido un hombre empujado al crimen por la misma sociedad que le impedía alcanzar lo que él estimaba preciso para formar un hogar.»

¡Otra vez el tópico en danza! «Empujado al crimen por la sociedad»: frase de segura eficacia para provocar lágrimas en los ojos de la gente del pueblo, «que tiene su corazoncito», como se dice, cantando, en La Verbena de la Paloma.

Bueno será contrastar el tal empuje al crimen, por parte de la sociedad en el caso de Monchito: es el personaje un mozuelo de poca alzada, no muchas chichas y menos cerebro que, a sus veintidós años de edad, no ha arrimado nunca, en serio, el hombro por la sencilla razón de que no le gusta hacerlo, y que se encuentra perdidamente enamorado de una buena chica. Buena chica, a la que el mal chico, que es su novio, ha decidido unir por vía de apremio, y previo ortodoxo pase por la calle de La Pasa, «hasta que la muerte les separe», con un criminal: con Ramón Oliva Márquez, alias Monchito. Así de olé.

¡Atención al empuje de marras! Monchito que, valga la insistencia, nunca ha tenido el menor afán de currelar, lo tiene infinito por casarse con su novia. Pero como Monchito, en orden a lo económico, es un tuercebotas incapaz de concebir la ecuación trabajo-ahorro, desarrollada siempre por cuantos novios no «hijos de papá» quieren casarse y tener un hogar, decide resolver su problema por la brava, y a lo sumo en un par de horas de trabajo.

La resolución adoptada se llama robo con homicidio o, más exactamente, asesinato seguido de robo. ¡La sociedad, señor, empujándole al crimen! La sociedad, que al mocito vago, listillo y amoral no le pasa una renta fija y respetable para el perfecto disfrute del ocio, ni le pone al nene el nidito que quiere para el martelo, así, de bobilis, bobilis, ¡como debe ser la vida, qué narices!

¡Pobre Monchito, al que la despótica sociedad le exigía trabajo firme, ahorro y tiempo para que viera realizado sus sueños de amor!

Pero, no: Monchito no quiere esperar. Necesita todo, y ahora. Y como Monchito no quiere esperar, el crimen, de enhorabuena: otro que va a ingresar en la cofradía. Y no tardando. Sobre la marcha, el joven enamorado traza el plan que le permitirá el acceso a la felicidad; la lúgubre idea de ir a parar a la sombra por muchos años, o enfrentarse con el boche, ni se le pasa por el magín. ¡Ni que fuera tonto!

A las nueve de la noche del 11 de enero de 1951, Ramón Oliva Márquez, alias Monchito, cierra silenciosamente, tras de sí, la puerta de entrada del piso segundo, letra B, de la calle de Écija, número 6, y se desliza furtivamente escaleras abajo para alcanzar la calle. Ya en ésta, seguro de no haber sido visto por nadie y gozoso con el gran botín que le ha producido el golpe, se encamina hacia su casa, que ciertas manchas llamativas que aparecen en su gabardina y americana cuanto menos se exhiban mejor. ¡Tendría maldita la gracia que un crimen perfecto se fuera al garate por unas simples manchillas!

A las diez horas y cuarenta minutos de la noche del citado 11 de enero, Julio Caballero Arribas, hombre joven, abre la puerta del piso segundo, letra B, de la casa número 6 de la calle de Écija y se enfrenta con la tragedia: en el suelo, y bañado en su propia sangre, yace el cuerpo exánime de doña Juana Arribas García, mujer del inquilino del piso, Rafael Caballero Quiroga, y madre de quien ahora contempla, horrorizado, la tremenda estampa de la muerte.

Después, lo obligado y rutinario. El Juzgado de Guardia número 3 entra en funciones: el juez, don Serafín Jurado Pérez, acampañado de su oficial, don Emilio Nacarrón Fernández, se persona pronto en el lugar del suceso.

El dictamen del forense establecerá que la víctima fue golpeada, primeramente en la mejilla, con un objeto pesado y de agudo corte y, después, rematada con tres cuchilladas en el cuello, mortales de necesidad.

Personados en el lugar del suceso los hombres de la Brigada de Investigación Criminal, descubrirán en seguida testimonios irrebatibles de un largo y precipitado registro realizado en toda la casa, un cuchillo ensangrentado y oculto en la carbonera, el instrumento con que se produjera a la víctima la herida en el rostro, y en un lugar del suelo, la huella de un zapato de hombre, de pequeño tamaño.

A su tiempo, el interrogatorio al marido de la víctima.

-Mi mujer se llamaba Juana Arribas García, y tenía cuarenta y siete años.

-¿Tiene idea de quién pudo, o quiénes pudieron asesinarla?

-No; pero, desde luego, alguien conocido de ella.

-¿Y eso?

-Muy sencillo: mi mujer no abría la puerta de casa a ningún desconocido, dijera lo que dijera. Era muy celosa en ese sentido.

-Parece evidentemente, claro, que el móvil del suceso ha sido el robo. ¿Qué puede haber desaparecido de aquí?

-Tal como está todo de revuelto, no podría puntualizar, pero desde luego se me han llevado setenta mil pesetas que había en el armario ropero de la alcoba.

-¿Acostumbra usted a tener fuertes cantidades en casa?

-Sí: mi negocio de taller de mecánico de automóviles y compraventa de coches así me lo exige. En cualquier momento se necesita dinero en metálico.

-¿Y hay mucha gente que conociera el detalle?

-Bueno, mis familiares, mis amigos y mucha de la gente que tengo trabajando en el taller.

-Y, de entre tantos, ¿nadie de quién sospechar? ¿Seguro?

-Nadie.

Interrogado el portero de la finca número 6 de la calle de Écija, dirá:

-Bueno, sobre las seis de la tarde, más o menos, se presentó un hombre, o mejor dicho, un muchacho, preguntando por don Rafael Caballero, y aunque dije al tipo que a estas horas no estaba en casa don Rafael, se empeñó en subir, luego de haber preguntado a un chiquillo de la casa, que salía a la calle, si doña Juana, la del segundo, tenía criada, cosa que el chico replicó con la verdad, que no. Total, que quien fuera tiró para arriba y yo no me ocupé de más porque ¿quién iba a pensar nada malo?

-¿Cómo era ese visitante? Detállelo lo mejor posible.

-¡Hum! Mire este cuchitril que hay por portería, tan pequeño, y tan esquinado que malamente puedo ver quién pasa. Así que sobre eso poco puedo decir, a mí me pareció un tipo así, un tanto escuchimizado.

«Sí, subí y llamé a la puerta -confesaría después el asesino-. Pero doña Juana no me abrió, aunque me preguntó a través de la mirilla qué quería. Le dije entonces que traía un recado urgente para don Rafael; pero que si quieres: me mandó con viento fresco.

»Volví a la calle, pero no descorazonado: decidí volver a intentar el negocio dos horas más tarde. Y efectivamente, pasado ese tiempo volví al piso y le dije a doña Juana que había estado buscando a su marido por todas partes y que tenía que darle un recado urgentísimo, y que parecía mentira que ella no me conociera, trabajando como estaba trabajando con su marido, y las veces que yo ya había venido a traer recados a su casa. Fue entonces cuando doña Juana me abrió la puerta, para desgracia de ella y perdición mía. ¡Maldita sea!»

Una larga relación de sospechosos en perspectiva. Familiares, amigos, conocidos de la víctima. Como primera indagatoria, la referida a la asistenta de la casa. Podía haberse presentado allí con cualquier pretexto, y sin duda doña Juana le habría abierto la puerta, ocasión para que por ella entrara un probable cómplice de la doméstica y cometiera la felonía. Pero no: pronto quedó descartada dicha mujer como dudosa. Y se reduciría notablemente la relación de sospechosos con el dictamen del forense, en donde se puntualizaba -luego del análisis efectuado sobre la índole, profundidad, dirección, etc. de las heridas- que el agresor había de serlo un individuo de baja estatura y complexión débil; lo último, puesto en evidencia por la indudable lucha que la víctima sostuvo con el criminal.

La rutina, la eterna y casi siempre eficaz rutina de la policía, puesta en marcha; más de sesenta personas interrogadas, muchas comprobaciones de coartadas, y al final…

Al final, una pregunta de los investigadores, en el taller mecánico del marido de la víctima:

¿Nadie recuerda aquí que trabajara algún tiempo en la empresa un tipo más bien bajito, de poco peso, a lo mejor un muchacho?

Y alguien habría de recordar:

-Bueno, así, de esas señas, había un chico -pintor decía que era- que anduvo aquí de lavacoches, y aunque el patrón le tomó simpatía, la verdad es que como el mozo era más vago que la chaqueta de un peón caminero, pues acabó por darle el bote. Se llamaba, o bueno, le llamábamos Monchito.

Preguntado don Rafael Caballero sobre Monchito, puntualizaría:

-Sí, era un chico servicial, pero de los que no se asientan en ningún lado.

-¿Pudo conocer a su esposa, señor Caballero, este muchacho?

-Bueno, yo le envié en bastantes ocasiones a casa, a que recogiera algo, o a que mi mujer le entregara dinero…

-Luego, si Monchito hubiera llamado a la puerta de la casa de usted, ¿cree que su esposa le habría abierto?

-Pues supongo que sí, porque ella lo recordaría seguramente.

-¿Tienen ustedes las señas de ese chico?

-Sí, en la oficina deben de estar; un momento.

Segundos más tarde, uno de los hombres de la B.I.C. anota:

-Camino Viejo del Paseo de las Cuarenta Fanegas, en Chamartín.

A los once días de la comisión del crimen de la calle de Écija, número 6, o sea el lunes 22 de enero de 1951, la prensa de Madrid informaba sobre el total esclarecimiento del suceso y la detención del asesino.

Personados los funcionarios de la Brigada de Investigación Criminal en el cuarto habitado por el matrimonio Ricardo Oliva Álvarez, de cincuenta y ocho años, y Rosa Márquez, padres de Monchito, con el oportuno permiso de registro, proceden inmediatamente a efectuarlo; el trabajo ha de resultar fructuoso en extremo para los hombres de la ley, y trágico para el transgresor de ésta: en el interior de una bolsa, relativamente bien escondida, se encuentran un reloj de pulsera, dos estilográficas, cincuenta y un mil pesetas en billetes grandes y una pulsera de oro.

La continuación del registro ofrece el resultado de hallar detrás de un armario ropero una gabardina toda ella cubierta de manchas de sangre y también un traje, presentando éste manifiestas señales de haber sido lavado con verdadera insistencia.

Luego de los hallazgos, preguntado el padre del criminal sobre el posible origen del móvil que pudiera haber tenido su hijo para convertirse en asesino y ladrón, ésta sería la réplica:

-¡El condenao del muchacho que anda loco con su novia queriendo casarse con ella, que de no ser así la chica no le deja que la toque un pelo, por lo visto!

-¿Cómo se llama ella?

-Elisa… Elisa Alba.., me parece.

-¿Y vive?

-¡Echenle ustedes un galgo desde aquí! En el Camino de Valderribas, 88, que cae por el Puente de Vallecas.

Y en el camino de Valderribas, en presencia de Elisa y de su padre, Vicente Alba, un nuevo registro domiciliario que da por resultado el hallazgo de distintas prendas del ajuar de boda, todas ellas recientemente pagadas por Ramón Oliva Márquez, alias Monchito, mozo, hasta el momento, sin antecedentes policiales.

Allí mismo, en casa de su novia, es detenido el criminal; también la novia, el padre de ésta y los padres de aquél pasarán a disposición del Juzgado número 3, que pronto les pondrá en libertad.

A su tiempo, el juicio, y tras éste, la sentencia. Pena capital para el asesino de doña Juana Arribas, el hombre que se sienta en el banquillo, Ramón Oliva Marquez, alias Monchito.

Fue ejecutado en la cárcel de Carabanchel, Madrid, el 17 de marzo de 1952.

Nota final: nunca supo explicarse nadie cómo un crimen tan vulgar causó tan enorme impresión en Madrid.


60 pesetas de gratificación por dar garrote al Monchito

Julio César Iglesias – Elpais.com

20 de febrero de 1981

Cuando G. A. L., o Gal, el último verdugo, busca un momento inolvidable en lo que fue su trayectoria profesional, siempre se detiene a reflexionar sobre su primera ejecución «El ajusticiamiento del Monchito», dice.

Al resolver el primer trabajo, estaba obligado a entrar en la ética de los ejecutores, así que el cumplimiento de la sentencia fue precedido por una obsesiva lectura de las noticias que irremisiblemente confirmaban la necesidad de ejecutar al reo, y luego por un fenómeno imprevisto: él abría al encausado un segundo proceso en su propia imaginación.

Al llegar a la cárcel de Carabanchel, el lugar señalado, hubo de aprender, sin embargo, la lección más dura: el manejo del garrote vil, o «la máquina», como él dice, mientras los funcionarios de prisiones lo invitaban a café y coñá para mantenerle entero y despierto, y el reo consumía las diez horas preceptivas en capilla. Por ajusticiar al Monchito, el 17 de marzo de 1952, recibió una gratificación de sesenta pesetas.

Nadie habría podido imaginar en Badajoz que Gal, el vendedor ambulante de caramelos, guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta el documento en que se le confirmaba como verdugo con el eufemismo concertado de agente judicial.

Su apariencia tampoco revelaba las cualidades que en otros tiempos se atribuían a los ejecutores. Tenía, ciertamente, un esqueleto firme y una incuestionable reciedumbre muscular, pero su estatura, demasiado corta, y su palidez, más propia de un convaleciente que de un antiguo mercenario, desmentían en un segundo vistazo su robustez.

Sus facciones no eran vulgares: una frente estrecha y alta como un acantilado; la boca y la nariz, pequeñas y simples como un trazo de lápiz, y el pelo, fino y apretado contra las sienes, parecían haber sido diseñados para resaltar la brillantez de unos ojillos obsesionados por analizarlo todo con detenimiento. Podría haber respondido más a la descripción ideal de un cajero que a la de un hombre de acción, aunque sus rasgos, progresivamente marcados con las nuevas arrugas, descubrían en él ciertas expresiones de dureza.

El 26 de mayo de 1951, cuando la Sección Séptima de la Audiencia Provincial de Madrid condenó a muerte a Ramón Oliva, o el Monchito, el buhonero Gal había cumplido cuarenta años, aparentaba alguno menos y sólo temía un peligro abstracto: el proceso. Al conocer el fallo del tribunal comenzó a tener una secreta obsesión: averiguar las claves por las que tendría que matar a alguien que nunca le había hecho el menor daño, saber cuánta maldad equivalía a una sentencia de muerte, asegurarse de que existía una cabal relación entre los destinos del verdugo y el reo y, sobre todo, entrar a escondidas en la jurisdicción de unos hombres especiales, que hablaban un extraño lenguaje y decidían inexorablemente sobre el Bien y sobre el Mal. Poco a poco, analizó las noticias y supo cómo y por qué había sido condenado el Monchito a la pena capital.

El caso del Monchito

Ramón Oliva, un pintor-lavacoches eventual en el taller de automóviles de Rafael Caballero, tenía veintiún años. Pasaba por ser un muchacho tímido, y sin duda estaba muy enamorado de su novia, Elisa. Según parece, para casarse con ella únicamente estaba necesitado de un poco de dinero, y para él la imagen de la riqueza era inseparable de la del dueño del taller.

A las 19.30 horas del día 11 de enero de 1951 se presentó en la calle de Écija, número 7, con el decidido propósito de llevarse toda la riqueza que encontrara en casa del patrón. Para vencer las dificultades, llevaba oculta bajo la gabardina su rasqueta de pintor. Parece que inicialmente pensaba esperar a que Juana Arribas, la mujer de Rafael Caballero, saliese a hacer la compra, pero la obsesión por la riqueza le hizo cambiar de planes. Logró que Juana le abriese la puerta, hizo intención de llamar por teléfono al taller y, un minuto después, la había matado de 35 golpes de rasqueta y dos cuchilladas, dijo el forense. Luego se llevó de la casa un reloj y una cadena de oro, un reloj de acero, una sortija con un rubí, dos encendedores, dos plumas estilográficas, 1.300 pesetas en metálico y dos sábanas y dos fundas de almohadón bordadas por Juana para su hijo Julio, que también había fijado la fecha de su boda.

Cuando los policías lograron arrestarle, el Monchito ya había regalado a su novia las sábanas, las fundas de almohadón y un abrigo de pieles.

El juicio, una sucesión de patéticas escenas de personajes llorosos y abatidos y de piezas oratorias, fue devotamente seguido por la opinión pública. Los psiquiatras Franco Jaramillo y Varela de Seijas dictaminaron que «el acusado es un oligofrénico, con capacidad mental de un muchacho de doce años».

Sin embargo, el fiscal, Luis Jiménez Calvo, tomó declaración a un niño llamado Emilio Lens Fayer, con quien el Monchito se había cruzado en la escalera de la casa del crimen, y destruyó las tesis psiquiátricas con un breve diálogo: «¿Qué edad tienes?». «Nueve años». «¿Y tú crees que matar es algo bueno o malo?». «Muy malo. Matar es muy malo». «Nada más, señor», cerró el fiscal, mirando al presidente. Así, pues, doce años de edad mental eran ya muchos años.

El 17 de noviembre de 1951, el Tribunal Supremo ratificaba la sentencia en Madrid, y Gal seguía vendiendo caramelos en Badajoz y analizando la maldad del Monchito en las páginas de los periódicos. Pasaron cuatro meses. Y unos días más. A mediados de marzo recibió un aviso: «Preséntese en Madrid con la máxima urgencia».

La máquina

«Apenas llegado a Madrid me hospedé en la pensión La Ferroviaria. Mis anteriores viajes me habían valido conocer Madrid mal que bien. Recuerdo que anduve dando vueltas como un tonto, bebiendo vino y coñá para olvidarme de que tenía que matar a un hombre, aunque fuera el autor de un asesinato con robo, o sea, un asesino, pero era un hombre, y yo iba y venía como un tonto: ¡pero si ni siquiera sabía manejar el aparato, la máquina!»

Inesperadamente recibió un aviso: «Preséntese en la Audiencia Territorial, Salesas, a las ocho de la tarde». Allí le dieron una maleta. Dentro había un armadijo de hierro, terminado en una manivela, y un paño negro. «A las diez de la noche llegamos en el furgón judicial a la prisión de Carabanchel. Allí, unos oficiales de prisiones me dijeron lo que tenía que hacer. En el recinto señalado para la ejecución clavamos una estaca de base cuadrada y de 1,70 metros de largo. Armamos la máquina y la sujetamos al palo. Después colocamos debajo la silla del reo, que entraba en capilla a esa misma hora, las diez de la noche.

»Fueron unas horas terribles. Los oficiales compartían conmigo el café y el coñá. Unas horas terribles en las que comentábamos el caso del Monchito, asesinato con robo, y comprendí que, si para mí eran largas como años, para él serían minutos o segundos, quién sabe. Y pedí nuevas explicaciones sobre mi trabajo. Sentar al reo en la silla o en la banqueta. Ceñirle el pecho y los brazos con una correa para sujetarle a la estaca. Ponerle el paño negro sobre la cabeza. Rodearle el cuello con las dos lunetas del garrote y cerrarlas al lado izquierdo con un tornillo pasador: ya está la gargantilla en posición correcta. Para consumar la ejecución había que dar exactamente dos vueltas de manivela. Dos vueltas hasta un tope.

»A las seis en punto de la madrugada, a la aurora del día, presentes en el recinto el Tribunal, los abogados, algunos representantes de instituciones públicas y dos médicos, el de la prisión y un forense, dos oficiales de prisiones acompañados por el capellán trajeron al Monchito. Había cumplido veintidós años, pero parecía mucho más joven, era culpable de asesinato y robo. Apenas podía tenerse en pie. Daba la sensación de que, más que conducirlo, los funcionarios lo sujetaban para que no se cayera. Se sentó en la silla, tal vez pidió terminar el cigarrillo que estaba fumando, un minuto para él un año para mí, le puse las lunetas, ajusté el pasador, ceñí la correa alrededor del pecho, y di dos vueltas de manivela, hasta el tope. La cabeza de El Monchito se desplazó hacia atrás, porque, a pesar de lo que mucha gente piensa, al girar la manivela no se clava ningún punzón en la nuca del reo; lo que hace el garrote es apretar el cuello y tirar de la cabeza hacia la estaca». (Primera fase: opresión de la yugular y la carótida; última fase: desplazamiento de vértebras cervicales, posible sección de la médula espinal, dicen los expertos.)

«El reo mantuvo el pulso durante siete, ocho o nueve minutos, y, después, murió, pero dicen que la muerte verdadera es rápida y que, a pesar del pulso, muere en seguida. El Monchito, lo recuerdo muy bien, no llegó esposado al recinto; ¿para qué iban a esposarlo? Estaba muy decaído, destrozado por las horas de capilla. La dieta que me correspondió por mi trabajo fue de sesenta pesetas. Y me pagaron el billete de vuelta en tren».

En Paco, la fábrica de golosinas, el kilo de caramelos seguía valiendo 35 pesetas. Por tanto, Gal el verdugo había ganado dinero suficiente para algo menos de dos kilos. La ejecución del Monchito, «un oligofrénico con la capacidad mental de un muchacho de doce años», dijeron los psiquiatras, sirvió para mejorar en un par de centímetros la altura de un montón de pastillas de azúcar y esencias, en un cajetín del tenderete.

Al otro lado de los caramelos, Gal aprovechaba los minutos libres para buscar crímenes en las últimas páginas. Su mujer, «que es analfabeta», no sospechaba que la nueva inclinación a la lectura fuera otra cosa que un viraje hacia la intelectualidad, quizá una aproximación a la paz de las letras.

«Recuerdo, que leía deprisa para salir pronto de dudas. Algunas veces, cuando habían cometido un asesinato, yo pedía que el trabajo cayese fuera de mi zona, de la zona norte, y que llamaran a otro de los tres o cuatro que había. La idea de la retirada siempre venía delante de la idea cuidado, que te pueden procesar, y las 495 pesetas mensuales no nos sacaban de pobres, pero ayudaban a mantener la casa. Sólo podía desear que tardaran mucho en volver a llamarme».

Fugas de memoria

El emisario volvió varias otras veces con el oficio, y Gal volvió al tren, a buscar la maleta y a Caramelos Paco. Unas inexplicables fugas de memoria le permitían recordar sólo el nombre de la ciudad, sólo el sabor de las copas, sólo las líneas esenciales del proceso y la imborrable cara del reo. Clavó estacas para el garrote en celdas o en patios, contó capellanes, vueltas y topes, y aprendió a decir «en recintos» sin comerse la ese final.

Probablemente leyó el resumen del tercer considerando de la sentencia del Tribunal Supremo al Monchito: «Con relación a los dictámenes de los psiquiatras, que aprecian una deficiencia mental, graduada en una edad de doce años y cuatro meses, según los reactivos intelectuales de Terman, estima la Sala que no reúnen la cualidad de auténticos a los fines de la ley procesal, según doctrina constante del Tribunal Supremo».

Pero él, Gal el ex albañil, ex emigrante, ex contrabandista y ex presidiario, no estaba en el mundo para entender la fina semántica de la Justicia. En sus procesos personales a los reos, un diario editado en pesadillas, sólo quedaban «Asesinato y robo», «Asesinato y violación», y así. Alguna vez estuvo a punto de tener la revelación de que el Monchito y él, los dos, mataban por el mismo dinero.

Gal pudo conocer también Madrid-la-nuit a la perfección, y entrenarse para la aurora del día y para el coñá ofrecido por los oficiales, «peor será la guillotina, ¿no?», y para seguir procesando y sometiéndose al largo proceso inevitable, «doble asesinato con premeditación y así. Las vísperas de las ejecuciones eran siempre muy malas. La única solución que podías darles, era el alcohol. Yo andaba de taberna en taberna con el vino y el coñá. Cuando averiguaron que bebía, me pusieron vigilancia. Andaba por ahí como un tonto, esperando la hora de entrar en capilla. Después, todas las ejecuciones, menos unas pocas, eran iguales». Aquellas noches de los años cincuenta tenían otro incondicional con quien él debía encontrarse años después en Carabanchel-la-nuit, José María Jarabo Pérez Morris jamás habría podido imaginarlo.


El verdugo Antonio López Sierra

Wikipedia

Antonio López Sierra (Badajoz, 16 de junio de 1913 – Madrid, 1986) fue un verdugo español, que ocupó la plaza titular en la Audiencia Territorial de Madrid entre los años 1949 y 1975.

Biografía

Antonio López Sierra era natural de Badajoz, donde nació en el seno de una humilde familia de seis hijos. A los 17 años contrae matrimonio. Para ganarse la vida trabajó de albañil, pero también estuvo implicado en actividades delictivas que le llevaron a la cárcel durante unos meses por el robo en una gasolinera.

En 1936 se alista como soldado del ejército nacional durante la Guerra Civil española, después fue como voluntario a Rusia con la División Azul, recalando posteriomente en Berlín donde pasó una temporada trabajando de barrendero. Al regreso de Alemania, sigue sin estabilizar su vida. Estuvo unos meses recorriendo las ferias de su tierra vendiendo caramelos y haciendo pequeñas estafas, contrabando y estraperlo, junto con su amigo y después compañero de oficio Vicente López Copete.

Ambos ingresaron en el cuerpo en el año 1949, por mediación de un inspector de policía de Badajoz. Hasta su retirada del servicio, López Sierra ajustició a una veintena de reos. Aceptó el trabajo porque según él, «Me da lo mismo que sea verdugo, que sea lo que sea, mientras me dé de comer.» La primera actuación de este verdugo fue como ayudante de Bernardo Sánchez Bascuñana.

El primero de los reos ejecutados por López Sierra fue Ramón Oliva Márquez, apodado Monchito, de 22 años y que fue condenado a muerte por robo con homicidio en 1952. Este caso fue una de las causas célebres más importantes de aquella época, y el desarrollo de los hechos fue seguida por la prensa con inusitado interés. López Sierra recibió una gratificación de 60 pesetas por el trabajo.

Entre sus ejecuciones más famosas se encuentran la de Pilar Prades Expósito, la envenenadora de Valencia, y la del conocido asesino José María Jarabo, condenado por dar muerte a cuatro personas. Estos dos casos fueron de lo más controvertido, y quienes han reunido información sobre el tema han cuestionado la profesionalidad en la actuación de López Sierra.

En el caso de Pilar Prades, se vio presionado por el hecho de tener que ejecutar a una mujer (se dice que atiborrado de tranquilizantes), según su propio testimonio en el documental Queridísimos verdugos. Lo cierto es que no era la primera vez que le tocaba tal tarea, pues en 1954, y asimismo en Valencia, ajustició a Teresa Gómez, con lo que no queda muy clara esa reluctancia a la hora de dar muerte a una mujer. La escena final de la película de Luis García Berlanga, El verdugo, parece un cruel remedo de lo que ocurrió en la ejecución de Pilar Prades.

En la ejecución de Jarabo, la portentosa fuerza física del reo (que tenía un cuello más grande de lo normal) y la presunta embriaguez del verdugo (que excusó alegando rumores de sentirse amenazado de muerte) provocaron que la muerte llegara al cabo de más de veinte minutos de retorcimientos y convulsiones, según dijo el abogado defensor de Jarabo.

Asistió como ayudante en la ejecución de Santiago Viñuelas Mañero, reo que llegó a estrecharle la mano porque le conocía. Más adelante se dio el caso de tener que ejecutar a otro conocido suyo, Jesús Ríos.

Su última actuación, probablemente la más recordada, tuvo lugar en la Cárcel Modelo de Barcelona, donde agarrotó al militante anarquista Salvador Puig Antich el 2 de marzo de 1974. No estuvo tampoco exenta de polémica su última misión, que en principio, ni siquiera le correspondía. Su compañero Vicente López Copete, apartado del servicio, era quien debía haberla llevado a cabo, pero fue López Sierra el designado. Parece que no le resultó fácil actuar con la celeridad requerida porque había bebido más de la cuenta. López Sierra no acertó a encajar bien las piezas del garrote vil, lo que alargó angustiosamente la muerte de Puig Antich.

Retirado del servicio, se empleó como portero de fincas en Madrid, donde vivía modestamente con su mujer en el barrio de Malasaña. El periodista Javier Rioyo recordaba a López Sierra como un hombre derrotado, con pocos amigos, que vivía con su esposa en un piso «donde lo único que parecía vivo era un pajarito que tenían». Murió en 1986, a la edad de 73 años.

Cultura popular

Es curiosa la vinculación de López Sierra con el séptimo arte, tan alejado de su actividad profesional como pueda imaginarse. Así, en el año 1968, participó como actor en una película de origen francés llamada O Salto, del director Christian de Chalonge, en la que interpretó un papel desconocido.

Basilio Martín Patino reflejó en su documental de 1977, Queridísimos verdugos, el quehacer y la vida de los tres verdugos que trabajaban en esos años en España. En dicho film se les puede ver y oír hablar de su trabajo con una sorprendente naturalidad.

López Sierra afirma que «este es un oficio como cualquier otro» o «pues bueno, mira, lo mismo me da que sea verdugo, lo que sea lo que sea, en tanto me dé de comer». Basilio Martín Patino trató a López Sierra en los cinco días de rodaje de su documental. «Hablaba con ternura de su mujer y de un perrito que tenían, pero también tenía actitudes irracionales y decía barbaridades.»

En la película Salvador es interpretado por el actor Fernando Ransanz, quien se presenta en la cárcel como «Antonio López Guerra».

En enero de 2013, un radiodocumental de RNE elige su figura para narrar el oficio de verdugo en la España franquista.

Ejecuciones

Las siguientes personas fueron ejecutadas en el garrote vil por López Sierra. Fue el que realizó las ejecuciones desde 1952 hasta 1974 junto con Bernardo Sánchez Bascuñana, Vicente López Copete y José Monero Renomo.

  • Ramón Oliva Márquez, Monchito (Madrid, 17 de marzo de 1952)
  • Vicente Ortega Miguel (Madrid, 14 de junio de 1952)
  • Marcial Martínez Marrón (Madrid, 14 de junio de 1952)
  • Florentino Lluva Macho (Guadalajara, 18 de junio de 1952)
  • Teresa Gómez Rubio (Valencia, 16 de febrero de 1954)
  • Carlos Soto Gutiérrez (Castellón, 19 de enero de 1955)
  • Esteban Guillén González (Valencia, 23 de marzo de 1955)
  • Jesús Silva Partido (Badajoz, 18 de junio de 1955)
  • Julio López Guixot, el autor del crimen de las quinielas, (Alicante, 22 de julio de 1958)
  • Antonio Campos Tejón (Madrid, 27 de diciembre de 1958)
  • Pilar Prades Expósito, la envenenadora de Valencia, (Valencia, 11 de mayo de 1959)
  • José María Jarabo, Jarabo, (Madrid, 4 de julio de 1959)
  • Antonio Abad Donoso (Madrid, 8 de marzo de 1960)
  • Joaquín Delgado Martínez (Madrid, 17 de agosto de 1963)
  • Antonio Rafael Gil Guirado (Valencia, 28 de mayo de 1966)
  • Jesús Ríos Romero (Madrid, 3 de diciembre de 1966)
  • Salvador Puig Antich, militante anarquista, (Barcelona, 2 de marzo de 1974)

 


 

Ramón Oliva Márquez, alias Monchito.

Ramón Oliva Márquez, alias Monchito.

 

Ramón Oliva Márquez, alias Monchito, fue ejecutado en la cárcel de Carabanchel, Madrid, el 17 de marzo de 1952.

Ramón Oliva Márquez, alias Monchito, fue ejecutado en la cárcel de Carabanchel, Madrid, el 17 de marzo de 1952.

 

El Monchito suponía que su antiguo patrono tenía dinero guardado en casa, por lo que pudo llegar a saber mientras estuvo a sus órdenes, y por eso se presentó en la calle Écija, 6, 2º B. El propósito era el robo y no dejar testigos que pudieran reconocerle.

El Monchito suponía que su antiguo patrono tenía dinero guardado en casa, por lo que pudo llegar a saber mientras estuvo a sus órdenes, y por eso se presentó en la calle Écija, 6, 2º B. El propósito era el robo y no dejar testigos que pudieran reconocerle.

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