Pilar Prades Santamaría

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Pilar Prades

La envenenadora de Valencia

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Envenenadora - La última mujer ejecutada en España
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 19 de mayo de 1955
  • Fecha de detención: 20 de febrero de 1957
  • Fecha de nacimiento: 1928
  • Perfil de las víctimas: Adela Pascual Camps
  • Método de matar: Envenenamiento (arsénico)
  • Localización: Valencia, España
  • Estado: Ejecutada en el garrote vil el 19 de mayo de 1959
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Pilar Prades – Una mujer en el patíbulo

José María de Vega – Quince años junto al crimen

Es rarísimo en España que una mujer sea condenada a muerte ejecutada en el garrote vil. Desde que se fundó EL CASO, en 1952, solamente se ha dado esta espeluznante circunstancia en la persona de Pilar Prades Santamaría, por lo que creo merece la pena que nuestros lectores recuerden la historia de los sucesos que ocasionaron aquel triste fin.

Mes de mayo de 1959. Amanece en Valencia. En la prisión de mujeres no ha dormido nadie en toda la noche. En la capilla de la cárcel, una mujer, joven aún, está esperando. Encendidas todavía las luces, se oyen unos pasos solemnes. Son los del presidente de la Sala de la Audiencia, los cuatro magistrados, el secretario, el director de la prisión… Avanzan hacia ella, que está acompañada por un sacerdote.

Detrás del grupo, el abogado defensor de la condenada. El magistrado musita unas cuantas palabras que encierran una fórmula legal.

Instantes después, todos ellos se encaminan hacia el patio interior de la cárcel, en donde dos hombres –el verdugo y su ayudante- manipulan en un extraño aparato. Es el garrote, que, pese a lo vil y siniestro de su nombre, está considerado como el método más rápido y, por tanto, humanitario de privar de la vida a un semejante. La horca, el fusilamiento, son sistemas mucho peores todavía.

Unos minutos más tarde, el médico de la prisión se inclina sobre el cuerpo de la mujer que ha tenido anudado al cuello el fatídico corbatín. Su corazón ha dejado de latir.

Pilar Prades Santamaría, la envenenadora de Valencia, ya no es más que un nombre en la historia del crimen.

Unos años antes, una joven sirvienta, de veinticinco primaveras, Pilar Prades Santamaría, soltera, natural de Bejís, en la provincia de Castellón de la Plana, había entrado a prestar sus servicios como doméstica en una chacinería existente en la calle de Sagunto, 64, en la capital valenciana, propiedad de don Enrique Vilanova, quien vivía en la misma finca en compañía de su esposa, doña Adela Pascual Camps.

La sirvienta, además de ser diligente y activa en el trabajo, manifestaba hacia su señora un cariño que a su mismo esposo le parecía exagerado. De repente, la dama, que había gozado siempre de una salud de hierro, empezó a manifestar síntomas de una extraña enfermedad. Se le paralizaban los brazos y las piernas, y tenía continuos mareos. Los médicos no pudieron encontrar el origen de aquella dolencia que, en el plazo de unos pocos meses, le llevó al sepulcro.

Pilar Prades, desde el mismo día del entierro de su difunta ama, se instaló en la chacinería y empezó a disponer de todo como dueña y señora. Pero el viudo, don Enrique Vilanova, que tenía sin duda otras ideas, la despidió pocas fechas después.

No tardó en encontrar colocación la activa Pilar. En la calle de Isabel la Católica, número 7, también de Valencia, vivía un prestigioso doctor en Medicina, don Manuel Berenguer Terraza, con su esposa, doña Carmen Cid, y cuatro hijos de corta edad. Tenían desde hacía cuatro años una sirvienta de veintisiete, Aurelia Sanz Herranz, natural de un pueblo de Guadalajara, con la que estaban muy contentos, pues la chica era honrada y servicial; pero doña Carmen, precisamente por el afecto que profesaba a la doméstica y para aliviarla de la carga que suponía para ella un hogar con tanto niño, admitió como criada a Pilar Prades, para que ayudase a Aurelia. Las referencias que presentó Pilar de la chacinería de la calle de Sagunto no fueron ni comprobadas. ¡Estaban tan difícil el servicio doméstico!

En los primeros tiempos, Pilar y Aurelia, las dos criadas, se llevaban estupendamente. Salían siempre juntas y frecuentaban la compañía de los chicos de su edad. Fue esa precisamente la causa de que, de la noche a la mañana, se enfriara aquella amistosa camaradería. Porque resultó que un muchacho que le gustaba mucho a Pilar, simpatizó más con Aurelia, hasta el punto de hacerse novio formal de ésta. Pilar Prades no le perdonó nunca lo que estimaba como una alevosa traición de su amiga y compañera. Y de repente, Aurelia Sanz empezó a sentirse mal. Creyó, al principio, que era simplemente una gripe. Pero como empeorase y se declarara una parálisis parcial en las extremidades inferiores y superiores, el doctor Berenguer convocó a varios colegas suyos en una consulta de médicos. Acordaron que acaso se tratase de un virus nuevo, desconocido por ellos, y decidieron que lo mejor era enviar a la sirvienta al hospital. Allí comenzó a mejorar lentamente.

Pilar Prades se quedó sola, atendiendo al matrimonio Berenguer y a sus cuatro niños. Y aconteció que fuera ahora doña Carmen Cid, la esposa del doctor, la que cayó enferma. Los síntomas eran análogos a los que había experimentado Aurelia Sanz. Nueva consulta de médicos, nuevas sospechas de que un virus maligno no localizado aún por la ciencia pudiera estar provocando tan extraña enfermedad. Pero en esto, el doctor Berenguer consultó con un colega suyo, catedrático de Medicina Legal, y le aconsejó que hiciera la prueba del propatiol, un inyectable que podría descubrir mejor que los análisis de sangre y orina si la paciente había ingerido algún tóxico. En efecto, se hizo la prueba. Y el resultado dejó anonadado a don Manuel Berenguer: ¡arsénico!

El prestigioso médico, por lo pronto, tomó la medida de despedir inmediatamente a la sirvienta. Sospechaba de ella, pero no tenía pruebas suficientes para denunciar una conducta criminal. Y entonces, recordando las referencias que Pilar había dado de la chacinería de la calle de Sagunto, llamó al propietario de la misma. Cuando don Enrique Vilanova le relató las circunstancias en que había ocurrido el fallecimiento de su esposa –inexplicable para los médicos-, ya no cupo la menor duda. Estaban en presencia de una envenenadora.

La confesión completa de Pilar Prades Santamaría no se hizo esperar. Era una mujer elemental, y sus primeras protestas de inocencia no ofrecieron la más leve consistencia.

La muerte de doña Adela Pascual la premeditó con el propósito de quedarse de dueña absoluta de la chacinería y soñando, incluso, en que podría convertirse algún día en la segunda esposa de don Enrique Vilanova. Probó un poquito de cierto producto «matahormigas» que venden libremente en todas las tiendas, y observó que tenía cierto sabor dulzón. Entonces, siempre que preparaba el café para la dueña de la casa, en lugar de azúcar empleaba el «matahormigas», que, con la correspondiente dosis de arsénico que lleva en su composición, fue minando lentamente la salud de doña Adela Pascual, hasta producir su fallecimiento.

Pero esta muerte no le aprovechó para nada a la criminal sirvienta. Despedida por el industrial viudo no tardó en encontrar nuevo empleo en casa del doctor Berenguer.

Allí, y después de unas semanas de trato cordial y amistoso con su compañera Aurelia Sanz, le cobró a ésta de repente un odio furibundo. ¿Motivo? La elección del joven a quien ambas amaban y que se decidió por Aurelia, desdeñando a Pilar. Aquella fue su sentencia de muerte, que no llegó a cumplirse por el providencial traslado de la sirvienta enferma al hospital.

Ya sola en casa de la familia Berenguer, la antigua ilusión de Pilar de hacerse el ama y señora de un hogar respetable volvió a resurgir. Doña Carmen Cid fue ahora la víctima elegida. Pero esta vez se enfrentaba con un médico, con un profesional, que no podía dejar de investigar científicamente aquellas extrañas enfermedades que ensombrecían su casa. Y ahí se acabó todo para la siniestra envenenadora.

Los hechos que hemos relatado ocurrieron a principio de 1957. El juicio oral se celebró en la Audiencia de Valencia los días 2 y 3 de diciembre de aquel mismo año. Un eminente letrado del Ilustre Colegio de Valencia se encargó de la difícil defensa. Propuso a su patrocinada defenderla como culpable, para, con las atenuantes que pretendía invocar, lograr una condena de algunos años de cárcel. Pero Pilar Prades se negó rotundamente.

Soy inocente –declaró con terquedad, pese a que en el sumario constaba su confesión ante la Policía y ante el juez Instructor.

La Audiencia de Valencia la condenó a la última pena por la muerte de doña Adela Pascual, y a dos penas de veinte años de reclusión cada una por las tentativas en las personas de doña Carmen Cid y de la sirvienta, Aurelia Sanz. Como era preceptivo en todas las condenas a muerte, el Tribunal Supremo estudió los oportunos recursos presentados por la defensa de Pilar. Pero su fallo no hizo sino confirmar el de la Audiencia valenciana. El uso del veneno era una agravante que los jueces de todo el mundo estimaban y castigaban con la severidad que merecía.

Y así, en la madrugada del 19 de mayo de 1959, Pilar Prades Santamaría fue ejecutada a garrote vil en un patio interior de la Prisión de Mujeres de Valencia.


Pilar Prades – El Caso de la Envenenadora de Valencia

P. Martínez Calpe – 12 grandes crímenes de la historia judicial española

La noticia saltó a los periódicos en el mes de febrero de 1957 y sus titulares, más o menos sensacionalistas, fueron: «Una muchacha de servicio se declara culpable de tres envenenamientos.» Ni que decir tiene que los devoradores de este tipo de noticias se lanzaron sobre la Prensa, y lo mismo hicieron los simples curiosos.

Así se supo que Pilar Prades Santamaría (o Expósito, que este segundo apellido no quedó muy claro), de veintinueve años de edad, soltera y natural de Begis (Castellón de la Plana), había envenenado a una compañera suya y a dos señoras, una de las cuales falleció a causa de envenenamiento.

La mujer fallecida se llamaba Doña Adela Pascual Camps, esposa de un industrial chacinero de Valencia, llamado Enrique Vilanova Iranzo.

Los hechos que divulgó la Prensa, junto con los que recogemos de la sentencia dictada por el «Repertorio de Jurisprudencia», pueden ser resumidos así:

La mencionada Pilar Prades ofreció sus servicios domésticos al matrimonio sin hijos constituido por don Enrique Vilanova Iranzo y doña Adela Pascual Camps, y que le fueron aceptados, puesto que la muchacha era muy diligente, servicial y trabajadora.

Con el transcurrir del tiempo, Pilar Prades se supo captar la confianza de su señora, tanto por sus condiciones personales como por su asiduidad y dedicación a las labores domésticas. Y el resultado fue que, poco a poco, se la empezó a considerar como un familiar más de la casa, con lo que gozaba de amplia libertad de movimientos y de una confianza absoluta.

Debido a esta ventajosa situación, y como el matrimonio dedicaba mucho tiempo a su industria chacinera, Pilar Prades era casi la administradora de la mansión. Y tal vez fuera debido a ello que empezó a germinar en su mente la idea de ser la dueña total y absolutamente.

Y como daba la casualidad de que doña Adela Pascual padecía cólicos hepáticos, Pilar Prades tuvo la idea maligna de mantener a su señora apartada del manejo de la casa, para lo cual, sirviéndose del pretexto de la enfermedad, adquirió un producto matahormigas, conocido en el mercado como «Diluvión» -y que en su envase llevaba una calavera y dos tibias cruzadas-, a fin de irle administrando paulatinamente pequeñas porciones.

Parece ser que desde primeros de mayo de 1955, Pilar Prades fue vertiendo gotas del indicado «Diluvión» en algunos de los líquidos que ingería su señora por las mañanas para aliviar sus padecimientos hepáticos y que por su sabor dulzón pasaban inadvertidas, dando todo esto por resultado minar la fortaleza física de doña Adela Pascual, con agudización externa apreciable, lo que despertó la alarma en su esposo y en el médico que la asistía.

En vista del empeoramiento de la paciente, tanto el esposo como el médico decidieron celebrar consulta con otros facultativos a fin de averiguar a qué era debida aquella anomalía en la enfermedad. Pero Pilar Prades, al enterarse de que aquella consulta de médicos, prevista para el 18 de mayo, pudiera descubrir sus manipulaciones, decidió aumentar el número de gotas de la toma ordenada por el médico, lo que produjo en la enferma una agravación súbita, cayendo doña Adela Pascual en estado comatoso y falleciendo al día siguiente. El médico quedó sorprendido por tan rápido como imprevisto desenlace y atribuyó la defunción a un colapso por pancreatitis hemorrágica, ya que jamás hubiera podido pensar la verdad del envenenamiento.

El fallecimento de doña Adela Pascual Camps, por otra parte, actuó en contra de los propósitos de la muchacha, por cuanto no logró lo que se proponía, sino que al quedarse viudo don Enrique Vilanova liquidó su negocio y se fue de Valencia, con lo que la ambiciosa Pilar Prades se quedó sin empleo y con la conciencia corroída por un homicidio del que nadie, excepto ella, estaba enterada.

En el mes de octubre de 1955, Pilar Prades ingresó de nuevo como doméstica de servicio en casa del doctor don Manuel Berenguer, el cual estaba casado con doña Carmen Cid. Ambos tenían hijos menores de edad y otra doncella que gozaba de la máxima confianza de sus señores, llamada Aurelia Sanz Herranz.

Pilar Prades, después de ambientarse y procurar, con su conducta, merecer la confianza de sus nuevos señores, a quienes se desvivía por halagar y tener complacidos, empezó a concebir de nuevo la idea de ser ama y señora de la mansión, llevando ella únicamente la casa y mandar en cuanto a las cuestiones del hogar hiciera referencia. Su idea fue, en principio desplazar a la doncella y luego hacer lo mismo con doña Carmen, ya que el doctor Berenguer, por su actividad, no podía prestar atención a los menesteres hogareños.

Es evidente que la muchacha de Begis poseía un desarrollado sentido de la ambición doméstica por cuanto no podía admitir que alguien le dijera lo que tenía que hacer, puesto que era ella la que quería y necesitaba mandar u ordenar. Extraño caso de megalomanía doméstica que ya había producido una muerte y que si alguien no lo remediaba pronto iba a producir otras dos.

En vista de esto, y con la experiencia adquirida en su anterior caso, Pilar Prades, meditada y reflexivamente, concibió la idea de envenenar primero a su compañera de trabajo, Aurelia Sanz Herranz, para lo cual aguardó una ocasión propicia, y que se presentó en los primeros días de julio de 1956, cuando aquélla sufrió un proceso gripal que la obligó a guardar cama. Y fue entonces cuando Pilar volvió a utilizar el «Diluvión», vertiéndolo en pequeñas dosis en los alimentos líquidos que tomaba su compañera, acto que repitió varias veces hasta producir diarreas, vómitos, inapetencias e hinchazón de cara y extremidades, que se acentuaban conforme se ingería el veneno.

Ante estos extraños síntomas patológicos, el doctor Berenguer, que era el que atendía a su doncella, consultó con otros colegas suyos quienes diagnosticaron que Aurelia Sanz padecía una polineuritis progresiva y, por considerarla grave, determinaron la necesidad de hospitalizarla de inmediato, lo que se realizó el día 20 de octubre en el Hospital Provincial. Una vez allí, y tratada convenientemente, Aurelia fue recuperándose paulatinamente. Sin embargo, a causa de las dosis de «Diluvión» que le habían sido administradas, aquella muchacha presentaría un caso clínico de atrofia en pies y manos, con protesta dolorosa poliarticular que, merced al tiempo, podrá restablecerse, aunque muy lentamente.

Logrado el objetivo de quedarse sola en el hogar del doctor Berenguer, Pilar Prades se excedió en su trabajo, procurando estar en todas partes, ser más eficiente de lo que lo había sido Aurelia Sanz y tratar, por todos los medios, de granjearse la confianza de doña Carmen Cid, a quien se desvivía en servir, sugiriéndole, de paso, que no era necesario requerir los servicios de otra doncella, puesto que ella podía desempeñar perfectamente todas las labores del hogar, cosa que hacía con increíble diligencia.

Pero, al mismo tiempo, como no podía tolerar que nadie le diese órdenes, en la mente de Pilar Prades pronto empezó a germinar la idea de librarse también de doña Carmen Cid, con el propósito definitivo de hacerse dueña absoluta de la casa del doctor Berenguer, quien muy poco estaba en ella.

Y como en ocasiones anteriores, Pilar Prades recurrió al mismo método y producto, para lo cual supo aprovechar un enfriamiento de la dueña de la casa, que se quedó en cama un día, a mediados de diciembre de 1956, a fin de administrarle en el café con leche del desayuno, que le llevó a la alcoba, unas gotas de «Diluvión». Sin embargo, como la mezcla de café y leche solía hacerla invariablemente la señora, ella se lo sirvió ya preparado, para que no se molestara. Pero doña Carmen Cid encontró demasiado dulce la mezcla y trató de rechazar el desayuno. Ante esto, dando muestras de servilismo y lealtad, la sirvienta alegó que sólo actuaba así para abreviar el mejoramiento de su señora.

-Es necesario que tome usted los alimentos muy azucarados, señora -explicó la doncella-. Eso alimenta más y se repondrá usted antes. Ya lo verá.

Con este pretexto, Pilar Prades logró aumentar la dosis de arsénico, pues de tal veneno se hallaba compuesto el «Diluvión», dando lugar a que pronto aparecieran los vómitos y demás trastornos, con la consiguiente polineuritis y parálisis de las extremidades. Tal estado patológico alarmó al doctor Berenguer, que, junto con otros colegas, se reunieron para reconocer a la enferma, a la que sometieron a diversos análisis, logrando, al fin, detectar la presencia del arsénico.

Estas exploraciones se realizaron entre el 14 y el 20 de febrero. Comparados los síntomas de la muchacha que había sido llevada al hospital el 20 de octubre de 1956, y mostrando un gran parecido, se sospechó inmediatamente de la nueva y ambiciosa doncella, la cual fue denunciada a las autoridades como sospechosa de envenenamiento.

Al ser detenida, Pilar Prades Santamaría confesó sus delitos y pasó a disposición judicial, por lo que los hechos llevados a cabo en el domicilio del matrimonio Enrique Vilanova y Adela Pascual, se consideraron como un delito de asesinato, según el artículo 406 del Código Penal, apartado 3.’, y los hechos realizados en casa del doctor Berenguer se consideraron cada uno de ellos como de un asesinato frustrado, según el anterior articulo, de todos los que era autora la procesada, con la concurrencia de las agravantes de premeditación y abuso de confianza.

La pena que le fue impuesta por el primer delito fue de muerte y la de 20 años por cada uno de los otros dos delitos. La sentencia fue recurrida por la procesada, que se desestimó, asimismo como desestimó el Tribunal Supremo el admitido de derecho en beneficio de la procesada, cuyo ponente fue el Excmo. señor don Federico Castejón y Martínez de Arizala.

La sentencia se cumplió en Valencia el día 19 de mayo de 1959, y figura en los anales jurídicos como la última mujer ejecutada en España, aunque ocurrió un incidente curioso, y fue que el verdugo, hecho venir de Madrid para llevar a cabo la ejecución, se negó a llevarla a cabo.

Parece ser que a Pilar Prades hubieron de llevarla arrastrando hasta el lugar donde se había instalado el garrote vil. Pero una vez la tuvieron situada allí, fue preciso arrastrar también al verdugo para que ejecutase la sentencia. (Estos datos los hemos recogido de la obra «La pena de muerte en España: su ejecución en garrote», del que fue fiscal municipal en Valencia, don José Martí Soro [PRETOR, 1973, núm 75, pág. 349])

También del «Repertorio de Jurisprudencia» hemos obtenido el texto de la sentencia de 21 de octubre de 1958, que figura con el número 3318. Y no hemos querido extendernos en los considerandos del recurso desestimado porque su lenguaje técnico abrumaría al lector, que ya conoce los hechos, y no hay nada nuevo en ellos.

Como colofón sólo podemos decir que la ambición fue siempre muy mala consejera y Pilar Prades tal vez hubiera podido llegar a su objetivo sin necesidad de abrirse camino envenenando a la gente.


Pilar Prades – La criada envenenadora

Pedro Ortiz – Sentencia cumplida

Los vecinos de la calle Cuart de Extramuros, de Valencia, se despertaron sobresaltados aquella mañana del 19 de mayo de 1959. El motivo fueron los desgarradores gritos que partían de la cárcel de mujeres y se expandían por las vecindades. Eran los gritos de una mujer que sabía que iba a morir de un momento a otro ajusticiada en el garrote vil. Eran los dolorosos gritos de Pilar Prades Santamaría, de 31 años, que a pesar de sus súplicas no pudo evitar que un verdugo de Badajoz apretase un tornillo que le destrozaría el cuello.

Pilar Prades ha sido la última mujer española ejecutada por la justicia y tanto los hechos por los que fue juzgada y condenada, como las circunstancias que rodearon su muerte, allí en la sala de ejecuciones, presentan este caso, a treinta años vista, como uno de los más consternadores que se hayan vivido jamás en la región valenciana. El caso que entonces dio en llamarse de «la criada envenenadora».

La trayectoria de Pilar en el crimen se vio salpicada de elementos incomunes en otros asesinos. Desde su sangre fría para ir eliminando personas sin que la justicia descubriera que se tratara de asesinatos, hasta la circunstancia de que fuese un médico y no un policía quien descubriese sus quehaceres ocultos y homicidas y la entregara en comisaría. El mismo médico que se vio obligado a desenmascararla porque la propia mujer del galeno no hubiera tardado en ser la siguiente víctima de Pilar Prades.

Manuel Berenguer Terraza ha fallecido hace muy pocos meses. Hoy tendría 79 años de edad y fue hace dos cuando contaba por primera vez en su vida aquellos trágicos momentos en los que sentía que su mujer iba camino de la tumba mientras que él, a pesar de su profesión, era incapaz de saber cuál era la enfermedad que mermaba las fuerzas de su esposa.

-Siempre es duro admitir que el criminal vive contigo, en tu propia casa, como si fuera de la familia…

Don Manuel vivía en el número 7 de la calle Isabel la Católica con su esposa, Carmen Cid de Berenguer, y sus hijos, de 17 y 9 años de edad. Habitualmente, el matrimonio empleaba a dos sirvientas, aunque a finales de 1955 una de ellas se fue a servir a Inglaterra quedando sola en la casa Aurelia, la cocinera. Esta fue quien recibió las órdenes de don Manuel para que buscara a otra persona que le ayudase en el quehacer doméstico.

En los primeros días de 1956, Aurelia, que acababa de conocer a Pilar Prades Santamaría, hace las gestiones con los propietarios de la casa de Isabel la Católica, para que ésta entre en el servicio. Pilar tenía cierta experiencia en las labores domésticas ya que había estado sirviendo hacía poco tiempo en la vivienda de unos carniceros de la calle Sagunto, de donde salió despedida después de que su señora muriese de una penosa enfermedad.

Pilar se mostró eficiente y cumplidora. Tampoco tardó en afianzar su amistad con Aurelia, hasta el punto de que era frecuente que las dos muchachas salieran juntas de paseo y a divertirse. Todo funcionaba perfectamente hasta el mes de marzo de 1956. Es cuando las fámulas conocen a dos muchachos, uno de los cuales se interesa y se pone en relación con Aurelia; al parecer, este joven también era pretendido por Pilar y entre las dos mujeres surge una rivalidad amorosa que rompe las cordiales relaciones que hasta entonces habían mantenido ambas.

Sin embargo, ningún habitante de la casa vio ninguna conexión entre esta tirantez de las criadas y la enfermedad que a principios de verano comenzó a padecer Aurelia, la cocinera. En un primer momento se presentaba como una gripe que a niveles médicos no parecía ser dificultosa en su curación. Sin embargo, Aurelia no sólo no respondió al tratamiento farmacéutico dictado por el doctor Belenguer, sino que, por el contrario, cada día iba de peor en peor.

La cocinera no ingería bien los alimentos y comenzó a tener vómitos, descomposición de cuerpo, enflaquecimiento y debilidad muscular elevada. Los síntomas, sin lugar a dudas, se salían fuera de los comunes que suele presentar cualquier enfermedad o proceso gripal. Aurelia llegó a tal extremo, que quedó prácticamente en la piel y los huesos sufriendo una parálisis progresiva en las extremidades superiores e inferiores que le impedían realizar cualquier movimiento.

-Aurelia llevaba un tratamiento correcto pero no mejoraba. Ante mi impotencia preferí llamar a dos médicos especialistas, un internista y un neurólogo. Ellos me aconsejaron que la internase en un hospital ante la posibilidad de que la desconocida enfermedad de Aurelia fuese contagiosa.

Así se hizo y el internamiento en el hospital se presentó como un remedio más que eficaz contra los males de la cocinera. Comenzó ésta a mejorar poco a poco y al cabo de unos días su recuperación parecía un hecho a pesar de que los medicamentos que le suministraban en el centro hospitalario no eran esencialmente distintos de los que anteriormente le había prescrito don Manuel en su propia casa. Sin embargo, su mejoría se truncó radicalmente y Aurelia volvió a recaer en los vómitos, la parálisis y la descomposición de cuerpo. Era inexplicable su proceso y los doctores más entendidos se atrevieron a achacar la situación de la enfermedad a algún virus misterioso y desconocido hasta entonces. Pocos días más tarde era Carmen, la mujer de don Manuel, quien caía enferma.

-Mi mujer y yo habíamos estado en Játiva en un acto académico. Fue al día siguiente por la mañana cuando comenzó a sentirse mal. Yo, como médico, creí que se trataba de una indigestión, ya que la comida que se nos ofreció en el acto setabense fue bastante copiosa.

El estado de Carmen, sin embargo, se complicaría posteriormente. Primero, como si a la indigestión se le hubiera añadido un enfriamiento; después, llegaron los temidos vómitos y el enflaquecimiento y la descomposición de cuerpo y la debilidad muscular… Los mismos síntomas que presentaba Aurelia. Algún otro experto dedujo que podría tratarse de una polineuritis.

-Pero tampoco respondía mi esposa al tratamiento adecuado para esta enfermedad. Sin embargo, yo no creí procedente internarla en ningún centro médico porque a fin de cuentas yo también soy un profesional de la medicina y en casa podía darle la misma vigilancia y servicios que en el hospital.

Y don Manuel, en casa, vivió escenas tremendamente dramáticas. Confiaba en el reposo de la enferma y en la continua administración de vitaminas del grupo B para la recuperación de su esposa, pero su restablecimiento no llegaba. En contra, cada día se encontraba peor hasta el punto de que una noche don Manuel salvó su vida en última instancia administrándole «Cardiazol», un poderoso tónico cardíaco.

Mientras la enferma batallaba contra la muerte, su esposo y médico pasaba las noches en vela intentando recuperar en su memoria todos sus conocimientos de medicina para averiguar cuál podría ser esa misteriosa enfermedad que padecía Carmen y en la que ningún colega parecía acertar en su diagnóstico.

-Fue a la tercera noche de insomnio cuando comencé a llegar a conclusiones. La polioneuritis se origina por toxicidad y creí que la causa debía estar en un tóxico del cual desconocíamos cómo se le administraba.

Don Manuel no aguantó más en la cama y con tremenda sospecha de su mente, que intentaba rechazarla, se levantó y extrajo de su biblioteca el volumen «Manual de diagnóstico etiológico» de Gregorio Marañón. El libro le indicaba claramente cuáles eran los síntomas de un enfermo por envenenamiento agudo y su diferencia con los síntomas de envenenamiento crónico.

-Estos últimos coincidían exactamente con los de mi mujer: los vómitos, la debilidad muscular, los dolores, la parálisis progresiva, el enflaquecimiento, la descomposición de cuerpo… No faltaba ni sobraba nada.

El doctor quería desechar la idea pero no cabía otra posibilidad para su mente científica: su mujer estaba siendo envenenada de forma lenta. Faltaba saber cuál era el tóxico y cómo se le suministraba. El médico recordó sus años de estudios y las distintas posibilidades de envenenamiento existentes: profesionales, medicamentosas, alimenticias… Todas le parecieron imposibles, porque Carmen no trabajaba en ninguna actividad peligrosa, distinguía perfectamente un medicamento de otro y, en caso de que el tóxico hubiese estado en la comida, todos los moradores de la casa habrían resultado afectados.

Le quedaba una última y horrible posibilidad que su mente quería rechazar de plano: el envenenamiento provocado. Era una tontería, ¿quién iba a querer envenenar a su mujer? ¿Ella misma? No, desechó la teoría del suicidio. Los sospechosos eran, pues, él mismo, sus hijos y Pilar, la única criada que había en la casa, ya que Aurelia permanecía todavía en el hospital.

En aquella noche que pasó en la biblioteca, aún le dio tiempo a pensar en la clase de tóxico que podía ser. Se trataba, sin duda, de alguno muy potente, capaz de anular la posibilidad de reacción del cuerpo de una persona que se halla bajo vigilancia y tratamiento médico. Y sólo obtuvo una respuesta: el arsénico.

Su pensamiento se dirigió de nuevo hacia Pilar, aunque sólo fuera porque un padre siempre confía en sus hijos y también descarta la posibilidad de intento de suicidio de su mujer. Pilar era la principal sospechosa para el doctor.

-Tenía un aspecto vulgar, ni muy guapa ni muy fea. En los quehaceres domésticos se mostraba muy eficiente y no había en la casa ninguna queja sobre ella.

Don Manuel sabía de la muchacha que se llamaba Pilar Prades Santamaría, que tenía 29 años y que había nacido en Begís. Recordó también que había entrado a servir en la casa gracias a Aurelia y que no había solicitado por tanto informes sobre ella.

Todavía estupefacto por su descubrimiento, pero contento por haberlo hecho, don Manuel continuó dándole vueltas a la idea en su cabeza. Pilar siempre presumía de los servicios domésticos que había prestado en casa de la carnicera que vivía en la calle Sagunto. Había dejado de trabajar con aquella familia después de que la mujer muriera rápidamente como consecuencia de una extraña enfermedad y el viudo decidiese prescindir de sus servicios.

-Que muriera de una extraña enfermedad… -se repitió don Manuel.

Todo acudía a su mente. Rememoró los extraños ofrecimientos que Pilar había hecho a Aurelia con el fin de que ésta abandonase el hogar de los médicos, aunque entonces don Manuel había pensado que se trataba del mismo rencor surgido a raíz de que ambas se enamorasen del mismo joven.

¡Y aquella mirada! Sí, al médico le resultó muy extraña aquella mirada que le obsequió Pilar unos días atrás. Se hallaba en casa el doctor en compañía de unos amigos y en broma comentó, porque la conversación había derivado hacia este tema, que en caso de enviudar jamás se volvería a casar. Levantó la vista entonces y se encontró con la rara mirada de Pilar que había seguido atenta sus palabras.

Pero algo le preocupaba aún más en aquella noche tan fértil para su inteligencia. La cocinera había iniciado con esperanza y optimismo su recuperación en el hospital de una forma progresiva, recayendo únicamente una vez: fue al día siguiente de ser visitada por Pilar. Esta le había llevado a Aurelia un bocadillo de carne con pimientos, auténtica delicia para el paladar de la cocinera, pero que posiblemente hubiese sido aderezado con alguna sustancia no tan comestible. Don Manuel llegó a presumir que aquella sustancia era mortal para el cuerpo que la ingiriese.

En la mañana del día siguiente, poco después de que Carmen se despertase, el médico se atrevió a preguntarle:

-¿Has notado algún sabor extraño en cualquier alimento que hayas comido últimamente, Carmen?

Quizás la pregunta fue hecha de forma demasiado brusca, sin la diplomacia oportuna.

-Por Dios, Manolo. ¡No creerás que me están envenenando!

Sin embargo, la enferma aceptó que de unos días a esta parte el café con leche de las mañanas sabía de una manera rara: estaba dulce, pero no con una dulzura propia del azúcar. ¡Y el desayuno era la única comida que Carmen hacía aparte de la familia!

-Aquello me reafirmó aún más en mis sospechas. Me planteé la posibilidad de despedirla y olvidarme del problema, pero pensé que si caía en otra casa volvería a repetir sus intentos de asesinato por lo que denuncié el caso a la policía.

No obstante, don Manuel no la quiso tener ni un minuto más en su casa.

-Pilar, tengo que decirle que haga sus maletas y que se marche.

-¡Ay! ¿Y eso por qué?

-No hace falta que le diga nada; repase su situación y su conciencia y usted misma sabrá por qué.

El doctor, sin embargo, pronto comprendió su error. Pilar se iría de la casa, pero también de la ciudad y podría seguir así ganándose la vida como sirvienta en cualquier otra parte de España y envenenando a sus empleadores. Volvió a llamarla.

-No se preocupe, que aunque estamos a 7 le pagaré el mes entero; además daré muy buenos informes de usted a todo el que me pregunte.

La frase tranquilizó a la criada por una razón que don Manuel explica:

-Unos días antes me había desaparecido en casa un reloj de oro. Convoqué una reunión familiar y amenacé con llamar a la policía, tras lo cual apareció el reloj en un sitio de la casa insospechado. Pilar pensó que yo supuse que era la ladrona y ahí encontró el motivo por el que vino su despido.

Aquél mismo día, don Manuel se fue al laboratorio municipal con la orina de Carmen. Expuso su caso al director, pero éste le explicó que no contaba con medios técnicos suficientes para analizar si la orina contenía arsénico. El analista del médico le repetía lo mismo y por fin puso el caso en manos del catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Valencia, Leopoldo López Gómez.

El análisis demostró que efectivamente en la orina había arsénico. Como quiera que el organismo de Carmen ya había expulsado el tóxico y que una hermana de don Manuel se hacía cargo de la cocina y de la casa desde hacía algunos días, el doctor denunció a la criada, aportando las pertinentes pruebas a la policía.

Don Manuel recordaba cómo dos días después de haber despedido a Pilar y antes de que se produjese su detención recibió una llamada de teléfono de una señora que pedía informes sobre la criada para proceder a su contratación.

-Señora, la Providencia la ha guiado para que me llame.

A las diez de la noche del miércoles, día 20 de febrero de 1957, Pilar era detenida en la pensión valenciana donde vivía. Durante quince horas negó a la policía los hechos que se le imputaban, hasta que al final reconoció sus crímenes, según relatan los periódicos de la época, que también entrevistan a su compañera Aurelia Sanz Herranz, de 27 años, que inmovilizada en una silla y con las manos agarrotadas e inservibles, no cesa de repetir:

-¡Miren, miren cómo me ha dejado! ¿Cómo podré ahora ganarme mi pan?

También la policía se adentró entonces en la muerte de Adela Pascual Camps, la carnicera que vivía en el número 64 de la calle Sagunto y que el día 11 de mayo de 1955 se pusiera extrañamente enferma hasta el punto de que ocho días después encontraba la muerte inexplicablemente.

Pilar había estado sirviendo en aquella casa durante un año y según manifestó a la policía Enrique Vilanova, el carnicero, la muchacha sentía un cariño exagerado por su mujer, a quien siempre llamaba «la jefa». Cuando ésta murió, don Enrique creyó conveniente licenciar a la criada.

La acusada declaró, en los interrogatorios, que la «la jefa» de la calle Sagunto trabajaba mucho y dormía poco. «Creí que le convenía un descanso y la mejor forma de procurárselo era provocándole una ligera enfermedad.» A tal fin, le administró unas gotas de matahormigas en una taza de boldo, ya que la enferma sólo tomaba estas infusiones estomacales y agua de Vichy. La operación la repitió durante algunos días hasta que «la jefa» dejó de trabajar y descansó para siempre. Se exhumó el cadáver y se pudo comprobar que efectivamente el envenenamiento había sido la causa de su muerte.

Los motivos que la llevaron a envenenar a Aurelia fueron los celos por aquel muchacho y el trabajo de la casa, que la cocinera repartía como más antigua en la vivienda, «quedándose para sí lo menos costoso y lo más vistoso».

Por último, respecto a Carmen Cid, no dio motivos, si bien se ha pensado alguna vez que pretendía quedarse a solas con don Manuel una vez hubiesen faltado las otras dos mujeres. Utilizaba el hormiguicida «Diluvión» disolviéndolo en el café con leche para ir mermando poco a poco la salud de Carmen. El hormiguicida estaba compuesto a base de arsénico puro y melaza; de ahí el sabor raro y dulzón que encontraba en el café la dueña de la casa. Las investigaciones de expertos calibraron que la criada depositaba en cada taza de desayuno la mitad de cada tubo, es decir, unos diez centímetros cúbicos de hormiguicida.

-Es morena, más bien baja y lleva un abrigo verde y unos zapatos de tacón bajo de color negro…

Así describían a Pilar Prades los periódicos del día 3 de diciembre de 1957, uno después de que se celebrase el juicio contra la «criada envenenadora». La sentencia fue rotunda: condenada a morir en el garrote vil.

-¿Usted cree que de verdad me van a matar?

La pregunta de Pilar era más una súplica que un interés por saber la auténtica realidad. Se la hizo centenares de veces a Gregorio Díaz-Toledo Martín, uno de los funcionarios de prisiones, hoy jubilado y entonces encargado de la custodia de la muchacha.

-Pilar era muy simpática, por lo menos conmigo y con los hombres. Decían que con las mujeres no era igual, que se portaba ariscamente cuando sentía alguna en su presencia…

La joven se hallaba desde su ingreso en prisión en esa celda aparte que sólo ocupan las condenadas a muerte. No tenía contacto con el exterior ni con el resto de las reclusas. Si algo recibía era a través de la ventanilla del rastrillo…

-Chocolatinas, le gustaban mucho las chocolatinas.

… Y sólo veía el sol un par de horas al día, cuando salía al patio después de que el resto de las reclusas lo hubieran abandonado.

-¿Usted cree que me matan?

-Tranquilízate Pilar, que a lo mejor llega el indulto de un momento a otro.

-¡No puede ser que me maten! ¡Yo no he sido tan mala! ¿Verdad que yo no soy mala, que no merezco la muerte?

En la noche del 18 de mayo de 1959, Pilar se hallaba en la capilla de la prisión desgranando sus últimos rezos.

-Nosotros teníamos que estar siempre con los condenados a muerte para evitar un suicidio, ¿comprende? Aquella noche Pilar estaba nerviosa, muy nerviosa.

En España había entonces dos verdugos llamados eufemísticamente «ejecutores de la justicia». El uno residía en Burgos y el otro en Badajoz, lugares desde donde se desplazaban a las prisiones en las que había que ejecutar a algún condenado a muerte. A Pilar Prades le tocó el verdugo dependiente de la Audiencia Provincial de Badajoz.

-Los verdugos entraban en la cárcel como si estuvieran detenidos para protegerlos. Recuerdo que en esta ocasión, el de Badajoz pidió una botella de coñac y se la llevó a su celda.

La ejecución estaba prevista para las seis de la mañana del siguiente día, 19 de mayo. Muy de madrugada fueron llegando los representantes de los distintos estamentos oficiales que tenían la obligatoriedad de estar presentes en la ejecución: la Audiencia, el Gobierno Civil, la policía, el Ayuntamiento, dos testigos del mismo barrio que el sentenciado…

-Del Ayuntamiento iba el último alguacil y lo mismo ocurría con el resto de las instituciones. Nadie quería presenciar una ejecución y yo menos que nadie, porque había estado conviviendo con Pilar en los últimos años.

Pero también Gregorio Díaz hubo de estar presente como funcionario que era. Él y los demás recordaban otro caso similar ocurrido cuatro años antes: se trataba de una mujer, acusada de asesinato por envenenamiento y la ejecución se desarrolló en la misma sala. Aunque entre ambas había una diferencia esencial.

-Pilar está muy entera… -le había dicho Gregorio Díaz a sus superiores.

Se refería a su nerviosismo, a su incapacidad para creer que va a estar muerta dentro de pocos minutos, a su falta de asimilación a la tragedia, a su necesidad de seguir estando viva. La vitalidad de Pilar era fuerte y no se resignaba a morir.

-El aislamiento de los reos de muerte, su puesta en capilla horas antes de la ejecución, su confesión religiosa, la conversación con el sacerdote… son elementos que hacen que la persona que va a ser ejecutada entre en la sala de la muerte con resignación y dejándose llevar, pero Pilar no se encontraba ni mucho menos en este estado anímico.

La muchacha salió de la capilla y volvió a preguntar a los funcionarios:

-¿Todavía no ha llegado el indulto?

-No, todavía no.

Pilar se dejaba conducir, quizás porque todavía albergaba un mínimo de esperanzas… Todo se le derrumbó cuando faltando pocos minutos para las seis de la mañana vio, en la sala a la que era conducida, el poste de madera con el trágico corbatín de hierro.

Delante de él, una silla y detrás el verdugo con su botella de coñac.

-¡¡¡No quiero morir!!!

Recién terminada la guerra hubo un delincuente conocido como «Carlitos» que haciéndose pasar por un oficial del ejército nacional se había mezclado en una red de contrabando.

Mató y robó a dos personas inocentes y fue detenido y condenado a muerte. Cuentan los testigos de su ejecución que el falso oficial se mostraba sereno y gallardo cuando era conducido a la sala de ejecuciones.

-¡Viva la Revolución! ¡Viva la República! -gritaba mientras mantenía la frente alta y el paso firme.

Pero fue abrirse las puertas de la sala de ejecuciones y contemplar el tinglado del garrote vil, cuando todo su valor se derrumbó. Él creía que iba a ser fusilado y cuando vio el tétrico corbatín dio en llorar y en suplicar que no lo matasen.

A Pilar le había ocurrido algo similar, aunque ni el garrote ni el fusilamiento eran concebidos en su mente.

-¡Soy muy joven! ¡No quiero que me maten!

Se resistía a entrar más allá del umbral de la puerta de la sala donde iba a ser ejecutada. Mientras, el secretario de la Audiencia no atendía más que a sus papeles aludiendo que tenía que redactar el informe de la ejecución; el alguacil desviaba su vista hacia el techo; los dos testigos del barrio hablaban cuchicheando entre sí sin atreverse a mirar a la acusada; el fiscal lloraba…

-¡Quiero cuidar leprosos! ¡Quiero estar siempre a lo que ustedes me manden! ¡Pero no me maten!

Los funcionarios permanecían con la mujer, y el verdugo, tras la tenebrosa silla, seguía bebiendo coñac.

-Nosotros sólo teníamos la orden de llevarla hasta la sala -sigue contando ahora Gregorio Díaz- y ya lo habíamos hecho. El resto de la operación no era competencia de los funcionarios de prisiones.

Pero el «ejecutor de la justicia» aducía por su parte que su misión era la de apretar el fatídico tornillo y únicamente esa.

Nadie quería contribuir a una muerte. Nadie quería mover un dedo para que Pilar se sentara en aquella horrible silla.

-¿Quién va a llorarme a mi? ¡Me matan porque saben que no tengo a nadie!

El reloj consumía las horas y la escena seguía igual, si bien la botella de coñac del verdugo veía disminuir su líquido. Las lágrimas del fiscal eran cada vez mas gordas:

-Dimitiré antes de pedir para el acusado otra pena de muerte…

El sol hace ya tiempo que ha aparecido, aunque ninguno de los presentes en aquella sala lo sepa. Deben ser las siete y media o las ocho de la mañana. Pilar continúa con sus gritos, que saltan los muros de la prisión y se oyen en las casas vecinas.

-¡No soy tan mala! ¡No merezco que me maten así! ¡¡¡No quiero morir!!!

Es el religioso que le dio la última comunión y le tomó la última confesión quien ahora le habla. Y le habla de las bondades del cielo y de su encuentro con Dios y con la Virgen María; de su descanso eterno; de la belleza de encontrarse con el Ser Supremo en el más allá…

Por fin, poco a poco y acompañada por el religioso, Pilar avanza hacia el madero y el hierro del fondo de la sala. Se sienta. El médico se acerca también al sacerdote, el verdugo y la acusada. Pone la mano un poco más arriba del tobillo para tomar el pulso a Pilar.

-Suelen transcurrir cinco o seis minutos desde que el verdugo aprieta el torno hasta que el pulso cesa, pero Pilar tardó más tiempo en morir…

Gregorio Díaz no podrá borrar jamás de su mente este recuerdo. El recuerdo de la muerte de Pilar.

-A mí me costó cuatro días de enfermedad…

Antes incluso de que hubiera muerto, los periódicos valencianos se vendían en los kioscos. Aquel día, las principales noticias giraban en torno a un accidente ocurrido en Chicago en el que 199 personas habían resultado heridas como consecuencia de un choque de trenes. También se hablaba del «hoola hoop» como moda que estaba haciendo furor entre los jóvenes y los no tan jóvenes. Y a pie de página, un recuadro apenas visible se titulaba:

SENTENCIA CUMPLIDA

En una docena de líneas se explicaba que, poco después de las seis de la mañana, Pilar Prades Santamaría, reconfortada con los Sacramentos y arrepentida y resignada, había sido ejecutada en la cárcel de mujeres cumpliéndose así la sentencia dictada por la Sala Segunda…


Pilar Prades – Garrote vil para la envenenadora

Pedro Costa – Elpais.com

5 de julio de 2009

En la década de los años cuarenta del pasado siglo, recién terminada la Guerra Civil, 500.000 muchachas fueron enviadas por sus familias del campo a la ciudad. Son datos publicados en 1959 por el Consejo Superior de Mujeres de Acción Católica, datos que van a misa.

Medio millón de mujeres, entre los 15 y los 30 años, que no tenían ningún tipo de estudios ni de preparación; en aquellos años, la gran mayoría de mujeres carecía de profesión y no había espacio para ellas en el mercado de trabajo. Medio millón de chicas arrojadas por sus menesterosas familias a la capital con la idea de que ahorraran un dinero para hacerse el ajuar y, en unos años, casarse con algún chico que conocieran en la ciudad.

Una de aquellas muchachas se llamaba Pilar Prades, y cuando a los 12 años abandonó su pueblo de Begis (Castellón) para trasladarse a Valencia poco podía imaginar que su nombre iba a figurar en los anales de la historia de España por la desgraciada condición de ser la última mujer ejecutada en el garrote vil.

Pilar llegó a Valencia siendo analfabeta y dejando atrás una niñez sin muñecas y una desgraciada infancia en la que acarrear cubos de agua y sacos de estiércol eran sus entretenimientos más habituales.

Poco agraciada, introvertida y de gesto adusto, duraba poco en las casas en las que entraba a servir. Su mirada era lo que peor efecto causaba en sus patronos, una mirada seca, dura, que traspasaba. Llegó a cambiar de señora hasta en tres ocasiones el mismo año.

Y así se fue haciendo mujer, sintiendo el rechazo que su persona provocaba, sin recibir jamás un mimo o una palabra cariñosa. Pero, como mandaba la tradición, también comenzó a preparar su ajuar, a bordar sábanas de hilo, toallas, manteles y servilletas aunque no llegaría a tener ocasión de experimentar cómo era el sexo masculino. Pasaba las tardes de los jueves y los domingos sentada en las sillas de El Farol, una sala de baile que frecuentaba con más pena que gloria, sin que nadie la sacara nunca a bailar.

En 1954, cumplidos ya los 26 años, entró a servir en la casa de un matrimonio, Enrique y Adela, que tenían una tocinería en la calle de Sagunto. La actividad y el movimiento de la tienda le gustaban a Pilar, y admiraba el porte y las maneras de su señora, una hermosa y corpulenta mujer que lucía unos delantales almidonados con encajes que tenían prendada a la sirvienta. Para ella, el momento más feliz era cuando le pedían que ayudara a despachar porque la tienda estaba llena.

Doña Adela cayó enferma en una fecha señalada, San José, y a partir de aquel día Pilar tuvo que ocuparse de ayudar a Enrique en el mostrador sin abandonar por ello las tareas de la casa. Es decir, hacía todo el trabajo de la señora sin ser la señora. Y también se ocupaba de cuidarla, le preparaba caldos y tisanas que le hacía beber mientras la llenaba de mimos y la divertía contándole un resumen de lo que había pasado en la tienda.

Vómitos, pérdida de peso, debilidad muscular…… El estado de doña Adela era cada día más preocupante, y el médico de cabecera no lograba adivinar la causa de las dolencias. Y un día falleció y el desconsolado esposo se puso un traje negro y la llevó a enterrar al cementerio.

Pero la tocinería no cerró aquel día. Pilar convenció a Enrique, su patrón, de que el negocio es el negocio y había que cuidar a la clientela y de que ella misma se encargaría de despachar. Cuando el viudo regresó del entierro, al entrar en la tienda, una imagen le impactó vivamente: la de Pilar detrás del mostrador luciendo una amplia sonrisa en su rostro y vistiendo uno de aquellos delantales almidonados de la difunta. La criada había tomado el puesto de la señora. Enrique, sin darle ninguna explicación, puso a Pilar de patitas en la calle.

No tardó mucho en encontrar otra casa. Se la consiguió una amiga que había hecho en El Farol, Aurelia, que trabajaba como cocinera en el domicilio de un médico militar. Pilar entró en la misma casa para servir como doncella.

Y un día, en El Farol, surgió un problema entre las dos amigas a causa de un chico que le gustó a Pilar pero que sacó a bailar a Aurelia y luego se fue con ella. Aparentemente no ocurrió nada porque Pilar nada le dijo a su amiga y la siguió tratando igual que siempre e incluso la hizo compañía y le dedicó cuidados cuando una semana después Aurelia cayó enferma. Como en el caso de doña Adela, Pilar también se desvivió por la cocinera y la preparaba constantemente caldos y tisanas.

En un principio pareció que la enfermedad era del estómago a causa de los vómitos y diarreas, pero luego aparecieron nuevos síntomas, como hinchazón de las extremidades, y el médico militar consultó a otros colegas y entre todos diagnosticaron «polineuritis progresiva de origen desconocido» y decidieron internar a Aurelia en un hospital.

Un par de semanas más tarde fue la dueña de la casa, la esposa del médico militar, la que se puso enferma. Al principio parecía una gripe vulgar, pero se fueron manifestando síntomas muy parecidos a los que había presentado la cocinera, que seguía en el hospital con las extremidades prácticamente paralizadas.

El médico se alarmó, consultó de nuevo con otros especialistas y tomaron la decisión de realizar la prueba del propatiol, un inyectable que permite descubrir la presencia de un tóxico sin necesidad de realizar un análisis. El resultado fue definitivo, la causa de las dolencias de la mujer tenía nombre: arsénico.

Decidió entonces el médico indagar en la personalidad de la criada y se dirigió a la última casa en la que había servido, la del chacinero. Éste le informó de lo sucedido con su esposa y de cómo había despedido a Pilar tras el entierro porque no le gustó ver cómo la criada se consideraba sucesora de la difunta señora.

El médico militar presentó denuncia en la comisaría de Ruzafa, en Valencia, y exhumaron el cadáver de la chacinera, que apareció en pleno proceso de momificación, algo que solamente ocurre cuando en los restos hay presencia de una sustancia química. Los análisis confirmaron que había arsénico, y los policías, al registrar la habitación de Pilar, encontraron entre la ropa blanca de su ajuar, que guardaba en un baúl, una botellita de Diluvión, un veneno matahormigas compuesto de arsénico y melaza, sustancia que le confería un sabor dulzón.

Treinta y seis horas de interrogatorios, alimentada solamente con aspirinas, no bastaron para que Pilar se reconociera autora de los envenenamientos. Tan sólo aceptó que en una ocasión le había servido una infusión de boldo a la esposa del médico con un poco de aquel líquido dulce, sin saber lo que era, porque se le había acabado el azúcar. Pero de Aurelia y la chacinera, nada.

El abogado que se encargó de su defensa le advirtió a Pilar desde el primer momento que la amenaza de pena de muerte planeaba sobre el caso y le aconsejó que se declarara culpable para obtener una condena que oscilara entre los 12 y los 16 años. Pero ella se negó y defendió su inocencia hasta el final. Un planteamiento radicalmente distinto al que mantuvo Lea Papin tras asesinar, con la ayuda de su hermana Christine, a su señora y a la hija de ésta en 1933; crimen en el que se basó Jean Genet para escribir su obra teatral Las criadas.

«No estoy loca, sé bien lo que hago. Hace demasiado tiempo que soy criada; hemos demostrado nuestra fuerza», afirmó Lea ante el tribunal.

Pilar Prades fue condenada a muerte por el asesinato de doña Adela y a dos penas de 20 años por los otros dos homicidios frustrados. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, se agotaron todos los recursos y las peticiones de clemencia resultaron inútiles. Sólo cabía esperar el indulto por parte del Jefe del Estado y había esperanzas de conseguirlo porque hacía diez años que no se ejecutaba a una mujer en España y en este periodo varias envenenadoras habían visto conmutada la pena capital. Pero para Pilar Prades no hubo piedad ni siquiera por parte de los jóvenes ministros tecnócratas del Opus Dei (Ullastres, Navarro Rubio…) y el Consejo de Ministros se dio por enterado de la sentencia, lo que significaba que se procediera inmediatamente a su ejecución. La fecha señalada fue el 19 de mayo de 1959, y la víspera se iniciaron en la prisión de Valencia los preparativos del siniestro ritual.

Antonio López Guerra [Sierra], el verdugo, se presentó a las diez de la noche, tal y como le habían citado. Tenía ocho horas por delante porque «el trabajo» (como a él le gustaba decir) estaba previsto para las seis de la madrugada, antes de que amaneciera. Ocho horas para hacerse con el lugar y preparar el garrote, adaptando a la silla en la que se iba a sentar Pilar, el palo, el torniquete, la argolla y los demás elementos que componían el nefasto instrumento. (El tal López Guerra [Sierra], que dos meses después ejecutaría a Jarabo en Madrid, sería también el ejecutor de Salvador Puig Antich en marzo de 1974, el último ejecutado en el garrote vil).

Pero al verdugo nadie le había prevenido de que iba a ejecutar a una mujer, y allí empezaron los problemas de aquella dantesca noche. De entrada el verdugo se negó a ejecutar a Pilar.

«Una de las primeras condiciones que se debían poner al entrar en este destino es la de no tener que ejecutar nunca a una mujer. Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a treinta hombres. Tener que hacerlo con una mujer es lo más duro, y más con una muchacha joven de carnes tan blancas como aquélla», le confesó años después el verdugo al escritor Daniel Sueiro.

Con una botella de coñac lograron convencer y darle valor al verdugo, pero en el cuerpo de guardia de la prisión no cesaron las dificultades. Todos los presentes estaban pendientes del teléfono por si llegaba el indulto en el último instante, lo que todos deseaban para poder ahorrarse el macabro espectáculo que les esperaba. Y Pilar, por su parte, gritando como una posesa: «¡Soy muy joven! ¡No quiero que me maten!». Así narró el verdugo López Guerra [Sierra] los recuerdos de aquella noche a Daniel Sueiro:

«Todas las personas que estábamos allí, el presidente, los del tribunal, empleados de la prisión de mujeres y todos, hasta el cura, todos decaídos y desanimados porque una mujer es muy diferente a un hombre. Una hora lo menos esperando allí, desde las seis de la mañana hasta cerca de las siete, ya era completamente de día, se hizo de día y todos con las caras desencajadas y a uno de los oficiales le dio un mareo y tuvieron que llevárselo. Iban a dar las siete, ya de día, hacía sol y entonces ya sin poder aguantar voy y le digo que a ver qué hacemos, qué coño pasa, cuándo se hace esto porque si no yo me voy. La muchacha debió de oírme, que seguía allí esperando, y entonces va y se dirige a mí y entonces fue cuando ella me preguntó si yo tenía mujer, si tenía una hija, sí, y por qué tenía tanta prisa, por qué tenía yo tantas ganas de matarla».

Pero López Guerra [Sierra] no tenía ganas de matarla y al oír las palabras de Pilar dijo que sí tenía una hija y volvió a negarse a ejecutarla. Ya habían tocado las siete en el reloj de la prisión y el sol brillaba en el patio cuando la fuerza pública tuvo que llevar a rastras hasta el patíbulo tanto a la condenada como a su verdugo.

Una vuelta y media de manivela fue suficiente para romperle el cuello a aquella desgraciada muchacha que acababa de cumplir 31 años y que fue arrojada al otro mundo como lo había sido de niña de su pueblo a la ciudad. Se fue sin saber leer, sin conocer el amor y sin haber gozado un segundo de felicidad. Nadie fue a recoger sus restos.

El desaparecido fiscal José Vicente Chamorro, muy joven en aquellos días, tuvo que presenciar por obligación la ejecución y contó que lo vivido había sido suficiente para hacerle luchar toda su vida contra la pena de muerte. Y uno de los letrados, también testigo presencial, se la contó a su paisano y amigo Luis García Berlanga, y éste se la contó a Rafael Azcona, y así nació una de las más grandes películas del cine español, El verdugo.

 


VÍDEO: PILAR PRADES – PASAJES DEL TERROR


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