Peter Manuel

La bestia de Birkenshaw

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Robos
  • Número de víctimas: 9 - 12
  • Periodo de actividad: 1956 - 1958
  • Fecha de detención: 13 de enero de 1958
  • Fecha de nacimiento: 15 de marzo de 1927
  • Perfil de las víctimas: Anna Knielands, de 17 años / Marion Watt, de 45, su hija Vivienne (16) y la hermana de Marion, Margaret (41) / el taxista Sydney Dunn / Isabelle Cooke (17) / Peter Smart (45), su esposa Doris, y su hijo Michael (10)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Inglaterra / Escocia, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca en Glasgow el 11 de julio de 1958
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Peter Manuel – Asesinatos múltiples

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Para el individuo común que conoce de crímenes y criminales a través de los informes de los periódicos, el término “asesino sexual” tiene, generalmente, un sentido. Describe a un hombre que mata a una mujer o a una jovencita durante o después de la violación ya sea porque la víctima resiste sus insinuaciones o porque la violencia es una parte necesaria de su gratificación sexual.

Cuando en los encabezados aparecen las palabras “maníaco sexual” la implicación es que este asesino particular ha matado o tiene la tendencia a matar más de una vez y que la violación es de una naturaleza particularmente sadista o por lo menos pervertida.

Estas ideas, que son de una simplicidad extrema, cubren – como, de hecho, cualquier policía o periodista sabe – una diversidad de crímenes en los que, aunque siempre el resultado final es trágico, los métodos y motivos son tan diversos como en cualquier otro tipo de actividad criminal.

Ha habido asesinatos en los que la violación de la víctima es algo que está en segundo plano, en subordinación al robo – objetivo principal – y, de igual manera, asesinatos aparentemente por utilidad material en los que la motivación inicial fue sexual. De la misma manera como hay violadores que nunca matan, también hay asesinatos sexuales sin violación. En ocasiones, las motivaciones son tan confusas que es imposible señalar con alguna seguridad el deseo primario tras el crimen.

Durante los dos años que van de enero de 1956 a enero de 1958 la policía escocesa se enfrentó a una situación de este tipo. Hubo entonces nueve asesinatos, todos cometidos en una área de menos de 10 por 6 kilómetros, en distritos semiurbanos al este de Glasgow. En la misma zona y en el mismo periodo hubo también un cierto número de robos de casas en los que pocas cosas de valor desaparecieron aunque sí hubo considerables daños que no tenían sentido.

No parecía haber ninguna razón por la cual los crímenes – muchos de ellos aparentemente sin causa – pudieran ser relacionados, y aun bases menos firmes para suponer que tuvieran relación con los robos. Sin embargo, poco a poco los oficiales que se ocupaban de la investigación llegaron a creer que todos los crímenes eran la obra de un hombre. Las ligas materiales eran pequeñas pero existían.

Ahora bien, ¿qué tipo de hombre podría haber cometido tal variedad de delitos? ¿Era básicamente un ladrón? ¿un “maniático sexual”? ¿un psicópata cuya necesidad básica era adquirir notoriedad? ¿una criatura que mataba simplemente debido a una necesidad de matar? ¿O se trataba de un maniático homicida?

Es necesario reconocer la perspicacia de la policía escocesa que, enfrentada a tal variedad de delitos y posibles motivaciones, halló a un hombre que finalmente habría de ser sometido a juicio bajo ocho cargos de asesinatos y cinco por robo de casas. No es posible pedirles que hubieran adivinado el futuro, cuando el 3 de enero de 1956 fueron llamados al campo de golf de Caperrig Plantation, en East Kilbride, Lanarkshire, a 14 kilómetros del centro de Glasgow.

Esa tarde, un trabajador de cuarenta años llamado George Gribbon que caminaba por el campo en busca de pelotas perdidas vio, al adentrarse entre cierta maleza tupida camino a un grupo de árboles cerca del quinto montículo, en un hoyo, el cuerpo de una joven. Su cráneo había sido hundido y su ropa arrugada como si hubiera sido arrastrada por el suelo. A unos metros había un área de pasto aplanado saturado de sangre.

El sargento William Woods encontró, no lejos de ahí, los zapatos de la chica semienterrados en el lodo de una zanja y a juzgar por las huellas parecía que se habían desprendido de sus pies mientras corría de su atacante. En distintos puntos del campo de golf se encontraron su abrigo, su pañoleta’ su reloj de pulsera y un arete. Sus pantalones y una media nunca fueron recobrados.

Inevitablemente aparecieron los reportajes de los periódicos que hablaban del “asesinato sexual”. Si bien todo apuntaba en esa línea, los subsiguientes exámenes post-mortem revelaron el hecho, más bien sorprendente, de que no había habido intentos de ningún tipo de asalto sexual. En apariencia se trataba de un crimen sin motivo.

La víctima era una atractiva rubia de diecisiete años, excepcionalmente alta (1.78 m) llamada Anne Kneilands, que había vivido con sus padres, John y Martha Kneilands, en establos adaptados en Calderwood Estate, a dos kilómetros y medio del campo de golf.

El viernes 30 de diciembre de 1955 ella y su hermana Alice, de veinte años, habían conocido en un baile en el East Kilbride Town Hall a dos jóvenes. Uno de ellos, un chofer de ambulancia llamado Andrew Murnin, acompañó a Anne hasta su casa e hicieron una cita para encontrarse nuevamente el lunes 2 de enero.

La chica llegó a las seis tal como lo habían convenido, pero Andrew no apareció (más adelante se supo que en una fiesta de año nuevo había conocido a alguien más y había olvidado por completo su plan anterior) de manera que después de esperar durante veinte minutos, Anne se fue a casa de unos amigos que vivían cerca. Estuvo ahí únicamente alrededor de media hora y luego se fue a tomar un autobús para East Kilbride. La conductora la vio bajarse en el café Willow. Nadie sabe con seguridad a dónde fue o qué hizo después de las siete.

El señor y la señora Kneilands salieron a visitar a unos amigos a Glasgow esa tarde y no llegaron a casa sino hasta media noche. Como Anne no estaba ahí supusieron que había perdido el último autobús y que pasaría la noche con amigos. Al día siguiente informaron de su desaparición. La policía investigaba cuando su cuerpo fue encontrado.

Los interrogatorios a todos los que pudieran saber algo de importancia para la investigación de la policía no produjeron nada de valor. Se tuvo cierto interés y esperanzas cuando el agente J. Marr vio en el área, en su trayecto en busca del hombre que había encontrado el cuerpo de Anne – con quien pensaba hablar -, a un trabajador de una cuadrilla del Gas Board que tenía en la cara lo que parecían ser rasguños recientes.

Como cuestión de rutina se le pidió a este hombre de 28 años llamado Peter Manuel que explicara el origen de sus heridas. Manuel respondió que se había visto envuelto en una pelea de año nuevo, lo cual parecía bastante probable; de manera que no había otra razón por la cual sospechar. Vivía con sus padres, Samuel y Bridget Manuel, en una casa del ayuntamiento en Fourth Street, Birkenshaw, a más de 13 kilómetros del campo de golf.

La Gas Board, para la que trabajaba como asistente en el tendido de tuberías, había suspendido operaciones en el área a mediodía del sábado 31 de diciembre y no había reanudado las operaciones sino hasta el 4 de enero: dos días después de que Anne Kneilands había sido asesinada y un día después del descubrimiento del cuerpo.

De cualquier manera, la policía tomó la precaución de visitar la casa de Manuel, de donde se tomaron algunas ropas para ser examinadas. Nada incriminador fue descubierto y, por lo tanto, se dejó de pensar en este joven con la cara rasguñada.

En todo caso, parte de la indignación pública y del temor engendrado por el asesinato de Kneilands se vio desviado hacia otra parte de Glasgow. El miércoles 11 de enero. en un momento en que la búsqueda del asesino de Anne Kneilands seguía siendo llevada a cabo con todo vigor, una solterona de cincuenta y cinco anos fue golpeada a muerte en su departamento de un quinto piso en Aberfoyle Street, Dennistoun.

La víctima, Anne Steele, era una mujer tranquila e inteligente que trabajaba como oficinista y agente de compras para una compañía de pinturas de Glasgow, llamada Montgomerie, Stobo y Compañía. Las tardes de los miércoles visitaba por lo general a una amiga, la señora Louisa Pettigrew. Esa tarde, sin embargo, decidió quedarse en casa. La teoría de la policía era que había sorprendido a un ladrón que pensaba encontrar el departamento vacío.

Los vecinos que la oyeron gritar un poco después de las ocho corrieron a su puerta del frente. Cuando los gritos se convirtieron en gemidos oyeron fuertes pisadas de un hombre que corría de un cuarto al otro. Evidentemente había entrado al departamento por la puerta del frente y, atrapado por el grupo creciente de personas que se congregaban afuera, no encontraban por el momento una ruta de escape. Para cuando llegó la policía, en respuesta a una tardía llamada telefónica, el hombre había desaparecido descolgándose por una cañería por fuera de la ventana del baño hasta el jardín, 15 metros abajo.

La señorita Steele yacía bocabajo en un charco de sangre en el suelo de la cocina. No había signos de lucha. El atizador utilizado para matar a la desafortunada mujer estaba en el reborde de la ventana.

Para finales de enero, cuando la policía no parecía más cerca de una solución respecto de ninguno de los dos asesinatos, un grupo de hombres de negocios de Glasgow ofreció recompensa que hacían un total de 27 mil pesos por información que condujera al arresto del asesino de Anne Kneilands o al atacante brutal de Anne Steele.

No había ninguna evidencia que ligara los dos crímenes de manera que la policía continuó la búsqueda de dos asesinos. Conforme pasaron las semanas y luego los meses sin que se hiciera ningún arresto, el público comenzó a olvidar las tragedias de año nuevo.

No hubo más que la cantidad usual de crímenes en el área de Glasgow durante esa primavera y ese verano de 1956. Los sucesos de septiembre, sin embargo, conmovieron a toda Escocia y se volvió a recordar el inquietante hecho de que ya había habido dos asesinatos no resueltos ese año.

El 17 de septiembre, la señora Helen Collison, una sirvienta que trabajaba por día, llegó como de costumbre temprano en la mañana a la casa del señor William Watt en el número 5 de Fennsbank Avenue, High Burnside.

Sabía que el señor Watt estaría fuera de casa por haberse ido de pesca, pero esperaba encontrar a otros miembros de la familia despiertos. Quedó sorprendida al ver que la puerta trasera de la casa estaba cerrada con el seguro interior. Se asomó por la ventana de la recámara que ocupaba Vivienne Watt y vio a esta chica de dieciséis años, aparentemente dormida en cama. El hecho era verdaderamente extraño, porque Vivienne, una estudiante del Skerry’s College, de Glasgow, tenía por costumbre salir de casa antes de que la señora Collison llegara.

Preocupada ya, la mujer caminó hasta la puerta del frente y vio que un vidrio había sido roto. Cuando llamaba a través del agujero llegó el cartero Peter Collier y abrió la puerta metiendo su mano por el espacio libre y haciendo girar la cerradura yale.

Juntos fueron primero a la habitación principal. En la cama estaban la señora Marion Watt, de cuarenta y cinco años, la esposa semiinválida del señor William Watt, dueño de una panadería, y su hermana, la señora Margaret Brown, de cuarenta y dos años. Las cobijas estaban bien tendidas y les llegaban hasta la altura del cuello. Las dos habían recibido disparos en la cabeza desde distancias muy cercanas, y la señora Collison pudo ver que ambas estaban, sin duda alguna, muertas.

No había ningún desorden en el cuarto. Sus posiciones eran bastante naturales, de manera que parecía como si hubieran sido muertas mientras dormían. Ninguna de las dos tenía señales de que hubieran sido agredidas sexualmente, aunque los pantalones de la pijama de la señora Brown habían sido rotos por la cintura.

Vivienne, cuyo reloj de pulsera se había detenido a las 2:52, estaba todavía con vida cuando la señora Collison la encontró, pero murió antes de que llegara la ambulancia. También se le había disparado en la cabeza con un arma de fuego. Aunque tenía algunas magulladuras en los muslos y en el cuerpo no había signos de agresión sexual.

El superintendente Andrew McClure vio al llegar que claramente la chica, a diferencia de las dos mujeres mayores, había luchado desesperadamente. Yacía en una posición nada natural, con su brazo derecho en la espalda. Una lámpara de mesa había sido rota y en todo el cuarto estaban esparcidos botones y pedazos de ropa rasgada. Los pantalones de su pijama hechos jirones, estaban en la sobrecama. Ella llevaba la camisa de la pijama y un chaleco, ambos sin botones. Entre las prendas tiradas por todo el suelo estaba un brassiere con el broche trasero intacto, pero con el frente roto. Los tirantes habían sido rotos, indicio de haber sido arrancados de su cuerpo.

La única cosa que faltaba de la casa era el reloj de pulsera de la señora Watt. El motivo parecía ser el robo, ya que un poco más tarde, el mismo día, se descubrió que otra casa de la avenida Fennsbank había sido violada. En este caso, los ocupantes, las señoritas Mary y Margaret Martin, estaban de vacaciones. Una mujer que observó un vidrio roto de la puerta del frente – el mismo método de entrada seguido en la casa de los Watt – informó a los policías que ya investigaban los asesinatos a unas puertas de distancia.

En la casa de las Martin, en el número 18, la policía se encontró con una escena de desorden extraño. Había huellas de zapatos sucios en el sofá y una pequeña quemada en la alfombra cercana como si alguien que hubiera estado recostado en el sofá hubiera estirado la mano para apagar un cigarro. También había huellas de zapatos sucios en una de las camas. En la cocina se encontró una lata abierta de espagueti y el contenido de una lata de sopa de tomate esparcido por el suelo. Por todo el piso de otros cuartos había cáscaras de naranja y semillas.

La casa entera había sido registrada. Por todas partes habían sido arrojados artículos de guardarropas y cómodas. Los únicos objetos que faltaban eran dos anillos de oro, seis monedas de plata de poco valor y cuatro pares de medias de nylon. Otras cosas mucho más valiosas no habían sido tocadas.

En términos de tiempo y lugar había una liga evidente entre este robo y los asesinatos de los Watt. En otros aspectos había una relación clara entre la violación de la casa de las Martin y la violación, descubierta dos días antes, de la casa del señor Henry Platt, en Douglas Drive, Bothwell, a unos kilómetros de distancia.

El señor y la señora Platt habían salido de vacaciones al Lake Distriet junto con su hijo Geoffrey de dieciséis años, el 12 de septiembre. Tres días después la policía fue llamada a la casa por un vecino que observó que una ventana había sido forzada.

En este caso también había sido abierta una lata de sopa. Una porción del contenido fue regada por el suelo y otra porción vaciada en un recipiente y llevada arriba a una recámara en la que el intruso, con los zapatos sucios, evidentemente había estado recostado en la sobrecama. En la cocina había otra lata que había contenido peras. Las frutas estaban tiradas por el suelo pero el néctar había sido consumido.

Un colchón de una de las camas tenía una larga incisión, muy posiblemente hecha con unas tijeras que estaban sobre el suelo. Una colcha y una sobrecama habían sido agujeradas. Al igual que en la casa de las Martin, el ladrón ignoró muchos artículos valiosos. Se había contentado con tomar unas mancuernillas, un reloj de pulsera, una rasuradora eléctrica, algunas herramientas y 60 pesos en efectivo.

Más adelante se encontró en circunstancias extrañas el reloj perdido. Un poco después del robo la señora Platt reparó el colchón. Casi un año después se vio obligada a abrirlo nuevamente para investigar una protuberancia incómoda que había aparecido. Ahí, dentro del colchón, estaba el reloj que ella creía robado.

Tres meses después, un poco antes de la navidad de 1957, al aparecer otra protuberancia en el colchón, descubrió algo de mucho mayor interés para la policía: una bala de un revólver .38, disparada, de acuerdo a un examen balística, por la pistola que había sido utilizada más tarde y con la cual le dieron muerte a la señora Watt, a su hermana y a su hija.

Ahora bien, antes de. que la señora Platt descubriera esto se desarrolló otro acto del drama.

El 27 de septiembre de 1956, diez días después del triple asesinato, William Watt fue arrestado e inculpado del asesinato de su esposa, su hija y su cuñada. El 9 de septiembre este dueño de panadería de 52 años había llegado al hotel Cairnbahn en Lochgilphead, Argyll, para pasar dos semanas de vacaciones dedicado a la pesca.

La noticia de la tragedia le fue comunicada por la señora Ruby Leitch, dueña del hotel, alrededor del mediodía del 17 de septiembre. Abandonó de inmediato el hotel en su propio auto con intenciones de manejar los 140 kilómetros a Glasgow, pero estaba demasiado perturbado como para continuar. Fue a la comandancia de policía de Lochgilphead donde se le proporcionó un policía que le sirviera de chofer.

La razón por la que Watt fue arrestado es oscura. Aparentemente tenía una coartada sólida y había amplias evidencias de que el suyo era un matrimonio feliz. Este pobre hombre pasó una agonía de 67 días en la prisión de Barlinnie mientras se hacían mayores investigaciones y luego fue puesto en libertad sin que se le sometiera a juicio.

Durante el periodo en que Watt estuvo en prisión hubo una serie de sucesos bastante grotescos.

El señor Lawrence Dowdall, un abogado de Glasgow, contratado por el panadero, recibió una carta de Peter Manuel en la que ofrecía información “relativa a un cliente suyo reciente”. Manuel, como se recordará, era el joven que había sido interrogado después del asesinato de Anne Kneilands. En ese entonces estaba también en la prisión de Barlinnie después de haber sido sentenciado el 2 de octubre a dieciocho meses de prisión por haberse introducido a una casa en Hamilton, Lanarkshire. Manuel le contó al señor Dowdall una historia extraordinaria.

Dijo que la noche anterior al asesinato de las Watt había sido abordado por un hombre con un revólver que le había pedido que lo acompañara a una incursión en la que entraría a una casa en High Burnside. Manuel se rehusó a ir. La noche siguiente este hombre le dijo haberse introducido en una casa de un piso en la avenida Fennsbank y haber tiroteado a tres mujeres.

Manuel dio una descripción precisa de la casa y detalles de la forma en que las mujeres fueron disparadas, pero se negó a nombrar al hombre que le había dado esta información. Agregó que el hombre le había pedido que se deshiciera de la pistola y de dos anillos que había robado de otra casa en la avenida Fennsbank. Manuel describió al señor Watt como “un sujeto que, hasta donde puedo ver, es doblemente desafortunado”.

Este fue un paso sorprendente por parte de Manuel ya que sólo podía servir para implicarlo en un crimen en relación al cual hasta ese momento no era un sospechoso. El señor Dowdall le sugirió que comunicara su historia a la policía, pero Manuel se rehusó. Dowdall mismo transmitió la información. Nuevamente la casa de Manuel fue registrada, pero no se encontró ninguna pistola o anillos ni hubo nada incriminador en la ropa tomada de la casa para investigación forense. En esa fase Manuel ya había pasado a ser, sin duda alguna, un sospechoso. Sin embargo, no había ninguna evidencia – fuera de su propia declaración – que lo ligara con alguno de los crímenes.

Fue puesto en libertad el 30 de noviembre de 1957 y casi inmediatamente atrajo mayor atención hacia sí al pedir al señor Dowdall se encargara de conseguirle una entrevista con el señor Watt quien seguía en la odiosa situación de ser incapaz de probar su inocencia de los crímenes por los que había sido arrestado pero no procesado.

Los dos hombres se encontraron en el restorán Whitehall, de Glasgow. Manuel le dijo a Watt que la entrada a su casa había sido “todo un error”. Tres personas estaban implicadas; habían planeado introducirse en una casa del vecindario en la que se suponía había una caja fuerte que contenía 150 mil y 300 mil pesos. Escogieron la casa equivocada.

La conversación continuó en el bar Jackson de la calle Crown en donde Manuel dijo que las tres mismas personas se habían introducido a una casa en Rothwell y disparado una bala en la cama.

– Si esa bala es encontrada y corresponde a la pistola utilizada en Burnside, quedará demostrado de manera concluyente que usted no tuvo nada que ver con los asesinatos ya que estaba de vacaciones en ese entonces – le aseguró Manuel a Watt.

De nueva cuenta, el objeto del relato de Manuel a Watt es oscuro. No pidió ni se le ofreció dinero. El único resultado de su encuentro fue que se reforzara la sospecha en cuanto a la implicación de Manuel. Puede perdonarse a la policía por no considerar la cuestión demasiado seriamente en vista del hecho de que Manuel ya era bien conocido como un hombre dispuesto a llegar hasta cualquier punto con tal de atraer la atención.

En septiembre de 1954 había “confesado” haber tomado parte en un robo de un millón 200 mil pesos en metálico, en el aeropuerto de Londres, y había afirmado ser el cerebro detrás de un robo a un banco de Glasgow por un millón y medio de pesos al año siguiente. Había llegado a declarar tener conocimientos íntimos en relación a la deserción de los espías Burgess y Maclean en 1951 y durante años se había convertido en una molestia con sus afirmaciones de participación en todo tipo de empresas criminales con las que no tenía la más remota relación.

Viviendo retrospectivamente el cuadro completo de estos asesinatos y violaciones de casas en Escocia durante el periodo de 1956-1958 queda claro que un factor significativo fue la brecha en las actividades que se dio entre principios de octubre de 1956 y fines de noviembre de 1957: durante este periodo, Peter Thomas Anthony Manuel estuvo tras las rejas de la prisión Barlinnie.

Esta situación no tenía nada de particular debido a que Manuel había estado entrando y saliendo de escuelas especiales, correccionales y prisiones desde la edad de doce años. Nadie podía prever los sucesos que iban a desarrollarse después de cumplir su sentencia por el último de su larga lista de diversos delitos.

El capítulo segundo de esta terrible historia se inició el 8 de diciembre de 1957 y no en Escocia sino en el límite de County Durham. Ahí un taxista llamado Sidney Dunn fue encontrado muerto dentro de su auto en un marjal desolado y desierto en Edmundbyers. Había sido balaceado en la cabeza desde atrás y luego se le había cortado el cuello. Dunn había sido visto por última vez en las primeras horas de esa mañana al ser alquilado su auto a 25 kilómetros de Newcastle upon Tyne. La policía inglesa, que tenía una buena descripción de¡ hombre que había tomado el taxi lo mismo que varias pistas útiles, estaba trabajando sobre el caso cuando sus colegas escoceses se vieron enfrentados a otra avalancha de asesinatos y robos en el área de Glasgow.

Esto comenzó, de manera comparativamente rápida, el día de navidad. El reverendo Alexander Macrae Houston y su esposa salieron de su casa en el número 66 de Wester Road, North Mount Vernon, para pasar el día con unos amigos. Cuando regresaron esa tarde encontraron una ventana forzada y tanto la puerta del frente como la trasera abiertas de par en par. Habían desaparecido una cámara, 60 pesos de una alcancía para las misiones y un par de guantes nuevos.

En pocos días la alarma del área se incrementó. El 28 de diciembre Isabelle Cooke, una estudiante de diecisiete años, gordita y de cabello oscuro no regresé a su casa en Carrick Drive, Mount Vernon, después de haber salido a un baile. Había acordado encontrarse con su acompañante, un compañero de escuela llamado Douglas Bryden, en la estación de autobuses de Uddingston. Aunque el joven esperó por casi una hora, Isabelle no apareció. Trató de telefonear a su casa pero la línea no funcionaba.

El señor y la señora Cooke, que daban por hecho que su hija había cumplido con su cita, no comenzaron a preocuparse sino hasta las doce de la noche. Entonces, conforme pasaron las horas, salieron a pie en su búsqueda y finalmente el señor Cooke manejó su carro a lo largo de la ruta que pensaban ella podría haber tomado camino a casa. Se quedaron con la esperanza de que Isabelle hubiera decidido pasar la noche con amigos. De ser así, regresaría a las primeras horas de la mañana. A las diez de la mañana, después de hacer algunas investigaciones con amigos, informaron a la policía de su desaparición.

Ese mismo día, más tarde, la bolsa de cosméticos de Isabelle, que normalmente llevaba dentro de su bolso, fue encontrada bajo un puente del ferrocarril en la avenida Mount Vernon. Se organizó una búsqueda policial en gran escala: los ríos fueron dragados, los bosques y los espacios abiertos, explorados, y los patios de ferrocarriles de muchas partes de Escocia revisados para en caso de que el cuerpo de la chica hubiera sido arrojado desde un puente a algún vagón de ferrocarril que pasara.

Una semana después de su desaparición cientos de voluntarios se unieron a la búsqueda siguiendo un llamado hecho desde el púlpito por el reverendo Houston, la víctima del robo del día de navidad. No se encontraron indicios de la chica desaparecida.

Mientras la búsqueda de Isabelle era organizada, a sólo 5 kilómetros de la casa de los Cooke se llevaban a cabo los preliminares de otra tragedia más.

En una agradable casa de Sheepburn Road, Uddingston, la familia Smart discutía alegremente los planes alternativos para su fiesta de año nuevo. Peter James Smart, de 45 años, era gerente de oficina de W. and J.R. Watson Ltd, una firma de ingenieros civiles contratistas de Glasgow. Como las oficinas iban a estar cerradas del 31 de diciembre al 6 de enero el señor Smart pensó que sería una buena idea llevar a su esposa Doris y a su hijo Michael, de diez años, fuera de la ciudad. ¿Debían visitar a los padres de Smart cerca de Jedburgh, Roxburghshire, o ir al hotel Dumbuck, en Dumbarton, cuyo propietario, William McManus, era un viejo amigo?

El 29 de diciembre Peter Smart discutió las posibilidades con su hermano Victor en una conversación telefónica y le dijo que pensaba que irían a Jedburgh el 2 de enero. El 31 de diciembre Victor fue a Jedburgh en donde se quedó durante unos días. No le sorprendió mucho el hecho de que su hermano no llegara debido a que el tiempo estaba muy malo y el viaje de ida y regreso hubiera representado manejar 270 kilómetros en carreteras con hielo en el pavimento. Antes de regresar a su casa en Edinburgh la noche del 2 de enero, Victor Smart telefoneó a Uddingston pero no obtuvo respuesta.

En la tarde del 31 de diciembre los Smart habían sido visitados por unos vecinos, el señor Stanley Jackman y su esposa, a quienes dijeron que era casi seguro que irían a Jedburgh. Los Jackman fueron a una fiesta y al regresar, alrededor de las dos de la mañana, vieron que todavía había luces prendidas en la casa de los Smart. En la mañana -1 de enero – el señor Jackman vio que las puertas del garaje de los Smart estaban abiertas y que su auto no estaba.

En la tarde del 2 de enero, este auto, que pertenecía a la compañía “para la que trabajaba el señor Smart, fue encontrado, aparentemente abandonado, en el distrito Gorbals de Glasgow. La policía intentó informar del descubrimiento a W. and J. R. Watson Ltd, pero no pudieron hacerlo debido a que las oficinas estaban cerradas por las fiestas de año nuevo. El oficial que hizo una segunda visita a las oficinas de la firma el lunes 6 de enero fue informado de que Peter Smart, quien hacía uso del auto y normalmente lo guardaba en su garaje, no se había presentado a trabajar esa mañana.

Alexander McBride, un capataz de la empresa, fue a la casa de los Smart con el sargento de la policía Frank Hogg. Encontraron leche y periódicos por fuera de la puerta principal y las cortinas de las ventanas de las recámaras, corridas.

Entraron a una casa de muerte. Todos los ocupantes – el señor y la señora Smart y el niño Michael – habían recibido disparos de arma de fuego desde una distancia muy corta. Murieron mientras dormían en sus camas. No había indicios de lucha alguna; ni siquiera las cobijas habían sido desordenadas. Las tres víctimas llevaban varios días de muertas.

El 31 de diciembre el señor Smart había recibido su acostumbrado cheque de pago del mes que depositó en la rama de Parkhead Cross del Commercial Bank of Scotland. Al mismo tiempo retiró mil pesos en billetes nuevos. El dinero había desaparecido de la casa lo mismo que el bolso de mano de la señora Smart que contenía un poco menos de 30 pesos y un par de guantes de mujer.

Este segundo triple asesinato reavivó la alarma pública que había seguido al asesinato de las Watt quince meses atrás. Un estado de verdadero terror envolvió al área. Las mujeres se rehusaban a salir solas de noche y a una semana de la tragedia las ferreterías habían vendido todas sus existencias de cerrojos para puertas. En una sola tienda pequeña se vendieron en un día casi cien cadenas para puerta – un artículo que normalmente no tenía ninguna demanda -.

Al principio parecía que no habría más éxito en la resolución de los asesinatos de los Smart de la que había habido en cualquiera de los otros crímenes hasta que, una semana después del suceso, el nombre de Peter Manuel atrajo nuevamente la atención de la policía.

Se supo que la noche de año nuevo, Manuel había andado corto de fondos y que había pedido prestado a su padre 30 pesos mientras estaban en una taberna. El día de año nuevo, sin embargo, Manuel llegó a casa de un amigo y dio 3 pesos a cada uno de sus hijos. Fue visto mientras pagaba varias rondas de copas en un hotel cercano.

Más tarde el mismo día Manuel fue a una fiesta dada por su tía, la señora Devina Greenan, para celebrar el compromiso matrimonial de su hija. Llevó consigo una docena de cervezas y le dio a la señora Greenan 30 pesos para su hija pequeña. También dio otros 30 pesos para pagar un taxi que llevara a su madre a casa.

Esa misma tarde fue al hotel Woodend de Fallside y compró bebidas y cigarros por un valor de casi 270 pesos que pagó con billetes nuevos. Después de la fiesta fue con unos amigos a la casa de Mary McCanley en la calle Douglas, en Viewpark, y ofreció una botella de whisky a la mamá de la señorita McCanley. Terminó la noche yendo a un baile en Tannochside en el que pagó los boletos para él y para dos amigos.

El 3 de enero, Manuel se encontró con un amigo, Joseph Brennan, y pagó unas cervezas y whisky en el hotel Woodend. Compró unas rebanadas de carne que llevaron a la casa de Brennan para comer y más tarde visitaron dos tabernas más. En el Old Mail Coach, Manuel invitó copas a dos meseras y también compró dos botellas de brandy.

El 13 de enero de 1958 se llevó a cabo la tercera búsqueda de la casa de Manuel, en esta ocasión por nueve oficiales de la policía dirigidos por el detective superintendente Brown, del Departamento de Investigación de Crímenes (DIC) de Glasgow, quien junto con el detective inspector Goodall auxiliaba al detective inspector Robert McNeil (de DIC de Lanarkshire) en lo que respecta a los interrogatorios relativos a todos los asesinatos y a la desaparición de Isabelle Cooke.

En esta ocasión, sus esfuerzos se vieron recompensados. Encontraron un cierto número de objetos relacionados con las violaciones de las casas. Peter Manuel fue llevado a la comandancia de policía de Bellshill para ser interrogado. Más tarde, en la comandancia de policía de Hamilton, Manuel fue identificado por varios testigos y acusado del asesinato de Peter, Doris y Michael Smart, del robo de la casa de éstos, del robo de un auto de su garaje y también de la violación de la casa del reverendo Alexander Houston y del robo de ciertos artículos.

Al día siguiente Manuel dijo que quería ver al inspector McNeil “en relación a delitos no aclarados cometidos en Lanarkshire”. Escribió entonces una confesión detallada, apegada a los hechos y completamente carente de emotividad sobre los asesinatos de Anne Kneilands, de la señora Marion Watt, Vivienne Watt y de la señora Margaret Brown; de Peter Smart, la señora Doris Smart y de Michael Smart. Dijo que también había asesinado a Isabelle Cooke.

– Yo los llevaré a donde está enterrada – agregó.

El inspector McNeil y otros oficiales fueron con Manuel a campos cerca de Burntbroom Farm, atrás de Carrick Drive, Mount Vernon, en donde la familia Cooke vivía. A unos metros de una zanja Manuel señaló al suelo.

– Creo que aquí está. Creo que estoy sobre ella – dijo.

La chica había sido enterrada a más de un metro. Llevaba puesto únicamente un chaleco, un cinturón suspensorio y medias de nylon, estos dos últimos artículos muy rasgados. Su brassiere estaba atado con fuerza alrededor de su cuello y llevaba una pañoleta amarrada a la cara con el nudo dentro de la boca. Había muerto de asfixia sin llegar a ser agredida sexualmente. Sus zapatos habían sido enterrados en diferentes lugares en el campo pero no había signos de sus pantalones ni del resto de su ropa.

Cuando Peter Manuel llegó a juicio en la High Court de Glasgow, en mayo de 1958, había sido acusado de los ocho asesinatos que había confesado y de introducirse a las casas de la familia Watt, de los Smart, de Henry Platt, de Margaret y Mary Martin y del reverendo Alexander Houston. Pero para ese momento, también, se había retractado de la confesión hecha y afirmaba que la policía lo había extorsionado bajo amenazas que implicaban acciones contra sus padres. Mirando a lord Cameron, el juez, respondió con voz firme a cada cargo:

– No culpable.

El juicio de diecisiete días, frente a un jurado de nueve hombres y seis mujeres, estuvo lleno de sorpresas.

No contento con dejar todo el caudal de pruebas de su culpabilidad en el fiscal, Manuel siguió un alegato de “defensa especial” en relación a dos de los cargos. Afirmó que William Watt había asesinado a su propia familia y que un hombre entonces en prisión y una mujer de Motherwell eran los responsables del robo de una de las casas. Presentó una coartada para el momento en que se creía que los Smart habían sido asesinados: insistió en haber estado en casa con sus padres, su hermano James, su hermana Theresa y un soldado del ejército norteamericano llamado Ronald Flaubert.

Esta coartada, aunque sostenida por sus familiares, fue menos convincente de lo que podría haber sido, debido a que la casa de Manuel estaba a menos de un kilómetro de la casa de los Smart. El jurado debe haberse dado cuenta de que Manuel muy bien pudo haberse ausentado de su casa mientras el resto de la familia dormía, tal vez profundamente, después de las celebraciones de Hogmanay.

A la mitad del juicio hubo una sensación más al decidir Manuel prescindir del abogado defensor y encargarse de su propia defensa. Interrogó a los testigos con gran astucia y al final hizo un elocuente discurso de tres horas al jurado. La idea principal de su defensa fue que la confesión le había sido extraída bajo amenazas de la policía en contra de su familia.

– En ese momento lo que yo tenía en mente era la diabólica amenaza del superintendente Brown de poner a mi padre en prisión bajo un cargo de implicación de los asesinatos de los Smart – dijo -. En ese momento, dada la posición en que me encontraba, no dudé que este hombre habría cumplido su amenaza. Era un hombre bárbaro y decidido que sabía que tenía que producir algún tipo de evidencia. Amenazó con arrestar a mi madre y a mi hermana.

“Puedo asegurarles” continuó, “que nunca he sido el tipo de gente que confiese y nunca he sido considerado por la policía como dentro de este tipo. Nunca en mi vida he estado en una posición en la que haya suministrado una declaración a la policía. Sin embargo, ahora nos encontramos ante una situación en la que se dice que sin ninguna presión yo confesé por mi propia voluntad. Ustedes deben darse cuenta de que cuando estuve en manos de la policía debe haber habido alguna razón poderosa por la que yo escribí tales declaraciones. Ellos no tienen la razón. Yo la tengo”.

Lord Cameron dijo al jurado en su resumen que el catálogo de crímenes eran tan vasto, con características tan peculiares, que podía ser fácil inferir que la persona que los había cometido no era responsable de sus acciones. Sin embargo, no podía considerarse la posibilidad de demencia debido a que no se había hecho ningún alegato especial por parte de la defensa.

– Un hombre puede ser muy malo sin ser loco – agregó el juez.

El juez encaminó las cosas para que se pronunciara un veredicto formal de no culpable en relación al cargo de Anne Kneilands debido a que no había suficientes evidencias que fueran más allá de las sospechas y que pudiera considerarse como evidencia positiva incriminatoria de una fuente independiente.

El jurado tardó dos horas y media para decidir que Peter Manuel era culpable de los otros siete asesinatos de los que había sido acusado lo mismo que de la entrada a la casa de Peter Smart y del robo del auto de la familia. El cargo de la violación de la casa de Wester Road, Mount Vernon, fue considerado como no probado.

En caso de haber sido absuelto de los asesinatos en Escocia, Manuel habría sido arrestado nuevamente de inmediato por dos detectives del otro lado de la frontera que habían estado en la corte de Glasgow durante todo el juicio listos con una orden de arresto. El cargo era el asesinato de Sidney Dunn, el taxista de Newcastle.

Mientras el acusado estaba en la prisión en espera de juicio se encontró en la valenciana de sus pantalones algunos fragmentos de vidrio y pizcas de tierra que correspondían a los vidrios del fanal roto del taxi y a la tierra de la escena del asesinato. Este suceso no fue incluido en la acusación debido a que tuvo lugar en Inglaterra y sobre ello las cortes escocesas estaban al margen, no tenían ninguna jurisdicción.

Peter Manuel, este hombre moreno y bien parecido con un mechón de cabello oscuro y ojos profundos de color café tenía 31 años cuando llegó al final del camino de crímenes que había iniciado a la edad de doce años.

Sus padres, católicos romanos, habían emigrado de Escocia a los Estados Unidos en 1922. Cinco años después Peter Thomas Anthony nació en Manhattan. La familia se mudó a Detroit por un tiempo. Samuel Manuel y su esposa trabajan principalmente en hoteles- pero en 1932 decidieron regresar a Escocia.

Después de cinco años en Oakfield Place, Motherweil, a veinte kilómetros de Glasgow, se mudaron hacia el sur a Coventry, Warwickshire, en donde el pequeño Peter tuvo su primer roce con la ley. Fue detenido en una tienda de bicicletas, en la que se había introducido, y puesto en libertad condicional por un año. Sin embargo, antes de cinco semanas había regresado a la misma corte juvenil acusado de introducirse a una casa. En esta ocasión fue mandado a una escuela especial.

En los siguientes años quedó frente a cortes de Coventry, Cambridge, Manchester y Darlington, todas estas veces por delitos menores y pasó seis periodos en escuelas especiales. Se escapó varias veces y durante un periodo de libertad fue encontrado culpable de asalto con martillo, con intenciones de robo.

Un poco antes de la navidad de 1942, de nueva cuenta en un momento en que se encontraba en una escuela especial, robó y llevó a cabo una agresión inmoral a la esposa de un empleado escolar. El muchacho de quince años se escondió en la capilla – detrás del retablo de la natividad – durante más de una semana, saliendo únicamente de noche para robar comida, hasta que fue detenido. En esta ocasión lo mandaron a Borstal.

Al ser liberado en 1945 volvió a su familia que había regresado a Escocia después de que su casa de Coventry había sido bombardeada en 1941. En 1946 se vio nuevamente en problemas. Fue mandado a prisión por un año bajo quince cargos de violación de casas. Apenas había purgado unas semanas cuando tuvo que responder a cargos por asalto y violación cometidos antes de ser sentenciados por los robos de casas. Fue encontrado culpable de los nuevos delitos y sentenciado a ocho años de cárcel.

No mucho después de haber salido de la prisión comenzó a cortejar a una atractiva joven de Carluke, Lanarkshire, a quien compró un costoso anillo de compromiso. Se ufanó luego frente a sus amigos de cómo había regresado más tarde el anillo a la joyería, con el pretexto de que las piedras estaban sueltas, para cambiarlo por uno mucho más barato. Se sentía extremadamente orgulloso de haber ahorrado dinero y engañado a su prometida sin perder prestigio frente a sus ojos.

La boda, planeada para el verano de 1955, no se llevó a cabo. La chica rompió el compromiso después de recibir una carta en la que aparecían todos los hechos con algunas adiciones ficticias del pasado criminal de Manuel. Hay sospechas fundamentadas de que Manuel mismo escribió la carta. De cualquier manera, no podía haberse casado el día planeado porque tenía otro compromiso en la corte de Airdrie, Lanarkshire, en donde estaba defendiéndose exitosamente del cargo de asalto indecente.

Esta relación de delitos da una idea de un lado del carácter de Manuel. Hay, sin embargo, otros aspectos de su personalidad tan diferente que mucha gente que lo conocía consideraba casi imposible que él fuera el responsable de esta serie de asesinatos y atrocidades cometidos.

En las escuelas parroquiales a las que asistía era amistoso, popular y brillante, con una aptitud especial para el Inglés. Aunque la naturaleza de sus diversos empleos era baja, era un hombre trabajador, escrupuloso y ambicioso. Durante una época como barrendero acostumbraba llegar una hora más temprano todos los días para aprender a manejar la barredora y obtener un mejor trabajo.

Era un lector voraz que en buena medida se había educado a sí mismo a través de los libros. Cuando niño en Coventry pasaba la mayoría de las tardes en la sección de enciclopedias de la biblioteca y en su adolescencia podía recitar largos pasajes de Shakespeare y se sabía casi todo Burns de memoria. Se dice que a los catorce años ya había leído La declinación y caída de¡ Imperio Romano de Gibbon.

Sus diversos talentos lo hicieron popular entre sus compañeros de trabajo y entre sus amigos. Tenía aptitudes para los deportes y en alguna ocasión jugó para el equipo de fútbol de la empresa. Era un pintor y dibujante consumado, tenía una buena voz y siempre estaba listo para tocar el piano – preferentemente los clásicos -. Pero su mayor atractivo social era sin duda su agudeza como narrador y como relator de anécdotas.

Durante el juicio recibió tributos a su elocuencia de dos fuentes completamente distintas. En un momento se le preguntó a uno de los compañeros de taberna de Manuel si había bebido mucho en cierta ocasión.

– No – respondió -. Peter es un gran conversador y cuando

Peter conversa uno no toma.

El otro fue de lord Cameron.

– No ha duda – dijo en su resumen final – que el acusado ha conducido su propia defensa con una habilidad definitivamente notable.

Manuel apeló en contra de la sentencia por todos los cargos. La apelación fue rechazada y fue ahorcado en la cárcel de Barlinnie el viernes 11 de julio de 1958.

Esta, sin embargo, no es toda la historia.

Se dice que antes de subir al patíbulo Manuel confesó que había cometido tres asesinatos más cuyos casos la policía consideró como cerrados.

Las víctimas fueron la prostituta Ellen Carlin, conocida como “Red Helen”, estrangulada con una media de nylon en una casa de huéspedes de la calle Lillington, Pimlico, en septiembre de 1954. Como se dijo que esta joven irlandesa de veintiocho años había estado un poco antes de su muerte con un hombre que tenía acento norteamericano, un cierto número de soldados norteamericanos fueron interrogados detenidamente.

Se sabe que alrededor de ese tiempo Manuel estuvo en Londres por un corto periodo con el propósito – se cree – de introducirse en el submundo del crimen de la ciudad. Probablemente debido a sus tempranos años pasados en los Estados Unidos reproducía con frecuencia un acento norteamericano convincente. Otra fue una mujer de Glasgow llamada Anne Steele, golpeada con un atizador en su departamento el 11 de enero de 1956. La última fue la señora Ellen Petrie, de cincuenta años, conocida como “Nellie, la inglesa” que fue encontrada muerta fuera de una panadería de West George Lane, en Glasgow, el 15 de junio de 1956. Había sido agredida sexualmente y una de sus medias había desaparecido.

Manuel también admitió haber matado a Anne Kneilands, el cargo del que había sido absuelto durante el juicio.

Dieciocho días después de cumplida la sentencia de Manuel se pronunció la última palabra. Un jurado investigador en Shotley Bridge, Co., Durham, dictaminó que Sidney Dunn, el taxista asesinado, también había sido muerto por Peter Manuel. Con esto el número total de sus víctimas conocidas ascendió a doce.

Es extremadamente dudoso que el jurado hubiera aceptado el argumento de responsabilidad limitada del asesino en el periodo en que cometió sus crímenes en caso de que éste hubiera sido el alegato original de la defensa.

Manuel no era un demente. Su perturbación estaba relacionada con un ataque en contra del “vínculo de la vida”. Tenía dentro de él un enorme temor frente a su propia muerte que “externalizaba” dramatizándolo en otras personas, acabando con sus vínculos de la vida.

Los factores sexuales implicados en sus asesinatos eran muy inconstantes. De esta manera, el hecho de acabar en realidad con sus vidas venía a tener un mayor significado que en caso de que la motivación hubiera sido sexual.

La confesión de Manuel y su retracción posterior con la afirmación de que lo había hecho únicamente debido a amenazas de la policía concuerda con un patrón conocido entre los asesinos de su tipo.


Peter Manuel, el múltiple asesino de Glasgow

Última actualización: 5 de abril de 2015

El fanfarrón presuntuoso que se convirtió en el asesino más famoso de Escocia.

La mayor parte de su juventud la pasó en reformatorios y correccionales. Era un ladrón empedernido y disfrutaba al allanar las casas ajenas y asaltar a las mujeres. Después de producirse una serie de asesinatos en las afueras de Glasgow a mediados de los años cincuenta, Manuel consiguió, hábilmente, eludir a la policía y aterrorizar a su vecindario.

EL PRIMER ASESINATO – Caza en la noche

En una respetable vecindad de las afueras de Glasgow, se encontró a una chica muerta en un apacible campo de golf. Las investigaciones policiales consiguen recomponer la forma de la muerte y conducen hasta un sospechoso, pero no hay pruebas contra él.

En la tarde del miércoles 4 de enero de 1956, George Gribbon estaba dando un paseo por el campo de golf de East Kibride, un nuevo pueblo satélite cercano a Glasgow. Rondaba los 50 años; el médico le había recomendado mucho aire fresco para restaurar en lo posible su deteriorada salud.

Hacia las tres de la tarde llegó a Capelrig Copse, una zona colindante al quinto hoyo. Mientras buscaba pelotas de golf perdidas entre las coníferas, se topó con una visión dantesca. El cuerpo de una mujer joven yacía, boca abajo, oculto en una leve depresión del terreno húmedo. Al acercarse un poco más pudo ver la cabeza con la que el asesino se había ensañado salvajemente.

Asqueado por la escena, Gribbon echó a correr hacia la carretera preso del pánico. Vio a unos empleados de la compañía de gas, se dirigió hacia el grupo y le contó lo que acababa de ver. No consiguió más que balbucear torpemente la historia; los empleados creyeron que les estaba gastando una broma o que había visto visiones.

Uno de los hombres del grupo, un hombre joven de pelo negro peinado con abundante brillantina, no dio muestra alguna de haberse conmovido ante la petición de ayuda. A pesar de su salud, Gribbon se lanzó campo a través hasta llegar a la granja Calderglen, desde donde marcó el 999 y dio aviso a la policía. Entretanto, algunos de los empleados de la compañía de gas, movidos por la duda, se habían acercado hasta la arboleda, localizando el cuerpo de la muchacha. Ellos también llamaron a la policía.

Una fina lluvia había caído intermitentemente durante días en la zona. Se encontró uno de los zapatos de la chica a treinta metros del cadáver. El otro estaba hundido en la pendiente de una gran zanja, de dos metros de profundidad y unos cuatro de ancho. Había huellas de pisadas por los campos, en las vallas de alambre de espino y en la zanja. No había la menor duda: la víctima había corrido para salvar su vida. Lo hizo al menos durante unos trescientos metros antes de que terminara la caza.

Los detectives consideraron muy probable que el asalto hubiera ocurrido por la noche, el cuerpo de la muchacha estaba cerca de una entrada al campo de golf y de uno de los «tees» desde donde los golfistas dan su primer golpe. En la verja de entrada al campo había sangre. Trozos del cráneo de la víctima fueron descubiertos alrededor del lugar del crimen.

El cuerpo correspondía a una chica rubia, robusta, de 1,55 de estatura. Tras examinar el cadáver, el forense fijó el momento de la muerte, al menos treinta y seis horas antes. Poco después se presentó un vecino, William Marshall, para declarar que había oído un «chillido agudo» mientras paseaba a los perros cerca del campo de golf a las 8,30 de la tarde del 2 de enero. Es decir, justo dos días antes.

La muchacha fue rápidamente identificada: se trataba de Anne Knielands, de 17 años. Vivía con sus padres en Calderwood, una zona de caballerizas reacondicionadas a dos kilómetros de East Kilbride. Salió a bailar el 2 de enero, día festivo de Hogmanay, y no regresó. Sus padres, pensando que se había quedado en casa de algún amigo, esperaron hasta el día 4 para informar sobre su desaparición.

El examen del forense reveló que no había sufrido violencias sexuales, aunque sí había indicios de que el asesino había tenido una emoción sexual con la brutalidad del crimen. El asesino era, pues, un sadomasoquista.

El comisario James Hendry, del Departamento de Investigación Criminal de Lanarkshire, dirigió las pesquisas. Se reunió e instruyó específicamente a un amplio grupo de detectives y agentes de policía antes de comenzar con la investigación casa por casa. Un oficial de despacho, William Muncie, les advirtió antes de salir: «No se olviden de Peter Manuel.» El inspector jefe se refería a un allanador de moradas y delincuente sexual de la localidad que había sido detenido en varias ocasiones.

Uno de los primeros policías que llegó a Capelrig Copse, James Marr, le pidió al capataz del grupo de trabajadores de la compañía de gas que hiciera una descripción de George Gribbon, el hombre que encontró el cadáver, y éste lo hizo detenidamente. Cuando se volvía para marcharse, uno de los ingenieros preguntó: «¿Y si ese hombre no quiere acompañarnos y organiza una pelea, podemos devolverle el golpe?»

El agente Marr miró a la persona que había hecho la pregunta. Era una pregunta muy rara. Se trataba de un hombre joven, con un curioso tupé engominado en el pelo y arañazos en la cara. El ojo experto del policía lo apreció inmediatamente: eran rasguños poco profundos y parecían recientes. Marr memorizó estos detalles y se fue.

Dos días más tarde, el viernes 6 de enero, el capataz del grupo, Richard Corrins denunció el robo de un par de botas de trabajo marca Wellington de la cabaña-almacén de la compañía de gas. El agente Marr se pasó por allí el lunes día 9.

Corrins mencionó de pasada que uno de los trabajadores del equipo había pasado una temporada en la cárcel acusado de violación. El policía no dudó un solo instante: debía ser el de los arañazos en la cara. El capataz le comentó que éstos eran posteriores al día 2. James Marr preguntó por el nombre del sujeto. «Peter Manuel», le contestó Corrins.

El 12 de enero, el comisario Hendry se entrevistó con Manuel en su lugar de trabajo. Ya había tenido que vérselas anteriormente con la familia Manuel, y procuró que los padres de Peter, Samuel y Bridget, fueran interrogados en su casa al mismo tiempo. Vivían con su hijo en la calle 32 Fourth, en Birkenshaw, una pequeña ciudad a cinco millas de Capelrig Copse.

El comisario le preguntó dónde se hizo los arañazos. Manuel respondió que se los había ganado durante una pelea la víspera de Año Nuevo. También declaró no haber abandonado su casa la tarde-noche del 2 de enero. Adoptó una actitud insolente con el detective, como si quisiera tomarle el pelo. A Samuel Manuel le hicieron las mismas preguntas en su vivienda. Contestó que su hijo estuvo toda la tarde en el domicilio. Bridget Manuel, la madre, no recordaba nada.

La policía se llevó algunas prendas de vestir del sospechoso para someterlas a ciertas pruebas. Pero no dio resultado. El inspector jefe Muncie, quien dos meses antes había estado ocupado con Manuel, confeccionó una lista de las ropas que por entonces poseía. Y en esta ocasión dos prendas no pudieron ser localizadas en su casa: una chaqueta color castaño y un par de pantalones de franela gris. Cuando se le preguntó por ellas se mostró abiertamente hostil, limitándose a comentar que las había regalado.

Las otras líneas de la investigación no condujeron a ninguna parte. Los amigos de Anne Knielands, incluido Andrew Murnin, un miembro del Regimiento de Paracaidistas con quien ella se había citado la noche del 2 de enero, podían justificar su paradero. Este alegó haber celebrado el Hogmanay tan «intensamente» que incluso olvidó la cita.

Unos amigos de la familia Knielands, los Simpsons, vieron a Anne la tarde del 2 de enero salir de su casa a las 6,40 para coger un autobús desde Capelrig Farm, cerca de la arboleda donde fue encontrada más tarde.

Manuel permitió que un periódico local publicase su fotografía con un titular en el que se le señalaba como una de las personas interrogadas en relación con el caso. Apareció el 14 de enero, pero nadie llamó para decir que le había visto en East Kilbride la noche en que Anne Knielands fue asesinada.

El detective

El policía de Lanarkshire que más sospechó de Manuel en relación con el asesinato del campo de golf fue el inspector jefe Wüliam Muncie. Sus caminos se habían cruzado varias veces desde 1946. Ese año el agente le arrestó por allanamiento de morada en Sandyhills. Muncie estaba al corriente de la costumbre de Manuel de merodear por el lugar del crimen y de escapar sin ser visto, a pesar de su llamativo aspecto, cuando se sentía en peligro.

Durante la investigación de una violación ocurrida en 1946, llevó a Manuel a la cárcel, y se dio cuenta de que era un mentiroso empedernido: “Me encontré con que era un mentiroso de tomo y lomo, con esa mirada descarada que caracteriza a los de su clase.» El policía también intervino en el arresto de Manuel en 1955 bajo acusación de asalto sexual. Posteriormente, fue considerado inocente e intentó vengarse de él difundiendo historias entre sus amigos criminales. Les comentó, entre otras cosas, que le había pegado una paliza y fracturado las costillas.

Fantasías

El 7 de diciembre de 1954, Manuel fue a ver al cónsul norteamericano en Glasgow para conseguir la ciudadanía norteamericana. De paso mencionó una supuesta relación con las fuerzas británicas de seguridad y que lo sabía todo sobre un robo de lingotes de oro en el aeropuerto de Londres por valor de 40.000 libras y sobre otro en un banco de Glasgow, en 1954, que representaba 55.000. También dijo conocer algo de la huida de los traidores británicos Guy Burgess y Donald Maclean a la Unión Soviética en 1951.

El cónsul mandó trasladar a Manuel a una base de las fuerzas aéreas americanas situada en Ruislip, cerca de Londres. Allí un agente del FBI llegó rápidamente a la conclusión de que Manuel se lo había inventado todo.

Volvió a Glasgow, donde el comisario James Hendry y el inspector William Muncie le interrogaron por espacio de tres horas. Verificaron su rocambolesca historia de misteriosos hombres y mujeres, de viajes en coches Buick y en camiones, y de cargamentos de oro en barra llevados de contrabando a Irlanda por mar. Los ferrocarriles británicos informaron que Manuel había estado trabajando en su puesto mientras ocurrían las supuestas aventuras y que, por lo tanto, era imposible que hubiera podido tomar parte en ellas.

PRIMEROS PASOS – Siempre problemas

Peter Manuel se metió en líos desde pequeño. Era un ladronzuelo sin amigos que sentía una necesidad imparable de contar mentiras sobre sí mismo.

Peter Thomas Anthony Manuel, bautizado con nombres de santos, nació en el hospital Miserecordia de Manhattan, en Nueva York, el 15 de marzo de 1927. Era el segundo de los tres lujos de la pareja formada por Samuel y Bridget Manuel, quienes emigraron a los EE.UU. en busca de una vida mejor durante la gran depresión de los años veinte.

La familia Manuel intentó establecerse en Detroit, Michigan, donde el padre encontró trabajo de obrero en una fábrica de automóviles y Bridget se empleó de asistenta. Poco tiempo después Samuel enfermó y la familia entró en un espiral de pobreza que la llevó de vuelta a Escocia en 1932. Fijaron su residencia en Motherwell y en 1937 se trasladaron a Coventry, en Inglaterra. Peter Manuel tenía entonces diez años; era un chico de pelo oscuro con acento americano que no terminaba de encajar en el ambiente escolar de Gran Bretaña.

En 1938, allanó una capilla y robó el contenido de la ofrenda. Poco después, en octubre del mismo año, sufrió un período de libertad vigilada por atraco a una tienda y a las cinco semanas se volvió a encontrar ante el Tribunal de Menores por allanamiento de morada. Esta vez le enviaron a un reformatorio.

Desde entonces hasta los dieciocho años, pasó la mayor parte del tiempo en reformatorios y correccionales a causa de una verdadera sucesión de robos y allanamientos. Consiguió escaparse diez veces, pero fue capturado todas ellas. Durante un breve período fuera de estas instituciones, Manuel cometió, a los quince años, su primer acto criminal violento. Tras entrar en la casa de una mujer y robarle el monedero mientras dormía, la golpeó en la cabeza con un martillo.

Al volver a ser detenido, le condujeron a la prisión de Leeds, pero su rabia era y seguiría siendo ingobernable. Le mandaron a un reformatorio de Yorkshire, se escapó, y asaltó sexualmente a una mujer en diciembre de 1942.

Mientras tanto, sus padres habían perdido su casa durante los bombardeos de Conventry (1941), y se trasladaron a Lanarkshire. Su hijo se reunió con ellos en 1946, tras salir del correccional. Tenía dieciocho años, era un poco mas bajo de lo normal, pero no obstante, un muchacho robusto.

Era un chico parlanchín y tenía una imaginación despierta capaz de fantasear o mentir con extremada precisión y detalle al instante; su inventiva se fundamentaba en una clara memorización de lugares, personas y hechos. Habitualmente este don se revelaba cuando hablaba con agentes de policía escamados.

Manuel llegó a desarrollar una cierta habilidad con el lápiz y el papel. Sus dibujos ponían de manifiesto ese interés por el detalle minucioso de las caras de la gente que atestiguaban sus penetrantes ojos negros. También empezó a redactar cuentos cortos en la máquina de escribir que había en casa de sus padres; pero estos pasatiempos no eran capaces de colmar la lujuria que despertaba en él el crimen.

El 16 de febrero de 1946 Manuel forzó la entrada de una casa de campo en la zona de Sandyhius, en Lanarkshire. La policía recibió el aviso y el detective William Muncie registró la casa. El ladrón se escondió en el sótano y sólo asomó la cabeza cuando los agentes abandonaron el chalet, pero el detective Muncie tuvo que volver a entrar y le descubrió.

La policía de Lanarkshire no conocía a Manuel, el hijo de un respetable ex consejero de distrito, pero pronto supo de su interminable carrera criminal al sur de la frontera. Mientras esperaba en libertad bajo fianza la celebración del juicio, asaltó a tres mujeres. Una de ellas, una madre embarazada, fue violada.

La Corte Suprema de Glasgow le sentenció el 25 de junio de 1946 a ocho años de prisión por violación. El juez alabó la habilidad mostrada por el acusado durante el juicio al asumir su propia defensa. Por aquel entonces ya había sido sentenciado a doce meses de cárcel por un total de quince allanamientos de morada.

Manuel cumplió su sentencia en la dura prisión de Peterhead, donde los vigilantes iban armados con carabinas. Consiguió la remisión de la pena y salió en libertad en 1953.

Manuel tenía ahora 26 años, y volvió al crimen inmediatamente. Su estilo no había cambiado, «cazaba» de noche, casi siempre solo, con gran habilidad y cautela. Prácticamente nunca había testigos de sus correrías en la vecindad en que las cometía, pero era torpe respecto a las pruebas forenses, como, por ejemplo, los restos de manchas tras un crimen; profanaba el lugar vaciando botes de comida y «descabezando» cigarrillos.

Tampoco era capaz de resistir la tentación de llamar la atención sobre si mismo, tal como hizo cuando habló con el agente Marr con ocasión de la investigación del caso Knielands.

La novia

Se sabe que a Manuel sólo le importó una chica durante su vida. En el otoño de 1954 empezó a salir con Anne O’Hara, una de las conductoras del autobús que tomaba para ir al trabajo, y la cortejó galantemente, haciéndole regalos como por ejemplo cajas de bombones. Sin embargo, cuando llevaban saliendo dos semanas, la joven recibió una nota escrita a máquina y anónima. Decía que el verdadero padre de Manuel había sido ejecutado en los EE.UU. y que él había espiado al servicio de Gran Bretaña en la URSS.

Ella quemó la nota y le mencionó a Manuel su contenido. «Ah, conozco un hombre capaz de enviarla» , respondió. Después de este incidente, Manuel reprimió esa necesidad de que le creyeran alguien extraordinario. Se despedían con un simple beso al final de cada cita. El 20 de mayo de 1955 se comprometieron. Al acercarse la fecha de la boda, el 30 de julio, la familia de Anne O’Hara averiguó cosas del pasado criminal del novio, y la chica, dándose cuenta de que Manuel lo era todo menos un sencillo muchacho de la localidad, rompió su compromiso.

MUERTE EN FAMILIA – Masacre a escondidas

Aparecen los cadáveres de tres mujeres asesinadas a balazo limpio. Las sospechas se centran en un hombre que declara haber estado de vacaciones, pescando, lejos del lugar del crimen. Otro de los sospechosos vive cerca de la escena del crimen; sus destinos se entremezclarán trágicamente.

En marzo de 1956, dos meses después de la muerte de Anne Knielands, la policía recibió un chivatazo de uno de sus informadores. Se iba a producir un robo en una mina de carbón en Blantyre, una ciudad satélite entre East Kilbride y Birkenshaw, a las afueras de Glasgow. La hora exacta era las 11,30 del día 23 de marzo. Dos ladrones estarían involucrados. Uno de ellos sería Peter Manuel.

Los detectives sabían que éste había cambiado de táctica y se mezclaba con cierta regularidad con otros delincuentes abandonando su estilo de lobo solitario. Cuando Manuel y su cómplice se disponían a forzar la entrada, la policía les estaba esperando. El primero consiguió escapar, pero se rasgó la ropa en unos alambres de espino y posteriormente fue arrestado en su casa y conducido ante el tribunal del sheriff de Hamilton. Obtuvo la libertad bajo fianza y se fijó el juicio para el dfa 2 de octubre.

Faltaban menos de tres semanas para la celebración del juicio, cuando la policía recibió la denuncia de un allanamiento que llevaba la «marca de fábrica» de Manuel. En una casa de Bothwell, un ladrón había desparramado latas de comida por la alfombra y dejado huellas de botas en las sábanas.

La tarde siguiente, el 16 de septiembre, se produjo otro allanamiento similar en una comunidad cercana, High Burnside. Se llevaron una pequeña cantidad de dinero y joyas, del 18 de Fennsbank Avenue. Como en el robo anterior, sobre las alfombras aparecieron latas de sopa y colillas de cigarrillo. También se repetían las pisadas de botas en la ropa de cama.

A la mañana siguiente, el 17 de septiembre, la policía recibió una llamada urgente: debían acudir al número 5 de Fennsbank Avenue, sólo unas cuantas casas más allá del número 18. Era el hogar de la familia Watt.

El dueño, William Watt, propietario de una gran panadería en Glasgow, estaba de vacaciones pescando en Argyll, al oeste de Escocia. En casa se habían quedado su mujer, Marion, quien hacía poco había salido de una difícil operación de corazón, aunque seguía estando débil; la hermana del dueño, Margaret Brown, y la hija de dieciséis años de los Watt, Vivienne.

El 17 de septiembre la señora de la limpieza, Helen Collison, había llegado a la casa a las 8,45. Habitualmente dejaban la puerta trasera abierta para que pudiera entrar, pero esta vez estaba cerrada. Dio unos golpecitos en las ventanas y llamó a los Watt, pero nadie respondió. Las cortinas seguían echadas y en la puerta principal, al lado del picaporte estaba roto uno de los cristales. Mrs. Collison avisó a un vecino que conocía bien a los Watt; después, le pidió al cartero, Peter Collier, que interrumpiese su reparto y entrase en la casa delante de ella.

Dentro encontraron a Mrs. Watt y Mrs. Brown en sus respectivas camas. Las dos habían sido asesinadas por disparos efectuados a bocajarro. En otra de las habitaciones yacía Vivienne Watt. También le habían disparado desde muy cerca, y aún respiraba, pero murió antes de que llegase la ambulancia.

La policía se encontró con la misma «profanación» del número 18 de la misma calle. No habían abusado sexualmente de ninguna de las víctimas y el patólogo confirmó que las tres mujeres murieron durante la noche.

El comisario Hendry se encargó de la investigación. También llevaba el caso, aún sin esclarecer, de Anne Knielands. No pasaron ni veinticuatro horas, a las 2 de la tarde del 18 de septiembre, cuatro detectives se presentaron en casa de los Manuel con una orden de registro. Pero ni la búsqueda en la casa, ni la comprobación de las ropas del sospechoso revelaron nada. Este se negó en redondo a contestar a cualquier pregunta.

Los detectives tenían, no obstante, un posible segundo sospechoso. Era William Watt. Se había despedido de su familia el domingo 9 de septiembre para pasar unas vacaciones pescando en compañía de su perro labrador, Queenie. Su mujer colocó en el coche su pistola por si le apetecía cazar conejos.

Watt condujo hasta el hotel Cairnbaan de Lochgilphead, en la zona oeste de Inglaterra, a unos 45 kilómetros de High Burnside, un poco más allá de Loch Lomond. Ese hotel era su «cuartel general» de pesca desde hacía años.

A la 1 de la mañana del 17 de septiembre, unas pocas horas antes de los asesinatos, le vieron en la ventana del hotel dos hombres del pueblo que le conocían bien. Poco después de las 8, también fue visto conduciendo su coche hacia la costa, para echar un vistazo a la zona de pesca antes del desayuno. A las 11 de la mañana recibió la noticia del asesinato de su esposa, hija y cuñada.

William Watt se derrumbó al oír la noticia. Un hombre de la localidad le acompañó la mitad del camino hasta su casa. La otra mitad la realizó escoltado por un agente de policía de Lanarkshire, el sargento William Mitchell.

Durante la primera parte del trayecto fue recuperando el aplomo. Watt, un ex reservista de la policía, no tenía aspecto de desalentado cuando se encontró con Mitchell en la ciudad de Alexandria. El sargento comentó más tarde: «Creí que iba a acompañar a un hombre con el corazón destrozado, completamente desconsolado … y me encontré con alguien que tenía una curiosa mueca y no derramó una sola lágrima.»

Le interrogaron varias veces en la comisaría. Hasta cierto punto era inevitable considerarle sospechoso, muchos asesinatos son el resultado de riñas familiares y la policía supo, por los rumores de la vecindad, que Watt había tenido amantes.

Los hombres rana de la policía rastrearon las aguas frente al hotel Cairnbaan en busca de un revólver Webley calibre 38. Otros equipos, con perros, investigaron posibles escondrijos en tierra y se realizaron pruebas para comprobar si el presunto sospechoso pudo haber empujado su coche por encima de la gravilla del aparcamiento del hotel sin llamar la atención de los otros huéspedes.

Se estableció la siguiente teoría: Watt se levantó muy temprano la mañana del 17 de septiembre, condujo los 45 kilómetros hasta su casa, llevó a cabo los asesinatos, y regresó a Lochgilphead antes del desayuno. Sin embargo, nadie había visto u oído su coche durante la noche.

Otro de los factores que hacía tambalearse esta teoría era la distancia del viaje. Watt dijo que habitualmente recorría los 45 kilómetros en 2 horas y 15 minutos. Un especialista de la policía consignó rebajar el tiempo en 11 minutos, pero posteriores comprobaciones pusieron de manifiesto que al alba del día 17 de septiembre todo Lochgilphead había estado cubierto por una fina neblina que hubiera alargado el viaje.

Un empleado del embarcadero y un motorista declararon que habían visto a un conductor cuya descripción cuadraba con la de Watt haciendo el recorrido en cuestión a las horas clave. Además, le eligieron en dos ruedas de identificación diferentes. La culpabilidad del sospechoso parecía concretarse. El 27 de septiembre Watt fue arrestado y acusado de los tres asesinatos. Le llevaron a la prisión de Barfinnie, a las afueras de Glasgow.

El 2 de octubre de 1956, Peter Manuel fue sentenciado a 18 meses de arresto en el Tribunal del sheriff de Hamilton por el intento de robo en la mina de Blantyre. Él también fue encarcelado en la prisión de Barfinnie. Allí observó que el arresto de William Watt era el tema de conversación favorito, y a los seis días de estar allí le escribió una carta al abogado de Watt, diciendo que tenía información sobre «uno de los clientes de los que se había hecho cargo recientemente».

Manuel también atormentó al hombre diciendo que conocía la verdadera identidad del asesino de las tres mujeres. Cuando llegó el abogado de Watt, Lawrence Dowdall, el 10 de octubre, Manuel declaró que el «verdadero» asesino le había contado cómo efectuó los asesinatos. Lo relató todo al detalle. Mucho de lo que dijo no se había publicado.

«Oye, Manuel… -le interrumpió Dowdall- tú estuviste allí.»

«No, yo no estuve allí», insistió Manuel; pero se negó a revelar el nombre del «verdadero» criminal y le pidió que se ocupase de su propia apelación.

Manuel fue interrogado por detectives en el interior de la prisión, pero se negó a contestar a las preguntas. Por su parte, los investigadores empezaban a intuir que habían arrestado al falso culpable. Esta duda se reafirmó después de que un informante de la policía dijese que Manuel había comprado ilegalmente una pistola una semana antes de la muerte de la familia Watt. El 22 de noviembre se volvió a registrar el domicilio de los Manuel. Participaron muchos agentes, pero tampoco encontraron pruebas.

A estas alturas, la acusación contra William Watt ya no se tenía en pie. Tras sesenta y siete días en Barlinnie, fue puesto en libertad el 3 de noviembre de 1956. Manuel cumplió su sentencia y salió de la cárcel el 30 de noviembre de 1957.

Tres días antes de ser liberado, éste volvió a escribir a Lawrence Dowdall, el abogado de Watt. Esta vez en relación con «el asunto inacabado referido a la reunión que, según mi conocimiento, fue doblemente desafortunada».

Ambos se reunieron, pero Manuel volvió a negarse a contar a la policía lo que sabía del asesinato de la familia. No obstante, pidió que se arreglara un encuentro con el propio señor Watt.

Este, decidido a averiguar quién era el asesino, accedió. La entrevista tuvo lugar el 3 de diciembre de 1957. Los dos hombres hablaron durante horas, primero en un restaurante de las afueras de Glasgow, después en un bar, y finalmente en la casa del hermano de William Watt, John Watt.

Esta vez Manuel soltó el nombre del supuesto asesino. Acusó a Charles Tallis, un hombre al que conocía y que tenía un largo historial criminal. Y volvió a contar la forma en que éste le había descrito los asesinatos.

«Usted sabe demasiado de la casa para no haber estado en ella», dijo Watt. Manuel lo negó sin más.

Algo más tarde, durante la misma conversación, el hombre se decidió a decir lo que pensaba a las claras: «Si yo sospechara que usted tuvo algo que ver con los asesinatos, le haría añicos con mis propias manos.»

Manuel se irguió y contestó: «Nadie le habla así a Peter Manuel.» El encuentro terminó sin poder llegar a ninguna conclusión. Durante un tiempo, Manuel perdió el interés por lo que él llamaba «los horrores» y «la tragedia de Burnside».

Llamar la atención

Manuel estaba decidido a que la policía se fijase en él mucho tiempo antes de que se sospechara su intervención en los asesinatos de Anne Knielands y los Watt. Deseaba llamar la atención aun a costa de su vida. En 1955, fue considerado inocente de un ataque sexual y poco después empezaron a llegar cartas a la jefatura de policía de Lanarkshire. Unas contenían información falsa sobre el mundillo criminal, otras inculpaban a agentes con nombres y apellidos.

Algunos oficiales veteranos estaban convencidas que la autoría de las cartas correspondía a Peter Manuel. En una ocasión, éste entró de sopetón en la jefatura del Departamento de Investigación Criminal y acusó al comisario Hendry de cometer perjurio durante el juicio que se siguió contra él por violación en 1946. También añadió que podía informar sobre dos asesinatos, ocurridos ambos a las afueras de Lanarkshire. Resultó que todo lo que contaba era un puro infundio. Por los motivos que fuera, estaba claro que Manuel deseaba fervientemente que la gente se fijase en él.

Apto para ser juzgado

Durante los años en que Manuel dejó tras de sí un rastro de terror surgieron dudas sobre su salud mental. Antes del juicio por asalto sexual, celebrado en octubre de 1955, las autoridades competentes pidieron que se le efectuase un examen psicológico. El doctor de la prisión de Barlinnie, donde estaba encerrado, consideró que estaba sano y era apto para ser juzgado. Años más tarde, el por entonces comisario jefe, William Muncie, admitió que en 1955 «tenía serias dudas respecto al estado mental de Manuel».

El policía temía que éste pudiera «zafarse» de la acusación de asalto sexual y quedar libre, en vez de ser apartado de la sociedad. Muncie convenció a la fiscalía para que se indagase más a fondo su estado mental. Esta vez llamaron a uno de los mejores psiquiatras de Scotland Yard y su dictamen fue que Manuel estaba perfectamente cuerdo.

PUNTO DE MIRA – Coto de caza

Los asesinatos de Manuel ocurrieron en la zona de un reducido grupo de poblaciones bien vigiladas por la policía al sudeste de Glasgow. Era un área que el homicida conocía al dedillo, tanto de noche como de día. Algunas veces se arriesgó innecesariamente, pero fue lo suficientemente hábil para eludir su captura durante dos años.

ASESINATOS FINALES – La carnicería de Año Nuevo

Una serie de asesinatos se produjeron en la época del Año Nuevo de 1958. La policía ha aprendido a imitar la astucia del criminal y está a la espera, acechando al asesino hasta tener pruebas concluyentes contra él.

A las 10 de la mañana del domingo 29 de septiembre de 1957, Willam Cooke, un ingeniero de la construcción que vivía en la ciudad de Mount Vernon, denunció a la policía local la desaparición de su hija Isabelle, de diecisiete años. Cooke explicó que la noche anterior salió a bailar, y que no había vuelto. Añadió que el teléfono de su casa, en el número 5 de Carrick Drive, estaba temporalmente estropeado y no podía recibir llamadas; por tanto, cabía la posibilidad de que su hija se hubiera quedado a dormir en casa de algún amigo.

Al mismo tiempo que realizaba algunas comprobaciones de rutina, la policía rastreó el cercano río Calder. Uno de los zapatos y el bolso de la chica se encontraron en las aguas de un pozo minero inundado. También aparecieron otros efectos personales, pero ni rastro de la adolescente de pelo oscuro.

Se organizó un equipo especial bajo el mando del inspector detective John Rae. El comisario Hendry, que aun mantenía sin cerrar el caso Knielands, se jubiló el mismo día en que desapareció Isabelle Cooke.

El inspector jefe Muncie era uno de los que estaban investigando la desaparición y probable muerte de Isabelle. El día 6, lunes, era él quien dirigía las pesquisas en el pozo de aireación minero donde se recuperaron los efectos de la muchacha.

Al levantar la mirada vio que el jefe de Lanarkshire, John Wilson, estaba a su lado.«Tres personas han sido asesinadas a tiros en una casa de Uddingston», le dijo. Muncie pensó para sus adentros: «Territorio de Manuel…»

En el número 38 de Sheepburn Road, Uddingston, la policía encontró los cuerpos de Peter Smart, el gerente de una compañía de Glasgow dedicada a la ingeniería civil, de su esposa, Doris, y de su hijo Michael, de once años. El domicilio de la familia era una casa de campo construida en 1954. Nadie reparó en que algo le podía haber ocurrido a la familia hasta que Smart no apareció por su trabajo la mañana siguiente.

Al reconstruir la última semana en la vida de los Smart, la policía se dio cuenta de que la familia tenía la intención de visitar a un viejo amigo, William McManus, en Dumbarton, la víspera de Año Nuevo.

Pero no llegaron a hacerlo, y ni siquiera llamaron para felicitarle las fiestas, tal como tenían por costumbre.

El 3 de enero, McManus pasó por Uddingston y dejó una nota en la casa de sus amigos, ya que le pareció que se encontraban fuera.

El 6 de enero, dos compañeros de trabajo de Smart, Alexander McBride y William Blackwood, se acercaron a Sheepburn Road. Era muy raro que no hubiese avisado a la empresa de que se encontraba indispuesto, o de que no podía asistir al trabajo por la razón que fuera. Se toparon con el gato de la familia en el jardín y los vecinos apenas pudieron ofrecerles información que despejase sus dudas. Pero los dos hombres percibieron una sensación extraña en la vecindad en relación con los Smart. A las 9,40 de la mañana fueron a la comisaría de Uddingston.

Un poco después, a las 11, el sargento Frank Hogg y el agente John Thomson forzaron la entrada de la casa y penetraron en la misma. El sargento Hogg encontró a Peter y Doris Smart en el dormitorio, y al hijo de ambos, Michael, en su cama. A los tres les dispararon a bocajarro.

Había cartas en la puerta con matasellos del 31 de diciembre al 3 de enero, todas cerradas. Las cortinas de los cuartos que daban a la calle estaban abiertas; las de los dormitorios, en la parte posterior de la casa, estaban corridas. En la pequeña cocina alguien había abierto una lata de salmón dejando que se pudriese el contenido.

El pánico cundió en la región. Los asesinatos de la familia Smart y la presumible muerte de Isabelle Cooke estaban separados por menos de dos años de las muertes de Anne Knielands y la familia Watt.

Dos veteranos policías de Glasgow, el detective Alex Brown y el inspector Tom Goodafi, fueron asignados al caso de Lanarkshire. Esta vez las pistas surgieron rápidamente.

El banco de Peter Smart confirmó que la víspera de Año Nuevo había sacado 35 libras en billetes de cinco con números de serie consecutivos. La familia había muerto en las primeras horas del día 1 de enero. No se encontró ni rastro del dinero en la casa; por tanto, el asesino debía haberlo robado.

Y también surgió una pista «psicológica» del asesino fácümente deducible de las declaraciones de los vecinos. Durante los cinco días en que la familia permaneció muerta en el interior de la casa, en distintas ocasiones las ventanas se abrieron y cerraron, y las luces se encendieron y apagaron. Luego el asesino estuvo en la casa, o bien había vuelto a ella furtivamente varias veces.

El inspector Muncie recordaba el día en que, once años antes, arrestó a Manuel en Sandyhills. Aquella vez el policía había vuelto para completar el registro, y le sorprendió mientras salía de un escondite del sótano. Muncie se hizo esta pregunta: ¿sería Manuel capaz de desafiar al peligro hasta el extremo de volver a la casa en la que previamente disparó contra tres personas?

Las últimas dudas del inspector se desvanecieron después de escuchar los informes de un chivato llamado Joe Brannan, un tipo que se había ganado la confianza de Manuel durante un robo que ambos llevaron a cabo en 1956. Al primero le detuvieron mientras que el segundo escapó; pero Brannan se negó a revelar el nombre de su cómplice a la policía.

Durante la semana en que se recobraron los efectos personales de Isabelle Cooke del río Calder, y en que ocurrieron las muertes de los Smart, el chivato mantuvo un estrecho contacto con Manuel. Cada palabra de éste llegó a oídos de la policía.

Según contó Brannan, en los días en que la policía dragaba el río Calder, Manuel comentó: «Lo único que encontrarán ahí son cosas que les van a despistar…», y el chivato añadió que las noticias sobre la masacre de la familia Smart provocaron una resonante carcajada en el presunto asesino. Brannan también declaró que Manuel parecía estar sin blanca en la víspera de Año Nuevo, y que, a pesar de eso, estuvo tomándose un montón de copas los días posteriores. Se hicieron, pacientemente, comprobaciones en sus pubs habituales. Se consiguió recuperar algunos de los billetes con los que Manuel había pagado y se compararon con los billetes que el Banco Comercial le entregó a Smart.

A Manuel le parecía previsible un nuevo registro de su casa y todo estaba preparado. Pero los detectives cambiaron de táctica; conocían su astucia y decidieron jugar sus mismas cartas.

A todo ello se sumó la declaración de un vecino de Uddingston, John McMunn. Dijo que alrededor de las 5,45 de la madrugada del 4 de enero, él y su mujer se despertaron y vieron la cara de un hombre con la mirada trastornada en la puerta de su dormitorio. «¿Dónde está la pistola?», dijo McMunn de improviso. «Aquí está…», gritó su mujer. El engaño funcionó: el intruso escapó corriendo.

A las 6,45 de la mañana del 14 de enero la policía se presentó en el domicilio de los Manuel, en Birkenshaw. El grupo lo formaban seis detectives veteranos y una mujer policía. Peter Manuel se había quedado dormido en un sofá-cama del salón porque la familia tenía invitados. Mientras que su padre leía la orden de registro, el sospechoso se puso impertinente.

Le informaron de que debía acompañar a los agentes a la comisaría de Bellshill, y replicó: «Vamos, aún no han encontrado nada de nada. No me pueden llevar…» Se vistió, se bebió una taza de té que le preparó su madre y abandonó la casa en compañía de los detectives.

A las 11,10 de la noche del mismo día, en la comisaría central de Lanarkshire, Peter Manuel fue acusado de asesinar a la familia Smart, y de allanar la casa de los McMunn. No contestó ni una sola palabra.

El taxista

El 8 de diciembre de 1957, cinco días después del encuentro entre Manuel y William Watt a las afueras de Glasgow, se encontró muerto a tiros a un taxista en el norte de Inglaterra. El conductor, Sydney Dunn, de treinta y siete años, tenía su parada en la estación de ferrocarril de Newcastle. Otro taxista vio cómo abandonaba la estación a las 4,30 de la fatídica y fría mañana con un cliente a bordo.

El taxi abandonado fue localizado alrededor del mediodía cerca del pueblo de Edmundbyers. El conductor fue arrastrado fuera del vehículo hasta un terreno pantanoso cercano. Le habían disparado a quemarropa con un revólver del calibre 38 y después le seccionaron la garganta. Sus efectos personales estaban desparramados a su alrededor. El asesino destrozó las ventanillas y los faros del taxi.

Se sabe que Manuel tuvo una entrevista de trabajo en una empresa de Newcastle el 6 de diciembre. Pero ningún jurado tomó en cuenta la posible relación entre el asesinato y Manuel hasta que no se cerraron los casos de Glasgow.

DEBATE ABIERTO – Inadaptado y destructivo

Peter Manuel pasó su juventud en diferentes instituciones de reeducación, pero no consiguieron influir en un adolescente para quien actuar furtivamente se había convertido en un medio de vida.

En la década de 1930, muchas autoridades penales reconocieron que mandar a los jóvenes criminales a la cárcel era contraproducente. Se insistió en la construcción de reformatorios y correccionales en donde se daría una segunda oportunidad a muchachos delincuentes incorregibles del estilo de Peter Manuel, para así reintegrarse como adultos civilizados a la sociedad.

Barman dice lo siguiente en su ya clásica obra, El sistema de correccionales inglés (1934): “El fin es educar y enseñar al joven delincuente individual de forma que sea capaz de resistir la tentación y se incline a llevar una vida honesta, honrada”.

Manuel pasó prácticamente todo el tiempo entre los once y dieciocho años en correccionales y reformatorios. Se escapó diez veces, le volvieron a coger otras tantas, y cuando finalmente le soltaron se dedicó a cometer los crímenes más horribles.

Sin embargo, una investigación exhaustiva realizada en los años cincuenta reveló que el número de rehabilitaciones era bastante elevado. En su libro 500 chicos de correccional (1954), A. G. Rose, le siguió la pista a las vidas de los delincuentes juveniles que abandonaron las instituciones durante la Segunda Guerra Mundial.

Más de trescientos se alistaron en el ejército; la mitad de ellos nunca volvieron a cometer un acto criminal. Otra respetable cantidad cometió sólo delitos ocasionalmente. Pero la proporción de los que regresaron a la senda del crimen era más alta entre los que se reintegraron a la vida civil.

Los correccionales de la época hacían hincapié en procurar que los muchachos se autogobernaran; ponían a su disposición instalaciones deportivas, y les daban un dinero de bolsillo según el trabajo que desempeñaban en la institución. El buen comportamiento se valoraba en función de la respuesta que daban a las actividades realizadas en grupo. El sistema no parece haber sido muy indicado para un tipo solitario como Manuel. De chicos como él se tenía la opinión de que eran muy difíciles porque no encajaban en el molde del sistema.

En 500 chicos de correccional, A. G. Rose comenta, «Si hay algunos muchachos que representan tal problema para las instituciones de reeducación que retrasan la recuperación de los demás.» Acto seguido admitía que el sujeto «que presentaba dificultades de integración» solía tener un elevado coeficiente intelectual.

Los directores de los correccionales intentaban descubrir los caminos adecuados para guiar los impulsos de los chicos hacia comportamientos respetuosos con la ley, pero que asimismo resultasen atractivos. El problema de Manuel era que nunca podría haberse integrado en un sistema abiertamente jerarquizado.

Incluso después del asesinato de Anne Knielands, cuando resultaba de vital importancia no llamar la atención, fue incapaz de «encajar» en el grupo de trabajadores de la compañía del gas. Tenía que sobresalir de alguna manera. Los grupos con estructura autoritaria le constreñían y disminuían su yo.

Parece que el tipo de reformatorio existente en aquella época, si bien consiguió rehabilitar a muchos jóvenes, no hizo más que agravar los problemas de personalidad que sufría.

LA CONFESIÓN – Jugándose la vida

La policía presiona a Manuel hasta que se derrumba. Cuenta la historia de sus grotescos crímenes y descubre el escondite del cadáver de una de las primeras víctimas. Mientras, en secreto, planea burlar la ley.

Encerrado en su celda, Manuel fue abandonado a la soledad. Durante ese tiempo no sólo rumiaba sobre su propio destino, el de su padre también pesaba sobre su conciencia. Un detective le comunicó que éste había sido arrestado y estaba bajo custodia policial en la prisión de Barlinnie acusado de ocultar bienes robados.

La policía había encontrado un par de guantes de lana y una cámara fotográfica Kodak en el 32 de Fourth Street. Uno de los agentes recordó que esos objetos aparecían mencionados en un informe policial. Habían sido sustraídos de una casa en Mount Vernon tres días antes de la desaparición de Isabelle Cooke. Samuel Manuel intentó proteger a su hijo declarando que los había adquirido en un mercado.

Inmediatamente después del arresto, Manuel fue sometido a una rueda de reconocimiento y varios testigos le señalaron: era el cliente que pagó sus copas con los billetes de banco de Peter Smart. El detenido, sin embargo, dijo que esos billetes los había recibido de un tendero de Glasgow, Samuel McKay. Este enfureció al enterarse y declaró, a su vez, que él había visto a Manuel con una pistola automática Beretta en diciembre.

A las 12,30 de la mañana siguiente Manuel pidió entrevistarse con el inspector Robert McNeill, uno de los jefes de la investigación del asesinato de los Smart y éste se encontró con el detenido en la celda a las tres de la tarde acompañado del inspector detective Thomas Goodall. Manuel les ofreció un trato. Si soltaban a su padre ayudaría a la policía a resolver algunos asesinatos oscuros. El policía se negó.

«Traigan a mi padre y a mi madre -prosiguió Manuel-, quiero hablar con ellos en presencia de ustedes. Una vez que se lo haya contado todo y haya descargado mi conciencia, se los podrán llevar, y yo les diré dónde está enterrada la chica de los Cooke.»

Los detectives le preguntaron si deseaba ser asistido por un abogado. «Quiero hacer esto yo solo -replicó-. Lo pondré todo por escrito.»

Llevaron a Manuel al despacho de un comisario y comenzó a escribir una carta dirigida al inspector McNeill. Repetía la oferta de esclarecer los asesinatos a cambio de la libertad de su padre. «Los crímenes a los que me refiero más arriba son delitos de homicidio», escribió. La carta estaba firmada Peter T. Manuel. La releyó y pareció no satisfacerle del todo, de modo que redactó otra versión.

La segunda misiva se refería concretamente a los asesinatos que se ofrecía a esclarecer: Anne Knielands, las familias Watt y Smart, e Isabelle Cooke. McNeill leyó la carta, pero no pareció impresionarle en demasía. Después le dijo a Manuel que su oferta requería la aprobación de autoridades superiores. Pero Manuel ya estaba a punto, no podía esperar más para soltar lo que llevaba dentro.

Empezó hablando del asesinato de los Smart. Sin el más mínimo síntoma de arrepentimiento relató la muerte de Doris y Peter Smart; al llegar al asesinato del pequeño Michael (once años), dijo: «Creí que en la cama había un hombre.» Manuel hablaba con mucha tranquilidad, sin traicionar el frenesí que debió sentir en el momento de apretar el gatillo. Incluso se detuvo en algunos detalles banales: «Después fui al salón y me comí un puñado de galletas de una bandeja que había sobre el aparador…» Terminó declarando que la pistola la tiró al río Clyde.

Entretanto, trasladaron a sus padres a Hamilton. Por primera vez, Manuel dio muestras de tener remordimientos. Tanto Samuel como Bridget eran profundamente religiosos. Manuel le preguntó a su padre por qué había intentado protegerle con lo de la cámara y los guantes. Finalmente, les confesó: «Yo no tengo futuro. He hecho algunas cosas terribles. Maté a la chica de los Knielands y disparé contra las tres mujeres de la casa de Burnside.»

Luego continuó describiendo cada uno de los ocho asesinatos antes de que sus padres se fueran. Samuel Manuel volvió a la prisión de Barlinnie; se levantó la acusación que pesaba sobre él al poco tiempo.

Hacia la medianoche, el presunto homicida llevó a los detectives a un campo arado en Mount Vemon, y localizó el lugar exacto que buscaba. Una vez allí indicó a la policía que cavando superficialmente encontraría el cuerpo de Isabelle Cooke. A primeras horas del día 16 de enero fue desenterrada.

A las 4,15 de la tarde el detenido empezó a redactar una declaración en la que confesaba haber cometido los ocho asesinatos. Le llevó hasta las 6,15, y empleó cinco folios.

Tras un breve descanso, Manuel acompañó a la policía al río Clyde. Mostró el lugar desde donde había tirado al agua el revólver Webley calibre 38. Era el arma utilizada en los asesinatos de la familia Watt. Allí mismo se había desecho también de la Beretta con la que asesinó a los Smart. Sus recuerdos eran muy precisos; la policía recuperó las dos pistolas.

El 18 de enero condujo a los agentes a un río conocido bajo el nombre de Rotten Calder. Les enseñó una barra de hierro en la orilla: era la pieza de metal con la que mató a Anne Knielands.

Un hombre llamado James Platt, vecino de la familia Smart, aportó pruebas aún más significativas. Habían forzado y robado su casa poco antes de los asesinatos de la familia Watt, y unos días después su esposa encontró dentro de una raja del colchón de su cama una bala calibre 38 y un reloj de pulsera.

Los expertos en balística confirmaron que la bala fue disparada por la misma arma que se utilizó en casa de los Watt. Este descubrimiento libró, finalmente, a William Watt de toda sospecha. El propietario de la pistola en cuestión era a todas luces de Manuel. El allanamiento de la morada de los Platt mostraba, además, todas las trazas de un trabajo «a lo Manuel»: comida enlatada desparramada y una colilla de cigarrillo en la alfombra.

La inicial cooperación del detenido con la policía se trocó en una actitud de desafío cuando empezaron a amontonarse contra él las pruebas. Pocos detectives se mostraron sorprendidos cuando dijo que iba a negar su confesión. Después, Peter Manuel fue aún mucho más lejos.

Los abogados de oficio, asignados de forma obligatoria, le explicaron que para los casos de los asesinatos de los Watt y Smart iban a recurrir a un tipo de defensa conocida bajo el nombre de «Impeachment».

El «Impeachment» no se había utilizado ante un tribunal escocés desde hacía más de cien años. Consistía en que, desde el estrado utilizado para la declaración de los testigos, Manuel debía señalar a personas con nombres y apellidos de haber cometido los crímenes por los que le acusaban a él.

Indicios de culpabilidad

Mientras esperaba el juicio, Manuel volvió a encontrarse cara a cara con quien le había perseguido durante tantos años: el inspector William Muncie. El detective contó más tarde que al entrar en la celda halló al recluso tendido sobre el camastro de madera y ataviado con el típico uniforme de la prisión.

Manuel se levantó y se comportó educadamente. El policía comentó después que quisiera haber estado al frente de la investigación sobre la muerte de Anne Knielands. De esa manera podría haber conseguido atraparle antes de que murieran más personas, e incluso habría salvado la vida del propio Manuel, ya que la probable condena no hubiera sido de muerte.

El prisionero fue relajándose poco a poco. «Por favor, créame… -dijo Manuel-, yo no sabia que era un muchachito. Yo no hubiera disparado contra un niño en la casa de los Smart.»

Las pistolas

En septiembre de 1956, Manuel pagó cinco libras por el revólver Webley, calibre 38, que utilizó días más tarde para asesinar a los Watt. Se lo compró a un hombre de Glasgow, Peter Hamilton. Este adquirió el arma como pequeña inversión y nunca la había utilizado. Anteriormente, en 1951, había “tomado prestada” la pistola de un ordenanza militar del pabellón de oficiales de la RAF en Doncaster.

Manuel consiguió la Beretta pocos días antes de usarla, como en el caso anterior. En la Navidad de 1957 se enteró de que un compañero convicto, Robert Lowe, la guardaba en su alojamiento. Manuel esperó que éste saliera de la casa y después fue a ver al dueño del inmueble. Le dijo que su amigo le había autorizado para recoger un paquete. Así recibió la pistola, envuelta en papel marrón.

MENTE ASESINA – Incapaz de amar

Manuel era incapaz de mantener relaciones normales con una mujer, parecía obtener mayor satisfacción sexual atacándolas furtivamente.

Peter Manuel era un asesino que experimentaba una mórbida y excitante sensación de poder gracias al hecho de matar. Esta sensación se convirtió en algo tan importante para él, que el medio de alcanzarla, la violencia salvaje, terminó por autojustificarse. Sólo expresó una vez en su vida un cierto remordimiento en relación con un crimen: cuando le contó a la policía que había asesinado a Michael Smart, un «chiquillo», porque le confundió con un hombre adulto.

Muy pocos datos de la juventud y adolescencia de Manuel dan luz sobre su carácter. A los once años ya era un ladronzuelo, y desde aquel momento su carrera criminal se volvió incontrolable.

Mientras que otros muchachos se aplicaban en la escuela, aprendiendo algún oficio y saliendo con chicas, él sólo conoció la compañía de hombres durante el tiempo que pasó en reformatorios y correccionales.

Cuando salió de aquel mundo se hizo patente que carecía de paciencia y era incapaz de dedicarse con intensidad a la actividad que fuese. Necesitaba escapar de las calles, monótonas y aburridas, que le rodeaban. Pero nunca se puso a trabajar en firme para conseguirlo.

No aplacó su impaciencia con el dibujo ni con la redacción de cuentos cortos porque no le proporcionaban una sensación inmediata de poder. En su libro, Rebelde sin causa, Robert Lindner escribe lo siguiente: «El psicópata, al igual que el niño, es incapaz de retrasar una sensación de placer gratificante: este rasgo es una de las características fundamentales. No puede esperar la gratificación erótica que ha de ir precedida, antes de realizarse, de los prolegómenos que las convenciones sociales establecen: ha de violar. Es incapaz de esperar hasta que el prestigio social se vaya desarrollando: sus ambiciones egoístas le impulsan a querer ocupar la primera página de los periódicos gracias a actuaciones temerarias.»

Algunos escritores han llamado la atención sobre el factor de que Manuel no procedía de un entorno inestable. Sus padres eran gente sana y buena, creyentes convencidos. Su hijo poseía lo necesario para alcanzar metas más merecedoras. No obstante, Samuel, el padre de Peter, lo protegía en exceso. Incluso permitió que le acusaran del robo de ciertos objetos antes de abandonarle.

Parece que muy pocas personas intentaron «someter» ese sentimiento de violenta necesidad de poder de Manuel. El 30 de julio de 1955, justo el día en que supuestamente debería haberse casado con su novia, Anne O’Hara, asaltó a una mujer de veintinueve años, Mary McLauchlan, en un prado cercano a su casa de Birkenshaw.

La víctima, aunque aterrorizada, dominó sus nervios. Se quedó quieta y callada mientras él la amenazaba con un cuchillo y ambos oían cómo hablaban entre si los agentes de policía que habían sido alertados por los gritos de la mujer. Al cabo de una hora cesó la búsqueda; entonces Manuel le dijo que iba a matarla. Miss McLauclan no fue violada, pero hubo de soportar las tentativas del asaltante. Todo terminó cuando ella le preguntó cariñosamente si tenía algún problema.

«Estoy borracho. No sé lo que hago. Simplemente sentía que tenía que matar a alguien», contestó Manuel. Estuvieron hablando sentados el uno junto al otro en la oscuridad durante largo rato. Él le contó su versión del compromiso que había roto con su novia, y ella con paciencia consiguió hábilmente relajarle la tensión. Después, el hombre sacó la navaja de su bolsillo, jugueteó con ella unos momentos, y finalmente la tiró lejos. «Ya está, la tiré», concluyó.

Con increíble ironía, Manuel le propuso a la chica quedar con ella en su casa. «Si quiere la puedo acompañar a la comisaría ahora mismo y les contaré lo que he hecho. Nunca he hecho nada como esto antes». Miss McLauchlan contestó que no tenía intención de denunciarle a la policía y la astucia le salió bien. Llegó a su casa sana y salva. Al día siguiente fue a denunciar lo ocurrido a la comisaría. Manuel, sin perder la compostura y muy bien vestido, se defendió a sí mismo ante el tribunal, y fue absuelto.

Lo que le impedía hacer amistades, y así desviar su atención de los problemas que presentía, aún no está claro. Lo que sí lo está es que era una criatura noctámbula. Los ambientes oscuros le iban bien; la charla con Miss McLauchlan tuvo lugar por la noche en un campo.

Asimismo, parece que no allanaba las casas para enriquecerse con el probable botín. Algunas veces, los resultados no pasaban de unas cuantas libras. Lo que le importaba es que le diesen una palmadita en la espalda por lo listo que era teniendo alborotada a toda la policía a causa de sus crímenes.

Al final, la necesidad que tenía Manuel de hacer gala de su «poder» -los engaños a la policía, las confesiones, su propia defensa ante el tribunal- acabó por destruirle.

Regreso a la escena del crimen

Manuel estaba fascinado con la escena de sus crímenes. Regresó a la casa de los Smart en Uddingston a pesar de ser uno de los sospechosos del asesinato. Así se jugaba la vida. Manuel no habló con nadie sobre lo que hizo o sintió mientras estuvo esos días en la casa junto a sus víctimas. Su confesión escrita en la prisión de Barlinnie no contiene más que hechos. No dice una sola palabra sobre su estado de ánimo.

Es posible que Manuel, al igual que el asesino de Muswell Hill, Dennis Nilsen, sintiera las cosas más profundamente rodeado de muertos que de vivos. Era un hombre que nunca creyó realmente en sus posibilidades de encontrar la felicidad o el éxito. Su único romance «normal» fue destruido por su reputación criminal.

En la época en que mató a los Smart, quizá ya sabía que el juego estaba a punto de acabar. O quizás aún trataba de “jugar” con la ley. Ser más listo que la policía y los jueces le proporcionaba placer, especialmente cuando conseguía escapar de los agentes ante sus propias narices.

EL JUICIO – Autodefensa

Durante el ajetreado juicio, Manuel hizo gala de las dotes que nunca utilizó «legalmente». Declara, inventa, acusa, suplica…. en un intento de ganarle la mano a la fuerza de los hechos, y triunfar sobre aquellos que estaban destinados a juzgarle.

El juicio por asesinato contra Peter Manuel se inició ante el Tribunal Supremo de Glasgow el lunes 12 de mayo de 1958, y duró dieciséis días. La acusación corrió a cargo de M. G. Gillies. A Manuel lo representaba el abogado Harold Leslie y el jurado estaba compuesto por nueve hombres y seis mujeres.

Peter Manuel fue acusado de diversos delitos de robo, y de los asesinatos de Anne Knielands, Isabelle Cooke, y Peter, Doris y Michael Smart.

Si resultaba culpable, le condenarían a muerte. El juicio reunió en la sala a periodistas de todo el mundo. El acusado, como de costumbre, apareció ante el público y los medios de comunicación pulcramente vestido: chaqueta negra, pantalones y camisa grises, y una corbata azul. En el banquillo daba la impresión de tranquilidad y equilibrio interior. Ni huella del salvajismo asociado a la acusaciones.

Manuel se declaró inocente de todos lo cargos. Se oyeron algunos murmullos en la sala cuando el secretario del Tribunal anunció que se solicitarían «defensas especiales» en relación con alguno de los cargos. Una de ellas consistía en una coartada referente asesinato de los Smart y la otra, a la acusación de William Watt (Manuel acusaría a éste de asesinar a su propia familia).

La acusación tardó dos días en describir los ocho asesinatos. El tercer día, el abogado de Watt, Lawrence Dowdall, relató sus entrevistas con el acusado.

El propio Watt fue llamado a declarar como testigo el cuarto día. El abogado defensor de Manuel, Mr. Grieve, tenía ante sí una difícil tarea. Intentó demostrar que Watt podía haber disparado efectivamente contra su familia. Pero éste rechazó con éxito todas las acusaciones.

El séptimo día, el inspector McNeill subió al estrado. Mr. Leslie inició la defensa de Manuel repasando las declaraciones que éste había hecho a la policía tras su detención.

«Lo que estoy sugiriendo es que la policía provocó el hundimiento nervioso del acusado -concluyó Leshe-, si no, ¿cómo explicaría usted su conducta?»

«Me temo que soy del todo incapaz de explicar las acciones del acusado», respondió McNeill.

Se produjo un descanso en la vista. Los testigos y el jurado se retiraron de la sala mientras el juez decidía sobre la petición de no considerar admisibles como prueba las declaraciones hechas por Manuel ante la policía. La defensa mantenía que se habían conseguido por la fuerza. El juez, Lord Cameron, decidió que los testimonios verbales y escritos del acusado fuesen oídos en vista pública.

Al día siguiente, Manuel despidió a su abogado. Con la mayor confianza en sí mismo y ese olfato que tenía para elegir el momento más dramático, consiguió que gran parte de las pruebas fueran revisadas de nuevo.

Uno de los primeros en volver al estrado de los testigos fue William Watt. Por lo tanto, se procedió de nuevo según las normas del «Impeachment». Y aquí es donde Manuel dio buena prueba de su habilidad y astucia.

«¿Recuerda usted -le preguntó a Watt-, que cuando me contó que mató a su hija pequeña le faltó muy poco para pegarse un tiro?»

«No», contestó el testigo.

«¿Recuerda cómo me describió la forma en que mató a su mujer?»

«Nunca lo hice», repitió Watt.

Manuel utilizó sus conocimientos de lenguaje jurídico para causar no poca impresión ante el Tribunal. En muchas ocasiones fue capaz de apuntarse inteligentes tantos que hubiesen pasado desapercibidos a abogados sin experiencia. Se volvió a llamar a declarar a McNeill. Fue interrogado sobre la decisión de sospechar en primer lugar de Watt, y no de Manuel, en relación con los asesinatos de su familia.

«¿Fui eliminado en la época de los asesinatos de los Watt?», preguntó Manuel.

«Sólo puedo expresar una opinión», replicó McNeill.

«¿Qué opinión es ésa?»

«…Yo sospechaba especialmente de usted sin excluir a otras personas», respondió el inspector.

«¿Detuvo usted a Watt?»

«Sí…»

«¿Estuvo arrestado durante dos meses? »

«Sí.»

Manuel se concentró en cubrir con la sombra de la duda la credibilidad de los testigos en pequeños detalles. El compañero de McNeill, Goodall, confirmó que era de noche cuando encontraron el cuerpo de Isabelle Cooke.

«¿En qué mano sostenía usted la linterna?», preguntó Manuel.

«No llevaba linterna…», contestó Goodall.

«Entonces… ¿Cómo podía usted ver si estaba tan oscuro?, dijo Manuel envuelto en un aura de triunfo.

Lord Cameron permitió que el acusado se defendiese sin ponerle cortapisas. Cuando le fue posible, incluso le ayudó. El juez solicitó de la madre de Manuel, Bridget, que repitiese ante el jurado algunas declaraciones penosas, pero que favorecían a su hijo.

En su alegación final -tras la realizada por la acusación- Manuel presentó al jurado una compleja serie de coartadas, insistió en sus acusaciones contra William Watt, y sostuvo que Peter Smart le había comprado a él una pistola. Según Manuel, Smart le había dado la llave de su casa para encontrarse con un «contacto» en ella. Entró en la casa y se encontró con la familia asesinada. Repitió que la policía estaba de acuerdo con Watt para tenderle una trampa.

«¿Eso llegaría al nivel de una conspiración para asesinarle a usted?, preguntó el juez.

«Exactamente, señor juez, ésa es la pretensión», contestó Manuel.

Lord Cameron, al resumir el juicio, comentó: «El acusado ha llevado su defensa con una habilidad digna de elogio.» Continuó diciendo que dejaría a la opinión del jurado la posible consideración de alguna causa de desarreglo mental que pudiera rayar en la locura. Esto habría permitido al jurado condenar a Manuel por «homicidio culpable», lo que no lleva aparejada la pena de muerte, en vez de por «asesinato». «Por mi parte -concluyó Lord Cameron- no sé si existe siquiera una mínima posibilidad que nos permita llegar a semejante conclusión.»

El jurado tardó solamente dos horas y veinte minutos en llegar a un veredicto. Manuel fue considerado culpable de seis asesinatos referentes a las familias Watt y Smart, y de homicidio en el caso de Isabelle Cooke. En el sentido propuesto por el juez, fue declarado inocente del asesinato de Anne Knielands por falta de pruebas.

Lord Cameron le condenó «a morir en la horca: que así se cumpla». El acusado permaneció en silencio mientras sostenían un instante sobre la cabeza del juez el sombrero negro y triangular que simbolizaba la sentencia condenatoria.

La ejecución se fijó para el 19 de junio en la prisión de Barlinnie. Manuel apeló, y con ello pospuso automáticamente la fecha. Pero esta vez prefirió no defenderse a sí mismo.

Su nuevo abogado, R. H. McDonald, se centró en la decisión del juez Cameron de admitir los testimonios de Manuel como pruebas. La defensa argumentó que la detención y posterior liberación de Manuel equivalía a «inducción». Esto hubiera convertido su confesión en legalmente inadmisible.

El Lord Justice-General Clyde presidía la apelación junto con Lord Cannont y Lord Sorn. Ni siquiera requirió a la acusación para que hiciera sus alegaciones. Lord Clyde Pronunció las siguientes palabras: «El juez que presidió la causa justificó sobradamente las razones por las cuales permitió que fuesen oídas como prueba las confesiones del acusado». Se rechazó la apelación. La ejecución quedó fijada para el 11 de julio.

Manuel se encerró en sí mismo en la pequeña y austera celda de la prisión de Barlinnie. Los demás reclusos no sentían demasiada simpatía por un asesino de mujeres y niños. Los guardas de la prisión hubieron de adoptar estrictas medidas de seguridad para evitar que su comida fuera envenenada por los pinches de cocina.

En una ocasión se hirió a sí mismo con la cama, y declaró que eran los guardias quienes le habían apaleado. Si se trató de una astucia para obtener clemencia, falló.

Manuel permaneció callado, incluso cuando le comunicaron que su petición de gracia no había sido atendida. A falta de dos días escasos para la ejecución se volvió locuaz y arrogante.

A las siete de la mañana del día 11 de julio de 1958, el reo asistió a misa y comulgó en una celda vacía para condenados a muerte que estaba al lado de la suya. Llevaron un altar ex profeso. Lo que dijo en su última confesión sigue siendo un secreto.

Momentos antes de las ocho le dieron un vaso de whisky. Se lo bebió y le dijo a los guardias que estaba preparado. El verdugo le acompañó a la cámara de ejecución. Al cabo de unos treinta segundos, Peter Manuel, el asesino más famoso de Escocia, había muerto.

Exámenes psicológicos

Antes del juicio por asesinato, Manuel fue examinado en trece ocasiones por los más destacados neurólogos y psiquiatras de Scodand Yard. Algunos fueron requeridos por los propios abogados del acusado, pero ninguno encontró la más mínima razón para impedir que éste fuera procesado normalmente. También le hicieron pruebas electroencefalográficas que revelaron que su cerebro no estaba físicamente dañado. Por lo tanto, tampoco cabía alegar «irresponsabihdad disminuida» ante el Tribunal.

Manuel disfrutó permanentemente de buena salud, e impresionó a los doctores por su claridad de ideas y su prodigiosa memoria en relación con los pequeños detalles. También se le practicaron pruebas de hiperventilación, un procedimiento que sirve para descubrir anormalidades cerebrales latentes. Pero tampoco demostraron que sufriera una enfermedad mental.

No probado

La ley escocesa, a diferencia de la inglesa, admite que se dicte un veredicto de «no probado» junto a los de «culpable» e «inocente». Permite que un jurado otorgue la libertad al acusado por no existir las pruebas necesarias para pronunciarse sobre su inocencia o culpabilidad. No es un veredicto equiparable al de «inocencia» porque implica que el acusado podría, efectivamente, ser culpable, sólo que no hay pruebas suficientes para demostrarlo. No obstante, un procesado que es declarado «no probado» es a la postre tan libre como uno declarado «inocente». No podrá ser juzgado de nuevo por los mismos cargos, al igual que un «inocente».

Conclusiones

La policía de Newcastle acusó a Manuel del asesinato del Sydney Dunn. Pero Manuel ya estaba a punto de ser juzgado en Glasgow. El 28 de julio de 1958, diecisiete días después de su ejecución, un jurado de Newcastle decidió que «Sydney Dunn fue asesinado por Peter Manuel».

Samuel y Bridget Manuel vendieron la historia de su hijo a un periódico de Newcastle, el Empire News. Tras escuchar la sentencia de muerte de su hijo, fueron derechos a una iglesia. Poco más se supo de su vida en los años venideros.

William Watt, quien tan cerca estuvo de ser juzgado por los asesinatos que cometió Manuel, volvió a ocuparse de su negocio de panadero, y más tarde se casó de nuevo.

El inspector jefe Muncie fue ascendido a comisario jefe del Departamento de Investigación Criminal (CID) de Lanarkshire.

El inspector Robert McNeill, ante quien se confesó culpable Manuel, fue ascendido. Finalmente se convertiría en jefe de policía de Caithness.

En un informe sobre el caso Manuel, John Westland, anteriormente jefe del CID de Aberdeen, pedía la mejora de los métodos utilizados en los exámenes forenses. Manuel, el sospechoso principal, permaneció tanto tiempo en libertad porque no se localizaron pequeñas pruebas que hubieran acelerado la investigación.

Las víctimas

  • Anne Knielands. Nació el 27 de agosto de 1938 y era la segunda de seis hermanos. Había estudiado en la escuela de Saint Joseph, en Blantyre y trabajaba en Glasgow de maquinista. Le gustaba bailar y hacer deporte, especialmente carrera de fondo. La noche de su muerte estaba citada con Andrew Murnin, un joven soldado a quien había conocido pocos días antes. Le dijo a su familia que si él no acudía a la cita, tomaría el autobús de la tarde para volver a casa. Murnin no apareció, pero Anne le dio una segunda oportunidad y esperó un poco más, de nuevo en vano. Mientras se dirigía a coger el autobús que salía algo más tarde encontró la muerte.
  • Marion Watt. 45 años. Se casó con su marido, William, en 1938. Su salud empeoró a raíz del parto; después de una operación de corazón efectuada en 1956 había vuelto a mejorar. Ahora era capaz de caminar de nuevo con formalidad.
  • Vivienne Watt. 16 años. Era hija de William y Marion. Nació el 24 de marzo de 1940, domingo de Resurrección. Iba a clase en el Skerry College y tenía una gran imaginación, le gustaba leer y actuar.
  • Margaret Brown. 41 años. Era hermana de Mrs. Watt. Vivía en Falkirk con su esposo, Gordon. Tenían una hija mentalmente trastornada. Carol, de doce años, que había pasado algunos años en un hospital especial.
  • Isabelle Cooke. Tenía 17 años cuando la mataron y aún iba al colegio. Era hija de un ingeniero de caminos y vivía con sus padres y sus tres hermanos mayores en Carrick Drive, Mount Vernon.
    Isabelle era una chica afable y cariñosa a la que le encantaba bailar y llevar preciosos vestidos. En su última tarde había quedado citada para bailar, llevaba una estola de piel, flores artificiales y pendientes en forma de Torre Eiffel. Se puso zapatos de baile y completó su atuendo con un abanico.
  • Peter Smart. Era un hombre que se había hecho a sí mismo. A la edad de 45 años trabajaba como director para la empresa de obras W. Y J.R. Watson. Ingeniero de profesión, se le conocía como trabajador incansable y entusiasta que siempre llegaba temprano a la oficina y nunca faltaba, a menos que estuviese gravemente enfermo.
    Entre 1953 y 1954, Smart había construido la casa de piedra del 38 de Sheepburn Road para su esposa, Doris, y su hijo Michael, de 11 años. Eran una familia muy unida, les gustaba celebrar fiestas como la Hogmanay o con amigos, pero nunca se propasaba con la bebida.

Fechas clave

  • 21-01-56 – Al caer la tarde unos amigos ven a Anne Knielands por última vez.
  • 04-01-56 – Hallazgo del cadáver en un bosquecillo.
  • 09-01-56 – El policía Marr averigua que Peter Manuel estaba trabajando cerca del bosquecillo.
  • 12-01-56 – Se interroga a Manuel, pero ofrece una coartada.
  • 23-03-56 – Manuel roba en una mina de carbón y es detenido.
  • 15-09-56 – Allanamiento de morada en Bothwell.
  • 16-09-56 – Primer allanamiento en High Burnside.
  • 17-09-56 – Segundo allanamiento en High Burnside, Asesinato de Marion y Vivienne Watt y de Margaret Brown.
  • 18-09-56 – Registro de la casa de Manuel.
  • 27-09-56 – William Watt es acusado de los asesinatos.
  • 02-10-56 – Condenan a Manuel a 18 meses de prisión.
  • 10-10-56 – Manuel se entrevista con el abogado de Watt.
  • 03-12-56 – Se levanta la acusación que pesaba sobre Watt.
  • 30-11-57 – Manuel queda en libertad.
  • 03-12-57 – Manuel se encuentra con Watt.
  • 08-12-57 – Asesinato de Sydney Dunn.
  • 28-12-57 – Los padres de Isabelle Cooke la ven por última vez.
  • 29-12-57 – Se da por desaparecida a Isabelle Cooke.
  • 30-12-57 – La policía encuentra restos de su ropa.
  • 31-12-57 – La familia Smart pasa en su casa las fiestas de Año Nuevo.
  • 01-01-58 – Asesinato de la familia Smart.
  • 04-01-58 – McMunn declara la presencia nocturna de un intruso en su casa.
  • 06-01-58 – La policía encuentra los cuerpos de la familia Smart.
  • 14-01-58 – Peter Manuel es acusado de los asesinatos de los Smart.
  • 15-01-58
    – 12,30 Manuel solicita ver a los detectives.
    – 3,00 Manuel se declara dispuesto a confesar.
    – 5,00 Manuel relata los asesinatos a los detectives y a sus padres.
    – 11,30 Manuel lleva a la policía al lugar donde estaba enterrada Isabelle Cooke.
  • 16-01-58
    – 4,15 Manuel empieza a redactar una confesión sobre los ocho asesinatos.
    – 6,15 Manuel termina de redactar su confesión.
  • 12-05-58 – Comienza el juicio de Manuel ante la Corte Suprema de Glasgow.
  • 22-05-58 – Manuel despide a su abogado.
  • 23-05-58 – Vuelve a llamar al estrado a William Watt y le acusa del asesinato de su propia familia.
  • 26-05-58
    – 10,00 Conclusiones finales de la acusación y de Manuel.
    – 12,00 El juez inicia su alocución final resumiendo el proceso.
    – 2,24 El jurado se retira a deliberar.
    – 4,45 El jurado encuentra a Manuel culpable de 7 asesinatos y es condenado a muerte.
  • 24-06-58 – Se rechaza la apelación de Manuel.
  • 11-07-58 – Manuel es ahorcado en la prisión de Barlinnie.

Peter Manuel. Un guapo soso con cabeza de muerto

Edgard Lustgarten – De profesión: asesino

Noticias de prensa

UNA JOVENCITA DESAPARECIDA ES HALLADA ASESINADA:

El cuerpo de Ana Kneilands (diecisiete años) fue hallado ayer en un hueco entre los árboles de los terrenos de golf de East Kilbridge. Había sido golpeada en la cabeza varias veces con una pesada barra de hierro o instrumento análogo. Sus pendientes habían sido robados y sus vestiduras aparecían en desorden. Sin embargo, el examen no ha revelado intentos de violación.

Rubia y atractiva, Ana vivía con sus padres, su hermano y hermana, a dos o tres kilómetros de Glasgow Calderwood Estate. Había salido de su casa poco después de las seis de la tarde del lunes y se la vio algunos minutos después de las siete ante la oficina de correos de East Kilbridge.

El médico forense cree que falleció poco tiempo después.

Podemos afirmar que se han comprobado señales de una lucha desesperada a poca distancia del lugar donde yacía el cuerpo, y que la joven intentó, según todas las apariencias, escapar de su asesino. Retazos de sus vestidos, como también el reloj y los pendientes, han sido hallados a considerable distancia, a más de trescientos metros.

Jueves, 5 enero 1956.

TRES ASESINATOS EN UNA VILLA DE RECREO:

Estamos en condiciones de proporcionar más detalles acerca del triple asesinato descubierto ayer en High Burnside.

Las víctimas, señora de William Watt, su hermana, señora Brown, y su hija de dieciséis años, Viviana, fueron asesinadas por disparos de revólver casi a quemarropa, hacia las seis de la mañana, sin duda mientras dormían. Las dos mujeres, que ocupaban la misma habitación, murieron en el acto. Viviana sobrevivió quizás algunos minutos, pero había perdido el conocimiento.

Las tres estaban solas, porque el señor Watt, panadero en Glasgow, se hallaba en una partida de pesca en Lochgilphead, a ciento veinte kilómetros de allí.

El pantalón de pijama de la señora Brown quedó hecho jirones; la bata de la señora Watt mostraba un ligero desgarrón; la ropa de dormir de Viviana aparecía esparcida en su dormitorio- además, presentaba algunos cardenales en las piernas y en los órganos sexuales. Sin embargo, un examen atento no ha revelado intento alguno de violación.

Martes, 18 septiembre 1956.

TODA UNA FAMILIA ASESINADA EN SU CASA:

Ayer la policía penetró en un pabellón de Sheepburn Road Uddingston y encontró al señor y a la señora Peter Smart, y a Miguel, su hijo de once años, muertos en el lecho. Los tres recibieron en la cabeza un balazo disparado casi a quemarropa. No aparecía ninguna señal de lucha. Algunos objetos y dinero habían desaparecido.

Las investigaciones han revelado que el señor Smart, director de una gran compañía de empresarios de Glasgow, no ha regresado a su oficina después de las vacaciones de Año Nuevo.

Al señor y a la señora Smart los vieron todavía vivos, por última vez, algunos vecinos que pasaron con ellos una parte de la velada del 31 de diciembre. Por el estado de los cuerpos y también por las fechas de la correspondencia y los periódicos hallados en el buzón, se cree que fueron asesinados algunas horas después de estas visitas.

Martes, 7 enero 1958.

ISABEL COOKE: SENSACIONAL DESCUBRIMIENTO:

El cuerpo de Isabel Cooke (diecisiete altos), desaparecida hace varias semanas de la casa de sus padres en Mount Vernon, fue descubierto ayer, enterrado en un campo vecino a su casa. Isabel, una morena bellísima, había salido poco antes de las siete, el 28 de diciembre, para asistir a un baile. No llegó al lugar de destino y hasta ahora no se ha sabido qué había sido de ella.

Es evidente que fue asesinada y, según todas las apariencias, robada. Los únicos vestidos que le quedaban en el cuerpo eran un cardigan, un portaligas y las medias. Llevaba un sostén que le apretaba fuertemente el cuello y un echarpe que le cubría la cabeza con el nudo hundido en la boca.

No se puede todavía fijar la fecha precisa de su muerte, pero se sabe la fecha exacta de la tarde en que desapareció.

Viernes, 17 enero 1958.

Conjeturas

Entre tales crímenes ¿existía alguna relación o varias?

En efecto; era evidente que la había entre Ana Kneilands e Isabel Cooke, dos jovencitas agredidas y parcialmente desnudadas. También existía una relación entre los Watt y los Smart, dos familias asesinadas mientras dormían. Pero entre todas estas víctimas ¿había algunos otros puntos comunes? Parecía que ninguno, nada que tuviera algún peso o valor, que resistiera un profundo análisis.

Estas personas asesinadas pertenecían a edades y a sexos diferentes. Ana e Isabel eran adolescentes; los Wart y los Smart -con excepción de Viviana y Miguel, sin duda alguna escogidos por el asesino podían ser -colocados en la categoría de adultos. Los Wart y los Smart eran gente acomodada, al contrario que los Kneilands, incluyendo a su hija Ana. De las ocho personas asesinadas, había seis mujeres y dos hombres.

El robo pudo proporcionar un indicio, pero se produjo en tres casos y no en el cuarto. No había razón alguna aparente, ni motivo alguno. Sólo que los ocho asesinatos fueron perpetrados, en el transcurso de dos años, en una región relativamente reducida de los alrededores de Glasgow, pero ello no significaba gran cosa en una comarca densamente poblada.

A fin de cuentas, un solo hombre fue juzgado por todos. Se llamaba Peter Manuel; contaba treinta y un años y residía -como Ana Kneilands e Isabel Cookeen la región donde cometiera los asesinatos.

Vocación de asesino

Peter Manuel fue criminal por vocación desde que tuvo plena conciencia de sus actos. He dicho por «vocación», después de haberlo reflexionado mucho. No me atrevería a emplear la misma expresión para Haigh, para Heath o para Landrú. Estos eran profesionales y estaban envenenados por el crimen, que es muy distinto. Asesinaban por lucro, por experimentar ciertas sensaciones, o por ambas cosas a la vez. Pero aunque Peter Manuel no desdeñaba estos dos aspectos -y efectivamente, si sus asesinatos no le hubieran reportado nada, no hubiera tenido con qué vivir-, con todo, el crimen, en su caso, fue en primer lugar una «vocación», como la música para Mozart o la pintura para Gauguin. Si, a veces, seguía el camino recto y aceptaba trabajo, era porque no tenía al alcance de su mano las víctimas que buscaba, o bien porque los asesinatos cometidos, o los que meditaba, le exigían el disfraz de una actividad legal.

No intento hacer distinción entre grados de perversión, sino entre géneros de la misma. Si alguien le hubiera proporcionados Haigh una situación segura y lucrativa, estoy casi seguro de que no hubiera montado sus baños de ácido sulfúrico. Si alguien le hubiera facilitado a Landrú una situación también segura y lucrativa, aun cuando resultaba más codicioso que Haigh y con aficiones mucho más manirrotas, estoy persuadido de que tal vez el horno de Gambais habría sido destinado a fines menos macabros. En cambio, dudo mucho de que el mismo remedio fuera capaz de curar a Peter Manuel; aunque al revés que a Heath, tampoco fue persona a quien pudiera colgársela la etiqueta de «loco».

¿Por qué este escocés, hablador y sociable, fue, no sólo incorregible, sino enemigo declarado de todas las virtudes desde su más tierna edad?

Si aceptamos las explicaciones corrientes en nuestra época, si escuchamos a los psicólogos de la televisión que andan pontificando, o si desenterramos cualquier presuntuoso tratado de criminología, acabaríamos contagiándonos con sus teorías y echaríamos la culpa a los padres despreocupados, al pésimo medio ambiente o a un “matrimonio fracasados”. Pero todas estas vagas y nebulosas teorías, muchas de las cuales no se apoyan ni en la experiencia ni en el buen sentido, se desvanecen al ponerlas en presencia de uno de los casos más significativos de nuestro siglo.

El mundo no debe gran cosa a Peter Manuel, pero al menos le debe esto.

Honrosa y ejemplar adolescencia

Peter Manuel era soltero y vivía, como suele decirse, «en casa». Su padre y su madre eran trabajadores honrados que no tenían en la vida otras dificultades que las que el muchacho les proporcionaba. Su hermano, también soltero y cuarto residente en la casa, era un trabajador normal y de excelente reputación. Una hermana, enfermera diplomada, venía a visitarles de vez en cuando.

Acaso no era un hogar elegante y lujoso, pero ni el padre ni la madre eran unos despreocupados. Es cierto también que los hijos no vivieron en un ambiente desfavorable, y es seguro que aquel matrimonio no estuvo desunido ni estaban divorciados. Nada había que reprochar. Nada, excepto el propio Peter Manuel.

En 1938, cuando contaba once años, cometió un robo con violencia, vaciando la caja de limosnas de una iglesia. Fue el primer delito del que fue acusado de modo formal, pero se puede asegurar que no fue el primero que perpetró. Y a partir de entonces, la historia de Peter Manuel no es más que una sucesión ininterrumpida de fecharías y castigos, éstos demasiado blandos hasta que la indulgencia llegó excesivamente lejos.

Por una parte, una serie continuada de robos, desvalijos y violencias; por otra, una serie de instituciones de reeducación, de reformatorios. Hasta los veinte años, estigmatizado ya por el sello de la infamia, Peter Manuel no recibió lo que merecía desde hacía mucho tiempo: el Tribunal Supremo lo condenó a ocho años de prisión por violación.

Cuando salió de la cárcel volvió en seguida al mundo del crimen. Hubiera hecho exactamente lo mismo si hubiera pasado una temporada en el Paraíso celestial. El hampa era el único ambiente donde respiraba a sus anchas. No puede exigirse a los tiburones que sean amables como los pececillos de colores o a los leopardos que se dejen conducir dóciles como perrillos falderos.

Estaba contento de hallarse otra vez entre sus compinches y volver a las andadas. Tanto para Peter Manuel como para sus compañeros, los atentados criminales eran «negocios», se trataba de robos, asaltos y desvalijamientos de hogares, ocultación de objetos de valor robados, o cualquier otra cosa peor.

Los «apaches» contemporáneos

¿Un tipo que arriesga el todo por el todo? El calificativo resulta en exceso halagador, y respira un cierto aroma caballeresco y romántico: Dick Turpin, Jack Sheppard, incluso Robín de los Bosques eran así. Pero no hay nada de romántico ni caballeresco en Peter Manuel. Era, simplemente, un bruto vicioso, vicioso hasta la exageración.

¿Cuál era su aspecto físico? Cómo podríamos imaginarlo?

Los lectores apasionados de Dickens, como yo, habrán tenido que revisar para adaptarlos a los tiempos modernos algunas ideas sacadas de sus novelas. Sin duda, Bill Sikes encarnaba con toda fidelidad los criminales contemporáneos de su creador literario. Pero los tiempos han cambiado y los asesinos se han transformado, al menos externamente.

Ya no se habla de mejillas hirsutas o mandíbulas de perro bulldog. Nada de brazos como remos ni de cráneos pelados. La naturaleza parece que ha decidido cambiar la forma física, conservando igual el espíritu perverso. El propio Dickens se asombraría al comprobar la evolución que se ha operado en la forma de vestir. Nada de groseros jerseys, ni de gorras de paño, de pañuelos de seda al cuello ni enormes zapatones. En nuestros días Bill Sikes compra sus trajes en Carnaby Street o en las sucursales de provincia. Describir sus vestiduras sería acusar de ingenuo al lector.

Peter Manuel es el prototipo de los apaches contemporáneos. Sin contar el tiempo que permaneció en la cárcel, Peter Manuel consagró su vida adulta a los «negocios» y no los abandonó jamás. Pertenecía a esa clase de hombres que las prostitutas consideran un tipo guapo y, en el peor de los casos, siempre podría ufanarse de ser una belleza, en opinión de ellas. Cabellos cortados a lo rufián y bastante cortos; ojos fríos, astutos, malvados; boca mórbida y equívoca. Las golfas lo encontraban muy atractivo y los homosexuales creían que era uno de ellos,

Existen todavía entre nosotros personajes que han sobrevivido a Dickens, en la pantalla del cine y en la televisión. Cometen pequeños delitos e incluso crímenes; ¡pero que el destino nos libre de otro Peter Manuel…!

Delirio de crímenes

Peter Manuel no fue acusado, de haber asesinado a Ana Kneilands, y no porque no fuera culpable. Lo era. Pero en Inglaterra, como en Escocia, la ley proporciona facilidades a los acusados, y un juez eminente, Lord Cameron, recordó oportunamente a los miembros del jurado que la evidencia de los hechos no responde siempre a las exigencias de la ley. El jurado quizá tuviera sus propias ideas, y acaso el juez tenía las suyas.

De los otros siete asesinatos de que fue acusado, los Watt, la señora Brown, los Smart, e Isabel Cooke, fue considerado Peter Manuel culpable, y un jurado con sentido común no podía decidir otra cosa. Siete asesinatos sobre la conciencia le aseguran a Peter Manuel el primer lugar entre los asesinos en serie de este siglo, por delante de Christie y de Haigh. ¿Y Landrú? Los ingleses son demasiado insulares para tener en cuenta a los extranjeros.

Sin embargo, no creo ni por un solo instante que las condenas de Peter Manuel representen la lista completa de sus asesinatos. Son tal vez sólo la punta visible de los icebergs. Estoy seguro de que, además del de Ana Kneilands, hay muchos otros asesinatos en su haber. Algunos figuran ya en la lista oficial, pero no todos.

El informe de un médico forense le atribuyó, tiempo después, el asesinato de un chófer de taxi en las landas del condado de Durham. Un periódico del país, algo más tarde, anunció que había confesado ser autor de los asesinatos de tres mujeres, cuyos nombres no fueron citados en el curso de su proceso. Aunque se acepten todos esos crímenes, y yo los acepto, ni aún así se tendrá completo el catálogo de sus atentados.

La Historia enseña mucho a quienes de buena voluntad quieren aprender, tanto en el terreno de la política y de la guerra, como en los del amor y del crimen.

La historia del crimen nos enseña que quienes asesinan por otros motivos que por razones sexuales -y Peter Manuel no tenía motivo sexual alguno-, no matan habitualmente, a no ser que el asesinato se haya convertido para ellos en una costumbre. Un hábito como el alcohol, el juego o el tabaco.

El asesinato no es una costumbre difícil de adquirir para quienes tienen la sensibilidad embotada o carecen totalmente de ella. No existe una diferencia fundamental entre el habitual asesino de seres humanos y el de ciervos o gamos. A veces son sádicos, pero es mucho más verosímil que no lo sean, y Peter Manuel pertenece a esta categoría.

Desconcierto y acierto policíacos

La policía concentraba sus sospechas cada vez más en Peter Manuel, a medida que aumentaba el número de asesinatos. Incluso le interrogaron pocos días antes de someterse el primero de ellos y, provistos de una orden de registro, revolvieron su casa después del segundo, tercero y cuarto crímenes. Sus sospechas estaban plenamente justificadas.

Sabían que Peter Manuel tenía su ficha judicial sobrecargada y que vivía en la zona donde se habían cometido. Además, él había perpetrado varios asaltos y actos de pillaje, algunos de los cuales incluso figuraron en la acusación fiscal. Los policías reconocieron los mismos detalles e idéntica forma de operar en estos diversos atentados.

El sistema para penetrar en el interior de las casas, abriendo un boquete cuadrado en una puerta de cristal o en una ventana, los botes de conservas abiertos -salmón, potajes, spaghetti, peras- y, sobre todo, pequeños actos de vandalismo, como huellas de zapatos sobre las camas, cigarrillos apagados en las alfombras, etc. Y sí como los policías necesitaron bastante tiempo para atribuir todas estas devastaciones a un solo asaltante, les fue preciso también bastante tiempo para reconocer en todos los asesinatos la mano de un solo asesino.

El ciudadano medio quedaría asombrado al comprobar que, algunas veces, en asuntos ya archivados, la policía ha descubierto al asesino, pero no ha contado con las pruebas necesarias par proceder a su detención.

La primera vez que se intentó acusar a Peter Manuel de asesinato, es decir, pasar de las simples sospechas a las pruebas, tuvo efecto a comienzos de enero de 1958. Desde el asesinato de Ana Kneilands, dos años antes, nada haría sospechar la personalidad del culpable sino la proximidad geográfica, que, como es natural, afectaba a varios miles de personas, las tendencias criminales, que concernían a centenares de ellas, y cortes o arañazos en el rostro. Nada en Glasgow, en las cercanías de Hogmanay.

Sin embargo, en el asunto Smart, la policía pudo dar algún paso adelante.

Para todos los detectives es pura rutina comprobar si los malhechores de su región tienen dinero o no, y sobre todo si sus haberes experimentan cambios notables. Peter Manuel se hallaba bajo vigilancia y pudo notársele que, a pesar de hallarse sin un céntimo hasta el asesinato de los Smart, a partir de aquella fecha se mostraba con dinero. Precisamente antes del crimen, el señor Smart había retirado dinero del banco y había recibido billetes de una libra esterlina nuevos y de color azul. Y al poco, billetes nuevos y azules aparecían en las manos de Peter Manuel.

El 14 de enero, provistos de una nueva orden de registro, varios policías escudriñaron la casa de Peter Manuel. No descubrieron nada de lo que buscaban, dinero, billetes de banco o llaves, de lo robado en el hogar de los Smart, pero encontraron objetos procedentes de un saqueo del que todavía entonces se ignoraba el autor. Tras esto, los acontecimientos se precipitaron. Se multiplicaron las sesiones de identificación. Peter Manuel fue detenido por haber asesinado a los Smart, y su padre, acusado de un pillaje sin relación alguna con estos crímenes, fue a parar también a la cárcel.

La detención del padre, a pesar de ser breve, tuvo papel importante en la defensa del hijo. Apoyándose en aquel hecho, se intentó poner en duda las declaraciones de Peter Manuel, que la policía afirmó que habían sido voluntarias.

Declaraciones escritas

Tenemos que hablar de estas declaraciones que el ministerio fiscal hizo constar en el acta del proceso, pues en ellas se basaba la acusación civil. No sólo con relación a los Smart, sino también con los demás asesinatos atribuidos a Peter Manuel.

He aquí, pues, la versión de la acusación, o sea, de la policía, de cuanto dijo Peter Manuel, de lo que escribió y de lo que hizo.

La mañana del 15 de enero, Peter Manuel, que se hallaba en la cárcel, solicitó ver al inspector detective Mc Neill que había participado en los registros efectuados la víspera y había desempeñado papel principal en su detención.

-Hola, Manuel: ¿de qué se trata?

-Es importante, señor Mc Neill. Se trata de los crímenes del condado de Lanark.

El inspector le formuló las advertencias de costumbre, le aconsejó que reflexionara antes de hablar y le informó que podía tener la compañía de un abogado.

Manuel rehusó encogiéndose de hombros.

-Quiero aclarar las cosas, señor Mc Neill. ¿Dónde está mi padre?

-Se halla en arresto preventivo. -¿En la cárcel?

-En todo caso, por cuatro días. -¿Y después?

El inspector sacudió la cabeza. No podía decirlo.

-Pues bien…

Peter Manuel se interrumpió durante unos instantes. Me Neill estaba seguro de que se hallaba reflexionando. Al fin, y con toda serenidad, el detenido tomó una determinación.

-Bueno. Tráigame aquí a mi padre y a mi madre. Les veré en presencia de usted y después, se lo diré todo…

Después, estalló la bomba. Ciertamente, fue una bomba para Mc Neill.

-… Lo explicaré todo y le conduciré al lugar donde Isabel Cooke está enterrada.

El inspector formuló de nuevo a Peter Manuel las advertencias de costumbre y le propuso un abogado. Pero Peter Manuel lo rehusó.

-Quiero hacerlo todo por mí mismo. Escribiré mis declaraciones para ustedes.

Se le proporcionó pluma, papel, buena luz, y Peter Manuel escribió:

«Al inspector detective Mc Neill:

Se lo prometo personalmente, estoy dispuesto a proporcionar los informes que le permitirán aclarar cierto número de crímenes que se produjeron en el condado de Lanark en el transcurso de los dos años anteriores, y de los que todavía no se conocen sus autores. Le hago esta promesa a fin de desligar a mi padre y a mi familia de toda obligación y de todo deber con respecto a mí. Deseo ver a mis padres y decírselo a ellos los primeros. Los crímenes a los que me refiero son homicidios. Afirmo que hago esta declaración por mi propia voluntad, sin coacción de ninguna clase.»

Peter Manuel leyó y releyó el documento y frunció las cejas.

-No. Esto no está bien. Voy a escribir otra declaración.

-Muy bien.

Peter Manuel reflexionó y volvió a comenzar.

«Al inspector detective Mc Neill:

Libremente y por propia iniciativa, hago esta promesa: Proporcionaré informes sobre los crímenes siguientes: 1) Ana Kneilands; 2) los Watt; 3) Isabel Cooke; 4) los Smart; a condición de que mi padre sea libertado y que yo obtenga permiso para ver a mi madre. Las informaciones que proporcione me conciernen a mí, Peter Manuel, y mi participación en los crímenes antes citados. Daré sobre esos crímenes informes concretos y explicaciones precisas y completas.»

Desde luego, y esto es claro, Peter Manuel escribió estos documentos, pero fue ayudado por alguien en su redacción. Ahora bien, aunque Peter Manuel aceptara una pluma más hábil que la suya, ello no significa que su pensamiento sufriera una deformación. Un policía corrompido, y Mc Neill no lo era en modo alguno, hubiera empleado algún otro medio, amenazas, promesas, cualquier cosa, para suprimir o atenuar las frases que imponían la libertad del padre como condición previa. No las hubiera ofrecido como regalo al abogado defensor. El hecho de constar en la declaración constituye el mejor homenaje a la honradez de Mc Neill, quien declaró más tarde al tribunal: «Me vi obligado a responderle que no podía por mí mismo hacerle ninguna promesa».

Mc Neill y el inspector detective Goodall, que trabajaba con él, jugaron limpio en la situación delicada en que ambos se hallaban. Y continuaron del mismo modo mientras se multiplicaban las revelaciones.

Sinceridad o descaro

-Necesito decirle otra cosa, señor Mc Neill. A propósito de Sheepburn Road.

El inspector Mc Neill se mostró más suspicaz que nunca.

-¿Sheepburn Road?

Daba la impresión de que jamás había oído tal nombre.

-Los Smart.

-Oiga, Manuel, necesito repetírselo: usted ya sabe que todas sus palabras pueden después emplearse en contra de usted.

-Ya lo se. Pero quiero aliviar mi conciencia. Voy a decirle la verdad, señor Mc Neill. Se le van a poner los pelos de punta.

El inspector hizo lo mejor que pudo. No aparentó la más mínima impresión porque su larga experiencia le había inmunizado contra todo. Escuchó con paciencia, y tras haberle hecho de nuevo las advertencias pertinentes, tomó su declaración:

-Sí: fui yo quien los asesiné hacia las seis de la madrugada del día de Año Nuevo. Penetré por la ventana de la cocina. Entré en una habitación y robé dieciocho o veinte libras: billetes nuevos, totalmente nuevos. Primero maté al hombre, luego a la mujer y después al muchacho. Me apoderé de las llaves y robé el coche.

Sobre la tumba

Pronto recibió Peter Manuel la visita de su padre y de su madre, tal como lo había solicitado. Ambos escucharon consternados las palabras de su hijo:

-No tengo escapatoria. He cometido crímenes terribles. He matado a Ana Kneilands. He asesinado a esas tres mujeres de Burnside.

Burnside… Los Watt completaban las confesiones. –

-Pero, Peter…

-Peter…

-¡Bueno, fue como os digo; pasó así…

Después de marcharse sus padres, lo más tarde el 15 de enero, Peter Manuel ofreció enseñar el lugar donde había enterrado a Isabel Cooke. La policía acepté este ofrecimiento al que no se podía rehusar. A media noche, con las muñecas espesadas, fue conducido Peter Manuel con buena escolta por campiñas todavía inexploradas. Se detuvo de pronto con una frase que Shakespeare, en uno de sus días de humor negro, hubiera firmado:

-Creo que ahora está exactamente debajo de mis pies.

Aparecen los revólveres

Baste decir que las declaraciones formuladas por Peter Manuel confirmaron por entero las sospechas de la policía. «La arrastré a un bosque, y ella se puso a gritar. Le golpeé en la cabeza con una barra de hierro» (Kneilands). «Disparé contra las dos mujeres; después oí a la muchacha que hacía ruido en la habitación vecina, luchamos un momento y la derribé a ella también» (Watt). «Desgarré sus vestiduras, arrollé algo alrededor de su cuello y la estrangulé» (Cooke).

Peter Manuel era el criminal soñado por cualquier detective, desde el punto de vista del lector de novelones policíacos. Lo reconocía todo y aunque sus declaraciones estuvieran sometidas a «una confirmación», el ministerio fiscal no tenía necesidad de preocuparse. Además, algo más convincente todavía: indicó el lugar exacto donde se hallaban los revólveres que le habían servido para algunos de sus crímenes.

Peter Manuel guió a los policías a las orillas del Clyde, cerca del puente colgante: «La arrojé allí», dijo. Luego, los llevó a otra barriada en las cercanías de Glasgow Green: «Arrojé la otra allá abajo», declaró. Un hombre-rana, tanteando en el barro, encontró cada uno de los revólveres indicados: un «webley» y un «beretta».

En nuestros días, la balística es una ciencia que nos proporciona indicaciones tan precisas como las huellas digitales. El «webley» había dado muerte a los Watt, y el «beretta» asesinó a los Smart.

Identificaciones

Resulta consolador creer, cuando se ha cometido un asesinato y el acusado ha sido juzgado y reconocido culpable, que su condena se hallaba ya preconizada en su destino. Sería consolador creerlo respecto a Peter Manuel. Pero es grande la diferencia entre la certeza de la culpabilidad de un hombre y la seguridad de que existe la prueba innegable de sus crímenes.

Supongamos que Peter Manuel se hubiera callado y permanecido mudo. Supongamos que no hubiera hecho ninguna declaración ni hubiera guiado a la policía hasta las pruebas del crimen. Al llegar a los hechos, y los tribunales llegan siempre a ellos, ¿con qué pruebas contaba el fiscal ante el jurado, aparte del contenido de las declaraciones o cuanto derivaba de ellas, fueran estas confesiones verbales o mediante testimonio?

1) Los cortes y rasguños en su rostro después del asesinato de Ana Kneilands.

2) Los billetes azules totalmente nuevos que obraban en su Poder después del asesinato de los Smart, además de la identificación hecha por un Policía que declaró que Peter Manuel, a quien veía por vez primera, en enero le había hecho subir en el coche de los Smart, que él no había visto nunca anteriormente.

3) Una identificación hecha por un hombre que poseía unos prismáticos y que declaró haber visto pasar a Peter Manuel, a quien no conocía, a través de una Cerca «con un brazo sobre el rostro», la noche probable del asesinato de Isabel Coke, al lado de la tumba improvisada.

4) Un extraño conocimiento de la casa de los Watt que, según Peter Manuel, le había sido comunicado por un desvalijador profesional.

Estos detalles, que no son sino ejemplos escogidos entre otros, Podían proporcionar la confirmación que la ley escocesa exige para corroborar las confesiones, tanto si son formuladas ante el tribunal o fuera de él.

Pero, considerados en sí mismos, ¿ eran decisivos? ¿Podían reafirmar y basar una acusación que Pusiera en peligro la vida de Peter Manuel?

Procedimientos judiciales

Las acusaciones que había formulado en contra suya ponían en peligro la vida de Peter Manuel, peligro acaso olvidado en una época decadente en que el castigo más severo para el asesino es la reclusión. Todos estos asesinatos, tanto si fueron intentados por sí mismos con disparos de revólver o tuvieron el robo como principal objetivo, o ambas cosas a la vez, eran crímenes castigados con la pena capital, incluso a tenor de las cláusulas menos duras de la Ley sobre el Homicidio, aprobada en 1937. Esta ley era aplicada tanto por los tribunales de Escocia como por los tribunales ingleses.

En efecto, los principios fundamentales de la ley criminal son los mismos en Inglaterra que en Escocia; pero los sistemas difieren desde el punto de vista del procedimiento, número de miembros del jurado, extensión del veredicto, normas de apelación, etc. Una diferencia notable es que en Escocia, al contrario que en Inglaterra, no se permite al fiscal pronunciar el discurso de apertura; otra, es que Escocia ha conservado lo que se llama «defensas especiales».

Esencialmente, se trata de una cuestión de forma, pero que puede alcanzar repercusiones positivas. Si un acusado formula una refutación general («Yo no soy quien ha matado») no hay más que alegar «no culpable», tanto en Inglaterra como en Escocia. Si la respuesta es más precisa, es decir, si el acusado de asesinato pretende haber matado en legítima defensa, entonces debe registrar su apelación -en Escocia, no en Inglaterra-, a fin de que todo el mundo esté informado antes de llevarse a cabo el proceso.

Peter Manuel recurrió a dos «defensas especiales» frente a las acusaciones de asesinato. Para el de los Smart invocó una simple coartada; para el de los Watt recurrió a un medio menos vulgar: pretendió que otro individuo a quien podía nombrar, era el culpable. No dio el nombre, como era de esperar, del desvalijador a quien Peter Manuel atribuía su propio conocimiento detallado de la casa, sino al señor Watt -marido, padre y cuñado- que se había marchado a distraerse pescando en Lochgilphead. Afirmaba Peter Manuel que el señor Watt había regresado subrepticiamente en medio de la noche para matar a toda su familia y acto seguido se había vuelto a marchar.

Esta acusación contra Watt, por inverosímil que fuera, se convertía en probable por el hecho de que la Policía había detenido a Watt diez días después de estos asesinatos y lo había retenido durante dos meses en la cárcel de Barlinnie. Y aunque el peso de una «defensa especial» descanse sobre el acusado, en general, es menos pesado que el que descansa sobre la parte civil. «Para convencemos de que ha sido presentada una Defensa Especial -diría Lord Cameron en su exhortación al jurado- es simplemente necesario que el acusado indique una probabilidad (es decir, como la que se requiere en una acción civil), lo que resulta menos difícil que proporcionar pruebas indiscutibles.»

Pero las «defensas especiales» no constituyen una llave maestra, y, todo lo más, sólo podían facilitar las cosas. Para bien o para mal, la llave estaba en manos del propio Peter Manuel y en las de la Policía, con Mc Neill a la cabeza, quien, bajo juramento, afirmaba que Peter Manuel había redactado unas declaraciones y se había acusado a sí mismo.

Peter Manuel no negó, ni quiso perder el tiempo en negar el contenido de las declaraciones o el resultado de lo que podemos llamar expediciones al lugar del crimen. Atacó la autenticidad en su raíz. Afirmó que había firmado aquellas declaraciones, sin preocuparse de si eran ciertas o no, sólo para ahorrar molestias a su familia y, en particular, para salvar a su padre. Declaró que él no había guiado a los policías por los campos, sino que había sido conducido por ellos para encontrar lo que ellos habían ya descubierto: aquello había sido una farsa, un golpe preparado de antemano, una conjura para encarcelarlo.

¿Era esto verdadero o falso? ¿Quién tenía razón, los policías o él?

Tales fueron las cuestiones que debían resolverse en el proceso de Peter Manuel, que se inició en Glasgow el 12 de mayo de 1958.

Bajos fondos

Ocho crímenes juzgados al mismo tiempo requieren un largo proceso y, casi siempre, un proceso sumamente complicado. También la ley escocesa difiere de la ley inglesa en este aspecto, pero en Escocia un acusado puede pedir que sus crímenes sean juzgados separadamente. Peter Manuel no cursó esta solicitud. Sin embargo, el proceso Peter Manuel fue abreviado y simplificado, puesto que los tres asesinatos Watt y los tres asesinatos Smart fueron considerados, desde el punto de vista de las pruebas, simplemente como dos asuntos.

A pesar de todo, las sesiones duraron catorce días, seguidas con rigurosa minuciosidad escocesa aireando detalles sobre los que no tenemos necesidad alguna de insistir. Fue preciso, cierto tiempo antes de poder llegar a las cuestiones principales. No podían aceptarse de buenas a primeras numerosos hechos poco o nada discutidos que el acusado, aunque él lo hubiera deseado, no podía admitir. Así, los que se sentían más atraídos a la sala por el horror del crimen que por las sutilezas de la ley, como los privilegiados que lograron sitio en la sala después de hacer cola toda la noche, pudieron pensar que los preliminares del proceso, sin luchas ardorosas, no suscitarían emociones violentas.

Pero estos primeros debates, por poco es espectaculares que fueran, apasionaron y siguen apasionando a quienes sienten afición por la patología social. Y así, entre formulismos usuales, fotografías, planos, mediciones, se trazaba un cuadro de los bajos fondos donde, lo mismo en Glasgow que en las demás grandes ciudades, los Peter Manuel nacen, crecen y medran.

Un inmenso abismo, casi imposible de franquear, separa estos bajos fondos de la sociedad honorable. Pero las cuestiones prácticas desempeñan un papel más importante que las intelectuales o sentimentales. Respetables burgueses tienen a veces deseos de matar a sus esposas, y las mujeres de respetables burgueses sienten a veces deseos de asesinar a sus maridos. Sus principios, cuando el deseo se transforma en obsesión, no les detienen siempre. Hay otra razón, mucho menos honorable, que ejerce mucha mayor fuerza: no saben cómo manejar un revólver ni saben dónde proporcionárselo.

Manuel lo sabía. Para él era tan sencillo como comprar chicle o cigarrillos. Ni siquiera necesitaba llevar siempre consigo un revólver, y para esto era lo suficientemente astuto. Cuando se necesita un revólver, uno se pasea por Gallowgate hasta que se encuentra un compinche de toda confianza. «Necesito una regadera» se le dice, como se le podían pedir unas localidades para el teatro o el cine. «¿Para qué asunto?», pregunta el compinche. «Para un atraco», contesta uno con toda franqueza. «¿Y dónde quieres que encuentre yo un petardo?», interroga el fulano siguiendo el juego. «He pensado en Machin Chose», se le dice. «No sé si le queda alguno.» «Pídeselo.» «¿Cuánto?» «Dos libras.» «No es bastante.» «Pues bien, tres.» «Llega hasta cinco.» «De acuerdo: cinco.» «Bueno: veré lo que puedo hacer … »

De esta manera tan sencilla, y con pequeñas variantes, Peter Manuel se proporcionó un revólver una semana antes del asesinato de los Watt. Y del mismo modo, también con muy poca diferencia, Peter Manuel consiguió otro revólver una semana antes del asesinato de los Smart.

Mc Neill es interrogado

El problema principal no se planteó hasta que el ministerio fiscal citó a Mc Neill, pues era este inspector, sobre todo, quien debía garantizar y mantener, contra cualquier prueba en contra, la validez legal y la autenticidad de las declaraciones de Peter Manuel y de los descubrimientos realizados en el campo.

También entonces se produjo un retraso, aunque ya se esperaba.

Cuando Mc Neill, con el aplomo propio de su cargo, terminó su testimonio, que podía significar para Peter Manuel la vida o la muerte, el abogado de la defensa, Leslie Q. C., expresó su más enérgica protesta. Dijo que las declaraciones y las salidas al campo eran inadmisibles, porque no habían sido voluntarias ni espontáneas, y obtenidas sólo con presión y persuasión. Para evitar una injusticia, el abogado Leslie pidió al juez que examinara las pruebas y los argumentos en ausencia del jurado.

Estos requerimientos no son raros, sino todo lo contrario, siempre que las palabras o los actos atribuidos a un preso contienen en potencia el principio de su condena. Tampoco es raro que un juez los acepte, de modo que Lord Cameron aceptó la petición, lo que reportó un aplazamiento. Lo que más extrañeza produjo no fue este intermedio, sino su prolongada duración. El juez escuchó las objeciones del abogado durante tres días laborables. Con estos antecedentes nadie puede reprocharle haber adoptado una decisión apresurada. («He llegado a la conclusión de que esto es asunto del jurado.») Cuando rehusó la demanda del defensor, dispuso que se reuniera otra vez el tribunal y que el inspector Mc Neill fuera llamado de nuevo.

No hay necesidad de insistir sobre el testimonio de Mc Neill. Conocemos lo esencial Y POCO importan los detalles. Lo que interesa es el contrainterrogatorio que se le hizo.

Nada puede reprochársela a Leslie, quien lo inició con suavidad. El abogado llevó su contrainterrogatorío siguiendo instrucciones de su cliente: no en la forma dictada por él, sino según la versión de los hechos que había mantenido, aunque habría que ser Muy crédulo para aceptar esta versión de Peter Manuel. De modo que Leslie se veía obligado a aceptar lo que le decían, haciendo caso omiso de sus propias sospechas.

Si los espectadores que sólo esperaban acalorados debates quedaron más o menos decepcionados, debían tener presente que, aunque un abogado es a veces un actor, se halla sin embargo al servicio de una sola persona y no de una muchedumbre ávida de sensacionalismos.

Leslie Comenzó por el punto más débil de la acusación, que el juez rechazó de plano. Era la posición más segura desde donde Podía lanzar una ofensiva, difícil pero necesaria.

-Inspector, dice usted que Peter Manuel los guió, a usted y al inspector Goodall, a los alrededores de East Kilbridge, incluidos los terrenos de golf.

-Sí, abogado.

-En el lugar donde Ana Kneilands fue asesinada?

-Sí, abogado.

-¿Al lugar donde su cuerpo fue descubierto?

-Sí, abogado.

-Así, ¿los guió a los lugares del crimen?

-Exacto.

-¿Libremente y por propia voluntad?

-Sin duda alguna.

-Y al regresar, cuando se le acusó del asesinato de Ana Kneilands, usted dice que respondió: «No. Eso no es verdad».

-Exactamente.

-Ese cambio brusco debió de parecerle extraño -sugirió Leslie.

-No -replicó el inspector-. Concuerda perfectamente con el carácter del acusado, tal como yo lo conozco.

Hemos advertido que Mc Neill era un hombre honrado, aunque muy perspicaz, y no dejaba perder ninguna ocasión propicia. Pero Leslie demostró su sangre fría, y su agilidad mental.

-De modo que Peter Manuel formuló una declaración y en seguida se retractó de ella.

-Yo no diría tanto -repuso prudentemente Mc Neill-. Él dijo cuanto quiso decir, y no pretendió decir demasiado.

Ambos adversarios retrocedieron a sus posiciones. -¿Usted no le pidió a Peter Manuel que fueran hasta East Kilbridge?

-No.

-¿No le hizo preguntas durante el trayecto?

-Tampoco.

-Así pues, ¿todo fue voluntario por parte de Peter Manuel?

-Sí, abogado.

-¿Sin que interviniera para nada la policía?

-Esperamos siempre a que nos diera las informaciones en el momento que él quisiera.

Quienes tienen una idea más o menos dramática de un contrainterrogatorio, a base de mentiras desveladas, confesiones arrancadas a la fuerza y testigos que se derrumban, tuvieron una gran decepción en este proceso. Pues los más grandes abogados necesitan al menos una pequeña oportunidad para demostrar sus cualidades, y Leslie, por lo que se puede apreciar, no la tuvo.

Respecto a las declaraciones, su posición no era tampoco segura. Sin embargo, intentó hallar alguna excusa, alguna información de procedencia extraña, que pudiera conciliar la honradez de la policía con la inocencia del acusado, pues hubiera sido una oportunidad más favorable a Peter Manuel que un conflicto entre ambos. Esto era esencial, porque las declaraciones que había formulado no dejaban escapatoria alguna. 0 se ponían en entredicho o Peter Manuel moriría en la horca.

Los asistentes a la sala de un tribunal no suelen captar la finura mental de los abogado.,. Como tampoco los espectadores en el teatro se percatan de ordinario de la sutil interpretación de los actores. Pero unos y otros pueden sentir lo que no saben analizar. Tal vez debido a eso se produjo un profundo silencio mientras Leslie tanteaba el terreno palmo a palmo.

Se portó como defensor habilidoso, y ofreció a sus discípulos una lección Preciosa, escogiendo fragmentos de las tres declaraciones sucesivas de Peter Manuel y enarbolándolas como trofeos.

-¿Usted se acuerda de estos párrafos?

-Sí señor.

-Revelan que el acusado se hallaba bajo influjo de una depresión nerviosa, ¿no es verdad?

-No, ahogado.

-¿No?

-No tuve al menos esa impresión.

-¿Que no tuvo esa impresión? Tomemos la declaración primera. Es de tipo general y declara: «Si usted deja a mi familia en libertad, le hablaré de ciertos crímenes» que él no nombra ni especifica.

-Son los asesinatos cometidos en Lanarkshire, abogado.

-Pero no los nombra ni especifica.

-En efecto.

-La segunda declaración, ¿era más concreta?

-Sí.

-¿Se nombraba a las víctimas?

-Sí, abogado.

-¿Peter Manuel sigue declarando que no hablará si su padre no es puesto en libertad.

-Sí, abogado.

Leslie dejó ahora las dos primeras declaraciones, y conservó la tercera.

-Esta última, ¿es aún más concreta?

-En efecto.

Leslie entonces dejó los documentos, e hizo marcha atrás.

-Se hallaba abocado a una depresión nerviosa, ¿no es cierto? Es claro como la luz del día.

-No comprendo lo que usted quiere decir, abogado.

-Sugiero que el acusado estaba totalmente desquiciado. ¿Puede usted explicar su actitud de otra manera?

-Por desgracia, yo no puedo explicarme del todo la actitud del acusado.

Prosiguió el interrogatorio. No proporcionó resultados muy positivos, pero cuando Leslie tomó asiento, la posición de Manuel había quedado claramente expuesta y la defensa podía seguir adelante.

¿Hasta dónde podían llegar los defensores de Manuel? ¿Cuál era su objetivo y su capacidad? Nunca lo sabremos. Porque…

A la mañana siguiente, Manuel despidió a sus abogados.

Un giro inesperado y desconcertante

En pleno proceso, un profano despide a sus abogados expertos y asume por sí mismo la carga de su propia defensa. A juzgar por las apariencias, es un acto de locura, como si al regresar de un viaje por Europa, a mí se me antojara despedir al maquinista del «convoy» y sólo estuviera yo para conducir el ferrocarril hasta la estación. La comparación no será del todo exacta, pero nos da una idea de la situación que se produjo.

¿Por qué obró así Manuel?

No estaba loco, de esto no cabe la menor duda. Pero sobrestimaba quizá su talento, su agilidad mental. Si había sabido desenvolverse con tanto éxito en Gallowgate, podía hacer lo mismo ante el Tribunal Supremo. «Saber utilizar la cabeza», esto era lo importante en ambos casos: «saber utilizar la cabeza».

En efecto, desempeñar el papel de abogado era una verdadera tentación para Manuel, quien, pese a su fanfarronería y egotismo, hubiera quizá retrocedido en el momento de realizar una operación quirúrgica.

Pero ¿lanzar alegatos? ¿No se trataba simplemente de hablar? ¿No puedo yo hablar y no tengo lengua en la boca?

Hasta aquí, Manuel tenía razón. Le sobraba lengua en la boca y la movía sin cesar, quizá demasiado. Demasiado locuaz tal vez, incluso en Gallowgate, en los cafés, en las comisarías de policía, esta lengua tan inquieta le había acarreado más daños que otra cosa. Jamás tuvo dificultad para hablar y creía que esta facilidad de palabra bastaba para pronunciar alegatos forenses. No comprendía que es importante no sólo lo que se dice, sino lo que se calla.

Manuel estaba convencido de que si le daban carta blanca, obtendría mayores éxitos que los más diestros abogados. Sin duda, había criticado sus prudentes tácticas, como un sargento cualquiera podía criticar al general Montgomery en la batalla de El Alamein. Se irritó probablemente cuando consideré que sus defensores no asestaban golpes lo bastante rápidos y eficaces.

Sea como sea, al llegar la décima mañana del proceso y tras un aplazamiento concedido a petición suya, Leslie tomó la palabra ante aquella concurrencia emocionada.

-Debo informar a Su Señoría que mis colegas y yo no seguiremos ya actuando. A partir de ahora, Manuel quiere asumir por sí mismo su defensa. Por este motivo nos retiramos definitivamente, a menos que, más adelante, necesite y pida nuestra ayuda.

Incluso un juez tan enérgico y tan capacitado como Lord Cameron debió vacilar un momento ante aquella decisión. A ningún juez le gusta que un acusado carezca de un defensor experimentado, consagrado exclusivamente a sus intereses. De otro modo, la defensa corre a cargo del juez y ya tiene éste bastante con sus propios deberes.

Sin embargo, Lord Cameron permaneció impasible. -¿He de suponer, abogado Leslie, que usted ya no tiene poderes para actuar en nombre del acusado?

-Ya no los tengo.

-Estoy agradecido, a usted y a sus colegas, por los servicios que han prestado.

Los defensores saludaron y salieron de la sala. El juez se dispuso a asumir nuevas responsabilidades. Se encargaría de que Manuel fuera tratado con justicia y que no se explotara su débil situación.

En lo sucesivo, todo gravitaba sobre los hombros del propio Manuel.

Manuel, primer actor

Ni parecía nervioso, ni creo que lo estuviera. Sospecho, por el contrario, que se sentía confiado y gozoso, seguro de que su talento estaría a la altura de las circunstancias, y feliz por tener la ocasión de demostrarlo. A juzgar por cuanto sé del carácter de Manuel me atrevo a afirmar que era para él un momento de suprema satisfacción. En una sala repleta de gente tenía que defender a un hombre acusado de ocho asesinatos. ¡Qué gloria, sobre todo si el acusado era el propio Manuel!

Su confianza por lo visto, estaba bastante justificada. «El acusado ha presentado su propio pleito con notable habilidad» diría luego Lord Cameron. Y en muchos aspectos, Manuel se desenvolvió en su tarea bastante mejor que un abogado que vistiera por primera vez la toga. Sus preguntas iban directas a su objetivo y sus palabras brotaban con sencilla elocuencia. Perseguía siempre su fin, lo que no hacen a veces los jóvenes abogados. Sirva de breve ejemplo su debate con el detective inspector Goodall, que sucedió a su colega Mc Neill en la barandilla de los testigos.

-¿Dijo usted que si yo no me mostraba dispuesto a confesar, el comisario Brown tenía intenciones de acusar a mi padre del asesinato de los Smart?

-¡Vamos, hombre!

-¿Dijo usted que mi afecto hacia mi padre le había impresionado mucho?

-No me acuerdo.

O el diálogo con el propio comisario Brown:

-¿Amenazó usted con arrestar a mi padre y acusarlo del asesinato de los Smart?

-No.

-¿Amenazó usted con encarcelar a mi hermana?

-No.

-¿Amenazó usted con detener a mi madre?

-Yo no amenacé a nadie.

-¿No me dijo usted que si yo no confesaba los ocho asesinatos, crucificarían a mi familia?

-Jamás.

Acaso Manuel no logró vencer a los testigos del ministerio fiscal, pero ¿cuántos abogados defensores lo consiguen? Raras veces, y sólo un auténtico virtuoso logra asestar un golpe decisivo cuando existe la posibilidad de ello. A los demás se les puede felicitar si, como el abogado Leslie, exponen claramente el asunto y pueden así, desde el comienzo, atraerse la atención del jurado. Como contraexaminador, Manuel era tan bueno como la mayoría de los principiantes que conocí cuando pertenecía al Colegio de Abogados, incluyéndome a mí mismo.

Pero en una cosa era inferior. Nada puede sustituir a la experiencia, y la experiencia, al contrario que la inteligencia, se adquiere con los años. En muchas trampas caen los abogados aficionados y principiantes, por perspicaces que sean, si no están familiarizados con las artimañas del oficio. Manuel tropezó con algunas y si no cayó del todo en las emboscadas se debió a la generosidad del ministerio fiscal, es decir, a los abogados y testigos de la policía, sin presión ni intervención alguna de Lord Cameron.

Así, cuando el inspector Mc Neill fue llamado de nuevo a petición de Manuel y gracias a la tolerancia del juez («No le permitiré insistir sobre asuntos ya abordados») y después de una serie de preguntas nada peligrosas, Manuel cayó en las redes fácilmente y con bastante frecuencia.

-Creo entender que, en una investigación a propósito de un crimen, hay un procedimiento llamado eliminatorio.

-Sí.

-En la época del asesinato de los Watt ¿estaba yo eliminado?

-En esto, yo sólo puedo expresar una opinión.

-¿Qué opinión?

Manuel se adentraba en terreno peligroso, pero se trataba de un riesgo que un abogado con buen sentido del olfato podía muy bien afrontar.

-Diría que, desde el principio, sospeché de usted, pero sin excluir a otras personas.

-¿Usted detuvo a Watt? (Un acierto de Manuel.)

-Sí.

-¿Usted lo tuvo encarcelado durante dos meses? (Otro acierto de Manuel.)

-Sí. Pero transcurrido este tiempo, las investigaciones se orientaron de nuevo contra usted -replicó Mc Neill.

Señal de «peligro», color ámbar. Expresamente o, como parece verosímil, por pura casualidad, la reacción inmediata de Manuel fue prudente.

-Cuando usted detuvo a Watt ¿creía arrestar al hombre que asesinó a las tres mujeres?

Era ésta una pregunta acertada. Si la respuesta era afirmativa, el acusado ganaba. Si era negativa, el testigo perdía. Incluso una respuesta indirecta,, o que no comprometía a nada, no podía causar perjuicio alguno, a condición de ser prudente.

-Actuaba bajo las órdenes de un oficial superior que, después de estudiar las declaraciones de testigos independientes, no podía hacer otra cosa que detener al hombre a quien los testigos parecían designar.

Se había llegado al límite, y un profesional hubiera frenado allí. La insistencia de Manuel fue superflua si no perjudicial.

-¿Creía usted que detenía al hombre que había matado a esas mujeres?

-No me incumbe dar una impresión personal -respondió Mc Neill.

La señal de «peligro» era cada vez más intensa y pasaba ya al rojo. Manuel no la vio o no quiso hacer caso de ella.

-¿Por qué dijo usted, cuando se produjeron esos asesinatos, que creía que era yo el autor?

Mc Neill vaciló un instante y su respuesta dice mucho en su favor:

-¿Desea usted realmente que conteste a esto? No puede favorecerle.

Para entonces Manuel se había embriagado ya con su propia audacia. Preguntó lo que ningún buen abogado defensor hubiera preguntado nunca.

-¿Pensó usted en mí desde el momento en que se vio obligado a soltar a Watt?

La reserva de Mc Neill le honró todavía más, pero no podía evitarse la catástrofe.

-Yo lo conocía ya a usted. Es la única respuesta que puedo darle.

La frase decisiva había sido pronunciada y era él mismo quien se la había arrancado a Mc Neill. Desde luego, y a pesar de su sentido de la justicia, Mc Neill era un temible adversario. La lucha entre Manuel y Watt no parecía equilibrada.

Hacia el careo Watt-Manuel

La confrontación entre Manuel y Watt -y éste fue reclamado, como Mc Neill, a instancias de Manuel sometido al mismo careo constituyó el momento más dramático del proceso. El más dramático, pero no el más crítico. Algunas razones aparecen evidentes, pero otras requieren una explicación.

La detención de Watt sólo podía significar un punto de partida, y quizá no habría otro mejor. No era suficiente decir: «Usted era sospechoso y ha sido interrogado, encarcelado y puesto en libertad». Para elaborar una acusación contra Watt, la defensa debía empezar desde mucho más atrás.

Con pleno derecho, el ministerio civil se apresuró a adelantarse a la primera aparición de Watt, el cuarto día del proceso. Los abogados fiscales preguntaron a la criada de los Watt si la familia parecía feliz («Jamás oí una palabra más alta que otra»). Verificaron la coartada por medio de la esposa del propietario del hotel («Yo le vi después de media noche»), por el mismo propietario («Vi su coche a las siete cuarenta y cinco de la mañana»), por una camarera («Le serví el desayuno a las ocho y media»).

Se llamó a un procurador, al que recurrió Watt cuando fue detenido, y éste relató las entrevistas que mantuvo con Manuel («No es su muchacho. Sé quien es culpable. Me pidió ayuda»). Por muchos detalles, era evidente que Manuel se hallaba al corriente del asunto (conocimiento de la topografía de la casa de los Watt, y descripción dé los muebles), que no se indicaba un culpable y que éste pudiera muy bien ser el propio Manuel.

Sin detenerse ante ningún obstáculo, los abogados de la defensa habían atacado a Watt. Le habían arrancado la confesión de que varias veces había engañado a su mujer, lo que proporcionaba un motivo bastante débil para matar a una sola de las mujeres. Le hicieron aceptar que pudo irse a Glasgow y regresar a Lochgilphead en el intermedio de dos horas que encuadraban su cortada («Es posible», había observado secamente Lord Cameron). Le invitaron a explicar («No puedo comprenderlo») cómo un empleado del ferry de Renfrew le reconoció como un automovilista que, procedente de la zona de Lochgilphead, tomó la dirección de Glasgow durante la noche de los asesinatos hacia las tres de la madrugada. Pero la identificación perdió mucho valor porque el empleado del ferry había visto un coche Wolseley, mientras el coche de los Watt era un Vauxhall, indiscutiblemente.

Por último, los defensores hablaron de una entrevista entre Watt, una vez libre y Manuel, en el curso de la cual, según decía Manuel -le había Watt ofrecido o entregado dinero para que acusara a otro del asesinato de su esposa.

-¿Confesó usted a Manuel que usted había cometido esos crímenes?

-¡Oh, no, Dios mío! ¡Seguro que no!

Esta acusación era directa, formulada oralmente y refrendada por escrito. Pero no era lo suficientemente directa para satisfacer los instintos de lucha del detenido. Pronto se vería lo que iba a pasar.

Exasperación del señor Watt

Pocas veces ha ocurrido, en los procesos ingleses que el encausado acuse a su vez a uno de los testigos del ministerio fiscal. Jessie M’Lachlan en Glasgow, en 1862, invocando las «defensas especiales» obligatorias en Escocia, declaró un «asesinato cometido por James Fleming».

En 1923, Alexander Mason imputó en Old Bailey el crimen a un asociado, Eddie Vivían. Sin embargo, M’Lachlan y Mason estaban representados por sus abogados. La confrontación directa entre Manuel y Watt no tenía precedentes.

Hubo un acontecimiento que puso tensa la atmósfera, y fue la llegada de Watt al tribunal, tendido en una camilla. Su invalidez, a consecuencia de un accidente de automóvil, no tenía relación alguna con los crímenes. No obstante, ponía en el ambiente una nota lúgubre. Los criminalistas hallaron cierta similitud con el principal testigo del proceso Hall-Mills en 1926, la mujer llamada «Mujer-Cerdo», por ser la guardadora de una piara de cerdos en una granja.

Para interrogar a la Mujer-Cerdo en su camilla el abogado se puso guantes. Para interrogar a Watt en la suya, Manuel cogió un garrote. La defensa no quiso inculpar a la Mujer-Cerdo; pero, en este caso, la defensa intentó acusar a Watt. Había además otra diferencia: la presencia de un intermediario, en el primer caso, y la ausencia del mismo, en el segundo.

Manuel y Watt mantuvieron una lucha cuerpo a cuerpo de una brutalidad inaudita: fue lo que se dice una guerra a muerte.

El objetivo de Manuel era triunfar donde su abogado defensor había fracasado. En el transcurso del debate, Lord Cameron se vio sometido a un cruel dilema: su legítimo deseo de impedir una reiteración y la compasión que le inspiraba el inculpado.

-Señor Watt.

La manera de pronunciar este nombre ponía tono de acusación, y la pausa subsiguiente, que acentuaba más el carácter agresivo, dieron ya la tónica de este interrogatorio. Con todo ello, Manuel no buscaba granjearse simpatías, sino admiración. No explotaba sus debilidades, sino que alardeaba de su habilidad.

-Señor Watt, al salir usted de la cárcel, ¿cuándo nos entrevistamos?

-Pasaba ya de un año, y a petición suya. -¿Por intermedio de su procurador?

-Usted le había dicho que usted tenía informaciones.

Manuel sonrió.

-¿Era usted todavía sospechoso?

El hombre se movió ligeramente sobre la camilla.

-Yo quería encontrar al asesino.

-Usted quería… enc … ontrar… al asesino -repitió Manuel.

Un actor hubiera calificado de «farsa» su entonación despectiva, su modo de resaltar cada palabra. Pero un farsante necesita golpear y deslumbrar.

-Usted quería… descubrir… al asesino. Pero en nuestro primer encuentro ¿no había usted admitido que el asesino era usted mismo?

-¡Jamás he dicho eso! -estalló Watt.

-¿No me había usted pedido que le ayudara a acusar a otras dos personas?

-¡Usted miente!

-¿No había usted dicho que, desde hacía dos meses, tenía el proyecto de asesinar a su esposa?

-¡Eso es horrible!

Watt, hombre vigoroso, se incorporó en su camilla. Si, pese a sus heridas hubiera podido arrojarse sobre Manuel, este fanfarrón lo hubiera pasado muy mal. Una falsa acusación de asesinato multiplica las fuerzas, sobre todo si el propio asesino le acusa a uno de la matanza de toda su familia.

Watt se desplomó de nuevo sobre la camilla. -¡Eso es atroz y es mentira!

Manuel permaneció impasible.

-¿No me había usted afirmado que había trazado sus planes con tanto cuidado que, incluso comprendían un cambio de residencia?

-¡Otra mentira!

-¿No dijo usted que cuando mató a su hijita, había sentido deseos de disparar el revólver contra usted mismo?

Una infamia increíble: un tejido de mentiras inventadas por un malvado de corazón de piedra. No debe asombrar que Watt se irguiera de nuevo en su camilla, que los espectadores estupefactos desencajaran los ojos y que el propio Lord Cameron interviniera:

-Responda a la pregunta, señor Watt. Eso es todo.

Las últimas palabras significaban una orden. Watt se tendió de nuevo.

-No -dijo.

Manuel fijo su mirada en el juez. Ambos parecían a igual altura, pero quizá no del todo. Manuel era el centro de interés general. Cualquiera que fuera el resultado, se acordarían de él, mientras que, por ironías del destino, Lord Cameron sería olvidado. ¿Puede alguien decirnos el nombre del juez de Crippen, de Slater, de Rouse, de Magdalena Smith?

Manuel no sólo gozaba del presente, sino que incluso pensaba en el futuro. «Que gane o que pierda, soy yo, Manuel: figuraré en la Historia.» No importa el porqué. Y no se equivocaba. Peter Manuel consiguió celebridad. ¡Y qué celebridad!

-¿No me describió el modo cómo usted mató a su mujer?

-Yo no la maté.

-¿No me dijo usted que no tenía intención de matar a su hija?

-No.

Aludió a una segunda entrevista entre ambos, en presencia del procurador de Watt, en un café.

-¿Obedecía usted las órdenes de su procurador?

-Sí.

-Su procurador -prosiguió Manuel en tono altivo-, ¿no pensó que sería conveniente para usted embriagar a un hombre que quizá conocía la verdad?

-En absoluto.

El ingenio de Watt se movía lentamente… Mucho más lentamente que el de Manuel.

-Así ¿era por su propia decisión?

-Sí. Era por mi propia decisión.

-¿Cómo? ¿Y cuál era esta decisión? La camilla se estremeció:

-Yo jamás intenté embriagarle.

Manuel se sentía feliz. Había acusado de asesinato a un inocente y además lo sometía a horrible tortura.

Manuel, un criminal odioso

Pero el contrainterrogatorio no tiene como fin demostrar que uno es más inteligente que el testigo, aunque esto en ocasiones pueda ser útil. Su objetivo estriba en debilitar el crédito del testigo, aniquilar su testimonio o, por lo menos, sembrar la duda en el jurado sobre su buena fe, y si uno tiene por sí mismo pruebas para hacer prevalecer, reforzarlas y prepararlas.

En estas pruebas, las únicas que interesaban de verdad, Manuel fracasó. La única victoria parcial que alcanzó fue ver a Watt exasperado de furor. Y un furor muy comprensible, pues aquel pobre hombre, tan afligido ya de por sí, era acusado por el mismo individuo a quien consideraba causante de todas sus desgracias. La impresión favorable creada por Watt sobrevivió a su partida. Los ataques de Manuel habían llegado demasiado lejos.

Pero algo más grave todavía había sucedido. El proceso perdía interés a medida que se iba perfilando el resultado. ¿Lo sabía Manuel? ¿Se le ocurrió esta idea? Probablemente, no. Figurar en el papel principal provoca una euforia peligrosa en cualquier actor mediocre, acostumbrado a los últimos lugares del reparto. Es verdad que Manuel no flaqueaba y que su resistencia igualaba a su locuacidad. Seguramente, un abogado defensor habría podido luchar por aquella causa con más destreza, pero no la hubiera defendido con tanto ímpetu y energía. Todos sus esfuerzos no le resultaron favorables, pero no ahorró ninguno.

Hizo comparecer a su madre para tramar débiles coartadas y una confirmación aún más frágil de la coacción de la policía: Más chocante fue su interpelación espontánea: «Tú dijiste, Peter, que no sabías por qué habías obrado así». Hizo venir a su padre, que era tan taciturno como locuaz era el hijo, y habló menos que la madre, pero se mostró más caritativo, en particular en su descripción de Manuel en el cuartelillo de la policía: «Tenías aspecto de haber sido muy maltratado».

Hizo comparecer a un amigo que declaró que había bebido con él la víspera de Año Nuevo, es decir, la víspera del asesinato de los Smart. El amigo juró que Manuel había ido al lavabo «para venderle a este tipo un revólver». Se refería a otro cliente. El amigo de Manuel llegó aún más lejos afirmando que «ese tipo» se parecía a unas fotografías que le enseñaron más tarde.

Por último, y como era de esperar, el propio Manuel acudió a la barandilla y prestó juramento, lo que no podía evitar, aunque lo hubiera querido.

Salió airoso, tan bien como podía esperarse de un testigo. No se quedó corto en lo que pudo ser su piedra de toque y añadió numerosos detalles. Los revólveres abandonados en sus fecharías y arrojados al agua, las excursiones que tenían por objetivo tumbas o lugares que conocía; amenazas («esta vez le he cogido»), marrullerías («usted estará cuidado»), y siempre, sobre todo, las sospechas contra su familia. «Por ello escribí mis declaraciones. Yo mismo estaría aún allá abajo. Permaneciendo allí hasta que las barbas llegaran al suelo.»

Resistió sin un fallo el interrogatorio del ministerio fiscal, con una astucia sorprendente. Salió bien de su perorata, como buen charlatán. Escuchó con aire satisfecho los consejos que Lord Cameron dirigió a los miembros del jurado.

Pero el optimismo que manifestaba era pura ilusión. En su caso, nada podía impedir la decisión inapelable de la justicia y, tras una ridícula apelación, fue ahorcado el 11 de julio. Corrió el rumor de que, cuando el reloj dio las ocho, preguntó en tono irritado:

-¿No es la hora fijada para la ejecución?

-Sí -respondió el verdugo.

-¡Bien -replicó Manuel-: pues vamos allá!

La psiquiatría es la fe de esta época y el psiquiatra el nuevo sacerdote; existen también nuevas palabras que se emplean con rutina y por costumbre. Hace un siglo, Manuel hubiera sido considerado un criminal, noción pura y simple. Hoy, se le considera un psicópata, rindiendo culto y siguiendo la moda de los vocablos altisonantes.

Pero, en realidad, Manuel era un ser sin complicaciones. No plantea ningún problema, ni presenta ningún enigma, siempre que se admita que existen ciertos individuos -existirán siempre- que pueden asesinar sin escrúpulos. Su historia no necesita análisis profundos y es tan sencilla como dar los buenos días.

Manuel se retrata a sí mismo, como siempre hizo.

 


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