Peter Demeter
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Parricidio - Asesinato por encargo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 18 de julio de 1973
  • Fecha de detención: 17 de agosto de 1973
  • Fecha de nacimiento: 19 de abril de 1933
  • Perfil de las víctimas: Christine Demeter, de 33 años (su esposa)
  • Método de matar: Golpes con una barra de hierro o palanca
  • Localización: Mississauga, Ontario, Canadá
  • Estado: Fue condenado a cadena perpetua el 5 de diciembre de 1974. Posteriormente fue condenado a cuatro cadenas perpetuas más, las dos últimas en 1988 por conspiración para secuestrar y asesinar a la hija de su antiguo abogado
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Peter Demeter

Última actualización: 5 de abril de 2015

La última fotografía

Cuando Chistine Demeter ocupó las portadas de los periódicos, no lo hizo como modelo, sino como la esposa fallecida de un próspero hombre de negocio, Peter Demeter. Evelyn Dick también se hizo famosa de una forma similar; pero ésta vez fue ella quien asesinó a su marido, y no al revés.

EL ASESINATO – La señora Demeter está muerta

La atractiva Christine fue asesinada poco antes de que su esposo regresara de realizar unas compras. Cuando la policía inició las investigaciones, hubo un hombre que parecía nervioso y que de inmediato despertó sus sospechas: el marido de la víctima.

El miércoles 18 de julio de 1973 fue un día especialmente atareado en el hogar canadiense de Christine y Peter Demeter. La semana anterior habían hospedado en él a varios amigos con sus respectivas familias. En total, tenían invitadas a cinco personas y, a pesar de las dimensiones y comodidades que ofrecía la casa, comenzaban a notarse un tanto apretados.

Por eso, Christine debió sentirse aliviada cuando Peter accedió a llevárselos a todos de compras a Yorkdale, dejándola sola con su hija Andrea, de tres años. Yorkdale Plaza estaba a unos 35 kilómetros de Mississauga, donde residían los Demeter; el grupo llegó allí a las 8,15 de la tarde. Peter entró en una joyería con una de las jovencitas para que ésta le ayudara a elegir un regalo que quería hacerle a Christine; mientras, el resto de los invitados hacía sus compras en otras tiendas.

Hacia las 9,15 la expedición se hallaba reunida de nuevo y ponía rumbo a casa, adonde llegaron media hora después para encontrarse con un horrible espectáculo. Christine yacía tendida boca abajo en medio del garaje y de su cabeza salían dos grandes regueros de sangre. Al parecer, la habían asesinado.

Varias heridas profundas infligidas en el cráneo le habían provocado la muerte. Las características de las lesiones y su alcance hacían improbable que el fallecimiento fuera consecuencia de un suicidio o un accidente. Aunque no existía rastro de arma alguna, parecía que a la víctima la habían golpeado con un instrumento romo y contundente. Las manchas encontradas en el coche de Demeter así lo indicaban: la carrocería del Cadillac presentaba varias salpicaduras de sangre producidas “hacia arriba”, lo cual confirmaba la teoría de que alguien levantó el arma asesina varias veces para descargarla repetidamente sobre la víctima.

El inspector William Teggart se presentó antes de la medianoche en la escena del crimen. Enseguida constató el color rojo brillante de la sangre de Christine, señal de que la muerte era muy reciente: probablemente ocurrió unos minutos antes del regreso del grupo.

La primera idea de Teggart fue la de buscar huellas de algún intruso, quizá las de un ladrón sorprendido en plena faena. Peter Demeter era un hombre de excelente posición cuya casa estaba situada en Erindale, una zona muy selecta y por ello sumamente atractiva para un delincuente. Por supuesto, aquella era la línea de investigación que la prensa esperaba que se tomara. En los días siguientes al asesinato los periódicos locales ofrecieron todo tipo de detalles acerca de los frecuentes allanamientos de morada ocurridos en la vecindad.

Pero la policía no tardó mucho en desechar aquella teoría. Las cerraduras de Dundas Crescent estaban intactas y no existía señal alguna de violencia. Nadie había tocado la ropa que Christine vestía en aquel momento, ni se observaban indicios de violación.

Por el contrario, la atención de los investigadores se centró en una dirección totalmente opuesta. Desde el inicio de la investigación, a los detectives les había inquietado la actitud de Peter Demeter. No se trataba de una cuestión de pruebas o de pistas concretas, sino de actitud. Ante la muerte de su esposa, Peter había reaccionado de un modo que estaba a medio camino entre la calma y la agresividad. Había momentos en que parecía perfectamente sosegado, como si no hubiera pasado nada; pero al cabo de un rato se ponía a preguntar quién estaba a cargo de la investigación y por qué no hacían nada.

A la policía le resultó curioso que el marido de la víctima estuviera esperando que, de un momento a otro, las sospechas recayeran sobre él. Demeter insistió en explicar a uno de sus invitados cómo Christine había muerto al intentar alcanzar algo del altillo del garaje, y repitió su versión las veces suficientes como para dar la impresión de que la tenía preparada de antemano. Es más, cuando el agente Burns le pidió que acudiera a la comisaría para un interrogatorio rutinario, quiso saber de inmediato si estaba arrestado.

Las sospechas de la policía aumentaron cuando, al día siguiente, Demeter se puso en contacto con una firma de abogados. Puesto que nadie le había acusado de nada y, después de todo, contaba con una coartada irrefutable para el momento del crimen, aquello parecía un tanto prematuro.

Los temores de Peter podían tener su origen en que él mismo era consciente de contar con, al menos, tres motivos para desear la muerte de Christine. En primer lugar, se beneficiaría de una póliza de seguro de vida valorada en un millón de dólares. Dado que él poseía dinero en abundancia, dicho motivo no parecía demasiado importante. Pero era del dominio público que, como su padre había trabajado en el ramo de los seguros, Peter sufría una paranoia sumamente arraigada con respecto a ese tema y estaba convencido de que las grandes compañías de seguros estarían más que dispuestas a amañar contra él una acusación con tal de evitar el pago de la póliza.

En segundo lugar, el matrimonio Demeter estaba atravesando una mala racha. El propio Peter se lo confesó al agente Burns, y su primo, Steven, confirmó este dato. Y, por último, él tenía una amante. Solamente un mes antes de la muerte de su esposa había reanudado sus relaciones con la atractiva Marina Hundt, un antiguo amor de cuando vivía en Europa. La pareja pasó un maravilloso fin de semana en la zona de Quebec y Montreal haciendo planes acerca del divorcio de Peter. Christine se enteró de la aventura e intentó por todos los medios salvar su matrimonio. A pesar de ello, Peter y Marina continuaron escribiéndose y ella proyectaba volver en julio a Canadá para reunirse con su amante.

Equipado con todas estas sospechas, el inspector Teggart decidió intervenir el teléfono de Demeter, y al día siguiente del asesinato, el detective sargento Joe Terdik, del servicio de información, se encargó de ello. Por aquella época la legislación canadiense al respecto era muy elástica y Teggart no necesitó siquiera un mandamiento judicial para iniciar la vigilancia del sospechoso.

Al poco tiempo, la operación de espionaje comenzó a ocuparse de un segundo frente. Alrededor del 20 de julio llegaron a oídos de la policía ciertos rumores siniestros sobre una serie de conversaciones mantenidas entre Peter Demeter y un compatriota húngaro llamado Csaba Szilagyi. Los dos hombres se habían conocido en Austria, donde Demeter se erigió en protector del joven y le ayudó a emigrar a Canadá.

Desde entonces Csaba se convirtió en socio de Demeter, con quien compartía los secretos de sus negocios más dudosos. Ahora, y bajo las presiones de la policía, accedió a volverse en contra de su amigo para ayudarles a atraparle. Por eso. cuando vio a Peter en el funeral de su esposa, Csaba llevaba ocultos un micrófono y un transmisor sujeto en la cadera.

Desde la primera conversación mantenida en el funeral, y en todas las posteriores que el húngaro consiguió grabar, Demeter aparecía como culpable. Estaba ansioso por saber todo cuanto la policía le había preguntado a Csaba e insistía en que siempre se negaría a someterse a la prueba del detector de mentiras. Después, cuando el joven le sondeó con circunloquios acerca de la existencia de un asesino a sueldo, Demeter no demostró indignación ni sorpresa: simplemente se limitó a contestar que no había de qué preocuparse.

Teggart continuó grabando varias conversaciones más. Alrededor del 16 de agosto, considerando que contaba con pruebas suficientes para formular una acusación, se dirigió a casa de los Demeter junto con el sargento detective O’Toole y una orden de arresto. Peter salió a recibirles en pijama.

«Les estaba esperando, caballeros», fue su único comentario.

Una amistad muy peligrosa

Csaba, seis años más joven que Demeter, hijo de un ex diplomático, Joseph Szilagyi, parecía encantado de aceptar el papel de protegido de Demeter.

De hecho, Peter hizo mucho en favor de su amigo. En 1969 le pagó el vuelo a Canadá, le encontró un primer trabajo y le proporcionó un hogar. Csaba vivió con Peter y con Christine dieciocho meses, hasta finales de 1970.

Sin embargo, carecía del instinto y de la ambición de su protector, y no consiguió hacer carrera en Canadá. En la época del crimen estaba empleado en una pizzería.

Las razones de que Csaba decidiera ayudar a la policía no están del todo claras. Tal vez se hallaba resentido por el éxito de su amigo; o tal vez, como sospechaba Greenspan, mantenía relaciones con Christine, y juntos planeaban el asesinato de Peter.

PRIMEROS PASOS – Una ambición insaciable

Era un refugiado con grandes ansias de alcanzar el éxito. Obtenía todo cuanto deseaba; e incluso, estaba dispuesto a explotar a sus compatriotas húngaros para conseguir sus fines.

En muchos aspectos Peter Demeter constituía un claro ejemplo del desgraciado inmigrante que se ve obligado a huir de una patria destrozada, arruinada y sin perspectivas, para buscar un futuro dorado en el Nuevo Mundo.

La familia de Demeter poseía un pasado privilegiado. Su padre, Andrew, era un alto ejecutivo de una compañía multinacional de seguros, y su madre estaba emparentado con el regente de Hungría. Peter se sentía muy orgulloso de sus orígenes, y años más tarde presumiría abiertamente de haber vivido enfrente del edificio del Parlamento húngaro, en una de las mejores zonas de Budapest.

Sin embargo, el 2 de enero de 1945 durante el tremendo bombardeo de los rusos sobre la ciudad, ocupada por los nazis, un proyectil extraviado destrozó el hogar de los Demeter y todo su mundo se vino abajo. El padre de Peter resultó muerto a consecuencia de la explosión, y dos semanas después, su hermano mayor falleció en el frente. A la edad de doce años, se encontró solo con su madre.

Los años siguientes fueron una auténtica batalla. Un viejo amigo de la familia proporcionó al joven una máquina de tricotar para que pudiera ganarse la vida. En aquel período de posguerra, con una inflación galopante, aquel talento resultaba mucho más útil que cualquier calificación académicas.

Peter también obtuvo cierto éxito en la escuela y albergaba la ilusión de estudiar en la Academia de Artes Teatrales de Budapest para convertirse en actor. Pero esta vez el pasado aristocrático de su familia se volvió en su contra, y en 1953 fue expulsado acusado de anticomunista.

Después de sufrir este desengaño, la huida a Occidente parecía la única opción sensata. Así que en diciembre de 1954 Peter y dos compañeros más, ayudados por un guardia de la frontera húngara, emprendieron el arriesgado camino de la libertad. Una vez en Austria, Demeter se instaló en un campo de refugiados hasta que Conrad Patzenhofer, otro amigo de la familia, lo sacó de allí y le proporcionó un empleo en Graz como presentador en la cadena Europa Libre.

Aquélla experiencia enseñaría a Peter a desenvolverse. Se dedicó a entrevistar a los refugiados y a realizar reportajes sobre la vida detrás del Telón de Acero. Por entonces se mezcló con otros refugiados y conoció a Csaba Szilagyi, quien se convirtió en gran amigo suyo.

Pero el trabajo desempeñado en la radio se le quedaba pequeño al ambicioso joven, quien comenzó a involucrarse en los numerosos negocios de Conrad -inversiones, distribuidores automáticos, industrias azucareras- utilizando los contactos de su amigo para abrirse paso en el mundo empresarial.

Hacia 1956, cuando cumplió veintitrés años, ya estaba preparado para emprender un negocio propio en alguna nación que le ofreciera más oportunidades. Y llegó a Toronto sin saber inglés, pero con la firme determinación de convertirse en una persona distinguida.

Durante los años siguientes Peter pasó sin interrupción de trabajo en trabajo. Estuvo empleado como chófer en la compañía Diamond Dab; como cobrador de facturas pendientes; como conductor del Consulado Americano… En todos aquellos puestos demostró ser decidido y trabajador, aparte de no perder nunca de vista su futuro. Más tarde comentaría uno de sus amigos, «al llegar a Canadá, Peter trabajó duro, ahorrando hasta el último céntimo que ganaba. Jamás gastó una moneda en cosas superfluas. Por eso no fumaba y bebía muy poco».

En lo que sí invirtió algún dinero fue en viajes, puesto que regresaba a Europa periódicamente. El cambio de moneda le permitía hacer un papel mucho más brillante en Viena que en Toronto. Allí contaba con un buen número de novias; pero, a pesar de todo, sus defectos no lograron pasar desapercibidos. Una mujer que se lo había quitado de encima hablaría así de su temperamento obsesivo: «Comenzó por seguirme a todas partes … en los transportes públicos, en los taxis… consiguió volverme loca antes de darse por vencido». La misma persona hizo constatar también su preocupación por el dinero: «Lo que se me quedó más grabado de él fue su ambición de hacerse rico. No hay nada malo en ello, por supuesto, pero en Peter era una gran obsesión.» Por aquellas fechas, los sueños de Demeter se estaban haciendo realidad. Asociado con otro compatriota húngaro creó una compañía llamada Eden Gardens Limited. Juntos compraron dos solares bastante baratos, y luego obtuvieron ciertos beneficios revendiendo uno de ellos y construyendo en el otro un bloque de apartamentos. La gente se preguntaba con qué fondos había logrado levantar aquélla empresa y la policía sospechaba de él como autor de ciertos fraudes realizados a través de una compañía intermediaria en el envío de dinero por parte de los inmigrantes canadienses a sus familiares de Hungría. Nunca se llegó a probar nada, pero la fortuna de Peter Demeter contaba con unos cimientos bastante oscuros.

LAS CINTAS – La trampa

Peter Demeter representaba el papel de un marido rico dispuesto a dar a su mujer toda clase de lujos. Pero su mejor amigo declaró que bajo aquella apariencia de esposo trabajador, se escondía un hombre que tramaba el asesinato de su esposa, la madre de su hija.

El arresto de Demeter no tuvo consecuencias dramáticas en su habitual modo de vida. La fiscalía no opuso más que una resistencia simbólica a la libertad bajo fianza, y durante el año de espera que precedió al juicio, Peter continuó en libertad, lo cual encajaba perfectamente en los planes de la policía. Teniendo a su principal sospechoso aún en circulación podían continuar grabando sus conversaciones y esperaban encontrar alguna prueba concreta en su contra.

El truco, sin embargo, dejó de funcionar en enero de 1974, cuando sorprendentemente Csaba Szilagyi se presentó en la vista contra Peter, como principal testigo de la acusación. Csaba declaró que Demeter sacó a colación por primera vez, aunque de forma indirecta, el tema del asesinato de Christine en el otoño de 1968, cuando aún no había transcurrido un año de su matrimonio. Es más, Peter insistió en aquel siniestro asunto una y otra vez durante los años siguientes, utilizando a su amigo como confidente de una serie de grotescos planes criminales contra su mujer.

Según Csaba, Peter consideró, entre otras muchas, la posibilidad de empujar a su mujer desde lo alto de una de las casas que tenía a medio terminar; de manipular los frenos de su coche, o de electrocutaría en la piscina. Csaba señaló también que Demeter había dado más de un paso para poner en práctica alguno de sus planes, y declaró que dos días antes del asesinato de Christine recibió una llamada de su amigo pidiéndole que evitara la visita que su novia, Gigi, proyectaba hacerle aquella tarde a su mujer. A Csaba le resultó imposible cumplir el encargo y se quedó enormemente sorprendido cuando aquel mismo día, un poco más tarde, Peter le telefoneó nuevamente, muy enfadado, para decirle que por su culpa había perdido 10.000 dólares: «cierta persona» acababa de llamarle y le había comunicado que «el trato incluía a una sola persona, y no a dos».

Joe Pomerant, abogado de Peter, hizo cuanto pudo por desmentir aquellas disparatadas acusaciones. Señaló que, si se tenía que hacer caso a la cronología sugerida por Szilagyi, su cliente había estado planeando el asesinato mucho antes de iniciarse sus relaciones con Marina y antes también de que existiera una póliza de seguro sobre la vida de Christine. Y era necesario plantearse algunas cuestiones más. ¿Por qué Csaba permitió aquellos planes macabros? ¿Por qué no advirtió de ellos a Christine? ¿Por qué, si pensaba que Demeter hablaba en serio, arriesgó la vida de su propia novia el 16 de julio? Entre los argumentos de Pomerant había más de uno muy válido, pero no fue capaz de atrapar al testigo de la acusación en un solo error. Por lo que resultó bastante sorprendente que se citara a Demeter para ser procesado.

La fecha del inicio del juicio se fijó para seis meses después, pero durante todo aquel tiempo la prensa nacional continuó considerando noticia el asunto Demeter. Su interés pareció avivarse de modo especial en abril de 1974, cuando Marina llegó a Canadá. Desde los días posteriores al asesinato de Christine los reporteros no habían contado con ninguna noticia tan «sensacional» como aquélla.

El letrado Joe Pomerant esperaba explotar la situación y utilizar aquellos reportajes sensacionalistas como excusa para trasladar el juicio fuera de la localidad donde residía Peter. Pero el plan no le salió bien, pues la nueva jurisdicción elegida fue London, en Ontario, sede de las más importantes compañías de seguros canadienses y una ciudad que mostraría escasas simpatías hacia alguien de quien se sospechaba había defraudado a una de sus principales industrias.

El juicio contra Demeter se inició el 23 de septiembre de 1974; lo presidía el juez Carnpbell Grant. John Greenwood se hizo cargo de la acusación; Joe Pomerant y Eddie Greenspan se ocupaban de la defensa.

Desde el principio el Juez Grant dejó bien claras las proporciones del proceso. En el primer discurso que dirigió al jurado advirtió a éste de que aquél iba a ser un juicio extenso y «una gran molestia para todos ustedes». La selección del jurado duró siete horas y media, pues tanto la defensa como la acusación examinaron a cuarenta y nueve miembros del mismo antes de aprobar a los doce definitivos.

La lentitud estableció el tono general de la mayor parte del juicio, constantemente interrumpido para dar paso a interminables sesiones voir dire y a las propuestas presentadas por la defensa con el fin de anular el juicio, cosa que solía suceder a diario.

La mayoría de estas preguntas giraban en torno a los reportajes de la prensa sobre el asunto Demeter. Un ejemplo, Greenspan aludió a una antigua fotografía de Marina aparecida el 17 de octubre en el Toronto Star y tomada durante una época de crisis energética en Europa. En ella Marina había posado desnuda de cintura para arriba junto a un bidón de gasolina. Greenspan calificó la fotografía de «provocativa, salaz y obscena» y se quejó de que el juicio de Peter Demeter se estaba desarrollando «en medio de un ambiente de orgía romana creado por la prensa».

Más tarde, importantes juristas pondrían en duda que aquella táctica fuera la adecuada, sugiriendo que en una primera etapa la defensa aburrió al juez con sus interminables alusiones a cuestiones insignificantes, incluían las grabaciones ocultas de las con lo cual hizo restar importancia a otros argumentos, mucho más válidos, presentados luego en el juicio. En este caso en concreto, el juez desestimó la objeción de la defensa, aduciendo que la fotografía no contenía «nada que no se pueda ver un día de verano en las playas del lago Hurón».

Sin embargo, no hubo un solo detalle superfluo en las numerosas sesiones voir dire, durante las cuales se solicitó que el jurado se retirara para que el juez pudiera decidir si las pruebas presentadas por el fiscal eran o no admisibles. En dichas sesiones se hallaban contenidos los puntos fundamentales de la acusación contra Demeter, por lo que se convirtieron en el centro de los debates jurídicos más airados.

La primera de ellas se celebró nada más iniciarse el juicio. Irónicamente, el jurado que tanto había costado elegir fue desalojado de la sala durante tres semanas y no oyó testimonio alguno hasta el 15 de octubre.

A lo largo de estos días, el juez Grant examinó las cintas de las llamadas telefónicas efectuadas por Peter entre el 19 de julio de 1973 y el 14 de enero de 1974, que incluían las grabaciones ocultas de las conversaciones con Szilagyi. A pesar de que la policía había borrado, o bien grabado encima de algunas de aquellas cintas, el proceso de selección de las grabaciones realizadas supuso una ingente labor.

Se presentaron además numerosos problemas técnicos. Concretamente, la traducción les proporcionó más de un quebradero de cabeza, pues muchas de las conversaciones se habían desarrollado en húngaro. Se permitió que Csaba ofreciera su propia traducción, revisada luego por otras dos personas sin relación alguna con el caso.

Y, por supuesto, había que tener en cuenta ciertas cuestiones legales. La defensa, por ejemplo, declaró que la policía había atentado contra los derechos de su cliente al grabar más de cien conversaciones mantenidas entre Peter y sus abogados. Asimismo, argumentó que la «Ley de Protección de la Intimidad» (1974) debería aplicarse en este caso de forma retroactiva, puesto que había sido aprobada precisamente para evitar abusos de ese tipo.

Incluso en el caso de haber prescindido de aquellas sutilezas legales, las cintas no eran ni mucho menos concluyentes. En ningún momento se había grabado una confesión del acusado por la que éste resultara involucrado en el asesinato. Ni mencionó un solo nombre que pudiera ser relacionado con el crimen. Lo que sí ofrecían las grabaciones era la imagen de un hombre astuto y suspicaz; de un hombre capaz de mentir a la policía, de emplear ciertas prácticas dudosas en sus negocios, o de algo peor. Su mayor virtud fue la de prestar credibilidad al testimonio de Szilagyi, que de otro modo hubiera sido difícil de probar.

Con todo, las cintas eran de vital importancia. Basándose en ellas, Grant aplazó su decisión para un mes más tarde (el 14 de noviembre). Y cuando por fin la hizo pública, fijó con ella el resultado final del juicio.

La amante

Un amigo de la infancia de Demeter declaró en una ocasión que «la mujer ideal de Peter era una rubia… una rubia inalcanzable». No existía una descripción mejor para Marina Hundt, la atractiva modelo que tan hábilmente jugara con los sentimientos de Peter. La pareja se conoció en 1965 en el transcurso de una fiesta, y él se sintió inmediatamente fascinado por ella. Pero Marina, conocedora del carácter posesivo y de la intensidad del afecto de Demeter, actuó siempre con cautela.

Después del matrimonio de Peter, la pareja dejó de verse hasta 1970, fecha en que reanudó la correspondencia. Esta vez, sin embargo, él procuró no parecer demasiado ansioso y se mostró conforme con aguardar a 1973 para reemprender sus relaciones. Evidentemente, Marina esperaba que Demeter abandonara a su esposa, y había hecho una reserva para el 26 de julio en un vuelo con destino a Canadá. La acusación sospechaba que, a medida que se acercaba aquella fecha, el interés de Peter por deshacerse de Chrístine era aún mayor.

Voir dire

Voir dire significa «decir la verdad». En términos legales esta expresión alude al examen de los testigos para comprobar su honestidad y evaluar si sus declaraciones ante el tribunal merecen suficiente confianza. También se utiliza este término para designar las pruebas a que se somete a los distintos miembros del jurado con el fin de dilucidar si guardan algún prejuicio en relación con el asunto, o bien para descubrir cualquier tipo de conexión con el acusado.

El procedimiento de voir dire no forma parte del juicio en sí, sino que es un trámite necesario para asegurar el adecuado desarrollo del mismo. Por eso el jurado no asiste nunca a dichos exámenes.

Un reclamo

Durante el inicio de la investigación la atención de la policía se vio atraída por una serie de brutales asesinatos sexuales que, al parecer, podían guardar alguna relación con la muerte de Christine. En septiembre de 1973 una estudiante llamada Constance Dickey fue descubierta a pocos kilómetros de la casa de Demeter violada y estrangulada. Un mes más tarde otra joven de la localidad recibió una paliza que le causaría a muerte. Parecía una notable coincidencia el que tres mujeres jóvenes murieran en un periodo tan corto de tiempo en una zona donde los crímenes violentos eran muy raros.

Los abogados de Peter se apresuraron a aprovechar este dato a favor de su cliente, pero la teoría de que Christine había sido víctima de un desconocido “asesino en serie” se vio seriamente dañada cuando un obrero de la localidad, Henry Williams, fue arrestado y acusado del asesinato de las otras dos jóvenes. Se citó a Williams para que declarara en el juicio de Demeter; pero, a pesar del agotador interrogatorio a que fue sometido, él negó cualquier relación con la muerte de Christine. Como confesó su culpabilidad en los otros dos asesinatos, su testimonio resultó aun más convincente.

DEBATE ABIERTO – Escuchas telefónicas

La policía puede emplear los últimos avances técnicos para atrapar a los delincuentes, pero es a la justicia a quien corresponde admitir o no las pruebas obtenidas de este modo.

La tecnología ha ayudado siempre a que los organismos encargados de hacer cumplir la ley vayan por delante de los delincuentes. El primer asesino descubierto por medios electrónicos fue John Tawell, un cuáquero que envenenó a su amante en 1845. Alguien vio cómo Tawell salía precipitadamente de casa de la víctima, cerca de Slough. Al entrar en ella, un vecino descubrió a la pobre mujer agonizando tras haber ingerido un vaso de cerveza negra en el que su amante había mezclado cianuro. Gracias a la línea recientemente instalada entre Slough y Paddington, enviaron un telegrama a Londres; y cuando el asesino llegó a Londres, la policía le siguió hasta su alojamiento, donde fue arrestado. El criminal acabó confesando poco antes de que lo ahorcaran.

Sesenta y cinco años más tarde, el doctor Crippen se convertiría en el primer asesino capturado gracias a la telegrafía sin hilos. El capitán del buque, que reconoció al doctor y a su amante a pesar de que iban disfrazados, telegrafió a Scotland Yard, e inmediatamente el inspector Walter Dew salió en su busca. El barco de Dew alcanzó el de Crippen en medio del Atlántico y el fugitivo fue enviado de vuelta a Inglaterra para ser procesado.

Desde los tiempos de Crippen, el crecimiento y la expansión de los sistemas telefónicos han revolucionado los métodos de investigación. Pero mientras que el intervenir teléfonos se ha convertido en un tópico del espionaje y los crímenes de ficción, su aplicación en la vida real es bastante limitada. Los teléfonos, de hecho, se han venido interviniendo desde la época victoriana, pero sobre todo en casos relacionados con sospechosos de actividades subversivas o agitadores políticos. La Ley de Telegrafía de 1868 proporciona al Estado el monopolio de la red telefónica, aunque no existe una base legal o un reglamento para interceptar llamadas. Desde 1937 cualquier intervención telefónica debe estar autorizada por un mandamiento procedente del Ministerio del Interior.

En España las intervenciones telefónicas son siempre ilegales si no han sido autorizadas previamente por un juez.

En la década de los sesenta, los tribunales británicos no se ponían de acuerdo sobre si admitir o no las grabaciones como pruebas. Algunos jueces se oponían a ellas. En otros casos, la defensa conseguía evitar la inclusión de pruebas grabadas, porque éstas se habían obtenido subrepticiamente. Normalmente este tipo de pruebas se emplea en casos de delitos terroristas o en investigaciones de fraude a gran escala.

Las grabaciones ocultas se utilizaron a principios de los ochenta contra dos detectives sospechosos de corrupción en un asunto conocido como el «caso del Árbol de Navidad», pues las pruebas reunidas se obtuvieron gracias a un minúsculo magnetófono escondido al pie de un abeto que decoraba el hogar de un conocido delincuente londinense. La conversación mantenida entre ambos detectives y su anfitrión en el transcurso de una fiesta fue escrupulosamente grabada; y el oficial de más alta graduación acabó pasando dos años entre rejas acusado de corrupción.

Pero el caso más célebre de este tipo es el de los individuos que se introdujeron en la sede del Partido Demócrata, en Washington, durante la campaña de 1972, desencadenando con ello el escándalo Watergate, que culminaría con la dimisión del presidente Richard Nixon. Los intrusos, que trabajaban para el servicio de inteligencia de EE.UU., CIA, consiguieron intervenir los teléfonos de los dos principales responsables del Comité Demócrata Nacional. Uno de ellos, James McCord, era coordinador de seguridad del comité para la reelección de Nixon y un experto en vigilancia electrónica. Aquella intrusión en el Watergate no fue más que el comienzo de una serie de allanamientos, escuchas telefónicas y otras actividades ilegales organizadas por algunos funcionarios de la Casa Blanca a las órdenes del presidente Nixon. Los desesperados intentos de éste por ocultar su participación en aquel juego sucio provocaron una serie de maniobras por parte del Congreso de EE.UU. para involucrarlo. También el pueblo comenzó a solicitar la actuación de un tribunal. Enfrentado con todo un cúmulo de acusaciones irrefutables, el presidente acabó dimitiendo en agosto de 1974.

EL VEREDICTO – Demasiado tarde para hablar

Un delincuente recibe un disparo mortal en su huida de la cárcel, pero tiene que pasar algún tiempo antes de que la policía descubra una enigmática nota que lo relaciona con el acusado, Peter Demeter. El muerto se llevó el secreto a la tumba, pero ¿se trataba del criminal a sueldo que asesinó a Chistine?

La inquietud comenzó a cundir entre los encargados de la acusación a medida que se desarrollaba un largo debate en torno a las grabaciones. Las pruebas con que contaba la fiscalía eran decididamente frágiles: un móvil bastante potente, una serie de cintas ambiguas que probablemente no se admitirían como pruebas y las extravagantes acusaciones formuladas por Szilagyi. En definitiva, nada que no hubieran descubierto en las 48 horas siguientes al asesinato. Como el propio Greenwood admitiría más tarde, «con las cintas poseíamos unos argumentos irrefutables… sin ellas carecíamos por completo de razones».

Lo que necesitaban de modo más apremiante era una pista acerca del auténtico asesino de Christine. A lo largo de la investigación todo el mundo estaba convencido de que Demeter contrató a alguien para que hiciera el trabajo en su lugar. Pero, al año del asesinato, no habían logrado obtener más que una única y enigmática pista: el 29 de agosto de 1973 la policía de Toronto hirió de muerte a Laszlo Eper, un hombre que, provisto de un arma, huyó de la cárcel. En su domicilio encontraron un cuantioso botín de artículos robados, junto con un pequeño arsenal compuesto de armas y municiones. Aún de mayor interés era un pedazo de papel de envolver color marrón, con un par de nombres garabateados: el de Peter Demeter y el del inspector Teggart.

Los oficiales encargados de la investigación estaban muy intrigados. Eper estaba condenado a cadena perpetua por intento de asesinato contra un policía de Hamilton, y su historial sugería que era un hombre perfectamente capaz de matar a alguien por dinero. Su huida de la cárcel también había tenido lugar en una fecha muy fortuna: dos meses antes del asesinato de Christine. Pero ahora, una vez muerto, no había posibilidad de interrogarle.

La segunda pieza del puzzle no encajó hasta el 1 de octubre de 1974, más de un año después, cuando la policía recibió la llamada de un informador, Julius Virag, quien les comunicó que el asesino de Christine era un hombre que vivía en Toronto con una húngara, y a quien se conocía con el apodo de «Kacsa» («El Pato»).

A los detectives les costó tres semanas sacar provecho de aquella débil pista, pero el 21 de octubre consiguieron localizar a la amante de «El Pato», María Visnyiczky. Esta declaró que su compañero, cuyo auténtico nombre era el de Imre Olejnyik, había huido a Hungría. Sin embargo, la historia que les contó hizo que la cacería mereciera la pena. María les dijo que en la primavera de 1973 «El Pato» recibió una gran suma de dinero que trajo oculta entre un rollo de documentos. El dinero -según le informó- procedía de un «millonario que quería que acabara con su bella esposa, una austríaca». Pero al poco tiempo «El Pato» decidió escapar del país después de pasarle el trabajo a un tal «Ferenc Stark».

Hacía tiempo que no quedaba nada del dinero, pero lo que sí pudo mostrar María a la policía fue el rollo de documentos, que resultaron ser el proyecto original de una de las propiedades de Peter Demeter.

Pronto se confirmó que Stark también era húngaro. Se trataba de un menudo constructor de mediana edad que llegó a Canadá después de servir como sargento en la Legión Extranjera Francesa. Los detectives lo visitaron el 30 de octubre y se quedaron muy sorprendidos al descubrir que los abogados de Demeter ya lo habían citado para el juicio.

En efecto, un mes antes, Pomerant, después de enterarse de que Christine había intentado comprarle un arma a Stark, concertó una entrevista con éste. Cuando más tarde prestó declaración, Stark insistió en la autenticidad del incidente. Pero el testimonio prestado de parte del fiscal resultó aún más perjudicial, pues Stark también habló de que Peter le había pedido que amañara un «accidente» en una de sus propiedades de Dawes Road, adonde debía atraer a Christine por medio de algún engaño y luego asegurarse de que no quedara con vida. Stark había accedido a ayudar a Demeter, para lo cual contrató a «El Pato». Pero el 2 de abril de 1973, la fecha señalada para el plan, «El Pato» huyó con el dinero y sin causar ningún daño a la víctima. Por supuesto, todo aquello no probaba nada acerca del asesinato en concreto, pero sí sugería que, efectivamente, Demeter planeaba el asesinato de su esposa.

La declaración de Stark alteró de forma inevitable el curso del juicio. El 4 de noviembre el juez. Grant admitió la solicitud del fiscal Greenwood, para que al acusado se le revocara la libertad bajo fianza.

Inmediatamente la defensa pidió la anulación del juicio y, de no ser por las numerosas «falsas alarmas» habidas en este sentido desde el inicio del proceso, probablemente la habría conseguido. Hasta uno de los abogados de la acusación llegó a reconocer que en aquel momento el juicio generó en un auténtico «circo».

La realidad era que, después de muchos meses de inactividad, se estaban presentando nuevas pruebas y se necesitaba más tiempo para examinarlas. De otro modo, tanto la acusación como la defensa estarían trabajando a ciegas con un conglomerado de hechos a medio digerir.

Todo esto se hizo aún más evidente a partir del testimonio prestado por Julius Virag. Cuando éste, cubierto con una capucha y oculto bajo el nombre de «señor X», subió por fin al estrado, proporcionó un relato de los hechos considerablemente más “adornado” que el del 1 de octubre, cuando llamó por teléfono a la policía. Virag declaró que la tarde del asesinato se encontró con «El Pato» en el hipódromo de Woodbine y que al día siguiente «El Pato» confesó haber asesinado a Christine. Dicha confesión fue desestimada, pero al testigo se le permitió contar ante el tribunal las extravagancias de «El Pato» durante las carreras. Sólo una vez que el juicio hubo acabado se descubrió que el día del asesinato el hipódromo estuvo cerrado.

Después de que se desvanecieran las esperanzas de Pomerant de obtener la anulación del juicio, el juez Grant decidió admitir como pruebas las grabaciones.

La defensa de Demeter parecía bastante endeble. Tras analizar la declaración de Stark, la policía decidió entrevistar a Joe Dinardo, otro de los socios de «El Pato». Dinardo era un enorme ex boxeador que se encontraba en la cárcel cumpliendo una condena por incendio premeditado. Aunque a regañadientes, el hombretón acabó accediendo a prestar testimonio.

Pero, ante el horror de los detectives, el relato de Dinardo parecía exonerar a Demeter. El ex boxeador contó cómo Christine y Csaba habían contratado a un viejo amigo suyo, Laszlo Eper, para que asesinara a Peter. La noche fijada Eper llegó a casa de Dinardo con los pantalones cubiertos de sangre, y le dijo que había matado a Christine después de discutir con ella a causa del dinero acordado. Dicho relato proporcionaba todo su significado a la nota hallada en el apartamento de Eper, así como a los intentos llevados a cabo por Christine para comprarle una pistola a Stark. Pero una vez más la confesión de Eper fue desestimada, lo cual hizo disminuir la importancia del testimonio de Dinardo. Es más, Laszlo Eper, el único testigo que hubiera podido ayudar a Peter, estaba muerto.

El 5 de diciembre el jurado se retiró después de solicitar una nueva audición de las cintas. Le debió resultar difícil tomar una decisión. Pero, al cabo de tres horas, presentaron el veredicto de culpabilidad.

Peter Demeter pronunció entonces un emotivo discurso en el que perdonaba al jurado el veredicto emitido y lo disculpaba porque no había llegado a oír «toda la historia». El juez Grant pronunció la sentencia a cadena perpetua, y luego aseguró al jurado: «No creo que hubieran podido llegar ustedes a una conclusión distinta, dadas las pruebas presentadas … »

El Pato

La policía hizo cuanto pudo para atar los cabos sueltos del caso Demeter e intentó obtener la extradición a Canadá de Imie Olejnyik, alias «El Pato». Lo cual no parecía nada fácil, pues las autoridades de su país continuaban considerándole un húngaro -y ello a pesar de haber huido a Canadá durante el levantamiento de 1956- e insistían en interrogarlo primero. En el transcurso de aquellas entrevistas «El Pato» pareció confirmar la mayor parte de las pruebas presentadas en el juicio de Demeter. Admitió su participación en los planes para asesinar a Christine en Dawes Road, pero también aseguró -al igual que lo hiciera María Visnyiczky- que el día del crimen él se encontraba en Hungría. La policía canadiense no estaba muy segura de la autenticidad de aquellos interrogatorios; pero, antes de que pudieran verificarlos, lmre «El Pato» murió en circunstancias sospechosas.

El caso Wray

El caso Wray, ocurrido en 1970, fue el precedente utilizado por el juez Grant para admitir como prueba en el juicio las grabaciones. John Wray robó y asesinó, en marzo de 1968, a un vigilante de aparcamiento de Peterborough, en Ontario. En junio del mismo año se le arrestó y, después de nueve horas de interrogatorio, confesó y mostró a la policía el lugar en el que había hecho desaparecer el arma. Pero en el juicio la defensa logró argumentar, con éxito, que la declaración de Wray fue forzada y que se le había negado cualquier contacto con su abogado. Y John Wray salió absuelto. La fiscalía recurrió la sentencia y, aunque el Tribunal de Apelaciones de Ontario ratificó el veredicto, éste fue revocado por el Tribunal Supremo Canadiense. El juez Judson explicó así los motivos de su decisión: «No existe ninguna razón jurídica que permita la exclusión de alguna prueba relevante por motivos de falta de equidad hacia el acusado.»

MENTE ASESINA – Matrimonios fracasados

Ninguno de los dos era feliz con su cónyuge y a ninguno le conmocionó su muerte. El asesinato les parecía el camino más fácil para terminar con los inconvenientes de la vida familiar.

Los casos Dick y Demeter presentaban un buen número de puntos en común. Tanto en uno como en el otro, el asesinato parece tener sus raíces en un matrimonio fracasado.

Peter Demeter sufrió una infancia turbulenta y luego tuvo que luchar a brazo partido para abrirse camino en una nación extranjera. Todas estas experiencias forjaron en él un temperamento suspicaz y un auténtico terror a ser pobre. Su actitud ante el dinero originó más de un problema entre Demeter y su extravagante esposa. Demeter pasaba de auténticos arrebatos de generosidad a otros de la más absoluta tacañería, en los que podía llegar a multar a Chistine por perder las llaves de la puerta, o bien hacerle extender recibos cuando se le acababa el dinero de bolsillo asignado.

También en sus relaciones con las mujeres era una persona contradictoria. De carácter celoso y posesivo, podía con facilidad resultar violento si creía que su pareja lo engañaba. La acusación presentó varios testigos que confirmaron haber presenciado varias peleas de la pareja, así como conocer la existencia de golpes y amenazas tanto contra a su mujer como contra su amante Marina.

En los contactos mantenidos por la policía, Peter Demeter resultó ser su peor enemigo. Tenía un aire de patricio que suscitaba un inmediato antagonismo por parte de los detectives de alta graduación, cuyas sospechas se despertaron desde el inicio de la investigación. También les dejó estupefactos su morboso sentido del humor. Ante el espectáculo de la mujer asesinada solo se le ocurrió comentar: “Nunca hasta ahora me había dado cuenta de que Chistine tenía tanto cerebro“. Sin duda, se trataba de un chiste inofensivo, pero que resultaba mucho menos gracioso cuando se repitió en el juicio.

Fechas clave

  • 18/7/73 – Christine Demeter aparece muerta en su propia casa.
  • 19/7/73 – La policía interviene el teléfono de Peter Demeter.
  • 20/7/73 – La policía se entera de la relación existente entre Demeter y Csaba Szilagyi.
  • 17/8/73 – El inspector Teggart arresta a Demeter, acusado del asesinato de su esposa.
  • 29/8/73 – La policía encuentra la pista del “pedazo de papel”.
  • 1/10/74 – Un informador telefonea a la policía para proporcionarle el nombre del asesino: “El Pato”.
  • 21/10/74 – La policía localiza a la amante de “El Pato”, quien les resulta de mucha ayuda en la investigación.
  • 14/11/74 – El juez Campbell Grant decide admitir a prueba las grabaciones.
  • 5/12/74 – El jurado declara a Demeter culpable de asesinato y se le condena a cadena perpetua.

Conclusiones

Marina regresó a Viena, ciudad en la que había nacido, y se llevó consigo al perro de Peter. Más tarde acabaría convirtiéndose en encargada de una tienda de moda. Andrea se fue a vivir con Steven y Maryorie Demeter.

Peter Demeter volvió a impugnar el veredicto, y en 1975 el asunto fue visto por el tribunal de Apelaciones de Ontario. Los cinco jueces que lo presidían desestimaron la apelación. Entonces Peter presentó su apelación ante el Tribunal Supremo de Canadá. Pero el 31 de julio de 1977, fue nuevamente desestimada.

A Demeter le costó muchísimo adaptarse a la vida de la prisión, pero su trabajo en la imprenta de la cárcel acabó absorbiéndole por completo; en poco tiempo la “empresa” de la penitenciaría, por primera vez en su historia, obtendría algunos beneficios.

En muchos sentidos Demeter resultó ser un hombre afortunado. Los cambios producidos en la legislación canadiense después de ser condenado aumentaban la pena hasta 25 años por asesinato. Tal y como estaban las cosas, pudo obtener la libertad bajo palabra en las Navidades de 1982. Era su oportunidad de empezar una nueva vida.

A los pocos días de ser liberado, en 1982, lo arrestaron de nuevo acusado de planear el secuestro y asesinato de su sobrino de diecinueve años, Steven Demeter, hijo de su primo. Se trataba de un proyecto absurdo y propio de un aficionado por el que Peter fue sentenciado a dos cadenas perpetuas.

Aquel nuevo desastre sirvió más que nada para dar idea del estado mental de Peter. Durante su larga estancia entre rejas se dedicó a alimentar su resentimiento a causa de la condena por un delito que él continuaba negando haber cometido. Y creía ser víctima de una conspiración por las compañías de seguros, la policía y sus propios abogados. Incluso el hijo de su primo era «culpable» de intentar malversar sus fondos y robarle el afecto de su hija. La realidad era que Andrea había dejado de visitar a su padre asustada por sus frecuentes arranques de cólera.

Mientras se hallaba en el Centro de detenidos Metro West de Toronto a la espera de los resultados de la apelación, Demeter se embarcó en otra conspiración para matar y asesinar a la hija de uno de sus ex abogados. En junio de 1988 fue declarado culpable y se le sentenció a dos condenas perpetuas más, con lo que llegó a sumar un total de cinco.

 


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