Pere Puig Puntí

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Pere Puig

El pistolero de Olot

  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Un albañil decidió matar a su jefe, al hijo de éste y dos empleados de la Caja de Ahorros del Mediterráneo con su rifle de cazador
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 15 de diciembre de 2010
  • Fecha de detención: Mismo día
  • Fecha de nacimiento: 1953
  • Perfil de las víctimas: Joan Tubert, de 62 años, y Àngel Tubert, de 35 / Anna Pujol, de 56 años, y Rafael Turró, de 46
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Olot, Girona, España
  • Estado: Condenado a 60 años de prisión el 28 de diciembre de 2011
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Pere Puig Puntí

Última actualización: 19 de febrero de 2016

El tiroteo de Olot o también (La masacre de Olot) fue un asesinato múltiple que ocurrió la mañana del 15 de diciembre de 2010 en el pueblo del mismo nombre, ubicado en la provincia de Gerona, Cataluña, España. Murieron 4 personas.

El asesino disparó primero a 2 empresarios de la construcción en un bar y posteriormente tras conducir mató a dos empleados bancarios en una sucursal cercana. Todos murieron en el acto. En un principio se dijo que el crimen tuvo un móvil económico, aunque esto luego fue desmentido por la policía.

Antecedentes

Pere Puig Puntí, soltero que vivía con su padre octogenario y albañil de profesión (de hecho fue el «peón de confianza» de los asesinados durante más de 20 años), tenía 57 años cuando debido a la grave crisis que atravesaba (y atraviesa) el país, le comunican que va a ser despedido ya que la empresa no podía hacerse cargo de su sueldo (de hecho, ya le debían algunas mensualidades).

Muy aficionado a la caza (sobre todo de jabalíes), tenía de forma legal un rifle de caza mayor desde 1993 y había superado de forma satisfactoria los preceptivos test de psicología (el último en 2010). Llamaba la atención de los vecinos por su particularidades; de hecho, muchos días, tras el trabajo, se disfrazaba de ‘sheriff’ y caminaba por las calles de la localidad con un sombrero, una pistola de juguete y una estrella en el pecho y en general era considerado como «extraño y solitario».

El tiroteo

El asesino, que había planificado la matanza durante días, siguió el plan sin inmutarse y seleccionó a sus víctimas. Primero acudió el 14 de diciembre de 2010 en torno a las 8:30 de la mañana hacia un bar y tras cruzar unas palabras con otro vecino; «hace frío, eh?» le comentó el vecino, a lo que Pere contestó: «dentro de nada voy a entrar en calor».

Irrumpió en el bar La Cuina de l’Anna a las 9:10, donde desayunaban Joan Tubert, de 62 años, y Àngel Tubert, de 35, padre e hijo y propietarios de la empresa Construccions Tubert S.L., en la que estaba contratado el autor de los disparos hasta su despido. Y sin mediar palabra, disparó primero contra el padre y después contra el hijo matándolos instantáneamente.

En el bar había otros nueve clientes, pero Puig sólo encontró allí a dos de los que quería matar. Posteriormente se reveló que el albañil tenía en su lista a otro trabajador de la empresa y a una cuarta persona cercana al entorno de los propietarios del bar pero no estaban en aquel momento.

Después, tras salir del restaurante, el homicida se subió a su todoterreno Suzuki azul y recorrió a toda prisa la poca distancia que separa el restaurante de una oficina de la Caja del Mediterráneo (CAM), donde había tres trabajadores de la entidad bancaria, aunque ningún cliente.

Llegó hacia las 09.21 horas y armado con el misma rifle, disparó mortalmente a dos empleados, Anna Pujol, de 56 años, y Rafael Turró, de 46, que fallecieron en el acto, sin que los servicios de emergencia pudieran hacer nada para salvarles la vida. La tercera empleada, que en aquel momento se encontraba en un despacho, salió finalmente ilesa. Al parecer acudió allí por que tenía deudas con el banco y una orden de deshaucio.

Detención

Puig se entregó a una patrulla de la policía local justo cuando salía de la oficina bancaria. Todavía estaba armado con el rifle, aunque éste apuntaba al suelo. La patrulla policial vio su coche aparcado en doble fila a las puertas de la CAM y, al ponerle la multa, apareció Puig, quien se entregó sin oponer resistencia tras afirmar que «Acababa de matar a cuatro personas» y «Yo ya estoy satisfecho», les dijo antes de entregarse.

En el momento de entregarse, aunque su rifle apuntaba hacia el suelo, uno de los agentes desenfundó su arma reglamentaria y se le escapó un disparo fortuito pero por suerte la bala se incrustó en la fachada de una funeraria, sin causar heridos.

Por último, los agentes le detuvieron sin resistencia muy cerca de la residencia geriátrica La Caritat, donde semanas atrás había sido detenido el celador Joan Vila, sospechoso de haber matado a 11 ancianos a lo largo de un año haciéndoles ingerir lejía y otros productos tóxicos.

Consecuencias

El Ayuntamiento de Olot, en un pleno extraordinario, decretó tres días de duelo en recuerdo de las víctimas, mientras que el alcalde, Lluís Sacrest, calificó de «brutal e inexplicable» la matanza y lamentó que «este mundo creado entre todos crea situaciones de desequilibrio en las mentes de las personas que nos convierten en una sociedad muy frágil».

Este cuádruple crimen sitúa a Olot como la capital de la crónica negra en Cataluña, ya que esta pequeña población, tras dejar atrás el histórico secuestro de la farmacéutica Maria Angels Feliu, que estuvo 492 días cautiva a mediados de los noventa, descubrió pocas semanas antes de esta matanza que un celador de un geriátrico local era un ángel de la muerte tras matar al menos a once ancianos, a los que envenenó aprovechándose de su indefensión.


Un albañil mata a sus dos jefes y a dos empleados bancarios en Olot

Ferran Balsells / Rebeca Carranco – Elpais.com

16 de diciembre de 2010

Pere Puig Puntí, albañil de 57 años, mató ayer a su jefe, Joan Tubert, de 61 años, y al hijo de este, Àngel Tubert, de 35, ambos constructores. Luego asesinó también al subdirector de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, Rafael Turró, de 46 años, y a una trabajadora, Anna Pujol, de 52. Primero acabó con los empresarios en un bar de La Canya y luego condujo dos kilómetros hasta la sucursal bancaria, en Olot (Girona). Puig disparó a los cuatro con una escopeta de caza.

El móvil económico es la principal hipótesis con la que trabajan los Mossos d’Esquadra. El albañil llevaba meses sin cobrar de su empresa y tenía deudas con la caja, según fuentes cercanas a la investigación. Amigos del supuesto homicida aseguran que días antes había intentado cobrar un cheque que le dieron los Tubert en esa caja, pero no había fondos.

Puig, amante de la caza, era conocido por sus hábitos extraños, como llevar en el pecho una estrella de sheriff y pistolas de plástico cuando salía a caminar solo, de noche, por la montaña. Soltero, de 57 años, cuidaba de su padre octogenario en el municipio de Sant Esteve d’en Bas y llevaba más de 20 años trabajando con los Tubert. Pero estos le habían comunicado su intención de prescindir de él por las estrecheces económicas de la empresa.

Puig acudió ayer a trabajar a una obra de los Tubert en La Canya. Era su albañil de confianza e incluso tenía las llaves de los edificios que estaban levantando. A las nueve paró para desayunar, pero en lugar de irse con su compañero, caminó hasta el bar La Cuina de l’Anna. Antes, cogió la escopeta que llevaba en el coche.

El marido de la dueña del bar, Guzmán Sánchez, estaba preparándose un café. Los Tubert, habituales en el lugar, desayunaban en una mesa grande, con una decena de personas. A Sánchez no le extrañó ver a Puig entrar y acercarse a la mesa.

Lo raro era que empuñase una escopeta de caza. Tras el primer disparo, Sánchez se echó al suelo. «Pensaba que iba a por mí». Pero no iba a por él. Puig mató a los Tubert y salió del local. En la puerta tenía aparcado un jeep azul de la marca Suzuki. Puig se subió y condujo los dos kilómetros que le separan de la sucursal bancaria.

Minutos después, detuvo el todoterreno ante la oficina. Accionó las luces de emergencia del vehículo, que quedó estacionado en plena vía, y descendió con la escopeta de caza mayor entre las manos. «Sal de aquí si no quieres que te mate», advirtió a una mujer que se disponía a sacar dinero en efectivo del cajero. Después disparó dos veces de forma casi consecutiva. «Bum, bum. Dos golpes sordos y seguidos. Creía que estaban atracando el banco y me fui corriendo», explicó Antonio, empleado en un almacén cercano. Puig abandonó el banco con serenidad, explicaron fuentes policiales.

La policía municipal acudió a la sucursal apenas un minuto después de este segundo doble asesinato. Un agente ya se había acercado para multar el vehículo del asesino por estar estacionado en medio de la vía. Al comprobar que la matrícula correspondía con la del vehículo sospechoso de haber provocado el primer doble crimen, entró en la sucursal. Los agentes se encontraron de cara con el asesino, que entregó el arma sin oponer resistencia. «He matado a cuatro personas», les dijo.

El enésimo susto lo produjo el último cartucho cruzando la calle. A un agente se le disparó el arma cuando descargaba el fusil. Por casualidad, la bala se incrustó en la ventana del primer piso de una funeraria contigua a la entidad bancaria.


El albañil de Olot pretendía matar a otros dos empleados de la caja

Rebeca Carranco / Ferran Balsells – Elpais.com

17 de diciembre de 2010

El albañil Pere Puig, de 57 años, que el miércoles mató con un rifle a cuatro personas en Olot, pretendía hacer aún más grande la tragedia. Además de a sus dos jefes (padre e hijo), al subdirector y a una trabajadora de la entidad bancaria Caja de Ahorros Mediterráneo (CAM), Puig buscaba al director de la sucursal y a otro trabajador de la entidad, según fuentes cercanas a la investigación. Iba pertrechado con una escopeta y munición suficiente para cometer dos crímenes más.

A las nueve de la mañana, Puig entró en el bar La Cuina de l’Anna, en el municipio de La Canya, apuntó a la cabeza del que había sido su jefe durante más de 20 años, Joan Tubert, de 61 años, y le mató. Luego apuntó a su hijo, Àngel Tubert, de 35 años. Y también le mató. Un hombre que estaba sentado entre el padre y el hijo quedó cubierto de sangre.

El albañil después cogió su Suzuki aparcado en la puerta y condujo hasta la sucursal de la CAM, cargando su escopeta. Dejó el vehículo en medio de la calle con los cuatro intermitentes y entró al grito de «¡Esto es un atraco!». «¿Pero qué atraco, Pere?», le reprocharon los trabajadores, que le conocían. El hombre tenía una cuenta bancaria con un saldo que no llegaba a los 10 euros y una tarjeta de crédito con una deuda de más de 4.000.

Puig respondió con tres tiros: uno intimidatorio, otro que mató a Rafael Turró y un tercero que impactó en la cabeza de Anna Pujol. El hombre buscó a un tercer trabajador, que en ese momento se salvó porque rondaba por el primer piso. El director de la sucursal estaba también entre sus objetivos. El máximo responsable de la entidad justo había salido a desayunar. Eso le salvó de Puig, que el miércoles se levantó con la determinación de asesinar a aquellos que, a su entender, le estaban amargando la vida.

El municipio se volcó ayer con las familias de las víctimas del albañil. Al mediodía, negocios, fábricas, hospitales, entidades bancarias… la pequeña ciudad, de unos 35.000 habitantes, echó el cierre casi al completo para dedicar dos minutos de silencio y mostrar su repulsión ante la matanza. «Olot está completamente consternada», constató el alcalde, Lluís Sacrest, en la puerta del Ayuntamiento, flanqueado por el equipo municipal, amigos y compañeros de las víctimas, que ocultaban su rostro con gafas de sol.

Medio millar de personas le escuchaban, silenciosos. «Nuestra gente se conoce, se saluda, comparte muchos espacios de relación, en el barrio, en el trabajo, haciendo deporte», siguió, emocionado. La mayoría de los reunidos conocían a Joan, a Àngel, a Rafael y a Anna. Pero también a Pere. Igual que conocían al celador Joan Vila que pocas semanas antes había llevado la muerte al pueblo al confesar el asesinato de 11 ancianos en la residencia La Caritat. «Es una desgraciada coincidencia», acertó a decir el alcalde.

En ese mismo momento, frente a la entidad bancaria, seis velas y un ramo de rosas rendían tributo a las víctimas, y un centenar de personas guardaban silencio, cabizbajos. Los coches que en ese momento circulaban por la calle, una de las más concurridas del pueblo, se paraban para sumarse al duelo. El mercado dejó de vender. Las puertas del hospital de Sant Jaume se llenaron de trabajadores.

Pere Puig ha sido el causante de la consternación. Su excusa ante los Mossos d’Esquadra para la masacre es que le iban a echar del trabajo y que sus compañeros se burlaban de él. Y que encima, en la caja, le reclamaban una deuda que él no reconoce. Su abogada, Núria Masó, ha pedido que unos psicólogos le examinen. Está previsto que hoy a las once de la mañana Pere le dé una explicación al titular del Juzgado de Instrucción número 2 de Olot.

Ruta negra en el tanatorio

Cientos de ciudadanos recorrieron ayer las salas contiguas de la funeraria de Olot que acogieron los cadáveres de los cuatro asesinados a balazos el pasado miércoles en la localidad. «Me he despedido de todos, allí están, uno detrás de otro», lamentó Manel Comes, que como la mayoría, conocía a todas las víctimas.

Los visitantes accedían aparentemente enteros al pequeño edificio de una planta, para desmoronarse durante un largo itinerario de pésames y llantos con los que acompañaron a las familias afectadas. El angosto pasillo del local, donde se apiñaron viudas, viudos y huérfanos de los distintos fallecidos, fue un lamento de consuelo imposible. «Lo más duro que he visto nunca», señaló un empleado.

La coincidencia ayudó a las víctimas, necesitadas de apoyo ante el desastre. «Compartir la pérdida ayuda, pero en cierta manera todavía esperamos que alguien llame para aclarar que todo es una broma macabra», explicó Fernando, cuñado de uno de los fallecidos.

Los cuatro asesinados serán enterrados hoy a distintas horas. «Nos hemos organizado porque muchos querrán ir a varios funerales», añadió el familiar.


La empresa que empleaba al asesino de Olot precisa que le debía unos 2.000 euros

R. Carranco / F. Balsells – Elpais.com

17 de diciembre de 2010

Construcciones Tubert, la empresa que empleaba a Pere Puig, el albañil que mató a cuatro personas el pasado miércoles, solo debía unos 2.000 euros al asesino correspondientes a dos semanas de pago y otras deudas atrasadas.

Así lo ha señalado esta mañana el abogado de la familia Tubert, que se ha personado como acusación particular en la causa subrayando que los herederos de la compañía descartan el móvil económico como causante de la tragedia. «La empresa le pagaba por semanas y siempre le abonó su sueldo excepto en dos de estos pagos. Se los iban a ingresar la misma mañana en que cometió los asesinatos», ha explicado el letrado de los Tubert, Carles Monguilod.

Esa mañana Puig mató al padre y al hijo de los Tubert y después a dos empleados de una entidad bancaria. La investigación policial considera que el móvil económico propició la tragedia dado que en la reconstrucción de los hechos el asesino mencionó de forma inconexa que cometió los crímenes agobiado por las deudas y los pagos atrasados que le adeudaba la empresa, además de por la frustración que sintió al saber que iba a perder su empleo.

«Algún día me cargaré a unos cuantos»

La familia Tubert rechaza estas hipótesis y destaca que el asesino había manifestado delirios de grandeza criminal en repetidas ocasiones. En ellas, solía comentar al constructor Joan Tubert, su primera víctima, que obtendría fama internacional a golpe de asesinatos. «Algún día me haré muy famoso porque me cargaré a unos cuantos. Tengo una lista de los que quiero matar», dijo varias veces el asesino al fallecido según ha explicado Monguilod. «Espero no estar incluido en esa lista», le respondía entonces Tubert, con tono jocoso. «Solo hago broma», contestaba Puig entre risas, siempre según el relato de la familia Tubert.

Los familiares del propietario de la compañía también niegan que se hubiera despedido al asesino esa mañana ni que se planteara hacerlo. «Puig tenía trabajo asegurado durante al menos otros cuatro meses, los que quedaban para finalizar la obra que estaba realizando la empresa. Sí se le notificó que, si no encontraban nuevos proyectos, después de este encargo quizá no habría más trabajo. Pero esa amenaza la sufría toda la empresa, nunca se le insinuó que le iban a despedir», ha detallado Monguilod.

La familia Tubert, que hoy celebra el funeral del padre y el hijo fallecidos, asegura que desconoce qué pudo propiciar la tanda de asesinatos. «Esto solo lo sabe el asesino pero la cantidad que le adeudaba la empresa no provocaron la tragedia», ha insistido Monguilod.

Declaración judicial sobre los cuatro asesinatos

Puig ha sido trasladado esta mañana a las dependencias judiciales de Olot, donde deberá declarar ante el juez si bien la letrada del asesino, Nuria Masó, abogada defensora asignada de oficio, no descarta que su cliente se niegue a declarar tal y como ha hecho ante los Mossos d’Esquadra en dos ocasiones. Puig tampoco ha relatado por el momento a su abogada, que ha solicitado que unos psicólogos examinen a Puig para evaluar su salud mental, cómo y por qué planeó una mañana en la que quería cometer hasta seis asesinatos.

La investigación de los Mossos considera que el albañil pretendía cometer una tragedia aún mayor. Además del padre y el hijo de la familia Tubert, al subdirector y a una trabajadora de la entidad bancaria Caja de Ahorros Mediterráneo (CAM), buscaba al director de la sucursal y a otro trabajador de la entidad. Por ello se pertrechó con una escopeta y munición suficiente para cometer dos crímenes más.

La excusa del asesino ante los Mossos para justificar la masacre es que le iban a echar del trabajo y que sus compañeros se burlaban de él. También murmuró que la caja le reclamaba una deuda que Puig no reconoce. Al igual que la familia Tubert, la entidad bancaria ha rechazado que el asesino tuviera deudas significativas con la entidad. Solo tenía una cuenta corriente y una tarjeta de crédito de la que tampoco constan deudas destacadas, asegura la empresa bancaria.


«Pensé en liarme a tiros con la policía hasta que me mataran»

Ferran Balsells / Rebeca Carranco – El Pais

18 de diciembre de 2010

Pere Puig, el albañil de 57 años que asesinó a balazos a sus dos jefes y a dos empleados de una entidad bancaria el pasado miércoles en Olot (Girona), no se hallaba con el agua al cuello por su situación económica, según declaró ayer ante el juez. Sin gastos de vivienda (vivía en casa de su padre), Puig cobraba una nómina de 1.150 euros, de los que 180 los destinaba a pagar 5.500 euros de deuda contraída años atrás con una tarjeta de crédito.

Pero había dos cosas, además de la amenaza de despido que se cernía sobre él por la delicada situación de la empresa, que le sacaban de quicio. La primera era que Construccions Tubert aún le debía las pagas extra de la pasada Navidad y del verano -«unos 2.300 euros»-. La segunda, que la deuda de la tarjeta nunca se acababa: «Hice números y creí que la deuda estaba pagada». Pero los dos empleados de la entidad a los que luego mató, le explicaron que solo había satisfecho los intereses.

El pasado martes, Puig se acostó con una idea en la cabeza: matar a quienes le estaban amargando la vida. «Lo había pensado otras veces», admitió, «pero al día siguiente se me quitaba de la cabeza». El miércoles, sin embargo, se levantó «con la misma idea». «Y decidí actuar», añadió.

Puig estaba obsesionado con su jefe. «Estaba en mi cabeza, me dominaba, como si fuera una serpiente», precisó al juez. De hecho, solo planeó matarle a él, pero el azar quiso que se topara también con su hijo. «Y también le disparé». Tras la matanza, dudó en forzar su propia muerte. «Pensé en liarme a tiros con la policía y que me mataran», dijo a los Mossos. Finalmente, decidió entregarse. «Ahora me arrepiento, pero me siento mejor que antes. Liberado», zanjó.

Puig admitió que quiso matar a otras dos personas: al dueño del bar donde desayunaban sus jefes y al electricista que solía trabajar con la empresa: «Me miraban mal, ponían mala cara, iban en mi contra». Fuentes de la investigación habían explicado a este diario que Puig pretendió matar a otros dos empleados del banco, pero el asesino no los mencionó ante el juez. Este decretó su ingreso en prisión sin fianza.


‘El sheriff’ que se convirtió en asesino

Rebeca Carranco – El País

19 de diciembre de 2010

Por las noches, una de las cosas que más le gustaba al albañil Pere Puig Puntí era vestirse con su sombrero, ponerse una placa de sheriff en el pecho, enfundarse unas pistolas de plástico e irse a caminar por las montañas que rodean su pueblo, Sant Esteve d’en Bas, en el interior de la provincia de Girona, junto a Olot, una tierra donde los crímenes no paran de sucederse.

«Me llaman el Rambo porque suelo ir vestido de cazador. Pero yo les digo que soy el sheriff del condado», le contó el viernes al titular del juzgado de instrucción número 2 de Olot, David Torres. Puig está detenido desde el pasado miércoles por matar con un rifle de alta precisión a sus jefes y a dos empleados de la caja de ahorros donde tenía una cuenta con un saldo de apenas un euro.

Asesinó a sangre fría a las cuatro personas, en apenas 15 minutos, el miércoles. Primero se presentó en el bar La Cuina de l’Anna, en La Canya, donde desayunaban sus jefes (los constructores Joan Tubert, de 61 años, y su hijo Àngel, de 35).

Se paró en medio del local y gritó: «¡Esto es un atraco!» Encaró el arma y disparó a bocajarro a Joan, que cayó de bruces contra el suelo, con el pecho reventado por un balazo. Cuando el seco estampido aún resonaba en el local, volvió a apretar el gatillo y abatió a Ángel, que tuvo tiempo de pedir una ambulancia antes de exhalar su último aliento.

Luego Puig subió a su Suzuki azul y condujo en línea recta, unos dos kilómetros, hasta la oficina de la Caja de Ahorros Mediterráneo (CAM), en el centro de Olot, junto a la residencia geriátrica La Caritat, donde hace unas semanas un celador confesó haber asesinado a 11 ancianos haciéndoles ingerir lejía o un producto desincrustador.

Puig dejó el coche en mitad de la calle, con el motor encendido y las llaves puestas. A las 9.13 entró en la sucursal bancaria empuñando su rifle. «¡Manos arriba! ¡Esto es un atraco!», volvió a gritar entre el miedo y la incredulidad de los empleados. En un abrir y cerrar de ojos mató a Rafael Turró, de 35 años, subdirector de la entidad, y a Anna Pujol, de 52, también empleada en la oficina, porque le reclamaban el pago de los intereses de un crédito de 4.000 euros que él sostiene que tenía abonados.

Él mismo ha confesado que, además de las cuatro víctimas, tenía previsto dar muerte a otros dos hombres: el dueño de un bar y un cliente porque habían cometido el delito de «mirarle mal» y hacer comentarios despectivos hacia él. Ambos están vivos porque el cazador no los encontró. De haberlos encontrado, uno y otro estarían ahora con el cuerpo agujereado por una bala y sepultados bajo tierra.

Puig declaró ante el juez que perpetró tal carnicería porque «con el pan de la mesa no juega nadie» y porque se sintió «dominado por una serpiente en el estómago y el cerebro», según abogada, Nuria Masó.

¿Qué le pasó a Pere Puig por la cabeza? En el bar D’en Bas, lugar de reunión de lugareños, se hace el silencio cuando en la pantalla de la televisión aparece Pere esposado y acompañado por dos mossos d’esquadra que le ponen la mano en la cabeza para evitar que se golpee al entrar al coche policial que le lleva de nuevo al calabozo. Desde el viernes está en la cárcel, sin fianza, como presunto autor de cuatro asesinatos.

El pueblo, un núcleo de unos mil habitantes donde las gentes se conocen por el mote, no se esfuerzan en excusarle, pero tampoco le culpan. Le definen como un tipo huraño, raro, que gustaba más de la soledad que de la compañía. Cuando el municipio, dado a las actividades en grupo, organizaba la caminata anual de unos 20 kilómetros por la montaña, Pere hacía su propia ruta.

Si los vecinos salían a las nueve de la mañana desde un punto, a él le encontraban en ese mismo sitio, pero ya de vuelta, después de recorrer los bosques bajo la luz de la luna. «Le gustaba pasear por la noche. Se ponía su gorro, su estrella de sheriff, llevaba el cuchillo en el cinto y se perdía por el bosque», recuerda un amigo de infancia.

Puig fue al colegio del pueblo hasta los 14 años, donde no destacaba. «Era de los que necesitaba que la letra entrase con sangre», comenta otro compañero. En su declaración ante los mossos, él mismo dijo el pasado miércoles que lee y escribe «un poco». En octavo curso, cuando tocaba decidir si seguir estudiando, Puig prefirió irse a trabajar unos años a Olot, donde se inició en el oficio de lampista.

En su casa no había tradición por el mundo de la construcción. Puig es el mayor y le seguía su hermana Mercè, que murió hace unos años, y Pilar. De siempre los Puig eran conocidos como los de Can Quineta, una casa en la entrada del pueblo que perteneció a sus abuelos, donde se habían dado comidas (popularmente les llamaban también Can Cassoles).

Su padre, Lluís, trabajó en la fábrica textil del pueblo hasta que cerró. Antes se había dedicado a cultivar unas tierras, pero poco tiempo. Vendieron lo que tenían y se quedaron con una modesta casa amarilla en el centro del pueblo donde hasta hoy vivían padre e hijo. Su madre, Carme, murió hace unos años.

A excepción de los inicios como lampista, que no cuajaron, Puig se había dedicado toda su vida a trabajar como albañil. Antes de emplearse con los Tubert, había pasado por un par de empresas del ramo de la construcción. Pero fue Joan, un contratista con cierto renombre en la zona, quien depositó en él su confianza y lo mantuvo hasta el final, cuando las cosas ya no iban bien y había echado a casi todos sus trabajadores.

Cada mañana, Puig solía coger el transporte público, un autobús que hace trayectos locales, y se iba a la obra que le tocase. Con los Tubert trabajó durante 15 años, hasta que el miércoles les mató porque le debían un par de pagas extra y porque se retrasaban en el abono de las mensualidades.

El asesino tenía incluso las llaves de las obras de los edificios que estaban construyendo junto al bar donde el miércoles se presentó con su rifle, su último juguete, por el que había pagado unos 1.000 euros. Sentía verdadera admiración por su arma, que iba exhibiendo a sus amigos de la sociedad de caza Coll de Bas-Joanetes, de la que formaba parte desde hace 10 años.

Lo suyo era el jabalí. Quedaba con la pandilla y se iba campo a través a cazar animales. Eso le hacía feliz. Por las noches, muchas veces se pintaba la cara de negro, de camuflaje, para que no le viesen los animales. Puig se perdía entre el bosque hasta entrada la mañana. Nunca se le conoció una novia. «Un tipo raro», admiten sus vecinos. En pleno invierno no era raro verle en manga corta, en un lugar donde los termómetros rara vez pasan de los cuatro grados centígrados.

El miércoles, cuando Puig acabó su matanza, tenía la intención de plantar cara a los policías hasta que le redujesen. «Estaba decidido a liarme a tiros y a que me matasen», contó al juez. Pero en el último momento se lo pensó mejor y se entregó.

El viernes le contó al juez que no se sintió querido por sus jefes y que por eso les mató. Dijo que de haber sido una persona formada le habría gustado ser mosso d’esquadra o policía.


El «pistolero de Olot» se niega a contestar a las preguntas del fiscal y la acusación

Antía Castedo – Elpais.com

12 de diciembre de 2011

«¿Mató a su jefe porque le debía dos pagas extra? ¿Cree que es un motivo suficiente?». Estas son dos de las preguntas que formuló ayer el fiscal durante el juicio a Pere Puig, el albañil de 58 años que el 15 de diciembre pasado asesinó a tiros a cuatro personas en Olot (Garrotxa), y que este se negó a responder.

Puig, el pistolero de Olot, permaneció mudo en el primer día de juicio con jurado popular y solo contestó a las cuestiones de su abogada. «No tengo más patrimonio que mi coche. Mis posibilidades económicas no son muy buenas», aseguró.

El pistolero manifestó durante la instrucción del caso que mató a su jefe y al hijo de este porque «le debían dinero» y a dos empleados de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) porque se sentía estafado por la entidad. Luego se supo que era titular de un depósito con 30.000 euros junto con su hermana y su padre. Puig se ratificó en lo declarado durante la instrucción.

«Ese dinero no era mío. Lo utilizaba para hacerle la compra a mi padre, que estaba enfermo», afirmó ayer el acusado. En el tiempo que lleva en la prisión de Figueres, casi un año, ha realizado cursos de informática y se saca «unos 180 euros» al mes con diversas tareas. El fiscal y las acusaciones particulares le afearon que no haya pedido perdón a las familias de las víctimas y que tampoco les haya ofrecido ayuda económica.

Puig mató a tiros a Joan Tubert, su jefe en la empresa constructora en la que trabajaba, y al hijo de este, mientras ambos desayunaban en un bar. Luego subió a su coche y se desplazó a la sucursal de la CAM de Olot, donde acabó con la vida de dos empleados que un tiempo atrás le habían informado de que todavía debía el importe íntegro de un crédito de 5.500 euros. Aunque él pensaba que ya lo había liquidado, solo había pagado los intereses.

El fiscal del caso, Víctor Pillado, pide 80 años de prisión para Pere Puig, 20 por cada uno de los asesinatos, igual que las acusaciones particulares.

El fiscal recordó al acusado [que] justificó sus actos durante la instrucción por diferencias económicas con sus víctimas. Aseguró que en el momento de los crímenes cobraba 1.150 euros al mes y que no tenía cargas familiares ni financieras.

Pillado quiere demostrar que Puig no tenía problemas económicos y que el móvil monetario que arguyó durante la instrucción no tiene fundamento. El fiscal remarcó al albañil que su jefe iba a cerrar la empresa por dificultades económicas. El abogado de la familia Tubert, Carles Monguilod, subrayó que el propietario y su hijo «trabajaban también de albañiles y con los mismos horarios» de Puig.

Pillado recordó las manifestaciones del acusado durante la instrucción sobre que su intención era matar también a un electricista llamado Marcelino que hacía trabajos eventuales en la misma empresa y al dueño del restaurante La Cuina de l’Anna porque «le miraban mal», pero que no lo hizo porque no les encontró.

Tras matar a Joan y Àngel Tubert, el pistolero se subió a su coche y tardó unos 10 minutos en llegar a la entidad bancaria. Puig erró el primer tiro contra Rafael Turró, empleado de la sucursal, lo que le llevó a disparar un segundo que dio a su objetivo en pleno pecho. Luego disparó contra Anna Puyol. La bala atravesó el ordenador con el que trabajaba la empleada y le dio en la cabeza. Cuando salió de la sucursal, contó a un policía local que había matado a cuatro personas.

En el juicio serán clave las declaraciones de los médicos forenses. Puig también relató durante la instrucción que su jefe «se le había metido dentro, como una serpiente», y que por eso lo mató. Los informes periciales han determinado que el acusado no sufre ninguna patología ni problema mental.

El fiscal subrayó al jurado que aunque los crímenes que se juzgan «no son habituales», eso no significa que el acusado sufra una enfermedad. La defensa, que pide la absolución de Puig, ha encargado informes psicológicos que determinan que el pistolero padece varios trastornos, es inestable y muestra una impulsividad patológica.

La declaración de Pere Puig no ha arrojado nueva luz sobre los crímenes. Puig se ha negado a contestar a las preguntas del fiscal y de las acusaciones particulares en el juicio que ha comenzado hoy y se ha limitado a ratificarse en las declaraciones realizadas durante la instrucción.

La defensa ha intentado con sus preguntas demostrar que a Puig no le sobraba el dinero en el momento de los hechos ni tampoco ahora. «Mis posibilidades económicas no son muy buenas», ha declarado.


Los que se salvaron de morir en Olot

Antía Castedo – El País

14 de diciembre de 2011

Marcelino Barris conocía a Joan Tubert desde hacía 30 años. Ambos desayunaban juntos todos los días en el bar la Cuina de l’Anna. Fue en el tanatorio, mientras velaba el cadáver de su amigo, cuando se enteró de que él también podía haber muerto el 15 de diciembre de 2010.

Lo leyó en un periódico que le acercó su secretaria: Pere Puig, experimentado cazador con buena puntería, pensaba encontrarlo en el bar donde mató a Tubert -el jefe de la empresa en la que trabajaba- y al hijo de este mientras desayunaban. Barris debería haber estado en la Cuina de l’Anna. Se salvó porque ese día se fue a cazar. «Yo tuve suerte», ha dicho esta tarde en el segundo día del juicio contra el pistolero de Olot.

Puig, que ha decidido no responder a más preguntas que las de su abogada, explicó durante la instrucción del caso que quería matar a Barris porque «le miraba mal». El hombre todavía no se lo explica. «Cuando me enteré me quedé frito», ha declarado el electricista, propietario en ese momento de una empresa a la que Construcciones Tubert subcontrataba servicios. «Creo que nunca le he hecho nada. ¿Cómo es mirar mal a alguien?» se ha preguntado Barris.

El acusado, que se enfrenta a una pena de 80 años de cárcel -20 por cada uno de los cuatro asesinatos perpetrados- pasa buena parte del juicio cabizbajo. Esta tarde ni se ha quitado la chaqueta, a pesar del calor que hacía en la sala. Ocho días antes de los crímenes Barris había cruzado unas palabras con él. «Dile a Tubert que ya estoy de vuelta en la obra», le dijo Puig, que había estado unos días de baja.

Otro que se salvó por los pelos de morir ese día y que tampoco se explica las razones del pistolero es Guzmán Sánchez, propietario del bar La Cuina de l’Anna junto con su madre. Puig había sido cliente del bar hasta un año antes de los crímenes, cuando tuvo un percance con una camarera. El día fatídico estaba en el médico.

«¿Por qué cree que el acusado quería matarle?», le ha preguntado el fiscal del caso. «No encuentro motivos», ha respondido Sánchez con sinceridad. «A lo mejor pensó que yo era muy amigo de Tubert», se ha atrevido a aventurar.

Sánchez ha descrito a Puig como un cliente «normal» que nunca había tenido problemas en el bar salvo el día en que le espetó a una camarera: «Te quiero como postre». Ella le contestó con sorna: «La camarera no entra en el menú». Después el pistolero no volvió más. Hasta el día de los crímenes.

Un año después nadie, ni siquiera la familia de los Tubert, se explica las motivaciones del pistolero. La hija de Joan Tubert y hermana de Àngel, asesinado junto a su padre, ha asegurado esta mañana que ambos sentían cariño por el empleado. «Era un trabajador tímido, pero era del que mejor hablaban mi padre y mi hermano», ha explicado la mujer, visiblemente afectada mientras contestaba a las preguntas del fiscal. Puig había compartido muchas comidas con la familia.

El pistolero declaró ante el juez de instrucción que mató a los Tubert porque le debían dinero (dos pagas extras) y siempre le pagaban tarde. La mujer del constructor ha explicado en el juicio que la empresa iba mal y que se habían planteado cerrarla si las cosas no mejoraban, «aunque Joan quería continuar con el negocio».

El director de la sucursal de la CAM en la que Pere Puig mató a dos empleados, Antonio Fierro, ha explicado que el pistolero les pedía que le guardasen la tarjeta de crédito que tenía con la entidad los viernes para no gastar demasiado dinero durante el fin de semana.

Puig declaró que mató a los dos empleados de la CAM porque se sintió «estafado» cuando estos le informaron de que todavía le quedaba por pagar todo el crédito que había contraído (unos 5.000 euros), ya que solo había abonado los intereses. Fierro ha explicado, sin embargo, que el día que le informaron de su situación con el banco Puig no discutió ni se produjo ningún incidente en la sucursal.

El pistolero cobraba 1.150 euros al mes y vivía con su padre en una casa propiedad de este. «A veces pagaba tarde, pero no era lo habitual», ha declarado Fierro.

«De buena mañana estamos de guasa», le contestó a Pere Puig una señora que entró en la entidad poco después de que el pistolero disparase contra los dos empleados. Puig le acababa de decir que si no se iba la mataría a ella también. «Me lo dijo de forma tan amable y tranquila que pensé que era una broma», ha explicado en el juicio la mujer, que no tuvo tiempo de ver a Anna Puyol y a Rafael Turró muertos. «Voy en serio. Váyase si no quiere que la mate», le repitió el pistolero. Poco después se entregaba a la policía.


«Puig mató sabiendo lo que hacía»

Antía Castedo – Elpais.com

14 de diciembre de 2011

Una de las pocas cuestiones que quedaban por dirimir en el juicio contra Pere Puig, el pistolero de Olot, es su estado mental. Él reconoció a la policía que mató a tiros a cuatro personas el 15 de diciembre de 2010 y hay numerosas pruebas y testigos que lo sitúan como autor de los crímenes.

Su abogada apenas había hecho preguntas durante el juicio hasta ayer, cuando tocaba discutir si Puig sufre o no una enfermedad o trastorno mental que pueda aligerar la pena.

Los forenses del Instituto de Medicina Legal, que lo examinaron el día de los hechos y en entrevistas posteriores, lo tienen claro: «Es un hombre sano».

Los psicólogos privados de la defensa argumentaron que Puig, de 58 años, sufre tres trastornos de personalidad y que el día de los hechos estaba «obcecado» por un cóctel de «anomalías clínicas».

Durante la instrucción, Puig declaró que su jefe «se le había metido dentro, como una serpiente», y que por eso lo mató. También acabó con la vida del hijo de este porque ambos «le debían dinero».

Narcís Bardalet, psiquiatra y director del Instituto de Medicina Legal de Girona, examinó a Puig en la cárcel dos veces. «No sufre ninguna enfermedad mental. Tampoco se puede decir que tenga un trastorno de personalidad», dijo Bardalet. «Tiene peculiaridades, como todo el mundo», concluyó. Los TAC y las resonancias magnéticas que se le realizaron tampoco detectaron anomalías.

El forense que examinó a Puig el día de los hechos para dictaminar si podía declarar ante el juez llegó a conclusiones similares: «Daba respuestas lógicas y razonadas. No detecté trastornos psicóticos ni brotes de esquizofrenia».

Los forenses observaron «frialdad emocional» en el acusado, que achacan a su forma de ser y no a una patología. Puig sabe «distinguir entre el bien y el mal», aunque el día de los crímenes se mostró ambiguo: «Reconocía el mal que había provocado, pero decía que tenía que hacerlo», resumió un forense. «Mató sabiendo lo que hacía», concluyeron.

Lo que son meros rasgos de la personalidad se convierten para los psicólogos de la defensa en tres trastornos: esquizotípico, esquizoide y paranoide. Tras examinarlo en la cárcel recientemente, los psicólogos dicen que Puig es «suspicaz, desconfiado, paranoico, impulsivo y ansioso», rasgos tan agudos en su caso que se convierten en trastornos. «Con 58 años, jamás ha tenido relaciones de pareja ni amigos», declaró la psicóloga Alicia Romero. «No es normal vestirse de sheriff o ir al bosque por la noche con un cuchillo», afirmó sobre las costumbres poco habituales del pistolero.

Estos psicólogos estuvieron de acuerdo con los forenses en que Puig no sufre una enfermedad, pero argumentaron que mató a su jefe, el hijo de este y dos empleados de la CAM impulsado por trastornos mentales. Unos trastornos que, sin embargo, «no son graves», según estos mismos expertos.


El «pistolero de Olot» pide perdón a las familias de sus víctimas

Antía Castedo – El País

16 de diciembre de 2011

«El destino ha querido que hoy se cumpla el aniversario de las muertes. Si los familiares de Pere Puig quieren verle, pueden hacerlo en la cárcel. A la familia de las víctimas solo les queda ir al cementerio». Así acababa el fiscal sus conclusiones finales en el juicio al pistolero de Olot. El ministerio público mantiene la solicitud de 80 años de cárcel para Puig, 20 por cada uno de los asesinatos cometidos el 15 de diciembre de 2010.

El acusado, callado durante la mayor parte del juicio, ha hecho una rápida declaración: «Lo siento mucho y pido perdón a las familias». Su defensa ha reconocido los cuatro asesinatos y ha solicitado para él una pena de 30 años de cárcel, 50 menos que los que pide el fiscal.

La abogada defensora ha solicitado al jurado popular que le rebaje la pena por haber confesado -se entregó a la policía y relató minuciosamente la secuencia de los crímenes- y por ejecutar los asesinatos en un estado de alteración mental.

«Un año después hay una pregunta que sigue sin respuesta: ¿por qué lo hizo?», ha exclamado Carles Monguilod, uno de los abogados de la acusación particular. «Hasta una explicación ha negado el señor Puig a las familias».

Puig mató a su jefe, al hijo de este y a dos empleados de banca. Para el fiscal, esta pregunta tiene una respuesta sencilla: «Pere Puig es un señor cruel y una mala persona que no tiene respeto alguno por la vida de los demás».

El fiscal se ha basado en las declaraciones de los psiquiatras forenses del Instituto de Medicina Legal de Cataluña para concluir que el acusado no tiene ninguna enfermedad ni trastorno mental y, por tanto, se le debe aplicar la pena máxima.

Tampoco considera que se le pueda aligerar la pena por confesar sus crímenes, ya que cuando Puig se entregó al salir de la sucursal bancaria donde acababa de matar a dos personas, la policía ya le estaba buscando y le tenía identificado. Además, existen numerosos testigos y pruebas que le sitúan como autor de los crímenes.

La defensa, que hasta este momento solicitaba la absolución del acusado -una formalidad dado que Puig se ratificó en las declaraciones inculpatorias que hizo durante la instrucción- ha solicitado al jurado popular que tenga en cuenta que el pistolero no sabía que le estaban buscando cuando se entregó. Además, colaboró activamente durante la reconstrucción de los crímenes y no intentó huir.

Nuria Masó, la abogada de la defensa, ha defendido que el pistolero «no es una persona normal», sino alguien «obsesionado» y que sufría un delirio en el momento de los hechos. La defensa arguye que Puig padece tres trastornos de la personalidad y que ello debería constituir un atenuante a la hora de dictar una condena. Solicita siete años y seis meses por cada uno de los asesinatos, frente a los 20 del fiscal.


El «pistolero de Olot», culpable de cuatro asesinatos

Antía Castedo – Elpais.com

16 de diciembre de 2011

El jurado popular del caso del pistolero de Olot ha emitido su veredicto: Pere Puig es culpable de cuatro delitos de asesinato. Cuando cometió los crímenes, ahora hace un año, estaba en plenas facultades mentales. El jurado añade que, en contra de la tesis de la defensa, no se entregó a la policía, por lo que no se le puede aplicar una atenuante de colaboración a la hora de establecer la pena.

Tras conocer el veredicto, el fiscal pidió 80 años de cárcel. La defensa rebajó la condena a 60 años, 15 por cada asesinato. El juez dictará sentencia conforme al veredicto.

El pistolero fue al bar La Cuina de l’Anna el 15 de diciembre de 2010 «con la intención de acabar con la vida» de Joan Tubert -jefe en la empresa donde trabajaba- y el hijo de este, dice el jurado. Les disparó cuando no podían defenderse. Lo mismo sucedió 15 minutos después en la sucursal de la CAM, donde asesinó a los empleados Anna Puyol y Rafael Turró.

El jurado no ha tenido en cuenta las afirmaciones de los psicólogos de la defensa, que alegaron que el pistolero sufre tres trastornos mentales que le llevaron a cometer los asesinatos. El jurado popular cree que Puig actuó «con premeditación» y eligió cabalmente a sus víctimas.

La segunda atenuante de la defensa tampoco prosperó. Argumentó que el pistolero, tras matar a los empleados de la CAM, se entregó a dos policías locales. Insistió en que Puig colaboró en la reconstrucción de los hechos.

El jurado observa que el pistolero salió de la sucursal «con el arma cargada» y sin levantar los brazos en señal de entregarse. «Es el policía quien le coge el arma de las manos», explica el veredicto. El jurado introduce una hipótesis que nadie había mencionado: Puig dejó el motor de su coche encendido porque tenía «voluntad de huir».


Condena de 60 años de cárcel para el pistolero de Olot por cuatro asesinatos

Antía Castedo – Elpais.com

29 de diciembre de 2011

La Audiencia de Girona ha condenado a 60 años de cárcel a Pere Puig Puntí, el albañil que asesinó a tiros a cuatro personas en Olot el 15 de diciembre de 2010. La sentencia establece que el pistolero no podrá permanecer más de 25 años en la cárcel, periodo al que hay que restar un año que Puig ha pasado en prisión provisional. Puig tiene ahora 58 años.

La sentencia, contra la que cabe recurso, cierra un capítulo de la crónica negra de Olot, una localidad que vivió conmocionada tras el día en que el albañil decidió matar a su jefe, al hijo de este y dos empleados de la Caja de Ahorros del Mediterráneo con su rifle de cazador.

El pistolero de Olot fue condenado por un jurado popular el pasado 16 de diciembre. No había dudas sobre la autoría de los asesinatos: Puig se autoinculpó minutos después de matar a su última víctima y múltiples testigos y pruebas confirmaron la veracidad de la confesión. El jurado debía dirimir si, como afirmaba la defensa, Puig sufría varios trastornos mentales que le llevaron a cometer los crímenes. Su abogada solicitaba también que se tuviera en cuenta que el albañil se entregó a la policía y colaboró en todo momento durante la instrucción del caso.

El veredicto contra él fue muy desfavorable: el jurado consideró que Puig estaba «en plenas facultades mentales», tal como declararon los psiquiatras del Instituto de Medicina Legal, y no dejaba lugar a que el juez aplicase una atenuante por colaboración que aligerase la pena. No solo no se entregó, decía el jurado, sino que dejó el motor del coche encendido mientras disparaba contra los empleados de la CAM porque tenía «voluntad de huir». El jurado se mostró contrario a una suspensión de la condena o a la proposición de un indulto total o parcial.

El fiscal del caso pidió 20 años de cárcel para Puig por cada uno de los asesinatos (80 en total). Alegó que el pistolero es «una mala persona» que «no tiene respeto por la vida de los demás» y recordó que la intención de Puig era matar a otras dos personas -el dueño del bar La Cuina de l’Anna y un electricista- pero que no lo hizo porque ese día no les encontró. La abogada de la defensa, una vez escuchado el veredicto, pidió para Puig la pena mínima que le podía aplicar el juez: 15 años por cada asesinato.

Esa es la pena que finalmente se le ha impuesto a Puig. La sentencia considera probado que el 15 de diciembre de 2010 el albañil acudió sobre las 7.45 horas vestido de cazador y armado con un rifle al bar La Cuina de l’Anna y allí disparó contra su jefe Joan Tubert y el hijo de este. Luego se subió a su coche y condujo hasta la sucursal de la CAM de Olot, donde descargó el arma contra Anna Pujol y Rafael Turró.

La sentencia cree que no está justificado imponer la pena máxima al pistolero, puesto que «no opuso resistencia» cuando le detuvieron, «colaboró en el esclarecimiento» de los hechos y reconoció sus crímenes. Tras matar a los dos empleados de la CAM, Puig esperó dentro unos minutos porque pensaba «liarse a tiros con la policía», como él mismo afirmó, pero al ver que nadie entraba salió del banco y dejó que un policía local le detuviese.

Un año después de los crímenes, los familiares de los constructores siguen sin explicarse las motivaciones del pistolero. Puig declaró durante la instrucción que mató a los Tubert porque le debían dinero (dos pagas extras). El albañil cobraba 1.150 euros al mes y vivía con su padre en una casa propiedad de este. La hija de Joan Tubert y hermana de Àngel aseguró en el juicio que ambos sentían cariño por el empleado, con el que habían compartido numerosas comidas.

El albañil también dijo que mató a los trabajadores de la CAM porque le informaron de que debía el importe íntegro de un crédito que había pedido y del que solo había pagado los intereses, cuando él pensaba que ya lo tenía liquidado. El director de la sucursal declaró, sin embargo, que el día que se lo dijeron Puig no reaccionó mal.

Ni la falta de un móvil razonable para cometer los crímenes ni las extravagancias del acusado -a Puig, una persona solitaria y sin amigos, le gustaba que le llamaran el sheriff- sirvieron a la defensa para convencer al jurado de que el albañil sufre trastornos. Tampoco que Puig explicara que su jefe «se le había metido dentro, como una serpiente» y que por eso lo mató. Los psiquiatras forenses concluyeron que las rarezas de Puig son meros rasgos de la personalidad y no patologías o trastornos.

La sentencia establece que Pere Puig deberá satisfacer las responsabilidades civiles derivadas de los cuatro asesinatos -entre ellas las indemnizaciones a los familiares de las víctimas-, por las que deberá abonar 643.000 euros.


Un justiciero sin causa

Rebeca Carranco – El País

23 de agosto de 2015

En el plató, sentadas sobre unas sillas de piel negras con las patas metálicas, y sin soltarse de la mano, Joaquima y Meritxell esperan. La supuesta médium Anne Germain no se hace de rogar. Aparece vestida de blanco, las saluda y acto seguido empieza a contarles lo que, según ella, le dicen Joan y Àngel Tubert, padre y hermano de Meritxell, y marido e hijo de Joaquima.

El programa se emitió el 5 de julio de 2012, dos años y medio después de que Pere Puig disparase con su escopeta de caza mayor y matase a los Tubert, para los que trabajó como albañil durante 13 años. Las mujeres querían saber que no sufrieron cuando el conocido como el sheriff de Olot, por su tendencia a disfrazarse con un sombrero, una chapa en el pecho y dos pistolas de plástico en el cinto, les asesinó.

Fue la mañana del 15 de diciembre de 2010. Pere Puig se presentó en La Cuina de l’Anna a las 7.45 horas. Sus jefes estaban sentados en una mesa alargada, al fondo del local, con más gente. Desayunaban bien, con plato, tenedor, cuchillo y porrón, cuando vieron entrar a su empleado, que acababa de aparcar en la puerta. Cargaba su rifle semi-automático Verney-Carron de cazador. Nadie se extrañó.

Puig también era un habitual del bar, un hombre discreto que no había dado nunca un problema. Puig se colocó frente a Joan, muy cerca, le encañonó y le disparó en el pecho. A su hijo sólo le dio tiempo a decir «¡qué hace este loco!». Si moverse del sitio, Puig giró el arma y descargó también contra él. Varios de los comensales lograron esconderse bajo la mesa.

Con el rifle en la mano, salió del bar sin que nadie se atreviese a frenarlo, se subió de nuevo a su todoterreno Suzuki de color azul y condujo en línea recta hasta su banco, la Caja de Ahorros Mediterráneo, que acababa de abrir. Dejó el jeep en medio de la calle, que tiene un carril para cada sentido, con los cuatro intermitentes puestos y se bajó.

Dentro del banco estaba el subdirector Rafael Turró, la cajera Anna Pujol y dos clientes. Puig disparó dos veces a Turró, que intentó incorporarse tras el segundo tiro. Luego cargó contra Anna, acertándole en la cabeza.

En la calle, dos agentes de la Policía Local de Olot se habían acercado al coche de Puig para multarle cuando una mujer que trabajaba en la tienda de enfrente del banco, salió corriendo. «¡Rafa, ve dentro, que hay un hombre pegando tiros!», le dijo al policía local. No le dio tiempo a hacerle caso. Puig salía ya caminando del banco, tranquilo, con la pistola apuntando al suelo.

En ese mismo instante le detuvieron, sin que se resistiese. Contó a los policías que lo tenía planeado, que los Tubert le debían dinero y se había hartado. Y que en el banco, le habían enredado. Que tenía una deuda de 4.500 euros de una tarjeta de crédito y que era imposible que él se hubiese gastado ese dinero.

«Dijo que no quería entregarse, que quería disparar para que le disparasen y lo matasen», explica el inspector de los Mossos d’Esquadra Josep Monteys. Pero no lo hizo. «Quizá el hecho de que estuviesen los policías ya en la puerta le impidió reaccionar como había pensado», conjetura el inspector. «Vi a la policía que venía, abrí la puerta, levanté los brazos y me entregué», zanjó Puig durante el juicio.

Los psiquiatras concluyeron que el sheriff de Olot no sufría ninguna enfermedad mental. «Es un hombre desconfiado, con mucha autoestima, y seguridad y con un elevado concepto de sí mismo, que no siempre se comporta según la norma social», afirmaron durante la vista.

«Ni una explicación, ni una carta, ni un mensaje, ni nada… Ahora mismo ni me mira a la cara, que ya es lo suyo», le reprochó Joaquima, que declaró ante el juez, con Puig, el que había sido el empleado de confianza de su marido, sentado a escasos metros, cabizbajo. Luego subió al estrado Meritxell, que llorando admitió: «Me cuesta decirlo, pero de todos los trabajadores que tenían era del que mejor hablaban». El sheriff fue condenado a 60 años de prisión.

Ficha técnica del asesino

  • Datos personales. Pere Puig Puntí, de 63 años. Nacido en Sant Esteve d’en Bas, un pueblo de 3000 habitantes, al lado de Olot.
  • Tipología. Mató a cuatro personas.
  • Víctimas. Sus jefes, Joan y Àngel Tubert, y dos empleados de su banco, Rafael Turró y Anna Pujol.
  • Perfil. Puig era un albañil discreto y en ocasiones excéntrico que se vestía de sheriff. Estaba soltero y vivía con su padre.
  • Móvil. Económico.
  • Su caída. Él mismo se entregó.
  • ¿Qué fue de él? Cumple 60 años de prisión.

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