Patrick Herbert Mahon

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Patrick Mahon

El asesino del bungalow

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Descuartizamiento
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 15 de abril de 1924
  • Fecha de detención: 2 de mayo de 1924
  • Fecha de nacimiento: 1890
  • Perfil de las víctimas: Su amante, Emily Beilby Kaye, de 37 años (embarazada de dos meses)
  • Método de matar: No se pudo averiguar la causa de la muerte
  • Localización: Sussex, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Ejecutado en la horca en la prisión de Wandsworth el 2 de septiembre de 1924
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Patrick Mahon – Asesinato en The Crumbles

Brian Lane – Los carniceros

Cuando Patrick Mahon escogió The Crumbles como escenario para ejercer su asombroso vandalismo sobre el cadáver de Emily Kaye en abril de 1924, esta desolada extensión de playa rocosa que va de Eastbourne a Pevensey ya había adquirido una reputación poco envidiable.

El 20 de agosto de 1920 se encontró el cadáver de una joven semienterrado entre los guijarros; alguien le había destrozado la cabeza con un ladrillo. En diciembre de ese mismo año Jack Field y William Gray, dos bribones que carecían de empleo, subieron al estrado del Tribunal de Lewes para oír cómo el juez castigaba su crimen con la pena de muerte.

Cuatro años después Patrick Mahon ocupará ese mismo estrado en el mismo County Hall cargado de historia. Su sentencia también será dictada por el juez Avory. Avory era un hombre de poca estatura y constitución delgada que merecía sobradamente el apodo con que era conocido: «El juez de la horca». Durante los años que pasó ejerciendo la magistratura envió al cadalso a un considerable número de asesinos.

La coincidencia se extiende a las personas del fiscal y el abogado defensor, respectivamente Sir Henry Curtis-Bennett, KC, y el señor J. D. Cassels, KC, ya que los dos habían desempeñado el mismo papel cuatro años antes.

Además, hubo otro miembro del reparto que apareció nuevamente cuatro años después. Su papel en el caso contra Field y Gray no había sido demasiado importante; pero esta vez Sir Bernard Spilsbury, patólogo del Home Office, iba a ser una de las estrellas del juicio. Spilsbury tuvo que identificar el cadáver de Emily Kaye o lo que quedaba de él y, según confesó, aunque su carrera le había acostumbrado a esa clase de horrores, jamás había visto unos restos que se hallaran en un estado tan espantoso.

Ya conocemos el decorado, y el reparto secundario ha hecho su entrada en escena. Ha llegado el momento de conocer al personaje principal y de seguir los pasos de Patrick Mahon y ver cómo acabó llegando al Tribunal de Lewes y cómo ocupó el primer puesto en la lista de los hombres más perversos de Inglaterra.

Patrick Herbert Mahon nació en 1890 en el seno de una familia numerosa de clase media y ascendencia irlandesa que vivía en Liverpool, y durante sus primeros años de vida no hubo ninguna señal indicadora de la clase de monstruo en que acabaría convirtiéndose.

Demostró ser un estudiante moderadamente bueno con un gran interés y talento por el rugby y participó regularmente en los aspectos sagrados y sociales de la vida católica. Durante esa etapa también se pudo discernir el rápido desarrollo de la apostura y el encanto personal que le condenarían a ser casi tan irresistible para las mujeres como ellas lo eran para él.

Conoció a la futura señora Mahon cuando aún era estudiante, y gozó de la confianza y afecto de la compañera a quien traicionaría tan repetidamente y de forma tan cruel en años venideros. El matrimonio se celebró en 1910: la novia sólo tenía dieciocho años.

En 1911 Mahon estafó la suma de 123 libras a sus jefes falsificando cheques, y ese dinero conseguido con malas artes trajo consigo la primera en la serie de aventuras extraconyugales que no tardarían en ser características de Mahon y que acabarían teniendo un resultado tan terrible. La policía siguió el rastro de Mahon hasta la Isla de Man y le devolvió a su ciudad natal, donde se le trató bastante mejor de lo que merecía; el tribunal se mostró misericordioso, Mahon no tuvo que ir a la cárcel y la señora Mahon dio una nueva muestra de su amor perdonándole.

Aun así, la aventura parece que dio origen a una pauta que regiría su futuro; pues, pese a la confianza puesta en él por una lechería de Wiltshire que le dio empleo, Patrick Mahon no tardó mucho en disponer del dinero de sus patronos. La cantidad estafada ascendió a 60 libras y el tribunal de Dorchester se mostró bastante más duro. Mahon fue sentenciado a un año de cárcel.

Pero la señora Mahon se mostró tan comprensiva como siempre, y cuando los doce meses de prisión llegaron a su fin, la pareja se trasladó a Calne para empezar una nueva vida. Que la llegada de Mahon a Calne se viera acompañada por una serie de robos que la policía no logró resolver quizá no sea más que una coincidencia.

De lo que no cabe duda es de que Mahon se aficionó rápidamente a las carreras de caballos, y de que se le veía frecuentemente por el hipódromo en calidad de empleado de un apostador profesional. Sin embargo, esas pequeñas deshonestidades -sin olvidar una larga serie de aventuras amorosas- no fueron castigadas. Patrick Mahon no volvió a conocer la luz de las candilejas legales hasta 1916.

A comienzos de ese año alguien que no obraba impulsado por ningún propósito honrado entró en la sucursal del National Provident Bank de Sunningdale. Una sirvienta que oyó ruidos se levantó de la cama para investigar y fue recompensada con un salvaje martillazo en la cabeza. El intruso que la había atacado era Patrick Mahon.

Sea cual sea la explicación por la que uno se decida -estupidez, arrogancia o lujuria pura y simple-, el caso es que la conducta posterior de Mahon fue, por emplear un término suave, de lo más extraordinaria; pues cuando la pobre joven recobró el conocimiento se encontró en brazos de Mahon, quien la estaba besando y le pedía que perdonara la rudeza con que se había presentado. Como era de esperar, cuando llegó la hora del juicio la identificación del culpable no presentó ningún problema y Patrick Herbert Mahon fue sentenciado a cinco años de prisión.

Cuando volvió a los brazos de su esposa, siempre dispuesta a perdonar, descubrió que ésta no había perdido el tiempo: su capacidad de trabajo y sus innegables recursos personales le habían permitido ascender hasta el cargo de secretaria de dirección en Consols Automatic Aerators Ltd, Sunbury, que ahora forma parte del Gran Londres. Sus jefes tenían un concepto tan alto de su integridad que cuando intercedió en favor de su esposo Patrick fue contratado como representante.

Mahon demostró ser capaz de desempeñar el trabajo sorprendentemente bien, aunque la razón de que lograra interesarse tanto por él quizá deba buscarse en el hecho de que le proporcionaba una excusa para emprender frecuentes viajes «de negocios» dejando sola a su mujer. Lo que sí sabemos es que nunca dejó pasar por alto una ocasión de frecuentar la compañía del sexo opuesto; a veces, como pronto veremos, en circunstancias altamente grotescas.

Su empleo en Consols Automatic le hizo conocer a la infortunada Emily Beilby Kaye. Emily no carecía de atractivo, aunque ya tenía 37 años y seguía soltera. Se alojaba en una residencia femenina londinense de la calle Guildford, Bloomsbury. Quizá se había hartado de la soltería; quizá estaba empezando a verse acosada por el espectro de una vejez solitaria.

Fuera por lo que fuese, Mahon no tuvo que esforzarse mucho para convencerla de que iniciara una relación amorosa con el nuevo encargado de ventas de Consols. La casi increíble velocidad con que se desarrolló el romance quizá desconcertara a Mahon; de lo que no cabe duda es de que la intensidad con que la señorita Kaye estaba dispuesta a entregar apasionadamente todo su ser no fue correspondida por parte de Mahon.

Poco tiempo después Mahon estaba francamente preocupado. Temía convertirse en víctima de una voluntad más fuerte -o más desesperada, o ambas cosas a la vez-, que la suya; y no sabía cómo escapar del apuro. Lo que más le preocupaba era el hecho de que (aunque lo negó durante el juicio) había dejado embarazada a Emily Kaye, y su amante le exigía que huyeran juntos al extranjero.

En los primeros días del mes de abril de 1924, Emily Kaye sugirió -de hecho, insistió- que llevaran a cabo lo que definió como «un experimento amoroso». Emily llevaba mucho tiempo convencida de que la tozuda resistencia de Patrick se desvanecería en cuanto pudieran pasar juntos un largo período de soledad durante el que les fuese posible dar rienda suelta a su mutuo afecto dejando florecer su amor. Además, ahora Mahon no podía negarse. No después de lo que el azar le había permitido descubrir…

El descubrimiento se produjo de forma totalmente casual cuando Emily estaba limpiando un cajón y (desde luego, la coincidencia es de lo más improbable) descubrió que el cajón estaba recubierto con un periódico viejo donde se narraba el juicio de Guildford y la sentencia que el tribunal había impuesto a Mahon hacía ya bastantes años.

Parece improbable que este descubrimiento -y la amenaza implícita de hacerlo público-, no jugara un papel de gran importancia en la capitulación final de Mahon, quien accedió a alquilar una casita en la solitaria playa de Crumbles. Puede que también fuese la gota de agua que hizo rebosar el vaso y acabó dando como resultado el horrible final de Emily Kaye.

Emily -que no tenía ni idea del terrible plan que ya debía haberse adueñado de la mente de Mahon-, decidió ejercer más presión. Tenían que huir a Sudáfrica. Ya se había comprado un anillo de compromiso y anunciado el inminente viaje a sus parientes y amistades; y es muy probable que Emily Kaye hiciera el trayecto hasta Eastboume para reunirse con su amante soñando en ese distante futuro impasiblemente romántico: su destino final era el bungalow conocido como la Casa del Oficial, que había servido de residencia al comandante de la estación de guardacostas que había en aquella zona del litoral.

Fueran cuales fuesen sus planes para el futuro, lo cierto es que Emily Kaye convirtió en efectivo sus últimas acciones antes de abandonar Londres (la mayoría de sus otros bienes ya habían ido a parar al bolsillo de Mahon).

El 12 de abril Mahon salió de su casa en Pagoda Avenue, Richmond, después de haberle dicho a su esposa que partía en viaje «de negocios». Como era típico de él (pero teniendo en cuenta lo que iba a ocurrir, el incidente nos permite imaginarnos lo que pasaba por su cabeza), durante el trayecto conoció a una joven dama apellidada Duncan y los dos acordaron cenar juntos el miércoles siguiente. Aparte de esa distracción, Mahon sólo se desvió de su camino para comprar un cuchillo de cocina y una sierra en un comercio cercano a la estación Victoria de Londres.

Parece que el «experimento amoroso» empezó envuelto en una atmósfera de franco optimismo. Emily se reunió con Mahon en la estación y los dos tomaron un taxi que les llevó a la Casa del Oficial. Emily seguía estando convencida de que conseguiría persuadir a Patrick para que huyeran juntos a Sudáfrica, y explicó su plan en una carta dirigida a una amiga fechada el 14 de abril y echada al correo en Eastbourne.

Al día siguiente, martes 15 de abril, la pareja volvió a Londres. Mahon había recibido órdenes estrictas de sacarse el pasaporte, cosa que no hizo, y la discusión subsiguiente fue haciéndose más crispada durante el viaje de vuelta en tren. Cuando llegaron «a casa» Emily insistió en que Mahon debía escribir una carta a sus amistades informándoles de que pensaba marcharse a Sudáfrica. Mahon se negó en redondo.

En cuanto a lo que ocurrió después, sólo tenemos la versión de Mahon -la pobre Emily no sobrevivió al apasionamiento de aquella escena-, y así es como narró su versión en el tribunal al ser interrogado por el señor J. D. Cassels:

Señor Cassels: Según creo, usted ha dicho que ella se puso muy nerviosa, ¿no?

Juez Avory: Se enfadó mucho.

Mahon: Se enfadó mucho y se puso muy nerviosa.

Cassels: Cuéntenos qué ocurrió a continuación.

Mahon: Su comportamiento me hizo comprender que iba a sufrir una crisis: parecía estar al borde de la histeria.

Avory: Todo esto es una descripción, una especie de relato. Queremos saber lo que ocurrió; no lo que usted pensaba o se imaginaba, sino lo que ocurrió.

Mahon: Le dije: «Peter [un apodo cariñoso], me voy a la cama». La señorita Kaye dijo algo. No la entendí, pero cuando fui hacia la puerta del dormitorio me arrojó el hacha para partir el carbón que había encima de la mesa. Apenas tuve tiempo de esquivarla, y el hacha me golpeó en el hombro derecho, aquí. Rebotó en mi hombro y chocó con el marco de la puerta… La rapidez con que se movió y el hecho de que me atacara me dejaron perplejo, y un segundo después la señorita Kaye saltó sobre mí y me arañó la cara… Intenté quitármela de encima. Empezamos a luchar. Enseguida comprendí que estaba viéndomelas con una mujer enloquecida por la ira. El pánico se apoderó de mí.

Avory: ¿De veras?

Mahon: Sí, Señoría. La empujé con la fuerza de la desesperación y los dos caímos sobre el sillón que había a la izquierda de la chimenea. La cabeza de la señorita Kaye chocó con el cubo del carbón y yo caí con ella… Creo que debí desmayarme a causa del miedo y el shock. No recuerdo cuándo volví a ser consciente de lo que estaba ocurriendo o había ocurrido. La señorita Kaye yacía junto a la chimenea y la sangre de su cabeza había formado un charco en el suelo… No se movía… La pellizqué, le hablé e hice cuanto pude para que recobrara el conocimiento, pero no se movió y no me respondió… Recuerdo que me levanté para echarle agua en la cara y que la llamé por su nombre, y que ella no me respondió. Creo que debí perder el control de mis nervios, creo que debí salir al jardín y que estaba enloquecido por el miedo. Recuerdo que volví al bungalow más tarde y que la señorita Kaye seguía inmóvil en el suelo… Creo que debían haber pasado horas; aún debía faltar bastante para que amaneciese.

Avory: ¿Y cuando volvió seguía allí donde había caído?

Mahon: Seguía allí.

Cassels: ¿Y estaba muerta?

Mahon: Y estaba muerta.

¿Es posible que todo ocurriera tal y como Mahon contó en su testimonio? ¿Es posible que se tratara de un horrible accidente cuya obvia gravedad le sumió en un delirio de pánico? ¿O actuó con pleno dominio de sí mismo y mucha sangre fría, poniendo en práctica un plan en el que llevaba semanas enteras pensando, habiendo adquirido de antemano las herramientas que necesitaría para deshacerse del cadáver?

Podemos estar casi seguros de que cuando el jurado se decidió por la última hipótesis no olvidaba cuáles fueron los movimientos de Mahon inmediatamente después de la muerte de Emily Kaye. Recordemos que había concertado una cita con la señorita Duncan para el día siguiente; y Mahon asistió a esa cita y la llevó a cenar al restaurante Victoria Street.

Como excusa, se podría decir que fue un movimiento calculado para no despertar sospechas; pero si eso es cierto, ¿qué explicación puede darse a lo que hizo después? ¿Puede haber alguna justificación al hecho de que invitara a la señorita Duncan al bungalow para pasar las vacaciones de Pascua con él? ¿Qué justificación posible tiene el hecho de que la invitara a compartir el lecho que había compartido con Emily Kaye sólo tres noches antes? Se trataba nada menos que de compartir un lecho en el dormitorio contiguo al cuarto donde había un baúl que contenía el cadáver decapitado de Emily, y eso es lo que hizo Mahon. El lunes de Pascua la pareja cogió el último tren a Londres.

No hace falta que entremos en los detalles de cómo Mahon volvió a Eastboume el día siguiente o cómo mutiló el cadáver de Emily Kaye en un intento de deshacerse de él. El testimonio de Sir Bernard Spilsbury reproducido más adelante describe con elocuencia la carnicería que tuvo el infortunio de verse obligado a examinar.

Pero volvamos a Surrey, a Richmond y a Pagoda Avenue; y a la señora Mahon, la esposa que había demostrado ser un refugio al que siempre podía acudir. Desgraciadamente para Mahon, su esposa estaba empezando a comprender con quién se había casado. Llevaba cierto tiempo sospechando que Patrick tenía aventuras con otras mujeres; eso y el temor de que pudiera haber reanudado sus no muy legales actividades como apostador en el hipódromo, hicieron que empezara a espiarle y la impulsaron a contratar los servicios de un detective privado llamado John Beard, que había sido inspector detective de la compañía de ferrocarriles.

Resulta interesante basar la siguiente etapa de la inexorable caída de Patrick Mahon en los recuerdos de Percy Savage, ex superintendente del CID (Criminal Investigation Department), el hombre que dirigió la investigación en Crumbles; la mano del castigo que se posaría más que merecidamente sobre el hombro de Mahon…

La señora Mahon había estado examinando los bolsillos de su esposo y encontró el resguardo de una bolsa de viaje depositada en la consigna de equipajes de la estación de Waterloo. Después de haber consultado con el señor Beard, los dos acudieron a reclamar la bolsa, y aunque estaba cerrada, los expertos dedos del señor Beard reconocieron los contornos de un cuchillo de gran tamaño y una considerable cantidad de tela manchada de sangre. Sus años como detective le prestaron un gran servicio.

Beard devolvió la bolsa al empleado, recibió a cambio el resguardo y envió a la señora Mahon a su casa para que volviera a dejarlo allí donde lo había encontrado. Después telefoneó a Scotland Yard, habló con el jefe de inspectores Savage, le comunicó sus sospechas y, finalmente, le acompañó a la estación de Waterloo donde Savage logró obtener un trocito de tela para analizarlo. El análisis demostró la presencia de sangre humana.

Percy Savage ordenó a los sargentos de detectives Frew y Thompson que aguardaran la llegada de Mahon en la estación y volvió a Scotland Yard para esperar. Patrick Mahon recogió su bolsa a las seis y cuarto de la madrugada siguiente, y un instante después se vio franqueado por dos policías:

-Somos agentes de policía. ¿Es suya esa bolsa?

-Creo que sí.

Cuando se le comunicó que debía acompañarles a la comisaría, Mahon replicó con un indignado «¡Tonterías!», después de lo cual fue escoltado hasta ella sin más dilación.

Según Savage, cuando se encontró por primera vez con Mahon en la sala de espera, «se puso en pie y me recibió con una sonrisa afable. Era de talla un poco superior a la media y vestía un traje marrón oscuro de buena confección. Llevaba corbata y zapatos marrones. Su sombrero de fieltro marrón, sus guantes de cuero y su paraguas estaban sobre la mesa. “¿Inspector jefe Savage? He oído hablar de usted”, dijo, saludándome de forma muy efusiva. “Pero nunca nos habíamos visto.”»

Mahon fue conducido a una habitación donde se le mostró el contenido de la bolsa: unos pantaloncitos de seda desgarrados, dos trozos de seda blanca, un pañuelo de seda azul -todo ello manchado de sangre y grasa-, y un cuchillo de cocina de gran tamaño, aparte de una bolsita de lona con las iniciales «E. B. K.» y una cierta cantidad de polvos desinfectantes. Mahon contempló todos aquellos objetos en silencio.

-¿Cómo explica la posesión de estos objetos?

-Adoro a los perros, y supongo que debí llevar algo de carne para ellos dentro de la bolsa.

-¿Carne para perros? Pero esto es sangre humana.

Mahon guardó silencio.

-Nadie envuelve carne para perros en seda. Su explicación no me satisface.

-Carne para perros, carne para perros -repitió Mahon-. Carne para perros… -añadió y un instante después dijo-: Bueno, parece que lo saben todo, ¿eh?

A primera hora de la madrugada siguiente Mahon ya había terminado de prestar declaración y había iniciado su irreversible viaje hacia el cadalso.

La atestada sala del tribunal de Lewes ya ha oído todas estas pruebas. La defensa de Mahon -que la señorita Emily Kaye murió a causa de un golpe accidental en la cabeza- se ha desmoronado; en gran parte porque esa parte vital de su anatomía ha quedado completamente destruida, con lo que no hay forma de averiguar la causa de la muerte. Las sospechas despertadas por la desaparición del útero de una mujer obviamente embarazada -hecho del que Mahon negaba estar enterado-, no le ayudó demasiado. Y cuando subió al estrado para prestar testimonio, Patrick Mahon causó bastante mala impresión.

A las dos del sábado 10 de julio de 1924 el portavoz del jurado selló el destino de Mahon; minutos después el juez Avory se dirigió al prisionero:

-Patrick Herbert Mahon, los miembros del jurado han llegado a la única conclusión correcta según las pruebas que se les han expuesto. Han llegado a esa conclusión sin saber nada sobre su vida anterior, a la que usted mismo hizo referencia en sus declaraciones ante la policía, referencias que, en un acto de clemencia hacia usted, han sido excluidas de la consideración del jurado; sus miembros no sabían que usted ya había sido condenado y había estado en la cárcel por un crimen de violencia. No puede caber duda alguna de que usted planeó deliberadamente la muerte de esta mujer…

[Mahon: No lo hice.]

-…Y debe sufrir la pena que la ley impone a ese crimen. La sentencia de este tribunal es que sea llevado a prisión y de ella al lugar de la ejecución, y que, una vez allí sea colgado por el cuello hasta que muera, y que su cuerpo sea enterrado en el recinto de la prisión en la cual permanecerá confinado hasta su ejecución. Y que el Señor tenga piedad de su alma.

El 9 de septiembre Patrick Mahon se enfrentó al verdugo en la zona para ejecuciones de la prisión de Wandsworth; tal y como habían hecho Jack Field y William Gray cuatro años antes.

Una parte significativa del caso presentado por la acusación estaba relacionada con los problemas técnicos planteados por la identificación de los restos humanos encontrados en la Casa del Oficial como pertenecientes a Emily Kaye, y fue misión de Sir Bernard Spilsbury establecer dicha identificación. El pasaje de las transcripciones del juicio que recoge el interrogatorio de Sir Bernard practicado por Curtis-Bennett demuestra lo difícil y poco envidiable que fue dicha tarea.

Curtis-Bennett: ¿Es usted Bernard Henry Spilsbury?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Es jefe del departamento de patología especial del St. Bartholomew’s Hospital. Londres, y Patólogo Honorario del Home Office?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: El 4 de mayo pasado, ¿visitó la Casa del Oficial en Langley Bungalows acompañado por el inspector jefe Savage y otros agentes de policía?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Examinó todas las habitaciones de dicha vivienda?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Puede contarnos lo que descubrió, empleando sus propios términos?

Spilsbury: En el dormitorio marcado en el plano con el número 3 vi una sierra; estaba oxidada y cubierta de grasa, y había un trozo de carne adherido a ella. También vi varias prendas femeninas y un cubreteteras manchados de sangre. Casi todas las prendas estaban grasientas y con restos de hollín o polvo de carbón.

Curtis-Bennett: Creo que se las llevaron, ¿no?

Spilsbury: Así es.

Curtis-Bennett: ¿Vio el cubo del carbón en el comedor?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Vio que hubiera algo en él?

Spilsbury: Había dos manchitas que me pareció que debían ser de sangre, y me fijé en que uno de los soportes del cubo estaba considerablemente torcido.

Curtis-Bennett: ¿Había un plato en el suelo?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Estaba cerca de la chimenea?

Spilsbury: Sí. Contenía grasa solidificada.

Curtis-Bennett: ¿Y también una marmita de gran tamaño?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Cuál era el estado de su interior?

Spilsbury: Estaba medio llena de un líquido rojizo con una capa de grasa bastante gruesa en la parte superior, y en el fondo encontré un trozo de carne hervida con un poco de piel adherida a ella.

Curtis-Bennett: Respecto al plato, ¿cuál era la posición del cubo de carbón?

Spilsbury: Estaba a la derecha de la chimenea.

Curtis-Bennett: ¿Y la marmita estaba en la chimenea?

Spilsbury: Así es.

Curtis-Bennett: ¿Había alguna clase de manchas en el protector?

Spilsbury: Sí, estaba manchado de grasa.

Curtis-Bennett: Creo que había cenizas en la chimenea, ¿no es así?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Hablará de ellas más tarde?

Spilsbury: Sí. No había más manchas de sangre visibles en la habitación.

Curtis-Bennett: ¿Y en el comedor?

Spilsbury: Tampoco.

Curtis-Bennett: Después fue a la cocina, ¿no?

Spilsbury: Sí. Encontré un recogedor que contenía cenizas que luego examiné.

Curtis-Bennett: Luego hablará de los huesos, ¿no?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Encontró alguna otra cosa?

Spilsbury: Sí, había una sartén con un depósito de grasa en el fondo; una cubeta de hierro galvanizado para baños que contenía un fluido grasiento y un cuenco esmaltado cuya parte interior estaba manchada de grasa.

Curtis-Bennett: El inspector Savage nos ha contado que el 3 de mayo hizo llevar la sombrerera y el baúl a la cocina.

Spilsbury: Sí, allí los encontré.

Curtis-Bennett: ¿Empezó examinando la sombrerera?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Qué contenía?

Spilsbury: Encontré varias prendas y un gran número de fragmentos de carne, treinta y siete en total.

Curtis-Bennett: ¿Treinta y siete fragmentos independientes?

Spilsbury: Treinta y siete fragmentos independientes. Uno de ellos había pertenecido a la parte de atrás del hombro derecho e incluía el omoplato y un fragmento de clavícula, y parte del hueso del brazo. Ambos huesos habían sido aserrados. El segundo fragmento era piel, grasa y carne de la región del ombligo.

Curtis-Bennett: ¿Y los otros treinta y cinco?

Spilsbury: Los otros treinta y cinco consistían en piel, y en muchos de ellos también había músculo.

Curtis-Bennett: ¿Qué descubrió en cinco de esos fragmentos?

Spilsbury: Vello parecido al que se encuentra en las partes íntimas: vello púbico.

Curtis-Bennett: ¿Rubio o de color oscuro?

Spilsbury: Rubio.

Curtis-Bennett: ¿Es cierto que todos los fragmentos de carne que encontró dentro de la sombrerera daban la impresión de haber sido hervidos? ¿Lo habían sido?

Spilsbury: Es probable que todos hubieran sido hervidos. Permítame añadir que, naturalmente, todos eran humanos.

Curtis-Bennett: ¿Qué encontró dentro del baúl, prueba número 8?

Spilsbury: Encontré cuatro fragmentos de gran tamaño que habían pertenecido a un cuerpo humano. Uno de la mitad izquierda de la parte inferior del cuerpo, probablemente la pelvis, con músculos y piel adheridos a él, y la parte superior del fémur, incluyendo también la parte inferior de la columna vertebral.

Curtis-Bennett: ¿La columna vertebral había sido aserrada?

Spilsbury: Sí. Prácticamente todos los huesos habían sido aserrados.

Curtis-Bennett: ¿Quiere contamos algo al respecto?

Spilsbury: Sólo que había adherido un pequeño fragmento de la pared de la vagina, el pasaje congénito femenino.

Curtis-Bennett: Pasemos al segundo fragmento.

Spilsbury: El segundo fragmento correspondía a la parte inferior de la mitad derecha del tronco y estaba adherido a un trozo de fémur. El tercer fragmento consistía en la mitad derecha del torso junto con la columna vertebral desde el nivel de la sexta vértebra a partir del cuello hasta un punto en el que la pelvis había sido aserrada. El esternón estaba adherido a este fragmento, así como también partes de casi todas las costillas de la izquierda.

Curtis-Bennett: ¿Estaba presente el seno derecho en ese fragmento?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Hay algo que quiera contamos al respecto?

Spilsbury: Cuando lo presioné, el pezón dejó escapar un fluido lechoso.

Juez Avory: Será mejor que nos explique inmediatamente qué significa eso,

Spilsbury: Señoría, ¿puedo ocuparme antes del otro fragmento?

Juez Avory: Sí.

Spilsbury: El cuarto fragmento formaba el lado izquierdo del torso y en la parte de atrás descubrí una zona de unos cinco centímetros de longitud encima del omoplato donde había un morado reciente. El seno izquierdo estaba presente en el fragmento, y su apariencia era similar.

Curtis-Bennett: ¿Dónde estaba ese morado?

Spilsbury: Encima del omoplato izquierdo.

Curtis-Bennett: ¿Y el seno izquierdo presentaba el mismo aspecto?

Spilsbury: Tenía el mismo aspecto que el derecho.

Curtis-Bennett: ¿Y los cuatro fragmentos encajaban entre sí?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: Y una vez unidos formarían prácticamente todo el tronco de una mujer, ¿no?

Spilsbury: Sí, casi todo.

Curtis-Bennett: Con restos de los miembros de los que ya nos ha hablado, ¿no?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Habían sido hervidos o no?

Spilsbury: No.

Curtis-Bennett: ¿Hizo algún otro examen de los senos?

Spilsbury: Sí, tanto practicando incisiones como mediante el microscopio después.

Curtis-Bennett: Y cómo resultado de esos exámenes, ¿está en condiciones de expresar una opinión sobre el estado de la mujer antes de su muerte?

Spilsbury: Sí. A juzgar por el estado de los senos, opino que estaba embarazada y que el embarazo se hallaba en sus primeras fases.

Curtis-Bennett: En el mismo baúl había una caja de galletas de gran tamaño con la tapa puesta, ¿no?

Spilsbury: Sí. ¿Puedo ocuparme antes de otro tema?

Curtis-Bennett: Se lo ruego.

Spilsbury: Había partes de ciertos órganos unidas al tronco: una parte del pulmón derecho adherida a la mitad derecha de la pared torácica y partes de algunos otros órganos del abdomen que no se habían desprendido, así como fragmentos de hígado, un trocito de bazo y un riñón.

Curtis-Bennett: ¿Había ciertos órganos unidos a esos cuatro fragmentos?

Spilsbury: Partes de ellos, y también había cabellos muy finos de entre quince y veinte centímetros de longitud adheridos a una de esas partes.

Curtis-Bennett: Creo que usted los conservó y que han sido exhibidos como pruebas, ¿no?

Spilsbury: Así es.

Curtis-Bennett: Basándose en el examen microscópico de los senos y en los otros exámenes que practicó, ¿opina que la mujer se hallaba embarazada en el momento de la muerte?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Ha logrado encontrar el útero?

Spilsbury: No.

Juez Avory: ¿Quiere decir que no ha encontrado ni un solo fragmento de él?

Spilsbury: Sólo el extremo inferior, que encontré dentro de la caja de latón a la que voy a referirme. El resto del útero había desaparecido.

Curtis-Bennett: Díganos cuál era el contenido de esa caja.

Spilsbury: Era una caja de galletas de gran tamaño, dentro de la cual encontré órganos humanos del pecho y el abdomen en nueve fragmentos independientes. ¿Quiere que los describa por separado? Había un fragmento de intestino grueso que tendría unos veinte centímetros de longitud.

Curtis-Bennett: ¿Y el segundo fragmento?

Spilsbury: El segundo fragmento pertenecía al estómago y terminaba en el extremo inferior del cuello del útero.

Curtis-Bennett: Que había sido totalmente desprendido del resto, ¿no?

Spilsbury: Así es.

Juez Avory: ¿El útero había sido separado del cuello mediante un corte limpio?

Spilsbury: Que atravesaba todo el cuello, sí.

Curtis-Bennett: ¿Había algo de particular en el único ovario que logró encontrar?

Spilsbury: Sí, cuando lo abrí encontré un cuerpo amarillo de gran tamaño que es característico del embarazo, lo que también ha sido confirmado mediante el examen microscópico.

Curtis-Bennett: ¿Necesita hablarnos con detalle de los otros fragmentos por si se da el caso de que quiera hacer referencia a algo en particular?

Spilsbury: No, no es necesario.

Curtis-Bennett: El examen de todos los órganos que encontró dentro de la caja de galletas, ¿reveló alguna enfermedad o trastorno?

Spilsbury: No, ninguno. A juzgar por las adherencias presentes en el lado derecho del tórax la víctima había sufrido un ataque de pleuresía hacía ya cierto tiempo.

Curtis-Bennett: ¿Hay alguna relación entre ese ataque de pleuresía y la causa de la muerte?

Spilsbury: Ninguna en absoluto.

Curtis-Bennett: ¿También examinó los fragmentos de hueso quemado que fueron encontrados en las chimeneas de la sala y el comedor?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Y los encontrados entre las cenizas del recogedor que había en la cocina?

Spilsbury: Sí, los examiné.

Curtis-Bennett: Y, en total, encontró de 900 a 1.000 fragmentos de hueso, ¿no?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Podrían haber sido aserrados con la sierra que se ha presentado ante este tribunal?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: Me gustaría que nos diera su opinión basada en el examen conjunto de los órganos, huesos y carne que se han encontrado.

Spilsbury: Antes de hacerlo, permítame decir que como resultado del examen de esos fragmentos de hueso estoy convencido de que el cráneo y los huesos de la parte superior del cuello no estaban presentes entre esos fragmentos, y que tampoco he identificado ningún fragmento de hueso de la parte inferior de la pierna izquierda más allá del punto en que fue separado del tronco.

Curtis-Bennett: ¿Está totalmente seguro de que no hay rastro del cráneo?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Ni del cuello?

Spilsbury: Ni del cuello.

Curtis-Bennett: ¿Puede decirnos cuál es su opinión después del examen?

Juez Avory: ¿Su opinión respecto a qué?

Curtis-Bennett: En primer lugar a si es el cadáver de una mujer, y luego sobre sus dimensiones, y otros aspectos del mismo.

Spilsbury: Todo el material que he examinado, las porciones del tronco, los órganos, los trozos de carne hervida y esos fragmentos de hueso que he podido identificar son humanos, y corresponden a las partes de un solo cuerpo. No hay ninguna duplicación. Los cuatro fragmentos de tórax y pared abdominal encajan entre sí formando un solo tronco, y los órganos de la caja de galletas junto con los fragmentos de órganos unidos a las cuatro porciones del tronco forman un juego completo de órganos humanos, con la excepción de ciertas ausencias, de entre las cuales la falta del útero y de un ovario son las más importantes. Se trata del cuerpo de una mujer adulta de constitución robusta y cabello rubio. En mi opinión, estaba embarazada en el momento de la muerte y el embarazo se hallaba en sus primeras fases, probablemente entre uno y tres meses… No se encontraron señales de ninguna enfermedad que pudiera causar la muerte natural, y nada que pudiera provocar una muerte no natural.

Juez Avory: No he entendido eso último.

Curtis-Bennett: Explíquenoslo.

Spilsbury: En las partes del cuerpo que examiné la única herida que descubrí era el morado del hombro izquierdo. Dado que faltan la cabeza y el cuello no hay pruebas de que muriese por alguna causa no natural.

Curtis-Bennett: ¿Está diciéndonos que en todas las partes del cuerpo que ha examinado no ha encontrado ninguna señal de la causa que produjo la muerte?

Spilsbury: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Qué indica eso en su opinión?

Spilsbury: Que la causa de la muerte…

Juez Avory: ¡Un momento! Esa pregunta corresponde al jurado.

Pero, ¿y la cabeza? ¿Qué importancia debía darle el jurado a su desaparición? ¿Era sencillamente el primer fragmento de cuerpo escogido al azar para recibir el tratamiento de eliminación planeado para la totalidad del cadáver, tal y como había afirmado Mahon? ¿O fue eliminada de una forma tan rápida y cuidadosa para ocultar la auténtica causa de la muerte, que no había sido un golpe accidental sino el golpe asestado con un hacha, un golpe administrado con tal fuerza y salvajismo que el mango del hacha se había astillado?

Mahon es interrogado por Sir Henry Curtis-Bennett y describe el tratamiento a que fue sometida la cabeza:

Curtis-Bennett: ¿Sigue afirmando que quemó la cabeza?

Mahon: No sólo digo que la quemé, sino que la quemé.

Curtis-Bennett: ¿En qué habitación quemó la cabeza?

Mahon: En la sala.

Curtis-Bennett: ¿En la sala de la parte delantera?

Mahon: En esta sala. [Señalando el modelo]

Curtis-Bennett: ¿Y cuánto tiempo afirma que necesitó para ello?

Mahon: No lo sé con exactitud. Probablemente unas seis horas.

Curtis-Bennett: ¿No lo recuerda?

Mahon: Recuerdo que quemé la cabeza.

Curtis-Bennett: ¿Y no recuerda cuánto tiempo necesitó para ello? Hizo algo terrible. ¿No recuerda cuánto tiempo tardó en hacerlo?

Mahon: Si conociera las circunstancias en que fue quemada la cabeza (sólo puedo decir quemada)… Ni tan siquiera pude quedarme en la habitación mientras se quemaba.

(Esta enigmática referencia sólo debió resultarle comprensible al señor Cassels, pues mientras esperaba ser juzgado en la prisión de Brixton, Mahon le había contado la siguiente historia: el día en que destruyó la cabeza de Emily Kaye el cielo estaba gris y lleno de nubarrones tormentosos. Mahon avivó el fuego, y cuando echó la cabeza a las llamas la tormenta se presentó repentinamente acompañada por truenos terribles y relámpagos cegadores. Los ojos de la muerta se abrieron como si la tormenta hubiera sido una señal, y Mahon huyó gritando de la casita y corrió hasta la playa, aterrorizado, buscando algún refugio en plena furia de los elementos. Que otra tormenta cayera sobre Lewes justo cuando Mahon ocupaba el estrado y negaba haber cometido el horrendo acto del asesinato debió parecerle obra de la mismísima Némesis. El trueno sorprendió a Mahon a mitad de la frase y el recuerdo de aquellos ojos muertos le dejó sin habla durante unos instantes. Debemos esta anécdota al difunto Edgar Wallace, a quien le fue contada, y que la incluyó en la Introducción a su versión abreviada de las transcripciones del juicio (Notable British Trials, William Hodge and Co).

Curtis-Bennett: Sigamos con su historia. ¿Dice que tardó seis horas en quemarla?

Mahon: Sí, eso creo.

Curtis-Bennett: ¿Le dijo al sargento Frew: «Quemé la cabeza en un fuego normal. Tardé tres horas. Cuando la toqué con el atizador éste atravesó la cabeza». ¿Recuerda haberle dicho eso?

Mahon: No, no recuerdo haber dicho eso.

Curtis-Bennett: Y echó los restos al cubo de la basura. Es lo que declaró, ¿verdad?

Mahon: No, lo que hice con los restos de la cabeza fue sacar los huesos de la chimenea, romperlos y echarlos en el recogedor, no en el cubo de la basura.

Curtis-Bennett: «¿Al día siguiente rompí los huesos y eché los fragmentos al cubo de la basura?»

Mahon: Me refería al cubo de basura de la cocina.

Curtis-Bennett: Ya sabemos que ha sido examinado y conocemos los resultados de ese examen.

Mahon: No los dejé allí.

Curtis-Bennett: ¿Qué hizo con ellos?

Mahon: Los reduje a fragmentos muy pequeños y los tiré.

Curtis-Bennett: Pero no hizo eso con los huesos de ninguna otra parte del cuerpo, ¿verdad?

Mahon: Los tiré.

Curtis-Bennett: Ya ha oído la declaración de Sir Bernard Spilsbury. ¿Acaso no es cierto que esos otros huesos fueron dejados en las cenizas de las chimeneas o en el recogedor de la cocina?

Mahon: Eso se debe a que estuve una semana sin ir al bungalow, nada más.

Curtis-Bennett: ¿Dónde arrojó los huesos de la parte más importante del cuerpo, el cráneo?

Mahon: Los arrojé al otro lado de la pared del jardín. Eran unos fragmentos minúsculos.

Curtis-Bennett: ¿Y dónde fueron a parar?

Mahon: A los guijarros y gravilla que rodean la casa.

Curtis-Bennett: ¿Con qué los rompió?

Mahon: Con las manos. Después de haber estado tanto rato entre las llamas se rompían con mucha facilidad.

Curtis-Bennett: ¿Me permite sugerirle que eso es imposible?

Mahon: Se equivoca, Sir Henry.

Curtis-Bennett: Quizá tenga que volver a interrogar a Sir Bernard para hablar de ello.

Mahon: Estoy totalmente seguro de lo que digo.

Curtis-Bennett: ¿Los rompió con sus manos?

Mahon: Los rompí con mis manos.

Juez Avory: ¿Y dice que los rompió en fragmentos muy pequeños?

Mahon: Sí, en fragmentos muy pequeños.

Curtis-Bennett: ¿Rompió algún hueso de otras partes del cuerpo y los arrojó al otro lado de la pared?

Mahon: No. Los quemé.

Curtis-Bennett: ¿Y los dejó allí?

Mahon: Los dejé allí porque aún no había terminado, no por otra cosa.

Curtis-Bennett: ¿Y el mismo día en que quemó la cabeza no quemó ninguna otra parte del cuerpo?

Mahon: Creo que quemé un pie, o los dos.

Curtis-Bennett: ¿Rompió esos huesos?

Mahon: No.

Curtis-Bennett: ¿Sólo rompió los huesos del cráneo?

Mahon: Sólo los huesos del cráneo.

Curtis-Bennett: Y eso ocurrió el martes 22 de abril, ¿no es así?

Mahon: Sí, el 22. Quemé la cabeza el 22.

Curtis-Bennett: ¿Quemó la cabeza, los pies y las piernas en la misma chimenea?

Mahon: No creo que los quemara todos juntos; es obvio que eso resulta imposible.

Curtis-Bennett: No, pero, ¿los quemó el mismo día?

Mahon: No pretendía afirmar que los hubiera quemado todos el mismo día.

Curtis-Bennett: Escuche con atención: «Ese día [el 22 de abril] abrí el baúl y quemé la cabeza en la chimenea de la sala. Volví a la ciudad a última hora de la noche del martes o el miércoles a primera hora de la mañana». Usted quería decir que los quemó el mismo día, ¿no?

Mahon: Sí.

Curtis-Bennett: Y aunque había quemado esas otras partes del cuerpo, los pies y las piernas, la única parte que destruyó esparciendo los fragmentos de hueso fue el cráneo.

Mahon: También destruí partes de las piernas esparciendo los huesos.

Curtis-Bennett: ¿De veras?

Mahon: Naturalmente que sí.

Curtis-Bennett: ¿Esparció los huesos?

Mahon: Sí.

Curtis-Bennett: ¿Dónde?

Mahon: Los tiré por la ventanilla del tren.

Curtis-Bennett: ¿Los tiró por la ventanilla del tren?

Mahon: Sí. Usted sabe que no han logrado encontrar todos los huesos. Falta una pierna.

Curtis-Bennett: Creía que lo único que llevaba dentro de su bolsa de viaje era algunos fragmentos de carne hervida. ¿También había huesos?

Mahon: Había uno o dos huesos.

Curtis-Bennett: ¿Llevó la cabeza a Reading dentro de esa bolsa?

Mahon: No. Me pareció que no valía la pena. Quemé la cabeza en la chimenea de la cocina y necesité casi toda una tarde para hacerlo.

Juez Avory: ¿En qué chimenea?

Mahon: En ésta [señalando], no en los fuegos de la cocina. Es la única que utilicé.

Curtis-Bennett: Pero usó otras chimeneas para quemar otras partes del cuerpo, ¿no?

Mahon: Ya sé que lo hice, pero es la más grande y potente. Usé las otras para ir más deprisa: tenía dos fuegos encendidos al mismo tiempo.

Posdata

En su libro Savage of Scotland Yard (1934), el ex superintendente Percy Savage explica el origen de la «bolsa del asesinato»:

Lo que se conoce como «bolsa del asesinato» forma parte del equipo de un inspector jefe, quien se la lleva consigo cada vez que es llamado a investigar un caso de asesinato fuera de Londres. El origen de la «bolsa del asesinato» es interesante. El primer caso de asesinato que me correspondió investigar después de ser nombrado inspector jefe fue el asesinato de la señorita Emily Kaye en Eastbourne, crimen por el que Patrick Mahon acabó siendo ahorcado.

Cuando Sir Bernard Spilsbury visitó el bungalow de Crumbles y se enteró de que había estado manejando trozos de carne putrefacto con las manos desnudas se mostró muy asombrado, y me explicó que había corrido un grave riesgo de envenenamiento séptico. Me dijo que ningún profesional de la medicina soñaría en hacer algo semejante a menos que se hubiera escapado de algún asilo para lunáticos, y que como mínimo debería haberme puesto guantes de goma. Sir Bernard, que es hombre muy práctico, mantuvo una conversación muy seria conmigo y con mi amigo el doctor Scott-Gillett, quien me había sido de gran ayuda.

Los agentes de policía no sólo carecíamos de guantes de goma, sino que también nos faltaban muchas otras cosas esenciales para cumplir eficientemente con nuestro deber. Si queríamos tomar muestras de cabellos humanos adheridos a una prenda de ropa, o tierra o polvo adheridos a un zapato, teníamos que cogerlo con los dedos y colocarlo sobre un trozo de papel. No disponíamos de cintas métricas para medir las distancias, brújulas para determinar la dirección, aparatos para tomar huellas dactilares, equipo de primeros auxilios, instrumentos para averiguar la profundidad del agua o lupas. De hecho, no teníamos nada que pudiera utilizarse apenas llegar a la escena del crimen, y ése fue el motivo de que se acabara creando la «bolsa del asesinato».

Sir Bernard y el doctor Scott-Gillett me ayudaron a redactar una lista de los artículos necesarios que debían incluirse dentro de la bolsa, y ahora cada vez que un inspector jefe acude a investigar un crimen cometido fuera de la ciudad lleva consigo una de esas bolsas.

 


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