Patrick Byrne

El atisbador de ventanas

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Intento de violación - Decapitación
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 23 de diciembre de 1959
  • Fecha de detención: 9 de febrero de 1960
  • Fecha de nacimiento: 1931
  • Perfil de las víctimas: Stephanie Baird, de 29 años
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Birmingham, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue condenado a cadena perpetua en 1960
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Patrick Byrne – El atisbador de ventanas

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

A las seis de la tarde del día anterior a la Navidad de 1959, muchas de las 50 chicas que vivían en Eden Croft, la residencia de la YWCA (Asociación de Jóvenes Católicas) en Wheeleys Road, Edgbaston, Birmingham, habían salido ya para pasar las fiestas con sus familiares o amigos. Otras iban en camino a fiestas en la ciudad y las pocas chicas que quedaban en la enorme casa estilo georgiano estaban ocupadas en sus propios preparativos de último minuto.

Una de ellas era una bella escocesa de 21 años, llamada Margaret McDonald Brown. Esta decoradora de interiores pensaba pasar la Navidad con su prometido y la familia de éste en Sutton Coldfield. Margaret estaba planchando en la lavandería de la residencia cuando oyó que la puerta se abría detrás de ella. En un primer momento no prestó atención dando por hecho que otra chica entraba. De cualquier manera volteó la cabeza en el momento en que las luces se apagaban, apenas a tiempo de vislumbrar a un hombre con un brazo levantado. Recibió un golpe en la cabeza cuyo impacto, afortunadamente, se vio aminorado por el moño en que recogía su largo y liso cabello rubio. La herida no fue seria.

Margaret gritó llena de terror y su atacante desapareció con rapidez en la oscuridad de los jardines amurallados. Para el momento en que llegó la policía el hombre se había perdido en las animadas calles que circundaban la residencia. Tras de sí dejó el arma utilizada: una piedra grande envuelta en un sujetador cogido de un tendedero de ropa.

Los oficiales de la policía que registraron cada rincón de los varios edificios que componían la residencia se encontraron con que el cuarto número 4 de la planta baja de uno de ellos, el Queen’s Wing estaba cerrado por dentro. Un policía salió y se asomó por un espacio entre las cortinas de la ventana y vio unas piernas humanas desnudas. Los oficiales tiraron la puerta y se encontraron con una escena que provocó que uno de ellos sufriera un colapso y cayera enfermo durante varias semanas.

La chica del cuarto había sido decapitada y su cuerpo mutilado en una forma que únicamente podía ser relacionada a los crímenes de Jack el Destripador (tal vez es significativo que una película basada en los crímenes de este maniático sexual de 1880, acabada de ser exhibida en un cine de Birmingham). Un cuchillo de cocina ordinario fue encontrado en dos pedazos: el mango en el piso y la hoja ensangrentada envuelta en algunas ropas interiores de la chica. Cerca del cuerpo desnudo había una nota garabateada que decía: “Nunca pensé que esto pasaría”.

La víctima de este repugnante crimen fue una joven de 29 años, Sidney Stephanie Baird, hija mayor de una familia de padre escocés y madre galesa. Era una chica particularmente atractiva, con un cabello oscuro, ondulado y terso, nariz respingada y expresión cálida, considerada como tímida y tranquila, con un círculo de amigos limitado. Su casa estaba en Bishop’s Cleeve, cerca de Cheltenham, Gluchestershire. Había realizado un curso de secretaria después de terminar su educación en la Pate’s Grammar School para mujeres de Cheltenham. Durante un tiempo trabajó en su ciudad, pero con la aflicción por la muerte de su padre y ante el nuevo matrimonio de su madre se mudó a Birmingham.

La búsqueda del asesino de Stephanie fue dirigida por el superintendente en jefe, James Haughton, entonces jefe del DIC de Birmingham, quien posteriormente se convertiría en alguacil en jefe de Liverpool. Su única pista era la descripción – inevitablemente poco definida – dada por Margaret Brown del atacante que había vislumbrado. La tarea se hizo más difícil por los movimientos de población de la época. El día de Navidad fue viernes, de manera que muchas personas pasaron unas vacaciones de cuatro días.

Hubo residentes que dejaron el distrito el día de Navidad y que no regresaron sino hasta el siguiente lunes o martes. A la inversa, hubo muchos visitantes en la ciudad en esos días, gente que podía o no haber estado ahí durante la noche del crimen.

Una coincidencia desafortunada provocó un comienzo equivocado. Aproximadamente a la hora del asesinato la señora Evelyn Peake, esposa del propietario del hotel Welcome de Wheeleys Road, vio a un joven despeinado con sangre en las manos, en la cara y en la ropa, sentado contra una pared a un lado de un camino cerca de la residencia. La señora Peake pensó que estaba borracho pero dio otra vuelta y le preguntó si estaba herido.

– Me caí… – dijo el joven -. Estaré bien en el momento en que tome un autobús.

Se subió a un autobús – un ruta 8 – y se sentó en la parte alta a cuatro asientos del frente. Aunque el vehículo iba lleno nadie se sentó junto al joven debido a su condición ensangrentada. La descripción de este joven coincidía en cierta forma con aquella dada por Margaret Brown. Era posible que se tratara del hombre buscado. La policía hizo llamadas después de la Navidad en el campo de fútbol de la ciudad, en los cines y por la televisión pidiendo a los pasajeros que se presentaran, en espera de que al menos algunos se hubieran fijado dónde se había bajado el pasajero. Ninguna persona respondió a esta solicitud. Después de cuatro días únicamente se habían localizado al chófer, al cobrador y a un pasajero de la parte baja.

Más tarde se supo que este joven no tenía nada que ver con el asesinato. El asesino, de hecho, no subió a ningún autobús sino que caminó a la casa en la que se hospedaba a aproximadamente 400 metros de la residencia. La aparición del joven herido en ese momento particular, en ese lugar y en esas condiciones, complicaron sin duda la investigación de la policía.

Haughton decidió que todo hombre que hubiera estado en un radio de 5 kilómetros alrededor de la YWCA la noche del 23 de diciembre tendría que ser localizado e interrogado. Fue una tarea gigantesca, comparable únicamente con la del asesinato en Cannock Chase, ocho años más tarde, en la que cincuenta mil hombres fueron interrogados antes de que el asesino de la niña de siete años, Christine Darby, fuera arrestado y enviado a la cárcel de por vida. Haughton no se sintió frenado por la magnitud de la tarea. Un equipo de oficiales de la policía comenzó el pesado proceso de visitar casa tras casa, oficinas, tiendas y fábricas.

El doctor Frederick Griffiths, un patólogo del Ministerio de Interior, determinó que la causa de la muerte de Stephanie había sido estrangulación manual. El cráneo había sido fracturado y el cuerpo presentaba muchas heridas y raspaduras. No había evidencias de cópula reciente.

El desaparecido doctor Francis Camps, otro patólogo que ayudaba en el caso, dijo que la mutilación del cuerpo de la chica podía haber sido realizada por un hombre experimentado en el corte de carne. Se entrevistó, por lo tanto, a cuatro mil carniceros y a sus asistentes y a setecientos estudiantes de medicina. Lo mismo se hizo con todo hombre de Birmingham con antecedentes de violencia y con todos los pacientes mentales de las islas británicas. Se localizó e interrogó a no menos de veinte hombres que habían sido vistos manchados de sangre la noche del crimen. La letra de la nota encontrada junto al cuerpo de Stephanie fue comparada con cuatro mil muestras.

Ya se habían visitado dos mil casas y tomado cincuenta mil declaraciones cuando los detectives llegaron a la casa de huéspedes de la señora May Jeanes, en Islington Avenue, Birmingham. Se les dijo que uno de los huéspedes había salido un poco antes de Navidad y no había regresado.

Este hombre, un obrero irlandés de 28 años llamado Patrick Joseph Byrne, era sólo uno de los tres mil que no habían regresado a su trabajo o a su alojamiento después de Navidad. No había razón para sospechar de él, pero el 9 de febrero de 1960 se hizo una llamada de rutina a la casa de su madre en la calle Birchall, Warrington, Lancashire. La señora Elizabeth Byrne dijo que su hijo la había visitado por Navidad y que había decidido quedarse al encontrar un trabajo en una construcción en la ciudad. Como Patrick no estaba en el momento de la llamada se le dejó un mensaje pidiéndole que visitara la comandancia de policía de Warrington, en cuanto estuviese enterado.

Ese mismo día, un poco más tarde, Byrne entró a la comandancia y se sentó frente al detective sargento George Welborn. Este joven irlandés de cara fresca y cabello rizado dio rápidas respuestas al cuestionario, pero Welborn tuvo una sensación intuitiva de que algo estaba siendo ocultado.

Al terminar la entrevista, Byrne se levantó y caminó hacia la puerta. Ya tenía la mano en la perilla cuando Welborn le hizo una pregunta final con voz tranquila.

– ¿Hay algo más que usted quisiera decir en relación a su estancia en Birmingham?

Hubo un silencio que se prolongó por algunos segundos antes de que Byrne girara para mirar al detective.

– Sí… hay… sí – balbuceó -. Quiero contarle de la YWCA. Yo tuve algo que ver con eso.

Siempre hay individuos trastornados listos para confesar un crimen que no han cometido – en este caso ya había habido tres confesiones de este tipo -. Byrne podía ser otro burlador perverso. Sin embargo, Welborn pronto se convenció de que únicamente el hombre que había descuartizado a Stephanie Baird podía contar la historia que había oído.

El superintendente en jefe, Haughton, se apresuró a ir a Warrington después de recibir un mensaje urgente. Junto con el detective superintendente Gerry Baumber oyó a Byrne contar nuevamente lo sucedido en la escena de carnicería en la YWCA. Al igual que Welborn quedaron convencidos de que el irlandés debía ser el asesino porque algunos de los detalles que dio, demasiado horribles para ser publicados por la prensa, habían sido conocidos únicamente por los patólogos y por algunos oficiales de la policía.

El día del asesinato Patrick Byrne estuvo trabajando en una construcción en Birmingham. Alargó considerablemente la hora de la comida y cuando regresó a trabajar estaba tan borracho que su capataz pensó que era poco seguro permitirle permanecer en el andamio. A las 3:30 p.m. se le ordenó que bajara a tierra y a las 4:30 p.m. dejó el sitio de la construcción. No fue visto nuevamente sino hasta su regreso a su alojamiento a las 7:50 p.m., todavía con sus ropas de trabajo puestas.

En una larga declaración, Byrne dijo que recordaba haber terminado de trabajar y haber decidido un poco después ir a asomarse por las ventanas de la YWCA.

Eso es algo que había hecho ya varias veces – continuó -. En una ocasión fui sorprendido en las escaleras del edificio principal por dos chicas, en la noche, hace como doce meses. En otra ocasión me metí al cuarto de una muchacha en la zona de cubículos del jardín y prendí la luz. Me senté en la cama a charlar con ella. Yo quería meterme a la cama con ella, pero como estaba siendo tan amistosa me fui cuando me pidió que me fuera.

La noche del asesinato entró al jardín de la residencia, se asomó por una ventana y vio a una chica que se peinaba. Decidió ver mejor; de manera que se metió por una ventana del corredor y se subió a una silla por fuera del cuarto de la chica para observar a través del cristal de la puerta. La chica tenía puesto un suéter y un fondo. Él se sintió “frustrado” cuando vio que ella no se quitaba la ropa que llevaba puesta, así que decidió irse. En ese momento ella abrió la puerta.

– Se acercó a mí y me preguntó qué hacía – dijo -. Le informé que estaba buscando a alguien y ella dijo “déjeme llamar a la conserje”. Estábamos parados muy cerca… La besé, ella trató de empujarme. Por un momento le pasé los brazos por la cintura. Ella gritó y entonces yo puse mis manos alrededor de su cuello. Caminó hacia atrás, hacia adentro del cuarto, mientras yo le apretaba el cuello y entonces cayó. Se golpeó la cabeza en el suelo mientras yo estaba sobre ella besándola y apretándole el cuello al mismo tiempo. Oí un par de ruidos en su cuello pero seguí besándola. Después de un rato me arrodillé porque tenía una gran necesidad de verla bien. Estaba completamente seguro de que estaba muerta. Le había apretado el cuello con todas mis fuerzas.

Patrick Byrne informó en la declaración que después de desvestir a la chica y de cerrar la puerta con llave hizo varias cosas. Con un cuchillo que vio sobre un mueble, marcó el cuerpo a la altura del pecho y luego le hizo incisiones en la parte inferior del tronco tanto por el frente como por la espalda. Finalmente le cercenó la cabeza que luego levantó a la altura del espejo para mirarla.

Byrne también se refirió a la nota dejada sobre el tocador.

– No puedo recordar las palabras que usé – dijo -, pero quería que todos vieran mi vida en una pequeña nota. Las otras veces yo había quedado satisfecho con asomarme, pero en esta ocasión fue distinto. Lo que quise decir cuando escribí la nota es que pensaba que podía decidirme a violar pero no a matar.

Cuando salió del cuarto vio otra ventana con la luz encendida, y en el cuarto a una chica que no le atrajo. Entonces vio a otra chica en otro cuarto que sí le gustó.

– Yo estaba muy excitado y pensaba que debía aterrorizar a todas las mujeres – continuó Byrne -. Quería vengarme porque ellas me ponen nervioso a través del sexo… Sentí que tenía que matar mujeres hermosas… Observé a esta otra chica durante un rato y me mantuve cerca de la ventana. Todo lo que hacía yo era mirar su cara y sentí necesidad de acabar con ella. Pensé que la mataría rápido y sin ruidos y para ello agarré una piedra grande del jardín… La golpeé con la piedra pero ella gritó y la piedra se me cayó de la mano.

Byrne corrió a su alojamiento y se lavó. Escribió una nota a su casera y a los otros huéspedes en la que decía que sentía mucho que tuvieran que recibir “una carta tan horrible”. Les contaba que él pensaba que tenía dos personalidades, una muy mala y la otra, “el verdadero yo”.

“Puse la nota en mi bolsillo y fui al baño” continuó la declaración. “Me paré frente al espejo en busca de signos en mi cara, de un loco, pero no encontré ninguno. Sentí que tenía que suicidarme. Entonces pensé en mi madre y en Navidad. No quería molestar a nadie en Navidad, de manera que pensé posponer todo hasta después”. Tomó otra decisión y rompió la nota esa misma noche y la esparció por la calle.

La creencia de Patrick Byrne en cuanto a su personalidad doble fue apoyada por las declaraciones de su madre y de amigos que pensaban conocerlo bien. John McCabe, uno de sus compañeros de alojamiento, quien conocía a Byrne por su sobrenombre de “Acky”, pensaba que él era un muchacho tranquilo, con quien era fácil llevar amistad, pero “tímido con las mujeres”. Otros hombres que vivían en la casa de huéspedes compartían esta opinión en cuanto al carácter de Byrne. Sin embargo, al menos alguien conocía la costumbre a atisbar por las ventanas del irlandés, porque cerca de la casa, garabateadas con tiza en una pared, habla unas palabras: “Acky Byrne, el atisbador de ventanas”.

Un hombre que pensaba conocer muy bien a Byrne, era Robert McCleary, un escocés que había sido su amigo durante varios años y quien fue una de las pocas personas que lo visitaron en la cárcel después de su arresto por asesinato. Peddy Byrne había sido un visitante regular de la casa de McCleary y, en ocasiones, cuando su amigo estaba fuera por negocios, pasaba la tarde con la señora McCleary y con los siete niños de la pareja.

– Era amable con los niños – informó el escocés -. Los niños lo querían y lo llamaban Acky al igual que nosotros.

McCleary encontraba casi imposible creer que este hombre amable, considerado y discreto pudiera ser el asesino maniático de Stephanie Baird.

Aunque no se tiene información de que Byrne haya tenido alguna vez una relación estable con una mujer, sí se sabe que en los meses previos al asesinato se hizo amigo de una chica de dieciocho años llamada Jean Grant. Fueron presentados por un amigo mutuo en una tarde social en la casa de moneda de Birmingham, lugar en el que ella trabajaba. Claramente se sintió atraído hacia ella, ya que comenzó a hacer visitas regulares cada semana al club social. Sin embargo, era demasiado tímido como para participar en los bailes y parecía preferir los juegos de salón. Una noche le preguntó a Jean si la podía acompañar a su casa, en Paxton Road, Key Hill. Ella estuvo de acuerdo. En las semanas siguientes quedó sobreentendido que él la acompañaría y cargaría el tocadiscos que ella llevaba al club para el baile.

Al igual que los otros amigos de Patrick Byrne, Jean Grant encontraba difícil creer la verdad sobre él.

– Era un muchacho tan agradable – dijo -. Siempre pensé que era tímido con las mujeres. En el club con frecuencia yo tenía que sacarlo de su rincón para que se uniera a la animación. Nunca pasó su brazo alrededor de mí; nunca me besó al despedirse. Siempre estaba preocupado por no perder el autobús a su casa. Yo le decía que podía irme a casa sola pero él decía que alguien podía aparecer y atacarme. Yo sentía cariño hacia Acky, pero sí pensaba que era muy extraño que siempre estuviera hablando sobre chicas que eran atacadas. Simplemente no puedo entender cómo es que hizo todas estas cosas terribles.

Alguien que vio el otro lado del carácter de Patrick Byrne fue Michael Murphy, un compañero irlandés con quien Byrne hizo amistad al regresar a su casa en Warrington después del asesinato. Una noche los dos hombres entraron al hotel Vine, cerca del mercado de Warrington, en donde el propietario, Len Bradbury, se negó a servir a Byrne debido a que evidentemente ya había bebido mucho.

– ¡O nos sirve o lo acuchillo! – gritó Patrick Byrne.

Continuó insultando al propietario a pesar de los esfuerzos de Murphy por calmarlo. Otros tres clientes lo sacaron de la taberna aunque para ello tuvieron que despegarle las manos de la barra separándole dedo por dedo: con tanta fuerza estaba detenido de ella.

– No hay duda de que esa noche llevaba el diablo por dentro – dijo Murphy -. Pero esta fue la única ocasión durante nuestra relación en que dejó de portarse como todo un caballero. Nunca lo vi que volteara a ver a una chica y nunca hablé de sexo. Normalmente era un muchacho callado y tímido.

De hecho, ésta no había sido la primera explosión violenta de Byrne, motivada por el alcohol. En enero de 1958 había sido condenado a dos meses de prisión en Birmingham por borracho y escandaloso y por asaltar a un policía.

Durante su niñez o adolescencia no hubo ningún indicio de la violencia latente dentro de él. Había nacido en Dublín y era el segundo hijo de una familia numerosa y feliz. Sentía una particular devoción por su madre. Abandonó la escuela a los catorce años y entró a trabajar a una fábrica. Durante los cuatro años siguientes, hasta el momento de trasladarse a Inglaterra, entregaba cada semana a su madre el sobre cerrado de su salario. Continuó mandándole dinero cada vez que pensó que ella lo necesitaba. Era considerado como un trabajador estable. Durante sus dos años en la Royal Army Ordnance Corps tuvo una buena hoja de servicios.

De acuerdo a su madre – quien acababa de cambiarse con la familia de Dublín a Warrington apenas hacía unos meses antes del arresto de su hijo por asesinato -, Patrick había quedado herido en un accidente tenido a los ocho años de edad. Parte de una pared le cayó encima mientras jugaba. Se rompió una pierna y estuvo inconsciente durante tres días como resultado de heridas en la cabeza.

Byrne creía que sus problemas sexuales habían comenzado a los diecisiete años. Contó a un amigo que lo visitó estando en la cárcel que había sido seducido por una viuda de edad madura en Dublín.

– Ella inició todo – dijo. Nunca volví a ser el mismo una vez que escapé de ella. Ella me mantenía encantado y hacía que las chicas de mi propia edad me parecieran tontas y estúpidas. Las cosas llegaron a estar tan mal que comencé a odiar a todas las mujeres. Y al mismo tiempo yo quería tener una relación estable con una novia.

Sin embargo, de acuerdo a un psiquiatra, Patrick Byrne había mostrado anormalidades sexuales cuando era niño. El doctor Clifford Tetlow dijo que había creído a Byrne cuando éste dijo que había pensado que en el momento en que mataba y mutilaba a su víctima en el cuarto de la residencia de la YWCA ahí estaban policías y miembros del público. También creía que Byrne se consideraba completamente inocente de crimen.

El doctor Percy Coats, importante funcionario médico de la prisión Birmingham llegó a la conclusión de que Byrne era un psicópata sexual que obtenía satisfacción de actividades perversas y que su condición era producto de inmadurez sexual.

Byrne dijo a otro médico, el doctor J. J. O’Reilly, conferenciante en medicina psicológica, que tenía sueños y fantasías sobre cosas sexuales que lo asustaban aun a él mismo. Había llegado a pensar incluso en cortar a una mujer a la mitad con una sierra circular.

Los hechos del asesinato de Stephanie Baird no estaban en duda -cuando Byrne llegó al banquillo de los acusados frente al juez Stable, en Birmingham, Assizes, en marzo de 1960. El punto a ser decidido por el jurado era la condición mental del asesino en el momento de cometer el crimen.

El señor R. K. Brown, abogado defensor de oficio, sostuvo que se trataba de un claro caso de anormalidad de la mente. Pidió al jurado que determinara que se trataba de un homicidio sin premeditación sobre la base de responsabilidad disminuida.

– Ahora que ustedes han oído algunos de estos horribles y espantosos detalles, ¿no es su reacción aquella de quien se dice a sí mismo “Ninguna persona responsable puede haberse comportado de esta manera”?

Los testigos médicos fueron interrogados detenidamente por el juez.

– ¿Sería correcto decir que cuando se alcanza tal grado de depravación el individuo no puede ser culpable de asesinato? – preguntó al doctor Coats.

– No.

– ¿Está usted diciendo que no hay nada mal en su mente excepto esos deseos depravados a los cuales se ha rendido?

– Sí.

– ¿Está usted diciendo que cuando un hombre se comporta de esta forma queda por completo fuera de la categoría de ser humano normal?

– Sí.

Al responder a una pregunta del juez, el doctor Tetlow dijo que, en su opinión Byrne era parcialmente demente y sufría de alguna enfermedad mental.

– ¿Nos está usted diciendo – le preguntó el juez Stable – que de acuerdo a él el lugar estaba lleno de policías y público mientras actuaba? En su opinión, ¿qué significa esto?

– Que estaba excitado sexualmente hasta un punto que se encuentra fuera de lo normal.

– Eso es lo que hemos entendido. Pero si es cierto que el hombre estaba en un estado que le hizo realizar estas horripilantes cosas pensando que el lugar estaba lleno de policías, ¿no significa esto que quedaba dentro de las regulaciones Macnaghten?

– No lo creo. Pienso que esta fantasía era parte de su excitación sexual. Pero las cosas van más atrás… Él tenía esta sensación de que las mujeres no lo querían y quería vengarse con estas fantasías.

En su resumen, el juez dijo al jurado que debía considerar si se trataba de un asesinato o si podía utilizarse una palabra más suave. Esto implicaba cierta consideración con “aquella cosa misteriosa y abrumadora: la mente del hombre”.

El jurado, integrado en su totalidad por hombres, tardó cuarenta y cinco minutos en encontrar a Patrick Byrne culpable de asesinato. Fue sentenciado a prisión perpetua. En julio de 1960 tres jueces de la Corte de Apelaciones Criminales anularon el veredicto y lo sustituyeron por el de homicidio sin premeditación. La sentencia de muerte, sin embargo, permaneció inalterada. Lord Parker (el magistrado de más alta investidura en el poder judicial) dijo que era la única sentencia posible en vista de las tendencias de Byrne.

– La evidencia de las repugnantes circunstancias del asesinato y de las subsecuentes mutilaciones – dijo -, lo mismo que de la historia sexual previa del acusado, apuntan, claramente, a la conclusión de que está – de acuerdo al lenguaje ordinario – en los bordes de la demencia.

Byrne ha sido sujeto a extensos exámenes psiquiátricos desde que comenzó su sentencia de cadena perpetua y continuará recibiendo tratamiento. Es poco probable que algún médico tenga alguna vez el coraje de recomendar su libertad provisional.

Byrne es el ejemplo perfecto del aparentemente inofensivo atisbador, el ladrón de ropa interior o del hombre que manosea a mujeres cuyo fetichismo sexual llega hasta el nivel de cometer un asesinato.

La propia opinión de Byrne en cuanto a la dualidad de su carácter no está lejos de la verdad. Había una profunda separación entre el tímido joven y el asesino sexual despiadado.

El alcohol permitía que la parte asesina tomara el control de toda la personalidad y entonces proyectaba su conciencia en policías imaginarios que, de acuerdo a su historia, estaban con él en el momento de asesinar a su víctima.

Su historia de seducción llevada a cabo por una figura maternal cuando él tenía diecisiete años lo hizo incapaz de respetar y valorar mujeres que también eran sexuales; muy posiblemente no veía a su madre como sexual.

Su perversión voyerista implicaba intromisión. Cuando la intrusión visual no satisface ya viene entonces la intrusión asesina con un cuchillo.

El estudio psiquiátrico de Byrne tiene una importancia social tremenda dado que se espera que la investigación de la mente de tal asesino habrá de producir algunas pistas que indiquen en qué punto la parte asesina de su mente adquirió primacía.

Aunque el alcohol proporcionó el ímpetu para el cambio, pueden haber habido otros eventos en su vida – que en una persona normal podrían ser algo trivial – que hayan fortificado la tendencia hacia el asesinato desde un tiempo antes.

Únicamente cuando la personalidad de un hombre como Patrick Byrne es estudiada mes tras mes y año tras año, los psiquiatras pueden señalar los puntos peligrosos que habrán de proporcionar ayudas valiosas para el análisis de otros delincuentes sexuales menos graves. Así podrían tomarse medidas tempranas para impedir que estos hombres avancen en la misma desastrosa dirección que Byrne.

 


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