El parricidio de Ribeira

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Parricidio de Riveira
  • Clasificación: Parridicio
  • Características: Malos tratos - Su hija Ramona lo golpeó con una estaca; después, sus otros hijos, Antonio y Juan, le dieron varios golpes con otro palo. Finalmente, su hijo Juan le dio el golpe de gracia con un hacha
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: Septiembre de 1922
  • Perfil de las víctimas: Jesús Vila Sánchez, campesino de San Julián de Artes, casado con Benita Orellán Vidal, con quien tenía tres hijos: Ramona, Antonio y Juan. Maltrataba a toda su familia
  • Método de matar: Ramona, hija de Jesús Vila Sánchez, lo golpeó con una estaca; después, sus otros hijos, Antonio y Juan, le dieron varios golpes con otro palo. Finalmente, su hijo Juan le dio un fuerte golpe de hacha
  • Localización: Ribeira, A Coruña, España
  • Estado: El 18 de febrero de 1923, Benita Orellán, Ramona Vila Orellán y Antonio Vila Orellán fueron condenadas a cadena perpetua (este último «tan pronto se cure de la idiotez que padece»); Juan Antonio Vila Orellán fue condenado a catorce años, ocho meses y un día de prisión. Recurrieron al Tribunal Supremo y en los años treinta toda la familia Vila Orellán estaba en libertad
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Garrotes y hachas para matar a un padre violento (El Parricidio de Ribeira)

Carlos Fernández
15 de noviembre de 2017

El caso del padre irascible y violento que tiene atemorizada a toda la familia y que acaba forzando a ésta a contestar con los mismos métodos e incluso a deshacerse de él, es una constante en la crónica negra española. Reciente está, abril del 87, el caso de Ascensión Martínez, la Parricida de Ondara (Murcia), acusada de dar muerte a su marido, quien la maltrataba a ella y a sus hijos desde hacía muchos años. La reacción popular ante estos casos suele ser favorable al parricida –tal y como sucedió en Ondara– donde los vecinos no sólo se prestaron a abonar la fianza necesaria para la excarcelación de Ascensión, sino que la recibieron en el pueblo con grandes manifestaciones de júbilo al tiempo que declaraban a la prensa que ellos «ya lo hubieran matado antes».

San Julián de Artes es una parroquia del municipio de Ribeira (A Coruña). El pueblo se halla en el centro de su ayuntamiento, lindando por el norte con la feligresía de Oleiros, al este con la de Palmeira, al sur con Ribeira y al oeste con la parroquia de Corrubedo, que separa la laguna de Carregal.

El paisaje de Artes es de gran belleza, enclavado en el valle de su nombre que riega el arroyo Oleiros cuyas aguas van a la laguna de Carregal, se abre al mar y goza de un clima templado y sano. Su configuración geográfica llega a hacer creer que Artes podía ser el Portus Magnus Artabrorum que reflejaron los romanos.

La parroquia tiene como única comunicación con el exterior la carretera de Noya a Santa Eugenia de Ribeira. A comienzos de los años veinte, la parroquia tenía unos 700 habitantes, diseminados por las aldeas de Outeiro, la principal, Arribas, Bouciños, Gándara, Goda, Muiños, Gode, Perdigoteira, Queimadoiros, Sego, Teixocira y Viñas.

En Artes se iba a desarrollar el drama de nuestra historia, una historia muy parecida, excepto en su desenlace, con otras que cotidianamente tienen por marco la Galicia rural y en donde los padres mantienen a sus familias en una auténtica dictadura de terror físico y moral.

Jesús Vila Sánchez, campesino de San Julián de Artes, estaba casado con Benita Orellán Vidal y tenían tres hijos: Ramona, Antonio y Juan. De carácter despótico, se pasaba la vida humillando tanto a su mujer como a sus hijos. Creía que su mujer le engañaba con otro y que sus hijos le robaban. Jesús Vila bebía con frecuencia y una vez «cargado» incrementaba su furia contra la atemorizada familia. La vida en el hogar de los Vila era, obviamente, un infierno.

Benita había recibido numerosos golpes que la habían dejado el cuerpo lleno de moraduras, cuando no de cortes, como una vez en que Jesús la golpeó con un listón de madera que tenía puntas en sus extremos. Eran precisamente estas agresiones a su madre lo que sublevaba a sus tres hijos, especialmente a Juan, que tenía 19 años (Antonio era deficiente mental).

Desechando el recurso a la justicia, a la que veían distante y de poca garantía («Cousas dos pobos», les dijo un día el cabo de la Guardia Civil al que Benita relató el tormento diario al que les sometía su marido), la familia Vila comenzó a pensar seriamente en deshacerse de tan despótico jefe.

La primera ocasión seria tuvo lugar a finales de agosto de 1922. Acompañado de su hijo Juan, había ido Jesús a cazar cuando el primero, que marchaba detrás de él, efectuó un disparo que le rozó ligeramente.

El segundo intento fue el 1 de septiembre de dicho año. El padre, sospechoso por el episodio anterior, había guardado la escopeta. Ello forzó a los hijos a armarse de palos y garrotes. Le esperaron en el sitio denominado Dehesa del Rey, pero, próximos a agredirle, sintieron ruido de gente y no se atrevieron por miedo a ser descubiertos.

Intento definitivo

Los días después se iba a producir el definitivo intento. Estaban por la tarde todos en la casa familiar de Artes. Jesús regañó una vez más a Ramona, dándole seguidamente una patada, bajando la joven al sótano, en donde su hermano estaba escondido llorando. Ramona no pudo contenerse más. Cogió una estaca que aquel ya tenía preparada y fue por su padre, que se había ido al alpendre de la casa a desgranar maíz. Mientras tanto, Benita había salido de la casa a buscar un can al que su marido tenía en aprecio, acusando a su mujer de su pérdida.

Jesús estaba sentado y recostado en una columna, sostén del tejado, cuando Ramona, armada con la «moca» se acercó a su padre por la espalda y le descargó un fuerte golpe en el lado derecho de la cabeza, derribándole sin sentido sobre el lado izquierdo. Seguidamente, Antonio y Juan le dieron también varios golpes con otro palo, saciando su ansia por las vejaciones sufridas a lo largo de tanto tiempo. Finalmente, y como su padre se revolvía, Juan le descargó un fuerte golpe con un hacha, que se utilizaba para cortar leña, hasta convencerse de que aquel estaba muerto.

Seguidamente, los hijos de la víctima, ayudados por su madre, condujeron el cadáver al monte de Fontilleiro, dejándolo en el sitio conocido por Cuesta Blanca, poniendo en su mano un bastón con dos cavadores para hacer creer que había sido sorprendido y asesinado en el camino cuando iba a casa del herrero.

Para representar este supuesto, Antonio Vila fue a buscar al día siguiente a su amigo Ricardo Paz, hijo del alcalde pedáneo de la localidad, rogándole le acompañase a buscar a su padre, pues faltaba de su casa desde el día anterior. Poco más tarde lo encontrarían, participándolo ambos al resto de la familia, que aparentó sorprenderse, y al padre de Ricardo que, como autoridad, ordenó la custodia del cadáver y dio parte al Juzgado.

Efectuada la autopsia al cadáver por el forense de la zona, las lesiones que aquel presentaba eran una contusión en la región temporal derecha con hundimiento de la parte ósea, otra de unos cinco centímetros de extensión en la región superciliar, luxación del maxilar inferior, hundimiento de la parte alta del cráneo y contusiones múltiples en la cara y en la región externas y lateral derecha del tórax, con fractura en tres sitios a diferentes alturas del esternón y costillas tercera, cuarta, quinta, sexta, novena y décima, con desgarramiento del hígado, todas derechas y mortales de necesidad que provocaron su muerte instantánea.

A pesar de la estratagema montada por la familia, las investigaciones llevadas a cabo por el Juzgado de Instrucción conducen a la detención de la madre y los tres hijos de la familia Vila y a su posterior procesamiento.

La gente de la comarca y pueblo de Artes, sabedora del drama que vivía desde hace tiempo la familia, acoge de mal grado la detención de aquella, aunque comprenda que se podían haber tomado medidas menos severas. La detención había dado lugar a una escena de gran dramatismo, pues la madre, presa de un ataque de nervios, había querido clavarse un cuchillo, diciendo que ella era la culpable y que por favor no detuviesen a sus hijos –sobre todo al deficiente mental– que bastante desgracia tenía con haber perdido ya a su padre.

Los trámites del proceso se aceleran, dada la claridad de los hechos, y el juicio se celebra en Santiago el 16 de febrero de 1923 ante el jurado y la sección primera de la Audiencia de lo Criminal de A Coruña.

Hay gran asistencia de público, tanto dentro de la Sala como en la plaza del Hospital, especialmente de la comarca de Artes. Forman el Tribunal los magistrados Fernández Bernal, Salgado Trillo y Vázquez Pérez. Representa al ministerio fiscal el señor Pomares y los procesados son defendidos por los abogados Alfonso Cal (Ramona y Antonio Vila Orellán); Gabriel Monelos (Benita Orellán) y Maximiliano Asúnsolo Linares (Juan Vila Orellán).

El Jurado popular está presidido por José Martínez Nimo y en él figuran Ramón López Calo, Manuel Guillán Pazos, José Calo Vázquez, Antonio Rey Gulance Alfredo García Rodríguez, José Riveiro: Sebastián Piñeiro González, José María Antelo Mallo, José Leira Prieto, Manuel Otero Santos, Castor Ríos.

Para el fiscal, señor Pomares, los cuatro procesados son reos de un delito de parricidio definido y sancionado en el artículo 417 del Código Penal, siendo los hijos en concepto de autores y la madre como inductora, concurriendo en todos ellos las circunstancias agravantes segunda y sexta del citado artículo del Código y en Juan Antonio la atenuante segunda del noveno.

Pide el fiscal para Benita Orellán y Ramona y Juan Vila Orellán la pena de muerte con la accesoria de inhabilitación absoluta perpetua si fuesen indultados y no se refiriese en el indulto, y para Antonio la de veinte años de cadena temporal, con las accesorias de interdicción durante el tiempo de la condena e inhabilitación absoluta perpetua y costas por cuartas partes.

Indemnización

Fija el fiscal también la cantidad de 5.000 pesetas como indemnización de los responsables criminalmente a los que sean herederos solidarios.

En las declaraciones de los testigos se ponen otra vez de manifiesto los sufrimientos de la familia Vila a causa del carácter despótico del padre y que ellos querían tan sólo asustarle para que comprendiese que no iban a aceptar siempre el papel de víctimas. Varios vecinos de Artes declararon a favor de los procesados, a los que consideraban como personas «buenas, sufridas y trabajadoras».

En la sesión de tarde se vieron las pruebas pericial y testimonial, informando los médicos de Ribeira, Constantino y Francisco Fariña.

El fiscal eleva a definitivas sus conclusiones provisionales. Señala que los malos tratos de un padre, aun en el supuesto de que fuesen tan malos como han dicho los procesados, no justifican en modo alguno el que se le mate, pues si ello se consintiese sería una vuelta a la ley de la selva.

El parricidio, además, señala el fiscal, no es fruto de una obcecación momentánea sino algo frío y premeditado, con un ensañamiento manifiesto, pues cuando ven al padre malherido y tendido en el suelo no se compadecen de él sino al contrario, le rematan con inaudito ensañamiento.

El señor Pomares se ratifica en sus conclusiones provisionales y pide pena de muerte para los tres procesados y 20 años para Antonio en atención a ser disminuido mental en menor grado.

El señor Monelos, defensor de Benita Orellán, sienta como conclusiones definitivas que ésta no tuvo participación en el delito, pues ocurrió mientras iba, ordenada por su marido, en busca de una perra a la que su esposo tenía en gran estima (bastante más que a su mujer, por cierto) y que si profirió frases de indignación contra su marido por los malos tratos que le daba, lo mismo que a sus hijos, no fue aconsejándoles que cometieran actos de violencia contra Jesús Vila, sino deplorando lo que ocurría.

A continuación, el señor Asúnsolo defendió a Ramona Vila, señalando que había habido en ella un manifiesto arrebato y obcecación producidas por haber visto maltratar a su madre por la falta de la perra y miedo insuperable y defensa propia porque su padre la acometió con un vergajo y teniendo a mano una escopeta cargada, agresión que repelió golpeándole con un palo en la cabeza y sin creer nunca que pudiese causar tamaño mal.

En cuanto a Juan, dijo que encontrándose éste secuestrado en el sótano, fue en auxilio de su hermana, que corría inminente peligro y presa del arrebato primero y temeroso por su propia vida después, porque su padre hizo frente a los dos hermanos, golpeó al autor de sus días sin intención de causarle un gran daño sino de advertirle de su mala conducta.

Habló seguidamente el defensor de Antonio Vila, exponiendo que su defendido sólo dio un golpe a su padre en medio del arrebato y obcecación que le produjeron ver como Jesús maltrataba a su hermana, y obrando bajo la presión de una fuerza irresistible.

Añade el señor Cal que Antonio es un degenerado mental e imbécil y que en el caso de que se le considerase autor del parricidio, debe considerársele como un anormal para cometer el delito. Niega por último la confabulación para cometer el delito.

Tiene lugar seguidamente el informe del ministerio público. El señor Pomares, de voz metálica a la vez que monótona, que intenta animar con un movimiento ritual de su mano derecha –como si quisiese cazar una mosca–, habla inmisericorde para con el público, jurados y magistrados durante más de una hora. Si fuese Manuel Casás, Abad Conde, Casares Quiroga o incluso Barriobero, podría haber estado hablando seis o siete horas sin que la audiencia se molestase, pero al señor Pomares no se le tolera más de un cuarto de hora, y eso si la exigencia no es mucha.

Sostiene la acusación contra los cuatro procesados, autores de un delito de parricidio por acuerdo colectivo.

En el informe de las defensas, el señor Monelos, que rebatió los argumentos del ministerio público, pidió al Tribunal popular comprensión para su defendida, Benita Orellán, principal víctima de este drama familiar ya irreversible, patrocinando su absolución y caso de haber un delito que éste fuese únicamente el de imprudencia temeraria.

En la sesión de tarde, informó el defensor de Ramona y Antonia, señor Cal, quien pidió la máxima benevolencia para sus patrocinados.

«La aplicación de la justicia es fría –dice– pero los hechos que la motivan en esta ocasión son apasionados y es necesario que los jueces se pongan en el lugar de los acusados y que piensen lo que hubiesen hecho de haberse producido en sus hogares hechos como los que aquí se narran.»

Invoca los principios de libertad e igualdad que deben de regir en una sociedad civilizada frente a los de pura esclavitud que regían la vida en la casa de Artes donde se desarrolló el drama.

«Una cosa –manifestó el defensor– es el privilegio del pater familias y otra, el abuso desmesurado de esa condición para tiranizar unas relaciones familiares en donde el ejemplo a los hijos debiera ser norma fundamental.»

El veredicto

El informe de los defensores se prolonga excesivamente, tanto que no concluye hasta casi la madrugada del domingo 18 de febrero. El presidente del Tribunal, señor Femández Bemal, invirtió una hora en su discurso resumen y explicación al jurado de las preguntas sometidas a su deliberación. Las preguntas eran veintiocho, siete relativas a cada uno de los cuatro procesados. El Jurado Popular estuvo reunido por espacio de cuatro horas, dictando sentencia condenatoria, aunque no en el grado expuesto por el fiscal.

Para Benita Orellán y Ramona Vila Orellán, pena de cadena perpetua, así como para Antonio Vila Orellán tan pronto se cure de la idiotez que padece. Para Juan Antonio Vila Orellán, la pena de catorce años, ocho meses y un día de prisión. Se imponen 10.000 pesetas de indemnización y las costas por cuartas partes.

A las siete y media, los procesados son sacados de la Sala y conducidos a la cárcel. Van llorando, sobre todo las mujeres. En la plaza del Hospital hay numeroso público, que hace patente su solidaridad con los condenados y el desacuerdo con el veredicto. «Nos tamén o houbesemos matado», dice un viejo de Artes.

El recurso ante el Supremo prosperaría y las penas serían rebajadas posteriormente, estando ya en los años treinta toda la familia Vila Orellán en libertad.

El parricidio de Artes sirvió también de llamada de atención a muchos padres despóticos de la comarca que trataban a sus familias de la misma, manera que a los animales de su establo.

 

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