Neville Heath

The Lady Killer

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Psicópata sádico - Mutilación
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: Junio / Julio de 1946
  • Fecha de detención: 8 de julio de 1946
  • Fecha de nacimiento: 6 de junio de 1917
  • Perfil de las víctimas: Margery Gardner, de 32 años / Doreen Marshall, de 21
  • Método de matar: Asfixia - Puñaladas con un cuchillo
  • Localización: Londres / Bournemouth, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca el 16 de octubre de 1946
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Índice

Neville Heath

Última actualización: 9 de abril de 2015

Neville Heath, amable y siniestro a la vez, encontraba placer infligiendo dolor de forma enloquecida hasta provocar la muerte.

EL ASESINATO DE HEATH – El sádico de voz melosa

En junio de 1946 los pubs y clubes de Londres estaban llenos de militares que disfrutaban de la buena vida después de seis años de guerra. Los pequeños robos y el mercado negro prosperaban, cuando un crimen mucho más siniestro sacudió a toda la nación.

El 20 de junio de 1946, una aspirante a actriz y un atractivo ex piloto de las Fuerzas Aéreas bailaban en el Panamá Club, cerca de South Kensington, en Londres. Alrededor de la medianoche dejaron el club y tomaron un taxi para ir al hotel Pembridge Court, en Notting Hül, donde el hombre se había registrado como «Teniente Coronel N.G.C. Heath». Pagó el recorrido, le dio una propina al taxista, y utilizando su propia llave entró en el hotel con su acompañante.

Al día siguiente, a las dos de la tarde, una camarera del servicio de habitaciones llamó a la puerta de la habitación 4 del primer piso y, al no recibir respuesta, entró con su llave. Las cortinas todavía estaban echadas. Había dos camas en el cuarto. La que estaba al lado de la ventana estaba vacía y parecía que nadie había dormido en ella. La otra todavía estaba ocupada. La camarera, sospechando algo raro, volvió abajo e informó a la directora del hotel, Alice Wyatt.

La señorita Wyatt subió al cuarto para ver lo que pasaba. Descorrió las cortinas de la habitación. Había manchas de sangre en la cama vacía. La figura de la otra cama permanecía inmóvil, con la ropa de cama cubriéndole el rostro. Alice tiró de las sábanas y vio la cara de una mujer joven con el inequívoco color azul de la muerte. La directora del hotel volvió a cubrir el cadáver y bajó a llamar a la comisaría de Notting Hill Gate, cerca de Ladbroke Grove.

El sargento Fred Averill llegó diez minutos más tarde. Advirtió que las ropas de la víctima estaban cuidadosamente dobladas sobre una silla. Luego tiró de las sábanas para descubrir el cuerpo de una mujer desnuda y cruelmente mutilada. Un carnet de identidad de guerra encontrado en su bolso identificó a la mujer como Margery Airnee Brownell Gardner. Llevaba las sortijas puestas y no habían tocado su bolso.

El patólogo del Ministerio de la Gobernación, profesor Keith Simpson, fue llamado para examinar el cadáver.

«Incluso sin las 17 marcas de latigazos, las heridas de la mujer eran aterradoras», recordó.

«Diversas partes de su cuerpo habían sido arrancadas y había muestras de haber sido forzada.»

Los latigazos habían sido dados con un látigo de montar trenzado. Nueve de las marcas se encontraban entre las paletillas de los hombros, seis a lo largo del pecho derecho y abdomen y dos en la frente. El cuerpo estaba atado de pies y manos, el brazo derecho sujeto por detrás de la espalda. En opinión de Simpson, las heridas habían sido producidas por un instrumento punzante. En la chimenea había un atizador con el que él creía que se podían haber hecho las heridas internas.

Supuso que había muerto ahogada, bien con una mordaza o bien con una almohada. «Si encuentran ese látigo, habrán encontrado a su hombre», les dijo a la policía.

Esta ya conocía a la víctima, Margery Gardner. El mes de septiembre último iba en un coche robado que fue perseguido por la policía y detenido en Hyde Park Corner. Los detectives aceptaron sus explicaciones: ella no tenía ni idea de que fuera un coche robado. Pero figuraba en los archivos de sospechosos de la «Brigada fantasma» de Scotland Yard, en relación con una investigación sobre un crimen cometido después de la guerra.

Gardner, que tenía 31 años cuando murió, había abandonado a su marido y a su hija pequeña en Sheffield en busca de fama y fortuna en Londres. Su círculo social, un grupo de personas inadaptadas formado por gente que trabajaba en el mercado negro, alcahuetes, ladrones y ex policías que se buscaban la vida, la conocían como «Ocelote Margie» a causa de un abrigo de pieles sintéticas que tenía.

Llevaba un estilo de vida bastante precario, yendo de cama en cama, acostándose con hombres a cambio de comida y un lugar donde pasar la noche. Pero aunque era promiscua, no era la prostituta típica que su asesino describió posteriormente. Margery Gardner quería hacerse un nombre como actriz, pero desgraciadamente sólo encontró la fama como consecuencia de su encuentro con Neville Heath la noche del 20 de junio de 1946.

El día del crimen, el asesino fue visto bebiendo con un grupo de periodistas en Fleet Street. Después de pasar la tarde en un club privado, se fue al Trevor Arms, en Knightsbridge. Margery Gardner ya estaba allí. No se sabe si tenían concertada una cita, pero los dos pasaron la noche juntos, yendo de un pub a otro. Cenaron en el hotel Normandie y tomaron una copa en el Panamá.

Cuando Heath llegó al Pembridge Court, ya había consumido una cantidad excesiva de alcohol. Harry Harter, el taxista que los llevó hasta el hotel, le vio rodear con el brazo la cintura de la mujer que le acompañaba mientras entraban por la puerta principal. Fue la última vez que alguien, excepto el asesino, vio viva a Margery Gardner.

Después del brutal asesinato, Heath preparó y ejecutó la huida con calma. Lavó el látigo trenzado y lo metió en la maleta junto con la bufanda utilizada para ahogarla y la ropa con la que había atado sus muñecas. Después de tapar el cadáver con las sábanas, limpió toda la habitación lo mejor que pudo y salió en mitad de la noche llevando sus dos maletas.

La mañana del viernes 21 de junio llamó a su novia, Yvonne Symonds, para decirle que estaba en Worthing. Los dos se habían conocido una semana antes, el 15 de junio, en un baile en Chelsea. Heath se le declaró la noche siguiente en su habitación del hotel Pembridge Court, y estaban «no oficialmente comprometidos».

En ese momento ya había aparecido en la prensa como el hombre que se buscaba para interrogarle en relación con la muerte de Margery Gardner. Sacó a relucir el tema con Yvonne. Todo el asunto había sido un malentendido. La noche del asesinato se había encontrado con un amigo, «Jack», acompañado de una mujer.

Heath no la había visto nunca y se imaginó que era su ligue. Estaban buscando algún sitio donde pasar la noche juntos. Entonces recordó que la habitación del hotel donde él e Yvonne habían pasado el domingo anterior, todavía estaba reservada a su nombre y le entregó la llave.

Horas después, recibió una llamada en su casa del norte de Londres de un tal superintendente Barratt, que le dijo que una mujer había sido brutalmente asesinada. La policía le requería para comprobar que él no había estado en la habitación en toda la noche y le aseguró a Yvonne que tenía una coartada que Scotland Yard aceptaría. De todas formas, había estado de acuerdo en ir al hotel Pembridge Court para ayudar a la policía.

Yvonne estaba completamente convencida. Heath no se comportaba o hablaba como un hombre que acabara de cometer un salvaje asesinato. Había mostrado compasión por la víctima e incluso había ofrecido ayuda a los detectives.

La situación cambió a la mañana siguiente cuando Yvonne y sus padres leyeron el periódico Sunday. Ahora Scotland Yard quería hablar con Heath urgentemente. Yvonne le telefoneó para decirle que sus padres estaban preocupados.

«Si», dijo Heath con calma «ya supuse que lo estarían.» Le comentó que había alquilado un coche, y que se iba a Londres inmediatamente para arreglar el asunto con la policía. La llamaría esa misma noche.

Yvonne no volvió a oír o a ver a su «novio» nunca más. Ahora se trataba del blanco de una caza a escala nacional. Heath huía y luchaba por su vida.

Viejos amigos

Es casi seguro que Margery Gardner y Neville Heath ya se conocían. El 23 de febrero de 1946, el director del hotel Strand Palace irrumpió en el dormitorio y encontró a Heath pegando a una mujer con un bastón.

Había sido alertado por un electricista que había oído gritos. Heath, que habla hecho reserva en el hotel bajo el nombre de «Capitán James Cadogan Armstrong, de la Fuerza Aérea de Sudáfrica», no mostró ningún embarazo y protestó por la intromisión.

La carta de Heath

Dos días después del asesinato, Heath envió la siguiente carta a Scotland Yard:

Señor, siento que es mi deber informarle de ciertos hechos en conexión con la muerte de la señorita Gardner en Notting Hill Gate. Me registré en el hotel el pasado domingo, pero no con la señorita Gardner, a quien vi por primera vez aquella semana. Tomé unas copas con ella la noche del viernes y mientras yo estaba con ella, se encontró con un conocido con quien estaba citada. Las razones, según me pareció, eran principalmente financieras. Fue entonces cuando la señorita Gardner me preguntó si podía utilizar mi habitación de hotel hasta las dos y me insinuó que si yo regresaba después, podría pasar el resto de la noche con ella. Le di mis llaves y le dije que dejara la puerta abierta. Debían ser casi las tres de la mañana cuando regresé al hotel y la encontré en las condiciones que ustedes saben. Me di cuenta de que estaba en una posición odiosa y en vez de notificarlo a la policía empaqueté mis cosas y me fui. Desde entonces he estado dudando si presentarme o no, pero en vista de las circunstancias he tenido miedo… Me gustaría presentarme y ayudarles, pero no puedo enfrentarme a las consecuencias de una acusación que, probablemente, se haría contra mí. Tengo el instrumento con el que la señorita Gardner fue golpeada y se lo envío hoy. Encontraran mis huellas dactilares en él pero también encontrarán otras.

PRIMEROS PASOS – Oficial y caballero

Neville Heath creció en un hogar estable de clase media, y recibió una educación privilegiada. A los 18 años se unió a las Fuerzas Armadas y su vida comenzó a ir de mal en peor a medida que sus fantasías sexuales se hacían realidad.

Neville George Clevely Heath era un estafador. Utilizaba una serie de «alias» cuidadosamente escogidos.

El verdadero Heath nació el 6 de junio de 1917 en Ilford, Essex, era el primer hijo de William y Bessie Heath. Su padre trabajaba como barbero en la estación de Waterloo, ahorrando e invirtiendo su dinero cuidadosamente. Heath fue enviado a un colegio religioso mixto, aunque la familia no era católica, y después ingresó en Rutlish, un colegio de pago en Merton. A la edad de 16 años aprobó el graduado escolar, pero sus notas no eran lo suficientemente altas para poder matricularse en la Universidad de Londres. Sus padres y el director le instaron a presentarse al examen de ingreso, pero Heath quería ver mundo.

Su primer trabajo, como empaquetador en un almacén textil, no le ofrecía la excitación que él anhelaba, así que cuando cumplió los 18 años pidió el ingreso en las Fuerzas Armadas y fue aceptado. En un año fue promovido a oficial de vuelo y destinado en las Fuerzas Aéreas en Duxford. Entonces comenzaron los problemas.

Para ayudar a financiar su extravagante estilo de vida, Heath empezó a malversar fondos y cheques.

En marzo de 1937, Heath ganó sus insignias, pero después desertó y se fue a casa de sus padres en Wimbledon.

Pasaron tres meses antes de que la policía fuera a arrestarle. Como caballero, dio su palabra de no escapar y permaneció bajo arresto menor. Un mes más tarde robó el coche de un sargento y huyó.

La policía lo encontró unos pocos días más tarde y compareció ante un Tribunal Militar. En el juzgado, Heath se retrató a sí mismo como caballeroso y decente oficial que sólo había actuando de esa manera para salvar a su escuadrón de la deshonra. Esto tuvo cierto éxito, en vez de ser destituido fue retirado de servicio.

Desde entonces, Heath iba a ganarse la vida mediante el delito, que culminó con su presencia en el Tribunal de lo Criminal en Londres el 12 de julio de 1938. En vez de enviarle a Wormwood Scrubs, Sir Gerald Dobson, el magistrado, le envió a un nuevo reformatorio.

Salió en septiembre y un mes más tarde se alistó en el Cuerpo del Ejército Real. En 1940 se le promovió de nuevo y se hizo capitán, sirviendo en el Oriente Medio.

En 1941 fue destinado por empleo fraudulento de las nóminas, así como por sus medios habituales de conseguir fondos mediante la estafa y enviado de vuelta a Inglaterra, abandonando el barco en el puerto de Durban, en Sudáfrica. En febrero de 1942 se casó con Elizabeth Pitt-Rivers, miembro de unas de las mejores familias del país. Su hijo, Robert, nació en septiembre de ese mismo año.

En mayo de 1944, fue destinado a la Unidad de Bombarderos en Inglaterra. Mucho antes falsificó sus diarios de vuelo para impresionar a los miembros femeninos del ejército, y expidió cheques que sabía que no serían aceptados. Seis meses más tarde regresó a Sudáfrica para ser arrestado por fraude.

Por entonces la familia de su mujer, que nunca había aprobado ni aceptado a Heath, había tenido ya suficiente. Si él consentía en el divorcio y le daba a Elizabeth la custodia del niño, le pagarían una suma total de 2.000 libras. Heath estuvo de acuerdo y poco tiempo después fue deportado de Sudáfrica.

Llegó a Inglaterra el 5 de febrero de 1946. En sólo seis meses iría a juicio por asesinato.

Aviador y timador

Neville fue destinado al Escuadrón de Caza número 19 en Duxford (RFA) en 1936. Mostraba una aptitud natural para volar y tenía toda la preparación de un oficial. Pero sus habilidades como piloto fueron pronto igualadas por las de tomador innato. Pronto empezó a malversar los fondos de la comida para pagar su extravagante modo de vida.

Heath también comenzó a mostrar el lado más depravado de su carácter en su relación con las mujeres. Una joven recordó más tarde cómo había rehusado a pasar la noche con él. Heath perdió el control y empezó a abofetearla. La chica consiguió escapar y correr hacia un hotel local para librarse de él.

HEATH EN LIBERTAD – Un asesino en la costa

Cuando Scotland Yard comenzó la caza de Heath, miles de veraneantes llegaban a las costas de Gran Bretaña. En un lugar muy frecuentado y elegante se les unió un sádico, listo para actuar de nuevo.

El día después del viaje prometido por Heath a Scotland Yard, su carta llegó a la mesa del detective superintendente Tom Barratt. Estaba fechada el 22 de junio con matasellos de Worthing, 5,45 de la tarde del 23 de junio de 1946. Heath contó una lástima similar a la que había contado a Yvonne, es decir, que no había vuelto al hotel hasta las tres de la madrugada.

Después de recibir la carta, la búsqueda de la policía se centró en Worthing. Yvonne Symonds y sus padres contaron a la policía la breve visita de Heath, y una investigación en el hotel Ocean, donde se alojó, arrojó muy pocas pistas, todo lo que habían encontrado era un uniforme y algunas medallas.

La policía se vio entorpecida en su investigación por falsos avisos que tenían que ser comprobados. En la primera semana el presunto asesino fue «visto» en Hanipshire, Wütshire, Dublín, Berkshire, y en dos lugares diferentes de Londres.

Mientras iba creciendo la especulación sobre el paradero de Heath, «el capitán de aviación Rupert Brooke», como se hacía llamar ahora, se mezclaba con veraneantes en Bounemouth. En el bar del hotel The Tollard Royal agasajaba a los que estaban allí contando historias de su vida en Sudáfrica y de sus lazos de unión con las famosas familias ricas, los Beer y los Oppenheimer.

Los días pasaban y Heath continuaba eludiendo su detención y evitando que surgieran sospechas, pero sucumbió a los encantos de la playa.

Después de seis años de guerra, los veraneantes británicos salían a divertirse. Las mujeres jóvenes lucían las primeras modas de después de la guerra; ahora estaba permitido que se bañaran juntos hombres y mujeres, y había bailes en todos los hoteles. Boumemouth era un lugar ideal para un estafador como él, encantador y buen conversador que buscaba compañía femenina.

La chica que eligió era una joven bonita de 19 años llamada Doreen Marshall. Paseaba a lo largo del paseo con su amiga Peggy cuando Heath se acercó y comenzó a hablarles. Después de un tiempo, la compañera se fue. Pero Doreen aceptó la invitación para ir a dar un paseo hacia Branksome Chine.

Antiguo miembro del cuerpo femenino de la Armada Real, Doreen habían venido a la costa para recuperarse de un fuerte ataque de sarampión y gripe. Su padre, un hombre de negocios que vivía en Pinner, había pagado su estancia en el hotel Norfolk, en el centro de la ciudad. Doreen era una chica tímida y retraída que se vio arrastrada por el caballeroso y lisonjero «capitán de aviación». Cuando acabaron de dar el paseo, ella ya había aceptado la invitación para el té en el hotel Tollard Royal.

Esa noche, durante la cena, él la impresionó con historias sobre sus vuelos desafiando a la muerte en la Europa ocupada.

Pero a los postres, algunos de los comensales advirtieron un cambio en el humor de ella, como si él le hubiera dicho algo que la hubiera trastornado. Ella repentinamente parecía deprimida, cansada y pálida.

Para entonces, Heath había bebido demasiado. Cuando Doreen sugirió que debía volver al Norfolk, él la convenció para que se quedara un poco más. Salieron del comedor y fueron a una sala de estar más pequeña, donde se les unieron otros comensales, una tal señorita Parfit y el matrimonio Phillips.

Más tarde, la señora Phillips recordó que Doreen Marshall había cogido la mano de su esposo, rogándole que llamara un taxi. Él lo hizo, pero Heath canceló el taxi, diciéndole al portero del hotel que irían andando al hotel Norfolk.

«Estaré de vuelta en media hora», dijo, Doreen se volvió y añadió abruptamente: «Estará de vuelta en un cuarto de hora»

A las cuatro de la mañana, aún no había regresado y el portero llamó a su habitación. Abrió la puerta y se sorprendió de verle durmiendo ruidosamente. A la mañana siguiente Heath explicó al director cómo le había gastado una broma al conserje.

El día anterior habían colocado una escalera contra la pared exterior del hotel. Dándose cuenta de que el portero le estaría esperando despierto, trepó por la escalera y entró en su habitación por la ventana. Ivor Relf no encontró esto extraño, y no se volvió a hablar sobre el incidente.

El día siguiente, cuando Doreen Marshall faltó a la cita con Heath, uno de los comensales le preguntó: «¿Cómo está su joven amiga del hotel Norfolk?»

«Bien, que yo sepa. Creo que ha salido hoy con otro amigo», contestó.

La señora Phillips, cuyas sospechas habían surgido la noche anterior, también se fijó en una bufanda de seda que llevaba. Le preguntó si podía mirarla más de cerca, y cuando Heath se la quitó, ella se dio cuenta de que tenía el cuello lleno de arañazos.

El viernes 5 de julio, dos días después de que Doreen Marshall hubiera sido vista por última vez, el director del hotel telefoneó a Relf preocupado por la desaparición de uno de sus clientes, una joven de Pinner.

A la mañana siguiente, éste preguntó al «capitán de aviación» si la mujer desaparecida era la misma con la que él había cenado la noche del miércoles. Heath se lo tomó a risa. «Oh, no, conozco bastante a esa mujer y ciertamente no procede de Pinner», contestó.

Relf no sabía si creerle o no y le sugirió que se pusiera en comunicación con la policía. Sorprendentemente, Heath lo hizo. Presentándose como el «capitán de aviación Rupert Brooke». Le dijo al detective George Souter que estaba dispuesto a acudir a la comisaría para ver una fotografía de la señorita Marshall a fin de establecer si era la misma mujer que había conocido.

Heath parecía tranquilo cuando confirmó que ésa era la chica que había invitado a cenar y acompañado una parte del camino de regreso al hotel. También dijo que la vio a la mañana siguiente entrando en una tienda.

¿Podría ofrecer alguna explicación sobre su paradero? Heath dio el nombre de un oficial americano, Wisecarver, que era uno de sus amigos y de otro hombre de la misma nacionalidad, añadiendo que sabía que la había invitado a ir a Exeter.

La historia era plausible ya que entonces había muchos soldados americanos en la ciudad. Aunque había colocado su cabeza en el nudo corredizo de la horca al ir a la policía, Heath en este momento confiaba en que su historia había funcionado. Pero los hechos que ocurrieron a continuación sellaron su destino.

Justo cuando estaba a punto de marcharse, dos personas entraron en la Comisaría. Una era Charles Marshall, el padre de la muchacha desaparecida, que llegó a Bournemouth para identificar algunas de las ropas de su hija. La otra era la señorita Cruickshank, que guardaba un gran parecido con su hermana, Doreen Marshali. Heath la vio desde la habitación de los interrogatorios, sintió un sudor frío y después se estremeció. Rápidamente recuperó la compostura, incluso dirigió al señor Marshall unas palabras de consuelo, pero el lapso momentáneo era todo lo que el detective Souter necesitaba. Heath acababa de firmar su sentencia de muerte.

“Son débiles y estúpidas. Sólo son curvas. Es por eso que siempre se sienten atraídas por bribones como yo. Tienen costumbres de gatos callejeros y el cerebro de una rata de alcantarilla. Necesitan los halagos como un pato el agua”.

NEVILLE HEATH sobre las mujeres.

Estafador suicida

Mientras se hospedó en el hotel Tollard Royal, Heath dejó a deber una cuenta en el bar que nunca podría pagar. En términos criminales era un “halcón”, un timador que se hacía pasar por aristócrata para tapar sus estafas. El director del hotel, Ivor Relf, se dejó engañar por la actuación de Heath. Según Relf, éste era “el típico veraneante”.

En la privacidad de la habitación 81, en una esquina con vistas al mar, Heath era muy diferente. Con papel de cartas del hotel escribió una carta a sus padres que nunca envió. Decía: “la vida no significa nada, pretendo terminar con la mía.”

En su cuarto tenía una estufa de gas que le habían llevado cuando se quejó del frío, y parece razonable pensar que Heath pretendía suicidarse con gas.

DEBATE ABIERTO – Placer en el dolor

Neville Heath admitió ante su abogado defensor que encontraba los actos de sadismo con mujeres más placenteros que el acto sexual en sí. Algunas personas obtienen satisfacción de actos sadomasoquistas y, contrariamente a Heath y Kürten, no llegan al asesinato.

Los sádicos y masoquistas sólo pueden obtener una completa satisfacción sexual mediante la actuación o imaginación de actos que implican sufrimiento y humillación. El sufrimiento puede ser real o imaginado, quizá con la ayuda de fotos o historias que describen escenas violentas de sexo. El sadomasoquismo se da tanto en relaciones heterosexuales como homosexuales.

Parece que los masoquistas son más numerosos que los sádicos. Por esta razón, los servicios de «servidumbre» y «disciplina» suponen una amplia oferta en el mundo de la prostitución. Para algunos masoquistas, el auto infligirse dolor puede resultar un estímulo físico.

La mayor parte de las veces el sadismo y el masoquismo se restringen a la fantasía o a la simulación. Pero algunas personas depravadas asesinan y mutilan de verdad. El asesino y sádico sexual típico es a menudo una persona introvertido y tímida y puede estar preocupado por lo que él ve como una inadecuación o pobre desarrollo de su vida afectiva. Su conducta sexual puede ser pobre y por ello inflige dolor para autoconvencerse de su poder.

La horrible crueldad que estos asesinos infligen no parece provocar ningún remordimiento o sentimiento de culpabilidad. Incluso el ver a sus víctimas indefensas sólo sirve para estimular su frenesí sexual. El estrangulamiento es el método más común de asesinato si el sufrimiento de la víctima se prolonga.

Tales criminales son altamente peligrosos y su tratamiento raramente surte efecto.

Marqués de Sade

La palabra “sadismo” proviene de los escritos eróticos y licenciosos del marqués de Sade, un noble francés nacido en 1740. Hasta su muerte en 1814, escandalizó a sus contemporáneos defendiendo la libre expresión de los instintos sexuales.

A los 18 años fue condenado a un año de prisión por infligir malos tratos a una joven prostituta.

Después de ser encarcelado en la Bastilla, mitigó su aburrimiento escribiendo obras de teatro y novelas que hablaban explícitamente del sexo.

Sade acabó sus días en un asilo para lunáticos en Charenton, donde hacía que sus compañeros representaran sus obras.

EL JUICIO DE HEATH – Sangre fría hasta el final

En 1946, el año en que criminales nazis eran ejecutados por docenas, en una Inglaterra cansada de la guerra la gente se preguntaba: ¿Iría Heath a la horca?

El breve momento de pánico que sintió el asesino resultó mortal. El detective Souter supo que había encontrado al asesino. «¿No es Heath su nombre?» preguntó.

«No», fue la respuesta.

Por lo menos se parecía a las fotos que se habían distribuido del hombre con el que se vio por última vez a Gardner, sugirió Souter. Heath estuvo de acuerdo. La gente había comentado el parecido. La trampa estaba tendida. Ninguna foto se entregó a la prensa, así que las únicas personas que conocían la similitud eran el policía y el propio Heath.

No se le detuvo hasta que llegó el detective inspector George Gates, de la policía de Hampshire. Por entonces Heath se quejaba de tener frío y preguntó al inspector si podía acompañar a Souter al hotel Tollard Royal para recoger su chaqueta. Esta petición fue denegada y en su lugar acudió el policía. En uno de los bolsillos de la chaqueta encontró un ticket de una consigna de la estación oeste de Bournemouth del 23 de junio. En el otro bolsillo descubrió la mitad de un billete de tren de primera clase correspondiente al trayecto Waterloo-Boumemouth.

En la estación de ferrocarril, Gates, entregó el ticket de la consigna y recogió una maleta. Esta contenía algo de ropa, una bufanda manchada de sangre y un látigo de montar trenzado.

A las 11,30 de esa noche Heath comenzó a dictar una declaración que terminó a las 2,45 de la madrugada. Volvió a su historia original. Había dejado a la señorita Marshall en el rompeolas a la una de la madrugada y observó cómo se dirigía al hotel Norholk.

A primera hora del 7 de julio, el detective inspector Spooner llegó de Scotland Yard y le dijo al detenido que estaba investigando el asesinato de Margery Gardner.

Heath acompañó a Spooner de vuelta a Londres y al día siguiente compareció en los tribunales del oeste de Londres. Permaneció detenido acusado del asesinato de Margery Gardner. Se le preguntó si quería ayuda legal y contestó, «creo que puedo arreglármelas, señor».

El día antes de que Heath fuera acusado, una mujer joven, Kathleen Evans estaba paseando a su perro cerca del barranco de Branksome Dene, en Boumemouth. El animal olió algo entre la maleza. Sucedió lo mismo la noche siguiente y ella se lo mencionó a su padre. Los dos volvieron allí y encontraron un abrigo de pelo de camello, un vestido negro y más abajo el cuerpo desnudo de una mujer rodeado de un enjambre de moscas.

Le habían cortado el cuello y tenía contusiones en la parte trasera de la cabeza y en la sien izquierda. El informe de un forense patólogo notificó que estas heridas fueron hechas antes de su muerte.

Las infligidas después de su muerte eran horribles. Había cortes dentados a lo largo del torso con la forma de una Y, y de una A. La búsqueda de Doreen Marshall había terminado.

Bajo la ley inglesa de 1946, una persona sólo podía ser juzgada por un asesinato cada vez. La Corona decidió proceder con la acusación de Heath por el asesinato de Margery Gardner. En las siguientes semanas, se preparó su defensa. Su abogado, Ian Near, llamó al célebre abogado de la Corona, J. D. Casswell, para que actuara en su lugar.

La primera pregunta del asesino a su abogado fue: «¿Por qué no debo confesarme culpable?»

«Tienes una madre, un padre y un hermano, todos vivos», respondió el letrado. «¿Quieres que se diga que un hombre en sus cabales pudo cometer dos asesinatos tan brutales?» Heath reflexionó durante un momento y contestó indiferentemente: «Ponme como no culpable, viejo.»

Desde ese momento, el acusado mostró poco interés en defenderse a sí mismo. Desde el punto de vista de la defensa, la locura temporal era el único atenuante posible, pero, como Casswell advirtió, había problemas. Era fácil que apareciera como un sádico, pero el sadismo no necesariamente implica locura..

El abogado, aunque convencido de que Heath estaba loco, decidió no presentarle como testigo. «Estaba tan tranquilo y desinteresado que el jurado nunca habría creído que fuera víctima de un trastorno mental.» Señaló.

Para defenderle con éxito, Casswell tendría que intentar demostrar que su caso entraba dentro de las leyes de M’Naghten, es decir, que era tan anormal que no sabía que estaba haciendo nada malo.

Casswell encontró un perito forense experto, Willian Henry, de Bargue Hubert, miembro de la Academia Británica, que había diagnosticado a Heath locura temporal.

El juicio de Neville dio comienzo en Old Bailey el 24 de septiembre de 1946. Casswell empezó la defensa mencionando el segundo asesinato, el de Doreen Marshall, haciendo hincapié en su espantosa muerte, con esto esperaba añadir peso al argumento de que el acusado estaba loco.

La defensa también enfatizó las incoherencias del carácter de Heath. Este era un hombre que, según Yvone Symonds, había sido caballeroso y considerado, y luego, vanos días después, había cometido el asesinato más salvaje. ¿Cómo podía decirse que tal comportamiento no era propio de un loco?

El abogado defensor también recordó al jurado el pasado criminal del hombre que estaba en el banquillo, principalmente sus robos y fraudes para mostrar que era incapaz de establecer la diferencia entre el bien y el mal.

Habiendo planteado diestramente las bases de su defensa, todo lo que Casswell necesitaba para salvar a su cliente de la horca era la experta opinión de su testigo principal, el doctor Hubert.

Para apoyar la hipótesis de locura temporal, era necesario retratarle como una persona tranquila y «normal» la mayor parte del tiempo, que en ocasiones se transformaba en un hombre que sucumbía a una incontrolable urgencia sexual oscura y sádica. Durante los minutos en que testificó el perito forense, destruyó la hábil defensa de Casswell anunciando que a Heath le era indiferente que hubiera algo de malo en lo que había hecho, incluso durante los momentos de mayor lucidez. La defensa, que posteriormente dijo de la actuación de Hubert que había sido «pasmosa», cortó de raíz el interrogatorio.

Después, Anthony Hawke tomó la palabra por parte de la acusación, y comenzó a interrogar al perito. Todo lo que necesitó fueron algunas respuestas para terminar de un golpe con la ya, de por sí, debilitada defensa. Primero consiguió que Hubert afirmara que Heath sabía lo que estaba haciendo. Luego indujo al forense a afirmar que cualquiera que pensara que el asesinato, robo falsificación o cualquier otra fechoría no era delito, sólo podría salvarse del castigo de la ley alegando locura.

El fiscal le puso la soga al cuello al insinuar que ya en las primeras relaciones que mantuvo el acusado había un incipiente sadismo, con lo cual quería decir que los dos asesinatos no eran incidentes aislados. Cuando Hawke preguntó a Hubert si podía dar al tribunal detalles más precisos, sólo contestó: «No.»

Hugh Grierson, un eminente médico de la prisión de Brixton, consideraba que Heath era un sádico pero que no estaba loco. El doctor Hubert Young, médico de Wormwood Scrubs, llegó a la misma conclusión.

Cuando el jurado se retiró a deliberar a las 4,35 de la tarde, el veredicto de culpabilidad era inevitable. A los 59 minutos volvió y le sentenció a muerte. Esperó su ejecución en la prisión de Pentonville mostrándose totalmente indiferente ante su destino.

Mientras la multitud se agolpaba en el exterior de la prisión el 16 de octubre esperando la notificación de la ejecución, el reo estaba sentado tranquilamente en su celda. Cuando Albert Pierrepoint, el verdugo, llegó, Heath, según el informe, dijo: «Vamos chicos, hagámoslo ya.» Aceptó el tradicional vaso de whisky que se ofrece a los condenados para calmar los nervios, añadiendo: «Ya puestos, póngamelo doble.»

“Francamente, me importa un bledo lo que me pase. Me he enfrentando demasiadas veces con la muerte en los últimos seis años como para que me preocupe ahora. Desde que perdí a mi mujer y a mi hijo ya no me queda nada por lo que vivir”.

NEVILLE HEATH.

El doctor Henry Hubert

El abogado defensor de Heath, J. D. Casswell, confiaba plenamente en el testimonio del doctor Hubert, que había diagnosticado a su cliente locura temporal. Lo que no sabía el letrado era que el perito forense sufría una fuerte depresión, causada por su adición a la morfina. Los pensamientos de Hubert eran tan confusos que en el banquillo se contradijo varias veces. Anthony Hawke, por parte de la acusación, sólo tuvo que hacer algunas preguntas para acabar con su credibilidad. Un año después, el doctor murió por sobredosis.

La señora Gladys Phillips

La señora Gladys Phillips fue una de las testigos principales en el juicio de Heath. Contó al jurado como había empezado a sospechar durante la cena del día 7 en el hotel Tollard Royal. “Empecé a conversar con la señorita Marshall y mi marido después de aparcar el coche se unió a nosotras. Pensé que el acusado había bebido un poco, y me invitó a tomar algo. No acepté. Doreen Marshall parecía muy cansada, estaba pálida y completamente sobria. Justo antes de medianoche ella le preguntó a mi marido si se iba a dormir y le cogió las manos suplicándole que le pidiera un taxi. Creo que el acusado lo oyó. Cuando subimos a la habitación, habíamos dejado al acusado y a la señorita Marshall solos en la sala, mi marido pidió un taxi al portero”.

Deseo de morir

Como es costumbre, entre el juicio y la ejecución de Heath transcurrieron tres semanas. Durante este tiempo, se negó a autorizar la apelación que sus abogados le recomendaron. No accedió a recibir visitas, su único deseo fue que le permitieran llevar un traje de rayas gris en su ejecución. El día antes de ser ahorcado la señora Van der Elst, ferviente opositora a la pena de muerte, se dirigió al Ministerio del Interior con supuestas “nuevas pruebas”. Estas fueron rechazadas y fue arrestada por manifestarse en Pentonville cuando Heath fue ejecutado.

MENTE ASESINA – Cerebro torturado

Durante su infancia, Heath mostró tendencias sádicas, siempre con respecto a las niñas, en por lo menos tres ocasiones. Estos lapsos periódicos de violencia parecen haber tenido poco efecto en sus relaciones con sus amigos. La mayor parte del tiempo parecía «normal», haciendo gala del encanto y la confianza que se convertirían en su sello personal. La clave de su carácter está en la observación de sus amigos del colegio de que se trataba de un «soñador». Pero parece que al ir creciendo, se volvió cada vez más incapaz de distinguir entre la fantasía y la realidad. Desde el momento en que se unió a las Fuerzas Aéreas, el comportamiento de Heath se volvió cada vez más y más psicópata. Desfalcó, mintió y robó, sabiendo, pero no preocupándose por ello, que podrían atraparle.

Pudo haber sido un «Walter Mitty», pero ¿qué le convirtió en un homicida y en un sádico sexual?

Se sabe que al joven Heath le gustaba leer revistas eróticas para hombres, especialmente las publicaciones más pornográficas importadas de América, como Weird Tales, que a menudo mostraba fotografías de mujeres que eran golpeadas y azotadas,

Si las fantasías sexuales de Heath, en edad temprana, eran alimentadas por revistas fetichistas, fue durante el servicio en Oriente Medio cuando pudo llevarlas a la práctica.

En sus frecuentes visitas al Cairo, acudía al The Amazon Room, un gimnasio. Aquí pagaba una pequeña fortuna a chicas a las que maniataba sobre unas barras de madera y luego las azotaba con un látigo trenzado de cuero.

Un aspecto en el caso del asesinato de Margery Gardner, que tiende a olvidarse, es que Heath había bebido el equivalente a treinta-cincuenta pintas de cerveza. Cualquiera que fuera el sentido de responsabilidad moral que tuviera, y que está abierto a conjetura, esa noche ingirió el suficiente alcohol para dar rienda suelta a todas sus inhibiciones.

PUNTO DE MIRA – Los años del “boom” del crimen

La incidencia del asesinato durante los tiempos de guerra no ha sido estudiada lo suficiente. Sin embargo, los protagonistas del crimen británico durante la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias de sus actos, muestran un índice alarmante en el crecimiento del asesinato violento.

Entre 1939 y 1945 hubo un marcado incremento del crimen en Gran Bretaña. El número de delincuentes encarcelados aumentó de 21.596 a 26.848 (un incremento de casi un 25 por 100), los actos contra personas aumentaron algo más del 55 por 100 y los delitos sexuales se elevaron en casi un 40 por 100. Muchos delitos menores también mostraron índice de crecimiento similar.

Los crímenes procesables, sólo en Londres, se dispararon de 12.000 a 16.000 en 1945, un crecimiento del 33 por 100. En los años inmediatos de posguerra el nivel de criminalidad se detuvo, pero todavía se trataba de un alto índice.

El incremento y la naturaleza de los crímenes querían reflejar el hecho de que la vida carecía de valor cuando muchas personas estaban muriendo en los campos de batalla.

Había algo de instinto de conservación en esta actitud durante los años de posguerra, al tiempo que regresaban a casa los militares brutalizados por la contienda. Algunos eran incapaces de adaptarse a los tiempos de paz, mientras que los más jóvenes estaban fascinados con las historias del frente y soñaban con realizar acciones temerarias.

La fácil disponibilidad de armas y municiones, traídas a casa como «recuerdos» por los soldados o «requisadas» a los vencidos, contribuyó a crear un clima de violencia criminal.

Conclusiones

Mucho después de la ejecución, el caso de Neville Heath continuó atrayendo la atención del público. La prensa, en particular, habló extensamente de las relaciones enigmáticas que mantuvo con Margery Gardner. Durante el juicio, los periódicos sólo insinuaron las tendencias masoquistas que ella tenía, pero sus amigos y conocidos lo confirmaron años más tarde.

Un extraño hecho se produjo lo cual demuestra cuánta fascinación había levantado el caso. Una hora después de la ejecución su cuerpo fue retirado de la horca, el inspector Spooner y el juez escucharon la petición del jurado que quería ver el cadáver. Naturalmente el juez se negó.

Después de la ejecución de Heath, los periódicos ofrecieron grandes sumas de dinero a su madre, Betty, a cambio de una «exclusiva sobre el hijo. Pero solo estaba dispuesta a contar historias que hacían hincapié en la natural bondad de su hijo. Poco después de que se cumpliera la condena dijo: “su padre y yo estamos orgullosos de él porque murió valerosamente y trató por todos los medios de ahorrarnos sufrimiento”.

Las víctimas

  • Margery Gardner. Su cuerpo desnudo y mutilado fue encontrado varias horas después de su muerte. Le habían golpeado con un látigo entre los hombros y el pecho. Al principio, la policía pensó que había muerto del shock, pero después un patólogo descubrió que la asfixia había sido la causa.
  • Doreen Marshall. De 19 años, sufrió espantosas heridas antes y después de su muerte. El patólogo, el doctor Crichten McGaffey, descubrió indicios de intento de estrangulamiento. Le habían cortado en la garganta dos veces. Le rompieron una costilla y las otras estaban magulladas, lo que sugería que Heath se había puesto de rodillas o saltado sobre su cuerpo. Las quemaduras en las muñecas parecían indicar que le habían atado las manos, y en ellas también eran evidentes numerosas heridas de cuchillo, como si ella hubiera intentado desviar los golpes de éste.

Fechas clave

  • 23/2/46 – El director de un hotel encuentra a Heath golpeando a una mujer en una habitación. El incidente es comunicado a la policía, pero no se presenta cargo alguno.
  • 21/6/46 – El cuerpo mutilado de Margery Gardner se encuentra en un dormitorio del hotel Pembridge Court a primeras horas de la mañana. Heath viaja a Worthing y contacta con su novia, Yvonne Symonds. Menciona el asesinato.
  • 22/6/46 – Heath envía una carta a Scotland Yard explicando su implicación en el caso Gardner.
  • 23/6/46 – Heath abandona Worthing.
  • 24/6/46 – La carta llega a Scotland Yard. La caza de la policía se centra en Worthing.
  • 6/46 – Se dice haber visto a Heath en Londres, Hampshire, Wiltshire, Berkshire y Dublin.
  • 3/7/46 – Heath llama a la policía de Bournemouth para “ayudarles” en sus investigaciones.
  • 8/7/46 – Heath, bajo custodia. El cuerpo de Doreen Marshall aparece en Branksome Chine.
  • 24/9/46 – Heath acude al juicio en Old Bailey.
  • 16/10/46 – Heath ejecutado.

El asesino estafador y seductor

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Cuando la joven camarera del hotel Pembridge Court de Notting Hill, en Londres, no obtuvo respuesta a sus toques en la puerta del cuarto número 4, dudó unos segundos antes de abrir con cuidado y asomarse hacia adentro. A pesar de que las cortinas estaban corridas sobre las ventanas pudo ver, gracias a la luz matutina que se filtraba, el contorno de una figura bajo las mantas de una de las camas. Para no molestar al visitante que evidentemente quería dormir tarde, cerró la puerta y fue a realizar sus labores en otros cuartos.

Para las dos de la tarde del viernes 21 de junio de 1946 ya había cierta preocupación por la no aparición del ocupante del cuarto número 4. Por lo tanto, la señora Alice Wyatt, quien ayudaba a su suegro en la administración del hotel, decidió investigar. Abrió las cortinas y levantó un poco las mantas hasta dejar al descubierto los hombros de quien yacía en la cama. Quedó horrorizada al ver a una mujer, sin duda muerta, con sangre en la cara y cuyo cuerpo había sido muy golpeado.

El cuarto había sido ocupado el domingo 16 de junio por una pareja que se había registrado como el teniente coronel N. G. C. Heath y su esposa y que habían dado como su dirección Black Hill Cottage, Romsey. La mujer encontrada en la cama no era la misma que se había presentado como la señora Heath. El misterioso coronel había desaparecido.

El detective inspector Shelley Symes, el sargento Frederick Averill, ambos destacados en Notting Hill, y el detective sargento William Cramb, del departamento de fotografía de Scotland Yard – primeros oficiales de la policía que acudieron al hotel a la llamada de la señora Wyatt – no tuvieron ninguna duda de que la mujer había sido asesinada con una ferocidad inconcebible y de una manera sadista. Cuando retiraron las mantas vieron las marcas de diecisiete latigazos en su cuerpo. Los pezones prácticamente habían sido desprendidos de los pechos a mordiscos. El cuerpo tenía considerables heridas genitales. Sus tobillos habían sido atados con un pañuelo de hombre y había marcas en sus muñecas que indicaban que también habían sido atadas, posiblemente por la espalda. Había habido un intento de lavar la sangre de las heridas de su cara, pero la sangre no había desaparecido por completo de las cavidades de la nariz y de las pestañas.

La otra cama del cuarto tenía las mantas desordenadas y había grandes manchas de sangre sobre la sábana, lo que sugería que la víctima había sido atacada en una cama y posteriormente pasada a la otra. Sobre la almohada de la segunda cama los detectives encontraron marcas en cruz de sangre que coincidían con las marcas de los latigazos sobre el cuerpo de la mujer.

El doctor Keith Simpson, el patólogo, determinó que la hora del fallecimiento había sido entre la medianoche y las primeras horas de la mañana. La mujer, dijo, había muerto por asfixia, posiblemente al ser presionada la almohada sobre su cara. Todas las heridas habían sido provocadas antes de la muerte.

La víctima de este bárbaro ataque era una mujer llamada Margery Aimee Brownell Gardner, una criatura misteriosa bien conocida durante ese periodo en el círculo de Chelsea. Se sabía que aunque casada estaba separada del esposo y que aparentemente no tenía parientes o amigos cercanos. Una muestra de su soledad tal vez es el hecho de no haber sido oficialmente identificada sino hasta cinco días después de su muerte por un procurador de Sheffield que no la había visto durante casi un año.

Aunque se creía que tenía treinta y dos años se dudaba hasta de su edad. Era una mujer extraordinariamente bella, de nariz griega finamente esculpida, labios bien marcados y cejas arqueadas. Despreciaba los permanentes que estaban de moda en ese momento, inmediatamente después de la guerra, y llevaba su largo cabello negro recogido en un moño en la nuca. Sus dedos, particularmente largos y delgados, eran con frecuencia adornados por grandes anillos. Le encantaba usar aretes y brazaletes anchos y llamativos. Era una artista de considerable talento, y cuando no trabajaba como extra en el cine se sostenía como una dibujante comercial freelance.

Los detectives dejaron en claro también que era una mujer promiscua sexualmente, de una línea masoquista que la hacía una compañera popular para ciertos tipos de desviados.

Durante la tarde, antes de su muerte, el 20 de junio, Margery Gardner había estado en el Panama Club, en Cromwell Place, South Kensington, donde había compartido una mesa con un hombre alto y rubio, había cambiado algunas palabras amistosas con una conocida, la señorita Winifred Humphre, y había sido vista por el recepcionista del club, Solomon Joseph, al salir junto con su compañero un poco después de medianoche. Una vez fuera del club la pareja había tomado un taxi. El chófer, Harold Harter, los llevó a Pembridge Gardens y ahí los vio mientras caminaban el hombre con un brazo alrededor de la cintura de la señora Gardner hacia la puerta del hotel Pembridge Court.

Todas estas personas pudieron dar a los detectives una buena descripción del hombre. Quedó en claro que se trataba del visitante que había tomado el cuarto número 4 en el hotel.

Para la policía esto era meramente una evidencia corroboradora, dado que ya estaban seguros de conocer la identidad del asesino. Aunque en el pasado había utilizado un cierto número de nombres ficticios, en esta ocasión había tenido la gentileza de registrarse con su nombre verdadero: Neville George Cleveley Heath.

En este punto los oficiales de Scotland Yard se vieron ante un dilema terrible. Heath tenía que ser encontrado rápidamente. Toda la evidencia lo señalaba como el asesino, un hombre con una propensión a la violencia tal que era razonable considerarlo como un maniático sexual. La manera más fácil de localizarlo sería publicar su retrato en los periódicos nacionales. Sin embargo, si como resultado de la publicación de la fotografía Heath fuera apresado y juzgado por el asesinato de la señora Gardner, sus defensores podrían argumentar que había sido identificado por los testigos como el acompañante de la mujer asesinada únicamente, debido a que habían visto su retrato en los periódicos. La policía sabía que en tales circunstancias cualquier abogado defensor podría acabar con la evidencia de identificación de Winifred Humphrey, de Harter, el chofer del taxi, y del señor Joseph, del Panama Club.

Los oficiales de Scotland Yard estaban ante una decisión tremendamente difícil. Si autorizaban la publicación del retrato de Heath, ¿no estarían dejando a un asesino sadista en libertad de cometer otro crimen? ¿Deberían correr el riesgo o confiar que la maquinaria normal de la ley lo atrapara antes de que cobrara otra víctima?

Se tomó una decisión que quedaba en un punto medio. Se prohibiría a los periódicos londinenses que publicaran la fotografía del hombre buscado, pero se permitió que dieran su nombre y descripción y que informaran que era “buscado para ser interrogado”. Todas las oficinas de la policía del país recibieron fotografías de Heath.

Estas medidas no fueron suficientes. Doce días más tarde Heath mató a una chica inocente cuya vida bien habría podido ser salvada. Hubo grandes críticas a la policía por su prohibición en cuanto a la publicación de la fotografía de Heath. Muchos años después la decisión fue defendida por sir Ronald Howe, comisario asistente (en crímenes) de Scotland Yard en el momento del asesinato, en un artículo escrito para la revista norteamericana Saturday Evening Post.

“A la luz de los sucesos posteriores ésta parece haber sido una decisión difícil de tomar”, escribió, “pero en el momento no la encontré difícil ni pienso ahora que haya estado equivocado. Todo lo que sabíamos de Heath es que tenía antecedentes penales por robo, escalo y pretensiones falsas. No había razones para creer que mataría nuevamente. Nunca había sido condenado por asesinato ni tampoco existe, hasta donde yo sé, conocimiento de ningún criminal del tipo de Heath que cometiera otro asesinato a pocos días de su primer crimen”.

Es cierto que hasta que cometió el asesinato de la Gardner, Heath, que entonces tenía veintinueve años, no tenía antecedentes oficiales de violencia o de delitos sexuales. No fue sino hasta su juicio cuando – mediante evidencias introducidas por su propio abogado en un intento por probar demencia – se hizo mención de un salvaje ataque de Heath a una mujer en el hotel Strand Palace, de Londres, un poco antes, el mismo año. En este caso la víctima se recuperó de sus heridas y por razones no reveladas no se presentó ningún cargo.

Después del juicio por asesinato circularon versiones que tenían por objeto mostrar que Heath había sido violento desde una edad temprana. Se dijo que había golpeado a una niña de ocho años con tanta fuerza que había necesitado atención hospitalaria y que había intentado violar y ahorcar a una chica de quince años. Se sugirió la posibilidad de que hubiera estado implicado en el asesinato de una joven de la WAAF durante la guerra y se contó la historia de una enfermera que había sido encontrada muerta en un coche de él, quemado. La veracidad de estos rumores habrá de permanecer en el terreno de las especulaciones, dado que nada aparecía en los registros policiales. Heath era conocido simplemente como un hombre que había tenido una gran cantidad de problemas durante su época en el ejército y que como civil había tenido que responder ante un cierto número de acusaciones de fraude y robo. Dos veces había sido mandado a un centro juvenil de detención y otras tantas había sido multado y puesto en libertad condicional. No tenía autorización para llamarse “teniente coronel” o para utilizar cualquiera de los otros títulos oficiales elevados de los que hacía uso algunas ocasiones. En realidad, únicamente había alcanzado el rango de capitán.

Tan pronto como apareció su nombre y descripción en los periódicos, las oficinas de la policía de todo el país se vieron inundadas por una masa de información – toda inútil – que situaba a Heath en un aeropuerto de Escocia, abordando un barco en Southampton, caminando por las calles de Chichester, o en Londres o en Francia. Heath parecía estar en lugares a cientos de kilómetros entre sí al mismo tiempo.

En realidad, Heath dejó el hotel Pembridge Court temprano, la mañana del asesinato, después de bañarse, afeitarse y vestirse, y tomó un taxi al hotel Grosvenor en Victoria. Pidió el desayuno, pero cuando se le dijo que era demasiado temprano se conformó con café, antes de tomar el tren a Brighton en la estación Victoria.

Allí, en un hotel frente al mar tomó un buen desayuno de huevos con tocino, pan tostado y mermelada, y dio un paseo por la ciudad antes de regresar a la estación y abordar un tren hacia Worthing.

En Worthing tomó algunas copas en una taberna antes de telefonear a una novia.

Yvonne Symonds, una bella chica de cabello negro, había conocido a Heath sólo hacía cinco días, en una baile en Chelsea, el sábado 15 de junio. Sin embargo, el encanto de este hombre era tan arrollador que ella estaba ya de acuerdo en casarse con él y se consideraba comprometida de manera no oficial. No hay duda de que Neville Heath era particularmente atractivo para las mujeres; el hecho era comprensible. Era inteligente y bien educado, tenía la seguridad de un hombre de mundo y un aire de distinción reforzado por los títulos que se daba. Medía un poco más de uno ochenta, tenía hombros musculosos, cintura delgada, cabello rubio y ondulado, y ojos azul claro. Podía haber sido el protagonista de cualquiera de los héroes de las novelas románticas populares de aquel periodo.

En lo que respecta a Yvonne Symonds siguió la técnica “rápida” tantas veces descrita en las novelas románticas. Después del baile, en el que actuó con una atención persistente, la llevó al Panama Club a tomar unas copas antes de acompañarla hasta el Overseas Club, lugar en el que ella estaba alojada. A la mañana siguiente le telefoneó y durante el transcurso de todo un día de felicidad le propuso matrimonio. En vista de que estaban comprometidos de manera no oficial, la chica de diecinueve años estuvo de acuerdo en pasar la noche con él. Fue ella quien quedó registrada como la señora del teniente coronel Heath cuando tomaron el cuarto número 4 en el hotel Pembridge Court.

Al día siguiente, la chica regresó feliz a Worthing por el tierno trato que había recibido. Durante el transcurso de la semana, Heath telefoneó a Yvonne varias veces y le dijo que estaba ansioso por conocer a sus padres. Cuando el novio la llamó la mañana del siguiente viernes para decirle que estaba en Worthing, ella se llenó de alegría. Comieron juntos y Heath tomó un cuarto en el Hotel Ocean. El sábado por la mañana se encontraron y después de la comida la chica presentó a su prometido a sus padres.

Por la tarde Heath llevó a su novia al Blue Peter Club, en Angmering, y mientras cenaban le preguntó si había leído algo sobre el asesinato de Margerey Gardner en Londres. Yvonne había estado demasiado ensimismada con sus propios asuntos románticos como para interesarse en casos de asesinatos sórdidos. Pero se quedó demasiado impresionada cuando Heath le dijo que la mujer había sido asesinada en el mismo cuarto que ellos habían ocupado poco tiempo antes.

Heath le relató entonces a su novia una historia extraordinaria. Dijo que había prestado su llave del cuarto número 4 del hotel Pembridge Court a la señora Gardner y a un amigo mientras que él había dormido en el norte de Londres esa noche. Por la mañana, dijo, había sido telefoneado por el superintendente Thomas Barratt, de Scotland Yard, y el inspector lo había llevado al Pembridge Court a ver el cuerpo de la señora Gardner. Heath dijo a Yvonne que había sido un “espectáculo horrible” ya que el cuerpo había sido atravesado por un atizador. Opinó que el asesinato fue obra de un maniático sexual.

La historia era completamente falsa. Heath había estado en Worthing comiendo con Yvonne Symonds antes de que el cuerpo de la señora Gardner fuera descubierto; el superintendente Barratt no fue llamado al hotel sino hasta las cuatro de la tarde y lejos de haber acompañado a Heath a ver el cuerpo estaba dando todos los pasos para asegurar que Heath fuera encontrado tan pronto como fuera posible.

En el cuarto número 4 no habla ningún atizador. Más tarde se dedujo, aunque nunca quedó establecido definitivamente, que las heridas genitales de la víctima habían sido causadas por el látigo con punta de acero que había sido utilizado también para azotar el cuerpo.

Naturalmente, Yvonne Symonds quedó preocupada por el relato dado por el novio sobre este suceso trágico, pero no llegó a dudar de la historia. Se separaron en términos afectuosos después de que él la dejó en su casa esa noche.

No fue sino hasta la mañana siguiente, al leer en los periódicos dominicales que la policía buscaba a Heath, cuando Yvonne se sintió asaltada por las primeras abrumadoras dudas. Telefoneó a su novio y le dijo que sus padres estaban bastante preocupados por las noticias de los periódicos.

– Sí – dijo él -. Eso me temía. – Sin embargo, su voz era bastante optimista. Dijo que había alquilado un automóvil y que iba a Londres a dejar las cosas en claro. Le prometió llamarla esa tarde.

Afortunadamente, esta desconsolada chica no volvió a ver a Neville Heath sino hasta que se encontraba en el banquillo de los acusados bajo el cargo de asesinato.

El domingo 24 de junio llegó a Scotland Yard una carta con el matasellos de Worthing, 5:45 p.m. del 23 de junio de 1946, dirigida al superintendente Barratt que decía:

“Señor:

“Creo que es mi obligación es informarle de ciertos hechos en relación con la muerte de la señora Gardner, en Notting Hill Gate.

“Me registré en el hotel el domingo anterior, aunque no con la señora Gardner. A ésta la conocí durante el transcurso de la semana. Tomamos algunas copas el viernes por la noche y mientras estábamos juntos ella se encontró a un conocido con quien estaba obligada a dormir. Las razones, tal como yo las entiendo, eran fundamentalmente de orden financiero. Fue entonces cuando la señora Gardner me preguntó si podía utilizar mi cuarto de hotel hasta las dos de la mañana y sugirió que si yo regresaba después de esa hora podría pasar el resto de la noche con ella. Le di mi llave y le pedí que dejara la puerta abierta. Deben haber sido las tres de la mañana cuando regresé al hotel y la encontré en las condiciones por usted conocidas. Me di cuenta de que estaba en una situación comprometedora y en lugar de notificar a la policía recogí mis pertenencias y me fui. Desde entonces he estado dudando en cuanto a entregarme. En vista de las circunstancias hasta ahora he tenido miedo. Puedo darle la descripción del hombre: 30 años aproximadamente; cabello oscuro (negro); bigote pequeño; aproximadamente 1.75 m. de estatura; constitución delgada. Su nombre es Jack y deduzco que era un amigo de mucho tiempo de la señora Gardner. Sería posible encontrarme mediante la columna personal del Daily Telegraph, pero por el momento he tomado otro nombre. Quisiera hacerme presente y ayudar, pero no puedo hacer frente al cargo de fraude que se presentará en mi contra en caso de aparecer. Tengo el instrumento con el que la señora Gardner fue golpeada y se lo estoy remitiendo hoy mismo. En él encontrará usted mis huellas digitales lo mismo que las de otros.

G. C. Heath

El instrumento al que Heath se refirió nunca llegó a Scotland Yard, y cuando finalmente fue encontrado se vio que toda huella digital le había sido borrada.

Un poco después de depositar esta carta, Heath dejó Worthing y la misma tarde llegó al hotel Tollard Royal en el West Cliff de Bournemouth. Tal vez es indicativo de su propia imagen irreal el que se haya registrado bajo el nombre de Rupert Brooke, el poeta románticamente atractivo y trágico, muerto en servicio activo durante la Primera Guerra Mundial. No pudo resistir agregar al nombre la embellecedora frase de “capitán de grupo”.

Heath recibió el cuarto 71 y cuatro días después al solicitar un cuarto con calentador de gas recibió el 81. Más adelante se sugirió que había pedido un calentador de gas porque intentaba suicidarse. Sin embargo, durante su estancia en el hotel no mostró signos de depresión. El atractivo y encantador “capitán de grupo” pronto se hizo popular entre los huéspedes del hotel por su participación en las actividades sociales. También llegó a estar en términos amistosos con los empleados del hotel con quienes conversaba. Haciendo a un lado el uso de un nombre falso, Heath no hizo ningún otro intento por ocultarse.

En la tarde del miércoles 3 de julio, mientras caminaba solo por la calle principal, Heath se encontró con dos chicas, a una de las cuales había conocido previamente en un baile. Ella lo presentó a su compañera, la señorita Doreen Marshall, como “el capitán de grupo, Brooke, que se encuentra en el Tollard Royal”. Parece que hubo una atracción mutua inmediata entre Heath y Doreen Marshall porque un poco después Doreen había aceptado una invitación a tomar té en el hotel de Heath. Fue una cita totalmente “formal”: se trataba de tomar té en uno de los salones de un hotel con un joven bien parecido que mostraba el interés halagador justo. Por lo tanto, la chica no vio ninguna razón para rechazar la subsiguiente invitación a cenar esa tarde.

Doreen Marshall era una morena bonita, de facciones finas y cabello ondulado, de veintiún años, que había sido recientemente desmovilizada de la WRNS. Debido a que había estado con gripe y sarampión, su padre, el señor Charles Marshall, de Woodhall Drive, Pinner, la había mandado a que se recuperara al excelente hotel Norfolk de Bournemouth. En el momento de conocer a Heath había pasado cinco días sola en el hotel y probablemente aceptó de buena gana la idea de pasar una tarde fuera en compañía de un joven de apariencia tan agradable.

Después de tomar el té volvió a Norfolk para bañarse y cambiarse y regresó al Tollard Royal en taxi a la hora de la cena. Otros huéspedes notaron a la atractiva pareja que conversaba alegremente durante la cena y en uno de los salones después. Eran alrededor de las 11:20 p.m. cuando se les unieron otros huéspedes incluyendo a la señora Gladys Phillips, de Cardiff, que estaba de vacaciones.

La señora Phillips pensó que el “capitán de grupo Brooke” debía haber estado bebiendo bastante y que la señorita Marshall se veía pálida y cansada de manera que no se sorprendió cuando la chica le pidió al señor Phillips que le llamara un taxi al hotel. El señor Phillips arregló esto con el portero antes de subir junto con su esposa a su habitación. Sin embargo, cuando el taxi llegó Heath le dijo al portero, Fred Wilkinson, que no lo necesitaban porque la señorita Marshall había decidido caminar.

– Estaré de regreso en media hora – agregó Heath.

– No, en un cuarto de hora – le corrigió Doreen Marshall.

Nadie sabe a qué hora regresó realmente Heath al hotel porque en lugar de utilizar la puerta principal dio la vuelta y se introdujo a su cuarto del segundo piso por la ventana utilizando una escalera dejada por un trabajador. A las 4:30 a.m. el portero nocturno se asomó al cuarto de Heath y lo vio totalmente dormido. Al día siguiente Heath le contó al señor Ivor Reft, gerente conjunto del hotel, de su método nada convencional de entrar y le dijo que lo había hecho “como una broma” para confundir al portero.

A las ocho de la mañana Fred Wilkinson fue al cuarto 81 con los periódicos de la mañana y encontró a Heath todavía dormido. Despertó al visitante, quien parecía estar tan alegre como siempre. Nadie, de hecho, notó alguna diferencia en su comportamiento de ese día. Se mezcló como de costumbre con los otros huéspedes e hizo sus acostumbrados comentarios amables a los empleados del hotel.

En la mañana del viernes 5 de julio, el gerente del hotel Norfoik telefoneó al señor Relf para decirle que una joven huésped del Norfolk había desaparecido y que se creía que había cenado el miércoles en el Tollard Royal. El gerente comentó esto con Heath y le preguntó si su invitada fue una señorita Marshall de Pinner.

– No, no – respondió Heath -. Conozco a la chica desde hace algún tiempo y puedo asegurarle que no es de Pinner.

El sábado 6 de julio Heath tuvo el atrevimiento extraordinario de telefonear a la comandancia de policía local para preguntar si tenían una fotografía de la chica desaparecida, de manera que él pudiera decir definitivamente si era o no aquella con quien había cenado. Ofreció llamar después cuando se le dijo que por el momento no se disponía de una fotografía. Volvió a llamar y a las 5:30 de la tarde; fue, de manera totalmente voluntaria, a la comandancia de policía de Bournemouth para encontrarse con el padre y la hermana de Doreen que habían viajado desde Londres tan pronto se habían enterado de la desaparición de la chica.

El señor Joshua Casswell, encargado de la defensa de Heath durante el subsecuente juicio, dijo en sus memorias muchos años después que este acercamiento directo a la policía, lo mismo que la carta escrita al superintendente Barratt después del asesinato de Margery Gardner, fue producto de un deseo de ser atrapado. Casswell estaba convencido de que Heath quería ser colgado.

Sin duda alguna, caminó directamente a los brazos de la justicia. Heath debió haber sabido que toda comandancia de policía en Gran Bretaña tenía su descripción y su fotografía. Por lo tanto, difícilmente pudo sorprenderse cuando el detective alguacil Souter, con quien se encontró al entrar a la comandancia, lo reconoció e identificó como Neville Heath.

Aunque Heath insistió en que su nombre era Rupert Brooke, Souter lo detuvo en la comandancia. Una hora después, al llegar el detective inspector George Gates, Heath ya estaba dispuesto a admitir su verdadera identidad. Cuando supo esa tarde que oficiales de la policía metropolitana estaban de camino para entrevistarlo en relación con el asesinato de Margery Gardner, Heath respondió:

– Ah, muy bien.

Al ser interrogado sobre su relación con Doreen Marshall, Heath aceptó que era la chica con quien había pasado parte de la tarde y de la noche del 3 de julio. Dijo que una vez que salieron de su hotel se sentaron en un sitio con vista al mar y que hablaron alrededor de una hora. Descendieron entonces la pendiente hacia el Pavilion y él la acompañó hasta el malecón. Ahí se dieron las buenas noches y él la vio cruzar el camino.

– Le pregunté si nos veríamos al día siguiente – dijo Heath – pero ella me dijo que los días siguientes iba a estar ocupada y que me telefonearía el domingo si podía. No nos hemos encontrado desde entonces aunque creo haberla visto entrando a Bobby’s (una tienda de departamentos) el jueves en la mañana.

Mientras estaban en la comandancia de la policía, Heath se quejó del frío y pidió permiso para volver al Tollard Royal a recoger su chamarra. Es obvio que la solicitud le fue negada. El detective inspector Gates recogió la chamarra y encontró en ella tres objetos interesantes. Uno era un billete de tren, de primera clase, para el trayecto de regreso Londres-Bournemouth expedido a nombre de Doreen Marshall; el segundo era el comprobante de un depósito de maletas en la estación Bournemouth West y el tercero era una perla artificial.

Entre las cosas que se encontraron en la maleta estaban una mascada azul cuadrada y una bufanda azul de lana, ambas considerablemente manchadas de sangre, y un látigo con punta de acero que Heath no había mandado al superintendente Tom Barratt.

La importancia de la perla no se hizo patente sino hasta el lunes 8 de julio cuando veintisiete cuentas, que correspondían a la primera, fueron encontradas en Branksome Chine, esparcidas entre unos arbustos. Una chica que paseaba a su perro notó un enjambre de moscas que zumbaba con persistencia alrededor de un punto particular de un matorral. La escena con la que se encontró fue espantosa: detrás de unos rododendros y tapado por una rama rota de un abeto se encontraba el cuerpo destrozado de Doreen Marshall. Estaba desnuda excepto por un zapato que tenía puesto. El cuerpo había sido cubierto toscamente con sus propias ropas. La polvera y las medias de Doreen – llenas de sangre – fueron encontradas a unos metros y algún tiempo después Patricia Howe, una turista, encontró en la playa su navaja de bolsillo.

Al igual que en el caso de Margery Gardner había evidencias de un ataque sadista. Uno de los pezones había sido mordido, los genitales tenían salvajes heridas producidas por algún instrumento áspero y el resto del frente del cuerpo tenía muchas heridas profundas.

El señor Crichton McGaffey, el patólogo que examinó el cuerpo, dijo que las heridas habían sido producidas después de la muerte y que ésta había sido resultado de cortes de cuchillo en el cuello. Había signos de que las muñecas de la víctima habían sido atadas. Una de las pruebas presentadas en el juicio de Heath fue un pañuelo anudado, manchado de sangre y tierra, encontrado en su cuarto de hotel por el detective de división inspector Reginald Spooner, de la comisaría de policía de Notting Hill, quien estaba a cargo de las investigaciones relativas al asesinato de la señora Gardner.

Por si todavía fueran necesarias mayores evidencias en contra de Heath en cuanto a este segundo asesinato, se descubrió que un reloj y un anillo, ambos de Doreen Marshall, habían sido vendidos por Heath a dos diferentes joyerías de Bournemouth al día siguiente de la desaparición de la chica.

Heath fue acusado de dos asesinatos, si bien el juicio en el Old Bailey se refirió únicamente al de Margery Gardner. Mientras se encontraba detenido en la cárcel de Brixton fue visitado por Casswell, quien le preguntó si deseaba atestiguar en la corte.

– Ay, ¿qué no se supone que debo declararme culpable? – preguntó Heath.

Cuando se le señaló que sus padres y su hermano menor sentirían aún mayor vergüenza y dolor si admitía haber matado a dos mujeres en esa forma estando en su sano juicio, Heath se encogió de hombros y asintió con la cabeza.

– De acuerdo – dijo -. Anótame como no culpable, viejo.

Cuando el joven y bien parecido ex aviador apareció frente al juez Morris en la Central Criminal Court en septiembre de 1946 realmente el único punto a ser decidido era si estaba o no en su sano juicio; los hechos del caso nunca fueron puestos en duda.

En un intento por mostrar que Heath no era responsable de sus acciones, el abogado defensor tomó la poco común determinación de hablar al jurado sobre el segundo asesinato. Argumentó que ningún hombre cuerdo atacaría deliberadamente a una segunda víctima sin arriesgarse a ser descubierto cuando sabía que toda la policía de Gran Bretaña estaba tras él en relación al primer asesinato.

El señor Casswell invitó al jurado a que se alejara de los detalles y a que mirara el caso desde cierta distancia.

– Quisiera que ustedes recordaran lo que pensaron cuando oyeron por primera vez de los dos terribles crímenes cometidos en el transcurso de dos semanas – dijo -. ¿Qué pensaron? ¿Que el hombre debía estar loco? ¿Es posible llegar a otra conclusión? ¿Creen ustedes que un hombre que es meramente un sensualista brutal, un mero sadista, es capaz de tales cosas? Recuerden aquellas horripilantes heridas de las que se les ha hablado. Visualicen la escena. ¿Es ésa la obra de un criminal ordinario? Sin duda ese hombre estaba en ese momento tan enojado como un toro. Un demente, un maníaco. ¿Podría haber sido algo distinto?

El testigo principal de la defensa fue el doctor William de Bargue Hubert, quien durante cinco años había sido psicoterapeuta en Wormwood Scrubs y era uno de los autores de un estudio psicológico para la prevención del crimen presentado al secretario del Interior en 1938. Este testigo, que también había trabajado en Broadmoor y en la prisión Feltham, expresó la opinión de que Heath no era un pervertido sexual ordinario sino que sufría de una demencia moral que le hacía desconocer por periodos que lo que hacía era malo. Creía que Heath podía ser considerado como moralmente demente.

El mismo Heath pareció no estar de acuerdo con esta clasificación. Durante el testimonio del doctor Hubert pasó al señor Casswell una nota que decía:

“Tal vez sea de interés el conocimiento de que en mis conversaciones con Hubert nunca he sugerido que yo deba ser justificado. No le dije que debía ser justificado en base a demencia. Hubert expresa en su testimonio su propia opinión, no algo que yo haya sugerido que dijera en mi provecho.”

Heath no tenía por qué preocuparse. El doctor Hubert – muerto seis meses después del juicio por una sobredosis de drogas – no fue convincente al ser interrogado por el fiscal, el señor Anthony Hawke.

– ¿Puedo pensar que en el momento en que Heath asesinó a Margery Gardner sabía que lo que hacía era malo? – preguntó el señor Hawke.

– No – respondió el doctor Hubert.

– ¿Sabía que había atado a una joven a quien tenía sobre una cama?

– Sí.

-¿Sabía que estaba infligiendo diecisiete latigazos con una correa en el momento de infligirle diecisiete latigazos con una correa?

– Sí.

– ¿Sabía esto pero no sabía que eran malas?

– Sabía las consecuencias.

– Al asfixiar a aquella mujer después de azotarla habiéndole amarrado e inmovilizado antes, ¿sabía que era malo?

– No.

-¿Podría decirme por qué?

– Porque durante el comportamiento sexual la gente generalmente considera que lo que está haciendo es bueno y que es su propio negocio.

– En base a que la única forma en que Heath podía satisfacer su apetito sexual era infligiendo crueldad, usted dice que él pensó que era correcto hacerlo. ¿Estoy en lo cierto?

– Bueno… él hizo lo que deseaba hacer.

Los testigos médicos llamados por el fiscal sostenían firmes opiniones de que Heath estaba cuerdo. El doctor Hubert Young, alto funcionario médico de Wormwood Scrubs, dijo que el hombre tenía una personalidad psicópata y que era un sadista pero que no era un demente o anormal en el aspecto moral. El doctor Hugh Grierson, alto funcionario médico de la prisión Brixton, analizó la historia de Heath desde su edad temprana y dijo que no había indicios de anormalidad mental o de una conducta desordenada en su juventud. Sus delitos posteriores le habían representado beneficios y no eran del tipo depravado o insensible, característicos de los de moralidad anormal. Heath siempre había tomado precauciones para cubrir sus rastros.

A la pregunta del señor Hawke en cuanto al sentido de la palabra psicópata, el doctor Grierson dijo que era una persona que adoptaba una visión a corto plazo, una persona que hacía lo que sentía en el momento sin pensar en absoluto en las consecuencias. Estuvo de acuerdo con el señor Hawke en que un psicópata no sufría una enfermedad de la mente sino más bien una anormalidad de carácter y temperamento.

Al ser interrogado por el señor Casswell, el doctor Grierson dijo que Heath había negado terminantemente ser un anormal sexual y que había insistido en que no tenía impulsos perversos. Sin embargo, no había querido hablar de sus relaciones sexuales.

El doctor Grierson no estuvo de acuerdo en que esta negación de sus perversiones fuera un indicio de demencia.

– Yo supongo que usted estará de acuerdo en que este hombre tiene una personalidad psicópata – dijo el señor Casswell -. Es un individuo de lo más anormal, ¿no?

– Así es en lo que respecta a ambos puntos – respondió el doctor Grierson.

El jurado de diez hombres y dos mujeres tardó sólo una hora para decidir que preferían las opiniones del doctor Young y del doctor Grierson a aquellas del doctor Hubert. Su veredicto fue unánime: Neville Heath era culpable de la muerte de Margery Gardner y estaba en su juicio en el momento de cometer el crimen.

Heath rehusó apelar y fue ahorcado en la prisión de Pentonville el 26 de octubre de 1946.

El señor Casswell escribió en sus memorias que no compartía la opinión de aquellos que creían que Heath disfrutaba la publicidad que le daba el juicio y que quería “hacer una salida de héroe”. Creía que Heath estaba horrorizado por los crímenes que había cometido y que se daba cuenta de que lo mejor para él y para el mundo era que su vida terminara.

Neville George Cleveley Heath murió a los veintinueve años de edad. Dirigió sus últimas palabras al verdugo Pierrepoint y a sus guardianes.

– Adelante muchachos. Andando.

A pesar de todos los intentos hechos durante el juicio por probar que había sido moralmente anormal desde una edad temprana, no hay nada en el expediente que muestre que hubiera tenido alguna tendencia hacia la anormalidad o hubiese estado en problemas hasta que cumplió veinte años.

Heath nació en Ilford, Essex, en junio de 1917. Disfrutó de una vida confortable de clase media con sus padres y su hermano menor. Estudió en una escuela católica y luego en una escuela pública en las que fue un buen estudiante si es que no un brillante estudiante. A los diecisiete años obtuvo su grado de bachiller. La familia se mudó a Wimbledon en donde Neville tomó un empleo en una oficina del ayuntamiento. Después de unas semanas, aburrido por el trabajo, se fue a alistarse en los Artists Rifles. Decidió disfrutar la vida militar y como pensó que la Fuerza Aérea ofrecía más emociones y encantos que la Armada se alistó en la RAF en 1936. Después de un entrenamiento inicial en Cranwell, Lincolnshire, recibió una comisión de corto plazo y a principios de 1937 tenía ya sus alas. Fue nombrado piloto oficial destacado en el Escuadrón de Combate número 19 y en el Escuadrón de Combate número 87.

El uniforme de oficial de la RAF aumentó los atractivos de este joven alto y rubio. A donde quiera que iba había docenas de chicas bonitas que competían por conseguir su atención. Su vanidad exigía una vida social que igualara los niveles de encanto de su presencia. Le gustaba llevar bellas chicas a los “mejores” lugares y utilizar veloces coches sport que incrementaban su imagen a los ojos de ellas. Como su salario de oficial junior no igualaba los niveles por él fijados “pidió prestado” al fondo deportivo de la RAF, del que estaba encargado, y tomó un automóvil que pertenecía a un oficial. Fue acusado más tarde de estos delitos lo mismo que por ausentarse sin permiso y escapar estando bajo arresto.

Fue dado de baja de la RAF por estas faltas. Heath, sin embargo, insistió – y esto era algo típico de él – en que la razón real de su licenciamiento había sido el volar su avión bajo un puente. Nunca modificó esta versión romántica de sus hazañas e intentaba convencer aun a aquellos que tenían acceso a su expediente y conocían la verdadera historia.

“Siempre he sido perseguido por este pequeño disparate que llevó a mi separación de la RAF cuando era un piloto oficial de veinte años”, dijo en una declaración publica después de su juicio.

Durante los dos siguientes años, Heath tuvo únicamente un empleo honesto: dos semanas como asistente de ventas en una tienda de la calle Oxford en mayo de 1938. El resto del tiempo vivió principalmente de su ingenio.

Después de haber sido dado de baja de la RAF fue a Nottingham y asumió ahí el nombre de lord Dudley. Obtuvo crédito mediante un fraude al hotel Victoria Station y trató de hacerse de un automóvil mediante pretensiones falsas. Al ser detenido confesó otros ocho delitos, la mayoría de ellos para obtener dinero a nombre de lord Dudley. Estas fueron sus primeras faltas oficiales.

No aprovechó la oportunidad que se le ofrecía al ponérsele en libertad condicional por dos años. Regresó a Londres y continuó con su carrera de delitos. Se introdujo en la casa de un amigo, en Edgware, para robar mil quinientos pesos en joyería y utilizó una orden bancaria falsa con el propósito de obtener ropa por ochocientos pesos. Al ser detenido pidió que también fueran tomados en consideración otros diez delitos, principalmente robos por fraude. El juez actuó benignamente y mandó a este joven que todavía tenía veintiún años a una correccional por tres años.

Heath tuvo suerte. Después de pasar catorce meses en la Hollesley Bay Colony fue liberado al estallar la guerra en septiembre de 1939. Trató de inmediato de alistarse nuevamente en la RAF pero no fue aceptado. Se alistó, por lo tanto, como soldado de la RASC. Antes de cuatro meses era subteniente y en marzo de 1940 fue destacado al Medio Oriente con el rango de capitán suplente.

Heath parecía incapaz de tomar las oportunidades que se le ofrecían. Todavía no cumplía un año y ya estaba en problemas por haber expedido cheques sin fondos. Se descubrió también que había obtenido de manera fraudulenta una segunda libreta de pagos y que había elaborado una historia falsa con objeto de obtener un permiso al que no tenía derecho. Fue sujeto a una corte marcial y destituido en julio de 1941.

En este caso también la historia posterior de los sucesos dada por Heath tenía poca relación con la verdad. Dijo que se encontraba en su estación en el camino de Haifa a Bagdad en “inactividad forzosa”, supuestamente cuidando a unos detenidos por pro-nazis.

“Entonces me enteré de una incursión de la Legión Árabe y de hombres de los regimientos Beds y Herts”, escribió. “Iban a atacar el fuerte Rutbah y yo decidí que sería una buena idea ir con ellos. Esto hice y aquello fue toda una fiesta. Por desgracia, el comandante escogió esa noche particular para visitar el puesto… y quedó muy contrariado al encontrarse con que yo no estaba ahí y que varios prisioneros estaban a la espera. Como resultado, fui dado de baja por incompetente. De cualquier manera, la ginebra que encontramos en Spinney, Rutbah, era bastante buena y en esta fase de la guerra todo oficial de la RASC que trató de tomar parte en ella fue siempre clasificado como incompetente. A pesar de esto, nunca dejaron que ninguno de nosotros abandonara la miserable organización.”

Heath fue puesto en el transporte de tropas Mooltan para regresar a Gran Bretaña. Sin embargo, saltó del barco en Durban y llegó a Johannesburgo bajo el nombre de capitán Selway de las montañas de Argyll y Sutherland. Pudo eludir a la policía al comenzar de nueva cuenta a pasar cheques falsos de manera que no se levantaron cargos contra él. Con su audacia habitual cambió su nombre a James Robert Cadogan Armstrong y se alistó en la fuerza aérea de Sudáfrica. Se inició como soldado, pero pronto recibió una comisión y finalmente obtuvo el rango de capitán.

Los riesgos oficiales muestran que durante todo el periodo en que estuvo con la Fuerza Aérea Sudafricana, Heath estuvo realizando tareas de transporte e instrucción. Sin embargo, él siempre insistió en que sus funciones habían sido operacionales y que las había llevado a cabo en Egipto, Trípoli y Argelia, y que había tomado parte en la batalla de El Alamein.

Al poco de su llegada a Sudáfrica, Heath conoció a una chica atractiva llamada Elizabeth Rivers, hija de una próspera pareja de Johannesburgo. Neville y Elizabeth se sintieron mutuamente atraídos y se casaron en febrero de 1942. En septiembre de 1944 nació un hijo al que llamaron Robert.

Antes del nacimiento del niño, Heath (o Armstrong, como se hacía llamar todavía) fue transferido a la RAF con el rango de capitán y estacionado en Inglaterra. Como piloto de un bombardero tomó parte en incursiones a países enemigos. En octubre de 1944 su avión fue abatido por una batería antiaérea. Heath dijo haber visto su avión desintegrarse en llamas. De esto no hay registros en el Ministerio del Aire.

Más adelante escribió: “He hecho muchas cosas de las que me avergüenzo, pero ninguna de ellas en el aire. Mi expediente de guerra como piloto de caza es bueno. Posiblemente haya sido en parte a algunas de las experiencias de estos años frenéticos que he llegado a donde estoy ahora. Quizá haya otros pilotos que estuvieron tan cerca de la muerte como yo lo estuve en una situación similar a la mía ahora. Tal vez ellos también necesitan simpatía, comprensión y ayuda para cambiar sus vidas y dejar de ser asesinos de guerra”.

En otros documentos publicados después de su condena a muerte, Heath culpó de su desintegración moral a la terminación de su matrimonio. Regresó a Sudáfrica a principios de 1945 y en octubre de ese año su esposa se divorció de él por abandono. Ella quedó encargada de la custodia del niño. No hay evidencias de que Heath fuera cruel con su mujer o de que su matrimonio fuera infeliz durante los primeros días. No se conoce la razón del divorcio.

Heath escribió: “Con el tiempo, mi esposa se separó de mí y ello fue el final. De ahí en adelante perdí interés en todo. Desde que sucedió nunca me volví a sentir como antes y adopté una actitud peculiar. Desde el día de mi divorcio he tenido una actitud de que no me importa nada en relación a la vida general. Todo ha salido mal”.

De hecho, todo “salió mal” muy rápidamente. El 4 de diciembre de 1945 apareció ante una corte marcial general, en Sudáfrica, y fue condenado bajo tres cargos por usar condecoraciones militares sin autorización y tres por observar una conducta perjudicial a la disciplina militar.

Por tercera vez en una carrera de menos de doce años fue dado de baja. Al mismo tiempo comenzó a pasar cheques falsos nuevamente. Fue deportado de Sudáfrica y regresó a Londres en febrero de 1946.

Sin duda, la aviación era para Heath una obsesión porque a pesar de sus antecedentes – que sin duda debían pesar de manera negativa en cuanto a sus posibilidades de éxito – se inscribió en la Escuela de Navegación Aérea de Londres con la idea de obtener una licencia comercial de piloto que le permitiera buscar empleo en la aviación civil.

Una vez más echó a perder sus propias posibilidades. Mantuvo el nombre de Armstrong y comenzó a utilizar el uniforme de teniente coronel de la Fuerza Aérea Sudafricana junto con una hilera impresionante de medallas. Lucía su disfraz de manera totalmente abierta, frecuentaba los centros de reunión nocturnos del West End y pasaba mucho tiempo en las tabernas de la calle Fleet. Aquí fue rápidamente reconocido como un farsante. El 5 de abril de 1946 en la Wimbledon Magistrates Court fue multado con 150 pesos por portación ilegal de un uniforme y con 150 pesos más por llevar condecoraciones a las que no tenía derecho.

Heath no se contuvo. Volvió a tomar su verdadero nombre pero no hizo a un lado el título de “teniente coronel”. Así se hacía llamar la noche del 20 de junio de 1946 cuando llevó a Margery Gardner al hotel Pembridge Court.

Parece que Neville Heath era un individuo pervertido sexual con una personalidad psicópata. El mayor peligro estaba representado por los elementos megalomaníacos que había en él. Constantemente trataba de concederse un rango más grandioso, digno y superior del que en realidad ocupaba. Su problema era tener que falsificar la realidad para mantener la imagen que había dado de sí mismo. Inevitablemente los sucesos lo llegaban a enredar. Se veía entonces forzado a crear identidades aún más complejas para satisfacer su ego y mantener su prestigio.

Parecía mostrar una capacidad muy pequeña o nula para aprender de la experiencia. Había en él una profunda grieta. Por algún tiempo pudo llevar a cabo las labores de un capitán de la Fuerza Aérea Sudafricana, pero sus experiencias en la guerra o sus fantasías de lo que esas experiencias podían ser, lo enfrentaron a un temor a la muerte que no podía digerir o transformar. Su desintegración moral no es atribuible a su matrimonio. Por el contrario, esta ruptura lo mismo que la desintegración moral pueden ser atribuidas a su inhabilidad de metabolizar y digerir sus pensamientos y sus temores sobre su propia muerte. Externalizó estos pensamientos y temores y los relacionó con lo que probablemente era un sadismo sexual preexistente y procedió entonces a tener relaciones sexuales carentes de escrúpulos con una serie de mujeres. Parece ser que la necesidad de excluir una parte altamente patológica de su mundo interno que lo importunaba constantemente lo hizo llegar a cometer dos crímenes, el segundo de los cuales fue todavía más fantásticamente sadista que el primero. Esa parte era transmitida al mundo externo mediante su representación. Así él se podía ver envuelto en ella y, por lo tanto, la podía manejar.

La relación con Yvonne Symonds, tenida en el periodo entre los dos asesinatos, nació del otro lado del carácter de Heath: su deseo de mostrar que podía tener relaciones amorosas con una mujer y conseguir que ella lo amara y le prometiera casarse con él, sin hacerle ningún daño grave.

El problema de Heath era que sus dos lados nunca estuvieron integrados y articulados sino que permanecieron separados. Por lo tanto, la parte altamente patológica, sadista y asesina nunca fue mitigada. Su parte relativamente benigna probablemente estaba horrorizada por lo cometido por la otra parte. Una prueba psicológica habría revelado sin duda alguna la peligrosa situación interna pero, naturalmente, Heath era el tipo de persona que tenía que preservar su imagen idealizada. En otras palabras, es muy dudoso que hubiera estado dispuesto a recibir un tratamiento psicoterapéutico intenso.


Un sádico refinado

Edgard Lustgarten – De profesión: asesino

En el Club Panamá

Llegaron al Panamá Club en el momento en que la fiesta estaba en lo mejor.

Ella era delgada y esbelta, de aspecto un tanto despectivo, cabellos negros peinados hacia atrás que dejaban patente una frente despejada, largos y afilados dedos de artista, Y manos muy blancas. Vestía de oscuro y se cubría con un abrigo adornado con volantitos. Pese a sus apariencias, el conserje del club, que la veía por vez primera, la consideró una mujer poco elegante. Aparentaba unos treinta años; tal vez uno o dos más.

El era alto y de anchos hombros. Tenía en su cara unos hoyuelos que no iban muy bien con sus rasgos masculinos. Sus cabellos rubios y ondulados caían en bucles sobre su frente baja. Unos labios siempre entreabiertos con el superior en forma de arco. Llevaba traje gris de fino rayado y una corbata de las Reales Fuerzas Aéreas. A pesar de esta insignia, los clientes del club, que lo habían visto a menudo, lo consideraban un individuo algo sospechoso. Podía frisar tal vez en los treinta años.

En el Panamá Club reinaba aquella noche el ambiente que caracteriza de ordinario a todos los club nocturnos del mismo género, de cualquier nivel socia s y en cualquier hora y Población.

En estos establecimientos, el alcohol hace subir la temperatura y enardece los ánimos y los cuerpos en contorsiones continuas. Sólo se guardan las apariencias del mundo civilizado. Los clientes sentados en taburetes, charlan y beben, ríen, miran, se mueven; se respetan en cierto modo los convencionalismos esenciales. Pero esta apariencia no puede disimular del todo la regresión a las costumbres primitivas de casi todos los presentes, que se adivina en iniciativas personales o en simple consentimiento.

Éste era el ambiente que buscaba aquella pareja. Ambos se hundieron en él alegremente. Bebieron, ella sobre todo, sin cesar. Él bailó con ella con verdadero entusiasmo. Cuando en el baile la apretaba entre sus brazos, se permitía algunas libertades y caricias, de las que ella consentía con agrado. A juzgar por estas voluntariosas concesiones, nadie hubiera creído que, se habían conocido ocho días antes tan sólo.

Pero el público que llenaba la sala se hallaba demasiado absorto y entretenido y les devolvía la misma atención que ellos prestaban a los demás. Sólo una vez se vio ella forzada a volver de su ensimismamiento y responder a una mujer conocida, que le espetó de improviso.

-La señora Gardner ¿verdad?

-Sí.

-Buenas noches, Margery.

-Buenas noches.

-Hacia mucho tiempo que no la veía.

-Sí.

-¿Se quedará aquí todavía un poco?

-No.

Ella se abstuvo de presentar a su compañero y no permitió que su amiga interrumpiera durante más tiempo aquel dúo erótico. Pronto, el ambiente de la sala, el espectáculo que unía sus miradas, la música y sus deseos más íntimos acrecentaron el ardor de la pasión que les pedía una satisfacción adecuada.

Pasada apenas la medianoche, cumplieron sus anhelos. Sin dirigir la palabra a nadie, completamente ensimismados, abandonaron el ritmo bullicioso del club. Ya en la calle, llamaron un taxi que pasaba por Old Brompton.

-A los Jardines de Pembridge, Notting Hill -dijo el joven al chófer.

Trayecto en taxi

Durante la noche, el trayecto no duraba más de cinco minutos.

La meta de ambos era el placer, pero ni uno ni otro intentaban normalidad en sus relaciones. Eran dos pervertidos sexuales y cada cual conocía, al menos en parte, los gustos e idiosincrasia del otro. Separada ella de su marido, vivía en un ambiente de moral. relajada y pasaba por los brazos de los hombres con indiferencia. Estragado el gusto del placer normal, ella no experimentaba sensación alguna sino atada, completamente desnuda, y azotada por un hombre. Él, a su vez, rodaba de una a otra parte sin residencia fija, buscaba las mujeres cuándo y dónde podía, y ejercitaba de tan buena gana sus aficiones lúbricas que siempre llevaba consigo, en su escaso equipaje, un látigo de cuero terminado por unas correas trenzadas.

No podían estar mejor preparados para satisfacer sus perversos instintos, excitados como estaban por medios ordinarios.

Seguramente intercambiaron pocas palabras mientras el taxi atravesó Kensington.

El taxi modero su marcha y el chófer corrió el vidrio de separación.

-Ya estamos en los jardines de Pembridge. ¿ Dónde les dejo?

-Aquí mismo.

-De acuerdo.

Ella esperó junto a él en la acera, mientras el hombre buscaba en su bolsillo el dinero de la carrera.

-¿Qué marca e1 taxímetro?

-Un chelín y nueve peniques.

Lento y calmoso, sin dejar entrever siquiera los sombríos designios que agitaban su corazón, depositó dos chelines y dos peniques en la mano tendida del chófer.

-Gracias, señor. Buenas noches.

-Buenas noches.

El chófer puso de nuevo en marcha el motor y les siguió atento con la mirada. Recorrieron unos cuenta metros. El brazo del hombre enlazaba por la cintura a su compañera, y ambos franquearon la puerta del hotel Pembridge Court.

La intimidad de los aposentos

El hotel se hallaba cerrado y, dada la hora tardía, ningún conserje se encontraba de servicio. Pudieron entrar, sin embargo, gracias a la llave de que él disponía en su calidad de cliente. En efecto, de unos días acá, residía en el hotel Pembridge Court, haciéndose pasar por teniente coronel del ejército, a pesar de su corbata de las Reales Fuerzas Aéreas. Ocupaba en el primer piso una habitación con dos camas gemelas. No tenía compañía permanente: la segunda cama, al parecer, sólo estaba allí para un caso de necesidad.

Entre la penumbra y el silencio, guió a Margery por el vestíbulo, la escalera y el pasillo. Andaban de puntillas pero con pasos decididos como hubiera podido hacerlo cualquier pareja de amantes. Tal vez sus manos unidas se hallaban prestas a las caricias, y sus ojos brillantes estaban iluminados por una tierna pasión. Nada traicionaba sus sentimientos reales, ni revelaba sus verdaderos pensamientos cuando franquearon la puerta de la habitación, el número 4.

Las habitaciones de los hoteles, como los camarotes de los barcos, han sido a menudo testigos mudos de los más horrendos crímenes. En el apartamento número 4 del Savoy Court de Londres, en 1923, la señora Fahmy, atemorizada y rozando los límites de la exasperación, disparó contra el perverso monstruo con quien se había casado. En la habitación 66 del Metropole de Margate, en 1929, Sidney Fox estranguló a su madre y prendió fuego después para que se pensara en una muerte por accidente. En el camarote número 126 del buque Durban Castle, en el año 1947, James Camb arrojó por el redondo ojo de buey el cuerpo de Gay Gibson al océano, que estaba infestado de tiburones.

Pero todos estos crímenes no igualan siquiera al que se iba a cometer en el número 4 del hotel Pembridge Court.

Una camarera entra en el dormitorio

Transcurrió la noche y el número 4 ofrecía a los que pasaban el misterio de su puerta cerrada. Poco a poco, se animó el hotel. Unos clientes subían, otros bajaban y algunos se marchaban; las camareras hicieron las camas, arreglaron las habitaciones, hicieron limpieza, y las puertas se abrieron y cerraron como de costumbre. Pero nada turbaba el silencio y la calma del número 4; nadie se movía en su interior, y nadie tuvo la idea de entrar allí. Se sabía de que el teniente coronel Heath era un noctámbulo empedernido que descansaba de sus noches de farra durmiendo hasta horas muy avanzadas.

Sin embargo, hacia las dos de la tarde, la impaciente camarera consideró, y con razón, que ya había tenido excesiva indulgencia con el teniente coronel. No era costumbre suya importunar ni molestar a los clientes y les permitía dormir a su gusto y los dejaba tranquilos en sus habitaciones. Pero a las dos de la tarde… Al fin y al cabo, a estas horas, uno ya puede haberse levantado… Una camarera tiene mucho trabajo que hacer…

Golpeó suavemente la puerta, pero nadie respondió. Insistió algo más fuerte, y tampoco obtuvo respuesta. Más fuerte todavía: y el silencio más absoluto. Es extraño, un sueño tan profundo… Decidió no esperar ya más tiempo, y entró.

Las cortinas cerradas impedían que penetrara la diáfana claridad del día. La camarera, que no tenía todavía los ojos habituados a la oscuridad, apenas si distinguía los muebles, aunque estaba familiarizada con ellos. Se dirigió, pues, a la ventana y descorrió las cortinas.

Alguien estaba acostado en la cama más próxima a la puerta, casi por completo oculto por las sábanas que le cubrían los hombros, como de costumbre. Era una persona demasiado pequeña, abultaba poco para ser Heath. La camarera se aproximó para observarla más de cerca.

Un grito agudo se ahogó en su garganta y un pañuelo oprimió sus labios – temblorosos. En seguida salió del aposento para avisar a la dirección.

Margery Gardner yacía muerta bajo las sábanas. Muerta por asfixia, probablemente después de haber sido amordazada. Le habían atado fuertemente los brazos, y sus tobillos todavía estaban trabados. Su cuerpo desnudo mostraba las huellas de una violencia y un salvajismo inauditos.

Sus pechos habían sido casi arrancados a dentelladas. Las señales de diecisiete latigazos surcaban su cuerpo y su rostro. Los cardenales, que la cruzaban, revelaban el uso de un látigo con correas en su extremo. La sangre había brotado abundante de sus órganos sexuales procedente de una herida interna de quince centímetros de larga, causada, antes de la muerte, por un instrumento hundido en la vagina.

El arma homicida no estaba en la habitación. Y Heath había desaparecido.

Brooke, comandante de un grupo aéreo

Dos días más tarde, el domingo 23 de junio de 1946, un viajero sin avisar su llegada, comprometió una habitación en el hotel Tollard Royal de Bournemouth. Su nombre, Rupert Brooke, comandante de escuadrilla. Era alto, ancho de espaldas, tenía en su rostro unos hoyuelos que chocaban un poco con sus rasgos profundamente masculinos, cabellos rubios y ondulados cuyos bucles caían sobre su frente baja y tenía los labios entreabiertos con el superior en forma de arco.

La guerra estaba todavía demasiado cerca y dejaba notar su influencia en la conducta general de las personas: las Reales Fuerzas Aéreas se habían conquistado el aprecio general de las gentes y sus oficiales gozaban de enorme popularidad. Los clientes patriotas del hotel Tollard Royal se sintieron felices por acoger entre ellos a aquel comandante de escuadrilla. Uno de nuestros valientes aviadores ¡que Dios los bendiga a todos! Tal vez fuera uno de los pocos aviadores supervivientes, uno de aquellos vanguardistas, los primeros que bombardearon Berlín, No hablaba nunca de sus victorias bélicas, era reservado en sus conversaciones y generalmente se contentaba con una sonrisa enigmática. Esta postura no chocaba, pues tradicionalmente, los héroes son modestos. Y a un héroe se le pueden perdonar ciertas pequeñas inconsideraciones o debilidades que tal vez chocarían más en personas normales.

Así, no se le tenía en consideración que llevara siempre las mismas prendas. Que anduviera en traje de paisano tampoco sorprendía mucho, pues ¿a qué militar le gusta llevar el uniforme durante unos días de permiso?; pero podía argüirse que, en el transcurso de dos semanas casi enteras, un hombre de su categoría tenía tiempo y dinero suficiente para procurarse trajes algo más en consonancia con él que su chaqueta deportiva y su pantalón de franela. Su carácter excesivamente desarrollado de relación social, adquirido sin duda en el ejército, en las mesas de la oficialidad, molestaba un tanto a los demás y les impedía disfrutar de unos momentos de sosiego. También mostraba demasiada familiaridad con la servidumbre, sobre todo con porteros y conserjes, como si fueran sus iguales, cosa intolerable en Inglaterra entre las diversas clases sociales con conciencia de casta.

Pero nada se le tenía en cuenta: los clientes del hotel Tollard Royal se sentían orgullosos de tener un personaje así entre ellos.

Brooke, comandante de escuadrilla, aunque pasaba la mayor parte del tiempo en el hotel, compartía también las diversiones de Bournemouth. Frecuentaba el Paseo, bailaba en el Pabellón y entabló amistad con numerosas jovencitas que en general, le llamaban por su nombre de pila, puesto que ignoraban su apellido. En las playas se entablan fáciles relaciones y es poco frecuente que estas amistades superficiales terminen en drama.

Pero éste fue precisamente el destino de Doreen Marshall: una excepción que confirma la regla.

No se puede dudar de la honradez de Doreen Marshall -y de su inocencia- como tampoco de su encanto, lozanía y belleza. Tras una enfermedad padecida en su casa de Londres, había ido a pasar su convalecencia en Bournemouth y, una vez recuperados sus ánimos y sus fuerzas, sintió el natural deseo de tener amigos de su edad. Cierta mañana, una joven la presentó sin protocolo alguno al apuesto comandante y entraron en conocimiento Brooke y Doreen Marshall. No tenían nada que hacer y podían permitirse el lujo de perder el tiempo. Cuando los dejó la otra muchacha, ambos siguieron caminando juntos sin preocupación alguna por el Paseo.

Sin duda, se encontraron a gusto hablando, lo bastante como para llenar un día desocupado. Llegó por fin la hora de separarse, y Brooke invitó a la muchacha a tomar el té en su hotel. Ella aceptó.

De la amistad a la angustia

Como se desprende de las declaraciones posteriores, parece que la conversación mantenida ante las tazas de té, a pesar de su carácter general, reveló que Doreen Marshall había prestado sus servicios en las Women’s Royal Navy (Mujeres de la Marina Real). Es probable que esta revelación engendrara la camaradería propia de los miembros de las fuerzas combatientes y provocara un intercambio amistoso de recuerdos comunes. ¿Dónde había él entrado en fuego?, ¿dónde estuvo ella acampada?, ¿dónde habían pasado sus breves permisos?, ¿dónde estaban el día de la victoria? Charlar profesionalmente -sobre todo si la profesión queda sublimada por la lejanía y animada el recuerdo de peligros y privaciones- no puede por menos de aproximar a dos seres humanos. Segura, mente la invitación del comandante Brooke incrementó mucho, para Doreen Marshall, el atractivo de Bournemouth.

Los hechos justificaron más tarde esta suposición. En efecto, tomado el té que se prolongó durante dos horas, se separaron a las seis menos cuarto, prometiendo ella que volvería a cenar. Un baño, un rápido cambio de ropa en el hotel y, a las siete y cuarto en punto la joven se hallaba ya en el hotel Tollard donde el comandante, siempre con chaqueta deportiva y pantalón de franela, la recibió como a una amiga a quien no hubiera visto en largos años. A juzgar por las apariencias, reinaba entre ellos la cordialidad y Doreen Marshall se sentía feliz. Pero antes de terminar esta segunda visita, la situación cambió.

¿En qué momento exacto? No caben en ello más que conjeturas. Aparentemente, todo se desarrollaba en la mayor armonía. De principio, en el bar tomaron uno o dos vasos. Hacia las ocho y cuarto se marcharon a cenar, y, después de la cena, regresaron de nuevo al bar y permanecieron allí sentados en lugar aparte y conversando en voz baja como corresponde a gentes bien educadas y en un hotel reservado a personas distinguidas.

Era ya media noche, la sala estaba casi vacía, y las pocas personas que quedaban empezaron a percatarse de que Doreen Marshall se mostraba ligeramente inquieta. Había palidecido, mostraba profunda angustia y hubiérase dicho que deseaba encontrarse a mil leguas del lugar donde se hallaba entonces. Incluso llegó a suplicar a un desconocido que le hiciera el favor de llamar un taxi ruego extraño en labios de una mujer a la que acompaña un caballero. El deseo de la muchacha se cumplió, pero al poco rato el comandante despidió al taxista, explicándole que la señorita Marshall había decidido regresar a pie.

Esta decisión podía ser cierta; o bien ella había consentido simplemente, o, lo más probable, trató de evitar una escena, como suelen hacer las mujeres sensibles y correctas. Se dirigió a la puerta del hotel. La acompañaba el comandante, atento y solícito.

-Regresaré dentro de media hora -dijo éste al conserje.

-Dentro de un cuarto de hora -rectificó Doreen, en tono seco y áspero.

Soliloquios de un conserje

Pero pasaron quince minutos y treinta. El conserje nocturno sintió una ligera decepción. Se había acostumbrado a las pequeñas charlas mano a mano con el comandante, cuando todos se habían ya acostado. El oficial era un hombre experimentado, había viajado mucho y no era como los demás pelmazos que estaba obligado a soportar. El conserje saboreaba de antemano el regusto de un intercambio de ideas con él. «Media hora, ha dicho. Pongamos el doble.»

El doble y el triple. Transcurrieron dos horas. Las había contado bien, no cabía la menor duda. El portero nocturno, hombre también de experiencia, con sonrisa indulgente pensó en otras cosas.

Cuando volvió a pensar en lo mismo, eran ya las cuatro de la madrugada. Y el comandante no había regresado todavía.

El conserje nocturno empezaba ya a intrigarse. Ella no tenia el aspecto de ser una muchacha que… Además, Bournemouth no era el lugar adecuado para…

Sin embargo, el comandante no había podido entrar sin que lo viera. ¿Estaba bien seguro de ello?

-Voy a echar una ojeada -decidió rápidamente.

La puerta del dormitorio no estaba cerrada con llave. Despacio y sigilosamente, el conserje entreabrió la puerta y echó una mirada al interior. Había luz suficiente y pudo ver’ la cama y al comandante que dormía apaciblemente.

El conserje nocturno salió de su extrañeza al día siguiente por la tarde, cuando Brooke, riendo alegremente, se lo confesó todo. Delante de su habitación, que daba al patio, alguien, sin saber por qué, había dejado una escalera por la que un deportista podía trepar con facilidad. Y al regresar muy tarde la noche anterior -el comandante acompañó la frase con un guiño malicioso-, pensó que su compañero de tertulia, el conserje nocturno, lo esperaría. Se le ocurrió una idea: ¿y si me sirviera de esta escalera y lo dejara chasqueado esta noche?, ¿y si siguiera dejándolo intrigado durante todo el día?

Lo consideró una broma divertida. Y el conserje rió de buena gana la ocurrencia.

Hallazgo macabro

Nadie vio regresar a Doreen Marshall durante la noche del miércoles 3 de julio a su hotel. Pero aquí no se trataba de una simple broma que se desvanecería al aparecer con la luz del día. Sus prendas se hallaban aún en su dormitorio, sus vestidos en el armario, sus zapatos en el fondo del mismo, sus frascos de perfume en el tocador, pero la cama, con la colcha extendida, demostraba que nadie se había acostado en ella y la muchacha parecía haberse evaporado.

La dirección creyó que regresaría al fin sana y salva, tal vez después de una excursión imprevista a casa de algunos amigos, y aguardó no sin cierta ansiedad el día y la noche siguientes. El viernes 5 de julio decidieron no esperar más. Al no recibir, noticia alguna, determinaron avisar a la policía.

Durante tres días, se consideré a Doreen Marshall desaparecida, pero el día 8 se supo que había muerto. Su cuerpo desnudo, rígido y lleno de moscas fue visto bajo unos matorrales, por un paseante, en un rincón solitario de Branksome Chine. Algunos de sus vestidos estaban amontonados junto a ella y otros esparcidos en torno a su cuerpo. Las perlas de su collar habían rodado por el suelo.

La degollaron y, detalle significativo, sus dedos aparecían cortados como, si en las postreras convulsiones de la agonía, hubiera oprimido un cuchillo. Presentaba graves heridas en las costillas, una de las cuales quedó fracturada y le atravesó el pulmón, y mostraba horribles cardenales en su rostro, espalda y muñecas.

Uno de sus pechos había sido arrancado a dentelladas y el otro también casi por entero. Una enorme cuchillada que arrancaba de la pierna, atravesaba el vientre y se unía a otras heridas junto a los senos. El interior de sus órganos genitales había sido herido por un instrumento hundido brutalmente en la vagina.

Pero este instrumento había desaparecido. Y el agresor, quien quiera que fuese, no había dejado huella alguna.

Singular y excepcional amante

La policía inglesa se lanzó a la búsqueda y captura del hombre apellidado Heath, que había ocupado el número 4 del hotel Pembridge Court aproximadamente una hora después que la camarera huyera precipitadamente del trágico aposento. Las investigaciones fueron minuciosas y se extendieron en un radio de amplias dimensiones. Si el culpable permaneció a salvo durante quince días -y fue detenido debido a su propia torpeza- hay que atribuirlo a un tanto por ciento igual de audacia y suerte, a falta de otras causas.

Heath no hizo nada por desaparecer, ni al principio rehuyó dar su nombre, ni ocultar su personalidad. En plena madrugada del viernes 21 de junio, cuando el cuerpo destrozado de Margery Gardner yacía aún sobre el lecho del número 4, llegó a la población de Worthing, situada a orillas del mar, y telefoneó a una muchacha que vivía allí con sus padres. La amistad que existía entre Heath -ella le conocía por su verdadero apellido- e Yvonne Symonds, jovencita honesta que se movía en un ambiente correcto, es un ejemplo excelente de la fácil vulnerabilidad femenina en una edad en que se desprecian las ataduras morales. Heath la había conocido en un baile de Chelsea el sábado anterior, la acompañó hasta la casa donde ella residía, la volvió a ver el domingo, la había pedido en matrimonio y ella había aceptado. Aprovechándose de la euforia del noviazgo, la persuadió a que pasara la noche con él, y la muchacha así lo hizo, en el mismo dormitorio número cuatro del hotel Pembridge Court. «Me trató con extraordinaria amabilidad», declaró más tarde la señorita Symonds. A pesar del tiempo que transcurrió después, sobrecoge el peligro del que logró escapar.

El lunes, la señorita Symonds regresó a su casa alterando discretamente y por prudencia cómo había pasado su fin de semana. Durante la semana siguiente, Heath le telefoneó en diversas ocasiones, pero nada hacía presumible su visita matinal en Worthing. La agradable sorpresa aumentó la alegría de la muchacha cuando se enteró de que estaba allí, dispuesto a invitarla a comer en un restaurante. Tocada con su sombrerito más lindo Y sus mejores galas, la jovencita acudió al encuentro dé su amante.

Comieron juntos el viernes y el sábado; este día por la tarde, tras ser presentado a sus padres, Heath la llevó a comer al club Blue Peter, en Angmering, Durante la comida él planteó con deliberado propósito una discusión sobre un asunto ampliamente debatido aquellos días en los periódicos: el asesinato de una tal Margery Gardner en la habitación de un hotel de Notting Hill.

Le relató las circunstancias por las que él había tenido conocimiento del drama. Pero oigamos a la propia señorita Symonds que, como testigo excepcional favorecido por la suerte, declaró entre lágrimas en el proceso de su ex prometido.

Diálogo desconcertante

-¿Qué fue lo que le dijo?

-Que el crimen se había cometido en su habitación del hotel Pembidge Court.

-¿Le describió las heridas inferidas a aquella mujer?

-Me dijo que aparecían corno un espectáculo horrible.

-¿Admitió, entonces, que había entrado en el dormitorio?

-Me dijo que había visto el cuerpo. -¿Después de la muerte?

-Sí.

-¿Le dijo si había tenido tratos con esa mujer ?

-Sí, los había tenido.

-¿Le explicó cómo es que ella se encontraba en aquella habitación?

-Sí. La había visto poco antes, por la tarde, en compañía de otro hombre a quien había prestado su llave, pues no sabía dónde podría dormir en Londres aquella noche.

-Entonces, ¿reconoció que vio el cuerpo después?

-Sí.

-¿Dijo, pues, que había regresado a la habitación?

-No. Fue conducido allí por un policía.

-Así, ¿él había dormido en otro lugar, en Londres, aquella noche?

-Sí.

-Y cómo encontró al policía? ¿Se lo dijo?

-Sí. El inspector Barratt le había telefoneado.

-¿Por qué?

-Para saber si realmente se hallaba en Londres. -¿Le dijo dónde el señor Barratt lo había conducido después de haberlo encontrado?

-Sí, al hotel Pembridge Court.

-¿Y fue entonces cuando vio el cuerpo?

-Sí.

-¿El señor Barratt se lo enseñó?

-Sí.

-¿Mencionó algunos detalles… sobre la naturaleza de las heridas?

-Sí habían utilizado un atizador.

-¿Dijo cómo fue empleado el atizador?

-Dijo que había sido hundido en el cuerpo de la víctima.

-¿Dijo también lo que le causó la muerte?

-Creía que la había matado el atizador.

-¿El señor Barratt era de otra opinión?

-El inspector Barratt creía que había sido estrangulada.

-¿Dijo algo sobre el hombre que pudo cometer un crimen tan espantoso?

-Sí -respondió la señorita Symonds-. Que debía ser un maníaco sexual.

Mensaje para una coartada

En aquellos momentos, Heath no había visto jamás al comisario Barratt, a quien seguía llamando inspector, y todavía menos le había comunicado éste sus teorías sobre el crimen. Sin embargo, el policía a cuyo cargo estaba el hotel Pembridge Court le preocupaba incesantemente. Incluso mientras bailaba en el club Blue Peter con su perpleja novia, estaba dispuesto a escribir, si no lo habla hecho ya, una carta, sellada el domingo 23 de junio en Worthing y recibida por el señor Barratt el 24 en Scotland Yard.

Puede observarse una variante, destinada a un auditorio distinto, del tema expuesto en Angmering. Estaba redactada así:

Señor:

Creo que es mi deber informarle acerca de determinados hechos relacionados con la muerte de la señora Gardner en Notting Hill Gate. Yo había tomado una habitación en este hotel, el último domingo, pero no era para compartirla con la señora Gardner con quien trabé conocimiento en el transcurso de la semana. Habíamos bebido juntos algunas copas el viernes por la tarde (Evidentemente, quiso decir el jueves). Mientras estaba en su compañía, ella se encontró con un amigo con quien estaba obligada a acostarse, por lo que pude deducir, por razones puramente financieras. Entonces, la señora Gardner me pidió si podía usar el dormitorio hasta las dos de la madrugada, y me insinuó que si yo regresaba entonces, podría pasar con ella el resto de la noche. Le presté mi llave, recomendándole que dejara la puerta abierta. Debían ser casi las tres cuando regresé al hotel y la encontré en el estado que usted ya sabe. Me percaté entonces de que me hallaba en una situación embarazoso y, en vez de avisar a la policía, metí mis cosas en mi maleta y me marché. Luego, me he preguntado si es necesario o no que me presente a la policía, pero dadas las circunstancias no me he atrevido. Puedo darle las señas de aquel hombre. Tiene edad de unos treinta años, cabellos negros y con bigote. Se llama Jack y creí comprender que conocía a la señora Gardner desde hacía bastante tiempo… Poseo el instrumento que sirvió para maltratar a la señora Gardner y se lo envío hoy por correo. Encontrará usted mis huellas, pero también hallará las de otras personas.

A Scotland Yard no llegó ningún instrumento. Pensándolo mejor, prefería conservarlo para utilizarlo de nuevo.

Heath telefonea y se esfuma

La carta dirigida al comisario Barratt estaba firmada por «N. G. C. Heath», pero las horas que Heath iba a llevar este apellido estaban ya contadas.

Los periódicos del domingo pusieron las cosas en su punto. Heath era ya nombrado con todas las letras en los artículos sobre el asesinato. Los padres de Yvonne Symonds, al abrir el periódico, experimentaron una terrible emoción. La muchacha, reprimiendo con esfuerzos sus propias inquietudes, telefoneó a Heath al hotel y, procurando conservar la calma, le comunicó que su padre y su madre estaban «bastante más que atormentados por las noticias». Heath respondió que no se extrañaba de ello. La señorita Symonds le preguntó entonces qué pensaba hacer, y le respondió que se había procurado un coche para ir a Londres. Añadió que la telefonearía probablemente por la tarde, y con esta vaga promesa, terminó la conversación.

Por la tarde, Heath no telefoneó a la señorita Symonds. En efecto, en aquellos momentos había dejado de existir ya bajo el nombre de Heath.

«Brooke-Heath» en la ratonera

Puede causar asombro la tranquilidad que disfrutaba en Bournemouth el comandante Brooke, tanto como lamentarla. Tras la carta dirigida por Heath al comisario Barratt, se había encontrado una fotografía suya que fue entregada a la policía. La prensa no lo supo y el público no fue puesto al corriente. Fue una decisión cuidadosamente tomada y que luego, a la luz de los acontecimientos, se reprochó con severidad. Con todo, día tras día, el comandante seguía el tren de vida normal en la ciudad balnearia: Tollard Royal, el Paseo, el Pabellón, Tollard Royal, sin que los guardianes de la ley se percataran del parecido físico entre él y el hombre que buscaban.

Hasta la desaparición de Doreen Marshall no manifestaron interés alguno por el comandante Brooke y, aún así, fue preciso que este mismo excitara su atención.

El director del hotel donde residía Doreen Marshall, una vez reunidos algunos informes sobre los hechos acaecidos y las idas y venidas de su cliente desaparecida, entró en contacto no sólo con la policía, el mismo viernes 5 de julio, sino con el director del Tollard Royal. En consecuencia, éste abordó al comandante Brooke y le preguntó si su acompañante de la antevíspera, a quien había invitado, era, por casualidad, una señorita llamada Marshall, de Pinner, que había desaparecido misteriosamente. El comandante Brooke pareció entonces más divertido que irritado. Conocía bien a la muchacha y ésta no residía en Pinner. No obstante, el director insinuó con mucho tacto que lo más prudente era que su cliente se presentara a la policía.

Fuera prudente o no, el comandante siguió este consejo.

Después de decirles por teléfono: «Quizá me halle en condiciones de ayudarles en lo concerniente al asunto de la jovencita que ha desaparecido», se dirigió al puesto de policía el sábado a primera hora de la tarde. El padre de la señorita Marshall y su hermana acababan de llegar a Bournemouth y habían entregado una fotografía de la víctima que los policías enseñaron al visitante. ¿Reconocía a aquella persona? Sí: había comido con él precisamente el miércoles. ¿Podía proporcionar detalles sobre aquella tarde? Sin duda alguna.

Y dio detalles, bastante exactos hasta el momento preciso, poco antes o poco después de medianoche, en que Doreen Marshall y él habían salido de Tollard Royal. A partir de entonces, sólo repitió una frase categórica: «Me despedí de ella cerca del muelle; me despedí de ella cerca del muelle».

El detective, que le observaba atentamente, se inclinó con brusquedad hacia él:

-¿No se llama usted Heath? ¿No está reclamado por la policía metropolitana?

De nuevo, el comandante de escuadrilla pareció más divertido que indignado.

-¿Heath… yo? Nunca en la vida -replicó.

Policías en acción

Sin embargo, sólo protestó por pura fórmula cuan, do fue retenido para ciertos «interrogatorios suplementarios». Su principal preocupación era recuperar su chaqueta deportiva, pues había comparecido en mangas de camisa y pantalón de franela, por ser día de verano. El inspector de servicio fue personalmente a buscarla al hotel.

Esta chaqueta proporcionó una valiosa prueba.

En uno de sus bolsillos se encontró un billete o res guardo de consigna emitido en Bournemouth-Oeste el 23 de junio, día en que «N. G. C. Heath» había abandonado Worthing y «Rupert Brooke, comandante de escuadrilla» había hecho su entrada en el Tollard Royal. El inspector se apresuró a presentar dicho resguardo a Bournemouth-Oeste y recibió a cambio la maleta correspondiente. El equipaje contenía objetos a nombre de Heath y un látigo de cuero con correas trenzadas.

Las últimas dudas quedaban disipadas, y el inspector lo declaró así a su llegada.

-Estoy absolutamente convencido de que usted es Neville George Clevely Heath -dijo-. Le retengo hasta la llegada de los representantes de la policía metropolitana. Le interrogarán acerca del asesinato de Margery Gardner, perpetrado en Londres durante la noche del 20 al 21 de junio del presente año.

Heath comprendió que había perdido la partida. -Bueno -murmuré.

Los policías de Londres llegaron el domingo. Para entonces, Heath no negaba ya su identidad y había firmado una declaración, no dictada, como es usual y frecuente, sino redactada de propia mano desde el principio hasta el fin. Era larga y casi por entero dedicada a Doreen Marshall, respecto a la cual repetía su afirmación- «Me despedí de ella cerca del muelle». En cuanto a Margery Gardner sólo hacía alusiones indirectas: «Al saber que mis serías figuraban en todas, las oficinas de policía de Inglaterra, comparecí voluntariamente para facilitar todos los informes que yo poseía».

Interpretada literalmente, tal afirmación era quizá sincera; pero también era posible e incluso verosímil que Heath imaginara que no sería identificado y creyera que el hecho de comparecer «voluntariamente» representaría un mal menor para él. Por lo demás, había ya perdido la primera parte del asunto y pronto perdería la segunda.

Los policías metropolitanos no pasaron mucho tiempo en Bournemouth. El lunes por la mañana lo condujeron a Londres y aquella misma tarde le enseñaron la carta enviada al señor Barratt y firmada con su nombre.

-¿La ha escrito usted?

-Sí.

-Usted habla aquí del instrumento que sirvió para maltratar a Margery Gardner y dice que lo envía a Scotland Yard. ¿Lo hizo así?

-No.

-¿Dónde está ese instrumento?

-En una de mis maletas. Iré a buscarlo después.

-Iré a buscarlo yo mismo Y usted verá si es el mismo del cual habla.

-Es inútil -declaró Heath encogiéndose de hombros-. Como usted quiera.

Doreen Marshall yacía aún bajo los matorrales, en Branksome Chine, cuando Heath fue formalmente acusado de haber asesinado a Margery Gardner.

Un historial muy poco edificante

Ha llegado el momento de echar una ojeada retrospectiva, como se invitó al jurado a efectuarlo durante el proceso, acerca de la carrera y el carácter de Heath antes de que diera libre curso a sus tendencias asesinas durante el verano de 1946; o por lo menos, que fueran reconocidas como tales.

Su expediente repite en constante monotonía los mismos delitos. Ni el paso del tiempo ni el cambio de ambiente ejercen la menor influencia en la trama de su vida. Dotado de un certificado de corta duración en las Reales Fuerzas Aéreas, en agosto de 1937, fue expulsado tras consejo de guerra, por ausentarse durante cuatro meses sin permiso, por haberse evadido mientras cumplía arresto y por haber robado un coche. En noviembre de 1937, vuelto ya a la vida civil, fue condenado a libertad vigilada por haberse proporcionado fondos mediante suplantación de personalidad -se hacía pasar por lord Dudley-, por reincidencia y por ocho fraudes, tomados en consideración a petición propia. En julio de 1938, fue encarcelado en Borstal por haber penetrado en una casa violentamente y proporcionarse vestidos mediante cheque falsificado; además, había cometido otros diez delitos.

Puesto en libertad en septiembre de 1939, al estallar la guerra, Heath ingresó en el ejército (Royal Army Service Corps) en octubre y fue enviado al Oriente Medio. Fue procesado de nuevo en consejo de guerra por haber hecho dos declaraciones falsas: una, para proporcionarse una segunda hoja- de pago; otra, para obtener un permiso de su comandante, y además por cinco delitos referentes a cheques impagados.

Enviado de nuevo a Inglaterra, abandonó ilegalmente el buque en Durban, llegó a Johannesburg y allí se hizo pasar por el capitán Selway de los Highlanders d’Argyll y Sutherland. Acto seguido, se alistó en la aviación sudafricana con el nombre de Armstrong; fue desenmascarado, pero conservó sin embargo su certificado y, por una extraña ironía del destino, fue incorporado a la R.A.F. en Inglaterra y allí cumplió «algunas horas» de servicio; regresó al África del Sur a comienzos de 1945; en diciembre, fue acusado tres veces por atentar a la disciplina y por ostentar condecoraciones a las que no tenía el menor derecho, pasando de nuevo por consejo de guerra.

Por último, Heath regresó a Inglaterra el 5 de febrero de 1946 y sólo le quedaron cinco meses para disfrutar de libertad: durante este período, aún hubo de pagar diez libras esterlinas de multa por uso ¡legal de uniformes y condecoraciones.

Era un presagio, un clarinazo de alerta que anunciaba su próxima -y esta vez última- comparecencia ante un tribunal.

Con moralidad o sin ella

J. D. Casswell K. C. (Consejero de la Corona), el eminente abogado que defendió a Heath, procesado por asesinato, intentó con todas sus fuerzas llevar estos hechos, del todo inadmisibles, a la consideración del tribunal. Trataba de allanar el camino a su principal testigo médico, que sostendría que Heath pertenecía a la categoría de las personas «dementes morales», es decir, las que no encuentran diferencia entre el bien y el mal. Pero esto resultaba una afirmación inaudita. Si el pasado criminal de Heath era una prueba concluyente de demencia, podría entonces invocarse el mismo argumento para defender cualquier estafa sin importancia, que considera las falsificaciones o los abusos de confianza como un medio agradable de ganarse la vida. El tradicional camino desde el banquillo de los acusados a la cárcel, sería menos frecuentado que el camino que conduce al manicomio.

Hubiera resultado de más utilidad para conocer mejor a Heath, y relacionar sus costumbres sexuales directamente con sus asesinatos, el averiguar las características auténticas de las mismas. Sin embargo, tales características son a menudo difíciles de obtener, y Heath era menos explícito aún que la mayoría de la gente. En efecto, cuando los interrogatorios oficiales abordaban esta cuestión, se encerraba en sí mismo como una ostra y, si decía algo, se contradecía de continuo. A un médico de la cárcel declaró que durante algún tiempo sintió impulsos de reaccionar de cierta manera durante el acto sexual. En cambio, ante otro médico sostuvo con vehemencia que sus instintos sexuales eran del todo normales: tal vez hasta la época de sus asesinatos, que demostraron, precisamente lo contrario.

La primera hipótesis es más verosímil. ¿,Cuántas víctimas, voluntarias o involuntarias, se sometieron a las violencias de Heath? Sólo caben conjeturas. Los perversos sádicos y masoquistas suelen complementarse, como en el caso de Margery Gardner y Heath. Casi siempre, el consentimiento mutuo y no la muerte es lo que impide hablar a estas personas; pero, al menos por una vez, esta secreta sociedad del vicio no favoreció a Heath. En marzo de 1946, algunas semanas después de su regreso a Inglaterra, «agredió» a una mujer en el hotel Strand Palace. El ataque fue menos brutal que los otros que siguieron luego, pues ni siquiera le detuvieron, pero fue suficiente para convertir a la mujer en «víctima» y no en cómplice benevolente. El hecho habla por sí solo.

A todo esto, puede oponerse, no obstante, el matrimonio de Heath, que tuvo efecto en África del Sur en 1942 y terminó con el divorcio en 1945. La esposa alegó abandono de domicilio conyugal y obtuvo compensación.

-¿Intervinieron entonces cuestiones de crueldad o de sadismo? -preguntó Casswell al abogado que actuó en aquel asunto.

-No.

Cabe señalar que Heath estuvo ausente durante la mayor parte de su vida conyugal. Pero, si durante el proceso del divorcio se dijo toda la verdad, la señora Heath con mucha más razón que la señorita Symonds, pudo felicitarse de haber escapado a tiempo.

Otra vez el dilema: loco o criminal

En Inglaterra, en pocos procesos criminales se ha planteado la cuestión de la enajenación mental. Durante las cuatro primeras décadas de este siglo, tal vez sólo los de Ronald True y el coronel Rutherford pueden compararse con los de Seddon, Crippen, Light, Armstrong, la señora Thompson, Ronse, Tony Mancini y una docena más que plantearon el problema de manera sutil y equívoca: ¿es verdaderamente culpable el acusado? En igualdad de circunstancias, el intento de arrancar un veredicto de no culpabilidad resulta más dramático que el que tiene como fin obtener un veredicto de culpabilidad, mitigada por la locura.

Sin embargo, los dos procesos ingleses más sensacionales de la década de los cuarenta, que han entrado ya en la esfera de la leyenda, basados ambos en el estado mental de los acusados Heath y Haigh, se parecen en su forma, pero son de carácter totalmente diferente.

Heath, al igual que Haigh, no podía invocar como argumento de defensa la locura, a menos que se rindiera sin luchar. Lo mismo que Haigh, confesó haber perpetrado todos los asesinatos de que se le acusaba y entre ellos el de Margery Gardner, que lo condujo ante un tribunal. Heath también al igual que Haigh, puso en conocimiento del jurado por mediación de su abogado, toda una serie de crímenes que reconoció como suyos:

«Os pido que examinéis el segundo asesinato -observó con cautela el abogado-, para que os ayude a comprender el primero.»

Dada la diferente naturaleza que se reflejaba en sus actos, la defensa de Heath, basada en hechos ciertos e indiscutibles, podía tener mayores probabilidades de éxito.

Heath, al contrario que Haigh, podía desafiar la comprensión de hombres y mujeres normales, de mentalidad media, que quizá no podían imaginarlo actuando como Haigh, vertiendo el ácido, removiendo la macabra mezcla, arrojando los residuos, pero al menos podían hacerse cargo del porqué de los asesinatos -la utilidad es motivo casi universal- y comprender la satisfacción que había obtenido, aun abominando de ello. Pero el motivo de Heath no tenía base alguna racional. No es ningún secreto enigmático que el placer sexual presenta numerosas variantes y que incluso en la «Zona Verde» se habla a menudo de flagelación. Con todo, cuando el placer depende de crueles mutilaciones infligidas a la pareja, el acto sobrepasa el límite admitido. A este individuo cabe calificarlo de «loco furioso», como Heath afirmaba.

Tachar, de palabra o pensamiento, a un hombre de loco cuando se trata de hechos de esta índole, no significa que se le considere desprovisto de toda responsabilidad legal en lo que se refiere a sus actos. Sin embargo, se le crea un clima favorable para discutir hasta qué grado alcanza esta responsabilidad.

Por supuesto, las Normas M’Naghten

La enfermedad mental atribuida a Heath podía describirse en muy diversos términos. En la apelación con que se inició su defensa, Casswell la calificó de «locura parcial», habló de una «locura que se manifiesta por crisis», atribuyó el hecho de que el segundo crimen fuera más atroz que el primero a una «locura progresiva» y terminó declarando que Heath era «deficiente desde el punto de vista moral»- Al plantearse una discusión de carácter técnicos Casswell Propuso en su alegato que podía elegirse entre «deficiente desde el punto de vista moral» o «loco desde el punto de vista moral». Así, los miembros del jurado podrían optar entre los dos diagnósticos, si creían conveniente aplicar uno de ellos al acusado.

Pese a todo, el veredicto no dependía de la terminología médica, sino de la aplicación de la ley. El sagaz empleo de los vocablos «deficiente» y «loco» no constituían un argumento eficaz en un tribunal ni que los pronunciara un abogado o un médico. La pretendida «deficiencia» del acusado o su «locura» ¿le impedían, en el momento del crimen, saber que obraba mal? El destino de Heath como el de Haigh, dependía de las Normas M’Naghten.

Tales normas tienen por fin producir un efecto saludable y restringido sobre quienes se forjan una idea poco precisa de la «locura» y tienden a considerarla como medio legítimo de defensa. Exigen que? al cumplir las obligaciones que incumben al acusado, él pueda demostrar que es realmente un enfermo y no sólo un «loco» en el sentido familiar de la palabra.

Cualquiera, perteneciera o no al jurado, estaría de acuerdo en que Heath era un «loco» en el sentido vulgar del vocablo. La tarea de demostrar que era loco de verdad, en sentido técnico recayó en el doctor William Hubert.

Comparaciones más o menos odiosas

Es preciso entablar una comparación entre el doctor Hubert y el doctor Yellowlees del mismo modo que se ha hecho entre Heath y Haigh.

El doctor Hubert, miembro del Real Colegio de Cirujanos Y licenciado en el Real Colegio de Médicos, Poseía como Yellowlees numerosos títulos. Algunos de ellos, que hacían relación a la Psicología criminal, le habían conferido una especial autoridad en Old Bailey. Había ejercido la psicoterapéutica en la cárcel de Felthamet, en el asilo de locos criminales de Broadmoor, desde 1945 a 1946, antes que las exigencias crecientes de su clientela particular le obligaran a abandonar tales funciones. Junto con el doctor Norwood East, médico muy conocido en las prisiones, había participado en un profundo estudio sobre el tratamiento Psicológico en la prevención del crimen, y publicado el informe que ambos habían redactado para el ministerio del Interior. Durante la guerra fue nombrado consejero en psiquiatría del ejército del Oriente Medio con el grado de teniente coronel, cargo que le procuró un amplio conocimiento de las Prisiones militares y los consejos de guerra. Casswell podía afirmar con toda razón que el doctor Hubert era un médico especialista en problemas criminales.

Inició su testimonio sin las desventajas naturales de las que Yellowlees no pudo librarse. Heath, como ocurrió a Haigh, no fue llamado corno testigo ante el tribunal («pues no creerían ni una palabra de lo que él dijera», declaró Casswell). Per en su caso la Omisión era comprensible y no obligó al doctor Huber a hablar en nombre del acusado. Los actos de Heath eran tan elocuentes que sólo se le pedía al médico que hablara de él.

Así, la situación favorecía a Hubert. El jurado le concedió el respeto debido a sus títulos facultativos y la atención que su desinterés profesional merecía.

Escucharon el informe de sus entrevistas con Heath en la cárcel de Brixton. («Todas las veces he permanecido con él todo el tiempo que he deseado.») Tomaron nota, aprobatoriamente, de que él reconocía que su examen no revelaba una locura «ordinaria», y meditaron acerca de su opinión de que Heath era loco «moralmente» y el corolario de que, a veces, «no sabía» que obraba mal.

-Un enfermo de este género -insistió Casswell- ¿no tendría numerosos intervalos de lucidez durante los cuales podía comprender, con posterioridad a la acción, que había cometido un acto reprensible?

La forma de la pregunta sugería una respuesta afirmativa. Tal vez Hubert se hallaba dispuesto a llegar más lejos de lo que esperaba el abogado.

-Para otros, quizá sí; pero yo creo que él no considera que ha obrado mal -declaró el médico, y añadió después de una pausa-: Tal es al menos, mi opinión.

En este momento, o sea, al terminar la parte principal de su declaración, Hubert se atenía a una evaluación general. Planteadas y expuestas sus deducciones fruto de su gran experiencia, a las que ninguna crítica había hecho tambalear todavía, produjeron una gran impresión. Sus extrañas vacilaciones antes de responder, aunque más tarde fueran reprochadas como un gran fallo, al principio, sin embargo, fueron consideradas como señal de cautela y de prudencia. Aunque los miembros del jurado no estaban completamente decididos a hacer suyas sus opiniones, sin embargo, tampoco lo estaban para rechazarlas de plano.

A pesar de todo debe alabarse en lo que merece el hábil contra interrogatorio que desenmascaró las falsas conclusiones: en el breve espacio de una hora, toda la declaración del doctor Hubert cayó por tierra como un castillo de naipes.

Contraofensiva del ministerio fiscal

-Doctor Hubert ¿puedo yo deducir de su testimonio que en el momento en que Heath asesinó a Margery Gardner sabía qué obraba mal?

-No.

-¿Puedo deducir que él sabía lo que hacía?

-Sí.

-¿Sabía que había sujetado y atado a una joven en una cama?

-Sí.

-¿Sabía que la había amordazado o asfixiado?

-Sí.

-¿Sabía que le había infligido diecisiete golpes con un látigo de correas trenzadas?

-Sí

-¿Sabía todo esto?

-Sí.

-¿Y no sabía que todos estos actos eran reprensibles?

El cerco era ya asfixiante. Anthony Hawke, ahogado de la acusación, demolía con fuerza y habilidad la estructura levantada por el doctor Hubert, con un mínimo de recursos dramáticos y un máximo de fría y serena competencia.

-¿No sabía él que obraba mal? -repitió Hawke. Hubert guardó silencio durante un momento.

-Conocía las consecuencias de sus actos.

-No ha respondido a lo que estoy preguntando -declaró Hawke-. Yo le pregunto si él sabía que obraba mal.

-Él no consideraba que era un mal.

-Tampoco pregunto eso. Le estoy preguntando si él lo «sabía».

-No.

-¿Quiere decirme por qué?

Se acercaba el final.

-Porque durante el acto sexual, se considera, en general, que es legítimo todo lo que se hace, y sólo se piensa en uno mismo.

-En el momento en que infligía las heridas ¿creía que aquello era legítimo?

-Sí.

-¿Porque es un sádico?

-Sí.

-¿Un hombre que busca su placer en la crueldad

-Sí.

-Por el hecho de no poder hallar más placer que en la crueldad ¿dice usted que él juzgaba justas las heridas?

-Sí.

-¿Es ésa su respuesta, doctor Hubert? -preguntó Hawke en un tono un si es no es incrédulo.

-Bueno… él hacía lo que deseaba hacer.

-Le he preguntado si era su respuesta. -Si así lo quiere usted -replicó Hubert-, sí.

Hawke no quería dejarle ni un pequeño resquicio para escapar. Nadie podía dudar ya de lo que significaba esta respuesta y seguiría pesando sobre las conciencias.

-¿Y porque él deseaba satisfacer un deseo perverso consideraba justo y legítimo el satisfacerlo?

-Sí.

-Por consiguiente. él no sabía que obraba mal. ¿Es esto exacto?

-Sí.

-Dice usted que un sádico, que sabe perfectamente lo que hace cuando satisface su perverso instinto, queda exento de responsabilidad criminal, porque cree necesario el satisfacerlo.

-Mi respuesta es que sí -declaró Hubert-. Yo he interrogado a perversos sexuales y, con frecuencia, no experimentan remordimiento alguno ni lamentan ninguno de sus actos.

El fallo de su razonamiento no podía ser más claro. Hawke pensó que no tenía necesidad de insistir y cambió la dirección de su interrogatorio.

-¿Considera usted que un hombre que falsifica la firma de un cheque, para librarse de responsabilidades financieras, puede decir que creía que obraba bien?

El ejemplo estaba muy bien escogido para ilustrar con toda su enormidad lo que pudiera llamarse doctrina Hubert. El autor de tal doctrina la refrendó.

-Puedo decir que sí.

-En opinión suya, el hombre que comete un acto que le conviene, tiene derecho, aunque este acto sea un crimen, a proclamar que está loco y, por lo tanto, exento de responsabilidad.

Las ideas del doctor Hubert eran cada vez más confusas, pero no podía desautorizarse a sí mismo.

-Sí. Aunque el crimen y las circunstancias fueran tales que un ser normal las juzgara inconcebibles.

Prosigue la polémica

Tal vez Hawke creyó oportuno sentarse y en este intervalo sopesó rápidamente los pros y los contras.

Llevaba pocos minutos en pie y con unas cuantas preguntas nada más parecía haber desarbolado al doctor Hubert. Sin embargo, una victoria tan rápida ante un jurado presentaba sus riesgos. Hawke lo sabía y por eso insistió.

-Entonces, doctor Hubert ¿defiende usted que un pervertido sexual que, para obtener satisfacción carnal ha de entregarse a toda clase de aberraciones, puede creerse exento de responsabilidad, cualesquiera que sean las consecuencias de sus actos?

-No.

-Entonces ¿qué es lo que quiere usted decir, si me permite la pregunta? Yo creía que era. exactamente lo que había propugnado.

-No. Lo que intento demostrar aquí es que este hombre ha cometido toda clase de crímenes y ha manifestado en toda su trayectoria la misma tendencia. Una simple perversión sexual es algo muy diferente. Aquí nos encontramos con una perversión sexual unida a crímenes de otra índole que demuestran irresponsabilidad absoluta.

-¿Un sádico no tiene derecho a reivindicar el mismo privilegio?

-No, si él no es más que un sádico.

-¿Y usted dice que el término «sádico» no se aplica a Heath?

-Él es sádico, pero también criminal de otra índole.

Los abogados se arriesgan, tanto si prolongan sus contrainterrogatorios como si los abrevian en exceso, cuando han conseguido su objetivo. A veces, el ave fénix renace de sus cenizas. Pero Hubert no podía ya rehabilitarse de ninguna manera.

-¿Defiende usted, pues, que la vida de este hombre demuestra una degeneración moral?

-Sí.

-Así pues, es el caso de un hombre que se encuentra apurado de dinero, no tiene el menor escrúpulo en pagar sus compras con cheques sin fondos, ¿no es así?

-Exacto.

-¿De un hombre que, cuando le conviene ostentar condecoraciones a las que no tiene derecho, y reivindicar un grado militar que no le corresponde, lo hace sin el menor empacho?

-Sí.

-Un hombre que ha arrastrado una existencia deshonrosa y que, durante años y más años, se ha hecho pasar por quien no era. ¿ No es cierto ?

-Sí. Una existencia absolutamente desvergonzada.

-¿ Cómo lo llama usted a esto: una historia de delincuencia moral, o, simplemente, la historia ordinaria1 de una persona indecente?

-Unido a la perversión moral, considero que es, en efecto, de delincuencia moral.

-La biografía de este hombre no es más que una historia de desvergüenzas, cuando éstas le convenían, hasta el último momento, ¿no es eso, doctor?

-En efecto.

Debates y alternativas

No podía afirmarse que el doctor Hubert, de manera consciente o inconsciente, intentaba abatir dos pájaros de un tiro. Es más fácil suponer, y sin duda más exacto, que, al ver que se le escapaba un objetivo se lanzaba desesperadamente en persecución del otro. Fuera cual fuese la causa, nadie podía negar las consecuencias. Dirigía sus afirmaciones y razones hacia una u otra parte, intentando demostrar por todos los medios a su alcance que Heath era un loco, ante la ley.

Heath consideraba que sus actos eran legítimos por que él era un sádico. Y creía en la legitimidad de sus actos, porque -y así lo demostraban sus delitos no sexuales- era degenerado y un delincuente moral. Pero sadismo y delincuencia moral son dos cosas distintas: no se complementan y constituyen los dos términos de una alternativa.

En ésta alternativa, el doctor Hubert se esforzaba en sostenes el segundo término. Hawke lo paralizó y, sin resistencia posible por parte del testigo, lo condujo con habilidad, firmeza y serenidad hacia el primer término.

-En dos ocasiones, este hombre ha satisfecho su indomable instinto, y mientras lo satisfacía ha dado muerte a dos mujeres: ¿no es cierto?

-Si.

-Usted dice que, en este momento, él consideraba que obraba bien, porque creía que necesitaba satisfacer su instinto.

Parafraseaba con terrible precisión las palabras del doctor Hubert.

-¿No es eso? En tal caso, los miembros del jurado desearían saberlo.

-Sí. Creo que es eso -replicó Hubert.

-Usted cree que al satisfacer su instinto porque él consideraba que tenía que satisfacerlo, él creía que obraba bien y, por consiguiente, tiene derecho a decir “yo no soy responsable de mis crímenes”. ¿Es esto o no?

-Él puede creer que no obró mal -respondió Hubert.

-Creo que ésta no es la respuesta total a mi pregunta- observó Hawke sin impacientarse.

-Pues, bien -explicó Hubert-: yo no creo que tenga derecho, pero al realizar estos actos, demostraba su carencia absoluta de sentido moral.

-Es tal vez falta de sentido moral. Pero es que usted la llama locura.

-En este grado, sí -replicó Hubert de manera un tanto ambigua.

Las ideas poco claras del médico y la vaguedad de sus respuestas dejaron al jurado y al auditorio estupefactos. Pero cundió todavía más la desorientación cuando, casi sin pérdida de tiempo, se enfrentó con el segundo término de la alternativa formulada en estos términos: «Mi opinión se basa en su incapacidad para juzgar el bien y el mal en otros terrenos».

Parecía imposible arrancarle una argumentación lógica. Una vez más, Hawke intentó despejar por analogía esta segunda alternativa.

-Doctor Hubert: para dar luz a esta discusión, supongamos que en el momento en que fue condenado por su maldad fuera acusado al mismo tiempo de intento de violación del que hubiera sido considerado culpable. Si se encontrara usted entre los testigos ¿ podría usted decir que, porque él tenía deseos de violar una mujer, y porque sentía deseos de firmar cheques sin fondos y de introducirse en casa ajena mediante escalo, él consideraba que todo eso era legítimo y que tenía derecho a ser reconocido irresponsable?

Una persona dotada de lógica se hubiera visto tal vez obligada a asentir o a retirar su primera afirmación. Pero Hubert no era, ni mucho menos, un hombre en quien resplandecía esa cualidad.

-Depende de la gravedad de los delitos ¿no es eso? Dijo.

-¿De veras? -replicó Hawke con asombro no fingido-. Me parece que acaba de afirmar lo contrario de lo que usted ha dicho antes.

Se impone el buen sentido

Yellowlees, que se apoyaba en razones sólidas, no pudo aplicarlas a Haigh de modo convincente. En cambio las razones de Hubert eran ridículas en sí mismas. En el mejor de los casos, afirmaba que un criminal estaba loco si había cometido diversas clases de crímenes. En el caso peor, sostenía que un criminal sexual cree legítima la viciosa satisfacción de su lujuria – Hawke apeló a un testimonio contrario. («Yo no lo considero un loco»), declaró el doctor Gierson, decano de los médicos de Brixton.) Quería reforzar su propia convicción, demostrando con qué escrupulosidad cumplía sus funciones de abogado.

Si Hubert ejerció alguna influencia en el veredicto, no fue ciertamente en favor de Heath y probablemente sumió en la mayor confusión al defensor del acusado. Es muy posible que Casswell se hubiera visto en situación mucho menos comprometida si hubiera podido demostrar su total independencia de toda teoría científica y limitarse a apelar con audacia al «buen sentido» del jurado. Esta apelación figuré en su último alegato, al declarar: «Seguramente en aquellos momentos este hombre estaba loco de atar, loco furioso … ». Pero esta afirmación era ya sólo una pirueta. El doctor Hubert había depuesto su testimonio y el abogado no podía ya desautorizarle.

La deliberación relativamente larga del jurado, cincuenta y nueve minutos, enorgulleció al doctor Hubert, quien pudo presumir de ciertas inhibiciones y escrúpulos promovidos y favorecidos por los propios crímenes.

Por fortuna, tales inhibiciones no se impusieron en el jurado.

Hay que eliminar a los monstruos

Por fortuna, para la sociedad y para el propio Heath.

-Ni uno solo de ustedes -dijo Casswell al jurado- pensará por un minuto siquiera, que Heath es un hombre que pueda gozar de libertad. Estoy seguro de que su veredicto será unánime en este sentido.

Pero ¿cuál hubiera sido el resultado definitivo si la muerte, por sabia y prudente decisión del jurado, no hubiera vuelto a Heath inofensivo para siempre?

Hubiera sido condenado a cadena perpetua. Y esta pena acaba casi siempre convirtiéndose en libertad incondicional al cabo de un determinado número de años.- No puede concebirse que un sádico como Heath, una vez desenmascarado, tuviera la menor posibilidad de saciar de nuevo sus instintos asesinos. Y es incomprensible que cualquier otra mujer, fuera quien fuera, pudiera correr el riesgo de satisfacer los apetitos depravados y demoníacos de Heath, como en los casos de Margery Gardner y Doreen Marshall.

Soy partidario de la pena de muerte como castigo en casos determinados, para sancionar un crimen odioso de asesinato. Sostengo que Heath merecía la pena capital, más que nadie. Torturé y mató como placer sexual, sabiendo perfectamente lo que hacía, sabiendo que obraba mal, a despecho de los alegatos psiquiátricos del doctor Hubert. Por elemental sentido de la justicia, la ejecución de Heath estaba plenamente justificada.

Y considerándolo con mayor generosidad todavía, el propio interés de Heath, sin contar con el de los demás, exigía la intervención del verdugo que, piadosamente para el género humano, acabó con él para siempre.

 


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