Neus Soldevila Bartrina

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Neus Soldevila

La Dulce Neus

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Parricida - Crimen en familia
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 28 de junio de 1981
  • Fecha de detención: 9 de octubre de 1981
  • Fecha de nacimiento: 1943
  • Perfil de las víctimas: Juan Vila Carbonell, de 47 años (su marido)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Esplús, Huesca, España
  • Estado: Condenada a 28 años de prisión el 2 de junio de 1982. Puesta en libertad en 1997
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Neus Soldevila

Andreu Martin

El 28 de Junio de 1981, el empresario de la construcción Joan Vila Carbonell dormía apaciblemente en la cama de su finca Mas Vila, cien hectáreas de regadío en Esplús, provincia de Huesca.

Reposaba sobre su costado derecho, en posición fetal, vestido únicamente con un slip.

En los últimos tiempos ingería gran cantidad de whisky y valium y probablemente por ese motivo no percibió que a su alrededor, a las diez de la noche, se reunió toda su familia.

Su esposa, Neus Soldevila Bartrina, de 38 años, y sus seis hijos, Neus, de 18; Lluís y Joan, mellizos de 17; Marisol de 14; y las pequeñas Dolors y Anna.

Se disponían a cometer un asesinato.

Todos ellos estaban hartos del carácter salvaje de su padre, de sus gritos y malos tratos.

Hijo de pobres campesinos, se hizo millonario con la oportunidad de las recalificaciones y del ladrillo y, afiliado al partido ultraderechista de Fuerza Nueva, Joan Vila era un déspota que obligaba a sus hijos mayores a trabajar el campo de sol a sol, haciendo turnos porque no quería que el tractor estuviese parado, que había truncado la carrera de empresariales que estaba cursando su hija Neus, que escatimaba dinero a su mujer, que era el único que comía en el salón mientras el resto de la familia tenía que comer en la cocina.

Neus Soldevila se había buscado la vida vendiendo productos de cosmética y, cuando consiguió suficiente independencia económica, decidió separarse.

Pero para Joan Vila era impensable el divorcio. Neus consideraba que incluso «podía ser peligroso». Más de una vez había dicho a sus hijos que estaba tentada de suicidarse.

Después de uno de sus frecuentes enfrentamientos conyugales, que dejó notables cicatrices en ella, Neus consiguió una pistola Star del nueve corto.

Ésa era el arma que tenía en la mano aquella calurosa noche de junio.

Habían acordado que sería uno de los mellizos quien debía apretar el gatillo pero, en el último instante, el chico no se atrevió.

Fue Marisol quien dio un paso adelante, agarró el arma y preguntó si el retroceso no podía hacerle errar el tiro. Fue ella quien acercó el cañón a la parte superior izquierda de la cabeza de su padre y disparó.

Neus Soldevila dijo que unos desconocidos encapuchados habían asaltado la finca, pero no engañó a la guardia civil que, después de un tiempo de investigación, a través de una serie de contradicciones y luego de interrogar a la vieja criada llamada Inés, descubrió la trama.

Durante el proceso, a Neus Soldevila se la conoció como la Dolça Neus (la Dulce Neus) por la voz que tenía y su delicada manera de expresarse.

Fue condenada a 28 años de cárcel, sus hijos mayores de dieciséis años también recibieron penas de cárcel y la menor Marisol fue a parar a un reformatorio.

El 1 de octubre de 1986, aprovechando que disfrutaba del régimen abierto, la Dulce Neus escapó a Sudamérica, de donde fue extraditada tres años más tarde, en 1989, para que continuase cumpliendo condena.

Ahora, ha escrito un libro y lo vende personalmente, y dice que no se arrepiente de lo que hizo, que Joan Vila tuvo el final que se merecía.


Amarga Neus

Mariano Sánchez Soler

En la sala de vistas no cabía un alfiler. Cientos de personas abarrotaban los veinte metros cuadrados del vestíbulo de la Audiencia de Huesca. Desde las nueve y media de la mañana, una hora antes de que comenzara el juicio contra Neus Soldevila y sus hijos, eran muchos los que pugnaban por un asiento. Ante la presión de la muchedumbre nerviosa, cedían peligrosamente los quicios de la puerta de entrada. En el pasillo se sucedían escenas de desmayos, ligeras asfixias por la falta de aire y señoras evacuadas por mareos. Era algo nunca visto en la tranquila vida provinciana de Huesca. El juicio por el parricidio de Juan Vila Carbonell, ocurrido el 28 de junio de 1981, levantaba un torbellino de pasiones y habladurías.

Cuando el presidente del tribunal, Pedro Vitrián Esparza, entró en la sala aquella mañana del 26 de mayo de 1982, estaba dispuesto a mantener las cosas en su sitio.

Como magistrado de reconocida dureza, experiencia no le faltaba. En 1977, también presidió en Pamplona el juicio por el famoso crimen de Velate, contra un teniente de alcalde de Zaragoza llamado Jaime Balet que mandó, según la sentencia, matar a su mujer, Pilar Cano. El tribunal, entonces, condenó al concejal franquista, a su cómplice y dos alemanes a la pena de muerte, que sería conmutada por treinta años de prisión.

El juez Vitrián abrió la sesión. En un silencio sepulcral, el fiscal Francisco Goyena de la Mata solicitó más de cien años de cárcel para Neus Soldevila Bartrina, de 37 años, para sus hijos, Neus, Juan y Luis, y para la criada Inés Carazo, de 59 años. El abogado defensor, José María Armadás pidió la absolución.

Neus Soldevila, de pie, con una chaqueta azul marino y el pelo suelto con una melena larga y lacia, hablaba con suavidad ante las preguntas incisivas del fiscal:

-No, no tenía intención de matar a mi marido -repetía-. No es verdad que yo tuviera tratos con otros hombres ni que haya preparado un plan para eliminar a Juan.

Lo negaba todo.

-Tenía miedo a mi marido. Él nos amenazó con matarnos a todos si nos íbamos de casa. Éramos muy, pero que muy aborrecidos. Juan se tomaba de 8 a 10 valiums diarios, media botella de whisky y de diez a doce cervezas. Nos trataba muy mal. jamás nos llamaba por nuestro nombre, se dirigía a nosotros diciéndonos «sucia», «bruta», o «cabrones».

-El día de autos -preguntó el fiscal- usted hizo el amor con su marido.

Juan me obligó, a pesar de que estaba con la regla y me dolía bastante el estómago y la cabeza. Sí, es verdad que el 18 de marzo fui a comprar éter con mi hija Neus para dormir a Juan, pero no para matarlo.

(13 de octubre de 1981. Neus Soldevila Bartrina, esposa del constructor Juan Vila Carbonell, asesinado el pasado 28 de junio en su chalé de Esplús (Huesca), así como sus hijos y la criada, ingresaron en la Prisión Provincial de Huesca como presuntos autores.

Según fuentes policiales, la esposa efectuó después del crimen una llamada telefónica, desde su casa de Montmeló, a la Guardia Civil de Binéfar para que se personase en el chalé «Más Vila», porque horas antes habían acudido dos individuos encapuchados diciéndoles que abandonaran el lugar y que querían hablar con su marido. Más tarde, una llamada anónima reivindicó la autoría para la organización terrorista GRAPO. La Guardia Civil descubrió el cuerpo agonizante de Juan Vila sobre la cama, con un disparo en la nuca. El partido Fuerza Nueva manifestó que el muerto era militante suyo y que por eso lo habían asesinado.)

-Aquél día le pusimos dos o tres cabezas de cerilla en el café para dormirle. Yo no estaba presente en el momento del disparo. Vi a Marisol con una pistola y salí detrás de ella para sujetarla. Disparó y nos fuimos de allí corriendo. Creí que Marisol no sería capaz…

(28 de junio de 1981. La familia Víla-Soldevila tenía que regresar a Barcelona, pero Neus se encontraba mal, le dolía la cabeza y en su depresión hablaba de suicidarse. Las deudas le comían el terreno. Debía 750.000 pesetas cuyo plazo vencía al día siguiente. El «negocio», que había emprendido a espaldas de su marido, consistía en pedir un préstamo a un conocido y comprometerse a devolverlo en poco tiempo y a un interés muy alto. Así llegó a adeudar dieciséis millones de pesetas. Aunque la fortuna de Juan Vila sobrepasaba los doscientos millones, el hombre mantenía a su familia en una austeridad extrema; hacía trabajar a sus hijos con él en la construcción y despreciaba el trabajo intelectual, la cultura, los estudios. Venido de un ambiente campesino, Vila se había hecho a sí mismo, trabajando con sus propios obreros y realizando viviendas alrededor del nuevo cinturón industrial de Granollers.

Ese día, Neus Soldevila se metió en la cama. Juan decidió aplazar el regreso y «Obligó» a su mujer a hacer el amor. Luego quedó profundamente dormido. «Hay que deshacerse de este hombre o me tiro bajo el tren», dijo Neus a sus hijos. Los gemelos y Marisol, de 14 años, tomaron la Star de 9 corto que su tiránico padre guardaba ilegalmente y se fueron a probarla al establo, contra unas balas de paja. Disparaba. Luis entró en el dormitorio pero fue incapaz de apretar el gatillo. Con ademán resuelto, la guapa Marisol, hija favorita de Juan Vila, tomó la pistola y exclamó: «¡vosotros no tenéis cojones, lo haré yo!» Entró en la habitación y descerrajó un tiro mortal en la nuca de su padre.

La entrada de Marisol Vila en la sala de vistas despertó la sorpresa envuelta con murmullos y un determinado oleaje de agitación, exclamaciones y cabezas pendulantes. El magistrado Duplá, miembro del Tribunal, se puso las gafas mientras algunos quedaron boquiabiertos. Todos esperaban la aparición de una niña de quince años, cobijada por el Tribunal Tutelar de Menores, tímida como en un melodrama de Hollywood, asustada quizá por ser la autora material del asesinato de su padre. Hubieran caído lágrimas a raudales. Pero los asistentes vieron aparecer por la puerta de los testigos a una mujer hecha, alta y rubia, vestida de fucsia, que miraba a los jueces de frente, con ojos bellos y desafiantes.

Marisol Vila, con palabras que parecían estudiadas dio la vuelta al proceso.

Fiscal: ¿Quién mató a su padre?

Marisol: Yo no disparé contra él.

El revuelo se adueñó de la sala mientras el defensor José María Armadás se llevaba las manos a la cabeza y Neus Soldevila, desde el banquillo, gritaba: «¡Eso es mentira!» El juez Vitrián llamó al orden. Prosiguió el interrogatorio.

Marisol: Mi madre me dijo que debía ser yo quien disparase porque sólo tenía catorce años, y me dijo también que la manera más limpia de matarlo era con la pistola. Yo me negué. Le dije que conmigo no contaran.

Fiscal: ¿Acaso no fue usted quien disparó?

Marisol: No.

Fiscal: ¿Quién lo hizo entonces?

Marisol: No lo sé. Me metí en el lavabo. Oí un disparo, salí y vi que mi hermano Luis llevaba la pistola que antes tenía en sus manos mi hermana Neus.

Desde el banquillo, Neus Vila exclamó: «¡No he tocado nunca la pistola. Mientes!» Todos estaban desconcertados cuando le correspondió interrogar al abogado Armadás.

Armadás: Usted, ¿los fines de semana va a casa de Luis Vila, hermano del muerto?

Marisol: Sí.

Armadás: ¿Y sabe que su madre, Nieves, está querellada contra Luis Vila?

Marisol: Sí.

Armadás: ¿No ha sido su tío quien le ha inculcado lo que está diciendo?

Marisol: No.

Armadás: Lo cierto es que, dos días antes de su muerte, usted intentó matar con una barra de hierro a su padre y que, ocho días antes, entró en la habitación de su madre para decirle que estaba dispuesta a matarle.

Marisol: Eso no es cierto. A mí no me molestaba mi padre, ya que tenía la posibilidad de abandonar mí casa a los 18 años.

Armadás: ¿Sabe que si no es considerada autora de los hechos cobrará una póliza de muchos millones?

Marisol (visiblemente nerviosa): Sí. Y es verdad también que estoy enfadada con mi madre, porque me escribe cartas recriminándome por todo lo que hago los fines de semana con mi tío Luis. He estado ocho meses en el colegio soportando el desprecio de todos porque creían que, en verdad, había matado a mi padre. Yo no puedo soportar más esto por un crimen que no he cometido.

Una pregunta quedó flotando. ¿Por qué había tardado siete meses y medio en negar que disparó?

-Porque ahora estoy bajo juramento -repuso con celeridad la bella Marisol.

-¿Qué es jurar? -preguntó el fiscal Goyena.

-Es poner a Dios por testigo.

El juicio, a media tarde, entró en un callejón sin salida. El presidente Vitrián, a petición del fiscal, ordenó que la madre y la hija, frente a frente, realizaran un careo para demostrar quién mentía de las dos. A puerta cerrada, Neus y su hija Marisol, ambas en pie, cruzaron sus miradas.

-Mari, sólo quiero saber por qué has cambiado.

-Ya «estíc farta». ¿Sabes lo que es ir por la calle y que la gente te mire mal?

-Yo he dicho la verdad y tú lo sabes muy bien.

-No mamá. Lo que yo digo es cierto.

-A mí no me importa, pero ahora echas la culpa sobre tus hermanos.

-No puedo más, señor presidente. -Neus se desmoronó-. No entiendo lo que pasa; no tengo valor para seguir ni fuerzas para nada.

(20 de octubre de 1981. Carta de Neus Soldevila desde la Prisión Provincial de Huesca:

Más que un asesinato, fue un acto de defensa personal. Mi esposo tenía planeado matar a uno de nuestros hijos de 16 años, simplemente por un motivo insignificante, ya que le quería dejar solo otra semana en la finca, solo y sin ningún medio de comunicación, ya que se había peleado con el nuevo encargado.

Cuando salga a relucir todo, se preguntará usted si se puede llamar persona a un bicho de esta clase. Si no fuera por mis hijas pequeñas (de 7 y ocho años), preferiría vivir en una cárcel o celda, si se quiere, antes que vivir con una persona en esas condiciones.)

Los dos médicos forenses, que actuaron en calidad de psiquiatras, en la segunda sesión del juicio contra la viuda y los tres hijos de Juan Vila, declararon tajantemente que el asesinado «era un enfermo mental».

En su informe, los forenses Manuel Rodríguez y Vicente Medina, escribieron:

«El señor Vila era un enfermo mental de carácter paranoico que actuó como agente alienante en su medio familiar.» El retrato del muerto, elaborado por los dos peritos tras encuestar a numerosas personas que le conocieron, es por sí solo elocuente: Juan Vila fue víctima del mismo sistema que él había montado para su familia: la defensa con armas de fuego. En cada habitación de la finca tenía una escopeta cargada para repeler la llegada de cualquier visitante inesperado. Su carácter era conflictivo; ingería grandes cantidades de alcohol aunque no llegó a emborracharse públicamente. A sus obreros los mantenía a rajatabla, sin permitir discusiones ni contradicciones con él. Sus órdenes también eran sagradas en su familia. Con la llegada de los ayuntamientos democráticos, Juan Vila llegó a padecer «un auténtico delirio de miedo y persecución, su conducta se hizo más amenazante, dejó de estar a pie de obra y se encerró en su casa a beber y tomar Valium 10».

Sobre la carga ideológica que arrastraba con su militancia en Fuerza Nueva, el doctor Manuel Rodríguez afirmó:

-En una ocasión en que Juan Vila estuvo a punto de cerrar un ventajoso contrato de ascensores, su interlocutor hizo un comentario que le delató como simpatizante de un concreto partido de izquierda de Cataluña. Por esta razón, Juan Vila le echó inmediatamente de su despacho y contrató los ascensores a un precio más elevado.

La conducta de la familia Vila-Soldevila fue calificada por los psiquiatras como «activa-agresiva». Dispararon con el arma de fuego por la propia conciencia que el padre les había imbuido: «las armas como defensa ante la angustia y el miedo».

La inmadurez psicológica de Marisol Vila justifica su mentira en el juicio. Buscaba así «un mecanismo mental para desplazar y limitar sus culpas».

-Es un intento -manifestó el forense Vicente Medina- de construirse su posibilidad de vida, para seguirla con cierta paz y huir de la catástrofe emocional.

Posdata: El fiscal Goyena comparó a Neus Soldevila con «la mantis religiosa», un insecto del tamaño de un saltamontes que después de aparearse con el macho, lo devora. El público que asistió al juicio quería la absolución de los hijos y el castigo más duro para la madre. Neus había roto las leyes más sagradas: el matrimonio, que sólo Dios puede separar, y el crimen, que rompe el quinto mandamiento.

Neus, la dulce, como fue calificada por cierta prensa, había pasado de verdugo a víctima. Todos los aspectos de su vida privada corrían de boca en boca. Quienes la defendían hablaban de una mujer desesperada, estafada por todos. Con el pelo teñido de rubio y cinco años más, los rasgos de Neus se endurecieron. Su filosofía de la vida también.

En la cárcel de Wad-Rass, en Barcelona, sólo aspiraba a rehacer una familia que ya no existe, distribuida en reformatorios; dispersa como los pájaros tras el estallido de un disparo.

El Tribunal la condenó a 28 años de cárcel por parricidio con agravantes de premeditación y alevosía. Menos mal que no ocurrió de noche. Su hija mayor, Neus, fue condenada a 26 años, que luego el Tribunal Supremo reduciría a catorce; los gemelos Luis y Juan, de diecisiete años, a una pena de once y diez años de prisión respectivamente. Todos, menos la madre, cumplieron la condena en régimen abierto; trabajaban e iban a dormir los fines de semana a la cárcel.

Neus, la «mantis religiosa» de un excesivamente lírico ministerio fiscal, vio a su alrededor el gran show de la fama, un negocio del que muchos quisieron beneficiarse. Y ella decidió no ser menos. Los productores de una película basada en su historia, Crimen de familia, tuvieron que indemnizarla con siete millones de pesetas por transgredir su derecho a la intimidad.

Su hija Marisol, con dieciocho deslumbrantes años, ha posado desnuda en la revista Interviu, repartiendo a diestro y siniestro declaraciones que la mantienen en la cresta de la ola, como si pretendiera no olvidar nunca el horror de aquel 28 de junio. He seleccionado algunas de sus palabras, recogidas en revistas y periódicos de 1985, como botón de muestra del largo camino emprendido por esta desafortunada muchacha.

«A mi madre la veo como una mujer reflexiva, conspiradora. Se ha construido una imagen de mujer dulce. La primera impresión es de dulzura y eso contrastaba con las brusquedades de mi padre, que era puro impulso pero sin rencor (..) Mi madre es rencorosa y en público controla muy bien sus sentimientos. Si mi madre hubiera estado enamorada de mi padre no nos hubiera animado a enfrentarnos a él. Siempre así, insistiendo, comiéndonos el coco a todos los hijos. Yo estoy convencida de que era una campaña de preparación psicológica para que hiciéramos algo.»

«La verdad es que yo soy la más parecida a mi padre. Yo también estoy afiliada a Fuerza Nueva; bueno, ahora no existe, y por eso estoy en Alianza Popular, porque también es verdad que aquéllos eran unos extremistas; pero yo estoy de acuerdo con mi padre políticamente, y no me parece bien todo lo que se ha escrito y dicho de él.»

«Sí, disparé contra mi padre, pero no sé por qué lo hice. Yo no negué los hechos durante el juicio para que la culpa recayera sobre mis hermanos. Lo negué por rabieta.»

«Mi padre no hubiera sido capaz de hacer lo que yo hice.»

Los años de cárcel y la desintegración familiar borraron los rasgos de dulzura que alguna vez tuvo el rostro de Neus, la esposa sumisa. Un inesperado día de octubre de 1986, la «mantis religiosa» se fugó de la justicia española aprovechando un permiso de fin de semana. Se marchó a Latinoamérica con su hija pequeña María Dolores. En 1987, fue detenida en Ecuador acusada de contrabando de joyas.

En el ranking de las truculencias, en una España traumatizada por el fallido golpe militar del 23 de febrero, la familia Vila-Soldevila, en su finca de Esplús, se unió para realizar el exorcismo de la sangre: matar al padre. «Una acción de defensa propia», según la «dulce» Neus. Defenderse del padre que fue, según los psiquiatras del caso, «el elemento alienador de la familia».

Una dimensión social del freudiano complejo de Edipo: el odio al padre (la autoridad) y el amor a la madre. En la mente de Marisol, la mano armada, primero surge el odio al padre, en defensa de su madre; luego, cuando el parricidio ya es agua pasada, renacía en ella un justificativo amor al padre y el odio a la madre que la indujo a disparar. Un largo trayecto desde Edipo hasta Electra en un camino lleno de humillaciones, fantasías y amnesias.

Los hijos y la mujer de Juan Vila dieron muerte a la familia, uno de los vínculos más sacrosantos del orden tradicional. Por eso, la muchedumbre que abarrotaba la audiencia de Huesca, que devoraba las crónicas periodísticas mientras el teniente coronel Tejero era juzgado en Consejo de guerra por el golpe del 23-F, pedía la cabeza de la «dulce» Neus y la absolución para los demás.

En la imaginaría popular, con sus ritos mágicos heredados de los antecesores, se deseaba obsesivamente la culpa de la esposa Neus: sus presuntos y nunca demostrados amantes, sus desastrosos e inconfesables negocios. Un marido que, como Juan Vila, no recurre a los golpes, no puede ser tan malo como para merece la muerte. En la sociedad española, que la mujer sea maltratada por el marido forma parte, aún hoy, del contrato de propiedad que se firma en el casamiento.

Los sentimientos más oscuros de la «cultura de Caín» salían a la superficie en esos cerebros apasionados por el caso Vila.

La presencia del padre muerto, la exposición pública de su cadáver, despertaba el eterno tabú de la muerte. Sepultar a los muertos es una costumbre paleolítica, anterior a la aparición del hombre de Neanderthal. La visión de un cadáver es un testimonio de violencia que produce fascinación y angustia porque advierte que a nosotros también nos espera la muerte. Es nuestro destino inexorable. La muerte del padre es un presagio del futuro que aguarda a todos los padres autoritarios, tiránicos, dueños y señores de su familia, patrones y explotadores de sus propios hijos.

Aunque el caso Vila-Soldevila se convirtió en un escándalo de magnitud nacional, un ejemplo emblemático del parricidio, el crimen en el seno de la familia es, en España, una auténtica moda. Desde que Juan Vila Carbonell fue asesinado, el 28 de junio de 1977, hasta la vista del juicio, el 26 de mayo de 1978, se contabilizaron en nuestro país más de veinte casos conocidos de asesinato, suicidio y muerte, como balance de las tormentosas relaciones familiares. Son personas que viven en el círculo cerrado de la obsesión, sin salidas ni perspectivas de cambiar sus existencias; una insufrible eternidad de angustia, agravios y malos tratos.

Para destruir el círculo, cuando ya no es posible salir de él sin derramar la sangre -«Como me abandonéis, os mato», amenazó el tiránico Vila-, la familia recurre al crimen. Matando al padre obtendrán la liberación. Neus y sus hijos, hasta que fueron acusados, vivieron tres meses de auténtica felicidad, liberados y tan visiblemente contentos que el hermano del muerto, Luis Vila, llegó a escandalizarse y les llamó al orden para que no demostraran su alegría tan descaradamente. Después, con el vía crucis de su detención, confesión y encarcelamiento la vida sufrió un vuelco: de verdugos se transformaron en víctimas. Era preciso reclamar la compasión de una sociedad que, a su manera, pedía la sangre de la mujer parricida.

Junto con el incesto, el parricidio es el crimen más primitivo de la humanidad y tras él se ocultan muchos enigmas del alma humana. En los Hermanos Karámazov, de Dostoyevksi, Iván Karamazov declara ante los jueces: «Pues eso, que estoy en mi juicio, en todo mi juicio, tan en mi juicio como está usted y como todas esas.. carotas -dijo, volviéndose bruscamente al público-. Matan a su padre y luego fingen asustarse -prosiguió, rechinando los dientes con rabioso desprecio-. Unos a otros se engañan. ¡Embusteros! Todos desean la muerte del padre. Un insecto se come a otro insecto.. De no haber parricidio todos ellos se pondrían furiosos y se irían de aquí con mal humor.. ¡Espectáculo! ¡Pan de fiestas! Por lo demás, también yo soy bueno.»


El despotismo del padre y la influencia de la madre predispusieron a los hijos al asesinato

Julio Cesar Iglesias – ElPais.com

18 de octubre de 1981

La mujer y los hijos del constructor catalán Juan Vila Carbonell, presuntamente asesinado el 28 de junio en Esplús (Huesca), discutieron al menos tres formas de matarle, antes de decidirse a usar la propia pistola de la víctima. La ceremonia del crimen, que tiene caracteres de delito ritual, es solamente, sin embargo, la última consecuencia de un sinfín de circunstancias personales que, sin duda, lo han hecho posible. La niñez mísera de Juan Vila en Vich, su posterior despotismo y la doble vida de Nieves (Neus) Soldevilla, su mujer, han sido algunas de las primeras causas de un hecho definitivo y sorprendente: como uno de sus hermanos no se atrevía a matar a su padre, según lo convenido, Marisol, una niña de catorce años, estudiante de primero de BUP, preguntó qué había que hacer para evitar que el retroceso del cargador desviase el proyectil, y luego disparó una sola vez. El siguiente texto es una recopilación de antecedentes.

El perro guardián del chalé de la familia Molíns, en Montmeló, a unos veinte kilómetros de Barcelona, comenzó a ladrar a las 21.30 horas en punto del día 9 de octubre, viernes. Ello quería decir que alguien no habitual estaba acercándose a la puerta. Antonia Molíns salió a abrir.

El hombre que estaba frente al jardincillo no le era totalmente desconocido: se trataba de Jesús J., el jefe del equipo de la Brigada de Policía Judicial de Zaragoza, encargado de investigar el caso Vilá Carbonell. Antes de saludarle, Antonia no pudo reprimir una mirada al chalé más próximo, en la avenida de Vilardebó, de la Ciudad Jardín.

Más allá de los pinos y de las enredaderas se entreveía un poco de luz, lo que significaba que Neus Soldevilla, viuda de Juan Vila, y los seis niños estaban en el salón. Sólo faltaría la anciana sirvienta, Inés Carazo, a quien su hijo, estudiante de Medicina, por cierto, había venido a recoger desde Barcelona algunas horas antes.Al resplandor amarillo del farol de la entrada, Antonia Molíns vio una expresión de desánimo en la cara de Jesús J., tan jovial hasta esa noche.

-Señora Molíns: vengo a preguntarle si puede usted hacerse cargo durante unas horas de Dolores y Ana, las niñas más pequeñas de los Vila, porque vamos a detener ahora mismo al resto de la familia.

A Antonia Molíns le temblaron las piernas, pero asintió. El policía le hizo también un lúgubre gesto afirmativo con la cabeza, que podía interpretarse como «confirmado lo que nos temíamos». Unos segundos después, ya en el chalé de los Vila, la figura de Neus Soldevilla aparecía bajo el arco de plantas trepadoras. A sus 38 años era una mujer bien parecida, a pesar de su mirada estrábica y de cierta ambigüedad en sus ademanes.

-Señora Vila: mis compañeros y yo tenemos que detenerla. Sus hijos mayores también vendrán con nosotros. No se preocupe usted por las dos pequeñas; la familia Molíns se ha comprometido a atenderlas.

-¿Detenernos? ¿Por qué?

-Eso lo sabe usted mucho mejor que yo -dijo el policía en voz baja.

Antonia Molíns entró al chalé. Vio pasar, del brazo de los policías, a Luis y Juan, de diecisiete años, hermanos gemelos. Más allá venía Nieves, de dieciocho.

-Nieves: ¿pero qué ha pasado? ¿Qué va a pasaros?

-A mí creo que no va a pasarme nada que sea muy malo… Yo traté de evitarlo varias veces…

Marisol, de catorce años, estaba sentada en un sofá. Se mordía las uñas, o los dedos, y no decía absolutamente nada.

Camino del coche de la policía, Nieves o Neus Soldevilla, viuda de Vilá Carbonell, tuvo, por segunda vez en su vida, la sensación de que estaba emprendiendo un viaje sin retorno.

Una vaca y un arado, en Vich

Diecinueve años antes, cuando acababa de cumplir dieciocho y estaba embarazada de su hija Nieves, sus tíos la vieron llegar a casa completamente hundida. «Lo de siempre»; habría tenido alguna nueva discusión con Juan, su marido, y es que ellos ya se lo habían dicho mil veces: con el carácter de era imposible que aquello fuera bien, pero, claro, ya era tarde para aconsejar.

Neus se había quedado huérfana de padre y madre a los cinco años, y sus tíos carnales la consideraban simplemente una hija. Cuando la vieron decidida a volver al bar de su marido, se dijeron que era el momento de hacerle una última advertencia: si quería quedarse en casa, ellos seguirían tratándola como una hija; si decidía volver con Juan, «que fuera para siempre». Y sentenciaron ahora, o nunca más. Nieves pensó nunca más, y volvió con su marido.

La verdad es que no estaba muy segura de que Juan fuera mala persona. Tenía un carácter impetuoso, violento; discutía por cualquier cosa y era capaz de emprenderla a puñetazos si se le apretaba un poco. Sin embargo, ¿quién podía acusarle de ser malo? Era uno de los doce hijos de un matrimonio payés que no tenía dónde caerse muerto. Se había pasado la vida, toda la vida, cosechando alfalfa, legumbres y cereales en una parcelita. Estaba en ella el día y la noche, como un poseso. Dormía al aire libre, cerca de la vaca, que era una especie de patrimonio inmediato; de cosecha-para-mañana-mismo De cuando en cuando blasfemaba en catalán, y si el cura o alguien de respeto se lo reprochaba, él decía: «El Deu con el que yo me meto es otro … ». ¿Malo? ¿A quién podía extrañarle que un hombre a quien dormir en la cama le parecía un lujo tuviese el pellejo duro? ¿Que era muy violento? ¿Más que pasar la guadaña al mediodía? Obsesionado con la idea de subir un escalón, vendió la parcela, puso un bar, y se casó con Neus. Y Neus se fue en uno de los primeros disgustos, pero volvió.

Millones en Granollers

Apenas un año después, Juan Vila había vendido el bar por 270.000 pesetas y se había ido con su mujer y con su hija Nieves a Montmeló, un pueblo cercano en el que hacía falta mano de obra. Después, las impresiones, se confirmaron al ciento por ciento: las grandes factorías comenzaban a desprenderse del cinturón industrial de Barcelona y se instalaban en un segundo cinturón de pueblos, huyendo del impuesto de radicación, para poblaciones de más de 100.000 habitantes.

En Granollers, a sólo dos kilómetros de distancia, estaban la casa Camp, una empresa familiar que fabricó primero los jabones Elena, después los jabones Biocoral, más tarde los Colón; y estaban Saula-Gallo, Hispano-Sony… Juan Vila y Neus Soldevila alquilaron un piso. Los obreros se disputaban las casas modestas. Juan pensó que la construcción de primeras viviendas podía ser un buen negocio.

Y comenzó a hacer dinero rápidamente: el Ayuntamiento concedía licencias con una sorprendente facilidad, y los pisos se vendían en los trabajos de cimentación. En la primera época, él formaba parte de las cuadrillas de albañiles. Alguien tan acostumbrado a jornadas absolutas no tenía ningún inconveniente en trabajar doce horas en un andamio, o en abofetear a un obrero, o en saltar los dientes a un competidor. Su única preocupación era volver a casa diciendo que todo el mundo trabajaba la mitad que él y que, por tanto, él podía exigir el doble.

A pesar de su encumbramiento social, nunca pudo hacerse un sitio entre la alta burguesía de Granollers. Había cambiado de traje, pero seguía teniendo andares de payés, blasfemaba como en sus años de cosechero, era cada día más agresivo, y sólo ayudaba a aquellos en quienes descubría rasgos de miseria, señales de parcelismo y establo, y sólo a veces le ponía algún giro al viejo párroco de Vich. Nunca participó en las tertulias de la fonda Europa ni terció en las discusiones del mercado callejero de los jueves a pie derecho. Tampoco tenía ningún amigo-amigo, pero tenía colaboradores tan eficaces como el abogado Riquet, gracias a cuyos buenos oficios seguía consiguiendo licencias.

Entre tanto, los chicos iban creciendo. La mayor se empeñaba en estudiar. El, sin embargo, no estaba muy convencido de que los estudios sirviesen para nada; prefería para ellos parcela, vaca, ladrillo y madrugada. Y si se resistían a aceptar el sistema, ya acabarían entrando por el aro. De eso se encargaría él. Su mujer, Neus, parecía resignada a su papel de madre comprensiva, siempre tan dulce y tan misteriosa: hace apenas quince años le asignaba 15.000 pesetas mensuales para que administrase la casa. Sus quejas parecieron hacerse cada vez más tibias. Quería decirse que él, Juan Vila, estaba de nuevo en lo cierto.

Hace unos diez años, a la vista de alguna de las cicatrices que le habían dejado las reyertas, decidió buscar un arma. Finalmente, un policía municipal le cedió su Star del nueve corto y una heterogénea partida de proyectiles. La guardó en una pequeña caja de caudales. Dos años después, las reglas seguían siendo inflexibles en su casa: los chicos, todos, habían de volver a las seis. Unicamente él estaba autorizado a comer en el salón; el resto de la familia tenía que apañarse en la cocina: los muchachos se agrupaban poco a poco alrededor de Neus.

Su cuenta corriente subía conforme alcanzaban altura los nuevos bloques. Ante los primeros síntomas de escasez de demanda de pisos, eligió la mejor solución: mejorar la calidad de los acabados. Con el cambio de régimen, las cosas se complicaron. Los nuevos ayuntamientos de Granollers y Montmeló revocaron planes de construcción, anularon licencias y denunciaron algunos equipamientos sanitarios. Un día se dijo que ya estaba bien: reclamó un notario, fotografió todos los edificios permitidos a los constructores de la competencia, y que, en su opinión, eran tan censurables como las suyos. Ni su formación ni su ideario alcanzaban para diferenciar, con un libro en la mano, las izquierdas de las derechas. Alguien dijo de él: «Si no hubiese conseguido salir de su parcela de Vich, se habría hecho de la ultra izquierda ». Pero, dado que había conseguido reunir más de doscientos millones de pesetas, se afilió a Fuerza Nueva; puesto que no podía tener amigos, tendría correligionarios. En determinado momento decidió que entre obreros, competidores, lesionados y oprimidos había demasiados convencinos dispuestos a quitarle de enmedio. Entonces consiguió un guardaespaldas.

A finales de los años setenta, Juan Vila era, más o menos, lo que había sido siempre. Ahora tomaba whisky para encenderse, y vallium para apagarse. Neus, en cambio, prefería el Tamplax. Sus vecinos de chalé, los Molins, supieron que en cierta ocasión ella tuvo que recibir tratamiento por medicación excesiva. No fue, ni mucho menos, un intento de suicidio; en todo caso, un intento de llamar algo la atención. A los ojos del pueblo hacía un papel digno y equilibrado. Vestía con una suave elegancia, se sentaba con lentitud al volante de su Ford Granada Diesel, de color gris-verde, y atravesaba sin prisa la plaza de la Corona, de Granollers, para ir a comer con sus hijos el plato combinado número doce de la cafetería El Cisne; siempre pedía un revoltijo de huevos, jamón y alcachofas.

Hace unos ocho años tuvo, más que nunca, la conciencia de estar acorralada. Indagó cerca del abogado Riquet sobre una eventual separación, pero las gestiones no podían prosperar. Vivir junto a su marido era casi imposible, pero se pararse era peligroso. ¿Cómo reaccionaría al enterarse? Todo parecía indicar que, adornada con vestidos blancos de tirantes, zapatos de tacón fino y cruces de oro. Neus había aprendido a caminar sobre el filo de la navaja. Había conseguido también que su voz, siempre tenue, y sus frases, siempre cortas, fueran interpretadas como una prueba más de elegancia. Hace año y medio confesó a algunas de sus mejores amigas su decisión de decir a su marido que no deseaba recibir de él en adelante ningún dinero para la administración de la casa. Tenía, según sus propias palabras, autorización para la venta de productos cosméticos Friné. Con su acento levemente desmayado contaba cómo había conseguido la colaboración de peluqueras y vendedoras a domicilio para distribuir lociones, cremas y tónicos. «Gano más de 200.000 pesetas al mes, ¿para qué necesito lo poco que él me da?». En la cafetería El Cisne y en la cocina, los seis chicos seguían agrupándose a su alrededor.

Pero ellos estaban en dificultades. Luis y Juan, los gemelos, habían dejado los estudios en primaria. Su padre parecía tener reservada para ellos la mejor pieza de su colección. Había comprado una finca de regadío en el término municipal de Esplús, en la provincia de Huesca: aquellas cien hectáreas con casa, naves y un pequeño lago artificial tenían muy pocos puntos comunes con la antigua parcela de Vich, pero, con unos retoques, todo podría parecer idéntico. A veces decidía que la familia necesitaba una temporada en el campo, cargaba los coches y se iba con todos a la finca. Allí sometía a los chicos a un fuerte entrenamiento para Juan Vila: dormían y trabajaban, por turno, en jornadas absolutas, de manera que el tractor siempre tenía que estar en marcha, y uno de ellos, siempre al volante. De vuelta a Montmeló, los chicos subían a sus pequeñas motos de trial y se escapaban algún rato al pub La Dolce Vita, de Granollers, donde pedían refrescos de cola. Medio pueblo sabía que el señor Juan escenificaba la posguerra de Vich en el nuevo decorado de Esplús.

Nieves, la mayor, quería estudiar ciencias empresariales, pero, ya se sabía también, su padre estaba seguro de que la única ciencia positiva era el ladrillaje, y que toda disciplina pasaba por el albañilato. A finales de junio, el día en que tenía que examinarse, el señor Juan dijo que todos a Esplús, y ella perdió curso.

Marisol, o Mary, como la llaman sus compañeras, estudiaba primero de BUP y tiene catorce años. A las cinco de la tarde salía del colegio de las Carmelitas, casi siempre acompañada de Mariángeles, Maribel y Elena, sus mejores amigas. Odiaba el inglés en la misma medida en que amaba, a su manera y siempre por turno, corno el señor Juan disciplinaba a los gemelos en Esplús, a los chicos del colegio de los escolapios. El grupo llegaba a la plaza de la Corona, rodeaba la torre octogonal del transformador y solía mirar con indiferencia la pancarta donde se anuncia el torneo de baloncesto, a pesar de su gran estatura: a ella lo que le ha gustado siempre es la natación. La algarabía de los cientos de gorriones que se quedan a dormir en las cuatro filas de castaños de la plaza les obligaban suspender la conversación y a decir, como recurso final, aquí y mañana.

Asesinato en Esplús

El día 28 de junio, a las diez de la noche, el Ford Granada de Neus Soldevilla se detuvo ante el chalé de Montmeló. Esta vez no había vuelto de la finca Mas Vila de Esplús el Chrysler diesel marrón del señor Juan, y los chicos, todos, y la sirvienta, Inés Carazo, venían con la madre. El grupo hizo alguna gestión en el interior del edificio. A continuación, Neus fue corriendo al chalé de los Molins. Lloraba.

-… Dos encapuchados se presentaron en la finca de Huesca hace unas tres horas, y preguntaron por Juan. Me dijeron que me viniese a Montmeló con la familia y que no avisara a la policía hasta pasadas tres horas. Me amenazaron con matarlos a todos. Ahora acabo de telefonear a la Guardia Civil de Binéfar. Creo que iban por él.

-Bueno, pero tal vez sea un secuestro o una paliza…

-No, no: yo noté que iban por él. Iban por él, iban por él…

La Guardia Civil llegó a la finca de Esplús unos minutos después. Juan Vila seguía en la cama, casi totalmente tapado por la colcha. Al apartar la ropa, los guardias comprobaron que tenía una herida de bala en la zona superior izquierda de la cabeza. A simple vista no se apreciaba ningún orificio de salida del proyectil. El cuerpo descansaba en posición fetal, tumbado sobre su lado derecho; los ojos, cerrados, hacían pensar que la víctima había sido sorprendida y asesinada mientras dormía. Su única indumentaria era un calzoncillo slip, de color claro.

Once días después, una voz no identificada reivindicaba el hecho para la organización terrorista GRAPO. El día 27 de ese mismo mes, la magistrada-juez de Fraga, en la provincia de Huesca, solicitó que un grupo de funcionarios especializados de la Jefatura Superior de Policía de Zaragoza estudiara el caso. El funcionario Jesús J. se puso al frente del equipo. En una primera apreciación había demasiados móviles y demasiados sospechosos; no menos de cincuenta personas habrían podido tener razones para matar a Juan Vila. El único sistema razonable para conducir las pesquisas sería descartar una a una. todas las pistas falsas.

En un minucioso estudio de las declaraciones de los familiares y la sirviente, Jesús J. anotó tres puntos oscuros y se hizo tres preguntas: si la puerta del chalé de la finca Mas Vila estaba abierta, ¿por qué llamaron al timbre los encapuchados en vez de pasar directamente?; si Neus y sus hijos no pensaban volver aquella noche a Montmeló sin Juan Vila, ¿por qué habían cargado de ropa el maletero del Ford Granada y sólo el del Ford Granada?, y, sobre todo, ¿cómo podía haber visto uno de los gemelos, tal como dijo, a uno de los encapuchados: «tenía pantalón gris y camisa azul», si el cristal de la puerta del salón era de vidrio traslúcido de color amarillo?

El grupo decidió entonces investigar la vida privada de Neus Soldevilla Bartina.

*****

Neus Soldevilla hizo el amor con su marido, antes del asesinato, para conseguir que se durmiera

Julio Cesar Iglesias – ElPais.com

20 de octubre de 1981

Hace unos ocho años, agobiada por el carácter de su marido y por la escasa asignación mensual que recibía para el mantenimiento de la familia, Neus Soldevilla hizo una discreta consulta al abogado sobre una hipotética separación matrimonial. Y aunque nadie advirtió en ella signos de contrariedad, probablemente llegó a una conclusión: vivir con Juan Vila era cada día más difícil, pero apartarse de él sería imposible; un hombre tan violento trataría, sin duda, de evitarlo a cualquier precio. La única salida era su desaparición, su eliminación física.

Neus comenzó a beneficiarse del margen de libertad que le permitían las ausencias de su marido, ya fueran por razones de trabajo o por su afición a la caza. Montmeló tenía menos de 7.000 habitantes, y Granollers, menos de 50.000, poca gente como para que la conocida señora de Vila pudiera mantener en secreto alguna supuesta aventura extraconyugal. Pero Barcelona y los pueblos costeros estaban cerca, y ella disponía de un automóvil. Tardó muy poco en hacer nuevas amistades.

A partir del pasado 27 de julio, a un mes de la muerte de Juan Vila, el funcionario Jesús J. y los hombres de la Brigada de Policía Judicial de Zaragoza, encargados de resolver el caso, hicieron un lento recorrido por todos los lugares que Neus Soldevilla ha frecuentado en los últimos años, investigaron sus movimientos y sus relaciones, y comenzaron a hacer descubrimientos sorprendentes.

La cara oculta de Neus Soldevilla

No puede decirse que Neus tuviese amantes fijos o exclusivos. En su círculo de íntimos entraban hombres de procedencia indeterminada, varios de ellos, aconsejados por amantes anteriores o amigos indiscretos que la calificaban como «una excepcional compañera de dormitorio». Si se cansaba de alguno, simplemente se deshacía de él sin rodeos; a veces llegó a utilizar sin escrúpulos el miedo que su marido inspiraba: «Me ha telefoneado mi cuñada y me ha dicho que Juan ha estado a punto de enterarse, a cuenta de tu indiscreción».

Sus nuevos planes de venta de cosméticos, hábilmente comentados a sus mejores amigas, le garantizaban una cierta libertad de movimientos; en casa, los niños y la sirvienta, encogidos por la presión de Juan Vila, confiaban en ella y admiraban su maestría para burlarle. Siempre que fue necesario, la anciana sirvienta Inés Carazo le proporcionó la coartada. «La señora Neus acaba de salir», o «Ha ido a la obra», o «Tiene una reunión de trabajo con las distribuidoras de cosméticos» eran excusas más que suficientes para un ser tan rudimentario como su marido: ¿Quién podía atraverse a engañar a un hombre de rompe y rasga como él?

Simultáneamente, durante los últimos años, día a día, Neus ha hablado con sus hijos en la cocina, en la cafetería El Cisne y junto al arado mecánico de Mas Vila, en Esplús, y en sus razonamientos, dichos a media voz, con un irreprochable acento maternal, siempre se llegaría a la conclusión de que todos los males que afligían a la familia venían de Juan y sólo podrían terminar si Juan muriera.

Hace aproximadamente dos años, Neus decidió reunir su propio patrimonio, a espaldas de su marido. Compraría dos apartamentos en Calella: serían dos refugios y dos inversiones. No tenía dinero, porque la venta de cosméticos era una tapadera, no una fuente de ingresos, pero como señora de Vila Carbonell, el próspero constructor de viviendas, tendría un crédito casi ilimitado ante muchos prestamistas. Entonces fundó una pequeña compañía financiera.

Su línea comercial no podía ser más directa: solicitaba una cantidad y aceptaba intereses muy altos y plazos de devolución muy cortos. Si posteriormente, el prestamista exigía un riguroso cumplimiento del compromiso, ella pedía un préstamo más cuantioso a una segunda persona, en las mismas generosas condiciones, y, sucesivamente, a una tercera, a una cuarta y a una quinta. Sobre la marcha compró los dos apartamentos y se hizo regalos de más de 100.000 pesetas: en un sólo día desembolsó cerca de 200.000 pesetas en uno de los comercios de El Corte Inglés. Los nuevos prestamistas respaldaban a los antiguos; la venta de cosméticos, «gano más de 200.000 pesetas mensuales, Antonia», justificaba sus lujos y su independencia, y los niños estaban cada día más convencidos de que mamá tenía razón: aquel hombre que los desterraba a la cocina, a Mas Vila y a la incultura, merecía que se le matase. Paralelamente. las deudas de Neus se dispararon. De la noche a la mañana, ya debía ¡diecisiete millones de pesetas! ¿Cómo conseguiría salir del atolladero? ¿Qué ocurriría si el implacable Juan Vila llegaba a conocer la bancarrota en que su mujer había caído a sus espaldas?

Sin embargo, en un extraño transporte de generosidad, Juan Vila había extendido un seguro de vida a favor de Neus y de sus hijos. «Son cincuenta millones. Podríais cobrarlos aunque me asesinaran o, incluso, aunque decidiera suicidarme». En realidad les engañó en un cincuenta por ciento. Había suscrito dos pólizas: una, por ocho millones, otra, ¡por diecisiete! Total, veinticinco.

Y Neus, cada día más arruinada, sólo conseguía saldar totalmente su cuenta, de 1.600.000 pesetas, con Inés, la sirvienta, cuya posición económica era desahogada a pesar de la naturaleza de su trabajo. Mientras ella debía diecisiete millones, Juan Vila había construido, junto al antiguo bar Tílburi, al principio de la carretera de Granollers a Mataró, un bloque de pisos revestido de mármol de color vino y acero inoxidable, cuyos portales, decorados con bajorrelieves de cerámica, techos artesonados y granito brillante de color gris, tienen una misma inscripción: «Granollers, ciutat pubilla de la sardana, 1976». Eran casi una obra de arte, una brillante culminación de su carrera. Los puso en venta, a siete millones de pesetas. Ya en 1981, sus bienes fueron evaluados en 350 millones.

Los preparativos

Neus convenció definitivamente a sus hijos en junio. Le matarían en Mas Vila, a finales de mes. En casa, todos, también Inés, parecían estar de acuerdo. Los nuevos sucesos familiares reforzaban esta decisión: con ocasión de aquel viaje, Juan obligó a su hija Nieves a perder el examen de Ciencias Empresariales, aparentemente conformes con su suerte, los gemelos revisaban el tractor y preparaban sus turnos.

En las reuniones de Mas Vila, siempre organizadas cuando Juan estaba ausente en el campo, su mujer y los chicos discutieron al menos tres sistemas. Descartaron una avería en las ruedas del coche por una consideración humanitaria: tal vez le acompañase alguien en el momento del accidente, y no podía olvidarse de que aquello sería, para casi todo el grupo, un crimen ritual o, mejor, una ejecución.

Habían comprado un frasco de éter con el propósito de dormirle y golpearle luego en la cabeza con un palo, pero el movimiento final exigía un macabro despliegue, una rudeza muy alejada del apocamiento de los muchachos, tan sensibilizados hacia la violencia. Para el vallium ya era tarde. Quedaba la vieja Star del nueve corto. A primera hora del pasado día 28 de junio, tres de los hijos de Juan Vilá probaron la pistola junto al chalé de la finca. Funcionaba perfectamente. Sólo había que tener una precaución al usarla; como sucedía con todas las pistolas, al disparar, el extremo del cañón se desviaba hacia arriba. Había que prevenir, entonces, algún gravísimo fallo…

… Desde el 27 de Julio. los inspectores de Jesús J. recorrieron unos 8.000 kilómetros y se entrevistaron con más de doscientas personas relacionadas con la familia Vila. Prescindieron muy pronto de la hipótesis del crimen político y supieron que varios de los más caracterizados militantes de Fuerza Nueva habían llegado a la misma conclusión, en una mesa convocada ex profeso para estudiar el caso. Los investigadores resolvieron también que las probables razones para sus enemigos profesionales habrían sido suavizadas por el paso del tiempo; una venganza tan tardía no resultaba, en absoluto, lógica. Los amantes de Neus eran siempre aves de paso: con ellos no había tampoco intereses creados que explicasen una supuesta complicidad, Después de más de dos meses de investigaciones, el único móvil en pie era su necesidad de dinero y su inevitable correlación con el seguro de vida…

Desde que murió su marido, Neus Soldevilla Bartrina, viuda a los 38 años, regaló a su hija mayor, Nieves, un Ford Fiesta; cambió las motocicletas de sus hijos por una Derbi C-4 y una Vespa, mientras Marisol variaba bruscamente de planes; decía: «Quiero estudiar Farmacia»; luego dijo: «Quiero hacerme juez», y ella, Neus, se compró un descapotable.

En su nuevo papel de viuda moderna, de mujer fuerte y animosa, hizo gestiones para vender la finca Mas Vila, aquel macabro lugar que traía tan malos recuerdos a la familia: el primer comprador le ofreció setenta millones de pesetas en mano. Decidió también adosar dos pisos del edificio de mármol y mudarse a ellos con todos los chicos y con Inés. Para ocuparse personalmente de los negocios de su marido, se encargó de las oficinas de venta y colgó en la fachada izquierda del edificio un cartel en el que se lee: «Construcciones Herederos de J. Vila Carbonell. Venta de pisos». Y, como homenaje póstumo mandó instalar una gran foto mural del difunto en una de las paredes de su despacho. El viernes 9 de octubre, por la tarde, hace hoy once días, fue a la floristería Lolín, de la plaza de la Corona, y le hizo a Rosita, la dependienta, un pedido de veinticuatro geranios, un árbol yuca y ocho palmeras, cuatro grandes y cuatro pequeñas, por un importe de 18.200 pesetas, sin descuentos, para decorar su nuevo recibidor. A las 21.30 horas la detuvieron.

Previamente, Jesús J. había convencido a un hijo de Inés, la sirvienta, para que hablase con su madre y le urgiese una confesión. El hijo accedió. Con el corazón en un puño, los policías lograron reconstruir exactamente el crimen.

Ceremonia de la ejecución

A primera hora de la tarde del 28 de junio, después de que los chicos hubieran probado la pistola, Neus se fue al dormitorio: cuando Juan volviese del campo debían decirle «Mamá está en la cama, con jaqueca». Sin duda iría a la alcoba con la pretensión de hacer el amor.

Todo discurrió tal como había previsto Neus. Hicieron el amor y, según su costumbre, Juan se quedó dormido en seguida. Entonces ella se levantó en silencio, fue a buscar la pistola y se la entregó a uno de sus hijos. El muchacho entró en la habitación, pero volvió unos segundos después moviendo negativamente la cabeza, en un gesto de asco o de desánimo. En ese momento, Marisol se adelantó y dijo: «Si vosotros no tenéis lo que hay que tener, yo sí los tengo». Y preguntó qué había que hacer para evitar que el cañón de la pistola se desviase hacia arriba cuando apretara el gatillo. «Empúñala con las dos manos, te será muy sencillo », le respondieron. Todos, salvo las dos niñas pequeñas y la sirvienta, que se quedó custodiándolas, la acompañaron. Marisol se acercó a la cama. La vieja Star municipal ya había sido montada; tenía una bala en la recámara. Marisol siguió exactamente las instrucciones.

Pasadas tres horas, la Guardia Civil de Binéfar recibía una llamada telefónica desde Montmeló y luego descubría el cuerpo de Juan Vila Carbonell. «Está casi en posición fetal», dijeron los expertos. En Zaragoza, el funcionario Jesús J. se pasa el día diciendo que ojalá puedan salvarse los niños. En la finca Más Vila, las hembras de mantis religiosa siguen devorando a los machos después de aparearse con ellos. Como siempre.


“Moriré con las botas puestas”

Rebeca Carranco – ElPais.com

2 de septiembre de 2012

“No, no, no, no”, ríe, coqueta, Neus Soldevila, cuando se le pregunta si tiene pareja. Suma 69 años y lleva pendientes grandes de aro, varios anillos, pulseras y una blusa rosa con bordados en el cuello. Se disculpa varias veces por las chanclas —“este verano me he roto un dedo del pie, no sé cómo, y se me hincha”— y lamenta no haber podido cambiárselas por los zapatos que guarda en el bolso antes de sentarse a la mesa en la cafetería Zúrich, en Barcelona.

Soldevila es la Dulce Neus. Hace 31 años, en una finca en Esplús (Huesca), su hija Marisol, que tenía 14 años, mató de un tiro en la nuca a su marido, Joan Vila. Neus fue condenada a 28 años de cárcel por convencer a sus hijos para que asesinasen a su padre y montar luego una farsa acusando a los GRAPO. “Mi madre me aguantó la mano y yo disparé”, contó en un programa de televisión hace menos de un año Marisol, que ingresó en un reformatorio. Sus hermanos gemelos, Juan y Luis, de 17 años, y María Nieves, de 18, también fueron a la cárcel.

A sus casi setenta años, Neus luce la misma media melena rubia oxigenada que en aquel 1 de octubre de 1986, cuando huyó de España en una circense fuga, acompañada de varios periodistas, aprovechando su régimen abierto en prisión. Escapó a Sudamérica, donde vivió casi dos años bajo la falsa identidad de Montserrat Ferrer. Había pasado cuatro años ya en la cárcel. El 8 de mayo de 1989 regresó extraditada a España, tras ser detenida por vender esmeraldas falsas.

Lo recuerda divertida, con la complicidad de su hermana Carmen, de 76 años, ambas nacidas en Torelló, en un pueblo en el interior de Cataluña. “¡He estado en todas las prisiones de España!”, se ríe, mientras rememora una vida con un asesinato, estafas, huidas, abogados mediáticos (como Emilio Rodríguez Menéndez), unos hijos que le han dado la espalda, amoríos, la prensa… Ella que pensaba que acabaría siendo la señora de una casa de campo.

Eso le ha dado material de sobra para novelar. “Empecé a escribir en la prisión un diario, sin pensar que lo publicaría”, cuenta. Desde entonces ha impreso tres libros: Bajo mi piel, ¿Yo… y… Yo? y Las fisuras de la piel. Ella misma los edita, su hermana se los pasa a ordenador —“y le cambio alguna palabra”, aclara Carmen— y luego los promociona por “ferias, fiestas y allí donde haga falta…”. Pero todo en negro porque teme que se lo embarguen.

Hablando muy de cerca a su interlocutor, en un catalán cerrado, y mirándole a los ojos, Neus despliega sobre la mesa toda una serie de recibos que le envía el Ayuntamiento de Granollers (Barcelona). Con su primer marido, tenía diversas propiedades, de las que debe los impuestos municipales de al menos nueve aparcamientos. “No son míos, pero van a nombre mío. Aquí hay un cacao muy grande”, aduce. Cree que en estos años solo ha dado con “usureros y corruptos” que han hecho “lo que han querido” con su “caso” hasta dejarla sin blanca.

Las deudas han sido una constante en su vida. Tras el asesinato, diversos medios publicaron que Neus había creado una estafa piramidal a espaldas de su marido, con el que llevaba 19 años casada, y que ese era también uno de los móviles para acabar con él. “Siempre puede haber algo de verdad en esas cosas, pero se hace un globo”, corta.

Con espíritu empresarial (“me ha gustado tener mis negocios”), después del crimen Neus regentó un taller de moda en Colombia, otro de bisutería en Barcelona e intentó acabar una promoción de pisos que Vila dejó inacabada. Las numerosas entrevistas pagadas que daba en televisión le iban sirviendo también para mantener la caja llena.

Pero aquello acabó. Cerró los talleres —“ya no tengo tiempo para eso”, justifica— y se dedicó a emborronar páginas. “No hacía otra cosa”, corrobora Rosa Villagómez, de 57 años, que vivió con ella casi cuatro años en el número 212 de calle de Marina, en Barcelona. Pero un día Neus desapareció. “Abrí la puerta de su habitación y vi que no quedaba ni su ropa”, explica apenada. “La lloré mucho, no me cogía el teléfono…”, sigue Rosa, que no la ha vuelto a ver. “Me robó el corazón. Ojalá regresase”, solloza.

El 5º 3ª de la calle de Marina fue el piso que eligieron Neus y Tomás Busquets tras casarse en 1997. Él se definía como un “picapleitos” que le gestionaba sus asuntos. “Insistió tanto que me volví a casar y eso que había jurado no hacerlo”, sonríe la Dulce Neus, que hoy vive con su hermana en Ripollet (Barcelona). Tomás murió en 2003 de cáncer… “Y yo quedé endeudada”, cuenta. Por eso le propuso a Rosa que compartiesen piso. “Pero pasaba mucha gente por allí, no lo sentía mi casa… Por eso me fui”, dice.

Neus se ha hecho mayor, y le queda sobre todo el apoyo de su hermana. De sus seis hijos no tiene noticias. Marisol reprochó en aquel programa que su madre le hiciese creer que su padre era un ogro. “Ay, pobrecitos, si él hubiese vivido, más tarde no sé cómo lo hubiesen pasado”, responde con ternura, aunque critica que “todos quieren quitarse las pulgas de encima”. No le gusta remover el pasado, pensar en su exmarido, al que define como un maltratador.

Más gracia le hace el episodio de las esmeraldas. Todavía recuerda el bolso de piel rojo que llevaba el día que las vendió a la joyería Terra Nova, en Quito. Le dieron tanto dinero por ellas que no le cabían los billetes en el bolso. Al llegar al hotel, abrió la puerta y empezó a esparcirlos por la cama. “¡Nunca jamás he vuelto a ver tanto dinero junto!”. Pero las joyas eran falsas, unos vidrios tintados, según la policía que la detuvo. Neus, sin embargo, lo niega. Aunque tampoco da detalles de dónde las compró, ni por qué las vendió si realmente quería, como dice, montar unos pendientes y un anillo para su hija. “Insistieron en comprármelas”, arguye. La detuvieron por aquello, y acabaron entregándola a España a cambio del subgobernador del Banco de Ecuador, Juan Manuel Fornell, acusado de desfalco.

El 5 de septiembre del año 2000 saldó su deuda con la justicia. “No le deseo a nadie lo que he sufrido”, repite la Dulce Neus, que después de “llorar” por el apodo que le puso “el juez o la policía”, ha acabado firmando con ese nombre. Ante dos aguas con gas, en una cafetería de Barcelona, más de 30 años después, Neus afirma que se siente libre: “Moriré con las botas puestas”.

 


AUDIO: ELENA EN EL PAÍS DE LOS HORRORES – LA DULCE NEUS


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