Michael Bruce Ross

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Michael Bruce Ross

El Hombre Huevo

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador
  • Número de víctimas: 8
  • Periodo de actividad: 1981 - 1984
  • Fecha de detención: 28 de junio de 1984
  • Fecha de nacimiento: 26 de julio de 1959
  • Perfil de las víctimas: Dzung Ngoc Tu, de 25 años / Paula Perrera, de 16 / Tammy Williams, de 17 / Debra Smith Taylor, de 23 / Robin Stavinksy, de 19 / April Brunias, de 14 / Leslie Shelley, de 14 / Wendy Baribeault, de 17
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Varias, Estados Unidos (Connecticut)
  • Estado: Ejecutado por inyección letal el 13 de mayo de 2005
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Michael Bruce Ross

Última actualización: 14 de enero de 2016

Michael Bruce Ross (26 de julio de 1959 – 13 de mayo de 2005) fue un asesino en serie estadounidense. Murió ejecutado por inyección letal en el estado de Connecticut, que supuso la primera ejecución en toda Nueva Inglaterra desde 1960.

Primeros años

Ross nació en Putnam (Connecticut) hijo de Patricia Hilda Laine y Dan Graeme Ross. Creció en una granja de Brooklyn, Connecticut. Su familia estaba desestructurada ya que su madre había abandonado la familia para ser ingresada en una institución mental. Algunos miembros de la familia así como amigos habían sospechado que el pequeño Michael había sufrido abusos sexuales por parte de su tío, que se suicidaría cuando Ross tenía tan solo seis años.

Desde siempre se mostró como un tipo brillante con un coeficiente intelectual de 122, y fue perfectamente en la escuela. Posteriormente iría a la Universidad Cornell estudiando economía agrícola. Pero, paralelo a esto, empezaría con sus desequilibrios mentales, cometiendo su primera violación y poco después su primer asesinato.

Cadena de asesinatos

Entre 1981 y 1984, violó y mató a ocho mujeres de entre 14 y 25 años en Nueva York y Connecticut.

Su listado de víctimas es el siguiente (siete de las ocho mujeres había sido violadas previamente):

  • Dzung Ngoc Tu, 25, estudiante de la Universidad de Cornell, asesinada el 12 de mayo de 1981
  • Tammy Williams, 17, de Brooklyn, Connecticut, asesinada el 5 de enero de 1982
  • Paula Perrera, 16, de Wallkill, New York, asesinada en marzo de 1982
  • Debra Smith Taylor, 23, de Griswold, asesinada el 15 de junio de 1982
  • Robin Stavinsky, 19, de Norwich, Connecticut, asesinada en noviembre de 1983
  • April Brunias, 14, de Griswold, asesinada el 22 de abril de 1984
  • Leslie Shelley, 14, de Griswold, asesinada el 22 de abril de 1984
  • Wendy Baribeault, 17, de Griswold, asesinada el 13 de junio de 1984

En 1983, también había violado a Vivian Dobson (de 21 años), aunque ésta logró escapar. En un principio, tras la denuncia de Vivian, se rechazó la posibilidad de que Ross fuera el violador de la chica ya que no tenían cargos ni confesión del detenido. Pero, cuando fue detenido nuevamente, Ross confesó todos los crímenes y fue juzgado y sentenciado por cuatro de ellos.

Sería sentenciado a la pena de muerte el 6 de julio de 1987, y estuvo en el corredor de la muerte 18 años. Durante su permanencia en prisión, se convirtió en un ferviente católico y escribió varios artículos para diversas publicaciones. Aunque era contrario a la pena capital, Ross intentó acelerar su propia ejecución para evitar que los familiares de sus víctimas continuaran sufriendo.


«No soy un animal»

Elpais.es

13 de mayo de 2005

Un asesino en serie se convierte en el primer ejecutado en Connecticut en los últimos 45 años.

Tras pasar 18 años en el corredor de la muerte por el asesinato de ocho adolescentes, Michael Bruce Ross, se ha convertido en el primer reo ejecutado en el Estado de Connecticut en los últimos 45 años. Michael rechazó las apelaciones de sus abogados y aceptó su condena de buen grado. Siempre negó ser un perturbado y en una ocasión escribió: «No soy un animal».

Los tribunales condenaron a una pena superior a los 300 años de prisión para este asesino en serie, acusado de estrangular a primeros de los años 80 a ocho chicas adolescentes y una mujer joven, en algunos casos con el agravante de rapto. Hasta ese momento Michael había sido un respetable y discreto diplomado en la Universidad de Cornell que se dedicaba a la venta de seguros.

Los esfuerzos de sus abogados de oficio, de su familia y de numerosas organizaciones de ciudadanos contra la pena de muerte han sido en vano. Hace un año, cuando Michael fue sentenciado a la pena capital por inyección letal, el reo negó cualquier acción en su defensa. Afirmó que aceptaba la pena como una manera de aliviar la vida de las atormentadas familias de las chicas asesinadas.

Nada que decir

Durante el proceso judicial, el propio Michael, de 45 años, puso empeño en demostrar que no era ningún perturbado mental y logró convencer al tribunal que en todo momento fue un hombre plenamente consciente de sus actos, pese a que los psiquiatras afirmaron que padecía instintos suicidas y que presentaba un cuadro de evidente trastorno al ver que era incapaz de demostrar ante el mundo que no era ningún monstruo. De hecho, en una de sus notas escritas en prisión, Michael afirmó: «No soy un animal».

A la ejecución de Michael Bruce Ross, la pasada madrugada, han asistido unas 20 personas, entre las que se encontraban familiares de algunas de las víctimas del reo. Durante el proceso, Michael ha cerrado los ojos evitando mirar a los testigos de su muerte. Ni siquiera pudo dirigir unas últimas palabras antes de recibir la inyección letal.


El asesino que eligió morir

Lavozdegalicia.es

15 de mayo de 2005

Michael Ross, acusado de matar a varias jóvenes, se convirtió ayer en el primer reo ejecutado en casi medio siglo en Nueva Inglaterra tras negarse a seguir recurriendo su condena a muerte.

Michael Bruce Ross siempre defendió que era consciente de lo que hacía, le molestaba que lo tacharan de perturbado mental y que los ocho asesinatos que reconoció haber cometido en los años 80 fueran fruto de la enajenación. Ayer murió por una inyección letal en la prisión de Somers, en Connecticut (Nueva Inglaterra), el primer reo ejecutado en este estado en los últimos 45 años.

«Es hora de olvidarnos de Ross, pero nunca deberemos olvidar a sus víctimas ni a sus familias», dijo el fiscal jefe de Connecticut, Chris Morano, minutos después de la ejecución. El condenado habría estado de acuerdo.

Y es que Ross abandonó el año pasado todos los intentos para evitar su destino, tras 18 años en el corredor de la muerte, aunque sus abogados, grupos abolicionalistas y familiares lucharon hasta el final para aplazar una ejecución que él veía como una manera de aliviar el sufrimiento de los padres de las ocho chicas de entre 14 y 25 años a las que admitió haber estrangulado y violado. «Se lo debo a la esa gente, yo maté a sus hijas y si puedo poner fin a su dolor lo tengo que hacer, estoy en mi derecho», argumentó al anunciar que no presentaría más apelaciones.

Corredor de seguros

Durante el juicio, este licenciado de la Universidad de Cornell y tímido corredor de seguros de 45 años, fue condenado por el asesinato de cuatro chicas, aunque confesó haber matado a otras cuatro. En todo momento se esforzó por demostrar que sabía lo que hacía, a pesar de los informes de los forenses psiquiátricos que señalaban que tenía tendencias suicidas y cuadros de inestabilidad emocional. En una ocasión llegó a escribir desde la cárcel, en donde leía todos los días la Biblia: «No soy un animal».

Antes de que se tumbara en la camilla de la fría habitación donde pasó sus últimos minutos, Ross no pidió ninguna voluntad especial y cenó el menú de la prisión: pavo a la king, arroz, verdura, pan blanco y fruta. Horas después, y con la mirada atenta de unas 20 personas, en su mayoría familiares de las víctimas, sintió el pinchazo de la aguja, cerró los ojos, exhaló un leve jadeo, se estremeció unos segundos y dejó de moverse. Con un simple «no, gracias», eludió pronunciar sus últimas palabras.

A las puertas de la prisión, centenares de activistas contra la pena de muerte rezaban por él y lamentaban que la medida hubiera regresado a Nueva Inglaterra tras casi medio siglo. El director local de Amnistía Internacional, Josh Rubenstein, calificó el episodio de «innecesario y triste» y confió en que no cundiera el ejemplo en la región.

Pero los familiares de las asesinadas no opinan lo mismo. Edwin Shelley, padre de una de ellas, señaló: «Hemos esperado 21 años para que se hiciera justicia». La hermana de otra de ellas, Debbie Dupris, afirmó: «Creo que sentiré alivio pronto pero ahora siento rabia después de verle ahí tumbado y dormido después de lo que hizo a esas chicas». En la actualidad, más de 3.400 presos esperan a ser ejecutados en alguno de los 38 estados de este país en los que todavía está vigente la pena capital, resucitada en 1976.

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