Mary Frances Creighton

Atrás Nueva búsqueda
Mary Frances Creighton
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Envenenadora
  • Número de víctimas: 1 - 3
  • Periodo de actividad: 1923 / 1935
  • Fecha de detención: 9 de octubre de 1935
  • Fecha de nacimiento: 29 de julio de 1899
  • Perfil de las víctimas: Ray Avery, de 18 años (su hermano), Anna Creighton (su suegra) y Ada Appelgate, de 34 años (la esposa de su amante)
  • Método de matar: Veneno
  • Localización: Varios lugares, Estados Unidos (Nueva Jersey), Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Ejecutada en la silla eléctrica el 19 de julio de 1936
Leer más

Mary Frances Creighton – Los durmientes revueltos

Última actualización: 21 de marzo de 2015

El arsénico y un par de camas formaron un combinado que se resolvió en una corriente de alto voltaje. A veces no resultaba tan sencillo adivinar quién vivía con quién, pero la cabriola Everett Appelgate-Mary Frances Creighton finalizó en una sola nota: ambos se sentaron en la misma silla.

Everett Appelgate, un tipo delgado y de mala índole, con unos ojos inquietos color champaña, unos labios gruesos y una fisonomía estirada y amarillenta, que contaba cuarenta años de edad, era un hombre inconmoviblemente fiel a las empresas carnales, un caballero que sabía el modo de ganar terreno con las señoras. A pesar de su aparente falta de atractivo, tenía un cierto encanto solapado.

Después de las mujeres, Appelgate, un veterano de la Primera Guerra Mundial, daba prioridad a los asuntos de la Legión Americana. En 1934 era comandante de la Segunda División de la Legión en el condado de Nassau, que comprendía diez destacamentos, y tenía un empleo administrativo fijo en la Oficina de Veteranos del mismo condado.

Estaba casado con una mujer tórpida de 35 años, bajita y regordeta. La pareja tenía una hija de once años, Agnes. El comandante, estando tan ocupado en otras partes, pasaba con su esposa el tiempo necesario, nada más, pera conservar sus derechos.

El ayudante de Appelgate en la Legión era un hombre campechano de su misma edad, un tal John Creighton, viajante de comercio. Frances, la esposa de Creighton, una dama rolliza, morena y vivaracha, de ascendencia española, trabajaba de escribiente en la oficina del ingeniero del condado. Por un motivo inexplicado, mistress Creighton no atrajo la atención de Appelgate hasta una determinada noche, en una fiesta de sociedad de la Legión Americana. Después de bailar con la dama, Appelgate, que a veces hacía las cosas de un modo complicado, llamó a su ayudante aparte y le dijo:

-Jack, ¿por qué no tomamos una casa para tu familia y la mía y eliminamos gastos?

Así fue cómo los Creighton y los Appelgate se trasladaron a una casita de la Bryant Place de Baldwin en el verano de 1934.

Los Creighton tenían dos hijos -Ruth, de dieciséis años, y John, de once-, lo cual significaba que eran un total de siete ocupantes para una casa destinada a cuatro, a lo sumo.

En parte, como resultado de semejante apiñamiento, y en parte a consecuencia de los imperativos glandulares del comandante Appelgate, la casita había de ser el escenario de unas actividades absurdas y singulares, ninguna de las cuales había de llegar a buen fin, además de que poco de ellas parecía creíble a la primera ojeada.

En la casita de Baldwin había dos dormitorios. Mister y mistress Appelgate ocuparon uno, y el matrimonio Creighton ocupó el otro. La hija de los Creighton y la de los Appelgate dormían en un ático a medio terminar. El hijo de los Creighton dormía en un porche cerrado en el que le habían instalado un catre. Para ir del dormitorio de los Appelgate al ático, era preciso pasar por el cuarto de los Creighton. De modo que la casita se convirtió en teatro de una desorganización perfectamente organizada.

El comandante Appelgate, siempre muy activo después del anochecer, cruzaba con frecuencia el dormitorio de los Creighton, camino del ático, para ir a ver, según lo explicaba él, si las niñas estaban bien acomodadas para la noche. Esto resultaba un tanto embarazoso para mistress Creighton, por no hablar ya de su marido. En una o dos ocasiones, Creighton estuvo a punto de hablarle al comandante de semejantes intrusiones, pero lo pensó mejor al recordar que Appelgate le había prometido apoyarle para conseguir un puesto distinguido en la Legión en las próximas elecciones. ¡Ah, la política!

Un día del mes de septiembre, cuando los chicos estaban en el colegio, Creighton en su trabajo y mistress Appelgate visitando a unos amigos en Mineola, Appelgate y mistress Creighton se encontraron solos en la casa por primera vez. Mistress Creighton guardaba cama a causa de un resfriado, y en el último minuto, Appelgate había decidido súbitamente que los asuntos de los veteranos del condado de Nassau marchaban por tan buen camino que podía tomarse un día libre a fin de atender a la esposa de su ayudante.

Cuando Appelgate informó a la dama con palabras claras y precisas, ella le amenazó con decírselo a su marido.

-Mientras tú le hables de mí a Jack -le dijo Appelgate-, yo hablaré a tus dos hijos de aquel juicio por envenenamiento que se celebró en Newark en 1923.

Mistress Creighton representó la comedia de fingir que no sabía de qué le estaban hablando.

-Tú sabes demasiado bien a lo que me refiero, Frances -dijo Appelgate-. Tú y Jack fuisteis juzgados por administrar arsénico a tu hermano (Raymond Avery se llamaba), para poder cobrar el seguro. Jamás te figuraste que yo lo hubiese descubierto, ¿verdad que no?

-Nos absolvieron -replicó vivamente mistress Creighton-. Aquello quedó atrás.

-Con todo, sería un golpe para tus hijos, especialmente para Ruth, saber que a sus padres los acusaron de asesinato.

Sobre tales bases se fundan las relaciones amorosas ilícitas.

Y en cuanto le hubo descubierto, aunque contra su voluntad, Frances Creighton no lograba saciarse de Appelgate. De ahí que empezase a pasar más y más tiempo en casa, bajo el pretexto de que estaba enferma, y se imaginara todos los recursos para alejar a todo el mundo…, es decir, a todo el mundo menos a Appelgate.

Transcurrió un año completo. El marido de mistress Creighton era, por lo visto, un hombre nada desconfiado, al paso que mistress Appelgate solía estar demasiado ocupada preparándose algún plato suculento para fijarse en lo que ocurría.

Pero entonces Appelgate empezó a cansarse de mistress Creighton. Por una parte, era un hombre al cual no le gustaba estar sujeto. Por otra, había oído otra clara y distinta llamada.

Existía, por ejemplo -descubrió Appelgate con placer, en el verano de 1935-, la misma hija de Frances Creighton, Ruth. Durante el año transcurrido desde que la conoció, Ruth se había transformado de una niña en una joven escultural que le dejaba a uno petrificado.

Appelgate arrastró a Ruth en ocasión de ir a recorrer las casas de veteranos que recibían auxilios. Durante el viaje le preguntó si le gustaba leer. En efecto, le gustaba. Quiso la casualidad que Appelgate llevase un libro, esa clase de libros que se envían por correo dentro de una envoltura sin remitente.

El hecho de que el entusiasmo de Appelgate por mistress Creighton hubiera llegado a su cuarto menguante, no le pasó inadvertido a la dama. El comandante evitaba encontrarse a solas con la esposa de su ayudante, y la única oportunidad que se le ofrecía a ella para dirigirle miradas furibundas, era en la mesa a la hora del desayuno o de la comida. Las relaciones entre ambos llegaron a ser tan tirantes que Jack Creighton preguntó riendo un domingo:

-¡Eh! ¿Acaso os habéis peleado vosotros dos, o es que os ha pasado algo?

El calor del verano descendía sobre la casita de Baldwin, produciendo una especie de efecto tropical en sus moradores. Appelgate deambulaba por la casa semidesnudo. Desfilaba con tal frecuencia por el dormitorio de los Creighton que éstos se acostumbraron a dar sus idas y venidas por descontadas. A veces se pasaba toda la noche en el ático.

Con el tiempo, la distribución nocturna quedó bastante revuelta. Fuese por lo que fuere, Ruth Creighton pasaba a menudo por el cuarto de sus padres, siguiendo la ruta que tomaba habitualmente tío Ev, aunque en dirección opuesta. Por lo que parece, el calor también la tenía inquieta. Pero cuál fuera el remedio que encontrara para el mismo durmiendo en una cama grande con tío Ev y tía Ada, como se empezaba en hacer, era una pregunta que a sus padres, al menos al padre, jamás se les ocurrió contestarse. En cuanto a Ada Appelgate, nunca estableció ninguna relación entre las visitas nocturnas de Ruth al dormitorio que ocupaban ella y su marido y la insistencia de éste en que tomara píldoras somníferas todas las noches a fin de asegurarse un descanso mejor.

A primeras horas de una noche de agosto, mistress Creighton sorprendió a su hija en compañía de Appelgate en el garaje de detrás de la casa, adonde -teóricamente hablando- el comandante había llevado a Ruth para enseñarle la manera de poner agua en una batería de automóvil.

-¡Ya me figuraba yo que esto iba en danza! -exclamó la madre-. Lo he adivinado por el modo como os mirabais esta noche cenando. Entra en casa, y contigo hablaré después.

A solas con Appelgate, mistress Creighton dijo:

-Bien. Y tú, ¿qué explicación puedes dar?

-¿Qué piensas hacer, Fran? -preguntó Appelgate.

-No lo he decidido todavía -contestó la mujer.

Una indecisión muy comprensible. Mistress Creighton no sabía distinguir cuál era su sentimiento dominante… si el odio contra Appelgate por haber seducido a su hija, si el odio contra dicho caballero por haberla despreciado a ella, o los celos contra Ruth por haberle quitado el amante. Y para colmo de males, no estaba en situación de ir a desahogarse contando toda la historia a su marido.

Al día siguiente, mistress Creighton se enfrentó con Appelgate.

-Ruth me ha dicho que cree estar embarazada -le comunicó.

-No puede estarlo desde mucho tiempo.

-No es esto lo que importa -replicó la madre de la chica-. Está segura de que un día de esos tendrá un niño, y un hijo ilegítimo, sería una cosa terrible.

Mistress Creighton, como muchas mujeres de instintos bajos, sentía una verdadera pasión por la respetabilidad. El proyecto de asesinar a una persona no le planteaba ningún problema moral, pero la idea de que una vecina pudiera señalarla con el dedo como a la madre de una chica que había dado a luz un hijo ilegítimo, sencillamente, le horrorizaba.

-Supongo que el tener un niño ilegítimo no sería una gran ventaja, mirándolo bien -admitió Appelgate.

-Appy -dijo mistress Creighton-, yo soy madre y debo velar por mi hija. ¿Has pensado alguna vez en casarte con Ruth?

-A decir verdad, no lo había pensado -confesó el comandante. -No se me había ocurrido casarme, porque ya lo estoy.

-¿Amas bastante a Ruth para casarte con ella?

-Fran, estoy loco por tu hija.

-Contesta a mi pregunta: ¿amas bastante a Ruth para casarte con ella?

-Sin duda, pero estoy casado con Ada.

-Nos libraremos de Ada.

-¿Que nos libraremos de Ada? ¿Qué quieres decir? ¿Que me divorcie? Ada jamás me daría su conformidad.

-Nada de divorcios. Yo pondré alguna cosilla en su comida.

Appelgate vio a Frances Creighton bajo una nueva luz por primera vez. Ya no veía en ella a una mujer morena y hermosa. Veía a una mujer que rezumaba maldad.

-¡De modo que tú y Jack envenenasteis a tu hermano para beneficiaros del seguro! -exclamó.

-Jack no tuvo nada que ver en ello -replicó mistress Creighton-. Lo hice yo sola. Fue muy fácil.

Pero Appelgate no quería envenenar a su esposa.

-O envenenamos a Ada, o yo cuidaré de convencer a Jack para que nos marchemos tan lejos que no vuelvas a ver nunca más a Ruth -dijo mistress Creighton.

Appelgate tuvo que decidir entre si perdía su última conquista o se convertía en un asesino. Escogió convertirse en un asesino.

Desde determinado punto de vista, Everett Appelgate y Frances Creighton eligieron un momento propicio para envenenar a la esposa del primero. El médico de la familia Appelgate había decidido, por aquellas fechas precisamente, tratar la obesidad de la mujer, la cual se acercaba ahora a las doscientas setenta libras, y cuando cruzaba la casita yendo de su cuarto a la cocina estaba más dormida que despierta. Aparte de someterla a una dicta casi como para matarla de hambre, el médico prescribió ciertas medicinas, una de las cuales tenía un sabor amargo. Los conspiradores advirtieron prontamente que la medicina de sabor amargo les ofrecía un medio ideal para suministrar el arsénico, la clase de veneno que habían escogido a causa de la experiencia que mistress Creighton tenía ya en su uso.

Pero desde otro punto de vista, los conspiradores no habían podido elegir un momento menos propicio para iniciar las operaciones. Mistress Creighton había topado con una vecina a la cual no le gustaba su cara, pues la asociaba vagamente con un escándalo de alguna índole. La vecina, que era una lectora asidua del periódico gráfico de Nueva York, Daily News, se fue a Manhattan y se puso a efectuar unas pesquisas en los archivos del periódico abiertos al público. De este modo vino a encontrar los relatos sobre el juicio por envenenamiento contra los Creighton celebrado en Newark en 1923, y regresó a Baldwin haciendo pucherito con los labios y llevando en el bolso unas fotocopias de algunas de las informaciones sobre el juicio que publicó el News.

Durante la primera semana de setiembre -precisamente, según había de verse luego, el mismo día que Appelgate y mistress Creighton fueron a una droguería barata de Baldwin a comprar veintitrés centavos de un matarratas llamado «El Terror de los Roedores»-, la vecina hizo una visita a la esposa de Appelgate y le enseñó las fotocopias. Aquella noche, después de cenar, Ada Appelgate llamó a su marido, pidiéndole que fuera al cuarto con ella.

-Ev, debo comunicarte una cosa espantosa -le dijo-. Hace doce años, en New Jersey, juzgaron a Jack y a Fran por asesinato.

Appelgate se quedó pasmado, pero no por el motivo que creía su esposa.

-Tendremos que echarlos de aquí -dijo mistress Appelgate.

-No tan de prisa -replicó su marido-. Dame tiempo para pensarlo. Tú dices que les juzgaron por asesinato. ¿Les condenaron?

-Pues no precisamente. Los declararon no culpables.

-Ah -dijo Appelgate-. Esto es distinto. Los tribunales sólo dejan en libertad a la gente cuando es inocente. Deberías saberlo.

-Lo que yo sé es que cuando se ve humo es que hay fuego -dijo Ada Appelgate.

-De momento ten la boca cerrada sobre este asunto. Yo lo meditaré y lo resolveré por mí mismo.

Aquella noche, bastante tarde, Appelgate comunicó las malas noticias a mistress Creighton.

-¿Quién le ha dicho lo del juicio? -quiso saber la interesada.

Appelgate mencionó el nombre de la vecina.

Mistress Creighton fue a visitarla. Quería explicarle cómo había sido y poner las cosas en su punto, le dijo. Y le contó que su hermano se había suicidado tomando arsénico durante un cierto período de tiempo.

-No quería que pareciese un suicidio -explicó mistress Creighton-, porque se proponía que nosotros cobrásemos el seguro de vida que tenía y las Compañías no nos habrían pagado si hubiesen sabido que se trataba de un suicidio.

La oyente de mistress Creighton, a copia de años dedicados a leer las columnas del News, había llegado a ser una entendida en muertes violentas, por lo cual preguntó:

-¿Por qué se suicidó su hermano, mistress Creighton?

-Sufría una falta de desarrollo sexual -dijo, explicando la verdad-. Sabía que nunca podría casarse con la chica de la cual estaba enamorado.

La lectora del News, inclinada a conceder bastante importancia al sexo en la breve carrera de su vida, se quedó pasmada ante la revelación de mistress Creighton.

Esta se enteró de que su vecina era una mujer muy devota, especialmente los domingos, y cerró la entrevista elevando una oración por una larga y dichosa amistad entre ambas.

-Y ahora, me pregunto si usted tendría la bondad de hablar otra vez con Ada y, obrando como la mujer cristiana que he visto que es, puntualizar debidamente lo que le dijo de mí.

La vecina se negó. Esto hirió la sensibilidad de Frances Creighton. La cual, hablando con Appelgate de la vecina, le dijo:

-Me dan ganas de prepararle un pastel.

A pesar de que ahora Ada Appelgate sabía que Frances Creighton había sido acusada de asesinar mediante el arsénico, los dos conspiradores se lanzaron a la tarea con la despreocupación del buen científico. Entre ambos decidieron que mistress Creighton cuidaría de preparar las dosis de veneno y que Appelgate las administraría.

Mistress Appelgate era una mujer supersticiosa. El número trece le daba miedo. Según había de verse al final, no se trataba de un miedo infundado. Fue el 13 de septiembre, mientras mistress Creighton montaba la guardia disimuladamente, cuando Appelgate administró a su esposa la primera dosis de arsénico en un vaso de medicina.

Entretanto, Ruth, la muchacha, recibió agradables noticias lunares, e informó a Appelgate que, después de todo, resultaba que no había de tener ningún niño. Appelgate comunicó la noticia a Frances Creighton, indicando que ahora no sería necesario asesinar a su mujer. Sin embargo, mistress Creighton decidió llevar el plan adelante, sin duda para situarse en terreno seguro.

Dos días después, el 15, de septiembre, la señora Appelgate se metió en cama. Sentía un malestar general y una sensación en la planta de los pies que ella calificaba de «curiosa».

-Has estado demasiado rato de pie -le dijo el marido-. Vamos, toma eso. Es tu medicina.

Al día siguiente, mistress Appelgate manifestó uno de los síntomas clásicos del envenenamiento por arsénico: vómitos violentos. El médico que trataba a la buena mujer por la obesidad se presentó en la casa.

-Exactamente como yo pensaba -dijo después de diagnosticar los nuevos síntomas de la paciente-. Es cosa de la vejiga de la hiel.

Y ordenó que trasladaran a mistress Appelgate a un hospital.

-Ojalá hubiera un modo de componer un líquido en el que se pudiera disolver a una persona y echarla por la cloaca -dijo mistress Creighton cuando se hubieron llevado a mistress Appelgate-. Yo pondría al médico ese en aquel líquido.

El estado de mistress Appelgate mejoró automáticamente en el hospital y a los pocos días volvía a estar en casa, aunque confinada en cama. Los envenenadores reanudaron la tarea donde se habían visto obligados a dejarla. Como la señora Appelgagte se encontraba muy débil, el médico le recetó yemas de huevo y caldo de ternera a intervalos muy frecuentes. Mistress Creighton se prestó voluntariamente a abandonar el trabajo y quedarse en casa para preparar personalmente el alimento de su amiga. Mistress Appelgate estaba demasiado débil para oponerse a que la cuidara una mujer por la cual había llegado a sentir aversión. De este modo, mistress Creighton la envenenaba durante el día, y Appelgate durante la noche. El 27 de septiembre, catorce días después de haber iniciado su campaña los conspiradores, Ada Appelgate murió mientras dormía.

Como una manera de celebrar el éxito de sus esfuerzos conjuntos, gracias a los cuales quedaba ahora el camino expedito para el matrimonio de Ruth y Appelgate, éste y mistress Creighton reanudaron sus ilícitas relaciones.

-Me siento un poco ruin al engañar a mi propia hija, con todo lo que hubo -se sabe que dijo mistress Creighton.

Por fin, Appelgate se ocupó de la tarea de telefonear al médico. -Conviene que venga usted al momento, doctor -le dijo-. Mi esposa ha empeorado mucho.

El doctor miró a la que había sido su paciente.

-Tal como yo me figuraba -sentenció-. Oclusión de la arteria coronaria.

Y en seguida firmó el certificado de defunción.

La lectora del Daily News, viendo el paño negro en la puerta de los Creighton-Appelgate, fue a visitarles para darles, el pésame y preguntar detalles.

Fuese por lo que fuere, Frances Creighton se llevó la impresión de que la vecina sospechaba algo. Dejando todo lo que tenía entre manos, fue a la cocina y preparó un pastel. Aquella tarde llamó a la casa de la vecina, llevándole un trozo de pastel que había preparado. Si mistress Creighton había hecho una tontería mayúscula al prepararlo, la vecina no se quedó atrás y cometió otra. Se comió el trozo de pastel. Aquella noche se sintió terriblemente mal. Su marido, aunque sin imaginarse cuánta razón le asistía, comentó que la enfermedad había de ser causada por algo que había ingerido.

A la mañana siguiente, la mujer habló con el chófer del camión de una panadería y le preguntó si había manera de que uno pusiera veneno en un pastel de tal forma que al comerlo no se notara en el sabor.

-Creo que sí -contestó el chófer-. Una vez, no sé dónde, leí algo por el estilo.

-Espere -le dijo la mujer-. Quiero enseñarle una cosa.

Y le enseñó las fotocopias. El chófer fijó la mirada en el otro lado de la calle, en la casita de cuya puerta colgaba un paño negro.

-¡Diablos! -exclamó-. ¿Quién lo hubiera creído? Frances Creighton me compra bollos.

Mientras Ada Appelgate yacía en el ataúd más grande que su marido pudo procurarse, la vecina hizo una visita a la casita, y hablando a solas con mistress Creighton, la acusó de haber intentado envenenarla. La reacción de la acusada no se pareció ni mucho menos a lo que esperaba la vecina.

-La casa en que viven usted y su marido les pertenece, ¿verdad? -preguntó.

-Sí. Pero, ¿qué tiene que ver esto con lo que estamos hablando?

-Tiene que ver lo siguiente -replicó mistress Creighton-. Un envenenamiento es cosa muy difícil de probar. El fiscal tuvo ocasión de enterarse allá en Newark hace ahora doce años. Por lo tanto, siga usted adelante y vea si demuestra que yo intenté envenenarla. Siga adelante… y si no lo demuestra, yo la procesaré por difamación y le quitaré la casa.

La vecina decidió esperar con calma el momento oportuno. Sin embargo, el asunto se le había escapado ya de las manos. El chófer del camión de la panadería habló a un amigo del pasado de mistress Creighton, y el amigo transmitió la noticia a un detective de la oficina del inspector Harold R. King, jefe de policía del condado de Nassau.

El inspector King se documentó sobre el juicio por envenenamiento celebrado en Newark y luego hizo llamar a Everett Appelgate, a quien conocía de vista y por su reputación, y le preguntó si estaba enterado de que mistress Creighton había sido juzgada por asesinato mediante el veneno.

-Sin duda -respondió Appelgate-. Pero aquello fue una falsa acusación. Yo no he conocido jamás a una mujer más buena.

-¿Frances Creighton no tuvo nunca ninguna pelea con su esposa de usted?

-Eran como hermanas.

-Entonces, ¿usted no abriga la menor sospecha acerca de la muerte de su esposa?

Aquí el comandante Appelgate dio una respuesta que constituye un ejemplo clásico de frase de doble significado.

-Antes sospecharía de mí mismo que de Frances Creighton -dijo.

Appelgate regresó a la casita.

-Tú conoces al inspector King, ¿verdad? -le preguntó a mistress Creighton.

-Le he visto alguna vez en el edificio de los juzgados.

-Bien, pues acaba de hacerme unas cuantas preguntas.

-¿Qué?

Appelgate movió la cabeza afirmativamente.

-Me ha preguntado acerca de ti.

-¡Preguntarte a ti en relación conmigo! ¿Qué te ha preguntado?

-Ea, no te excites, Fran. Todo ha quedado en su sitio. El inspector estaba enterado del juicio de Newark y quería informarse sobre la muerte de Ada, eso es todo.

-¿Quién le habló del juicio de Newark?

Appelgate se encogió de hombros.

-¡Qué sé yo!

-¿Qué le has dicho tú de mí?

-Le he dicho que eres una mujer excelente.

Frances Creighton se quedó observando a Appelgate.

-Tú obras como si no tuvieras arte ni parte en nada de todo eso -le dijo.

Aquella noche, el inspector King visitó al comandante en su oficina.

-Lo mismo da que sea absolutamente franco con usted -le dijo-. Las circunstancias de la muerte de su esposa resultan muy sospechosas. El doctor me ha dicho que tuvo un vómito violento y que las plantas de los pies se le habían puesto tiernas, pero que tales anormalidades desaparecieron en el hospital… sólo para reaparecer de nuevo cuando volvieron a llevarla a su casa. A mí esto me hace pensar en el arsénico, precisamente. ¡Mire! -King le enseñó un papel a Appelgate. Era un impreso dando permiso a las autoridades para proceder a una autopsia-. Firme esto -dijo King.

Appelgate firmó el papel y regresó a la casita. Sin pérdida de tiempo, llamó a mistress Creighton a la cocina. John Creighton se quedó preguntándose a qué venían tantos secretos y tantos susurros.

-Las cosas pintan mal para ti, Fran -le comunicó Appelgate a la mujer.

-¿Mal para mí? ¿Qué quieres decir?

-El inspector King sospecha que se ha empleado el arsénico.

Frances Creighton corrió al armario de la cocina, cogió el bote del «Terror de los Roedores», salió corriendo al patio y lo arrojó por encima de una valla a un montón de desperdicios. Un detective al cual habían asignado la misión de vigilar la casa, estaba allí precisamente, a punto para recoger el bote de veneno.

Aquella misma noche, el inspector King y otros agentes se personaron en la casita, separaron a mistress Creighton y a Appelgate y les interrogaron. Al comandante no conseguían sacarle de su negativa. Se mantenía en buena forma. Era la mujer la que tenía antecedentes como posible envenenadora, no él. También mistress Creighton resistía firme en su terreno, sin querer admitir ninguna de las suposiciones de la policía.

Entonces uno de los detectives le preguntó a Appelgate si había tenido relaciones alguna vez con mistress Creighton.

-¿Con ella? -replicó el comandante-. ¡Demasiado vieja!

El detective era un chismoso más que regular y corrió al momento a repetir a mistress Creighton el despectivo comentario. Aparte de todo lo demás que fuese Frances Creighton, era mujer.

-¿Que soy demasiado vieja? -preguntó-. ¡Vaya, no me consideraba él tan anciano antes de acechar a mi hija!

Es posible que la despreciada mujer se cortase la nariz para hacerle un feo al rostro, pero el caso es que en aquel mismo momento y lugar puso al comandante Appelgate al descubierto, confesando el horrible complot con todos sus detalles. Cuando los químicos descubrieron arsénico en el cadáver de Ada Appelgate, el asunto quedó definitivamente resuelto.

En el estrado de los testigos, durante el juicio contra mistress Creighton y Appelgate, Ruth, la hija, corroboró ciertos detalles de la historia narrada por su madre, deteniéndose, entre otras declaraciones que alegraron el corazón de los editores de periódicos gráficos sensacionalistas, en los detalles relativos a cómo la había seducido el comandante de la Legión y a las subsiguientes relaciones ilícitas que tuvo con él.

Antes de que ella y Everett Appelgate se sentaran en la silla eléctrica de Sing Sing, Frances Creighton tuvo un motivo de satisfacción: el amante que la había despreciado no sería nunca su yerno.

 


MÁS INFORMACIÓN EN INGLÉS


Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR