Martin Dumollard

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Martin Dumollard

El Asesino de Sirvientas

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Robos - Falsas acusaciones de vampirismo
  • Número de víctimas: 6 +
  • Periodo de actividad: 1855 - 1861
  • Fecha de detención: 3 de junio de 1861
  • Fecha de nacimiento: 1810
  • Perfil de las víctimas: Mujeres jóvenes
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Montluel, Ródano-Alpes, Francia
  • Estado: Fue ejecutado en la guillotina en Montluel el 8 de marzo de 1862
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Martin Dumollard

Última actualización: 15 de enero de 2016

Martin Dumollard, llamado L’assassin des bonnes, es un asesino en serie de Francia. Su proceso aparece registrado en la National Police Gazette publicada en 1862 y su caso es descrito en una compilación de eventos famosos criminales titulado Causes célèbres de tous les peuples, escrito por Armand Fouquier.

Ningún indicio o prueba y ninguna declaración de testigos de los recolectados durante el proceso de su caso ante la justicia, sugiere o menciona que Dumollard, además de violar y estrangular a sus víctimas, bebiera su sangre; pero forma parte de las leyendas relacionadas con el vampirismo y así algunos lo mencionan como el Vampiro de Lyon.

Biografía

Nacido en Tramoyes, distrito de Trévoux, hacia el año 1810, hijo de Jean-Pierre Dumollard, húngaro, y Josèphe Rey, francesa, Martin Dumorlland quedó huérfano de padre a los cuatro años al ser este ejecutado por la justicia austriaca en Padua, por un crimen cometido en Austria y de lo cual había intentado huir durante varios años, refugiándose con su familia en Francia e Italia. La viuda del ajusticiado volvió con su hijo de nuevo a Francia y la infancia de Dumollard fue miserable, creciendo entre la delincuencia y la mendicidad.

Ya adulto, se casó con Marianne Martinet y se estableció en Dagneux en la región de Lyon, en donde cometerá sus crímenes con la complicidad activa de su esposa durante casi diez años, hasta abril de 1860, cuando una de sus víctimas, Marie Pichon, consiguió escapar y relató todo lo ocurrido a la gendarmería de Montluel.

Gracias a la descripción de Marie, Dumollard fue detenido el 3 de junio de 1861 y se realizó un juicio en enero de 1862, que Dumollard enfrentó con gran frialdad y calma, negándolo todo hasta el final y tratando de inculpar de los asesinatos a dos presuntos cómplices, reconociendo únicamente su responsabilidad en la captación de las víctimas.

Durante la instrucción, gracias a las declaraciones de testigos y a la confesión parcial de su esposa quien lo acusó de amenazarla con un cuchillo para que participara, se reveló cómo atrapaba a sus víctimas, mujeres jóvenes del campo, atrayéndolas mediante una promesa de trabajo, captándolas en ferias y mercados. Una vez que lograban ganar la confianza de sus víctimas, las estrangulaba con una cuerda y a continuación vendían las ropas en el mercado. Gracias al conjunto de declaraciones, fueron encontrados los cadáveres de algunas de sus víctimas en Lyon y al norte de Dagneux.

Después de declararlo culpable por asesinar a por lo menos seis jóvenes campesinas e intentar sin éxito igual crimen con otras nueve mujeres, fue condenado a muerte y ejecutado en público en Montluel el 8 de marzo de 1862.

Su esposa, Marianne Dumollard, fue condenada a 20 años de trabajos forzados en las galeras por complicidad.


Martin Dumollard

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Martin Dumollard, llamado también L’assassin des bonnes (El asesino de sirvientas) o el Vampiro de Lyon (aunque nunca se ha podido demostrar que bebiera la sangre de sus víctimas), realizó su macabra actuación a mediados del S. XIX en Francia. Es considerado el primer asesino en serie documentado de este país.

El joven Dumollard no tuvo una vida sencilla. Su padre era un emigrante húngaro llegado a Francia huyendo de la justicia austriaca, pues por lo que se ve, había formado parte de un complot para atentar contra la vida del emperador austro-húngaro.

Una vez en Francia, Jean-Pierre Dumollard, que así se llamaba el fugitivo (evidentemente era un nombre falso), conoció a Marie-Josephte Rey. De su unión nació Martin, hijo único de la pareja, pues su segundo vástago no superó la infancia.

Según declaró él mismo en el juicio celebrado en su contra, la familia huyó de Ain en 1814 por el temor del padre a ser reconocido por algún miembro de las tropas austro-húngaras llegadas a la zona. Llegaron a Padua (Italia), con tal mala suerte que fue precisamente ahí donde es detenido y ejecutado. Marie-Josephte vuelve a Francia, con su hijo de cuatro años, donde les espera una vida de miseria. Condenada a la mendicidad, muere en 1842.

En junio de 1840 se casa con Marie-Ann Martinet y se instalan en Dagneux, cerca de Lyon. No se sabe con certeza a qué se dedicaba Dumollard, aparte de mendigar y robar, pues no se le conoce oficio ni trabajos retribuidos.

Parece que tuvo que huir de algún que otro pueblo precisamente por su afición a apropiarse de lo ajeno y tampoco era muy querido en la aldea en que vivía. Sus vecinos no tuvieron reparos en contar a las autoridades los detalles de su extraño comportamiento.

Y es que, si es cierto lo que dijeron, era un hombre bastante excéntrico y, entre otros detalles, mencionaron que la pareja, sobre todo la esposa, no se relacionaba con los vecinos (al parecer Martin le había prohibido que tuviera contacto con ellos), él tenía hábitos nocturnos y, al llegar a su casa, la esposa no abría la puerta hasta que daba una contraseña. Todo ciertamente muy sospechoso, aunque sus vecinos no imaginaron que «el tipo raro del pueblo» era un auténtico monstruo.

Como ya se ha dicho, Dumollard era un delincuente consumado y se le ocurrió una excelente idea para conseguir un buen botín en un solo robo: abordar a mujeres jóvenes en la calle y ofrecerles un puesto de sirvienta muy bien pagado (y ficticio, por supuesto) y al acompañarlas al lugar de trabajo, procedía a robar todas sus cosas. Su coto de caza favorito eran las calles de Lyon.

Nunca cambió su modus operandi, al menos que se sepa, y no le fue mal, pues se cree que estuvo actuando unos diez años, hasta que fue detenido. Y sin embargo, el fin de su carrera criminal no llegó gracias a una buena labor policial, sino a su propia «negligencia», pues varias de sus presas huyeron de sus garras, pero fue el testimonio de una de ellas, Marie Pichon, el que hizo que por fin las autoridades se movieran.

Una noche de mayo de 1861, una joven llega a una granja pidiendo ayuda a gritos. Está herida, descalza y aterrada. Cuando ve salir de la casa a su rescatador, le dice que un hombre ha intentado matarla. Es evidente que no está mintiendo. Inmediatamente es llevada a la gendarmería de Montluel, donde Marie Pichon, que así se llamaba la mujer, relata su pesadilla.

Ésta comienza en Lyon, en Place La Guillotière, donde un hombre se le acerca para preguntarle por una calle. Parece que tiene cierta urgencia por contratar a una criada. Pichon le dice que ella está buscando trabajo ¡qué feliz coincidencia! Él tiene lo que ella está buscando, encima un trabajo con condiciones excelentes. Su señora está desesperada y dispuesta a pagar lo que sea por su nueva empleada. Demasiado bueno para ser verdad, pero el aspecto del hombre, su forma de hablar y comportarse inspiran confianza a la joven, quizá era más su necesidad de trabajar que la prudencia.

El caso es que Marie acepta la oferta y queda ese mismo día con el «buen samaritano», que no es otro que Martin Dumollard. La idea es que viajen en tren hasta su destino, pero llegan tarde a la estación de Montluel, así que deciden ir a pie. Él se echa al hombro el equipaje de Marie y empiezan a caminar.

Dumollard va guiando a la muchacha por el camino, abandonándolo a menudo para coger atajos. En un momento dado, en un lugar lleno de arbustos, el hombre empieza a quejarse de que el baúl es muy pesado y que aún queda mucho camino por delante, así que lo esconde entre unos arbustos, donde estaría seguro hasta que volviera al día siguiente a por él. Marie no pone objeción y reanudan el camino.

Sin embargo su confianza se va difuminando, pues el comportamiento de su guía cada vez es más extraño. Cuando llegan a un campo de vides, Dumollard, que había dejado atrás a la joven, empieza a tirar de una larga estaca, intentando arrancarla de la tierra sin éxito, así que desiste y sigue caminando.

Más adelante su interés se centra en el suelo, a ella le parece que está buscando algo, pero cuando le pregunta qué hace él simplemente responde que está recogiendo unas plantas para su jardín. Reinician el camino, pero Marie está cada vez más asustada, teme por su seguridad y, cuando llegan a una casa destartalada, a medio construir, se niega a seguir avanzando.

Es entonces cuando se revelan las verdaderas intenciones de Dumollard: alza los brazos e intenta pasarle una cuerda por el cuello. Marie Pichon se defiende y le empuja con todas sus fuerzas. En cuanto se sintió libre sale corriendo, sin mirar atrás. En la mente del hombre parece que no estaba el que la joven se librara del destino que tenía pensado para ella y la persigue, pero no logra darle alcance antes de que ella llegue a una granja, donde es auxiliada. Ahora le toca a él huir.

Marie Pichon no pudo decir el nombre de su atacante, sólo que era de mediana edad (unos cincuenta años) y que tenía una cicatriz o una hinchazón sobre el labio superior. Las autoridades empezaron a buscar inmediatamente al agresor.

Una lástima que no lo hubiera hecho antes, porque Marie no había sido la única en escapar de Dumollard, ni la única que había denunciado la agresión de un hombre con el labio superior deformado. En marzo de 1855 Olympe Alubert había huido de su atacante y su historia era un calco de la de Pichon: un hombre le había ofrecido un trabajo en Place La Guillotière por el que recibiría un buen salario y, al día siguiente, se citaron para que la llevara hasta la casa donde iba a servir. Como a Pichon, a Alubert el hombre le había inspirado confianza.

Josephte Charletty estaba en Lyon cuando un hombre la aborda simplemente para ofrecerle un puesto de sirvienta. Ella acepta y se cita con él para ir al día siguiente a la casa donde va a trabajar. Estamos en septiembre de 1855. Ambos salen de la ciudad a pie y, durante la caminata, él no deja de preguntarle sobre su equipaje y el dinero que la joven llevaba, lo cual no hace sino hacerle sospechar de que sus intenciones no son precisamente las de llevarle a conocer a su jefe. Aprovechando que se hace tarde, ella le convence de pasar la noche en algún lugar y quedar para otro día.

También en 1855, esta vez en octubre, Jeanne-Marie Bourgeois, como otras habían hecho antes que ella, aceptó el ofrecimiento de Martin Dumollard, citándose con él al día siguiente para ir a su nuevo puesto de trabajo. Pero parece que Bourgeois no era tan confiada como las otras mujeres y no esperó a que Dumollard la agrediera. Salió corriendo hasta la casa más cercana.

El hombre que la auxilió, Bernoit Berthelier, no se sabe muy bien por qué, asoció lo ocurrido a esta chica con el hallazgo del cuerpo de otra mujer joven, Marie Baday, y la lleva a la gendarmería. El juez Genod finalmente interroga a Jeanne-Marie, aunque no se dio mucha prisa que digamos, pues lo hizo entre marzo y abril de 1856.

Él era el encargado de investigar el caso del asesinato de Marie Baday, cuyo cuerpo fue encontrado en febrero de 1855 en el bosque de Montaverne, desnudo y con profundas heridas en la cara y la cabeza. Lo poco que se encontró junto al cuerpo (unos zapatos, un pañuelo, un sombrero y un collar) ayudaron a identificar el cadáver, una joven que tres días antes había dejado la habitación que ocupaba porque un hombre le había ofrecido un puesto de sirvienta por doscientos francos anuales.

Jacques Verger es arrestado como principal sospechoso del asesinato de Baday, pero, tras tres meses entre rejas, es liberado gracias en parte a la identificación negativa de Bourgeois (no le identificó como su agresor, supongo que habría otras causas pero no las he podido encontrar).

En noviembre de 1855 le toca el turno a Victorine Perrin, a la que Dumollard convence, como a las demás, de que la va a acompañar a su nuevo puesto de trabajo. Tiene suerte, se conforma con robar sus cosas.

Julie Fargeat estaba desesperada. Se había quedado embarazada y con el embarazo había llegado el despido de su trabajo, así que la oferta de Dumollard le llegaba como caída del cielo. En enero de 1859 coge sus cosas y se va con él. Como siempre, cuando llegan a un lugar apropiado a sus fines, Dumollard la asalta, pero ella grita tan fuerte que hace que dos hombres se acerquen a ayudarla.

Él se conforma con robarle sus cosas e irse corriendo. Julie acudió a la gendarmería a relatar lo ocurrido, pero no sólo no le hicieron caso, sino que encima la detuvieron por vagancia, pues no tenía documentos encima que acreditaran su identidad… los tenía Dumollard.

En diciembre de 1859 un granjero de Sainte-Croix, Jean Pierre Chréten, es testigo de la agresión a una mujer. Según su testimonio la había visto pasar acompañada de un hombre, pero al poco rato apareció huyendo de su acompañante, que según ella le había robado sus cosas. Pasó la noche en el pueblo y al día siguiente volvió a Lyon. Esta chica no hizo ninguna denuncia y se desconoce su identidad.

En mayo de 1860 Dumollard agrede a Louise Michel. Como todas las anteriores consigue huir y es auxiliada por un agricultor.

Como se puede comprobar, había muchos testigos de las actividades de Martin Dumollard. Además, su modus operandi parece que siempre era el mismo, solía elegir a sus víctimas en una misma zona (Lyon) y tenía una característica física que le hacía reconocible, entonces ¿por qué se tardó tanto en actuar?

Estamos hablando de jóvenes que sobrevivieron a sus ataques y podían denunciar, aunque quizá pocas lo hicieron, pero Dumollard también asesinó ¿nadie echó de menos a estas mujeres? El caso es que la declaración de Marie Pichon despertó a las autoridades y pronto se empezó a buscar al «monstruo» que se dedicaba a asaltar a las jóvenes francesas.

Sus indagaciones les conducen a un vecino de Dagneux, el ya mencionado Martin Dumollard: un hombre analfabeto, de mediana edad, con una hinchazón en el labio y de extrañas costumbres, según el testimonio de sus vecinos. Al ser interrogado sólo acertó a dar respuestas vagas respecto a qué había hecho el día de la agresión a Marie Pichon.

Es detenido y llevado a Trevoux, donde la joven le identifica sin dudar. Por si esto fuera poco, lo hallado en el registro de la casa que Dumollard compartía con su esposa (que también fue detenida) no ayudaron a dudar de su culpabilidad: más de mil objetos de todo tipo, sobre todo ropas, muchas con desgarros y manchas de sangre, aunque algunas habían sido evidentemente lavadas. La policía tuvo claro que el objetivo de Dumollard era el robo y que Marie-Ann Martinet, la esposa, estaba involucrada en sus crímenes.

Marie-Anne Martinet tenía claro que no quería compartir la suerte de su esposo y desde un principio dijo que si ella había hecho algo malo era porque éste le había amenazado de muerte. Pronto se mostró colaboradora y empezó a contar algunas de las andanzas de su marido.

Se sabía que en noviembre de 1858, Dumollard había ido a la posada Laborde, donde tenía costumbre de pasar la noche cuando iba a Lyon, pero esta vez no había llegado solo, sino acompañado de una joven a la que presenta como su sobrina. Poco después la chica sale corriendo de la posada y é [él va] tras ella. Ninguno de los dos volvió y el equipaje de la joven se quedó allí, nadie lo reclamó nunca.

Marie-Anne Martinet contó la otra parte de la historia. Esa noche su marido llegó tarde, con un reloj de plata y ropa manchada de sangre… sangre que ella debía lavar. Le dijo que había matado a una chica en el bosque de Montmain, así que iba a salir de nuevo para enterrarla. Al día siguiente, Dumollard se disponía a volver a la posada a buscar el equipaje de la joven, pero Marie le convenció de que no lo hiciera.

El día 31 de julio de 1861 comenzó la búsqueda del cuerpo de la «desconocida de la posada Laborde» en el bosque de Montmain. Estuvieron buscando durante horas, pues Marie-Anne no podía concretar el lugar y Martin no abría la boca. Pero por fin encontraron lo que parecía una tumba entre unos arbustos. Ciertamente era una tumba, poco profunda además, que escondía el esqueleto de una mujer. Su cráneo presentaba una gran fractura.

Pero Marie-Anne aún tenía más secretos que revelar. En el bosque Communes se ocultaba el cuerpo de otra joven. Esta vez Dumollard les dijo dónde la había enterrado, también de forma superficial. Sorprendentemente, las características del suelo de la zona habían hecho que el cadáver estuviera bien conservado. Dumollard parecía tranquilo, aunque era evidente que evitaba mirar el rostro de su víctima. Más tarde, en el juicio, los médicos confirmaron que la herida que presentaba la mujer no había sido mortal y que fue enterrada viva. Se trataba de Marie Eulalie Bussod.

Martin no parecía ser un hombre muy inteligente, algo que se confirmó cuando empezó a contar una rocambolesca (e increíble) historia en aras de exculparse. Y es que el pobre hombre no había hecho nada… bueno, algo sí que había hecho, aceptar la propuesta de dos hombres malvados.

Según él, en diciembre de 1953, estaba tan tranquilo paseando por las calles de Lyon cuando dos hombres se le acercaron y le invitaron a tomar unos tragos. Al parecer a él no le pareció raro que dos extraños le invitaran a beber (parece que los franceses eran muy confiados en esta época). Una vez en la taberna, le propusieron un buen trabajo: 40 francos por cada chica que les consiguiera. Sorprendentemente él aceptó.

El plan era simple, cuando encontrara una joven le debía ofrecer un trabajo bien remunerado y conseguir salir de la ciudad con ella. Y eso fue lo que hizo. Convenció a una muchacha para que lo acompañara al lugar donde conseguiría un buen salario por poco trabajo. Una vez en las afueras de la ciudad aparecieron los «jefes» de Dumollard.

Era el momento de desaparecer, así que se inventó una excusa para dejar a la chica a solas con ellos. Unas horas después los hombres volvieron, trayendo con ellos un paquete para la mujer de Martin: las prendas de la joven, manchadas de sangre. Le dijo al juez que creía que habían matado a la mujer y tirado su cuerpo al río.

En febrero de 1855 los dos hombres volvieron a encontrarse con él y esta vez traían una chica con ellos. Lo curioso es que, a pesar de que esta vez no había sido Martin el encargado de buscar a la víctima, parece que siente la obligación de acompañarlos. Llegados a un punto del camino, los hombres se alejaron y al cabo de unas horas volvieron, pero sin las ropas de la chica. Le dijeron que la chica estaba bien, que la habían dejado en una granja. Se cree que se estaba refiriendo a Marie Baday, cuyo cuerpo había sido encontrado unos días más tarde.

Después de dos años de tranquilidad, según él, los dos hombres volvieron a requerir sus servicios, aunque no se sabe muy bien para qué, pues evidentemente ellos eran muy capaces por sí mismos de conseguir chicas. Esta vez Dumollard les llevó al bosque de Montmain. Allí los hombres mataron a la mujer y le dieron su premio, un reloj de plata y sus vestidos. Pero fue Martin quien enterró a la chica, tras ir a su casa a por las herramientas, por miedo a que su cadáver fuera encontrado, como ocurrió con Baday.

Con respecto a Marie Eulalie Bussod, Dumollard dijo que la había encontrado en Lyon y le había ofrecido un buen trabajo. Ella no estaba del todo conforme con el salario, por lo que Dumollard tuvo que ir a la casa de la hermana de Marie para discutir las condiciones del puesto. Acordaron que él debía volver en una semana para acompañar a Marie. Una vez más ocurrió lo de siempre, llegaron los dos amigos de Martin y mataron a la chica.

Por fin, empezó a hablar de Marie Pichon. Todo era tal y como había relatado la mujer, pero Dumollard contó ciertos detalles que modificaban en aspectos relevantes la historia. Era su punto de vista. Por supuesto, según él, su intención no era matar a Marie, sino, conocedor del destino que le esperaba, intentaba asustarla para que huyera y que por eso levantó las manos, pero no tenía ninguna cuerda. Se puso muy contento de que ella saliera huyendo.

¿Dumollard realmente pensaba que este cuento iba a ser creído? Está lleno de contradicciones. En un primer momento era él el encargado de buscar a las víctimas, pero después son esos hombres de los que habla los que aparecen acompañados de las mujeres, por lo tanto ¿para qué pagar por algo que ellos mismos eran muy capaces de hacer? Y no sólo recibía el pago por su trabajo, sino que además le daban las cosas de la pobre mujer. Entonces ¿qué conseguían ellos? Pues no se sabe. Aparte de esto, Dumollard parece olvidarse de todas las mujeres que sobrevivieron a su ataque y que podían testificar que había sido él, y no otros, el que les había asaltado. De todas formas se buscó a estos hombres y, evidentemente, no fueron encontrados.

Así pues, a Martin Dumollard se le acusó del asesinato de Marie Baday, del de una joven desconocida (encontrada en Montmain) y del de Marie Eulalie Bussod. Pero también de las agresiones y robo de Josephte Charletty, Olympe Alubert, Jeanne-Marie Bourgeois, Victorine Perrin, Julie Fargeat, Marie Pichon y de otras tres mujeres no identificadas. Sin embargo no se sabe realmente a cuántas mujeres asesinó o simplemente agredió, pues había demasiados objetos en su casa, incluso ropas de talla pequeña, posiblemente de niños de unos 9 o 10 años. Este hecho hacía pensar en que el número de víctimas era alto.

El juicio empezó el 29 de enero de 1862 y duró cuatro días. Fue condenado a morir en la guillotina. A él no le pareció mal, ya que su padre había sido atado a cuatro caballos y desmembrado, así que la guillotina le pareció mucho mejor. Marie-Anne Martinet fue condenada a 20 años de prisión y trabajos forzados.

Fue ejecutado en Montluel el 8 de marzo de ese mismo año. Su cuerpo fue enterrado en un lugar del que no se reveló la situación, pero su cabeza corrió una distinta suerte: fue enviada a la Facultad de Medicina de Lyon. Allí le hicieron moldes de yeso y se expone en el Museo Testut-Latarjet.

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