Mark Essex
  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Racismo
  • Número de víctimas: 9
  • Periodo de actividad: 1 / 7 de enero de 1973
  • Fecha de nacimiento: 1949
  • Perfil de las víctimas: 8 hombres y 1 mujer (5 oficiales de policía)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Nueva Orleans, Estados Unidos (Luisiana)
  • Estado: Murió abatido por la Policía el 7 de enero de 1973
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Mark Essex: la masacre del Howard Johnson

Cmcorpkillers.blogspot.com

“El hombre se toma la justicia por su mano cuando le falla Dios o la autoridad secular. Como si, con sus ansias de venganza, se elevara hasta el papel de Dios y de Ángel Exterminador”.

Erich Fromm

Mark James Robert Essex nació en Emporia, Kansas. Fue criado dentro de un hogar modelo. Aprendió la tolerancia y la aceptación en su entorno, dominado por blancos. Él, que era negro, no sufrió nunca problemas de discriminación en la escuela o en la sociedad en la que vivía. Emporia era un lugar tolerante, donde la minoría racial negra no era explotada ni discriminada por los blancos.

Essex tuvo acceso a oportunidades iguales a las de los demás. De niño perteneció a los Boy Scouts, gustaba de ir a pescar y tuvo varias novias, chicas blancas y chicas negras. La gente de su pueblo lo quería y hablaba de él como de un joven amable, de trato suave y bien educado; un tipo correcto de buena familia: “Era un chico sonriente y afable que siempre estaba riendo y bromeando”.

Mark Essex destacó en la escuela, obtuvo premios y además pudo acceder a buenas oportunidades laborales y de estudio. Sus amigos eran blancos y negros. Su padre tenía un buen trabajo como capataz en una fábrica. Incluso había negros dueños de sus propios negocios. Era una comunidad que siempre había combatido la esclavitud. En el convulso mundo de los años sesenta, en medio de la guerra de Vietnam, los asesinatos políticos, la Guerra Fría y las protestas juveniles, Emporia parecía una anomalía en el mapa siempre racista de Estados Unidos.

Aunque en su juventud quería ser pastor, Essex fue a la Universidad de Kansas. Pero después se enroló en la marina de los Estados Unidos y permaneció en ella entre 1969 y 1973. Mientras estaba allí, completó exitosamente un curso de tres meses como asistente odontológico. El joven negro de 21 años, con un historial sólido quería, en un futuro, convertirse en dentista.

Cuando estuvo allí, uno de sus maestros dijo de él que “era un buen hombre, la persona más encantadora del mundo. Se preocupaba por todos los que le rodeaban, tenía ganas de aprender. Era la típica persona que a mí me gusta tener cerca de la que resulta muy difícil hacerle perder la compostura (…) Su familia lo visitó alguna vez; eran unas personas estupendas. Todos me cayeron muy bien. Los padres eran amables y campechanos, unas personas que disfrutaban la vida y adoraban a su hijo”. Un compañero suyo afirmó: “Era un tipo de trato fácil. Casi siempre estaba cantando y era muy amable con todo el mundo (…) La primera vez que fui a la clínica, él dejó lo que estaba haciendo para ayudarme. Me enseñó cómo había que trabajar con los médicos”.

Pero la Marina le trajo muchas sorpresas a Mark. Estaba desacostumbrado a los prejuicios raciales y no se hallaba preparado para aguantar las pequeñas indignidades que le hacían pasar los marineros blancos en la base de Imperial Beach. Pronto descubrió que se relegaba a los negros para llevar a cabo las tareas más bajas.

Los soldados blancos trataban a los negros como inferiores. Lo reportaron varias veces por escuchar música “a todo volumen”, cuando apenas si se oía. Salió con una mujer mexicana y le hicieron comentarios ofensivos. Sobre todo, le exigían que cambiara su manera de ser. Llegó al extremo de necesitar sedantes para poder relajarse ante la tensión que le provocaba todo aquello. Esto chocaba con su anterior visión del mundo, basada en el respeto al otro. Poco a poco, descubrió que Emporia era un sitio diferente al resto del mundo.

En 1970, Essex no pudo aguantar durante más tiempo la discriminación y el comportamiento abusivo. Abandonó la armada sin pedir permiso y volvió a Emporia. El joven que regresó con sus padres era un individuo amargado. El universo fuera de su refugio hogareño del medio oeste no era el que imaginaba. Con la ayuda de un predicador, sus padres pudieron convencerlo para que volviera voluntariamente a la Marina tras haber estado un mes en casa. Por supuesto, apenas regresó fue arrestado y sometido a Corte Marcial.

El juicio de Essex se basó en dos temas sobresalientes: sus grandes capacidades con respecto a su trabajo dental y la cantidad de abuso que había recibido en el servicio militar. Aunque sus maestros en la Marina testificaron en su favor y él alegó la discriminación como motivo de su partida, el Tribunal ordenó su confinamiento en la base naval durante un mes y le aplicó un descuento de 90 dólares en su paga durante dos meses.

El castigo destruyó a Essex anímicamente y reforzó su ya profunda creencia de que todos los blancos eran enemigos naturales de los negros. Una vez que abandonó la Marina, retornó de nuevo a su pueblo, donde se quedó con sus padres hasta 1972.

Essex comenzó entonces a realizar viajes a Nueva York antes de trasladarse a Nueva Orleans. Mientras estaba en Nueva York, consiguió una Magnum .44 y un revólver Colt calibre .38. En Nueva Orleans tomó un curso para aprender a reparar máquinas expendedoras. Essex fue un alma solitaria hasta el 16 de noviembre de 1972. Ese día, una manifestación en la universidad de Baton Rouge culminó con dos alumnos negros muertos al recibir disparos de la policía.

El incidente de Baton Rouge detonó algo en Essex y lo convenció de que debía realizar acciones drásticas, sin posibilidad de un camino de retorno. Escribió a sus padres, afirmando su compromiso con la causa de los negros en Estados Unidos, e incluso decoró las paredes de su habitación con pósters raciales. También comenzó, según algunas versiones, a tener contacto con miembros de los Panteras Negras, el violento grupo radical negro que en los años sesenta cobró gran notoriedad. Aprendió con ellos muchas técnicas de la guerrilla urbana.

Leía además libros sobre África, aprendió palabras en zulú y suahili, y adoptó el pseudónimo “Mata” que significa “arco”. Luego regaló sus posesiones más preciadas a sus amigos. Essex pintó en paredes y techo de su departamento frases lapidarias: “Mi destino se cifra en la muerte sangrienta de cerdos racistas. La justicia revolucionaria es la justicia negra. La búsqueda de la libertad es la muerte; luego por la muerte escaparé hacia la libertad. Tercer Mundo, mata al cerdo Nixon y a todos sus perros de caza. ¡Es una revolución! ¡Odia a los blancos, Bestias de la Tierra!”

A finales de 1972, Essex envió un mensaje a la emisora de televisión local: “África los saluda. El 31 de diciembre de 1972, hacia las once, el Departamento de Policía de Nueva Orleáns será atacado. Razones, muchas. Pero la muerte de dos hermanos inocentes será vengada. Y la de muchos otros”. Y en una carta enviada a su madre simultáneamente, afirmaba: “África es esto, mamá. Es mayor que tú y que yo, mayor incluso que Dios. He decidido ahora que el hombre blanco es mi enemigo. Lucharé para ser un hombre o moriré intentándolo”.

Essex comenzó entonces su escalada. Su primer homicidio tuvo lugar la Nochevieja de 1972. Escondido al otro lado de la calle de la Comisaría de Policía de Nueva Orleans, abrió fuego con su carabina semiautomática Magnum .44 Ruger. Los cuatro primeros disparos, efectuados en rápida sucesión, pasaron rozando la cabeza del cadete de policía Weatherford y arrancaron trozos de cemento de la pared.

Tras una pausa brevísima, que el cadete Weatherford aprovechó para cubrirse, el cadete Alfred Harrell, uno de los pocos negros jóvenes que había en la policía de Nueva Orleans, entró en su campo visual. Essex lanzó una salva de disparos al joven de diecinueve años. El tercer disparo le dio en el pecho, atravesándole el tórax y produciendo graves heridas en el corazón. La bala de la Magnum .44, tras atravesar el cuerpo de Harrell, alcanzó todavía en el tobillo al teniente Horace Pérez, el cual perdió el conocimiento. Al ver lo que ocurría, un detective llamó a una ambulancia y a toda la policía disponible para que acudiera al Calabozo. A los pocos segundos, la calle estaba llena de agentes con escopetas y revólveres rodeando la zona de la que provenían los disparos. Pero todo era inútil: el atacante había desaparecido.

Un rato después, los agentes de policía Edwin Hosli y Harold Blappert inspeccionaban las oficinas de una empresa donde acababa de saltar una alarma, a unas manzanas del Calabozo. Con linternas, y sin saber sobre el reciente tiroteo, hacían su trabajo de rutina. Mark Essex se había escondido dentro del edificio y al verlos abrió fuego. Su primer disparo alcanzó a Hosli en el abdomen, le desgarró un riñón, le perforó un pulmón y los intestinos, derramando materia fecal por la cavidad corporal. Hosli moriría en un hospital dos meses después, tras una extensa agonía. Un segundo disparo hizo añicos el parabrisas de la patrulla, y un tercero rebotó en el capó y entró en el coche por el parabrisas roto, mientras un cuarto alcanzaba el edificio detrás de los agentes.

A los pocos minutos, más de treinta policías rodeaban el edificio: varios de ellos descargaron sus armas de munición pesada contra la puerta, destrozándola; a continuación hicieron entrar a un perro. La inspección posterior revelaría que el atacante había entrado en la fábrica de cáñamo descerrajando la puerta de un tiro. Unas manchas de sangre en el cristal de la ventana por la que Essex había salido indicaban que había sido herido, y varias huellas dactilares ensangrentadas en el alféizar sugerían que había tratado de limpiar la sangre. Entre las cosas que dejó tras él había una bolsa de cuero marrón con una lechuza negra pintada en un lado y cincuenta balas calibre .38 en su interior.

Pese a todo, con el claro deseo de que la policía supiera a dónde iba en un intento de tenderle una emboscada, Essex dejó un rastro de balas juntas, apuntando siempre en la misma dirección a intervalos periódicos, desde la fábrica de cáñamo hasta la fachada de la iglesia First New St. Mark Baptist. Allí les esperaba. Pero increíblemente, cuando la policía llegó frente a la iglesia y encontró tres cartuchos, un funcionario policial llamado Clarence Giarrus, preocupado por el alto nivel de tensión existente en ese barrio negro, les ordenó dispersarse. Y mientras la tensión “se enfriaba” como quería el funcionario, el asaltante desapareció de la iglesia.

Aunque Essex pasó una semana sin matar, no estuvo inactivo. La tarde del 1 de enero de 1975, provocó dos incendios en unos almacenes, en pleno corazón de la ciudad; los incendios tardaron cinco días en ser sofocados, y doscientos bomberos acudieron a apagar las llamas. Durante esos días, Essex volvió periódicamente a la iglesia: la víspera del 3 de enero, la policía recibió la información de que un hombre estaba escondido en ella. Cuando la registró, según recordaría un agente, “la prueba de que nuestro hombre había estado allí resultaba increíble. Oculto en el baño de mujeres, encontramos un talego lleno de cartuchos calibre .38. También encontramos manchas de sangre en varias puertas y en el alféizar de las ventanas”.

La mañana del 7 de enero, Essex entró en una tienda atendida por Joseph Perniciaro, que había llamado a la policía para denunciarlo, diciéndoles a los agentes que lo había visto por la zona (no se sabe cómo Essex recibió esta información). Se dirigió al tendero y le dijo: “Tú, tú eres el que busco”, antes de dispararle en el pecho. Luego huyó y, pasadas varias manzanas, golpeó con el fusil la ventanilla de un coche que estaba parado con el motor encendido y le dijo al conductor, que era negro, que se bajara. “No quiero matarte, pero te mataré también”, afirmó.

Essex salió entonces en dirección del céntrico hotel Howard Johnson. Aparcó el coche y subió por la escalera exterior del hotel hasta el octavo piso, donde el personal le impidió entrar. En el noveno piso, llamó a la puerta exterior y le dijo a una empleada de la limpieza: “Déjeme entrar, señorita, tengo algo que hacer”. Ella se negó y él siguió subiendo. Finalmente consiguió entrar por el piso dieciocho; fusil en mano, pasó rozando a tres empleados negros, a los que dijo: “No se preocupen, no voy a hacer daño a ningún negro; sólo me interesan los blancos”.

Un médico blanco de veintisiete años, Robert Steagall, salió al pasillo cuando Essex pasaba por delante de su habitación. Tratando de defender a su esposa de la furia asesina de Essex, se entabló una lucha hasta que Essex le disparó en el brazo y el pecho. Betty Steagall, la mujer de Robert, acudió rápidamente y se arrodilló junto a su marido, desesperada al verlo convulsionándose, moribundo; Essex se puso entonces detrás de ella, recargó su escopeta y le disparó en la cabeza, volándosela por completo. Entró a continuación en la habitación de los Steagall, prendió fuego a las cortinas y volvió por el pasillo hasta la escalera. El fuego empezó a propagarse, y el humo a salir de las habitaciones.

Frank Schneider, gerente administrador del hotel, y Donald Roberts, un botones, acudieron a investigar el origen de los ruidos y el humo. Al salir del ascensor en el undécimo piso, vieron a Essex a unos pocos metros y salieron corriendo hacia la salida más próxima. En sus declaraciones Roberts afirmó: “Oímos un disparo. Fue el que pasó por encima de mi cabeza mientras corría agachado. El segundo disparo alcanzó a Frank, que iba corriendo detrás de mí. Yo seguí corriendo”. Schneider había sido alcanzado en la cabeza y murió en el acto.

Walter Collins, el director del hotel, y Luciano Llovett, técnico de mantenimiento, subieron a investigar después de ser informados de la presencia de un hombre armado con un fusil. En el décimo piso, Collins vio a un joven con un arma y empezó a correr. Una bala lo alcanzó en la espalda y cayó al suelo. Cuando oyó a Essex salir del pasillo, fue arrastrándose sobre los codos y rodillas hacia el rellano.

Los agentes Michael Burl y Robert Childress fueron los primeros policías en llegar al hotel. Cuando subían en el ascensor, los primeros camiones de bomberos empezaban a llegar. El teniente de la brigada de bomberos, Tim Ursin, iba subiendo por una escalera lateral del edificio cuando Essex apareció en uno de los balcones y le disparó. La bala lo alcanzó en el brazo izquierdo, destrozándoselo; tuvieron que amputarle el brazo.

Essex disparaba cada vez que se ponía a tiro un policía o un bombero. La situación no tardó en volverse caótica, aunque aún no era nada en comparación con lo que vendría después. Las detonaciones de la escopeta de Essex mezcladas con los disparos esporádicos de la policía, los gritos de los clientes del hotel Howard Johnson atrapados en sus habitaciones y el humo que subía de los pisos en llamas contribuían a crear un escenario de descontrol. El caos aumentó cuando la policía empezó a disparar a diestra y siniestra, apuntando a las plantas superiores, sin respetar las normas elementales sobre control de incendios.

Por su parte, Essex seguía prefiriendo los blancos uniformados, hasta el punto de dejar ileso a un detective de paisano que se le puso a tiro. A las once de la mañana, cien policías tenían el hotel acordonado. El número fue creciendo hasta superar los seiscientos hombres, venidos de los Estados de Luisiana, Texas y Mississipi, así como del FBI, del Ministerio de Hacienda y otras instituciones federales; había agentes de veintisiete organismos dedicados a la aplicación de la ley en los ámbitos estatal, local y federal: cientos de hombres contra un solo francotirador.

El policía Charles Arnold subió al décimo piso de un edificio de oficinas próximo. Al abrir la ventana, Essex le disparó un tiro, que rebotó en su escopeta y se introdujo en su mandíbula, haciéndole caer al suelo. Arnold escupió trozos de mandíbula, dientes y sangre. Otro agente que lo vio exclamó: “¡Cielo santo! Te ha destrozado toda la cara”.

Mientras proseguían los disparos, Robert Beamish, ejecutivo de televisión de cuarenta y tres años, trató de salir del hotel por el recinto de la piscina, pero Essex lo vio y le disparó en el estómago, arrancándole el ombligo. Beamish cayó a la piscina, donde permaneció dos horas llenando el agua de sangre.

Inexplicablemente, Essex siguió desperdiciando algunos blancos, permitiendo caprichosamente que algunas personas salieran ilesas. Seguía su ascenso a las plantas superiores, disparando y prendiendo fuego a todas las habitaciones que podía. Los bomberos, que estaban tratando de controlar los incendios, se veían cada vez más expuestos a los disparos incontrolados de la policía. El descontrol de policías y bomberos aumentó gravemente el peligro para el creciente número de turistas que se estaban concentrando alrededor del Howard Johnson para presenciar el suceso.

Algunos negros radicalizados, gritaban: “¡Blanco!” cada vez que disparaba el francotirador. Clarence Giarrus, el mismo jefe policial que había ordenado que no se persiguiera más a Essex cuando se refugió en una iglesia días antes, declaro: “Lo que más nos preocupaba era saber qué pasaría si aquello no era más que el comienzo de algo mucho peor. Nos preguntábamos si no estaría estallando una revolución, y si otros negros no acudirían en ayuda del francotirador”. Algo que a Essex le habría encantado.

El policía Kenneth Solís, a través de un altavoz, intentaba dirigir a los turistas a un lugar seguro cuando Essex le disparó en el hombro derecho y la caja torácica, destrozándole el hombro y dejándole al descubierto el hueso. Otra bala alcanzó al sargento Emmanuel Palmisano mientras cruzaba la calle para prestar ayuda a su compañero. La bala le fracturó el brazo izquierdo, penetró por debajo de la axila y le bajó por la espalda, rozándole la espina dorsal.

El policía Paul Persigo murió en el acto a consecuencia de un disparo que le atravesó la boca mientras observaba los pisos superiores del hotel. Un hombre no identificado que llevaba un casco de protección civil fue alcanzado en el brazo derecho mientras pasaba por la calle y, cuando el conductor de ambulancia Chris Caton corría en su auxilio, otra bala lo alcanzó a él en la espalda, triturándole el omóplato y perforándole un pulmón; salió por debajo de la axila. Essex era una máquina de matar.

Varios civiles armados con fusiles, algunos vestidos con uniformes militares que no eran de su talla, empezaban a congregarse junto al hotel, uniéndose al cerco de Essex. Una multitud de varios cientos de jóvenes negros estaba ahora en la calle. Eran animadores del bando de Essex: cada vez este disparaba, daban unos pasos hacia adelante, entonando: “¡Mata a los cerdos, mata a los cerdos!”.

Conforme aumentaba el ritmo de los disparos, las consignas subían de volumen y de fuerza. Los jóvenes lanzaron varias botellas vacías. Muchos bebían vino de botellas que llevaban en bolsas de papel. “¡Aguanta!”, gritó uno de ellos. “¡Cuando se haga de noche, iremos a ayudarte!”

El vicecomisario Louis Sirgo, del cuerpo de policía de Nueva Orleans, se puso al frente de un pequeño grupo de asalto que se dirigió hacia las últimas plantas del hotel. En el rellano del piso dieciséis, un disparo de Essex le fracturó la médula espinal, quebrándole la columna vertebral y perforándole el pulmón izquierdo, el hígado y el riñón derecho. Murió a los pocos minutos.

Essex seguía subiendo de un piso a otro sin dejar de disparar y de provocar nuevos incendios: le prendía fuego a los directorios telefónicos de cada suite y los ponía debajo de una cortina o un colchón, mientras los policías, nerviosos y completamente descoordinados, apenas conseguían no dispararse entre ellos.

Cuando el oficial Larry Arthur, del escuadrón táctico, derribó la puerta que daba acceso a la azotea, Essex le disparó en el abdomen gritando: “¡Viva África libre! ¡Vengan acá, cerdos!”. En lo que restaba del asedio, estuvo entrando y saliendo de los cubículos de cemento que protegían las entradas a la azotea: saltaba para disparar desde diferentes ángulos y acto seguido se refugiaba de la avalancha de disparos imprecisos y descoordinados de la policía.

En una pausa se le oyó gritar: “¡Feliz Año Nuevo, cerdos! ¡Ya he matado a muchos hijos de puta! ¡Suban, que voy a matar a otros más!”. Hacia media tarde, la policía lanzó una docena de bombas lacrimógenas. El gas se posó en la azotea y se dispersó sin el menor efecto. Burlándose, Essex les gritó: “¡Aún estoy aquí, cerdos!”. Entre tanto, los funcionarios comenzaban a sentir pánico. Temían que el ataque de Essex no fuera la acción aislada de un solo individuo.

Comenzó entonces a llover fuertemente. Aquello era ya un escenario de guerra: por doquier se escuchaban gritos, disparos, órdenes contradictorias, sirenas, insultos, consignas. Los incendios cada vez eran más numerosos y violentos. En la calle se preparaba un motín y el hotel era una carnicería.

Prácticamente, toda una manzana de la ciudad estaba destruida y en llamas. Los autos en la calle estaban destrozados a tiros y algunos ardían, y los bomberos no podían acercarse demasiado por temor a los disparos. Adentro y afuera había cadáveres, gente herida, charcos de sangre. Los daños finales ascenderían a más de un millón de dólares. Se le pidió ayuda al Ejército. Los civiles apostados en las calles comenzaron entonces a disparar. Los agentes de la policía y el FBI luchaban para contener lo que amenazaba con convertirse en una revuelta.

Un helicóptero de la policía se acercó al hotel. Essex le disparó hasta que lo obligó a alejarse. Poco después, un helicóptero blindado del Ejército, un CH-46 de la Reserva Aérea de la Marina Estadounidense, con dos marines a bordo, tiradores de élite armados con M-14 calibre .308 y tres policías armados con AR-15 calibre .223, sobrevolaron el lugar protegidos por la lluvia y la niebla.

A partir de entonces, el helicóptero haría un total de cuarenta y ocho batidas sobre el hotel en medio del fuego incontrolado de la policía y de los civiles armados; Essex los rechazó a tiros todas las ocasiones, obligando a los marines a retirarse. En una de sus aproximaciones, la policía del helicóptero abrió fuego equivocadamente contra un hueco de la escalera en el que se escondían varios oficiales de policía. El testimonio de uno de ellos es clarificador: “Los disparos cayeron sobre nosotros. Acribillaron con ametralladoras la puerta, el hueco, todo. Salieron volando grandes trozos de escayola y de cemento de las paredes y nosotros caímos dando tumbos por las escaleras”.

Mientras los artilleros del helicóptero arrasaban los cubículos, el locutor de una emisora de radio emitía una “petición” de la policía a los ciudadanos que tuvieran fusiles de gran calibre, para que acudieran a prestar ayuda en el sitio del hotel. Esta petición tuvo como resultado que docenas de paramilitares, fanáticos de las armas, veteranos de Vietnam y mercenarios, todos ellos armados hasta los dientes, se presentaran a las puertas del Howard Johnson, algunos ofreciéndose para “acabar con el francotirador” y otros dispuestos a prestarle ayuda a Essex. A la mañana siguiente, la policía dispersó a los convocados y descubrió que otro grupo se acercaba al hotel furtivamente. Asimismo, una mujer telefoneó ofreciendo mantas para el francotirador, el cual, afirmó, “seguramente se está helando allí arriba, en la azotea”.

Entre tanto, Essex seguía dirigiendo sus disparos y sus insultos a la policía. “¡Vengan aquí arriba, policías blancos de mierda! ¿O tienen miedo de luchar como lucha un hombre negro?” Por su parte, la policía contestaba con el mismo estilo: “¡Que te den por el culo! ¡Que te den por el culo!” Por momentos, aquello era casi ridículo.

Una vez más, el helicóptero militar se lanzó en picada contra un hueco de la escalera y se equivocó al abrir fuego contra los policías que se escondían. Un agente negro que trataba de convencer a Essex para que se rindiera recibió esta contestación: “¡Que te den por el culo! ¡Denle el poder al pueblo!” Muchas personas, atrapadas por el fuego, preferían lanzarse al vacío o trataban de usar las escaleras de emergencia, que se colapsaban por el daño causado al hotel por los disparos. Varios de ellos eran negros.

Poco antes de las nueve de la noche, el helicóptero comenzó a lanzar luces de bengala arriba del edificio y se lanzó sobre Essex por enésima ocasión. Este salió de un cubículo y abrió fuego contra la aeronave pero, al volver corriendo a protegerse, recibió un disparo. El piloto del helicóptero afirmó después: “Creo que el tipo creyó que todo había terminado. Le estaban tirando de todo, pero él siguió corriendo sin dejar de disparar”. Fue alcanzado por el fuego automático del helicóptero y por los fusiles de gran potencia (en especial, los “Elefante” calibre .375 y .458) de los cientos de policías apostados en los tejados adyacentes.

Uno de los artilleros del helicóptero, que no dejaba de accionar el dispositivo de disparo automático, dijo que Essex “salió, corriendo hacia el helicóptero, disparando mientras se acercaba. Nos miraba de frente, con el fusil a la cintura y disparando. Dio dos o tres pasos antes de que nosotros abriéramos fuego. Vacié el cargador sobre él, desde los muslos hasta el cuello. Siguió corriendo completamente tieso un poco más. Las balas seguían cebándose en él impidiendo que cayera, como cuando tiras a un plato y el plato sigue rodando”. Pertrechado con un fusil WeaaI Herby de alta velocidad, otro policía que estaba apostado en el tejado del Banco de Nueva Orleans recordaría: “El tipo salió y se dio media vuelta para disparar. Entonces disparé yo. Le di en el trasero. Él avanzó dando tumbos y soltó el fusil. Luego otros tipos con armas potentes, calibre .375 y .458, abrieron fuego. Uno de los proyectiles le dio en la pierna y se la arrancó de cuajo”.

Los policías que presenciaron los últimos momentos de Essex, comentaron: “Lo que sucedió es que algunas bengalas prendieron fuego tras impactar en las paredes del cubículo. Fuera lo que fuera, el caso es que él salió corriendo y gritando con el puño izquierdo en alto. Parecía como si fuera corriendo sobre carbones encendidos. Con tantos disparos, había un anillo de fuego rojo a su alrededor. Las balas lo mantenían erguido, haciéndolo girar. Luego cayó de espaldas a unos veinte pies del cubículo. Todo el mundo siguió disparándole”.

El fuego intenso abierto desde el helicóptero y los tejados adyacentes hizo estallar una enorme tubería del tejado; el agua formó una muralla de más de un metro de altura, se precipitó por el hueco de la escalera donde estaban agazapados los policías, y los arrastró en una tromba que se llevó por delante hombres, armas, cartucheras y ropa. Por su lado, los agentes armados, convencidos de que había otro francotirador en la azotea, seguían gritando: “¡Cuidado!” y disparando al segundo francotirador fantasma. Algunos testimonios de agentes comentaban: “Hasta bien entrada la noche, la policía no dejó de proferir insultos desde el Rault Center y otros edificios con el objeto de que los supuestos francotiradores revelaran sus posiciones. Pero nadie contestaba en la azotea. ‘Toma tu poder para el pueblo, maldito negro’, gritaban”.

Entonces llegó la información de que había sido localizado otro francotirador. La policía volvió a abrir fuego mientras los focos apuntaban a las chispas que saltaban de las paredes del edificio al recibir el impacto de una bala, y que ellos creían que procedían de un segundo francotirador que estaba respondiendo a sus disparos. El ruido del tiroteo era tan intenso que resultaba imposible saber de dónde venía. Sin embargo, en medio de esta escalada de disparos, aún se podía oír claramente la detonación de un subfusil automático Thompson calibre .45 y el firme estruendo de un gran rifle de caza Holland and Holland .37522. Al oír los gritos de dolor de los heridos, el policía Philip Coleman se acercó en su coche patrulla agazapado en el asiento del conductor.

Para agravar aquella farsa, a altas horas de la noche la policía envió el cuerpo K-9. Los perros subieron a la azotea, pero uno de ellos quedó tan afectado por los gases lacrimógenos que se hizo un ovillo y se tumbó. Un adiestrador se negó a que un segundo perro subiera solo a la azotea, asustado porque “me lo matarán”. Otro adiestrador aceptó enviar el suyo, pero el animal no quiso.

A las cinco de la mañana, cuando empezaba a amanecer, el helicóptero realizó otra batida de castigo, llenando de metralla los cubículos, pero lo único que consiguió fue despertar a los cinco policías que se habían dormido en el hueco de la escalera. Luego se inició el inevitable proceso por el que los policías empezaron a dispararse unos a otros. Un agente colocó su casco sobre un palo y salió cautelosamente a la azotea, pero unos policías sin radio abrieron fuego contra él, tomándolo equivocadamente por el francotirador fantasma. Cuando, poco antes de las dos de la tarde, un grupo de policías tomó por asalto la azotea, la policía municipal abrió fuego contra ellos. Al grupo de asalto se le unieron enseguida otros treinta agentes celosos; entre todos formaron un semicírculo alrededor del cuarto de calderas. Abrieron fuego al unísono, y los disparos, al rebotar, hirieron a nueve agentes, a tres de ellos gravemente.

Mientras tanto, el cadáver de Mark Essex yacía retorcido en el tejado. Tenía una pierna prácticamente amputada. El torso era una pulpa aplastada. Su rostro había volado. Pero el puño izquierdo seguía bien cerrado. Los funcionarios del Instituto Forense contaron al menos doscientos agujeros de bala en su cuerpo y certificaron que la vesícula era el único órgano que no había sido destruido por arma de fuego. Lo único que tenía en los bolsillos eran dos balas y un petardo.

Una investigación posterior averiguó que había disparado solamente ciento cincuenta balas, suficientes para rechazar a cientos de policías, agentes y militares. La policía encontró el coche robado a una cuadra del Calabozo Central. En la guantera había varios impresos del Departamento de Empleo Estatal sobre la discriminación en prácticas de contratación. En el maletero la policía encontró una mochila en la que se había escrito a mano con tinta negra la palabra “GUERRERO”.

En el sitio de la masacre se levantó un monumento a las víctimas del ataque. El hotel Howard Johnson tuvo que ser cerrado después de lo ocurrido y lo compró la cadena Hollyday Inn para abrir allí otro hotel. El cuerpo de Mark Essex fue devuelto a Emporia, Kansas, donde fue enterrado en una tumba anónima.

Tras su muerte, muchos grupos de negros radicales tomaron su nombre y su ejemplo para legitimar su lucha. Su familia, amigos y vecinos no pudieron nunca comprender cómo aquel chico dulce y amable, que sólo quería vivir en paz, terminó convertido en un ejército de un solo hombre, enfrentándose simultáneamente y con éxito a la Policía, el FBI y el Ejército.

 


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