Marie Schneider

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Marie Schneider
  • Clasificación: Homicida
  • Características: Menor de edad (11 años)
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 1886
  • Fecha de detención: 1886
  • Fecha de nacimiento: 1 de mayo de 1874
  • Perfil de las víctimas: Niña de 3 años
  • Método de matar: Defenestración
  • Localización: Berlín, Alemania
  • Estado: Condenada a 8 años de prisión
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¿Puede condenarse a muerte a una niña de 11 años?

Última actualización: 20 de marzo de 2015

El primero de mayo de 1874 nació en Berlín Marie Schneider. Nació en el seno de una familia muy pobre, con aquella pobreza. a nuestros ojos increíble, que sólo se podía dar en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, cuando las industrias empezaban a cobrar importancia y las mujeres trabajaban veinte horas al día en las fábricas, los hombres se apiñaban en los talleres, donde se dormían, rendidos por el cansancio, sobre las máquinas que los trituraban, donde los niños eran empleados en los telares, en jornadas agotadoras de dieciséis o dieciocho horas.

El matrimonio Schneider tenía otra hija, pero murió a los pocos años de nacer, en 1885. como también murió muy pronto el padre de Marie, ella quedó sola con su madre. Apenas recordaba a su padre, que paraba poco en casa y la abandonó tan prontamente.

La viuda se encontró así sin recursos económicos, sin nada que llevarse a la boca, con una niña muy pequeña y sin ayuda de nadie. Tuvo que buscar pronto un empleo que le permitiera ganar un poco más de dinero. Sin embargo, no lo encontró. Eran muchos los que buscaban lo mismo y pocos los puestos de trabajo. Todo un ejército de trabajadores parados estaba a disposición de los industriales para que éstos pudieran escoger a los más indicados y pagarles sueldos ínfimos.

Su madre tuvo que emplearse como ajustadora mecánica en una fábrica berlinesa. El salario era escaso, pero no pudo elegir. Y por lo menos, pensaba, «es algo con que alimentar a la niña».

Pero su niña, su Marie, iba a plantearle muy pronto problemas mayores.

La buena mujer trabajaba mucho, demasiado para su delicada salud y más de lo que era habitual por aquel entonces.

-Vas a acabar en un hospital -le decían a menudo sus compañeras de fábrica-. ¿Para qué quieres tanto dinero? Nunca llegarás a ser rica, ni a salir de este asqueroso agujero.

Y la madre de Marie, sin dejar la tarea un solo momento, respondía:

-Quiero que mi hija vaya al colegio, quiero que estudie y que pueda dedicarse a otra cosa.

Pero las obreras que conocían a Marie, que tenían también hijas como aquella pequeña, que sufrían y trabajaban igual que la madre, contestaban invariablemente:

-Tu hija no podrá llegar a nada. Acabará como nosotras, en una cochina fábrica o recorriendo las calles y acostándose con el primero que le ofrezca unas monedas.

Y la madre de Marie se enfurecía, le dolía escuchar aquellas frases. Porque, en el fondo, sabía que eran ciertas. Tenía la certeza de que a la gente como ellos, como sus padres, como sus compañeras de trabajo, como sus hijas, no les esperaba otro porvenir.

Pero luchaba. No quería admitir aquella realidad. Y luchaba sin cesar, trabajando agotadoramente, sin descanso, horas y horas. Era su forma de rebelarse, de enfrentarse a aquella situación injusta en la, que había nacido y de la que no podría salir ya nunca.

-Pero mi hija no. Mi hija tiene que conocer otra cosa. Ella no pasará por esto. Lo juro. Casi cada día las obreras del taller de mecánica en que trabajaba la madre de Marie hablaban de este tema. Y siempre la buena mujer acababa diciendo la misma frase:

-Yo ya no soy nada. Es verdad lo que decís: nunca saldré de este agujero. Estoy condenada a muerte por este maldito trabajo. Estoy ya muerta, aunque siga viniendo aquí todos los días. Pero precisamente por ello, porque muerta ya no necesito nada, todo lo gano será para Marie. Y con ello la niña podrá ir al colegio y educarse y conocer otra vida.

Las otras obreras no respondían nada a esto. No se burlaban. Porque sentían lo mismo que su compañera, sentían que eran ya cadáveres, aunque tuvieran veinte o treinta años.

Gracias a aquel trabajo incansable, gracias a aquellos esfuerzos de la pobre mujer, poco a poco la situación económica del hogar de Marie mejoró. No demasiado, es cierto. Pero por lo menos comía cada día. Y la madre pudo comprar algunos conejos, que criaba en casa y luego vendía. O que sacrificaba y cocinaba cuidadosamente convirtiendo en una fiesta inolvidable aquel plato.

Marie, sin embargo, no respondía a los cuidados de su madre. Bien es verdad que la mujer, a causa precisamente del trabajo, pasaba prácticamente todo el tiempo fuera de la casa. Y la niña estaba siempre sola. Por eso quizá se fue volviendo insolente, mal educada, desobediente.

La madre sufría con ello. Pero no se dejaba achicar y no se desanimaba. Aunque a veces perdiera los nervios. Las largas jornadas en el taller destrozaban su cuerpo y su espíritu y golpeaba a la niña cuando ésta cometía alguna de sus pequeñas fechorías.

Porque realmente al principio eran sólo pequeñas fechorías. Fue luego, a medida que crecía, cuando su carácter empezó a mostrar rasgos de crueldad inusitados, rasgos que preocupaban profundamente a su madre.

Al principio, cuando la pequeña sólo contaba cuatro o cinco años, estos actos se limitaban a satisfacer sus gustos, sus caprichos. A Marie, casi desde el día en que nació, le enloquecían los dulces. Y se los procuraba por todos los medios a su alcance. Los cogía de su casa a escondidas o se los quitaba a sus compañeros de juego, en los inmundos callejones donde los niños pasaban las horas, mientras sus padres trabajaban.

A los cinco o seis años empezó a robarlos descaradamente. Por esos años aproximadamente tenía ya la osadía de entrar en los comercios donde vendían dulces y sustraía cuantos podía sin ser vista. Aunque en ocasiones la pillaron. Pero se trataba de una chiquilla. Y casi nunca había problemas con los tenderos. Sin embargo, esto preocupaba a la madre.

-Es normal, mujer -le decían sus compañeras de trabajo-. No te preocupes. Todos los niños lo hacen. Y seguramente tiene hambre.

A los oídos de la madre aquello no eran más que palabras, excusas, para justificar el comportamiento de su hija. Pero ella no quería admitir esos actos. Y cuando tenía noticia de alguno reñía severamente a la pequeña e incluso la pegaba. A veces mucho, con fuerza, para escarmentarla. No se daba cuenta de que aquello producía los efectos contrarios, haciendo que la niña se sintiera a disgusto en su casa, con su madre.

Cierto día, cuando Marie era algo mayor, al llegar la madre después de la dura jornada a la casa, la encontró vacía. Inútilmente buscó por todas partes a la chiquilla que parecía haber desaparecido.

-¡Marie! ¿Dónde te has metido? ¡Ven inmediatamente aquí!

Pero la niña no respondía. A los pocos minutos la madre había registrado toda la vivienda, por otra parte muy pequeña y pobremente amueblada, sin haber dado con Marie.

Al pasar frente a la jaula donde tenía los conejos observó con curiosidad y asombro que faltaba uno:

-Es curioso -se dijo-. Estoy segura de que no he vendido ninguno. Y que tampoco matamos estas últimas semanas.

Pero la preocupación por la ausencia de la niña le hizo olvidar pronto aquel detalle, en apariencia sin importancia.

Salió a la callejuela donde vivían Y miró arriba y abajo. No había rastro de la chiquilla. Empezó a preocuparse seriamente.

-¿Habéis visto a mi hija? -preguntó a sus vecinos más próximos.

-A media tarde pasó por aquí corriendo, pero desde entonces no la hemos vuelto a ver.

Y fue preguntando casa por casa, obteniendo siempre respuestas similares:

-Creo que la vi esta mañana. Pero no estoy seguro.

-Estará jugando por ahí. Ya volverá.

Y cuando la madre dejaba a los vecinos éstos comentaban:

-Esta mujer, siempre tan pendiente de su hija…

Porque la madre de Marie tenía fama, en aquel sucio suburbio de sencillas y pobres barracas, de no dejar a su hija un sólo instante.

-Si viviera aun su marido, no pasarían estas cosas. Es ella quien tiene que hacerlo todo.

Y también Marie tenía fama de ser la peor, la más pícara y descarada de todas las niñas que poblaban la zona.

-Aquí está la pequeña ladrona- comentaban entre sus parroquianos los tenderos cuando la veían aparecer.

Y algunos de ellos ya la temían, por su destreza en robar dulces, caramelos, chocolate y otras mil golosinas.

Los compañeros de juego de Marie tampoco eran angelitos. Todos ellos recorrían el barrio en masa, gritando y haciendo rabiar a los vecinos. Juntos, formaban una especie de banda de pequeños delincuentes ante los que pocas medidas se podían tomar.

Y por otra parte, ¿qué se les puede decir a un puñado de chiquillos que se pasan el día solos, por las sucias calles de una ciudad inmensa, correteando de un sitio para otro, sin nada que hacer, con bastante. hambre en el estómago? ¿Cómo se puede detener por robo a un niño o a una niña que toma un dulce, un trozo de pan?

Pero volvamos a nuestra historia. Marie no apareció hasta bien entrada la noche. Su madre estaba ya angustiada, sin saber qué hacer ni a quién dirigirse.

-¿Dónde te has metido? -le gritó a la niña apenas apareció por la puerta.

Pero no podía reñirla. Se arrojó a ella, y la abrazó: había llegado a temer lo peor. Y ahora su niña volvía a estar con ella. No le había ocurrido nada. La abrazó con fuerza; estaba bien. Sólo fue una travesura.

De pronto notó algo viscoso en las ropas de la chiquilla, algo húmedo, pegajoso y espeso, que le manchaba el vestido. La llevó cerca de la luz que, débilmente, iluminaba la estancia y observó: -;Qué es esto Marie? -Qué has hecho? ¿Con qué te has manchado el vestido?

La niña no respondía. Rehuía la mirada interrogativa de su madre, como si tuviera algo que ocultar. La mujer se dio cuenta.

-Vamos, responde, ¿dónde te has metido?

La niña seguía callada, sin responder, mirando hacia otro lado.

-¡Te digo que respondas! -la madre la zarandeó con fuerza,

Marie no parecía asustada. Tan sólo un poco molesta porque su madre no la dejaba en paz. Aquello enfureció más aún a la mujer, que perdió el control y empezó a golpearla mientras gritaba – ¡Me vas a contar lo que has hecho o te dejaré el cuerpo señalado para toda la vida!

Por fin Marie, entre lágrimas, dijo:

– Sólo he estado jugando por ahí, mamá. No he hecho nada malo, te lo prometo.

-¿Y esas manchas en el vestido? ¿Cómo te las has hecho?

Por un instante, sólo una milésima de segundo, los ojos de la niña se dirigieron hacia la jaula de los conejos. Apenas fue perceptible aquel gesto. Pero la madre se dio cuenta.

-¿Qué ocurre? ¿Qué has escondido en la jaula de los conejos?

Y entonces recordó que en ella faltaba un animal.

– Has cogido tú un conejo. ¡Vamos, dímelo!

– Verás, mamá – la niña temía más golpes y habló procurando alejarse de la madre -, era sólo un juego…

-¿Qué has hecho con él? ¿Dónde está?

– Fuera, en el patio.

La casa donde vivían daba, en su parte trasera, a un patio interior, al que comunicaban varias viviendas. En él había una especie de cobertizo, hecho con ramas, para guardar de la lluvia la leña y el carbón que aquellas gentes utilizaban para calentarse durante el invierno.

La madre había mirado varias veces, aquella tarde, mientras buscaba a su hija, en el patio. Pero no se le había ocurrido, en su nerviosismo comprobar en el interior del cobertizo. Rápidamente se dirigió allí, con una lámpara en la mano, pues ya era noche cerrada y aquel lugar no tenía iluminación.

Sobre unos troncos, en medio del cuartucho, estaba el conejo. A un lado se podían ver, rodeados de un líquido viscoso sanguinolento, los ojos del animal. Uno de ellos estaba ensartado en un tenedor.

El conejo estaba patas arriba, con el vientre abierto y todas las entrañas esparcidas alrededor. El cobertizo olía mal. Y la mujer salió pronto de él, enfurecida.

Un conejo representaba el jornal de más de una semana de trabajo. Raras veces mataba uno para consumirlo en casa. Generalmente los vendía y con ello obtenía algunas monedas, que le permitían comprar las cosas más indispensables. Es decir, aquellos animales constituían para la mujer un verdadero tesoro, una inversión económica, un recurso en caso de necesidad. Teniéndolos se sentía algo segura ante lo que le pudiera ocurrir.

Entró en la casa, dejó la lámpara sobre la sucia mesa de madera y se dirigió a la niña. Está, al verla, intentó huir. Pero fue inútil. La madre la alcanzó y le propinó unos buenos azotes. Sin duda demasiados, olvidando que la chiquilla no tenía ni diez años.

Pero en su mente estaba tan sólo la visión del conejo mutilado, del fruto de muchos días de trabajo inútilmente sacrificados. Y golpeó a la niña. A pesar de los gritos, la golpeó. Con fuerza. Con rabia. Llorando.

Aquella noche, Marie no pudo dormir a causa del dolor. Y tampoco durmió su madre.

Sin embargo, el castigo no sirvió de nada y la niña no escarmentó. Llevaba en sí el germen de la violencia, de la destrucción. Quizá de la destrucción que había visto desde que nació. Quizá sus actos no eran más que un reflejo de aquel ambiente en el que vivía. Un reflejo de la destrucción de su padre, a causa del trabajo, que minó su salud. Un reflejo de la progresiva degradación humana de su madre por las mismas causas. Un reflejo de la violencia y el desmoronamiento que contemplaban sus ojos en las callejuelas embarradas, sucias, en aquellos rostros embrutecidos por el trabajo y la miseria de sus vecinos, de sus compañeros de juego tan niños todavía, y sin embargo, tan viejos ya. Un reflejo de aquel mundo oscuro, gris, siempre gris, que la rodeaba.

En varias ocasiones, Marie volvió a coger a los indefensos animales de la jaula. Los llevaba a algún lugar apartado y los hacía sufrir. Disfrutaba viéndolos retorcerse de dolor. Como se retorcía ella cuando su madre la descubría y le daba aquellas palizas, cada vez más fuertes, cada vez más frecuentes, cada vez más convertidas en una rutina.

Marie cogía a los animales y les clavaba tenedores en los ojos. A veces se los arrancaba. Otras les dejaba con ellos clavados. Luego, cuando aún los conejos vivían y sus cuerpos agonizantes se movían grotescamente, les abría el vientre y les sacaba las entrañas.

Y la chiquilla disfrutaba más todavía cuando conseguía dejarlos así, sin ojos y mutilados y las bestias aún no habían muerto. Entonces contemplaba sonriendo cómo iban dejando de existir, cómo poco a poco sus convulsiones iban cesando hasta que morían.

Por otra parte su pasión por los dulces iba en aumento. No los necesitaba ya porque pasara hambre – que a veces la pasaba – sino por el simple hecho de comerlos, por capricho.

Cuando no los podía robar en las tiendas – en muchas de ellas era ya conocida – o no se los podía quitar a los niños más pequeños, inventaba historias que contaba a los transeúntes para que le dieran dinero:

– Señor, señor, por favor – interpelaba a algún paseante en los barrios elegantes del Berlín del pasado siglo -. Deme unas monedas. Mi madre está muy enferma y no puede trabajar. Necesita medicinas. Por favor…

Era una consumada mentirosa. Y las gentes creían sus embustes. ¿Quién hubiera dudado de una niña de ocho años, que lloraba al decir aquellas palabras?

-Hace tres días que no como, señora. Soy huérfana. Mi padre murió hace muchos años. Y en ningún sitio me quieren dar trabajo…

Y la gente, apiadada, le entregaba algunas monedas, con las que Marie compraba golosinas.

Si el sistema fallaba – que raras veces sucedía – robaba el dinero que su madre traía de la fábrica.

Esta empezaba a sentirse impotente ante aquella hija que actuaba como quería, que era insensible a sus enfados, a sus golpes, a sus lágrimas. La madre de Marie se dio cuenta de que había perdido a su hija. La niña no le hacía el menor caso, le hablaba con desprecio o la ignoraba. Se burlaba de ella.

Y la mujer, que envejecía rápidamente, empezó a aceptar aquella situación, puesto que no podía o no sabía hacer otra cosa. Se resignaba. ¿Qué otra cosa le quedaba por hacer?

– Tanto trabajar y ya ves el resultado.

Frases como aquélla, en boca de sus vecinas o de sus compañeras de trabajo, que en otros tiempos le hubieran dolido, empezaba a escucharlas con una cierta indiferencia, como si no se refirieran a ella.

Y cuando recordaba cuáles habían sido sus proyectos, cuáles sus planes, sus ambiciones, la confianza que depositó en el futuro de su hija, se desesperaba. Pero obtenía cierto consuelo pensando:

-A todas les ha pasado lo mismo, a todas mis vecinas, a mis amigas.

Y era cierto. Casi todos los hijos de la gente que conocía llevaban la misma vida que Marie, cometiendo fechorías, que empezaban a no ser tan pequeñas como antes. E incluso algunos llegaban más lejos.

– El hijo de Hans está en la cárcel porque mató a una vieja para robarle unas monedas, seguramente le condenarán a muerte. Y aquel muchacho, al que había visto crecer, tenia diecinueve años.

– Y la hija de Teo recorre la calle de la mañana a la noche.

Y aquella chica también tenía diecinueve años.

Cuando Marie empezó a ir a la escuela -a pesar de todo, su madre consiguió que la niña asistiera a un colegio -, la mujer pensó que era una forma de tenerla más vigilada, además de que la educación contribuiría a encarrilarla de nuevo.

En ello cifró todas sus esperanzas. Las últimas que le quedaban.

Pero Marie no era una buena alumna. Ni como estudiante ni como compañera. Los problemas que planteaba en la escuela obligaron a la directora de ésta a entrevistarse con la madre.

– Su hija es un verdadero problema para nosotros, señora. No sabemos ya qué hacer con ella. Su maestra sale de la clase llorando la mayor parte de los días. No hace el menor caso a nadie, se burla de todo y de todos, maltrata a sus compañeros.

La madre se puso a llorar.

– No sé qué hacer con ella yo tampoco, señora directora. No la he podido educar -. Mi marido falleció al poco de nacer Marie y yo tuve que ponerme a trabajar. Estaba la mayor parte del tiempo sola.

La directora suspiró: ¡tantas veces había tenido que escuchar aquellas palabras!

– Lo sé, señora, lo sé. Pero tendremos que tomar una resolución con respecto a Marie. Si persiste en su actitud… no podemos seguir de esta manera. Espero que lo comprenda.

La madre de Marie se imaginaba lo que las palabras de la directora del colegio encerraban una velada amenaza de expulsión.

– Si no asiste al colegio, volverá a corretear por ahí, señora directora. Yo ya no puedo controlarla. Entonces, ¿qué será de ella? ¿dónde acabará?

– Comprendo su posición. pero usted también debe comprender la nuestra. Marie se ha convertido en un obstáculo para la educación de los otros niños. Y pienso que hasta en un peligro…

La madre se alarmó al escuchar aquellas palabras:

-¿Qué quiere decir?

-Su ejemplo es nefasto. Pero además siempre está riñendo, peleándose con sus compañeros. Especialmente con los más pequeños. Es muy fuerte y llega a hacerles daño. Me temo que algún día ocurra un incidente serio.

La madre salió del colegio con el corazón angustiado. Marie tenía por aquel entonces doce años. Y ya a esa temprana edad constituía un peligro para los demás. La mujer pensaba con preocupación en el porvenir de su hija. Si la expulsaban del colegio… Que permaneciera allí era una garantía, a su modo de ver, de que la muchacha se reformara. El colegio era la única y la última posibilidad para su hija. En caso contrario…

Esto iba pensando la mujer, que no imaginaba lo que muy pronto sucedería.

Cierto día, Marie se encontraba en su casa, aburrida, sin hacer nada, mientras su madre preparaba algo en la cocina. La mujer necesitó algunas cosas y le encargó a la chiquilla que se las trajera. Marie, a regañadientes, salió de la casa.

Tenía que pasar por el centro de la ciudad para cumplir el recado de su madre. Por las calles de Berlín donde pasean las gentes adineradas, que desconocen otro mundo distinto al suyo. Calles llenas de personas confiadas, de buen humor, alegres.

Marie, ya lo hemos dicho, tenía entonces doce años. Pero su mente había crecido antes que su cuerpo, aunque de una manera irregular: era lista cuando se trataba de conseguir lo que quería, pero sus caprichos eran todavía los de una chiquilla y durante aquel paseo, en busca de lo que su madre le encargara, le apeteció tomarse unos dulces. En realidad no tenía apetito. Ni siquiera sentía demasiados deseos de comer unos pasteles. Pero el capricho se adueñó de ella y empezó a pensar en la manera de conseguirlos.

La verdad es que no era un capricho casual. Marie había pasado frente a la puerta trasera de una lujosa pastelería del centro de la ciudad. A pesar de no haber visto un solo dulce, ya que la puerta estaba cerrada, el agradable olor del local se había cruzado en su camino. Ella ni siquiera era consciente de esto. Tan sólo sintió de pronto el capricho de tomar unos dulces.

También pudiera ser que se cruzara con alguna elegante dama, o con algún caballero, que llevaran en la mano un paquete, cuidadosamente envuelto, con alguna golosina para sus hijos.

En realidad no importa mucho lo que ocurrió. El hecho es que la pequeña Marie empezó a darle vueltas a la idea de conseguir unos dulces. Y no hallaba un buen método para cumplir sus propósitos. No tenía ganas de pedir dinero ni quería robar; en aquellos barrios no hubieran tenido tantos reparos como en el suyo y seguramente la hubieran detenido de haberla atrapado.

En ese momento una niña se cruzó con Marie. Tenía tres años y medio y nuestra protagonista no se hubiera fijado en ella a no ser que la pequeña no hubiera llevado unos bonitos pendientes. Y a Marie se le iluminó el rostro.

«¡Ya lo tengo! – pensó -. Le quitaré los pendientes y con ellos podré comprar todos los dulces que me apetezca.»

Y dicho esto dio media vuelta y siguió a la niña. Pero no podía acercarse a ella, pararla con cualquier excusa, quitarle los pendientes y echar a correr. Sin duda la pequeña gritaría y algún transeúnte o guardia acabarían por detener a la ladrona.

No. Debía hallar otro sistema más discreto y seguro. Algo que no llamara la atención.

«Podría proponerle que me los cambiara», pensó.

Pero no tenía nada que ofrecer a cambio de los bonitos – y sin duda caros – pendientes de la pequeña de tres años y medio.

Entonces Marie – fue sin duda una casualidad, una trágica y simple casualidad – miró hacia arriba y vio una ventana abierta. Era una de esas ventanas que sirven para ventilar las escaleras, grandes ventanas que dan directamente a la calle. Esta estaba situada en un segundo piso.

Marie pronto concibió un plan que le pareció infalible y se dirigió resuelta a la niña.

-¡Hola! ¿Cómo te llamas? – le preguntó amistosamente.

– Grete. ¿Y tú? – los niños pequeños no desconfían de nadie. Y aquella chiquilla, que apenas sabía hablar, no había cumplido los cuatro años.

– Yo me llamo Marie – respondió -. Mira Grete, si vienes conmigo te enseñaré un secreto.

La curiosidad hizo que la niña pequeña obedeciera inmediatamente. Juntas, subieron por aquella escalera hasta llegar frente a la ventana del segundo piso.

-¿Dónde está tu secreto? – preguntó Grete.

– Antes me tienes que enseñar tus pendientes – le respondió Marie -. Tus pendientes – repitió, pues la niña no entendía.

Por fin se los quitó. Luego, sin pararse a pensarlo dos veces, empujó el pequeño cuerpo de Grete y lo arrojó al vacío.

Marie fue detenida por un transeúnte cuando intentaba huir, con los pendientes fuertemente apretados en la mano. Horas más tarde fue conducida al depósito de cadáveres, donde se encontraba el cuerpo sin vida de Grete. No manifestó el más mínimo sentimiento de temor, arrepentimiento o tristeza.

– Tenía ganas de comprar unos dulces y pensé que si le quitaba los pendientes y los vendía podría conseguirlos. De manera que se los quité y la empujé por la ventana.

Dijo estas palabras ante el cadáver de la pequeña de tres años y medio que había asesinado. Y las repitió ante un tribunal criminal de Berlín. No se inmutó. Respondió con rapidez a las preguntas de los jueces:

– Ya sé que el que mata a otro es un asesino.

El público de la sala se estremeció al escuchar las declaraciones de Marie.

¿Qué podía hacer aquel tribunal ante un caso semejante? ¿Podía condenar a muerte a una chiquilla de doce años? ¿Se la debía condenar a cadena perpetua? ¿Tenían que dejarla en libertad?

La sentencia era esperada por toda Alemania. Las opiniones se dividían en dos bandos. Unos querían actuar con dureza: aquello había sido un asesinato premeditado. Otros sentían lástima. Y no sabían qué pensar.

Marie Schneider fue condenada a ocho años de cárcel. Cuando el juez leyó la sentencia, quizá a la niña el rostro de aquel hombre le recordó el de los tenderos de las pastelerías, el del propietario de la fábrica donde había estado trabajando su madre, el de uno de los maestros de la escuela, que la golpeara en una ocasión, el del transeúnte que la detuvo, el de los policías de la cárcel donde estuvo encerrada hasta el juicio, el del propietario de la chabola en que ella y su madre vivían. Quizá después de esos ocho años de prisión volvió a ver ese mismo rostro en todos aquellos a quienes se acercaba.


Marie Schneider

Última actualización: 20 de marzo de 2015

El sadismo es uno de los fenómenos más estudiados en criminología. ¿Qué es un sádico? ¿Se le puede considerar un enfermo? ¿Es culpable de sus actos? ¿Hasta qué punto es un farsante? ¿Puede y debe, la sociedad, eliminar a los sádicos? ¿Puede ésta condenarles a muerte cuando han cometido un delito? ¿Hasta qué punto actúa como el criminal la sociedad condenando a una persona a muerte?

El sadismo es tan antiguo corno la misma historia. Tenernos noticias de grandes asesinos, de hombres violentos y crueles, que incluso han ocupado puestos de importancia, que han gobernado. Y que han matado. Y lo han hecho en masa. Buscando siempre justificarse moralmente, o con razones que nos pueden parecer justas. O que parecieron justas a quienes las escucharon.

¿Fueron sádicos los faraones, al construir sus pirámides, donde morían a miles los esclavos que trabajaban en ellas? ¿Fue un sádico Calígula, de quien sus propios contemporáneos decían que amaba hacer daño? ¿Y Nerón? ¿Fueron actos de sadismo las ejecuciones de cristianos en los circos romanos? En aquellos momentos, la población de Roma acudía al circo, como ahora lo haríamos al boxeo o a los toros, para presenciar el espectáculo de los cristianos devorados por los leones. ¿Era todo el pueblo romano sádico?

¿Eran los romanos, que nos legaron la cultura griega, que crearon el Derecho aún vigente, que realizaron extraordinarias obras públicas, que escribieron maravillosas obras literarias, un pueblo de enfermos mentales? Cuesta creerlo. Y sin embargo…, cientos de cristianos fueron torturados por ellos. El Hijo de Dios fue torturado y crucificado por ellos.

¿Qué pensar acerca de este hecho? ¿Qué pensar de las campañas guerreras de la Edad Media, cuando a los prisioneros del ejército se les cortaban brazos y piernas, se les torturaba, o simplemente se les ejecutaba en masa? ¿Qué pensar de aquel emperador bizantino -Bizancio, la segunda Roma, el centro espiritual de la Europa oriental que derrotó a un ejército rival, cegó a todos sus miembros y dejó a un solo soldado con vida, para que condujera a sus desdichados compañeros a su país? ¿Qué pensar de Drácula, de aquel famoso noble centroeuropeo, príncipe de Valaquia, que vivió en el siglo xv, aquel «hijo del diablo» -eso es lo que significa Drácula-, como lo llamaban sus contemporáneos, que se hizo famoso por su espíritu de justicia y la defensa de su pueblo frente a los turcos? Pero que junto a ello acostumbraba almorzar contemplando el espectáculo de los turcos prisioneros que eran clavados en enormes estacas de madera y allí agonizaban.

¿Y de los asesinatos de la familia Borgia? ¿Y de los crímenes cometidos por los papas de la Edad Media, para conseguir mantenerse en la Silla de Pedro? ¿Y de la Santa Inquisición, reinstaurada por los Reyes Católicos? ¿Y de las matanzas de indios en América, cuya empresa tomó en sus manos la piadosa Isabel, reina de Castilla?

Y más recientemente -el sadismo, la crueldad, el crimen, la tortura no son monopolio del pasado-, ¿qué fue de los seis millones de judíos eliminados en los campos de Hitler? Alguien podrá pensar que tomamos un ejemplo demasiado tópico. Pues bien, pensemos en «el otro bando»: ¿Por qué los aliados bombardearon Dresde, eliminaron del mapa la ciudad, habitada sólo por civiles, cuando sabían que tenían la guerra ganada? 0 aún más recientemente. ¿Qué ha ocurrido en la guerra del Vietnam? ¿.Qué sucedió en la aldea de My Lay? ¿Y en la guerra de Corea? ¿Y en Biafra? ¿Y en Sudáfrica? No nos limitemos a lo que se ha dado en llamar «el Tercer Mundo». ¿Qué está pasando en Irlanda del Norte? Ni olvidemos algunos detalles de las naciones democráticas, pacíficas, amantes de la libertad: ¿quién puede olvidar, en el Japón, Hiroshima?

Ni olvidemos las horribles historias que relatan los que han vivido en ciertos países, hoy, en nuestros días. No olvidemos el sadismo, la violencia ciega y cruel de cuerpos de policía como la DINA del general Pinochet, en Chile, como la PIDE de Salazar en Portugal y tantas otras.

En definitiva, ¿es todo eso el sadismo? ¿Son sádicos quienes han participado en todas esas actividades, quienes han protagonizado los sucesos que acabamos de nombrar? Si lo son, ¿cómo pueden los pueblos de la tierra, desde las tribus prehistóricas hasta los países de hoy, permitir que sus gobernantes sean sádicos sin rebelarse y acabar con ellos? O es que también la conciencia colectiva de los pueblos contiene rasgos de sadismo?

A todas estas cuestiones no somos nosotros los más autorizados para responder. Pero cuesta un esfuerzo grande mantener la boca cerrada. Cuesta un esfuerzo, cuando se contempla por televisión cómo un general sudvietnamita dispara sobre la cabeza de un soldado, atado, indefenso, cuesta un esfuerzo olvidar. Olvidar nombres, olvidar hechos sangrientos, siempre inútiles Y gratuitos, olvidar responsabilidades. Cuesta un esfuerzo vivir cada día en un mundo donde los hombres se matan unos a otros en nombre, a veces, de grandes, de hermosos ideales.

¿Cuántos hombres honrados se han convertido, sin darse cuenta, en asesinos, en sádicos por defender causas justas, hermosas, que ellos creían la única verdad?

Para la moderna criminología, para la psiquiatría, para la medicina legal, el sádico es una persona en la que los instintos sexuales se han mezclado con los instintos de agresión. La sexualidad y la agresividad son desde luego innatos en el ser humano. Pero en el momento en que, se entrecruzan, en el momento en que se produce en la mente de un individuo un, «cortocircuito» y ambas tendencias, positivas por separado y bien canalizadas, se convierten en una sola, aparece el sádico: la persona que obtiene un placer haciendo daño a los demás. Y que además generalmente no puede luchar contra esa tendencia que siente en su interior.

Pero ¿y cuando la persona que comete actos de crueldad infinita es un niño? ¿Se trata también de un sádico? ¿,De un enfermo? ;De alguien sobre el que han actuado poderosamente las fuerzas condicionantes del medio ambiente, de la familia, del barrio en que vive, de la escuela, de los amigos?

La historia que vamos a narrar se ocupa precisamente de uno de estos casos. Es la historia de una niña. Sucedió hace muchos años, en Alemania. Pero fácilmente encontraríamos historias similares en nuestros días, si hojeáramos con cuidado las páginas de sucesos de nuestros periódicos.

El primero de mayo de 1874 nació en Berlín Marie Schneider. Ella es la protagonista de los hechos que a continuación narraremos. Y a ella, a su madre, a la gente que la conoció, a sus amigos, dejamos con la palabra.

Marie Schneider nació en el seno de una familia muy pobre, con aquella pobreza. a nuestros ojos increíble, que sólo se podía dar en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, cuando las industrias empezaban a cobrar importancia y las mujeres trabajaban veinte horas al día en las fábricas, los hombres se apiñaban en los talleres, donde se dormían, rendidos por el cansancio, sobre las máquinas que los trituraban, donde los niños eran empleados en los telares, en jornadas agotadoras de dieciséis o dieciocho horas.

Marie nació en un momento así, cruel, miserable, duro, en el que sólo sobrevivía el más fuerte; hoy nos parece que las cosas han cambiado y que ya no suceden hechos como los que vamos a relatar. Pero convendría que meditásemos bien acerca de ello.

El matrimonio Schneider tenía otra hija, pero murió a los pocos años de nacer, en 1885. como también murió muy pronto el padre de Marie, ella quedó sola con su madre. Apenas recordaba a su padre, que paraba poco en casa y la abandonó tan prontamente.

La viuda se encontró así sin recursos económicos, sin nada que llevarse a la boca, con una niña muy pequeña y sin ayuda de nadie. Tuvo que buscar pronto un empleo que le permitiera ganar un poco más de dinero. Sin embargo, no lo encontró. Eran muchos los que buscaban lo mismo y pocos los puestos de trabajo. Todo un ejército de trabajadores parados estaba a disposición de los industriales para que éstos pudieran escoger a los más indicados y pagarles sueldos ínfimos.

Su madre tuvo que emplearse como ajustadora mecánica en una fábrica berlinesa. El salario era escaso, pero no pudo elegir. Y por lo menos, pensaba, «es algo con que alimentar a la niña».

Pero su niña, su Marie, iba a plantearle muy pronto problemas mayores.

La buena mujer trabajaba mucho, demasiado para su delicada salud y más de lo que era habitual por aquel entonces.

-Vas a acabar en un hospital -le decían a menudo sus compañeras de fábrica-. ¿Para qué quieres tanto dinero? Nunca llegarás a ser rica, ni a salir de este asqueroso agujero.

Y la madre de Marie, sin dejar la tarea un solo momento, respondía:

-Quiero que mi hija vaya al colegio, quiero que estudie y que pueda dedicarse a otra cosa.

Pero las obreras que conocían a Marie, que tenían también hijas como aquella pequeña, que sufrían y trabajaban igual que la madre, contestaban invariablemente:

-Tu hija no podrá llegar a nada. Acabará como nosotras, en una cochina fábrica o recorriendo las calles y acostándose con el primero que le ofrezca unas monedas.

Y la madre de Marie se enfurecía, le dolía escuchar aquellas frases. Porque, en el fondo, sabía que eran ciertas. Tenía la certeza de que a la gente como ellos, como sus padres, como sus compañeras de trabajo, como sus hijas, no les esperaba otro porvenir.

Pero luchaba. No quería admitir aquella realidad. Y luchaba sin cesar, trabajando agotadoramente, sin descanso, horas y horas. Era su forma de rebelarse, de enfrentarse a aquella situación injusta en la, que había nacido y de la que no podría salir ya nunca.

-Pero mi hija no. Mi hija tiene que conocer otra cosa. Ella no pasará por esto. Lo juro. Casi cada día las obreras del taller de mecánica en que trabajaba la madre de Marie hablaban de este tema. Y siempre la buena mujer acababa diciendo la misma frase:

-Yo ya no soy nada. Es verdad lo que decís: nunca saldré de este agujero. Estoy condenada a muerte por este maldito trabajo. Estoy ya muerta, aunque siga viniendo aquí todos los días. Pero precisamente por ello, porque muerta ya no necesito nada, todo lo gano será para Marie. Y con ello la niña podrá ir al colegio y educarse y conocer otra vida.

Las otras obreras no respondían nada a esto. No se burlaban. Porque sentían lo mismo que su compañera, sentían que eran ya cadáveres, aunque tuvieran veinte o treinta años.

Gracias a aquel trabajo incansable, gracias a aquellos esfuerzos de la pobre mujer, poco a poco la situación económica del hogar de Marie mejoró. No demasiado, es cierto. Pero por lo menos comía cada día. Y la madre pudo comprar algunos conejos, que criaba en casa y luego vendía. O que sacrificaba y cocinaba cuidadosamente convirtiendo en una fiesta inolvidable aquel plato.

Marie, sin embargo, no respondía a los cuidados de su madre. Bien es verdad que la mujer, a causa precisamente del trabajo, pasaba prácticamente todo el tiempo fuera de la casa. Y la niña estaba siempre sola. Por eso quizá se fue volviendo insolente, mal educada, desobediente.

La madre sufría con ello. Pero no se dejaba achicar y no se desanimaba. Aunque a veces perdiera los nervios. Las largas jornadas en el taller destrozaban su cuerpo y su espíritu y golpeaba a la niña cuando ésta cometía alguna de sus pequeñas fechorías.

Porque realmente al principio eran sólo pequeñas fechorías. Fue luego, a medida que crecía, cuando su carácter empezó a mostrar rasgos de crueldad inusitados, rasgos que preocupaban profundamente a su madre.

Al principio, cuando la pequeña sólo contaba cuatro o cinco años, estos actos se limitaban a satisfacer sus gustos, sus caprichos. A Marie, casi desde el día en que nació, le enloquecían los dulces. Y se los procuraba por todos los medios a su alcance. Los cogía de su casa a escondidas o se los quitaba a sus compañeros de juego, en los inmundos callejones donde los niños pasaban las horas, mientras sus padres trabajaban.

A los cinco o seis años empezó a robarlos descaradamente. Por esos años aproximadamente tenía ya la osadía de entrar en los comercios donde vendían dulces y sustraía cuantos podía sin ser vista. Aunque en ocasiones la pillaron. Pero se trataba de una chiquilla. Y casi nunca había problemas con los tenderos. Sin embargo, esto preocupaba a la madre.

-Es normal, mujer -le decían sus compañeras de trabajo-. No te preocupes. Todos los niños lo hacen. Y seguramente tiene hambre.

A los oídos de la madre aquello no eran más que palabras, excusas, justificaciones para el comportamiento de su hija. Pero ella no quería admitir esos actos. Y cuando tenía noticia de alguno reñía severamente a la pequeña e incluso la pegaba. A veces mucho, con fuerza, para escarmentarla. No se daba cuenta de que aquello producía los efectos contrarios, haciendo que la niña se sintiera a disgusto en su casa, con, su madre.

Cierto día, cuando Marie era algo mayor, al llegar la madre después de la dura jornada a la casa, la encontró vacía. Inútilmente buscó por todas partes a la chiquilla que parecía haber desaparecido.

-¡Marie! ¿Dónde te has metido? ¡Ven inmediatamente aquí!

Pero la niña no respondía. A los pocos minutos la madre había registrado toda la vivienda, por otra parte muy pequeña y pobremente amueblada, sin haber dado con Marie.

Al pasar frente a la jaula donde tenía los conejos observó con curiosidad y asombro que faltaba uno:

-Es curioso -se dijo-. Estoy segura de que no he vendido ninguno. Y que tampoco matamos estas últimas semanas.

Pero la preocupación por la ausencia de la niña le hizo olvidar pronto aquel detalle, en apariencia sin importancia.

Salió a la callejuela donde vivían Y miró arriba y abajo. No había rastro de la chiquilla. Empezó a preocuparse seriamente.

-¿Habéis visto a mi hija? -preguntó a sus vecinos más próximos.

-A media tarde pasó por aquí corriendo, pero desde entonces no la hemos vuelto a ver.

Y fue preguntando casa por casa, obteniendo siempre respuestas similares:

-Creo que la vi esta mañana. Pero no estoy seguro.

-Estará jugando por ahí. Ya volverá.

Y cuando la madre dejaba a los vecinos éstos comentaban:

-Esta mujer, siempre tan pendiente de su hija…

Porque la madre de Marie tenía fama, en aquel sucio suburbio de sencillas y pobres barracas, de no dejar a su hija un sólo instante.

-Si viviera aun su marido, no pasarían estas cosas. Es ella quien tiene que hacerlo todo.

Y también Marie tenía fama de ser la peor, la más pícara y descarada de todas las niñas que poblaban la zona.

-Aquí está la pequeña ladrona- comentaban entre sus parroquianos los tenderos cuando la veían aparecer.

Y algunos de ellos ya la temían, por su destreza en robar dulces, caramelos, chocolate y otras mil golosinas.

Los compañeros de juego de Marie tampoco eran angelitos. Todos ellos recorrían el barrio en masa, gritando y haciendo rabiar a los vecinos. Juntos, formaban una especie de banda de pequeños delincuentes ante los que pocas medidas se podían tomar.

Y por otra parte, ¿qué se les puede decir a un puñado de chiquillos que se pasan el día solos, por las sucias calles de una ciudad inmensa, correteando de un sitio para otro, sin nada que hacer, con bastante. hambre en el estómago? ¿Cómo se puede detener por robo a un niño o a una niña que toma un dulce, un trozo de pan?

Pero volvamos a nuestra historia. Marie no apareció hasta bien entrada la noche. Su madre estaba ya angustiada, sin saber qué hacer ni a quién dirigirse.

-¿Dónde te has metido? -le gritó a la niña apenas apareció por la puerta.

Pero no podía reñirla. Se arrojó a ella, y la abrazó: había llegado a temer lo peor. Y ahora su niña volvía a estar con ella. No le había ocurrido nada. La abrazó con fuerza; estaba bien. Sólo fue una travesura.

De pronto notó algo viscoso en las ropas de la chiquilla, algo húmedo, pegajoso y espeso, que le manchaba el vestido. La llevó cerca de la luz que, débilmente, iluminaba la estancia y observó: -;Qué es esto Marie? -Qué has hecho? ¿Con qué te has manchado el vestido?

La niña no respondía. Rehuía la mirada interrogativa de su madre, como si tuviera algo que ocultar. La mujer se dio cuenta.

-Vamos, responde, ¿dónde te has metido?

La niña seguía callada, sin responder, mirando hacia otro lado.

-¡Te digo que respondas! -la madre la zarandeó con fuerza,

Marie no Parecía asustada. Tan sólo un poco molesta porque su madre no la dejaba en paz. Aquello enfureció más aún a la mujer, que perdió el control y empezó a golpearla mientras gritaba – ¡Me vas a contar lo que has hecho o te dejaré el cuerpo señalado para toda la vida!

Por fin Marie, entre lágrimas, dijo:

– Sólo he estado jugando por ahí, mamá. No he hecho nada malo, te lo prometo.

-¿Y esas manchas en el vestido? ¿Cómo te las has hecho?

Por un instante, sólo una milésima de segundo, los ojos de la niña se dirigieron hacia la jaula de los conejos. Apenas fue perceptible aquel gesto. Pero la madre se dio cuenta.

-¿Qué ocurre? ¿Qué has escondido en la jaula de los conejos?

Y entonces recordó que en ella faltaba un animal.

– Has cogido tú un conejo. ¡Vamos, dímelo!

– Verás, mamá – la niña temía más golpes y habló procurando alejarse de la madre -, era sólo un juego…

-¿Qué has hecho con él? ¿Dónde está?

– Fuera, en el patio.

La casa donde vivían daba, en su parte trasera, a un patio interior, al que comunicaban varias viviendas. En él había una especie de cobertizo, hecho con ramas, para guardar de la lluvia la leña y el carbón que aquellas gentes utilizaban para calentarse durante el invierno.

La madre había mirado varias veces, aquella tarde, mientras buscaba a su hija, en el patio. Pero no se le había ocurrido, en su nerviosismo comprobar en el interior del cobertizo. Rápidamente se dirigió allí, con una lámpara en la mano, pues ya era noche cerrada y aquel lugar no tenía iluminación.

Sobre unos troncos, en medio del cuartucho, estaba el conejo. A un lado se podían ver, rodeados de un líquido viscoso sanguinolento, los ojos del animal. Uno de ellos estaba ensartado en un tenedor.

El conejo estaba patas arriba, con el vientre abierto y todas las entrañas esparcidas alrededor. El cobertizo olía mal. Y la mujer salió pronto de él, enfurecida.

Un conejo representaba el jornal de más de una semana de trabajo. Raras veces mataba uno para consumirlo en casa. Generalmente los vendía y con ello obtenía algunas monedas, que le permitían comprar las cosas más indispensables. Es decir, aquellos animales constituían para la mujer un verdadero tesoro, una inversión económica, un recurso en caso de necesidad. Teniéndolos se sentía algo segura ante lo que le pudiera ocurrir.

Entró en la casa, dejó la lámpara sobre la sucia mesa de madera y se dirigió a la niña. Está, al verla, intentó huir. Pero fue inútil. La madre la alcanzó y le propinó unos buenos azotes. Sin duda demasiados, olvidando que la chiquilla no tenía ni diez años.

Pero en su mente estaba tan sólo la visión del conejo mutilado, del fruto de muchos días de trabajo inútilmente sacrificados. Y golpeó a la niña. A pesar de los gritos, la golpeó. Con fuerza. Con rabia. Llorando.

Aquella noche, Marie no pudo dormir a causa del dolor. Y tampoco durmió su madre.

Sin embargo, el castigo no sirvió de nada y la niña no escarmentó. Llevaba en sí el germen de la violencia, de la destrucción. Quizá de la destrucción que había visto desde que nació. Quizá sus actos no eran más que un reflejo de aquel ambiente en el que vivía. Un reflejo de la destrucción de su padre, a causa del trabajo, que minó su salud. Un reflejo de la progresiva degradación humana de su madre por las mismas causas. Un reflejo de la violencia y el desmoronamiento que contemplaban sus ojos en las callejuelas embarradas, sucias, en aquellos rostros embrutecidos por el trabajo y la miseria de sus vecinos, de sus compañeros de juego tan niños todavía, y sin embargo, tan viejos ya. Un reflejo de aquel mundo oscuro, gris, siempre gris, que la rodeaba.

En varias ocasiones, Marie volvió a coger a los indefensos animales de la jaula. Los llevaba a algún lugar apartado y los hacía sufrir. Disfrutaba viéndolos retorcerse de dolor. Como se retorcía ella cuando su madre la descubría y le daba aquellas palizas, cada vez más fuertes, cada vez más frecuentes, cada vez más convertidas en una rutina.

Marie cogía a los animales y les clavaba tenedores en los ojos. A veces se los arrancaba. Otras les dejaba con ellos clavados. Luego, cuando aún los conejos vivían y sus cuerpos agonizantes se movían grotescamente, les abría el vientre y les sacaba las entrañas.

Y la chiquilla disfrutaba más todavía cuando conseguía dejarlos así, sin ojos y mutilados y las bestias aún no habían muerto. Entonces contemplaba sonriendo cómo iban dejando de existir, cómo poco a poco sus convulsiones iban cesando hasta que morían.

Por otra parte su pasión por los dulces iba en aumento. No los necesitaba ya porque pasara hambre – que a veces la pasaba – sino por el simple hecho de comerlos, por capricho.

Cuando no los podía robar en las tiendas – en muchas de ellas era ya conocida – o no se los podía quitar a los niños más pequeños, inventaba historias que contaba a los transeúntes para que le dieran dinero:

– Señor, señor, por favor – interpelaba a algún paseante en los barrios elegantes del Berlín del pasado siglo -. Deme unas monedas. Mi madre está muy enferma y no puede trabajar. Necesita medicinas. Por favor…

Era una consumada mentirosa. Y las gentes creían sus embustes. ¿Quién hubiera dudado de una niña de ocho años, que lloraba al decir aquellas palabras?

-Hace tres días que no como, señora. Soy huérfana. Mi padre murió hace muchos años. Y en ningún sitio me quieren dar trabajo…

Y la gente, apiadada, le entregaba algunas monedas, con las que Marie compraba golosinas.

Si el sistema fallaba – que raras veces sucedía – robaba el dinero que su madre traía de la fábrica.

Esta empezaba a sentirse impotente ante aquella hija que actuaba como quería, que era insensible a sus enfados, a sus golpes, a sus lágrimas. La madre de Marie se dio cuenta de que había perdido a su hija. La niña no le hacía el menor caso, le hablaba con desprecio o la ignoraba. Se burlaba de ella.

Y la mujer, que envejecía rápidamente, empezó a aceptar aquella situación, puesto que no podía o no sabía hacer otra cosa. Se resignaba. ¿Qué otra cosa le quedaba por hacer?

– Tanto trabajar y ya ves el resultado.

Frases como aquélla, en boca de sus vecinas o de sus compañeras de trabajo, que en otros tiempos le hubieran dolido, empezaba a escucharlas con una cierta indiferencia, como si no se refirieran a ella.

Y cuando recordaba cuáles habían sido sus proyectos, cuáles sus planes, sus ambiciones, la confianza que depositó en el futuro de su hija, se desesperaba. Pero obtenía cierto consuelo pensando:

-A todas les ha pasado lo mismo, a todas mis vecinas, a mis amigas.

Y era cierto. Casi todos los hijos de la gente que conocía llevaban la misma vida que Marie, cometiendo fechorías, que empezaban a no ser tan pequeñas como antes. E incluso algunos llegaban más lejos.

– El hijo de Hans está en la cárcel porque mató a una vieja para robarle unas monedas, seguramente le condenarán a muerte. Y aquel muchacho, al que había visto crecer, tenia diecinueve años.

– Y la hija de Teo recorre la calle de la mañana a la noche.

Y aquella chica también tenía diecinueve años.

Cuando Marie empezó a ir a la escuela -a pesar de todo, su madre consiguió que la niña asistiera a un colegio -, la mujer pensó que era una forma de tenerla más vigilada, además de que la educación contribuiría a encarrilarla de nuevo.

En ello cifró todas sus esperanzas. Las últimas que le quedaban.

Pero Marie no era una buena alumna. Ni como estudiante ni como compañera. Los problemas que planteaba en la escuela obligaron a la directora de ésta a entrevistarse con la madre.

– Su hija es un verdadero problema para nosotros, señora. No sabemos ya qué hacer con ella. Su maestra sale de la clase llorando la mayor parte de los días. No hace el menor caso a nadie, se burla de todo y de todos, maltrata a sus compañeros.

La madre se puso a llorar.

– No sé qué hacer con ella yo tampoco, señora directora. No la he podido educar -. Mi marido falleció al poco de nacer Marie y yo tuve que ponerme a trabajar. Estaba la mayor parte del tiempo sola.

La directora suspiró: ¡tantas veces había tenido que escuchar aquellas palabras!

– Lo sé, señora, lo sé. Pero tendremos que tomar una resolución con respecto a Marie. Si persiste en su actitud… no podemos seguir de esta manera. Espero que lo comprenda.

La madre de Marie se imaginaba lo que las palabras de la directora del colegio encerraban una velada amenaza de expulsión.

– Si no asiste al colegio, volverá a corretear por ahí, señora directora. Yo ya no puedo controlarla. Entonces, ¿qué será de ella? ¿dónde acabará?

– Comprendo su posición. pero usted también debe comprender la nuestra. Marie se ha convertido en un obstáculo para la educación de los otros niños. Y pienso que hasta en un peligro…

La madre se alarmó al escuchar aquellas palabras:

-¿Qué quiere decir?

-Su ejemplo es nefasto. Pero además siempre está riñendo, peleándose con sus compañeros. Especialmente con los más pequeños. Es muy fuerte y llega a hacerles daño. Me temo que algún día ocurra un incidente serio.

La madre salió del colegio con el corazón angustiado. Marie tenía por aquel entonces doce años. Y ya a esa temprana edad constituía un peligro para los demás. La mujer pensaba con preocupación en el porvenir de su hija. Si la expulsaban del colegio… Que permaneciera allí era una garantía, a su modo de ver, de que la muchacha se reformara. El colegio era la única y la última posibilidad para su hija. En caso contrario…

Esto iba pensando la mujer, que no imaginaba lo que muy pronto sucedería.

Cierto día, Marie se encontraba en su casa, aburrida, sin hacer nada, mientras su madre preparaba algo en la cocina. La mujer necesitó algunas cosas y le encargó a la chiquilla que se las trajera. Marie, a regañadientes, salió de la casa.

Tenía que pasar por el centro de la ciudad para cumplir el recado de su madre. Por las calles de Berlín donde pasean las gentes adineradas, que desconocen otro mundo distinto al suyo. Calles llenas de personas confiadas, de buen humor, alegres.

Marie, ya lo hemos dicho, tenía entonces doce años. Pero su mente había crecido antes que su cuerpo, aunque de una manera irregular: era lista cuando se trataba de conseguir lo que quería, pero sus caprichos eran todavía los de una chiquilla y durante aquel paseo, en busca de lo que su madre le encargara, le apeteció tomarse unos dulces. En realidad no tenía apetito. Ni siquiera sentía demasiados deseos de comer unos pasteles. Pero el capricho se adueñó de ella y empezó a pensar en la manera de conseguirlos.

La verdad es que no era un capricho casual. Marie había pasado frente a la puerta trasera de una lujosa pastelería del centro de la ciudad. A pesar de no haber visto un solo dulce, ya que la puerta estaba cerrada, el agradable olor del local se había cruzado en su camino. Ella ni siquiera era consciente de esto. Tan sólo sintió de pronto el capricho de tomar unos dulces.

También pudiera ser que se cruzara con alguna elegante dama, o con algún caballero, que llevaran en la mano un paquete, cuidadosamente envuelto, con alguna golosina para sus hijos.

En realidad no importa mucho lo que ocurrió. El hecho es que la pequeña Marie empezó a darle vueltas a la idea de conseguir unos dulces. Y no hallaba un buen método para cumplir sus propósitos. No tenía ganas de pedir dinero ni quería robar; en aquellos barrios no hubieran tenido tantos reparos como en el suyo y seguramente la hubieran detenido de haberla atrapado.

En ese momento una niña se cruzó con Marie. Tenía tres años y medio y nuestra protagonista no se hubiera fijado en ella a no ser que la pequeña no hubiera llevado unos bonitos pendientes. Y a Marie se le iluminó el rostro.

«¡Ya lo tengo! – pensó -. Le quitaré los pendientes y con ellos podré comprar todos los dulces que me apetezca.»

Y dicho esto dio media vuelta y siguió a la niña. Pero no podía acercarse a ella, pararla con cualquier excusa, quitarle los pendientes y echar a correr. Sin duda la pequeña gritaría y algún transeúnte o guardia acabarían por detener a la ladrona.

No. Debía hallar otro sistema más discreto y seguro. Algo que no llamara la atención.

«Podría proponerle que me los cambiara», pensó.

Pero no tenía nada que ofrecer a cambio de los bonitos – y sin duda caros – pendientes de la pequeña de tres años y medio.

Entonces Marie – fue sin duda una casualidad, una trágica y simple casualidad – miró hacia arriba y vio una ventana abierta. Era una de esas ventanas que sirven para ventilar las escaleras, grandes ventanas que dan directamente a la calle. Esta estaba situada en un segundo piso.

Marie pronto concibió un plan que le pareció infalible y se dirigió resuelta a la niña.

-¡Hola! ¿Cómo te llamas? – le preguntó amistosamente.

– Grete. ¿Y tú? – los niños pequeños no desconfían de nadie. Y aquella chiquilla, que apenas sabía hablar, no había cumplido los cuatro años.

– Yo me llamo Marie – respondió -. Mira Grete, si vienes conmigo te enseñaré un secreto.

La curiosidad hizo que la niña pequeña obedeciera inmediatamente. Juntas, subieron por aquella escalera hasta llegar frente a la ventana del segundo piso.

-¿Dónde está tu secreto? – preguntó Grete.

– Antes me tienes que enseñar tus pendientes – le respondió Marie -. Tus pendientes – repitió, pues la niña no entendía.

Por fin se los quitó. Luego, sin pararse a pensarlo dos veces, empujó el pequeño cuerpo de Grete y lo arrojó al vacío.

Marie fue detenida por un transeúnte cuando intentaba huir, con los pendientes fuertemente apretados en la mano. Horas más tarde fue conducida al depósito de cadáveres, donde se encontraba el cuerpo sin vida de Grete. No manifestó el más mínimo sentimiento de temor, arrepentimiento o tristeza.

– Tenía ganas de comprar unos dulces y pensé que si le quitaba los pendientes y los vendía podría conseguirlos. De manera que se los quité y la empujé por la ventana.

Dijo estas palabras ante el cadáver de la pequeña de tres años y medio que había asesinado. Y las repitió ante un tribunal criminal de Berlín. No se inmutó. Respondió con rapidez a las preguntas de los jueces:

– Ya sé que el que mata a otro es un asesino.

El público de la sala se estremeció al escuchar las declaraciones de Marie.

¿Qué podía hacer aquel tribunal ante un caso semejante? ¿Podía condenar a muerte a una chiquilla de doce años? ¿Se la debía condenar a cadena perpetua? ¿Tenían que dejarla en libertad?

La sentencia era esperada por toda Alemania. Las opiniones se dividían en dos bandos. Unos querían actuar con dureza: aquello había sido un asesinato premeditado. Otros sentían lástima. Y no sabían qué pensar.

Marie Schneider fue condenada a ocho años de cárcel. Cuando el juez leyó la sentencia, quizá a la niña el rostro de aquel hombre le recordó el de los tenderos de las pastelerías, el del propietario de la fábrica donde había estado trabajando su madre, el de uno de los maestros de la escuela, que la golpeara en una ocasión, el del transeúnte que la detuvo, el de los policías de la cárcel donde estuvo encerrada hasta el juicio, el del propietario de la chabola en que ella y su madre vivían. Quizá después de esos ocho años de prisión volvió a ver ese mismo rostro en todos aquellos a quienes se acercaba.

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