María Mercedes Díaz Anguita

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  • Clasificación: Asesina
  • Características: Ataque de celos
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 22 de agosto de 1999
  • Fecha de detención: 22 de agosto de 1999
  • Perfil de las víctimas: Adolfo Pastor Ibáñez, de 45 años (su marido)
  • Método de matar: Puñaladas con un cuchillo
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: La asesina reconoció los hechos el mismo día de su detención. Con el paso del tiempo se negó a prestar declaración asistida por un abogado, aceptando no obstante hacerlo ante el juez, quien, tras oírla, ordenó su ingreso en la prisión de Soto del Real
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Una mujer mata a su marido, del que estaba separada, al verle acompañado de otra en un bar

F. Javier Barroso – El País

23 de agosto de 1999

La violencia conyugal tuvo un nuevo episodio en Madrid. María Mercedes Díaz Anguita, de 42 años, apuñaló en la mañana de ayer a su marido, Adolfo Pastor Ibáñez, de 45 años (del que estaba separada de hecho), en un pub del distrito de Salamanca, según informó la Jefatura Superior de Policía. La presunta agresora asestó cinco cuchilladas al marido en un ataque de celos, según esa versión. La mujer también hirió, levemente, a la nueva compañera del fallecido, María Paz T. J., de 35 años, que recibió un par de puñaladas en el omóplato. La agresora fue detenida horas después.

Los hechos ocurrieron alrededor de las siete y media de la mañana en el bar de copas Fax, en la calle de Hermosilla, número 101. Allí se encontraba Adolfo Pastor con su nueva pareja, María Paz. De repente se presentó María Mercedes Díaz, de la que se encuentra en trámites de divorcio. Estaban separados de hecho. Se inició una discusión entre los tres. La mujer, que acudió con un cuchillo de cocina de 15 centímetros de hoja, la emprendió con su ex cónyuge. Le apuñaló en la cara, en el cuello y en el brazo. La cuchillada mortal fue la que le alcanzó el costado izquierdo y le afectó al corazón.

Antes de huir del bar de copas, la agresora se enfrentó a la nueva compañera de su ex cónyuge, María Paz T. J. Le causó rasguños en el omóplato derecho. Una UVI del Samur atendió a las víctimas en el lugar del suceso. Los facultativos intentaron reanimar al hombre durante más de media hora, pero al final falleció. Había perdido mucha sangre y la herida afectó a órganos vitales, según señaló un portavoz del Samur. Los médicos también atendieron a su compañera, que recibió el alta médica en el lugar. Los vecinos del número 101 de la calle de Hermosilla no oyeron «nada» del suceso, según señalaron a este periódico. El cadáver fue trasladado ayer al Instituto Anatómico Forense, donde ayer por la tarde se le practicó la autopsia. Después se le llevó al Tanatorio Sur. Hoy está previsto que sea enterrado en el cementerio de El Pardo. El mayor de los hijos de Pastor Ibáñez, Adolfo, señaló a Efe en el tanatorio que se trató de «una locura transitoria».

El Grupo V de la Brigada de Homicidios identificó a la mujer y localizó su domicilio. Residía en la calle de Arturo Soria, número 187 (Ciudad Lineal), en un bloque de apartamentos de clase media alta. Los agentes acudieron a su casa y montaron un dispositivo de vigilancia a la espera de que la supuesta agresora regresara a su casa. María Mercedes Díaz volvió a las tres de la tarde. La policía la apresó, sin que la mujer opusiera resistencia, según la versión oficial. Fuentes policiales apuntaron a un ataque de celos como móvil más probable del homicidio.

La detenida fue conducida a la comisaría de Arganzuela. El matrimonio tenía cuatro hijos, de los que sólo uno es menor de edad. Un portavoz de la Jefatura Superior de Policía explicó que la pareja había tenido con anterioridad varias peleas y riñas.


Mercedes Díaz Anguita, con cuchillo en el Fax

Francisco Pérez Abellán

No soportaba que el que había sido su marido conviviese con otra mujer. Forzó hasta donde pudo una apariencia de normalidad, llegando la víctima a suponer que se había resignado; pero muy al contrario, sufriendo constantemente por lo perdido, con un sentimiento vivísimo de amor roto, la desgraciada esposa forzó una escena imprevista de fatales circunstancias.

Fueron muchos años de convivencia. Algunos en verdad buenos. Mercedes se casó con Adolfo Pastor Ibáñez creyéndole el hombre de su vida. Tuvieron cuatro hijos. Les fue bien durante algunos años, aunque ella notaba que él se le escapaba insatisfecho, inapetente. Vivían en un barrio de clase media alta, con espacio y condiciones para toda la familia. Mercedes creía que al final, pese a las diferencias que notaba agrandarse, su marido comprendería que comenzaba una nueva etapa vital, camino de los cuarenta, cuando el común de los mortales se inclina más por el confort que por la pasión. Además, él le llevaba tres años, por lo que tendría que estar ya notando los efectos de la madurez. Sin embargo, Mercedes ignoraba que hay muchos hombres que se niegan a aceptar el paso del tiempo. Adolfo era uno de esos. Con ella tuvo una coexistencia llena de sobresaltos. Él era presumido, conquistador, y ella terriblemente celosa. No es necesario estar enamorado para ser celoso, pero ella además estaba muy enamorada. Sus hijos lo eran del amor, su matrimonio era un nido de cariño. Ella creía tenerlo todo cuando empezó a perderlo todo. A él le gustaban los bares con clase, donde las copas eran principalmente un ingrediente más de las conversaciones. Podía estar en un pub durante horas acompañado por amigos, que ella siempre creía mujeres. No obstante, Adolfo consideraba que estaba al cierre de una etapa en la que había hecho lo que todo el mundo: casarse y tener hijos. En su caso, la esposa era afectuosa y apasionada, y los hijos, sanos, educados con esmero. Pero ahí no se acababa todo, porque él se creía con derecho a explorar otras potencias del espíritu. Por ejemplo, podría admitir que la convivencia con su esposa había sido una buena vida, pero su instinto de cazador no terminaba ahí. Necesitaba otros horizontes. Además es muy probable que estuviera experimentando la célebre disonancia, es decir, que ambos evolucionaban en tiempos distintos. Para Adolfo volvía la época de presumir, coquetear, conquistar, que por cierto siempre estuvo aletargada, mientras que para Mercedes llegaba sencillamente la de ver a sus hijos desenvolverse, que eran cuatro y necesitaban de todas sus fuerzas.

Hay mujeres que se vuelven entonces hacia sus retoños, que dan la espalda al marido, casi podría decirse que les dejan a su aire, sabedoras de que buscan otro amor que niegue la evidencia del paso del tiempo. Pero ella no podía soportarlo porque, en su caso, el sentimiento no estaba extinguido. Le amaba como siempre, le necesitaba como nunca. La crisis de madurez les afectaba a los dos a un tiempo, si bien de forma diferente. Eso inició un período de divergencias que terminó en un enfrentamiento continuo. La casa de vecinos en la que vivían se vio sorprendida por frecuentes riñas. Cualquier asunto era un buen motivo para discutir, como si hubieran borrado el pasado y nada existiera ya entre ellos. La chispa más frecuente para acabar en una buena pelea eran las salidas de él, sin respeto por ningún horario. Muchas veces olía a perfume intenso de mujer, lo que hacía que los nervios se rompieran, estallando en voces de amenaza. Ni siquiera los hijos eran un buen parapeto. Ella descubrió que sus riñas no tenían un buen final, influían negativamente en la estabilidad del hogar y en la educación de los hijos. Por eso cedió a las propuestas de él, que parecía tenerlo todo planeado. «¿Hay otra mujer?» El silencio subrayaba una certeza. Él ya nunca salía sin pasar por el cuarto de baño, sin acicalarse. No se daba cuenta, pero parecía un adolescente embebido en un juego. La espalda recta, la mirada brillante. Un adiós contenido. Mercedes, una mujer reflexiva, se dio cuenta de que lo había perdido definitivamente. Él le pedía el divorcio como en una película, cortándole el corazón de parte a parte, y ella accedió, primero a separarse de hecho, luego a iniciar los trámites para dinamitar el matrimonio. En sus ojos, entre las lágrimas podía verse el sufrimiento de un amor vivo. No lloraba por lo que estaba acabándose, aquella casa dividida, el abandono de él; lloraba por un amor vivo, un sentimiento que la devoraba. «Dios, ¡qué tontos son los hombres!».

Podría ser una historia cotidiana, pero la diferencia es que Mercedes es irrepetible y de carne y hueso. Adolfo la dejó plantada, abandonando cuanto tuvieron en común. Ella hacía esfuerzos para que no se le notara en la superficie que estaba destrozada por dentro; trataba incluso de banalizar la situación, lo que resultaba patético. De todas formas, Adolfo ya estaba rehaciendo su vida por fuera. Tenía prisa por cortar amarras. Ella le dejó huir. Cumplía con ello una vieja tendencia de él, como si se hubiera precipitado al unir sus vidas. A los cuarenta y cinco años, Adolfo estaba probando un renacer amoroso que le pondría en órbita para recuperar el interés por todo. Los hijos estaban criados, su futuro encarrilado; solo uno era menor. Él tenía derecho a vivir su propia vida. Desde luego, Mercedes quería ser generosa, reconocerle sus iniciativas, concederle capacidad de decisión, siempre dando un paso atrás para quedar a cubierto, con sus sentimientos ocultos. Porque ya no se trataba siquiera de los hijos, sino de ella misma, de lo que la torturaba. Le daban pálpitos, se le ahogaba el habla. Un vacío como de aceite le rodeaba el corazón. El verbo era soportar: no soportaba que el hombre que la había hecho feliz cayera en brazos de otra mujer.

De todas formas no lo había estado haciendo tan mal. Adolfo llegó a creerse que su mujer estaba resignada. Incluso pensó que ya no suponía ningún peligro. Una vez que aceptó la separación, todo andaba por buen camino. Ella estaba más tranquila, llevando una vida ordenada, hogareña, con algunos contactos con viejas amigas que le permitirían quizá nuevas relaciones. Es esa antigua relación de lo viejo que a veces engendra el futuro. En realidad él lo que agradecía es que hubiera quedado atrás la crispación contenida, el duro enfrentamiento palpitante que no respetaba ni a los vecinos ni a los hijos. Según parecía, la violencia conyugal cesó por consumación del proceso. El primitivismo atávico dio paso a la educación, a las formas civilizadas, donde quién sabe si, en un futuro, podría mantener con Mercedes una relación lejos del sentimiento físico y cerca a la amistad.

El domingo 22 de agosto de 1999, a las siete de la mañana, Adolfo compartía un momento de emotivo arrobamiento con su nueva pareja, Mari Paz, en el pub Fax, situado en la calle Hermosilla, 101, barrio de Salamanca, Madrid. Su esposa tuvo conocimiento de ello, como de tantas cosas que pudo hundir en lo más profundo de sus vísceras, sin que aflorasen jamás, entre el perdón y el olvido; pero aquello tan nuevo le hacía demasiado daño. No pudo resistir la llamada de los celos que la obligaban a intervenir. Ella sufría sin poder conciliar el sueño, mientras él disfrutaba de aquella compañía angelical de un nuevo amor. Mercedes se arregló a conciencia para estar guapa, aunque a medida que se acercaba al lugar donde estaba él con su nueva pareja le iba importando menos que pudieran compararla. No estaba en juego un concurso de belleza, sino el derecho sobre un hombre al que hizo feliz, dedicándole toda su juventud, cuando ella era como Mari Paz, qué digo, cien veces mejor, dorada y tierna, como una adolescente ciega de pasión. Quería hablarle, para que reflexionara, gritarle bien fuerte para que se diera cuenta de que jugaba con fuego, y, no sabe por qué, se llevó oculto un cuchillo de cocina, de quince centímetros de hoja. Tal vez porque con el cuchillo se sentía menos sola, más fuerte, menos ridícula. Anda que ir a montarle una escena en aquel bar, habría pensado si el alboroto de sus sentimientos le hubiera dejado pensar. El verbo era otra vez soportar: no soportaba las sonrisas idiotas que seguramente le estaría dedicando, ni las atenciones, ni siquiera verlo amartelado con otra mujer. Así que, cuando irrumpió en el local, se fue en seguida hacia ellos. Al principio, en la parte más importante de la acción, quiso ignorar a Mari Paz, concentrándose en Adolfo, que la miraba incrédulo con una mueca que habría podido ser una sonrisa. Ella le afeó su conducta, reclamando su atención, pero él estaba demasiado equivocado para darse cuenta de lo que en realidad estaba pasando. Una mujer enamorada luchaba por su amor, encontrando la insensibilidad por respuesta, y tal vez el sarcasmo. En cualquier caso, señoría, cosas que una mujer que ama no puede pasar por alto según de quién vengan. Ante la reacción equivocada de él, sacó el cuchillo, blandiéndolo como si fuera a trincharlo. Le dio una puñalada en la cara, otra en el cuello y otra más en el brazo. Adolfo se asustó, e incluso quiso proteger a su nueva compañera. Mercedes, ciega de dolor, siguió hiriéndole con el arma. Una de las cuchilladas le alcanzó el corazón. Mortal de necesidad. Adolfo se desmoronó. La mujer que le acompañaba trató de huir, pero la agresora, que había dejado fuera de combate a su marido, vio llegado el momento de castigarla atacándole con la larga hoja. Le lanzó un par de embestidas que la otra supo eludir, resultando con heridas leves. Mercedes se sentía aterrorizada y muy cansada. Los celos consumían la mecha del arrebato. Su marido ahora le producía un sentimiento confuso. Abandonó su segundo objetivo, aunque le daba rabia dejarla como si nada, y salió a la calle con la cabeza de corcho. Necesitaba ocultarse para paliar su desgarro. Aunque ignoraba que su esposo se estaba muriendo, apenas podía con la impresión. Salió huyendo y corrió a ocultarse.

Las urgencias del Samur acudieron al pub, donde atendieron a los dos heridos. Con Adolfo se emplearon a fondo intentando estabilizarle, aunque estaba muy mal. Al cabo de veinte minutos, falleció. Por el contrario, su compañera fue dada de alta allí mismo; apenas tenía unos rasguños. La Brigada de Homicidios emprendió la busca y captura de Mercedes, localizando su domicilio cerca del número 200 de la calle Arturo Soria. Allí la detuvieron muchas horas después, a las tres de la tarde. La infeliz reconoció los hechos el mismo domingo por la tarde. Con el paso del tiempo se negó a prestar declaración asistida por un abogado, aceptando no obstante hacerlo ante el juez, quien, tras oírla, ordenó su ingreso en prisión, siendo trasladada a Soto del Real. La hipótesis policial, igualmente válida para el informe del juez, es que el homicidio se produjo por un ataque de celos. «Un ataque de locura transitoria», dijo el hijo mayor.

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