María López Ducos

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María López Ducos

El crimen del cine Oriente

  • Clasificación: Homicida
  • Características: Descuartizamiento
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 27 de junio de 1950
  • Fecha de detención: 5 de julio de 1950
  • Fecha de nacimiento: 1915
  • Perfil de las víctimas: Su amante, Salvador Rovira Pérez, de 42 años
  • Método de matar: Empujón (la cabeza de la víctima golpeó contra una pieza de hierro que colgaba como adorno en una pared)
  • Localización: Valencia, España
  • Estado: Fue condenada a seis años y un día de prisión por homicidio, más cinco meses de arresto por inhumación ilegal
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María López Ducos – El crimen del cine Oriente

Pedro Ortiz

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte.

(Camilo José Cela, en La familia de Pascual Duarte)

No sé si es permitido hablar de marcas o records en cuestiones referentes a la criminología, pero dejando ortodoxias aparte, el crimen del cine Oriente, ocurrido en la Valencia del año 1950, señala varios hitos en los anales criminalísticos.

Hitos que podrían ser tres: ningún otro suceso ha causado tanta expectación entre los valencianos como éste que aquí se va a tratar; más de tres mil personas era la cifra que los periódicos señalaban refiriéndose a los asistentes al juicio de María López Ducos; las fotografías de la época muestran un Palacio de la Audiencia repleto de gente que se desbordaba por las escaleras interiores y aun por la plaza del Marqués de Estella.

Pero, como se decía, hay otras características especiales a tener en cuenta: se trata del primer caso conocido en el que una mujer descuartiza a un hombre para deshacerse del cadáver. Y aún más: a pesar de ser una mujer, la homicida bate todos los récords conocidos por los forenses: sólo tardó cinco horas en el descuartizamiento.

Hasta el punto el caso fue extraño en estos dos últimos sentidos señalados, que primero se detuvo a un carnicero, por aquello de su experiencia en huesos, ligamentos y hachas, y después se buscó por toda Valencia a un supuesto cómplice de la detenida, porque era inconcebible que en tan corto espacio de tiempo ni un hombre ni una mujer, actuando en solitario, pudieran descuartizar a un semejante.

Los precios, en 1950, no habían iniciado su desenfrenada carrera. Los cines o mejor los cinematógrafos si no eran de estreno y pasaban sus funciones dedicadas a los habitantes del barrio, eran asequibles. NO-DO de un año atrás, película y café en el intermedio; seis reales el corriente y tres pesetas el especial.

El cine Oriente, en la calle Sueca, era un cine de barrio más. La película La muralla invisible competía en aquellos inicios del verano de 1950 con los estrenos, los tranvías a la playa o las exhibiciones de «bugui» en la plaza de toros, sin olvidar la zarzuela Luisa Fernanda del Ruzafa, el ¡Cásate con mi suegra! del Serrano o a Los vieneses que triunfaban en el Apolo.

Concretamente a finales de junio, la actualidad valenciana gira en torno al IV Congreso Nacional de Catecismo, que discurre entre prelados, ministros y discursos, ajenos a la Celia Gámez, que en Madrid está preparando su visita a Valencia. Y gira también en torno a esas otras piernas, más macabras que las de Celia Gámez, que el día 30 aparecieron en la calle de los Centelles…

El macabro hallazgo lo había hecho el guardagujas del ferrocarril a Barcelona a primeras horas de la mañana. Se trataba de un capazo que contenía las piernas y los brazos de una mujer, a tenor de su depilación y del rojo de sus uñas, y los intestinos del cadáver, todo ello envuelto en un extraño papel azul. Un cuchillo había arrancado de los brazos bocados de carne en las partes musculosas. El que quisiera deshacerse de las mutilaciones había arrojado el capazo en la acequia que discurre por los Centelles, al extremo de la calle. Sin embargo, algún obstáculo detuvo su caída al agua, por lo que el paquete fue visto por el guardagujas.

Pronto los periodistas hicieron cábalas y ellos y la Policía no tardaron en relacionar estas extremidades femeninas con otro trágico hallazgo de días anteriores: un feto de siete meses de gestación que había aparecido junto a una alcantarilla en un lugar no muy lejano.

Unos días después, el 3 de julio, la opinión pública se ve nuevamente sacudida por otro lúgubre descubrimiento. A las 8 de la mañana, junto al kiosco situado en el cruce de las calles Denia y Sueca, el vigilante del barrio había encontrado «un saco manchado de sangre que contenía una caja de cartón en la que envuelto en un papel estaba el tronco de un ser humano con las extremidades amputadas», relatan los diarios de la época.

Añadiremos que el papel era de un raro color azulado, igual a aquel en que envolvieron las extremidades halladas con anterioridad y que, también como en el caso anterior, ciertas partes del cadáver habían sido vaciadas probablemente con un cuchillo. Todos los elementos que rodeaban los dos tétricos hallazgos coincidían excepto en una cuestión más que importante: el tronco pertenecía a un hombre.

El asunto, ya de por sí muy tenebroso, se presentaba más que complicado. Habían sido tres descubrimientos en muy poco espacio de tiempo y de lugar, que presumiblemente estaban relacionados entre sí, pero sin que se pudiera acertar en qué: el feto de siete meses de gestación, las extremidades de una mujer y el tronco de un hombre.

No pasaría mucho tiempo antes de que por cuarta vez en pocos días, los diarios tuviesen noticia de primera plana: la cabeza de un ser humano había aparecido en una caja de galletas tras la pantalla del cine Oriente… Pero no adelantemos acontecimientos y retrocedamos unos días en el relato, hasta aquel 27 de junio.

María López Ducos, de 35 años, miró una vez más el reloj. Había anochecido y Salvador, el hombre con el que convivía, ya debería estar en casa, pero éste no llegaba. Y María se temía lo peor.

Cuando Salvador llegaba tarde solía hacerlo borracho y con muy mal genio. Si para colmo descubría que por enésima vez ella había estado en el Monte de Piedad empeñando unas ropas, se pondría insoportable.

María había nacido en París, pero desde hacía años tenía la nacionalidad española. Después, el juez la describiría en la sentencia como una mujer «de mala conducta, con instrucción y sin antecedentes penales». Pero hasta entonces, ninguna autoridad sabía que ella observaba una mala conducta. Probablemente ni la propia María. A no ser que el motivo de la afirmación del magistrado fuera su situación civil. María estaba casada y tenía una hija, pero ni su marido legal ni su hija vivían con ella. Hacía años que abandonó a su familia y se vino a Valencia, donde conoció a Salvador.

Salvador Rovira Pérez, de 42 años, se encontraba en situación parecida. Casado y con hijos, se separó de hecho, aunque no legalmente, de su esposa, dejando a cargo de ésta los pequeños, «sin cumplir sus deberes de convivencia» puso de coletilla al mismo juez.

No obstante, Salvador pasaba una pensión de 30 pesetas a su mujer legal para ayudar al mantenimiento de los niños. Contaba también este hombre con antecedentes penales y policiales; sus frecuentes borracheras de los últimos años habían dado alguna vez con sus huesos en la cárcel.

Y los dos, Salvador y María, habían venido a vivir amancebados al cine Oriente. El disfrutaba de un puesto de trabajo en el cinematógrafo como conserje y ella de otro puesto como mujer de limpieza. El propietario de la sala no sólo les pagaba sus sueldos, sino que además les proporcionó una vivienda -un apartamento, decían- aneja al cine, donde la pareja habitaba desde hacía nueve años.

Temporalmente vivía con ellos Marina, una hermana de Salvador, con sus facultades psíquicas disminuidas, que ya había estado alguna vez internada en el manicomio. De la mano de Marina iba siempre también la hija «natural» de ésta, de 12 años de edad. Aquel día 27 de junio, cuando María seguía esperando a Salvador, tanto Marina como su hija ya se habían acostado.

En la espera, María tuvo tiempo de recordar años pretéritos, poco después de conocer a Salvador. Al principio todo iba bien en la pareja, que parecía haber encontrado la felicidad después de sus respectivos matrimonios fracasados. Pero en el transcurso de los años y casi sin que se dieran cuenta, las relaciones se fueron agriando. No sólo eran las frecuentes borracheras de Salvador las que habían enturbiado la convivencia, sino también la tacañería de él en la entrega de dinero.

María se las veía y se las deseaba para llegar a final de mes, por lo que a veces le fue necesario empeñar en el Monte de Piedad ciertas pertenencias. Hoy, precisamente, también lo había hecho y tenía cierto temor. Salvador se enfurecía cuando se enteraba de los empeños y las disputas y los altercados entre ellos, por este motivo, eran frecuentes.

María tenía cierto temor, como se decía anteriormente, pero no miedo. Ella era alta, corpulenta y fuerte; después, en los años en los que permaneció en la cárcel era frecuente verla acarreando los sacos de patatas en esas anchas espaldas. Salvador, por el contrario, era más bien bajo y enjuto. Las pocas fuerzas que tenía se las proporcionaba el alcohol.

El mismo alcohol que había llenado su cuerpo aquella noche del 27 de junio. Llegó tarde al apartamento y llegó de mal humor, como casi siempre. Comenzó a gritar a María y sus gritos se convirtieron en golpes cuando descubrió las papeletas del Monte de Piedad.

María se quiso defender primero con amenazas: le dijo que lo iba a denunciar a la Policía, no por malos tratos, sino porque en cierta ocasión lo vio apropiándose de cierta cantidad de dinero recaudado en la taquilla del cine. La amenaza ya la había hecho en otras ocasiones y sólo conseguía con ella que Salvador se enfureciese más y más. Esta noche ocurrió lo mismo.

El hombre golpeó violentamente a la mujer y ésta, tras tropezar con su cadera en la mesa, cayó al suelo retorciéndose por el dolor. Inmediatamente sintió que una mano le asía los cabellos y comenzaba a arrastrarla por el suelo. Se quiso defender revolviéndose, pero sólo consiguió que Salvador se le echara encima y con sus manos apretase el cuello intentando ahogarla.

Casi un año después, en el juicio, este punto sería muy debatido.

-¿Dejan huellas las manos en el cuello? -preguntó el abogado defensor al médico especialista.

-Sí.

-¿Cuánto duran?

-De quince a veinte días.

-¿Podría afirmar que no hubo presión sobre el cuello de la acusada?

El perito dudó unos segundos. Después respondió:

-No afirmo eso. Sí digo que en el cuello de la acusada no había huella alguna.

María sentía que le faltaba la respiración. Intentó defenderse pero no veía el modo. Al final pudo doblar sus piernas y apoyó los pies en el vientre de Salvador. Empujó con fuerza. El hombre salió despedido contra la pared contraria, que distaba unos dos metros y medio. Su cabeza dio sobre una pieza de hierro que colgaba como adorno en el muro y Salvador cayó al suelo inerte.

-¿Ocurre algo?

Era Marina, la hermana de Salvador, que se había despertado con los ruidos de la pelea.

-No, no te preocupes que no pasa nada -le contestó María, que aún se recuperaba.

No merecía la pena contar a Marina las desavenencias de la pareja. Esta vez la pelea había terminado y allí tenía a Salvador, inconsciente en el suelo. Mejor. Así dormiría también la borrachera. María tomó aire y sacando fuerzas trasladó el cuerpo de Salvador hasta la cama de ambos. Ella no sabía aún que acababa de matar a su concubina y no se enteraría hasta la mañana siguiente.

-¿Qué hizo usted después de acostar al muerto? -le preguntaría el fiscal en la vista oral refiriéndose a aquellas horas.

-Me acosté también -se sinceró María.

-¿En la misma cama?

-Sí, señor.

-¿Hizo usted algo para ver qué le pasaba al señor Rovira? -insistió el fiscal, que no pensaba en que María estaba acostumbrada a dormir con un tronco borracho en lugar de un hombre.

-No señor, no hice nada.

-¿Se acostó tranquilamente junto al cadáver?

-Sí, señor.

-¿Y se durmió usted?

-Sí, señor.

Si aquellas peleas hubiesen quitado el sueño a María, pensó ella, habría pasado los últimos años de su vida en vela.

María solía levantarse a las siete de la mañana, mientras el resto de los moradores del apartamento quedaban durmiendo. Preparaba los desayunos y después despertaba a Salvador y esperaba que apareciesen Marina y su hija. Aquella mañana del día 28, hizo lo mismo que todos los días. Conscientemente optó por mantener cerradas las persianas para que la luz diurna no despertase a Salvador hasta que el desayuno estuviera listo.

Fue después, cuando se acercó a despertarlo. Le extrañó un poco el que no hubiera cambiado de posición el cuerpo durante la noche, pero también se dijo que era habitual en una persona que se acostaba empapada de alcohol. Lo movió varias veces y en una de las ocasiones en que lo tocó sintió que su piel estaba fría, demasiado fría. María subió las persianas y el color amoratado del cuerpo de Salvador terminó por confirmarle lo que ya había supuesto: estaba muerto. Aquella noche había dormido con un cadáver.

Los forenses que intervinieron en el caso aducían la muerte de Salvador a tres posibles causas: conmoción cerebral, inhibición o crisis emocional. En cualquier caso, todos los expertos médicos consultados coincidían en que los resultados de una pelea como la que se desarrolló en el apartamento del cine Oriente hubiesen causado heridas leves en una persona de constitución normal; en Salvador Rovira, con el cuerpo intoxicado por el alcohol, el resultado del golpe o los golpes fue la muerte.

María hubo de pensar rápido, acuciada por el miedo que tenía hacia la Justicia. Se dijo que lo mejor que podría hacer era deshacerse del cadáver y buscar una excusa que justificara la ausencia repentina y prolongada de Salvador. Por el momento esperaría a que las dos mujeres que habitaban con ellos en el apartamento se hubieran ido; Marina al mercado y su hija al colegio. Hasta entonces no le sería difícil aparentar normalidad y añadir que Salvador seguía durmiendo. A las nueve y cuarto, efectivamente, María quedaba sola en la casa con el cadáver.

No tardó mucho en decidirse. Salvador poseía ciertas herramientas, entre las que se encontraban un serrucho y una sierra de arco, utilizadas en la reparación de las distintas butacas que se iban deteriorando por el uso en el cine. Se apropió de ellas con la intención de trocear el cadáver de Salvador para ir librándose posteriormente de los pedazos de su cuerpo.

Mucho se ha hablado de este descuartizamiento. Si de un lado se destaca el que sea la primera vez en la que una mujer, actuando en solitario, descuartice a un hombre, de otro lado llama la atención el poco espacio de tiempo que empleó en hacerlo: sólo cinco horas. Pero además, con dos inconvenientes que todavía hacían más lento el proceso.

María quiso despistar a la Policía y decidió adornar su labor con detalles: primero, arrancó, ayudándose de un cuchillo, las partes carnosas del cuerpo de Salvador que llevaban tatuajes para que el cadáver no fuera identificado tan rápidamente, y, segundo, tuvo la paciencia de depilar los brazos y piernas del cuerpo inerte, pintar sus uñas con esmalte y transformarlas de esa guisa en extremidades de mujer. Más trabajo aún tendría la Policía para averiguar a quién pertenecían aquellas mutilaciones.

El tocador de señoras del cine fue el lugar escogido por María para ocultar, por el momento y hasta que pudiera deshacerse de los trozos de carne, el cadáver de Salvador.

-Se ha ido a Barcelona por un asunto urgente -explicó María a Marina cuando ésta le preguntó por la ausencia de su hermano. Y la misma explicación dio al resto de los interesados en el paradero de Salvador, incluida Pilar Martínez Prieto, la esposa legal de Rovira. Pilar se personó en el apartamento del cine el día 29, cuando su marido estaba descuartizado por diversos lugares del establecimiento. La razón de su visita eran las treinta pesetas que esperaba recibir de Salvador por faltar un sólo día para que concluyera el mes.

-Está en Barcelona, se fue anteayer -volvió a mentir María.

Después, en el juicio, Pilar se refirió a su marido y su amante, como cualquier esposa se refiere a su marido y la amante de éste.

-Salvador era muy bueno y no sólo nos daba dinero, sino que también nos visitaba a mí y a nuestros hijos de vez en cuando. Últimamente nos decía que iba a venir a casa para quedarse a vivir definitivamente con nosotros, pero entonces llegaba María y se lo volvía a llevar.

El 29 de junio, María y Salvador aún estaban juntos, aunque el segundo sin vida y descuartizado. La mujer sentía miedo y no encontraba el momento oportuno para deshacerse de los restos de su concubina. Miedo horrible a la Justicia. Las noches las pasaba en vela o bien en la calle tomando el fresco y charlando con el vigilante nocturno del barrio. Incluso insistió a una amiga a que fuera a dormir al apartamento aduciendo que no se encontraba bien de salud. Tenía miedo y como Salvador se había ido a Barcelona…

Las horas, sin embargo, no pasaban en balde. El cine seguía abriéndose al público y pronto éste mostró sus quejas por el fétido olor que inundaba la sala. El propietario del establecimiento tomó cartas en el asunto y tras comprobar cuán acertados estaban los clientes ordenó que se limpiase a fondo el local. Y lógicamente, se lo ordenó a la mujer encargada de la limpieza, que era María.

María había guardado la cabeza de Salvador en una caja metálica destinada a contener galletas; la carne la había recubierto con tierra y serrín y la depositó en un deslunado, detrás de la pantalla. De las extremidades se deshizo en la noche del 29, tras cubrirlas con un papel azul que se utilizaba para la impresión de las entradas, meter todo en un capazo y arrojarlo casi en la madrugada del día 30, en la calle de los Centelles, cerca de la vía férrea a Barcelona. Sería un guardagujas del ferrocarril quien, como se ha dicho, encontró esta parte del cuerpo de Rovira y avisó a la Policía, anunciando que había encontrado las piernas y los brazos de una mujer.

Sin embargo, a María todavía no le había dado tiempo a deshacerse del tronco, ni de la cabeza. Y el olor seguía inundando la sala y el deslunado, con lo que ya no protestaban únicamente los clientes del cine, sino también los vecinos de los pisos superiores. Estos fueron calmados por María, cuando ésta les dijo que se trataba de carne de su propiedad que se le había corrompido.

-No tardaré en tirarla -añadió, sin mentir demasiado en sus aseveraciones.

La noche del 2 al 3 de julio se presentó como ideal. María seguía sin poder dormir y pasaba las horas desde la puesta del sol hasta bien entrada la madrugada charlando con el vigilante nocturno.

-María es una buena persona que ha tenido que soportar mucho a Salvador. Este se emborrachaba con frecuencia y le daba malos tratos a ella -la defendería después, en la vista oral, el sereno.

Aquella madrugada del día 3, ambos estuvieron juntos conversando animadamente hasta cerca del amanecer. Sólo durante unos minutos se separan: a las cinco de la madrugada, el vigilante despertaba todos los días a un panadero que vivía en aquella calle. La noche que nos ocupa hizo lo propio, y, al cabo de unos cinco minutos, cuando regresó, volvió a encontrar a María en el mismo lugar donde la había dejado y ambos prosiguieron su charla.

No obstante, María no había permanecido quieta. Aprovechó perfectamente esos minutos para ir a su apartamento, coger un extraño bulto y depositarlo detrás del kiosco de la esquina de la calle Sueca con la de Denia. Fue el mismo vigilante quien pocas horas después hizo el descubrimiento del tronco humano.

Para la Policía, este hecho no hizo sino confirmar las sospechas que ya se tenían sobre María. Esta había intentado camuflar las piernas y los brazos de su marido depilándolas y pintando las uñas; sin embargo, no se acordó o no supo nada de las huellas digitales. Y Salvador ya había estado detenido en alguna ocasión anterior debido a sus borracheras, por lo que consecuentemente, en los archivos de la Policía había constancia de sus huellas dactilares. No se tardó mucho en saber que pertenecían a Salvador y en sospechar de su concubina como la posible homicida.

Cuando se hizo el segundo hallazgo, el del tronco, las sospechas se hicieron más patentes. El vigilante aseguraba que era imposible que durante esa noche nadie hubiera depositado allí la extraña y tétrica mercancía, porque él o María, con la que estaba, se hubieran dado cuenta. Sólo faltó de su puesto unos minutos, pero permaneció en el mismo lugar la mujer…

Por último, quedaba la cuestión del extraño papel azul y tampoco se tardó en comprobar que era similar al que se utilizaba en el cine Oriente.

Sin embargo, parecía imposible lo realizado por María. Hasta tal punto la novedad del caso influyó en la Policía, que se barajaron posibles cómplices y se sospechó de un carnicero del barrio al que se llegó a detener, según unas fuentes, aunque otras descartan este hecho. La confesión de María, sin dudas ni contradicciones, obligó a los funcionarios actuantes a descartar el extremo de los cómplices.

Porque María fue detenida casi al mismo tiempo en que detrás de la pantalla del cine se halló la caja de galletas que contenía la cabeza de Salvador. Se encontraba también el papel azul y las herramientas que la mujer había utilizado en el descuartizamiento del cadáver.

A las once menos cuarto de la mañana del día 25 de mayo de 1951, quedaba constituida la Sala Segunda de lo Criminal para que se celebrase la vista oral sobre el caso. La expectación que el «crimen del cine Oriente» había levantado entre los valencianos fue inusitada. Todos querían presenciar el juicio, todos querían saber cómo era aquella mujer que había sido capaz de descuartizar al hombre con el que convivía.

El fiscal pidió para ella la pena de seis años de presidio por homicidio y seis meses más por inhumación ilegal. La defensa abogaba por la libre absolución de la acusada, aduciendo en el homicidio defensa propia y en la inhumación atenuante fundamental producida por el miedo. La opinión pública variaba según el rumbo que tomaba la vista, pero la mayoría quería una fuerte condena para la mujer.

Pocos días después se conocía la sentencia: María era condenada a seis años y un día de prisión por homicidio, más cinco meses de arresto por inhumación ilegal, más una multa de cinco mil pesetas por este último concepto.

¿Qué fue de aquel feto de siete meses de gestación que también por aquellas fechas apareció en las cercanías? Es uno de los casos policiales que todavía deben de estar investigándose.

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