María Jesús Jiménez Jiménez

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María Jesús Jiménez

El crimen de La Peñona

  • Clasificación: Homicida en masa
  • Características: Parricida
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 26 de noviembre de 1991
  • Fecha de detención: Día siguiente
  • Fecha de nacimiento: 1962
  • Perfil de las víctimas: Sus 4 hijos, Jesús Leiva Jiménez, de 8 años; Joaquín, de 7; Azucena, de 5; y María Elena, de 11 meses
  • Método de matar: Arrojó al mar a sus cuatro hijos por un acantilado
  • Localización: Castrillón, Asturias, España
  • Estado: Condenada a 24 años de prisión el 5 de noviembre de 1992. Sentencia reducida a 18 años. Puesta en libertad en octubre de 2001
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Cuatro hermanos desaparecen en el mar en Asturias cuando estaban junto a su madre

Javier Cuartas – Elpais.com

28 de noviembre de 1991

Una niña de cinco años ha sido hallada muerta y sus tres hermanos permanecen desaparecidos tras haber caído al mar desde un acantilado en la playa de Salinas, en Castrillón (Asturias), en la noche del martes cuando estaban con su madre, María Jesús Jiménez, de 29 años.

Ésta, que horas antes había sostenido una disputa familiar, dijo que no pudo evitar la caída al Cantábrico de sus hijos, de ocho, siete y cinco años, y de sólo 11 meses el menor. La madre, de etnia gitana, fue ingresada ayer en un centro psiquiátrico de Avilés.

Las circunstancias del trágico suceso permanecen confusas después de que la madre testificara en el cuartel de la Guardia Civil de Salinas ante el juez número 1 de Avilés. Los hechos ocurrieron en la noche del martes en el lugar denominado como La Peñona, un promontorio muy escarpado que se adentra en el mar y donde las olas baten con fuerza.

Según el testimonio de la madre, se dirigió al acantilado con sus cuatro hijos para pasear y serenarse tras haber sostenido una disputa familiar. La mujer, que, según parece, está separada de su marido -José Antonio Leiva Martínez, de 46 años, payo-, vivía con sus hijos en una pequeña chabola de madera.

La pequeña iba en brazos

Según su declaración, tres de sus hijos (Jesús Leiva Jiménez, de ocho años; Joaquín, de siete, y Azucena, de cinco) cayeron al mar tras tropezar cuando jugaban junto al acantilado. Trató de rescatarlos, pero, según dijo, también se le precipitó al vacío su hija María Elena, de 11 meses, que llevaba en brazos.

Permanece la extrañeza del lugar elegido para pasear de noche con cuatro niños pequeños: una zona de acantilados, muy recortada y rodeada de rocas y aristas, muy solitaria a esas horas de la noche. La madre denunció la desaparición de sus hijos a las 21.40 del martes en el cuartel de la Guardia Civil de Salinas, una localidad muy cercana a Avilés.

Inmediatamente se iniciaron las tareas de búsqueda en las que han participado durante toda la noche del martes y la mañana de ayer fuerzas de la Guardia Civil y de la policía local, miembros de la Cruz Roja del Mar, un equipo de buceadores, un helicóptero del Principado de Asturias y diversas lanchas y embarcaciones. A las cinco de la mañana de ayer fue rescatado el cadáver de Azucena Leiva, de cinco años. Las tareas de búsqueda se suspendieron ayer al caer la noche por falta de visibilidad.

María Aurora Jiménez, una tía de los niños desaparecidos, declaró ayer que había visto a su hermana salir de casa en compañía de sus hijos. «Estaba tranquila», declaró. La tía de los niños aseguró desconocer que otro miembro de la familia hubiera ofrecido una versión distinta a la facilitada por la madre de los pequeños, un rumor que circuló por la localidad de Salinas durante la mañana de ayer. «Mi hermana dice que sus hijos tienen que estar vivos, que no es posible que hayan muerto, que tienen que existir los milagros», añadió María Aurora.

Las esperanzas de encontrar con vida a los tres niños desaparecidos son mínimas. Pese a que el mar, habitualmente muy bravo en esa zona de roquedales, estaba ayer en calma, las horas transcurridas desde el espeluznante suceso y las dificultades orográficas de la zona, con numerosos peñascos cortados a pico sobre el mar, permiten abrigar casi nulas esperanzas.


Juzgada por tirar al mar a sus cuatro hijos

Pilar Campo – Elperiodico.com

27 de octubre de 1992

María Jesús Jiménez Jiménez, de 29 años, acusada de haber arrojado al mar el 26 de noviembre de 1991 en el acantilado de la Peñona (Castrillón, Asturias) a sus cuatro hijos con edades comprendidas entre los 11 meses y los 8 años, aseguró ayer en la Audiencia Provincial de Oviedo que los niños cayeron «tropezando unos con otros» porque aquella noche estaban «muy acelerados» ya que su esposo, José Antonio Leiva Martínez, les persiguió lanzándoles piedras.

El fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia, Rafael Valero Oltra, solicita para ella una pena global de 28 años de prisión como presunta autora de cuatro delitos de parricidio, al aplicar la semieximente de trastorno mental transitorio. El abogado defensor, Guillermo Fernández Blanco, pide la absolución.

Malos tratos

«Ese loco criminal (en alusión a José Antonio Leiva) nos estaba tratando mal», explicó María Jesús Jiménez a los magistrados de la sección segunda que juzgan el caso. «Leiva tiene la culpa de todo, y que no se haga el inocentón. Cuando cayó uno, fui a agarrar al otro y me cayó la nena», dijo.

María Jesús Jiménez había negado inicialmente durante las declaraciones efectuadas ante la Guardia Civil que su marido hubiese estado aquella noche en La Peñona. Posteriormente, varió su versión e insistió en que su esposo «con el que no vivía debido a los malos tratos que recibía» le había amenazado con quitarle a su hija mayor si no volvía con él.

Ella dice que escapó hasta La Peñona, donde intentaba esconderse. Leiva los encontró y comenzó a tirarles piedras. María Jesús y sus hijos retrocedieron hacia unos trampolines. Dos de los niños cayeron al agua y al intentar coger al tercero no consiguió su propósito y se le cayó de los brazos su hija pequeña.

María Jesús ratificó ayer ante los magistrados que el día de los hechos su marido estaba con ella y sus hijos en La Peñona: «Era de noche. Leiva nos lanzaba piedras. Decir cómo fue me daba vergüenza», comentó.

La mujer recordó que durante los 11 años que convivió «a temporadas» con su marido «ya que fue ingresado varias veces en prisión por delitos de robo», éste no la apoyaba ni moral ni económicamente, por lo que ella se veía obligada a mantener sola a sus cuatro hijos.

José Antonio Leiva se acogió a la circunstancia de parentesco que aún le une a María Jesús Jiménez «ya que no han iniciado los trámites de divorcio» para no declarar en el juicio. Se limitó a decir que se ratificaba en sus declaraciones anteriores en las que negaba cualquier participación en la muerte de sus hijos.

Leiva, que se encuentra en la prisión de Oviedo por quebrantamiento de condena, fue recibido por parte de los familiares de María Jesús Jiménez con insultos y gritos de «asesino, asesino» a la entrada y salida de la sala donde se desarrollaba el juicio.

Jesús Pío Jiménez, hermano de María Jesús, estuvo con Leiva la misma tarde en que desaparecieron sus sobrinos: «Luego me dijo que iba a salir a buscar a mi hermana para ver si la convencía para llevarla a la chabola», explicó.

Jesús Pío no supo precisar qué camino tomó su cuñado. En una declaración anterior, Leiva aseguró que, tras abandonar la casa de Jesús Pío, estuvo con su cuñado Santiago. La incomparecencia a la vista oral de este testigo determinó que el abogado defensor pidiera la suspensión, al considerar esencial su testimonio para determinar qué hizo Leiva aquella tarde. La sala acordó la suspensión y señaló la reanudación del juicio para el viernes.

La acusada tiene tendencia al aislamiento y la introversión

Los médicos forenses y psicólogos que declararon en el juicio señalaron que en la acusada no se aprecian síntomas de enfermedad mental, ni agresividad. Los peritos observaron en su conducta un aislamiento en su comunicación con el exterior.

Apuntaron que esta tendencia al aislamiento y la introversión podría estar relacionada con los problemas de relación que tenía con su familia. «Esto pudo ocasionarle una situación depresiva y de angustia», dijeron, por los malos tratos que recibía y el rechazo familiar que sufría por el hecho de pertenecer a la etnia gitana y haberse casado con un payo.

La maestra de la prisión de Oviedo destacó el buen comportamiento de María Jesús desde su ingreso. «Los primeros días estaba deprimida y en determinados momentos mostraba bloqueos, pero ahora supera lo normal en interés en la escuela», explicó la profesora al tribunal.


La mujer que arrojó a sus hijos al mar, condenada a 24 años de cárcel

Elperiodico.com

6 de noviembre de 1992

La Audiencia Provincial de Oviedo ha condenado a un total de 24 años de prisión a María Jesús Jiménez Jiménez, al considerar probado que fue ella quien hace un año arrojó al mar a sus cuatro hijos por un acantilado próximo a la localidad asturiana de Salinas.

El tribunal de la Sección Segunda de la Audiencia de Oviedo ha condenado a la joven madre, en concreto, a seis años de prisión por la muerte de cada uno de sus cuatro hijos, con edades comprendidas entre los 11 meses y los 8 años.

El fiscal solicitó 28 años de prisión para la procesada por cuatro delitos de parricidio. La defensa pidió la absolución al considerar válida la segunda declaración de la madre, que aseguró que los niños habían caído al mar mientras eran perseguidos por su padre.

Hace un año

Los hechos por los que ha sido condenada María Jesús Jiménez, de 29 años, se remontan al 26 de noviembre de 1991. Ese día denunció que sus cuatro hijos habían caído al mar en la zona conocida como La Peñona. Los cuerpos de Azucena y Joaquín fueron recuperados, mientras los de Jesús y María Elena nunca fueron hallados.

La sentencia relata que María Jesús, presa de un fuerte estado emocional por la situación de pérdida de afectividad, aislamiento, introversión, falta de recursos humanos y un limitado coeficiente intelectual, «hizo discurrir en su mente la idea de acabar de una vez por todas con aquella situación». El tribunal añade que la acusada se dirigió con sus hijos a uno de los trampolines de cemento que hay en La Peñona, desde donde les arrojó al mar.

Los magistrados han rechazado la versión de que allí se encontrara el padre de los niños, José Antonio Leiva, de 49 años.

Según la sentencia, queda descartada su presencia al reconstruirse los itinerarios y horarios seguidos por ambos.

El tribunal también desestima la posibilidad de que los niños hubiesen caído fortuitamente al mar por la dificultad de acceso que entraña el lugar y porque en la pasarela desde donde se precipitaron «se antoja harto difícil e impensable que los tres niños se empujen y caigan al mar en presencia de la madre».


El crimen de la Peñona

Allegramag.info

El 26 de noviembre de 1991, saltó a los medios la escalofriante noticia de una madre que había arrojado aquella noche a sus cuatro hijos por el acantilado asturiano de La Peñona, en Asturias. Todos el mundo pensó en la parricida; pocos en María Jesús.

Nacida en un barrio chabolista, María Jesús Jiménez (29) pertenecía a una numerosa familia gitana. Padecía retraso mental con CI de 63, aunque en aquellos tiempos y rodeada de gente de escaso nivel cultural, nadie lo había visto así. Los que la conocían admitían que siempre había sido un tanto rara, pero nada más.

Contrajo matrimonio con un payo oriundo de Jaén, albañil en paro, de nombre José Antonio Leiva (46) y apodado El Rata, con quien vivía en una chabola y había procreado a Jesús (8), Joaquín (7), Azucena (5) y María Elena (11 meses).

Las palizas eran un continuo en su vida, marcada por la violencia y la pobreza. Presa de una enajenación mental transitoria que le sirvió como atenuante en el juicio, María Jesús empujó por La Peñona a sus tres hijos mayores, uno detrás de otro, lanzando a continuación abajo a María Elena, a quien llevaba en brazos.

Después de los hechos, la joven madre estuvo a punto de lanzarse a la vía del tren, opción que finalmente desechó. Sin embargo, nunca reconoció los crímenes. Desde la cárcel acusó en un primer momento a El Rata, quien no se ocupaba nunca de los niños, de haberlos apedreado hasta que se despeñaron por la pendiente.

María Jesús fue condenada a 25 años que finalmente quedaron en 18, de los que únicamente cumplió 10. En la prisión comenzó a interesarse por las manualidades, labor en la que se destacó, aunque nunca nadie le sacó una sola palabra sobre las muertes de sus hijos. Cuando alcanzó la libertad, en 2001, fue incapacitada y su tutela quedó en manos de unas monjas, que la han cuidado hasta la actualidad.

María Jesús, quien debió haber estado interna en un psiquiátrico y no en una cárcel, se encontraba tan a gusto en el recinto penitenciario que cuando fue puesta en libertad, se resistió a abandonar el que había sido su hogar durante los últimos diez años, lejos de las palizas y rodeada de gente que se interesaba por su aprendizaje.

Al juez García Lagares, quien le tomó declaración y a quien aseguró no recordar nada de lo sucedido, María Jesús le cogió gran cariño y durante varios años le envió postales dibujadas por ella misma por Navidades y su santo. Lagares acudió en alguna ocasión a visitar a la reclusa, quien se sentía muy bien en la cárcel.

En su momento hubo rumores de que la familia de María Jesús le aplicaría la ley gitana como represalia por los cuatro parricidios, pero la verdad es que jamás han querido hacerle nada e incluso ella llegó a visitar el poblado donde en su día residió. Sus hermanos y sobrinos la han visitado en ocasiones aisladas, porque les duelen las muertes de los pequeños, aunque no la condenan porque son conscientes de que está enajenada.

Un sobrino de María Jesús, gran amigo de quien escribe, se quedó muy impresionado cuando acudió con su padre a verla y se la encontró sentada con una muñeca en los brazos y la mirada perdida, «igual que una niña». De la misma edad de Joaquín, este joven no ha podido volver a la playa de Salinas por el tremendo recuerdo de sus primos, a quienes nunca ha olvidado.

Tanto es el respeto que sus parientes sienten por ella, que en una ocasión un hermano de María Jesús se enteró de que un familiar político había criticado duramente a la mujer y montó en cólera, advirtiéndole que no se le volviera a ocurrir realizar otro comentario de esa índole.

Si bien en su momento los Jiménez Jiménez fueron una familia humilde, todos ellos se superaron y a día de hoy trabajan y viven como cualquier otro hijo de vecino, perfectamente integrados en la sociedad. Se destacan por ser una familia generosa de buenos sentimientos, muy religiosos y no suelen seguir las costumbres ni leyes gitanas.

A El Rata, divorciado de María Jesús desde las muertes de sus cuatro hijos, no es difícil encontrarlo en cualquier bar a lo largo del día. Nunca rehizo su vida ni tuvo más hijos y según los parientes de su exmujer, tampoco se le notó nunca doliente por lo acontecido con los pequeños.

En su día se paseó por los platós de televisión, impecablemente vestido, contándole a quien lo quisiera escuchar su versión de los hechos y las causas que los precedieron. Siempre se le olvidó añadir los comentarios reprobatorios que, al dictar la sentencia que condenó a María Jesús, realizó el tribunal hacia los culpables de empujar a la joven madre hasta la situación que desencadenó la tragedia.


La condena eterna de María Jesús

L. Á. Vega – La Nueva España

15 de noviembre de 2009

El crimen de La Peñona está grabado en la memoria colectiva asturiana. Lo confesaba en las Memorias publicadas por La Nueva España el magistrado que tuvo que instruir aquel caso, Julio García Lagares, quien, 18 años después, aún muestra sus dudas de que aquella mujer, María Jesús Jiménez, estuviese en sus cabales cuando el 26 de noviembre de 1991 arrojó al mar, uno tras otro, a sus cuatro hijos, de 11 meses y de 8, 7 y 5 años.

Los cuatro churumbeles -Jesús, Joaquín, Azucena y María Elena- fueron víctimas de una madre que, diez años después, cuando fue excarcelada contra su voluntad, fue incapacitada, debido a su evidente retraso mental. Pero también fueron víctimas de unas condiciones de vida terroríficas, en las que no faltaban los malos tratos y la miseria más absoluta, una circunstancia que el tribunal que la juzgó no dejó de hacer notar.

¿Debió ser condenada a los 24 años de prisión que le impuso el tribunal? ¿O su lugar era otro, una institución psiquiátrica o un centro para discapacitados psíquicos? María Jesús Jiménez vive ahora protegida, ante el riesgo cierto de que sufra alguna agresión por parte de su exmarido o su propia familia, de etnia gitana, ante la que ha cometido un crimen que sólo se paga con la muerte. Lejos de la chabola y de la cárcel, María Jesús ha encontrado, según aseguran quienes la tratan ahora, su hueco en la vida.

María Jesús Jiménez, que tenía 29 años cuando ocurrió todo, nunca ha reconocido el crimen por el que fue condenada. En la noche del 26 de noviembre de 1991, se dirigió con sus cuatro hijos hasta los acantilados de La Peñona desde su cercana chabola en Salinas. Llevaba a María Elena, la pequeña, en los brazos.

La primera versión que dio ante la Guardia Civil fue que los niños se habían caído al mar jugando. La más pequeña se le escurrió de los brazos cuando trataba de agarrar a los otros, dijo. Hacía una noche de perros, y el mal tiempo prosiguió durante las largas jornadas de búsqueda de los cadáveres. El mar los fue devolviendo poco a poco, no quería desprenderse de aquellos ángeles.

Años después, desde la cárcel, María Jesús cambió su versión. Envió una carta en la que acusaba a su marido de haber provocado la muerte de los pequeños al ir detrás de ellos lanzándoles piedras. Quizá sólo deseaba devolver un poco del mucho mal que, según decía, había recibido de aquel hombre, José Antonio Leiva, jienense, al que se le conocía por el ilustrativo apodo de «El Rata». En el juicio, la gitana confesó que estar casada con un payo le provocaba una gran tensión. Terminaron divorciándose y él reapareció luego en los medios, reluciente y vestido de Lacoste.

Ninguna de sus versiones se sostuvo nunca. La tesis del suicidio diferido se abrió paso pronto, sobre todo cuando la propia mujer aseguró que había intentado quitarse la vida arrojándose a las vías del tren. El juez García Lagares siempre fue de la opinión de que aquella mujer no estaba bien. Le tomó declaración durante cuatro o cinco horas, y ella se empecinó en asegurar que no recordaba nada. «Yo la creí, pero los informes psiquiátricos decían que no, que estaba fingiendo, que estaba cuerda», rememora el veterano magistrado.

También a aquel fiscal amante de la poesía que fue Rafael Valero Oltra -fallecido el pasado mes de mayo y en aquella época recién llegado a Asturias- le pareció que algo no cuadraba en la declaración. Pero la instrucción siguió adelante. Un año después, cuando el tribunal emitió su sentencia, Valero se quejó amargamente de la dureza de la condena.

Tanto el juez como el fiscal tuvieron que luchar contra la rumorología, que culpaba también al padre de los niños del crimen y que atribuía la muerte de los menores a una oscura trama de tráfico de órganos. Como siempre, se trataba de construir castillos en el aire con tal de no ver la palmaria realidad, que aquella mujer, desesperada por su situación, había decidido tomar el camino más fácil y a la vez más terrible.

Era otra mujer la que se sentó en el banquillo de la Audiencia Provincial el 26 de octubre de 1992 para ser juzgada por cuatro delitos de parricidio, eso sí, con la atenuante de enajenación mental transitoria. María Jesús estaba más delgada y su rostro se había tornado más humano, lejos de la máscara de locura que exhibía cuando fue detenida.

Seguía con tendencia a mirar al suelo, un signo inequívoco de su autismo, o quizá de la vergüenza que sentía ante las miradas entre horrorizadas e indignadas de periodistas y curiosos. Y también llamó la atención que no guardase luto por sus cuatro vástagos y que exhibiese una camisa blanca de flores. Quizá no haya símbolo más evidente de la liberación que experimentó aquella mujer.

Guillermo Fernández, el abogado que la defendió en el juicio, no tiene dudas de las circunstancias de María Jesús. «Era, como se dice vulgarmente, una border-line, una mujer con un ligero retraso mental; no hablaba mucho y nunca te aclarabas de lo que decía», opinó. «Es casi seguro que ella haya matado a los críos, pero la pena me pareció excesiva. Me ofendió mucho todo aquello, porque se trataba de una persona enferma que no debería haber entrado en la cárcel», añadió el letrado gijonés. Afortunadamente, «no cumplió mucho».

Diez años exactamente. El juez Lagares asegura que, durante aquel tiempo, mantuvo algún contacto con ella. «Esta mujer, todas las Navidades, o por mi santo, me mandaba una tarjeta dibujada por ella, con unas flores y “con cariño”. Pasaron los años y perdí el contacto con ella, pero cuando fui presidente del TSJA iba regularmente a la cárcel a ver cómo estaba aquello y a hablar un poco con los presos. Y allí estaba ella. No quería salir de la cárcel y los funcionarios me contaron que desde siempre había estado ida», señala el magistrado retirado.

Efectivamente, en octubre de 2001, cuando le concedieron la libertad condicional, María Jesús se opuso a que la excarcelaran. Era más fuerte el miedo a morir a manos de su familia o su exmarido que el deseo de intentar rehacer su vida. Fueron una monjas y una organización no gubernamental las que la acogieron a su salida de la cárcel. Un programa de reinserción para exreclusos lo hizo posible.

El mismo año de su excarcelación se inició el proceso para incapacitarla en un Juzgado de Oviedo. ¿El motivo? Tiene un nivel de inteligencia de 63, con lo que entraría en la clasificación, ciertamente poco afortunada, de los «débiles mentales», muy por debajo del 90 de los normales/medios.

Eso no le ha impedido que destacase, por ejemplo, en manualidades, que siempre le ha encantado hacer. Tras pasar un año en un centro especial, pasó a un piso tutelado. Desde entonces, este tipo de refugios han sido su hogar. «No se puede olvidar que es una mujer amenazada por su marido y por su familia», aseguró una de las personas que la tratan actualmente.

Esa circunstancia hace que sea cambiada de piso cada cierto tiempo, para no tentar al demonio. «Está muy integrada e incluso se relaciona socialmente», dice la misma fuente. La verdad de aquella noche terrible en La Peñona sigue en la cabeza de la mujer que hoy tiene que vivir oculta de sus familiares y exmarido.


La trágica vida de Leiva

J. F. G. – Elcomercio.es

18 de agosto de 2014

Era el padre de los cuatro niños que fallecieron en 1991 en Salinas después de que la madre, por entonces su mujer, los arrojase al mar.

José Antonio Leiva no solo era conocido en Piedras Blancas por frecuentar los bares de la localidad. También por verse salpicado por un terrible suceso acaecido la lluviosa noche del 26 de noviembre de 1991, el día que una mujer de etnia gitana, María Jesús Jiménez, arrojó a sus cuatro hijos al mar desde La Peñona de Salinas, uno tras otro. Tenían 11 meses, 5, 7 y 8 años, y ninguno sobrevivió. Leiva, apodado «El Rata», era el marido de la parricida y el padre de las malogradas criaturas.

Oriundo de Jaén, payo y albañil en paro, tenía entonces 46 años. Fue detenido por su presunta implicación en el parricidio, pero finalmente resultó absuelto por el juez Julio García Lagares, ya jubilado. La familia vivía en una chabola próxima a Salinas, sin que este periódico haya podido determinar si se trataba de la misma en la que anteanoche perdió la vida a manos de Ramón A. A. T.

La mujer acudió entonces por su propio pie a la Guardia Civil y manifestó que tres de los niños se habían caído al mar mientras jugaban y que el cuarto, el bebé de once meses, se le escurrió de los brazos cuando intentaba rescatar a sus otros hijos de las garras del mar, que en los días siguientes fue devolviendo los cuerpos sin vida.

María Jesús, que entonces tenía 29 años, fue acusada de ser la autora del cuádruple crimen. Nunca confesó, pero la sentencia fue condenatoria: 25 años, reducidos finalmente a 18 de los que únicamente cumplió 10. Su abogado alegó enajenación mental, admitida como atenuante, y la presentó como una persona con una vida sumida en la violencia, la pobreza y las palizas que, según la defensa, le daba el ahora difunto Leiva.

Años después, cuando aún estaba en la cárcel, cambió su versión. Escribió una carta en la que acusaba a su ya exmarido -el matrimonio se separó tras el cuádruple crimen- de haber provocado la muerte de los niños. Dijo que iba detrás de ellos tirándoles piedras.

María Jesús quedó en 2001 en libertad condicional. En un principio la rechazó, quizá por miedo a un posible venganza por parte de su exmarido o de su propia familia, pero finalmente salió de la cárcel. Quedó bajo la tutela de unas monjas y de una asociación benéfica, completó un programa de reinserción de exreclusos y finalmente fue incapacitada por un tribunal.

José Antonio Leiva nunca rehizo su vida. Llegó a salir en algún programa de televisión exculpándose del parricidio y sin hacer la más mínima alusión a los comentarios reprobatorios con los que el juez, en la sentencia condenatoria contra su exmujer, lo señalaba como una de las personas que había conducido a María Jesús a una situación límite. Tanto que la llevó a hacer algo tan contrario a la naturaleza humana como que una madre tire a sus cuatro hijos al mar y los vea morir.


El homicida de Castrillón estuvo en prisión hasta junio por haber matado a otro hombre en 2008

José Fernando Galán – Elcomercio.es

19 de agosto de 2014

Ramón A. A. T., el homicida de José Antonio Leiva, salió de la cárcel el pasado mes de junio tras cumplir seis años de condena como autor de la muerte de Santiago Dacal López, un hombre 50 años al que apuñaló en un piso de Valgranda en mayo de 2008. Ayer regresó a Villabona. El titular del Juzgado de Instrucción Número 2 de Avilés decretó su ingreso en prisión comunicada y sin fianza, atendiendo el criterio del Ministerio Fiscal, que solicitó tal medida ante la gravedad de los hechos y la existencia de riesgo de fuga.

La defensa, por su parte, mantuvo silencio. Ni siquiera dijo si alegó defensa propia, atenuante que sí utilizó el abogado que defendió a Ramón A. A. T. por el homicidio de Santiago Dacal, que falleció poco después de llegar al hospital como consecuencias de las puñaladas (al menos dos) que le asestó Ramón A. A. T. en el transcurso de una pelea.

En esta ocasión el crimen se produjo a primeras horas de la noche del pasado sábado en el interior de la chabola, situada en un apartado paraje forestal de Castrillón -próximo a la carretera de La Plata- que el homicida y el fallecido compartían desde que Ramón A. A. T. abandonó el centro penitenciario en libertad condicional.

Tras consumar el crimen se dirigió a la carretera, distante a unos 200 metros de la chabola, y solicitó ayuda al primer vecino que encontró. Le dijo que el fallecido le estaba dando una paliza y que para defenderse le clavó un palo, que resultó ser un bastón de punta afilada, en el abdomen. Tras ofrecer su versión de los hechos, regresó a la chabola, donde poco tiempo después era detenido por la Guardia Civil, alertada por el vecino.

Una vez realizadas las investigaciones oportunas sobre el terreno los agentes lo llevaron al Centro de Salud de Piedras Blancas para que fuera atendido de las heridas producto de la pelea que, según manifestó el propio homicida, mantuvo con la víctima, y posteriormente al cuartel de la Guardia Civil, donde guardó silencio. Se negó a declarar, y fue recluido en los calabozos a la espera de ser llevado ante el juez.

Ramón A. A. T., que cumplió 65 años en julio, llegó a los Juzgados de Avilés poco después de las diez y media de la mañana. Tenía un ojo notablemente hinchado, con un gran moretón bajo el párpado, y diversas erosiones en la cara, lesiones que, según afirma, son producto de la pelea que habría mantenido con José Antonio Leiva, la víctima, de 69 años. Según fuentes oficiales de la Guardia Civil, también presentaba contusiones en cabeza y tronco, en ningún caso de gravedad. Ayer, en el Juzgado, fue examinado por un forense.

José Antonio Leiva era una persona bastante conocida en Piedras Blancas, tanto por frecuentar los ambientes hosteleros como por ser el padre de los cuatro niños cuya madre, María Jesús Jiménez, entonces su esposa, arrojó al mar el 26 de noviembre de 1991, desde la Peñona de Salinas.

La Peñona

Tenían 11 meses, 5, 7 y 8 años, y los cuatro fallecieron ahogados. Uno de los cuerpos fue rescatado aquella fatídica madrugada, y el mar fue devolviendo los otros tres en los días sucesivos. Leiva, apodado «El Rata», fue detenido por su presunta implicación y posteriormente absuelto. Con todo, el juez, Julio García Lagares, lo señaló como una de las personas que llevaron a María Jesús Jiménez a una situación límite, hasta el extremo de que fue capaz de tirar a sus hijos al mar, un cuádruple parricidio que nunca confesó.

La madre declaró que tres de ellos se habían caído al agua mientras jugaban y que el cuarto, el bebé, se le había escapado de los brazos cuando intentaba ayudarlos, y exculpó a su marido.

Años después, cuando aún permanecía en prisión -fue condenada a 25 años, reducidos a 18 al admitir el juez el atenuante de enajenación mental, de los que únicamente cumplió 10- acusó directamente a Leiva, del que ya se había divorciado. Dijo que la maltrataba continuamente y que aquella fatídica noche de noviembre estaba en La Peñona y les tiraba piedras.

La madre fue puesta en libertad en 2001. Quedó bajo tutela de unas monjas y de una asociación benéfica, completó un programa de reinserción de excelsos y fue incapacitada por un tribunal.

Aquel fue uno de los casos que más frescos se mantienen en la memoria del juez García Lagares, ya jubilado. «Aquella mujer no estaba psíquicamente bien», manifestó en una entrevista publicada por este periódico en marzo de 2013, impresión que percibió «nada más interrogarla» pero que no fue compartida por los psiquiatras. Sí por los funcionarios de la cárcel de Villabona, desde donde ella le dibujaba cada año una postal de Navidad, costumbre que mantuvo hasta no hace muchos años.

Una hora

La declaración ayer de Ramón A. A. T. en sede judicial se prolongó más de una hora. Después, en torno a la una y media de la tarde, una vez el juez Badás firmó el necesario auto, salió en un furgón de la Guardia Civil rumbo a la prisión de Villabona, donde en un principio permanecerá hasta que se celebre el juicio por la muerte de José Antonio Leiva.

La herida que presentaba la víctima era mortal de necesidad, ocasionada por un bastón clavado en la parte superior del abdomen. Cuando los agentes llegaron a la chabola escenario del crimen ya estaba muerto.

Se levanta en un paraje conocido como El Ventorrillo, entre la senda que paralela al cauce del río Raíces une Piedras Blancas y Salinas y las vías del tren. El camino que llega hasta ella parte desde las inmediaciones del túnel de la carretera de La Plata. Estrecho y semioculto por la hierba, solo se puede recorrer a pie, en bicicleta o en motocicleta, y termina justo a las puertas de la chabola, a poco más de 200 metros de la carretera. Un tramo antes de llegar, un precinto instalado por la Guardia Civil advierte de que el paso está prohibido.

Fue el camino que completamente a oscuras recorrió Ramón A. A. T. después de acabar con la vida de José Antonio Leiva. Desemboca ante dos viviendas, en una de las cuales estaba el vecino al que comunicó que «había clavado un palo» a una persona que, aseguró, le estaba dando una paliza que calificó de «brutal». Según el vecino, Ramón A. A. T. estaba muy alterado y solicitaba ayuda, por lo que llamó rápidamente a la Guardia Civil.

El resto de la historia ya se conoce. Los agentes hallaron el cadáver en la chabola y detuvieron al homicida. En ese momento ya se había serenado, incluso se mostró colaborador. Admitió que había sido él quien había clavado el bastón en el abdomen de Leiva, cosa que, siempre según su versión, hizo en defensa propia.

Después, ya en el cuartel de la Guardia Civil de Piedras Blancas, cambió de actitud, quizá siguiendo los consejos de su abogado. El caso es que se negó a declarar, cosa que sí hizo ayer ante el juez Badás, al que no terminó de convencer.

Decretó su ingreso en prisión como presunto autor de un delito de homicidio, decisión en la que con casi toda seguridad pesó mucho el crimen que había cometido hace poco más de seis años en la persona de Santiago Dacal. Entonces Ramón A. A. T. tenía 58 años y ya acumulaba un amplio historial delictivo.

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