María Gascó García

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La envenenadora de Castellón

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Parricidio
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 21 de agosto de 1955
  • Perfil de las víctimas: José Ballester Galindo (su marido)
  • Método de matar: Veneno (arsénico vertido en chocolate)
  • Localización: Vila-real, Castellón, España
  • Estado: Condenada a la pena de muerte por parricidio, se interpuso recurso alegando aplicación indebida de la circunstancia de premeditación. El Tribunal Supremo estimó el recurso, anuló la sentencia y condenó a la procesada, como autora de un delito de parricidio con la agravante de empleo de veneno, a la pena de 30 años de reclusión mayor
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María Gascó García

Marisol Donis

Esta mujer, conocida como la envenenadora de Castellón, estaba casada con José Ballester Galindo, residentes en Villarreal de los Infantes (Castellón). El matrimonio tuvo siete hijos. El primer disgusto entre ellos surgió en la Navidad de 1954, por lo que, al día siguiente, María abandonó su hogar. Al parecer se fue detrás de otro hombre y junto a él se dedicó a la venta ambulante en Badalona. Viajando de un lado para otro hasta el 23 de junio de 1955, fecha en la cual se enteró de que su marido había formalizado ante el juzgado una denuncia contra ella por abandono de hogar y de familia. Por ello, regresó a su casa con el fin de convencer al marido de que retirase la denuncia; éste así lo hizo, pero como medida de prudencia le escondió el carné de identidad y el pasaporte.

El día 24 de junio, María adquirió un raticida y lo mezcló con azúcar con intención de dárselo al marido en el desayuno, pero se arrepintió y tiró a la basura el veneno.

En agosto volvió a rondar por su cabeza la misma idea y de nuevo compró el raticida.

En la mañana del 21 de agosto preparó el desayuno para sus hijos, consistente en chocolate cocido; desayunaron los niños y una vez terminaron éstos, en el resto que quedó destinado al desayuno del marido vertió el veneno. Poco después José ingirió el humeante chocolate sin temor alguno, pero a la media hora sintió agudos dolores en el vientre.

Hay que tener en cuenta que el arsénico es un potente veneno para los capilares porque los dilata en forma considerable, pero más aún los situados en la zona abdominal, provocando un shock circulatorio.

Trasladaron a José urgentemente al hospital, a petición de los hijos, y allí, los doctores descubrieron que había sido víctima de un envenenamiento. María, ante ese informe, comentó: «Debe haber caído en el desayuno algún sapo venenoso.»

José falleció en el hospital al mediodía del 23 de agosto de 1955.

María tomó la decisión de acabar con la vida de su marido por temer que éste la agrediera mientras dormía, pues en una ocasión, una de las hijas había visto a su padre esconder un hacha en la alcoba del matrimonio. Por otro lado, ella había iniciado una relación sentimental con otro hombre y éste le escribió una carta en la que le decía que si pensaba reunirse con él se lo dijera, y si no, no le fuera engañando.

Poco tiempo después, ya viuda, María dio a luz un niño del que se hallaba embarazada en el momento del suceso.

Los hechos fueron declarados constitutivos de un delito de parricidio, con las agravantes de: ejecución por medio de veneno y obrar con premeditación conocida.

María fue procesada y condenada a la pena de muerte por parricidio. Contra dicha sentencia se interpuso recurso alegando aplicación indebida de la circunstancia de premeditación. El Tribunal Supremo estimó el recurso, anuló la sentencia de la Audiencia y condenó a la procesada, como autora de un delito de parricidio con la agravante de empleo de veneno, a la pena de treinta años de reclusión mayor.

El tribunal consideró que desde que María concibió la idea de envenenar a su marido hasta que le administró el arsénico vertido en el chocolate «tuvo tiempo de sobra y ocasiones propicias para cometer el crimen, que no fueron aprovechados, y eso indica que en el espíritu de María hubo desistimientos, vacilaciones, indecisión», según reza la sentencia.

Todo ello sirvió para que el tribunal conmutara la pena de muerte.


María Gascó García, la envenenadora de Castellón

Francisco Pérez Abellán

Su vida sentimental tuvo dos etapas perfectamente delimitadas: una de apacible serenidad y otra de agitación y ruptura, en la que quiso escapar de sus fracasos. Pero una y otra vez su existencia la unía al marido, al que acabó viendo como un estorbo, que solo podía salvar eliminándolo. Durante mucho tiempo logró contener sus impulsos sin cambiar su destino.

El pelo recogido en media melena, ojos rectos y separados, protegidos por espesas cejas. La nariz, ni grande ni pequeña, sobre una boca firme de labios finos. El conjunto resultaba agradable bajo una frente ancha y adornado con expresión amable. Este era el rostro de María Gascó cuando contrajo matrimonio con José Ballester Galindo, un 12 de mayo. La ceremonia de la boda se celebró en la iglesia arciprestal de Villarreal de los Infantes (Castellón de la Plana). La unión comenzó con buen pie, siendo los esposos felices durante largos años de estabilidad matrimonial. A lo largo de esta época, dichosa sin alharacas, les nacieron siete hijos: María, José, Luisa, Juana, Francisca, Rosa y Pascual. La mayor tenía veintidós años, y el más pequeño, solo cinco, cuando el padre fue envenenado, el 21 de agosto de 1955.

Después de más de veinte años de vida en común, María y José habían tenido algunos disgustos que ocultaron a sus familias y vecinos, deteriorándose la convivencia sin remedio hasta estallar sin poder seguir manteniéndolo en secreto la noche de Navidad de 1954. Fue en casa de una tía de ella, Carmen, quien les invitó a pasar aquella fiesta sin suponer que algo se había roto para siempre entre los dos. En el domicilio de aquel familiar perdieron las inhibiciones, a base de beber alcohol, lo que terminó en una grave discusión con insultos y agresiones mutuas. No quedaba mucho amor en los pliegues de aquellos sentimientos que alumbraron una familia numerosa. Las heridas que se abrieron aquella noche de la Natividad del Señor parecían destinadas a no sanar. Fue tanta la ofensa que recibió María, o tanta la que se creyó ella haber recibido, que se sintió impedida para volver a mirar a la cara a su marido, por lo que después de haber dormido los excesos que ambos cometieron, y tras metabolizar los vapores del alcohol, siguiendo un arrebato imparable, se marchó de su casa, dejando atrás ropas, hijos y marido.

La indignación la llevó a poner tierra de por medio. Primero viajó a Almazora, de allí a Amposta, y más tarde, a Badalona. Se sabe que algunos de los trayectos los sufragó dedicándose a la venta ambulante de baratijas, lo que apenas le daba para malcomer.

Pese a que no encontró mejores empleos, ni formas más ventajosas de sacar beneficio, María pudo ir subsistiendo durante meses sin parar de viajar. Huía como una loca de un amor roto, de un matrimonio agotado. Su escapada no tenía sentido. Ni había sido premeditada, ni podía dar buenos resultados. Además, su ánimo flaqueaba, puesto que, madre al fin, precisaba saber de sus hijos, por lo que hizo algunas indagaciones que le permitieron saber sobre la buena salud de todos, lo que a la vez le supuso conocer la actuación de su marido, que la había denunciado ante el juzgado por abandono de familia. Asustada por la consecuencia de aquel acto, quiso adelantarse a los requerimientos judiciales, por lo que regresó al hogar el 23 de junio de 1955, tras seis meses de correr la vida alejada de todos.

El marido la acogió sin grandes reproches, contento en el fondo de que hubiera regresado al hogar, donde la tarea del cuidado de los hijos suponía una pesada carga. También es posible que en su pecho hubiera reverdecido parte del antiguo cariño, puesto que accedió en seguida a retirar la demanda judicial aviniéndose a compartir el dormitorio. A lo largo de un corto periodo de tiempo, la pareja se dio una nueva oportunidad, que no cuajaría. La aventura de María no le había salido nada bien en lo económico, y tampoco, por las trazas, parecía haber significado un avance en lo afectivo. En las últimas, tuvo que pedir un préstamo a su cuñado, residente en Badalona, para regresar a Villarreal. Con sus tejemanejes solo consiguió disponer de cinco duros para el viaje y precisó de otro diez para llegar a su domicilio. Aquello fue un componente más de disensión en el matrimonio. El marido le afeaba el hecho de haberle endeudado con su hermano, Emilio Ballester Galindo, por aquel capricho que había tenido sin pensar en las consecuencias. María callaba mientras sentía un auténtico volcán en las entrañas. No solo se sentía incomprendida, sino también maltratada. Su vida era un fracaso, y el culpable de que no le salieran bien las cosas era aquel extraño que compartía su cama, pues su marido se había convertido en una persona con la que apenas podía comunicarse.

Por su parte, José acusaba aquel trato distante de su esposa, que le causaba repentinos arranques de violencia. De creer a la menor de las niñas, el padre había llegado a esconder un hacha pequeña en la alcoba, a la espera de la oscuridad, mientras pronunciaba una frase preñada de amenazas: «Esta noche será la mía», habría dicho. Aunque todo esto podría muy bien ser fruto de una alucinación colectiva, sufrida por la familia a raíz de la angustia de la madre que transmitía un continuo rechazo a la figura paterna. Tal vez la niña vio al padre con alguna herramienta y le malinterpretó, porque lo cierto es que cuando María, alertada por la pequeña, decidió en prevención de males mayores trasladar su colchón a una habitación distinta de la alcoba marital, José la siguió sin hacer preguntas y se acostó junto a ella, sin que volviera a saberse nada de hachas u otros objetos contundentes.

A partir de entonces entraron en un período de enfriamiento de las relaciones en el que José rehuía los contactos, limitándose a no cruzar palabra con su mujer y a evitar nuevas escenas que lo empujaran a reproches u ofensas. Aquella nueva situación se hizo más insufrible, si cabe, para María, que, sin dejar traslucir sus intenciones, comenzó a planear la forma de acabar con su marido. Como habría de recordar ante la policía, el 24 de junio de 1955, fecha que tenía grabada a fuego en el cerebro, se decidió a comprar un raticida que sabía altamente venenoso y lo mezcló con azúcar con la intención de suministrárselo a su esposo con el café con leche. Tras pasar la noche prácticamente en vela, al final, no se atrevió a darle de desayunar el veneno y, arrepentida de lo que había estado preparando, se deshizo de la mezcla arrojándola a la basura, donde aparecerían dos gatos muertos.

Había superado la tentación, pero no acabó con el problema. Se la notaba desasosegada, necesitada de nuevos horizontes. Su marido era un estorbo, y, una y otra vez, no encontraba otra solución que mandarlo bajo tierra. A ratos sentía renovados impulsos de salir corriendo de aquel hogar opresor que la carcomía. Por si fuera poco su incomodidad, José comenzó a vigilarla porque temía que intentara una nueva fuga, lo que le provocaba una gran inquietud. Un día, el marido encontró un pasaporte a su nombre. En secreto, ella había estado preparando su repentina salida hacia Francia, que quedó truncada cuando José hizo desaparecer todos aquellos documentos, incluido el carné de identidad.

Pasaron algunas semanas y ella creyó que se asfixiaba, no solo de calor, en aquella inhóspita casa habitada por todos sus fantasmas: los de la niñez sombría, los de la adolescencia frustrada, los de la juventud que pasó de un embarazo a otro, los de la madurez que la enfrentaba a sí misma con una gran decepción en los ojos. No había estudiado, pero sí fue capaz de aprender de la vida que la voluntad es la única palanca que cambia el destino.

En su cabeza daba vueltas la idea del raticida con azúcar, un método dulce, silencioso, que pasaría desapercibido, o al menos eso creía ella, que no había aprendido nada de sus fracasos. El día 15 de agosto, fecha que recordaba perfectamente, fue a la droguería, donde compró un preparado, con el veneno ya mezclado en una jalea dulzona. Lo adquirió en la tienda de Juan Vicente Carda, para ser precisos, y una vez envuelto en papel de periódico lo escondió debajo de la cama.

No quiso precipitarse. Dejó que pasaran algunos días mientras maduraba sus intenciones. El 21 por la mañana, según consta en sus declaraciones judiciales, María decidió hacer chocolate para el desayuno de toda la familia. El tazón destinado a su marido lo endulzó de forma muy especial. José había salido muy de mañana al campo, sin desayunar, y seguramente, a la vuelta, agradecería aquel suculento refrigerio, como así sucedió. De regreso, el marido se tomó todo lo que le puso sin notar nada extraño, incluso dando muestras de satisfacción al terminar. Sonriente y complacido volvió a sus tareas, hasta que a media mañana notó un lacerante dolor abdominal que le dejó inutilizado. El arsénico le corroía las entrañas. Tuvo que ser ayudado para tenderse en la cama, de la que no podría levantarse ya.

En apariencia, María, y así lo tiene declarado, salió de estampida con cara de preocupación en busca de un médico para aliviar los dolores de José, pero en realidad, y de forma consciente, desvió su trayecto hasta estar segura de que a la hora en que iba a llegar ya no encontraría al médico en su casa, como efectivamente sucedió. Para dificultar aún más la llegada de auxilio, no dejó las señas de su hogar, ni dio datos de quién era el enfermo, con el propósito de que el veneno actuara sin ser detectado. En tanto, los hijos contemplaban conmovidos las quejas de su padre, que levantaba oleadas de compasión con sus ingobernables dolores. Propusieron a la madre, así que regresó al hogar, trasladarle de urgencia al hospital de Castellón.

Nada más ser ingresado, los médicos descubrieron el origen del mal: intoxicación por arsénico. Suspicaces y llenos de sospechas, interrogaron a la esposa por si ella sabía de dónde podría haber venido aquel tóxico que estaba acabando con la vida de su marido. Encontraron en María una mujer primitiva, sin instrucción, que, no obstante, era capaz de fabular con pasmosa tranquilidad. Contestó a su interrogatorio con una frase que tardarían en olvidar: «Miren, no sé si se le habrá caído en el desayuno algún sapo venenoso». María ignoraba que los raticidas no pueden confundirse con el veneno de los sapos. Después de una dolorosa agonía, José dejó de existir a la una del mediodía del 23. Descubierta la autora, la Audiencia Provincial la condenó a la pena de muerte por parricidio con agravantes. El recurso de su abogado, el madrileño Pedro Cristóbal, al Supremo la salvó de morir, aunque la condenó a treinta años de reclusión.

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