María Ascensión Martínez Cabrera

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María Ascensión Martínez Cabrera

La parricida de Ondara

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Parricida - Su marido era "un hombre de mala conducta, violento y pendenciero, con numerosos antecedentes penales, adicto al alcohol y las drogas, cuya única fuente de ingresos era explotar a prostitutas"
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 22 de octubre de 1986
  • Fecha de detención: 22 de octubre de 1986
  • Fecha de nacimiento: 1950
  • Perfil de las víctimas: Su marido, Alejandro Herrera Romera, 38
  • Método de matar: Arma blanca (cuchillo de cocina)
  • Localización: Ondara, Alicante, España
  • Estado: Condenada a 6 años y 6 meses de prisión el 28 de diciembre de 1987. Puesta en libertad el 5 de febrero de 1990
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María Ascensión Martínez Cabrera – La parricida de Ondara

Margarita Landi

«Le quería y le quiero»

El trágico suceso que voy a comentar se produjo el 22 de octubre de 1986 en el pueblo alicantino de Ondara, al que llegué días después en busca de la información precisa para escribir un reportaje sobre los hechos y que conseguí gracias a parientes, amigos y vecinos de María Ascensión Martínez Cabrera, la mujer que conmocionó con su crimen a toda España y que será siempre, siempre, recordada como «la parricida de Ondara». Al día siguiente de su detención, todo el pueblo clamó pidiendo su libertad, porque era bien conocida la mala vida que había llevado junto a un marido granuja, borracho y violento. El vecindario organizó vanas manifestaciones con pancartas en las que se defendía a la buena mujer que se había visto obligada a matar.

Pero no pude completar aquel reportaje hasta poco más de cinco meses después, a finales de abril de 1987, cuando la parricida fue puesta en libertad bajo fianza y toda la población la recibió alborozada. Cuando menos lo esperaban, allí la tenían, en el pueblo, profundamente conmovida, riendo y llorando de emoción, abrazando y besando a sus hijos, a sus padres, a su gran amiga, María Luisa Soler, la mujer que adelantó el medio millón de pesetas para depositar la fianza impuesta por el juez; hubo besos y abrazos para todas las vecinas, conocidas o no, que la aclamaban y la rodeaban con cariño. Verdaderamente, aquel fue un día de fiesta en Ondara.

Cuando las aguas volvieron a su cauce y el ánimo se había serenado, Mari, como la llamaban en el pueblo, tuvo la amabilidad de recibir a la «periodista de Interviú» en la casa de sus padres con los que iba a vivir hasta que la juzgaran por su delito. Allí también estaba María Luisa Soler, quien me advirtió sobre su deseo de que su gesto no fuera tomado en consideración y luego explicó:

-A mí me telefoneó Mari desde la cárcel a las dos de la tarde y me dijo que acababa de saber que si disponía de ese dinero podía salir en libertad. Yo podía facilitárselo. Conseguí que abrieran el banco para que me confirmaran el cheque y se lo entregué a los abogados, pero cuando fueron esa misma tarde no había ninguna persona que pudiera resolver el caso y fue preciso esperar al día siguiente, que era sábado. Lo sentí, porque hubiera querido que esa noche la hubiera pasado ya en libertad. En realidad vamos a recoger ese dinero entre todo el pueblo. A mí me consta que todos quieren contribuir, y si no lo hemos hecho antes ha sido porque, sin saber que iba a salir, no era posible hacerlo y ahora nos ha cogido de sorpresa y por eso yo lo adelanté, para ganar tiempo.

Aquel día logré la información de primera mano. Mari, que entonces tenía treinta y seis años, era una mujer tímida de aspecto apacible y voz suave. Al verla, al oírla recordar lo ocurrido, me pregunté hasta qué grado de agotamiento llegó su paciencia aquella trágica madrugada para convertirla en una máquina de matar. Se lo dice, y ella, con la vista puesta en el pasado, comentó: «Yo pienso ahora que tenía que haber ido a la cárcel antes, porque mi vida ha sido un infierno desde que nació mi primer hijo y Dios sabe que yo le quería, le quería… ¡Señor, si esa noche no hubiera venido!»

Poco a poco fue relatando, a media voz, como si hablara consigo misma, los malos recuerdos grabados en su corazón:

-Mi marido nos tenía atemorizados a mí y a mis hijos. Nada le gustaba, todo le molestaba… Cuando le oíamos llegar, temblábamos: «¡Ay Dios!, ¿cómo vendrá hoy?» Decía que los niños eran subnormales porque les gustaba la música. Yo replicaba: «Si no fuman, no beben; su única afición es la música, ¿por qué no vamos a dejarles?» Si jugaban al fútbol, igual: «Son subnormales.» Yo les decía a ellos, por su bien: «Así es, hijos míos, así son los hombres.» Si un día me llegan a decir que se habían gastado mil pesetas en comer, yo les hubiera contestado: «Muy bien.» Me vino un día mi hijo desde Denla andando a las doce de la noche, porque nadie venía hacia Ondara, y yo le dije: «Hijo mío, otra vez tú tomas un taxi, que yo te lo pago y si no tengo dinero, lo busco.»

-Esto ha sido para nosotros una alegría momentánea -intervino María Luisa-, porque ella es la primera que se hace una ilusión; pero yo digo que aún tiene que salir un juicio que nos tiene que meter el corazón en un puño. Su madre tiene razón, que le piden ocho años y puede que sean los que le salgan, pero ahora habrá salido porque se ha visto que éste es un caso humano, porque sí no todo el pueblo no estaría a su favor, desesperado, diciendo cuando la llevaron a la cárcel: «¿Pero qué se está haciendo?» A nosotros nos importa mucho la muerte de una persona, pero es que en este caso es muy especial…

Y añadió Mari: «Lo que yo he hecho no es para dar la enhorabuena. Si mi vida no vale nada, no ha valido nunca nada. Si no hubiera tenido a mis hijos, que dependen de mí, qué hubiera importado que me llevaran a la cárcel. Pero todo el pueblo sabía que no me pude contener y por eso pedían mi libertad. Estoy muy agradecida… Si tengo que volver, volveré conforme, aunque tenga que dejar otra vez a mis hijos y a mis padres -y, llorando, añadió-: Yo que nunca he ido a fiestas, ni a un baile ni he disfrutado de nada, ya digo que la cárcel no me ha pesado. Ya sé que es lo peor y no se lo deseo a nadie. Es lo último para una persona saber que de esa puerta no se puede salir, pero yo de eso no he tenido pena. ¡Si yo lo tenía en mi casa, si yo no salía y la casa se me caía encima! … »

Tras una pausa para enjugarse las lágrimas, Mari siguió hablando de su marido: «Alejandro, cuando estaba con sus amigas y amigos, era muy diferente. Yo lo veía cuando algunos venían a verle a casa; se mostraba contento y cariñoso. Luego, cuando se iban, todo eran criticas y quejas. Yo pensaba: “Es más falso que judas, ¿cómo puede ser tan amable y luego criticar así?»

-¿Usted sabía que vivía de las mujeres y no protestaba por ello? -le pregunté.

-Tenía cinco trabajando para él, pero yo no podía quejarme -respondió-. Yo nunca podía decir nada, porque se enfurecía y me pegaba. En varias ocasiones estuvo a punto de matarme. Una vez trató de cortarme el cuello con un cuchillo, pero levanté el brazo para protegerme y me hizo dos cortes -y levantó su manga para mostrar los dos trazos blancos de las cicatrices-. Otra vez me golpeó en la cabeza con un hacha y tengo una buena señal; también, en otra ocasión, me puso una cuerda al cuello para ahorcarme. ¿Cómo iba yo a protestar de nada? Lo único que podía hacer era procurar que cuando viniera se sintiera a gusto en casa.

-Como ella siempre le ha mostrado esa sumisión -apuntó María Luisa-, él se crecía y ejercía su dominio cada día más.

-Estaba un mes o veinte días sin venir -comentó Mari- y llegaba sin dinero. De haber estado contento, yo hubiera podido reprochárselo, pero claro, él sabía qué terreno pisaba y entraba ya enfadado, protestando porque no había podido traer nada y yo tenía que decirle: «Bueno, hombre, cálmate, otra vez será.» Siempre trataba de tener paz y me portaba como una tonta, hasta esa noche que no pude evitarlo y le maté. No sé qué me pasó; me cegué… Luego me dijo un señor: «¿Sabe usted cuántas puñaladas le ha dado?» Pues no señor, si me dice que han sido ochenta, lo serán, porque no pude ir contándolas. Yo lo maté porque éramos mis hijos y yo a los que él quería matar y tenía que evitarlo… ¿Lo haría otra vez? Pues no sé. Dios quiera que no me vea de nuevo en esa situación.

Esta mujer sumisa, que durante casi veinte años no se compró más que dos vestidos, que no podía salir de su casa ni para ganar algo trabajando y poder comer, que muchas veces tuvo que dar a su marido el dinero ganado por sus hijos y que se vio humillada, maltratada y violada en tantas ocasiones, dijo con voz ahogada por los recuerdos:

-Yo no me arrepiento nada de mi comportamiento de siempre con mi marido. Es que no sé cómo podía él ser así con nosotros, cuando yo le he querido, le he mimado, le he hecho todo el bien que he podido, siempre paciente, siempre aguantando. Que venía y decía: «Hala, dúchame, dame la ropa… Cariño, me voy de ligue. ¿Voy bien con las botas blancas puestas, esta camisa y esta chaqueta? ¿Voy bien?… Mira que me está esperando una chica y me voy de ligue»… Qué corazón y qué hígado hay que tener para aguantar eso, ¿eh?

Añadió que llegaba muchas veces borracho, le pegaba y también a los hijos; luego se caía, se quedaba dormido en la terraza y ella le tapaba, aunque fuera verano, «por el relente»: «Una vez se cayó en el water, junto a la pared; como pude le llevé a la cama, le puse la mano en la boca cuando devolvió y un pañuelo con colonia en la frente, porque le dolía la cabeza y tenía los ojos saltones… Cuando salía de casa, yo rezaba para que no le pasara nada si conducía borracho porque, ya digo, yo le quería.»

Y la pregunta se impone:

-¿Qué fue lo que pasó esa noche, Mari?

-Cuando llegó a casa estaba como enloquecido. No sé lo que le habría pasado. En dos meses estuvo dieciséis horas fuera de la cárcel, primero por pegar una paliza a una chica y luego por pegar a un hombre. Tuvimos que pagar una fianza de trescientas mil pesetas (que me prestó mi padre) una vez y doscientas mil pesetas otra. No sé lo que le pasó ese día, pero vino enfurecido como nunca y nos dijo que iba a matarnos a todos en cuanto sonaran las cinco campanadas de la iglesia. Tenía como siempre, en la alcoba, un palo y un cuchillo. Me pegó, me quiso ahogar y yo de rodillas le pedía: «Alejandro, por Dios, no me mates delante de tus hijos, dame un veneno que yo me lo beberé tranquila. ¡Dame veneno! ¡Mi vida no vale nada!»

Ella había enviado a sus cinco hijos a dormir para que no vieran a su padre así. Las niñas, en una habitación interior, no oyeron nada, pero los dos chicos sí y estaban dispuestos a defenderla.

-¿Cómo le agredió usted?

-El me agarró dos veces y me pegó una guantada en los labios y después con un palo. Yo tenía que haberme salido de la habitación, pero no lo hice. Con las manos cruzadas y de rodillas le pedí por Dios que se detuviera y no lo hizo. Cogí el cuchillo que él tenía preparado y le di y le di. Se incorporó y fue cuando entraron mis hijos y cogieron el palo. Al verlos me endemonié, porque jamás he querido que se enfrentaran con su padre. No sé qué me entró que les empujé, cerré la puerta y le di, le di, él cayó de espaldas y yo seguí dándole… Ya le digo que me la jugué y no sé si el demonio me dio fuerzas, pero es que al ver a mis hijos y echarles fuera yo era como una fiera y no me podía contener.

-¿Y cuándo se dio cuenta de que estaba muerto?…

-Pues me quedé helada. Mis hijos ya estaban en su habitación y las chiquillas oyeron también gritos. Me dijeron: «Pero mamá ¿qué ha pasado?» Me fui a la cocina, me vi las manos ensangrentadas y me las lavé. Salí a la calle para avisar a mi padre y al juez de paz, pero al llegar a la casa vi que la bata estaba manchada de sangre y sólo pude decir: «Padre, ahora vuelvo.» Volví a mi casa para cambiarme de ropa y regresé, pero él no podía creer lo que le estaba contando. Me dijo que iría a ver al juez y que yo esperase en mi casa. Así lo hice: me tomé unas pastillas y esperé sentada en la escalera hasta que vino el juez y me detuvo la Guardia Civil.

En cuanto a la pregunta que alguien le había hecho sobre si en algún momento había pensado huir, Mar¡ dijo: «¿Para qué iba a huir? Yo es que no pensé en la cárcel. Lo siento por mis hijos y mis padres, que parece que han sido los que más han sufrido, porque yo no me he sentido mal en ningún momento, ni presa ni detenida, y tanto las señoritas como las internas se han portado muy bien conmigo. Nunca me han esposado. Para mí han sido mucho peores los años que he pasado en casa con mi marido. Allí, en la cárcel, he recibido muchísimas cartas, he hecho jerseys para mis hijos y para mis compañeras, he ayudado en la cocina y he realizado un cursillo de especialización en masaje facial, corporal y depilación. Mire: aquí tengo el diploma… Los primeros días tuvieron que aplicarme un tratamiento para dormir, pero después dormía bien. Pensaba que mis hijos podían trabajar y dormir tranquilos, sin sobresaltarse como cuando sentían llegar a su padre.»

Naturalmente, varias personas habían dicho a Mari que debía haberse separado de su marido, a lo que ella replicaba: «Yo se lo dije varias veces: “Alejandro, debemos separarnos y quedar como amigos, pero tranquilo que yo no te voy a pedir dinero. Si quieres tú te quedas con dos hijos y yo me llevo a los otros.” Y él contestaba: “¿Tú te quieres ir?, pues vete. Ya te tengo señalada. Ya te puedes ocultar en el fin del mundo, que te voy a matar. ” El no quería separarse, sabía que tenía la casa, que cuando venía estaba atendido y que, aunque fuera poco, encontraba algo de dinero. ¿Cómo se iba a separar?»

-¿Es cierto que le ha llevado usted luto?

-Pues sí, en la cárcel, durante un mes. Pero las compañeras me dijeron que me lo quitara, y luego mis hijos. Pese a todo, yo rezo por él. Una señora me dijo: «Ay, que se te va a presentar.» Yo no tengo miedo, deseo que descanse en paz y que no haga más daño a nadie. Algún día iré al cementerio a llevarle flores porque, ya digo, le quería y le quiero todavía. Sé que he cometido un delito; no sé cómo pude hacerlo, pero lo hice, así que, si he de volver a la cárcel, iré conforme a cumplir la pena que me impongan.

Lo que sin duda propició la salida de la cárcel bajo fianza de María Ascensión Martínez Cabrera, la mujer que había matado a su marido, Alejandro Herrero Romero, fue el informe emitido por dos psicólogos y dos psiquiatras, con las conclusiones del dictamen pericial llevado a cabo por ellos tras examinarla detenidamente, al final del cual, en su punto 4, decían: «Consideramos, en fin, los hechos como actos automáticos ¡repulsivos y realizados sin control fehaciente, en defensa de su propia vida.»

Debo añadir que al hijo mayor de Mari, Alejandro, que entonces tenía diecinueve años, le declararon exento del servicio militar durante tres años, para que pudiera seguir manteniendo a su familia, ya que su salarlo y el de su hermano Rafael, de dieciséis años, eran los únicos que entraban en casa. Los dos trabajaban en un taller de maquinaria de Denia, la población en que se encuentra enterrado su padre.

Cuando juzgaron a María Ascensión Martínez Cabrera, el 26 de diciembre de 1987 en la Audiencia Provincial de Alicante, le impusieron una condena de seis años y seis Meses. Poco después sería trasladada a otro centro penitenciario de mujeres, en donde acaban de informarme que se encuentra en régimen abierto y trabaja de auxiliar en la Ciudad Sanitaria. Debo añadir que, al comentar la buena conducta y el agradable trato de Mari, una funcionaria de aquella prisión me dijo: «Esta mujer es un encanto.» Yo ya lo sabía.


María Ascensión Martínez Cabrera – La parricida de Ondara

Francisco Pérez Abellán

El marido ejercía un poder tiránico sobre su mujer y sus cinco hijos. Las amenazas de muerte eran constantes. La noche del Crimen llegó de madrugada anunciando que cuando dieran las cinco íba a repartir puñaladas. A pesar de todo su esposa le seguía queriendo.

María Ascensión Martínez Cabrera, de treinta y seis años, madre de cinco hijos, que a la sazón tenían entre los dieciocho y los cinco años, vivía constantemente amenazada de muerte por su marido en la situación más increíble que pueda darse.

El marido, Alejandro Herrera Romera, de treinta y ocho años, apenas se ocupaba del hogar. Dedicado al mundo de la prostitución se ganaba la vida como proxeneta en una docena de clubes nocturnos desparramados por la carretera N-332, entre Denia y Vergel.

Las relaciones entre la pareja estaban completamente deterioradas y degradadas. El marido, según su capricho, aparecía por casa a deshoras, reclamaba cuidados y atenciones, no aportaba dinero suficiente para el sustento de la casa y exigía completa sumisión y entrega por parte de la esposa.

Además, con desplantes chulescos prohibía a la mujer trabajar fuera del hogar -«Si me entero, te mato»-, argumentando que él era suficientemente hombre para alimentar a sus hijos, pero al mismo tiempo sólo entregaba mil pesetas semanales para la manutención de todos y los gastos de la casa. En el trato con su mujer había llegado a un descaro insufrible dedicándole toda clase de afrentas. Por ejemplo, le decía: «¿Van bien estas botas con esta chaqueta y este pantalón? Es que salgo de ligue.» O todavía con mayor escarnio: «Haz la cama en seguida, que me voy a acostar con esta amiga … »

María Ascensión -a la que todos llaman Mary-, se había resignado a aguantar las violencias físicas y psíquicas. Con frecuencia era objeto de malos tratos y tenía que ocultar una herida o un ojo morado porque su marido se volvía irascible e incontrolable bajo los efectos del alcohol.

El matrimonio vivía en Ondara, un pequeño pueblo alicantino de menos de 5.000 habitantes, a 8 kilómetros de Denia, donde prácticamente todo el mundo conocía a lo que se dedicaba Alejandro, sus costumbres y carácter, así como el trato que daba a su mujer quien gozaba de general simpatía y comprensión.

A pesar del gradual empeoramiento de las relaciones, Mary se esforzaba para mantener una apariencia de normalidad, trabajando a escondidas, logrando sacar a sus hijos adelante, sobrellevando las penalidades impuestas por su matrimonio. Nadie la escuchó nunca lamentarse de su situación ni criticar a su marido. Todo lo sufría en silencio acostumbrada a un largo martirio que duraba casi veinte años.

Mary, natural de Beas de Segura (Jaén), llegó a Ondara con su familia en 1962, siendo todavía una niña. Al poco comenzó a trabajar como chica de servicio interna en casa de María Luisa Soler que habría de ser la estanquera del pueblo y su gran amiga. Allí, debido a su buena disposición y trato afable, se convirtió en un miembro más de la familia, llegando a un grado de confianza tal que hasta compartían la misma cama.

Con el tiempo María Luisa habría de convertirse en su madrina de boda y en su «hada madrina», porque adelantaría las quinientas mil pesetas de fianza necesarias para que Mary saliera de la cárcel y pudiera abrazar a sus hijos en el peor mal trago de su existencia. En aquella casa en la que había entrado a servir era tratada como una hija y como tal proporcionó un disgusto tremendo a la familia cuando se quedó embarazada, con sólo dieciséis años, de Alejandro, un chico que había llegado con sus padres de Argamasilla, Ciudad Real, en el que todos descubrían ademanes y actitudes violentas. Pero Mary estaba ciegamente enamorada.

Inmediatamente después de casados, ella se puso a trabajar por horas en cualquier cosa que le saliera hasta que su marido le prohibió que siguiera haciéndolo. Si en un principio Alejandro encontró empleo en la Ford, donde incluso le ofrecieron pagarle una estancia en Estados Unidos o Gran Bretaña para mejorar su preparación porque tenía muy buenas manos, al poco decidieron echarlo porque decía que no podía ir a trabajar los lunes alegando estar muy cansado.

Pronto se apartó del trabajo honrado para iniciar su vida en los bajos fondos reclutando prostitutas para explotarlas. Esta actividad cada vez la ejercía con mayor descaro apareciendo por el pueblo con nuevas amiguitas en coches deslumbrantes.

Cuando nació el primer hijo mostró el rasgo más brutal de su carácter. Fue al volver Mary de la clínica. Alejandro con muy malos modos le dijo que ojalá no hubieran vuelto ni el niño ni ella. A pesar de aquello, con el transcurso de los años fueron naciendo los demás hijos. La pareja se juntó con cinco. Los esfuerzos para vestir y alimentar a todos eran agotadores. Por los días del crimen, Mary hacía bolsos y lámparas de mimbre para cubrir todos los gastos. Eso sí, siempre andaba corta de dinero.

No obstante, la economía familiar había mejorado en los últimos tiempos gracias a los ingresos de los chicos mayores que trabajaban deshuesando aceitunas. Eso era así aunque el marido, en sus frecuentes desplantes alcohólicos, no sólo no aportaba nada al hogar, sino que se llevaba el dinero que encontraba procedente del trabajo de sus hijos. Unos días antes del crimen hizo pedazos un billete de cinco mil pesetas para demostrar que le sobraba el dinero. La fanfarronería y despropósito del marido llegaron a su cenit la madrugada del 27 de octubre de 1986.

Alejandro Herrera, que era enjuto y no muy alto, se presentó en el domicilio familiar, situado en la calle Bajada de San Antonio, 1, sobre las tres de la mañana, iniciando una violenta discusión con su mujer, borracho y ruidoso, anunciando que al día siguiente pensaba cargarse a su vecino, Marquet, nadie sabe bien por qué -«y luego vas tú»- amenazó a la esposa.

Le dio un golpe en la boca únicamente por esas raras manías que se apoderan de los alcohólicos. Alborotó con gritos e insultos, se desnudó y se metió en la cama. Alejandro siempre se iba a dormir con algún arma u objeto contundente porque en sus delirios pensaba que podría ser atacado durante el sueño. Aquella noche no fue una excepción. Se hizo acampanar por un garrote y un puñal. Pero ni siquiera aquello le calmó lo suficiente para dormir. Escuchaba cada una de las campanadas del cercano reloj de la torre parroquias. Al rato, dijo: «Cuando suenen las cinco, cinco puñaladas te voy a dar.»

Mary no dudó ni por un momento que lo decía en serio. Por eso le suplicó que si quería matarla, que por favor la envenenara y no lo hiciera de forma dolorosa. También le imploró: «No me mates delante de tus hijos.» Al oír aquello, él la tomó con los niños y amenazó reiteradamente con matarlos.

La borrachera de aquella noche era especialmente pesada y sanguinaria. Mary se sintió aterrorizada. Cuando su marido se ponía violento se le representaban las veces que la había maltratado. En una ocasión le había tirado un hacha de cortar carne produciéndole un profundo corte en un hombro. No la mató de milagro. Tampoco podía olvidar cuando la apuntó con una escopeta cargada. De modo que no le era difícil imaginárselo emprendiéndola con ella a golpes y puñaladas.

Mary se había puesto la bata y quiso dejarlo solo para que se calmase. Pero él no le permitió abrir la puerta. Se lanzó hacia ella y quiso golpearla. Falló el golpe, que se estrelló contra una lámpara. Entonces Mary fue a la cocina a por un cuchillo, según queda probado en la sentencia. Vio la cara de la muerte y se asustó, sobre todo por sus hijos que dormían en las habitaciones vecinas, aunque con la pelea seguramente se despertarían.

Tenía que volver a la habitación porque allí seguía la amenaza. Mary empuñó el cuchillo y por primera vez en su vida le levantó la mano a su marido: le apuñaló con fuerza. Alejandro la agarró por el cuello, pero Mary le acuchillaba una y otra vez. El hombre cayó al suelo. Cuando el hijo mayor quiso mediar en la pelea ya había mucha sangre. El juez instructor valoró la posibilidad de que el hijo hubiera golpeado al padre, con el garrote para defender a la madre, pero acabaría por exculparlo.

Mary no podría decir cuántas fueron las cuchilladas. Entraban en el cuerpo de su marido por todas partes. Una y otra vez hundió el arma. Fueron no menos de once veces, pero ella no sabe decir cuántas. El caso es que Alejandro estaba caído, sin fuerzas, entregado a la duermevela de la muerte. Mary logró echar a los hijos de la habitación y cerrar la puerta. Se quedó a solas con su marido que ya no respondía, ni respiraba, pensando lo que había hecho. Sintió temor. Temió por sus hijos: «¿Qué iba a ser de ellos?» Pero también sintió de una forma incontenible la sensación de que las llamas del infierno se habían apagado.

Era para no olvidarlo nunca la dureza de corazón que a veces mostraba el muerto. Hablaba de su familia y le decía: «Cuando vengan mis padres les echaré el pan a trozos al suelo para que lo recojan como los perros.» Su marido se había convertido en una persona insoportable. Mary había soportado una vida dura, llena de insultos, agrias discusiones y escenas violentas.

No quiso pensarlo más. Fue a buscar a su padre y juntos decidieron contar lo ocurrido a la Guardia Civil de Vergel, a 3 kilómetros de Ondara. En los ojos de los agentes que escuchaban su relato, Mary pudo distinguir comprensión y consideración, seguramente porque ellos también sabían que en el fondo el muerto era el único culpable.

En cuanto el pueblo se enteró se dispuso a apoyar a la mujer que había vivido semienterrada en vida, humillada y golpeada hasta la desesperación. Todo el pueblo de Ondara batalló para que la ley fuera clemente. Salió a la calle para manifestarse dos veces en tres días.

En un primer momento, Mary y su hijo mayor fueron acusados de parricidio. Luego, el hijo fue puesto en libertad sin cargos. Ella recibió una condena suave de seis años y medio de prisión. Transcurridos dos años y dos meses fue puesta en libertad condicional. Durante todo el tiempo que estuvo en prisión e incluso después, la célebre parricida de Ondara sostuvo que siempre había querido a su marido y que, a pesar de lo que había pasado, lo seguía queriendo.

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