María Ángeles Molina Fernández

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María Ángeles Molina

Angie

  • Clasificación: Homicida
  • Características: Cobro de seguros de vida - Molina suplantó la identidad de la víctima durante dos años para contratar préstamos bancarios y seguros de vida de más de un millón de euros
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 19 de febrero de 2008
  • Fecha de detención: 12 de marzo de 2008
  • Perfil de las víctimas: Ana María Páez, de 35 años (su amiga)
  • Método de matar: Asfixia con una bolsa de plástico
  • Localización: Barcelona, España
  • Estado: Condenada a 22 años de prisión por falsedad documental y asesinato el 19 de marzo de 2012. Posteriormente, el 5 de junio de 2013, el Tribunal Supremo rebajó la condena a 18 años de cárcel tras cambiar la consideración del crimen de asesinato a homicidio doloso
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María Ángeles Molina – Crimen perfecto

Mayka Navarro – El Periódico de Aragón

27 de abril de 2008

No existe el crimen perfecto, pero María Ángeles Molina Fernández, de 40 años -Angie para todos- lo creyó y lo intentó. Desde el 12 de marzo esta mujer está encarcelada acusada de asesinar, el 18 de febrero, a Ana María Páez Capitán, de 35 años, una joven hallada desnuda y con una bolsa en la cabeza en un piso de Barcelona. Parecía un suicidio, o incluso el fatídico resultado de una arriesgada práctica sexual, pero una investigación policial acaba de revelar que la presunta asesina planificó durante meses la muerte de Ana con un solo fin: dinero. Hacía dos años que la detenida suplantaba la identidad de su víctima para contratar préstamos bancarios y seguros de vida. A pesar del concienzudo diseño de su coartada, los Mossos d’Esquadra llegaron hasta ella.

Conviene regresar al jueves 21 de febrero. La empleada de la limpieza de unos apartamentos de alquiler por días encontró ese día el cuerpo de una joven sobre un sofá. Llevaba una bolsa de plástico en la cabeza, fijada con cinta aislante y ningún signo de violencia aparente. La autopsia reveló un detalle desconcertante. Había restos de semen en la boca y en la parte exterior de la vagina. De dos hombres diferentes.

Solo unas botas

La titular del juzgado de instrucción número 25, Elena Carasol Campillo, tuteló las pesquisas de los agentes de homicidios de la unidad de delitos contra las personas de los Mossos de Barcelona. Varias cosas llamaron la atención de los investigadores. En el apartamento no encontraron ni un solo objeto personal de la víctima que permitiera su identificación. Ni su ropa ni su documentación estaban ahí. Junto al cuerpo había una peluca negra y unas botas. Alguien se llevó el resto.

El apartamento estaba alquilado por tres días, del 18 al 21 de febrero, a nombre de la víctima. Los investigadores comprobaron que, tres días antes, los padres y la pareja de Ana habían denunciado su desaparición en una comisaría de los Mossos. Los familiares identificaron el cadáver y los investigadores empezaron a indagar en su vida.

Feliz, reservada, responsable y extremadamente creativa, el entorno afectivo de la fallecida rechazó la hipótesis del suicidio y mostró razonables dudas ante la posibilidad de que Ana fuera capaz de llevar a sus espaldas una doble vida.

Pronto, una persona centró la atención de los agentes: Angie. Trabajó durante años con la víctima en una empresa textil y el día de su desaparición Ana contó a su pareja que cenaría con su amiga. A pesar de que ya no trabajaban juntas, conservaban la relación y se veían de vez en cuando.

En sus primeras declaraciones ante los Mossos, Angie admitió que habló por el móvil con Ana el martes de la desaparición, pero que no la vio. Y expuso su coartada. No podía haber quedado con su amiga porque precisamente ese día regresaba en coche desde Zaragoza. Venía de recoger las cenizas de su madre.

Melena negra

En las horas previas a su desaparición, la víctima había extraído una importante cantidad de dinero de una de sus cuentas corrientes. Los investigadores concretaron la hora y revisaron las imágenes de las cámaras de seguridad de la oficina. Ninguna de las mujeres que entró ese día a ese banco se parecía a Ana Páez, pero destacaba una atractiva mujer con una melena negra repeinada en exceso, como si llevara una peluca, similar, por cierto, a la encontrada junto al cadáver.

El horror de las estadísticas se empecina en demostrar que principalmente se mata por dinero y por amor. A Ana, los que la querían, los que la quieren, la quieren bien, con amor del bueno. Los investigadores de homicidios de Barcelona sostienen ante la juez que Angie mató a su amiga movida solo por la ambición y el dinero.

Angie llevaba dos años desdoblándose en Ana. Suplantando su identidad, contrató varios préstamos y seguros de vida. Se hacía pasar por Ana y firmaba como Ana. No tuvo ninguna dificultad en conseguir préstamos bancarios de más de 20.000 euros y firmar seguros de vida en los que nombraba beneficiaria a una tercera mujer, ajena a la trama. Hubo un momento en que -siempre presuntamente- decidió matar a Ana. Y empezó a planificar el crimen y su coartada. Se citó con su amiga para cenar. Esa misma mañana, se puso su peluca negra y volvió a hacer de Ana para alquilar el apartamento por tres noches. Después acudió a una casa de prostitución masculina de Barcelona con la que ya había contactado por teléfono para contratar los servicios de dos hombres. No permitió que la tocaran. Extrajo dos recipientes de farmacia y les pidió que eyacularan.

El martes, Angie se citó con Ana en el apartamento. Antes, la mujer tuvo tiempo de ir y volver a Zaragoza donde, efectivamente, recogió las cenizas de su madre.

De vuelta, las dos mujeres cenaron. La asesina durmió a su víctima y modificó la escena. Tumbó a Ana en el sofá y la desnudó sin desprenderla de sus joyas. Colocó semen de los dos gigolós, en la boca y en la vagina, por separado, y le ató una bolsa de plástico en la cabeza, que selló con cinta aislante para provocar que la joven muriera por asfixia. Limpió el apartamento y se llevó la ropa de Ana. Ajena al dolor, sin remordimientos, y actuando, una vez más, como otros asesinos, acudió al entierro de su víctima.


En defensa de Ana

Mayka Navarro – Elperiodico.com

9 de enero de 2012

«No existe el crimen perfecto, pero María Ángeles Molina Fernández, Angie, de 40 años, lo creyó y lo intentó…» Así encabezaba este diario la crónica del vil asesinato de Ana María Páez Capitán, que entonces tenía 35 años, el 19 de febrero del 2008 en un apartamento de Gràcia. Mañana, Angie se sentará en el banquillo acusada de asesinar a su amiga, cuya identidad suplantó durante dos años, con el único fin de conseguir dinero con los préstamos y pólizas de seguros que firmó en su nombre. La fiscalía pide 24 años de cárcel. La familia la máxima pena, 30 años. No pueden cambiar el pasado, pero si conseguir el peor presente para la acusada. Quieren justicia para Ana.

¿Cuánto hace que los Mossos d’Esquadra investigan los homicidios en la ciudad de Barcelona? ¿Ocho años? Pues todavía hoy, cuando se pregunta a un mando policial que elija un crimen, hablan del crimen de Gràcia. En el recuerdo, el clásico filme de Alfred Hitchcock. La investigación, tutelada por la juez Elena Carasol, fue difícil, complicada y sutil. Y resultó perfecta porque se logró desenmascarar a una asesina meticulosa, inteligente, fría, manipuladora que todavía hoy continúa en la cárcel defendiéndose e insistiendo en su inocencia.

Aseguran algunos psiquiatras forenses que las mujeres son mucho más perversas a la hora de matar. Angie es un buen ejemplo.

Las dos mujeres se conocían desde hacía seis años. Angie había sido jefa de Ana, y la noche del 19 de febrero del 2008 la citó a cenar en un apartamento alquilado del número 36 de la calle de Camprodon. Después de comer, utilizó cloroformo para dormirla. Cubrió la cabeza de Ana con una bolsa de plástico, y la anudó al cuello con cinta aislante hasta asfixiarla. La desnudó y abandonó su cuerpo tendido en el sofá, junto a una peluca y unas botas negras.

Semen de dos hombres

Mientras Carlos, el compañero de Ana, y sus padres, denunciaban la desaparición de la joven, los Mossos identificaban por las huellas el cadáver que encontró la mujer de la limpieza del hotel. En la boca y la vagina, los forenses hallaron restos de semen de dos hombres diferentes.

La asesina ideó un escenario para simular un suicidio o una arriesgada práctica sexual. Pero no convenció a los Mossos, que centraron sus sospechas en Angie, la amiga con la que Ana se había citado esa noche para cenar y que presentó una coartada: había viajado a Zaragoza a recoger las cenizas de su madre. Y era verdad, pero en tiempos compatibles con el asesinato.

Los Mossos descubrieron que durante dos años, Angie se hizo pasar por Ana. Con su firma, consiguió grandes cantidades de dinero. A Ana la mató con el único fin de cobrar las pólizas de vida que había suscrito poniendo de beneficiaria a una tercera persona, ajena también a la trama.

Sin antecedentes, extrovertida, atractiva, viuda y madre de un hijo, en el momento del crimen convivía con un empresario. A él se le investigó hasta que se descartó que estuviera al corriente de nada.

Sin escrúpulos, Angie, como otras asesinas, se presentó en el entierro de Ana. Fue su principal error. Ese día vio por primera vez al novio de Ana. Días después, el hombre la reconocería como la mujer de pelo negro y botas a la que las cámaras de seguridad grabaron entrando en un banco haciéndose pasar por Ana, para sacar dinero de una cuenta. La investigaron durante cuatro meses. Aguantó interrogatorios. Nunca se derrumbó. Siempre ha negado ser la asesina. Y mañana, probablemente, lo seguirá negando.


La acusada por el «crimen perfecto» maniobra para salir libre antes del juicio

Jesús García – Elpais.com

11 de enero de 2012

María Ángeles Molina Fernández, Angie, se sentó frente al juez toda de negro, arreglada como para salir de fiesta -chupa de cuero, botas de ante, pantalones ajustados-, y habló con una serenidad pasmosa, como si no pesara sobre ella una petición fiscal de 24 años de cárcel por asesinato. Ni la presión de los familiares de su víctima, Ana Páez, ni las advertencias del magistrado la inquietaron un ápice: «Quiero cambiar de abogado».

Los familiares de Páez, que el 19 de febrero de 2008 encontró una muerte cruel en su apartamento de Gràcia, no pudieron reprimir su ira contra Angie, la presunta asesina que nunca, en estos cuatro años, se ha derrumbado pese a la evidencia de las pruebas contra ella. La prisión preventiva de Angie vence el próximo 12 de marzo. Por eso intentó ayer una maniobra dilatoria que no salió como esperaba.

Tras cuatro años de sintonía, la víspera del juicio comunicó a su abogado que prescindía de sus servicios por desacuerdos en la estrategia de defensa. «Mi nueva abogada se llama Carmen Gómez Martín, o Martínez», dijo ayer Angie  -que se alisó el cabello con plancha para acudir a la Audiencia de Barcelona- mientras extraía un papel del bolsillo con el teléfono de la letrada. «Esto es el paradigma de fraude procesal. A partir de hoy, queda en suspenso el cumplimiento de la prisión provisional», le espetó, irritado, el magistrado Pedro Martín.

Pese a la apretada agenda de la sección segunda, se acordó retomar el juicio el 20 de febrero, o sea, antes de que Angie salga de la cárcel. El objetivo es dictar sentencia cuanto antes para evitar que la acusada salga de la cárcel y pueda huir. El tribunal estudia ahora la petición formulada ayer por el fiscal, Fernando Maldonado, y el abogado de la familia, Emilio Zegrí, para que el contador de la prisión preventiva quede congelado hasta que se dicte sentencia.

Pese a ser consciente de la maniobra dilatoria, el magistrado acabó consintiendo el aplazamiento del juicio. Sobre todo, porque el exabogado de Angie hubiese quedado en una posición «ética y deontológica muy difícil», al tener que defender a una mujer que le ha retirado su confianza. La acusada, pues, ha ganado tiempo, pero no el suficiente para quedar en libertad. Otro de los abogados advirtió sobre el riesgo de fuga de la acusada, «dada su facilidad para suplantar identidades».

Los familiares, sin embargo, se mostraron indignados por la decisión y persiguieron con insultos a Angie a la salida de la sala. «La justicia es una mierda», resumió un amigo. El aplazamiento del juicio alarga el sufrimiento de los padres tras un asesinato que llegó a bautizarse como «el crimen perfecto», por la meticulosidad y el grado de perversión con el que fue ideado y ejecutado.

Tras cenar juntas, María Ángeles Molina asesinó a su amiga Ana Páez para cobrar los seguros de vida que contrató suplantando su identidad. Angie dejó pistas falsas e impregnó el cadáver con esperma de dos hombres -cuyos servicios contrató en un burdel de prostitución masculina- para que los Mossos d’Esquadra pensaran en un móvil sexual. La acusada, que también había suscrito contratos de préstamo con bancos tras apoderarse del DNI de su amiga y haciéndose pasar por ella, le colocó una bolsa en la cabeza y la asfixió.


Angie, la imperturbable

Jesús García – Elpais.com

20 de febrero de 2012

María Ángeles Molina, Angie, la mujer acusada de asesinar a su amiga Ana María Páez tras suplantar su identidad durante dos años, obvió este lunes el alud de pruebas que existen contra ella y negó ser la autora del crimen perfecto. Angie lleva cuatro años en la cárcel por esos hechos y el fiscal pide una pena de 24 años. Hasta ahora, no se ha derrumbado. El lunes, en el primer día del juicio que se sigue contra ella en la Audiencia de Barcelona, tampoco lo hizo. Se defendió de las acusaciones como pudo; en ocasiones, con coartadas inverosímiles y explicaciones raras; otras veces, negando la mayor o culpando a su abogado, siempre fría y desafiante ante los jueces y ajena al dolor de la familia, que llenó la sala de vistas.

Molina era jefa de Páez en la empresa donde se conocieron hace 10 años y allí entablaron «una relación de amistad», declaró la acusada. La noche de los hechos (el 19 de febrero de 2008) cenaron juntas. Angie durmió a su víctima con cloroformo y la asfixió hasta matarla con una bolsa de plástico. Después, introdujo esperma en la boca y la vagina de Páez para despistar a la policía y simular un crimen sexual.

La acusada explicó con todo lujo de detalles -algunos, innecesarios- su coartada para aquella jornada. Por la mañana, dijo, se fue a Zaragoza con su Porsche -uno de los tres vehículos de alta gama que poseía- «a recoger las cenizas» de su madre. Allí comió con unos amigos y, de regreso a Barcelona, sufrió un percance en una gasolinera -olvidó extraer el surtidor y el coche sufrió daños- que motivó la intervención de dos agentes de la Guardia Civil.

El abogado de la familia, Emilio Zegrí, preguntó por qué, en todo este tiempo, la acusada no ha pedido que esos supuestos amigos y agentes testifiquen en su favor. «Se lo dije a mi abogado, pero no hizo nada», dijo Molina, que renunció a sus servicios hace tres semanas en una vana estrategia por salir en libertad (pronto vence el plazo de prisión provisional) que solo ha servido para retrasar la celebración del juicio. Angie convirtió a su antiguo letrado en chivo expiatorio y causante de todos sus males.

A las ocho de la tarde de ese día, Angie regresó a Barcelona y, según ella, se fue a El Corte Inglés -«tenía que comprar un reloj Cartier para mi pareja, era su cumpleaños al día siguiente»-, compró «yogures de dulce de leche» en un Opencor y se marchó, sin más, a casa. Molina sostuvo que su único contacto con la víctima ese día fue una llamada que esta le hizo al móvil, mientras regresaba de Zaragoza, en la que le pedía que «le siguiera el rollo» y le indicara en qué estación de tren debía bajar.

El fiscal Fernando Maldonado acorraló a la acusada recordándole el sinfín de documentos, testimonios y evidencias que la señalan como culpable. Por ejemplo, que en el registro posterior a su vivienda se halló un bote de cloroformo. Molina dijo que lo había comprado por dos razones, a cual más extravagante. Una: que se lo habían recomendado para arreglar «unos candelabros de plata y metacrilato». Y dos: que su hija lo necesitaba para unas «prácticas con un conejo» que debía hacer en la escuela.

Según acredita la investigación, Angie usó una peluca para hacerse pasar por su amiga y contratar servicios con distintos bancos. La acusada no se reconoció en las imágenes captadas por las cámaras de vigilancias de las entidades bancarias. «Me gustaban las pelucas, las usaba para juegos sexuales», defendió. También intentó dar respuesta al hecho de que los Mossos d’Esquadra hallaran restos de su ADN en el apartamento de Gràcia donde apareció el cadáver de Páez. Dijo que bien podía ser porque había prestado una de sus pelucas a su amiga, que la había encontrado «mona», y ya se sabe que ahí siempre quedan restos de cabello.

¿Por qué tenía una fotocopia del DNI de Páez en su casa? «Porque, como jefa de personal, compraba billetes de avión a los empleados», respondió la acusada, que no mostró ni una pizca de nervios y adoptó un tono desenfadado y, en ocasiones, desafiante. En casa de su pareja, además, se halló el DNI de la fallecida. Pero todo tiene su razón de ser en la versión de Angie: su amiga lo había dejado allí por un descuido y pensaba devolvérselo. Pero cuando la policía la interrogó por primera vez, como testigo, le entró miedo y decidió «guardarlo» tras la cisterna del lavabo.

Empleados de entidades bancarias reconocen a Molina como la persona con la que se entrevistaron para contratar pólizas de seguro, préstamos y cuentas corrientes. Los peritos señalan que la firma estampada en esos contratos, con el nombre de Ana Páez, corresponde a la acusada. Ella lo negó y defendió que su letra «a» es «más redonda». Además, un joven reconoce que le pidió que se masturbara delante de ella y le entregase el semen. Ante esas evidencias, que dependen ya del testimonio de otras personas, Angie se limitó a decir «no» o «no sé».

«¿Usted quería obtener dinero y por eso mató a Ana Páez?», preguntó el fiscal Maldonado. Pero la defensa trató de desmontar el móvil económico con el argumento de que Molina disfrutaba ya de un elevado tren de vida y no necesitaba recurrir a esas argucias. La acusada dijo que ingresaba unos 7.500 euros al mes entre su sueldo, una pensión y el alquiler de una casa en Las Palmas, además de disfrutar de una asignación paterna de unos 100.000 euros anuales.

En su intento de descargarse de culpas, Molina aludió a supuestos problemas de Páez con su pareja, que este negó después en su declaración como testigo. «Ella quería tener hijos y él no», dijo la acusada, que también habló de una presunta llamada de él preocupado por que pudiera haber otro hombre.

En el rastreo de su ordenador, la policía descubrió que había buscado en Internet palabras como «cloroformo», «muerte» y «certificados de defunción». Angie contestó imperturbable como siempre: «Mi madre había muerto y quería saber qué tenía que hacer para cancelar una cuenta a su nombre».


Los testigos desmontan las tesis de la acusada por el «crimen perfecto»

Jesús García – Elpais.com

22 de febrero de 2012

Los testigos que declararon el martes en el juicio por el crimen perfecto echaron por tierra las coartadas de la acusada, María Ángeles Molina. La mujer afronta una petición de 24 años de cárcel por suplantar la identidad de su amiga Ana María Páez y asesinarla para cobrar préstamos y seguros de vida que había contratado a su nombre. Seis trabajadores de entidades bancarias y compañías de seguros identificaron a Molina como la persona que, en poder del DNI de su amiga y ataviada con una peluca, contrató esos servicios.

La acusada, conocida como Angie, firmó los contratos con total impunidad durante dos años sin que los empleados se dieran cuenta de que no era la misma persona que aparecía en el carnet de identidad. Ocurre que, en «muchísimas ocasiones», según declaró uno de los testigos, el parecido entre la persona física y su foto de carnet es relativo.

La abogada de Angie afeó a los trabajadores su escasa diligencia y se aferró a la declaración, discordante, de uno de los siete empleados que pasaron por la Audiencia de Barcelona. Una mujer afirmó que fue Páez quien acudió a contratar un fondo de inversión de 6.000 euros acompañada por un hombre «moreno y de pelo rizado».

Esos rasgos coinciden con uno de los gigolós «morenos y sudamericanos» a quienes Angie contrató para que eyacularan en un bote de plástico. Tras asfixiar a Páez con una bolsa de plástico, impregnó ese esperma en la vagina y la boca de su víctima para apuntar a un móvil sexual y confundir a los Mossos d’Esquadra. La descripción del joven que se masturbó frente a la acusada la dio el encargado del local American Gigoló, otro de los testigos.

El responsable del local también identificó sin dudarlo a la acusada como la mujer que contrató por 200 euros a los chicos para un servicio que «no era habitual». La acusada, que también acudió allí con peluca -dice que la usaba para «juegos sexuales», y no para suplantar a Páez- le explicó que «había hecho una apuesta con unas amigas de que estaría con un gigoló» y necesitaba una prueba. El hombre está fuera de España y no ha podido ser localizado.

Los hechos ocurrieron el 19 de febrero de 2008 en un apartamento de Gràcia. En el primer día de juicio, Angie explicó que ese día viajó a Zaragoza para recoger las cenizas de su madre -que había muerto un año antes- y regresó por la tarde a Barcelona. Por la noche, cuando ocurrió el crimen, buscó un regalo de cumpleaños para su marido, compró yogures en un supermercado y se fue a casa.

Pero los agentes que participaron en la investigación desmontaron su coartada. El rastreo del móvil de Angie la situaba, a las nueve de la noche de ese día, a 300 metros del apartamento donde, horas después, la señora de la limpieza halló el cadáver desnudo de Páez. La expareja de la acusada -que entregó a la policía los documentos originales de la víctima, que Angie había escondido en la cisterna de su piso- afirmó que llegó a casa «nerviosa» alrededor de las 22.30 horas.

Las cartas que los bancos enviaron con el nombre de Páez al domicilio de Molina fueron la primera pista de la policía, que, tras detener a Angie, registró su piso y halló un bote de cloroformo que había usado, supuestamente, para dormir a la víctima antes de asesinarla. El frasco, sin embargo, estaba cerrado y sin usar, detallaron los agentes.


Un crimen no tan perfecto

Jesús García – Elpais.com

28 de febrero de 2012

El crimen perfecto no fue, al fin y al cabo, tan perfecto. La fiscalía desgranó ayer, en la última sesión del juicio por el vil asesinato de Ana Páez, la «multitud de pruebas» que pesan sobre la acusada, Ángeles Molina -conocida como Angie-, así como los errores que esta cometió. Pese a haber planeado el crimen de forma meticulosa, algunos de esos indicios se pueden achacar a la impericia de Angie, que fue detenida por los Mossos d’Esquadra solo tres semanas después del crimen. Además de dar explicaciones inverosímiles, la acusada dejó pistas en el lugar de los hechos -restos de cabello en una peluca- y fue reconocida como suplantadora por demasiadas personas como para salir airosa.

«Hay indicios más que abrumadores contra la acusada», exclamó el abogado de la familia, Emilio Zegrí, en un discurso vehemente en el que tildó a Angie de «psicópata». «Es una persona ensimismada, fría, sin empatía ni sentimiento de culpa», añadió Zegrí, que insistió en que la acusada quería «matar y cobrar». El fiscal Fernando Maldonado tampoco ahorró calificativos -«fría, calculadora y muy inteligente»- y desmontó los intentos de la defensa de hallar grietas en la investigación.

Tras apoderarse del DNI y otros documentos de su «amiga» Ana Páez, Angie contrató préstamos a su nombre. Los empleados de los bancos la reconocieron en el juicio como la mujer que, con una peluca, firmó los contratos. Los peritos caligráficos ratifican que la firma es de la acusada, cuya imagen fue captada, además, por cámaras de vigilancia. «¡Dios bendiga a los cajeros automáticos!», proclamó Zegrí.

Unas semanas antes del crimen, ocurrido en febrero de 2008, la acusada suscribió seguros de vida por valor de 1,2 millones, también a nombre de Páez. En su plan para desviar la atención y apuntar a un crimen sexual, la acusada contrató a dos gigolós para que eyacularan en un bote de plástico. Angie adormeció a la víctima, la asfixió e impregnó con ese semen la vagina y la boca del cadáver.

Mientras que la abogada de la acusada, Carmen Gómez, pide la absolución por los «cabos sueltos» y las «conjeturas» del caso, el fiscal insiste en que «no hay ninguna duda» sobre las pruebas que la incriminan y tacha sus explicaciones de «surrealistas». El juicio quedó visto para sentencia. La acusada, que lleva cuatro años en prisión provisional, afronta una petición de pena de 24 años.


La Audiencia de Barcelona condena a 22 años a la asesina del «crimen perfecto»

Jesús García – Elpais.com

19 de marzo de 2012

La Audiencia de Barcelona ha condenado a 22 años de cárcel a María Ángeles Molina, conocida como Angie, por el asesinato de su amiga Ana Páez en un apartamento del barrio barcelonés de Gràcia, en 2008. Angie aprovechó la relación de amistad que mantenía con su víctima para apoderarse de sus documentos personales. Con «el propósito de obtener un beneficio económico», recoge la sentencia, suscribió préstamos y seguros de vida a nombre de Páez por un importe superior al millón de euros. Como beneficiaria de esos servicios aparecía Susana B., una mujer «totalmente ajena al plan delictivo» que cometió el error de olvidar su DNI en una copistería de la avenida Diagonal.

El tribunal concluye que Angie es autora de un delito de asesinato con alevosía. El crimen fue «especialmente perverso», según la sentencia, ya que la víctima acudió al apartamento bajo el «señuelo de una cita para cenar». Por ese delito, la Audiencia de Barcelona le impone 18 años de cárcel. La acusada también es responsable, sigue la sentencia, de un delito de falsedad documental en concurso con un delito de estafa, por el que le impone cuatro años más de cárcel. La acusada también deberá indemnizar a la familia de la víctima con 100.000 euros y con igual cantidad a la expareja de esta. Las entidades bancarias con las que suscribió los contratos también deberán ser indemnizadas.

El magistrado Pedro Martín ha emitido un voto particular, ya que considera que debe condenarse a Angie por un delito de homicidio, y no por asesinato. En lugar de 22 años de cárcel, solicita una pena de 17.

Angie concibió un plan de forma premeditada y «decidió matar» a Páez. El 19 de febrero de 2008, la condenada la invitó a cenar en un apartamento de la calle de Camprodon de Barcelona que había alquilado poco antes a nombre de Páez y solo para tres días. Antes, por la mañana, Angie había acudido a una sucursal de La Caixa en Mataró, donde había sacado 600 euros de una cuenta a nombre de Páez. La imagen de Angie entrando con peluca en el banco fue captada por las cámaras de videovigilancia. «Con el fin de procurarse una coartada», sigue la sentencia, Angie viajó a Zaragoza con un Porsche de su propiedad y recogió las cenizas de su padre, que había muerto un año antes. Por la tarde, regresó a Barcelona.

Ya en el apartamento, Angie «adormeció» a su víctima con un producto cuya naturaleza no se ha logrado identificar. Después, le colocó una bolsa de plástico en la cabeza y la cerró alrededor del cuello con varias vueltas de cinta aislante, lo que provocó su muerte. La acusada pretendió simular un móvil sexual y por ello impregnó con semen la boca y la vagina de la víctima. Angie había conseguido el semen en una casa de prostitución masculina, donde había contratado los servicios de dos hombres para que se masturbaran delante de ella y metieran el esperma en un frasco.

Durante los registros en el piso de Angie, los Mossos d’Esquadra hallaron una botella de cloroformo (que estaba cerrada), así como una póliza de seguro de Carrefour a nombre de Páez. La entonces pareja de la acusada entregó a la policía documentación que halló escondida en la cisterna del lavabo de su domicilio; entre otras cosas, el DNI y el pasaporte original de Páez.

La sección segunda de la Audiencia de Barcelona considera que ha quedado «acreditado de modo incuestionable» que Angie suscribió préstamos y seguros de vida a nombre de su amiga. Así se desprende, recoge la sentencia, de los informes periciales de los Mossos d’Esquadra y del testimonio de diversas personas (como los empleados de los bancos) que durante el juicio identificaron a Angie.

Durante el juicio, la acusada negó ser la autora de los hechos y aseguró que cuando se cometió el crimen ella se encontraba de compras. Primero, dijo, fue a El Corte Inglés a comprar un reloj para su marido. Después, entró en un Opencor. «Yo es que sin yogures de dulce de leche no soy nada», dijo ante los magistrados y los familiares de Páez, indignados en la sala de vistas. «Es tal el cúmulo y la relevancia de los indicios, plenamente acreditados», recoge la sentencia, que no hay dudas sobre la autoría del asesinato. Los magistrados recuedan que Angie «faltó a la verdad» en el juicio, algo que también debe «tenerse en consideración».


La amiga más cruel

Janot Guil – ABC.es

25 de marzo de 2012

Se etiquetó periodísticamente como «crimen perfecto». Se aludía así a la historia de María Ángeles Molina, Angie, la mujer de Barcelona acusada de matar en 2008 a una amiga y excolega de trabajo -Ana Páez-, a la que previamente suplantó para contratar préstamos y seguros de vida, y simular que falleció asfixiada en un peligroso juego sexual. El pasado lunes, la Audiencia de Barcelona condenó a 22 años de cárcel a Angie. Ya no más «crimen perfecto», a menos que el verdadero culpable no sea la condenada. «La prensa la condenó antes del juicio, pero ella dice que es inocente y yo pienso que no lo hizo; creo que es un tema terriblemente dudoso…», dice su abogada, Carmen Gómez, quien subraya por ejemplo que la sentencia tiene un voto particular del magistrado Pedro Martín, que censura que no se analizaran los restos biológicos hallados bajo las uñas de la víctima. Así que la letrada apela al principio de «in dubio pro reo».

El tribunal consideró probado que la acusada, suplantando a la víctima, simulando ser ella -con pelucas- y sirviéndose del DNI y datos que consiguió fácilmente al ser jefa de Recursos Humanos en la empresa en que trabajaban ambas, contrató en persona varias pólizas de crédito y seguros de vida a su nombre. Por un valor total de 942.000 euros. Comenzó a hacerlo dos años antes del crimen y puso como beneficiaria a una mujer, ajena al plan delictivo, cuyo DNI fue hurtado por Angie.

El día de autos, el 19 de febrero de 2008, adormeció a la víctima con algún tóxico -no hallado en el cadáver-, la asfixió con una bolsa de plástico y depositó en su vagina y boca restos de semen de dos gigolós a los que recurrió días antes para que eyacularan en un bote.

Toda una estrategia que invita a ver a la acusada con una personalidad maquiavélica, patológica incluso. «Me parece una persona normal. Con los mismos miedos que cualquiera a la hora de enfrentarse a un juicio. No tengo argumentos para decir que es fría, calculadora, psicópata», replica su abogada. Gómez asumió la defensa de Angie el pasado 10 de enero, cuando la acusada anunció al inicio del juicio que renunciaba a su anterior abogado. Se interpretó como una maniobra para aplazar el juicio y lograr que antes de la sentencia expirara el periodo máximo de cuatro años de prisión provisional. No le salió bien: el tribunal dejó en suspenso el cómputo de prisión provisional y se señaló juicio para el 20 de febrero.

Durante la vista, en su declaración, Angie dio una imagen de persona imperturbable, bellamente marmórea. «La ley dicta que las partes y acusados en estrados no harán ni signos de aprobación o desaprobación», alega su letrada. Pero nos referimos a síntomas de debilidad, de derrumbe. «Yo soy la primera que está en desacuerdo con que mi cliente mueva una pestaña. Se lo dije: “con entereza y sin ninguna señal de aprobación o desaprobación”. Luego, cuando se le notificó la sentencia en el calabozo, fue un mazazo», explica.

Recibe cartas de apoyo

Sobre el carácter de Angie su entorno guarda silencio. Su única hija, menor cuando se produjeron los hechos y ya estudiante universitaria, defiende la inocencia de su madre, pero se mantiene alejada de los periodistas. El empresario Miguel Ribé, pareja de hecho de la condenada cuando el crimen, tampoco se presta al comentario público. En la cárcel, en Brians I, según ha podido saber ABC de fuentes judiciales, Angie es disciplinada, participa en las actividades grupales, trabaja en el economato y prepara su acceso a la universidad. Su abogada nos revela que lee, entre otras cosas, decenas de «cartas de apoyo» que recibe.

El envés de esta imagen impoluta cabe buscarlo en la información que consta sobre ella en algunos informes psicológicos y criminológicos que se le han hecho durante su presidio. En ellos, los técnicos hacen constar que Ángeles usa su «encanto superficial, pero efectivo» para su utilidad personal. Según estos informes, ha sabido crear una amplia red de relaciones útiles entre las internas del centro. Ha establecido lazos afectivos e incluso se especula que podría haber encontrado novio entre los reclusos masculinos.

En cuanto a su personalidad, los técnicos hacen constar el «escaso efecto intimidatorio de la pena» que acusa Angie, lo que les lleva a sugerir que podría tener que ser tratada ante su reinserción. Un diagnóstico que esboza el retrato de una mente psicópata. Con todo, a menos que su recurso al Tribunal Supremo prospere, la amenaza estará atrapada entre rejas muchos años.


Las crueles fantasías de Angie

Jesús García – Elpais.com

25 de marzo de 2012

Cuando Juan Antonio Álvarez regresó a Argentina de vacaciones, lo primero que hizo fue contar a su familia que había conocido a una chica estupenda en España. Se llamaba María Ángeles Molina. Además de guapa y encantadora, resulta que provenía de una familia de rancio abolengo. Ocurrió en 1988. Angie, que así la llaman, le había explicado que sus padres poseían títulos nobiliarios y tierras, muchas tierras, en Aragón. La relación fue creciendo y pasó lo que tenía que pasar: que Juan Antonio conoció a la familia de Angie… y la mentira que esta había levantado se destapó. Juan Antonio comprobó, sorprendido, que se trataba de gente humilde, de clase trabajadora, sin ninguna huella de hidalguía. El padre, por ejemplo, era taxista.

Las fantasías aristocráticas de Angie no disuadieron a Juan Antonio, dueño de varios restaurantes en Gran Canaria, donde ambos se conocieron. El hombre obvió la invención, siguió el consejo que le había dado su padre -«si la quieres, no importa; uno quiere a la persona y no a lo que tiene»- y, dos años más tarde, se casó con ella. Tuvieron una hija, Carolina, y vivieron en un chalé adosado de la localidad isleña de San Bartolomé de Tirajana. Hasta que sobrevino la desgracia. En 1996, Juan Antonio murió en circunstancias poco claras. Su cuerpo fue hallado desnudo junto a la cama de matrimonio. La autopsia reveló que había fallecido por la ingesta de un tipo de fosfato que se encuentra en algunos detergentes y que las clases humildes usan en Suramérica para suicidarse.

Silvia Graciela, la hermana de Juan Antonio, recibió una llamada muy escueta de su cuñada Angie tras el suceso: «Tu hermano está muerto», le dijo, según declaró ella misma en 2008 ante los Mossos d’Esquadra, que la interrogaron como testigo tras la detención de María Ángeles Molina como presunta autora de la muerte de Ana Páez, ocurrida el 19 de febrero de 2008. El pasado lunes, la Audiencia de Barcelona condenó a Angie a 22 años de cárcel por asesinato y estafa. Durante dos años suplantó la identidad de su amiga Páez para contratar préstamos bancarios y seguros de vida por más de un millón de euros. En febrero de aquel año la invitó a cenar a un apartamento del barrio barcelonés de Gràcia que había alquilado expresamente para cometer el crimen y, tras adormecerla con una sustancia similar al cloroformo, le enrolló una bolsa de plástico alrededor del cuello y la asfixió. Para llevar a la policía por los derroteros del móvil sexual, Angie impregnó la boca y la vagina de su víctima con semen de dos hombres que trabajaban en el local American Gigoló y que, a cambio de 200 euros, habían eyaculado en un frasco en presencia de la propia Angie.

El dinero mueve los mundos de Angie y por ese motivo, concluye la sentencia, asesinó a Ana Páez, que había sido subordinada suya en una empresa del sector de la moda de Barcelona. Como jefa de recursos humanos, la asesina se apoderó de sus documentos personales y, ataviada con una peluca negra, contrató servicios bancarios en los que firmaba como Ana Páez. Quienes han tenido contacto con ella, tanto en el ámbito laboral como personal, coinciden en que se trata de una mujer fría, con una gran dificultad para expresar sentimientos. La condenada, que lleva cuatro años en prisión por el brutal crimen, es una bon vivant obsesionada por el dinero y las apariencias, capaz de crear mundos de fantasía que solo existen en su cabeza.

Pese a que no existen informes psicológicos sobre Angie -ni defensa ni acusación lo pidieron-, el abogado de la familia, Emilio Zegrí, dijo en el juicio que los rasgos de personalidad de la acusada coinciden, punto por punto, con los que Vicente Garrido reserva para los psicópatas en su libro homónimo. «Es una persona ensimismada, fría, sin empatía ni sentimiento de culpa», explicó Zegrí. El fiscal del caso también la tildó de «fría, calculadora y muy inteligente». Con esa frialdad de Angie topó Silvia Graciela el día que murió su hermano Juan Antonio. Le pidió quedarse a solas un rato con el cadáver. La respuesta de María Ángeles la dejó helada: «A mí no me hables en términos filosóficos, yo no puedo darte toda la tarde».

La hermana de Juan Antonio ha explicado que su cuñada había sacado 10.000 dólares de la cuenta corriente de la pareja y se había llevado a Madrid a su hija Carolina. Cuenta, además, que cuando fue hallado el cadáver faltaba el reloj de su hermano (un Rolex), una cadena de oro y tarjetas de crédito, aunque el cuerpo no presentaba signos de violencia. Silvia refiere una reunión entre varias personas en la que Angie detalló su versión de los hechos: que llegó a casa con su hija y se fue a su cuarto a ver la televisión; más tarde encontró el cadáver. «Sabía que estaba muerto porque tenía las uñas negras», dijo Angie. En opinión de la testigo, la asesina «no se llevaba bien con los amigos de Juan Antonio», al que había acabado «aislando de todos los que le rodeaban».

«La que ahora está aislada es Angie», señalan fuentes próximas a su defensa. En Barcelona, la mujer rehízo su vida con un empresario catalán ligado a la industria textil. Cuando fue detenida, pocas semanas después del crimen, el hombre la apoyó. Pero la dejó de lado al descubrir que en la cisterna de su casa había escondido el DNI y el pasaporte de Páez. Sin pareja, viuda y huérfana de padre y madre, la condenada solo cuenta con el apoyo incondicional de su hija, una universitaria de 20 años que la defiende a capa y espada. Angie se ha adaptado a la vida carcelaria y, según fuentes penitenciarias, ejerce cierta ascendencia sobre sus compañeras. «Pero en ningún caso es una kie», un término referido en argot carcelario al preso que ejerce de líder.

El paso por prisión no le ha restado un ápice de coquetería ni de gusto por la ostentación. Dispuesta siempre a guardar las apariencias, Angie se presentó a la primera sesión del juicio enfundada en una chupa de cuero, con botas de ante y pantalones ajustados, toda ella de negro. En cada sesión ha lucido un look distinto -siempre con el pelo bien alisado- y ha mantenido el mismo semblante inanimado. El día de su declaración trató de escurrir el bulto con excusas difíciles de encajar. Por ejemplo, que había comprado cloroformo para arreglar unos candelabros. Lo explicaba todo con aparente indiferencia, como si lo que ocurría en la sala no fuera con ella.

Angie, que durante cuatro años ha negado los hechos, tampoco se derrumbó en el juicio. El día del crimen, dijo, viajó por la mañana a Zaragoza a recoger las cenizas de su madre, muerta un año antes. Eso es cierto, como ratificó el dueño de la funeraria. Por la tarde regresó a Barcelona y buscó un reloj Cartier como regalo de cumpleaños para su novio. Este, sin embargo, declaró que ese regalo se lo había hecho un año antes, al cumplir los 40. Después, siguió Angie, fue a un Opencor a comprar yogures. «Yo es que sin mis yogures de dulce de leche no soy nada», declaró ante la indignación de los familiares de la víctima. Respecto a la peluca hallada en el apartamento, explicó que ella la usaba para «juegos sexuales» y que Páez se la había pedido porque le parecía «mona». También negó haber contratado los servicios de dos gigolós, a pesar de que el dueño del local detalló incluso que, para enmascarar su extraña petición, Angie le dijo que había hecho una apuesta con unas amigas y que necesitaba el semen para demostrar que había sido capaz de tener sexo de pago.

La acusada jugó su principal baza tratando de desacreditar el móvil económico. Según su abogada, tenía cuantiosos ingresos: 3.000 euros por el alquiler de una casa en Canarias, 3.000 euros de salario, una aportación anual que le venía de su padre por 100.000 euros y la herencia de su marido, de casi dos millones de euros. Además posee tres coches de alta gama: un Porsche 911, un Hammer y un BMW. ¿Por qué iba a querer matar a Páez por dinero? Quienes la conocen señalan que llevaba un alto tren de vida y que siempre quería más. Como explica uno de sus conocidos, que prefiere guardar el anonimato, «cuando una persona así se cruza en tu camino y te atrapa, puede arruinarte la vida».


La extraña muerte de Juan Antonio

Alberto Castellano – Laprovincia.es

9 de abril de 2012

Era un 22 de noviembre de 1996 cuando Juan Antonio Álvarez, un argentino afincado en el sur de Gran Canaria, era hallado muerto en su vivienda de Sonnenland. El cuerpo de un hombre deportista, trabajador y con buena salud yacía desnudo en una habitación de su vivienda después de jugar un partido de pádel. Las causas de la muerte según la autopsia: suicidio por ingesta de un tipo de fosfato que se encuentra en detergentes. Para sus amigos todo aquello fue «muy extraño». Ahora, 15 años después, la que entonces era su esposa, María Ángeles Molina, conocida como Angie, ha sido condenada a 22 años de prisión por asesinar a una amiga y suplantar su identidad durante dos años para contratar préstamos bancarios y seguros de vida de más de un millón de euros. Muchos son los que piensan que el fallecimiento del empresario argentino entraña más secretos aún desconocidos. Una hermana de Juan Antonio sospecha lo peor.

Juan Antonio Álvarez había llegado a la Isla en la década de los ochenta del siglo pasado. Trabajó en varios establecimiento de Playa del Inglés, entre ello el Pub The Garaje del Centro Comercial Kasbah, donde lo hizo como encargado. Allí, algunos de sus empleados aún lo recuerdan. «Era una persona con un carácter muy fuerte y reservado», indica Roque Perdomo, actual jefe del negocio y quien allá por los años noventa fue compañero del fallecido.

En la Isla fue donde conoció a María Ángeles. Se enamoró y se casó con ella, aunque muy pocos se explican cómo pudo llegar a convivir con esa persona. «Ella decía que odiaba a los argentinos», dice Facundo Sisti, uno de sus amigos. «Recuerdo que muchas veces quería hacer asados en su chalé, pero no podíamos porque a ella no le gustaba», añade. También Mario Venticincue, otro de los amigos de Juan, destaca ese desprecio hacia los argentinos. «Decía que lo que menos le gustaba de Argentina eran los argentinos», apunta. «Es la mujer que no le deseo a nadie».

Angie trabajaba en el quiosco de un establecimiento hotelero de Playa del Inglés propiedad de su marido, quien también tenía participaciones en otros dos conocidos restaurantes. Ella no dejó muchos recuerdos entre los trabajadores y vecinos de la zona. «Parecía una mosquita muerta, una mujer flaquita, que venía muy poco por aquí», describe Mercedes D., una trabajadora del Centro Comercial Kasbah. «A mí no me caía nada bien», afirma Mario Venticincue. Sisti habla de una persona «que gastaba muchísimo dinero». «Por aquella época Juan ganaba mucha plata y se decía que ella era una persona adicta al juego».

La relación continuaba con normalidad, pero Sisti resalta que una semana antes de la muerte de su compatriota «Juan nos comentó a mi expareja y a mí que quería divorciarse». Sin embargo, este pensamiento chocaba con uno de sus temores, perder a su hija Carolina, que por entonces sólo tenía cuatro años de edad. «Se desvivía por su niña, pero tenía miedo de ser separado de ella», señala.

Poco después de estas declaraciones, el 22 de noviembre de 1996, Juan Antonio Álvarez acudía a jugar al pádel con sus amigos y compatriotas Facundo Sisti y Mario Venticincue. «Solíamos ir tres veces por semana, al mediodía», rememora el primero. «Ese día habíamos decidido ir sobre las dos de la tarde», agrega. Tras acabar el partido, Facundo Sisti llevó en su vehículo a Juan Antonio hasta su casa porque «él no tenía licencia para conducir, por lo que yo lo llevaba a su casa después del partido».

A las siete de la tarde tenía que acudir a trabajar a un restaurante de Playa del Inglés. «Él era una persona muy puntual», dice su amigo y también compañero por entonces. Sobre las 20.30 horas ya se extrañaban de que no llegara a su puesto de trabajo. «Le dije a un amigo que fuera a buscarlo a la casa. Cuando llegaron tuvieron que entrar por la ventana porque no abría la puerta y se lo encontraron muerto en el suelo de su habitación». En ese momento fue dándole las noticias a sus amigos. «Recuerdo que me llamó [Facundo Sisti] y me preguntó: ¿Estás sentado? Yo le dije que por qué, y me comentó que Juan había sido encontrado muerto», recuerda Rubén Venticincue, quien nada más conocer lo ocurrido acudió hasta el chalé adosado de la urbanización Ataitana Maspalomas que el fallecido tenía con su mujer. «Fue una gran sorpresa. Tuve que abrir la caja para ver que era él porque no me lo creía», alega Roque

Su mujer llegaba ese día de un viaje a Barcelona. A pesar de la pérdida, los allegados de Juan Antonio la vieron muy tranquila al día siguiente durante el funeral que tuvo lugar en la Isla. «Ese día estaba como de cachondeo», indica Perdomo.

Quince años después, Angie, la viuda de Juan Antonio Álvarez, ha sido condenada por el macabro asesinato de una amiga suya, tras dormirla con un sedante y asfixiarla con una bolsa de plástico. Después simuló que todo había sido un juego sexual. Impregnó la boca y la vagina de la víctima con semen que había comprado a dos gígolos. Limpió la escena del crimen y, ajena al dolor y sin remordimientos, acudió al entierro de su víctima.

Por ello, muchos de los amigos de Juan Antonio no se creen ya los testimonios de Angie. «Todo fue muy extraño, porque era una persona que no fumaba ni bebía, y le gustaba mucho hacer deporte. Parecía raro que falleciera por edema pulmonar, como nos dijeron que ocurrió», comenta Roque Perdomo. La justicia decidirá si abre el caso para investigar la extraña muerte de Juan Antonio.


El Supremo baja la pena a Angie, autora del «crimen perfecto», de 22 a 18 años

Agencia EFE – Elperiodico.com

5 de junio de 2013

El Tribunal Supremo ha rebajado a 18 años de cárcel la condena a 22 años que la Audiencia de Barcelona impuso a María Ángeles Molina, Angie, por falsedad y por el asesinato de su compañera de piso en el 2008, simulando un crimen sexual que fue calificado por la prensa como el «crimen perfecto» por su planificación.

En una sentencia conocida este miércoles el Supremo cambia la consideración del crimen desde asesinato (18 años de cárcel) a homicidio doloso (14 años de prisión) porque, aunque es segura la culpabilidad de Angie, sí es razonable dudar de si la víctima pudo defenderse o si se hallaba dormida en el momento de morir.

La sentencia de este miércoles confirma la segunda condena, por falsedad, por lo que la pena total suma 18 años.

Según el relato de los hechos de la sentencia condenatoria, Angie cometió el crimen en la noche del 19 de febrero del 2008 en un apartamento de alquiler de Barcelona.

La sentencia ahora corregida daba por probado que la criminal adormeció a su amiga con una sustancia que no se ha podido determinar y luego la asfixió con una bolsa de plástico que le puso al cuello. Posteriormente la impregnó con el semen de dos gigolós para simular un móvil sexual.

Previamente se había hecho pasar por su compañera de trabajo y de piso para suscribir seguros de vida y préstamos bancarios de los que se benefició, para todo lo cual utilizó documentación falsa.

La sentencia recurrida consideró estos hechos como asesinato y la condenó a dieciocho años de cárcel por ello y a cuatro más por falsedad documental en concurso con estafa, si bien en el fallo consta un voto particular del presidente de la sala, Pedro Martín, partidario de una condena por homicidio.

El Supremo, que confirma la condena a cuatro años por falsificación, coincide con el voto particular en que no se practicaron las pruebas necesarias para demostrar que la víctima estaba efectivamente dormida y no se pudo defender, como puedo ser la búsqueda forense de restos de piel en sus uñas. Ello se ve reforzado porque no se hayan encontrado sustancias tóxicas en el cadáver, añade.

El Supremo se pregunta si hubo una muerte violenta homicida o una muerte violenta que, por estar privada de sentido la víctima, debe ser calificada de asesinato y, como no puede dar por probada la segunda respuesta, ante la duda se ve obligado por la ley a inclinarse por la hipótesis más favorable al reo, de modo que impone la calificación de homicidio.

La sentencia recurrida condenaba también a la acusada a indemnizar con 200.000 euros a la pareja, padres y hermano de la víctima y le imponía el pago de una multa de 3.600 euros, cantidad que el tribunal consideraba «perfectamente asumible» por una persona propietaria de varios coches de alta gama y que recibe una asignación anual paterna de 100.000 euros, todo lo cual es confirmado por el Supremo.


Un crimen perverso, pero no perfecto

Jesús García – Elpais.com

8 de agosto de 2015

El asesinato cometido por María Ángeles Molina, Angie, fue tan retorcido que hasta los investigadores de homicidios, acostumbrados a contemplar el lado más atroz del ser humano, torcieron el gesto. «Actuó con un grado de premeditación y de sofisticación que pocas veces he visto», admite Josep Porta, jefe de homicidios de los Mossos d’Esquadra de Barcelona.

El 19 de febrero de 2008, Angie mató a Ana Páez, empleada suya en una firma de moda de Barcelona. Habían trabado una relación de amistad que, al menos para la víctima, era sincera. Angie la invitó a cenar en un apartamento de Gràcia que había alquilado para esa noche, la adormeció con una sustancia similar al cloroformo, le ató una bolsa de plástico alrededor del cuello y la asfixió. Después, confeccionó un macabro escenario criminal para despistar a la policía y conducirla, erróneamente, al móvil sexual: impregnó la boca y la vagina con el semen de dos trabajadores de un local de alterne que, a cambio de 200 euros, se prestaron a eyacular en un frasco.

«Al principio era un crimen inexplicable. Parecía un juego sexual que se les había escapado de las manos», admite Porta. Las piezas «empezaron a encajar» cuando los Mossos se hicieron con unas imágenes en las que se veía a Angie, disfrazada con peluca, sacar dinero de un cajero automático poco después del crimen.

No era el sexo, sino el dinero, lo que explicaba un asesinato «propio de un psicópata». Durante dos largos años, Angie suplantó la identidad de Páez y suscribió, a su nombre, préstamos bancarios y seguros de vida por más de un millón de euros. Para cobrarlos y mantener el alto tren de vida al que era adicta, Páez tenía que morir. Dos años de elaboración dan para mucho: para pensar en posibles coartadas, pero también para dejar, sin querer, huellas por el camino. La prensa bautizó el asesinato como «el crimen perfecto». No lo fue. «Cuantas más interacciones hay entre asesino y víctima, más posibilidades hay de solucionar el caso», sentencia Porta.

El investigador recuerda la «frialdad» de Angie tras ser detenida. «Se mantuvo todo el tiempo en silencio y observando». Esa imperturbabilidad la amplificó durante el juicio, en el que defendió coartadas inverosímiles que no le sirvieron para evitar la condena: 22 años de prisión por asesinato y estafa que la mantienen, a día de hoy, entre rejas. Angie justificó, por ejemplo, el hallazgo de un bote de cloroformo en el registro de su casa: dijo que lo tenía para unas prácticas del colegio de su hija con un conejo. Ese hallazgo fue «el llacet» que, según Porta, culminó una investigación ardua.

Angie nunca ha admitido su responsabilidad. Al contrario, ha planteado excusas para todo. Cuando le preguntaron por la peluca que usaba cuando firmaba pólizas a nombre de Páez, decía simplemente que le gustaba llevar ese complemento «para juegos sexuales». Si tenía el DNI de Páez en su casa era solo porque, como jefa de personal, de vez en cuando tenía que comprar billetes de avión a los empleados.

Cuando mató a Páez, Angie tenía novio. El hombre, un empresario textil que no tuvo nada que ver con el suceso, pasó «por todos los estadios psicológicos» que recogen los manuales de la materia: de la negación a la aceptación. Angie había estado antes casada con otro hombre, Juan Antonio Álvarez, también empresario, que regentaba varios restaurantes en Gran Canaria. Allí se conocieron, se enamoraron, se casaron y tuvieron una hija, Carolina, que aún hoy «sigue apoyando fielmente a su madre», explican fuentes judiciales.

La desgracia sobrevino en 1996, cuando el cuerpo sin vida de Juan Antonio apareció junto a la cama de la habitación. La autopsia reveló que había muerto por un tipo de fosfato presente en el detergente. La hermana de Juan Antonio contó a los Mossos, tras el asesinato de Páez, que Angie había sacado 10.000 dólares de la cuenta corriente antes de su muerte y se había llevado un Rolex y tarjetas de crédito de su hermano. El repentino fallecimiento permitió a Angie cobrar una herencia de dos millones de euros y disfrutar de coches de lujo, ropa cara y cenas de postín, que es lo que siempre la ha obsesionado: el dinero y la apariencia de tenerlo. Pese a que procede de una familia humilde, la asesina se hacía pasar, a menudo, por descendente de aristócratas.

La muerte del empresario canario nunca quedó aclarada. Pero los investigadores aprecian tantas coincidencias en ambos casos -presencia de sustancias tóxicas, móvil económico- que tienen la íntima convicción de que el enrevesado asesinato de su amiga no fue el primero en la vida de Angie.

 


VÍDEO: ESPEJO PÚBLICO – EL TS REBAJA LA PENA DE CÁRCEL


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