Marguerite Fahmy

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Marguerite Fahmy
  • Clasificación: Homicida
  • Características: Parricida
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 9 de julio de 1923
  • Fecha de detención: El mismo día
  • Fecha de nacimiento: Diciembre de 1890
  • Perfil de las víctimas: Ali Kamel Fahmy Bey, de 22 años (su marido)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue absuelta. Murió en París el 2 de enero de 1971
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Marguerite Fahmy

Última actualización: 19 de marzo de 2015

MUERTO A TIROS – Disparos en el Savoy

Marguerite y Ali Fahmy estaban en guerra… uno contra otro. Sus seis meses de matrimonio estaban jalonados de peleas con las que él trataba de dominar a su rebelde esposa y ella afirmar su independencia.

En la noche del lunes 9 de julio de 1923 estalló una violenta tormenta sobre Londres. Según informaba el Daily Telegraph, el calor de aquel día había sido casi tropical. A eso de la medianoche la tormenta se desencadenó con una fuerza terrible. Los relámpagos iluminaban el cielo continuamente y el fragor de los truenos retumbaba por toda la capital.

En el Savoy, uno de los hoteles más famosos y lujosos de la ciudad, muchos huéspedes demoraban la cena bailando al son de la orquesta. Sin embargo, en la mesa del príncipe Ali Kamel Fahmy Bey reinaba un ambiente sombrío. El acaudalado y joven egipcio discutía con su encantadora esposa francesa.

El director de orquesta se acercó a la pareja para preguntar si tenía interés por escuchar una melodía determinada. Los ojos de la señora Fahmy relampaguearon irritados: «¡No quiero músicas! -exclamó en francés- ¡Mi marido me está amenazando con matarme esta noche!» Imperturbable, el maestro saludó y se retiró tras murmurar: «Espero volver a verla por aquí mañana, madame.»

La pareja cambiaba miradas airadas mientras los demás huéspedes los ignoraban. Los Fahmy llevaban una semana alojados en el Savoy y sus tempestuosas apariciones en público eran ya habituales. Muy pocos sabían quiénes eran y menos los que se interesaban por ellos. Se habrían sentido más intrigados si hubieran sabido que el joven y elegante egipcio que se peleaba con su mujer, al día siguiente estaría muerto.

Aunque Ali Kamel Fahmy Bey se llamaba príncipe a sí mismo, no pertenecía, de hecho, a la realeza. Era, sin embargo, fabulosamente rico, con unos ingresos anuales estimados en tres millones de fibras esterlinas. Se había educado en Francia y en Inglaterra. Entró en posesión de su fortuna a los dieciséis años, nueve después de la muerte de su padre, un ingeniero convertido en magnate que había edificado un imperio con plantaciones de algodón, fincas y participaciones en las compañías comerciales e instituciones financieras más fuertes de Egipto.

La pareja llevaba casada unos seis meses. Ali cortejó y consiguió comprometerse con la joven gracias a sus promesas de amor eterno y a valiosos regalos en dinero y joyas. Ella era una joven francesa divorciada, de treinta y dos años, diez más que Ali. Marguerite Laurent había recibido una educación católica y al casarse con Fahmy renunció a su religión y se hizo musulmana. Según el contrato de matrimonio islámico, no podía divorciarse de su marido… algo que lamentó casi inmediatamente.

El matrimonio resultó desastroso desde el principio. Marguerite descubrió inmediatamente dos hechos desagradables: el primero, que su marido era un patente homosexual, y el segundo, que con las mujeres, prefería las relaciones sodomíticas. El descubrimiento le causó trastornos físicos y mentales, ya que Marguerite Fahmy sufría habitualmente de hemorroides.

Fahmy también cambió a raíz de la boda. El ardiente y enamorado -casi reverencial- galán se convirtió en un tirano dominador y despótico que parecía disfrutar humillando públicamente a su esposa en presencia de su corte de ayudantes y criados.

A mediados de enero escribió una carta a Yvonne Alibert, hermana de Marguerite, contándole que la «estaba “domando”… ja… ja… ja… Para empezar, ayer no comí ni cené con ella y luego la dejé sola en el teatro. Así aprenderá, espero, a obedecer mis deseos. Con las mujeres hay que actuar con energía y severidad».

Cinco días después de que Ali escribiera esta carta, Marguerite se encerró en su dormitorio y redactó una declaración que lacró y envió en secreto a su abogado de París. En ella acusaba a su marido de contribuir a su desaparición «en caso de muerte violenta o de cualquier tipo».

La «doma» se prolongó durante todo el invierno y hasta la primavera de 1923. En mayo, la pareja se trasladó a París y el domingo, 1 de junio, llegaron a Londres. Tres días después, madame Fahmy acudió a consultar a un internista, el doctor Edward Gordon, sobre sus dolorosas y embarazosas molestias. El doctor Gordon le aconsejó visitar a un especialista y éste le indicó que debía someterse a una operación quirúrgica.

Ali sugirió que concertara la intervención sin más demora, pero ella decidió realizarla en su París natal y no en Londres. Para subrayar esta decisión, anunció a su esposo y al secretario de éste, Said Enani, que ya había hecho los preparativos para volver a Francia. Esto dio lugar a la discusión del restaurante del Savoy, donde los camareros sirvieron y retiraron los postres sin que la pareja lograra ponerse de acuerdo.

A eso de las 2,30 de la madrugada, mientras la tormenta rugía en el exterior, la mayoría de los huéspedes del hotel se habían retirado a sus habitaciones. En el cuarto piso de la zona de lujo, el conserje John Beattie empujaba un carrito de equipajes sobre la gruesa alfombra del corredor, cuando se abrió la puerta de la suite 41 y apareció un hombre moreno, en pijama de seda malva. Era el príncipe Fahmy: «¡Míreme a la cara! ¡Mire lo que me ha hecho!», gritó. Entonces su mujer, vestida aún con el traje de noche, irrumpió en el pasillo hablando en francés con gran excitación. Beattie les indicó diplomáticamente que volvieran a su cuarto para que no organizaran un espectáculo en el pasillo.

John Beattie siguió su camino y a los pocos pasos oyó silbar. Al mirar hacia atrás vio al príncipe inclinado sobre un perrito que se había escapado de la suite, silbando y chasqueando los dedos. El conserje siguió su camino, dando la vuelta a una esquina con el carrito.

Entonces le sorprendió el sonido de tres detonaciones consecutivas que, evidentemente, no tenían relación alguna con la tormenta. Beattie retrocedió y corrió hacia la suite del matrimonio.

Se quedó horrorizado ante el cuadro que aparecía ante la puerta de la suite 42, contigua a la de los Fahmy. Madame Fahmy estaba de pie junto a su marido, que yacía encogido en el suelo, sangrando profusamente por las heridas de la cabeza. Ella tenía una pistola en la mano y el borde de su bata blanca estaba salpicado de sangre.

Cuando Beattie se acercó, la mujer tiró la pistola al suelo. El conserje la recogió y se la guardó en un bolsillo. Luego se arrodilló junto al cuerpo de Fahmy. Era patente que el príncipe estaba agonizando. Beattie miró a madame Fahmy, quien, llorando y temblando, gemía diciendo en francés: «¿Qué he hecho?»

El ruido de los disparos atrajo a los demás huéspedes al pasillo. Beattie llamó por el teléfono interior al ayudante del administrador, Clement Bich, y al encargado de noche, Arthur Marini. Ambos hablaban un perfecto francés. «¿Qué voy a hacer? ¡Lo he matado!», decía madame Fahmy a Marini en su lengua. Y también: «He estado casada seis meses y he sufrido de un modo espantoso y terrible», seguido de «J’avais perdu la téte», cuya traducción fue muy discutida durante el juicio. Literalmente significa «perdí la cabeza», pero los abogados de madame Fahmy argumentaban que, a pesar de ser ese su sentido literal, significaba «tenia un miedo espantoso».

Introdujeron a la víctima en el montacargas y lo llevaron al cercano hospital de Charing Cross, donde murió al cabo de una hora. Mientras tanto, Marguerite avisó a Said Enani, secretario y confidente de su marido: «¡Venez vite! ¡Venez vite! J’ai tiré sur Ali», gritó. Todo el mundo estuvo de acuerdo en traducir «¡Venga enseguida!. He disparado contra mi marido.»

Said Enani, cuya habitación estaba en un piso distinto, se puso el batín y se precipitó a la suite de los Fahmy. Encontró a su señora hablando excitadamente con su médico, el doctor Edward Gordon, que vivía cerca del Savoy y que había acudido a atender al moribundo.

También llegó el inspector detective Albert Grosse, el cual ordenó a la presunta asesina que se vistiera, mientras recibía de manos del conserje Beattie tres cartuchos, una bala disparada y el revólver que madame Fahmy había usado para atentar contra su marido.

Ella, vestida ahora con ropa de calle, con un abrigo de raso negro y un sombrero tipo hongo, fue conducida a la comisaría más próxima, en Bow Street, acompañada por el doctor Edward Gordon que había insistido en ello.

El inspector Grosse, tras comprobar en el hospital que la víctima había muerto, volvió al hotel Savoy para registrar el pasillo de la cuarta planta y la suite 41. Se encontró dos casquillos de bala en la pared del corredor y el vestido de noche blanco de la señora Fahmy, ensangrentado, en el dormitorio.

A las nueve de la mañana, el inspector Grosse volvió a la comisaría Bow Street y acusó formalmente a Marguerite Fahmy del asesinato de su esposo, el príncipe Ali. Ella estaba absolutamente tranquila y un intérprete tradujo su contestación: «Ya he dicho a la policía que lo hice yo. Les he dicho la verdad. No me importa. Desde que nos casamos mi marido me ha agredido delante de la gente. Muchas veces me dijo “mátame”, lo han oído muchas personas. Perdí la cabeza.»

*****

Las cartas de amor de Ali

Entre los muchos modos de hacerle la corte a Marguerite, Ali la bombardeaba con cartas de amor. Una de ellas, escrita después de que ella aceptara acompañarle a Egipto, comenzaba así: «Mi querida pequeña Bella», y seguía: «Antorcha de mi vida… apareces ante mí rodeada con un halo. Veo tu cabeza adornada con una corona, una corona que tengo reservada para ti. Si renuncias a tus proyectos de viaje habrás hecho desaparecer mis motivos de vivir. La envidia y los celos nunca surgirán entre nosotros. Ven, ven pronto y disfruta del maravilloso sol de Egipto. Tú eres mi único consuelo. Créeme, te amo mucho. De tu fiel Baba.»

*****

El documento secreto

El matrimonio Fahmy fue conflictivo desde sus comienzos. Poco menos de un mes después de su boda, ella redactó su testamento. Este documento se presentó como prueba en el juicio y la prensa mundial lo tituló «El documento secreto».

«Yo, Marguerite Fahmy Alibert, mayor de edad, en plena capacidad de mente y de cuerpo, acuso a Ali Fahmy Bey de haber contribuido a mi desaparición, en caso de muerte violenta o de cualquier otro tipo. Ayer, 21 de enero de 1923, a las tres en punto de la tarde, tomó su Biblia o Corán -no sé como lo llaman-, la besó, colocó una mano encima y juró que mañana, dentro de ocho días, dentro de un mes o dentro de tres, se vengaría de mí y me haría desaparecer. Juró sin ninguna razón, ni por celos, ni por mala conducta, ni a causa de una escena por mi parte. Deseo y exijo justicia para mí, para mi hija y para mi familia.

Firmado en Zamalik, a las 11 de la mañana del 22 de enero de 1923. P. D.: Hoy quiso quitarme las joyas. Me negué y se produjo una nueva escena».

*****

PRIMEROS PASOS – Una mujer de mundo

Después de una educación estricta y un embarazo no deseado, Marguerite fijó su meta en conseguir una vida de lujo, empleando su belleza y sus armas femeninas para cautivar a amantes acaudalados.

Marguerite nació en diciembre de 1890, en Montparnasse, un sórdido suburbio de Paris. Era hija de un conductor de coches de alquiler, llamado Firmin Alibert, y de una asistenta, Marie Lauran.

Era una niña precoz; tenía una hermosa voz de mezzo-soprano y cantaba solos en la capilla del convento del colegio donde estudiaba. Sin embargo, era también ligera de cascos y, en enero de 1907, poco después de cumplir los 16 años, dio a luz a una niña a la que llamó Raymonde y poco después la entregó a un orfelinato.

Cayendo por aquella pendiente, se dedicó enseguida a la prostitución en las calles más miserables de Paris. Aumentaba sus ingresos cantando en los cafés y en los bares del barrio de Pigalle. Alrededor de los veinte años consiguió trabajar como «presentadora» en el Folies-Bergère.

En 1913 sacó a la pequeña del orfelinato y la dejó al cuidado de unos parientes en Burdeos. Entonces conoció a su primer amante, un acaudalado hombre de negocios, André Meller. Por aquella época y con la ayuda de una encargada de burdel, madame Denart, se convirtió en una afamada cortesana de París. Madame Denart se tomaba gran interés en que su «protegée» apareciera atractiva.

Mientras vivía como acompañante pagada y como amante de aristócratas y de americanos ricos Marguerite se comprometió con André Meller. El compromiso se deshizo finalmente porque él estaba casado y no consiguió anular su matrimonio. A pesar de ello, Marguerite comenzó a presentarse como la señora Meller y se mudó a un piso elegante de la Avenida Víctor Hugo.

Durante la I Guerra Mundial condujo una ambulancia hasta que cayó enferma y tuvo que ingresar en una clínica para someterse a una operación, en donde conoció a Charles Laurent, heredero de una considerable fortuna en bienes raíces. Se enamoraron durante la convalecencia y en 1919 se casaron, trasladándose a un magnífico apartamento en la Avenida Henri-Martin en el corazón del elegante XVI arrondissement parisino.

El matrimonio duró poco. Laurent aceptó un trabajo en Japón, pero su esposa se negó a acompañarle y, a pesar de su religión, estuvieron de acuerdo en divorciarse alegando abandono. Él se portó generosamente, cediéndole la escritura de propiedad del piso, además del automóvil y de una pensión mensual que recibiría mientras no contrajera nuevas nupcias.

La alegre divorcée se convirtió en la comidilla de todo París, al introducirse en el torbellino social de la posguerra siempre seguida por una corte de ricos admiradores.

A principios de 1922, mientras estaba de vacaciones en Egipto con un grupo de amigos, Marguerite conoció al príncipe Ali Kamel Fahmy Bey. Este se sintió cautivado por el encanto de la joven divorciada, a pesar de tener diez años menos que ella. «Dígale -dijo al anfitrión- que voy a organizar en yate una fête vénitienne en su honor».

Fabulosamente rico, el atractivo soltero Ali era el perfecto playboy internacional. Con una mezcla de asombro y de orgullo herido, oyó contestar que la señora Marguerite Laurent declinaba el ofrecimiento del homenaje. El vanidoso Ali la siguió a París donde intentó, sin éxito, que se la presentaran de nuevo. Por fin consiguió que, en respuesta a su mensaje, accediera, el 30 de julio de 1922, a tomar el té con él en el hotel Majestic.

Esta vez Ali consiguió interesar a Marguerite haciéndole la corte como en los cuentos de hadas, y en septiembre aceptó pasar con él una semana en Biarritz. «Durante los ocho días que estuvimos en aquel lugar de ensueño se mostró tan encantador que me sentí inundada de una especie de radiante simpatía hacia él. Fueron quizá los días más felices de mi vida… Nada era demasiado bueno o demasiado caro para mí. “Saqueó” Cartier para comprar las últimas creaciones de joyería y eligió y me regaló una maravillosa pulsera de corales y esmeraldas».

En noviembre, Marguerite cedió por fin a las súplicas de su enamorado y le prometió reunirse con él en Egipto. El 26 de diciembre de 1922, contrajeron matrimonio en El Cairo.

*****

EL PROCESO – Temor por su vida

Era indudable que la señora Fahmy había matado a su marido. Pero, ¿fue asesinato o un «homicidio justificado ante el temor que sintió de perder su propia vida?»

A la mañana siguiente estaba detenida y acusada del asesinato de su marido. Marguerite Fahmy contrató a uno de los criminalistas más famosos de Londres, el abogado Freke Palmer. Ante la envergadura del caso, éste, a su vez, se puso en contacto con el prestigioso letrado Edward Marshall Hall. Aunque habían pasado muchos años desde que actuó en un juicio por primera vez, Marshall Hall, a sus sesenta y cuatro años, estaba todavía en posesión de sus legendarias facultades.

En principio, el gran abogado se mostró pesimista sobre las posibilidades de salvar a la señora Fahmy. Después de todo, ella había admitido su culpabilidad en la muerte de su marido ante la policía. Tampoco tenía de su parte a la opinión pública. La gente comprendía su angustiosa situación y se daba cuenta de que en su Francia natal Marguerite habría sido absuelta de su crimen pasional. Pero aquello era Londres y se esperaba que las esposas -incluso las extranjeras atractivas- se comportasen correctamente con sus maridos en cualquier circunstancia.

Marshall Hall sabía muy bien que debía convencer al jurado de que los hechos habían sido fruto de una gran provocación, además de defender a su cliente de la acusación de asesinato. Decidió impresionar a la sala describiendo la dramática situación de la acusada: una hermosa extranjera, sola en un país desconocido, una mujer sin fortuna, pero rodeada de amigos sinceros que la apoyaban y contribuían generosamente a los gastos de su defensa.

La historia que Marguerite contó al abogado era muy extraña. Parecía estar relacionada con el choque de dos culturas: la oriental y la occidental. Según la ley musulmana, la esposa de un hombre es de su propiedad y puede mimarla o repudiarla a voluntad. Y se relacionaba también con los lascivos hábitos de un hombre que no estaba acostumbrado y hasta desdeñaba las reglas de moral occidentales.

A pesar de los elevados gastos que suponía la gestión, Marshall Hall encargó investigaciones sobre la extraña y pintoresca vida del príncipe en El Cairo, París y Londres. Los informes que recibió apoyaban cada detalle de la historia que le había contado su cliente. Para confirmarla, el abogado dio instrucciones a sus agentes de El Cairo para que localizaran a dos jóvenes que habían mantenido relaciones sexuales con Ali Fahmy. Los encontraron en su momento y los llevaron a Londres para presentarlos en el juicio de madame Fahmy, en caso de que surgieran dudas sobre las preferencias del príncipe en ese terreno. De hecho, no llegaron a citarlos.

La minuta de Marshall Hall ascendía a 625 guineas -una suma equivalente a 10.000 libras de 1991- y él aseguró que se ganaba el dinero… Con su característica diligencia, visitó la armería Whistler, donde le prestaron una Browning 32 semiautomática, idéntica a la que utilizó Marguerite. El propietario, el señor Stopp, era un antiguo amigo que enseñó pacientemente al letrado el funcionamiento del arma. El pago de esta lección quedó saldado en la sala.

Al abogado le preocupaba extraordinariamente su estrategia y especialmente, la cláusula del contrato matrimonial islámico de madame Fahmy, que le permitía divorciarse de su marido, pero que Ali había insistido en eliminar. Él, por su parte, podía divorciarse de su esposa a capricho, simplemente repudiándola.

Marshall Hall no estaba seguro de si aquel contrato ayudaría o no a su cliente. ¿Consideraría el jurado que aquella cláusula cruel reforzaba los motivos para matar a su marido? Encerrada dentro de aquel contrato durante toda su vida -a menos que él la repudiara-, sólo la muerte podía liberarla.

Por otra parte, tan grotescas condiciones podían crear a su vez unos profundos sentimientos de piedad y comprensión hacia su cliente.

Marshall Hall inclinó la balanza de la duda. Primeramente, decidió no incluir la cláusula de no divorcio en su argumentación. Luego cambió de criterio radicalmente y decidió apostar por el voto de compasión del jurado.

El juicio de Marie Marguerite Fahmy se inició un 10 de septiembre de 1923 en el Juzgado n.º 1 del Old Bailey, exactamente dos meses después de los disparos del hotel Savoy. Al preguntarle por su implicación en el asesinato de su marido, la acusada contestó serenamente en francés: Non coupable, no culpable. Estas palabras, como sus restantes declaraciones, fueron traducidas al inglés por un intérprete de los tribunales.

El abogado Percival Clarke, por la acusación, fue el encargado de presentar los hechos. Hizo hincapié en que la señora Fahmy había admitido ser responsable de la muerte de su marido. Consecuentemente justificó su petición de un veredicto de culpabilidad de asesinato. Sir Edward Marshall Hall, por la defensa, expuso las razones que probarían que la muerte de la víctima fue involuntario, resultado de un accidente.

El primero de los testigos principales fue el antiguo secretario del muerto, Said Enani. Después de interrogarle sobre los detalles de la vida y matrimonio de su último jefe, el fiscal Clarke cedió el turno a Marshall Hall. Este trató de mermar la credibilidad y confianza de Enani; comenzó con un intenso interrogatorio, sugiriendo, algo torcidamente, que Enani y Fahmy habían sido amantes homosexuales. Pero el testigo negó haber tenido cualquier tipo de influencia sobre Fahmy que hubiera podido provocar los celos de su mujer.

Marshall Hall lo presionó:

-¿Dijo usted al inspector Grosse que intentó disuadir al príncipe de que se casara con ella?

-Sí.

-¿Le dijo usted que el príncipe era un oriental, un hombre apasionado?

-Sí.

-¿Estaba el príncipe encaprichado de ella en aquella ocasión?

-Sí -replicó Enani-. Estaba muy enamorado.

Entonces la defensa leyó una carta de Ali Kamel a Marguerite, donde, en términos de abyecta adulación, le rogaba que se reuniera con él en Egipto… Luego comparó esta carta con la que había escrito poco después a su cuñada de París, en la que hablaba de «domar» a su mujer para que se comportara correctamente como una dócil esposa egipcia.

Pasando de las torturas morales a las físicas que se produjeron después, Marshall Hall rogó a Enani que relatara la violenta discusión que protagonizaron el 21 de enero:

-¿Sabe usted que juró sobre el Corán que iba a matarla?

-No.

-¿Sabe que ella temía por su vida?

-No lo supe nunca.

El testigo confirmó que, dos días después, Ali Fahmy hizo un viaje con su esposa desde El Cairo a Luxor a bordo de su yate, acompañados de seis criados negros.

-¿Fue entonces -preguntó el letrado- cuando Fahmy comenzó a tratarla con extremada crueldad?

-Yo no lo llamaría crueldad. Se comportaba de una forma desagradable.

-¿No era la señora Fahmy de 1923 completamente distinta de la señora Fahmy de 1922?

-Quizá.

-¿No pasó de ser una mujer muy alegre, simpática, divertida y fascinante a estar muy triste, abatida, desdichada e infeliz?

-Siempre estaban discutiendo.

-¿Le dijo que su marido y usted siempre estaban frente a ella, que era un caso de dos contra uno?

-Sí.

Marshall Hall insinuó entonces que Alí Kamel Fahmy era un hombre vicioso, de comportamientos sexuales depravados, pero el fiel secretario lo negó. Si seguía por aquel camino, el abogado se internaría en terreno peligroso. Al atacar el carácter de Enani, daba pie a que la acusación hiciera lo mismo con su cliente. Esto hubiera sido desastroso. Además de que, al poner al descubierto tan infamantes detalles, ella podía sentirse avergonzada al prestar declaración.

Por fin, la defensa sacó todo lo que pudo de Said Enani sin atacarle directamente. Pero, como subrayaría más tarde uno de sus biógrafos, las declaraciones del antiguo secretario «crearon un ambiente de abierta simpatía hacia la prisionera, una frágil criatura en poder de aquel decadente millonario oriental».

El siguiente testigo fue John Beattie, el conserje que oyó al príncipe silbar tranquilamente a su perro segundos antes de caer muerto a consecuencia de los disparos.

Su testimonio podía ser ciertamente peligroso para la acusada, ya que ella había declarado que sacó el arma porque su marido se disponía a atacarla. Marshall Hall minimizó todo lo posible el testimonio de Beattie, al que hizo solamente una o dos preguntas.

El doctor Edward Gordon repitió el relato que le había hecho Marguerite Fahmy sobre la disputa del hotel Savoy. Ella había dicho a su marido que tenía que someterse a una dolorosa operación y que deseaba hacerlo en París. No tenía dinero y su marido se lo denegaba. Es más, la había tratado brutalmente.

En medio de su dolor y presa del pánico, se sentía asqueada y aterrorizada por lo que sabía estaba dispuesto a hacer con ella.

Sacó la pistola, hizo un disparo por la ventana para descargarla y amenazó con ella a su marido, sólo para mantenerlo a raya. Pero el revólver estaba estropeado. Las condiciones de la señora Fahmy, añadió el doctor Gordon, «eran las propias de una persona que sufría las consecuencias del comportamiento de su marido». Según manifestó, el letrado Marshall Hall al jurado, la noche en que murió, el príncipe había negado a su mujer el dinero, a menos que ella se sometiera a sus viciosos deseos. Y, afirmó el letrado, aquella misma noche la amenazó con matarla y le echó las manos al cuello. «Someto a su consideración el caso de esta desdichada, que ha sufrido las torturas de los condenados, desesperada por la bestialidad y salvajismo de un hombre a cuyos deseos había osado oponerse y que, pensó, estaba tratando de matarla.»

*****

La sombra del príncipe

Said Enani era el secretario particular de Fahmy, aunque parece ser que su papel no era solamente el de un acompañante pagado. Una parte de su trabajo consistía en espiar a la señora Fahmy. El abogado defensor de ésta, sir Edward Marshall Hall, trató de insinuar que Marguerite se había interpuesto entre los dos hombres. Pero Enani negó en el juicio que hubiera mantenido relaciones con su jefe. Declaró que lo conocía desde hacía siete años. Antes de entrar a su servicio estuvo trabajando como funcionario del Ministerio del Interior con un sueldo de 22 libras al mes. Al emplearlo como secretario, Fahmy se comprometía por contrato a pagarle 35 libras al mes por diez años de Servicios, aunque no llegaran a cumplirse. Marshall Hall insinuó al testigo que «la asociación entre Fahmy y usted era conocida por toda la sociedad egipcia». Enani replicó: «Eso no es así.»

*****

Crimen pasional

La justicia británica no admite «crimen pasional» como alegato para la defensa. El concepto es específicamente francés; casi todos los demás códigos legales excluyen la idea de que un crimen motivado por la ira o por los celos merece un tratamiento especial. Pero en Francia la ley es más tolerante con las esposas o los maridos que matan en un arrebato pasional cuando se encuentran traicionados o frustrados por su amor.

Un clásico crime passionnel fue el de Yvonne Chevallier que, en 1952, disparó seis tiros contra su marido ante el temor de que la abandonara por su amante. Fue absuelta tras conmover al jurado con su amor y la angustia de verse despreciada a causa de otra mujer.

El caso de Fahmy fue uno de los pocos juicios ingleses en los que el jurado adoptó plenamente dicha mentalidad. No se discutió el hecho de que Marguerite hubiera matado a su marido, pero, al demostrar que había obrado impulsada por el temor, se ganó la comprensión del jurado.

*****

Un gran defensor

Edward Marshall Hall fue el abogado criminalista más famoso de su tiempo, adulado por la prensa y reverenciado por el estamento legal.

De hermosas facciones y magnífica prestancia, Edward Marshall Hall fue una figura destacada de la escena legal británica en el primer cuarto del siglo XX. Infundió una espléndida calidad a los resonantes juicios por asesinato en los que intervino y era conocido por todo el territorio como «El Gran Defensor».

El prestigioso abogado parecía disfrutar con los casos desesperados y no escatimaba esfuerzos para conseguir la absolución de su cliente. Sus adversarios lo consideraban autoritario y teatral, pero la gente le apreciaba.

Marshall Hall superaba el 1,80 de estatura, era de espaldas anchas, constitución atlética y poseía la noble apariencia de un emperador romano. Sus sienes plateadas, ojos penetrantes y facciones aguileñas daban la impresión de vitalidad y de fuerza. Ante sus clientes mostraba aire de entusiasmo, optimismo y empuje.

Uno de sus biógrafos escribió: «El abogado debe tener una mente rápida, un corazón comprensivo y una personalidad atractiva… Además de estar dotado de la capacidad de expresarse con claridad ante la gente sencilla, de modo que todo el mundo pueda oírle y entenderle … » Con los jurados, Marshall Hall llevaba indudablemente las de ganar. Opinaba que, para triunfar, el abogado se debía de poner en el lugar de cada uno de los miembros del jurado. «Uno debe meterse en su mentalidad, así como hablar y hacerles pensar lo que uno quiere que digan y piensen». Su fórmula consistía en una mezcla de histrionismo, astucia, audacia, elocuencia y encanto.

Edward Marshall Hall poseía también un temperamento explosivo y carecía de cierta seguridad en sus opiniones, que a veces rayaban la temeridad. Esos defectos le ocasionaron algunos fracasos en sus cuarenta y cuatro años de ejercicio. La apasionada confianza en sus casos le llevaba a choques verbales bien documentados con sus adversarios. Estas «escenas», divulgadas con regocijo por la prensa, eran casi siempre motivadas por la ciega devoción del letrado hacia sus clientes en el banquillo. No podía admitir un fallo. Su confianza en el caso era… ¡absoluta!

Tenía un excepcional dominio del lenguaje. En épocas posteriores aquellos grandes discursos parecían excesivamente ampulosos y sentimentaloides, pero nadie que hubiera oído a Marshall luchar por la vida de un cliente podría olvidar la fuerza de su argumentación.

«El Gran Defensor» era consciente del efecto que sus teatrales actuaciones producían en un jurado. Introdujo en la sala las técnicas del actor. «No tenía un escenario para ayudarme -dijo en cierta ocasión-, ni un texto que interpretar… No hay telón. Pero tengo que crear una atmósfera con el vívido sueño de la vida de otro… Eso es la abogacía.»

Edward Marshall Hall nació en Brighton en 1858, y era hijo de un médico. Después de la Rugby School y de Cambridge, fue admitido en 1883 en la escuela de abogacía y en 1898 vistió la toga por primera vez. En 1900 salió elegido diputado conservador por Southport. Fue un parlamentario poco destacado, que combinó la política con su carrera legal, hasta que, en 1916, renunció al escaño.

Al año siguiente recibió el título de «Sir». Sin embargo, cuando tras figurar en una serie de casos famosos alcanzó celebridad. Marshall Hall consideraba aquel título como una compensación por no haberle otorgado el nombramiento de magistrado del Tribunal Supremo.

Con el tiempo, el legendario mal carácter del gran hombre se agravó a causa de fuertes dolores en las piernas, pero, a pesar de todo, continuó dando rienda suelta a sus teatrales comparecencias ante los tribunales. Disfrutaba irrumpiendo en la sala cuando los jurados prestaban juramento y permanecía unos instantes en el umbral con la cabeza erguida, como si olfateara el aire. Luego, se dirigía a ocupar su puesto acompañado de un ayudante que cargaba con todo su equipo: píldoras, sales aromáticas, pulverizadores para la nariz y la garganta, una caja de objetos que incluía hasta un espejo, almohadones neumáticos (sufría de hemorroides como la señora Fahmy) y un taburete.

Su ayudante, Edgar Bowker, recordaba: «El pulverizador se convertía en un instrumento de tortura para su oponente, ya que a veces -inocentemente y siempre por coincidencia- la garganta le creaba problemas en el momento exacto en que el otro abogado culmina su discurso ante el jurado o hacía una pregunta oportuna a alguno de los testigos.»

Sacaba el pulverizador, que se ponía en marcha con un desconcertante silbido acompañado por los gargarismos del paciente, distrayendo al mismo tiempo al abogado que hablaba y al jurado que escuchaba. He visto a menudo cómo los ojos del jurado se volvían para observar fascinados el funcionamiento del pulverizador. Y si no aparecía éste, había que colocar adecuadamente el taburete para aliviar el dolor de la pierna o inflar el cojín.

En el verano de 1923, cuando se celebró el proceso de Marguerite Fahmy, Marshall Hall sufría de tal modo de varices que llevaba continuamente vendadas ambas piernas. Permanecía en pie sólo escasos minutos y, cuando lo hacía, los dolores se reflejaban en su rostro. Los casos senos, especialmente los juicios por asesinato, se habían convertido en auténticas torturas para él, pero se negaba a abandonar los tribunales.

Por fin, en enero de 1927, le falló la salud al enfermar de gripe en el salón de sesiones de Derby. Volvió a Londres, donde se vio aquejado de bronquitis y neumonía. Murió en febrero. La bandera del Colegio de Ahogados de Londres ondeó a media asta. Su biógrafo, Edward Marjoribanks, dijo: «Había algo heroico en él. Fue el último en su género. Su toga no encuentra sucesor.»

*****

LA SENTENCIA – Una mujer en espera

Se acercaba el final del juicio y Marguerite Fahmy subió al estrado. Cuando describió la noche de autos, la tensión alcanzó su punto culminante. Sí; había disparado contra su marido pero nunca imaginó que la pistola estuviera cargada.

La señora Fahmy era el principal testigo de la defensa. Una figura abatida, delgada, vestida de negro, caminó vacilante desde el banquillo hasta el estrado de los testigos. Lenta y cuidadosamente -porque no hablaba inglés y su abogado la interrogaba a través de un intérprete-, su defensor la condujo al relato de su trágico matrimonio con el príncipe Fahmy. El momento más dramático se produjo cuando Marshall Hall pidió una pistola como la que ella había utilizado y se la entregó. La mano pequeña, cubierta con un guante negro, la alcanzó por encima de la barandilla para, repentinamente, retroceder como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. La acusada ocultó el rostro entre las manos y se echó a llorar. El arma resonó con fuerza en el antepecho del estrado de los testigos.

«¡Vamos, señora Fahmy! -la animó su abogado amablemente-. Tome el arma: ahora es inofensiva». La cogió con ambas manos y pareció incapaz de sacarla de la funda. La pistola pasó por las manos del jurado con el mismo propósito y hasta los más experimentados tuvieron dificultades con su mecanismo, hecho que corroboraba la versión de la acusada.

Declaró que nunca había disparado una pistola hasta la noche en que lo hizo contra su marido, aunque había visto con frecuencia a Ali descargarla abriendo la funda y sacando el cargador. Cuando aquella noche terrible él trató de estrangularla, ella, muerta de miedo, intentó hacer lo mismo. Pero sus delicadas manos no tenían la fuerza suficiente para extraer la funda y entonces trato de sacar la bala agitando el arma frente a la ventana abierta. Al hacerlo se disparó el primer cartucho y la bala se perdió inofensivamente sobre el Támesis, en el cielo tormentoso de la noche.

Entrecortadamente, Marguerite relató los trágicos sucesos. «Yo tenía el revólver en la mano. Creí que estaba vacío. Salí al pasillo, frente al ascensor. Él me agarró el cuello con la mano izquierda, sus dedos me oprimían la garganta. Yo le empujé pero él se agachó para saltar sobre mí y dijo: “¡Te voy a matar!” Alcé el arma y, sin mirar, apreté el gatillo. No sé cuantas veces se disparó el revólver. Vi a mi marido tendido en el suelo.»

Marshall Hall terminó el interrogatorio de la testigo con dos preguntas más:

-¿Cuando se disparó el arma que mató a su marido, sabía usted que estaba en condiciones de funcionar?

-No -repuso la acusada-. Yo creí que no tenía el cargador y que no funcionaría.

-¿Por qué estaba asustada cuando alzó el brazo antes de disparar la pistola?

-Se me iba a echar encima. Era terrible. Yo ya había escapado una vez. Me dijo: «Te mataré, te mataré.» Era algo espantoso.

Percival Clarke, por la acusación, la interrogó exhaustivamente.

-¿Puedo describirla como una mujer de mundo, como una mujer experimentada?

-Tengo experiencia de la vida -contestó Marguerite Fahmy.

Respondiendo al interrogatorio, explicó que cuando fue a Egipto no pensaba casarse con su pretendiente. No lo tenía decidido, pero había aceptado simplemente ser su amie.

-¿No ambicionaba usted convertirse en su esposa?

-Ambicionarlo, no -replicó con gran énfasis-. Le quería mucho y deseaba estar con él.

Según la señora Fahmy sus relaciones físicas nunca «fueron normales» después de la boda. Añadió que, cuando salía a comprarse ropa, su marido la obligaba a ir acompañada por su secretario Said Enani, y tenía que desvestirse en su presencia.

«No era amigo mío -explicó al fiscal-. Obedecía las órdenes de mi marido, y no las mías.»

-¿Cree usted que estaba de acuerdo con su marido para maltratarla? -preguntó el fiscal, Percival Clarke.

-A veces lo pensé así porque observé que cuando le decía algo iba inmediatamente a contárselo a mi marido. Hacía todo lo posible por estropear las cosas.

Clarke interrogó también a la acusada sobre sus conocimientos de las armas de fuego, sugiriendo que al disparar el arma por la ventana no hacía más que comprobar su funcionamiento.

-Nunca traté de dispararla por la ventana -afirma, ella-. Sólo quería sacar la bala y, aunque intenté echar la cosa hacia atrás, no tuve fuerza suficiente. Cuando la estaba agitando, se disparó y yo creí que se había descargado.

Sollozando intensamente, continuó:

-Yo no quería matar a mi marido; sólo quería evitar que me matara él. Pensé que se asustaría al ver la pistola. Pero nunca quise hacerle daño. Nunca… No me di cuenta de que apretaba el gatillo… Vi a mi marido tendido en el suelo antes de comprender o ver lo que había ocurrido.

El discurso final de Marshall Hall por la defensa empezó al cuarto día del juicio. Fue descrito como una de las mejores piezas dramáticas que se hayan representado nunca en una sala de juicios. Describió elocuentemente la turbulenta vida conyugal de la pareja Fahmy, la tormenta y el ambiente sobrecargado que creaba y el terror de la mujer cuando su marido la agarró por el cuello. El letrado se echó hacia atrás la toga y se agachó como un tigre dispuesto a saltar.

-En su desesperación -continuó diciendo a la silenciosa sala-, en su absoluta desesperación, cuando él se agachaba como un animal que se dispone a saltar, puso la pistola ante la cara del hombre y, en medio del espanto, sintió que se disparaba.

Marshall Hall empuñaba el arma con una mano, la alzó, apuntó directamente al jurado y la dejó caer.

El ruido que hizo al golpear y rebotar contra el suelo resonó en la sala como una serie de detonaciones. Había logrado el efecto deseado.

-¿Fue un asesinato premediatado? -rugió Marshall Hall-. ¿Iba ella a elegir el hotel Savoy para una cosa así?

-¡No! -gritó una mujer desde la tribuna del público.

-¡Desde luego que no! -exclamó otra también desde la galería.

En nuestra época los histrionismos de Marshall Hall resultan absurdamente melodramáticos, pero entonces el efecto de sus actuaciones era sobrecogedor.

Y aún no había terminado. Todavía tenía preparados dos golpes más, destinados ambos al atento jurado. Primero aludió a unas palabras que sir Edward Clarke, padre del abogado de la acusación, había pronunciado en otro juicio sensacional en el Old Bailey:

-Empleando las palabras del padre de mi docto colega hace muchos años en el caso de Bartlett (Adelaida), digo: «No les pido un veredicto… Exijo un veredicto coherente.»

Finalmente se refirió a un best seller del momento, Bella Donna, de Robert Hitchens, que termina con una mujer occidental saliendo de las rejas de un jardín oriental a la oscura noche del desierto.

-Miembros del jurado -prosiguió la defensa llegando al momento culminante de su discurso-. Quiero que abráis las rejas para que esta mujer occidental pueda salir, no a la oscura noche del desierto, sino a sus amigos que la quieren a pesar de sus debilidades.. a sus amigos que se sentirán felices al recuperarla.. a su hija que la espera con los brazos abiertos. Os pido que abráis la reja y dejéis a esta mujer occidental volver a la luz del divino sol de Occidente.

Edward Marshall Hall miró hacia arriba y señaló a la cristalera por donde entraba el suave sol inglés de septiembre bañando la sala con su resplandor y su tibieza. Después de este gesto dramático, se sentó.

El jurado tardó una hora en emitir el veredicto: «no culpable de asesinato y no culpable de homicidio involuntario». Fue tal el entusiasmo del público que hubo que desalojar la sala para restablecer el orden. Marguerite Fahmy, que lo escuchó con la cara oculta entre las manos, echó hacia atrás el velo que cubría su sombrero de alas y sonrió abiertamente. Luego, vencida por la emoción, comenzó a sollozar. «¡Ah, soy tan feliz… estoy tan agradecida … ! -exclamó dirigiéndose a las dos funcionarias que la ayudaban a salir del banquillo-. Es terrible haber matado a Ali, fue espantoso. Pero yo dije la verdad.»

*****

Arma asesina

El príncipe Fahmy murió a causa de tres balazos disparados con una pistola semiautomática Browning 32. La señora Fahmy declaró que la creía descargada cuando amenazó con ella a su marido, ya que un momento antes había disparado un tiro por la ventana. Marshall Hall sugirió que, cundo la pistola estaba aferrada con fuerza, la más ligera presión podía hacer que el gatillo se disparara. Pero un técnico británico en armas de fuego, Robert Churchill, declaró: «Hay que presionar el gatillo para cada disparo. Se carga automáticamente, pero no se dispara automáticamente». Marshall Hall repuso que una persona inexperta podría no saber que, al disparar un tiro, el arma no se descargaba, sino que el siguiente cartucho ocupaba automáticamente su lugar. Churchill estuvo de acuerdo. Pero el armero MacDonald Hastings apuntó más tarde: «Es increíble que una mujer que tiene una pistola para proteger sus joyas no se haya molestado en aprender a manejarla».

*****

Otro crimen en el Savoy

Cincuenta y siete años después del asesinato del príncipe Fahmy, el hotel Savoy fue el escenario de un nuevo crimen. En efecto, la noche del miércoles 1 de octubre de 1980, una prostituta llamada Catherine Russell recibió cincuenta y cinco puñaladas en la habitación 853.

A eso de las nueve de la noche, el asesino, el joven de veintidós años Tony Marriott, se inscribió en el hotel como el señor D. Richards y una hora y cuarto después la camarera del piso oyó gritar. Vio a un hombre salir corriendo de la habitación 853 y meterse en el ascensor. El cuerpo de Catherine Russell estaba en el suelo. Pero el asesino olvidó una agenda con su verdadero nombre y su dirección.

Se registró en el hotel President de Russell Square, donde se intentó suicidar cortándose las venas. A la mañana siguiente, se dirigía a Southend-on-Sea cuando un tabernero que había visto su cara en los informativos de televisión lo reconoció y llamó a la Policía.

Un psiquiatra afirmó en el juicio que Marriott padecía «un desorden psicótico persistente que le provocaba un comportamiento anormalmente agresivo». Fue declarado culpable de homicidio involuntario y el juez lo sentenció por tiempo indefinido a Broadmoor, el hospital para criminales dementes.

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Gran hotel

Durante más de cien años, el hotel Savoy ha mantenido su imagen de riqueza y elegancia. Su propósito ha sido siempre el de proporcionar a los clientes el lujo adecuado y un servicio impecable.

El Savoy, inaugurado en 1889 ha disfrutado siempre de una reputación envidiable como uno de los mejores hoteles de Europa. Fue el primero en instalar la luz eléctrica, el primero en poner ascensores y el primero en tener aire acondicionado.

Construido por el empresario victoriano Ríchard D’Oyly Carte en los beneficios de las obras de Gilbert y Sullivan, el hotel aventajaba a todos los de su tiempo. Los planos incluían tal cantidad de cuartos de baño, que el constructor preguntó: «¿Creen que sus huéspedes van a ser anfibios?»

El hotel disponía de un fichero donde constaban las preferencias personales de los huéspedes, y no se permitía entrar sin corbata ni en el bar ni en el restaurante. (Había un surtido de corbatas discretamente dispuesto para casos emergencia).

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Conclusiones

Marguerite Fahmy continuó viviendo como una europea mundana, visitando los lugares de moda y mezclándose con la gente rica y famosa con base en su hogar de París. Cuando viajaba a Londres visitaba regularmente el despacho de Sir Edward Marshall Hall, en el Colegio de bogados, donde tomaban el té juntos.

La familia de Fahmy se aseguró de que la viuda no heredara la enorme fortuna de su marido. En 1924, un año después del juicio, se vio envuelta en un absurdo plan para reclamar 2.500.000 de libras de la herencia de su marido, pretextando que estaba embarazada. El proyecto fracasó y durante algún tiempo fue el hazmerreír de todo París. No volvió a casarse. Murió en París, en el elegante suburbio de Neuílly, el 2 de enero de 1971.

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Fechas clave

  • 30-07-22 – Marguerite Laurent conoce en París al príncipe Ali Kamel Bey.
  • 26-12-22 – La pareja contrae matrimonio en El Cairo.
  • 01-07-23 – Los Fahmy llegan a Londres y se alojan en el Savoy.
  • 10-07-23

– 2,30 a.m. La señora Fahmy dispara contra su marido.

– 9,00 a.m. Acusan a Marguerite Fahmy de asesinato.

 


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