Margarita Celina Herlein

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Margarita Herlein
  • Clasificación: Asesina en serie
  • Características: Parricida - Envenenadora
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 1962 - 1977
  • Fecha de detención: Enero 1978
  • Fecha de nacimiento: 1936
  • Perfil de las víctimas: Juan Gebel / Abel Vitale / Alberto Seitz / Ricardo Máximo Janush
  • Método de matar: Envenenamiento (raticida)
  • Localización: Coronel Suárez, Buenos Aires, Argentina
  • Estado: Condenada a cadena perpetua
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Margarita Herlein

Jorge Omar Charras

1 de septiembre de 2010

Conseguir hombres nunca fue un problema para Margarita Herlein. Ya en su adolescencia sabía que sus vecinos varones se desvivían por hablar con ella, por acercársele, por ser vistos. La invitaban a fiestas y bares, al cine y a teatros, a asados, a excursiones. Margarita llevaba con orgullo su éxito sexual, aunque en el fondo siempre despreció las miradas de deseo de las que era objeto. Le parecía que alguien como ella no merecía tantas atenciones: al empequeñecerse ante su propia mirada, empequeñecía automáticamente a sus posibles candidatos.

Había nacido en 1936. Su familia alemana la educó con principios estrictos y una falta de cariño notoria. “Mi mamá nunca me abrazó y mi papá tampoco”, le decía a Norita, su única amiga de entonces. No lo contaba con dolor sino con cierto asombro, como si su caso fuera una rareza que ella llevaba con estoicismo.

Margarita era rubia, de altura normal y facciones armoniosas. Lo que más le gustaba de sí misma era una combinación: la dureza de su mandíbula cuadrada con sus ojos celestes. Celestes, grandes y pacíficos. De hecho, sus ojos se habían transformado en parte de una broma antipática que su madre solía repetirle cada vez que ella cometía alguna indisciplina. “La verdad, sos insoportable. En la vida lo que te va a salvar son esos ojos y nada más”.

En 1953, a los 17 años, Margarita se casó con Juan Gebel, diez años mayor que ella. Sus padres le insistieron para que aceptara a ese hombre. “Es alemán, como nosotros, se van a entender”, decía siempre la madre. Margarita había tenido varios novios, pero nunca se había animado a ir a la cama con ellos: Coronel Suárez era un lugar chico y tenía pánico de que su familia se enterara. De modo que aceptar a Gebel fue un episodio que tuvo más que ver con la curiosidad que con el amor.

La novedad de una vida sin padres y con un hombre le gustó los dos primeros años. Pero luego salió a la luz su espíritu curioso y errático. Tenía 19 años y se preguntaba si era justo con ella misma llegar a vieja conociendo a un único hombre. También se preguntaba si su marido no sería una tremenda equivocación auspiciada por una madre rencorosa y desamorada como era la suya.

Con las dudas, empezaron lo que ella misma llamaba, “las pruebas”. Consistían en peinarse con muchísimo cuidado, elegir una ropa que la favoreciera, y salir a la calle para testear si seguía gustando a los hombres. Nunca se sentía segura de los resultados. La miraban, sí, y ella se daba cuenta, pero le parecía que las cosas habían cambiado, que nada era como antes de su casamiento. Se preguntaba por qué. ¿Acaso el solo hecho de casarse podía hacerle perder todo su atractivo? ¿O era que los hombres únicamente miraban a las adolescentes? Había engordado cuatro kilos, ¿sería eso? Cada día cambiaba la naturaleza de las respuestas ante su propio interrogante.

Mientras tanto tuvo un hijo, Juan Carlos. Había quedado embarazada a los pocos meses de casada. En 1958, cuatro años después, tendría a su segunda hija, Lidia Noemí.

El nacimiento de Lidia fue el detonante de una crisis que Margarita no supo cómo superar. Veía toda la escena familiar de su propia vida como si se tratara de una película de mal gusto, una película estúpida acerca de una mujer que tiró todo por la borda a cambio de un marido vulgar, dos hijos insignificantes y una casa fea. No podía haberse hecho algo así a ella misma.

Juan Gebel era una persona sencilla. Empezó vendiendo carne, más tarde comerció también con autos e instaló un bar. Sus ocupaciones lo mantenían permanentemente alejado de su casa, lo cual le permitió a Margarita tomarse ciertas licencias.

En la farmacia que había a dos cuadras de su hogar conoció a un tal García, que atendía en la caja y que, sin ser farmacéutico, mataba sus horas de ocio estudiando los efectos de ciertos venenos. A Margarita le gustó el físico del empleado: lo miraba con sus pantalones oscuros y su chaqueta celeste y se lo imaginaba desnudo. Él, mantenía las mismas intenciones que ella. Tardaron poco en convertirse en amantes. Y cuando ella logró tener en su cama al segundo hombre que apareció en su vida, sus sospechas se confirmaron: su marido no valía la pena, y era inútil llegar a vieja con ese lastre. Sin embargo, la separación no estaba en sus planes. Juan tendría que desaparecer. Literalmente.

Al principio pareció que el destino iba a ayudarla. A Gebel, en 1962 un terrible accidente con su Ford T casi lo sacó del medio. Ella, que había ido a un colegio católico, reflotó su costado religioso para pedir, para suplicar, que su marido no se repusiera. Sus plegarias no fueron escuchadas. Con dificultad, Gebel mejoró. Ella vivió todo el proceso de su recuperación como una pesadilla. Muchas veces le parecía que Dios la iba a castigar por hacerle semejante pedido, o por esperar la muerte de su esposo. Se imaginaba el castigo como muchos años más de su vida en soledad, ignorada por los hombres, dedicada a la crianza de sus hijos, limpiando día a día la basura de su casa.

Una noche en la que su amiga Norita había ido a hacerle compañía tomó un par de copas de vino y se animó a confiarle, en parte, sus fantasías de viudez. Su amiga le dijo que hablara más bajo, que su marido convaleciente podía estar escuchándolas. Pero después la consoló, le dijo que todas las mujeres del mundo, en algún momento, habían deseado la muerte de su marido. No había cosa más normal.

Una tarde, ya varios meses después del choque, Gebel invitó a su mujer a ir al cine. A la vuelta, Margarita estaba de pésimo humor. Había visto a su amante —el de la farmacia— abrazado con una mujer dos filas más adelante. Ella no tenía ninguna intención de proyectar un futuro con el tal García, pero había una idea que no la abandonaba: “Si yo no estuviera casada, él estaría ahora conmigo no con esa otra”.

Con el ánimo ensombrecido, miró a su marido: estaba haciendo cuentas con una cantidad de papeles en su escritorio. Lo vio peor que nunca, más viejo, más débil, más pelado, más empequeñecido.

Se dio cuenta de que ese era el momento para poner en práctica lo que venía pensando desde hacía meses: envenenarlo. Se le acercó y le preguntó: “Tenés hambre? ¿Querés que te cocine unas empanadas?”. Gebel aceptó. Pocas horas después, empezaron los vómitos. Al día siguiente el cuadro empeoró. Los medicamentos que se le recetaron no hacían efecto. Tuvo complicaciones renales. El jueves siguiente fue internado en Coronel Suárez pero, ante la gravedad del caso, lo trasladaron de inmediato a Buenos Aires. Dos días después, Juan Gebel murió. Los médicos creyeron que se trató de un caso excepcional de “cáncer fulminante”.

Ya viuda, Margarita Herlein empezó a sentirse mejor. Una de sus primeras decisiones fue abandonar Coronel Suárez. Llevó a sus dos hijos a Olavarría, donde decidió afincarse. Alquiló una casa en el barrio Los Eucapliptos. El dueño, Abel Vitale, era carpintero, algo pobre, separado y con dos hijas. Se hicieron amigos. Poco después, amantes. Enseguida, Vitale se instaló en su propia casa -la que le alquilaba a Margarita y sus hijos— y, al final, se casaron. En 1970 tuvieron una hija, Esther Viviana. Una vez más, el nacimiento de la hija desencadenó en Margarita un proceso de angustia e insatisfacción. Volvió a ver su vida como una pésima película, una película a la que se iban agregando sin pausa elementos patéticos.

Cuando nació la hija, Vitale decidió instalar una despensa para que su mujer tuviera algo que hacer: la veía aburrida y desinteresada por todo. El negocio fue útil para la economía familiar porque pocos días después de haberlo inaugurado, él tuvo que dejar su trabajo de carpintero: tenía náuseas permanentes, espantosos dolores de cabeza, calambres y se le caía el pelo. Los médicos especularon: la enfermedad parecía provocada por un cáncer de médula. El 21 de octubre de 1971 Vitale murió.

A comienzos de 1972, Margarita se encontró, en Olavarría, con un antiguo vecino de Coronel Suárez Alberto Seitz, quien había tocado en la orquesta Juvencia. De ahí se conocían. Pero cuando el grupo se disolvió, Seitz decidió mudarse.

Él tenía más de cincuenta años, era casado, tenía hijos y fabricaba guitarras y violines. Pero la fidelidad no era su punto fuerte. Cuando vio a Margarita recordó la cantidad de veces que le había insistido para salir. Habían pasado más de veinte años, pero a los 36 ella seguía siendo una mujer atractiva. Incluso más atractiva que antes.

Margarita se había acercado a Seitz porque lo recordaba de cuando tocaba enjuvencia: siempre había querido tener una historia con un músico. Y además tenía la idea obsesiva de conseguir hombres. Lo que quería, en realidad, era probarlos. Había algunos a los que descartaba de plano, pero otros le generaban dudas. Tantas dudas, que la única forma de estar segura de si valían la pena, era así, probándolos. Y a Margarita las pruebas siempre le resultaban decepcionantes. Con Seitz, en un par de meses supo que no le pasaba nada más. Pero ella ya se había acostumbrado a terminar sus relaciones de manera definitiva. Una simple separación no le bastaba. No era suficiente. El “cáncer fulminante» le llegó a Seitz el 27 de agosto de 1973.

¿Cómo es posible que con esos antecedentes los hombres aún se le acercaran a Herlein? Incluso por una cuestión supersticiosa, deberían, por lo menos, haberse asustado de una mujer tres veces viuda. Pero la gente suele tener una confianza ilimitada en su propia suerte. De modo que cuando Ricardo Máximo Janush, camionero, 37 años, conoció a Margarita y supo de sus tres maridos muertos, no se impresionó en lo más mínimo, ni siquiera ante los comentarios del pueblo. No es que hubiera sospechas concretas de que ella los hubiera asesinado, pero todas las bromas desembocaban ahí, en el crimen perfecto.

El 19 de abril de 1976 Janush y Herlein se casaron y él se hizo cargo de los tres hijos de ella. Al mayor le instaló una carpintería. Tomó un seguro de vida y los hizo beneficiarios a los cuatro.

Pocos meses después de la boda, Margarita se cansó de su esposo. Todavía se sentía joven como para abandonar la búsqueda del hombre destinado para ella. Tendría que matarlo para seguir su propio camino. A la vez, tenía miedo de que la gente empezara a sospechar. Así que pensó envenenarlo también —no se le ocurría otra forma de matar— pero sirviéndole el veneno antes de que se fuera a la ruta con el camión. Según sus cálculos, el veneno lo embotaría y él chocaría de mala manera.

No tuvo suerte. A Janush le aparecieron los síntomas, tan conocidos para ella: cólicos, mareos, dolor de cabeza, calambres, debilidad extrema. Pero no se estrelló en la ruta sino que, llegando a Buenos Aires para transportar unas mercaderías, se sintió tan mal que fue al hospital Rawson, donde fue internado. De allí lo trasladaron al hospital Ferrer. Murió el 11 de diciembre de 1977.

La muerte de Janush produjo sospechas entre sus compañeros de trabajo. En el certificado de defunción constaba que había muerto de bronconeumonía, pero ya en el velorio empezaron a tejerse distintas teorías. En un diario de Olavarría, El Popular, se hilvanó la historia de Margarita Herlein y las sucesivas muertes de sus hombres, todos con una sintomatología similar. Un sobrino de Janush acusó ante la policía a Margarita y a su hijo. Una vez detenida, y ante el temor de que incriminaran a su hijo, ella confesó haber envenenado con raticida a su último esposo.

Mientras cumplía la prisión preventiva, le explicaron que se exhumarían los cadáveres de sus ex maridos. Fue la primera vez que se la vio perdida, abrumada.

Se encontró veneno en los cuerpos de Gebel, Vitale, Seitz y Janush. Ella sólo reconoció haber envenado a Janush. En un momento de cansancio dio algún detalle: “Yo esperaba que se matara en la ruta, con el camión. Me falló. Qué se le va a hacer. Pero ahora ya no espero nada. Todo me da igual”.

Fue a parar a la cárcel de mujeres de Azul. A una de sus compañeras le dijo que, en el fondo, estar presa no era tan malo. “Por lo menos, no tenés que pensar en si le gustás a los hombres o no. Por lo menos eso”.

Fuente: Libro Mujeres Asesinas, de Marisa Grinstein.

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