Marcelo Alejandro Antelo

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Marcelo Alejandro Antelo

El asesino de San La Muerte

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: «Los crímenes se debían a un pacto satánico con San La Muerte»
  • Número de víctimas: 4 +
  • Periodo de actividad: Feb. - Ago. de 2010
  • Fecha de detención: 30 de agosto de 2010
  • Fecha de nacimiento: 1988
  • Perfil de las víctimas: Emiliano Ezcurra, de 27 años / Pablo Zaniuk, de 26, y Marcelo Cabrera, de 28 / Jorge Mansilla, de 48
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Buenos Aires, Argentina
  • Estado: Condenado a prisión perpetua el 7 de septiembre de 2012
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Marcelo Alejandro Antelo – Arrestaron a un presunto asesino serial devoto de «San la Muerte» en Buenos Aires

Lagaceta.com.ar

31 de agosto de 2010

Creen que cometió al menos seis homicidios en cuatro meses para cumplir con una promesa al santo. Se resistió a balazos.

Un joven de 22 años fue detenido por la Policía en el barrio porteño de Flores y luego se comprobó que era buscado desde hacía tres semanas, acusado de ser el autor de varios homicidios.

La Policía sostiene que «Marcelito» es un asesino serial (le atribuyen al menos seis homicidios en cuatro meses) y aseguran que le había prometido a San la Muerte una vida por semana para obtener protección para sí mismo y para su familia, dijeron los investigadores.

Se trata de un santo popular, muy venerado en el Litoral argentino, y al que se suelen encomendar también muchos ladrones.

Según trascendió, desde la detención del joven ya declararon ante la Justicia al menos seis testigos y uno de ellos dio detalles del «pacto».

Los investigadores subrayaron que cinco de los crímenes por los cuales se lo buscaba ya fueron probados, y agregaron que tenía orden de captura por «homicidio agravado» librada por el Juzgado Nacional de Menores Nº 7 a cargo del juez Enrique Velázquez.

Uno de los hechos que se le atribuyen es el homicidio del joven estudiante de Filosofía Rodrigo Ezcurra, de 27 años, cuyo cuerpo fue hallado el 11 de abril, en los pasillos del Barrio Rivadavia, con un balazo en el pecho.

De la serie de crímenes en cuestión, por el momento sólo uno lo mantiene preso, el de Ezcurra, por el cual el juez Enrique Velázquez había ordenado su captura el 26 de agosto.

A Ezcurra, presuntamente, le siguió Pablo Villa (27), asesinado a balazos el 22 de julio, causa a cargo de la fiscal Alicia Martín. El 8 de agosto cayó Jorge Mansilla (48), en un episodio que investiga el fiscal Rodolfo Cudicio.

El 1 de agosto, en medio de los crímenes de Villa y Mansilla, hubo otra muerte violenta en el Barrio Rivadavia, pero se desconoce la identidad de la víctima porque fue calcinada.

El último de los hechos por el que la Policía investiga a «Marcelito» fue un doble homicidio: Pablo Zanuik (26) y Marcelo Cabrera (28) asesinados a balazos el 15 de agosto, cinco días antes del día de San La Muerte.

«Pero en la lista puede haber más casos. Estamos estudiando unos 10 en total y tratando de unificar las investigaciones para trabajar mejor. En algunas causas ya contamos con reconocimientos fotográficos positivos», publicó el diario Clarín.

El sábado, desde un patrullero intentaron identificar al joven y éste les respondió a balazos. Ese día, en poder de «Marcelito» se secuestró una pistola calibre 9 milímetros que, sospechan los investigadores, pudo ser la utilizada en algunos de los homicidios.


Un devoto de «San La Muerte» sería el primer asesino serial en 39 años

Lagaceta.com.ar

1 de septiembre de 2010

El muchacho de 22 años se enfrentó a balazos con la Policía cuando pretendieron detenerlo en Buenos Aires. La habría prometido a su deidad un crimen por semana si obtenía dinero y drogas. Tenía en su poder el arma que le habían robado a un policía federal. No declaró.

Desde hacía años, un caso no causaba tanta conmoción como el que salió a luz en las últimas horas. Un joven de 22 años fue detenido por la Policía en el barrio porteño de Flores y luego se comprobó que era buscado desde hacía tres semanas, acusado de ser el autor de entre 9 y 10 homicidios cometidos en la zona del Barrio Rivadavia 1.

El último asesino serial del que se tenga conocimiento es Carlos Robledo Puch, el «Angel Negro», condenado por once asesinatos perpetrados entre marzo de 1971 y febrero de 1972, quien actualmente todavía está detenido en el penal de Sierra Chica.

Para los investigadores, el nuevo asesinado serial, identificado como Marcelo Alejandro Antelo, -conocido con el apodo de «Marcelito»-, había hecho un pacto con «San la Muerte» y por ese motivo cometía los crímenes.

«Le había prometido una muerte por semana para obtener la protección suya y de su familia», dijeron fuentes del caso.

Según trascendió, desde la detención del joven ya declararon ante la Justicia al menos seis testigos y uno de ellos dio detalles del pacto con San La Muerte.

Sobre las acusaciones que pesan en su contra, los investigadores subrayaron que cinco de los crímenes por los cuales se lo buscaba ya le fueron probados, y agregaron que tenía orden de captura por homicidio agravado librada por el Juzgado Nacional de Menores Nº 7 a cargo del juez Enrique Velázquez.

Uno de los principales hechos que se le atribuyen es el homicidio del estudiante de Filosofía Rodrigo Ezcurra, de 27 años, cuyo cuerpo fue hallado en abril en los pasillos del Barrio Rivadavia, con un balazo en el pecho.

El joven detenido fue descubierto «en actitud sospechosa» el último fin de semana por el personal de una brigada de la comisaría 38.

Luego de intentar escapar, cubriendo su huida a balazos, el joven fue requisado y se descubrió que tenía en su poder el arma reglamentaria de un agente de la Policía Federal.

Con los cargadores

Tras las averiguaciones, se supo que se trataba de un individuo que estaba siendo investigado desde hacía tres semanas por personal de la División Homicidios de la Policía Federal.

La detención, de acuerdo con lo indicado, se concretó en Esteban Bonorino y Oceanía, en el barrio porteño de Flores, con la intervención de personal de la comisaría 38.

En su poder, los agentes encontraron -además del arma 9 milímetros de un policía que resultó ser robada el pasado 26 de marzo-, dos cargadores con 13 cartuchos cada uno.

Los otros casos

Los investigadores comenzaron a delinear que aparentemente después de Ezcurra, el joven mató a Pablo Villa, de 27 años, asesinado a balazos el 22 de julio, causa a cargo de la fiscal Alicia Martín. Pocos días después, el 8 de agosto cayó muerto Jorge Mansilla en un episodio que investiga el fiscal Rodolfo Cudicio, quien además interviene en dos hechos de «amenazas y disparos de arma de fuego» contra dos vecinas del barrio Rivadavia II.

En medio de los crímenes de Villa y Mansilla, el 1º de agosto hubo otra muerte violenta en ese barrio, pero se desconoce la identidad de la víctima porque fue calcinada.

El último de los hechos por el que la Policía investiga a «Marcelito» fue un doble homicidio, el de Pablo Zanuik (26) y Marcelo Cabrera (28), quienes fueron asesinados a balazos el 15 de agosto.

La Policía no descarta que el ahora detenido esté involucrado en otros homicidios ocurridos entre 2009 y este año, por lo que la Fiscalía interventora ha solicitado la presencia de testigos que puedan aportar datos para la causa.

Según un informe del diario Clarín, hasta que le cayera encima la acusación de asesino serial con motivaciones místicas, «Marcelito», según los propios partes de la Federal, no tenía un prontuario impactante .

A principios de año la brigada de la 38º lo había detenido por manejar un auto mellizo y le inició una causa por «encubrimiento». El informe del Registro de Reincidencia Penal reveló que el 27 de febrero de 2009 había sido declarado «en rebeldía» por un juzgado de Lomas de Zamora.

El portal Infobae agregó que los investigadores del crimen del estudiante Ezcurra buscan un teléfono celular en el que se cree Antelo confesó en una filmación haber cometido ese homicidio y el de otras cuatro personas por una promesa que le hizo a «San La Muerte».

Fuentes policiales aseguraron que, según el relato de testigos, en esa filmación considerada «clave» por los policías, el presunto homicida relató que hizo un pacto con el santo en el cual «pidió dinero y drogas a cambio de matar a una persona por semana». El acusado será indagado en las próximas horas. (DyN-Télam-NA-Especial)


«El pibe se metió con San La Muerte y empezó a hacer cosas extrañas»

Liliana Caruso – Clarin.com

3 de septiembre de 2010

La lluvia no para. Hace frío. Pero el ritmo del Barrio Rivadavia es igualmente incesante y desafía al clima. La gente va y viene. Pocos usan paraguas. Sólo la gente más grande. Otros se tapan con lo que pueden o lo que tienen, como un hombre que camina envuelto en una frazada a metros del Centro de Salud Comunitario 40.

La mayoría de los que andan dando vuelta sin parar son adolescentes. Las calles son asfaltadas, no tienen carteles y la zona se va identificando por números de casas y edificios o por referencias (escuela, unidad básica, rotonda, entre otras cosas).

Según la Policía, dentro de este barrio del Bajo Flores, Marcelo Alejandro Antelo (22, alias «Marcelito») asesinó este año a siete personas y atacó a otras cuatro. Los investigadores aseguran que el muchacho se convirtió en asesino serial para cumplirle una promesa a San La Muerte a cambio de plata y droga.

En uno de los edificios del Barrio Rivadavia II, Clarín se encuentra con un tío-abuelo de «Marcelito». «Algunas cosas que se dicen son verdad, otras no. No lo veo muy seguido porque yo trabajo todo el día. Lo que puedo decir es que el pibe se metió primero con los evangelistas y estaba todo bien. Después no sé, entró como en una secta de ese… San La Muerte y en ese momento empezó a decir cosas raras, a hacer cosas extrañas. Se fue de acá y no apareció más», afirma este hombre, quien se identifica sólo por el nombre, Jorge.

«Lo último que sé del padre de este chico es que estaba preso. La madre vive en Pompeya», dice. Y agrega que, cuando lo detuvieron el sábado pasado, «Marcelito» se encontraba con su pequeña hija .

«No puedo decir que iba armado, yo nunca lo vi».

«A este chico lo mató la droga. A veces andaba destruido. No puedo creer que haya hecho todo lo que dicen, pero lo único que sé es que cuando una persona está bajo los efectos de la droga no sabe lo que hace. Se pierde. Cuando él estaba bien nos venía a ver, cuando estaba mal, escapaba. Tampoco pude saber si robaba».

«Tiene un solo riñón, porque una vez recibió un balazo y le tuvieron que sacar el otro», explica Jorge, quien apenas asoma desde una ventana.

«Yo no quiero hablar de lo que pasa en el barrio porque después te pasan la factura. Yo le dije a mi hijo que acá era peligroso y no me hizo caso», cierra Jorge.

El barrio Rivadavia es una sucesión de casas de material, a medio terminar o despintadas, que se mezclan con monoblocks empobrecidos, pasillos y callejones que, para los que no conocen la zona, se vuelven un laberinto. Las esquinas están llenas de grupitos de jóvenes. Cada 200 metros, aún bajo la lluvia, hay muchachos que miran a todo el que pasa. La gente del barrio confía a la cronista sus perfiles: están los «vigías» (que avisan y registran quién entra y quién sale), los «transa» (que venden droga) y los «fisura» (adictos al paco).

Ellos no hablan de «Marcelito». Es más, ante la proximidad de un visitante, se dispersan. Cuando se les preguntan si conocen al supuesto asesino serial, la respuesta es difusa: «Ni idea, acá hay un montón de Marcelos», y se tapan la cara con la gorra.

«Hace poco me mudé y no conozco a casi nadie. Te tenés que meter en las torres porque los timbres no andan», dice gentilmente un hombre que sale de un monoblock despintado del Rivadavia II y se mete en una EcoSport oscura.

«El nombre suena, acá nos conocemos todos. Lo que pasa es que nadie te va a decir nada porque tenemos miedo a represalias. Lo de San La Muerte no es extraño. Acá en el barrio vas a ver imágenes de distintas vírgenes y santos», cuenta una chica.

En un corralón de construcción, aseguran: «Cada dos por tres, cuando abrimos a la mañana, nos encontramos con la cortina reventada por los tiros. Si hasta las balas entran y quedan marcadas las paredes. De día está tranquilo, el problema es la noche y la droga».

Claves

El sábado pasado, policías de la comisaría 38 detuvieron a Marcelo Alejandro Antelo en el Barrio Rivadavia, del Bajo Flores. El joven de 22 años, conocido en la zona como «Marcelito», tenía pedido de captura desde el jueves anterior por el homicidio del estudiante de Filosofía Rodrigo Ezcurra (27), ocurrido el 11 de abril pasado. Se le secuestró una pistola 9 milímetros que había sido robada a un policía de la Federal en marzo.

Una investigación de la División Homicidios relaciona a «Marcelito» con otros seis homicidios y cuatro ataques a tiros ocurridos dentro del Barrio Rivadavia entre febrero y agosto de este año.

Testimonios de esa investigación señalan que Antelo hizo un pacto con San La Muerte: matar a una persona por semana a cambio de protección y prosperidad.


El asesino de San La Muerte, a juicio por cinco crímenes

Virginia Messi – Clarin.com

6 de marzo de 2011

«Marcelito» (22) fue detenido en el barrio Rivadavia a fines de agosto.

También lo acusan de dos tentativas de homicidio. Le dicen «Marcelito», tiene 22 años y entre febrero y agosto del año pasado protagonizó una serie de ataques en el Bajo Flores. Había hecho una promesa: matar a cambio de droga y éxito en los robos.

El informe de los peritos del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema lo dice clarito: «Las facultades mentales del nombrado se encuadran dentro de los parámetros considerados normales». Conclusión: aunque haya matado a balazos a más de media docena de personas en apenas seis meses dentro del Barrio Rivadavia, del Bajo Flores (pacto con San La Muerte de por medio), Marcelo Alejandro Antelo (22, alias «Marcelito») no es un loco. Sabía lo que hacía.

Por eso, el fiscal de Instrucción Martín Niklison, a cargo de la investigación de la seguidilla de crímenes, acaba de pedirle a la jueza María Fontbona de Pombo que eleve a debate oral y público gran parte de los casos que hay contra él.

Al cierre de esta nota, Antelo tenía requerimiento formal de juicio por cinco homicidios, dos tentativas de homicidio y cuatro asaltos a mano armada, todos ocurridos entre febrero y agosto de 2010. A la lista se suman otros delitos menores como extorsión, tenencia ilegal de arma de guerra, encubrimiento y lesiones graves.

Marcelito ya era el terror del barrio en abril del 2010, cuando mató de un disparo en el pecho a Rodrigo Ezcurra, un estudiante de Filosofía de 27 años, el caso que tuvo más repercusión de todos por los que deberá a responder en juicio.

Fue cerca de las dos de la madrugada del 11 de abril. Ezcurra -adicto a las drogas- se había metido en el barrio con su bicicleta último modelo cuando se topó con Antelo y unos 10 chicos, integrantes de una banda de la zona conocida como «Los Kinder».

Le sacaron la bici y el celular. El problema vino cuando le exigieron la entrega de la droga que, al parecer, había comprado. Una testigo -a quien Antelo le confió luego los detalles del episodio- declaró que Ezcurra se resistió. Entonces, mientras sus compañeros gritaban «pégale un tiro, pégale un tiro», Antelo le disparó al pecho.

Dos vecinos de la cuadra donde ocurrió todo contaron a los policías de la División Homicidios de la Federal que, luego de disparar, Antelo le gritó a Ezcurra: «Tú me lo pediste, hijo de puta», porque el estudiante le habría dicho que no le iba a entregar la droga, que antes prefería estar muerto. Luego del disparo, el grupo se fue, pero unos 25 minutos después Antelo volvió solo a donde estaba Ezcurra mal herido para revisar sus ropas más a fondo.

En esta causa, una conocida de «Marcelito» contó el pacto de éste con San la Muerte y dijo que, según palabras del propio Antelo, Ezcurra había sido su primera víctima luego del trato: matar a cambio de éxito en los robos y buena provisión de paco.

Antes del crimen del estudiante, el 24 de febrero, Antelo había matado a un vecino (Santos Valeroso Vargas) porque éste lo corrió para que le devolviera los documentos que le había robado. Lo baleó con la misma pistola 9 milímetros con la cual, tres días antes, le había disparado en las piernas a Marcelo Díaz de Armas, cuando éste se negó a darle el dinero que llevaba encima.

Aunque en su investigación la Policía no logró determinar dónde vivía Antelo exactamente, se sabe que durante un tiempo compartió alojamiento en la casa 1018 del Barrio Rivadavia junto con otras personas adictas al paco. Se sabe esto porque el dueño de esa casa (Jorge Alberto Mansilla) tuvo una discusión con Antelo, lo echó y eso le costo la vida.

El 2 de agosto, Antelo baleó la casa de Mansilla al grito de: «Jorge, salí que te quiero matar». Mansilla finalmente terminó fusilado la madrugada del 8 de agosto. «Marcelito» le tocó el timbre y, cuando el hombre salió a atender, le disparó directamente a la cabeza con una pistola Browning 9 milímetros robada a un policía federal el 26 de marzo.

Ya la noche del 24 de junio, otro de su compañeros de alojamiento en la casa 1018 había sido la primera víctima de la misma vendetta. Darío Romero iba caminando por un pasillo cuando «Marcelito» lo llamó por su nombre. Antelo llevaba una escopeta debajo de su campera, la sacó y le disparó a matar. Romero, instintivamente, se protegió con las manos.

«Le volé la mano, le volé la mano», dijo Antelo entre risas a un joven que lo acompañaba, al ver destrozada la mano izquierda de Romero.

Más suerte tuvo Mario Quiero, cuando la mañana del 8 de agosto (apenas ocho horas después de matar a Mansilla). «Marcelito» se presentó en su taller mecánico a reclamarle una deuda de 300 pesos por un arreglo nunca hecho al auto de un amigo.

Primero le gatilló tres veces, pero el arma se trabó. Se tomó su tiempo para arreglarla, disparó al aire para probarla, la bala salió y entonces comenzó a perseguir a Quiero, quien había subido corriendo las escaleras de su casa para salvar la vida.

El mecánico se encerró en una habitación junto con su mujer y sus hijos. Frustrado, Antelo se entretuvo disparando contra el frente de la propiedad y un Fiat 600 que estaba estacionado en la vereda. Finalmente, la esposa de Quiero lo convenció de que se fuera, previa entrega de 150 pesos. Marcelito se retiró, pero antes les advirtió: si volvía a ver al mecánico lo mataría.

Cuando, finalmente, el 28 de agosto Antelo fue detenido, tenía encima la pistola reglamentaria 9 milímetros robada al policía en marzo. El arma estaba intacta, con su numeración sin limar e, incluso, conservaba el escudo de la Federal. Con ella -determinaron los peritos- había matado a Mansilla, baleado a Quiero y asesinado la noche del 15 de agosto a dos jóvenes que habían ido al barrio a comprar droga.

Como el estudiante Rodrigo Ezcurra, Pablo Zaniuk y Marcelo Cabrera se internaron en el Barrio Rivadavia sin un conocimiento acabado de la zona. En la esquina de la calle Corea y un pasillo próximo a la casa 107, se toparon con «Marcelito» y otro joven, aún no identificado. Zaniuk murió luego de recibir un balazo de lleno en la cara. Cabrera terminó con nueve impactos de bala repartidos en su cuerpo.


La pericia psicológica determinó que tiene un «trastorno antisocial»

C.D.L. – Perfil.com

7 de septiembre de 2012

Marcelo Antelo era adicto al paco. Su madre lo echó de su casa, también Brenda, su novia, con quien tuvo a su hija de tres años. «Marcelito» no superó el rechazo ni toleró que Jorge Mansilla lo echara de la casa donde se drogaba y lo mató. Entre los 17 y 19 años, el asesino de Bajo Flores hizo tratamientos de rehabilitación que no funcionaron.

El problema era profundo: un tío, con el que vivió, falleció en enfrentamientos. Otro, vendía droga. Su padre era alcohólico y violento. A los 19 años, «Marcelito» se sentía abandonado por su familia debido a su adicción a la pasta base.

«Sufrió mucho cuando se fueron», indica el estudio socio-ambiental al que tuvo acceso Perfil. «Me quedé solo y aislado por la droga. Callado, quieto y sin amigos», dijo en la entrevista con los especialistas del poder judicial. Desde ese entonces, Marcelo Antelo deambulaba por el barrio Rivadavia sin domicilio fijo.

Sobre los dealers, manifestó: «Ellos son causantes de todos los problemas y la destrucción de la familia». «Marcelito» se vinculó a «la iglesia del Dios Vigente», donde participaba de cultos, alabanzas y canciones, pero no consiguió recuperarse.

«Todo lo que tengo se me destruye», se lamentó. A los 20 años perdió un riñón. Según el asesino de Bajo Flores, resultó herido cuando se enfrentó a tiros con un dealer. «Se encuentra en una situación de vulnerabilidad extrema personal y riesgo social (comisión de delitos para consumir drogas) para sí y para terceros», concluyeron los peritos.

En la investigación se estableció que Antelo mató bajó la influencia de San La Muerte, cuestión que él mismo se encargó de desmentir.

La pericia psicológica determinó que «no aporta producción delirante ni contenidos ideativos de corte místico-religioso». Según las fuentes, los especialistas le diagnosticaron «trastorno antisocial de la personalidad. Marcado auto centramiento, regular nivel de autocrítica y alto nivel de egosintonía».


Condenaron a prisión perpetua a un asesino serial

Gustavo Carabajal – Lanacion.com.ar

8 de septiembre de 2012

Hace dos años dijeron que mató a cuatro personas para cumplir un pacto con San La Muerte. Ayer, Marcelo Antelo, de 24 años, fue condenado a prisión perpetua por los cuatro homicidios ocurridos entre febrero y agosto de 2010 en el barrio Rivadavia, en la zona sur del barrio de Flores.

Para el Tribunal Oral N° 20, Antelo habría sido responsable de los asesinatos del estudiante de filosofía Emiliano Ezcurra, Pablo Zaniuk, Marcelo Cabrera y Jorge Mansilla.

Según se expuso durante el juicio oral que terminó ayer, el sangriento raid por el que fue condenado Antelo comenzó el 11 de abril de 2010, cuando mató de un disparo en el pecho a Ezcurra, luego que el joven llegó al barrio Rivadavia con su bicicleta.

Aparentemente, el móvil del homicidio fue el robo. Antes de entrar en el barrio, la víctima llevaba encima un teléfono celular y una billetera, pero cuando la policía encontró el cuerpo, el joven estudiante de filosofía no tenía ninguno de esos objetos.

El 8 de agosto, Antelo baleó a Mansilla, un vecino del barrio en cuya casa el imputado había llegado a vivir con otras personas adictas al paco y de donde fue echado.

El imputado le tocó el timbre y, cuando el hombre salió a atender, le disparó en la cabeza.

Horas después habría intentado matar al mecánico cuando fue a reclamarle una deuda por un arreglo nunca hecho al automóvil de un amigo, pero el hombre se salvó porque el arma se trabó y pudo escapar.

Una semana más tarde, Zaniuk y Cabrera fueron asesinados a balazos por Antelo y otro joven nunca identificado. El 24 de junio del mismo año, Romero, uno de los compañeros de Antelo en la casa donde había vivido, iba caminando por un pasillo cuando el imputado le tiró con una escopeta y lo hirió en una mano.

El quinto homicidio por el que estaba acusado Antelo ocurrió el 24 de febrero de 2010. Durante el juicio oral no se pudo probar que el imputado hubiera sido el autor material del homicidio del vecino Santos Valeroso Vargas.

Aplausos a los jueces

Luego que el secretario del Tribunal Oral Criminal N° 27, integrado por los jueces Jorge Romeo, Federico Salvá y Javier De La Fuente leyó el veredicto condenatorio y, una vez finalizado, los familiares de las víctimas aplaudieron a los magistrados.

«Siempre la Justicia nos dio miedo, pero estos jueces nos demostraron que tienen sentimientos de padre. Mi pobre hijo descansa en paz», dijo la madre de Cabrera tras salir de la sala de audiencias.

Si bien al principio de la investigación algunos testigos dijeron que Antelo había cometido los asesinatos en cumplimiento de un pacto con «San La Muerte», esta presunción quedó descartada en el debate por algunas de las personas que declararon y por el imputado.


Perpetua para el joven que mataba por San La Muerte

Cecilia Di Lodovico – Peril.com

7 de septiembre de 2012

Marcelo Antelo fue condenado por cuatro homicidios. Los testigos dijeron que había hecho un pacto con el santo de los delincuentes.

«Rata asesina». El grito precedió la entrada del asesino de Bajo Flores a la sala del Tribunal Nº 27. El temido y odiado «Marcelito» Antelo (24) ingresó esposado y acompañado por dos custodios del Servicio Penitenciario Federal. Se sentó detrás de sus abogados y no levantó la cabeza más que para rechazar su derecho a las últimas palabras. Con la misma postura recibió su condena: prisión perpetua por cuatro homicidios y una tentativa, entre otros delitos.

Cuando el presidente del Tribunal comunicó la pena, la sala estalló. Los familiares de tres de sus víctimas celebraron el fallo y, de inmediato, comenzaron a insultar a Antelo. «Te van a matar los pibes», «vas a pagar uno por uno y a conocer la ley de la tumba», «te vas a pudrir en la cárcel». Antelo no reaccionó. Un mínimo sesgo de tristeza reflejaron sus ojos al retirarse.

Pasará eternas jornadas en la cárcel. «Siempre la Justicia nos dio miedo, pero hoy estos jueces nos demostraron que tienen sentimientos de padres. Hoy descansa en paz mi pobre hijo. Se hizo justicia», dijo aliviada Mónica, madre de Marcelo Cabrera, una de las víctimas.

«Se retobó y lo tuve que matar». Marcelito se jactaba de -según sus amigos- su primer homicidio. En el barrio Rivadavia, el crimen de Rodrigo Ezcurra, «el pibe de Palermo», había calado hondo.

El 11 de abril de 2010, el joven estudiante de filosofía desafió la lógica. Eran las 2 de la madrugada cuando Antelo y la banda de «los kinder» lo interceptaron frente a la casa 768. «Dame la plata, la billetera o el celular. Dame todo o te pego un tiro».

El grito despabiló a varios vecinos que escucharon el sonido de la bicicleta playera de Ezcurra caer al piso. Algunos lo vieron: Antelo era el más alto. Sus cómplices eran menores de edad. Luego, se escuchó la detonación. El proyectil impactó en el pecho del estudiante. «Lo pediste por hijo de puta», lanzó Antelo y escapó corriendo. Cuando la policía llegó, Rodrigo yacía en el piso muerto. A un costado, habían arrojado su billetera vacía.

Para ese entonces, ya se había ganado fama entre los habitantes del barrio Rivadavia a los que atemorizaba con una escopeta y otras armas. El 21 de febrero de ese año, le disparó a Jorge Díaz porque se negó a entregarle dinero y sospechan que tres días más tarde mató a Santos Valeroso Vargas porque le reclamó los documentos que le había robado junto a su dinero. No lo pudieron probar y Antelo fue absuelto por este homicidio.

Los familiares de Vargas no se presentaron en el juicio oral y público. Tampoco lo hicieron los allegados a Jorge Mansilla, el dueño de una casa donde Marcelito consumía paco. Lo asesinó porque lo echó. Fue el 8 de agosto. Antes, el 24 de junio, le destrozó la mano de un tiro a Darío Romero, otro vecino de la zona. Los testigos no se animaron a ratificarlo, que declararon en la etapa de investigación, porque aún le temen.

El doble homicidio de Federico Zaniuk (19) y Marcelo Cabrera (28) puso fin a la carrera de sangre. El 15 de agosto, los dos amigos fueron sorprendidos por el «apóstol» de San La Muerte.

Sin testigos, le pegó un tiro con una 9 mm a Zaniuk en la cabeza y Cabrera recibió nueve plomos. No les robó. Tres días más tarde, un móvil de la policía lo encontró sentado en un cantero. Tenía encima el arma con la que había matado a los amigos.

San La Muerte. Pese a que negó en el juicio ser devoto del santo pagano, una de sus amigas aseguró a la policía que los crímenes se debían a «un pacto satánico con San La Muerte». «Recibía droga y dinero a cambio de vidas humanas», dijo la joven que será investigada por falso testimonio. «Antelo no mataba por un rito, mataba por matar», afirmó Rita Scarlata, abogada de la familia Ezcurra.

Cuando fue apresado, Marcelito tenía 22 años y ningún antecedente. En cuatro meses asesinó a cuatro personas. El múltiple homicida no necesitó un santo motivador. En los pasillos del barrio Rivadavia, la muerte tuvo su nombre.

La devoción más sospechada

Pese a su nombre e imagen atemorizantes, San La Muerte no deja de ser tan sólo otro de los integrantes de un santoral popular que incluye al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, algo más fugazmente a Gilda y al mismísimo Potro Rodrigo, al beato Ceferino Namuncurá y las varias advocaciones de la Virgen María. Ocupando sin duda el extremo menos eclesiástico de este espectro es, sin embargo, tan sólo otro ser espiritual potente que puede venir al rescate de sus atribulados fieles. Quienes practican esta devoción, cada vez más extendida en todo nuestro país -crece casi en simbiosis con la del Gauchito Gil, que era su devoto-, no veneran a «la muerte» como algo opuesto a «la vida» sino que, antropomorfizándola, la convierten en «el más justo de los santos», el que finalmente «se lleva a todos, ricos y pobres».

Según algunos creyentes, «un ángel de Dios» cuya misión en el plan divino es llevarle las almas. En las fiestas anuales de sus numerosos santuarios, se ven familias enteras que van a acompañar a su «Santito» y a agradecerle por los favores recibidos. Aunque sin duda tiene devotos entre «los chorros», también los tiene entre los policías, y entre miles de otros argentinos de distinta extracción social. Su creencia no promueve ni apaña el delito, apenas acompaña las frecuentemente apabullantes condiciones sociales en que viven miles de nuestros connacionales y los dramas que protagonizan.

* Alejandro Frigerio. Antropólogo, investigador del CONICET.

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