Marcelino Ares Rielo

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Marcelino Ares

O Garabelo

  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Abatió a tiros a cuatro vecinos que estaban talando cinco robles plantados en un terreno que le habían adjudicado
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 19 de noviembre de 1983
  • Fecha de detención: Mismo día (se entrega)
  • Fecha de nacimiento: 1935
  • Perfil de las víctimas: Cándido Llanes Lamas, de 53 años; José Díaz Folgueira, de 67; José Manuel Vila Feijoo, de 55, y José Luis Díaz Vila, de 28
  • Método de matar: Arma de fuego (escopeta de cartuchos)
  • Localización: Gomesende, Lugo, España
  • Estado: Condenado a 56 años de prisión el 18 de abril de 1985. Puesto en libertad en 2000
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Marcelino Ares Rielo – Cuatro vidas por cinco robles

Carlos Fernández

Probablemente, los cuatro robles más trágicos y más caros, de la historia reciente de Galicia están en Gomesende. Allí, el 19 de noviembre de 1983, Marcelino Ares Rielo (a) «O Garabelo», abatió a tiros a cuatro vecinos que estaban talando dichos robles plantados en un terreno que la concentración parcelaria había adjudicado provisionalmente a «O Garabelo», aunque el terreno había pertenecido hasta hacía poco a José Díaz Foigueira, «O Maxistro», una de las cuatro víctimas.

He aquí la pequeña historia del crimen de Gomesende, «o crimen do Garabelo», que conmovió profundamente a Galicia y que desempolvó viejas historias de dramas y pasiones rurales que se creían ya olvidadas con la llegada de los tiempos modernos.

Marcelino Ares Rielo, «O Garabelo» tenía 48 años cuando sucedieron los hechos, padre de dos hijos, uno de 20 años, que juraba bandera en Cádiz el día del crimen y una niña de 13 años. Marcelino había tenido desde pequeño la cabeza desequilibrada -«furada», decían sus convecinos-, quizás producto de que cuando tenía 14 años, su hermano mayor le sacudió un buen garrotazo por haber permitido que un lobo se comiera a una de las ovejas que él cuidaba como pastor.

Años después, un artefacto le estalló en las manos y dejó a «O Garabelo» sordo de un oído. Los vecinos siempre le recuerdan como una persona de carácter irascible, destemplado y solitario, con la escopeta al hombro, de caza por el monte, acompañado de perros.

«O Garabelo», corpulento, aunque de mediana estatura, tenia una posesión ciertamente extensa, sobre todo para la Galicia minifundista. Su finca «O Castro», con las recientes incursiones de unas parcelas, tenía 28 hectáreas. En el altozano de la misma se alzaba la vivienda de Marcelino, una gran casa de piedra que parecía en las -puestas de sol el castillo del conde Drácula o el del más excéntrico magnate Randolph Hearst, tan bien ridiculizado por Orson Welles en su Ciudadano Kane-.

El caso es que, debido por un lado a su creciente sordera y por otro a su carácter huraño, «O Garabelo» se aisló cada vez más de sus vecinos. Su propia esposa, Sam Balado, le definía como de «carácter muy difícil».

La biografía de «O Garabelo» tiene un fondo trágico. No sólo el garrotazo en la cabeza o la explosión del artefacto que causó su sordera. Antes de trasladarse a Gomesende había regentado un bar en Meira, que acabó siendo pasto de las llamas. Posteriormente, se fue a Madrid con su esposa, en donde fijó su residencia. Allí tuvo otro bar, en la carretera de Burgos -donde hubo bastantes follones- y al mismo tiempo explotaba un taxi. En la capital de España residió unos doce años.

Al llegar a Gomesende, adquirió los terrenos y la casa donde viven por unos cinco millones de pesetas. Era una de las familias pudientes de la parroquia, llegando a tener cuarenta vacas, aunque ahora sólo tenían seis. En la casa contaban con un mayordomo, tenían un coche, un tractor, una guadañadora y tres motos, una de ellas de cross.

Cuando cerró la finca dos años antes, tuvo problemas con los vecinos, que, además, decían que las vacas de «O Garabelo» pasaban a pastar a las parcelas contiguas cuando les daba la gana.

«O Garabelo» llevaba cuatro años viviendo en Gomesende.

José Díaz Folgueira, (a) «O Maxistro», de 67 años, vecino de Meira (Lugo), casado con Cándida Vila, era el dueño de la parcela que el IRYDA había adjudicado a «O Garabelo», del que era enemigo amistoso, pero eso era para él, pues para «Garabelo» era irreconciliable. «Non o quero ver», dicen que repetía maquinalmente Marcelino cuando le mencionaban a «O Maxistro» al mismo tiempo que se llevaba el rifle al hombro.

José Luis Díaz Vila, de 28 años, era uno de los hijos de «O Maxistro». Estaba casado con Angeles Rodríguez Folgueira, asistenta del veterinario de Palas de Rei. De vez en cuando ayudaba a su padre en las faenas del campo y tenía dos hijos.

José Manuel Vila Feijoo, de 55 años, vecino de San Andrés de Ferreiros (POI), era el cuñado de «O Maxistro». De profesión labrador, estaba casado con Lidia Gallego, que padecía una dolencia cardíaca y no tenía hijos.

El cuádruple crimen

Candido Llanes Llamas, de 53 años, vecino de Meira, se ganaba la vida con el aserrado y transporte de madera, siendo el propietario de «Maderas Llanes». A esto le ayudaba un hijo, Javier Llanes Doval, de 24 años, vecino también de Meira, que se acababa de casar y tenía dos niños de corta edad, 18 y 6 meses, que le acabarían salvando la vida.

La finca «O Castro», como ya anticipábamos, había quedado en una situación algo conflictiva a causa de la concentración parcelaria. En principio, parte de una amplia parcela pertenecía a José Díaz Folgueira, «O Maxistro», pero después de la concentración le fue asignada a «O Garabelo», que al poco tiempo la cercó con alambrada. Sin embargo, la propiedad de unos robles que había en ella eran de «O Maxistro». Así se lo había reconocido «Garabelo», quien le dijo:

«Ainda que che cerrei a finca, o día que queiras pinchar os carballos podes facelo porque che deixarei entrar e salir da propiedade». Pero como las palabras se las lleva el viento, «Garabelo» se volvió pronto atrás y mantuvo posteriormente una fuerte discusión con «O Maxistro» sobre la propiedad de los robles.

A pesar de la discusión y del miedo que inspiraba «O Garabelo», siempre con la escopeta a cuestas -hacía dos días que habían estado, quizás simbólicamente, varios cuervos merodeando sus propiedades-, «O Maxistro» se decidió en una mortecina mañana de noviembre de 1983, el sábado 19, a ir a por los robles.

Así, en una carroceta (vehículo de caja estrecha empleado para acceder a los montes y acopiar los árboles recién cortados) llegó al pie de la finca de «O Castro» con otras cuatro personas: su hijo José Luis, su cuñado José Manuel, y el maderista Cándido Llanes y el hijo de este, Javier. A Cándido le había vendido «O Maxistro» los robles.

El momento era ideal por dos razones: el hijo de «O Garabelo» juraba bandera en Cádiz, en donde estaba haciendo la «mili» y se creía que aquél se había desplazado a la capital andaluza (en realidad sólo lo había hecho su mujer); y porque el maderista podía tener la colaboración de su hijo que, palista en una empresa de Meira, disponía de los fines de semana libres. También era importante la colaboración del cuñado de «O Maxistro», que no tenía ese sábado nada que hacer.

A las nueve de la mañana llegaron a la finca y, con ayuda de una potente motosierra, media hora después ya tenían cortados los árboles, disponiéndose a trocearlos. «O Maxistro» había convenido con el maderero en vendérselos por 15.000 pesetas.

La carroceta estaba situada al pie de la alambrada y todo parecía marchar bien, cuando hete aquí que el vaquero de «O Garabelo» vio al grupo y raudo y veloz subió a dar el chivatazo a su amo.

Como si le hubiesen dicho que estaban matando a sus hijos, «O Garabelo» se vistió prontamente y a grandes zancadas, escopeta al hombro, bajó de su casa al encuentro del «enemigo».

Sin mediar saludo, recriminó a los que estaban «robándole» los árboles, advirtiéndoles que si no se iban inmediatamente los dejaría tiesos «como a xeada de noite encrespa as herbas».

El grupo no se creyó las amenazas de «O Garabelo» y continuó troceando los robles ya caídos. En declaración posterior, el agresor diría que los maderistas le amenazaron con su motosierra y que incluso uno le arrojó un rastrillo, rozándole un costado.

Al ver «O Garabelo» que aquellos no le hacían caso, alzó su escopeta de postas, una automática «FN» calibre 12 y de fabricación belga y, rápidamente, con la precisión de un veterano cazador, y cual si estuviese en jornada cinegética, disparó contra los componentes del grupo, alcanzando gravemente a cuatro de ellos, que murieron seguidamente.

El único superviviente, Javier Llanes Doval, de 24 años, hijo del maderero, se puso de rodillas delante de «O Garabelo» y le dijo: «Por Dios misericordioso. No me mate, señor Garabelo, que tengo mujer y dos hijos de 18 y 6 meses y se van a quedar sin padre».

Y «O Garabelo», haciendo gala de insólita magnanimidad, le perdonó la vida (otros dirán que se le había acabado la munición o se le encasquilló el rifle).

Versión del drama

El superviviente, daría horas después a los periodistas su versión del drama.

-Cando me apuntou an pedinlle que no me matara porque tiña muller e dous fillos pequenos que manter. «O Garabelo» non me dixo nada e marchou coa escopeta en dirección a súa casa. Non sabíamos, meu pai i en, que había problemas polos carballos. A nos vendéronos os catro e fúmolos cortar sin saber nada. Marcelino debeu vir pola carballeira, íixo os disparos case seguidos e dende moi circá. E non sei si dixo algo, xa que non oin, debido ao ruido da carroceta.

Tras ir a Meira para avisar a un médico y una ambulancia, Javier volvió al lugar de los hechos.

-Cando volvín á finca -dijo- entrei con moito cuidado, temendo que estivese alí «O Garabelo».

Cometida la matanza, Marcelino se dirigió a su casa, distante unos cuatrocientos metros del lugar de los hechos, dejó su escopeta en un alpendre, tomó un coche de su propiedad y se marchó a Lugo en donde se entregó en la Comisaría de Policía tras advertirles lacónicamente:

«Disparei a catro». Parece que antes de entrar en la carretera de Vegadeo a Pontevedra, dudó de ir a Lugo o a Meira.

Iniciado el interrogatorio policial, «O Garabelo» dijo que había disparado a cuatro personas que trataban de llevarle árboles de su propiedad. Al poco tiempo de comenzar a declarar, sufrió un «shock» nervioso y tuvo une ser trasladado a la residencia sanitaria.

En la finca aparecieron los cuatro cadáveres tendidos en el suelo en posición decúbito supino, a excepción de José Manuel Vila, que quedó boca arriba. Los cadáveres estaban en fila. El hijo de «O Maxistro» estaba a escasos metros de la alambrada divisoria de la finca, pareciendo que había tratado de huir o refugiarse tras la parte delantera de la carroceta. José Manuel Vila se había arrastrado malherido al recibir los disparos, dejando un reguero de sangre de varios metros.

Según el informe, las cuatro víctimas de «O Garabelo» fallecieron prácticamente en el acto. El propietario del aserradero, Cándido Llanes, presentaba herida penetrante en la cavidad torácica; «O Maxistro» tenía una herida penetrante con entrada y salida en región axilar anterior izquierda; el cuñado de éste, José Manuel Vila, dos impactos, uno de ellos al lado del corazón y el otro en el brazo izquierdo que le produjo fractura abierta de la articulación del codo con herida en brazo y antebrazo; José Luis, el hijo de «O Maxistro», fue alcanzado en el hemitórax derecho, sobre la región manilar, produciéndole el disparo fractura abierta con desgarro de antebrazo y articulación del codo, del brazo izquierdo. Todo ello mostraba que los disparos habían sido hechos a muy corta distancia.

La conmoción que el cuádruple asesinato causa en la comarca es enorme. Tres de las víctimas son enterradas en el cementerio parroquial de Santa María de Meira y el otro en el de San Andrés de Gomesende, en medio de una gran manifestación de duelo.

A pesar de celebrarse el domingo la feria en Meira, la mayoría de los establecimientos de dicha localidad efectuaron un cierre simbólico al paso del cortejo fúnebre. En los comentarios que los vecinos hacían en la feria era mayoría la opinión de que «O Garabelo» había llegado a un acuerdo con «O Maxistro» para poder cerrar la finca de «O Castro» y que mientras el terreno no le fuera entregado definitivamente al primero por el IRYDA, aquel se había comprometido a pagar a «O Maxistro» una cantidad simbólica como si fuese una renta y que siempre había reconocido que los árboles eran de «O Maxistro».

A los funerales celebrados el lunes por la tarde asisten más de tres mil personas. En la mañana de ese día «O Garabelo» fue trasladado en un furgón de la Policía al Palacio de Justicia de Lugo en cuyo juzgado número 2 prestó declaración. Para evitar ser fotografiado, el acusado se cubrió la cara con una cazadora de paño. Antes de entrar, gritó a los fotógrafos que intentaron disparar sus cámaras. Posteriormente ingresó en la prisión provincial de Bonxe.

En los pasillos del palacio de Justicia, varios parientes de «O Garabelo» declararon a los periodistas que aquel estaba arrepentido del cuádruple homicidio y que tenía miedo de que su acción le costase la muerte. Física y psicológicamente estaba destrozado y en cuanto se le recordaban los hechos se ponía a llorar. Se hablaba también entre los vecinos de Gomesende de iniciar una suscripción popular para mitigar las carencias económicas de los familiares de las víctimas.

Por si acaso, y como demostración de que no estaba muy arrepentido del daño causado -antes bien, quería poner a buen recaudo sus posesiones, poco después de cometer los asesinatos- «O Garabelo» dio orden a sus familiares de que comenzasen a vender sus bienes para quedar en posición de insolvencia en el momento de las indemnizaciones.

Seis meses después del cuádruple asesinato, el 17 de mayo, el Juzgado de Instrucción número 2 de Lugo llevaría a cabo en Gomesende la reconstrucción de los hechos. «O Garabelo» estuvo seguro y altanero. Parecía igual que Milans del Bosch en el 23-F cuando dijo: «Si se repiten los hechos de aquel día, volvería a hacer lo mismo».

El juicio

En las conclusiones provisionales, el ministerio fiscal califica los hechos como cuatro delitos de homicidio con la atenuante de arrepentimiento, solicitando la imposición de 12 años y un día de reclusión mayor para cada uno, esto es, de 48 años y 4 días; indemnización de 3 misiones de pesetas para cada una de las cuatro viudas; de 750.000 pesetas para cada uno de los huérfanos de padre mayores de edad y un millón y medio para cada uno de los otros dos huérfanos menores de edad.

Por su parte, los abogados de la acusación particular que consideran los hechos como constitutivos de cuatro asesinatos con la agravante de premeditación, solicitan la imposición de treinta años de reclusión mayor por cada uno de ellos, elevando las indemnizaciones para las viudas a seis millones y dos para los hijos.

El juicio tiene lugar en la Audiencia Provincial de Lugo el 12 de abril de 1985 en medio de la lógica expectación. Preside el Tribunal Gustavo Troncoso, junto con los magistrados Remigio Conde Salgado, Leovigildo García Bobadilla, José Antonio Vesteiro Pérez y Eduardo Merino García.

Actúa como fiscal Luis Molina Rodríguez; acusador privado, Miguel Vázquez y José Carlos López Corral y ejerce la defensa Mauro Varela Pérez. Como secretario del Tribunal actúa José Antonio Varela.

Comienza el fiscal modificando sus conclusiones provisionales, en las que califica los hechos de homicidio, por el de asesinato, aumentando la petición del reo a 27 años de prisión por cada una de las muertes, lo que hace un total de 108 años, así como una indemnización para viudas e hijos por un global de veinte millones de pesetas.

La acusación privada mantiene la tesis del asesinato y pide treinta años de reclusión mayor por cada una de las muertes, o sea, 120 años, y una indemnización de 32 millones de pesetas.

En contraste, inevitable con ello, la defensa esgrime la tradicional eximente de trastorno mental transitorio, legítima defensa y miedo insuperable, y las atenuantes de preterintencionalidad, arrebato u obcecación y arrepentimiento espontáneo.

El presidente del Tribunal da su permiso para que a «O Garabelo» le fueran quitadas las esposas, aunque éste mantendría casi siempre durante el juicio las manos en posición de esposado.

La imagen física de «O Garabelo» es bastante distinta de la de aquel hombre altanero que había participado en la reconstrucción de los hechos. Con la vista baja, la voz cansada, el pelo largo, canoso y alborotado, la barba abundante y sin muchas ganas de hablar.

Debido a que, como ya dijimos, «O Garabelo» padecía una sordera que hacía difícil su interrogatorio, el presidente del Tribunal le invita a subir al estrado.

Comenzó el interrogatorio del acusado por el fiscal. Dice éste que el acusado no había acudido dos veces al lugar en el que se encontraba «O Maxistro» y las otras víctimas, porque desde la ventana de su casa, situada en la parte alta de la finca, dominaba la zona donde se encontraban, y que «O Garabelo» nunca estuvo reconocido en un sanatorio psiquiátrico, si bien lo atendieron muchos médicos a causa de las molestias en los oídos cuando estuvo en Madrid.

«O Garabelo» dice que no procuró vender sus tierras, sino que le ofrecieron un buen dinero por ellas. No recordó con cuántos cartuchos cargó la escopeta, ya que, según sean largos o cortos, caben cinco o seis. Tampoco recordaba si el día de autos se encontraba su hija, de 13 años, en la casa. Dice que no fue a la jura de bandera de su hijo a Cádiz porque «se encontraba mal de los nervios y le dolía la cabeza».

Manifiesta posteriormente «O Garabelo» que cuando se dirigió a «O Maxistro» y demás personas que se encontraban en su finca, aquel intentó agredirle con una motosierra de color rojo y que uno de ellos, que vestía mono azul, le golpeó con un azadón. Le persiguieron en parte del trayecto hacia su casa, lanzándole un hacha.

El acusador particular, señor Vázquez, le recordó, en contraste con sus olvidos actuales, que el día de la reconstrucción de los hechos estaba muy seguro, fumando un puro, y que se encontraba bien de la cabeza, recordando con seguridad lo sucedido, disparando rápidamente sobre las siluetas que representaban a las víctimas. Dice «O Garabelo» que él sólo hizo «lo que le mandaron».

También le acusa el abogado de que en la prisión de Bonxe otorgó un poder notarial a su hermano.

Asegura más adelante «O Garabelo» que no era cierto que el joven del grupo y único superviviente le pidiese que no le matase porque era padre de dos hijos pequeños. Dijo, en cambio, que suspendió la matanza cuando escuchó «una voz fuerte que le hizo despertar de un sueño» y que entonces vio a un hombre ensangrentado a varios centímetros. Del público sale un murmullo de reprobación, mientras se dice: «Cínico, cínico».

Informe balística

En la prueba pericial aceptada por la acusación intervienen los médicos forenses López Vizcaíno y Vilanova Pérez, este último psiquiatra de Madrid. Recuerdan que tras la entrevista mantenida en la prisión de Bonie con el procesado (una entrevista ciertamente accidentada, pues «O Garabelo» les gritaba que «le iban a cortar la tripa»), se puede decir que Marcelino Ares era «un hombre de inteligencia correcta, si bien ahora se encontraba disminuido en su capacidad de concentración, apreciándose en él una depresión neurótica carcelaria compleja». Afirmaron los médicos que el procesado «es hombre psíquicamente sano, que en determinados casos puede llegar a enfurecerse».

Los peritos médicos de la acusación, doctores Vidal Pardo y Penzol Díaz manifiestan que encontraron al reo con aparente ansiedad y que el interrogatorio no fue fácil, por lo que no pudieron emitir un diagnóstico.

El informe [de] balística, a cargo de funcionarios de la Dirección General de Policía, señala que en la escopeta caben cuatro cartuchos en el depósito y uno en la recámara. Según el informe, todos los disparos pudieron haberse hecho desde una posición, menos uno.

Entre los testigos de la acusación comparece Manuel Pérez Folgueira, vaquero de la finca de «O Garabelo» y Javier Llanes Doval, hijo del maderero muerto.

El primero fue el que dio el «chivatazo» a Marcelino de que había varios hombres cortándole los árboles. Según él, aquel fue primero a dialogar con el grupo, pero, al ser agredido, tuvo que «escapar» y fue alcanzado por una herramienta. Luego, ya en casa, se proveyó de una escopeta y volvió al lugar. El vaquero no vio nada porque «acudió a cuidar el ganado», aunque luego oiría los disparos.

Manifiesta Javier Llanes que ese día había venido desde Meira con su padre para ayudarle a transportar los troncos de «O Castro». Esperaron por los demás y comenzaron la operación. Él estaba en la carroceta cuando oyó los disparos. Su padre se encontraba arreglando la motosierra. No vio caer a ninguno. El hijo de «O Maxistro» estaba próximo a él, porque era quien le ayudaba a cabrear los troncos al vehículo. No vio llegar a «O Garabelo» ni oyó discusión, sólo gritos. Luego, cuando vio que aquel le iba a matar con su escopeta le pidió clemencia, pues tenía dos hijos pequeños.

Infancia difícil

En su informe, el fiscal señor Molina Rodríguez, dijo que la causa desencadenante de la tragedia era la de «un problema típico de la propiedad rural gallega, que estaba muy fraccionada». Señaló que Marcelino Ares era una persona que había tenido una infancia difícil, pero que emigró y consiguió cambiar su vida, invirtiendo el dinero ahorrado con muchos esfuerzos en la compra de una finca para vivir con su familia, cultivando la tierra y cuidando el ganado.

Dice el fiscal que Marcelino cargó conscientemente su escopeta con las postas mortales y se acercó a sus víctimas, que estaban trabajando tranquilamente, demostración de que aquel les había dado el permiso para talar los árboles. A «O Maxistro» le disparó por la espalda. La supervivencia del hijo del maderero la define como «un asesinato frustrado», pues había agotado la munición (una voz del público dice: «sí señor»). Considera que hay alevosía y descarta la eximente de arrepentimiento espontáneo, puesto que en la declaración hecha en comisaría de Policía poco después del cuádruple asesinato dio una versión equivocada.

Miguel Vázquez, uno de los dos acusadores privados, dice que al procesado podría calificársele, como mucho, de psicópata, pero que era muy inteligente y astuto, como lo prueban sus negocios. Mantiene la concurrencia de las agravantes de alevosía y premeditación. Con ánimo frío, hizo bajar de la carroceta a Javier y su comparecencia en comisaría estuvo calculada, puesto que suponía que a esa hora la Guardia Civil tenía conocimiento de los hechos por el superviviente.

El otro acusador, señor López Corral, destacó las contradicciones del criado de «O Garabelo» y de la hija del procesado, así como los informes periciales. Para él, «O Garabelo» no pudo ser acosado por el grupo e hizo sus disparos desde el mismo punto.

Mal lo tenía el abogado defensor, Mauro Varcia Pérez, aunque intentó salir lo más airoso posible de la prueba. Para el abogado, Marcelino era «un hombre de buena conducta y una persona muy razonable» aunque «desajustada mentalmente».

Rebatió la declaración del superviviente, Javier Llanes, ya que el cuerpo de Díaz Vila y las vainas pudieron ser desplazadas. Para él, los provocadores del hecho fueron «O Maxistro» y los hombres que le acompañaban (voz inevitable que surge del público: «Mentira, mentira»). Con «O Maxistro» -dice el defensor- ya había tenido Marcelino un incidente dos semanas antes.

Pudo haberlo matado a sangre fría y no lo hizo. Cuando fue a hablar con ellos el día de autos, le atacaron. Una motosierra encendida era un arma peligrosa para Marcelino y fue por lo que subió a su casa a por la escopeta, porque sólo con esta arma podría hacer frente a las herramientas que tenían los del grupo.

El juicio queda visto para sentencia. La prensa cifra en unas cuatrocientas personas las asistentes al salón de sesiones de la Audiencia, muchas de las cuales tuvieron que permanecer fuera de la misma.

El 29 de abril se hace público el fallo de la sentencia.

Por ella se condena a Marcelino Ares Rielo a 56 años de reclusión mayor (14 por cada muerte) y a una indemnización de 13.750.000 pesetas a los familiares de las víctimas. La sentencia es favorablemente acogida en Gomesende en cuanto a los años de prisión, pero no tanto por la cuantía económica, pues «la vida de una persona vale bastante más», según uno de los familiares de las víctimas. Esto, aparte de que no saben cuándo las cobrarán, pues «O Garabelo é moi listo», decían también.

Tal y como se sospechaba, cinco años después del cuádruple asesinato, los familiares de las víctimas no habían cobrado indemnización alguna. «O Garabelo» se habla deshecho de casi todas sus propiedades, aunque ahora el Juzgado estaba intentando anular parte de las ventas realizadas.

El único superviviente de la matanza, Javier Llanes, regenta el negocio de maderas de su asesinado padre. Su mujer ha dado a luz un nuevo hijo.

Consuelo, la viuda de Cándido Llanes, sigue viviendo en Meira, prácticamente recluida en su casa y siempre con el recuerdo de la tragedia. Vive sola. Su hija María Teresa se fue a Madrid y viste de luto riguroso.

La viuda de «O Maxistro» vive también en Meira con su hija María del Carmen. Angeles, la viuda de José Luis Díaz Vila, vive en Castro de Rei en compañía de los dos hijos que tuvo de su matrimonio.

La viuda de José Manuel Vila, cuñado de «O Maxistro», falleció poco después del asesinato de su marido, pues padecía del corazón.

«O Garabelo» está recluido en la prisión de Bonxe. Tiene suerte, pues está en la enfermería, lugar destinado habitualmente a los recomendados.

Según los responsables del centro penitenciario, y como es norma en este tipo de presos peligrosos -recordemos a «Jalisco»-, «O Garabelo» observa buen comportamiento. Su actividad está reducida a los destinos normales de la cárcel. Eso sí, sigue fiel a su carácter huraño y no se relaciona con nadie. Por si faltase algo, su sordera se ha agudizado.

Si sigue con su buena conducta y cumple una serie de requisitos de la legislación vigente, podrá pasar la tercera parte de su condena en libertad, o sea, que le quedarían 15 años de cárcel, saliendo en el 2003.

Su familia abandonó Gomesende tras vender la finca, y se instaló en Lugo. En Meira siguen residiendo dos hermanos de «O Garabelo», Octavio y Ernesto, dedicados a la agricultura y a la ganadería.

En resumen, cuatro vidas por cinco robles, los más trágicos y caros de la moderna historia de Galicia.

Este capítulo ha sido redactado teniendo en cuenta las informaciones efectuadas por los redactores de La Voz de Galicia en Lugo, Rafael Vilaseca, Dolores Cela y José Carreíra, así como de la copia de la sentencia facilitada por la Audiencia Provincial de Lugo.


Cuatro muertos a tiros cuando cortaban madera en una finca sometida a concentración agraria

Ernesto Sanchez Pombo – El País

20 de noviembre de 1983

Cuatro personas resultaron muertas en el municipio lucense de Pol cuando se encontraban cortando madera en una finca. Los disparos fueron presuntamente efectuados por Marcelino Ares Rielo, a quien le había sido asignada la finca en la concentración parcelaria realizada en la zona, aunque todavía oficialmente no podía hacer uso de ella. Una de las víctimas es la persona que todavía figuraba formalmente como propietario del terreno, José Díaz Folgueira.

El presunto autor de los disparos, una vez cometido el acto, se trasladó en su propio vehículo a Lugo, situada a más de 30 kilómetros, y se entregó, en un estado de gran excitación, a la policía.

Los hechos se produjeron a las 9.30 horas de ayer, en la finca Do Castro, parroquia de Gomesende, en el municipio de Pol (Lugo), cuando cuatro trabajadores cortaban cuatro árboles, valorados en 10.000 pesetas, en la finca propiedad de José Díaz Folgueira.

Este lugar fue asignado, en la concentración parcelaria realizada en la comarca por el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA), a Marcelino Ares, quien se apoderó de ella hace unos dos años llevando allí a pastar a sus vacas, aunque todavía no le había sido entregado formalmente el terreno.

A esa hora de la mañana, cuando llevaban trabajando más de 30 minutos, se presentó Marcelino Ares, de 50 años de edad, vecino de Gomesende, armado con una escopeta automática. Tras decirles que esos terrenos eran suyos, Ares, disparó contra Cándido Llanes Lamas -53 años, industrial y propietario de Maderas Llanes, de Mérida-, José Díaz Folgueira -67 años, vecino de Meira y propietario de la finca-, José Manuel Vila Feijoo -55 años, cuñado del anterior y vecino de San Andrés de Ferreiros- y José Luis Díaz Vila -28 años, hijo de Díaz Folgueira-.

Disparos al corazón

Los disparos fueron realizados a escasa distancia y con cartuchos de postas, acertando todos a las víctimas en el corazón, a excepción de uno de los disparos, que hirió en el brazo a José Manuel Vila, por lo que le efectuó otro, con el que le remató.

Javier Llanes Dobal, de 24 años, que se encontraba en la parte superior del vehículo en el que iban a transportar la madera, pidió de rodillas que no le matase, «porque tengo dos hijos pequeños de seis años y 18 meses».

Parece ser que en este momento Marcelino Ares se derrumbó física y psicológicamente, según la versión del superviviente, y decidió abandonar el lugar. Más tarde, el presunto asesino se encaminó a su casa, donde abandonó el arma, y, al volante de su automóvil, se dirigió hacia Lugo.

No obstante, en las proximidades de la finca Do Castro aparcó el coche y permaneció parado unos 10 minutos. Posteriormente, emprendió de nuevo la marcha para entregarse en la comisaría de policía lucense.

Su estado de excitación aconsejó internarle en la residencia sanitaria de Lugo, donde, tras un rápido tratamiento, pasó a prestar declaración.

Parece ser que el enfrentamiento por la finca en la que se produjo el cuádruple asesinato se prolonga desde hace años, a raíz de iniciarse la concentración parcelaria y habérsele asignado al presunto asesino, quien comenzó ya a cultivarla entonces, aunque no le había sido entregada.

Marcelino Ares, el presunto homicida, es natural de Meira, donde fue propietario de un bar que se incendió hace algunos años. Después de este suceso se trasladó a Madrid, donde montó otro bar, que luego vendió. Finalmente, regresé [regresó] a Galicia, y se instaló en Gomesende. Allí compró una finca que le costó 5.200.000 pesetas. Hace cuatro años comenzaron las actuaciones de concentración parcelaria, y en la redistribución le correspondió la finca de Díaz Folgueira, que hasta ahora no le había sido adjudicada oficialmente, a falta de diversos trámites.


Conmoción en la villa lucense de Meira por el cuádruple homicidio de Gomesende

Ernesto Sanchez Pombo – El País

21 de noviembre de 1983

Los casi 2.000 habitantes de la villa de Meira (Lugo) viven conmocionados desde la mañana del sábado, cuando conocieron el fallecimiento de cuatro vecinos en la aldea de Gomesende, municipio de Pol, muertos a tiros por Marcelino Ares, propietario de una finca que le había sido adjudicada en la concentración parcelaria realizada por el Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA), cuando se encontraban cortando cuatro robles valorados en 10.000 pesetas.

En Meira, ayer, los miles de personas que se acercaron hasta la villa desde los municipios limítrofes para participar en una de las dos ferias mensuales que allí se celebran no tuvieron otro tema de conversación que el del cuádruple asesinato.

Y ello se tradujo además en una venta masiva de periódicos, porque antes de media mañana los ejemplares que se encontraban en los establecimientos se habían agotado ya. «Verá usted, hasta que se acabaron no hicimos otra cosa que despachar periódicos», comentaba a media tarde la propietaria de un establecimiento de tejidos que compagina también en su negocio la venta de Prensa «Porque esto fue horrible. Han quedado destrozadas cinco familias. Y no se recuerda, creo yo, en toda la provincia una cosa igual. Ha sido una desgracia».

La tarde lluviosa y las bajas temperaturas no impidieron que cuando comenzaba a anocher todavía se formasen corrillos en las aceras de la villa para comentar este suceso. Tres de los fallecidos vivían allí, regentando uno de ellos un aserradero, y los otros dos eran padre e hijo, dejando este últimos dos niños de corta edad, lo que también se resaltaba en todas las conversaciones.

También todo Meira conocía al presunto asesino, Marcelino Ares, porque en esta villa regentó hace años un bar que sería destruido junto a su vivienda por un incendio, no faltando quien diga que fue provocado, para instalar otro en Madrid con el importe del seguro.

Quienes conocen a Marcelino Ares, que vivía en buena situación económica, ya que dirigía una explotación agrícola que adquirió en más de cinco millones de pesetas y que aún no había terminado de pagar, dicen que «no era muy trabajador y más bien vago», pero todos coinciden en sorprenderse de su actitud por considerarlo incapaz de ella, y la achacan a «un momento de locura» y sin que existiese premeditación, ya que, según parece, el mismo sábado en que cometió el cuádruple asesinato tenía proyectado viajar a Madrid, adonde había enviado a su esposa el día anterior, junto con unos amigos, para asistir, ayer domingo, a la jura de la bandera de su hijo mayor.

Concentración parcelaria

El IRYDA, responsable de la concentración parcelaria, es en algunos sectores de la villa el centro de la polémica, al hacerlo responsable indirecto de la matanza por no haber realizado la entrega de las parcelas.

No obstante, se asegura también que Marcelino Ares -quien pasará hoy a disposición judicial- y José Díaz, propietario de la finca y uno de los fallecidos, junto a su hijo, habían llegado a un acuerdo para que el presunto homicida disfrutase de ella, pidiendo éste que le dejase los árboles que allí se encontraban y dándole a cambio otros situados en otra finca.

La versión recogida por este periódico apunta a que José Díaz taló con anterioridad los árboles cedidos a cambio por Marcelino y más tarde los que él había permutado, produciéndose entonces el homicidio. A mediodía de ayer se realizó la autopsia de los cuatro fallecidos y a primera hora de la tarde el sepelio, que no registró una asistencia debido en gran parte a la confusión creada por la publicación de esquelas en las que se señalaba la hora de los funerales para las cinco de la tarde de hoy.


El crimen de los árboles caídos

Manuel Rivas – Elpais.com

21 de noviembre de 1983

Así dijo que los iba a dejar si no se alejaban de sus robles ya caídos. «Como a xeada da noite encrespa as herbas» (Como la helada de la noche estira a las hierbas). Ésa fue la advertencia de Marcelino Ares, O Garabelo, antes de ajustar al hombro la FN automática y apuntar al hombre con el ojo infalible del viejo cazador.

El de Gomesende, en Lugo, es un crimen ancestral, un estallido cainesco propio de la noche de los tiempos, pero ya no tendrá un cantor ciego que lo describa con morbo cavernoso y arte medieval por las ferias de Galicia. Es el otro tiempo que aún sucede, la terrible ira que aún acecha y se dispara por un bocado de tierra, por un minuto de riego, por una vaca despistada en prado ajeno, por medio metro de linde…, por el tronco abatido de un árbol. El sábado, en Gomesende, los árboles eran robles, mítico símbolo de fecundidad que hoy se bate en retirada en Galicia.

Todo homicidio estremece. Pero aterra leer en esa sangre que salpicó la hojarasca en una aldea gallega. El amor a la tierra, ese subconsciente étnico de las raíces, tiene sublimes expresiones literarias. En la desolación, en la decrepitud, en la encrucijada apocalíptica de una sociedad rural en agonía y crisis, surge el envés absurdo, un sentido de la propiedad casi psicópata. El pleito por lo nimio, por lo cativo, por el palmo de terruño.


El presunto homicida de cuatro labradores en Lugo acudió llorando a declarar ante el juez

Ernesto Sanchez Pombo – El País

22 de noviembre de 1983

Marcelino Ares Rielo, presunto homicida de cuatro personas, entró a las 10 de la mañana de ayer en la Audiencia Provincial de Lugo en un estado de gran excitación profiriendo gritos y llorando desconsoladamente.

Acudió a prestar declaración ante el Juzgado número 2 de la capital lucense por haber dado muerte el sábado, según el mismo ha reconocido, a cuatro hombres que se hallaban talando árboles en una finca que el IRYDA (Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario) le había asignado en la concentración parcelaria.

Marcelino Ares fue informado, cuando se encontraba frente al edificio en el furgón de la Policía Nacional, de que los fotógrafos de prensa se encontraban esperando su llegada, ante lo cual echó la cazadora por delante de la cara y en un estado de gran excitación, y a la vez que se lamentaba -«miña familia» (mi familia)-, solicitaba llorando «que non me vexan» (que no me vean).

No obstante, fuentes policiales informaron que el presunto homicida se comportó en todo momento con gran corrección y normalidad, hasta que fue ingresado en prisión sin fianza a primera hora de la tarde de ayer.

Mientras tanto se ha podido saber que Marcelino Ares declaró que los cuatro fallecidos le habían amenazado con anterioridad al crimen, en el mismo lugar en que se produjo éste, incluso intentando agredirle con las herramientas que utilizaban para la tala de robles. Esta versión contradice la de Javier Llanes Doval, único superviviente al implorar clemencia de rodillas, quien aseguró que en el suceso no mediaron palabras.

Por otra parte, en los municipios de Meira, donde residían tres de los fallecidos, y Pol, de donde era el presunto asesino y el otro fallecido, circuló ayer con insistencia la versión, que no ha podido ser confirmada por este periódico, de que Marcelino Ares dialogó, tras haber cometido el cuádruple asesinato y antes de entregarse a la policía de Lugo, con un vecino, al que le aseguró que acababa de matar a cuatro personas y que no lo había hecho con la quinta por carecer de munición, pese a que en la escopeta automática le quedaba todavía un cartucho. La existencia de este cartucho y el haber disparado otros cinco -los que carga un arma de estas características- lleva a pensar que la escopeta fue cargada tras introducir uno en la recámara.

Malas relaciones de vecindad

Lo cierto es que tras el homicidio de los cuatro trabajadores, y mientras continúa la conmoción en los municipios próximos al lugar del suceso, circulan numerosas versiones sobre la personalidad del detenido.

Y todas ellas, como las que recogía ayer El País, coinciden en señalar que Marcelino Ares no mantenía relaciones afables con el vecindario, con el que se había enfrentado anteriormente por problemas también de tala de madera y de uso de fincas. Un vecino próximo a la zona precisó que cuando alguna de las reses de la explotación de Marcelino Ares pasaba a otra propiedad a pastar -hecho que origina con frecuencia senos enfrentamientos en Galicia- nadie se atrevía a protestar.

Concentración no resuelta

De igual forma, en cualquier conversación se resalta siempre su extraordinaria puntería, que demostró de nuevo, en la mañana del sábado acertando en el corazón a todas sus víctimas. Se asegura que era un gran aficionado a la caza.

La concentración parcelaria que originó el enfrentamiento y el cuádruple crimen, y más concretamente la falta de la entrega oficial de fincas en esta comarca lucense, se debe, según el jefe provincial del IRYDA, Ignacio Esteban, a que desde que fue aprobada el 17 de agosto de 1981 se han presentado nueve recursos que están pendientes de resolución, «por lo que resulta imposible dar posesión de las fincas mientras no se resuelvan», dijo.

De todos modos, Esteban Rey aseguró que en esta zona la concentración parcelaria no ocasionó grandes problemas y que entre el vecindario reina un buen ambiente, aunque algunos han llegado a acuerdos particulares, lo que parece ser que ocurrió en este caso también, posesionándose de las parcelas asignadas antes de que se las entregasen oficialmente.

De igual forma, indicó que era perfectamente normal que los antiguos propietarios cortasen los árboles antes de que se posesionaran los nuevos, a no ser que llegasen a un acuerdo entre ellos. En el caso de que el corte de árboles no se realice antes de que las parcelas sean entregadas, se les concede un plazo de tres meses para que lo resuelvan. A este respecto hay que señalar que en algunos casos se ha concedido la protección de la fuerza pública para realizar la tala.

En el expediente del IRYDA de Lugo no figura la transmisión de: derechos de la propiedad de Marcelino Ares, que había sido adquirida a Nicasia Rodríguez Fuentes en más de cinco millones de pesetas, figurando todavía a nombre de ella.

A las 17 horas de ayer se celebró en San Martín de Ferreiros el funeral por José Manuel Vila Feijoo, y en Meira por Cándido Llanes, José Díaz Folgueira y su hijo José Luis Díaz Vila.


Condenado a 53 años el cuádruple asesino de Gomesende

Ernesto Sanchez Pombo – El País

19 de abril de 1985

La Audiencia Provincial de Lugo ha condenado a 56 años de reclusión menor y al pago de 13.750.000 pesetas como indemnización a Marcelino Ares Rielo, autor de un cuádruple homicidio cometido en el mes de noviembre de 1983 en la parroquia de Gomesende, en el municipio de Pol (Lugo). El ministerio fiscal, que modificó su petición en el juicio celebrado la pasada semana en Lugo, solicitaba 108 años de reclusión mayor y la acusación 120 años.

En la sentencia hecha pública ayer se condena a Ares Rielo a 14 años de reclusión menor por cada una de las víctimas y al pago de 13.750.000 pesetas como indemnización a los familiares de los fallecidos. Como atenuante se ha tenido en cuenta el arrepentimiento espontáneo del procesado, y se califica el acto de homicidio frente a la petición del fiscal y acusación de que fuera de asesinato.

Marcelino Ares, conocido por O Grabelo [Garabelo], mató en la mañana del 19 de noviembre de 1983 a cuatro de los cinco hombres que en ese momento procedían a talar árboles que él consideraba de su propiedad al encontrarse en una finca que le había correspondido en el reparto de la concentración parcelaria realizada por el IRYDA.

De la matanza únicamente pudo salvarse el joven Javier Llanes, hijo de una de las víctimas, que se encontraba subido a un camión al solicitar que le perdonase la vida por tener un hijo de corta edad.

O Grabelo [Garabelo] efectuó cinco disparos con una escopeta que había recogido de su casa con los que abatió a José Díaz Folgueira, a su hijo José Luis Díaz Vila, su cuñado José Manuel Vila Feijoó y a Cándido Llanes Lamas, padre del joven que salvó la vida. En el transcurso del juicio, Marcelino Ares aseguró que con anterioridad a cometer los cuatro homicidios fue agredido por las víctimas.


Memorias sangrientas de O Garabelo

X. Carreira – Lavozdegalicia.es

7 de abril de 2003

Veinte años después de la matanza que tuve la oportunidad de vivir en el lugar de los hechos me encuentro con aquel hombre que, por culpa de unos carballos, mató a cuatro hombres una mañana del 19 de noviembre de 1983. Lo que es la vida, pienso, cuando estoy sentado en un banco del parque haciéndole preguntas al oído a Marcelino Ares Rielo, O Garabelo. El encuentro había sido fijado en una cafetería pero hubo que cambiar de sitio. Tiene problemas de audición y no era plan interrogarle a gritos sobre los asesinatos con la clientela alrededor.

Marcelino, que vive actualmente en Madrid, vino a Lugo para presentar el libro que, sobre su vida y el cuádruple crimen, escribió a ratos en los 15 años que pasó en la cárcel.

Curiosamente no necesita ni representantes, ni tan siquiera convocar ruedas de prensa. Tiene amigos que le mueven y le ponen en contacto con los medios de comunicación.

Asegura que al libro no le falta morbo. Lo escribió «para que la gente lo lea nítidamente y sepa quién es quién y quiénes fueron los culpables de la muerte de esas cuatro personas». Dice que no moriría a gusto si no llega a tener su propia historia en las librerías porque eso le garantiza que la gente pueda conocer «la verdad de lo ocurrido». «Sin el libro me hubiese muerto a disgusto. Creo que no me moriría del todo», dice con una sonrisa.

Un crédito de dos millones de pesetas que pidió a un banco hizo posible que el libro circule por ahora, a través de venta directa. En la portada parece [aparece] Marcelino, treinta años más joven.

La Audiencia Provincial le condenó a 56 años de cárcel. Lleva cumplidos 15 («a pulso, que se dice fácil») y cada mes tiene que acudir a firmar. Acabará el próximo mes de septiembre. «La cárcel la he considerado siempre injusta porque me han vendido la familia y el abogado que anteriormente era un amigo pero me demostró ser un verdadero traidor; me ha vendido como una cobaya en un laboratorio. Ni tan siquiera recurrió la sentencia», asegura.

Recuerda que, tras un cambio de fiscal, éste acabó pidiéndole 108 años de cárcel. Cuando Marcelino oyó dicha petición en el juicio dice que «tuve un mal cuerpo desde los pies a la cabeza, porque yo no me esperaba eso; el abogado no presentó nada que me pudiese favorecer. No fue un juicio justo».

En la cárcel trabajó hasta tres turnos para poder redimir condena. En Bonxe fue jefe de cocina y en El Dueso (Santander) se ocupó de una vaquería y los invernaderos «donde yo sólo producía unos 20.000 kilos de tomate cada año; soy una persona trabajadora». Llegó a cobrar 40.000 pesetas mensuales.

En algún permiso volvió a Meira y Gomesende en donde, asegura, le aprecian mucho. «Allí no detecto ningún rechazo ni problema porque la gente, una vez oído y visto lo que ha ocurrido, verdaderamente no me culpa», matiza. Pero murieron cuatro personas, le digo… «Sí -responde- y entiendo que es triste y dramático pero, Dios mío, hay situaciones de las que uno sabe como salir».

No tiene problemas a la hora de recordar el día de la matanza y asegurar que le perdonó la vida a uno de los que estaban en el lugar. Marcelino desvela algunas cuestiones que, en su momento, no fueron contadas en los periódicos como, por ejemplo, que O Maxistro, una de las víctimas, le intentó asesinar semanas antes un día de niebla. Sobre éste no repara en críticas y acusaciones «y ahí están sus vecinos, que yo no me invento las cosas».

Le pregunto si se considera un asesino, un homicida… «Moralmente no me considero culpable de nada. Es verdad, apreté un hierro en unas circunstancias psíquicas o presionado. Me condenaron por ello pero no hay derecho. Fue un juicio injusto pero no me quejo de la justicia. La culpa la tuvo mi familia y el abogado porque no promovieron un juicio justo», responde. ¿Y si lo fuese? Duda la respuesta. «Todos sabemos que hay cosas que ocurren y tienen la culpa los muertos y hay penas blandas», explica.

Ya en las postrimerías de la entrevista le explico que el día que mató a los cuatro hombres dormí a sobresaltos viendo en sueños los cadáveres. ¿Y usted, duerme tranquilo?, pregunto. «Por supuesto porque yo no me considero culpable de lo que ocurrió. Soy antiguerra, me gusta la paz. Entiendo por oídas, que los familiares de las víctimas no me culpan de lo ocurrido», comentó.


El cuádruple crimen de O Garabelo

Xosé Carreira – Lavozdegalicia.es

14 de septiembre de 2008

Marcelino Ares Rielo, O Garabelo, ha muerto. El hombre que hizo llenar páginas en los periódicos por haber matado a cuatro hombres que le talaron otros tantos carballos en una propiedad de Gomesende (Pol) no tuvo, hasta hoy, ni una sola línea en la que quedase constancia de su desaparición.

Pasaron ya casi veinticinco años de uno de los crímenes más sangrientos de la historia de Galicia y algunos de sus protagonistas ya no están. No solo no murió el autor de los disparos sino que también desapareció Manuel, el criado que fue el que diligentemente avisó a Marcelino de lo que estaba sucediendo en su finca. El suceso ocurrió sobre las nueve y cuarto de la mañana del sábado 19 de noviembre de 1993.

En Meira, donde O Garabelo hacía vida social antes de ocurrir el cuádruple crimen, casi todo el mundo sabe de su fallecimiento, pero no hubo nadie capaz, ni tan siquiera alguno de sus más allegados, de establecer la fecha exacta. Tampoco fue posible saber en qué lugar se encuentra enterrado. El óbito se produjo en la provincia de Madrid a donde volvió Marcelino Ares, tras pasar 15 años en la cárcel.

La última vez que estuve con él fue en agosto del año 2003. Tenía 68 años y, aparentemente, solo presentaba dos achaques: falta de oído y problemas con la vista. Durante su estancia en prisión fue intervenido un par de veces. Le extirparon unas verrugas que tenía en la cabeza, pero en la biopsia dieron resultados negativos a tumoraciones.

Nada hacía presagiar un fallecimiento más o menos rápido como así debió suceder. En Meira hay quien asegura que fue hace un par de años y no falta quien asegure que murió poco después de haber terminado de escribir sus memorias.

Cuentan en Meira que también fallecieron dos de sus hermanos. Otros dos residen en la comarca. Viven también los dos hijos de O Garabelo. No fue posible saber nada de su esposa con la que rompió, tras espectaculares revelaciones que Marcelino dejó escritas, cuando se encontraba en la cárcel.

Pasó los últimos años de su vida en Buitrago de Lozoya (Madrid). Arruinado, tuvo que rehacer su vida, incluso sentimentalmente, acompañado de una muchacha 30 años más joven que él que, en alguna ocasión, lo llegó a acompañar a Meira. Ahora o Garabelo reposa para siempre en algún cementerio.

Los que pagaron por unos robles que apenas valían mil pesetas

Los cuatro hombres que pagaron con su vida por cuatro robles que apenas tenían un valor de mil pesetas fueron José Díaz Folgueira, O Maxistro, de 67 años, expropietario de los carballos; su hijo, José Luis Díaz Vila, de 28 años; José Manuel Vila Feijoo, de 55, cuñado del primero y Cándido Llanes Lamas, de 53, propietario de un aserradero. Su hijo, Javier Llanes Doval, de 24, se salvó.

«A min non me mate, que estou casado e teño muller e dous nenos», le dijo el sobreviviente. «No te preocupes, lárgate, pero a la hora del juicio dices la verdad de lo que pasó. No creas que se me acabaron los cartuchos. Éste (le enseñó uno) podía ser el tuyo», le dijo.

Nunca llegó a considerarse culpable moral del suceso

O Garabelo fue declarado culpable por la Audiencia Provincial del sangriento crimen, pero él nunca llegó a sentirse moralmente responsable de haber apretado el gatillo. En Meira, ahora pasados 25 años, muchas personas ablandaron sus comentarios en relación con su injustificable comportamiento.

Ares Rielo siempre culpó de lo sucedido a José Díaz Folgueira, O Maxistro, una de las víctimas. De hecho, en su libro, cuenta como éste fue a provocarle días antes del crimen por culpa de los polémicos carballos.

En la primera conversación que tuve con él cuando ya estaba fuera de la cárcel, aunque todavía tenía que presentarse a la justicia, me dijo: «Ocurrió y no tiene remedio». Tenía una espina clavada y era la de conseguir que el público se enterase de lo que él consideraba la realidad. «Deseo que se informen y me juzguen con moralidad».

Ni quiso mirar para otro lado ni escudarse, pero me llamó la atención el hecho de que, en ningún momento, quisiese pronunciar la palabra gatillo. «De acuerdo, apreté un hierro, pero fue a raíz de que el hijo de O Maxistro (José Luis Díaz Vila, también asesinado) me hubiese dado en la espalda con el azadón», me dijo.

Marcelino en aquellos tiempos se sentía fuerte porque andaba mucho a caballo. Se le pasó por la cabeza enfrentarse a los cinco hombres que estaban en el lugar (uno se salvó), pero prefirió ir a su casa a buscar una pistola simulada. Se presentó con ella ante quienes cortaban los carballos, pero no le sirvió de nada, porque el hijo de O Maxistro lo atacó con un azadón y su padre quiso hacerlo con la motosierra encendida. «Volví a casa para buscar la escopeta porque pensé que, al verme con ella se marcharían…», dijo. Falló en sus cálculos. Olía a tragedia.

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