Manuel Estévez Martín

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Manuel EstévezMartín
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Simuló un secuestro, pero asesinó a su víctima el mismo día. No supo que el cadáver ya había sido encontrado al no leer los periódicos
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 18 de enero de 1989
  • Fecha de detención: 13 de febrero de 1989
  • Fecha de nacimiento: 9 de diciembre de 1951
  • Perfil de las víctimas: Josep Estadella Riu, de 24 años, miembro de una adinerada familia de Barcelona
  • Método de matar: Disparo en la cabeza con una escopeta de cañones recortados
  • Localización: Sant Quirze del Vallès, España
  • Estado: En libertad condicional en agosto de 2000. Detenido nuevamente el 7 de marzo de 2001 por 7 atracos a bancos. Fugado de prisión el 16 de marzo de 2005 aprovechando un permiso penitenciario. Detenido nuevamente el 13 de abril de 2005. Se desconoce su paradero actual
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Manuel Estévez Martín: el asesino que fue a la cárcel por no leer el diario

Fran Murcia – Criminalia

6 de febrero de 2017

Manuel Estévez Martín nació en Órgiva, un pequeño pueblo de las Alpujarras granadinas, el 9 de diciembre de 1951. En 1976, siendo un joven de 25 años, decidió emigrar a Barcelona en busca de un futuro económicamente mejor, como tantos andaluces en la década de 1970. Lo hizo concretamente a la localidad de Hospitalet de Llobregat, ciudad apenas separada por una calle de la Ciudad Condal.

El 2 de marzo de 1976, Manuel Estévez comenzó a trabajar en una empresa de policromados, en la que también trabajaba su primo. Las cosas no le fueron mal a Manuel durante los siguientes 10 años: se casó, tuvo tres hijas y consiguió mantener su trabajo en la misma empresa en la que comenzó su carrera laboral, donde con el tiempo llegó a desempeñar la función de encargado. Sin embargo, cada vez tenía mayores desavenencias con su primo, que, a la sazón, era también su jefe.

El 25 de junio de 1987, los desencuentros entre ambos eran ya numerosos y la situación se hacía insostenible, por lo que Manuel Estévez decidió dejar su empleo. Con un pequeño capital ahorrado durante esos años y la indemnización percibida por el despido, Manuel decidió abrir una pequeña tienda de ultramarinos, pero, por desgracia, no acababa de dar los frutos deseados. Con sus ahorros cada vez más mermados y las frutas y verduras que no daban lo suficiente para vivir, Manuel decidió bajar por última vez la persiana de su negocio en septiembre de 1988 y se llevó a su familia a la pequeña ciudad granadina de Motril, a escasos 40 kilómetros de su localidad natal, donde el nivel de vida era relativamente más barato.

Manuel cobraba el seguro por desempleo, que ascendía a un total de 64.926 pesetas de la época (al cambio, unos 1.000 € actuales). Sin embargo, Manuel no acababa de encontrar una solución para la precariedad que estaba padeciendo: tenía una esposa, tres hijas y cada día se acercaba más el final del subsidio que percibía. Fue entonces cuando, según su propia confesión, pensó en aliviar la falta de ingresos económicos con un delito.

La víctima de Manuel Estévez: Josep Estadella Riu

Manuel Estévez optó por cometer un secuestro y escogió a la familia Estadella exclusivamente por la razón de que pensó que le resultaría fácil. La familia Estadella era propietaria de varias gasolineras y algunas naves industriales, así como del bar junto a la empresa de policromados en la que trabajaba Manuel Estévez.

Josep Estadella Riu, de 24 años, dirigía este bar-restaurante de la calle Fabregada, de Hospitalet, y Manuel lo conocía por desayunar en su negocio prácticamente a diario. Gracias a ese contacto habitual fue trabando una relación cordial y personal con los propietarios.

Por casualidad, la relación perduró después del despido, ya que el nuevo tendero abastecía su negocio en el Mercado Central de Hospitalet, y ahí también coincidía habitualmente con Josep Estadella. Posteriormente, Manuel Estévez comentó a un policía partícipe en la investigación que «No había animadversión especial hacia Josep. Pensaba que obtendría dinero fácil».

El asesinato

A mediados de diciembre de 1988, Manuel Estévez, viviendo ya en Motril, compró una sierra para metal en una ferretería. Tomó su escopeta de caza, fabricada por la empresa Franchi, y en un llano sobre el túnel de la Gorgoracha le recortó el cañón y un trozo de la culata, con el fin de que fuera menos voluminosa, menos visible y más peligrosa. Así la convirtió, según palabras del fiscal, en «un arma mortífera».

Podemos, por tanto, afirmar sin miedo a equivocarnos, que Manuel preparó el secuestro y asesinato de Josep Estadella como mínimo un mes antes de perpetrarlo.

La mañana del 17 de enero de 1989, Manuel se montó en su Renault 7 e hizo un viaje de casi 1.000 kilómetros hasta Barcelona, adonde llegó prácticamente al anochecer. Aparcó su automóvil cerca del mercado de l’Hospitalet y compró, por unas 1.000 pesetas, una pequeña azada de labranza.

Pasó la noche en el automóvil. Se despertó a las 4 de la mañana y se desplazó hasta el vecino barrio de Sants, para desayunar chocolate con churros, según confesó posteriormente a uno de los inspectores de policía. Aún de madrugada, volvió a montarse en su coche y se dirigió a un estercolero de Sant Quirze del Vallès, a casi 40 kilómetros, en la finca Can Vivé, un lugar que conocía bien. Ahí, Manuel cavó una fosa y después volvió a la zona del mercado de Hospitalet.

Ese mismo día 18, a primera hora de la mañana, Josep Estadella Riu se montó en su coche para dirigirse, como cada día, a su restaurante. Josep vivía en un piso caro de la zona alta de Barcelona, en el inmueble número 11 de la calle Joan Obiols, en el barrio de Pedralbes.

Manuel Estévez conocía su trayecto habitual y sabía por dónde iba a pasar. Atento, lo esperó a la salida de una curva, muy cerca del Camp Nou. Poco antes de las 9 de la mañana ambos se cruzaron, Manuel lo saludó efusivamente y Josep Estadella le dejó que se subiera a su vehículo. No dio importancia alguna al bulto que Manuel sostenía en la mano izquierda, cubierto con una bolsa. Manuel Estévez rompió el hielo hablando de un tema que sabía que a su víctima siempre le interesaba: el F.C. Barcelona. Pero el Golf GTI de Josep no había recorrido apenas cien metros cuando Estévez sacó la escopeta recortada de la bolsa. Encañonándolo, le hizo conducir durante una hora hasta un paraje forestal de Sant Quirze del Vallès. Cerca del estercolero donde esa madrugada había cavado una tumba, obligó a Josep a que le facilitara el teléfono de su padre y la cifra que podría pagar por él, le quitó su reloj Longines y un anillo, le forzó a dejar su pluma en la guantera y le hizo caminar unos metros.

Después le pidió que se sentara y le dio un tiro a quemarropa en la sien izquierda que le destrozó la cabeza. Por último, lo enterró en la tumba, tal como tenía pensado desde un principio. Estévez no robó el dinero que Josep llevaba encima. Volvió a Barcelona y abandonó el automóvil de la víctima en la avenida de Chile, donde posteriormente fue encontrado por el padre de la víctima, Josep Estadella Marcet. De camino a Motril, Manuel Estévez llamó a la familia Estadella pidiendo un rescate de 150 millones de pesetas.

La detención

La resolución del caso parecía francamente difícil. La policía investigaba el entorno familiar y las amistades de Josep, e incluso se barajaba la posibilidad de un ajuste de cuentas en relación con los negocios familiares. Además, Manuel Estévez no tenía antecedentes policiales ni figuraba tan siquiera en el listado de conocidos de la víctima en las investigaciones policiales.

Pero la casualidad quiso, junto con el hecho de que la fosa no era demasiado profunda, que un perro desenterrara el cadáver de Josep, el 27 de enero de 1989, nueve días después del crimen. La idea de enterrar el cadáver en un estercolero tenía el objetivo de que el olor del cadáver en descomposición no llamara la atención, pero Manuel no había contado con el fino olfato de los canes.

Manuel Estévez llamó en dos ocasiones a la familia Estadella antes de que se encontrara el cadáver. En tales ocasiones hablaba en plural para simular la existencia de una banda, pero actuó solo. Tampoco se atribuyó una filiación terrorista o política.

Todo parecía indicar que tras haberse encontrado el cadáver dejarían de recibirse llamadas, más aún cuanto que la noticia había sido publicada por los periódicos de mayor tirada, ya que la familia Estadella era bien conocida en la buena sociedad catalana.

Recibir la siguiente llamada del supuesto secuestrador para negociar el rescate fue una sorpresa mayúscula, y a esta siguieron 3 más. Supervisado por la policía, el padre de la víctima le siguió la corriente al «secuestrador», negociando la cantidad económica y el lugar de la entrega, hasta concertar la cifra de 25 millones de pesetas que deberían ser llevados a un lugar concreto de Valencia.

En la última conversación, cuando el padre de Josep Estadella ya sabía que su hijo estaba muerto, Manuel le aseguró, con una sangre fría absoluta: «Mañana tu hijo desayunará en casa, pero si no entregas el dinero, te diremos donde está, pero muerto».

El lunes 13 de febrero de 1989, casi un mes después del crimen, a las 19,30 h de la tarde, el padre de la víctima depositó una maleta y una bolsa de deporte con 25 millones de pesetas bajo una valla publicitaria en un descampado de la calle Eduardo Bosca de Valencia. Manuel Estévez dejó pasar media hora antes de recoger el botín.

Pocos minutos después fue detenido por la policía en el interior de un taxi. Por lo visto, Estévez no había leído los diarios, y no sabía que se había encontrado el cuerpo de su víctima en el estercolero de Sant Quirze del Vallès el 27 de enero.

Manuel Estévez confesó el crimen a los inspectores de la Brigada de Policía Judicial de Barcelona desplazados a Valencia.

El juicio contra Manuel Estévez

El 5 de abril de 1990, Manuel Estévez fue juzgado. Fue un juicio fácil y rápido, ya que al ser detenido confesó todos los detalles del crimen, incluido dónde se deshizo del arma homicida y la azada que utilizó para enterrar a su víctima, cuyo reloj llevaba en la muñeca. Además, corroboró su declaración ante el juez. Durante todo el interrogatorio permaneció tranquilo, sin inmutarse. No ocultó nada ni tuvo reparos en ofrecer nuevos datos, como, por ejemplo, que enterró el cuerpo en un estercolero para que el hedor ocultara la putrefacción del cadáver. Su confesión fue tan poco habitual, que su propia defensa no pidió su libertad, sino que propuso una pena de cárcel de 26 años para su cliente. Cuando el fiscal le preguntó, tampoco tuvo escrúpulos en explicar cuáles fueron sus intenciones desde el primer momento:

-Si no lo mataba, me cogerían. Tenía que quitarlo de en medio.

En cuanto a los dos peritos psiquiatras que declararon en el tribunal, explicaron al tribunal que Manuel Estévez Martín era un hombre normal, emocionalmente duro y sin sentimientos de culpa. Afirmaron que tenía «una personalidad emprendedora y agresiva, “como un gestor o un hombre de ventas”, tiene un buen concepto de sí mismo y no precisa apoyarse en los demás. No es un psicópata».

Por su parte, la familia de Manuel desconocía absolutamente los hechos, hasta que los inspectores de policía se lo contaron. Su esposa creía que sus ausencias eran debidas a la búsqueda de trabajo a la que está obligado un cabeza de familia en paro. Incluso sus hermanos ignoraban que hubiera cometido un asesinato, y creían que fue detenido por robar un coche.

Finalmente, el 21 de abril de 1990, la Audiencia Provincial de Barcelona condenó a Manuel Estévez Martín a penas que sumaban más de 47 años de cárcel.

Manuel Estévez Martín después de la condena por asesinato

Manuel Estévez cumplió con la ley y, tras 11 años privado de libertad, salió de prisión en agosto de 2000 con la libertad condicional. Sin embargo, como suele ocurrir, la prisión no desempeñó el papel que le supone la legalidad española, que es la reinserción, y Manuel reemprendió su actividad delictiva, esta vez atracando bancos en Barcelona. El 7 de marzo de 2001 fue detenido en Viladecans (Barcelona) y juzgado por 7 atracos. La nueva condena le impediría obtener la libertad definitiva hasta mayo de 2009.

En este nuevo ingreso en prisión parecía que Manuel Estévez intentaba reformarse: siguió un programa para delincuentes violentos y otro de integración social.

Manuel pidió varias veces permisos, que le fueron denegados en todas las ocasiones por el juez de vigilancia penitenciaria. Sin embargo, el 16 de marzo de 2005, obtuvo un permiso de 24 horas para realizar unas gestiones personales, tras un informe favorable de los psicólogos del centro penitenciario de Can Brians. El reglamento penitenciario autoriza a la administración a otorgar permisos de hasta 48 horas de duración, sin contar con la autorización del juez de vigilancia penitenciaria. Manuel Estévez Martín aprovechó este permiso para darse a la fuga, hasta que casi un mes después, el 13 de abril de 2005, fue detenido en la céntrica calle Diputación de Barcelona y llevado nuevamente a prisión.

 

Fuentes

 

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