Manuel Delgado Villegas

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Manuel Delgado Villegas

El Arropiero

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador - Necrofilia - Era poseedor del cromosoma XYY
  • Número de víctimas: 7 - 48
  • Periodo de actividad: 1964 - 1971
  • Fecha de nacimiento: 25 de enero de 1943
  • Perfil de las víctimas: Adolfo Folch Muntaner, de 49 años / Margaret Helene Boudrie, de 21 / Venancio Hernández Carrasco, de 71 / Ramón Estrada Saldrich / Anastasia Borrella Moreno, de 68 / Francisco Marín Ramírez, de 24 / Antonia Rodríguez Relinque, de 38
  • Método de matar: Estrangulación - Golpes
  • Localización: Varias, España, Francia, Italia
  • Estado: Nunca fue juzgado. Internado en un Psiquiátrico Penitenciario. Murió el 2 de febrero de 1998
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Manuel Delgado Villegas – Los crímenes de «el Arropiero»

Francisco Pérez Abellán

Un asesino con bigote a «lo Cantinflas». En la Legión aprendió el golpe de la muerte. El asesinato de su novia, en El Puerto de Santa María, fue su último crimen. Confesó tal rosario de muertes que la policía no le creyó. Posee el XYY, el cromosoma de la criminalidad.

Es el asesino más grande de la historia criminal española, el mayor asesino de España en tiempos de paz: Manuel Delgado Villegas, el Arropiero, el célebre Estrangulador del Puerto, que se declaró autor de cuarenta y ocho espeluznantes crímenes.

Está considerado como el asesino «número uno» en los anales de la criminología española que gana en capacidad letal a Jack el Destripador y al Estrangulador de Boston. Su primer abogado defensor, que lo fue de oficio, el letrado catalán Juan Antonio Roqueta Quadras-Bordes, dice de él que si el Arropiero saliera en libertad, «no tardarían en aparecer, a las pocas horas, cuatro o cinco cadáveres». Para el letrado es como un volcán, tan pronto está en calma como entra en erupción y «te abre en canal» porque le niegues un cigarrillo.

Confesó tantos crímenes a la policía que los agentes encargados del caso creyeron que se encontraban ante un fabulador extraordinario por lo que acotaron sus crímenes probables a una lista más verosímil, de tan sólo veintidós, de los cuales llegaron a probarle ocho.

Pero el Arropiero dio tantos detalles y tan precisos de sus delitos, algunos cometidos fuera de nuestro país, que su abogado, y se trata de su abogado defensor, siempre ha creído que este es sin lugar a dudas «el más grande asesino de la historia».

Por sus crímenes no fue nunca legalmente culpado ni juzgado. Al serle detectada una grave enfermedad psiquiátrica, se le declaró falto de responsabilidad penal y la Audiencia Nacional ordenó su internamiento en 1978 en un centro psiquiátrico penitenciario donde ha pasado la mayor parte de su vida.

Estuvo mucho tiempo en Carabanchel, Madrid, y en el momento de escribir este relato de sus crímenes, a sus 53 años, está recluido en el penitenciario de Fontcalent, Alicante. Allí subsiste con altibajos en su esquizofrenia que se completa con un cuadro de delirio megalomaníaco y desorientación tempoespacial así como una fuerte tendencia al autismo, lo que le aísla del mundo que le rodea.

También padece una grave enfermedad pulmonar desarrollada debido al tabaco. Se ha pasado los largos años de reclusión fumando un cigarrillo tras otro, consumiendo varias cajetillas por día, hasta desarrollar un EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Es muy probable que el mayor asesino de España sea a su vez asesinado por el tabaco, uno de los mayores asesinos del mundo.

El Arropiero debe su apodo a que su padre vendía «arrope», un dulce de higos, industria de vendedores ambulantes, por lo que fue primero el Hijo del Arropiero y luego se quedó con el mote.

Manuel Delgado Villegas nació en Sevilla, el 25 de enero de 1943. Su madre, que contaba veinticuatro años, murió al dar a luz, por lo que él y su única hermana, Joaquina, fueron criados por su abuela. Aunque fue a la escuela, no sabe leer ni escribir.

A los dieciocho años ingresó voluntario en la Legión donde aprendió uno de los golpes mortales -el de la mano abierta en el cuello- con el que dio fin a muchas de sus víctimas, desertando después y emprendiendo un largo vagabundeo por España, Italia y Francia, en el que fue dejando su camino sembrado de cadáveres.

Fue detenido el 18 de enero de 1971, a los veintiocho años, en el Puerto de Santa María, Cádiz, por la muerte de Antonia Rodríguez Relinque con la que mantenía relaciones sentimentales.

El asesinato de su novia fue la última fechoría de «el Arropiero». Durante los interrogatorios dejó atónitos a los policías con el relato de sus crímenes. Se atribuyó desde el asesinato de una hippie francesa hasta el célebre «crimen de la tinaja».

«El Arropiero» presentaba entonces un aspecto muy singular: corpulento y atlétíco, caracterizaba su rostro con un inconfundible bigote a lo «Cantinflas» en homenaje al que era su personaje más admirado. Salía con Antonia Rodríguez, una mujer subnormal, soltera de treinta y ocho años, mucho mayor que él, a la que hacía objeto de malos tratos.

El día del crimen la llevó en moto a un lugar del campo, solitario, donde mantuvieron relaciones sexuales. Movido por el impulso irrefrenable que le hizo cometer tantos crímenes, rodeó el cuello de su novia con los leotardos que le había quitado y la estranguló mientras hacían el amor.

Los policías se ganaron la confianza del asesino y lograron que les llevara donde había ocultado el cadáver. Uno de los detalles más espeluznantes que sabrían sobre la marcha fue la necrofilia del criminal, que abusaba sexualmente de los cadáveres de sus víctimas.

El primero de sus asesinatos comprobados lo cometió en Cataluña, el 21 de enero de 1964, en la playa de Llorach, en Garraf. Se acercó a un hombre que dormía apoyado en un muro, que resultó ser el cocinero de cuarenta y nueve años Adolfo Folch Muntaner, y le destrozó el cráneo con una piedra. Luego le robó el dinero, la cartera y el reloj.

Su segunda muerte comprobada se descubrió el 20 de junio de 1967, cuando se encontró el cadáver de una estudiante francesa de veintiún años, Margaret Helene Boudrie, en Can Planas, una masía de Ibiza. Su cuerpo estaba completamente desnudo y tenía un fuerte golpe en un ojo, así como contusiones y arañazos en el cuello. En la espalda había recibido una puñalada. El Arropiero dijo a los policías que se había ganado su confianza, que le robó una cadena con una medalla que llevaba al cuello, y que abusó de ella una vez muerta.

El tercer asesinato admitido y probado fue el de Venancio Hernández Carrasco, vecino de Chinchón, al que hallaron muerto en las aguas del río Tajuña el 20 de julio de 1968. Había salido al trabajo en un viñedo de su propiedad, a orillas del río, cuando se encontró con Delgado Villegas que le pidió algo de comer y al que respondió que si quería comer, que trabajara, que era joven. Esto ofendió a Delgado Villegas y le costó la vida: el Arropiero le atacó con su «golpe legionario»: el revés con el canto de la mano en el cuello, y lo arrojó al río. Hasta la confesión de Villegas todo el mundo creyó que había muerto ahogado por accidente.

El cuarto asesinato fue descubierto en Barcelona, a primeras horas del 5 de abril de 1969, por las limpiadoras de un almacén de muebles de la Avenida del Generalísirno número 437, que hallaron al propietario, Ramón Estrada Saldrich, inconsciente pero aún con vida. Murió en el Hospital Clínico. El Arropiero le había conocido en un bar y se habían hecho amigos. Con cierta frecuencia iban al almacén del fallecido. La noche del crimen, Delgado Villegas le pidió mil pesetas y Estrada se negó a dárselas. El asesino le golpeó en el cuello como solía hacer con sus víctimas y le remató estrangulándolo. Luego le robó las sortijas, el reloj y la cartera.

La quinta víctima comprobada de Delgado Villegas fue una anciana de sesenta y ocho años de edad, Anastasia Borrella Moreno, una mujer menuda y vivaracha que trabajaba en la cocina del bar Iruru de Mataró. El 23 de noviembre de 1969 salió camino de su casa y nunca llegó a ella. Cuatro días más tarde fue encontrado su cadáver por unos niños que jugaban en el túnel de la llamada Riera Sirena bajo la calle, a unos 300 metros de su casa. Estaba cubierta con un plástico, boca arriba, con las ropas subidas. La habían matado a golpes con un ladrillo. Villegas explicó que aquel día del crimen tenía ganas de una mujer. Al encontrarse con la anciana le preguntó si quería tener acceso carnal con él. La mujer reaccionó indignada y amenazándole con avisar a la policía. Por eso la mató y la tiró al torrente seco. Como se veía desde arriba, bajó para esconderla en el túnel. Se sintió excitado y abusó de su víctima. Este acto de necrofilia lo repitió todas las noches siguientes hasta que el cuerpo de Anastasia fue encontrado.

El sexto crimen reconocido por Delgado Villegas lo cometió el 3 de diciembre de 1970 en la persona de un estudiante amigo suyo. Se llamaba Francisco Marín Ramírez, tenía veinticuatro años, era de Córdoba y vivía en la misma calle que Antonia Rodríguez, su novia oligofréníca. Según Delgado Víllegas, iba con él en una moto cuando, en medio de la carretera, el muchacho le hizo algunas caricias, cosa que le sacó de quicio. Paró la moto y le dio su célebre golpe en el cuello. El muchacho se quedó sin respiración y le pidió que lo llevara a recuperarse junto al río. Allí, según el criminal, volvió a insinuársele y por eso lo tiró al agua.

A partir de aquí, el Arropiero se culpó de tal cantidad de crímenes que desbanca a muchos considerados en el mundo como los primeros en cuanto a número de víctimas.

En Sant Feliú de Guíxols, dijo haber estrangulado a una extranjera; en Alicante, dio muerte a una mujer a navajazos; en Barcelona, a un homosexual al que estranguló con un cable; en Valencia, a una mujer a la que metió en una cuba.

Manuel Delgado Villegas no tuvo abogado defensor hasta seis años y medio después de haber sido detenido. Entre sus récords está el de la detención preventiva más larga sin protección legal.

Es el primer criminal que tuvo que ser llevado en avión a comprobar por España la veracidad y diversidad de los crímenes que confesaba. En las pruebas médicas se le detectó que era poseedor del cromosoma XYY, conocido universalmente como el cromosoma de la criminalidad. Por su «doble Y» distintivo de virilidad, a los afectados se les ha llamado también «superhombres», lo que no deja de ser un sarcasmo dado que es frecuente observarles alteraciones sexuales de inmadurez y homosexualidad.

El Arropiero, en sus últimos años, es un hombre muy singular, con enormes barbas y pelo largo, como si fuera el «Robinson de los Psiquiátricos». El avance de su enfermedad ha hecho que sea imposible mantener una conversación coherente con él. Fue internado de por vida en un centro penitenciario para enfermos mentales con el fin de proteger a la comunidad. Según los médicos y el que fue su abogado defensor si fuera puesto en libertad todo el mundo estaría en peligro.


Manuel Delgado Villegas

Última actualización: 12 de octubre de 2015

Manuel Delgado Villegas (Sevilla, 25 de enero de 1943 – Badalona, 2 de febrero de 1998), conocido como el Arropiero, fue un asesino en serie español. Es considerado el peor asesino de la historia criminal española.

Biografía

Su padre se dedicaba a vender arrope y él le ayudaba, de ahí recibió su alias: el Arropiero. Su madre fallece al darle a luz en 1943, así que él y su hermana son criados por su abuela. Asiste a la escuela, pero no sabe leer ni escribir.

En 1961 ingresó en la Legión española, donde aprendió un golpe mortal que le ayudó en su carrera criminal. Poco después desertó del ejército y viajó por España, Italia y Francia, dejando tras de sí un rastro de cadáveres. Fue detenido el 18 de enero de 1971 en el Puerto de Santa María.

Asesinatos

Tras su detención confesó tantos crímenes que la policía no le tomó en serio al principio: cuarenta y ocho asesinatos. Se le consiguieron probar siete, aunque la policía consideró verosímil que fuese el autor de veintidós asesinatos, que en algunos casos incluyeron necrofilia.

  • 21 de enero de 1964: muerte de Adolfo Folch Muntaner en la playa de Llorach.
  • 20 de junio de 1967: muerte de Margaret Helene Boudrie en una masía de Ibiza.
  • 20 de julio de 1968: muerte de Venancio Hernández Carrasco en el río Tajuña.
  • 5 de abril de 1969: muerte de Ramón Estrada Saldrich en Barcelona.
  • 23 de noviembre de 1969: muerte de Anastasia Borrella Moreno en Mataró.
  • 3 de diciembre de 1970: muerte de Francisco Marín Ramírez en Puerto de Santa María.
  • 18 de enero de 1971: muerte de Antonia Rodríguez Relinque en el Puerto de Santa María.

La desaparición de Antonia Rodríguez Relinque, disminuida mental, que había sido vista varias veces en compañía de Manuel Delgado Villegas, con quien mantenía una relación sentimental, puso a la policía sobre la pista del mayor asesino de la historia de España.

Sin sospechar nada, la policía lo acompañó a comisaría donde fue interrogado sobre la desaparición de la que se consideraba su pareja. Declaró que la había estrangulado con sus propios leotardos mientras practicaban el acto sexual, y que había matado a 48 personas más.

La detención de el Arropiero permitió esclarecer algunos crímenes que habían quedado sin resolver hasta la fecha, incluyendo otros (Hernández Carrasco) que habían pasado por accidentes. Manuel Delgado Villegas no tuvo abogado defensor hasta seis años y medio tras su detención, teniendo el récord de arresto preventivo sin protección legal. Nunca fue juzgado, ya que se le diagnosticó una enfermedad mental y la Audiencia Nacional ordenó en 1978 su internamiento en un centro especializado.

Cuando viajaba con unos agentes para comprobar sus crímenes, escuchó en la radio que un mexicano había matado más gente que él. El Arropiero contestó textualmente: «Denme 24 horas y les aseguro que un miserable mexicano no va a ser mejor asesino que un español».

Las pruebas médicas que se le practicaron permitieron descubrir que era poseedor de la trisomía sexual XYY (en lugar de la dotación común de un hombre, XY), que, en aquellos tiempos se decía que se carecterizaba por tener un retraso mental que, en algunos casos, induce a ser más agresivo. Estudios médicos actuales rebaten dicha teoría. El Arropiero fue liberado en 1998, falleciendo poco después a causa de una enfermedad pulmonar causada por un exceso de consumo de tabaco.


El Arropiero, el mayor asesino de España, murió tras 26 años en prisión sin ser juzgado

Soledad Alcaide – Elpais.com

8 de abril de 1998

Manuel Delgado Villegas, el Arropiero, de 55 años, considerado el mayor criminal de la historia de España, falleció el pasado 2 de febrero en el Hospital Can Ruti de Badalona, aquejado de una afección pulmonar, según publicó ayer La Vanguardia.

El Arropiero, a quien se achacaba haber cometido 22 asesinatos, estuvo preso durante 26 años sin que nunca se le juzgara por ninguno de los crímenes que se le imputaban.

Al ser detenido el 18 de enero de 1971 en El Puerto de Santa María (Cádiz), acusado de haber asesinado a Antonia Rodríguez Relinque, con quien mantenía relaciones amorosas, el Arropiero se confesó autor de numerosos crímenes en los interrogatorios. Tantos, que la Policía llegó a sospechar que se atribuía muchos de ellos por afán de protagonismo. Pero acabaron creyéndole por los detalles que daba de ellos.

Su estancia en la cárcel se prolongó durante años sin que jamás fuera juzgado y, sin embargo, estaba limpio de antecedentes penales, según el certificado oficial expedido por el Registro Central de Penados y Rebeldes.

Varios informes clínicos le calificaron de mentalmente desequilibrado y, en junio de 1978, la Audiencia Nacional archivó su causa provisionalmente y ordenó su internamiento en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Carabanchel (Madrid), donde fue sometido a régimen carcelario.

La reforma del Código Penal favoreció su liberación. El Arropiero no podía continuar internado en un centro psiquiátrico penitenciario, ya que se limita la reclusión en ellos de los enfermos mentales al tiempo que dura su condena y, en su caso, ésta no existía. Por ello, la Audiencia Nacional ordenó en diciembre de 1996 su excarcelación de Fontcalent (Alicante) y su traslado al psiquiátrico de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona), ya que su familia vive cerca de allí.

De esta misma clínica procedía el Arropiero cuando ingresó en el Hospital de Can Ruti el pasado 23 de enero, días antes de su muerte, según aseguró el director gerente del centro, Isidro Parra. Este afirmó que Delgado había ingresado durante el último año varias veces en este centro por el mismo motivo que le causó la muerte: una afección pulmonar, típica de los fumadores.


Manuel Delgado Villegas – El siniestro «Arropiero»

Margarita Landi

El lunes 18 de enero de 1971, en el Puerto de Santa María (Cádiz), se denunció la desaparición de Antonia Rodríguez Relinque, más conocida por Toñi, soltera, de treinta y ocho años, natural y vecina del mismo pueblo, cuyo vecindario conocía su desmesurada afición por los hombres.

Toñi era una infeliz subnormal que solía frecuentar todas las tabernas de la carretera general para hablar con los camioneros y prodigar sus «favores» a todo aquél que los solicitara. Últimamente tenía un novio, del que parecía muy enamorada, desoyendo los consejos de familiares y amigas a quienes «ese hombre les parecía peligroso».

Había salido de su casa muy «endomingada» la tarde anterior diciendo que iba a pasear con él y ya no regresó.

Los funcionarios de la plantilla de aquella comisaría realizaron gestiones para localizar al novio y conocer las particularidades de ella. Supieron que se trataba de un tal Manuel Delgado Villegas, de veintiocho años, natural de Sevilla, que sólo llevaba dos o tres meses en el Puerto, viviendo en casa de su padre, que se dedicaba a la venta de «arropías» (golosinas confeccionadas por él en su propia casa, con arrope), y había decidido quedarse allí y trabajar como vendedor ambulante de tal mercancía; de ahí que se le conociera por el Arropiero.

Aunque se decía que maltrataba constantemente a Toñi, nadie podía creerlo, porque sus clientes, niños y adolescentes eran sus amigos y a todos les parecía inofensivo.

Cuando varios días después le interrogaron en la comisaría, Manolo negó rotundamente conocer el paradero de Antonia, así como el porqué de su desaparición; pero dijo haberla visto el domingo por la noche cuando pasaba en una moto con un desconocido junto a la Plaza de Toros.

Pero incurrió en varias contradicciones, los policías sospecharon «algo raro» en su declaración y decidieron alargar el interrogatorio, medida que les condujo al éxito final.

Debo decir que el comisario jefe del Puerto de Santa María, a quien el Arropiero le resultaba harto sospechoso, mediante una llamada a la Dirección General de Seguridad conoció los pésimos antecedentes que tenía Manuel como delincuente habitual: varias veces había estado detenido por hechos contra la propiedad, en diferentes localidades del litoral mediterráneo, y por haber cruzado la frontera con Francia ilegalmente, sospechándose que deseaba extender allí sus actividades delictivas. También había estado en Roma una temporada.

Con toda esa información se le acosó a preguntas y acabó por derrotarse; confesó que había pasado la tarde del domingo junto a Toñi y se habían adentrado por caminos y vericuetos hasta encontrar un lugar en el que pudieran hacer el amor sin ser vistos, pero tardó en decir el lugar exacto, dando así un gran trabajo a los inspectores puesto que les indicaba diferentes sitios de los alrededores del pueblo y de los que regresaban sin haber encontrado ni rastro de la desaparecida.

Fue preciso que le hablaran y trataran con exquisito tacto, casi con mimo, para que llegara a decir la verdad. Puedo asegurar que no recibió ni un grito, ni un empujón ni un simple cachete; nadie le insultó ni se mostró impaciente o alterado, y por el empleo de esta táctica lograron encontrar el cadáver, cuya garganta estaba ceñida por sus «leotardos», detalle que hizo evidente la causa de su muerte: estrangulamiento.

Espesos matorrales habían ocultado el cuerpo desde el domingo por la noche hasta el jueves; y el frío, retardando la descomposición, evitó el olor que hubiera podido alertar a los vecinos de unas casas cercanas. Él había dicho que Toñi profirió palabras que le «colmaron» la paciencia, pero a la vista del cadáver nada parecía indicar que hubieran reñido o forcejeado.

Hay algo que debo decir: Manolo y Antoñita se complementaban, pues si él se enfurecía, en sus momentos más apasionados, y gustaba de golpear o estrangular a su pareja, a ella le servían de estímulo sexual los malos tratos. Le gustaban los golpes, los pellizcos y presiones, de modo que cuando sintió que las medias le oprimían el cuello, no trató de defenderse, estaba contenta. Parece que sólo dijo: «Me haces daño», pero nada más…

Al darse cuenta de que su novia estaba muerta, el criminal se alejó decidido a «fabricarse» una coartada por si le detenían. A tal efecto se fue al cine y cogió del suelo, a la puerta del mismo, una entrada cortada que guardó en el bolsillo. A las once y media de la noche estaba acostado en casa de su padre.

Dijo Manuel Delgado Villegas que padecía ataques epilépticos; no se pudo saber si era verdad, pero se creyó que sí sabía fingirlos bien, pues en la misma comisaría, cuando empezaron a interrogarle, hizo la comedia. Llamado un doctor, tras un detenido reconocimiento dijo que no podía asegurar que ese ataque fuera auténtico o fingido.

Tras practicarle la autopsia al cadáver de Toñi se supo que su «adorado Manolo» había estado con ella cada noche para hacer el amor con su cuerpo muerto, hasta el día en que fue detenido. Tenía la Policía delante a un necrófilo, a un maníaco sexual capaz de las mayores atrocidades, pero los inspectores se mostraron imperturbables.

No obstante, como quiera que la Policía no se olvida de ningún suceso criminal y el comisario tuvo la sospecha, durante el interrogatorio, de que el detenido podía ser quien matara el 3 de diciembre del año anterior a un joven de veinticuatro años, cuyo cadáver había sido encontrado en el río Guadalete, y el caso estaba sin resolver, decidió tantearle «por si acaso…».

Con la misma mesura, con el mismo tacto que le había tratado desde un principio le fue exponiendo todo cuanto sabían sobre lo que había hecho en su vida: sus andanzas por Francia e Italia, sus pequeños delitos contra la propiedad en Barcelona, Valencia, Gerona, Madrid y Sevilla; su alistamiento en la Legión, donde tuvo ocasión de aprender algunos golpes de karate; de las veces que había sido detenido sin llegar nunca a ingresar en prisión, ya que por sus verdaderos o fingidos ataques epilépticos le habían internado en sanatorios psiquiátricos y soltado en seguida; de la afición que había tenido por cierta droga y de la cura de desintoxicación que surtió efecto; de que desde entonces prefería el alcohol, principalmente ginebra y coñac; de que algunas de sus detenciones fueron por vivir de las mujeres y por sus manías de tipo sexual…

En la mente primitiva de Manolo no cabía la idea de que todo eso pudiera ser conocido por la Policía y se impresionó en gran manera, de modo que cuando le mostraron una fotografía de Francisco Marín Ramírez, el joven que apareció en el río, cambió de expresión y se desconcertó; tal vez pensó que «lo sabían todo» y que era inútil negar que él lo había matado, así que confesó su crimen.

Se daba la circunstancia de que Francisco vivía con sus padres muy cerca de la casa de Antoñita, aunque no tenía trato con ella -según dijo Manolo- y se conocieron cuando él deambulaba vendiendo sus arropías, un día del anterior mes de noviembre; Francisco se había acercado a él como cliente, simpatizaron y quedaron en verse para charlar un rato más tarde. Así lo hicieron y llegaron a intimar bastante, cosa extraña en el joven, que era introvertido, muy tímido y poco dado a hacer amistades.

Teniendo en cuenta que el Arropiero era analfabeto y sólo dibujaba su nombre para firmar, que era hombre de muy pocas luces, mientras que Francisco tenía una inteligencia superior, estudiaba mucho, había inventado una máquina para bobinar, era delineante y electrotécnico, tenía una gran biblioteca y, como dato curioso, se sabía que en el libro Así hablaba Zaratustra de Nietzsche había subrayado este párrafo: «Cuando padezcas algún problema moral o físico, dedícate a tu trabajo para poder paliar problemas morales que puedan causarte», resultaba difícil comprender que hubieran llegado a ser tan íntimos amigos… ¡Eran tan distintos!

Francisco padecía aguda miopía y quizá ese defecto fuera la causa de su acusada timidez, de su aislamiento y su «temor» a las mujeres. Precisamente por su retraído carácter había sido muy difícil investigar las circunstancias de su muerte cuando le encontraron en el río, a unos doce kilómetros más arriba.

La autopsia reveló que la muerte se produjo por asfixia, pero no por inmersión, de modo que cuando cayó al agua había fallecido. La incógnita que suponía ese crimen había atormentado durante más de mes y medio a los miembros de la BIC y sólo pudo ser despejada por el Arropiero.

Manolo y Francisco habían llegado a congeniar y a sentir mutuo afecto, más bien enfermizo; el primero, un sujeto típicamente «lombrosiano», sádico y dominante; el segundo, sumiso y cariñoso tal vez en demasía, se mostraba siempre ansioso de amistad y de atención.

El último día de su vida había quedado con Manolo en verse por la noche, pero al comprobar que no acudía fue en su busca y le encontró montado en una motocicleta que había robado y que luego resultaría de valiosa ayuda para la Policía, cuando, atendiendo a la denuncia hecha por el padre de Francisco de la desaparición de su hijo, la encontraron y cerca de ella vieron unas gafas de gruesos cristales con una patilla rota; como no parecía lógico que siendo tan miope el supuesto propietario de esas gafas se marchara de aquel lugar sin buscarlas afanosamente, los funcionarios dedujeron que allí se había producido una pelea violenta, aunque no podían saber quiénes eran sus protagonistas ni cuál había sido su desenlace.

Fue cuando el padre identificó las gafas y dijo que eran las que llevaba puestas en la fotografía que les había entregado al denunciar la desaparición de Francisco; la Policía tuvo entonces la convicción de que al joven le había ocurrido algo muy grave.

Manuel declaró que cuando iban los dos montados en la moto para dar un paseo, el joven le besó apasionadamente y él se molestó, discutieron y, al detenerse y echar pie a tierra, le asestó un golpe de karate en el cuello que le hizo perder las gafas y le dejó medio groggy; luego le cogió por el cuello con la mano extendida (utilizando la curva formada por el índice y el pulgar) y le alzó del suelo.

El muchacho, que respiraba mal, le pidió que le llevara a refrescarse al río; lo hizo atravesando el puente y se sentaron sobre la muralla, apoyando los pies en un banco de piedra que allí había. Poco después Francisco volvió a ponerse cariñoso y él, muy enfadado, le golpeó de nuevo en el cuello y le hizo caer al fango, a la orilla del agua.

-Cayó boca abajo y quedó inmóvil -dijo Manolo-. Yo bajé en su busca, pero como mis pies se hundían en el fango no quise acercarme más y me fui. Al día siguiente volví y me extrañó mucho no encontrarle.

Lo que había pasado era que cuando cayó al fango estaba muy baja la marea; horas después, con la pleamar, las aguas arrastraron el cadáver hasta unos doce kilómetros de distancia y lo dejaron sobre la tierra enfangada de nuevo, en un recodo de la orilla.

La autopsia determinó que murió estrangulado, pero luego se sabría que no había sido así; los golpes de karate habían producido el mismo efecto que un par de manos, que una media o que una horca: la asfixia total.

Ya puesto a confesar, dijo que en diferentes lugares había estado a punto de matar a seis personas, siempre debido a su perversión sexual. Por cierto que una de esas personas le había dado un motivo muy singular: estaba tan gorda que no podía abrazarla…. y decidió matarla.

Presumía el Arropiero de ser muy «hombre», aun confesando sus frecuentes tratos íntimos con homosexuales y degenerados a quienes trataba de matar «porque ofendían su hombría»; aseguraba que no podía resistir que quisieran abusar de él o que lo maltrataran. También le fastidiaban mucho -decía- los detenidos que tenía cerca de su calabozo, «porque hacían mucho ruido y no le dejaban dormir», cuando él siempre había sido un hombre que dormía estupendamente.

Aprovechando que unos inspectores de la comisaría fueron a entregarle cigarrillos, pude asomarme por una ventana enrejada y le vi: Manuel era más bien bajo (y lo sigue siendo), pero de muy fuerte complexión; vestía un pantalón marrón, una chaqueta beige de sport y una gorra de visera al tono. Supe que se quejaba de que le estaba creciendo el bigote por el centro, pues él quería llevarlo como antes, igual que el de Cantinflas: un manojito de pelos a cada lado del labio. Estaba convencido de que tenía un gran parecido con el gran actor mexicano.

En aquella comisaría del Puerto de Santa María se vivieron días inquietantes en los que no había límite para el asombro; allí estaba uno de los más peligrosos asesinos conocidos confesando uno tras otro sus crímenes y rogando que se le ayudara a curar «esa enfermedad que le obligaba a matar».

Fueron diecisiete las víctimas que dijo tener en su «haber»; eran demasiadas para poder creerlo y se llegó a pensar que mentía, que presumía de matón como les ocurre a algunos delincuentes que se declaran culpables sólo por conseguir cierta notoriedad-, pero no era así. Podía estar loco, pero no tonto, y dada su memoria prodigiosa aportaba tantos detalles que en pocos meses pudieron constatarse una media docena de sus crímenes.

Dijo haber sido autor de la muerte de Anastasia Borrella Moreno, de sesenta y ocho años, extremeña con domicilio en Barcelona, el 23 de noviembre de 1969, crimen que hasta entonces había sido un misterio.

Se trataba de una mujer que medía 1,40 metros de estatura y pesaba cuarenta kilos. Sólo hacían bulto en su figura el pañuelo negro que cubría su cabeza, el mantón con que se abrigaba y la falda hasta los pies. Al verla, nadie hubiera creído que pudiera atraer sobre sí lascivas miradas, pero así fue para su desgracia.

Ella trabajaba los domingos y festivos ayudando en la cocina de un bar y regresaba a casa de su hija entre las doce y la una de la madrugada, teniendo que atravesar todo el centro de la ciudad. Su familia recordaba que una noche llegó muy sofocada, contando que al ir por las Ramblas le había salido al paso un joven que comenzó a molestarla con «pretensiones indecentes», hasta tal punto que tuvo que refugiarse en el Ayuntamiento y pedir al policía de servicio que la librara de «ese degenerado».

Posiblemente ese individuo era el mismo -el Arropiero- que aquella fría noche de noviembre (meses después) la siguió a prudente distancia hasta la parte alta de la ciudad, donde las calles sólo estaban ocupadas por el viento, y para no ser rechazado de nuevo decidió matarla, golpeándola en la cabeza con un trozo de ladrillo; luego la arrastró hasta el borde de la profunda riera -que allí tenía (o tiene) ocho o diez metros de altura-, y la arrojó al cauce, entonces seco.

Luego descendió, volvió a arrastrar aquel pobre cuerpo inanimado y sangrante al interior del túnel, lo tendió boca arriba y lo poseyó brutalmente.

Cuatro días después, unos chiquillos encontraron el cadáver cubierto con un trozo de plástico. Cuando las autoridades judiciales lo examinaron, vieron que tenía las ropas subidas hasta su escuálido pecho y estaba cubierta de sangre. Había grandes heridas en la cabeza, pecho, piernas y otras partes del cuerpo.

Pensaron que quien había cometido tal aberración sobre un cuerpo agonizante, sobre el húmedo barro, en la total oscuridad del túnel, tenía que ser un loco muy peligroso, capaz de repetirlo cuando le viniera en gana. Lo que no podían saber fue lo que quince meses después confesaría el repugnante asesino: que las tres noches siguientes volvió al túnel para ver a su víctima y «gozar con ella»… Y cuando lo decía se excitaba…

Siguiendo con sus recuerdos, Manuel Delgado Villegas, ganado por la amabilidad y comprensión de los policías -principalmente por uno de ellos, cuyo nombre me reservo porque él así me lo pidió-, relató de manera detallada lo que hizo con un acaudalado industrial barcelonés que fue hallado muerto en la madrugada del 4 de abril de 1969 y cuyo asesinato seguía sin aclarar.

Era difícil comprender cómo un individuo de su calaña, mal trajeado, sin cultura y con dificultades de pronunciación, podía «ligar» con personas de toda condición social, pero era evidente que lo hacía. En este caso se trataba de un señor de avanzada edad, muy educado y propietario de un gran negocio de muebles, que lo llevó a su despacho sin desconfiar de él. Dos mujeres de la limpieza le encontraron medio muerto, le llevaron al hospital Clínico y falleció sin poder decir lo que había pasado. Se pensó que habría sufrido un ataque cardiaco, pero sorprendió su presencia por la noche en el almacén de muebles y más que sus bolsillos estuvieran vacíos y que hubieran desaparecido todas sus pertenencias personales de valor.

La autopsia reveló que había sido asesinado. En la parte superior del cráneo tenia una gran contusión, como si hubiera sido golpeado a traición con un martillo de ésos que tienen una bola gruesa en un extremo y un par de kilos de peso; además el criminal le había estrangulado, apretando el cuello del anciano hasta quebrárselo. Luego se apoderó de la cartera, el reloj y los anillos….

El siniestro Arropiero explicó sin omisiones cómo logró «intimar con el viejo».

Dijo que en Madrid mató a un hombre de unos sesenta años porque le vio en un pueblo cercano «por donde pasa un río», cuando iba en compañía de una niña a la que trató de violar, y sintió tal indignación que cogió una gruesa rama de un árbol, corrió hacia él y le golpeó en la cabeza, vistió a la chiquilla y le dijo que escapara y gritara, mientras él seguía golpeando al hombre hasta verle abierta la cabeza… Tal vez fuera su víctima quien tratase de salvar a la niña de sus garras perdiendo la vida en el empeño, pero eso fue lo que él contó.

Otro «caso» tuvo lugar en Roma, donde mató a su patrona «porque se había encaprichado con él», pero era demasiado gorda y le repugnaba. La estranguló en una playa.

En París tuvo una amiguita que resultó ser de una banda de atracadores que planeaban asaltar un banco, y ella le presentó a sus compinches, pero como no le aceptaron decidió matarles con una de las metralletas que tenían. Eran cuatro y sacó los cadáveres con ayuda de la chica, quien los hizo desaparecer. Más tarde vio cómo ella se tiró a un río y no volvió a salir.

También en París mató a una chica por «chivata»; la estranguló a mano, y en vez de salir del país como se le había ordenado anteriormente por estar indocumentado y considerado como vagabundo, se escondió en casa de otra amiga durante dos meses.

En la Costa Azul mató a una dama de unos cuarenta años que le llevó a su lujoso chalé y le hizo dormir demasiado, a aquélla le machacó la cabeza con una piedra. Y a un hombre que al verlo dormir en la playa le invitó a que lo hiciera en su casa, le dio de cenar y luego le demostró un excesivo afecto, decidió estrangularle con un cable eléctrico. Recuerdo que de este crimen dio un detalle valioso para los investigadores de la Interpol: que al tener contacto íntimo con el cariñoso caballero le introdujo un dedo por el recto, dedo que tenía vendado y que al sacarlo se quedó dentro el vendaje… Resultó que -según el dictamen de la autopsia- se habían encontrado unas gasas y una venda en el recto de la víctima. No cabía duda de que ese crimen no era de «farol». Como de costumbre, también se apoderó en esa casa de dinero y alhajas. Así iba viviendo y viajando.

Cuando confesó que había matado a una joven francesa en Ibiza, en junio de 1967, tanto la Policía como todos los periodistas que seguíamos de cerca el caso pensamos que no era cierto, ya que lo que decía difería en puntos sustanciales de todo cuanto en su día se había admitido, incluso en el sumario instruido para juzgar al presunto asesino, que tras pasar un año en prisión preventiva tuvo que ser absuelto por falta de pruebas.

Parecía evidente que lo que pretendía con esos «cuentos» era alargar en lo posible su estancia en la comisaría del Puerto, donde se le trataba muy bien, así como hacer méritos pera ser considerado un demente y librarse de la cárcel; si le internaban en un centro psiquiátrico, podría escaparse como ya había hecho otras veces.

Aquel crimen dio mucho que hablar: la chica, llamada Margaret Helene Boudrie, estudiante, aficionada a la pintura y a los beatniks que por entonces proliferaban en Ibiza, apareció muerta, completamente desnuda, con un ojo amoratado y diversas contusiones en la cara, así como contusiones en el resto del cuerpo, arañazos en el cuello y una incisión en la espalda producida por una navaja de hoja muy estrecha. Aquel día cumplía veintiún años.

Se hallaba en una cama que no era la suya, dentro de una casita de campo cuya inquilina había pasado unos días fuera y que, al regresar, se encontró con esa desagradable sorpresa. La propietaria de la casa, que vivía al lado, ya había dado cuenta a la Guardia Civil de que había oído la noche anterior ciertos ruidos y lamentos extraños.

La casa estaba a unos cinco kilómetros de la capital ibicenca y tenía las ventanas y la puerta cerradas. Tras una inspección ocular vieron que los cristales de una claraboya habían sido separados, dejando un hueco por donde pudieron entrar los intrusos valiéndose de la cuerda de un pozo. Se dedujo que la joven estaba acompañada de quien la mató.

La investigación fue muy laboriosa, hasta que un taxista, al ver la fotografía de la víctima, dijo que él la había llevado aquella noche hasta cerca de la casa aquella, en compañía de un muchacho algo mayor que ella, melenudo y mal encarado, que hablaba con acento extranjero, alto y de mirada siniestra. Al día siguiente la Benemérita logró encontrar a un norteamericano cuyo físico coincidía con el descrito por el taxista, que se había cortado el pelo y tenía treinta años. Era casado.

Al ser interrogado, declaró que, en efecto, había pasado unas horas con Margaret, pero negó haberla matado; que la llevó allí porque él conocía la casita y la claraboya, que se habían drogado con LSD y que también sabía que la inquilina estaba ausente. Dijo también que oyó ruido de pasos y que alguien trataba de abrir la puerta, tuvo miedo, se escondió y huyó dejando a la chica dormida. Pero unos cuarenta minutos después se dio cuenta de que había olvidado en aquella alcoba su pasaporte y volvió en su busca, encontrando a su amiga desnuda y ensangrentada, cuando la había dejado vestida. Sintió pánico y salió rápidamente, siendo visto por la dueña de la casa.

Pese a que una serie de indicios y pruebas le señalaban como autor del crimen, él siguió afirmando que era inocente durante el año que tardó en celebrarse el juicio, en el que estuvo a punto de cometerse un error judicial. Por fortuna, aunque fiscal y acusador pedían veinte y treinta años de reclusión mayor respectivamente, quedó absuelto; no había base para condenarle.

Pues bien. Casi cuatro años después se declaró culpable de tal crimen el ya famoso Arropiero, aunque le falló un poco la memoria y confundió Ibiza con Alicante: «La conocí -dijo- en una gran avenida bordeada de palmeras y con el suelo de bonitos colores», pero después reconoció que la había confundido con otra «aventurilla».

Se embrolló un poco, no explicó bien por qué estaba cerca de aquella casita, trató de entrar y lo hizo cuando vio salir al acompañante de la chica, pero sí que se acostó a su lado; ella le recibió bien, pero se apasionó tanto con sus caricias que él se enfadó, como siempre, la desnudó, le pegó y la asfixió con una almohada para que «me dejara tranquilo y poder poseerla varias veces». Después se apoderó de algunas alhajitas, incluso la cadena y la medalla de oro que llevaba al cuello, y unos cuantos billetes de cien francos…, y se marchó tranquilamente.

Cuando varios meses después de ser trasladado a Madrid le llevaron a Ibiza para proceder a la reconstitución del crimen, el comisario general de la BIC pidió que se pusiera en la cama el mismo colchón que había aquella trágica noche, que estaba arrumbado en el desván; él lo vio con manchas de sangre y de semen, recordó el placer de aquella noche y se excitó tanto que los policías no podían salir de su asombro. Ya no era posible dudar de que él era, en efecto, quien había matado a la francesita.

Mes y medio después de ser detenido Manuel Delgado Villegas, el Arropiero, abandonó la comisaría del Puerto de Santa María escoltado por dos funcionarios que le trasladaron a Madrid, donde ingresó en el hospital psiquiátrico de la Prisión Provincial de Carabanchel; allí le examinaron atentamente expertos forenses de numerosos países y le consideraron un peligrosísimo psicópata, poseedor del cromosoma XYY, conocido como «cromosoma de Lombroso» o de la criminalidad.

En opinión de cuantos psiquiatras han estudiado su caso, no se le puede poner en libertad, porque «es un criminal nato, un asesino que puede hacer mucho daño siempre, mientras viva».

A mediados de junio de 1971 confesó que era el autor de la muerte de un cocinero de Barcelona, en la playa de Garraf, sólo para robarle, ya que «iba por allí sin rumbo fijo», pidiendo y robando en las casas de campo, y al verle dormido decidió matarle para apoderarse de cuanto llevara encima. Los datos que dio, hablando libremente, no dejan lugar a dudas sobre su culpabilidad, pues hacía referencia a detalles de aquel terreno que ya no existían. Además dijo lo que contenía la cartera de su víctima: entre otras cosas, el documento de identidad y «la fotografía de una señora con gafas con una niña». que resultaron ser la esposa y la hija del infortunado cocinero.

Explicó que se aproximó procurando no hacer ruido y, desde encima del muro de ladrillo, alargó el brazo y le golpeó fuertemente con una piedra. La muerte fue instantánea; no movió ni un dedo, se quedó en la misma postura que tenía antes de la agresión… «Todo por un poco de dinero, -dijo-, muy poco, y un reloj de níquel por el que apenas saqué unas pesetas.»

Este crimen lo cometió el 21 de enero de 1964, hacía siete años, y ya lo he relatado anteriormente. Se sospechó que, probablemente, algunos de los crímenes sin resolver durante tan largo período de tiempo pudieran ser obra también de este monstruoso individuo, capaz de matar por un impulso repentino sin sentir el menor remordimiento. El más peligroso criminal que se recuerda en el mundo, por lo menos en lo que va de siglo, y del que los españoles no hemos sabido «presumir», a pesar de ser, como es, un caso sin par en la historia de la criminalidad.

Han pasado dieciocho años desde que el Arropiero fue detenido en el Puerto de Santa María, y en ese tiempo, debido a los diferentes sumarios que se instruían sobre sus delitos, ha estado en diversas cárceles; una de ellas fue la Modelo de Barcelona, donde encargó su defensa al letrado don Juan Antonio Roquetas Cuadras-Bordes, por quien he sabido que llegó a declararse autor de cuarenta y ocho asesinatos, de los cuales sólo se llegaron a probar ocho, debido a su extrema complejidad, que hubiera precisado la colaboración policial de diversos países europeos; había pocos testigos y no se presentó ninguna acusación particular.

En definitiva, todas las causas seguidas contra Manuel Delgado Villegas se integraron en un solo sumario -el 24/78- a cargo del Juzgado Central número 2 de la Audiencia Nacional.

No se llegó a celebrar la vista oral, sino que apoyándose en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el 20 de junio de 1978 se emitió un auto de sobreseimiento libre, por el que quedaba archivada la causa y se ordenaba el internamiento de Delgado Villegas en un centro psiquiátrico.

Debido a la gran peligrosidad del personaje, no era aconsejable un sanatorio normal para enfermos mentales, del que hubiera podido fugarse a las pocas horas con muy nefastas consecuencias, porque seguiría matando.

Los ocho psiquiatras que le examinaron exhaustivamente coincidieron en su diagnóstico y, en consecuencia, el Arropiero fue internado en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Carabanchel (Madrid), donde ha permanecido -que yo sepa- hasta el verano pasado, cuando le trasladaron a un centro similar de Alicante.

Tiene cuarenta y seis años y parece un anciano de barba hirsuta, canosa y cabello enmarañado, que conserva la mirada penetrante de aquellos ojos que yo vi hace tan años, azules y fríos como el acero.

Dice ahora que no quiere estar encerrado, que «no ha matado a nadie»… Lo ha debido olvidar, sin duda, y ya es raro, porque siempre hizo alarde de una memoria prodigiosa. Es inevitable sentir un punto de compasión por el despojo humano que ha de vivir apartado de la sociedad, pero, ¿qué otra cosa se puede hacer con él?… La sola idea de que fuera puesto en libertad resulta aterradora: es una máquina de matar.


Manuel Delgado Villegas – Misterioso crimen en Garraf

Margarita Landi

A treinta kilómetros de Barcelona, en una de sus más bonitas playas, se cometió en enero de 1964 un asesinato rodeado de misterio, que supuso un gran trabajo para los investigadores de la BIC y de la Guardia Civil.

El hecho tuvo lugar muy cerca de la estación ferroviaria de Garraf, entonces pequeña y pintoresca localidad costera perteneciente al término municipal de Sitges y al partido judicial de Villanueva y Geltrú, en la llamada playa de Llorach, tan visitada por los veraneantes y que en aquellos días de invierno se hallaba tan solitaria como para que en ella se pudiera cometer un crimen a plena luz del día. Fue un suceso que dio mucho que hablar y que pensar en Barcelona.

Unos niños que jugaban en la playa a eso de las cinco y media de la tarde descubrieron el cadáver… Bueno, ellos creían que se trataba de un hombre que se había quedado dormido; tenía sobre el cuerpo y la cabeza una gabardina y estaba sentado sobre la arena, apoyando la espalda en el bajo paredón de piedra que cercaba el merendero Can Quim, cerrado en aquella temporada del año.

Los pequeños sintieron cierta prevención, temiendo que al señor aquel le molestaran sus gritos, sus risas y sus carreras, ya que por experiencia sabían cuán molesto es para los mayores que no se les deje dormir la siesta. Pero aquel lugar les gustaba, era donde iban todas las tardes, y al principio con algo de cuidado y luego ya sin precauciones se entregaron a sus juegos. Sin embargo, como pasara un gran rato y el hombre no se hubiera movido absolutamente nada, se extrañaron de tal manera que fueron al cercano hotel Quim y advirtieron a su propietario sobre la extraña presencia del durmiente en la playa.

El dueño del hotel llegó con ellos al lugar indicado y trató de llamar la atención del desconocido, primero hablándole en voz alta, diciéndole que ya era tarde para dormir en la playa, y luego tocándole con un pie en un zapato. Este ligero contacto provocó cierta inclinación en la cabeza del supuesto «dormilón», haciendo que el hotelero desistiera de su propósito por entender que «allí ocurría algo raro. Sin tocar nada, sin atreverse a levantar ligeramente la gabardina que cubría la cabeza, todos se alejaron para ir a dar cuenta al capitán de la Guardia Civil de Sitges que, casualmente, se encontraba realizando un servicio en Garraf.

Cuando el capitán levantó aquella gabardina pudo comprobar que el hombre estaba muerto, con las ropas empapadas en sangre a causa de las enormes heridas que tenía en la cabeza. Tanto por la posición del cadáver, por la tranquila expresión de su rostro como por la situación de las heridas, resultaba inadmisible la hipótesis de un accidente fortuito o de un suicidio.

Era evidente que se trataba de un crimen y bastante misterioso, por cierto, ya que la víctima era persona totalmente desconocida y el asesino no había dejado el menor rastro de su presencia. Avisado el juez de paz de Sitges, se procedió al levantamiento del cadáver y se dio cuenta de lo ocurrido al juez de Instrucción de Villanueva y Geltrú.

Al realizarle la autopsia se comprobó que presentaba dos heridas contusas, con fractura de la bóveda craneana y la base del cráneo; hematoma en el párpado superior derecho y hemorragia encefálica, y que las causas de la muerte habían sido las lesiones de fractura bilateral, la hemorragia y la contusión en la masa encefálica. Se estimó que aquellas lesiones se habían reducido por golpe directo con un objeto contundente. Quedaba así establecida la seguridad de que el hombre encontrado en la playa de Llorach había sido víctima de un crimen.

Empezaron rápidamente las investigaciones, y a poco parecía tan evidente como las causas de la muerte la carencia de motivos que hubiera tenido el criminal. Quedó patente, sin lugar a dudas, que el hombre de la playa había estado leyendo un periódico de la mañana, que se encontró; tenía las gafas puestas, y si este detalle sorprendió al observar el gran hematoma que presentaba en uno de sus párpados, luego se supo que había sido producido por el derrame cerebral interno.

La expresión del rostro de la víctima era serena, sin el menor vestigio de temor, ni de dolor siquiera… Tal vez dormitaba tras un rato de lectura, tal vez ni sintió llegar al asesino… No hubo lucha, indudablemente, ni se podía pensar que la hubiera habido en otro lugar, pues ninguna señal se pudo encontrar de que el cuerpo hubiera sido arrastrado hasta allí para que, al ser encontrado, desorientase a los investigadores.

Debido a tales observaciones, se llegó a la conclusión de que la muerte le había asaltado al desconocido por sorpresa, a traición seguramente, sin que pudiera darse cuenta de su rápido final. Pero se alzó la segunda interrogante: ¿Por qué?…

El motivo hubiera podido ser el robo, mas el botín logrado por el asesino era tan exiguo que costaba trabajo admitir tal hipótesis. Ya desde un principio se pudo saber que en uno de los bolsillos del pantalón que vestía el interfecto había un monedero con trescientas veinticinco pesetas, pero la cartera y los documentos personales no se encontraron. También sorprendió hallar en el otro bolsillo de la chaqueta una quiniela con doce resultados acertados, junto a un billete de ferrocarril, comprado aquella misma mañana en la estación barcelonesa de Sans, y varias llaves. Al lado del cadáver se encontraba una bolsa de tela que contenía arena de la playa…, y nada más. Eso, ¡tan poco en verdad!, era todo lo que se les ofrecía a los investigadores del caso para descifrarlo.

Surgió enseguida una tercera interrogante: ¿Qué hacía aquel señor en la playa?… 0 mejor, ¿por qué había llegado hasta allí? Según el billete, había tomado el tren a las nueve y diez de la mañana en Barcelona, de manera que llegaría a Garraf a las diez aproximadamente. La estación está muy cerca del lugar en que se le encontró muerto, y era evidente que él mismo había recogido la arena que tenía en la bolsa. A las dos de la tarde -según se supo luego- se le había visto ya sentado y tapado con la gabardina; lo vio un empleado de la RENFE, un guardavías, que a aquella hora se dirigía a su trabajo por la vía existente junto a la playa, a unos cuarenta metros de altura, y a quien «le pareció que estaba durmiendo la siesta».

Tal declaración, unida a la hora en que se había adquirido el billete, aseguraba enteramente que el asesino había actuado -como dije antes- a plena luz, a pleno día, en terreno abierto a muchas miradas que podían descubrirle; no obstante, se arriesgó a matar, a registrar a su víctima y a colocarlo de modo que no llamase mucho la atención, tapándole la cabeza herida con la gabardina.

Cuando yo estuve allí encontré toda clase de facilidades para hacer el reportaje gracias al capitán de la Guardia Civil, que hasta se prestó a acompañarnos -a mí y al fotógrafo- al lugar del crimen, y llegó a colocarse en la misma postura en que se hallaba el muerto y tapándose con su propia gabardina. Nunca he dicho ni diré el nombre de aquel oficial que tanto me ayudó y que tan acertadamente llevó la investigación, demostrando cuánto puede «revelar» un cadáver cuando se le inspecciona exhaustivamente.

Mientras ocurría todo esto en Garraf, una familia barcelonesa vivía horas de angustia y de inquietud en la calle de Floridablanca, número 108, domicilio de Adolfo Folch Muntaner, de cuarenta y nueve años, cocinero, casado y padre de dos hijos, quien la mañana del 21 de enero había salido temprano de su casa.

Era su día libre, y como sabía que no iba a poder dormir -al igual que otras veces, porque en la habitación contigua a la suya iban a trabajar dos carpinteros en el montaje de un nuevo armario-, decidió realizar el pequeño viaje que desde hacía tiempo había ido demorando por diversos motivos. El objetivo era muy simple: quería recoger arena de la playa de Llorach para complacer a su suegra.

Durante el verano anterior la familia había pasado un día en aquel lugar. Tomaron un buen baño en el mar, dejando sus ropas en el merendero de Can Quim, y observaron que la arena era excelente para limpiar la vajilla y el fogón, por lo que se llevaron cierta cantidad; cuando ésta se terminó, la madre política mostró sus deseos de que se procurase más. Por eso, aprovechando la llegada de los carpinteros resolvió que «hoy o nunca», y tras acompañar a su hijo al colegio, prometiendo volver a las doce para recogerle, se dirigió a la estación, sacó un billete de ida y vuelta y tomó el tren de las nueve y diez.

El niño volvió solo a su casa y transcurrieron un par de horas sin que regresara su padre. A las dos y media la familia ya estaba inquieta, pues no era costumbre que él se retrasara así. La esposa decidió entonces servir la comida a su madre y a sus hijos, mientras ella prefería esperar a que llegara su marido para comer en su compañía. Ya había llamado por teléfono a la oficina de información de la RENFE para enterarse bien del horario de los trenes -que por cierto habían sufrido el acostumbrado cambio después del verano-, de modo que él no habría podido regresar antes de las doce, ya que hubiera tomado el tren a las doce y cuarto, que era su hora de salida.

Todo esto nos lo explicaron cuando les hicimos la obligada visita, así como la inquietud que se fue apoderando de la familia. Adolfo, que desde hacía doce años trabajaba como cocinero jefe en el hotel Recasens de Barcelona, era un hombre de buenas costumbres, puntual siempre, sincero, buen padre y excelente marido, cuya mayor satisfacción consistía en estar junto a los suyos. Esto lo sabían todos cuantos tuvieron la suerte de conocerle y tratarle, de modo que a nadie podía extrañar que, al ver pasar las horas sin que regresara ni avisara de lo que pudiera motivar su retraso, su mujer y su hija de dieciocho años tuvieran la sospecha de que le hubiera ocurrido un grave percance.

Como no podían resistir más sus temores, decidieron acudir a todos los lugares que pueden tener conocimiento de los accidentes ocurridos en el día: patrullas policíacas, hospital Clínico, comisarías… Llamaron a infinidad de sitios, hasta que a la hija se le ocurrió llamar a Garraf… Allí fue donde le informaron que «unos niños habían encontrado a un hombre en la playa».

Por las señas que dieron sobre la apariencia externa del cabeza de familia desaparecido, los informadores aconsejaron que debían desplazarse a Garraf por si «se trataba de la misma persona».

En compañía de un hermano de la angustiada esposa, que desde el primer momento les había prestado ayuda, madre e hija tomaron el camino del pueblo en un taxi, y se quedaron en el vehículo mientras él iba a enterarse de los principales detalles, para evitarles a ellas la primera y terrible impresión, pues intuía que el «hombre de la playa» no era otro que su cuñado. Así era, en efecto, por desgracia: fue identificado sin la menor duda y se evitó piadosamente que le vieran las dos mujeres, a quienes se les dijo que había muerto de un colapso.

Al conocer la identidad del cadáver, la Guardia Civil pudo saber también lo que se había llevado el autor del crimen, que era muy poco: un reloj cromado de marca muy conocida, que tenía desde hacía más de doce años; dos carteras de bolsillo con documentos, fotografías, tarjetas y algunos otros papeles sin valor.

También llevaba aquel día una vieja cartera de mano, en la que solía cargar la ropa de trabajo para el hotel, y que utilizó entonces para meter las dos bolsas destinadas a la arena que había ido a buscar. En resumen: si el criminal quería robar, su botín fue mísero, y en cambio dejó trescientas veinticinco pesetas y algo de calderilla en el monedero, la quiniela con doce aciertos y el anillo de oro que tenía en uno de sus dedos.

Nadie podía explicarse lo ocurrido, nadie lo comprendía. Era aquél un caso oscuro y misterioso por demás, porque Adolfo no tenía enemigos y por su buen carácter podía descartarse que hubiera ofendido a nadie. Todo eran suposiciones y, claro, no se podía despreciar la idea de que se tratara del crimen de un loco, tampoco la de que alguien le confundiera con otra persona y luego, dándose cuenta de su trágico error, tratase de simular un robo.

Como sí se tratara de poner una nueva incógnita en el caso, posteriormente se encontró varada en la playa una bolsa de plástico pequeña, como enredada en unas matas que asomaban en la arena, casi dentro del mar y muy cerca de donde estuvo el cadáver; en su interior había unos trapos manchados de sangre y una piedra en la que se apreciaban restos de piel y cabellos.

Todo ello se envió al Instituto de Medicina Legal para su análisis. Se sabría entonces que los restos pertenecían a la víctima y la piedra era el arma empleada por el criminal. Pese a todo cuanto trabajaron la Guardia Civil y la BIC de Barcelona, cuyo jefe era entonces don Arturo Ureta, este caso quedó sin resolver…. hasta febrero de 1971.

No faltó, como ocurre con frecuencia, quien se declaró autor del crimen. Fue un muchacho que se presentó ante la Policía de Murcia asegurando que él había matado al hombre de la playa de Llorach. Le detuvieron y condujeron a Villanueva y Geltrú, pero como no basta con decir «yo he sido el criminal», sino que es preciso demostrarlo, cuando le llevaron al lugar del crimen y le pidieron que explicara cómo lo hizo, se «enredó» en una serie de contradicciones que por sí solas demostraron su inocencia. Lo único que aquel pobre chico quería era un poco de notoriedad; deseaba hacerse famoso, aunque fuera para caer en manos de la Justicia. No le salió bien el plan y sólo consiguió que le sometieran a observación psiquiátrica.

Siete años después fue detenido en el Puerto de Santa María (Cádiz) Manuel Delgado Villegas, de veintiocho años, el Arropiero, que se hizo famoso como «el asesino número 1» por la gran cantidad de crímenes que había cometido. Entre ellos el de Garraf. Confesó haberle matado con una piedra, mientras dormía, para quitarle la cartera y el reloj.

 


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