Manuel Blanco Romasanta

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Manuel Blanco Romasanta

El Hombre Lobo de Allariz

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Según confesó, mataba bajo el influjo de una maldición que lo convertía en hombre-lobo
  • Número de víctimas: 9 +
  • Periodo de actividad: 1845 - 1852
  • Fecha de detención: 2 de julio de 1852
  • Fecha de nacimiento: 18 de noviembre de 1809
  • Perfil de las víctimas: Manuela Garcia, de 47 años, y su hija Petra, de 13 / Benita Garcia Blanco, de 34, y su hijo Francisco, de 10 / Antonia Rúa Carneiro, de 37, y su hija Peregrina, de 3 / Josefa Garcia Blanco, de 49, y su hijo José Pazos, de 21 / María Dolores, de 12
  • Método de matar: Desconocido
  • Localización: Ourense, España
  • Estado: Condenado a pena de muerte el 6 de abril de 1853. Conmutada por cadena perpetua el 13 de mayo de 1854. Murió el 14 de diciembre de 1863 en la fortaleza del Monte Hacho de Ceuta
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Manuel Blanco Romasanta

Última actualización: 4 de abril de 2016

Manuel Blanco Romasanta (aldea de Regueiro, Esgos, Orense, 18 de noviembre de 1809 – † Ceuta, 14 de diciembre de 1863) fue un psicópata criminal español y único caso documentado de licantropía clínica (refiriéndose a la enfermedad mental, no al ser mitológico) en España que llegó a cometer varios crímenes en el siglo XIX. También es considerado como el origen de la leyenda del Hombre del Saco o Sacamantecas (ésta última en simultáneo con Juan Díaz de Garayo).

Biografía

Su partida de nacimiento está consignado como Manuela, pues se creyó que era una niña. Era de aspecto físico normal aunque medía solo 137 cm, rubio y de facciones consideradas por algunos historiadores como «tiernas». Romasanta trabajó como sastre y era considerado inteligente y culto para la época, pues sabía leer y escribir.

Llevó una vida aparentemente corriente hasta la muerte de su mujer, en la que no tuvo participación. A partir de ese momento dejó la vida sedentaria y empezó a dedicarse a la venta ambulante, trasladándose para ello durante los primeros años por la zona de Esgos y posteriormente abarcando toda Galicia.

Con el tiempo, los lugareños empezaron a conocerlo como vendedor de un ungüento del que se decía que estaba compuesto por grasa humana, por lo que su fama se extendió rápidamente por Galicia. Por ello las autoridades -al ser informadas más adelante de los crímenes de Romasanta- iniciaron su búsqueda y posterior apresamiento en Toledo.

Su fama de asesino le llegaría con la acusación por la muerte de un alguacil cerca de Ponferrada. Tras ser condenado en rebeldía, consiguió escaparse a un refugio en el pueblo abandonado de Ermida. Allí convivió con el ganado durante meses.

Volvió a aparecer en público, esta vez en Rebordechao, mezclándose poco a poco con la población local, y estableciendo progresivamente relaciones personales, ganó en especial la confianza y amistad de las mujeres, lo que hizo que arrastrara cierta fama de «afeminado». Llegó a desempeñar el oficio de tejedor considerado propio de las mujeres en aquella época.

Ya asentado en el pueblo es cuando comenzaron sus asesinatos, que cometía en los bosques de Redondela y Argostios. Durante años eludió a la justicia, cometiendo nueve asesinatos, siendo las víctimas siempre mujeres o niños. Tras los últimos asesinatos planeó su huida, llegando a salir de Galicia con un pasaporte falso. Finalmente fue capturado en Nombela (Toledo) y juzgado en Allariz (Orense), siendo fiscal Manuel Blanco Bastida.

Romasanta afirmó que, víctima de un maleficio que lo volvía lobo, había matado a trece personas a sangre fría, usando sus manos y dientes para acabar con sus vidas y comerse los restos. El juicio (conocido como la «causa contra el hombre lobo») duró aproximadamente un año.

En él se le acusó de llevar con él con mentiras y engaños a mujeres y niños para matarlos y sacarles el sebo o unto, y posteriormente venderlo. En este litigio declaró ser víctima de un sortilegio de una bruja que, según él, le hacía transformase en lobo durante las noches de luna llena.

La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo. Estuve cinco días merodeando con los otros dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo. El que usted ve ahora, señor juez. Los otros dos lobos venían conmigo, que yo creía que también eran lobos, se cambiaron a forma humana. Eran dos valencianos. Uno se llamaba Antonio y el otro don Genaro. Y también sufrían una maldición como la mía. Durante mucho tiempo salí como lobo con Antonio y don Genaro. Atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre.

Manuel Blanco Romasanta, Causa Nº 1778: Causa contra Hombre Lobo, Juzgados de Allariz (Orense)

Más tarde alegaría que lo que sufría no era una maldición sino una enfermedad. Además declaró recordar todo lo sucedido una vez transformado de nuevo en ser humano, lo que fue decisivo para su sentencia. La defensa del reo argumentó que no se podía probar un asesinato con una única confesión, aunque ésta fuera la del propio acusado.

La sentencia llegaría el 6 de abril de 1853, cuando Romasanta contaba cuarenta y cuatro años: se consideró que ni estaba loco ni era idiota o maníaco, con lo que fue condenado a morir en el garrote vil y a pagar una multa de 1000 reales por víctima.

Un hipnólogo francés que había seguido el caso envió una carta al Ministro de Gracia y Justicia en la que expresaba sus dudas acerca de si Romasanta padecía o no licantropía. Aseguraba haber curado a otros pacientes con la hipnosis y pedía que, antes de ejecutarlo, le dejaran hipnotizarlo.

También solicitó la intervención de la reina Isabel II, que a su vez pidió al Tribunal Supremo que revisase el caso. Tiempo después, Isabel II firmó una orden para liberar a Romasanta de la pena capital, reduciéndose ésta a la perpetua.

Su vida dio lugar a la creación de cantares de ciego, novelas y películas.

Hipótesis sobre su muerte

  • Hasta 2009 se creyó que Romasanta había muerto en 1854, en la prisión de Allariz en la que cumplía condena.
  • El 30 de mayo de 2009, en un documental de TVG Europa se sospechaba la posibilidad de que hubiera muerto en otro lugar y se apuntaba al castillo de San Antón (La Coruña).
  • En 2011 en las Jornadas Manuel Blanco Romasanta celebradas en Allariz a finales de octubre los investigadores orensanos Cástor y Félix Castro Vicente presentaron pruebas (diversos recortes de prensa de la época) que aseguraban que Romasanta falleció en una cárcel de Ceuta de un cáncer de estómago en 1863. Su relatorio con las referencias a las pruebas sobre el fin de Manuel Blanco Romasanta está publicado en su página «Música Rabeosa».

Retratos en la cultura popular

  • La novela El bosque de Ancines (1947) de Carlos Martínez-Barbeito.
  • En El bosque del lobo (1970), el director Pedro Olea explicaba la historia de un asesino similar a Romasanta, llamado Benito Freire e interpretado por José Luis López Vázquez.
  • En Romasanta. La caza de la bestia (2003), el director español Paco Plaza llevaba a la pantalla una versión del mito de Romasanta. Fue grabado en Barcelona y Galicia.
  • La novela Romasanta. Memorias incertas do home lobo (2004) de Alfredo Conde.
  • «El sacaúntos de Allariz», en el LP Lucas 15 (Nacho Vegas y Xel Pereda, 2008).

Indagatoria del reo

13 de septiembre de 1852

En el Pueblo de Rebordechao, Alcaldía de Villar de Barrio/Vilar de Barrio, Partido de Allariz a trece de Septiembre de mil ochocientos cincuenta y dos. El Señor Juez hizo comparecer al Reo de esta Causa, y libre de prisiones le previno no falte a la verdad en declaración que en hecho propio le va a recibir, ofreció decirla, y a los preguntados que se le hicieron contesta lo siguiente

A la ordinaria dijo: Ser y llamarse Manuel Blanco alias Tendero, hijo de Miguel difunto y de María Romasanta, natural y vecino del lugar de Rigueiro, Parroquia de Santa Eulalia de Esgos, Partido de Allariz, de estado viudo, oficio tendero y de cuarenta y dos años de edad y responde.»

Despois de contestar que foi prendido en Nombela, Provincia de Toledo, e cómo se procedeu ao seu traslado, relata novamente as mortes e paraxes:

«Que presume sea la causa de su arresto el haber muerto a Manuela García y a una hija suya llamada Petra, lo que sucedió habrá como unos seis años, cuyo mes y día no puede fijar, pero sí tiene presente fue en el otoño, siendo vecinas de este lugar, y no haciendo vida la primera con su marido Pascual, hoy difunto. A Benita García, y su hijo Francisco de unos nueve o diez años de edad, vecinos del lugar de Soutelo Verde, Alcaldía de Laza, Partido de Verín, habrá unos cinco años, no recordando el día en que mató a una y otro, aunque sí tiene presente fue en el mes de Marzo. A Antonia Rua y su tierna hija Peregrina vecinos de este referido lugar, el día siguiente al Domingo de Ramos del año de cincuenta. A José N. hijo natural de Josefa García vecino del Castro de Laza, y como de unos veinte años de edad a su parecer, el diez y seis de octubre del referido año de cincuenta. A la sobredicha Josefa García madre del José el dos de Enero del año de cincuenta y uno. Y finalmente a María N. hija de la Antonia Rua, a quien había muerto el declarante según queda manifestado, en Junio del mismo año de cincuenta y uno y responde.

Preguntado por los puntos en que ha dado muerte a las personas que deja declarado, contestando a la anterior pregunta, qué causa o motivo le ha obligado a ello, de qué medios se ha valido para sacarles la vida, y si algunas otras personas han tenido parte con el declarante en tales atentados, contesta:

Que la Petra la asesinó en el Bosque de la Redondela mientras que su madre Manuela pasaba a casa del Señor Abad de Paredes de Caldelas a cobrar treinta reales, precio de una casa que la misma vendiera a Tecla N. criada del señor Administrador de los Milagros, y pasados unos ochos días a la mencionada Manuela en el mismo Bosque y punto donde fuera muerta su hija Petra, cuyo Bosque se halla comprendido dentro de los límites de la Alcaldía de Montederramo, partido judicial de Trives.

Que la Benita García y su hijo Francisco, fueron muertos en el Matorral denominado Cordo do Boy, en una misma mañana y a una misma hora, aunque la madre fue la primera que falleció.

En el Bosque de las Gorvias la Antonia Rua y su hija Peregrina también en una misma mañana y a una misma hora siendo esta última la primera que falleció.

En el mismo Bosque el José N. y su madre Josefa García sucesivamente.

Y finalmente en el insinuado de la Redondela la expresada María N. hija de la Antonia Rua.

Que ningún motivo ni causa le han dado las personas que deja mencionado para matarlas y solo a consecuencia de una enfermedad que le acometía varias veces, se transformaba en figura de Lobo perdiendo la de hombre, y llevado de una fuerza irresistible se echaba a las víctimas que tenía delante, las desgarraba con las uñas y dientes hasta que hechas cadáveres las devoraba y comía. (…)»


El último aullido del hombre lobo

Pablo Taboada – El País

3 de noviembre de 2011

Varios estudios desvelan nuevos datos sobre Romasanta, el célebre licántropo de Allariz – «Fue el primer asesino en serie de la historia», afirma un investigador.

Algunos de los grandes criminales del siglo XIX terminaron su vida en lugares desconocidos o murieron en condiciones extrañas. Francisco Guerrero, el primer asesino en serie documentado de México, o Margaret Whites, una británica que mataba a niños, son dos ejemplos. En esa lista estaba, hasta el pasado sábado, Manuel Blanco Romasanta.

Ha tenido que pasar siglo y medio para que se descubra dónde pasó su último día el hombre lobo de Allariz. Y lo sabemos gracias a la prensa de la época y al trabajo de dos investigadores. Romasanta murió el 14 de diciembre de 1863 entre las rejas de la prisión de Ceuta. Un cáncer de estómago puso fin a una vida salpicada de asesinatos, con trazas de ser licántropo y esquizofrénico paranoide. Y hasta de mercader, porque vendía los ropajes y la grasa que quitaba a las víctimas. Fue precisamente la ropa de una de ellas -que un familiar reconoció en otra persona-, lo que delató sus tropelías.

Dos investigadores acaban de revelar que no murió en la prisión del Castillo de San Antón de A Coruña, la teoría que reunía más puntos. Félix y Castor Castro Vicente son los autores de un trabajo presentado en las jornadas científicas y culturales sobre la figura de este personaje, desarrolladas el pasado fin de semana en Allariz. La primera pista sobre su traslado a Ceuta aparece en el semanario ilustrado El Periódico para todos, que el 11 de octubre de 1876 publicaba que fue conducido a Ceuta, en donde vivió «sin que diese muestras de padecer enajenaciones mentales, ni monomanías de ninguna especie».

Otros dos periódicos certifican su muerte en la ciudad africana. La Iberia, diario liberal, publicaba el 23 de diciembre de 1863 una nota breve y La Esperanza, Periódico Monárquico del lunes 21 de diciembre de 1863 lleva el asunto a primera página: «Escriben de Ceuta que Manuel Blanco Romasanta, conocido en toda España por el Hombre Lobo, por consecuencia de sus atrocidades y fechorías, y que, juzgado en La Coruña, fue condenado a presidio, falleció en aquella plaza el 14 del actual, a la edad de cincuenta años, siendo víctima de un cáncer de estómago».

Ambas publicaciones eran de Madrid, lo que una vez más certifica la gran trascendencia que alcanzó la historia, ocupando decenas de portadas en diarios de toda Europa.

El lugar donde murió no fue la única novedad conocida en las jornadas. El jefe superior de Policía de Galicia, Luis García Mañá, afirmó que Romasanta pudo haber cometido sus crímenes bajo los efectos alucinógenos del cornezuelo, un hongo parásito del centeno que actualmente se usa para la elaboración de LSD, la popular droga líquida. «Durante esos años, el gobernador civil alertaba del riesgo de intoxicación por ingestión de alimentos en malas condiciones, en particular afectaciones de cornezuelo y él presentaba síntomas coincidentes con manifestaciones propias de la ingestión de este hongo», asegura García Mañá.

Las jornadas han servido para desmitificar al hombre lobo, dejando de lado la leyenda y colocándolo como un astuto criminal más. «Fue el primer asesino en serie de la historia moderna. Mató a unos 20 personas, pero solo lo condenaron por nueve, aunque él reconoció 13», afirma Castor Castro.

Otras teorías apuntan a que nunca llegaron a producirse muertes. Lo cierto es que la práctica totalidad de testimonios de la época hablan de él como una persona dulce y culta, ya que sabía leer y escribir, algo poco habitual a mediados del siglo XIX. «Bajo aquel exterior de hombre honrado y pusilánime, se abrigaba un corazón de fiera, el alma de un malvado», decía El Periódico para todos en 1876.

Esa apariencia dócil y la buena fama que tenía -sobre todo entre las vecinas- le permitía engatusar a sus víctimas. Con promesas de un buen empleo en otras zonas de España, las llevaba hasta bosques, donde las descuartizaba. Para sus familias, los muertos estaban trabajando, lejos de casa. Algunas incluso recibieron cartas falsificadas por el propio Romasanta.

Los cadáveres nunca fueron encontrados y Manuel justificó los crímenes asegurando que se convertía en lobo a causa una maldición. «Me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo», dijo durante el juicio. Incluso aludió a otros dos hombres que también se convertían: «Maté y comí a varias personas pero a algunos como Josefa, Benita y sus hijos, lo hice solo».

Posteriormente cambió de versión y dijo que no sufría una maldición, sino una enfermedad. No consiguió engañar al juez y a los seis médicos que lo estudiaron. No estaba loco, por lo que le condenaron a morir en el garrote vil, algo que nunca pasó.

La reina Isabel II intercedió ante el tribunal y cambió la pena de muerte por la cadena perpetua, tras leer una carta de un hipnotizador francés que defendía que sufría licantropía. A partir de ese momento, poco más se supo de él. Dos psiquiatras, David Simón y Gerardo Flórez, manifestaban recientemente que Manuel padecía un trastorno antisocial de la personalidad.

Ahora, tras escudriñar decenas de documentos en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, los hermanos Castro Vicente continúan su investigación en archivos de Ceuta. El próximo objetivo es saber dónde yace el cuerpo del Lobisome.


El hombre lobo era mujer

Silvia R. Pontevedra – El País

1 de noviembre de 2012

Un forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia revisa la figura del asesino múltiple Romasanta y le diagnostica un trastorno genético de intersexualidad.

Cosía, bordaba, calcetaba. Cortaba trajes y vestidos. Era un ser dulce, entrañable, amigo, sobre todo, de sus amigas. Apenas alcanzaba el metro cuarenta de estatura, y tenía «cara de bueno». Esto último lo dice Fernando Serrulla, responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia.

El mismo profesional que ayer, en la primera sesión de las jornadas sobre Manuel Blanco Romasanta que se celebran este puente en Allariz, organizadas por la Fundación Vicente Risco, propuso una nueva teoría médica que podría barrer para siempre el mito del lobishome (también conocido como sacaúntos) gallego: El asesino múltiple nacido en una aldea de Esgos que en 1853 se salvó del garrote vil tras un proceso judicial sin precedentes, seguido con interés en toda España y financiado a espuertas por Isabel II, podría haber sido en realidad una hembra, una lobismuller nacida con un extraño síndrome de
intersexualidad.

Ya se sabía que Blanco Romasanta había sido inscrito en la partida de nacimiento, en 1809, como Manuela, aunque un registro parroquial, ocho años más tarde, lo confirmaba como Manuel. La última a del nombre, en realidad, no había sido una errata. Al nacer, sus padres no tuvieron muy claro el sexo del bebé. Con el tiempo, prefirieron considerar que aquello era un micropene, pero probablemente era un clítoris muy desarrollado.

El antropólogo Xosé Ramón Mariño Ferro ya apuntó hace tres años la posibilidad de que Romasanta fuese una mujer. Ahora Serrulla lo corrobora, sugiere una enfermedad concreta y aporta nuevos datos. Aunque dice que la seguridad absoluta no la podrá tener si no realiza una prueba genética.

Los mayores investigadores del criminal, los abogados Cástor y Félix Castro, descartan la posibilidad de hallar sus restos. Romasanta murió en la cárcel de Ceuta de cáncer de estómago poco después de que se conmutase su pena capital por la cadena perpetua, y fue enterrado en una fosa común.

Así que la analítica habría que proponérsela a alguno de los familiares del asesino que supuestamente siguen viviendo en la provincia de Ourense. No son descendientes directos, sino tataranietos de algunos de los cuatro hermanos que tenía.

Él, o ella con apariencia de hombre, llegó a casarse con una mujer, pero enviudó un año después, y por supuesto no tuvo hijos. Más tarde enamoró a otras vecinas, madres solteras o separadas de Rebordechao (Vilar de Barrio) y Castro de Laza, pero debieron de ser relaciones platónicas.

Entre los papeles que le fueron requisados había alguna copla que les cantaba, cambiando el nombre de la chica según la ocasión. Las encandiló, y a todas ellas, después, confesó haberlas matado, junto con sus hijos menores, cuando los transportaba hacia una vida mejor, y un empleo prometido, en Santander o en la ciudad de Ourense. Esas fueron las nueve víctimas por las que se le condenó a muerte, aunque se le atribuyeron otras anteriores, hasta un total de 17.

Fernando Serrulla habla de pseudohermafroditismo femenino, una forma de estado intersexual que viaja en los genes de padres a hijos, aunque «solo se manifiesta en uno de cada 10.000 o 15.000 nacidos vivos».

El propio investigador, como forense, cuenta que en su departamento, con sede en el Hospital de Verín, ha tenido que ver casos de niños o niñas que, antes de quedar inscritos en el Registro Civil, necesitan un reconocimiento para determinar su sexo.

Blanco Romasanta era Manuela. Tenía sexo de mujer pero, a causa de este pseudohermafroditismo, segregaba una cantidad desmesurada de hormonas masculinas y sufrió un proceso de virilización. «Estas personas, debido a los andrógenos, pueden presentar episodios de fuerte agresividad», explica Serrulla. Esto podría ayudar a comprender la figura del criminal, un personaje que, como vecino, «era un encanto de tío» y se ganaba el cariño y la confianza del pueblo.

En su intervención, Serrulla también presentó el nuevo rostro del sacaúntos, así conocido porque se dijo que, además de las ropas en las ferias, vendía a farmacéuticos portugueses la grasa que obtenía cociendo a sus víctimas (los hermanos Castro localizaron libros de alquimia de la época, en los que se habla de las virtudes del sebo de difunto para tratar la epilepsia e incluso la alopecia).

La nueva cara de Blanco Romasanta es diferente de la que dibujó para un libro publicado en 1991 el exjefe de policía de Galicia Luis García Mañá y que se tomó por buena durante dos décadas. La de ahora se basa en las descripciones antropométricas y los reconocimientos médicos que realizaron los cinco facultativos que participaron en la instrucción del sumario (de 1.667 folios) y el juicio, celebrado en Allariz, Verín y, finalmente, A Coruña.

Estos médicos descartaron en 1852 la versión de la defensa: el criminal había asegurado que sufría un maleficio y que devoraba a sus presas en compañía de otros lobos. Finalmente, se libró de la ejecución de la sentencia porque un hipnólogo francés que se presentó como doctor Philips convenció in extremis a la reina de que el reo sufría un trastorno mental llamado licantropía.

Una vez reconstruida la identidad de Romasanta, ahora Cástor y Félix Castro intentan localizar con el forense en cuevas de la sierra ourensana de San Mamede algún resto óseo de las mujeres y los niños que mató.


El «Hombre Lobo» murió en Ceuta

ABC.es

24 de enero de 2014

Manuel Blanco Romasanta, el primer asesino en serie de la historia, falleció por un cáncer de estómago en una cárcel de la ciudad y no en Galicia como se pensaba.

Sobre Manuel Blanco Romasanta, el «Hombre Lobo» o el «Hombre de Allariz», se han escrito multitud de obras, trabajos e investigaciones y se han filmado decenas de películas. Sin embargo, la noticia de que murió en Ceuta y no en Galicia ya está constatada y contrastada. Hasta hace unos años se mantenía que murió en 1854, bien en la cárcel de Celanova, bien en la prisión de Allariz e incluso algunos apuntaban al castillo de San Antón (A Coruña). No había nada claro al respecto al perderse su rastro entre rejas.

La labor de los investigadores gallegos Félix y Cástor Castro ha permitido concretar que murió el 14 de diciembre de 1863 en la fortaleza del Monte Hacho de Ceuta como consecuencia de un cáncer de estómago que puso fin a la vida del conocido como primer asesino en serie de la historia moderna.

Según ha explicado el investigador e historiador ceutí Francisco Sánchez Montoya, aludiendo a los datos de los dos investigadores gallegos, Manuel Blanco fue condenado a morir a garrote vil pero la reina Isabel II intercedió ante el tribunal y cambió la pena de muerte por cadena perpetua, tras leer una carta de un hipnotizador francés que defendía que sufría licantropía.

Apoyándose en pruebas documentales de periódicos de la época, entre ellas ‘El Periódico para todos” del 11 de octubre de 1876, donde se decía «Conducido a Ceuta, Manuel Blanco vivió en aquel presidio durante algunos años …», se ha documentado que falleció en esta fortaleza.

Los estudios de los abogados e investigadores en etnográfica popular gallega Félix y Cástor Castro Vicente demuestran la veracidad de que estuvo y falleció en el penal ceutí. «Una prueba definitiva es una anotación en el libro de partidas de difuntos de la parroquia de Santa Eulalia de Esgos del pueblo de Regueiro y corresponde al acto de defunción de Romasanta».

En dicho acto la inscripción dice: «murió en el correccional de Ceuta con asistencia de cinco señores sacerdotes». Asimismo, revelan la cobertura que la prensa del momento le dio tras consultar las hemerotecas de la Biblioteca Nacional y hallar unas cincuenta notas en prensa de diarios como «la Época», «la España», «El Clamor Público» o «El Heraldo de la Mañana».

A los cincuenta años

Francisco Sánchez ha señalado que otra noticia concluyente es el diario «La Esperanza, Periódico Monárquico» de 21 de diciembre de 1863 en su primera página donde dice que «fue condenado a presidio y falleció en aquella plaza -en relación a Ceuta- el 14 del actual, a la edad de cincuenta años, siendo víctima de un cáncer de estómago».

En su opinión, los dos historiadores gallegos «han datado con mucha precisión su muerte después de muchos años de investigación y de consultar muchísimos archivos». Los investigadores han determinado que la condena de Romasanta en Ceuta era «menos rígida» que en otros penales, ya que «no podía huir por la situación geográfica y quizás, dada su habilidad en múltiples oficios y su habitual buena conducta constatada en la causa, pudo tener acceso a un régimen más libre».

Francisco Sánchez ha recordado que en Ceuta sólo cumplían penas los condenados a más de ocho años, como fue el caso de Manuel Blanco Romasanta. «Los presos se levantaban a las seis de la mañana, iban a la ciudad, trabajaban en talleres y a las seis de la tarde volvían al presidio. Por esta cárcel han pasado muchos personajes, sin duda». La fortaleza del Hacho permanece en activo en Ceuta en la actualidad ocupada por el destacamento de Artillería Antiaérea.


La búsqueda del «hombre lobo» gallego que desbordó a la Policía española

César Cervera – ABC.es

25 de septiembre de 2014

Manuel Blanco Romasanta fue el autor de al menos nueve asesinatos en el siglo XIX y el único caso documentado de licantropía clínica. Algunos historiadores consideran su figura como el origen de la leyenda del «Hombre del saco».

En contraste con la compleja operación donde ha sido detenido el pederasta de Ciudad Lineal, la Policía española del siglo XIX se mostró durante mucho tiempo incapaz de detener a un psicópata que desbordaba la capacidad de los investigadores. No por su inteligencia o astucia, sino por la brutalidad de sus asesinatos. El gallego Manuel Blanco Romasanta asesinó a nueve personas, todos niños o mujeres, antes de que la Policía le atrapara dieciséis años después de su primer asesinato y fuera condenado al garrote vil.

Manuel Blanco Romasanta, hijo de Miguel Blanco y María Romasanta, fue bautizado a su nacimiento en la aldea de Regueiro, Esgos, (Orense) como Manuela, pues se creyó que era una niña. De una altura de 137 cm y facciones consideradas como «tiernas» por algunos investigadores, Romasanta llevó una vida corriente como sastre hasta la muerte de su mujer, en la que no tuvo participación

A partir de ese momento, con 24 años, empezó a dedicarse a la venta ambulante, trasladándose por toda Galicia, donde terminó por arrastrar la fama de vender un ungüento supuestamente compuesto por grasa humana. Durante uno de estos viajes comerciales, fue acusado de asesinar a un alguacil cerca de Ponferrada, tras lo cual consiguió escaparse de la custodia policial y refugiarse en un pueblo abandonado. Allí convivió con el ganado durante meses.

A su reaparición en Rebordechao (Orense), el psicópata cometió nueve asesinatos, siendo las víctimas siempre mujeres o niños. Tras pasarse años despistando a las autoridades, Romasanta planteó su huida, llegando a salir de Galicia con un pasaporte falso. Finalmente fue capturado en Nombela (Toledo) y juzgado en Allariz (Orense). La detención aconteció cuando un grupo de jornaleros gallegos, que habían viajado a Toledo para trabajar en la siega, identificaron al «hombre lobo» paseando tranquilamente.

«La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo. Estuve cinco días merodeando con los otros dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo. Atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre», declaró Manuel Blanco Romasanta ante los Juzgados de Allariz, en la conocida como «Causa contra el hombre lobo».

Aunque Romasanta resistió el examen de seis médicos y psiquiatras que certificaban su cordura legal, posteriormente confesó que no sufría una maldición sino una enfermedad. Además declaró recordar todo lo sucedido una vez transformado de nuevo en ser humano, lo que fue decisivo para su sentencia. El 6 de abril de 1853, Romasanta fue condenado a morir en el garrote vil y a pagar una multa de 1000 reales por víctima.

Y cuando el caso parecía cerca de llevar a su final, el hipnólogo francés Mr. Philips apareció en escena y persuadió a la Reina Isabel II para revocar la sentencia de muerte por cadena perpetua. El francés estaba convencido de poder curar a Manuel Blanco Romasanta al que consideraba «un desgraciado acometido por una especie de monomanía conocida de los médicos antiguos bajo el nombre de licantropía». La Reina accedió y, según recientes investigadores, el «hombre lobo» falleció en una cárcel de Ceuta de un cáncer de estómago en 1863. Finalmente evitó el garrote vil.

La leyenda del «Hombre del saco»

La figura imaginaria del «Hombre del saco» tiene su correlato real en numerosos criminales tristemente famosos por secuestrar y matar niños. En España, algunos historiadores consideran que Manuel Blanco Romasanta es el origen de la leyenda del «Hombre del saco». No en vano, otros asesinos después del «hombre lobo», e incluso antes, también han sido señalados como causantes de esta leyenda rural extendida entre los niños.

Una de las historias más próximas a la leyenda es la de Francisco Ortega «el Moruno», que tras enfermar de tuberculosis en 1910 acudió al barbero y curandero Francisco Leona. Al parecer, Leona reveló que la única forma de curarse era beber la sangre que emanara del cuerpo de un niño y untarse en el pecho mantecas calientes. Por esta razón, Leona secuestró a un niño de 7 años natural de Almería al que asesinaron brutalmente para usar su sangre en un ritual donde participó Francisco Ortega.

Al ser descubiertos por la Guardia Civil, el curandero Leona fue condenado al garrote vil, pero murió en la cárcel, y Ortega fue ejecutado.


Manuel Blanco Romasanta, hombre lobo o asesino en serie

Ruth Portela – Detectivesdelahistoria.es

1 de enero de 2015

En 1852 se encuentra en el archivo histórico del reino de Galicia una historia que despierta a la vez el asombro y el miedo de quien lo lee. Es el juicio del hombre lobo, la historia de Manuel Blanco Romasanta. Dicha historia es conocida gracias a su adaptación al mundo del cine en 2004 como Romasanta, la caza de la bestia. Se está ante el primer caso de un juicio por licantropía instruido en España y ante un auténtico asesino en serie, digno de aparecer en la famosa serie Mentes criminales.

Él mismo, como defensa cuando fue apresado, afirmo que era un hombre lobo. Su caso es similar al de la Condesa de Bathory, del cual ya se ha hablado en otro artículo. Ambos son personajes reales, cuya perversidad llevo a la gente a considerarlos demonios. A Romasanta se le conoce como el Hombre lobo de Allariz o como el «Sacamanteigas». El hecho de que se recorra a esa imagen de la licantropía puede deberse a una forma de explicar su conducta criminal.

1.- El despertar de un asesino en serie.

Manuel Blanco Romasanta nació en 1809 en una aldea de Orense y se casó con Francisca Gómez Vázquez en 1831. Pero este matrimonio no se alargó mucho tiempo, ya que tres años después su esposa muere por causas extrañas. Nunca se supo que ocurrió en realidad con su mujer. Romasanta pasó de ser sastre a dedicarse a buhonero, lo que le permitió tomar conocimiento de la Sierra de Mamede al tener que moverse por ella con asiduidad.

Resulta curioso señalar que Manuel es descrito como una persona amable y religiosa, dispuesto a ayudar a sus vecinos. Se gana con facilidad la simpatía y confianza de la gente. Todo ello encajaría con los rasgos que hoy día se consideran propios de un auténtico psicópata. Además esta fama le ayudaría durante algún tiempo a verse libre de sospechas.

El primer altercado con la justicia sucede en la zona de Ponferrada, cuando se encuentra el cuerpo de Vicente Fernández, alguacil de León. La mujer de este alguacil afirmó que su esposo habló con Romasanta por la denuncia de un comerciante de la zona, que aseguraba que Manuel le debía dinero.

Después del supuesto encuentro con el buhonero el alguacil no volvió a ser visto vio. Su cuerpo era encontrado unos días más tarde en lugar cercano. Sin embargo, no hubo pruebas, salvo la declaración de la mujer del alguacil, que relacionaran a Romasanta con este asesinato.

Romasanta afirmó en su defensa que él ya había pagado la deuda, lo que confirmó el comerciante, y que había sido un compañero suyo el que asesinará a Vicente Fernández. A pesar de ello se condenó a Manuel a diez años de cárcel y tuvo que huir.

2.- Los crímenes de Rebordechao.

Romasanta se asentó en un pueblo de Orense llamado Rebordechao y poco tiempo después comenzó de nuevo con su trabajo de buhonero. Se movía por los pueblos de la zona llegando hasta Portugal.

En ese tiempo entabló una relación amorosa con Manuela García Blanco, una mujer a la que su marido había abandonado junto a una niña. Madre e hija empezaron a trabajar con Romasanta en la venta ambulante.

Pero en 1846 la niña Petra desapareció sin dejar rastro, mientras su madre estaba ausente. Romasanta justificó su ausencia diciendo que la había colocado como sirvienta de un sacerdote de Santander. La madre no se extrañó, ya que había expresado su deseo anteriormente de colocar a su hija en alguna casa.

Sin embargo, pidió unos meses después a Romasanta que le llevará a visitar a su hija. Esa fue la última vez que fue vista Manuela García. Romasanta aseguró a sus parientes que ambas, madre e hija, estaban colocadas en Santander y les iba muy bien.

La desaparición de Manuela García y su hija Petra no levantó sospechas porque Romasanta traía con frecuencia cartas suyas contando lo bien que les iba. Manuel Blanco Romasanta era una de las pocas personas que sabía leer y escribir en aquella zona.

Al poco tiempo las hermanas de Manuela, Benita y Josefa, quisieron encontrar trabajo en la ciudad, alentadas por las noticias que les traía Romasanta. Benita y su hijo Francisco con sólo diez años de edad se pusieron en camino con el buhonero y corrieron la misma suerte que Manuela. Lo mismo le ocurrió a Josefa, a su hijo José y a Antonia Rúa Caneiro, habitante también de Rebordechao.

Todas estas mujeres le vendían sus pertenencias a Romasanta para pagarle el viaje hasta ese utópico trabajo. Sin embargo, ninguna fue vista de nuevo y las únicas noticias que sabía de ellos era siempre por boca del vendedor ambulante.

En las aldeas cercanas empezó a despertarse rumores sobre lo que les ocurría a las personas que acompañaban a Romasanta en sus viajes. Las habladurías se acrecentaron cuando algunas de las ropas de las hermanas García Blanco fueron vendidas por Romasanta. Aunque éste se justificó diciendo que sus propietarias se las habían vendido o regalado.

La desaparición de Maria Dolores, hija de Antonia Rúa, que había quedado al cuidado de Romasanta fue la gota que colmó el vaso. Los rumores se extendieron, la gente le llamaba «Sacamantecas», refiriéndose a las personas que mataban a otro para despellejarle y vender su grasa corporal a las boticas de Portugal. Manuel Blanco Romasanta tuvo que huir por miedo a que se abriera una investigación.

Pasó a Castilla con una identidad falsa y estuvo trabajando como jornalero hasta que tres vecinos de Rebordechao que pasaban por ahí le reconocieron y le denunciaron. Él negó ser Romasanta, pero, aparte del testimonio de esos tres gallegos, se encontró entre sus pertenencias papeles a nombre de Manuel Blanco Romasanta.

Fue llevado primero al juzgado de Verín en Orense, donde por fin reconoció ser Romasanta, y luego al de Allariz. En un intento de librarse de la pena capital contó que había actuado movido por una maldición.

3.- El proceso de Romasanta y la aparición del mito del Hombre lobo.

Existe una viaja leyenda extendida por toda Europa que afirma que el séptimo hijo varón de una familia, sobre todo si es hijo de un séptimo hijo, arrastra la maldición del hombre lobo.

«En algunos lugares, como en Galicia, la tradición cuenta que en una familia compuesta únicamente por hijos varones el séptimo o noveno de ellos puede ser un lobishome (como se llama al hombre lobo en las tierras galaico- portuguesas)» (Muñoz Heras, Manuel, Licantropía. Realidad y leyenda del hombre lobo, pág.76)

A esta leyenda recurre Romasanta para justificar sus crímenes, que no ascienden a nueve sino a trece, según su propia declaración. Afirmó que la maldición comenzó en 1839 y que se transformaba durante varios días acompañado por otros dos hombres lobos.

De estas dos personas no se supo nada a pesar de las investigaciones. Se dejó de lado en el proceso el caso de las cuatro supuestas víctimas que Romasanta aseguraba que había asesinado antes de las de Rebordechao y la muerte del alguacil de León. La justicia consideró que con nueve asesinatos era suficiente.

Un hecho que quizás hoy día pueda llamar la atención es que no aparecieron los cadáveres de ninguna de las personas, aunque tampoco se la encontró con vida. Pero lo que causa más asombro fue su historia de la maldición, que superó las fronteras llegando al extranjero.

Hubo gente que tuvo a Romasanta por un auténtico hombre lobo, que mataba contra su voluntad; otros en cambio pensaron que era un enfermo mental que se había dejado arrastrar por las supersticiones.

También hubo quien consideró que era un asesino frío que había calculado todo perfectamente y que mataba a sus víctimas para quitarlas el unto y venderlo. Esta práctica era conocida por toda España. Los médicos que le examinaron defendieron que era una persona en extremo inteligente y que obraba libremente, y no coaccionado por una fuerza maligna.

El Tribunal lo condenó a muerte por garrote vil en 1853, pero la condena fue apelada a la Audiencia de A Coruña debido a la expectación que había causado. Ante la falta de los cuerpos se cambió la sentencia a cadena perpetua. Sin embargo, poco tiempo después se le volvió a condenar a muerte.

En el momento en que reinaba tanta confusión con la sentencia entró en escena un famoso médico francés, que aseguraba que Romasanta estaba enfermo de una monomanía. Esta patología le llevaba a actuar ciegamente sin darse cuenta de sus propios actos. Pero el médico no llegó nunca a examinar al acusado, ya que éste desaparece cuando fue trasladado a la prisión de Celanova.

No se ha encontrado ningún registro de su muerte. No se sabe si tales documentos se perdieron o se destruyeron. No obstante, este final incierto acrecentó la leyenda de Romasanta. De ahí que se diga que en los montes de Orense aún hoy día se escuchan sus aullidos mientras busca víctimas a las que devorar.

Bibliografía:

Conde, A. (2004), Romasanta. Memorias inciertas del Hombre lobo, Barcelona, ed Destino.

Muñoz Heras, Manuel, (2008) Licantropía. Realidad y leyenda del hombre lobo, Madrid, ed. El garaje.


Las páginas olvidadas del juicio al hombre lobo

Patricia Abet – ABC.es

16 de junio de 2015

Dos mil páginas manuscritas repartidas en 7 volúmenes forman la única causa judicial documentada en España por licantropía. Su protagonista dio nombre a la leyenda negra del «sacauntos».

En los sótanos del Archivo del Reino de Galicia se custodian, desde el año 1775, los documentos administrativos que tienen como ámbito de actuación la Comunidad gallega. En origen, el Archivo estaba situado en Betanzos y constaba de siete bóvedas, una para cada uno de los Reinos.

Bajo llave, en estas dependencias se guardaban códices, causas, mapas, pleitos, bulas y materiales de incalculable valor que en algunos casos se remontan al año 1501. Millones de hojas de papel que alineadas suponen 25 kilómetros de estanterías repletas, aunque sus empleados solo necesiten cinco minutos para dar con el documento en cuestión.

A lo largo de los siglos, este Archivo que ahora se mima con celo extremo en La Coruña fue víctima de numerosos expurgos. Se trató de limpiezas que a menudo desembocaban en la eliminación de un buen número de causas criminales, las menos protegidas por quienes realizaban esta tarea. En ocasiones, mucha de la documentación que se salvaba de las purgas acababa siendo destruida coincidiendo con conflictos militares. Durante la Guerra de la Independencia, por ejemplo, el papel se usó para fabricar cartuchos para los cañones.

«De casualidad», reconoce la actual directora del Archivo del Reino de Galicia, Carmen Prieto, se salvaron del olvido los siete tomos que componen la única causa en España contra un hombre lobo, el proceso tras el que Manuel Romasanta fue condenado a cadena perpetua.

El interés que el caso despertó en su época —sumando un buen número de reseñas en periódicos locales, españoles e incluso internacionales— se retomó muchas décadas después, convirtiendo el juicio contra Romasanta en una de las entradas más solicitadas del Archivo.

Los datos revelan que, desde el año 2003, se realizaron 7.778 copias en papel y 5.942 copias digitales de documentos del juicio. Las partes más solicitadas son las portadas de los tomos y algunos de los anexos a la causa, como el pasaporte del condenado, el calendario lunar que portaba cuando lo detuvieron o su firma.

Pero el juicio del licántropo supone más, en concreto, dos mil páginas manuscritas en las que se detalla, con suma minuciosidad, el transcurrir del proceso en el que Manuel Romasanta reconoció haber matado a nueve personas (entre mujeres y niños) tras convertirse en lobo en los montes gallegos.

La maldición de sus parientes

Uno de los documentos más llamativos de los que componen la voluminosa causa es la reseña que en su día elaboró el abogado de la defensa. Un total de 224 páginas recientemente publicadas por la Consellería de Cultura, en colaboración con el propio Archivo, que presenta un resumen de los dos años durante los que se dilató el proceso.

La investigación contra el Tendero de Allariz arrancó en el verano de 1852, cuando «siendo cosa de las diez de la noche» tres vecinos de Nombela denunciaron a un segador con el que compartían labores en el campo. El señalado era Manuel Romasanta, hombre de 42 años viudo que en su primera declaración ya relató lo extraño de su caso.

Tal y como recogen los manuscritos de la época, el acusado confesó que desde que tenía 13 años «por efecto de la maldición de sus parientes […] ha traído una vida errante y criminal cometiendo diferentes asesinatos y alimentándose de la carne de las víctimas».

Sobre su modus operandi, Romasanta afirmó que «para ejecutar estos asesinatos no se valía de arma alguna, pues por efecto de la maldición se convertía en hombre lobo y las despedazaba con los dientes». El interés por el proceso físico que el hombre describió fue tal que varios doctores de la época lo analizaron en busca de rastros de licantropía.

Sus declaraciones son reveladoras y fueron claves para la condena a muerte en garrote que se dictó en un primer momento contra el hombre lobo. «Manuel Blanco no es idiota, ni loco maníaco, ni imbécil y es probable que si fuera más estúpido no sería tan malo. No hay en su cabeza ni en sus vísceras motivo físico que trastorne el equilibrio moral, ni el más mínimo resquicio de haber perdido la razón, pero sí la bondad», concluyó uno de los exámenes médicos, todavía pegados a técnicas como la frenología.

La leyenda del «sacauntos»

En la causa contra Romasanta nunca se hallaron los cadáveres (solo la calavera de una mujer), pero su autoinculpación y los análisis médicos sirvieron para condenarlo. También pesó la acusación de una comarca que, según recogen los escritos, «estaba aterrorizada con la muerte de aquellas personas a las que, después de asesinar, tenía la crueldad de sacar el sebo que pasaba a vender a Portugal con lucro excesivo».

En contra de Romasanta jugaron, asimismo, las cartas que tenía en su poder en el momento de su detención y que pertenecían a algunos de los desaparecidos que se suponían víctimas suyas. Los manuscritos que se conservan datan la primera sentencia contra el hombre lobo de Allariz en abril de 1853. Un fallo que lo abocaría a muerte en el garrote.

Al poco tiempo, la causa fue revisada y la pena conmutada a cadena perpertua, pero unos meses después, un recurso vuelve a condenar a Romasanta a muerte. Finalmente, la reina Isabel II intercede y firma una orden para liberar al condenado de la pena capital, reduciéndose ésta a la perpetua.

Los dos mil folios que dan forma a la causa —y que la tinta mezclada con hierro que los redactores usaban ayudó a conservar— acaban con esta resolución. A partir de ahí, el devenir del único hombre lobo documentado en España es incierto. Su pista se pierde en la cárcel de Allariz, donde un certificado del director de la prisión da cuenta de su ingreso.

Algunas teorías posteriores apuntan a que Romasanta acabó sus días en un penal de Ceuta, pero no existe documentación sobre su embarque hacia esa cárcel. Lo que sí se conserva a día de hoy es la leyenda negra del hombre lobo de Allariz, que la memoria popular tiñó de sangre y bautizó como el «sacauntos».


«Me convertía en lobo por una maldición y devoraba a cualquiera»

Silvia R. Pontevedra – El País

3 de agosto de 2015

El Gobierno gallego publica la versión facsímil del proceso contra el «licántropo español».

«Me llamo Manuel Blanco y Romasanta, natural de Rigueiro, partido de Allariz [Ourense]. Viudo, tendero ambulante, 42 años de edad. Desde hace 13 hasta el día de San Pedro de 1852, por efecto de una maldición de alguno de mis parientes —mis padres, mi suegra o no sé quién— he traído una vida errante y criminal, cometiendo asesinatos y alimentándome de la carne de las víctimas. Unas veces solo; otras con dos compañeros valencianos, don Genaro y un tal Antonio. Nos convertíamos los tres en lobos, nos desnudábamos y nos revolcábamos en el suelo, y después acometíamos y devorábamos a cualquiera, quedando únicamente los huesos. A veces conservábamos ocho días la forma de los animales dañinos». Al «recobrar la figura humana» y «el uso de la razón perdida», «los tres nos poníamos a llorar».

El «hombre lobo» español fue detenido el 2 de julio de 1852 en Nombela (Toledo) y no tardó muchos días en confesarse autor de las nueve muertes de mujeres y menores que se le atribuían, más otras cuatro, de pastores y una anciana, cuyos cuerpos habían sido hallados en aquella época en pueblos de Ourense, supuestamente desgarrados por auténticos lobos.

La causa contra el asesino múltiple se prolongó dos años, pero fue un paradigma de celeridad judicial (si se tienen en cuenta los medios de comunicación y transporte de la época) y hoy se considera una joya.

La mayor parte de los documentos se custodian en el Arquivo do Reino de Galicia (A Coruña), y puede decirse que los aproximadamente dos mil folios repartidos en siete tomos son el best seller de esta institución que depende de la Xunta. El caso del hombre lobo, seguido de cerca por la prensa nacional y extranjera del momento (como el más mediático de los actuales) continúa demostrando su capacidad de atracción.

Desde 2003, los investigadores han hecho 13.720 reproducciones en papel o en copia digital de piezas de la causa. Entre las más demandadas están las sucesivas sentencias que se dictaron en Allariz y en A Coruña; el diario lunar europeo para 1852; la misiva de amor que utilizaba Romasanta para, cambiando cada vez el nombre, engatusar a sus víctimas, madres solteras o separadas; o la carta que hizo llegar desde Argel al ministro de Gracia y Justicia un hipnólogo francés que dio un vuelco al proceso al defender ante la reina Isabel II la existencia de la licantropía. Visto el éxito de la documentación archivada, la Consellería de Cultura del Gobierno gallego ha financiado un facsímil que ahora se vende en librerías.

Romasanta fue primero condenado a muerte, y después a cadena perpetua por un indulto de la Reina y gracias a la irrupción de monsieur Philips, un explorador de los laberintos mentales que jamás aparece citado por su nombre de pila. A pesar de sus esfuerzos por salvarlo del garrote y poder estudiar su mente, el asesino murió poco después en la cárcel de Ceuta de cáncer de estómago.

El hombre lobo se había salvado por la Corona, que financiaba generosamente el proceso, pero la justicia (el caso pasó por varias instancias durante aquellos años) nunca se tragó su relato. Durante el juicio quedó demostrada la «premeditación, alevosía» y «sangre fría» con la que actuaba el ourensano.

Elegía hogares vulnerables, sin un varón adulto que le pudiera hacer frente porque él era muy pequeño y débil. Convencía a las madres de que podían conocer una vida mejor si marchaban a servir en casa de algún cura en Santander. Llegaba a «fascinarlas» por la vía del amor — recordaba una de las sentencias—, «conociendo que el medio más seguro de dominar la voluntad de la mujer es el de cautivar su débil y sensible corazón». Y se iba llevando uno a uno a todos los miembros de las familias, incluso niños y un bebé, en la misma dirección.

Antes, lograba que las madres le vendieran lo poco que tenían, el cerdo, la vaca, la cosecha. Una vez muertas, recobraba lo pagado y además despachaba con descaro su ropa a otros vecinos de la comarca. Si alguno le preguntaba cómo les iba a las emigradas, escribía cartas (eran de su puño y letra, según concluyeron los peritos calígrafos de la época) en las que sus víctimas, ya «acomodadas y ricas», narraban una vida afortunada.

Contaba incluso, sin atisbo de mala conciencia, que a alguna le había tocado la lotería o que uno de los vástagos asesinados estudiaba leyes. Mientras, se prodigaba en la parroquia. Quería que lo viesen rezar el rosario, ayudar en misa, ser caritativo.

La figura del Sacaúntos, como lo apodaron popularmente cuando se extendió la leyenda de que vendía la grasa de los cuerpos como ungüento prodigioso en farmacias de Portugal, sigue llena de incógnitas. Por ejemplo, no se sabe dónde yacen los restos mortales de tanta víctima. Durante el proceso solo aparecieron, en lugares distintos, un coxal de una mujer de más de 25 años con señales de no haber estado nunca bajo tierra y un cráneo fracturado, también femenino y adulto.

Todavía hay investigadores que buscan el resto de las piezas que compondrían los esqueletos de esas nueve personas, cuatro madres (tres de ellas, hermanas) con sus respectivos hijos, que el reo aseguró haber despedazado sin más armas que sus dientes y sus uñas en la ourensana sierra de San Mamede.

Tampoco hay certeza hoy, después del trabajo que realizó en 2012 Fernando Serrulla, responsable de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia, de cuál era el verdadero sexo del personaje. Según él, Romasanta, que al nacer fue inscrito como Manuela, podía sufrir un síndrome de intersexualidad (pseudohermafroditismo femenino) que le hacía segregar de forma desorbitada hormonas masculinas, virilizando su aspecto y provocándole episodios de fuerte agresividad.

Algo de esto se puede intuir en el viejo sumario, cuando se describen sus «oficios mujeriles» («hilar, calcetar, cardar lana») o sus «costumbres casi femeninas». A lo largo del expediente judicial, que por momentos se vuelve una magnífica pieza literaria, hay capítulos deslumbrantes como el informe de los seis forenses que intervinieron en la «observación física y filosófica» de Blanco Romasanta.

«Pretende hacerse pasar por un ser fatal y misterioso, un genio del mal, lanzado por Dios en un mundo que no es su centro, creado ex profeso para el mal ageno á que le impele la fuerza oculta de una ley irresistible, en virtud de la cual cumple su fatídico y tenebroso destino», describen los médicos. Antes han revisado a fondo sus vísceras y la forma de su cráneo, lo han entrevistado sucesivas veces, y han concluido que es un ser normal e incluso agradable, talentoso, inteligente. «Manuel Blanco ni es idiota, ni loco maníaco, ni imbécil; y es probable que si fuera más estúpido no sería tan malo», advierten. Y al final concluyen: «Su hado impulsivo es una blasfemia; su metamorfosis [en lobo], un sarcasmo».

Pero cuando el asesino ya se veía con un pie en el cadalso, irrumpió en escena Philips, que se presentaba como profesor de Electro-Biología (su novedosa técnica hipnótica), y sembraba serias dudas en la Reina. El científico defendía que la inminente ejecución de Blanco Romasanta sería un «error lamentable de la justicia» porque cabía «la posibilidad» de que no fuese responsable de sus asesinatos.

De hecho, ante el público que abarrotaba el teatro de Argel, el francés, antes de viajar a París «para someter su descubrimiento a la Academia de Ciencias», había demostrado el 22 de junio de 1853 (un mes antes de ser alertada Isabel II) cómo un joven elegido aleatoriamente en la platea quedaba «completamente dominado» por la hipnosis. En un momento del acto la emprendía a pedradas contra unos indios inexistentes; en otro, nadaba creyéndose náufrago; y al final se sentía lobo y acababa la función mordiendo a un espectador.


Romasanta – El Hombre Lobo de Allariz

Asesinos-en-serie.com

Manuel Blanco Romasanta fue un asesino español del siglo XIX. Medía apenas 137 centímetros, pero eso no le impedía asesinar brutalmente a sus víctimas para sacarles la grasa y venderla junto a las pertenencias de estas. Según confesó en la corte, mataba bajo el influjo de una maldición que lo convertía en hombre-lobo.

Manuel Blanco Romasanta nació un 18 de noviembre de 1809 en la localidad de Regueiro, en la aldea de Santa Olaia de Esgos. Sus padres, de escasos recursos económicos, fueron Miguel Blanco y María Romasanta.

Según su partida de nacimiento, Romasanta aparece como «Manuela»; aunque ocho años después, en un registro parroquial, figura como «Manuel Blanco Romasanta». La razón de esto, según el responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia, Fernando Serrulla, está en que Romasanta sufría de pseudohermafroditismo femenino, una condición que solo afecta a uno de entre cada 10.000 o 15.000 nacidos, aproximadamente.

Esta condición haría que, naciendo mujer, segregue una cantidad tan grande de hormonas masculinas que sufra un periodo de masculinización en el que desarrolle características de hombre. Así se explican su barba y otras cosas, y se cree que, debido a esa condición, su clítoris habría crecido tanto que parecería un micro-pene.

También se sabe que el pseudohermafroditismo femenino genera episodios de fuerte agresividad, y ello ha motivado la especulación de que su trastorno sexual pudo haber participado en el origen de su conducta criminal. Resulta así natural, a partir de la explicación dada, el que Romasanta desde pequeño haya realizado tareas femeninas como coser, bordear, calcetear, y cortar trajes y vestidos.

En cuanto a la adolescencia de Romasanta, no se sabe mucho, excepto que aprendió a leer y escribir, por lo cual algunos han pensado que su familia tenía buenos recursos económicos.

Ya a sus 21 años, Romasanta se casó —le gustaban las mujeres, era psicológicamente más hombre que mujer— con Francisca Gómez Vázquez, un jueves tres de marzo de 1831. Francisca era vecina suya en la aldea de Soutelo, y le aventajaba en edad por un año y medio. Naturalmente (ya se sabe por qué) Romasanta no tuvo hijos con Francisca, y trabajó como sastre en una parte de su corta vida matrimonial, puesto que Francisca murió un 23 de marzo de 1834.

Romasanta y sus asesinatos

Durante el tiempo en que Romasanta estuvo en su parroquia natal, se comportó adecuadamente y no levantó sospecha alguna; pero, poco después de comenzar su vida ambulante (como vendedor de quincalla), surgió el rumor de que había asesinado en Castilla a un criado del prior San Pedro de Rocas. También fue sospechoso de matar al vendedor Manuel Ferreiro en 1834, y se sabe que en 1843, habiéndole dado palabra de matrimonio a una mujer (Catalina Fernández) 18 años mayor que él, tuvo que huir de tierras leonesas porque era sospechoso de haber asesinado a Vicente Fernández, el alguacil de León, ya que éste pensaba embargarle una tienda por deudas.

Todas las cosas antes mencionadas hicieron que el diez de octubre de 1844, pese a la falta de pruebas, el Juzgado de Primera Instancia de Ponferrada le condenase a diez años de presidio. Querían condenarlo a muerte, pero Romasanta no compareció y las pruebas no aparecieron. Ante la condena impuesta y posteriormente confirmada por la Audiencia de Valladolid, Romasanta escapa y se oculta en Galicia, dentro de la parroquia de Rebordechau-Vilar de Barrio.

En Rebordechau, durante los primeros dos años, Romasanta vive y trabaja de jornalero en la casa de Andrés Blanco, desapareciendo (por días o incluso semanas) en los meses de menor actividad para ir a Portugal y regresar trayendo mercancía de contrabando para venderla en fiestas y mercados. Según se sabe, Andrés Blanco apreciaba a Romasanta por su carácter afable, su actitud comedida y su buena disposición para colaborar en lo que sea menos el sacrificio de animales; ya que, paradójicamente (pues fue un asesino), no soporta ver correr la sangre de esas inocentes criaturas.

En el año 1845, estando en casa de Andrés Blanco, Romasanta se hace amigo de Manuela García Blanco, una mujer diez años mayor que él, y con un historial sentimental bastante agitado, ya que a los 37 tuvo una hija estando soltera, después se casó con Pascual Merello y enviudó, luego se casó con Pascual Gómez en 1838 y se divorció en poco tiempo. Siendo amigo de Manuela, Romasanta conoce a los hermanos de ésta: Benita, Josefa, María, José y Luis García Blanco.

Ya a comienzos de 1846, la amistad entre «El Canicha» (Romasanta) y Manuela se transforma en un amor, platónico según especulan los especialistas en base al pseudohermafroditismo que sufría. En esos mismos tiempos, Manuela y Petra (su hija) acompañan a Romasanta en sus ventas por parroquias vecinas.

En febrero del mismo 1846, Manuela, en su escasez de recursos económicos, pone en venta una casita que tenía en Rebordechau a unos sesenta reales, para ayudar a Romasanta con sus negocios. Posteriormente, el 30 de marzo, Manuela se ausenta de su hogar (no la casa que iba a vender) para concretar la venta de la casita, y entonces el malagradecido de Romasanta aprovecha para llevarse a Petra, de apenas trece añitos, a la Sierra de San Mamade. Luego, cuando Manuela vuelve con el dinero y le pregunta a Romasanta que dónde está Petra, éste dice que la envió, para servir de criada, en la casa de un cura de Santander, del cual Manuela le había hablado varias veces de forma favorable.

Confiando en la palabra de Romasanta y habiendo pasado unos ocho días, Manuela decide ir también a servirle al cura de Santander, en gran parte para estar junto a su querida hija. En cuanto a Romasanta, éste no solo que la anima a Manuela para que vaya donde el cura, sino que la acompaña.

Pocos días después, Romasanta vuelve con toda la tranquilidad del mundo y, cuando le preguntan por Petra o Manuela, dice que están bien acomodadas, sirviendo de criadas en la casona del cura de Santander. No se imaginan que miente, y que es un malagradecido y un asesino, pues ha matado a Petra y a Manuela, las ha descuartizado, les ha sacado la grasa o «manteca» (para venderla), y ha dejado los despojos al aire libre, como para que su aroma atraiga a los lobos, que morderán los cadáveres y así, con sus colmillos, habrán de servirle posteriormente a Romasanta para construir la leyenda de que él se transformaba en hombre-lobo cuando asesinaba sin voluntad ni conciencia a las víctimas que años después habrá de confesar.

Ahora, y a pesar de dar esa respuesta a la mayoría de personas, a Brígida Aguilar, esposa de Luis García Blanco, le dice que él les ha encontrado acomodo en Asturias a Manuela y a Petra, cuando en realidad jamás ha puesto un pie en Asturias. Inclusive, Romasanta llega al extremo de la mentira cuando, cierto día tras regresar de sus viajes de comercio, les dice a las hermanas García Blanco que ha recibido una carta de Manuela en la que ésta se muestra complacida del buen sueldo que está ganando y de su nueva situación.

Tras acabar con Manuela y Petra, Romasanta pone la vista en Benita García Blanco de 34 años, hermana menor de la fallecida Manuela, que tenía un hijo de 9 años (Francisco) y llevaba un matrimonio bastante complicado con un tal Francisco Núñez Somoza, en la aldea de Souteloverde.

Se da así que, a finales de enero de 1847, el abad de O Castro de Laza realiza el primer padrón como cura de la parroquia, y allí ve que en Souteloverde no está Francisco Núñez, ni su esposa Benita, ni el pequeño Francisco. Según le explican los vecinos al cura, Francisco Núñez se ha ido a San Xoán de Laza por conflictos conyugales, mientras que admiten no saber dónde han ido Benita y su hijo, aunque creen que probablemente, por no tener casa propia, han ido con algún familiar.

Es pues en esa situación que Romasanta se inmiscuye y, apoyándose en la falsa carta de Manuela (en la que dice estar contenta trabajando con el cura), convence a Benita para que viaje con Francisco a Santander, pues él le promete conseguirle un buen empleo en casa de un cura vecino del cura con el que supuestamente trabaja Manuela. Ingenuamente Benita cae en la trampa de Romasanta, y éste organiza el viaje de las víctimas en marzo de 1847.

A las pocas semanas, el vil Romasanta está vendiendo una colcha, tres camisas y la saya de Benita. Nadie se imagina que él, en medio del bosque, las asesinó brutalmente (tanto que les causó deformaciones óseas) el 13 de marzo, devoró parte de sus cadáveres y les sacó la manteca, dejando el resto a los lobos… Y en gran medida no se lo imaginan porque Romasanta miente con facilidad: a Luis García, hermano de Benita, le dice que Benita se ganó la lotería y puso a Francisco a estudiar Derecho; a María, también hermana de Benita, le dice que ésta y su sobrino Francisco viven a una legua de distancia, en casas de dos curas que son sobrino y tío.

De ese modo Romasanta tenía engañados a los familiares de sus víctimas, al punto de que María (la hermana de Benita) se entusiasma y, pese a sus 58 años, empieza a soñar con salir de la pobreza de la misma forma en que sus hermanas supuestamente lo hicieron con la ayuda de Romasanta.

Por eso, en 1850, ésta le pide varias veces a Romasanta que le encuentre un oficio cerca de sus hermanas, pero Romasanta le dice que el viaje requiere dinero, y que para eso ella debe hacer el sacrificio de vender sus bueyes y demás bienes, ya que las primeras semanas en Santander le acarrearán muchos gastos. Ante ese pronóstico, María se desanima y opta por no viajar, puesto que no quiere apostar tanto. Pero Romasanta tiene otra víctima en la mira: Antonia Rúa Carneiro, vecina y comadre suya.

Con Antonia, Romasanta entabla un romance que no oculta a los del barrio, quizá porque así le conviene. Antonia es soltera, tiene dos hijas (María de 11 años y Peregrina de menos de 3), y un pequeño pero jugoso patrimonio heredado de su madre y valorado en 600 reales. A Romasanta le parece que puede engañar fácilmente a Antonia, y definitivamente ésta cae y hasta les cuenta a vecinos y parientes que Manuel le ha prometido casarse con ella y poner una tienda en Castilla. Sin embargo, en días anteriores, a unos vecinos les dice que trabajará de criada en Ourense, con un amo viudo que tiene dos hijos; mientras, a otros les cuenta que trabajará para un amo rico, en el mismo pueblo donde supuestamente están Manuela y Benita.

Con esos antecedentes, Romasanta parte junto con Antonia y la pequeña María, un Domingo de Ramos del año 1850. Previamente Antonia le ha vendido a Romasanta todas sus propiedades, quedándole éste a deber el importe de la venta.

Dos o tres días después, Romasanta vuelve a Rebordechau con unas cabras compradas en Riobó, y allí en Rebordechau se posesiona de las tierras de Antonia Rúa. Afortunadamente María Dolores, la hija mayor de la difunta Antonia, no viajó con su madre y su hermana, pues se ha quedado con su tía Josefa; sin embargo, poco después va a casa de Luis García Blanco, y allí permanece casi dos meses, hasta que Romasanta se la lleva a vivir con él, cosa que ella acepta pues éste le ofrece mejores condiciones de vida, y efectivamente la trata bien durante varios meses, hasta que en otoño de 1850 le propone llevársela con su madre. La niña, en su inocencia, no sabe que ha aceptado un viaje sin retorno.

Naturalmente los vecinos y familiares de las víctimas piden noticias, y Romasanta les dice que todas están bien. Cosa rara: solo a Romasanta le escriben, ¿será que se han olvidado de sus otros amigos y de sus familiares? Además ninguno de los que se fue ha vuelto de visita, y ninguno de los trabajadores ambulantes que pasan por Asturias y Santander sabe cosa alguna de cualquiera de las personas que partieron.

Romasanta debe parar ya si no quiere que las miradas suspicaces caigan sobre él, pero aún así pone sus ojos en Josefa García Blanco, una solterona de casi cincuenta años que tiene un hijo de 21 años cuyo padre nadie sabe quién es, ni siquiera ella misma. Ella es un blanco fácil y Romasanta lo percibe, de modo que empieza a visitarla día y noche en la mula del párroco, haciéndose amigo de ella y luego enamorándola.

Cuando ya la tiene conquistada, le hace la misma oferta que a sus demás víctimas: conseguirle un empleo en otra localidad. Sin embargo Josefa está indecisa, mas Romasanta es astuto y en noviembre de 1850 le propone que puede llevar primero a José, para que éste visite a sus tías y vea si le gusta la buena vida que hay allá en Santander.

La propuesta parece sensata y José y su madre aceptan. A los pocos días, José parte junto con Romasanta hacia Santander. El chico está entusiasmado, y hasta lleva puesta una capa nueva de color castaño, hecha con paño de Tarragona.

Unos tres o cuatro días después, el psicópata vuelve abrigado con la bonita capa de José, quien supuestamente se la ha regalado. Al párroco le gusta la capa y se la compra por setenta reales: no tiene idea de que su dueño ha sido asesinado salvajemente, que la han quitado la grasa y han dejado sus despojos al amparo de los lobos. Y es que resultaría difícil de creer que, con su estatura de 1,37 metros, Romasanta pudiese matar a tantas personas y de un modo tan brutal…

Ante la ausencia de José, Josefa creyó que su hijo se había quedado con las tías porque la vida era agradable allá en Santander, con esos empleos bien pagados que Romasanta conseguía con impresionante habilidad. Pero eso no era todo, porque además Romasanta aseguraba que le había conseguido empleo de criado al chico, en la casa de un cura rico que pagaba una onza de oro al año. Para hacer más creíbles sus palabras, el embustero le mostró a Josefa una carta falsa de José, en la cual éste contaba cómo todo iba de maravilla. No había más tiempo que perder: ella debía reunirse con su hijo y emprender una vida mejor.

Así, un día de año nuevo de 1851, Josefa sale con Romasanta hacia Santander. Lleva puesta una saya negra de lana y lino, un mandil de picote, un justillo de terciopelo, un pañuelo de estambre azul, y unos bonitos zapatos.

Como siempre, Romasanta regresa en tres o cuatro días, y en cuestión de semanas vende, en parroquias vecinas, la ropa y otras pertenencias de su más reciente víctima. En el colmo de su descaro, Romasanta no vende los zapatos de la víctima, sino que se los lleva a Luis García Blanco, diciéndole que son un regalo de la tía Josefa para su hija.

Partiendo el pan entre sospechas y rumores

Las sospechas comenzaron a partir de gente que comentaba haber visto a Romasanta vendiendo posesiones de las personas a las que supuestamente acompañó a Santander. Sin embargo, un episodio clave fue cuando José García Blanco, hermano de las García Blanco, visitó a Romasanta en su casa y Romasanta le sirvió un apetitoso pan, que cortó con una bonita navaja grande, de mango blanco y pintas negras: era la navaja de su hermana Josefa.

Fue en ese momento siniestramente revelador cuando, al ver la hoja de la navaja abriéndose paso en el grueso pan, los rumores que circulaban encendieron su intuición y, sobre la imagen del civilizado Romasanta que partía el pan, apareció otro Romasanta salvaje y brutal, que entre las sombras y el follaje extirpaba la grasa del cuerpo de su hermana. Ese otro Romasanta debía ser uno de esos «sacamantecas» de los que tanto se hablaba, ese otro Romasanta era el verdadero, el real, el asesino embustero.

¿Un hombre lobo en la corte?

En febrero de 1852, Romasanta estaba tan angustiado por los rumores de que él era un sacamantecas que había asesinado a sus víctimas para quitarles la grasa y venderla en Portugal (país situado bastante cerca de Rebordechao), que se había hecho con un certificado falso en el que figuraba como «Antonio Gómez» y era oriundo de Montederramo. Con ese documento solicitó y obtuvo un pasaporte interior para viajar a Castilla; pero, cuando se encontraba en Nombela dentro de Toledo, tres paisanos lo reconocieron y el alcalde dispuso su detención en julio de 1852.

Primeramente, en el Juzgado de Escalona, Romasanta negó todo, y hasta dijo que Manuel Blanco Romasanta era primo suyo, ya que le habían encontrado un documento con su verdadera identidad.

Posteriormente Romasanta fue trasladado al Juzgado de Verín, y allí confesó algo estremecedor que rondaría en el imaginario popular por décadas. Admitió matar a trece personas, pero dijo que no era su culpa, que sufría una maldición que lo convertía en hombre lobo, que esas metamorfosis lo torturaban desde hace trece años, y que habían cesado misteriosamente justo tres días antes de su detención.

En su elaborada mentira, profirió palabras tan delirantes como estas: «Me encontré con dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo. Estuve cinco días merodeando con los otros dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo. El que usted ve ahora, señor juez. Los otros dos lobos venían conmigo, que yo creía que también eran lobos, se cambiaron a forma humana. Eran dos valencianos. Uno se llamaba Antonio y el otro don Genaro. Y también sufrían una maldición como la mía. Durante mucho tiempo salí como lobo con Antonio y don Genaro. Atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre.»

Tras estar en Verín, Romasanta fue transferido al Juzgado de Allariz, donde pasaría a la historia como el mítico «Hombre Lobo de Allariz».

El hallazgo de restos óseos, junto con sus confesiones y el informe médico, bastaron para que el 6 de abril de 1853 Romasanta fuera condenado a morir en el «garrote vil». Pero antes la sentencia debía ser remitida a consulta en la Audiencia de La Coruña, donde en primera instancia se revocó y cambió por cadena perpetua; aunque luego, tras un segundo proceso indagatorio, se le volvió a imponer pena capital el 23 de marzo de 1854.

La ayuda de la reina

El caso de Romasanta había tenido tal repercusión que llegó a oídos de un tal Mr. Philips, quien vivía en Argel y decía ser profesor de Electro-Biología. Este Mr. Philips le pidió a la reina Isabel II que le preste a Romasanta para experimentar en él sus «recientes avances» en el terreno de la hipnosis, agregando a eso el diagnóstico de que Romasanta debía padecer «un tipo de monomanía» catalogable como «licantropía».

Sumada a la voluntad científica de Mr. Phillips, estaba la carta que el abogado de Romasanta envió a la reina, en la cual suplicaba indulgencia para el acusado basándose en el hecho de que no existían pruebas definitivas.

Por todas esas cosas, el 13 de mayo de 1854 una orden de la reina conmutaba la pena capital por cadena perpetua. Romasanta estaba a salvo, pero el excéntrico Mr. Philips nunca piso España para experimentar con el supuesto hombre lobo.

El fin del Hombre Lobo de Allariz

Según el artículo 94 del Código Penal de 1848, la cadena perpetua podía cumplirse tanto en España como en África, en las Canarias o en ultramar. El Periódico para todos, publicó el 11 de octubre de 1876 que Romasanta fue conducido a Ceuta, y que allí vivió: «sin que diese muestras de padecer enajenaciones mentales, ni monomanías de ninguna especie.»

Anteriormente, el diario Iberia había publicado el 23 de diciembre de 1863 una breve nota sobre la muerte de Romasanta, y el diario La Esperanza publicó lo siguiente un 21 de diciembre del mismo 1863: «Escriben desde Ceuta, con fecha del 16 del corriente, que el desgraciadamente célebre, Manuel Blanco Romasanta, conocido en toda España por el Hombre Lobo, por consecuencia de sus atrocidades y fechorías, y que, juzgado en La Coruña, fue condenado a presidio, falleció en aquella plaza el 14 del actual, a la edad de cincuenta años, siendo víctima de un cáncer en el estómago.»

La verdad detrás de la leyenda

Durante el juicio se demostró que Romasanta fue el último en ver vivos a los nueve desaparecidos, que vendió las pertenencias de éstos, que escapó de Galicia con una identidad falsa, y que recurrió al engaño y a la manipulación reiteradas veces.

Pese a lo anterior, nunca aparecieron los cadáveres. Todo cuanto había eran unos huesos humanos encontrados en el bosque donde Romasanta decía haber matado; y donde, según el abogado de Romasanta, varias personas fueron asesinadas por lobos. Los otros cuatro asesinatos confesados, fueron obviados por la Justicia pues se determinó que habían sido producidos por auténticos lobos.

En cuanto a los otros dos hombres lobo que Romasanta mencionó en sus confesiones, estos jamás fueron indagados, pese a que Romasanta afirmaba que uno de ellos había escrito las falsas cartas y el falso certificado de identidad. No obstante, sí se pudo comprobar que la letra de las cartas no era la letra de Romasanta.

Ahora bien, sabemos que Romasanta negó todos los cargos al comienzo, pero después mantuvo hasta las últimas su historia del hombre lobo ¿Por qué?, ¿realmente él mismo se creía esa historia? Según las leyes de la época: si confesaba directamente los asesinatos, sufría pena capital; si los negaba (podía hacerlo, faltaban los cuerpos), iba a cadena perpetua por detención ilegal; pero, si conseguía hacerse pasar por loco, se le eximiría de responsabilidad criminal, aunque se le internaría en un manicomio.

Lo último era lo mejor y Romasanta, siendo inteligente, aprovechó que vivía en una época llena de supersticiones. Por ello, a su caso se aplican las palabras que Martínez Pérez escribiera sobre la licantropía como ideación delirante en su libro La gestión de la locura: conocimientos, prácticas y escenarios; cito: «Puede justificar crímenes planeados simulando ser víctima de un maleficio que lo convierta en lobo con utilización de las creencias populares en beneficio propio y el agravante de heteroagresividad en rango de homicidio con dudosa resonancia afectiva en el autor de las consecuencias de sus actos. Serían los que en la historia de la psiquiatría se denominaron degenerados morales.»

Romasanta nunca desistió de hacer creer que se transformaba en hombre-lobo, pero los médicos de la corte no le creyeron. Dice de él el informe médico: «se evidencia que el Manuel Blanco no es loco, ni imbécil, ni monomaniaco, ni lo fue, ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario de los datos referidos resulta que es un perverso, consumado criminal, capaz de todo, frío y sereno, sin bondad.»

Sin embargo el cuento del hombre lobo no recibió credibilidad en las cortes, y los médicos consideraron que era un montaje, escribiendo sobre Romasanta en el informe médico:

«Manuel Blanco calcula medios, mide y combina tiempos, modos y circunstancias; no mata sin motivo, ni acomete sin oportunidad; conociendo que hace mal se oculta, seduce para robar; mata para ocultar, reza para seducir; conoce el deber y la virtud para desoírlos; luego de su conformación de sus actos, de su historia, de sus disculpas mismas se evidencia que el Manuel Blanco no es loco, ni imbécil, ni monomaniaco, ni lo fue, ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario de los datos referidos resulta que es un perverso, consumado criminal, capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento; el objeto moral que se propone es el interés; su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto; su exculpación es un subterfugio gastado e impertinente; los actos de piedad una añagaza sacrílega; su hado impulsivo una blasfemia; su metamorfosis un sarcasmo.»

Fue pues por la reina Isabel II que se salvó Romasanta. Hoy la gente habría empleado la palabra «psicópata» para referirse a él; aunque, si buscamos los diagnósticos precisos que los especialistas actuales emitirían, podríamos citar lo que David Simón Lorda y Gerardo Flórez Menéndez escriben en El Hombre-Lobo de Allariz (Ourense), 1853: Una visión desde la Psiquiatría actual.

A saber: «… los datos biográficos del caso del «hombre-lobo» Manuel Blanco Romasanta así como lo que podemos inferir de los informes de los médicos que lo reconocen en Allariz, no indican que estemos ante un proceso psicótico sino más bien ante un caso de un trastorno de la personalidad. El pragmatismo y la obtención de beneficio a cualquier coste, siempre ajeno a su persona, aunque con don de gentes y seducción, orientan hacia un trastorno de personalidad. El recuerdo íntegro y la planificación de los hechos, en principio nos descartarían una epilepsia y el descontrol de impulsos ligados a esta entidad (…). Afinar un poco más en qué tipo de trastorno de personalidad puede ser tarea difícil, pero nos inclinamos por el Trastorno Antisocial de Personalidad (…), o por un diagnóstico de «Psicopatía» en la línea de R. D. Hare.»

Documentos

RESEÑA DE LA CAUSA CONTRA MANUEL BLANCO ROMASANTA (1/4)

RESEÑA DE LA CAUSA CONTRA MANUEL BLANCO ROMASANTA (2/4)

RESEÑA DE LA CAUSA CONTRA MANUEL BLANCO ROMASANTA (3/4)

RESEÑA DE LA CAUSA CONTRA MANUEL BLANCO ROMASANTA (4/4)

EL CASO DE BLANCO ROMASANTA DESDE LA PERSPECTIVA PSIQUIÁTRICO-FORENSE ACTUAL

LA CIENCIA FRENTE AL MISTERIO

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