Mamed Casanova

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Mamed Casanova

Toribio

  • Clasificación: ¿Asesino?
  • Características: Rencor - Encubrimiento
  • Número de víctimas: ¿1?
  • Periodo de actividad: 23 de noviembre de 1900
  • Fecha de detención: Diciembre de 1903. Detenido dos años antes, pero se fugó de prisión.
  • Fecha de nacimiento: 15 de febrero de 1882
  • Perfil de las víctimas: Manuela Domínguez, criada del párroco de las Grañas, José Corral
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Grañas do Sor, La Coruña, España
  • Estado: Sentenciado a muerte en La Coruña el 18 de diciembre de 1903. En 1904 Alfonso XIII conmutó la pena por cadena perpetua. Fecha de puesta en libertad incierta (1926, 1928 o 1929), igual que la de su muerte (1932 o 1946).
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Mamed Casanova, Toribio: ¿un criminal sin escrúpulos o un bandolero romántico?

Carlos Fernández

Actualizado 29 de julio de 2017

Pocos criminales o bandoleros tienen el privilegio de ser definidos, como Mamed Casanova, Toribio, por figuras de la talla de D. Ramón María del Valle Inclán. Decía el barbudo escritor en El Liberal de Madrid el 7 de febrero de 1903:

«El célebre bandolero tiene el gesto sombrío, dominador y galante, con que aparecen en los retratos antiguos los capitanes del Renacimiento: es hermoso como bastardo de César Borgia. En el siglo XVI hubiera conquistado su real ejecutoria de hidalguía peleando bajo las banderas de Gonzalo de Córdoba o del duque de Alba, de Francisco Pizarro o de Hernán Cortés. Acaso entonces nos dejaría una hermosa memoria ese Mamed Casanova, nacido para saquear ciudades de Italia, para quemar herejes en Flandes, para esclavizar emperadores en México, para ahorcarlos en el Perú […]. Yo confieso que admiro a estos bandoleros que desdeñan la ley y que desdeñan la muerte. Tienen para mí una extraña fascinación moral.

»En su retrato nada delata al asesino. Su rostro lo mismo puede ser el de un monje penitente que el de un hidalgo sombrío […]. Yo creo advertir en los ojos de este retrato más audacia que perversidad. Tiene el alma en ellos, el alma de los grandes capitanes, fiera, gallarda y de través, como los gavilanes de la espada».

Mamed Casanova había nacido en las Grañas del Sor, ayuntamiento de Mañón, provincia de La Coruña, el 15 de febrero de 1882. Era hijo natural de María Casanova Sueiras, quien le dio los apellidos, y se decía que su padre pertenecía a los Balseiros, familia con antepasados turbulentos, como «los Cazurros», uno de los cuales murió ahorcado en Ferrol. El nombre de Mamed se lo pusieron por su padrino, Mamed Barros.

Mamed se crio con su madre y una hermana de esta, creciendo fuerte y sano. Su primer apodo fue «Rego», cambiado pronto por «Toribio», con el que adquirirá fama. Mamed trató de aprender el oficio de herrero con el maestro Julián Rey, siendo despedido por éste tras robarle a su mujer unos pendientes de plata. Tras volver a su casa montó un pequeño taller, que no le fue muy bien y acabó cerrando.

Su pasión de ratero la continuó en diciembre de 1897 penetrando en la casa deshabitada de un vecino y apoderándose de trece botellas de aguardiente. Tras declararse insolvente, fue condenado a varios días de prisión. Poco después se hará amigo de José María Rego, Fondón, siendo inseparables compañeros de robos, uno de ellos en casa de Manuel Justo, por el que se condenó a Rego a dos meses de prisión (tenía 19 años) y a Mamed (era menor de edad) a una multa de 125 pesetas.

Al año siguiente asaltaron en las Grañas la casa de Fernando Paz, tras hacer un boquete que había en el vertedero, robando tres relojes. El Rego fue condenado a cuatro años y dos meses de presidio correccional y Mamed (seguía siendo menor de edad) a cuatro meses de arresto mayor.

Mamed, contrariamente a lo que luego se dijo, no era un joven inculto y asilvestrado. Aun siendo enemigo de aprender un oficio que le atase de por vida a un trabajo mecánico, sí le gustaba instruirse con la lectura. De la biblioteca del cura de Freijo se sabe que leyó varios libros, entre ellos una Geografía Universal. También le pidió periódicos y revistas.

Paralelo a esta actividad, además de los robos menores, las reyertas, especialmente en bailes y festejos, se habla de que con solo 15 años repelió primero y molió a palos después a un matón diez años mayor que él. También se lanzó contra un albañil que le había reprendido un mal gesto y lo dejó medio tullido.

El siguiente paso de Mamed tuvo por marco un cementerio. Había regresado de La Habana un vecino de las Grañas llamado Fernando López, que fallecía al poco tiempo, siendo enterrado con un elegante traje de cachemira de Cuba. Enterado de ello, nuestro personaje procedió a desenterrar el cadáver robándole el traje que, tras limpiarlo convenientemente, usó en un baile público. También se apoderó de varios dientes de oro del difunto.

Mamed fue condenado a más de seis meses de arresto mayor con las accesorias de suspensión de cargo y derecho de sufragio durante el tiempo de la condena, así como el pago del valor del traje (60 pesetas) a los herederos. De este hecho se ocuparían la Pardo Bazán y Valle Inclán. Dirá el escritor arosano en Las galas del difunto: «Desenterró el cadáver de un indiano, vistióse la mortaja y ataviado de esta suerte fue a la casa mortuoria para dar el pésame a la parentela de hijos y nueras congregadas en la cocina al amor de la lumbre».

El mote de El Toribio le había sido puesto por su acometividad. Dirá de él mismo el sacerdote y académico Chao Espina:

«Su fuerza física era extraordinaria, logrando romper las esposas de forma inconcebible. A esta cualidad de hercúleo podemos añadir su agilidad, su valor rayano en la temeridad amén de sus reflejos y habilidad asombrosa para huir ante el peligro».

De su precisión en el tiro dirá José A. Durán en sus Crónicas 1:

«Entre sus famas no era menor la de la formidable puntería, en la que continuamente se adiestraba, siendo capaz, según un corresponsal, de hacer blanco a veinte metros sobre una moneda de cinco céntimos arrojada al aire».

Según relatará años más tarde el cura del Freijo, Toribio tenía dos revólveres, munición lobera y pólvora inglesa; los cartuchos eran de munición lobera y cachas de pote bastante grandes; dos pares de medias y dos pares de zapatos; traía algodón en rama, nitrato de plata, dos cajas de vaselina y treinta duros y pico.

Entre el juez instructor, Durán y Chao Espina completan su semblanza:

Estatura regular, ojos claros, poco bigote, color pálido, con granos y espinas en la cara. Vestía mayormente boina con visera, chaqueta de pana y gruesos zapatos. Inteligencia sin cultivar aunque –como ya dijimos– con especial inclinación a la lectura. Con cierto gusto por los dibujos (la familia Maciñeira guarda algunos dibujos hechos por Toribio en su adolescencia). Complemento indispensable de estas descripciones son las coplas de ciego o romances populares en los que se cantan las peripecias de Toribio. A ellas recurriremos en varias partes de este relato. En las que se refieren a su infancia y juventud, dicen así:

En términos de Ortigueira
y en la aldea de las Grañas
que llaman Grañas del Sor
en toda aquella comarca
nació Mamed Casanova
de una familia mediana.

Pasó los primeros años
del comienzo de su infancia
molestando a su familia
y apacentando las vacas
que es lo que hacen los chiquillos
en la aldea de las Grañas.

Cuando llegó a los diez años
ya salió con mala traza,
no sabía la doctrina
ni a sus padres respetaba
para gustarle la fruta
había de ser robada
también les daba pellizcas
a las mozas que encontraba.

Nunca se le vio en la misa
ni en cosas buenas y santas
gustándole mucho el vino
cuando no tenía caña
y casi siempre borracho
lo llevaban para casa.

Como crecía en edad
así en malicia medraba,
y un día porque su madre
le reprendió sus infamias
le dijo palabras feas
y le dio con una azada
que mismo quedó por muerta
a pesar de ser anciana.

Desde aquel momento mismo
quedó perdida su alma
porque el que a su madre pega
ya nunca perdón alcanza
ni de Dios ni de los hombres
porque es cosa poco honrada.

Respecto al robo en el cementerio, dice el romance:

Rabuñando con las uñas
llegó a descubrir la caja
y en cuanto la tuvo fuera
pudo levantar la tapa.

Desnudó al americano
los pantalones le saca,
el chaleco, la chaqueta
y el pañuelo de la cara,
sin olvidar las botinas
y toda la ropa blanca.

Después de robar al muerto
salió lo mismo que entrara
despreciando a los difuntos
y sin rezar por sus almas.

Desde aquel día fatal
siguió siempre haciendo infamias
robando a los viajeros
hurtando lo que encontraba
y forzando a las doncellas
y hasta a mujeres casadas
sin perdonar a los hombres
que a todo el mundo injuriaba.

 

El Musolino gallego

El Musolino Gallego era uno de los sobrenombres de Mamed Casanova, por su capacidad para escapar de prisión, semejante a la de Giuseppe Musolino (el Brigante Musolino).

 

El crimen de las Grañas

En 1900 era párroco de las Grañas D. José Corral, que vivía con su sirvienta Manuela Domínguez, con un hijo de esta y Arturo López Domínguez, sobrino de la primera.

Según dicen los vecinos, Mamed era buen amigo del párroco con el que, además, comía en ferias y posadas y paseaba en sus ratos de esparcimiento, e incluso se hablaba de que el joven era el brazo con el que D. José pretendía someter a sus feligreses.

El caso es que ante la idea de los feligreses de las Grañas de celebrar una feria cerca del atrio, el cura se opuso al proyecto, surgiendo una disputa de odios, rencores y enconos envuelta en sentimientos de venganza.

Poco después el párroco comenzó a recibir anónimos y veladas amenazas invitándole a que abandonase las Grañas, pero D. José nunca les hizo caso y, aseguran algunos vecinos, hizo incluso comentarios desagradables sobre los posibles autores de tales amenazas.

Así se llegó al 23 de noviembre de aquel año de 1900. En la mañana de dicho día algunos paisanos aseguran haber visto a un extraño merodeando el atrio de la parroquia. Era, al parecer, un hombre alto y llevaba una carabina al hombro.

Al llegar la noche, en la taberna de María Vispo, frente a la casa rectoral, se reunieron un grupo de personas, entre los que parece estaba Toribio. Se discutió, se rio y, sobre todo, se bebió en abundancia.

Desde la taberna, ya en la madrugada, se dirigieron a la casa rectoral con la intención de asaltarla. Primero abrieron un boquete en el muro que servía de cerco a la vivienda y escalaron las tapias de la huerta. Pronto comenzaron a disparar sus armas y D. José, tras intentar hacerles frente en un principio, emprendió la huida casi sin vestirse, mientras los criados, asustados, se refugiaban en sus habitaciones.

Los asaltantes rompieron la puerta y entraron en la casa donde, tras forzar el cajón de una mesa, se adueñaron de 2.000 pesetas, una cartera y una pistola.

Cuando todos se hallaban en el piso bajo de la rectoral, uno de ellos señaló que para que no les descubriesen debían de subir al piso alto y matar a la criada, Manuela Domínguez. Toribio asintió o, al menos, no se opuso, tras lo que un asaltante subió al piso de arriba y abrió fuego contra la asustada Manuela, que cayó fulminada de un tiro al corazón. El hijo de la criada, escondido en la chimenea, asistió aterrorizado al asesinato de su madre. El criado Arturo López estaba durmiendo y se despertó, oyendo todo desde la escalera, pero no intervino.

Cometido el crimen, los asaltantes huyeron apresuradamente de la rectoral.

A la mañana siguiente, los vecinos vieron el boquete abierto en el muro y al pie de este una pistola, unas palanquetas y una linterna. Alarmados, entraron en la rectoral y hallaron el cadáver ensangrentado de la criada.

Detención de los autores

Pronto las fuerzas del orden comenzaron la persecución de los asesinos. El día 25 fue detenido Lorenzo Balseiro y José Secundino Pedre. Ambos eran de las Grañas.

El 6 de diciembre se detuvo a Manuel Rico, de 29 años, analfabeto, natural de Santa María de Mera.

También se detendría a la tabernera María Vispo, a los hermanos Francisco y Pedro López Balseiro, así como a Manuel Timiraos, José Lorenzo González, José Rey Rego y un individuo apellidado Novo. Todos ellos serán declarados inocentes.

Se dijo que la pistola hallada junto al muro pertenecía a José Piñeiro, amigo de Toribio y de Balseiro, de 31 años, analfabeto.

El Juzgado dictó orden de detención contra Piñeiro y la Guardia Civil le detuvo el 30 de noviembre en su vivienda de Casares. Le iban a llevar a Ortigueira, pero un guardia llamado Riveira consideró que era mejor encerrarle en el cuartelillo para interrogarle y que confesase su culpabilidad,

Era el tristemente llamado «hábil interrogatorio». Tras ser amenazado, entre otras cosas, con tirarle desnudo a un pozo, el Piñeiro confesó ser el autor del crimen. A continuación, sería trasladado a la cárcel de Ortigueira, la cual estaba tan llena de presos que no pudo ocupar ninguna celda.

Posteriormente será hecho prisionero Toribio, quien niega desde el primer momento su intervención en los hechos, a pesar de lo cual el juez ordenó su ingreso en la cárcel de Ortigueira.

Dirá el romance popular:

Se ponen en movimiento
vecinos, justicia y guardias
y cogen uno por uno
a los hombres sin entrañas
menos Mamed Casanova
que bien escondido estaba,
hasta que un hombre valiente
un día con él se hallara
y sin ser guardia civil
ni llevar sable ni espada
lo cogió por el pescuezo
que las fuerzas no le faltan
y vinieron los vecinos
que al fiero bandido amarran
y lo llevan a la cárcel
para purgar sus infamias.

En la noche del 30 de agosto de 1902, Mamed logra huir de la cárcel de Ortigueira. Cuando el ordenanza Dopico abrió la puerta que ocupaba Toribio, este le atrajo con engaño, dándole a continuación un fuerte golpe en la cabeza con el hierro de un camastro, emprendiendo veloz huida. Antes de salir de la prisión, tuvo un forcejeo con el guardián de la misma, Sebastián Muiños, al que derribó de otro golpe en la cabeza.

En la sentencia por este nuevo delito, Toribio fue condenado en rebeldía a la pena de seis años, ocho meses y un día de prisión y 250 pesetas de multa por el delito de lesiones graves y dos meses y un día de arresto mayor por las lesiones menos graves.

El juez de instrucción ordenó la captura de Mamed Casanova y éste entró en la leyenda. La Revista Gallega dirá sobre él:

«Internado en la fragosidad de las montañas y oculto en ellas, burla a la Guardia Civil. Los de la Benemérita, en número de cien, persiguen al criminal y este, con el mayor descaro los burla, presentándose y desapareciendo cuando menos se piensa Hace un mes que es dueño y señor de las Grañas del Sor sin que, a pesar de ser perseguido, incluso con perros mastines, fuera una fiera, y no obstante haberse disparado cientos de tiros, se haya conseguido darle caza».

La copla popular que se canta en ferias y mercados es bien significativa:

A Mamed le persigue
la Guardia Civil
pero el bandolero
conoce el país.

Las gentes de los pueblos se solidarizan con el perseguido. Unos porque le consideran una víctima de la justicia, otros porque le temen y otros porque les cae simpático, especialmente a las mujeres jóvenes.

Toribio manda recados al cura de Insua, protesta por la versión que da La Voz de Galicia de su fuga y protagoniza numerosas anécdotas significativas de su habilidad y sangre fría. En una de ellas se contará como al encontrarse próximo a una pareja de guardias civiles se puso a arreglar un muro de piedras medio derruido que estaba al borde del camino. Pasaron aquellos y le preguntaron si había visto a Toribio, a lo que dijo que no, prometiéndoles que les avisaría cuando lo encontrase o tuviese noticias de él.

Otra vez, sintiéndose perseguido por la Benemérita, fue hacia una labradora, le quitó el arado y se puso a manejarlo como si tal cosa. También en una ocasión tuvo que esconderse tras un roble, haciendo fuego contra un guardia e hiriéndole gravemente.

Un periódico coruñés resumirá la fama de Toribio diciendo:

«En los cantos de la poesía popular, en los romances callejeros se celebran las hazañas de Mamed Casanova, buscando no la recriminación para sus fecharías, sino la simpatía de las gentes para su valor y su audacia, y las trovas se extienden por el pueblo y la personalidad del malhechor se trueca en arrogante héroe que a todos entusiasma y a todos cautiva: una ilustre escritora traza la psicología de su carácter y el nuevo Musolino ocupa puesto de honor en la literatura culta y como si todo esto fuese poco allá en la alta cámara, suena el nombre de Toribio como si fuese un importante personaje y así se crece y se agiganta la figura de este reyezuelo de las escabrosas montañas de Marán».

Contradictoria es su fama de don Juan, que algunos califican de violador de jóvenes. Mientras Cándido Franco en La Voz de Ortigueira dice que en esta situación de perseguido, Toribio no robó ni mató a nadie, ni tampoco violó mujeres, como se asegura en una copla de ciegos; José Antonio Durán señala en su Crónica 1, tras presentarlo como bailador desafiante: «Violó, forzándola, a una moza de dieciséis años, aunque él trataría de explicarlo diciendo que no tenía forma más romántica de demostrarle su amor».

El juicio

El 11 de noviembre de 1902 da comienzo en La Coruña en medio de una gran expectación el juicio por el crimen de las Grañas del Sor. Preside el Tribunal el magistrado señor Navarro, siendo el fiscal D. Juan Fadón; magistrados D. Waldo Sánchez y D. Juan Golpe y defensores los siguientes:

De Lorenzo Balseiro, D. Ramón Vilas.

De José Secundino Pedre y Manuel Rico Martínez, D. José Asúnsolo.

De José Piñeiro, D. Manuel Casas.

De Francisco López Balseiro, Pedro López Balseiro y María Vispo, D. Maximiliano Linares Rivas.

Tras sortear el jurado, el fiscal recusa nada menos que a 18; los defensores lo hacen con seis. Los que quedaron pasan a ocupar sus asientos sin que saliesen más recusaciones. Lo forman los siguientes señores:

José María Suárez Bello, Antonio Breijo Freira, José Martínez Maciñeira, Miguel Peña Roinero, José García Villadóniga, José López Díaz, José Pita Fojón, Francisco Abella Toimil, Manuel Díaz Vázquez, Antonio Santeiro Rey, Ciriaco Ramos Rodríguez y Nicolás Fraga.

Casi ninguno de ellos es labriego, habiendo entre varios conocidos vecinos de La Coruña. Un jurado se recusa a sí mismo, el señor Lamela Ramos, que tiene que intervenir como perito de la vista.

La invasión de público tras abrirse la sala fue espectacular. El redactor de La Voz de Galicia destacado en el juicio, escribe: «Gritos, peleas, resbalones, curiosos que caen arrollados».

El presidente del Tribunal comienza diciendo que se van a esclarecer las responsabilidades de los acusados en el delito que les imputa el fiscal. Manifiesta que se trata de un robo, con motivo del cual ocurrió un homicidio, pero que las pruebas analizadas con calma habrán de decir de lo que se trata. Recomienda, asimismo, al jurado paciencia, celo y cuidados grandes, añadiendo que aunque la tarea es larga, no dejen de fijarse en todos los detalles.

Sobre la mesa de relatores se hallan las piezas de convicción: son estas un pedazo de tocino envenenado; la camisa que vestía José Secundino la noche de autos, dos palanquetas de hierro de dos metros y medio cada una; un paquete de tacos para cargar cartuchos de fuego central; un par de calcetines de Toribio, varias cápsulas vacías, dos revólveres (un Bull Dog hallado en la huerta del cura de Las Grañas y otro Smith que llevaba Toribio cuando fue capturado la primera vez por Gonzalo Novás) y una linterna de mano de pequeñas dimensiones.

No se llevaron las andas sobre las cuales se encaramaron los asaltantes para horadar la pared de la casa rectoral porque, dado su gran tamaño, constituirían un estorbo.

En su calificación el fiscal pide las siguientes penas: Para Lorenzo Balseiro y Mamed Casanova, pena de muerte. Para José Secundino Pedre, José Piñeiro, Manuel Rico y Francisco López, cadena perpetua. Para Pedro López Balseiro y María Vispo Alonso, 13 años de prisión. Toribio no está representado en la vista por su defensor, señor Santos Couceiro, por hallarse en rebeldía.

Comienza el fiscal interrogando a Lorenzo Balseiro, quien niega todo lo dicho en sus declaraciones, que no fueran una sino nueve. Señala ser «enemigo a muerte» de Toribio, que no conocía a Rico y que no efectuó disparo alguno sobre la criada.

El defensor, señor Vilas, intenta demostrar que Balseiro estuvo la noche de autos con el perito José Blanco, partiendo unos bienes y que anduvo de su casa a la propia y a la de Benita Iglesias, viéndole en el recorrido varios testigos.

La impresión que la declaración del testigo produce en el público es negativa.

Dolor de muelas

A continuación, interroga el fiscal a José Piñeiro, que tampoco se acuerda de nada, bueno, excepto de que la Guardia Civil le maltrató. Se empeña en echar por tierra cuanto dijo en el sumario, o sea, que Rico llevaba una escopeta, que juntos fueron a Las Grañas hallando en un monte a Toribio, que este habló con una persona en una casa, en la cual le ofrecieron bebida; que se incorporó otro que llevaba un pañuelo atado a la cara diciéndole que le dolían las muelas, que hubiese oído los tiros y entrado el tercero en la casa del cura, que le hubiesen dado la cuerda para guardar la escalera. En resumen, Piñeiro lo niega todo.

Se reanuda la sesión con el interrogatorio por el fiscal de Manuel Rico, quien tampoco se acuerda mucho, excepto que el juez puso lo que quiso en el sumario y que había sido objeto de malos tratos. Su defensor, señor Asúnsolo, procuró fijar que Rico pasó la noche de autos en su casa, en donde estuvo también Piñeiro con Dolores, y que no conocía a los demás procesados hasta su ingreso en prisión.

A continuación, se interrogó a José Secundino Pedre, quien también negó su participación en el crimen. Después, Francisco López Balseiro reconoció haber estado en la taberna de la Vispo, pero por la mañana del día del crimen. Señala que pasó la noche en casa de Lorenza, viuda de Durán, y después en la suya propia.

Pedro López Balseiro declara ser enemigo de Francisco y que nunca se había reunido con él para nada, «ni para un banquete». Manifiesta que era buen amigo del cura y que jugaba muchas noches con él al dominó en la casa rectoral. También le dejaba periódicos para leer. El día fatídico estuvo en casa de D. José hasta las diez de la noche y al salir se marchó a su casa sin hablar con nadie. Aseguró tener malas relaciones con María Vispo.

La Vispo declara con gran desenfado, aunque sin abandonar cierto aire de humilde niña boba. Declara estar enemistada con el párroco «pues le había quitado el agua de un pozo». Niega haberle dirigido ningún anónimo y todo otro hecho relacionado con el crimen.

A continuación, comienza la prueba testifical, interviniendo el cura de Las Grañas. Sospecha que en la taberna de la Vispo hubo conjuras contra sus intereses, habiendo recibido un anónimo que decía: «Si no deja la parroquia en tres meses, será peor la salida que la entrada». Narra a continuación el asalto, cómo oyó que, ante dos disparos que hizo Balseiro, respondió: «¡Cómo tira el cura!» «¡Pues también tiramos nosotros!», sonando una descarga. Poco después se descolgó por una ventana que da a la huerta y huyó, dando aviso a varios vecinos. Negó conocer a Piñeiro y a Rico, y que Pedro López estuviera en su casa la tarde del día 23.

A continuación, declara el criado, Arturo López Domínguez, que estando dormido oyó los tiros, conociendo a Balseiro por la voz, deslizándose después por la escalera para escuchar lo que decía Balseiro: «Hay que matar a la criada porque nos conoce y nos va a descubrir». Le pareció también conocer a Toribio.

A las nueve de la noche terminó la sesión.

Al día siguiente da comienzo la segunda sesión. Se observa las malas relaciones que mantienen los acusados con María Vispo, a la que echan miradas de odio, y de vez en cuando intercambian insultos que tienen que cortar los guardias de vigilancia. En la prueba pericial comparecen los médicos Galán Soto y Domínguez Pérez. A preguntas del fiscal manifiestan que la criada del párroco falleció instantáneamente a causa de uno de los balazos que le alcanzó el pecho. Fueron hechos a quemarropa y el agresor se hallaba en un plano superior a la víctima.

En la prueba testifical declara Manuel Barros -padrino de Toribio-, «aldeano rico y honrado burgués» a decir del redactor de La Voz; alto, grueso, rubicundo y sonriente. A Toribio casi ni le menciona, pero sí a los otros acusados. De Balseiro, por ejemplo, dice que «fue amigo de hacer siempre daño» y de Pedre que «era el feligrés más temido de la parroquia».

Tras declarar Fernando Balseiro, viejo menudo y delgado, tío de Pedro López, lo hace Manuel Rivero, guardia civil de primera, cuya declaración es seguida de gran expectación. Con valentía, manifiesta haber amenazado tirar a un pozo a Piñeiro si no declaraba la verdad, pero el preso ni se le inmutó. Dice también que advirtió al párroco de que tenía enemigos que podían estar tramando algo contra él, a lo que respondió el sacerdote: «Lo que me suceda estoy dispuesto a sufrirlo sin acusar a nadie».

Comparece también Antonio Fernández, cuñado de Pedro y Francisco López, quien dijo haber estado con sus sobrinos antes de los hechos.

En la sesión de la tarde, algunas mujeres del público perturban la sesión dando gritos estentóreos, lo que motiva la intervención de la presidencia. Entre otros testigos, interviene el cabo de la Benemérita, Luis Landeira, del puesto de Ortigueira. No escuchó las amenazas de tirar al pozo a Piñeiro. En careo con este procesado, le acusa de haberle pegado, a lo que el cabo responde que es mentira. Landeira considera a Balseiro y Pedre como «hombres ruines y criminales».

Declaran a continuación María Fernández, Juan Pardo (director de la cárcel de Ortigueira), José Blanco, Domingo López y Francisca Doce, esta última prima de María Vispo, aunque dice que «no la trata». Francisca dice que antes del crimen vio en el soto de las Grañas discutir a cuatro hombres y una mujer. Esta les decía: «Si forades outros xa tiñades pra baixo as portas do cura» («si fuerais otros ya habríais tirado abajo las puertas del cura»). La testigo dice que no pude reconocer quiénes eran.

En la tercera sesión del día 13, declara, entre otros, Dolores Bouza, buena moza, bien peinada y vestida que se aparta del estilo pueblerino. Declara que la noche de autos la pasó con su novio, el Piñeiro, en casa del señor Rico y que allí les vieron todos, entre ellos Joaquina Lorenzo. Comparecen también Cándido Prieto, Antonio Morente y José Pena Vispo. Otro testigo, Jesús López Balseiro, hermano de los procesados Pedro y Francisco, habla y gesticula con grandes aspavientos. Resulta que está perturbado y ha sufrido numerosos ataques epilépticos.

En la prueba documental de esta sesión destaca una carta enviada desde el penal de Ortigueira por Secundino Pedre a su esposa, que se la retuvo el director del centro. En la misiva, da Pedre toda clase de instrucciones a su esposa para que fuese preparando la prueba que había de oponerse a las declaraciones del cura y de otros testigos. Le dice que se ponga de acuerdo con Pepe Franco y con un tal Blanco, añadiendo que uno de ellos es el que tiene el dinero del robo. Señala que los amigos se ponen de acuerdo para echar por tierra las declaraciones del cura.

«En Grañas hay una tumba que brota sangre»

A continuación, los peritos presentan el informe sobre el tocino envenenado, el cual lo había adquirido Mamed en una tienda de Ortigueira y de él se iba a dar de comer al perro del párroco en el caso de que les acometiese en el asalto. Del examen resulta que contiene arsénico.

La cuarta sesión comienza con la lectura de las conclusiones del fiscal. Son cuatro. En la primera se determina la enemistad manifiesta que tenían los procesados respecto del cura y de la criada, por lo cual se pusieron de acuerdo para el asalto. En la segunda se refieren los hechos de realización del robo, con ocasión del cual resulta un homicidio. En la tercera determina como autores de esos delitos a los cinco procesados: Balseiro, Pedre, Piñeiro, Rico y Francisco López y como cómplices a María Vispo y a Pedro López. En la cuarta establece la agravante de nocturnidad, buscada a propósito, y la circunstancia de haber sido realizados los delitos en la morada de los ofendidos, sin que estos los hubiesen provocado.

A continuación, inicia el fiscal su discurso acusatorio, que dura más de cuatro horas y que se suspende a las ocho hasta el día siguiente, sábado, el cual lo ocupa por completo y necesita que se habilite el domingo para continuar su pieza oratoria.

Para el fiscal, todos son culpables, unos en mayor grado que otros. Niega, asimismo, que estuviesen embriagados los reos al cometer el delito, puesto que no aparece demostrado en el sumario. Pero aun admitiendo que se hallasen embriagados, hay que admitir también la suposición de que pudieran haberse puesto premeditadamente en tal estado en la taberna de María Vispo para efectuar el crimen.

Termina su informe manifestando que tiene la firme convicción de que los autores del horrible delito son los que se sientan en el banquillo, además de Mamed Casanova, actualmente en rebeldía. Luego, dirigiéndose al jurado, le dice:

«Señores del Jurado: Tened presente que en Grañas hay una tumba que brota sangre y que el espíritu del cuerpo allí sepultado se halla en la mansión de los justos pidiendo al Todopoderoso castigo para los culpables. Cumplid bien y vuestro veredicto será leído con respeto y vosotros tenidos por jueces de conciencia».

Continúa el juicio con el informe del señor Vilas, defensor de Lorenzo Balseiro. Trata de demostrar que casi todo lo que en la causa aparece carece de fundamento. Habla luego del misterioso sujeto, alto y barbudo, que fingiéndose cazador y con una escopeta al hombro, estuvo la víspera del crimen en la taberna de María Vispo.

Sostiene que su defendido no pudo entrar en la vivienda con Mamed a cometer el asalto pues estaban enemistados a muerte. Niega que su defendido sea «carne de presidio», pues sólo sufrió un arresto de dos meses. Lamenta las torturas recibidas por los acusados, calificando tales hechos como «inicuos e inquisitoriales». Cita finalmente la declaración de Antonio Fernández para demostrar que su defendido estuvo con aquel en la casa de su suegra hasta mucho después de cometido el crimen.

En la tarde del día 16 comienza su intervención D. Manuel Casás, abogado defensor de José Piñeiro. Casás es un letrado de oratoria ardiente, elocuente y convincente.

Comienza diciendo:

«La labor es terrible y pesada. Yo sé bien que, alejados de la tranquilidad de nuestros hogares, arrancados por el imperio de la ley a las cotidianas atenciones de nuestras labores y quehaceres, os sentís abrumados por la amargura de la carga que se echa sobre vuestra conciencia».

La acusación fiscal, largo canto fúnebre que aún resuena en estos estrados, ahoga el alma, causa escalofríos de angustia, extiende por nuestro espíritu un sofocante ambiente que produce asfixia, añadiendo:

«Es hora de que los corazones se ensanchen; es tiempo de que los procesados, humillados bajo la pesadumbre de una acusación terrible, levanten la frente animosos y escuchen la voz de consuelo de sus defensores.
»Yo envidiaba al fiscal cuando decía: “Siento alegría, siento tranquilidad al acusar”.
»Cuando se halla cerca del sepulcro no se siente alegría, se siente horror, se siente tristeza.
»Respiremos señores, sintamos la vida!».

Rechaza Casás que su defendido fuese amigo de Toribio, acusa a la Guardia Civil de arrancar confesiones bajo torturas y amenazas. Niega que sea Piñeiro el buscado sujeto desconocido que estuvo el día de autos con una escopeta en Las Grañas.

-¿Cómo es posible que vosotros, señores del Jurado, os atreváis a condenar a José Piñeiro solo porque el fiscal os diga que hay un sumario que le acusa? -añadiendo la máxima del Fuero Juzgo-: el juez que condenara indebidamente a un reo pagará con la vida su propio yerro.

El fiscal no se puede contener más y protesta ante el presidente del Tribunal.

Casás causa un gran efecto en la sala cuando dice que Piñeiro no volvía la cabeza en el juicio por cinismo ni por altanería, sino porque intentaba descubrir entre el público la figura venerable de su anciana madre. Cita luego una carta de Pedre a su esposa en la que se alude a la inocencia de Piñeiro. Y finaliza diciendo al Jurado:

-Si el remordimiento de la duda os acosa dadle paz a vuestro espíritu: ¡absolved a José Piñeiro!

La intervención del señor Asúnsolo

A continuación, estamos en la séptima sesión, interviene el señor Asúnsolo, defensor de Pedre y Rico, quien critica la dureza de la acusación fiscal. Este dice que se siente enfermo y quiere abandonar la sala, lo que acaba haciendo, suspendiéndose la sesión.

El 18 de diciembre comienza la octava sesión con la defensa del señor Asúnsolo. Se escandaliza de que el fiscal acepte la segunda parte de la manifestación de Balseiro que se refiere a Pedre y rechace la primera en que Balseiro niega haber tomado parte en la comisión del delito. Lee un fragmento de la declaración de Balseiro en la cual dice que Mamed había dado muerte a la criada del cura. Lee la declaración de Piñeiro respecto a Rico como «bajo, grueso y lleno de viruelas», lo que no es así. Cita una sentencia del Supremo sobre las declaraciones procesales a fin de demostrar que no tiene valor legal lo manifestado por Piñeiro en cuanto a Rico. Niega que Pedre, aun en el caso de haber participado en el asalto, haya maltratado a la criada. Lee una carta de Piñeiro desde presidio, en la que dice:

«Blanco me dice que la culpa la habíamos de llevar, aunque no la tuviéramos».

Tras recordar que en un principio, en la misma calificación fiscal, dijo éste que ninguno había prestado asentimiento a lo propuesto por Balseiro y realizado por él y Mamed, dijo:

-No queda más que rebatir. Ahora os toca a vosotros, señores del Jurado, decir y aquilatar cuanto os he expuesto y decir si está en relación lo que contra mis defendidos aparece, que no es nada.

La emoción va in crescendo y pocos minutos antes de comenzar la novena sesión, el 19 de noviembre, el estrado se abarrota de tal modo que se rompe una vidriera, cayendo sobre el público y resultando heridas varias personas.

Se concede la palabra al señor Linares Rivas, defensor de Francisco y Pedro López Balseiro y de María Vispo. Con gran estilo oratorio comienza diciendo que no le resta más que acudir a la última trinchera, que espera ha de serlo de victoria y, desde allí, con calma, hacer los disparos postreros.

Comienza preguntándose:

«¿Qué interés podían tener mis patrocinados en asaltar la casa del cura para robarle? Rico corresponde por su fortuna a lo que indica su apellido; Pedro López tiene más de lo que pudiera tener el párroco de las Grañas; María Vispo vivía con toda normalidad.
»Además, ¿cómo para llegar a este concierto se busca a personas que están enemistados y son de caracteres opuestos?».

Añade que la Guardia Civil se excedió. «Por el tormento -dice- se puede llegar a la verdad, pero también al error.» Remarcando:

«Sometidos los tres si no queréis decir al tormento, a los rigores de la incomunicación e interrogados un día y otro, no dieron más que esta contestación: ¡No somos autores de ese delito! ¡No tenemos participación alguna en lo que se nos imputa!»

La emoción va subiendo de tono. El señor Linares Rivas, desafiante, manifiesta:

-Es la ola popular que crece y crece… el gran galeote que se quiere llamar opinión pública y que no es más que la curiosidad insana. ¡Es ella! ¡Es ella!, dice la masa, claman en Grañas del Sor y aquí tenéis a mis defendidos, esperando serenamente, aunque con su salud quebrantada, a que vosotros decidáis su suerte.

Tras una breve intervención del fiscal, el presidente del Tribunal invita a los procesados a que se pongan en pie y expongan lo que tengan que alegar.

Dicen en su parte principal:

Balseiro: «Yo no sé nada… no vi nada. Estuve en mi casa toda la noche haciendo el documento».

Piñeiro: «Me atengo a lo que dijo mi defensor».

Pedre: «Yo no conocía estos dos hombres… ¡Soy inocente!».

Rico: «Yo digo que soy inocente también».

Francisco López: «Nada tengo que añadir a lo dicho. Soy inocente».

Pedro López: «Soy tan inocente como el que más. ¿Para qué tenía que abrir boquete ninguno en la casa del señor cura? Si quisiera entrar, con solo llamar a la puerta del cura, me hubiese abierto ¡Si hay justicia de Dios, como creo, se me pondrá en libertad!».

María Vispo: «¡Soy bien inocente! De esta manera se degollaría a España entera».

 

Mamed Casanova, el hijo de la ira.

Aún hoy, Mamed Casanova pervive en la memoria popular, hasta el punto de que ha inspirado varios libros e incluso una novela gráfica firmada por Manolo López Poy y Miguel Fernández.

 

Foco de luz

Finalmente, tomó la palabra el presidente, señor Navarro, quien pronunció un razonado discurso. Manifestó que la causa tenía una nota característica como la tienen todas las de cierta notoriedad, un foco de luz que lo ilumina todo, y este todo y esta nota son las declaraciones de los procesados. Niega que el sumario sea inquisitorial. Defiende con hermosas frases a la Guardia Civil, también al director de la cárcel de Ortigueira. Se ocupa de las diligencias del careo, señalando que no hay base para hacer por sus deficiencias inculpaciones a los empleados de la cárcel, analiza las coartadas de Rico y Piñeiro. Habla de la carta de Pedre y refiere que entendió que hubo malos tratos, aunque a él no le habían tocado. Desmenuza lo que aparece de las coartadas de Pedre, Francisco López y María Vispo.

Con gran claridad explica a los jurados sus deberes y la obligación en que están de determinar si es igual o distinta la responsabilidad que alcanza a todos los reos, por gradaciones, como hizo el fiscal.

Se sabe que hubo odios, pero lo extraño es que estos, al estallar, se deformasen, convirtiéndose no en daños contra el propio ofensor, sino en sentimientos de codicia.

Finaliza diciendo emocionado:

-Señores del Jurado, ¿en dónde estamos ya? En lo supremo, vais a decidir la suerte de estos desgraciados. Si juzgáis que son todos igualmente culpables, resolved con arreglo a nuestra conciencia, sin olvidar las grandes responsabilidades morales que contraéis.

Veredicto y sentencia

Al reanudar la sesión, el presidente, antes de dar lectura a las 57 preguntas que se someten a la deliberación del Jurado, explica que siguió para hacerlas claras el método de dedicar a cada procesado un grupo de preguntas, aunque estas se repitan.

Las preguntas claves son las dos primeras para cada procesado:

«¿Es culpable de haber penetrado en unión de otros la noche del 23 de noviembre en la casa del párroco de Las Grañas disparando contra este varios tiros, cuando intentó defenderse, y persiguiéndole hasta que tuvo que huir…?», y la segunda: «¿Es culpable de que inmediatamente después de verificado el robo y hallándose dentro de la casa se dirigieron a la habitación de la criada y le dieron muerte, disparándole un tiro a quemarropa?».

Para Lorenzo Balseiro, el jurado responde «sí» a las dos preguntas. Para José Piñeiro, Manuel Rico y Secundino Pedre, «sí» a la primera y «no» a la segunda; y para Francisco y Pedro López Balseiro y María Vispo, «no» a las dos preguntas.

El 20 de noviembre se hace pública la sentencia. Da lectura a ella el magistrado señor Sánchez. Consta de doce «considerandos».

La parte dispositiva dice así:

Se condena por homicidio a Lorenzo Balseiro a 17 años y cuatro meses de reclusión temporal, indemnización de 5.000 pesetas a la familia de la víctima, pago de una octava parte de las costas…

Se condena por el robo a Balseiro a seis años más de prisión correccional.

Se condena a José Piñeiro por el robo a seis años de prisión y a que tanto él como Balseiro abonen mancomunadamente y subsidiariamente al párroco señor Corral la cantidad de 2.000 pesetas.

Se hace en cuanto a las costas idéntica manifestación que para Balseiro. Se condena a José Secundino Pedre por el robo a seis años y dos meses de prisión y pago de costas. Se condena a Manuel Rico por robo a cuatro años, dos meses y un día de prisión y pago de costas. Se absuelve libremente a Francisco y Pedro López y a María Vispo, declarando de oficio las costas correspondientes.

El fiscal dice que reclamará ante el Supremo.

La impresión general es que los Jurados pecaron de benignidad, produciendo gran enojo entre el público, especialmente el femenino, la absolución de María Vispo.

Firmada la sentencia por dos de los presos que saben escribir, se les condujo a todos a la cárcel, de donde poco después salieron los hermanos Francisco y Pedro López junto a la Vispo, acompañada esta por una hermana y varios parientes.

A su salida, el público la abucheó con gritos de «¡muera!, ¡muera!». Rápidamente montó en un coche y se escurrió camino de la Pescadería.

El Supremo aumentará la condena de Balseiro a cadena perpetua.

La segunda captura de Toribio fue debida a la traición de un paisano, vecino de Mañón. Resulta que Mamed se había hecho amigo de él y en una ocasión le propuso un cambio de revólveres, entregándole el suyo que estaba cargado, quedándose Toribio con el descargado. Ello lo aprovechó el paisano y le encañonó. Ayudándose de un labrador que estaba cerca, le maniata, entregándole luego a la Guardia Civil. Toribio sería trasladado a La Coruña, siendo encarcelado en el castillo de San Antón.

Allí estuvo custodiado por el famoso carcelero Hilario Rico y, elemento hercúleo que medía cerca de dos metros, a pesar de lo cual se las vio y deseó para contener a Toribio. Recordará Juan Naya que, aunque Mamed no era tan alto como su guardián, «era en cambio tan fuerte o más. Mamed rompía las esposas que le ponían como quien lava. Y tuvo Hilario que reducirlo en más de una ocasión en el castillo de San Anta o en la propia cárcel en donde había sembrado el terror». Una noche, aprovechando un descuido de la Guardia, Toribio se dio nuevamente a la fuga. Se tiró al mar y alcanzó rápidamente la orilla, perdiéndose seguidamente.

La leyenda tejida en torno a él continuó aumentando. En Mañón pensé en dar muerte a quien le había hecho prisionero, aunque acabó perdonándole la vida tras tenerle varias veces al alcance de su escopeta. Parece que pesé en ello el aprecio en que tenía a la mujer del delator.

Toribio no pudo ser capturado a pesar de las batidas dadas en su busca. A primeros de noviembre de 1902, la Revista Gallega se preguntaba:

«¿Es que los guardias civiles se han olvidado de hacer blanco? ¿Es que, como piensan muchos, el ya célebre Toribio, cuenta con personal que le guarda la espalda?»

La definitiva captura de Toribio contó con la colaboración de un sacerdote: el párroco de Freijo, D. Antonio Prieto. Se acercó Toribio a su casa y el sacerdote le invitó a entrar, avisando una ahijada a los guardias mientras D. Antonio le entretenía. Finalmente entraron los guardias y dispararon sobre él, causándole una herida que por poco hace que se desangre totalmente.

El 14 de diciembre le llevaron para Ortigueira en unas parihuelas. El Diario de Pontevedra publicaría un editorial con el título de «Bandido y mártir». El Abc del 15-1-1903 dirá:

«El criminal preso en Ortigueira y cuyas fecharías han tenido aterrada a toda la comarca es, como pueden ver nuestros lectores, todo un tipo de bandido de ópera a la italiana. Nada tiene de repulsivo en su aspecto físico y solamente la mirada denota la fría crueldad del hombre que se echa al camino».

Toribio continuaría dando que hablar. En mayo de 1903, al no poder contener los desmanes que aquel producía, fue destituido el director de la cárcel de Ortigueira, D. Perfecto Núñez. De Ortigueira pasaría Toribio a Ferrol y de nuevo al castillo de San Antón de La Coruña.

El juicio final

El juicio final de Mamed Casanova, Toribio, daría comienzo en La Coruña el martes 15 de diciembre de 1903. Constituyen la sección de Derecho el señor Ruiz de Andrés, el magistrado señor Arguch y el suplente señor Rodríguez Rey. Representa al ministerio público el fiscal señor Fondán, actuando como defensor el señor Santos Couceiro.

El jurado popular está formado por los señores Breijo, Carrodeguas, Teijeiro, López, Valiño, Garrote, Orbe, Montero, García y Berguer.

Toribio viste pantalón de pana verde, chaqueta negra y pantalones claros. Responde que su oficio es «herrero y labrador».

Al interrogatorio del fiscal, niega casi todo. El día de autos -aclara- estuvo trabajando en su casa, terminando de hacer un camallón. A continuación, comparece Lorenzo Balseiro, condenado a cadena perpetua, como autor material en el anterior juicio del crimen de las Grañas. Niega haber tomado parte en los hechos ni haber hablado con Mamed para nada. Pide un careo con Mamed, pero la sala lo deniega ya que contra Mamed no se hace ningún cargo concreto. Solicita también la diligencia el defensor de Toribio, pero tampoco se accede. Balseiro se retira blasfemando.

Comparecen a continuación José Secundino Pedre, Manuel Rico y José Piñeiro. Todos siguen negando haber participado en el crimen. Cuando se les lee lo dicho en el sumario, contestan lo mismo: «Quieren perdernos y han puesto ahí lo que les pareció». El más nervioso parece Piñeiro que se retira rosmando como un pollo.

El párroco no comparece, certificando hallarse enfermo. El que lo hace es Antonio López, criado que fue de D. José y sobrino de la criada asesinada. Se ratifica en que oyó a Balseiro decir que había que matar a la criada y que reconoció también la voz de Toribio.

Comparecen a continuación los guardias Riveiro y Vicuña, quienes manifiestan su convencimiento de que Mamed fue uno de los autores del crimen de las Grañas. El cabo Landeira dice: «Fue Toribio o Balseiro». Declara también el director de la cárcel de Ortigueira quien relata haber oído a Piñeiro y a Rico acusar a Mamed de ser el autor del hecho.

En la segunda sesión se leen las conclusiones definitivas del fiscal, en las que resulta demostrado que Mamed Casanova realizó los hechos ya conocidos en casa del cura de las Grañas, resultando autor del delito de robo con homicidio, concurriendo las agravantes de nocturnidad y reincidencia, si bien no se determina exactamente si fue Mamed o Balseiro el que dio muerte a la criada.

La defensa establece su disconformidad con las conclusiones del fiscal. Falta de intención, embriaguez, arrebatamiento, lleva a la calificación de delito con robo en casa habitada por valor superior a 500 pesetas.

A continuación, toma la palabra el fiscal, quien, con gran vehemencia, hace sus acusaciones.

Juzga a Toribio como «el peor criminal de todos» y censura lo dicho por cierta prensa sensacionalista de que la gente le ayudaba. Recuerda la declaración del sobrino de la criada sobre la presencia de Toribio en la casa rectoral y se refiere a la madre del procesado diciendo: «Vergüenza debería de sentir Toribio al ver a su anciana madre venir aquí a tenderle una mano protectora». Niega los atenuantes que presenta la defensa, especialmente la de no tener intención de causar un mal grave:

-¡Dios mío! Después de abrir la pared de una casa, después de cometer robo y dar muerte a una pobre mujer, ¿qué otro mal pudiera apetecerse, más terrible y más horrendo?

Excita al jurado a hacer justicia.

-Mereceréis así el bien de Dios y de vuestros conciudadanos. Yo he cumplido con mi deber, cumplid ahora vosotros con el vuestro.

Tras el informe de la defensa, que se reafirma en lo dicho anteriormente, se dan lectura a las preguntas del veredicto. Las tres primeras son las claves, siendo así:

1.- ¿Era Mamed culpable de haber entrado en casa del cura con armas a realizar el robo? Sí.

2.- ¿Subió después del robo a matar con Balseiro a la criada? Sí.

3.- ¿Fue la muerte ejecutada por alguno de los dos? Sí.

A continuación, interviene el fiscal, quien pide para Toribio la pena de muerte. La madre del acusado sufre un desmayo fulminante y tiene que ser retirada de la sala.

Mamed escucha impávido la petición del fiscal. Luego, cuando es sacado de la sala por los guardias, se vuelve hacia la presidencia y dice:

-Estaba escrito. Por mí que me ejecuten ahora mismo o que me peguen un tiro. ¿Qué más me da?

Alas seis y veinte minutos de la tarde del día 18 comienza a leerse la sentencia. Dice en su parte dispositivo:

«Fallamos:
»Que debemos condenar y condenamos a Mamed Casanova, conocido por Toribio, a la pena de muerte que se ejecutará de la forma establecida en el artículo 102 y siguientes del Código Penal y disposiciones posteriores concernientes al caso y, si fuese indultado, a la de inhabilitación absoluta perpetua, a una octava de las costas del sumario y todas las restantes concernientes y a abonar a los herederos de Manuela Domínguez por vía de indemnización y a D. José Corral respectivamente las cantidades de 2.500 pesetas y 1.978, entendiéndose el pago de ambas cantidades solidaria y mancomunadamente con los demás penados».

El defensor señor Couceiro se acerca a consolar a Toribio, anunciándole que presentará recurso de casación. «¡No te preocupes», le dice, «¿Te acuerdas del Santalla, de Ortigueira? También le defendí yo y le condenaron a muerte como a ti, ¡pero después se le conmutó la pena!»

El reo parece conformarse y se dispone a firmar la sentencia.

Otras causas

El 22 de diciembre se vuelve a sentar Toribio en el banquillo ante la Sección Primera de la Audiencia de La Coruña para ser juzgado por la fuga de la cárcel de Ortigueira. Preside el tribunal el señor Ruiz de Andrés, con los magistrados Arguch y Golpe. El fiscal es Pedreira y el defensor Santos Couceiro.

En el relato de los hechos queda claro que, al abrir el ordenanza Dopico la puerta de la celda, Toribio se le echó encima con un hierro que había quitado del camastro, dándole un golpe y huyendo tras dar otro golpe al también vigilante Muñoz.

Dado que Toribio había sido condenado anteriormente por cuatro delitos de hurto y uno de robo, lo cual representa por la reincidencia grave recargo para él, según el fiscal, los hechos constituyen dos delitos: uno de atentado y lesiones menos graves y otro de atentados y lesiones graves, apreciándose en contra de Toribio la circunstancia agravante de reiteración. Pedía que por cada uno de aquellos se condenase a Toribio a ocho años de presidio mayor y multa de 500 pesetas.

En su declaración, Toribio manifestó que preparó la fuga de Ortigueira, pues el jefe de la cárcel le había dicho que el fiscal iba a pedirle pena de muerte por el crimen de las Grañas. Declararon a continuación el ordenanza Dopico y el guardia Muñoz, finalizando con el jefe de la prisión.

El fiscal elevó a definitivas las conclusiones, aclarando que si Toribio hubiese efectuado su fuga de la cárcel sin agredir a nadie, no le hubiese alcanzado responsabilidad alguna, pero para fugarse tuvo que atentar contra la vida de los que le custodiaban y por eso existe el delito del que se le acusa. Para la defensa, sólo existe un delito de lesiones al guardia Muñoz, pues el ordenanza Dopico era un preso que hacía las funciones de criado.

Cuando Toribio se retiraba de la sala sonrió a un grupo de personas que le esperaba. Pero la procesión iba por dentro.

Toribio fue trasladado al castillo de San Antón, en donde recibía poco después la buena nueva de la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua que debía de cumplir en el penal valenciano de San Miguel. Parte importante en esta conmutación la tuvo la madre de Toribio, quien aprovechando la visita del rey Alfonso XIII a Santiago en 1904, se puso de rodillas delante del monarca implorando perdón.

Toribio estuvo primeramente en Ceuta, de donde se quiso fugar, metiéndose en un saco de mercancías y yendo a juntarse con otros en la bodega de un buque, en donde le descubriría un guardia. También allí demostraría su fiereza. Dado que los penados estaban expectantes por su fama y todo parecía creer que había mucho de leyenda, un jeque, muy temido en el penal, quiso humillar a Toribio: se habla de que intentó violarle sexualmente pero el gallego le mató clavándole un tenedor en el corazón, por lo que fue juzgado de nuevo y se le cargaron más años en la condena, aunque el máximo de cadena perpetua en la legislación española seguía siendo de 30 años.

Posteriormente estará en Santoña y luego en Valencia. El tiempo va pasando y Toribio comienzo a hacerse el loco. En 1911, el diario coruñés El Noroeste, dice sobre el caso:

«A fuerza de discurrir, Toribio se volvió loco de remate. Su locura es tranquila, sosegada; el médico del establecimiento la califica de “keromanía” y los vigilantes que prestan servicio en la enfermería, donde le tienen recluido en observación, dicen que pasa los días y las noches hablando solo y dando gritos. Su obsesión es un aparato eléctrico que dice poseer, para construir cañones para la Armada Española».

De esta idea no hay forma de disuadirle y los esfuerzos de médicos y vigilantes resultarían inútiles.

 

Maned Casanova, Toribio.

Una imagen de Mamed Casanova hacia 1911, cuando según sus médicos le diagnosticaron “keromanía”.

 

Sobre la puesta en libertad de Toribio se dan diversas fechas. José Antonio Durán, que cita a Ben-Cho-Sey, señala 1926; Cándido Franco da 1929; Pastor Petit dice que en 1928; Juan Naya no concreta mucho, aunque da como fecha de su presencia en La Coruña la primavera de 1932. «Nosotros -escribe Naya en su citado artículo- recordamos haberle visto pasear en la mañana de un domingo por la Rúa Nueva, unos años antes de nuestra guerra, precedido de un clamor en el que se repetía su nombre muchas veces».

Cándido Franco añade: «En el curso del mismo 1932, volvió a su parroquia natal mendigando limosna y negando su personalidad con su habitual destreza, fingiéndose bobo cuando le llamaban por su nombre […]. Después de permanecer por espacio de un mes en su aldea natal, se ausentó sin que nadie volviese a saber más de su paradero».

Durán da la fecha de su muerte allá por 1946 (¿qué haría Toribio durante la Guerra Civil?), mientras Remández Gribal dice que en 1931. Pastos Petit lo ignora. El romance Popular no concreta nada en su macabro final:

Pidamos por tanto a Dios
que nos libre de las garras
de este hombre sin corazón,
sin decoro y sin entrañas;
y que apiadándose de él
le inspire su santa gracia
para morir santamente
si es que a su seno lo llama
para bien de todo el mundo
que ante esta fiera se espanta.

¿Qué fue Toribio? ¿Un bandolero romántico? ¿Un criminal sin escrúpulos? ¿Una consecuencia de la mísera situación social y económica de la Galicia campesina? ¿Un hombre sencillo y rústico al que una desmesurada fama le impulsa a hacerse merecedor de ella? ¿Un antecedente del maquis? ¿Un pícaro?

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